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Antón Castro

Escritores

HOY, EN EL PARANINFO, A LAS 20 HORAS, 'EL TESTAMENTO DE AMOR...'

HOY, EN EL PARANINFO, A LAS 20 HORAS, 'EL TESTAMENTO DE AMOR...'

Esta tarde, a las 20 horas, en la sala Pilar Sinués del Paraninfo, se presentará ‘El testamento de amor de Patricio Julve’, en Xordica, con portada de Luis Grañena. Intervendrán Concha Lomba, vicerrectora, Chusé Raúl Usón, editor, y la poeta Almudena Vidorreta y el escritor y periodista José Javier Rueda. Se servirá un vino por cortesía de la Denominación de Origen de Cariñena y la librería Los Portadores de Sueños venderá ejemplares si a alguien le  pudiera interesar adquirir este volumen que llevaba diez años agotado.

Estáis invitados, si podéis, si queréis y si no tenéis otros compromisos. Creo que a la misma hora José Giménez Corbatón presenta en la IFC una edición crítica de un gran libro sobre el Maestrazgo: ‘El fragor del agua’. [Traigo aquí la foto de Joan Vilatoba, de ‘todocoleccion’, que me inspiró el libro y el personaje, y por supuesto el cuento que da título al conjunto.]

 

VALÉRIE MRÉJEN: UN DIÁLOGO

VALÉRIE MRÉJEN: UN DIÁLOGO

 

 

ENTREVISTA CON VALÉRIE MRÉJEN

La autora de ’El Agrio’ o ’Mi abuelo’ publica, de nuevo en Periférica (el sello que dirigen Paca Flores y Julián Rodríguez), ’Eau Sauvage’. Mréjen es, además, realizadora y videocreadora. La escritora y fotógrafa Aloma Rodríguez estuvo con ella en Madrid y le hizo esta entrevista.

 

Por Aloma RODRÍGUEZ*

 

Valérie Mréjen (París, 1969) es novelista y cineasta. ‘Eau sauvage’ (Periférica, 2011), la tercera novela que se edita en español, vuelve a las relaciones familiares y presenta a un padre torpe y tierno a la vez que le habla a su hija. Mréjen estuvo hace unos días en Madrid, para presentar algunas de sus piezas audiovisuales y ‘Eau sauvage’.

¿Cómo surgen sus novelas?

Las ganas de escribir siempre nacen de una obsesión, de algo que vuelve. Es lo que me pasó con ‘El agrio’, o con las relaciones familiares en ‘Mi abuelo’ y ‘Eau Sauvage’, que habla de la propia obsesión de la repetición en las relaciones familiares. Para mí tienen algo opresivo, algo bastante agresivo por la violencia verbal, pero al mismo tiempo tienen una gran fuerza cómica.

El humor descarnado es una de las características de su estilo desenfadado y fresco, ¿de dónde viene?

Las situaciones familiares pueden resultar agresivas, pero si vieras a toda esa gente hablando a la vez en la mesa, gritándose, como en una película italiana de una familia muy numerosa, te parecería gracioso, podría ser una parodia. Trato de mezclar las dos cosas porque no me apetece que sea triste, no va para nada con mi carácter y, además, la parodia es una manera de abordar buena parte de las cosas que quiero que estén en mis libros. Lo que me hacía soportar determinadas situaciones, escenas, comidas familiares era que siempre había un momento en el que se podía respirar porque había algo de parodia, un momento en el que nos reíamos de nosotros, nos lanzábamos bromas. He querido mostrar eso en mis libros. Me cuesta mucho trabajo conseguirlo, no es para nada algo adquirido o natural; siempre tengo que buscar la manera de hacer las cosas más ligeras.

Sus novelas son fragmentarias, con capítulos muy cortos…

La estructura viene de la voluntad de alternar situaciones de agobio, incómodas, con momentos de parodia. De hecho, en los tres libros hay una alternancia entre los capítulos. En ‘Eau Sauvage’ me impuse alternar los momentos en los que el personaje es bastante duro y torpe con otros en los que es mucho más tierno y paternal, como si todo eso fuera cambiante sin cesar, como si oscilara todo el tiempo y no tuviera nunca uno de los aspectos del todo ni el otro. Y eso hace que la estructura sea bastante fragmentaria.

Y esa fragmentariedad deja huecos, a veces da la sensación de que en sus novelas es casi tan importante lo que no se dice como lo que se dice.

Me di cuenta de que tenía la necesidad de dejar espacios entre los capítulos y no sabía por qué lo hacía, pero era mi manera de escribir, me salía de manera natural. Y me di cuenta de que dejar esos espacios en blanco, o vacíos, era una manera de dejar un espacio en el que el lector puede proyectarse y, tal vez, imaginar cosas que no se dicen de manera explícita. Hay lazos entre los párrafos que establezco de manera un poco inconsciente; hablo de una cosa y eso me hace pensar en otra, y así se despliega la escalera. Otras veces los lectores me descubren lazos que yo no había puesto de manera intencionada. En lo que escribo hay cosas cuyo sentido a veces se me escapa, pero también en los vacíos.

¿A qué responde esa estructura?

No quería que la materia fuera demasiado densa, quería que las cosas quedaran evocadas, sugeridas a veces, aunque por supuesto hay cosas que se dicen de manera explícita. Pero me gusta detenerme en un determinado punto porque a veces también a mí la memoria me falla, no tengo un conocimiento preciso de lo que cuento y soy consciente de que deformo mis recuerdos. Es una deformación necesaria, pero me siento obligada a detenerme en un determinado momento porque son fragmentos, impresiones, frases que vienen pero que a veces no sé bien de dónde vienen; es también una manera de preservar una cierta incertidumbre.

Su estilo debe mucho a la memoria y su escritura sigue el patrón de la memoria.

Sí, es cierto. Siempre que he empezado uno de mis libros sabía que lo que contaba era en realidad mi interpretación. Y, sobre todo, en las historias familiares tenía claro que lo que contaba era la manera en que yo me acordaba de algo determinado y que quizá era completamente falso en relación a la verdad -en realidad, no existe una verdad en las relaciones familiares, cada uno tiene su interpretación. Pero es muy importante, sobre todo en la escritura de ficción no solo aceptar esa idea sino desarrollarla: transformamos las cosas, nos las apropiamos, está completamente filtrado a través del prisma de nuestra mirada. Al mismo tiempo es delicado porque al tratarse de historias de familia, tenía la sensación de que no tenía derecho a interpretar esos recuerdos.

En sus novelas habla de otros, pero de una manera velada también se cuenta a usted.

Creo que no hubiera podido contar mi propia historia directamente. Lo hago a través de una falsa neutralidad: enumero hechos, recuerdos que son mis recuerdos, pero que no tienen ningún valor en sí mismos. Me di cuenta de que había algo que me pertenecía de una manera muy particular y muy precisa. Escribirlos de una manera neutra era una manera de hacer que estuvieran fuera de mí. De hecho, también hablo de cosas un poco periféricas, exteriores. Me sitúo en el lugar de una observadora, como si no estuviera implicada, pero soy yo, evidentemente. Eso me permitía ponerme en el papel de una narradora exterior y no quería poner por delante una psicología, quería evitar la psicología.

¿Cómo pasa de las personas a los personajes de las novelas?

Es una frontera difícil porque hay personas de las que hablo en mis libros que existen y a las que transformo en personajes de novela y sé que van a leer el libro y, aunque no lo haya escrito para rendir cuentas, no puedo evitar pensar que lo van a leer. Es un poco extraño transformar las cosas porque te preguntas cómo se lo van a tomar. Por ejemplo, con ‘El agrio’, le di el manuscrito a la persona en la que se basa Bruno.

¿Se siente representante de una nueva corriente literaria cuyas características son la fragmentación, la autoficción?

Sinceramente, no lo sé, pero no creo. La autoficción es algo de lo que se ha hablado mucho últimamente, pero creo que ha existido siempre. Hay conversaciones entre las obras, los escritores nos robamos cosas. Por otro lado, nunca he tenido miedo de que me influyeran los autores que me han marcado, ni de perder algo, ni de caer en la imitación y, al mismo tiempo, olvido los libros que me marcan profundamente para conseguir escribir mi propio libro mejor. Sé que están ahí, pero no me acerco demasiado.

Además de Perec, ¿qué otros escritores son sus referentes?

Es cierto que Perec ha sido una lectura importante y lo sigue siendo y, extrañamente, Marguerite Duras. La descubrí cuando era adolescente y me marcó mucho. Duras cuenta su historia familiar, personal, toda su vida, y me siento bastante cercana a esa manera de mezclar las historias personales, de volver sobre ellas, de dar vueltas a las cosas. Y consigue hacer algo que está más allá de la ficción, algo un poco enigmático. Siempre pienso en Philip Roth y Bret Easton Ellis. Natalia Ginzburg también me gusta. Hay muchos escritores contemporáneos que me gustan: Olivier Cadiot es divertido y manipula mucho las frases hechas. Hace lecturas en público y es muy bueno en el escenario. Me gusta mucho la idea de pasar del mundo de la literatura al escenario, transformarse.

Compagina su trabajo de escritora con el de cineasta, ¿qué diferencias entre los dos lenguajes hay y qué es lo que le atrae de ambos?

Hay muchas diferencias y precisamente eso es lo interesante: poder reflexionar sobre esas diferencias cuando pasas de uno a otro. Por ejemplo, ‘Eau Sauvage’ es un monólogo de un padre que le habla a su hija, y hay muchas cosas que vuelven como cantinelas familiares; para hacer ese retrato en un película habría tenido que seguir otro procedimiento completamente distinto, habría hecho falta definir la situación, que evolucionara, habría hecho falta definir los momentos de apogeo, de crisis y otros de calma. Cuando escribes una película estás obligado a contar una historia.

¿Se siente más libre escribiendo novelas?

No es necesariamente una cuestión de libertad, sino una cuestión de relación con el presente. En un libro puedes describir una habitación durante diez páginas y en una película, aunque se puede hacer, es necesario que haya un progreso porque estás ahí durante un tiempo determinado. La libertad formal puede encontrarse en el cine de manera muy poderosa. Son formas de escritura que tienen sus límites y que no son los mismos; tienes sus ventajas y sus limitaciones y eso me parece muy interesante, así como trabajar con esas formas y reflexionar sobre eso.

¿Para qué sirve la literatura?

Es una buena pregunta. Me sirve para entender muchas cosas, para vivir. Me sirve para reflexionar, para avanzar, me sirve para evolucionar. Creo que es muy importante analizar las cosas, releer, inscribirse en una historia aunque a veces sepamos que estamos influidos por un escritor que nos ha marcado.

 

*Esta entrevista, con ligeros cambios, se publicó en ’Artes & Letras’ de Heraldo de Aragón. La foto de Valérie Mréjen es de David Barreiros. 

PEPE CÁCCAMO FALA COA LÚA

PEPE CÁCCAMO FALA COA LÚA

PEPE CÁCCAMO COMPÓN O SEU ‘ALFABETO DA LÚA’

Pepe Cáccamo é un dos meus grandes amigos de Galiza. Foi atleta na súa mocidade. Un grande poeta, memorialista, escritor de textos infantis, pero ademais fai, á maneira de Joan Brossa ou Chema Madoz ou os surrealistas, poesía cos obxetos. Vive frente á illa de San Simón, no mar de Vigo, onde Cunqueiro, o noso mestre, ouvía cantar a serea. Vive nunha casa de arquitectura de vangarda con Beatriz, Pedro e Antón, case no medio dos boscos, nun deses lugares onde a lúa se senta de noite a ler. Ás veces le ó grande poeta pontevedrés Lois Amado Carballo, autor de dous únicos poemarios: ‘O Galo’ e ‘Proel’. Amado Carballo, salvadas as distancias, é o Lorca galego. Escribía poesía panteísta, animista, de vangarda, con forma clásica, de romance e cantiga. Pepe Cáccamo fixo este ‘Alfabeto da Lúa’ sobre o seu poema dedicado a esa criatura nocturna que ás veces se fai chamar Margarita ou Margarida.

FÉLIX ESCRIBIÓ DE CHRISTINA STEAD

FÉLIX ESCRIBIÓ DE CHRISTINA STEAD

 

El domingo, en 'El País Semanal', Javier Cercas contaba que le había regalado su ejemplar de 'El hombre que amaba a los niños' a Félix Romeo, y que acababa de enterarse por ABC que se había publicado en español. Lo que quizá no supiese Javier es que Félix ya había firmado en la página ocho de 'Artes & Letras', que era la suya, esta reseña de la novela.

 

CASA DE LOCOS

 

Pre-Textos publica 'El hombre que amaba a los niños' de Christina Stead

 

Por Félix Romeo

 

 

 

 

[Christina Stead. El hombre que amaba a los niños”.  Traducción de Silvia Barbero.  Prólogo de Felipe Benítez Reyes.  Pre Textos. Valencia, 2011. 720 páginas. 36 euros.]

 

 

Casa de locos” es la expresión que utiliza para describir su propia casa Henrietta Collyer, Henny, casada con Samuel Pollit, Sam. También la describe en ocasiones como “matadero”, y lo cierto es que para ella, que vive allí gracias a la caridad de su padre millonario, es peor que si viviera en el infierno.

    Henny se casó con Sam pese a que no esperaba mucho de su relación, pero todo ha ido mucho peor de lo que pensaba: se ha cargado de hijos, el dinero no alcanza y detesta las ideas maravillosas y totalitarias de su marido. Así habla Henny a Sam sobre Sam: “Todo el día babeando a mi alrededor y llamando amor a eso, llenándome de niños mes tras mes y año tras año, mientras yo te odiaba y te detestaba y te gritaba al oído que te apartaras de mí, pero no me soltabas. En lo más recóndito de tu corazón estabas seguro de saber de dónde provenía tu maravilloso éxito, forzándome a quedarme aquí, en esta muela podrida de casa para hacer lo que a ti te convenía, obligándome a ponerme a cuatro patas para fregar los suelos, a lavar tu sucia ropa interior, tus viejas y desgarradas sábanas, tus mantas, incluso tus trajes. He rellenado colchones para ti y tus hijos. He cocinado para toda esa pandilla de asquerosos, malvados, ignorantes y jadeantes Pollit que tanto odio. He tenido que aguantar ese olor a perros muertos en toda la casa por culpa de ese formol del que estás tan orgulloso. He tenido que aguantar tus repugnantes animales y tus colecciones idiotas y tu fertilizante orgánico apilado en el jardín y tus charlas interminables. ¡Tus charlas y charlas y más charlas, que tanto me aburrían y que me saturaban los oídos! Soltando un rollo tras otro, hasta que pensé en matarme para escapar de ti, de tu mundo de grandes fantasmadas y de tu mano dura, siempre queriendo salvar a este mundo corrompido con tus chácharas...”.

   Christina Stead (Sidney, 1902-1983) publicó “El hombre que amaba a los niños” en 1940, en Estados Unidos, y pese a su fuerza y a su originalidad la novela pasó sin pena ni gloria (algo que habrían podido evitar los estudios de Hollywood, que renunciaron a la adaptación cinematográfica que les propuso Ring Lardner Jr). En los años 60 la rescató el poeta Randal Jarrell y fue entonces cuando la quiso traducir por primera vez al español la editorial Seix Barral, aunque finalmente algunos problemas lo impidieron: Juan Ferraté le habló apasionadamente de la novela a Javier Cercas, a quien le regaló la edición americana de bolsillo que habían leído los miembros del consejo editorial. Y ha vuelto a las librerías en este siglo XXI gracias a Jonathan Franzen, conocido por “Las correcciones” y ya estrella mundial de la literatura por su nueva novela, “Libertad” (Salamandra), quien ha afirmado que “El hombre que amaba a los niños” no es sólo una de las mejores novelas del siglo XX, sino también la mejor novela jamás escrita sobre la familia y el ataque más feroz contra el patriarcado de toda la literatura”.

    Y es cierto que Christina Stead hace en la novela un magnífico y brutal retrato del patriarca Samuel Pollit, un tipo que, como escribe Felipe Benítez Reyes en el prólogo, es tan indulgente consigo mismo como exigente e inflexible con los demás. Sam se sueña como uno de esos hombres del “Renacimiento” americano, como Thoreau, reconciliado con la naturaleza, y desea moldear a todos los seres humanos (y en especial a sus seis hijos, a quienes trata como si formaran parte de uno de sus experimentos científicos) a su imagen y semejanza, que para él, orgulloso de su ciega bondad, es lo máximo. Sam es un psicópata. Como psicópatas eran otros tiranos de la época, mucho más peligrosos, como Stalin, Hitler y Franco, todos preocupados por sus hijos descarriados y todos dispuestos a convertirse en Saturno.

    Henny es menos original como personaje que Sam, y recuerda mucho a dos grandes heroínas trágicas de la novela del XIX, a Ana Karenina y, sobre todo, a Emma Bovary, igual de acosada por las deudas, igual de insatisfecha con su marido y con su maternidad e igual de defraudada por sus amantes, mucho más imaginarios que reales.

    A los problemas de relación entre Henny, Sam y su familia, se añaden los problemas económicos: tienen que abandonar su casa en la ciudad, Sam pierde su empleo, la herencia soñada se ha convertido en humo... En ese regreso idílico a la naturaleza que sueña Sam, uno tras otro se van convirtiendo en animales: el pensamiento se va adelgazando porque tienen que mantenerse despiertos para alimentar el fuego que cuece una olla enorme de pescado apestoso.

    Ha habido que esperar muchos años hasta que “El hombre que amaba a los niños” se tradujera al castellano, pero la espera ha merecido la pena. La novela de Christina Stead sigue manteniendo su fuerza y su originalidad y su clima de pesadilla.

 

    FÉLIX ROMEO

 

*He aquí la impresionante caricatura de Luis Grañena. Ella es Christina Stead.

 

 

 

 

VUELVE PATRICIO JULVE

VUELVE PATRICIO JULVE

‘EL TESTAMENTO DE AMOR DE PATRICIO JULVE’:

ESTE VIERNES EN EL PARANINFO

Este viernes día cuatro de noviembre, a las 20 horas, en la sala Pilar Sinués del Paraninfo se presentará mi libro ‘El testamento de amor de Patricio Julve’, que acaba de publicar Xordica con portada de Luis Grañena. La presentación correrá a cargo de la poeta e investigadora Almudena Vidorreta, del periodista y escritor José Javier Rueda, del editor Chusé Raúl Usón. El libro, que se publicó por primera vez en Destino en 1995 y ha conocido tres ediciones, comienza en 1833 con una historia de amor del general Ramón Cabrera, ‘El tigre del Maestrazgo’, con la joven Margarita Urbino, hija del impresor del ‘Boletín’ carlista. Y se cierra con el cuento ‘El hombre invisible’ donde Ken Loach investiga quién es el fotógrafo enigmático Patricio Julve. Patricio, a partir de entonces, aparecerá en todos mis libros: 'Los seres imposibles', 'El álbum del solitario', 'Golpes de mar' o 'Fotografías veladas'. E incluso en 'El Maestrazgo', que publicó Juventud e Ibercaja en dos ediciones distintas.

 

 Estáis todos invitados.

CERCAS: 'EL GRAN ROMEO'

[El escritor Javier Cercas publica hoy en el suplemento dominical de ‘El País’ un artículo extraordinario sobre Félix Romeo. Es una obra maestra de la evocación, de la amistad, del retrato y de la literatura. Félix Romeo ha sido, es, una criatura inagotable e irrepetible. Este texto es una prueba más.]

 

EL GRAN ROMEO

 

Por Javier CERCAS

 

Se llamaba Félix Romeo, pero no siempre fue muy afortunado en el amor; en la muerte no lo fue en absoluto. Falleció el 8 de octubre pasado, en Madrid, a los 43 años, de un paro cardiaco. Decir que era un hombre excepcional es decir bien poco, porque en la hora de la muerte todos somos excepcionales. Ante todo era un escritor. Publicó infinidad de artículos y crónicas; publicó tres libros. El primero, de 1995, se titula Dibujos animados y le colocó en el grupo de cabeza de la narrativa de su generación. El segundo, Discothèque, se publicó seis años más tarde; aunque el libro sea una mezcla feliz, improbable y gamberra de Kurt Vonnegut y Rafael Azcona, puede que Romeo viviera su publicación como un fracaso: quizá pensó que la novela no se había entendido; más probablemente, que no había estado a la altura de lo que él se exigía a sí mismo. De esta derrota (o de esta ilusión de derrota) salió su mejor libro: Amarillo, un gran interrogante sin respuestas sobre un hecho que el vitalismo desaforado de Romeo se negaba a entender -el suicidio a los 24 años de su amigo el escritor Chusé Izuel-, un libro extraño, perturbador y necesario donde su prosa adrenalínica brillaba con todo su sombrío esplendor. Lo dije en esta columna cuando el libro apareció, hace tres años, y conviene repetirlo.

Pero Romeo no era sólo un escritor; para muchos era sobre todo un personaje. Ahora que está muerto -ahora que su vida empieza a cobrar un sentido ajeno a sí misma-, sería fácil compararlo con los protagonistas de las novelas de Saul Bellow, con uno de esos intelectuales desmesurados que, como Humboldt o Ravelstein, parecen encarnar toda la magnificencia contradictoria del ser humano. Como Ravelstein, Romeo era a su modo un pedagogo. Poseía una cultura exuberante, y parecía disfrutar lo mismo adquiriéndola que repartiéndola. Fabricó lectores, cinéfilos, escritores. Como promotor de su propia obra era pésimo -de hecho, era totalmente incapaz de promoverla, no digamos de promoverse a sí mismo-, pero como promotor de la obra ajena era imbatible. Su conversación era una pirotecnia perpetua de lecturas, de historias, de ideas. La última vez que le oí hablar en público razonó su rechazo de gran parte de la literatura española con el argumento atendible de que es una literatura de señoritos (una literatura de primero de la clase, creo que dijo), una literatura que mira a los seres humanos por encima del hombro, de arriba abajo y no de abajo arriba, incapaz de mostrarlos en toda su desoladora grandeza, una literatura mezquina, costumbrista y petulante; cuando Romeo terminó de hablar le dije que me gustaría tener por escrito lo que había dicho, y él me miró extrañado, como si le molestase un poco que los demás creyésemos que tenía tiempo de escribir todo lo que se le ocurría. Su pasión por los libros obraba prodigios. Una vez aseguró en un artículo no haber leído una gran novela inédita en castellano: The man who loved children, de Christina Stead; como yo sabía que no le gustaba que hubiera por ahí obras maestras sobre las que no podía emitir una opinión, cuando nos vimos le regalé mi ejemplar; él lo aceptó, pero años después convirtió una charla pública en un acto dadaísta con el fin de poder devolvérmelo; y justo el día siguiente de su muerte me enteré por Abc, el periódico donde últimamente colaboraba, de que el libro de Stead se acaba de traducir al castellano. Podía ser dogmático, arbitrario y provocador, aunque sus intemperancias sólo molestaban a los fanáticos y a los canallas. En política era un excéntrico: no sólo creía fervientemente en la democracia; creía fervientemente en esta democracia. Más de una vez demostró ser valiente. Si la palabra no estuviera llena de sangre y de mierda, sentiría la tentación de decir que era un patriota: detestaba el nacionalismo, pero amaba su tierra y a su gente. En Zaragoza deja un agujero del tamaño de una explosión nuclear.

Creía en la amistad entre escritores, lo que tiene un gran mérito. Cada vez que pasaba junto al pueblo donde nací, entre Trujillo y Mérida, me llamaba por teléfono o me enviaba un sms. Sus sms. En el penúltimo que me envió, un par de semanas antes de morir, me daba las gracias porque, en un reportaje publicado en este periódico, le mencionaba entre los escritores que merecen más lectores de los que tienen. "Qué alegría que me tengas en tu corazón", escribía. Le contesté que siempre le tenía en mi corazón y en mi cabeza; me contestó: "Sí, pero verlo en EL PAÍS es como ver un corazón de enamorado en un árbol". Uno entiende perfectamente que todos tenemos que morir, pero no que, habiendo tanto hijo de puta suelto, la muerte venga a reclamar, a los 43 años, a un tipo como Félix Romeo. Cuando me dijeron que había muerto me fui a caminar por el Ampurdán; el cielo estaba negro y soplaba una tramontana tan furiosa que parecía querer arrancar los árboles de cuajo y llevárselos volando: tuve la impresión de que la naturaleza estaba de acuerdo conmigo. No es fácil dejar que un hombre como Romeo se marche así como así.

 

*Esta foto de Félix corresponde a los archivos de Heraldo de Aragón y la realizó Esther Casas.

 

REDIFUSIÓN DE 'BORRADORES': ALEGRE / ROMEO, Mª J. HERNÁNDEZ, URBIZU, LAFARGA, HORTALÀ....

Esta mañana, a las 11.30, se redifunde el programa ‘Borradores’ (en su emisión del martes, a las 0.50, obtuvo un 9 % de audiencia), donde se ofrece un primer homenaje a Félix Romeo, a través de uno de sus grandes amigos: Luis Alegre.

He aquí el menú de esta mañana:

Actuación musical: María José Hernández presenta ‘Señales de humo’ y toca dos temas con Rafa Domínguez, ‘Guisante’.

Plató: Luis Alegre recuerda a Félix Romeo; Paco Lafarga, pintor que expone en Torreón Fortea y que trae una obra original.

Reportajes: Amaral y el disco ‘Hacia lo salvaje’, Enrique Urbizu y Helena Miquel hablan de ‘No habrá paz para los malvados’, y Lluis Hortalà en el CDAN.

 

JAVIER ROMERO: UN CUENTO

Javier Romero acaba de ganar el premio Isabel de Portugal de Narrativa. Y tiene la gentileza de enviarme un cuento inspirado en un texto del pintor Jorge Gay.

 

Un cuadro de Gay

 

Oh, where oh where can my baby be?
The Lord took her away from me

 

The last kiss

Wayne Cochran

 

El cuadro de Gay me hizo reparar en mí mismo después de muchos meses en los que sólo fui una especie de cuerpo inerte. Mis zapatos, empujados por una fuerza ajena        --llámala inercia, llámala espíritu santo--, me habían traído a Zaragoza pocas semanas después de matar a mi novia. Vine huyendo de mi sombra y de un insondable sentimiento de culpa. Pero la culpa y la sombra estaban demasiado pegadas como para quedarse atrás.

 

Llovió sin parar durante tres o seis meses y el viento sopló como si quisiera llevársenos a todos. Pero un día empezó a clarear cuando Concha Monserrat me dijo en los pasillos de las Cortes de Aragón: “mira, ese del cuadro se parece a ti”. Allí tumbado y desnudo, pintado en colores fríos, alguien muy parecido a mí, dormía en la parte inferior de la escena. A su alrededor, varias figuras de hombres y mujeres parecían hablar ajenos al bello durmiente. Todos no. Uno tenía la pierna ligeramente doblada como si estuviera a punto de darle un puntapié.

 

No soy yo pero podría serlo. Me dio por pensar en ello cada vez que subía hacia las cabinas de radio y pasaba por delante del cuadro. Con la mejilla apoyada en una mano mi retrato descansaba con placidez. Sus labios a ratos parecían sonreír o se fruncían sutilmente como si alguna duda lo embargase. Pero las más de las veces, sonreía.

 

Una noche soñé que iba en mi moto a más de 100, con mi amor agarrada a mi espalda. Formábamos un solo cuerpo, especialmente cuando nos tumbábamos en la trazada de las curvas y sus uñas se clavaban en mi pecho. Soñé que nos acercábamos a un cruce con el semáforo en verde y nos lanzaba por los aires un coche que surgía de la nada. Yo flotaba sobre el capó a cámara lenta, como un cosmonauta en un paseo espacial, y me acordaba de una conversación de besugos que tuve con mi profesora cuando apenas tenía 8 años. A ver, Javi, ¿cuándo debemos cruzar la calle? Pues, cuando el semáforo se pone rojo. ¡Qué dices, siempre debes cruzar cuando el semáforo está verde! Pero si cruzo cuando el semáforo está verde, me pillarán los coches. Tú hazme caso. En el sueño, el conductor que nos estaba arrollando me miraba sorprendido, como el que mira llover motociclistas, y luego pisaba bruscamente el freno.

“Abrázame, mi amor, tengo miedo”. Nos quedábamos los dos tumbados, como dormidos, mejilla con mejilla, con un rictus que más que de dolor era de nostalgia, como posando para un cuadro de Gay. Así permanecíamos hasta que llegaban las luces azules de la Guardia Civil y las naranjas de las ambulancias, y nos separaban, y nos convertían en una crónica de sucesos. Cuando desperté, resulta que era verdad.

 

La cara de Jorge Gay se tornó amarillo cadmio al verme en el quicio de la puerta de su estudio.

-Eres Ernesto- dijo, y no quedó claro si era una pregunta o una afirmación. Esbocé mi primera sonrisa en meses, y no porque tuviera muchas ganas. Fue una sonrisa social para ayudar al pintor a reponerse del sobresalto que le produjo mi inesperada visita. No recordaba haberme llamado nunca Ernesto. Mi DNI lo decía bien claro, y el DNI no suele mentir.

- No. No soy Ernesto, aunque me han dicho que me parezco un poco a él.

-¿Un poco? Juraría que sois hermanos gemelos.

Me invitó a pasar y tomar asiento en un sofá desvencijado repleto de manchas de pintura acrílica. Me excusé por lo que pudiera haber de morboso en mi curiosidad por aquel que tanto se asemejaba a mí y le pedí que me contara todo lo que sabía de él.

-Me lo presentó una amiga común y decidí usarlo como modelo por su extraña mirada. Y lo que son las cosas, al final le pinté dormido. Supongo que me cansé de intentar plasmar, sin mucho éxito, la tristeza inquisitiva que poseían sus ojos…-. Gay hizo una pausa y, sin darle mucha importancia, lo soltó:

-Murió hace unos meses en un accidente de tráfico.

Mientras me hablaba con su voz pausada, se limpió las manchas de las manos con un trapo impregnado en disolvente y paseó su mirada por las pilas de cuadros y botes de pintura que se amontonaban junto a la pared tras de mí. Rehuía mis ojos. Pese a lo que la razón le dictaba, mi presencia invocaba al fantasma de quién posó para él posiblemente en esa misma nave. Finalmente, dejó de sacar lustre a sus dedos con el paño y me miró

-Debo tener por ahí algunos bocetos que le hice a Ernesto. ¿Quieres verlos?

Gay rebuscó entre los anaqueles hasta que dio con un fajo desordenado de cartulinas. Creí notar una duda en el pintor antes de extender sus dibujos sobre la mesa; un pellizco de pudor antes de mostrar su obra desnuda. Fui pasando hoja tras hoja como si mirara fotos antiguas en el álbum de un amigo. Fotos con imágenes de uno mismo, para las que no recuerda haber posado pero que allí están, hipnóticas, fascinantes y tozudamente reales.

Al llegar a la penúltima lámina fue mi cara la que se volvió amarillo cadmio.

-¿Quién es esa chica que abraza a Ernesto?- balbuceé alterado.

-Era su novia. Se marchó de Zaragoza poco después de la muerte de Ernesto.

 

            -¿Su novia?

Aquel pelo liso, aquella piel perfecta, aquellos ojos claros, aquel perfil de pin-up feliz, aquella cara. Toda ella era idéntica a mi amada. Ladeaba la cabeza y juntaba su mejilla a la de Ernesto como lo hubiera hecho ella. Con la respiración entrecortada, con un embalse de lágrimas no derramadas que intentaban resquebrajar mi pecho, saqué un hilo de voz para preguntar:

-Conducía ella, ¿verdad?

-Sí. Eso me dijeron.

*Javier Romero es periodista y escritor. La ilustración corresponde a 'Vacaciones en Roma', con Gregory Peck y Audrey Hepburn.