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Antón Castro

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RAMÓN GONZÁLEZ FÉRRIZ: LA PROTESTA Y LA CONTRACULTURA

RAMÓN GONZÁLEZ FÉRRIZ: LA PROTESTA Y LA CONTRACULTURA

La cultura de los 60 sigue aquí

 

Ramón González Férriz presenta esta tarde ‘La revolución divertida’ en Los Portadores de Sueños

 

Antón CASTRO / Zaragoza

Ramón González Férriz, responsable de la dirección de la edición española de ‘Letras Libres’, presenta ayer por la tarde, en Los Portadores de Sueños y en diálogo con Daniel Gascón, su libro ‘La revolución divertida’ (Debate, 2012. 186 páginas), una reflexión sobre los movimientos culturales desde principios de los años 60 hasta ahora mismo, hasta los movimientos antiglobalización y el 15-M, del que dice que “es reaccionario”. Explica el autor: “‘La revolución divertida’ trata (...) trata de las revoluciones de los años sesenta, y de cómo algunos de sus participantes siguen ocupando el escenario central de la vida pública después de ver cómo sus ideas eran derrotadas”.

El libro parte de mayo de 1968, y de los convulsos 60, con figuras como Martin Luther King y JFK, asesinados, y con Allen Ginsberg convirtiéndose en “el Rey del Mayo de Praga” en 1965. Recorre “el mayo francés”, el movimiento hippie (y los yippies), pero también recuerda que ETA empezó a asesinar en 1968, en concretó mató a José Ángel González, y en 1969 asesinó al policía Militón Manzanas. Ramón González Férriz (Granollers, Barcelona, 1977) recorre, en este clima de rebeldía, las actividades de Lotta Continua y de la Baader Meinhoff.

Analiza las figuras claves de ese nuevo movimiento de rebelión permanente, que lo cuestionaba todo, que fue calificado como el de los “hijos de papá” por Georges Marchais y que tenía la canción ‘Hey Jude’ de Los Beatles casi como un himno. Sobre todo, abogaba por la desaparición del capitalismo consumista. Analiza ese fenómeno emergente, tan decisivo, que fue la juventud, con el consiguiente fenómeno de masas, y estudia figuras concretas como Los Beatles, Bob Dylan o John Lennon. Era “la revolución divertida”, que traía en sus maletas una idea de un mundo mejor, con más drogas, más libertad sexual, y otros muchos ingredientes: el pacifismo, el feminismo, los derechos civiles, la ecología, el pop y el rock...

Más tarde, ya en España, analiza fenómenos como el anarquismo libertario en la Barcelona de 1977, a la sombra de la revista ‘Ajoblanco’, o la Nueva Ola en Madrid. Y poco a poco, a medida que se formaliza la democracia, la cultura se oficializa y se subvenciona, comprueba como muchos personajes icónicos de la izquierda dan un viraje a la derecha: Luis Racionero, Luis Alberto de Cuenca, Paco Umbral (sorprende que aparezca Umbral como un derechista), Federico Jiménez Losantos, etc. La realidad desmintió a José Luis López Aranguren, que había dicho: “Es imposible un intelectual de derechas”. El nuevo estado de cosas, la cultura oficial, da lugar a situaciones como las que describe el aragonés José-Carlos Mainer en ‘El aprendizaje de la libertad’: “Los esplendores y las miserias de la cultura de Estado segregaban un indeseable escalafón de intelectuales en venta”.

También habla de la importancia de los intelectuales, empezando por uno de los pioneros más comprometidos y más pop, como Manuel Vázquez Montalbán. El libro, hilvanado con parsimonia y lucidez, es también la constatación de un fracaso, que deriva hacia el desencanto y la ausencia de ideología: los rebeldes de ayer, que soñaban con cambiarlo todo, son hoy los que dirigen la cultura y mitigan la energía de los nuevos insurgentes; aquellos ideales son parte del sistema y han sido engullidos por la publicidad y la propaganda política. Concluye: “Si queremos volver a renovar este mundo, tendremos que encontrar otras formas, quizá menos ruidosas, seguramente menos utópicas, pero sin duda más acordes con nuestro tiempo y sus nuevas realidades”. Entre las anécdotas chuscas, y hay muchas, vemos a un joven Alberto Ruiz-Gallardón decir esto de la revista ‘Madriz’: era una “porquería repugnante, pornográfica, blasfema, (...) contraria a la moral y a la familia”. Algunos años después, ya como alcalde, subvencionó el Día del Orgullo Gay, que dejaba cuantiosos beneficios a los comercios de ocio de Madrid.

 

La revolución divertida. Ramón González Férriz. Debate. Madrid, 2012. 186 páginas.

TRECE AL SOL, 15: ÁNCHEL CONTE

TRECE AL SOL, 15: ÁNCHEL CONTE

 

Ánchel Conte Cazcarro (Alcolea de Cinca, Huesca, 1942) es Doctor en Historia y uno de los más importantes escritores en aragonés. Labordeta, Manolo García y Olga y los Ministriles han cantado sus poemas.  

 

 

“Con internet he sufrido una fiebre creadora tremenda”

“En Perugia me sentí libre y supe lo que significaba la dictadura”

 “Con el aragonés, siempre ha sido necesario estar en la trinchera”

“Con su ley, el PP y el PAR van a matar al aragonés y al catalán”

 

-1.¿Qué hace un escritor en verano?

-Más o menos lo de siempre: escribir algún poema, leer algo, pero poco; engancharme a internet, dormir un poco más de lo habitual… Nada especial. Siento pereza para hacer trabajos que me exijan mucha atención, sea estudios de historia o sea prosa literaria.

 

-2. ¿Dónde veranea?

-En  Vera, Almería, paso parte de las vacaciones, evitando el mes de agosto porque el turismo es terrible. Me gusta Barcelona en agosto porque hay poca gente, y en ocasiones salgo al extranjero, aparte de ir a Huesca.


-3. ¿Es de playa, de montaña, de ciudad o de pueblo?

- Soy de mar (que no de playa) cuando no hay mucha gente, voy poco a la montaña últimamente, menos aún a mi pueblo. Vera y Barcelona son mis sitios de vacaciones, si no es que hago algún viaje especial. He ido en los tres últimos años a Italia, Turquía, Egipto y Rusia.

 

-4. ¿Qué haces diferente al resto del año?

-No cambio mi vida, apenas. Cocino cada día del año (cada vez me gusta menos comer de restaurante), camino no lo que debiera, no me gustan las tertulias y la partida de cartas con un grupo de amigos se hace cada semana durante el curso y no en vacaciones

 

-5. ¿Cuál ha sido el viaje de verano de su vida?

-No han sido uno, han sido varios. El primero fue mi estancia en la Universidad de Perugia, un curso en un mundo que para un español de la dictadura era la libertad, me sentí por primera vez en mi vida completamente libre y supe mejor lo que suponía la dictadura. El segundo, mi primer viaje a Guatemala, cuando el país estaba en guerra y viví intensamente la belleza única de aquella tierra y el drama de sus gentes. El tercero, Siria, un país que me enamoró y al que deseo ardientemente volver; sus monumentos, sus paisajes y sobre todo su gente… Me di cuenta de que mi pobre árabe me permitía entenderme con ellos y aquello fue muy emocionante para mí. De este viaje nació el poemario ‘E zaga o mar o desierto’.

 

-6. El verano está asociado a la infancia y a la adolescencia. ¿Cómo fue esa época?

Mis vacaciones en Alcolea cuando ya nos habíamos trasladado a vivir a  Barcelona, el reencuentro con los amigos, con mi paisaje, con  las Ripas… Y mis vacaciones en Alloza, con Eloy Fernández Clemente y Pilar, su hermana. Descubríamos la vida juntos, la amistad y yo viví en Alloza mi primer enamoramiento imposible de un chico que vivía en Senegal. Fue una experiencia hermosa, pero al tiempo dura porque aquello no pudo ser. Después mis vacaciones en Robres, en un paisaje y con una familia que, para bien, han marcado mi vida. Creo haber tenido una infancia y una adolescencia felices. No tuve traumas religiosos, me sentía libre, creo que sabía bastante bien lo que quería porque me conocía a conciencia y me aceptaba tal como era.



-7. ¿Cuál es su mejor recuerdo de entonces?

-Son muchos, muchísimos. Pero si hubiera de quedarme con uno creo que elegiría el despertar del amor y del sexo a una edad muy temprana.


-8. ¿Qué tipo de lecturas u otras actividades sueles hacer en estos días? ¿Cómo es para ti el menú ideal de un día perfecto?

-Leo, por desgracia, poco, estoy muy perezoso, prefiero escribir, bien sea poesía o estudios de moros. Desde hace un año salgo casi a poema diario que publico en Facebook, en una página que se llama ‘Queremos más obras d’Ánchel Conte’. Por otro lado, ando metido con los mudéjares  de Barbastro y de su comarca.  El menú del día ideal ería levantarme tarde, desayunar pausadamente, leer la prensa, salir un rato, cocinar y comer con mi compañero, atontarme un rato delante del televisor y por la tarde-noche darle a la creación literaria o al trabajo de investigación, o las dos cosas a la vez, ah, y acostarme tarde, no antes de pasada la una.


-9. ¿Qué libro, qué cuadro, qué museo, qué película, qué canción o qué álbum están asociados a un verano inolvidable?

-Libro: parece una barbaridad, pero ‘La Celestina’, en Alloza, a los 12 años. Un cuadro no, un conjunto de pintura que me dejó marcado para siempre: la basílica de Asís, tanto la inferior como la superior con los frescos de Giotto, aquel verano en Perugia. Una película: ‘Roma citta aperta’ de Rossellini. Canción: otras vividas en Perugia: ‘Bandiera Rossa’, que canté montones de veces,  ‘Tanto pe canta’, de Nino Manfredi, y ‘Bugie’, de Mina. Nos pasábamos horas escuchándolas en un bar frente a la universidad.


-10. ¿Cuál ha sido el gran personaje de sus veranos?

-De la infancia y de la adolescencia, mi amigo Antonio, de Alcolea, que murió en accidente cuando teníamos 26 años.

 

-11. ¿En qué han cambiado los veranos con internet? ¿Y con la crisis?

-Con internet, mucho; gracias a eso he sufrido una fiebre creadora tremenda. Ver que mis poemas llegaban a ser vistos por más de 5.000 personas en una semana me animaba a escribir como loco. Me permite leer mucha prensa extranjera (italiana, francesa y en lengua portugués), mantengo relación con mucha gente y gracias a internet he recuperado amigos viejos y montones de exalumnos, lo que ha sido una alegría. La crisis no me ha afectado…, por ahora. Teniendo en este país ahora la pensión máxima me parecería miserable quejarme con el paro que hay y con los salarios del común de los españoles, que trabajando ganan menos que yo.


-12. Su vida está vinculada al Alto Aragón y al aragonés. ¿Son buenos tiempos para el aragonés y la escritura en aragonés? 

Todo lo que investigo es historia altoaragonesa. En cuanto a la creación literaria, toda es en aragonés. Nunca han sido buenos tiempos para esta lengua y siempre ha sido necesario estar en la trinchera. Nunca se ha protegido realmente la lengua, ni siquiera la ley que salió adelante con los votos de PSOE y CHA era una buena ley, porque dejaba a las lenguas propias en inferioridad respecto al castellano: ni eran cooficiales ni eran de estudio obligatorio, todo en las zonas de uso dominante, y eso suponía que las relegaba a la categoría de lenguas de segunda. Pero es que lo que está haciendo el gobierno PP-PAR exige que salgamos a la calle, porque con su ley van a matar al aragonés y al catalán, ya que ni siquiera se les reconoce el nombre. Llevo desde 1966 en el tajo y no pienso reblar.

 

-13. ¿Cuál es la mejor, la más extraña o sorprendente anécdota veraniega vinculada a su profesión?

Fue en julio, al regreso de un viaje al extranjero con el grupo Viello Sobrarbe, cuando me enteré de que la Administración me echaba de Aínsa. A la semana tenía trabajo en el colegio de los Labordeta, en Zaragoza, el Santo Tomás. Justo un año después de la fecha en que me enteré de la expulsión, coincidiendo el día, aprobé las oposiciones.

 

*Foto de Ánchel Conte en Guatemala en 1987.

'LA REVOLUCIÓN DIVERTIDA' DE GONZÁLEZ FÉRRIZ EN ZARAGOZA

'LA REVOLUCIÓN DIVERTIDA'  DE GONZÁLEZ FÉRRIZ EN ZARAGOZA

Recibo esta nota de Melca Pérez de Debate:



[Queridos amigos y amigas:

Como podéis comprobar, ya estamos plenamente reincorporados y con numerosas propuestas para la nueva temporada que esperamos os resulten interesantes.   

 

En estos días habréis recibido el libro LA REVOLUCIÓN DIVERTIDA, de Ramón González Férriz, publicado por la Editorial Debate. Provocadora y lúcida, esta obra supone un análisis histórico sobre las revoluciones sociales que parte de los años sesenta pero que también se pega a la más inmediata actualidad, con los movimientos sociales del 15-M como cierre final.  

Y, como el propio título indica, González Férriz aborda desde un enfoque no exento de crítica la evolución de estos movimientos, cómo comenzaron siendo contraculturales pero finalmente pasaron a ser absorbidos e incluso instrumentalizados por el sistema: por la publicidad, las grandes empresas y hasta la propaganda política. Una tendencia que se ha repetido una y otra vez desde los años 60 y que, según el autor, es posible que vuelva a darse con parte del movimiento 15-M.

 De este modo, esta mirada a la revolución divertida constituye una interesante reflexión tanto de las revoluciones sociales como sobre la sociedad contemporánea. 

 

 

Ramón González Férriz presentará el libro el próximo miércoles 12 de septiembre a las 20.00 horas en la librería Los portadores de sueños, en Zaragoza.

SOLEDAD PUÉRTOLAS: NUEVA NOVELA

SOLEDAD PUÉRTOLAS: NUEVA NOVELA

El acordeón de todos los secretos

 

[Mi amor en vano. Soledad Puértolas. Anagrama. Barcelona, 2012. 226 páginas.]

 

Una de las mejores novelas de Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) es ‘Una vida inesperada’. Cuando redactó aquel libro, según ha confesado, le quedaron por ahí algunos flecos o personajes a la deriva que fueron convirtiéndose casi en una obsesión. Con el paso de los años, escribiendo y reescribiendo, tomando notas, aquellas criaturas adquirieron cuerpo. Son los protagonistas de su nueva novela: ‘Mi amor en vano’, una narración que nace del arrebato de una voz o de las voces. El joven Esteban, con sus ojos azules, aprende a escuchar historias: ahora es un muchacho con muletas que, tras un terrible accidente de circulación, decide cambiar de barrio y asiste diariamente al Centro de Rehabilitación. Violeta, hija de Dayana y Eugenio ‘el Piloto’, se deja cautivar por una voz a través del teléfono, la de Julio, el hombre negro que alquilará el ático y que un día, de súbito, se marchará a París. La propia Dayana, que fue modelo de fotógrafo y de pintor, actriz y cantante, es alguien que habla sin parar: cuenta su vida, sus oportunidades perdidas, sus aventuras con su marido, el cronista de deportes, el Piloto, siempre borracho, con su representante Dani o con el Portugués, que fue como un fulgor inolvidable en su vida.

A ese mundo se acomoda Esteban. Lector de las novelas de Pío Baroja y herido físicamente y moralmente tras la muerte de su novia Laura. Poco a poco parece constatar que “el accidente le había dado sentido a mi vida” y confiesa que “pertenezco al amplio, disperso y dolorido grupo de los inválidos”. Él quiere romper con su pasado y huye de su familia, quizá porque “la vida, en el fondo, es un recorrido que debe de hacerse a solas”.

A solas. Sin duda. A solas incluso cuando se está en compañía de otros. Ese paisaje humano es muy importante: uno de los grandes personajes de la novela es, sin duda, Dayana. Habla, recuerda, hace recuento y pasea a sus perros. Le revela al joven cómo ha sido su vida, en que falló, cómo le gustaba cantar y bailar y cómo lo hizo con algún éxito (sobre todo en Orense), cómo le gustaba percibir que su cuerpo atraía a los hombres y cómo, en medio del alcohol y de las derrotas cotidianas de la convivencia, amó a su marido.

En cierto modo, en esa relación y en esa complicidad, cada más interesante en el desarrollo de la novela, pensamos en otra estupenda novela de Soledad Puértolas: ‘La señora Berg’. A ese fauna también pertenece el escurridizo Eugenio, de quien su hija Violeta, diseñadora, solo lee el primer párrafo de su crónica o de sus reportajes. Y pronto irrumpe otra mujer especial: rebelde, libre, incomodada con su destino, casada y madre de cuatro hijos. Teresa. Hermoso cuerpo, “magnífico e imbatible”. Esteban volverá a sentir el aguijón de la vida y el incendio del deseo (“Lo único que puede salvarte es la voluntad casi instintiva de volver a vivir”), e iniciará algo que hace a menudo: fantasear sobre los otros. Al fin y al cabo, “vista desde fuera, casi cualquier vida parece misteriosa”. Y la de Teresa también lo será: es exhibicionista, colecciona ropa. Y tenía una mirada penetrante: “parecía tan poseída por sus primeros sueños”, dice el joven enamorado.

Soledad Puértolas maneja las voces a su antojo. Las voces que cuentan. Las voces que se interfieren. La de Violeta, enamorada de Julio. La de Dayana, que busca un cómplice a su soledad. La de Esteban: excitado por la pasión, que debe reponerse a la vergüenza: “La vergüenza es el sentimiento que más daño puede hacernos, más daño que el miedo”. La de la propia Teresa, que abandona a su marido y a sus hijos, sin sentido de culpa. La de otros personajes, como Selina, que viene del pasado. Manejando el relato como si fuera un acordeón -estiro aquí, repliego allá, expando la acción hacia los escondrijos de la memoria, ajusto aquí la confidencia y la emoción...-, Soledad Puértolas habla de muchas cosas, sobre todo, de los secretos de familia, del amor equívoco, de la segunda oportunidad, del fracaso y de las traiciones, y del dolor y de la enfermedad. Habla de los sentimientos, de la ternura, de la intimidad, del amor que quema por dentro y de la necesidad de hallar un interlocutor. “No hay felicidad mayor que sentir cómo surge la voz dentro de ti”.

Como casi todos los libros de Soledad Puértolas, ‘Mi amor en vano’ es un libro que huye de lo enfático, de la explosión. Avanza sin estridencias pero con buena música y sin nostalgia.  Pero discurre en el centro del torbellino, pleno de sabiduría (“Ser anónimo significa ser libre”, se dice), de conocimiento del corazón, y del amor y del odio que empapan la existencia de cualquier familia o de un barrio completo.

 

*La caricatura es de Luis Grañena. Apareció,como el texto, en la página ocho de 'Artes & Letras' de Heraldo de Aragón.

CRISTÓBAL SERRA, POR EDUARDO JORDÁ

Julio José Ordovás, escritor y crítico que está ultimando una nueva novela, envía a algunos de sus amigos este artículo del narrador y poeta Eduardo Jordá, que reside en Sevilla, publicado en ‘Diario de Mallorca’, sobre Cristóbal Serra.

 

EN LA OTRA ORILLA

 

Eduardo JORDÁ. Diario de Mallorca

 

 Hay personas que uno lleva a todas partes consigo, aunque haga mucho tiempo que no las vea o aunque estén en el otro extremo del mundo. Y eso me pasaba con Cristóbal Serra, o Tòfol, como le llamaba, porque para mí Serra no era un escritor admirado „aunque también„, sino casi un miembro de mi familia, una especie de tío abuelo soltero que me recibía en su casa y me había enseñado casi todos los secretos que tenía guardados en su biblioteca, aunque por supuesto se reservase los secretos de su vida privada para sí mismo. El caso es que siempre, por una razón u otra, me acordaba de Tòfol. Y el sábado pasado, aquí, en Pensilvania, estaba en casa de unos amigos, en un claro de un bosque que da a un río. Al fondo del jardín, bajo los grandes árboles, se veían los destellos de las últimas luciérnagas del verano. Yo sabía que a Tòfol no le gustaban los bosques, porque a él sólo le gustaban los paisajes marinos, sobre todo los del Port d´Andratx de su infancia y juventud, y de hecho, en las pocas fotos que tenemos de él cuando era joven, siempre se le ve sentado frente al mar. En una foto, incluso, se le ve en un llaüt que lleva un curioso nombre en griego: "Agios Nikolaos". ¿Cómo llegó a Mallorca esa barca griega? Un misterio. ¿Y qué hacía Serra sentado en esa barca? Otro misterio. Pero la vida de Serra „como su literatura„ ha sido siempre un misterio, incluso para los que habíamos pasado horas y horas charlando con él.
El caso es que el sábado pasado se hacía de noche y estábamos todos a punto de volver a la casa, cuando se oyó una especie de gemido que llegaba desde la otra orilla del río. Era un lamento muy largo que parecía el grito de socorro de una mujer, pero también el llanto de un niño, aunque lo sorprendente era que aquel grito también sonaba como una incontenible explosión de alegría burlona. Pensamos que era un pájaro, pero nadie supo adivinar qué pájaro era. No era una chotacabras, ni una lechuza ni un águila. Entonces, ¿qué diablos era aquello? La dueña de la casa nos lo aclaró mientras cenábamos: un zorro rojo oculto entre los arbustos de la orilla. Los zorros salían a la hora del crepúsculo y de vez en cuando emitían aquellos aullidos.

Y entonces me acordé de una de las frases de Péndulo, que fue el primer libro que escribió Cristóbal Serra: "Los hombres somos unas sombras que algunas veces nos mezclamos con la luz de un crepúsculo". Allí mismo, junto al río, yo había tenido la prueba de aquel enunciado: no éramos nada más que sombras mezcladas con la luz del crepúsculo, sombras que escuchaban un grito que no sabíamos de dónde llegaba ni qué significaba. Y allí, al oír el aullido del zorro, también me acordé de la peculiar posición que ocupaba Cristóbal Serra en el panorama literario de nuestro país, porque nadie sabía situar a Tòfol en un sitio o en otro, y nadie sabía si era una chotacabras o una lechuza o un águila. O dicho en términos literarios, nadie sabía si era un narrador o un pensador o un poeta, o más bien un zorro rojo escondido entre los arbustos de un río (o sentado en una barca que se llamaba "Agios Nikolaos", que para el caso es lo mismo).

He conocido a mucha gente, pero nunca a nadie que tuviera unos gustos tan personales como Cristóbal Serra. Le gustaba la música de John Cage, que ponía en un tocadiscos de aguja en su salita, no sé si con el propósito de echarnos de su casa cuando se sentía fatigado. Le gustaba la pintura de Georges Rouault y el taoísmo empapado de cristianismo (o al revés). Le gustaban las historias bíblicas de los profetas, y no ha habido nadie que haya entendido mejor la figura del profeta Jonás, que era un profeta menor en la Biblia, pero que se convirtió en profeta mayor cuando cayó en sus manos. Y le gustaban los asnos, a los que siempre daba el tratamiento de altezas reales, refiriéndose a ellos en singular y con una reverente mayúscula. Y tenía opiniones políticas que sabía expresar de un modo enigmático. Un día, hablando del nacionalismo isleño, Serra „que era la persona más mallorquina que uno podía encontrarse me soltó este verso de Dante: "L´avara povertà dei catalani". Un endecasílabo le bastó para zanjar la cuestión.

Aunque Cristóbal Serra haya muerto, no vamos a poder librarnos fácilmente de él. Cuando menos lo esperemos, en medio de la oscuridad creciente, oiremos ese lamento que parece un grito y una risa burlona, todo a la vez, y sabremos que él está allí, escondido entre los arbustos de la otra orilla.

 

*La primera foto es de EFE / Manihtú. La segunda es de Pep Vicens y apareció en 'El Mundo'.

'TURIA' O EL SIGLO DE JORGE AMADO

‘TURIA’ O EL SIGLO DE AMADO

 

El diez de agosto de 1912, en la aldea de Ferradas, distrito de Itabuna, Bahía, nacía el escritor Jorge Amado (1912-2001), sin lugar a dudas uno de los más grandes escritores brasileños de todos los tiempos con Graciliano Ramos, Joao Guimaraes Rosa, Clarice Lispector y Cabral de Melo, entre otros. A esa efeméride y a ese creador le dedica la revista ‘Turia’ su número 103. Son más de 160 páginas que exploran su personalidad, su obra narrativa y el eco internacional que ha tenido una obra que respira energía, complicidad con el pueblo y las raíces indígenas de Brasil, dimensión cívica, política y solidaria (recuerda Amado que su encuentro con Zélia Gattai, su esposa, marcaría su lucha contra el nazismo y por la democracia), sensualidad, erotismo y grandes caracteres femeninos, como Gabriela, Doña Flor, Tocaia Grande o aquella Tieta de Agreste, aquella mujer que practicaba “en la cama la ‘y griega’ y la ‘y griega’ doble”. Un día le preguntaron a Amado en qué consistían esas prácticas y el escritor dijo: “Señora mía, también a mí me gustaría saberlo. Tieta nunca me lo contó”.

 

 

A propósito del amor, dice Amado: “El amor en mis libros es algo limpio, no es algosucio, ni triste. Es algo noble y alegre que llega incluso a elevar al ser humano y hacerlo mejor. Diría que mis libros transmiten esa limpieza, esa pureza del amor”. Participan en este Cartapacio central escritores de la talla de Joao Ubaldo Ribeiro o Clarice Lispector (‘Turia’ recupera una cita dialogada entre Amada y ella), pero también expertos en literatura brasileña, y con ellos figuran Basilio Losada, César Antonio Molina o Juan Manuel Bonet. Entre otros artículos de evocación y análisis, hay un inédito de Amado. En una entrevista con Ricciardi declaró: “Trabajo con palabras, intentando recrear el lenguaje popular. Pero mi escritura viene del contenido: la forma nace del contenido (...) Soy un modesto escritor bahiano, poco apreciado por la crítica. Y en compensación, muy apreciado por el público (...) [Cuando escribo] Pienso en los personajes. Pienso en el libro y no en el mercado. Soy un escritor y no un hombre de negocios”.

En esta entrega de ‘Turia’, que se presentó en Brasil, José María Ridao habla de la trayectoria de Jorge Semprún; Diego Morales comenta y elabora una biocronología de Alejandro Jodorowsky, y Julio José Ordovás recompone, con testimonios y con su propia percepción, tan cercana, los trabajos y los días de Félix Romeo (1968-2011), que se fue “a andar por los aires” hace ahora un año casi. En creación se publican textos, en prosa, de Luis Mateo, José María Merino o Patricia Esteban Erlés, que avanza su libro ‘Casa de muñecas’; en poesía, a modo de primicia, se rescatan unos poemas inéditos del pintor Pablo Palazuelo. En filosofía, Georges Steiner avanza un fragmento de ‘La poesía del pensamiento’. Las entrevistas son con Víctor García de la Concha, que dialoga con Emma Rodríguez a propósito del Instituto Cervantes, y con el fotógrafo José Manuel Ballester, que es el encargado de las ilustraciones interiores; conversa con Javier Díaz-Guardiola.

El director Raúl C. Maícas, en su diario ‘La isla’, elogia el quehacer de Helmut Newton y el silencio. Esteban Sarasa escribe de ‘Aragón en La Concordia de Alcañiz y el Compromiso de Caspe de 1412’, y Francisco Lázaro Polo completa su extenso perfil del escritor costumbrista, de barniz carlista, Manuel Polo y Peirolón.

 

*Tres retratos de Jorge Amado: en el segundo y en el tercero está con su esposa Zelia Gattai.

'LA REVOLUCIÓN DIVERTIDA' DE RAMÓN GONZÁLEZ FÉRRIZ

'LA REVOLUCIÓN DIVERTIDA' DE RAMÓN GONZÁLEZ FÉRRIZ

RAMÓN GONZÁLEZ FÉRRIZ EN LOS PORTADORES

Recibo esta nota de Félix González y Eva Cosculluela de Los Portadores de Sueños: [Queridos amigos: Editorial Debate y Los portadores de sueños tenemos el gusto de invitaros a la presentación de LA REVOLUCIÓN DIVERTIDA,  de RAMÓN GONZÁLEZ FÉRRIZ. El autor estará acompañado por el escritor DANIEL GASCÓN. Será el próximo miércoles 12 de septiembre a las 20h, y al terminar nos tomaremos un vino juntos y brindaremos por el libro y el autor.

 

LA REVOLUCIÓN DIVERTIDA

Un brillante análisis de las revoluciones desde mayo del 68 a mayo del 2011.

En los años sesenta aparecieron movimientos culturales que pretendían cambiar el mundo. Querían más libertad sexual, el fin del consumismo capitalista y un reencuentro con la naturaleza. Sus proclamas aparecían en la televisión con música pop de fondo, y parecían en verdad el inicio de una revolución. Sin embargo, esas formas de vestir y hablar extravagantes, esa música estridente y esa rebeldía vital no sólo no acabaron con el capitalismo, sino que pasaron a formar parte del sistema y a ser asumidas por la publicidad de las grandes empresas y la propaganda política.


Desde entonces, las revueltas de esa clase se han multiplicado -en España, por ejemplo, con la Movida madrileña o el movimiento antiglobalización-, pero su destino siempre ha sido el mismo: la disolución de sus propuestas políticas, el triunfo de su estilo y su cultura, y el surgimiento de una figura singular: el rebelde burgués.

Con las imágenes del reciente 15-M aún en la retina, esta mirada a la revolución divertida constituye una reflexión fundamental sobre la sociedad contemporánea.



RAMÓN GONZÁLEZ FÉRRIZ


Ramón González Férriz (Granollers, Barcelona, 1977) ha sido editor, traductor y periodista. Actualmente es el responsable de la edición española de la revista LETRAS LIBRES y escribe sobre cultura y política en medios de comunicación españoles y latinoamericanos.


Os esperamos el miércoles 12 de septiembre a las 20h en Los portadores de sueños (C/Blancas, 4 · ZGZ).]

 

CRISTÓBAL SERRA, ADIÓS POETA

CRISTÓBAL SERRA, ADIÓS POETA

 

CRISTÓBAL SERRA: ADIÓS A UN ESCRITOR INEFABLE

Cristóbal Serra (Palma de Mallorca, 1922-2012), el escritor mallorquín, poeta, narrador, traductor, místico, ha fallecido a los 90 años. En 1996 se publicó su obra completa en el volumen ‘Ars Quimerica’ de Bitzoc, que dirigía Basilio Baltazar. He tenido alguna correspondencia con Serra: fue a raíz de ese volumen y de la amistad con Miquel Angel Riera. Leyó uno de mis libros, quizá fuese ‘Los pasajeros del estío’ y me envió una carta muy afectuosa. Cristóbal Serra era un auténtico sabio: había escrito diarios, era un gran conocedor y lector de la Biblia, conocía muy bien las vanguardias, en particular el surrealismo, había traducido a Henri Michaux (que le influyó mucho en dos de sus mejores libros: ‘Viaje a Cotiledonia y Retorno a Cotiledonia’, y tradujo ‘Un bárbaro en Asia)’,  y era un experto en William Blake. Me impresionó cuando leí su ‘Pequeño diccionario de William Blake’, que conoció varias ediciones en Olañeta. También tradujo al poeta y pintor y grabador: hace unos días, viendo la exposición en Caixaforum me acordé de Serra, al que acaba de retratar para la revista ‘Letras Libres’ esa estupenda escritora y periodista que es Llucia Ramis. Era, entre otras muchas cosas, un estudioso de Lao Tsé, sentía gran admiración por los diarios de Leon Bloy y fue amigo y corresponsal de Juan Larrea.

 

 

CRISTÓBAL SERRA, LOS GUIÑOS DEL ERMITAÑO

 

Por Llucia RAMIS / Letras Libres. Monográfico de julio y agosto 2012

http://www.letraslibres.com/revista/dossier/cristobal-serra-los-guinos-del-ermitano?page=full 

 “Recuérdalo bien”, escribe Cristóbal Serra, “quien se aferra a la fama, suele morir infame”. No será su caso. A pesar de que ha recibido reiterados elogios por parte de escritores insignes como Octavio Paz, Juan Perucho, Juan Larrea, José Bergamín o Pere Gimferrer (que en 1985 lo incluyó en su versión de Los raros), el autor mallorquín vive aislado no solo geográficamente.

En su obra adquiere un papel fundamental la ironía que inspira al mundo y sus escrituras. La figura de Serra plantea una paradoja: siempre se le ha considerado un raro, cuando no ha sido esta su intención. Evita las extravagancias porque suficiente tiene con centrarse en la literatura. Y ese recogimiento, la sencillez que debería ser propia de cualquiera que se dedique a las letras, es lo que extrañamente lo convierte en alguien inusual, hasta cierto punto un “olvidado”.

De algún modo podría identificarse con Jonás, que, cuando se vio llamado a ser profeta en Nínive, y contra el mandato de Dios, huyó en dirección a Tarsis. Una tempestad hizo que se sacrificara pidiendo que lo lanzaran al mar para calmar la furia divina. Así fue como los marineros se volvieron creyentes. Aquella tormenta frenó la marcha de Jonás y le obligó a misionar entre paganos, en contra de su voluntad.

“La palabra profeta significa ‘uno que se desgañita’ por dar a conocer verdades espirituales”, explicaba Serra durante su discurso de investidura como doctor honoris causa por la Universitat de les Illes Balears, en 2006.

El profeta, en primer lugar, es un hombre religioso y, en segundo lugar, es un científico dotado para predecir o adivinar los acontecimientos. Le califico de científico porque, rigurosamente hablando, sus atisbos no guardan relación alguna con la religión, pero sí sus denuncias. La profecía es pues una especie de apropiación de la historia, es comparable a la previsión de un boletín meteorológico.

Y no hay que confundir la religión con la moral, ni a los místicos con los santurrones.

Añadía también: “Si he escrito tantísimas invenciones quiméricas es porque he creído que, en materia de comunicación, un artista no se mide por el éxito, por la difusión material de su obra. En cambio, he creído que los solitarios, los aislados, son los más auténticos comunicantes.”

Cual eremita urbano, Serra apenas sale de su céntrico piso en Palma. A veces recibe visitas (no siempre tangibles, y no me refiero a las musas) y durante sus conversaciones, rebosantes de cultura, se ríe igual que un niño, con esa picardía que también aparece en sus libros. No le gusta la charlatanería literaria, mucho menos el peloteo que precede en ciertos ámbitos al reconocimiento. Citando a Emanuel Swedenborg –“que fue tan científico como visionario”–, recuerda que ya dijo que “los eruditos saben mucho menos que los simples”. A sus casi noventa años, Serra lee y escribe para sí. “Prefiero filosofar por mi cuenta a que otro me psicoanalice.” Lejos de quienes consideran que no les queda nada por aprender, él es un sabio todavía capaz de ilusionarse y de la carcajada.

“Tengo escrito en mi parca ‘autobiografía’ que soy de los que, por su timidez, han sido antes traductores que escritores. En mi caso, el primer libro que publiqué no fue creación personal, sino la versión del Librito del Tao. Atrevida empresa porque jamás supe chino. A partir de entonces, he escrito siempre como un hombre común y no como un hombre de letras profesional”, cuenta.

Hace unos años se comercializó una camiseta con la caricatura que el historietista Álex Fito hizo de Cristóbal Serra. A su alrededor, los epítetos que la crítica le ha atribuido: micrólogo, asnomaníaco, serpentino, ermitaño, lacedemónico. Mientras que él no sale de casa, la gente lleva por la calle su rostro estampado en la ropa, convirtiéndolo en un icono pop para minorías.

Creador de las Nótulas  –a las que también llamó cuchicheos, volatines, ventoleras, guiños o borrones–, halla en el aforismo la extensión perfecta. “La gran inteligencia es sintetizadora y la pequeña inteligencia es discriminadora”, escribe. Y también: “Cuando la Quimera tiene su nombre, deja de ser quimérica”, “La música del rebuzno carece de contrapunto”, “La muerte es la hiedra de los huesos”. En 2002, Tusquets publicó sus Efigies, en las que Serra busca la “sabiduría mínima” y elige a veintiséis autores con quienes comparte semblanzas. Carlos Edmundo de Ory, Heráclito de Éfeso, Ramon Llull, Juan Ramón Jiménez o Chesterton forman parte de una selección en la que la filosofía y la poesía –y tal vez sí, cierta peculiaridad– convergen.

Como cuenta Basilio Baltasar en la introducción de Ars Quimérica  (donde la desaparecida editorial Bitzoc recogió la obra casi completa de Serra), tres sucesos le convirtieron en lo que es. Por una parte, las secuelas de la Guerra Civil. Por otra, la enfermedad que lo recluyó en su casa del Puerto de Andratx, cuando el Mediterráneo aún era sinónimo de mar y de brisa, y no de turismo, hoteles y apartamentos en la playa. En el aire, flota esa sal mallorquina con la que sazonaría su creación. Allí, anclado en la bahía, descubrió el velero de la acuarelista inglesa y exquisita madame  Flower, cuya biblioteca saciaría su curiosidad adolescente y le abriría esos caminos literarios que Serra ha recorrido también como profesor y traductor.

Biblioteca Parva es un homenaje a sus maestros invisibles. La ocultación de William Blake, Léon Bloy, las visiones de A. K. Emmerick o el diario íntimo de Joubert –la experiencia interior– se complementan con la literatura profética, especialmente del Libro de Jonás, víctima de esa ironía que, según Serra, se trasluce también en la figura de Jesús.

Dice:

Me sedujo siempre el Evangelio, porque Jesús predica, pero no nos da nunca una conferencia para agotar el tema. Queda todo un poco péndulo. Usa la paradoja, el proverbio, la hipérbole; esgrime la ironía (como dije), dejando caer más de una pulla.

Si calibramos su enseñanza, vemos que esta no va dirigida solo al intelecto, no puede ser explotada dialécticamente. Como maestro, es el más huidizo de los docentes.

Lao Tse es un pícaro; Chang Tse, un humorista. Escribe: “El más internacional de los pueblos –el judío– es asimismo el más pueblerino.” Jonathan Swift, Melville y Michaux –y cómo no, la Odisea, la Divina Comedia  y el Quijote– lo acompañan de algún modo a lo largo de su Viaje a Cotiledonia, adonde regresaría con Retorno a Cotiledonia, un lugar imaginario que a menudo nos resulta familiar, habitado por furios, bilibús, oniritas, zafacocas y marimondinos. Advierte en el prefacio: “En previsión de posibles malentendidos, aseguro una vez más que he sido huésped de Cotiledonia por espacio de varios años y que allí contraje el mal hábito de dar importancia a las naderías de aquella civilización.” Y en otra ocasión: “La inverosimilitud, que hace posible una narración un tanto fantástica e inofensiva, esconde siempre segundas intenciones.”

Ejemplo de ello se encuentra en las Fábulas  de La Fontaine o el Disparatario  de Lear, también hitos del universo de Serra, quien ha escrito sus conversaciones imaginaras con Bernard Shaw y Léon Bloy.

Puedo decir que, en mis creaciones literarias, me he dejado guiar por el Vidente de Patmos y el manifiesto de Kandinsky, que aconseja: “el artista debe ser ciego a las formas ‘reconocidas’ o no ‘reconocidas’, sordo a las enseñanzas y los deseos de su tiempo”. Aunque se haya subrayado que en mis primeros libros (Péndulo, Viaje a Cotiledonia) hay ecos del surrealismo y del dadaísmo, puedo asegurar que, en los momentos de más subido irracionalismo, estos libros no descartan el ejercicio de un deliberado raciocinio. El logro de un estilo, como toda humana comunicación, no es puro esmero.

Uno de los recursos más llamativos en la obra de Serra es la figura del asno. En su memoria de investigación, Josep M. Nadal Suau apunta que existe una conexión íntima entre la vindicación de este animal manso, fuerte, bíblico y la lectura atenta y desinhibida que Serra hace del gran texto judeocristiano, cuyo resultado es una parodia indirecta del historicismo: “Serra desconfía de la razón, el poder y la historia.”

Leer a Serra es leerlos a todos a través de su ingenuidad solo aparente, que se convierte por escrito en una risa infantil y gamberra –la “divina malicia” de Nietzsche, apunta él– sobre temas, si no inmutables, sí tratados por fin de otra manera: a su manera. Sin ser necesariamente irreverente, encarna la absoluta libertad interpretativa. Y su alejamiento de los cánones es lo que lo hace imprescindible.

No solo Nietzsche aconseja la sal sazonadora. Nada menos que San Pablo, su enemigo dialéctico, y los evangelios sinópticos requieren: “que vuestra conversación sea siempre amena, salpicada de sal, sabiendo responder a cada cual como conviene”.

Esta sal no será confundida con el Espíritu (en mayúscula), que congrega, desgraciadamente, a tiesos, envarados y fúnebres dogmáticos. Se trata de una actividad cerebral que no segrega algo grave y serio, sino humor. Con decir que admite fantasías, locuras, elucubraciones, quimeras, ya está dicho todo.

En estos tiempos en que la contraseña es el utilitarismo, puedo decir que he buscado la salvación en el trabajo inútil e inadvertido, en el sentido taoísta no-calculador.

Leer a Serra sorprende siempre y tal vez su exceso de originalidad le resulte intolerable al lector acomodaticio y, efectivamente, utilitarista. Solo así se explica que se le siga considerando un raro. José Carlos Llop lo definía como “ascético, individualista acérrimo y configurador de un misticismo intransferible, con un único lujo de sociedad –aparte de la inteligencia– que es el humor”. Ahora Llop añadiría que debe de ser un fastidio acabar catalogado de raro: “Tal vez deberíamos darle la vuelta al concepto”, plantea, “¿y si la rara es la cultura española, que no tiene estómago para digerir lo que se sale de la norma?”

No sé si será verdad que nadie es profeta en su tierra. En cualquier caso, lo que está claro es que la tierra de Cristóbal Serra es, sin ninguna duda, la literatura. ~

 

*Las fotos de Serra, las tres últimas, las tomo de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-b1797968e903b1230daf064d56a1396c.jpg