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Antón Castro

Escritores

LA POESÍA DE RAFAEL LOBARTE

 

Rafael Lobarte busca la Grecia clásica

 

El poeta y traductor de Shelley y Keats publica ‘Los soles negros’, en la colección Papeles de Trasmoz de Olifante, un poemario de mitos y viajes, de amor y desamor, y de algunas despedidas emocionantes

 

 

Rafael Lobarte Fontecha nació en Zaragoza en 1959 y aquí trabaja en distintos campos de la cultura, más o menos clásica: como estudioso de la obra de autores como Dante, Virgilio, Camoes, Gracián o el narrador Homero; como traductor de dos poetas románticos como Percy B. Shelley o John Keats (en Olifante publicó en 2009 su ‘Antología poética. Odas, sonetos, otros poemas, La Víspera de Santa Inés’), y de Ezra Pound, el indú Vyasa o el vietnamita Nguyên Du, al que está traduciendo ahora; como apasionado por la obra del pintor renacentista Rafael Urbino. Le ha dedicado artículos a la poesía popular griega y a músicos contemporáneos como Elton John.

A la par, sin pausa y sin prisa, Rafael Lobarte redactaba una poesía muy personal, de acentos clásicos, de verso corto, una poesía serena que nacía de los viajes, del amor y del desamor (con su componente de juego), de la percepción del misterio, del diálogo con la historia y de algunas pérdidas.

En 1979, Lobarte había publicado el que hasta ahora era su único poemario: ‘Aprendiendo Soledad’. Y, en vísperas de la Feria del Libro, en la coqueta colección Papeles de Trasmoz de Olifante, aparecía ‘Los soles negros’, un título que hace pensar de inmediato en ‘Los heraldos negros’ de César Vallejo, pero que no tiene nada que ver con esa escritura del dolor, del desgarro de vivir. Lobarte es un poeta de la visión, de la imagen, del presentimiento, de la invocación y es un poeta del paisaje, pero en su obra siempre hay un diálogo con la Gracia clásica, con los mitos y sus héroes, con Apolo, con la fuerza del sol y el embrujo de la luna, con la claridad de los equinoccios.

También es un poeta de lo cotidiano y de esos instantes aparentemente triviales que se convierten en mágicos o especiales en la visión del poeta: la contemplación de una niña, un tanto desdeñosa, con trenzas: “Tú te burlas de mí / porque apenas comprendo / ese lago esmeralda / que vislumbro en tus ojos”; la vivencia de la atracción amorosa y sus gotas de erotismo: “Grácil muchacha / de la caña de azúcar / y los ritmos quebrados, / concédeme ese fruto / gozoso y espléndido”; la exaltación del cuerpo en uno de los mejores textos del libro ‘Soneto corporal’. Y hay también una épica suave de jinetes, de guerreros…: “Ya el aire desgarran las trompas sonoras, / ya enfilan el muro los ebrios jinetes”.

‘Los soles negros’ está dividido en tres partes: ‘Evocaciones’, donde el poeta viaja por Alejandría (evoca sin decirlo el espíritu de Constantino Kavafis), por el castillo de Elsinore, por Cartago, por Nueva York; ‘Febril antorcha’, que contiene una cuidada colección de sonetos y dos poemas de auténtico lujo expresivo como ‘Motivo lunar’, donde el poeta alude al “ya desatado/ e irrefrenable fluir de mi melancolía’, y ‘El velador’, que arranca así: “Cuando los negros soles se hundieron en las copas”, y luego parece proponer un viaje al viejo y nuevo Egipto desde una terraza de la verde noche. La tercera parte contiene, entre otras cosas, tres poemas emocionantes: uno dedicado a un sobrino de seis años, otro a un amigo que murió demasiado pronto y el ‘Soneto elegíaco’, destinado a su padre, en el que Rafael Lobarte se pone a mirar la fotografía de los días, las fotografías que resumen los recuerdos, los pequeños gestos, las imágenes inolvidables.

‘Los negros soles’ es un libro que busca el primor y lo encuentra. Es un libro breve de una vida dedicada a la poesía, tiene mucho que ver con el descubrimiento de la lentitud hecha palabra, viaje, imagen, música y ritmo, arrebato de amor a la belleza y a los seres. ‘Los negros soles’ se presenta esta tarde, a las 20.00, en el Teatro Principal en compañía de Luisa Miñana.

 

[Los negros soles. Rafael Lobarte Fontecha. Ediciones Olifante: Papeles de Trasmoz / La Casa del Poeta. Zaragoza, 2011.76 páginas. Esta foto es de Benjamin Kanarek.]

HEMINGWAY ENTRE NOSOTROS

Hemingway en Zaragoza. Archivo de Rafael Castillejo / ABC.

 

Ayer se cumplía medio de la muerte del Premio Nobel que estuvo en el frente de Belchite, de Teruel y del Ebro, y que frecuentó en la posguerra el coso de la Misericordia

 

Ernest Hemingway (Oak Park, Illinois, 1899-Ketchum, Idaho, 1962) fue un vitalista enardecido. O un hiperactivo de la escritura. Todo le apasionaba: tocar el violoncelo, practicar la caza, enseñar a boxear a sus amigos, romperse la cara a mamporros con ellos y luego ejercer de maestro de pugilismo de Ezra Pound. Le gustaba cazar en África, pescar en cualquier sitio de Estados Unidos o de Cuba, enamorarse y, muy especialmente, contemplar las corridas de toros o la gran fiesta de los sanfermines. Le apasionaban la violencia, el fulgor de la sangre y la dimensión artística y heroica de los matadores, y a ese universo le dedicó muchas páginas. Ahí están libros como ‘Fiesta’, ‘Muerte en la tarde’ o ‘Verano sangriento’, donde noveló la rivalidad entre Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín.

Fue cronista de la Primera Guerra Mundial, en la que participó como soldado y conductor de ambulancias a partir de 1917. De la I Guerra Mundial derivaría una buena parte de su leyenda: fue herido, amó a la enfermera Agnes von Kurowsky, que le salvaría la vida, y luego recorrió las universidades de su país recreando los peligros y su osadía, ayudado de una ostentosa muleta, y no solo eso: reflexionó sobre la contienda en ‘Adiós a las armas’ (1929), una de sus grandes novelas. Vivió en Valencia en los años veinte, estuvo en Madrid en multitud de ocasiones –convirtió los hoteles Florida y Suecia en su despacho, y Chicote en su restaurante predilecto-, y en la Guerra Civil española estuvo como corresponsal para el ‘Toronto Star’ y para la agencia Newspaper Alliance.

A la par que redactaba guiones para documentales, vivió momentos muy particulares. Siguió a la XV Brigada y al Batallón Lincoln, y se inspiró en su líder Robert Merriman para escribir ‘¿Por quién doblan las campanas?’ (1940), protagonizada por el idealista Robert Jordan. Estuvo en Belchite en los momentos de mayor intensidad, y poco después acudió, entre el 19 y el 23 de diciembre de 1937, a la toma de Teruel por los republicanos en medio del frío y de un gran entusiasmo. Hemingway recordó como la gente salía a la calle y le daba chorizo, jamón y pan para celebrarlo.

De ello también dejó constancia su gran amigo Robert Capa, que le retrató entonces, aunque acabarían distanciándose al parecer porque el reportero húngaro le habría captado en una actitud que consideró poco decorosa. En abril de 1938, Hemingway estuvo en el frente del Ebro y poco después se entrevistaría con Enrique Líster.

Lister y Hemingway en el frente del Ebro en 1938.

Ramón José Sender lo recuerda en sus memorias: ‘Álbum de radiografías secretas’ (existe una reedición reciente en Tropo Editores): “Yo no hice buenas migas con Hemingway tal vez porque no tomaba, como él, la literatura por el lado deportivo, ni crematístico. Pero no nos entendamos mal. El defecto suyo era inocente. Hemingway era un niño grande -muy grande en su estatura- y vivió como tal. Incluso su suicidio era o parecía ser parte de un juego de policías y ladrones”. Lo califica de “verdadero aventurero” y de “adolescente romántico”, y agrega que “como narrador consiguió Hemingway aciertos difíciles de superar”. Y desliza una observación arriesgada: “Hemingway no conoció España”, y señala que vio el país desde “el sensacionalismo truculento con solo dos dimensiones: longitud y latitud. Le faltaban las otras dos: profundidad y sentido de lo temporal, que lleva implícito el sentido de la eternidad, como la luz lleva implícita la sombra, la belleza, la fealdad, y el idilio –el amor- alguna amenaza de potencial odio”. Durante la Segunda Mundial, Hemingway contaría el desembarco de Normandía en 1944.

A pesar del triunfo de Franco, que nunca fue de su agrado, Hemingway normalizó su retorno a España, atraído por la tauromaquia, sobre todo, y por Pamplona. Separado de su tercera esposa, la reportera Martha Gelhorn (se dijo que el escritor había padecido la pelusilla de los celos profesionales), volvió a España con su cuarta mujer: Mary Welsh. Con ella la fotografiaron en el coso taurino Miguel Marín Chivite, Gerardo Sancho (sus retratos están ahora en el Archivo Municipal), o Luis Mompel, que también captó a Ava Gardner, en una de sus fotos para la historia. Hemigway le dijo a Sender que había tenido todas las mujeres que había querido, y entre ellas incluía a Marlene Dietrich y quizá a la propia Ava Gardner, con quien tuvo siempre una gran complicidad. Existe una fotografía en la que Hemingway, que solía pernoctar en el Gran Hotel, posa en Zaragoza con Joaquín Aranda y José Luis Borau, entre otros. En los últimos años de su vida, perdió la cabeza por la joven Adriana Ivanovich, a la que le dedicó otro libro: ‘Al otro lado del río y entre los árboles’ (1950), donde la transformó en Renata.

Hemingway vino a España hasta los últimos años de su vida, cuando se sentía acosado por la enfermedad y por los esbirros de Hoover. Alternaba su residencia entre Idaho y Finca Vigía, en Cuba: a veces, escribía y escribía en las paredes del baño y en rollos de papel higiénico. En 1954 le habían dado el Premio Nobel; ‘El viejo y el mar’ (1952) fue el libro determinante para obtener el galardón. Tal día como ayer, hace ahora medio siglo, decidió poner fin a su existencia con un arma de fuego. El cazador se cazaba a sí mismo, como si quisiera desmentir su mejor adagio: “Un hombre puede ser destruido, pero nunca derrotado”.

La semana que viene comienzan los sanfermines: a él se lo deben casi todo. O muchas cosas. Y la literatura a Hemingway le debe, ante todo, la evocación de sus años en París con ‘la generación perdida’ en ‘París era una fiesta’, la exaltación de la idea del escritor que contagia vitalidad y bohemia, un puñado de libros, y le debe muy especialmente algunos cuentos extraordinarios de la vida, de la guerra, del amor y de la muerte.

'SOBREVIVIR EN COMALA': UN DIÁLOGO CON ROSA PETULIA MARTÍNEZ

 

De cómo Gregorio Morel desapareció en París

 

 

[Rosa Petulia Martínez, una escritora navarra afincada en Zaragoza desde los cinco años, publica ‘Sobrevivir en Comala’ (Baile del Sol), donde rinde homenaje a Rulfo, Roberto Bolaño, Vila-Matas y Arthur Conan Doyle

 

 

¿Cómo se fue fraguando ‘Sobrevivir en Comala’ (Baile del Sol. Tenerife, 2011), cuál fue la idea de partida?

Desde que era niña me impresionó de forma muy viva una historia de mi familia de la que tengo varias versiones. Es la historia “semi-real” de mi bisabuelo que fue acusado de asesinar a un compañero suyo cuando trabajaban en una mina de Asturias. Parece ser que el asesino pudo haber sido su propio hermano aunque lo más probable es que fuera un accidente de los muchos que sucedían en las minas franquistas por falta de seguridad, y exceso de horas de trabajo. Entre los años 40 y 50 se estima que murieron más de 1500 mineros.

Esa historia también aparece en el libro en varios retrocesos al pasado.

Sí. Mi bisabuelo se volvió loco debido a que había sido siempre un escrupuloso cumplidor de la ley –humana y divina- y no pudo soportar que lo acusaran de un crimen que, realmente, él no cometió.

¿Qué ocurrió luego?

Cuando lo exculparon poco después y salió de la cárcel regresó a casa un tiempo –a una aldea cercana a Ribadavia de donde procedía- pero ya completamente extraviado. Su locura le hacía irse de un pueblo a otro y regresar cada tanto tiempo con una nueva identidad; cada año volvía a casa con una identidad diferente y así hasta que un día ya no regresó más. Luego encontraron su cuerpo y hoy sus cenizas están en el cementerio de Ribadavia que aparece también en la novela por la terrible inscripción que aparece en su puerta de entrada: “Sed justos o temblad”.

El relato en sí mismo es ya toda una novela o encarna una idea de lo literario.

Esta historia es especialmente representativa para mí de lo que es la literatura ya que es una historia que yo no he vivido, que me han contado, y de la que tengo varias versiones como si realmente fuera desde el inicio una historia de ficción. ‘Sobrevivir a Comala’ comienza precisamente con un “A mí me contaron” para dejar claro lo que es para mí la literatura: algo muy cercano a la Literatura oral, a la fuente de la Literatura.

Como para Juan Rulfo, que realiza una gran elaboración del lenguaje literario a partir del lenguaje oral

Creo que para Rulfo, el gran homenajeado en la novela desde el título, la literatura es también eso, algo sencillo, que nace en las aldeas, en los rumores nocturnos de las gentes humildes, en sus historias que les hacen inmortales aún en su anonimia. Desde mi punto de vista la experiencia del escritor debe ser un viaje en busca a su propia Comala, ese lugar no habitado por seres reales sino por rumores, ecos, risas, experiencias vividas que conforman el imaginario del escritor. Una vez encontrado ese lugar hay que aprender que ya no se puede escapar de ahí y por eso la novela habla de Sobrevivir a Comala porque una vez en Comala –en la Comala particular de cada escritor: aquí París- el problema es que, como ocurre en la novela Pedro Páramo, una vez allí, pasamos a ser fantasmas como aquellos que pueblan nuestro mundo de ficción que es lo que hace decir a Juan Preciado, protagonista de Pedro Páramo “Vine a Comala porque me dijeron…”

Su novela habla de una desaparición: la del poeta Gregorio Morel, que escribe una novela secreta: ‘Sobrevivir a Comala’.

El escritor siempre está expuesto al riesgo de desaparecer completamente en su afán por ser un verdadero escritor. Decía Maurice Blanchot que uno puede escribir sin preguntarse por qué escribe o qué es ser escritor pero que si se quiere llegar hasta el final en la experiencia literaria hay que hacerse esta pregunta. ‘Sobrevivir a Comala’ es mi respuesta a esta pregunta. Surge por lo tanto como experiencia, como reflexión y como obra unida a la reflexión sobre la literatura.

 

¿Cómo le ha marcado Maurice Blanchot? También es un escritor muy literario. Pienso en 'Thomas el Oscuro'.

La novela surgió a partir de mi propia búsqueda literaria acentuada en los últimos años por la elaboración de mi tesis doctoral que analizaba el difícil y oscuro pensamiento de Maurice Blanchot. Una de las cosas que aprendí de esta larga aventura con el teórico literario y pensador francés es que hay otra forma de racionalidad que la cartesiana, lo que Blanchot expresa con su famoso “Pienso, luego no existo” que aparece precisamente en la novela ‘Thomas el Oscuro’. Por eso a Blanchot, y eso es lo que más me ha enseñado, le interesan los personajes marginados y marginales, malditos si se quiere y, en cualquier caso, obligados por la Ley a guardar silencio o a desaparecer: Sade, Hölderlin, Kafka, Artaud, Lowry La Ley puede ser la propia razón, como en el caso de Hölderlin o de Artaud; puede ser el alcohol o las drogas como en los casos respectivamente de Lowry o de Michaux; puede ser la ley de la comunidad ético-política como en el caso de Sade pero, en cualquier caso, el escritor siempre está fuera de la Ley y la experiencia del escritor se convierte así en una experiencia-límite, que es una experiencia de esas de las que a veces uno no puede regresar para contarla…

 

3. Me ha llamado la atención el estilo: literario, referencial, a veces barroco... ¿Cómo lo define usted? 

 Es literario y, sí, a veces quizás peco de exceso de referencias literarias pero es que la novela, al ser en cierto modo un homenaje a la Literatura, me llevó a ello. En el fondo de todo lo que escribo está la poesía. Creo que la poesía es la brizna inicial que hace arder una historia, su enigma, su sentido oculto y creo que ella está muy presente en mi estilo. 

 

El libro tiene muchas reflexiones sobre el arte de escribir, la obsesión de la escritura, la suplantación de personalidad, el plagio.

En esta novela aparecen, de hecho, mis dos obsesiones: la escritura y la locura. También está el tema del doble, del desdoblamiento de personalidad. A mí me fascina el William Wilson del relato homónimo de Poe.

Los personajes parecen desdoblarse entre: los jóvenes escritores Roberto Marcos y Xavier Reixach que rastrean al desaparecido Gregorio Morel…

Sin adelantar nada de la trama final de la novela, algo de eso ocurre en un momento dado con el personaje de Roberto Marcos, en principio un personaje secundario, pero que se irá desvelando como la clave de toda la narración. Por último, el tema del plagio hace referencia también a una idea muy postmoderna: la de que ya no hay un escritor sino que la escritura es un texto anónimo y comunitario de manera que los nuevos escritores se limitan o bien a anotar o a escribir en forma de Palimpsesto lo ya escrito o a plagiar directamente lo que han escrito otros.

Bueno, eso pudo ocurrir en la realidad, y lo cuenta en la novela, con Arthur Conan Doyle y Fletcher…

Se trata de una hipótesis de algunos biógrafos según la cual El Perro de Baskerville fue creación de un amigo de Conan Doyle: Bretram Fletcher. Para que no se descubriera el plagio la leyenda dice que Conan Doyle envenenó a su amigo con láudano y, jugando un poco más con la idea de la suplantación de la personalidad de su amigo, poco después se casaría con su mujer. Esta historia la contará Roberto Marcos a Xavier Reixach, que investiga con él la desaparición de Gregorio Morel, como una pista que debería conducirle a descifrar la verdad oculta tras dicha desaparición.

 

Sobrevivir en Comala. Rosa Petulia Martínez. Baile del Sol: Serie Negra. Tenerife, 2011. 208 páginas.]

 

MIGUEL MENA, POR ROSA MONTERO

 

Rosa Montero publica hoy este artículo sobre uno de los libros más singulares y emocionantes de las letras españolas en mucho tiempo: ‘Piedad’ de Miguel Mena, editado por Xordica y ya en su cuarta edición. Copio aquí el texto.

 

 

DE ENTRE LOS VIVOS

 

Por Rosa MONTERO. Babelia, El País. Sábado dos de julio de 2011.

 

Miguel Mena es autor de un libro de anotaciones raro, auténtico y conmovedor, en el que convierte el sufrimiento en piedad, rotunda, hermosa y antigua palabra

 

Ese niño mudo, distinto y siempre sonriente alumbra por entero el libro de Mena

Es un trabajo muy íntimo y muy libre sobre la desazón y la incongruencia de la vida

 

Este es un libro que habla de la vida. De una vida pespunteada por la muerte, como es toda vida consciente de sí misma. En realidad el texto es un leve puñado de anotaciones... Un librito de memorias, por así decirlo. O de estampas pegadas a la cotidianidad del autor y a sus reflexiones. Miguel Mena, escritor y locutor de una emisora de radio en Zaragoza, tiene un hijo con síndrome de Angelman. Lo cuenta de manera oblicua en esta obra. El síndrome de Angelman, lo he tenido que buscar en Internet para enterarme, es una enfermedad neurogenética rara y grave. Las personas que lo sufren padecen retraso, dificultades motrices, no llegan a aprender a hablar y, según dice la Wikipedia, "muestran un estado aparente de permanente alegría, con risas y sonrisas en todo momento, siendo fácilmente excitables". Es el síndrome de los ángeles. La beatitud. Pero qué duro. Ese niño mudo, distinto y siempre sonriente alumbra por entero el libro de Mena. Y no es que el autor hable gran cosa de su hijo; pero, de alguna manera, uno sabe que Piedad, que así se llama el volumen, ha nacido justamente de esa herida. De la necesidad esencial de hacer algo con el dolor, para que el dolor no te destruya. Miguel Mena ha escogido lo único que yo creo que uno puede hacer con el sufrimiento, y es convertirlo en empatía, en compasión, en entendimiento del dolor de los demás. En piedad, como titula él con rotunda, hermosa, antigua palabra.

Este libro de desnuda sencillez es como un cuaderno de notas, un trabajo muy íntimo y muy libre sobre la desazón y la incongruencia de la vida. No hay desgarro, no hay adjetivación melodramática, no hay patetismo. Es una aproximación estoica y fría y, sin embargo, a veces te abrasa. Y lo digo literalmente: tras leer alguna de las breves entradas (de apenas media página o una hoja) te quedas sobrecogida y sin aliento, como si te hubieran dado un puñetazo en el plexo solar. Déjame que copie una; se titula 'Silencios' y dice así: "El niño sin voz tiene tendencia al saludo. Cuando paseas con él y se cruza con alguien, a menudo extiende su brazo hacia el desconocido y emite un ligero gemido: aaaaaaaaaaa... Esto es todo lo que puede decir. Las respuestas son muy variadas, desde quien le habla y tiene hacia él un gesto cariñoso o compasivo hasta quien lo ignora deliberadamente y hace como que no lo ve. Nunca te acostumbras a esa indiferencia forzada y un día estallas. El niño sin voz ha saludado a un chico sentado en un portal, un adolescente que mira sin decir nada. El niño sin voz insiste y el chaval, nada de nada. Te duele. Te irrita. Te cansa. Te vuelves y le recriminas su silencio, le reprochas su indiferencia, descargas sobre él la rabia acumulada por todos los que durante años han ignorado al niño sin voz. Y el adolescente, con cara de estupor y haciendo un grandísimo esfuerzo, saca de lo más profundo de su garganta un sonido casi ininteligible y a duras penas dice: Sssssoy sssssordo".

Las notas o microcuentos reales no tienen relación cronológica ni temática, más allá de esa manera de mirar el mundo desde la fisura de una pena ya asumida. Y entre los fragmentos de texto hay fotos, instantáneas en blanco y negro realizadas también por el autor y que son otra manera de contar lo mismo. Lugares, rincones, detalles que resultan especialmente elocuentes o conmovedores. Un gato encima de una pintada. Una bicicleta cubierta de nieve. La placa de una calle. Todo en Piedad es minimalista, solitario, deshabitado. Es el retrato de un mundo de alguna manera devastado, pero narrado no en el momento de la tragedia, sino mucho después de haber hecho explosión la bomba de neutrones. De alguna forma, también es una celebración de que la vida siga pese a todo, incluso así de incomprensible, de aterida y de rota. Otra entrada: se titula 'Planes': "A veces me cruzo con la familia que quisimos ser. No una en concreto. Ya sabes: esa idea dispersa que teníamos. Un número aproximado. Un estilo. Un aspecto. Una forma de ser y de comportarse. A veces me cruzo con el futuro que imaginamos y todavía siento un pellizco de felicidad al recordar aquellos días de risas y planes". Y una más, titulada 'José Edmundo Casañ': "El comando lleva semanas preparando una acción. Un día tras otro, suben y bajan por la autovía de Pamplona a San Sebastián, de San Sebastián a Pamplona. No es fácil llevar una vida normal y en los ratos libres ser un activista. Con la vieja carretera no habría sido posible coordinarse tan bien, moverse tan rápido. Mientras acelera entre montañas, el jefe del comando intenta hacer memoria. Se pregunta: '¿Cómo se llamaba aquel técnico que matamos en Valencia para que no construyera esta autovía?".

Piedad es un libro muy raro. Sorprende por lo auténtico, por su radical ausencia de adorno, por esa clara voluntad de desprendimiento de las pompas del mundo. Es una obra monacal, austera y contenida que sin embargo conmueve hasta la médula, aunque el autor sólo se permita caer de manera abierta en la emoción en un par de ocasiones. Como en ésta: "El niño sin voz es tan rotundo en sus afectos que a veces tengo que recordarle que soy su padre, que para darme un beso no hace falta que me pase toda la lengua por la cara. Mi ternerico". Es un volumen modesto que seguramente no aspira a cambiar la historia de la literatura y que, dado que no tiene mucho texto, podría leerse de un tirón en un par de horas, porque, además, resulta muy ameno. Pero lo cierto es que te tomas tu tiempo en acabar la obra, y masticas las palabras, y las tragas lentamente, igual que tragas con tiento un jarabe medicinal de sabor denso y chocante. Ese jarabe que te va a curar, que es exactamente lo que hace este libro.

Piedad. Miguel Mena. Xórdica Editorial. Zaragoza, 2008. 182 páginas, 15,95 euros. [Estos días se acaba de publicar la cuarta edición de este libro, que tiene muchos admiradores: Óscar López, David Trueba o Javier Cercas entre ellos.]

FÉLIX TEIRA CUBEL: UN DIÁLOGO

FÉLIX TEIRA CUBEL: UN DIÁLOGO

“EL AMOR QUE NO SE CUIDA ACABA

POR VOLVERSE MUY FRÁGIL”

 

¿Cuál es el punto de partida de ’laciega.com’ (Funambulista)?

Yo percibía un malestar difuso, incluso antes de la crisis. Cuando los ideales se desmoronan viene el «sálvese quien pueda», cada uno busca solucionar individualmente sus problemas. Los personajes reflejan esta situación de desorientación colectiva.


Parece tener un parentesco con ’Sueños de borrachos’ (Poliedro, 2005), su libro anterior...

Sí, tiene razón. Es un cuento desgajado de ’Sueños de borrachos’ que creció por su cuenta. Metiéndome en la piel de los personajes (escribir conlleva desdoblarte en otro), llegó un momento en que tomaron vida propia y así se fraguó la novela.


¿Qué ocurrió en esa pareja con niña a la que todo parecía irle bien?

Antes de la crisis, una joven burguesa occidental, bellísima y con estudios, tenía múltiples expectativas, el mundo a sus pies. ¿Cómo asumir la frustración, la privación del consumo, el desengaño sentimental?


¿En qué medida nos condicionan el azar y los malentendidos?

Ah, el póquer de la vida es impredecible. ¿Quién está a salvo de aceptar una propuesta de dinero fácil, un amor intempestivo o de traicionar secretamente sus creencias? Me interesa que el lector se plantee estos interrogantes.


La novela tiene un aroma apocalíptico y los personajes son un poco avasalladores e inhumanos.

No, no era mi intención. Pretendía que fueran profundamente humanos y por tanto normales, gente corriente. Los humanos somos un barro de diversas arcillas, con nuestra ’cara B’, a veces miserable y mezquina, y nuestra ’cara A’, generosa y altruista.


El ingeniero Ismael se queda en paro y siempre está fuera de casa. Ni se queda con la niña. ¿Qué clase de paro es el suyo?

Como dice Mariano, el psicólogo clínico de la novela, Ismael pertenece a los P. A., proletarios ascendentes, individuos que provienen de abajo, ambiciosos, que creen que si no consiguen dinero siempre serán unos parias. Ismael realiza cursos, aprovecha el paro para especializarse con la finalidad de ascender y medrar. Y su mujer, Marga, la protagonista, no quiere darse cuenta del torbellino en que se ha metido, el fular con que se tapa los ojos es una manera de no ver. Gana mucho dinero que usa para contentar a los suyos y expiar su culpa. En el fondo, se engaña a sí misma pensando que lo que está oculto no existe.


Hablemos de Chon: la amiga de Marga, el contrapunto, esa mujer un punto exuberante que siempre está en el mercado.

El dolor íntimo de Chon, pese a su aparente frivolidad y a todos sus amantes, es no haber encontrado ese hombre «inteligentemente tierno» con el que soñaba en su diario de adolescente.

¿Tenemos dificultad para cerrar bien nuestro pasado? Le sucede a casi todos los personajes.

¿Quién no reescribiría un pasaje de su biografía? Nuestra personalidad es memoria acumulada, y el pasado de alguna manera nos da sentido. Un personaje afirma: «Somos memoria, y cuando la rata del Alzheimer nos roe el pendrive dejamos de ser». Pero la vida no es el borrador de una novela que se puede retocar y retocar impunemente.


¿Cuál es el peligro: internet, el sexo inmediato, nuestra prisa?

Internet tiene tal fuerza que condiciona las relaciones sociales, y es un hecho que la palabra «sexo» es la más buscada. La red favorece el encuentro fugaz, banal, a veces oculto, y sin compromiso. Una pradera primaveral de satisfacciones inmediatas en la época de las prisas; otra cosa es el amor, un árbol de crecimiento lento. El amor que no se cuida a diario acaba por volverse muy frágil. Aquí pasa.


¿Cuál es la historia real que más le ha impresionado en su investigación del sexo por internet?

El caso de Marga, aunque parezca ilógico, no es inverosímil: una mujer que se presta a tener sexo en Internet durante unos meses y después lo deja. Si nadie la descubre todo seguirá igual.

¿Por qué hay tan poco humor?

Al menos hay ironía, creo. Mariano se burla de sí mismo y de sus actos vistos a través de su prisma de psicólogo. El nudo de la novela excluye el humor; en esas circunstancias sería cinismo.

¿Había querido hacer siempre una novela tan dialogada?

Sí. Los diálogos están trabajados como si fuera un guión cinematográfico. Los diálogos sirven para definir al personaje, pero también son una manera de aligerar la lectura, un cóctel de verano que espero que ayude al lector.


¿Cuál es lugar de Zaragoza y su microcosmos literario en el libro?

Zaragoza ocupa un lugar central en toda mi obra. Yo creo que las recreaciones literarias o cinematográficas contribuyen a crear el imaginario colectivo de una ciudad. Espero que el lector aprecie la carga emocional que encierra cada lugar: disfruto describiendo la torre de la Magdalena, recién iluminada, cuando sale a hacer la noche cargada de azulejos, el Ebro que discurre por los tajamares del puente de Piedra, la niebla fría que ahoga la plaza de Salamero, Las Fuentes, el Actur?


¿En qué ha cambiado Félix Teira?

No sé, es difícil verte a ti mismo. Creo que las canas y el colesterol son buenos compañeros de viaje para un novelista. Pienso que soy más escéptico y, quizá por ello, más equilibrado.

 

Laciega.com. Félix Teira Cúbel. Funambulista. Madrid, 2011. 420 páginas. Este texto aparecía el pasado miércoles en ’Heraldo de Aragón’

GARCÍA MARTÍN: 'LECTURAS Y LUGARES'

GARCÍA MARTÍN: 'LECTURAS Y LUGARES'

 

José Antonio López, del sello Vagamundos, tan cuidado, tan sutil en su intensa brevedad, tan variado, me envía un fragmento de uno de sus últimos títulos: ‘Lecturas y lugares’ de José Luis García Martín, a quien conocí en Oviedo y volví a ver en Albarracín.

  

 

 

Lecturas y lugares

Vagamundos

Textos y fotografías de José Luis García Martín

 

Para José Luis García Martín, darse una vuelta por el ancho mundo o pasearse sin prisa entre los estantes de una biblioteca no resultan actividades muy diferentes. Los libros son ventanas de papel que nos permiten asomarnos a la gozosa variedad del universo y las ciudades volúmenes ilustrados de una inagotable biblioteca hecha de calles, piedras y nostalgia.

Nápoles, Lisboa, Ginebra, Roma, Nueva York o Venecia se hermanan así con Leopardi, Pessoa, Borges, Byron o Nietzsche. Un rincón revisitado o unas líneas recordadas le sirven al autor para contarnos una historia, recrear una emoción. Las imágenes, que pretenden ser algo más que un prescindible adorno, sirven de punto de partida al viaje de la memoria.

 

José Luis García Martín es poeta, crítico literario, profesor de la Universidad de Oviedo y director de Clarín. Revista de nueva literatura.

Su poesía ha sido antologada recientemente en el volumen La aventura (Renacimiento). Versiones y recreaciones de diversos poetas se reúnen en La biblioteca de Alejandría (1990) y Jardines de bolsillo (2006).

Es autor de numerosos volúmenes en los que entremezcla ficción, autobiografía y literatura viajera. Destacan entre ellos Media vida (2001), Café Arcadia (2003), Sueño, fantasmagoría (2005), el homenaje a la ciudad de Venecia titulado Arco del Paraíso y un primer tomo de sus memorias eróticas, Alrededores del Paraíso (2008).

 

FRAGMENTO DE ‘LECTURAS Y LUGARES’

 

Por José Luis GARCÍA MARTÍN

 

Chemin Frederic Nietzsche

Hasta el derrumbe final en Turín, Nietzsche recorrió muchos caminos de la vieja Europa. Los veranos los pasaba en Sils-Maria; el resto del año buscaba un clima propicio por las costas de Italia o el sur de Francia. En Venecia (Sombra de Venecia pensaba titular el libro que finalmente se llamó Aurora) escuchó una música que le conmovió hasta las lágrimas mientras contemplaba las aguas del Gran Canal desde el puente de Rialto.

Pero el lugar donde yo le he sentido más cerca ha sido en Èze, una villa medieval de la costa Azul que se encaramó sobre una alta roca para huir de los piratas. Al camino que desciende hasta la playa le han dado precisamente su nombre. Lo recorrió muchas veces mientras recitaba los párrafos finales de Zaratustra, que allí le iba dictando una secreta voz.

Hoy Èze, con sus restaurantes y sus tiendas de anticuario, ha perdido parte de su misterio. En la parte que da al mar, colgado sobre el abismo, hay un hotel con nombre de cuento de hadas, el Castillo de la Cabra de Oro. Se asoma uno a la terraza y ve, a la izquierda, la prodigiosa bahía de Villefrance y, más a lo lejos, Niza y Saint-Tropez; al otro lado, de noche, brillan las luces de Montecarlo. Hay que subir a pie hasta el castillo; no hay otra manera; unos mulos acarrean el equipaje.

El Castillo de la Cabra de Oro es un buen lugar para leer a Nietzsche, si uno puede permitirse pagar el precio de sus habitaciones, que cuestan lo que valen. En el pueblo hay un jardín exótico y el castillo tiene un empinado parque, no menos exótico, con su gigantesco tablero de ajedrez y su zoológico de mármol. Pero el mejor paseo es el que lleva hasta la playa, por la boscosa ladera, y luego, tras dejarse acariciar por el sol y el cabrilleante oleaje, iniciar el ascenso. Era entonces cuando Nietzsche escuchaba la exaltada voz que le iba dictando su libro, toda su filosofía lírica se escribió mientras caminaba. “Una hora escalando un monte –nos dice en El viajero y su sombra—convierten a un ruin y a un santo en dos criaturas muy similares. El cansancio es el camino más corto hacia la igualdad y la fraternidad, y durante el sueño termina añadiéndose a ambas la libertad”.

Franz Overbeck, el amigo que fue a recoger a Nietzsche al albergo de Turín cuando éste enloqueció, dijo que el más extraordinario de sus talentos era el don del análisis psicológico, pero que, ejercido sobre todo contra sí mismo, “se convirtió para él en un peligro mortal y le dejó exánime mucho antes de morir”.

La villa de Èze se encaramó a una alta roca para escapar a los saqueos; Nietzsche se alejó del mundo para verlo mejor, para poder amarlo.

Asciendo fatigosamente el camino pedregoso que lleva desde la playa hasta el castillo y lo siento respirar a mi lado, susurrarme su secreto: “Un corazón alegre es la mayor sabiduría”.

 

*La foto inicial es del propio José Luis García Martín.

 

 

MIGUEL MENA HABLA DE 'ALERTA BÉCQUER'

LITERATURA. MIGUEL MENA, Escritor y locutor, Madrid, 1959 / El autor de ‘Piedad’ o ‘Bendita calamidad’ regresa al Moncayo en una novela de aventuras y carretera: ‘Alerta Bécquer’ (Alba), que presentaba en el Teatro Romano

 

 

 

“Espero que Bécquer me perdone

haberle hecho perder la cabeza”

 

 

“Bécquer es eterno: es el escritor español

más leído después de Cervantes”

 

 

 

¿Qué le ha llevado de vuelta al Moncayo? Hace 17 años publicaba ‘Bendita calamidad’.

Está claro que el Moncayo ejerce una poderosa influencia sobre mí. Siempre acabo volviendo a él. La diferencia está en que en ‘Bendita calamidad’ era el protagonista absoluto, siempre presente, como el gran observador, y en ‘Alerta Bécquer’ solo es un paisaje más de los muchos que recorre la novela, y ni siquiera el más importante.

 

¿Por qué Gustavo Adolfo Bécquer?

Bécquer está ahí desde siempre, desde un ejemplar desgastado de ‘Rimas y leyendas’ que había en mi casa cuando era niño a los últimos años en que he vuelto sobre él, en especial sobre las cartas ‘Desde mi celda’ que son las auténticas inspiradoras de la novela, en particular la Carta III, en la que Bécquer visita el cementerio de Trasmoz. Bécquer es el escritor español más leído después de Cervantes. Es eterno. Espero que me perdone por haberle hecho perder la cabeza.

 

Retorna a la novela juvenil…

 

No es una novela específicamente juvenil, la entiendo más bien como una novela de aventuras y humor para todas las edades, aunque protagonizada por jóvenes y desde luego con muchos guiños geográficos y literarios que pueden hacerla útil como lectura para estudiantes.

 

Siendo Bécquer, parecía lógico que la trama tuviese que ver con el amor, ¿no?

Eduardo, un joven estudiante de Educación Física, se enamora locamente de Dafne, estudiante de Bellas Artes de tendencias góticas, apasionada y romántica. Cuando le oye decir que Bécquer pidió que le enterraran en un sitio como el cementerio de Trasmoz, y jamás en una cripta como la que ocupa, decide hacer un acto heroico por su chica: robará los restos de Bécquer y los trasladará desde Sevilla a Trasmoz. El problema surge cuando extravía el cráneo del poeta y se ve obligado a perseguirlo por media España con la ayuda de su mejor amigo, Óscar.

 

¿Cómo surgió la idea de la ‘road movie’?

De forma natural: los protagonistas tienen que llevar a Bécquer desde Sevilla al Moncayo, así que eso propiciaba recorrer unos cuantos sitios de la España interior, en particular unos cuantos a los que quería rendir homenaje por diferentes circunstancias: Tomelloso, Cuenca, Teruel o Calamocha

 

¿Pensó en algún momento en la cabeza desaparecida de Goya o fue casual?

Creo que fue casual, pero ya empiezo a dudarlo. También debía de flotar en algún lugar de mi  memoria el robo del cráneo del Papa Luna.

 

Háblenos de los personajes principales, del enamorado Eduardo y de su amigo Oscar: son como dos delincuentes un poco chapuceros, y a la vez son como Don Quijote y Sancho…

Ni siquiera son delincuentes. Eduardo piensa que realiza un acto de justicia poética, y sobre todo un acto por el que su novia le querrá aún más, y Óscar piensa que está trastornado, pero es su amigo y no está dispuesto a abandonarlo a su suerte. Sin duda tienen algo de Quijote y Sancho, el loco de amor y el hombre con los pies en suelo, con la diferencia de que ambos están en un plano de igualdad y que el vínculo entre ellos es esa amistad de colegas hasta la muerte que se tiene en torno a los veinte años. 

 

El libro está lleno de homenajes: las fiestas españolas, algunos chistes, las sectas de becquerianos de Sevilla, el guardia municipal y detective Plinio y Tomelloso, Dinópolis…

Hay referencias a Cervantes, García Pavón o Shakespeare, pero también a Christo Javachef o el jamón de Teruel. He recreado fiestas que ya existen, como las Bodas de Isabel, pero también me he inventado otras como un Festival Abstracto en Cuenca. Aparecen monumentos preciosos, como Veruela, y otros chocantes, como el monumento al Ajo en Las Pedroñeras. Yo hice el mismo recorrido que los protagonistas y podría haber incluido cien referencias más de lugares con interés o personajes dignos de recordar. Tuve que contenerme para no abusar.

 

¿Qué función le otorga al programa de Leo Rivas, que es un trasunto de Iker Jiménez? ¿Es una crítica a la televisión?

Como no soy trasnochador, no he visto jamás el programa de Iker Jiménez. Yo me quedé en los programas Jiménez del Oso y otros de mi juventud. No es una parodia de un personaje concreto, es una recreación de un tipo de programas de misterio que han existido y existirán siempre. Me hace gracia la facilidad con que montan las conjeturas más escalofriantes a partir de pequeños detalles. Sin duda no les falta imaginación. Ahí está el ejemplo de las psicofonías: ponen un micrófono en un lugar donde han pasado cosas durante mil años y la grabación recoge justo el momento en el que alguien es asesinado. Eso es puntería, porque lo normal habría sido grabar cualquier nimiedad cotidiana, como alguien lavándose los dientes o haciendo gárgaras.

 

¿Ha querido escribir una novela con atmósfera de sainete, de comedia neorromántica y con muchos equívocos?

Sí, una comedia de este tipo requiere un cierto grado de enredo, de persecuciones, de personajes que se mueven siempre dentro de lo improbable, pero nunca de lo imposible. Aquí nadie vuela ni se reencarna. Todo es perfectamente realizable, aunque resulte extravagante y grotesco.

 

Hacía tiempo que no practicaba este género. ¿Cómo se ha sentido?

Me he sentido muy cómodo y me he divertido de principio a fin. Disfruto mucho escribiendo este tipo de historias, como disfruto en la radio con las bromas y los juegos de palabras.

 

*Las dos fotos son de Vicente Almazán. Este entrevista, en su mayor parte, apareció ayer en Heraldo de Aragón.

 

DEL VIEJO ARTE DE LA PROSTITUCIÓN

[Elías Moro Cuéllar, poeta, narrador y ensayista de extravíos y emociones, tiene muchos amigos en Zaragoza. Tres de los mejores, entre otros, son Fernando Sanmartín, Pepe Melero y Ángel Artal. Acaba de dedicar una entrada a la ‘Guía nocturna’ de Zaragoza]

 

Para José Luis Melero y Ángel Artal Burriel,
artífices en gran medida de esta entrada.

 

Por Elías MORO CUÉLLAR. Escritora y cronista de extravíos


Hace unos días, de la mano generosa de José Luis Melero, escritor y bibliófilo zaragozano, llegaron hasta mi buzón algunos libros de su biblioteca particular que no tienen desperdicio.

Entre ellos, una curiosa y apetecible edición facsímil en formato A-6 (sólo se editaron de ella 100 ejemplares) con el título de

 

Guía Nocturna

Zaragoza de Noche, 1934



Con algunos curiosos añadidos comerciales entre los que destacan las churrerías, es, para entendernos, una especie de “guía del ocio”, pero en plan erótico y sicalíptico: un cumplido catálogo de anuncios impresos (45 establecimientos), casi jocoso, de las mejores casas de citas, meublés, cabarets, bares de ambiente… en la Zaragoza del período republicano.



Dos ejemplos:

Tome nota y no se olvide que tiene que hacer una visita a la

Pepita La Guapa

pues es de lo más simpática que Vd. ha visto
y dispone de un gran número de mujeres tan guapas,
que no hay quien se resista.
El palacio de las emociones.

Peromarta, 8
Teléfono 29-90 Precio: 5 ptas.






Para pasar un rato agradable y olvidar penas,
nada mejor que hacer una visita a casa

LA ROSITA

La más discreta y mejor instalada.
Habitaciones a todo confort.

San Pablo, 112 2º dch.
Teléfono 42-52 Precio: 10 pts.

 



En el espléndido estudio introductorio, firmado por Ángel Artal Burriel, se hace un extenso recorrido del tema en sus vertientes históricas, jurídicas, urbanísticas, sociales…

De él extraigo esta extensa nómina de términos para denominar a las señoritas dedicadas a tan antiguo negocio.

“En España se han podido registrar muchos nombres para denominar a estas trabajadoras del amor. Sin la pretensión de ser exhaustivos, ahí van algunos de estos títulos:
Lobas, zorras, prostitutas, trabajadoras del placer, apartadas, chicas de mala nota, horizontales, perdidas, tapadas, rameras, concubinas, barraganas, mercenarias, cantoneras, busconas, izas, rabizas, colipoterras, meretrices, hurgamanderas, entretenidas, mundarias, putas de natura, putas usadas, puetas de puertea herrada, de celosía, d´empanada, putas carcaveras, putas de cabo de ronda, ursinas, güelfas, gibelinas, injuinas, rapainas, putas de simiente, putas de botón grimiñón, nocturnas, diurnas, de cintura, de marca mayor, orilladas, bigarradas, combativas, arrepentidas, putas viejas, putas calladas, meridianas, putas con virgo y sin él, putas de sábado y de domingo, putas feriales, putas de candela, putas cucas, putas culipardas, chumarcafitas, manflas, tusonas, busconas, troteras y danzaderas, damas del barranco, venusianas, churrianas, vulpejas y un largo etcétera al que se han añadido las denominadas putas fosforescentes”

*Todo esto está tomado del blog de Elías Moro,

http://eljuegodelataba.blogspot.com/2011/06/del-viejo-arte-de-la-prostitucion.html