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Antón Castro

Escritores

EMILIO PEDRO GÓMEZ, DOS POEMAS

Emilio Pedro Gómez me envía estos dos poemas que integrarán su próximo poemario que publicará Huerga & Fierro. Dice: “Te adjunto un par de poemas que parecieron gustar mucho a Clara Janés,. Libre ya de los haikus y del Camino de Santiago (Huerga y Fierro publicará el libro), mi mano avanza con más libertad que nunca -temática y formal- sobre el folio”.

 

DOS POEMAS

Por Emilio Pedro GÓMEZ

 

 

FINAL

 

                                   Y todo sigue en fuga. No hay paso

                                   que se detenga en el punto de llegada.

                                                           Clara Janés

                                    

Fundir quietud y paso

sosiego y reverberación.

Dejarse ir

confundidos los puntos cardinales.

Saber no preguntar

por los nombres perplejos del vacío

por el lecho sin cauce del eco que enmudece

o el límite del vaho de ese recuerdo

que reclama porqué

                             entraña

                                     dónde

cual caballo de fuego hacia la nada.

 

Diluirse

            como barca de sal

en el océano

atraído al regazo primordial

al temible deseo de desaparecer.

 

Aflore el blanco acorde

de unos labios sin fondo

silbe el silencio del silencio

y se llene de viento el corazón.

                        *

                       

 

 

 

Ese silbo de pájaro

con el don de la búsqueda

o la campana

de reverberaciones misteriosas

el movimiento helado que es la escarcha

las voces malvas de la aurora

el chamán con su llave de símbolos

la piel vuelta del pueblo sofocado

el aliento del dios que hunde la niebla

o ese copo de nieve que vuelve solo al tiempo…

 

En esto escribo

con voluntad de temblor

indócil a fronteras y solemnidades

sin permitir que el sueño me abandone

al hacerlo consciente

en el confín de pensar

el secreto vibrar del sentimiento.

 

La obligación del cielo es no acabarse

al fondo de la página.

 

 

El verso en cursiva recoge una idea de Clara Janés, no sus palabras exactas.

 

 

*Todas las fotos son de François Kollar. La primera es un autorretrato suyo. La segunda, de 1937, es de Coco Chanel al acordeón.

PALABRAS DE VÍCTOR VILLANUEVA SOBRE 'EL PASEO EN BICICLETA'

 

 

PRESENTACIÓN DE ANTÓN CASTRO

 

[Por Víctor José VILLANUEVA BLASCO. Activista cultural y miembro de la Asociación La Masadica Roya, que gestionó la presentación de ‘El paseo en bicicleta’ (Olifante) del escritor en Andorra, en el seno de la Feria del Libro]

 

Me hace mucha ilusión presentar a Antón Castro porque, además de haberme parecido “El paseo en bicicleta” uno de los mejores poemarios que he leído en los últimos tiempos, Antón es un aragonés de origen gallego. Hace apenas unos meses que he vuelto a Teruel tras seis años de aventura gallega. En los agradecimientos de mi tesina escribí “Marché grumete aragonés para hacerme marino gallego”. Algo se me ha quedado de aquella maravillosa tierra, porque últimamente me han dicho varias personas que hablo con ese deje gallego expresado en el abuso de los tiempos verbales pasados… Y pienso si será porque es en el pasado donde hallamos sentido para el presente, si será porque no queremos que ese pasado, nuestras raíces, nuestros recuerdos, caigan en el olvido víctimas de este sistema del capital, que a través de la precariedad laboral y de la funambulista economía familiar nos lleva asfixiados hacia un futuro incierto, colocándonos los bridones del miedo como se colocan a los animales para que no puedan ver nada más que lo que tienen delante. Quieren que seamos seres productivos al servicio de la economía.

 

Erich Fromm planteaba “¿Por qué hemos de tener individuos enfermos para conseguir una economía sana?” Hay crisis, sí, pero es una crisis social. Nos están robando la capacidad y la ilusión para soñar, nos están arrebatando nuestra capacidad “creadora”, nuestra potencialidad de desarrollo personal y social.

 

Decía Gabriel Celaya en un poema suyo que lleva por título “La poesía es un arma cargada de futuro”: “Cuando ya nada se espera personalmente exaltante… se dicen los poemas que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados, piden ser, piden ritmo, piden ley para aquello que sienten excesivo… poesía para el pobre, poesía necesaria como el pan de cada día… porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan decir que somos quienes somos…”.

 

Bien, Antón se nos presenta a sí mismo en este poemario, con sencilla claridad, con transparencia. Y lo hace a través de sus recuerdos, poniendo su pasado en el verso, y haciendo del verso la memoria de unos valores humanos, los suyos, probablemente los de quienes compartieron y formaron parte de su vida, probablemente los de muchos de los que hoy estamos aquí para arroparlo en la presentación de su libro. Unos valores poseedores de esa capacidad creadora para evocarnos los sueños y andar hacia las utopías redefiniendo qué es lo importante. En “El paseo en bicicleta” encontramos que lo importante es lo sencillo, y lo es porque nos genera bienestar. En este poemario, lo importante son los momentos compartidos

 

con la familia, como en el poema El pescador y su hijo (p. 17),

 

“El padre miraba al hijo embelesado, y de vez en cuando le enseñaba a quitarle el anzuelo al pez. No te preocupes. No le haremos daño y quién sabe si volverá a comer”.

 

 

son esos momentos compartidos con la naturaleza, en Avituallamiento I (p. 21)

 

“Envolvente, un paraguas de ramaje me cubre y alivia mi respiración. Se me escabulle la miel de las higas por las manos y dentro de la boca”.

 

o como los que expresan la vivencia y el sentido del tiempo en los espacios rurales, Mares de maíz (p. 27)

 

“El maíz se eleva, tiembla, se enrosca sobre sí mismo, se encharca y se copia en las acequias. Evoca otro tiempo, quizá otra vida, una felicidad lejana, la ausencia de prisa: la arcadia sencilla del labrador que desaparece. Yo fui un niño perdido en la soledad del maizal: allí a recaudo de todo, soñaba”.

 

momentos, también, con la persona amada, en El cartero de Jacques Tati (p. 29)

 

“…era nuestro primer domingo de amor lejos de la ciudad: habíamos hecho muchos kilómetros en bicicleta. Se tendió sobre el césped, con su interminable cabello al viento y los ojos chispeantes. Hay mujeres que beben toda la luz del mundo y la concentran en la mirada como un cielo limpio”.

 

*La foto es de Julia Fullerton-Batten.

 

JOAQUÍN BERGES, HOY EN LA FNAC

JOAQUÍN BERGES, HOY EN LA FNAC

 

Esta tarde, a las 20.00, en la FNAC de Plaza de España, el novelista Joaquín Berges (Zaragoza, 1965) presenta su segunda novela: ‘Vive como puedas’, una comedia con acentos de melodrama que cuenta la historia de un ingeniero, con inclinación a los chistes, que se encuentra en crisis: con sus hijos, con su segunda mujer, consigo mismo: se separó de Carmen y sigue pensando en ella. Suceden muchas cosas, desternillantes, satíricas, con jocosos diálogos, en este libro que parece seguir los ecos de Frank Capra, Pedro Almodóvar y David Trueba. Joaquín Berges había publicado en 2009, también en Tusquets, la novela ‘El club de los estrellados’.

Joaquín Berges, nombrado Nuevo Talento FNAC, estará acompañado por Daniel Gascón, que fue el Nuevo Talento FNAC anterior por su libro de relatos ‘La vida cotidiana’ (Alfabia). [La foto de Joaquín Berges es de Laia Navarra.]

 

'VIVE COMO PUEDAS'

Inicio de la novela, publicada por Tusquets. Por Joaquín BERGES

 

Una vez leí que el cerebro humano sólo es capaz de memorizar el diez por ciento de lo que lee, aunque no estoy muy seguro de lo que digo porque sólo recuerdo el diez por ciento de esa lectura. Tal vez por eso necesito escribir un diario. Porque si el cerebro humano sólo recuerda el diez por ciento de lo que lee, no quiero pensar cuál es el porcentaje que recuerda de lo que vive, considerando que leer requiere mucha más concentración que vivir y es un ejercicio bastante más intelectual.

            Hace años escribí un diario como éste. En realidad era un semanario porque sólo escribía los domingos (un dominical, entonces). Lo hacía por la noche, refugiado en el silencio de mi habitación, ante un cuaderno abierto en el que anotaba las vivencias más significativas de la semana para no olvidarlas en el futuro. Era una intención coherente, tras la que se escondía el propósito de no tropezar dos veces con la misma piedra, pero no tardé en perder el cuaderno y olvidar las vivencias, aunque no sé si fue exactamente en ese orden.

            Valle dice que el futuro de ayer es el pasado de hoy, una esperanza condenada a convertirse en nostalgia. Y es posible que tenga razón, pero yo prefiero pensar que la verdadera nostalgia, como dijo el poeta, es la que proporcionan los años que aún no se han vivido, los que se conjugan en futuro. Así que, aunque pueda resultar paradójico, cada día que pasa me siento menos nostálgico, porque cada día acumulo más pasado que futuro, menos tiempo por vivir que ya vivido (más que paradójico resulta paranoico).

            Escribo sobre la mesa que hay en mi dormitorio. Sandra está dormida. Los niños casi. Acabo de escuchar el lamento de Everest pidiendo agua o pis. No he llegado a entender lo que ha dicho, ni falta que hace. El ciclo de los fluidos orgánicos es reversible: si le doy agua no tardará en tener ganas de hacer pis y, si hace pis, dentro de un rato pedirá agua. Los mayores están en la buhardilla chateando por internet con sus amigos virtuales, que básicamente son sus amigos reales sólo que enmascarados mediante un nick y un avatar. Su comportamiento también es cíclico aunque no reversible. Más bien incomprensible, inadmisible y otros adjetivos terminados en -sible. Sin embargo me gusta que pasen los fines de semana en casa, entre otras razones porque me recuerdan a su madre, a quien cada vez tengo menos oportunidades de ver.

            Siento la obligatoria y tal vez ridícula tentación de comenzar este diario anotando mi nombre y algunos datos personales a modo de presentación. Quizá pretendo coger carrerilla para lanzarme a averiguar quién demonios soy, como un avión cargado de queroseno ante una pista de despegue en perspectiva. O un bonzo igualmente cargado de queroseno con una cerilla encendida en la mano. Me llamo Luis, tengo cuarenta y tres años, odio los espejos y trabajo en una fundación dedicada al desarrollo de las energías alternativas. Tengo cuatro hijos. Dos de mi primera mujer, uno de mi segunda y una hijastra que venía con ella (¿como en un pack de oferta del supermercado?). Estudié ingeniería industrial aunque desarrollo mi labor profesional en el departamento financiero de la fundación (la formación imprescindible para escribir comedias). Lo hago con responsabilidad y dedicación, pero habría preferido formar parte de la junta rectora que se encarga de gestionar los proyectos de investigación.

            Hace tiempo estuve a punto de lograrlo. Los miembros de la junta se habían citado para aprobar mi nombramiento. Era una reunión con el orden del día cerrado y no se esperaba ningún contratiempo, pero justo entonces apareció mi primo Óscar con su curriculum de ciencia ficción, su impecable bronceado, su nariz respingona y su cabello cortado a capas y me quitó el puesto. Por extraño que parezca no me sorprendí. Mi primo siempre ha codiciado lo que yo tengo y ha hecho lo imposible por arrebatármelo, sirva como ejemplo que hacía tan sólo unos días lo había pillado en la cama con mi primera mujer. Y supongo que entra dentro de lo posible que un sujeto que persigue a tu esposa esté igualmente interesado en tu puesto de trabajo. Y quizá también en tu casa, tu coche, tu segunda residencia y quién sabe si en tus cuentas bancarias, hipotecas y deudas excluidas.

MATHIAS ENARD, HOY EN CÁLAMO

MIGUEL ÁNGEL EN CONSTANTINOPLA

 

[Mathias Enard, Premio Goncourt 2010, publica ‘Habladles de batallas, de reyes y elefantes’ (Mondadori), una novela sobre un supuesto viaje del artista Turquía para construir un puente en el Cuerno de Oro. La novela se presenta esta tarde en Cálamo, con la presencia del autor y del escritor y crítico Félix Romeo]

 

Mathias Enard (Niort, Francia, 1972) es uno de los principales escritores franceses de la última hornada. Fue profesor de árabe en la Universidad de Barcelona, ciudad donde reside desde el año 2000; está casado con una catalana. Se formó en Irán, Egipto y Siria. Y ha firmado novelas como ‘El manual del perfecto terrorista’ (La otra orilla, 2007) y ‘Zona’ (La otra orilla, 2008) donde analizaba la violencia, la guerra, los comportamientos del combatiente y su percepción de la soledad, el dolor, la amistad o el miedo. Para redactar ‘Zona’ conversó con mucha gente que le acercó a un espacio de conflictos: el Mediterráneo que baña y marca territorios en casi constante estado de guerra, desde Líbano a los Balcanes.

De ahí y de estos tiempos tempestuosos se ha ido a Constantinopla y a principios del siglo XVI en compañía de un personaje fascinante, obsesivo, turbulento y apasionado como Miguel Ángel Buonarotti en su nueva novela, ‘Habladles de batallas, de reyes y elefantes’ (Mondadori, 2011). Se trata de una narración breve, resuelta con capítulos cortos, a veces de poco más de una docena de líneas, que parte de dos hechos: la enemistad entre el pintor y escultor y el papa Julio II, y la llamada del sultán Beyazid que convoca al artista para que le diseñe un puente sobre el Cuerno de Oro, el puerto natural de la ciudad, que Mathias Enard define como “ese estuario que tan poco se parece a la desembocadura del Tíber”.

A partir de ese instante, vemos a Miguel Ángel en acción: vemos, por decirlo así, sus cuadernos de trabajo, llenos de hombres, caballos y astrágalos, percibimos su obsesión por tener un taller propio y percibimos su melancolía de Italia y quizá también su sentido de culpa acerca de la discordia con el papa. Miguel Ángel barajó viajar a Constantinopla, pero parece que no lo hizo nunca.

Miguel Ángel, con o sin remordimientos, se muestra desde el primer instante como un hombre “estremecido de emoción”: ante la basílica de Santa Sofía, los palacios, ante el paisaje, ante el mármol, ante la voluptuosidad y la belleza reinantes. Pero poco a poco una serie de personajes intervienen en su vida: el secretario y poeta Mesihi, el traductor Manuel, una cohorte de sirvientes y pajes, y también aparece un personaje enigmático que narra sus encuentros con el creador italiano, del que aquí, tan joven aún, ya se habla de su desaliño. El descuido corporal e higiénico no es un obstáculo para que despierte pasiones. La exaltación de los sentidos es uno de los temas del libro: en cierto modo esta es una novela de amor, con varios enamorados no siempre correspondidos y en cierto modo inesperados, entre ellos una hermosa andaluza, entre ellos, también, el poeta Mesihi de Pristina, “un erudito, un artista, un gran poeta, un protegido del visir. Un rostro de ángel, una mirada sombría, una sonrisa sincera”, que cobra un protagonismo particular.

Pero ‘Habladles de batallas…’ es, ante todo, una novela sobre el arte de crear, sobre la inspiración, sobre la incertidumbre y la vulnerabilidad de los artistas, aunque sean tan grandes como Leonardo, y sobre la relación del poder y los creadores. Y la novela también es una mirada a Oriente, y es un diálogo entre dos formas de ver el mundo, unidas por el Mediterráneo, la cultura y una especial sensibilidad.

 ‘Habladles de batallas, de reyes y elefantes’ propone una intriga nada desdeñable de ecos bíblicos, una tensión sexual no resuelta e indaga en un supuesto viaje de Miguel Ángel que, en el fondo, sigue teniendo un enorme interés para entender mejor conflictos tan contemporáneos como los de Líbano, Egipto, Siria o la propia muerte de Bin Laden.

MARIAN WOMACK, EN LOS PORTADORES

MARIAN WOMACK Y SU ‘MEMORIA DE LA NIEVE’

Esta tarde, a las 20 horas, en la librería Los Portadores de Sueños, se presenta la primera novela de la escritora y editora (de Nevsky Prospects) gaditana Marian Womack, ‘Memoria de la nieve’. Marian Womack estará acompañada de uno de los editores de Tropo, Óscar Sipán, que ha publicado el libro con una de las bellas portadas de Óscar Sanmartín Vargas.

 

Dicen los editores de Tropo en la promoción de esta novela: “‘Memoria de la nieve’ es la intensa y desasosegante primera novela de la joven escritora gaditana Marian Womack. Un libro donde la nieve es una sustancia que altera la realidad y une a los muertos con los vivos. Escrito con un ritmo intenso y con una prosa muy cuidada, la trama lleva al lector de viaje por el Oxford de los años 60, por el Moscú revolucionario, por la Siberia actual, por la sierra norte de Mallorca y por la Inglaterra profunda de la posguerra. Un recorrido que termina en la Antártida, el lugar donde todo es nieve y donde la novela alcanza su sentido último. Una obra de alta carga sentimental, llena de personajes solitarios e inquietantes, con atmósferas de inspiración gótica. El sorprendente debut de una narradora atípica y excepcional”.

 

UNA ENTREVISTA EN EL ‘DIARIO DE CÁDIZ’ DE PILAR VERA

[Publicada el pasado 11 de abril de 2011. La tomo de internet]

 

"Esta novela profundiza en todas las facetas de la soledad"

 

La autora gaditana acaba de publicar con Tropo 'Memoria de la nieve'

Ha traducido los cuentos de fantasmas de Dickens y los relatos de Mary Shelley, a Lord Dunsany y a Ángela Carter, y en la actualidad prepara una antología "definitiva" del cuento gótico inglés para Páginas de Espuma. No es extraño que para su primera novela, Memoria de la nieve, Marian Womack (Cádiz, 1975) haya escogido unas historias que conforman una nebulosa y frágil sucesion de ausencias.


-Como diría Guillermo del Toro, ¿qué es un fantasma?


-Pues justamente me acomodo a su definición: algo en un extraño limbo entre dos mundos, como un insecto atrapado en ámbar. Una presencia que solo parece rozar la superficie, y que en cambio cuando lo hace produce sensaciones profundas e intensas, de desasosiego, melancolía y tristeza.


-Las historias de Memoria de la nieve suponen un acercamiento al aislamiento mental y físico. ¿Cómo surgió esta idea, esta relación?


-La novela profundiza en el tema de la soledad en todas sus facetas. Hay muchas clases de exilios, reales, imaginados, psicológicos y físicos. La ausencia de los que han partido, pero también la soledad y la extrañeza del viaje, por ejemplo. Y sí, me interesaba explorar tanto la soledad mental, causada por el rechazo entre los seres humanos propios de lugares como Oxford, como el aislamiento físico, representado en la novela por la exploración de los Polos. Y, por qué no, la soledad dulcísima de la exploración de otros mundos sin levantarte del sillón de lectura, la soledad de los libros, y la posibilidad de distanciarte a través de ellos. Me gusta la idea de que el libro pueda entenderse así, como una especie de novela de aventuras creada a partir de imágenes soñadas.



-Casi es lógica la fascinación que puede tener la nieve para aquellos que han crecido sin ella. Pienso, por ejemplo, en García Márquez.


-En efecto. Recuerdo a la perfección la primera nevada que viví, o más bien padecí. Era bastante mayor, tendría unos veinticuatro años. Entendí que el mundo que conocía y comprendía estaba incompleto. Algo faltaba en una imagen de eternos cielos despejados y buen tiempo, algo mágico y distinto. La extrañeza impone la sensación de magia, lo deseemos o no. La nieve en la novela equivale a una cierta magia inexplicable pero incuestionable; ella lo ampara todo, lo bueno y lo malo, y vuelve lo imposible en cierto.

-En uno de los textos ofrece una curiosa descripción de Cádiz y Oxford en la que -dice- la primera "merecería sobrevivir pero desaparecerá".


-Cádiz, sin duda, está muy presente en mi imaginario personal. Nací allí y allí viví durante mis primeros veintidós años de vida. Y creo que no tengo que decir que es un lugar muy especial, un sitio que te atrapa, y que te produce emociones extremas y encontradas. Muy parecido en realidad a Oxford o incluso a Rusia. Cádiz se te mete bajo la piel, para bien y para mal, que es lo que suele decirse del antiguo país de los zares. Cádiz es contradictorio también; la imagen a la que te refieres es la de la piedra caletera, que parece desmoronarse, cuando en realidad sus cimientos están firmes y seguros. De ahí la metáfora. No podríamos soportar que desapareciera, pero siempre creemos que estamos a punto de verla hundirse en lo más profundo del mar. Cádiz es la melancolía, la ausencia, también porque representa el lugar del que un día partí.


-Rusia es otro de los lugares recurrentes del libro, también relacinados tanto con su biografía como con su mundo: trabaja como editora en el sello Nevsky, dedicado a publicar autores y visiones del territorio eslavo.


-Rusia llegó a mi vida por casualidad pero lo hizo para quedarse. Ya no hay nada que pueda hacerse al respecto. Cuando te pica el veneno de la literatura rusa, del propio país, de su conflictiva historia, estás perdido.


-Aparecen, en el libro, otras historias también "congeladas", como los "niños perdidos" de la Guerra Civil, realojados en el Reino Unido y la antigua URSS...


-Regresamos al concepto de fantasma por parte de Guillermo del Toro… Una de las ideas más recurrentes en la novela es la de tratar de discernir entre los vivos y los muertos sin ser capaz de dibujar la frontera que los separa. Y ya no hablamos solo de fantasmas, sino de personajes "vivos" atrapados en un limbo "real" del que no pueden escapar. El siglo veinte está lleno de estas historias, y yo quería contar algunas.


-Uno de los últimos relatos se acerca a la figura de Laura Riding, la segunda mujer de Robert Graves. Un acercamiento en el que trata de ofrecer una posible explicación -desde la alienación- a su delirio. Pero no puedo dejar de pensar que fue una mujer ponzoñosa: egótica, manipuladora, desquiciada.


-¡Ja, ja! Me da a mí que sí que lo fue, pero que tampoco es tan fiero el lobo como lo pintan… Riding parece haber caído víctima de su propia fama de "bruja", también en el sentido literal, incluso en vida. Me interesan las mujeres que son prisioneras de estos moldes (pienso también en Anna Ajmátova, que aparece brevemente en el libro). Riding es un ejemplo extremo, es cierto. La primera semblanza de Riding que leí fue en un preciosísimo libro de Rosa Montero, titulado Historias de mujeres. El título de la breve biografía de cuatro o cinco páginas era La más mala, simplemente… He llegado a estar muy obsesionada con este personaje, con la idea de exonerarla de alguna forma… Si detrás de cada gran hombre hay una gran mujer, detrás de cada "histérica" freudiana hay una pareja conflictiva… Al menos casi siempre.

 



'EL PASEO EN BICICLETA', EN ANDORRA

'EL PASEO EN BICICLETA', EN ANDORRA

 

Esta tarde, a las 18.30, en el salón de actos de la Biblioteca de Andorra presento mi libro ‘El paseo en bicicleta’ (Olifante, 2011), dentro de la programación cultural que realiza la localidad turolense, caracterizada siempre por una intensa actividad. Será una presentación con lectura. Estuve hace poco en Andorra, durante el homenaje a Eloy Fernández Clemente, donde moderé una mesa con Gonzalo Borrás, Carlos Forcadell, Pepe Melero y Ángel Alcalá. ‘El paseo en bicicleta’ empezó un día de julio de 2010 tras ver cómo Víctor M. Juan Borroy y su hijo Guillermo pescaban en el Canal Imperial; bajo la maleza y las guirnaldas de fronda reposaban sus bicicletas. Cuelgo aquí este poema que contiene un homenaje a los dos y al pintor, pedagogo, escultor y periodista, entre otras muchas cosas, Ramón Acín.

 

EL PESCADOR Y SU HIJO

 

[Para Víctor M. Juan y su hijo Guillermo]

 

Ahí estaban los dos, padre e hijo, a orillas del Canal.

Habían dejado las bicicletas bajo la higuera

y llevaban una gorra, un sombrero, la cámara fotográfica

y una mochila con agua, cuadernos y bocadillos.

El sol tenía la dureza del naipe y se desmigajaba como

un pulpo de oro sobre la corriente y entre la fronda.

Padre e hijo estaban sentados, absortos en el agua.

De golpe, una carpa picó en la caña del chico.

Y luego otra, y una tercera, y hasta una cuarta.

Plateadas todas, nerviosas, se estremecían

con una sacudida desde la cola hasta la boca viscosa.

Como si recibiesen la descarga de un rayo

o un temblor de tierra en todo su espinazo.

El padre miraba al hijo embelesado, y de vez

en cuando le enseñaba a quitarle el anzuelo al pez.

“No te preocupes. No le haremos daño

y  quién sabe si volverá a comer”. El padre había sido                

pescador de niño y en la adolescencia y en su juventud:

más que los peces le importaban el sosiego del mediodía,

la tertulia, el sabor de las confidencias, la lenta

construcción de un paraíso de agua y silencio para los dos.

El padre le dijo al joven: “Mañana tengo que hablar

de Ramón Acín, el escultor, el pintor, el profesor,

en su ciudad. En Huesca. Diré cuatro o cinco cosas:

Ramón Acín tuvo un perro que se llamaba Tobi.

Se casó con Conchita Monrás, que era pianista, tenista

y una mujer increíble y poderosa que corría como el viento.

Conchita y Ramón tuvieron dos hijas: Katia y Sol. Ramón

les hizo una jaula que tenía música y un cuento de hadas.

Ramón Acín fue el artista que concibió y construyó

‘Las pajaritas’ para el parque, en el viejo jardín de Lastanosa.

Era un hombre bueno. Un día se desataron la guerra

y los perros hambrientos del odio, y sus buenos vecinos

de Huesca lo atraparon y lo fusilaron en el cementerio”.

El hijo se levantó como un resorte y gritó:

“Papá, por fin, mira, mira, te acaban de picar a ti”.

El padre recogió el sedal y vio cómo del anzuelo

pendía una carpa. La sacó, la miró ensimismado,

le quitó el anzuelo cuidadosamente y la arrojó al Canal.

Un ciclista que pasaba le gritó: “¡Viva la libertad!”.

 

*La foto, como se ve, es de un cartel de un cortometraje andaluz. Es una obra muy sugerente.

EL FARO DEL FIN DEL MUNDO

 

[Ana Alcolea publica ‘La noche más oscura’, la novela con la que ganó el premio Anaya: la historia de una madre y una hija que se trasladan a Noruegan y descubren las huellas del nazismo]

 

Ana Alcolea (Zaragoza, 1962) es una escritora que emprende un viaje en cada uno de sus libros: igual se va al corazón de África, que a Venecia o a Noruega, por poner algunos ejemplos. En ‘Donde aprenden a volar las gaviotas’ (Anaya, 2007) se acercaba al país donde escribe y pasa los veranos, y narraba una turbadora historia de nazis y de unos diarios más o menos secretos. Tras una visita a un faro de un fiordo noruego, ha vuelto a escribir del país y de algo que está ahí, agazapado, como un secreto siniestro: la colaboración de algunos ciudadanos nórdicos con los nazis.

En ese faro, ‘Kjeungskjaer fyr’, construido en 1880, entre otras muchas cosas, Ana Alcolea descubrió dos nombres: Nicolaj Dubrowski, un teniente ruso, y el de su compañero Feodor Pawlov. Investigando, sabría que ambos pertenecían a un ejército de sesenta hombres -de los que murieron treinta y tres, entre 1941 y 1942-, que fueron llevados a ese lugar aislado y lejano para construir un aeropuerto. Esta es una de las historias que componen la novela ‘La noche más oscura’ (VIII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil. Madrid, 2011. 278 páginas) y aparece ya avanzada la narración principal: Mercedes y su hija Valeria, adoptada y de origen chino, parten a un faro a descansar y a olvidarse del estrés. El faro es impresionante, una auténtica catedral del mar: en su entorno se agitan los vientos, se alargan y se encogen los acantilados, se divisan los barcos desde la ventana. Dice uno de los personajes: “A veces me pregunto qué sería de los seres humanos si no hubiera ventanas”.

Mercedes y Valeria se encuentran con Lars y con William, padre e hijo que se dedican a la pesca y que viven no muy lejos en una casa que tiene una hermosa leyenda de amor y evocación: se llamaba “La perla blanca” porque así la bautizó la madre de William, que ha fallecido recientemente. Se establece una curiosa relación entre las dos parejas, más intensa entre William y Valeria, que navegarán, visitarán el museo de la guerra, donde se encuentran las fotografías de los soldados rusos, y empezarán a rastrear los ecos del pasado: la historia del faro, la historia del viejo farero Erlend Nilsen, el drama de la II Guerra Mundial, el clima de delación, etc.

Todo el rato, como si estuviesen en el fin del mundo, percibimos el latido del oleaje, una atmósfera de dolor y miedo. Suceden muchas cosas, aunque una de las más determinantes es de orden fantástico: los sueños. Valeria sueña y habla en sueños con un personaje muy especial. Hasta sueña Mercedes, que solo quiere descansar, aliviar sus traumas y aprender algunas cosas como el secreto del salazón. Hay otros personajes inquietantes como el delator Tor Jakobsen o un misterioso fotógrafo que retrató a los soldados rusos a los que habían mandado los nazis allí para construir un aeropuerto.

Con seguridad y eficacia, sin temor a incorporar la potencia onírica y huir de la intriga realista, Ana Alcolea compone una novela de aventuras, hermosa y turbadora, una investigación y un despertar al amor en medio de un mar surcado de peligros y de interrogantes.

 

*La foto de Ana Alcolea es de Oliver Duch, y la del faro pertenece a dalehavn.com. Este texto apareció en Heraldo.es

 

CRISTINA FALLARÁS: UN DIÁLOGO

LITERATURA. CRISTINA FALLARÁS. La escritora y periodista, nacida en Zaragoza en 1968, publica su tercera novela, ‘Las niñas perdidas’ (Rocaeditorial), donde crea a la detective Victoria González, encargada de resolver un caso de pederastia, adopción, bajos fondos de Barcelona y asesinato de dos niñas.

 

 “Estamos hechos de palabras y no las usamos lo suficiente”

“Cuento los horrores elaborados y excéntricos de nuestra sociedad”

“El humor es un arma de la inteligencia para enfrentar el mundo”

“Estoy harta de los silencios, la obediencia y el disimulo”

 

¿Cómo nace, y por qué, la detective Victoria o Vicky González?

Quería escribir una novela negra ciñéndome al género, con detective, caso, investigación, etcétera. Cuando publiqué mi anterior libro, Así murió el poeta Guadalupe, dijeron que era una novela negra, pero a mí me parecía más política, así que me dije vamos a hacer una negra al uso. E inventé una mujer porque quería hablar de dos temas que me reclamaban ese punto de vista. Uno es el uso de las niños por parte de adultos para asuntos sexuales. El otro, cómo se retira la custodia a las madres, por qué y a quiénes. 

¿Por qué deja de ser periodista?

Victoria deja de ser periodista a fuerza de resacas y borracheras, esa es la verdad. Sin embargo, detrás de eso subyace el hastío que le provoca la profesión periodística, una profesión donde impera la obediencia a la empresa. Como en cualquier empresa, me dirán. Sí, como en cualquiera, sólo que ésta debería dedicarse a informar desde el compromiso con la verdad.

 

Podríamos decir que esta novela aborda uno de los peores territorios que puedan darse, ¿no? ¿Has querido plantear una situación extremada, agobiante, o has querido decir que la infamia está en todas partes?

He querido plasmar mis miedos. Más exactamente, mis miedos como madre. Creo que nuestros miedos han cambiado mucho en muy poco tiempo. Antes, una madre tenía miedo de que a su hijo lo atropellara un coche. Ahora, quien más quien menos, imagina en la calle o en el parque una situación cercana a CSI, con violadores, pederastas, asesinos en serie... Y sí, ambas cosas, he querido plantear un situación extrema y mostrar un retrato de la infamia, que no está en todas partes pero abunda.

 Victoria González está embarazada. Y tú también lo estabas cuando empezaste la novela, creo recordar. ¿No te dio un poco de impresión o repelús escribir sobre una historia tan terrible, el secuestro y el asesinato de dos niñas?

La empecé estando embarazada y la continué con mi hija Pepa recién nacida. Creo que enunciar nuestros terrores es una forma de salvarnos de ellos, de conocerlos bien y de ponerlos en su justo lugar. Enunciar, nombrar las cosas nos salva. Hay que ponerle palabras al miedo, al dolor, a la injusticia o al amor para entenderlos bien. ¿Recuerdas los versos de Juan Ramón: “Intelijencia, dame/ el nombre esacto de las cosas!/ Que mi palabra sea/ la cosa misma? Estamos hechos de palabras y sin embargo creo que no las usamos lo suficiente.  

¿Por qué arrastra tanta rabia Victoria?

Victoria arrastra rabia porque es una mujer lúcida y, por lo tanto, muy consciente de que vive en una sociedad construida sobre la mentira, la injusticia y sobre el hígado del más débil. Cuando una sociedad está basada en falsedades, no puedes permitirte el lujo de cuestionarlas y seguir como si tal cosa. Vamos allá: ¿Por qué nos meten en guerra con unos países y no con otros que soportan regímenes más sangrantes? ¿Por qué están prohibidas algunas drogas por un estado que mercadea con alcohol y tabaco? ¿Por qué tiene que venir wikileaks para que tú te enteres de asuntos que todos los diarios (con más medios que Assange) ya sabían? ¿Por qué España es el único país católico, porque lo es, de Europa que no ha tenido denuncias de pederastia? ¿Por qué nos hemos olvidado que algunos de nuestros jefes de Estado son seguidores de la secta de Marcial Maciel, el pederasta? Da igual, podría llenar páginas de preguntas. Y como Victoria tiene algunas ideas de las respuestas, tiene también tanta rabia.

 De repente, recibe una oferta inesperada, y más bien secreta, para que investigue un caso tan espeluznante. ¿Se dan esas cosas?

Todo lo que podemos imaginar se ha dado y se da, claro.  

¿Cómo es esa Barcelona de la que hablas?

Esa es mi Barcelona. La novela se centra en dos focos: el Raval y Nou Barris. El Raval es la nueva periferia, aunque paradójicamente sea el centro exacto de la ciudad. Es el antiguo Chino, el lugar de la inmigración paquistaní, filipina y magrebí, donde ahora empiezan a florecer aquí y allá de nuevo los yonquis como plantas podridas, un lugar donde la pobreza tiene poco recato. En el otro extremo, Nou Barris es una zona marginal de extrarradio nutrida por la inmigración andaluza, extremeña y gallega de los 50 y 60. Fueron el centro del asociacionismo reivindicativo y ahora son casi nada, han perdido la mayor parte de su identidad. En esas dos Barcelonas, de las que no se habla porque no tienen sagradas familias ni pedreras ni chiringos fashion, es donde viven hoy los más desfavorecidos, que es de quienes habla la novela negra. Pero ojo, que también ronda mi detective por Sarrià y Pedralbes. 

¿No hay demasiadas cosas en la novela: proxenetas, pederastas, apasionados del cine gore, asesinos, traficantes de niños…? ¿Es tan terrible el mundo? ¿Existe para ti alguna esperanza?

¿Cómo no va a existir esperanza? Yo tengo la esperanza de conseguir algo de paz, interior, para seguir creando. Y la esperanza de volver a alcanzar ese estado mental que te pone frente a la belleza, que te permite contemplarla. Lo que pasa es que si tú eres camello a gran escala resulta más fácil que acabes cruzándote con un proxeneta que si eres un empleado del Santander. En cuanto al mundo, no es tan terrible, es peor. Lo que yo cuento son los horrores elaborados y excéntricos de nuestra sociedad rica y hastiada. Afuera, donde cunden el hambre, la sed y el dolor, todo es increíblemente peor.

 

Son muy interesantes esos pequeños episodios, al modo Perec y al modo de Cortázar, de ‘Instrucciones para matar perros, gatos o hámsters’. ¿Qué función tienen en el texto?

Dan un respiro y apoyan a la protagonista, la detective Victoria González. Toda la novela está escrita con las tripas, metiendo las manos en el barro, y esos episodios permiten tomar distancia, a mí como narradora y al lector. También son una forma de manejar el humor. Es mentira que quien mira al dolor a la cara sólo pueda (o sólo deba) sufrir. El humor es un arma de la inteligencia para enfrentar el mundo. 

Victoria es obsesiva, cabezona, desafiante. Y trabaja con un personaje muy curioso, casi antagónico, como Jesús. ¿Cómo explicas la relación entre ambos?

Victoria es la hija empecinada de una clase pobre que no logró nada de lo que se proponía. A mí esa gente me enternece. Su madre montaba puestos pro Nicaragua en las fiestas populares de los barrios marginales, creía en la revolución y soñaba con cambiar el mundo. Perdió en todas las batallas, como es evidente, y su hija, Victoria, estuvo allí para verlo. Jesús, procediendo del mismo mundo, es hijo de lo contrario, del agarra lo que puedas y tira con más jeta que lucha. Por eso es divertida su relación y se complementan. Sin embargo, el verdadero personaje antagonista de la detective es Adela Sánchez de Andrade, la madre cuyas hijas desaparecen.

 El Croata, el Conseguidor, el Calvo, el Alemán. ¿Cómo se escriben los secundarios?

Los secundarios son los que dan vida a una novela y la hacen real. Sin los secundarios y sin esos detalles que parecen cotidianos, como una mancha o una peca o un tic, la narración no palpita. Fíjate Genaro: es un sicario capaz de torturar, drogadicto, yonqui, y está tremendamente preocupado porque si su sobrinita ya va sola al colegio.  

¿Cómo entiendes tú la novela negra? A veces da la sensación de que este libro tiene idéntica porción de rabia y de vómito. Y a la vez que es una severa crítica social…

No sé cómo entiendo la novela negra… si quieres que te diga la verdad, yo todo lo entiendo igual, como una forma de pelear contra lo injusto, porque de eso se trata. No hablo sólo de justicia social, ¿eh? Hablo también de nuestras pequeñas injusticias íntimas, de nuestras trampas. De nuevo, la necesidad de enunciarnos: soy así, pienso esto, veo esto, estos son los que te matan y estos otros los que no te salvarán. Estoy harta de los silencios, la obediencia y el disimulo.  

¿Qué vinculación tienes con Zaragoza, la ciudad donde naciste?

Yo me fui de Zaragoza con 18 años a estudiar periodismo a Barcelona. Tengo 43 y no he vuelto, porque no se ha dado la ocasión, pero cada vez me parece una ciudad más apetecible. Aquí vive toda mi familia, excepto mis hijos, claro. Y veo que se vive bien, que se ha convertido en una ciudad por la que pasear, con espacios abiertos y limpia, una ciudad clara y también muy cómoda. A veces me tienta volver e instalarme, claro, me da la sensación de que vivir aquí es fácil, lo que no es poco.