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Antón Castro

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'MARES DE MAÍZ': UN POEMA PROPIO

El poeta y traductor Juan Manuel Macías coordina una página digital de publicación poética en el sello DVD ediciones, de Sergio Gaspar. Hace unos días me pidió un poema de 'El paseo en bicicleta' (Olifante, 2011), que se presenta en el Teatro Principal el día 25 (amigos, lectores, curiosos, compañeros de viaje, etc., estáis invitados). Esta es la nota afectuosa de Juan Manuel Macías y el poema 'Mares de maíz'.

Antón Castro publica El paseo en bicicleta

 

Acaba de salir publicado en la editorial aragonesa Olifante El paseo en bicicleta, el nuevo libro de poemas del escritor, poeta y periodista Antón Castro, con prólogo de Miguel Mena y solada de Manuel Pereira Valcárcel. El autor define su libro como "una colección de 26 poemas en verso y prosa de alguien que sale en bicicleta todas los días, casi todas las mañanas en realidad, y habla de lo que ve (de un pescador y su hijo a orillas del Canal, de las torres solitarias y de las higueras de Garrapinillos, de los mares de maíz, de la experiencia misma de pedalear…), habla de lo que sueña, de sus obsesiones (por ejemplo, aquel Paco el Pecas que fue siempre, para mí, ‘el ciclista del mar’) y de un montón de personajes vinculados al mundo de la bicicleta: desde Laurent Fignon a Horacio Quiroga, desde la cantante y modelo y actriz Nico hasta el matrimonio Curie, que realizaron su luna de miel en bicicleta paseando por los caminos de Francia. Y hay varios homenajes muy explícitos a Zaragoza. El libro, de hecho, se cierra con el poema ‘La ciudad nueva’."

Reproducimos a continuación un poema de El paseo en bicicleta, por cortesía de Antón Castro y Olifante.

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MARES DE MAÍZ

El maíz siempre está ahí: absorbe la luz del mundo. Posee una espada filosa y verde en sus hojas que, al batirse en duelo con el aire, enciende una letanía de acordeón, un rasgueo imperceptible de metal finísimo como si el paisaje esgrimiese sus puñales. El maíz, casi altanero, se eleva sobre el resto de las plantas con sus crestas rubias. El maíz, con su tallo bamboleante, agita la espiga que se abre de súbito y muestra sus barbas, frágiles y oscuras. El maíz, a cualquier hora del día, parece un mar y su oleaje: ahora está calmo, se desmaya y se agosta bajo el sol; ahora se estremece violentamente como si se rompieran sus espumas, como si sus corrientes marinas chocasen con un promontorio. Pasas a su lado, tan arriba, con esa panorámica tan definitiva del paseante que pedalea, y el maíz resulta embriagador: por su movimiento, por sus fragancias, por su armazón de bosque que pugna y pugna entre fulgores. ¡Hay tantas fincas de maíz al alcance de la vista! Siempre me pregunto: ¿habrá alguien ahí? ¿Será cierto que, en su interior, entre sus armoniosas hileras, se esconden los niños ociosos, los zorros, una mujer con mochila que huye de su casa y busca un refugio para su desamor? ¿Será verdad que una diosa de antaño, o quizá una amazona, canta a la luna, protegida por siete serpientes? ¡Qué tropel de sensaciones! El maíz se eleva, tiembla, se enrosca sobre sí mismo, se encharca y se copia en las acequias. Evoca otro tiempo, quizá otra vida, una felicidad lejana, la ausencia de prisa: la arcadia sencilla del labrador que desaparece. Yo fui un niño perdido en la soledad del maizal: allí, a recaudo de todo, soñaba, jugaba con las piedras y con las judías, construía laberintos en penumbra. Había un instante en que mi madre pronunciaba mi nombre: gritaba, refunfuñaba, maldecía: “¡Neno, nenooo!”. Jamás hubiera dado conmigo. Era la hora de volver, y al salir fuera tenía la sensación de que abandonaba el océano y su estrépito, sus grutas y sus galerías de agua, la cueva de todos los tesoros y de todos los demonios. Ahora también percibo que es la hora de andar y desandar este incesante mar de maíz: me detengo un instante y me acerco como si quisiera mojarme los pies en una ola, como si quisiera llamar a una puerta misteriosa. ¡Abridme, fantasmas, dioses antiguos, sierpes aztecas, abridme, que quiero apacentar en un claro de fronda todos mis miedos!

(De El paseo en bicicleta, Olifante, 2011)

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Antón Castro (Santa Mariña de Lañas-Arteixo, La Coruña, 1959) es escritor y periodista, y reside en Zaragoza. Ha publicado más de una veintena de libros de narrativa y poesía, de entrevistas, biografías, ensayos, de miscelánea. Uno de sus favoritos es Aragoneses ilustres, ilustrados e iluminados (Gobierno de Aragón, 1992). Es autor de siete libros de relatos: Mitologías. Los pasajeros del estío (Olifante, 1990), El testamento de amor de Patricio Julve (Destino, 1995, 2000), Vida e morte das baleas (Espiral Maior, 1997), Los seres imposibles (Destino 1998), Golpes de mar (Destino, 2006) y Fotografías veladas (Xordica, 2008). Y de una novela: El álbum del solitario (Destino, 1999). En 2010 publicó el libro de poemas Vivir del aire (Olifante). Desde mayo del 2006 dirige y presenta el programa cultural "Borradores", en Aragón Televisión. Coordina el suplemento Artes & Letras, de Heraldo de Aragón.

 

Publicado el 9/3/2011

 

Todas las fotos de aquí son de Virxilio Vieitez, un fotógrafo excepcional.

ÓSCAR SIPÁN: UN CUENTO BREVE

ÓSCAR SIPÁN: UN CUENTO  BREVE

Esta mañana de lloviznas y de fríos, recibo un correo del escritor y editor Óscar Sipán, un hombre de acción cultural en toda la dimensión del término. Me manda este cuento, estupendo y sorprendente, y esta foto.

 

LOS AMORES POSIBLES

 

Por Óscar SIPÁN

 

 “Cuando se es virgen se piensa que

todos los amores son posibles”

ERRI DE LUCA

 

 

TERMINÓ LA GUERRA y continué enviándoles cartas de amor a los pilotos. Me despertaba con las primeras luces del alba, les sonreía a las fotos colgadas del espejo y me sentaba a escribir. Dorian dejaba demasiada carne en la corteza del melón y se dormía pronunciado mi nombre, con esa respiración de perro trufero sin suerte. A Marcelo nunca podrían derribarlo: tenía el cuerpo musculado de un fauno y había nacido para que yo le contemplase desnudo en una cama del Hotel Tannhäuser. La tristeza de Holden, aleación de cuatro partes de derrota y una de futuro, era el mayor de los animales terrestres. A veces mis caricias o la oscuridad luminosa de un cine conseguían diluir la ausencia de otra mujer. Y el dolor daba paso a algo parecido a la esperanza.

 

Escribía a diario a mis pilotos porque afuera todo era gris. Calentaba el café de puchero, cerraba los sobres, dejando un rastro velado de carmín, me ponía el abrigo que perteneció a mamá y salía al encuentro del buzón de correos agujereado por la metralla.

 Al regresar a casa y cambiar las flores de las tumbas, me sentía en paz.

En el vecindario decían que estaba loca, que no era más que una solterona amargada, pero ahora que ha estallado de nuevo la guerra, la única casa que no han bombardeado, la única que sigue en pie, es la mía.

 

LA BITÁCORA DE LUZ CAVIRIA

LA BITÁCORA DE LUZ CAVIRIA

Anoche estuve en Huesca en la librería Anónima, donde presenté ‘Familias como la mía’ de Francisco Ferrer Lerín, que estuvo realmente inspirado y simpático,y se fue pronto, temeroso de la tormenta, de la lluvia y de la nieve. Había muchos amigos. Muchos. Y una bonita exposición de ilustración infantil de Vicky de Sus. Entre los asistentes –José Domingo Dueñas, Víctor Pardo, Alicia Rey, Elizabeth Hernández, Luis Lles, Paco Grasa, su hija Estela…, y más, muchos más amigos del autor, de la librería, lectores, jóvenes poetas...- estaba la poeta Luz Rodríguez, que ha abierto un blog hace poco: ‘Los días de Caviria’, donde escribe de todo: impresiones, poemas, recuerdos, miradas sobre el mundo y sobre el arte. Copio aquí uno de sus últimos textos de una bitácora muy cuidada y personal.

http://losdiasdecaviria.blogspot.com/

 

 

ABSTRACTA

Por Luz RODRÍGUEZ (Luz CAVIRIA)

Estas últimas semanas he tendido a verme etérea, volátil, errante. Me miro en el espejo y me pregunto cómo y cuándo me he vuelto semivisible a mis propios ojos. Me pregunto si es por haber estado rehuyendo el mundo buena parte del tiempo y recuerdo lo que dijo Santiago Arranz en Castejón de Sos. Expresó la idea de que los seres se van volviendo abstractos a medida que se retraen del mundo. Era una teoría traída a la pintura y a la escultura. Pero veo la analogía en la dimensión humana. Cada vez me siento más abstracta, menos identificable, como una figura ahumada cuyos contornos no remiten a lo conocido sino al misterio de una identidad localizada en otro plano que requiere códigos de interpretación nuevos que no poseo. Más abstracta, sin capacidad de asertos, dubitativa, esquiva a mi conocimiento, vacilante sobre lo que quiero y necesito.

Pensé que esta casa podía ser mi morada, el espéculo material de mi morada interior. Me asustaba algo el aislamiento, pero menos de lo que me atraía y creí que aquí trabajaría mucho y en paz. Pero demasiados días a la semana el aislamiento es radical, completamente sola en las habitaciones y rellanos, en la balsa de mi cama que flota sobre tempestades nocturnas de las que me despierto sudando y entumecida y, al caer la tarde, toda esa negrura precoz en torno a la casa es la única criatura que fisgonea en mis ventanas. Entonces, hay días que opto por reclinarme y dejarme mecer e ir progresivamente desfigurándome, deshilachándome como una Ofelia lánguida en una mecedora de agua que el fuego de la chimenea entibia. Me rindo a una ensoñación que engañosamente tiñe el dolor inicial en algo amigable. Agotada de intentar dilucidar si ese estado me es propio, si iré acostumbrándome, si lograré trabajar bajo los efectos de ese silencio sólo momentáneamente narcótico, acabo por pasar de la entrega a la extrañeza, de la extrañeza a la sensación de que algo se ha dislocado y no puedo moverme, recolocar los huesos, emprender actos sencillos y concretos, abandonar el embrujo de la soledad, la oscuridad y la contemplación para afilar los gestos que me empujen afuera, a dejar de estar en modo abstracto para pasar al modo figurativo que requiere salir hacia el trato con los otros.

 

Las fotos de 'Ofelia' y del proceso fotográfico son de Andrea Jösch.

 

TRES POEMAS DE XOÁN ABELEIRA

'TORRE DEL ABEJAR', UN POEMA DE MI LIBRO 'EL PASEO EN BICICLETA'

Eduardo Laborda, en un retrato en su estudio de Oliver Duch.

 

El cordobés Fernando Sabido Sánchez es uno de los grandes divulgadores de la poesía en la red. El pasado febrero colgó una colección de mis poemas, dos de ‘Vivir del aire’ (Olifante. La Casa del Poeta: Papeles de Trasmoz, 2010), y tres de ‘El paseo en bicicleta’, con una foto mía tomada por Manuel Arribas. [Muy agradecido, Fernando. Un abrazo]

http://poetassigloveintiuno.blogspot.com/2011/02/3006-anton-castro.html#comment-form

Traigo ahora aquí este poema que él cuelga, ‘Torre del Abejar’, que está inspirado en el padre de Eduardo Laborda, Rosalío, y es un homenaje a su familia y al mundo de las torres de campo y sus torreros. La Zaragoza que se desplegaba hacia la Avenida de Cataluña estaba llena de torres, de quintas o casares de campo, y en la zona de Garrapinillos, donde vive desde hace más de diez años, sucede lo mismo. De ahí este poema, basado como suele de decirse en hechos reales. Expreso aquí mi gratitud al pintor Eduardo Laborda.

‘El paseo en bicicleta’ se presenta el viernes 25 de marzo, a las ocho de la tarde, en el Teatro Principal de Zaragoza, con la presencia de Miguel Mena (el ciclista de la radio firma el prólogo; la solapa es del poeta y narrador Manuel Pereira Valcárcel, que pasó su adolescencia en Zaragoza) y del escritor y poeta y profesor José Luis Rodríguez García, un leonés que pasó algunos veranos en mi segunda ciudad: A Coruña.

 

 

Esta foto de Manuel Ferrol, del padre y su hijo, sobre la emigración, siempre me ha conmovido.

 

 

TORRE DEL ABEJAR

A Eduardo Laborda

Mi padre siempre ha sido una criatura irreductible.
Aparecía y desaparecía como el viento y la lluvia.
Era como si tuviera una segunda vida, o una tercera,
era como si estuviese incomodado consigo mismo
y con todo el mundo. Vivía de arrebato en arrebato:
de maldición en maldición, de fuga en fuga,
de rutinas casi insondables, de silencios, de gritos.
Mi madre, ante nuestra perplejidad, solía decir:
“Antes no era así. Era un hombre normal, suave,
que se contentaba con su suerte y con sus paisajes.
La guerra lo cambió: le destrozó el ánimo y la templanza,
y le volcó un arsenal de pesadillas y tigres en el sueño”.
Así lo dijo: tigres en el sueño. Mi madre, cuando quería,
era un completo misterio: leía, se apasionaba con el arte
y buscaba la belleza en las pequeñas cosas de cada día.
Nos regalaba cuadernos y lápices, nos hablaba del Quijote,
de la luz invisible de Velázquez y del cine de su niñez.
Y era capaz de definir así el estado inestable de su marido.
Ambos procedían de Trasobares: allí habían sido labradores.
Mi padre no dominaba los oficios de la huerta;
en cambio conocía todos los secretos de la fruta.
Yo lo veía injertar con mimo y creía que hacía magia.
Le gustaban los albaricoques, las pavías y los melocotones,
tenía diversas clases de uvas, de higos y de brevas,
y trampeaba entre los surcos con los tomates y los melones.
Nos habían dejado una torre familiar: Torre del Abejar,
y ese era el refugio de mi padre. Cuando llegaba marzo,
se encolerizaba, discutía con todos y se volvía insoportable:
era su forma de anunciar que iba a marcharse a las tierras.
Entonces solo lo veíamos de vez en cuando. Ni nos echaba
en falta ni nosotros teníamos ganas de aguantar su genio.
En noviembre, cuando regresaban el cierzo y el frío
reaparecía como un fantasma, desharrapado y débil.
Si quería, tenía un poderoso instinto de supervivencia.
Durante esos casi seis meses, o más, iba a verlo a la torre.
Era un espacio inquietante y tal vez inconmensurable.
La casa imponía pavor. Como las eras y los cobertizos.
Cerca de allí, años atrás, se había cometido un crimen.
Cerca de allí pasaban los canales de riego y las cascadas.
Mi padre iba y venía a su antojo con la libertad del solitario
que espera el milagro constante de las noches y los días:
brisas, resplandores, cielos encapotados, plenilunios de verano.
Casi a diario, a partir de mayo, llevaba la fruta
al Mercado Central de Zaragoza: colocaba su remolque
en la bicicleta y lo llenaba de fruta. Siempre hacía lo mismo:
lo colmaba con lentitud, colocando las piezas en canastos.
Me conmovía su obstinación de agricultor en paz.
Me miraba y decía: “La fruta no soporta bien el traqueteo”.
Me hacía gracia. Yo lo observaba como a un extraño.
O a un poseído. Me gustaba verlo pedalear por los caminos,
entre los maizales, entre los árboles, levantando polvo,
un polvo pegajoso y dorado que le manchaba las sienes.
Era como si solo allí, en la Torre del Abejar, fuera
auténticamente afable: el padre que había soñado para mí.
Un día me llevó al mercado en su remolque. Tendría seis años.
Era su pasajero, su colaborador, el hijo inesperado.
Insistía: “Recuerda que la fruta no soporta bien el traqueteo”.

Hace años que murió. A menudo pienso en él
y recuerdo lo que siempre nos contaba mi madre:
“La guerra lo cambió: acabó con sus sueños felices”.
Ella lo recibía en casa, en las dos o tres casas que hemos
tenido, con infinita compasión. No le preguntaba nada.
No podía, ni quería, acceder al fondo de sus tinieblas.
No quería excitar el tigre sonámbulo de su dolor antiguo.
A menudo pienso en mi padre y recuerdo aquel viaje,
de ida y vuelta, en bicicleta al Mercado Central.
A veces se giraba para verme. “Agárrate fuerte”, decía.
En aquella mirada me pareció adivinar ternura y miedo,
y creí entender algo de su extraña forma de vida.

De ’El paseo en bicicleta’ de Antón Castro. (Olifante. Ediciones de Poesía. Serie mayor)

Eduardo Laborda visto por Vicente Almazán.

 

LUIS ALEGRE RESPONDE HOY A UN CHAT EN 'HERALDO'

Luis Alegre, que dirige hoy la sesión número 100 de ‘La buena estrella’, responde este mañana a partir de las doce a un chat en ‘Heraldo de Aragón’. Luis es un trabajador indesmayable: dirige el Festival de Cine de Tudela, es guionista del Festival de Cine de Málaga, prepara un nuevo proyecto con David Trueba, ultima un libro para Xordica, prepara un programa de televisión, da clases en la Universidad de Zaragoza, colabora con Miguel Mena y Montserrat Domínguez en la Cadena Ser, escribe en ‘As’, entre otras colaboraciones, y se multiplica como embajador de Aragón y como mensajero constante del cine, del cariño y de la amistad. Es Hijo Adoptivo de Zaragoza y Premio Isabel de Portugal con todo merecimiento. Un hombre que se define por sus amigos: a todos, de aquí y de allá, célebres y no tan célebres, los pone en conexión. No es celoso; no sé si un poquillo por el amor de algunas mujeres. No lo sé: en eso, Luis Alegre es un misterio. Eso sí: es un hijo estupendo de Felicitas y del inolvidable Alberto, que le enseñó a amar el cine, los secretos del campo y de la jota, y las palabras más hermosas de la literatura, los versos de Marcial, entre ellas. Es uno de esos aragoneses necesarios: generoso, lúcido, hiperactivo, bondadoso y un cómplice desvelado de todos los prismas de la cultura.

*Esta foto de Luis Alegre de ’El País’ lo retrata: vivaz, feliz, dulce. Como si fuera a comerse el mundo con un asombro infantil.

'ÁGORA': CUENTOS PARA MANUEL BENITO

‘Ágora’, del sello Sariñena Editorial, reúne 19 textos redactados por amigos del escritor, historiador y etnógrafo, Manuel Benito, fallecido en enero de 2010, autor de los libros ‘Huesca. Álbum de adioses’ (Sariñena editorial) o ‘Orwell, las tierras de Aragón’ (Trallero Editorial). El título del libro es «un homenaje del mundo de la cultural altoaragonesa a su figura a través de sus mejores armas: la palabra y el conocimiento», según dice, Salvador Trallero. El libro ha sido coordinado por Eugenio Monesma, e incorpora las firmas de Ángel Gari, José Antonio Adell y Celedonio García, Jesús Inglada, Severino Pallaruelo, etc. Reproduzco aquí mi artículo, que narra una anécdota real.

 

UN CUENTO CON APARECIDO EN LOARRE

 

La historia reciente de Huesca no se entendería sin Manuel Benito Moliner. Era uno de esos sabios pegados a un territorio, a una forma de ser, a un manantial de cultura. Amó La Hoya y los Monegros, y fue capaz de armonizar un sinfín de saberes y de relatos menudos. Era médico y escritor, etnógrafo y fotógrafo, un coleccionista de casi todo, un curioso ávido de personajes, de hechos, de misterios. Coincidimos poco, pero siempre supe que en él había un cómplice, ese amigo casi invisible al otro lado del teléfono o del correo electrónico con quien podías hablar. De inmediato, ponía a tu disposición los datos, la iconografía, su sensibilidad inagotable, la camaradería del escritor. Hablábamos de muchas cosas: de la Guerra Civil en Huesca y provincia, de botánica, de ritos. Recuerdo que le presenté en Zaragoza uno de sus libros más bonitos: ‘Huesca. Álbum de adioses’, que le publicó Salvador Trallero, y que hablamos mucho de otro proyecto en el que había puesto el alma: ‘Orwell en las tierras de Aragón’, también editado por Trallero.

Georges Orwell era un personaje que le fascinaba: le gustaba contar que a veces soñaba con que se cumpliera aquel deseo suyo de regresar al Coso y a los porches a tomar un café. Hablar con Manuel Benito suponía recorrer narraciones de aviadores, de combatientes, de personajes entrañables como Durán Gudiol o Rafael Andolz, como Ramón Acín, como León Abadías o los aguadores. Y en nuestras conversaciones siempre aparecían maestros como Eugenio Monesma, que había sido como él un andariego de tradiciones, de imágenes para siempre y de criaturas, como Ángel Gari, que era una referencia para abordar la brujería, las apariciones, las supersticiones y algunos deslumbrantes procesos históricos. Una de las anécdotas más hermosas que conservo de él, o con él, se sitúa en el castillo de Loarre. Yo volvía de un viaje por los Pirineos, con parada en Jaca y en San Juan de la Peña, en concreto; de repente conduje hacia el castillo. Había empezado a anochecer. Hacía mucho tiempo que no estaba en Loarre, que es un lugar que me fascina, y que vinculo siempre con Ramón José Sender y con la película ‘Valentina’ de Antonio José Betancor. Cuando llegamos allí, iba acompañado de algunos amigos que habían venido de Nueva Zelanda, no supe acceder al recinto. Y no se me ocurrió llamar a nadie salvo a él. Marqué su móvil y le pregunté qué tenía que hacer: me contó leyendas, me habló de personajes y del propio Sender, de libros como ‘Solanar y lucernario aragonés’ y, finalmente, me confesó que no podía ayudarme. No sabía a quién debía dirigirme en aquella noche otoñal y romántica. Una luna inmensa y dorada, de una pureza ideal, se desplegó sobre la ladera. No encontrábamos la manera de cortar la conversación: ni él ni yo. A mí me parecía una estampa deliciosa, con Manuel al otro lado del hilo y con su voz apagándose, y a él le gustaba que yo le hablase de la luna que parecía blanquear las paredes de la fortaleza. Me dijo: “Si no te conociera y si no conociera el castillo, pensaría que me estás contando un cuento de Gustavo Adolfo Bécquer”.

Quedamos en vernos pronto. Quedamos en cenar. Tenía esperanza: creía que, más temprano que tarde, volvería a sus libros, a sus poemas secretos, a sus cuentos, y que retornaría al camino. Cada vez que paso por Loarre subo hasta el castillo y me quedo allí mirándolo. Sé que tengo una charleta aplazada con él y que cualquier día, cuando se muera la tarde, aparecerá su fantasma: llevará un cuaderno de campo, la paciencia del paseante y probablemente una cámara de fotos.

MÁS ACERCA DE ÁLVARO CUNQUEIRO

Ese hombre de letras inagotable que es Elías Moro Cuéllar me recuerda que son varios los escritores amigos que recuerdan y han recordado a Álvaro Cunqueiro. En febrero de 2008, el escritor, editor, poeta y traductor Antonio Rivero Taravillo le dedicó este texto en su estupendo blog: Fuego con nieve.

http://fuegoconnieve.blogspot.com/2008/02/de-lvaro-cunqueiro.html

El texto, se dice, había aparecido en la sección ‘La mirada’ de ‘El correo de Andalucía’. Aquí traigo el artículo de Rivero Taravillo, tan delicado y lleno de sugerencias.

 

DE ÁLVARO CUNQUEIRO

 

Por Antonio RIVERO TARAVILLO

Uno, que cuando pergeña estas líneas aún está ebrio por la lectura de Cuando el viejo Simbad vuelva a las islas, tiene que hacer un verdadero esfuerzo (el de los escritores de segunda que se niegan a serlo de tercera) para no imitar el estilo prodigioso de Álvaro Cunqueiro.

De nuevo deslumbrado por su prosa, trata uno, digo, de no ir tras de sus pasos dando tumbos torpes de pavo raso que quiere ser pavo real. Y es que el autor de Mondoñedo ostenta un raro privilegio: el de poseer una de las voces más personales y reconocibles de nuestro siglo, el de haber entrado a saco en el lenguaje para, como un Robin Hood galaico, dárnoslo, liberal, a los pobres.

He llamado a Cunqueiro autor, y por tal lo tengo, más que por escritor o escribano. Fabulador, hacedor de historias, narrador, narrador sobre todo. Pero narrador de los que ya no quedan, a lo tradicional, con regusto por contar —y oír contar— una historia. “¿No tiene pena de la vida quien en la larga noche no sepa decirse un cuento?”, Cunqueiro dixit. Bien podría haber nacido en Irlanda, un país que tanto comparte con el suyo, donde aún la gente se congrega alrededor de un buen fuego y un narrador que cautiva a su audiencia hasta la madrugada.

Como la Scherezade famosa o el Simbad éste, viejo y locuaz, que nos encandila. El que Cunqueiro escribiera se debe a contingencias y a un accidente llamado Gutenberg, con su secuela de prensas y ediciones. Y a que de algo tenía que vivir. Si no, puede que hubiera sido simplemente un narrador oral, un cuentista para unos pocos afortunados. Lo que nos da idea de las muchas maravillas que sin duda nos hemos perdido de autores anónimos: novelas, cuentos, que han quedado en el aire, que al aire van y el aire se lleva en su oralidad efímera, sin duda inolvidable y ya olvidada, con palabras de Borges.

Mucho se habla de realismo mágico. A pocos cuadra tan bien como a Cunqueiro. Ahí están para demostrarlo sus artículos o esas joyas de una página que son sus retratos de personajes gallegos y en los que se dan la mano tipos populares, provincianos, ordinarios, con las hadas, los portentos y ese otro mundo para el que no siempre tenemos ojos.

Otra de las cualidades de Álvaro Cunqueiro es su inaudita capacidad de invención, ese sacarse del magín lo que nunca ha visto: la Bretaña que no había pisado nunca, tan pormenorizada en Las crónicas del sochantre, el oriente de Simbad, del que nos llega el aroma de las especias y la sal de las singladuras. El sexto sentido de los celtas es la imaginación, como la que derrocha el anónimo autor de Uilix mac Aleirtis, la versión en irlandés medieval de las aventuras de Ulises, en las que las descripciones de una Grecia ensoñada se ofrecen con todo lujo de detalles, por lo demás inverosímiles. A él le habría gustado leerla.

Me llama ahora la atención una curiosa coincidencia, la que une a Flann O’Brien con Cunqueiro. Nacidos ambos el mismo año (1911), muchos son los paralelismos —más en espiral que en línea recta— que se me ocurren. Gaélico irlandés y gallego (que dicho sea de paso tienen tanto parecido como el sueco o el francés entre sí) fueron sus lenguas maternas, en las que publicaron parte de su obra y que más o menos abandonarían en favor de las lenguas dominantes inglés y castellano. También está el uso que ambos hacen de la tradición, a la que malean a placer y hacen contemporánea; su conocer y mostrar —no sin ironía— las almas de sus respectivos pueblos, tan suyos; el humor; la colaboración en prensa como medio de vida; el hacer, toda sabor, que su lengua nos acaricie el paladar. Los dos son para releer, el máximo don que puede recibir un escritor.

Dejando a O’Brien y cogiendo de nuevo el hilo de Cunqueiro, también recuerdo ahora que se ha dicho de su poesía que anda cerca del surrealismo. Puede ser. Pero en el gallego, el surrealismo es su realismo, tan suyo. Realismo mágico, como dije, y celta y anterior al de ese otro Breton.

 

[Elías Moro también me dice que él ha dado cuenta de la obra de Álvaro Cunqueiro en su blog, convertido ya en libro, El juego de la taba, publicado por el sello Calambur.

http://eljuegodelataba.blogspot.com/2011/02/somoza-de-leiva.html...

Allí reproduce este texto.]

 

 

SOMOZA DE LEIVA

Por Álvaro CUNQUEIRO

Ayer entré en una taberna en cuyas paredes colgaban doce estampas, impresas en 1899 en Berlín, en las que se contaba la historia de don Hernán Cortés y los amores del capitán con la lengua Marina. Y me acordé de Somoza de Leiva.

Este Somoza de Leiva -Leiva está en un alto, entre castañares, en Tierra de Miranda- sirviera al rey en el regimiento de Otumba, y desde entonces, porque a cada soldado le habían dado un pliego con la historia de la unidad y lo había leído varias veces- y además era la única historia que había leído en su vida, aparte las coplas del crimen del correo de Andalucía- le había entrado un grande amor por el señor marqués del Valle de Oajaca y sus andanzas mejicanas, y sabía todo lo de la Noche Triste. En Lugo compró esas mismas doce estampas que yo estaba viendo ahora en la taberna, y las tenía colgadas en las escaleras y en el comedor de su casa. Siendo yo mocito, fui allá a la fiesta de San Bartolomé, y Somoza, que ya entonces estaba algo cojo por la mordedura de una nutria en el vado de Siguiero, me leía el texto de cada episodio, y siendo bilingüe la literatura de a pie de estampa, me admiraba, que yo leía la parte francesa.

-¡Mira qué piernas más robustas!

Y guiñándome un ojo me mostraba las piernas de Marina, blancas y redondas. Marina se estaba mirando en un espejo que le regalara el señor capitán.

Somoza era memorialista, perito agrónomo de afición y picapleitos. De una estancia en Baños de Molgas, queriendo sacudirse allí un reuma que él atribuía al diente de la nutria, trajo a Leiva un perro raro, la capa amarilla con manchas negras, bragado en blanco, y que orinaba levantando ambas patas traseras, en raro equilibrio sobre las delanteras. Era un perro triste y callado, que comía las manzanas caídas en el prado, y si escuchaba zumbar las abejas, se ponía a pararlas, agachado, como si fueran perdices.

-¡Ese perro no vale nada!- le dijo mi primo de Trasmontes a Somoza.

-¡Pues es el perro propio para un letrado!- respondió éste.

Y le explicó a mi primo que era el más inteligente de los perros que nunca conociera, y que para un abogado famoso, no tendría precio.

-¡Es un perro que solamente le ladra a la parte contraria!

Si Somoza andaba corriendo con los pleitos de algún vecino, y llegaba alguien de consulta y el perro ladraba, era que el visitante venía, mañoso, suasorio, a enredar en el asunto. El perro daba los testigos favorables, y los contrarios o falsos. Nunca fallaba. Cuando el perro enfermó y cegó, Somoza lo llevó a Lugo al oculista de más fama, el señor Gasalla. Lo llevó metido en una cesta, muy envuelto en una manta zamorana. Iban por la plaza de Santo Domingo, y el perro, desde el cesto, ladró. Somoza se detuvo a ver quién pasaba por allí, y pasaba hacia la calle de San Marcos el guardarríos de Crescente, quien hacía un par de semanas le había puesto una multa.

Se me olvidaba decirles que el perro había sido rebautizado por Somoza con el sonoro nombre de Moctezuma.

Álvaro Cunqueiro (La otra gente)

 

 

[El pasado día 25 de febrero, Juan Manuel Macías publicaba en su blog

-http://diosas-nubes.blogspot.com/-

este poema del poeta, narrador, periodista y soñador de Mondoñedo.]

 

 

SOLEDADES DE MI SEÑORA BLANCA

 

Por Álvaro CUNQUEIRO

¿Me escuchas así, mi señora amada,
cuando de mi pecho la trova arde,
o detrás de ti la sombra de mi sueño
locamente la tuya apresa y besa?

¡Oh dulce el peso de tu cuerpo en mi mente echado!
En este río de mi vagar sin fin,
¿qué incendiado navío no navegas en la noche?

--¿Por qué este corazón tanta flor marchita,
por qué no es mortal de tanto fuego la ceniza,
por qué aún soy yo de tanta palabra la boca?

Mi blanca señora, cuerpo delgado:
este bosque es del tiempo de la más reciente luna,
y ese malvís que tanto aire enflauta
cada día que amanece renace y silba.
Amante, en mi vaso todavía canta la sed.

¡Esa luna nevada, amor, que de tu cuerpo
crece con la noche sobre las cumbres de mis ojos!

Deja que florezca, al abrigo de los cerezos
en las islas de tus ojos el alba rumorosa.
Adormece a mi lado, mientras se quiebra el día
bajo un techo de alabanzas, tímidas cantadoras.

--¡Ese sueño que por dentro se desliza
y poco a poco se asoma a mi rostro!
¿Hace falta, quizás, un caballo rojo
o un ala mortal y fría para saltar afuera de esta lengua de fuego?

(De Dona do corpo delgado, 1950. Traducción de Vicente Araguas)