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Antón Castro

Escritores

FERNANDO SANMARTIN PUBLICA 'CIUDADES QUE SE POSAN COMO PÁJAROS'

[Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959) publica un nuevo libro, ‘Ciudades que se posan como pájaros’ (Xordica; 69 páginas), compuesto por cuatro viajes: a Lisboa, a Bélgica, Tánger y Tetuán (donde sigue las huellas de su padre, con algunas fotos que conserva de él) y a Galway. Es el libro de un miniaturista de las emociones, de alguien que lo anota todo, que toma Fanta, que oye a quien anda por ahí distraído, alguien que recuerda, que describe y que mira hacia adentro y se interroga. Es un libro de sensaciones, de atmósferas, de olores, de vida, de calles y de imprevistos, de aforismos, y de una prosa muy especial, que te sorprende por sus imágenes y por esos fogonazos inesperados que no sabes si son puro surrealismo o dadaísmo. O la poesía de un viajero intemporal.]

 

Del capítulo ‘Viaje a Tánger y Tetuán. Otra búsqueda’. Página 39.

“Yo también debería psicoanalizar por qué hago este viaje, por qué voy a Tánger y luego a Tetuán. Aunque la respuesta es fácil, muy sencilla. En Tetuán vivió mi padre antes de que yo naciera. Y a veces pienso en él. Pienso en su muerte. Y pienso en la desolación que me produjo cuando yo era un niño. Y pienso que esa muerte me convirtió en un alcohólico de pequeños recuerdos. Creo también que durante años, con su muerte, siempre temí lo inesperado”.

 

*La foto es de Columna Villarroya.

TRINIDAD RUIZ-MARCELLAN. UN DIÁLOGO SOBRE SU LIBRO PARA MARCELO REYES

TRADUCCIÓN DEL SILENCIO  de

Trinidad Ruiz Marcellán (Editado por Olifante)

 

Intervendrán, además de la autora, las escritoras Carmen Aliaga, Elisa Berna, Reyes Guillén, Luisa Miñana, Inés Ramón, Carmen Ruiz Fleta  y Helena Santolaya

 

Actuación de El Silbo Vulnerado

 

BIBLIOTECA DE ARAGÓN (Doctor Cerrada 22) 

LUNES 13 DE NOVIEMBRE. A LAS 19.30 HORAS

 


 

Entrevista con TRINIDAD RUIZ MARCELLÁN 

 

¿Desde cuándo escribe Trinidad Ruiz-Marcellán?

A los 15 años tuve la suerte de conocer a poetas aragoneses y su poesía. Es entonces cuando comencé a escribir y romper; un ejercicio que repetía continuamente, escribir y romper. No guardaba nada. No merecía la pena. 

¿Qué fue primero: la pasión de escribir, de leer o de editar poesía?

La pasión apareció con la edición. Pasión por editar poesía. Muy pronto frecuenté las imprentas. Desde 1979, con Olifante, he intentado que la pasión y la profesionalidad fueran de la mano. Disfruto enormemente siguiendo  todo el proceso formal del libro ( el papel y su textura, el olor de la tinta, los tipos y cuerpos de letra…). Es muy apasionante descubrir un autor y editar un buen original. Y una de las cosas que me llevan de cabeza son las erratas en los libros que, por más correcciones que hagas, siempre queda una al descubierto. La errata es el duende de la edición.

 -¿Cómo nació este poemario? ¿Lo tenías escrito o es el libro de dos años de duelo?

Está escrito durante los dos último años. El libro nace desde el silencio y la observación; también desde el misterio. Una mirada o un repente con la tierra, los árboles, el aire, los animales, la presencia y la ausencia. El descubrimiento de otro espacio, el multiverso. He vivido mucha emoción en mi mente y en mi corazón durante este tiempo. Es la ausencia y presencia, no es el duelo, el latido de los poemas.

 -¿Cómo era Marcelo Reyes: qué te dio, qué te daba, cómo fue tu vida con él?

Fuimos una yunta enamorada. Su energía era mi energía y al revés. Mi complicidad, su complicidad y al revés. Él era vitalista y melancólico, fuerte y sensible. 

-¿Qué recuerdos de él te conmueven más: su pasión por la cocina, su seguridad, la capacidad de hacer amigos, la capacidad de integrarse…?

Marcelo era una persona solidaria, sincera, auténtica. Apasionada por la música, por el vuelo, le encantaba disfrutar en los asadicos del domingo con sus amigos o pasar horas en la bodega de la casa escuchando música. Era investigador y siempre contrastaba todo. Esto daba seguridad a cualquiera que estuviera a su lado. Pero lo que más recuerdo de él ahora mismo es su caminar, su voz, sus manos y esa tristeza (que creo que sólo la conocía yo) en su mirada, de miles de kilómetros, de esa Argentina tan lejana ya. Le recuerdo solitario y silencioso. 

-¿Cómo se vive, en el medio del Moncayo, la ausencia del hombre que te ha acompañado durante más de dos décadas?

Para sobrevivir he tenido que reinventar mi mundo. Traducir el silencio con palabras dictadas por el mismo silencio. Y ahí he encontrado la plenitud. He reconocido que la muerte es una ilusión. Y Marcelo anda por ahí.

-Creo que su entierro fue como un cuento de Juan Rulfo...

A él le encantaba Juan Rulfo. De hecho, en su mesilla todavía queda el libro que estaba leyendo, “El llano en llamas”. Esa tarde del mes de julio hacía sol y el cielo de un azul clarísimo. Para su entierro, yo le preparé una cestita con frutos de nuestra huerta que él había cuidado y en la bodega quisimos que sonara la música de 2 Cellos que le encantaba. Llevamos sus cenizas hasta la encina que él había plantado.  Le hablamos, le cantamos… y cuando ya habíamos enterrado las cenizas y echábamos tierra encima, el cielo se puso gris negro, comenzó a tronar, relampaguear  y llover. Sus perricos Jimi, Sire y Leik  que le adoraban comenzaron a dar vueltas alrededor de la encina. A los 15 minutos se paró la tormenta, salió el sol y también el arco iris. Fuimos al bar Peña a brindar por él. Marcelo no quería llantos, de ninguna manera.

-¿Qué sensaciones iban y venían por tu cabeza? Decías que tenías la sensación de que volvería en cualquier instante… 

El espacio donde habito está impregnado con sus silbidos, sus risas, su caminar…Lo digo en un poema: “Encontrará / la ropa intacta /en el armario.// Su regreso /no sorprenderá. //Anda por ahí. //Aprendiendo.” También Luis Alberto de Cuenca, en el Prólogo, se atreve a decir… “Porque acaso el país donde habitan los muertos no es más que una escuela de vida.”

 -¿Por qué has optado por una poesía tan contenida, casi seca, casi lo que se llama poesía del silencio?

El silencio no necesita palabras. Tal vez el libro habría tenido que ser un libro en blanco, sin palabras. El libro está hecho de palabras dictadas. En un principio, los poemas eran largos, versos río e incontenibles. Pero comencé a limpiar y eliminar precisamente para acercarme al silencio. Un silencio poético que partía del silencio de la casa. 

-Es una poesía despojada de anécdota, de sustantivos…

Claramente es poesía del silencio.  

-¿Por qué ese título: ‘Traducción del silencio’?

Porque durante estos dos años de escritura no he hecho otra cosa que interpretar el paisaje, traducir la ausencia, aprender otros espacios de vida y romper el  cerco entre mi mundo y el nuevo mundo que estaba descubriendo. “Con silencio / Se traduce el silencio.” 


-¿Qué le dio el Moncayo a Marcelo Reyes y qué le dio Marcelo al Moncayo?

Pues Marcelo dio mucha vida y mucha alegría a Litago y  al Moncayo. Durante un tiempo, cuando nuestros hijos eran pequeños, fue Rey Mago, fundó un Club Ciclista para niños y adultos, desde la Asociación Cultural del pueblo colaboró con la revista y el concurso fotográfico, jugó al fútbol con el equipo del pueblo… Hasta se presentó para alcalde. Aunque argentino, se consideraba litaguero y solía decir “Los de Litago nacemos donde queremos”. Además de gestionar conmigo Olifante, la Casa del Poeta, el Premio de Poesía de Miedo y los Festivales. Siempre trabajaba en silencio, en segundo plano, pero él  era fundamental para todo. Sin su experiencia e ideas las cosas no hubieran sido igual. Él recibió muchísimo de sus gentes, del paisaje. Era en su Moncayo donde verdaderamente se sentía feliz. También el Moncayo le animó a volar. El vuelo fue su pasión. Si está en sus manos, estoy segura que seguirá volando. 

-¿Te habías imaginado que lo ibas a echar tanto de menos y que tanta gente lo quería tanto?

Sí. Yo sabía que esto ocurriría. Se intuye. Sé que el pueblo le extraña y le quiere. La familia, los amigos, sus compañeros de trabajo…aún no entienden su ausencia. Y de mí  pensé que tanto dolor no podría sobrellevarlo desde aquí. Aunque nunca se me ocurrió marcharme del Moncayo. Éste es mi espacio y también el de Marcelo. 

-¿Qué pasará a partir de ahora con Trinidad Ruiz-Marcellán como poeta? ¿Seguirás escribiendo?

Estoy escribiendo. Y el resto ya se verá. Lo importante es vivir.  

-¿Es la poesía el antídoto ideal contra el dolor o la muerte?

La poesía, el paisaje, el silencio, la música, el amor, la amistad… Es la vida misma. Sin embargo, yo le daría vuelta a su pregunta porque el dolor es también necesario y la muerte es una ilusión. La vida y la muerte es lo mismo. La concepción del mundo está cambiando. 

-¿Se ha vuelto a poner de moda la poesía entre los jóvenes?

Cada vez se lee más poesía entre adolescentes, jóvenes y también más maduros. Cada dos bares, en Zaragoza, encuentras un grupo de jóvenes haciendo lecturas poéticas. Es un buen dato. Por lo pronto hay más sensibilidad y más conciencia literaria y crítica. Yo he tenido la suerte de conocer a una joven poeta en esas lecturas que, más adelante, tendré la suerte de publicarle. 

¿Cuál es el nivel real de la poesía aragonesa de hoy?

Nos sorprende y nos sorprenderá la poesía clara, rotunda y -como dice Guinda- “que estrangule el corazón”. En nuestra tierra hay muy buenos poetas y jóvenes prometedores.

 

MUSEO PABLO GARGALLO, HOY, DIÁLOGO CON JOAQUÍN BERGES

MUSEO PABLO GARGALLO, HOY, DIÁLOGO CON JOAQUÍN BERGES

A LAS 19.00, MUSEO PABLO GARGALLO, CITA CON JOAQUÌN BERGES
[Esta tarde, en el Museo Pablo Gargallo, en un ciclo de conversaciones con cinco autores aragoneses, hoy dialogaré con Joaquín Berges (zaragoza, 1965), que aún tiene reciente su última novela: 'Una sola palabra', una novela sobre la memoria, la familia, la escritura, los recuerdos. Joaquín debutó hace ocho años con 'El club de los estrellados' (Tusquets, 2009). La foto es de Laura Uranga, fotógrafa de Heraldo.]


El autor ha dicho: "No concibo la literatura sin humor ni la vida sin humor. Hay realmente muy pocas cosas de las que no se puede hacer humor. Lo más serio que hay en la vida es la salud y fuera de ahí se me ocurren pocas cosas. Todo lo demás se puede mirar con humor, es una especie de distanciamiento de la realidad, una forma de mirarla de otra manera, más amable, de no creernos tan importantes y de pasar por la vida con una mirada más dulce, más cervantina… Y desde luego no solo no concibo la literatura sin el humor sino que mi propia existencia sin el humor no seria posible".

TONI ITURBE DIALOGA CON JORDI NADAL EN LOS DIEZ AÑOS PLATAFORMA

AL HABLA CON EL EDITOR
 Jordi Nadal, el hijo del mecánico
que construye plataformas

Entrevistado por Antonio Iturbe. [Entrevista que me envía Bibiana Ripol.
Jordi Nadal ofrece entrevistas con motivo del 10º aniversario 
de Plataforma Editorial

Jordi Nadal es un radical: para el trabajo, para los afectos, para los cabreos, para la obsesión por las cosas que le importan… En su despacho de Plataforma, amplio pero austero, bajo la protección de una imagen de su hija con un muñeco gigante y otra de un cartel con la portada de Tintín en el Tíbet, él lo explica a su manera: «Dicen que las prisiones están llenas de gente como yo, es decir, soy un 8 del eneagrama, como Toni Soprano, pero Bach y la lectura me han transformado y sofisticado». Creció entre llaves inglesas en el taller de casa, pero él quiso siempre atornillar libros. Estudió letras, le apasionaba
Rilke y recitaba de memoria poemas de Hölderlin. Aunque se maneja muy bien con los números y su cabeza es una calculadora. Obsesivo como es, conoce no solo sus números, sino los de toda la industria del libro, poniendo en práctica la idea de que saber es poder. Su habilidad como gestor lo llevó a distintos cargos organizativos en grandes grupos editoriales, pero lo que él siempre quiso fue ser editor de base, ejercer esa profesión que consiste en ser jardinero del talento creativo. Jordi Nadal vive en un frenesí constante para sacar adelante su editorial, pagar las nóminas y defender su lugar en el mundo con uñas y dientes. Estos diez años han sido de remar a contracorriente y de pelear cada libro, perosu maestro Hölderlin escribía que «allí donde nace lo que nos condena, también nace lo que nos salva». Nadal sigue remando, pero sonríe con esa sonrisa taimada. Ha remontado su río.

¿Por qué la editorial se llama Plataforma? Plataforma me sugiere un lugar elevado, con 360 de visión y con posibilidades de hacer cosas. Siempre digo que «hacer me hace» (fer em fa), y es esencial, para mí, estar en un lugar desde el que las ideas y los proyectos, con el mejor perfil humano posible, se conviertan en realidades. 
En el libro que acabas de publicar, LibroterapiaTM, hay una reivindicación de la lentitud («La prisa no sirve para los libros»)…, pero ¡eres una persona de una aceleración bestial…! ¿Cómo se conjuga eso?
¡Dime qué editas y te diré de qué careces! Yo busco la serenidad,
porque mi manera de ser es hiperactiva, y los libros (como, en otro orden de cosas, escuchar Bach) me serenan. Y que sea rápido no quiere decir que no conozca, disfrute, valore y, llegado el caso, añore y anhele la lentitud.

Explicas que en el arranque de Plataforma hay miedo al fracaso. Miedo es una palabra que pensaba que no formaba parte de tu diccionario: ¿cómo es turelación con el miedo? Desde que leí Astérix y los normandos, de niño, supe que hay que controlar el miedo. También Tintín es valiente, ¡y mira que le pasan cosas! Tengo miedo porque soy humano y, por tanto, vulnerable. Además, el mundo puede ser muy duro. Convivir con el miedo e intentar superarlo es una manera de forjar carácter y, en definitiva, de avanzar. Y vivir es avanzar.

Y fracaso… ¿qué es fracasar? No llegar a ser quien merecías haber sido (en el sentido de no llegar a aquello a lo que estabas llamado a ser, lo de Píndaro, etcétera).
 
Y al revés: ¿qué es el éxito? Estar donde quieres, con las personas que quieres, asumiendo el coste, sabiendo que es más duro tener principios que intereses, y superar la ambición, conseguir que nunca la codicia ni el odio manden, conseguir embridarlos a ambos y convertirlos en ambición legítima y en energía creativa. Tener salud y gente que te quiera, y añado algo que parece un lujo pero que también es esencial: tiempo, espacio y silencio.

En 10 años la editorial ha multiplicado su número de libros publicados, sus ventas, su número de empleados…, ¿cuándo considerarás que has llegado donde querías llegar? He llegado donde quería, tampoco me imaginé nada. Estamos donde debemos estar, no quiero crecer. Quiero ser artesano e innovador, y con mayor tamaño, en mi sector, es muy muy difícil, no estamos en ello ni por ello. He embridado, desde hace mucho tiempo, la codicia, que destruye a tanta tanta tanta gente.
 
Hablas con orgullo de tu origen humilde como hijo de mecánico, ¿qué aprendiste en esa infancia trabajadora que no se enseña en los másteres universitarios? El trabajo bien hecho, la voluntad de servir, el valor de la honradez, el mandar en mi vida. El haber descubierto, con los años, que la vida es simple y que la gente solo quiere que la quieran.
 
De estos 10 años… ¿cuál ha sido el mejor momento? El día que nació mi hija Clara. Mucho después, pensar que crearíamos una editorial, Patio, para que tuviese libros elegidos por su madre, María Alasia. Una buenísima editora.
 
¿Y el peor? La soledad del empresario que empieza al inicio de una crisis enorme en un entorno de diez años de crisis y sus consecuencias. La enorme dificultad de trabajar siendo honrado. Lo duro que es encontrar personas honestas. Las decepciones de gente que no tiene ni nivel ni calidad.
 
¿En qué se diferencia este Jordi Nadal de 2017 de aquel de 2007 que montóPlataforma? Me he hecho mayor, soy mejor empresario, tengo menos energía. Soy más duro, pero me emociono más. Intento vivir para servir y busco a personas buenas.
 
Visto lo visto, si volvieras a empezar, ¿volverías a ser editor? Sí, porque no soy ni médico ni maestro, las dos profesiones, con sus variantes, en sentido amplio, que más aportan a una sociedad. Ser editor, en mi concepción, es buscar belleza, verdad y bondad… ¡y compartirla!
 
Barcelona, octubre de 2017, Antonio Iturbe

 

PILAR GÓMEZ BEDATE, PARA SIEMPRE EN CALACEITE CON ÁNGEL

PILAR GÓMEZ BEDATE, PARA SIEMPRE EN CALACEITE CON ÁNGEL

M É M O R A

Por Amador Palacios

 

El sábado 14 de octubre de 2017, a dos meses justos desde su fallecimiento en un hospital de Zaragoza, tuvo lugar en el cementerio de Calaceite, situado en la “Franja” aragonesa (donde se habla no castellano sino catalán), el entierro de los restos mortales (cenizas) de Pilar Gómez Bedate, en la fosa ya ocupada, hace 22 años, por su marido el poeta Ángel Crespo.

En la víspera del “evento”, ya estábamos reunidos en Calaceite parte de ese grupo perteneciente al mundo literario, al espectro del arte, a los ambientes de la docencia y la intelectualidad, que, como amigos de Pilar, la iríamos a acompañar al día siguiente en el momento de establecerse a perpetuidad en su último enclave.

Era curioso sentir estar, atardeciendo calmadamente en Calaceite, a esa peña fraterna sentados a la mesa espaciosa en el salón de esa bonita casa de la calle d’Enrufa, aposentados como tantas veces, bebiendo y brindando ahora enfáticamente por ella, aún en su presencia, pues la urna con sus cenizas descansaba, en el piso de arriba, sobre una de las mesitas de su gabinete.

A la mañana siguiente, mientras las campanadas aseguraban el mediodía, todos los asistentes (ese grupo de amigos, la familia, más bastante gente del pueblo, veraniegos convecinos de Pilar) nos apiñábamos frente a la hermosa fachada barroca de la iglesia de Calaceite. En la misa, requerida en su testamento, oíamos cómo un sacerdote polaco desgranaba las fórmulas del funeral y ofrendaba el último adiós a “Pilar Gomes”.

El entierro estuvo presidido por Nacho, el sobrino de Ángel Crespo, quien sacó la urna metálica verde de una bolsa con el nombre impreso de la empresa funeraria “Mémora”, introduciéndola en un hoyo de tierra efectuado a los pies de la tumba. Unos cuantos echamos unas paladas sobre el funéreo recipiente hasta cubrirlo y rellenar el hueco. Al cabo, se dijeron unas palabras, sencillas y sinceras, sin la retórica y la pose que hubieran sido pronunciadas en un acto cultural organizado ex profeso.

Con la muerte de Pilar, esta unión vital del gran poeta manchego y su abnegada compañera, asimismo una creadora sumamente valiosa, se acababa de cerrar “confortablemente”. Algunas despedidas en la tapia del cementerio. En corrillos se regresó al centro del pueblo y algunos ocupamos dos o tres mesas en la Fonda Alcalá, ya histórico lugar adonde acudía con frecuencia Joan Perucho cuando era juez en Gandesa y de la que también escribió más de una vez Néstor Luján.

Al salir del restaurante, el hermano de Pilar expresó el deseo de que nos encontrásemos en una ocasión menos triste. Yo me dije para mis adentros que la ocasión presente no era triste sino alegre, desprovista de una pérdida en caliente y recordando festivamente a la protagonista de estas exequias en grata reunión. La verdad es que la muerte cosecha un sosiego absoluto; al menos en este caso, en el que los acontecimientos se han sucedido con asombrosa serenidad; serenidad asociada a la ecuánime personalidad de Pilar Gómez Bedate.

 

 

*Texto de Amador Palacios, remitido por Nacho García Crespo.

LA ZARAGOZA MUSICAL Y LITERARIA

Un viaje literario y musical por Zaragoza,

desde Marcial y Catulo hasta nuestros días

 

 

Antón Castro / Zaragoza

“Les propongo un trato. Conozcamos diversos momentos de la historia de Zaragoza a través de sus palabras”. Así podría empezar el trayecto literario ‘Zaragoza a través de literatura’ el actor Mariano Lasheras, de la compañía Zootropo, y antes de Pingaliraina y Los Navegantes, mientras los sonidos de flauta de Miguel Ángel Fraile, integrante de El manto de Noca y O’Carolan, crean una atmósfera envolvente de ensueño y de evocación. Estas visitas, organizadas por el PICH (Plan Integral del Casco Histórico) y por las Bibliotecas Públicas de Zaragoza, suelen durar dos horas y son itinerantes. Suponen un paseo, a la manera de los libros del suizo Robert Walser: los acompañantes de Lasheras y Fraile visitan tres espacios. Suelen ser el Museo del Fuego, el convento de Santa Ana, “muy desconocido, en la calle Madre Rafols”, y la Biblioteca del Agua, pero otras veces se añaden la Bóveda del Albergue, la Escuela de Música, con su peculiar patio renacentista del siglo XV y su incomparable techo de alfarje policromado, y el Museo Pablo Serrano. “Allí elegimos la cabeza de Antonio Machado, tan espectacular”, dice Lasheras. El paseo consta siempre de tres espacios y tres partes.

“La visita es una apuesta por la imaginación, el divertimento y el conocimiento. En el Museo del Fuego, donde suele hacerse la primera parte, el narrador como si fuera un druida repasa los primeros textos sobre la ciudad. Hay textos romanos de Catulo o de Marcial; nos permitimos la licencia de suponer que el autor bilbilitano, al volver de Roma, paró en Zaragoza y leemos uno de sus epigramas”. Y se presentan autores árabes y judíos como Avempace, Hadna Bin Handun, que nació en Molina de Aragón pero estuvo mucho tiempo entre nosotros, Ibn Paquda e Ibn Gabirol, entre otros. “Mezclamos poesía y prosa: un poema, un aforismo, un recuerdo, un informe histórico con gracia o un cuento sefardí como ‘El perro, el caballo y el músico’. Siempre intentamos dar un detalle del edificio, rescatar una anécdota o hallar alguna curiosidad: podemos contar la historia del derribo de la Torre Nueva o narrar un crimen en el restaurante Los Espumosos hace mucho tiempo, que cuenta Sender”, explica Mariano Lasheras, que lleva un libro con los textos. Fraile, un músico muy versátil, emplea distintas gaitas y hace sonar músicas muy diferentes. A veces emplea partituras y otras veces toca de memoria. De sus instrumentos brota música festiva o melancólica, aromas medievales, Boccherini o aires de jota o de Falla.

La segunda visita suele ser en la Bóveda del Albergue, en la calle Predicadores, y propone un viaje desde el siglo XV, cuando Zaragoza se parecía a Florencia y la llamaban “Zaragoza la harta” y llega hasta el siglo XIX: hasta Braulio Foz y Benito Pérez Galdós. En este tramo de cuatro siglos caben viajeros que pasaron por la ciudad como Enrique Cook o Giacomo Casanova, que contó el desconcierto que le produjo Pignatelli, pero también se habla de ‘Guzmán de Alfarache’ de Mateo Alemán, de ‘El Criticón’ de Gracián, y se leen poemas de Lope de Vega.

“Como nos gusta dar apuntes sobre la ciudad, aquí recordamos la importancia que tuvo la imprenta en Zaragoza, con figuras como Mateo Flandro, Jorge Coci o Pablo Horus, entre otros, y recordamos el incendio del Corral de Comedias, donde murieron 77 personas. De ahí, luego, nacería en 1799 el Teatro Principal”. En este segundo trayecto también hay espacio para hablar de ‘El trovador’ de García Gutiérrez, que sucede en parte en la Aljafería, o de los recuerdos de Santiago Ramón y Cajal. “Y por supuesto también recordamos a Cervantes: en Zaragoza ganó unas cucharillas de plata en unas justas poéticas. Imaginamos que pudo haber estado en la ciudad y leemos algún fragmento de don Quijote”.

Por lo regular, el itinerario suele concluir en la Biblioteca del Agua. Esta tercera parte está dedicada al siglo XX y XXI. “Ofrecemos algunos apuntes de los grandes arquitectos de la ciudad: Ricardo Magdalena, Félix Navarro, Fernando García Mercadal, Francisco Albiñana, Julio Bravo. Y presentamos a los autores de vanguardia y ahora ya clásicos: Jarnés habla del sexo de la ciudad y Ramón J. Sender nos lleva de viaje por la Quinta Julieta”. Entre esas pinceladas históricas habituales, abordan ‘la Zaragoza de los alemanes’, que contó Sergio del Molino, y rescatan al escritor Luis Buñuel, que editó Agustín Sánchez Vidal. “No podía faltar la tertulia de la Peña Niké, donde oficiaba Miguel Labordeta, del que leemos el poema ‘Mataos’, que su hermano José Antonio recitó en el Congreso de los Diputados, pero también recordamos la ‘Zaragoza amarilla’ de Julio Antonio Gómez, a través del poema ‘Geografía’ y a ese personaje surrealista e inclasificable que fue Luis García-Abrines, del que decían que recibía tendido en un ataúd”.

El libro de la Zaragoza literaria se cierra con uno de los autores que más amó la ciudad: Félix Romeo Pescador (Zaragoza, 1968-Madrid, 2011) y su texto confesional: ‘¿Por qué escribo?’. “Esta odisea verbal y musical dura alrededor de dos horas. Pueden participar un máximo de 40 personas. A la gente le gusta mucho. No sabía que la ciudad había generado e inspirado tanta literatura y además le encanta ver los espacios, descubrir rincones, edificios y personajes”. Al final de este viaje algunos se suman a la fiesta y leen nuevos textos. Y así, con nuevas voces, Zaragoza se multiplica en la literatura y en la senda de los siglos. Para apuntarse pueden dirigirse a biliotecas-sociocultural@zaragoza.es.

 

ORDOVÁS HABLA DE 'PARAÍSO ALTO'

Julio José Ordovás «Ahora todo el mundo quiere ser eternamente adolescente»

 

[Julio José Ordovás publica ’Paraíso Alto’ (Anagrama), una novela donde una serie de personajes acuden a un pueblo fantasmal, habitado por un hombre fantasmal, que los ayuda a suicidarse. El libro se presentará en los próximos días en Los Portadores de Sueños.]

 

«Yo también vine a Paraíso Alto a suicidarme» es la primera frase del libro. ¿Es también el origen de libro?

El comienzo de la novela, la segunda en Anagrama, fue una iluminación. Me cayó del cielo, o del piso de arriba, una madrugada que estaba fumando en la galería.

¿Cómo surgió la idea de hablar del suicidio sin que se vea nunca ninguno?

Escribir es sugerir. Además, yo no quería escribir una novela tremendista o morbosa. Esta es una novela oscura en la que se oye de principio a fin una risa. Porque la literatura, como decía Nabokov, no es otra cosa que una risa en la oscuridad.

¿Qué le debe ese pueblo espectral al de su novela anterior, ‘El Anticuerpo’, traducida al inglés, y a la Comala de Juan Rulfo?

Quería que el escenario de esta novela fuera lo más parecido posible al escenario de mis sueños. Todos mis sueños profundos transcurren en un pueblo como Paraíso Alto, en el que los muertos no saben que están muertos y los vivos se han olvidado de que están vivos.

¿Qué es el protagonista: un ángel desterrado, un derrotado por la vida o ese espantapájaros que escucha y ayuda a la gente a bien morir?

Es un pobre diablo que ha desertado de la vida y del mundo y que encuentra la razón de vivir en ayudar a morir y su lugar en el mundo fuera del mundo.

¿Ha querido que el libro sea una continua danza macabra o un descenso a los infiernos?

Más que una danza macabra al uso, esta novela es un baile en cadeneta, tipo ‘El chachachá del tren’, un baile de verbena que acaba con todos los bailarines lanzándose al precipicio.

¿Está bromeando? ¿Qué le debe el relato al diario, más bien misterioso, del alcalde Félix Lázaro?

Me llegó muy adentro el diario del alcalde de Trébago, José Lázaro Carrascosa, que publicaron hace dos años sus hijas, la pintora Iris Lázaro y su hermana Berta, excelente traductora. La mirada de Pepe Lázaro sobre su pequeño pueblo soriano y sus vecinos fue para mí una lección de perspectiva literaria y lo incorporé a la novela ‘Paraíso Alto’ como elemento narrativo y también como homenaje.

El libro tiene dos partes bien diferenciadas. La primera es como la presentación de un personaje, tan ambiguo como espectral, de un pueblo y de una atmósfera. ¿Cómo se ha planteado esta primera parte, cómo es el Paraíso Alto de la ficción?

Paraíso Alto, más que un lugar concreto, es un estado de ánimo. Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos pisado las calles desoladas de Paraíso Alto.

La segunda parte es ‘Visitas y apariciones’. ¿Cuál es el espíritu de los seres que retrata?

Los personajes que llegan a Paraíso Alto no son, en principio, seres atormentados. Simplemente, están cansados de vivir, o desesperados, y en aquella soledad hallan a un tipo con quien charlar antes de callar para siempre.

¿Hay algún anclaje con lo que haya vivido usted, con personajes que existan?

Este es mi libro más profundamente autobiográfico. En ‘El Anticuerpo’ hurgué dentro de mí, pero ahora he hurgado mucho más adentro. Nunca me he expuesto tanto. Algunos relatos los escribí riéndome a carcajadas y otros llorando a lágrima viva.

El libro parece realista a veces, incluso sórdido, pero siempre hay un despegue poético, un vuelo hacia la poesía y lo mágico. ¿Ha sido deliberado?

Yo no aspiro a ser un notario de la, así llamada, realidad. El deber de todo creador es crear su propia realidad. Si no, no es un creador. Es un copista.

También me ha parecido que hay un ambiente surrealista...

En esta novela he abandonado el sentido común y vaciado parte del vertedero que tengo en la cabeza. A los personajes no he sido yo quien ha ido a buscarlos, han sido ellos los que han venido, por su propio pie, hasta mí. Todos los que van a Paraíso Alto huyen de sí mismos. Pero nadie, ni siquiera los ángeles, pueden escapar de sus sombras.

Dice el ángel o espantapájaros: «Soy un amigo de la muerte».

Vivimos en una época que le da la espalda a la muerte y a la enfermedad, ahora todo el mundo quiere ser eternamente adolescente, pero los españoles siempre hemos sido amigos o incluso novios de la muerte.

¿Cuál es la importancia del humor en su libro y en su mirada?

Los judíos de Praga llaman humor de la horca al humor negro. Es ese humor que surge cuando uno está al borde del abismo y empieza a resbalar... Me reconozco en ese humor desesperado.

Hay en usted una conciencia poderosa de estilo. ¿En qué consiste para usted escribir?

Desecho el 90 o el 95%, sin exagerar, de lo que escribo. Tengo que reconocerme en cada línea. Estilo, para mí, no es otra que carácter, personalidad. Yo lo que intento es ser yo mismo cuando me pongo a escribir, algo mucho más difícil de lo que parece.

El libro habría podido ser mucho más torrencial y exuberante. ¿Cómo ha hecho ese ejercicio de contención?

La mejor amiga de un escritor es su papelera. Yo suelo escribir primero mentalmente, luego también corrijo mucho y además borro sin contemplaciones. Pero, una vez que acabo el libro, evito pulirlo en exceso. Prefiero que tenga algunas imperfecciones. Incluso algunas manchas.

¿Ha tenido algún libro específico en la cabeza?

Un libro que tengo siempre en la cabeza es ‘Winesburg, Ohio’, de Sherwood Anderson. ‘Paraíso Alto’ tiene muchísimas deudas, que no voy a enumerar. Solo citaré una: el padre Sigüenza, el autor de la ‘Historia de la Orden de los Jerónimos’. Su castellano es de una pureza, una elegancia y un ritmo insuperables.

ANTONIO GAMONEDA, UN DIÁLOGO

Antonio Gamoneda: «Los poetas más alegres
también avanzan hacia la muerte»
El gran poeta castellano, orfebre de la llamada ‘poesía del silencio’ y Premio Cervantes 2006, acaba de visitar Zaragoza, donde reflexionó sobre su forma de ver el mundo


Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931), Premio Cervantes de 2006, ha estado en Zaragoza. Tiene 86 años y aún está fresca la antología ‘Niñez’ (Calambur), preparada y prologada por su hija Amelia Gamoneda Lanza. Con esa voz entre estentórea y teatral, el autor de ‘Edad’ y ‘Libro del frío’ explica que lía los cigarrillos como cuando era adolescente y que ese acto tiene algo de gozosa recuperación de la juventud.

¿Qué sensaciones ha tenido al reencontrarse con esos poemas?

No son exclusivamente poemas de evocación de mi infancia, sino que puede que los haya de otro estilo: poemas en los que yo, por alguna sentida razón, hago una restablecimiento -aunque sea a efectos de pensamiento- de lo que es infancia. La infancia es un lugar en el tiempo, en la memoria y en el sueño del paraíso. Y ‘Niñez’ me representa muy bien en esa zona de evocación y de pensamiento. Mi hija Amelia, la editora, es muy espabilada.

Además han traducido juntos ‘Herodías’ y ‘La siesta de un fauno’ de Stéphane Mallarmé.

Hubo grandes peleas, es filóloga de profesión y entonces tenían que pelear, estaba decretado, el poeta y la filóloga. Mallarmé es complicadísimo, y las peleas fueron serias. Eso sí, los dos hemos sobrevivido.

Recuérdenos a su padre poeta, que es una figura mítica.

Y tan mítica, yo propiamente no lo conocí porque yo tenía menos de un año cuando murió. Yo aprendí a leer en un libro de mi padre, en su único libro, ‘Otra más alta vida’, de carácter un tanto modernista. Mi padre, por cierto, es el protagonista decisivo en mi libro de memorias, ‘Un armario de sombra’.

En ‘Niñez’ parece que se impone la memoria de su madre.

Imagínese: fue una relación que podría haber sido de una intensidad dañina. O un cataclismo. Ella, viuda y madre de un hijo único en plena Guerra Civil. Creo que no ocurrió esto, pero sí, ciertamente, el espacio de mi niñez estaba plenamente ocupado por mi madre. Era una mujer especial.

Acaba de decir que su libro tiene evocación y pensamiento. ¿Eso es deliberado o le sale así?

No. Yo tengo cierta prevención a todo aquello que, cuando se trata de escribir poesía, no sea estrictamente pensamiento poético, que no tiene mucho que ver con el pensamiento discursivo o reflexivo. Temo, y no poco, la aparición del pensamiento reflexivo, más o menos seudofilosófico, por mi parte y en mi estructura poética.

¿Qué es pensamiento poético?

Se lo voy a decir con una paradoja. El pensamiento poético es un pensamiento impensado. ¿Qué ocurre? Ya el viejísimo y actual Aristóteles decía que la rítmica es el elemento generador de la palabra poética. No es que en la palabra poética pongamos una rítmica para que suene bien, sino que el poeta auténtico tiene unos impulsos de ritmo que desencadenan palabras. Usted me dirá: «La semántica de esas palabras tienen que ser pensamiento». Sí, es un pensamiento subyacente, y la palabra poética lo saca, lo levanta, y podemos decir que es un pensamiento impensado, suscitado por impulso rítmico y es un hecho real: yo me entero de lo que he dicho y de lo que he pensado cuando lo escribo y lo leo.

Eso me llevaría a preguntarle si en usted hay, entonces, un trasfondo surrealista...

Yo no creo que yo sea surrealista en términos canónicos, pensando en las vanguardias históricas, sino que en cierto modo el surrealismo fue un movimiento muy especialmente ligado a lo que podemos entender por conciencia poética y pensamiento poético. ¿Qué ocurre? El surrealismo ortodoxo es automatismo psicológico puro; puede que haya ese automatismo pero yo no soy surrealista hasta el final porque quizá el censor que hay en mí y en mi propia palabra vigila el que esa palabra tenga una función significativa que puede que no sea ya surrealista, porque el poeta la decanta en un amasijo de significaciones y experiencias. De ahí que también aconseje leer mis libros y mi poesía en su literalidad. Que se lea lo que está escrito. No los símbolos.

Ahora se cumplen 25 años de uno de sus libros más inolvidables y misteriosos: ‘Libro del frío’. ¿Qué es el frío para Antonio Gamoneda?

El frío es una sensación, es un espacio con León al fondo, es un estado mental, es una experiencia de vecindad con la muerte. La significación más compleja pueda estar -permítame especular: estoy averiguándolo mientras le hablo- en que a medida en que temporalmente un ser humano va, y lo sabe, acercándose al final empieza a experimentar un frío que ya no es atmosférico: es existencial. Es un apagamiento progresivo de su vida que yo traduje como frío, y que sentí a los 60 años. Hablo de lo que supone el frío en la naturaleza y en la vida: la desaparición de especies vegetales. Mi propia desaparición.

No tenga prisa. Se percibe en su obra un halo dramático o una pesadumbre que nunca puede superar. ¿Es consciente?

Yo soy el menos indicado para hacer el diseño crítico de mi obra. La escritura está siempre en una especie de vértice dramático porque, por mi convicción y mi experiencia, sé que se escribe en la perspectiva de la muerte. Y eso es así, se quiera o no. Los poetas más alegres que puedan darse en el mundo están viendo cómo avanzan hacia la muerte.

¿Cuál es su punto de vista sobre Cataluña?

Tenemos que alejarnos de la mística de la unidad, que para mí es algo circunstancial. Soy partidario de todos los referéndums. Esto no tenía que ser violento, dramático, conflictivo, nada, ni por parte de unos ni de otros y lo es por parte de los dos. Y el Gobierno de España, de puro rígido, se ha vuelto estúpido.