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Antón Castro

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RECUERDO DE FÉLIX ROMEO

Por  Joaquín BERGES

Ahora que se ha ido inesperadamente recuerdo la primera y la última vez que hablé con Félix Romeo. Es curioso cómo funciona la memoria, perezosa muchas veces para dar con una condenada palabra (frecuentemente un nombre propio) y lúcida otras veces, como ahora que me entero de la triste noticia y zas: me llegan las dos imágenes a la vez.

 

Yo ya conocía a Félix, pero nunca había hablado con él. La primera vez que lo hice fue tras la presentación en Fnac Plaza de España de mi primera novela. Fue en un bar de la calle Alfonso de Zaragoza, con una copa en la mano. Eres el primer autor aragonés que figura en la Colección Andanzas de Tusquets, me dijo. Juan Cerezo, mi editor, se quedó de piedra. ¿Cómo podía saber alguien algo así? Pero no lo puso en duda porque conocía a Félix mucho mejor que yo y sabía que era una enciclopedia con patas, un ser culto y sensible con un disco duro de muchos teras de capacidad.

 

"Lo sabía todo", me ha dicho Juan hace un rato, cuando nos hemos enterado de su muerte. Sería un buen epitafio para alguien que vivió inmerso en las letras de los libros, huyendo siempre a la vanguardia, en el sentido opuesto a la ignorancia, la vulgaridad y la apatía.

 

La última vez fue que hablé con él fue antes del verano. En realidad no pronunciamos ni una sola palabra, pero nos entendimos. Fue a las tres de la tarde. Yo cruzaba el puente de Santiago con mi barra de pan en la mano en busca del coche. Me marchaba a casa. Él iba en un autobús, leyendo un libro junto a la ventanilla. Cómo no. Levantó la vista de su lectura y me miró. Me reconoció y me hizo ese gesto vago y quizá en otro contexto ambiguo que inequívocamente significaba "buen provecho", tanta era la evidencia que desprendía mi barra de pan con la punta ya mordisqueada.

 

Ése también sería un buen epitafio para alguien que degustó con tanto placer los manjares de la literatura y el arte.

 

No llegué a conocerlo bien, debo confesarlo. Lamentablemente no nos vimos las suficientes veces para que eso fuera posible, pero desde el primer momento me sentí presa de su magnetismo y hoy, ahora, siento la pesadumbre de su ausencia como si alguien le hubiera dado la vuelta al imán y, en vez de atraerme, me alejara en el tiempo y el espacio no sé hacia dónde, quizá huyendo a la vanguardia, en el sentido opuesto a la ignorancia, la vulgaridad y la apatía.

 

*La foto es del blog zaragozame.

ROSA ACQUARONI, EN OLIFANTE

ROSA ACQUARONI, EN OLIFANTE

[Olifante no para. Publica ahora ‘Discordia de los dóciles’ de Rosana Acquaroni, la poeta madrileña, con una solapa de presentación de Amalia Iglesias. Copio aquí, además, algunos poemas que me envía Trinidad Ruiz-Marcellán, así como la foto de Rosa Acquaroni. Las restantes son de Keith Carter, un magnífico fotógrafo que trabaja sobre una idea de la foto vintage y de la foto surrealista.]

 

ROSANA ACQUARONI

Por Amalia IGLESIAS

En el nuevo libro de Rosana Acquaroni, Discordia de los dóciles, no hay héroes ni nombres propios, sólo “rostros de cuyo nombre/ nadie quiere acordarse”. No hay hazañas que narrar, ni victoria, ni homenaje, ni exaltación, y, sin embargo, sus poemas tienen aliento de épica, se conjugan desde el nosotros, arrastran un poso de conciencia colectiva, retratan un mundo en decadencia, dibujan la vergüenza del fracaso social de nuestro tiempo. Muertas las utopías el mundo amanece apático y cansado. Podría decirse que la suya es la épica de los desheredados globales, la épica de los vencidos. A estos poemas se asoman los dóciles, “títeres sin hilos”, los que no tienen voz, los que deambulan por las orillas del mundo, porque todo sentido les ha sido negado; aquellos que ni siquiera buscan porque hace mucho que perdieron la esperanza de encontrar.

  Tras diez años sin publicar, Rosana Acquaroni nos ofrece en su quinta entrega poética un libro bicéfalo, en él que convergen de forma natural dos obsesiones extremas, por un lado la preocupación por el lenguaje, su elaborada visión de la poesía como lugar propicio para la belleza, como ocasión para el hallazgo y el misterio verbal siempre capaz de inaugurar nuevos sentidos. Y, por otro lado, la dimensión ética, inseparable de su modo de aproximarse a la palabra, que crece sujeta a la estética desde la raíz, como esas plantas cuyos troncos se alzan abrazados en trenza.

 

CUATRO POEMAS

 

ANOREXIA

Ella

sueña con despertarse en otro cuerpo,

un cuerpo ingrávido que ruede

                             o se deslice

en el silencio inservible

de las cosas.

 

No se deja tocar.

 

En su única isla

habitan maniquíes

que saquean las despensas vacías

del corazón.

 

Se irrita cuando hay algo

que llevarse a la boca.

Ella sueña senderos voladizos

que hagan caer su sombra

entre la nieve.

 

Su peor pesadilla:

engordar alimañas.

 

 

LA SENDA DEL MALTRATO

 

 

Mansa

disciplinada

 

deja que él

la alimente con su mano.

 

Como al amo que esconde

su señuelo

a veces le suplica.

 

Después

guarda cada pedazo

de corazón dormido

y amordaza su cuerpo.

MARCAS DE LA LOCURA

 

Contemplo a una mujer

sin rostro

ante el espejo.

Parece que regresa de algún mundo.

Lleva el alma vendada

y la boca cosida

con un ancla de labios y tristeza.

Cruza las avenidas,

huye

 tras la añoranza de sus pasos.

No hay camisa de fuerza

 y  sin embargo, arrastra

su cama de cartón descolorido,               

el tetrabrik que calma la miseria.

-Está el mar inclinándose ante mí; no os oigo respirar. Alguien viene a buscarme.

Las voces no responden.

-No torturéis mi alma, pertenece a la nieve.

Tras los muros le aguardan

su lecho inmaculado,

el vasito de plástico con la dosis pautada

y la tiniebla blanca

de un paraíso ausente y sosegado.

 

EL HIJO

 

Qué de cierto se esconde en el estigma

de esa mano que nace y se detiene,

volcando su destierro,

su deriva hacia dónde,

hacía qué rompeolas.

Hijo

grieta en el agua inerte,

tu silencio es quietud ya movediza,

cicatriz que despierta

y desanda la herida.

Hijo

huella creciente,

                  raíz  de un corazón

                                         varado entre la nieve

que rompe su silencio.

Recorrerás el mundo,

saldrás de todo esto.

                   Volverán las canastas

                                                     trampolines de aire

que incitan a los sueños.

Recogerás el mar en tus muñecas.

UN 'DESLIZ' EN BICI DE ELÍAS MORO

Recibo esta carta de Elías Moro: “Querido Antón: Hace un tiempo acabé por fin ese libro de ‘deslices’ (para el que ando buscando un título) con el que andaba entre manos.  El caso es que en él hay un relato a ti dedicado (y a Cristina Grande, y a Olga Bernad, y a Fernando Sanmartín y a José Luis Melero, me ha salido algo zaragozano) que es el que te envío. Algo escabroso, quizá, pero ese es el tono del libro”.

 

Etapa reina

Para Antón Castro, poeta y ciclista.

Apenas tres segundos nos separaban en la clasificación.

En las rampas más duras del categoría especial, él demarró creyendo que yo desfallecería.

Respondí al ataque con elegancia y tranquilidad.

Y cuando le iba a pasar y dejarle clavado en la ascensión, se me salió la cadena.

Su cara de culpable lo decía todo cuando se volvió para mirarme.

No le dio mucho tiempo a celebrar el triunfo.

Cuando llegué a la meta sin poder contener la rabia, le enrollé la cadena en el cuello y esprinté con ella todo lo que pude.

 

*Las tres fotos son de Stanko Abadzic.

CASPE RECUERDA A MIGUEL A. PRÍNCIPE

[En 2011, igual que sucede con Joaquín Costa y Miguel Servet, se cumple una importante efeméride del escritor y periodista Miguel Agustín Príncipe (Caspe, 1811-Madrid, 1863), a quien Santiago Aldea y Alberto Serrano dedicaron hace años una monografía. Recibo esta carta y esta nota de Alberto Serrano sobre el autor caspolino, uno de los representantes del Romanticismo en Aragón.]

 

DECLARACIÓN INSTITUCIONAL DE RECONOCIMIENTO Y HOMENAJE A LA FIGURA DE MIGUEL AGUSTÍN  PRÍNCIPE (CASPE, 1811- MADRID, 1863), EN EL AÑO EN QUE SE CUMPLE EL BICENTENARIO DE SU NACIMIENTO.

 

            El 16 de octubre de 1811 nació en Caspe Miguel Agustín Príncipe, celebrado dramaturgo, reconocido fabulista, prolífico poeta y apasionado periodista. Su obra lo ha hecho merecedor de ser considerado como uno de los máximos exponentes del romanticismo literario aragonés. En Zaragoza y en Madrid sus estrenos teatrales fueron recibidos con entusiasmo. La colección de sus fábulas en verso, editada reiteradamente, se difundió por España y Latinoamérica. Sus poemas festivos se recogieron en antologías y se insertaron en manuales escolares. Colaboró en más de cuarenta periódicos, alguno de los cuales dirigió en la capital de la nación.

            Profesor universitario, jurista, melómano, políglota y ensayista, formó parte destacada de la Junta de Teatros del Reino, de la Biblioteca Nacional, del Instituto de España, del Ateneo, del Liceo Artístico y Literario y de la Sociedad Económica de Amigos del País. De talante liberal y progresista, enemigo de todo autoritarismo, combatió las injusticias, apostó por la democracia, y pregonó su aragonesismo desde su apasionamiento por España. "Venciendo a la ignorancia / se vence al despotismo", escribió para impulsar desde su sólida formación humanista la necesidad de fomentar el estudio y el conocimiento. De profunda espiritualidad y convicciones religiosas, no dudó en censurar públicamente cualquier actuación arbitraria de los poderosos. "Bella es la libertad / Santo el progreso", afirmó.

            En el año del bicentenario de su nacimiento, y en puertas de que tal efeméride se cumpla el próximo domingo 16 de octubre, el ayuntamiento de Caspe aprueba en Sesión Plenaria proclamar su reconocimiento y homenaje a la figura, obra y proyección de quien debe considerarse un hijo ilustre de esta Ciudad del Compromiso. Esta Declaración Institucional se materializará a lo largo del Año Príncipe que ahora se inicia con la celebración de un acto académico y popular y con la colocación de una placa conmemorativa en el Teatro Goya, espacio escénico que acogerá el recuerdo perpetuo del caspolino que más ovaciones ha recogido como autor de dramas y comedias.

OFICIOS DE LA LITERATURA

Aviadores, fogoneros, agentes de seguros, carteros, piratas: los mil y un empleos de la literatura

LOS MIL Y UN EMPLEOS DE LA LITERATURA

[Félix Romeo traduce al castellano ‘Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores’ de Daria Galateria]

En las fotos, Jack London, Italo Svevo y Bohumil Hrabal.

 

La escritora y profesora Daria Galateria (Roma, 1950) publicó en 2007 el libro ‘Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores’, que acaba de traducir al castellano el escritor, crítico y colaborador de HERALDO Félix Romeo para el sello Impedimenta de Madrid. El libro tiene algo “de guía de supervivencia” de veinticuatro autores célebres y a la vez ofrece la posibilidad de verlos de otro modo: la cantidad de oficios tan pintorescos y cotidianos que desempeñaron, las aventuras que vivieron en ellos y cómo esas peripecias fueron determinantes en su fama; dos ejemplos muy claros serían Maxim Gorki y Jack London.

El libro ofrece otra peculiaridad: son bastantes los autores que eran felices en sus empleos, de diversa dureza y de incuestionables sacrificios, y los sacaba de indicio la exigencia de tener que vivir de su trabajo. Thomas Stearns Eliot, excepcional editor y gran poeta coronado por el Nobel en 1948, prefirió vivir de los números y de la contabilidad; Dashiel Hammett era muy feliz ejerciendo de detective y redactando luego, casi como un divertimento, cuentos que nacían del contacto con los personajes que conocía. Jean Giono trabajó dieciocho años en la banca y Franz Kafka, que soñó ser jardinero y agricultor, fue sobre todo agente de seguros, algo que también le sucedió durante algún momento de su vida al checo Bohumil Hrabal; el autor de ‘Trenes rigurosamente vigilados’ o ‘Yo que serví al rey de Inglaterra’ era muy introvertido: trabajó, además, de maquinista de tren y de maquinista de teatro, y al final fue un mantenido de su mujer.

Charles Bukowski hizo bastantes cosas. Y fue despedido en varias ocasiones. Y fue, como se sabe, una auténtica máquina de excesos en el sexo, las drogas y el alcohol. Sin embargo, ejerció catorce años de cartero; de golpe, cuando empezó a tener éxito con sus cuentos, y le cambiaba la vida porque le contrataban en las revistas se volvía histérico, y lo mismo le sucedía cuando tenía que dar una charla de su obra o pronunciar una conferencia. Todo lo relacionado con la literatura eran para él auténticos “trabajos forzados”.

En esta selección de veinticuatro escritores de los siglos XIX y XX solo hay una mujer, Colette. Tras el éxito de su personaje ‘Claudine’, su marido decidió hacer publicidad de esa joven pizpireta con lociones y polvos; años después, Colette fundará un instituto o salón de belleza. Partidaria de la publicidad, promocionó el cigarrillo y el placer de las mujeres, escribió poemas para la peletería, hizo giras por tiendas, ferias y almacenes, y se definía como “mimo, bailarina y un poco acróbata” antes que como escritora. A Maxim Gorki lo conocían como “el mendigo” porque recogía cuanto encontraba a su paso, y lo vendía: huesos de buey, trapos, clavos. Su nómina de oficios es muy extensa: fue pinche, fogonero, panadero, pescador en el Mar Negro, empleado en una zapatería de señoras y también ejerció de ladronzuelo. Alguno de sus hurtos resulta conmovedor: robó a su madre un rublo para comprar un cuento de Hans Christian Andersen. Su infancia y juventud parecen salidas de una pesadilla de Charles Dickens.

Jacques Prévert también bordearía años después la delincuencia juvenil y se haría pasar por un gigoló, aunque la realidad era que “se enamoraba de las empleadas” y preparaba los saqueos. Jack London, antes de convertirse en el escritor mejor pagado de su tiempo, fue fogonero, cazador de ballenas, repartidor de periódicos, enlatador de pescado, boxeador, arrastró maletas monte arriba sobre la nieve e incluso se disfrazó de bombero en los días de campaña electoral. Después de haber hecho tantas cosas, cuando se sentaba a la máquina de escribir le dolía la espalda. Era algo que tenía mucho que ver con el pánico al folio en blanco. También fue pirata de ostras y mitigaba el dolor del trabajo con la navegación y con la pasión por el bar del puerto. Dice Daria Galateria: “Frecuentaba a gente poco recomendable o a mujeres complacientes como Mamie, la reina de los ladrones de ostras, que tenía veinte años más que Jack. Frank ‘el francés’ le cogió celos. Todos en el puerto le aconsejaron a Jack que trabajara de noche, en un lugar apartado y con las luces apagadas”.

Otro caso muy paradójico es el de George Orwell, que dejó su puesto de policía en Birmania. Empezó una nueva vida que le llevó a trabajar de fregaplatos, a dormir a la intemperie entre los mendigos y a realizar otras faenas antes de empezar a tener éxito y de venir a España a luchar con las fuerzas republicanas. Daria Galateria encabeza sus relatos con frases que condensan una vida, una actitud y una manera de ser: “¿Escritor yo? Me lo pregunto. Mi verdadero trabajo consiste en pilotar aviones”, dice Antoine de Saint-Exupéry, el autor de ‘El Principito’, “pionero de los vuelos transatlánticos y del vuelo nocturno”. O “Bohumil Hrabal soñaba con ser futbolista (...) Hrabal era muy tímido, y en los partidos se sentía observado por los espectadores, se ruborizaba, y no sabía muy bien qué hacer con los brazos y con las piernas. En suma, se bloqueaba”.

Otra historia conmovedora es la de Italo Svevo, que fue industrial, vivió bajo el yugo de su suegra y dejó la escritura para dedicarse a la empresa. Eso sí, entre otras peripecias, fue alumno de James Joyce, que era el mejor profesor de inglés de Trieste. Cuando leyó su novela ‘La conciencia de Zeno’ le dijo que “es, de muy lejos, su mejor libro”. Svevo había dicho antes que una sola línea le bastaba para arruinar todo el trabajo acumulado durante horas o días en su negocio de pintura de barcos.

 

JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ, EN ANTÍGONA

 

Esta tarde, a las 20.00, en la librería Antígona, la poeta Olga Bernad presenta al editor y poeta Javier Sánchez Menéndez, un gaditano de 1964, que había estado quince años sin publicar. En este 2011 publicó ‘Una aproximación al desconcierto’, un libro que tiene mucho de destilación de temas, de estilos, de percepción del mundo y de viaje en el tiempo.

 

[La propia Olga Bernad escribió esta reseña sobre el poemario: “Aparece en SIM Libros ‘Una aproximación al desconcierto’ de Javier Sánchez Menéndez, tras quince años sin publicar poesía (propia), dedicado a labores de edición y crítica y al trazado de su particular desconcierto poético. Veinticinco poemas conforman ‘Las limitaciones del lenguaje’, primera parte del libro.  Cada uno de ellos va formando una lenta avalancha en la que se esconden y se muestran rebeliones, impotencias y conclusiones expresadas desde un descreimiento teñido de una brusca ternura que parece querer resumirse en los versos finales del poema que da título a esta primera parte: “Comenzamos a hablar si sabiamente/volvemos a la infancia/ y descubrimos/ que comenzar a hablar es promover/las limitaciones del lenguaje”. Llegamos así a ‘Ataques de cordura’,  dos series de brevísimas composiciones agrupadas en ‘Lapsus’ e ‘Ictus’, que merodean el desconcierto mezclando la fuerza epigramática del graffiti, un cierto tono de soleá, aire de haiku y brillo, en ocasiones, de sentencia. En ‘Clases particulares’, tercera parte del libro, se agrupan  poemas más largos en forma de ejercicios de irreverencia,  represión, olvido y espiritualidad para llegar a una ‘Última partida’, broche de la obra, que se cierra con una única entrega -“Segunda inclinación”- en la que la cordura ya no importa, pues las lecciones aprendidas y posiblemente olvidadas tampoco nos salvarán del desconcierto: “No es bueno complicarse./Total si son tres días y hemos gastado cinco,/ para qué desatar lo imprevisible”.

 

DOS POEMAS DEL LIBRO

 

Suspiros de princesa

 

 

No mentí. Me reprochas día a día

que engañé con mis actos,

que iba a ser más maduro, mejor padre.

Hasta que haría las camas,

amante consumado,

poeta de domingo

tras el aperitivo.

Hombre obediente

y sumamente inculto.

 

Quédate con lo dicho.

Las palabras de ayer

son miseria en tus labios.

 

De Una aproximación al desconcierto (SIM-Libros, Sevilla, 2011)

 

 

Puerto Real, 1967

 

 

La lonja, pescadores, un olor

a sal sobre las redes

y mi padre rondando las esquinas.

 

Las calles, los ruidos del mar

cubren la noche,

y la voz de mi tía

que llamaba mi nombre

una vez y otra vez.

 

Hasta la boda todo fue imperfecto.

Después nadie entendió que quise regresar

y acabé como siempre, con tres años:

caliente y cabreado.

 

Descubrí los sentidos.

No hay brumas en el puerto,

pero hay libertad, arena

y mucho miedo.

 

De Una aproximación al desconcierto (SIM-Libros, Sevilla, 2011)

 

 

'VIDRIO Y ALAMBRE' DE J.L. RODRÍGUEZ

José Luis Rodríguez García (León, 1949) es, probablemente más que nada, poeta. Poeta: alguien que dibuja el mundo, que lo intuye, que lo interpreta y lo cifra en palabras necesarias con una mirada muy personal. José Luis es filósofo y profesor de filosofía: ha bebido tanto de Hölderlin y de Paul Celan como de Sartre y Artaud, y además le gusta explorar, indagar, internarse en los territorios del vacío, de la nieve, del espanto, del dolor y de la hermosura. Una hermosura con heridas, con un temblor de sangre, con un fogonazo de desesperación o del coraje de quien se atreve a mirar de frente a la nada. Uno de los mejores libros de poesía de José Luis Rodríguez fue ‘Voces del desierto’ (Eclipsados, 2009), muy narrativo, de impresiones y secuencias, casi de monólogos dramáticos de gentes que iban y venían, errabundas, con el corazón a la intemperie.

Tras ese libro, José Luis Rodríguez, que se prodiga en el cuento y en la novela, publicó una de sus novelas más intensas: ‘El tercer concierto’ (Eclipsados, 2010), una novela coral sobre Chopin. Por aquellos días, el escritor ponía término a un nuevo poemario: ‘Vidrio y alambre’ (Eclipsados). Dividido en tres partes, ‘Nosotros’, ‘Odisea’ y ‘Descripciones’, parece escrito desde ese libre y vertiginoso flujo de la conciencia que había reivindicado James Joyce: el poeta mira el mundo, mira a sus semejantes, se mira a sí mismo, rastrea en el pasado, y elabora un memorial de imágenes, de sensaciones, de visiones casi surrealistas, de estados de ánimo. La vecindad de la muerte es latente: más que la vecindad, quizá, su fantasma que acecha y amenaza, y con la muerte el dolor, la desesperación, el escalofrío de la nada. O, como dice el poeta también, “la hermosa fragilidad de la melancolía”. Ese flujo de conciencia, o de desparrame lírico, arrolla y conmueve: el poeta alcanza muchos momentos de elevada inspiración, y da igual que emplee el sarcasmo, la ironía, su propio miedo, da igual con qué sentimientos se envuelva: la poesía es brillante, variada, intensa, desabrida, muy equilibrada en el fondo y la forma.

A José Luis Rodríguez todo le sirve: lo que sueña, lo que le apena, las sombras de la enfermedad, la incertidumbre, lo que le corroe; le sirven los minutos en que la vida se exalta, en que una mujer pasa y enciende una taberna o una tarde, pero no podemos decir que el tono del libro sea luminoso exactamente (ni mucho menos: la oscuridad reaparece con sus dagas: “el mundo, / la patria de los muertos, / ok”, dice en un sitio, y en otro arranca así: “El horror brillante de la noche, / el tenebroso esplendor de la noche”), aunque hay poemas que son una declaración de intenciones y en cierto modo una poética como ‘La ilusión del poeta’: “Qué leve el volar / y la huida del gorrión, / semejante al suspiro del maestro / o al lamento de madera de la mujer / a la que insulta la noche, /qué leve. // como la carrera suicida de un indio / o la ilusión del poeta/ que contempla el cielo cárdeno”. ‘Vidrio y alambre’ es un libro de fotografías y recuerdos, un libro sobre el viaje, la exactitud de los vocablos y la última palabra, y quiere ser una huida del silencio: “...y también suena el silencio, que es el ruido más horroroso”.

Vidrio y alambre. José Luis Rodríguez García. Eclipsados. Zaragoza, 2011. 66 páginas.

JESÚS MARCHAMALO GLOSA LA BIBLIOTECA DE ENRIQUE VILA-MATAS

JESÚS MARCHAMALO GLOSA LA BIBLIOTECA DE ENRIQUE VILA-MATAS

Jesús Marchamalo publicó hace algún tiempo en ABCD Cultural un reportaje sobre la biblioteca de Enrique Vila-Matas que integra su próximo libro. Publico aquí este hermoso texto sobre un escritor siempre de moda, que siempre está en el mercado. Ahora, entre otros títulos, se reedita ’El viajero más lento’, por ejemplo, libro que le presenté hace casi veinte años en la librería de Arte del Palacio de Sástago que llevaba Paco Goyanes. Dentro de unos días aparecerá el libro de Jesús Marchamalo sobre las bibliotecas en Siruela.

 

EN LA BIBLIOTECA DE ENRIQUE VILA-MATAS

Por Jesús Marchamalo

 

Las geografías

 

Subo en el ascensor con una foto que me ha enviado días antes por correo electrónico. Una torre de libros, en los que no se aprecian los títulos, y tres baldas donde resaltan un par de fotos, en blanco y negro, de una jovencísima Marguerite Duras. En ambas tiene los ojos cerrados, como si estuviera dormida.

Sospecho que la foto contiene algún mensaje que soy incapaz de interpretar, y por eso la he traído conmigo y en el ascensor, camino del sexto piso, intento descifrar algún detalle inadvertido: la postal del homenaje a Pepín Bello organizado por la Residencia de Estudiantes, o la cubierta de un libro en el que, en azul, se ve un rostro que puede ser de Georges Perec.

Fue Juan Villoro quien dijo que la casa de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es un símil, a escala, de su literatura. Un lugar íntimo, tranquilo, luminoso y pequeño, presidido por un inmenso ventanal que da al mundo. Un exterior abierto salpicado de nubes desgalichadas y espigadas antenas colectivas, donde hoy falta el mar, al fondo.

En medio, una mesa, y un sillón basculante que parece precisar carné de conducir, donde por la mañana se sienta a leer.

Todo en la casa –cuenta- tiene un orden marcado por la falta de espacio. Todo tiene su sitio, los libros incluidos. Y hay libros que llevan treinta años en el mismo lugar. Lo que comenzó siendo una casualidad, un mero azar, ha acabado creando un orden inclasificable más de geógrafo que de bibliotecario. Una clasificación secreta, alejada de servidumbres alfabéticas, y amparada por una memoria visual que le permite recordar cada lomo, y localizarlo, de un vistazo, en las estanterías. Así, hay una que prácticamente ocupan seis autores, que podrían ser casi un continente: Gombrowicz, Musil, Walser, Pitol, Sebald y Kafka, su escritor predilecto. Arriba, los primeros números de la revista Poesía, muy leídos, muy trabajados, y que participaron activamente en la Historia abreviada de la literatura portátil, y abajo, carpetas –rojas, negras-, una por cada libro que ha escrito, y que contienen contratos, recortes, reseñas, y en algunos casos el manuscrito original, lo que no deja de tener mérito, dice, en una casa tan pequeña.

 

Libros en un contenedor

 

En otra balda, a la altura de los ojos, conserva los cuatro números de la Nouvelle Revue Française en los que ha colaborado y que guarda como un trofeo, y cerca, la edición de Barral (1974) de Jakob von Gunten, de Robert Walser, desencuadernada y llena de papeles y notas. “Éste es el libro de donde sale todo, mi libro favorito”, afirma. “Los demás, Gombrowicz, Sebald, Musil, no son exactamente mis preferidos, sino los autores de los que tengo más libros… Aunque estoy pensando en que sí serían en realidad mis preferidos pero no los que más me iluminan”.

Recuerda con claridad, eso sí, una noche lluviosa, hará posiblemente veinte años, cuando tomó la decisión dramática, heroica, de deshacerse de su biblioteca de Derecho. Lloviendo, a hurtadillas, en dos viajes interminables, como un conspirador decimonónico, bajó a la calle cargado de maletas, y arrojó a un contenedor, libro a libro, sus tres años de carrera. Luego subió a casa, exhausto, se encerró y emprendió una nueva vida, tras tomarse un Frenadol. Por si acaso.

Lo que le contaron después sus amigos abogados, siempre tan serviciales, es que aquellos libros tenían cierto valor, y que podría haberlos vendido por una cantidad. Además de ahorrarse el catarro.

Así que en las baldas que en su momento ocupaba el Derecho Penal, el Romano, o lo que fuera, hay un sector de confusión, ahora, en el que predominan, entre otros, Paul Auster, Coetzee, Martínez de Pisón, y Bolaño, de quien muestra un ejemplar dedicado: “Para Paula y Enrique, amigos ejemplares, por decir algo, pero en realidad mucho más”. Tiene otro, también, de Bioy Casares –“Para Enrique, con afecto”- y algunos más de amigos o simples conocidos.

El sitio donde escribe, una mesa grande, ordenada y limpia, casi de recepcionista de hotel, lo presiden dos montones de libros de los treinta o cuarenta que andan por ahí, perdidos. Libros de consulta, trabajo, o pendientes de clasificar. Anoto, por ejemplo, a Claudio Magris, El infinito viajar; a Roth, El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras, y un tomo de Entrevistas del Paris Review. Alrededor, como un talismán, ocupando todas las paredes, los escritores clave, muchos: Stevenson, Carver, Calvino, Dalí. “Me gusta muchísimo el Dalí escritor”, dice. Roussel, Perec, Tabucchi, Monterroso y, sorpresa, Ramón Gómez de la Serna. El Ramón de cara de mazapán, que escribía con tinta roja, como la sangre de los plebeyos. “En México, hace tiempo, me compararon con él”, cuenta. “Protesté, pero después, por curiosidad, empecé a comprar y leer muchos de sus libros, y algunos fueron una agradable sorpresa. Me pareció muy divertido, por ejemplo, El hijo del millonario”.

Hay más, Handke, Benet, Borges… Muchos, con su firma, Vila-Matas, y la fecha de compra o lectura en la primera página. Y la ciudad, si los leyó de viaje.

 

Dos fotos

 

Tiene también dos fotos que llaman la atención. Una es la fachada de la librería Shakespeare and Company, en París, y otra, el Grand Hotel de France, en Nantes, donde se suicidó de una sobredosis de opio Jacques Vaché. Un escritor del que habla en Bartleby y compañía, amigo de Breton y que sólo escribió algunas cartas desde el frente durante la I Guerra Mundial, lo que le bastó para pasar a la historia de la literatura. Su suicidio, en una habitación cuya ventana señala en la foto, escandalizó a la sociedad francesa de la época. Allí fue hace tiempo, con Jorge Herralde, sólo para comprobar cómo en el hotel negaban que hubiera sucedido.

Y hay más: Joyce, Conrad, Highsmith… Le pregunto, casi a quemarropa, por la foto que me envió de la biblioteca, y su mensaje oculto, si es que existe. “Me gustó esa visión porque es muy lateral”, confiesa. “No muestra la biblioteca, sino sólo una parte, una esquina, ni siquiera la más representativa. He de confesar una pasión por lo excéntrico, lo que está fuera del centro. Las dos fotos de Duras, con los ojos cerrados, las cogí de un mural que habían hecho en una iglesia de La Baule, un pueblecito francés donde le rendían un homenaje”.

Dos días más tarde recibo otro correo electrónico. Me envía un cuento. La historia de un escritor de fama que, tras marcharse de su casa el periodista, vuelve a poner su biblioteca en el estado en el que se encontraba antes de que, con el anuncio de la visita, se hubiera dedicado a transformarla, a colocarla tal como deseaba que la viera el mundo.

Lo que no deja de tener mérito, eso sí, en una casa tan pequeña…

 

Locus Solus

Raymond Roussel

El libro que me descubrió que en novela era posible todo, lejos de cualquier dogma o imposición. El libro que menos prestaría de toda mi biblioteca. Creo que con él aprendí a escribir”

 

 

Los detectives salvajes

Roberto Bolaño

La gran acogida de este libro en todo el mundo no acaba de verse reflejada en la prensa cultural española. Los detectives salvajes quedará como un libro sobre el poder literario descomunal de la poesía de la vida”

 

 

Exploradores del abismo

Enrique Vila-Matas

Siempre el último libro es el que merece ser nombrado. El día en que uno comienza a cuestionarlo es cuando comienza a escribir el siguiente. Por primera vez he comenzado un nuevo libro sin cuestionar el anterior. Exploradores del abismo va camino de gustarme siempre”