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Antón Castro

Escritores

LOS ROSTROS DE FÉLIX ROMEO

Con Soledad Puértolas recibiendo el Premio Ondas.

En la cárcel de Torrero, retratado por Cristina Grande,
su compañera durante 16 años.

En la cárcel de Torrero, durante el rodaje de la película
de Fernando Trueba. Foto de Julio Foster.

Como director de 'La Mandrágora'.

En la presentación de 'Cuentos a patadas' con
Antón  Castro y Eduardo Bandrés. En 2007.

Con su admirado Mario Vargas Llosa en Segovia:
lo sorprende con un regalo inesperado.

Félix con su característica chupa de cuero.

Con la siempre hermosa Emma Suárez.

Con Javier Tomeo en el Círculo de Bellas Artes: fue su amigo, su lector, su divulgador y algo así como un hijo-padre de Tomeo.

Félix opta por las camisas. Foto de Aloma Rodríguez.

Félix o la fábrica de ideas.

Felix con Lina, en el verano de 2009. Cerca de la piscina, observados
por la luna y muy cerca de los olivos.

 

[Este jueves, en el suplemento ‘Artes & Letras’ de ‘Heraldo de Aragón’, donde Félix Romeo colaboró en su segunda época desde el primer día, y llevamos 351 números, el escritor y periodista Julio José Ordovás publicaba este artículo sobre el autor de ‘Dibujos animados’ o ‘Amarillo’. Los rostros de arriba explican o sugieren algunas de las notas del texto.]

 

 

EL HOMBRE DE NEGRO

 

Por Julio José ORDOVÁS

 

   En la cubierta de “Héroes” Ray Loriga no parecía un escritor, o mejor dicho, parecía cualquier cosa menos un escritor español. Félix Romeo, que también publicó “Dibujos animados” en Plaza y Janés, después de agotar la edición de Mira, tampoco parecía entonces, a sus veintipocos años, un escritor español. Los dos tenían pose y actitud de rockeros, y tatuajes y chicas rubias, y en sus novelas la electricidad callejera del rock fluía de manera natural.

   Ray Loriga y Félix Romeo fueron los primeros escritores españoles en vestir, en actuar y quizá también en escribir como rockeros. Eran chicos de barrio que se habían criado en los salones recreativos y que escogieron la literatura como segunda opción, después de fracasar en los locales de ensayo.

   El pelo largo, la barba rala y pajiza, la boina que ocultaba la calva prematura… Félix iba de negro porque el negro adelgaza y porque el uniforme del rock no tiene otro color. De la parcela de la calle Rusiñol a la calle Borrell de Barcelona, y de allí a la Colina de los Chopos. Es un buen salto. De los solares del barrio de Las Fuentes, sembrados de jeringuillas y navajas, a la confitería arquitectónica del barrio de Salamanca, pasando por la Barcelona que aguardaba con la boca abierta la llegada de la llama olímpica, con parada y fonda en la cárcel de Torrero. Comparar las entrevistas de “A Fondo” con las entrevistas de “La Mandrágora”,  y el cuello duro de las camisas de Joaquín Soler Serrano con la chupa de cuero de Félix, es una buena manera de visualizar la zancada de gigante que había dado España hacia el futuro, hacia Europa, hacia la normalización democrática. Y ese paso lo encarnaba, en la televisión de todos, un joven insolentemente joven, provocadoramente sabio, rabiosamente libre. Un ogro bueno con sonrisa de niño malo que mezclaba en su mochila las primeras ediciones de las novelas de Sender con las canciones de “Los Planetas” y con las viñetas de “El Víbora”.

   Como si hubiera querido acabar de golpe con el aura de poeta maldito y ese aire existencialista que, inevitablemente, le daban el pelo largo y la boina, Félix se rapó la cabeza y se dejó crecer una barba herrumbrosa, feroz. En la foto que Cristina Grande le hizo para la solapa de “Discothèque”, Félix ya no parecía un cantante de rock. Parecía otra cosa, peor todavía: un convicto o un exconvicto o un ángel del infierno o un matón del Este o un traficante de armas o un cazador de ballenas o un pirata resacoso. Jugaba a los disfraces y se había disfrazado de todo eso y también de camionero con ganas de matar a cualquiera después de haber perdido las llaves de su camión en una partida de póker. Un disfraz muy apropiado para el autor de esa novela salvajemente paródica y pornográficamente aragonesa (solo a él se le podía ocurrir la idea de crear un personaje que llevara a la pantalla una adaptación sexual de “El comulgatorio” de Baltasar Gracián).

   En 2004, Félix se fue a pasar una temporada a Aberdeen, donde disfrutó de una beca, y de allí volvió sin rastro de barba y con unas rubicundas patillas de hacha. Para pasar por escocés no necesitaba una falda de cuadros. Al quitarse la barba descubrió sus cicatrices y así, mostrando las señales que le había dejado en la cara y en el corazón uno de los golpes más terribles que le había dado la vida, fue como escribió “Amarillo”, que es una variación trágica de la historia de Los Tres Mosqueteros.

   Lina Vila desenlutó la imagen de Félix, iluminó su rostro, dulcificó sus gestos. No lo domó, porque era indomable. Félix, que adoptaba a menudo un talante paternal, actuaba sin embargo como un niño, incapaz de contener sus emociones y por supuesto de callar sus opiniones, y Lina, sin ejercer de madre, sabía calmarlo.

   Los ojos de Félix jamás se estaban quietos, podía estar mirando mil cosas a la vez, no había un detalle en el que no reparara, nada que no le produjera asombro. La ironía brillaba continuamente en ellos, pero estaban limpios de malicia. Su mirada era como un taladro y no se desprendía de ti hasta que obtenía una respuesta.

   Tampoco sus manos se estaban quietas. Necesitaban tocarlo todo, acariciarlo todo, rasgarlo todo. En la manera con la que daba y apretaba la mano al saludar, demostraba que seguía siendo un chaval de Las Fuentes, que no había olvidado las consignas de la calle, donde los apretones de manos equivalen a pactos de sangre, y te transmitía la seguridad de que podías confiar en él.

   Félix llevaba libros hasta en los bolsillos del pantalón. Cuando salía de Antígona, siempre con dos bolsas cargadas, sonreía como si hubiera desvalijado un banco y a la vuelta de la esquina le esperara un coche con el motor el marcha y un billete de avión con destino a una ciudad en la que siempre fuera verano y los museos, los cines, las librerías, los bares y los restaurantes nunca cerraran sus puertas. Así quiero recordarlo, como un papanoel sin gorro, sin barba y vestido de negro, con millones de libros y de sonrisas para todo el mundo.

  

UN MUNDO SIN FÉLIX ROMEO

UN MUNDO SIN FÉLIX ROMEO

[El escritor Daniel Gascón (Zaragoza, 1981) publica hoy en elmundo.es, en la sección de opinión, este artículo donde recuerda a Félix Romeo. La foto es de Ouka Leele, una foto pintada que hizo para el libro 'La doble mirada', que firmó con Concha García Campoy.]

 

 

UN MUNDO SIN FÉLIX

Por Daniel GASCÓN* 

Las reacciones al fallecimiento de Félix Romeo (Zaragoza, 1968-Madrid, 2011) demuestran que era un personaje excepcional de la cultura española. Músicos, cineastas, escritores, editores, artistas y la ministra de Cultura han mostrado su pesar por la pérdida de una figura irrepetible y generosa. Es asombroso y emocionante ver cuánta gente tenía una relación especial con Félix Romeo. En un episodio de autismo desalmado, las instituciones aragonesas no enviaron ningún representante al funeral.

Félix Romeo publicó tres libros en vida. 'Dibujos animados' (1994) era una novela fragmentaria y perequiana que retrataba su infancia en el barrio zaragozano de las Fuentes, y que desplegaba una poética poderosa y una forma especial de mirar la niñez. 'Discothèque' (2001) era un relato polifónico que mezclaba la experiencia en la cárcel del autor –condenado por un delito de insumisión- con las alusiones literarias y un humor salvaje, y donde cabían tanto el imaginario del cine y la literatura norteamericana como el iluminado Miguel de Molinos y el futbolista del Real Zaragoza Nayim. 'Amarillo' (2008) era un mensaje a Chusé Izuel, el gran amigo que se había suicidado en Barcelona en 1992, y también el testimonio estremecedor de las heridas y la culpa que habían dejado su acción.

Poco antes de morir de forma totalmente inesperada a causa de un fallo cardiaco, Félix Romeo había entregado a su agente un nuevo libro –'Noche de los enamorados'-, una reflexión sobre el crimen, la justicia y la libertad donde investigaba el caso de su compañero de celda en la prisión de Torrero. Además, escribió miles de artículos, impartió centenares de conferencias, colaboraba en la radio, tradujo del italiano y del portugués, y estuvo durante cinco años al frente del programa 'La Mandrágora' en Televisión Española.

Publicaba reseñas desde adolescente y su trabajo como crítico literario en los últimos años, tanto en Heraldo de Aragón como en ABC, lo convirtió en uno de los mejores reseñistas de nuestra lengua: valiente, lúcido y honesto, ha cubierto como nadie la actualidad literaria y sus análisis aunaban un vastísimo conocimiento con una idea estética –la literatura como parte de la vida- y una concepción moral sobre los libros y el mundo. Esa idea moral estaba en todos sus textos, pero la expuso con especial claridad en sus colaboraciones para Letras Libres: una defensa cerrada de la libertad y la democracia, de la responsabilidad individual, y una intolerancia hacia quienes justifican la opresión con la coartada de la diferencia cultural.

Es una obra muy importante, pero la influencia de Félix Romeo no termina ahí. Si digo que era un superdotado, puede parecer una exageración, pero a quienes lo conocían les parecerá una obviedad o un 'understatement'. Era el gran curioso: uno no solo tenía la sensación de que había leído a casi cualquier autor que saliera en la conversación o de que conocía todas las revistas, sino que también le apasionaban el arte, la televisión, los tebeos, el pop, los programas de cocina, el fútbol o el urbanismo. Era un polemista nato y en muchos campos competía en erudición con los expertos. Tenía razón muchas veces, pero, incluso cuando no la tenía, su punto de vista era interesante: siempre te hacía pensar.

Es imposible sobrevalorar la influencia de Félix en la vida literaria zaragozana. Su presencia y sus consejos fueron determinantes en la editorial Xordica, en los suplementos literarios, en la obra de Ismael Grasa, Ignacio Martínez de Pisón, Eva Puyó, Cristina Grande, Octavio Gómez Milián, Aloma Rodríguez, Miguel Mena, Antón Castro, Rodolfo Notivol, José Antonio Labordeta y muchísimos más. Les sugirió títulos, leyó sus originales, les recomendó decenas de libros con una pasión contagiosa, y les convenció de que lo que ellos escribían era algo valioso y necesario.

Esa invasión generosa de Félix Romeo no se limitó a una ciudad, una estética, una generación, una editorial o una disciplina: su influencia está detrás de cuadros de su novia, Lina Vila, del cine de Jonás Trueba, de muchos proyectos editoriales y de muchas amistades. Sería imposible enumerar la cantidad de ideas regaladas, o el número de receptores. Yo sería otra persona si no me hubiera cruzado con él. Y nunca he escrito una línea, ni me he enfrentado a un tema, sin preguntarme qué opinaría Félix.

En una entrevista con dos de sus grandes amigos, Jonás Trueba y Lara López, Félix Romeo decía que detestaba la idea de la inmortalidad. La conciencia de la muerte era lo que hacía que quisiera disfrutar de la vida y del amor al máximo. Para argumentarlo, explicaba la desesperación que siente el protagonista de 'Atrapado en el tiempo' cuando descubre que no puede escapar de ese día. Pero la vida de Félix Romeo se parecía más a otro momento de la película, en el que Bill Murray va salvando a los personajes del pueblo. Félix presentaba a la gente, regalaba chucherías y viajes en la feria a los hijos de sus amigos, nos recordaba las fechas de los cumpleaños de los amigos y nos ayudaba a descubrir qué libro o qué película queríamos hacer. Le gustaba repetir el lema de la revolución francesa, y su vida se puede entender con esas tres palabras: la libertad, la igualdad (que le hacía combatir la discriminación de la mujer, desdeñar los argumentos de autoridad, y también tener una conexión especial con los niños, a quienes hablaba en su mismo idioma) y la fraternidad (con su vida, fabricó una gran familia; con su muerte, muchos hemos perdido a un hermano mayor).

A veces, en la cultura tienen prestigio la oscuridad y la originalidad aparente. Félix Romeo, un hombre rabiosamente único, reivindicaba una sencillez esencial: la de ser amigos, de contar chistes y celebrar los libros de los otros, de festejar el cariño y decir te quiero de todas las formas posibles. Era un hombre obsesionado por la felicidad, que siempre intentaba mantener a raya sus impulsos melancólicos. Una de sus grandes lecciones era la conciencia de los privilegios: de la gran suerte que es estar vivo, tener y recibir afecto, vivir en democracia, tomar un helado en el Paseo de la Independencia. Todos sus amigos nos sentimos vacíos y solos, pero somos conscientes del enorme privilegio de haberlo conocido.

*Daniel Gascón. Filólogo y escritor aragonés

FÉLIX ROMEO Y LINA VILA EN LYON

FÉLIX ROMEO Y LINA VILA EN LYON

Hace un par de días, Lina Vila me envió esta preciosa y teatral foto de Félix y ella en Lyon. Sobran las palabras...

FÉLIX Y LINA: DIÁLOGO EN LA PISCINA

FÉLIX Y LINA: DIÁLOGO EN LA PISCINA

UN INSTANTE DE LUZ Y DE INTIMIDAD, JUNTO A LA PISCINA

Ismael Grasa recordó en la despedida de Félix Romeo que le encantaban las piscinas. En los últimos tiempos, logró hacer una piscina vertical, no muy grande, en el chalé-estudio de Lina Vila. Anoche, hacia la una de la mañana, el fotógrafo José Antonio Melendo me enviaba esta preciosa instantánea. Era un día de agosto de 2009, celebrábamos mi cumpleaños, había mucha gente, muchos amigos, y de repente Josean captó este momento mágico de Félix y Lina solos, asomados a la piscina. Al fondo, se ven los olivos y algunos almendros, y algo más allá están los granados que tanto le gustaban a Félix. Estuvo en casa hace un par de semanas: salió al jardín, vio algunas granadas, las cogió y le dijo a Carmen que las metiera en la ensalada.

FÉLIX ROMEO, POR JOSÉ CARLOS LLOP

FÉLIX ROMEO, POR JOSÉ CARLOS LLOP

[Conocí hace un par de años a José Carlos Llop en Dublín en un viaje al Instituto Cervantes. Iban muchos amigos: Pedro Sorela, Marifé Santiago, Félix Romeo, Ana María Matute, y también José Carlos Llop y su esposa Helena. Y mi mujer Carmen Gascón, médico, que atendía a Ana María Matute con consejos y alguna medicina. He leído unos cuantos libros de José Carlos, sus diarios, sus poemas, sus novelas, sus libros de viajes. Es de esos amigos a los que no ves y que están algo lejos de casa pero vives con ellos en un temporal de complicidades; José Carlos Llop es gran amigo de Fernando Sanmartín desde hace años. José Carlos le dedica hoy, en el Diario de Mallorca, este estupendo artículo a Félix Romeo: http://www.diariodemallorca.es/.]

 

 

FÉLIX ROMEO, IN MEMORIAM

                                                                                               

José Carlos Llop

 

El viernes, 7, después de comer, me llamó Llucia Ramis para comunicarme que Félix Romeo acababa de morir. No hacía ni diez días que Félix me había escrito uno de esos largos e-mails suyos en los que utilizaba la cesura del verso para cortar la prosa como quien traza un caligrama. Félix Romeo era de los que siempre te escribía cuando aparecía un nuevo libro, sin necesidad de que se lo hubieras mandado: lo compraba, lo leía y te escribía anunciándote además otra carta más extensa que a veces llegaba y otras no. Esta vez –como se dice en la calle– va a ser que no, pero el primer síntoma de que tu libro había sido distribuido en España era la feliz noticia de Félix y su lectura. Lo leía todo y antes que nadie: era un hombre de librerías –de patear ciudades y recalar en sus librerías como en un oasis en el que entraba libreta y bolígrafo en mano para anotar lo que veía– y era un hombre de amigos. De muchos amigos y sin interés ni estrategias de por medio. Él era él y funcionaba de esta manera, generoso y a lo grande, como su físico, que tanto llenaba y aún así no llenaba el vacío que nos deja.

Lo conocí en Madrid, cuando él acababa de salir de la cárcel y las casetas librescas de la Cuesta de Moyano eran su metáfora cotidiana del paraíso. A Félix Romeo lo encerraron por negarse a hacer el servicio militar y resistirse de forma pública a cumplir el entonces llamado servicio social sustitutorio. Dos años y pico de condena. Pero las generaciones posteriores –los que ya no tuvieron que hacer ese servicio ni la mili (a algunos les habría convenido para ir perdiendo tonterías en los campos de instrucción)– no saben que hace años hubo personas como Félix Romeo. Nada se sabe de lo que hubo hace años, cosas que han permitido que se viviera sin dar valor a lo que sí lo tiene. La libertad de elegir, por ejemplo. 

Me lo presentó Enrique Vila-Matas el día antes de presentar mi novela ’La cámara de ámbar’. Han pasado quince años de aquello,  como quien se fuma un puro. Félix Romeo llevaba entonces la cabeza cubierta por una boina y ya dirigía, creo, ’La Mandrágora’, un programa cultural de la 2. Aquella noche, después de la presentación de la novela en el Círculo de Bellas Artes, Félix Romeo se vino a cenar con nosotros: Mario y Nicole Muchnik, Villena, Enrique, los Barnatán... Guardo una oscura fotografía de la cena –hecha con kodak de usar y tirar–, con Enrique y Félix flanqueando a Helena en una larga mesa del Hispano. Luego los cuatro continuamos la tertulia en la Residencia de Estudiantes hasta entrada la madrugada.

En estos años nos hemos visto aquí y allá –Madrid o Barcelona, pero no, pena, en Zaragoza, donde nunca he estado y él era uno de los caids culturales de una ciudad de buenos escritores y críticos: de Ignacio Martínez de Pisón a Julio José Ordovás y no cito más porque son, repito, muchos. La última vez fue en Dublín, hace dos años. Venía de Zaragoza con su amigo Antón Castro –uno de los buenos zaragozanos no citados más arriba– y sólo bajar del avión empezó su periplo dublinense que ríanse ustedes de Leopold Bloom. Durante cuatro días no dejó un solo centímetro del viejo Dublín sin patear. Con escala obligada en toda librería o museo que hallara a su paso y que luego –a la hora de las comidas o las cenas– te detallaba ’in extenso’ aconsejándote –o no– la visita a tal exposición, o ese otro pub o parque. Yo, a mi vez, le ofrecí una visita al Museo Nacional de Arte Moderno de Irlanda, que entonces dirigía mi amigo el poeta Enrique Juncosa. Pero llegó tarde –cerraban– y sólo pudo ver un par de salas. Después nos fuimos con Juncosa a un pub cercano, solitario y de luz mortecina, donde hablamos de España y alguien dijo que parecíamos sombras, exiliados de un país convulso. Y la verdad es que, de haber oído un extraño nuestra conversación, no sólo se lo hubiéramos parecido.

A la mañana siguiente nos encontramos en una librería donde yo había ido a comprar dos poemarios, uno de Derek Mahon y otro de Don Paterson, y fue allí donde comentamos algo que a veces he escrito aquí mismo: que la cultura libresca anglosajona, pese a poseer la mejor literatura propia –la más completa, extensa y variada– era una cultura  provinciana. Me explicaré. Así como las librerías francesas son europeas y asiáticas y americanas y por supuesto francesas, las anglosajonas miran a la vieja Commonwealth y en inglés. Apenas si les interesa la literatura de otros países ajenos y eso se nota una barbaridad en sus estantes. Mientras tanto, Félix se sentaba en una butaca y apuntaba observando aquí y allá. Me pidió sobre poesía y le hablé de Mahon. Luego, él hacía unas crónicas de esas visitas en el ABC cultural y en ellas aparecían a menudo sus viajes a Toulouse y su alegría ante los nuevos álbumes de cómic, tan considerados, también, en toda Francia. (La última vez que estuve en París busqué sin parar y por su culpa ’Rebetiko’, la historia de un músico griego en los cabarets de los 30 y 40).

De aquellos días dublineses guardo otra fotografía de Félix comiendo junto a Ana María Matute, a la que atendía de tal manera que parecía que Matute no había cumplido los 50 y al mismo tiempo con tanta delicadeza como hubiera podido tratar a su abuela. Y todas esas atenciones poseían una naturalidad alejada de cualquier pegajoso exceso. Cosas de literatos, dirá alguien y no: eran cosas de Félix Romeo, que ya no está. Siendo el estupendo  libro que es ’Amarillo’, y el impacto que supuso ’Dibujos Animados’ –el primero en marcar según qué territorios–, quien lo conoció sabe que él era mucho más que todo eso. No es cierto que sus libros nos amortiguarán el vacío inmenso que deja. Nos ayudarán a recordarlo, sí, pero aumentarán la añoranza. Como esa foto irlandesa que nunca hubiera imaginado, al hacerla,  que llegaría a mirar como miro ahora. Como la miraré a partir de ahora. Tenía 43 años y mucho trecho por delante para hacernos más feliz la vida de lo que es en sí sin personas como él.    

POEMAS DE FERNANDO AÍNSA

 

De Bodas de oro, (Cáceres, AbeZetario, 2011)

Por FERNANDO AÍNSA

 

[Esta mañana, en la plaza de San Francisco, me encontré con Fernando Aínsa. Volvía de correos con su nuevo libro entre los sobres: 'Bodas de oro'. Le pedí que me enviase algunos poemas y aquí están algunos textos del libro.]

BUENAS NOCHES

¡Buenas noches, tú!

Si, es hora de dormir (Erik Knudsen)

 

Es más tarde de lo que crees.

 

Me dices “Buenas noches, tú!

Sí, es hora de dormir”

y soñar con el país hundido en aquella visión lejana.

 

Lo sabemos:

cada día menos posibilidades,

menos aplazamientos,

algún resto de promesa,

astillas de aquellas ilusiones.

 

Por eso no puedo dormir.

 

OLISQUEANDO

Yo sé que cuando no estoy a tu lado

hueles la almohada

donde descansan mis recuerdos

y resucitan sueños olvidados.

 

Mohín del rechazo con que los interpretas

creo respirar luego al recuperarlos.

 

Así,

como los perros,

olisqueando,

nos reconocemos

en la distancia que compartimos

noche a noche.

SOBREVIVIR AL OTRO

¿Dónde he leído

No quisiera despertar suavemente la viuda que llevas dentro”?

 

Si me despierto en la noche

soñando lo indebido

espío tu respiración

escudriño como oscila tu pecho en la sombra.

Entonces me quedo más tranquilo

Puedo reanudar mi pesadilla.

 

Si no sintiera tu palpitar

estaría tentado de acariciar tu mano,

pero temo despertarte

o encontrarla inmóvil y fría.

 

No me gustaría tener que sobrevivir con tu recuerdo

No quiero asistir a tu incineración

No quiero recibir un frasco con tus cenizas

Sospecho que tú tampoco.

 

AQUEL A LO MEJOR UN DÍA

A lo mejor un día intentaré vivir tu vida

cuando tú ya no puedas hacerlo.

 

Abriré los libros que dejaste en lectura interrumpida

me disfrazaré con tu ropa y pintaré mis labios ante el espejo

con el carmín con que me sedujiste,

cubriré de falso rubor las mejillas y su aire demacrado

con tus potingues ya rancios,

disimulando ojeras

(si puedo)

para seguir sin ti en el corso de la vida.

 

Hurgaré en los cajones de tu cómoda

(intruso como nunca antes lo fuera)

escarbando en tu pasado

y te soñaré

para intentar

—¡por fin!—

comprender el secreto

¿por qué una noche tiré todo por la borda

para seguir por treinta y tantos años tus pasos?

VELEIDADES CIRCULARES

 

Y, por cierto, ¿cómo es posible que hasta el camino

que más recto se traza

presente con tanta frecuencia veleidades circulares?

 Lasse Söderberg,

Preguntas sobre la historia

 

 

En lo que podría ser

ahora

la recta final de nuestra vida,

simplificado el trazo,

conocido el próximo destino,

hemos balizado veleidades circulares,

el gusto de la espiral,

intentar volver al principio,

rizar el rizo,

esquivar el bulto de la sombra que espera

tan cerca de la meta.

 

AQUELLA NOVIA

¿Dónde está ahora la novia?

¿Por qué se fue al futuro?

Podía haberse quedado

en aquel mes de mayo

cuando cantaba la alegría

en un camping del Pirineo.

 

Se fue a buscar lo que llaman memoria

—desorden y azar del recuerdo—

en el talego de todo lo que entonces era.

 

¿Dónde están ahora aquellos días del futuro?

¿Adónde se fue la novia con su liviano equipaje?

¿Por qué vivimos ahora tan solo del pasado?

 

POST TENEBRAS LUX”

ese resto de hotel en tu sonrisa

Erik Knudsen

 

De Ginebra tengo el vértigo de ese cuarto del hotel descalabrado.

Fue una noche de hace muchos años.

Desde el ángulo de la cama revuelta

sentada en la penumbra con las piernas abiertas

me invitas en silencio a perderme en la parte más sombría de tu cuerpo.

 

Un mareo,

una foto sin negativo para el recuerdo,

eso me queda,

un modo de compensar el escalofrío de haber mirado aquella tarde

en el parque de los Bastiones

los ojos de mármol de Calvino.

 

ISMAEL GRASA: HASTA LUEGO, FÉLIX

ISMAEL GRASA: HASTA LUEGO, FÉLIX

 

EL HOMBRE QUE AMABA LA VIDA

 

Ismael Grasa.

*Texto de despedida leído en el funeral en Torrero del escritor Félix Romeo Pescador (Zaragoza, 1968-Madrd, 2011)

 

 

Félix amó la vida y escribió sobre el amor a la vida. Félix decía que no le gustaba el otoño, y se ha ido cuando empezaba este nuevo otoño. Una de las cosas que más le gustaban eran las piscinas (hemos pasado muchas horas, con él y con Daniel Gascón, de charla dentro de alguna piscina de barrio; igual que existe la palabra “peripatéticos”, debería existir otra para la escuela de Félix Romeo, ese hablar de libros y del mundo en las piscinas). Disfrutó este último verano de una pequeña piscina, una piscina vertical, que construyó en un rincón de la finca que compartía con Lina. Cuando me bañé ahí con él dijo que esa piscina era una metáfora de lo que había querido ser su vida hasta entonces, porque era un lugar de placer levantado sobre una ’femera’, el rincón que servía de estercolero.

 

Sois una legión los que podríais estar hablando hoy aquí de él. He recogido algunas frases que habéis publicado algunos de vosotros estos días en la prensa:

 

El mejor amigo, el mejor polemista, el mejor lector, el mejor de todos”. (José Luis Melero) (Polemista, sí. Félix no era de los que daban la razón por darla, como sabéis bien. Esto le hacía a veces ser alguien explosivo. Quizá no siempre tenía la razón, pero al final, y es lo que importa, tenía razón en su actitud de que nada, nada, le resultase indiferente.)

 

Félix era de mi generación, y en cada generación tiene que haber una persona que tienda el puente con las generaciones anteriores. Félix era esa persona. (Ángeles González Sinde) (Es verdad: Félix y su literatura son muy generacionales, pero a la vez enlazó con las generaciones anteriores, tanto en la Residencia de Estudiantes de Madrid como en Zaragoza. Era amigo de José Antonio Labordeta como lo era de Aloma Rodríguez, en cuya casa murió. Y enlazaba en su actitud de activismo creativo con Miguel Labordeta, y Julio Antonio Gómez, y Sergio Algora. Aloma, por cierto, la última en hablar con Félix, quería que se supiese hoy que él le dijo que se sentía un hombre afortunado. Le dijo que sentía que la vida le había tratado bien, que le había dado oportunidades, y que ella debía aprovecharlas también cuando se le presentasen).

 

Solía decir que era un hombre con suerte y que a él, en el fondo, todo le venía rodado. Exageraba: era un trabajador incansable y desvelado” (Antón Castro) (Cierto. Un trabajador incansable, como Antón, sabe reconocer a otro trabajador, Félix, aunque a veces lograse hacer parecer que hacía otra cosa que trabajar)

Se instaló en mi vida como una presencia imprescindible y me aportó tanto, tanto, tanto, que yo hubiera sido otra persona, más reducida y más limitada, sin él. Qué suerte tuve. (Miguel Mena) (Mi compañera Eva me dijo ayer: “Félix nos ha dado la vuelta como a un calcetín”)

 

Félix era una fábrica de ideas que desparramaba por aquí y por allá (…). Empleó buena parte de su tiempo y de su talento en mejorar el tiempo y el talento de los seres que apreciaba. Tenía un radar para detectar gente que merecía la pena y lo que merecía la pena de la gente” (Luis Alegre)

 

Podría seguir con declaraciones de sus amigos de Madrid y de México, de David Trueba, de Lara López, de Antonio Pérez…O las palabras expresadas por Bizén, que ha acompañado a los padres de Félix. Los que tenéis hijos habéis contado estos días episodios de la extrema generosidad que tenía Félix con los niños. ¡Esas mis pesetas de las de antes gastadas de una vez en cromos del Real Zaragoza para el joven aficionado Jorge Melero!

Sé perfectamente que Félix era un hombre de facultades prodigiosas y que deja una oquedad inmensa en el mundo intelectual, algo tan importante. Pero ahora lo que me gustaría es seguir tomándose palmeras de chocolate con Félix por la calle. Seguro que muchos de vosotros sentís algo parecido.

 

Acabo con las últimas palabras que escribió Félix, hablando de Goya, en su último artículo para el suplemento ’Artes & Letras’ de HERALDO. Creo que lo retratan bien: “Es fantástico que a menos de un kilómetro de mi casa, en el Museo Camón Aznar, pueda ver esos monstruos y sentirme cerca de ese Goya que defendió la libertad individual hasta su muerte”.

 

Adiós, amigo.

 

*Retrato de Félix de Josema Carrasco.

 

UN POEMA PARA FÉLIX ROMEO

UN POEMA PARA FÉLIX ROMEO

[Félix Romeo tenía muchos sueños. Muchos anhelos. Su cabeza era una fábrica incesante de ideas y de sensaciones. Durante mucho tiempo quiso alquilar un local y crear un cine en versión original; quizá tuviera también una sala de exposiciones. Recuerdo que en Barcelona le dije a Miguel Marcos si podríamos disponer de ese espacio. No se adaptaba del todo a lo que soñaba Félix. En las comidas de los martes y miércoles en el restaurante Bílbilis, con mis hijos Aloma y Daniel (Félix falleció en la casa de Aloma), hablaba mucho de una sala de cine en versión original. Preguntaba: “¿Qué habrá sido de los Buñuel? Podríamos hacer ahí muchas cosas: cine, exposiciones, conciertos, tertulias”. Un día, pensando en él y en Lina Vila, su compañera, escribí este texto que leí este mismo año en las Jornadas de Cine de La Almunia con el grupo de lectura y la Asociación Laudística de Valdejalón. Esta foto es del Colectivo Anguila: Pedro Hernández e Iván Moreno.]

  

VERSIÓN ORIGINAL

A Lina Vila y Félix Romeo

Tengo un sueño:

quiero montar un cine de versión original.

Un cine donde se escuchen todos

los idiomas del planeta.

Un cine para soñar

con todos los soñadores de la tierra.

Así lo veo: tapizado de rojo,

íntimo como la oscuridad,

con una indeleble mancha de luz al fondo.

 

Quiero montar un cine en versión original.

Me imagino los carteles, las películas,

los programas de mano

con su vocabulario de letras y espectros.

Imagino el público que llega

a las tres o cuatro sesiones.

La pantalla será como un oratorio pagano,

o un río de vida,

o un torbellino incesante de besos y de imágenes.

Lo estoy viendo:

cómo se besa en chino, en polaco, en francés,

cómo se cuentan los cuentos y las pesadillas.

¿Quién huye por el bosque

tras un crimen inesperado

y sale a la playa de los últimos naufragios?

Estoy oyendo las voces,

las palabras con su extraña música universal,

todas las melodías del alma.

Cuando llegue el fin de la noche,

allí estaremos tú y yo, a solas en la sala.

Tendidos sobre las butacas,

sobre el rojo oscuro de la satisfacción

y la soledad más deseada,

volveremos a poner la película.

En ese momento, vueltos desenfreno y ternura,

entretejidos en un plenilunio de sombras,

seremos los protagonistas principales.

Antes de volverme loco de amor

o de irme de esta ciudad para siempre,

quiero regalarte un cine de versión original.

Será la mejor forma de decirte “te quiero”

todos los días en cualquier lengua de la tierra.