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Antón Castro

Escritores

MUSEO PABLO GARGALLO, HOY, DIÁLOGO CON JOAQUÍN BERGES

MUSEO PABLO GARGALLO, HOY, DIÁLOGO CON JOAQUÍN BERGES

A LAS 19.00, MUSEO PABLO GARGALLO, CITA CON JOAQUÌN BERGES
[Esta tarde, en el Museo Pablo Gargallo, en un ciclo de conversaciones con cinco autores aragoneses, hoy dialogaré con Joaquín Berges (zaragoza, 1965), que aún tiene reciente su última novela: 'Una sola palabra', una novela sobre la memoria, la familia, la escritura, los recuerdos. Joaquín debutó hace ocho años con 'El club de los estrellados' (Tusquets, 2009). La foto es de Laura Uranga, fotógrafa de Heraldo.]


El autor ha dicho: "No concibo la literatura sin humor ni la vida sin humor. Hay realmente muy pocas cosas de las que no se puede hacer humor. Lo más serio que hay en la vida es la salud y fuera de ahí se me ocurren pocas cosas. Todo lo demás se puede mirar con humor, es una especie de distanciamiento de la realidad, una forma de mirarla de otra manera, más amable, de no creernos tan importantes y de pasar por la vida con una mirada más dulce, más cervantina… Y desde luego no solo no concibo la literatura sin el humor sino que mi propia existencia sin el humor no seria posible".

TONI ITURBE DIALOGA CON JORDI NADAL EN LOS DIEZ AÑOS PLATAFORMA

AL HABLA CON EL EDITOR
 Jordi Nadal, el hijo del mecánico
que construye plataformas

Entrevistado por Antonio Iturbe. [Entrevista que me envía Bibiana Ripol.
Jordi Nadal ofrece entrevistas con motivo del 10º aniversario 
de Plataforma Editorial

Jordi Nadal es un radical: para el trabajo, para los afectos, para los cabreos, para la obsesión por las cosas que le importan… En su despacho de Plataforma, amplio pero austero, bajo la protección de una imagen de su hija con un muñeco gigante y otra de un cartel con la portada de Tintín en el Tíbet, él lo explica a su manera: «Dicen que las prisiones están llenas de gente como yo, es decir, soy un 8 del eneagrama, como Toni Soprano, pero Bach y la lectura me han transformado y sofisticado». Creció entre llaves inglesas en el taller de casa, pero él quiso siempre atornillar libros. Estudió letras, le apasionaba
Rilke y recitaba de memoria poemas de Hölderlin. Aunque se maneja muy bien con los números y su cabeza es una calculadora. Obsesivo como es, conoce no solo sus números, sino los de toda la industria del libro, poniendo en práctica la idea de que saber es poder. Su habilidad como gestor lo llevó a distintos cargos organizativos en grandes grupos editoriales, pero lo que él siempre quiso fue ser editor de base, ejercer esa profesión que consiste en ser jardinero del talento creativo. Jordi Nadal vive en un frenesí constante para sacar adelante su editorial, pagar las nóminas y defender su lugar en el mundo con uñas y dientes. Estos diez años han sido de remar a contracorriente y de pelear cada libro, perosu maestro Hölderlin escribía que «allí donde nace lo que nos condena, también nace lo que nos salva». Nadal sigue remando, pero sonríe con esa sonrisa taimada. Ha remontado su río.

¿Por qué la editorial se llama Plataforma? Plataforma me sugiere un lugar elevado, con 360 de visión y con posibilidades de hacer cosas. Siempre digo que «hacer me hace» (fer em fa), y es esencial, para mí, estar en un lugar desde el que las ideas y los proyectos, con el mejor perfil humano posible, se conviertan en realidades. 
En el libro que acabas de publicar, LibroterapiaTM, hay una reivindicación de la lentitud («La prisa no sirve para los libros»)…, pero ¡eres una persona de una aceleración bestial…! ¿Cómo se conjuga eso?
¡Dime qué editas y te diré de qué careces! Yo busco la serenidad,
porque mi manera de ser es hiperactiva, y los libros (como, en otro orden de cosas, escuchar Bach) me serenan. Y que sea rápido no quiere decir que no conozca, disfrute, valore y, llegado el caso, añore y anhele la lentitud.

Explicas que en el arranque de Plataforma hay miedo al fracaso. Miedo es una palabra que pensaba que no formaba parte de tu diccionario: ¿cómo es turelación con el miedo? Desde que leí Astérix y los normandos, de niño, supe que hay que controlar el miedo. También Tintín es valiente, ¡y mira que le pasan cosas! Tengo miedo porque soy humano y, por tanto, vulnerable. Además, el mundo puede ser muy duro. Convivir con el miedo e intentar superarlo es una manera de forjar carácter y, en definitiva, de avanzar. Y vivir es avanzar.

Y fracaso… ¿qué es fracasar? No llegar a ser quien merecías haber sido (en el sentido de no llegar a aquello a lo que estabas llamado a ser, lo de Píndaro, etcétera).
 
Y al revés: ¿qué es el éxito? Estar donde quieres, con las personas que quieres, asumiendo el coste, sabiendo que es más duro tener principios que intereses, y superar la ambición, conseguir que nunca la codicia ni el odio manden, conseguir embridarlos a ambos y convertirlos en ambición legítima y en energía creativa. Tener salud y gente que te quiera, y añado algo que parece un lujo pero que también es esencial: tiempo, espacio y silencio.

En 10 años la editorial ha multiplicado su número de libros publicados, sus ventas, su número de empleados…, ¿cuándo considerarás que has llegado donde querías llegar? He llegado donde quería, tampoco me imaginé nada. Estamos donde debemos estar, no quiero crecer. Quiero ser artesano e innovador, y con mayor tamaño, en mi sector, es muy muy difícil, no estamos en ello ni por ello. He embridado, desde hace mucho tiempo, la codicia, que destruye a tanta tanta tanta gente.
 
Hablas con orgullo de tu origen humilde como hijo de mecánico, ¿qué aprendiste en esa infancia trabajadora que no se enseña en los másteres universitarios? El trabajo bien hecho, la voluntad de servir, el valor de la honradez, el mandar en mi vida. El haber descubierto, con los años, que la vida es simple y que la gente solo quiere que la quieran.
 
De estos 10 años… ¿cuál ha sido el mejor momento? El día que nació mi hija Clara. Mucho después, pensar que crearíamos una editorial, Patio, para que tuviese libros elegidos por su madre, María Alasia. Una buenísima editora.
 
¿Y el peor? La soledad del empresario que empieza al inicio de una crisis enorme en un entorno de diez años de crisis y sus consecuencias. La enorme dificultad de trabajar siendo honrado. Lo duro que es encontrar personas honestas. Las decepciones de gente que no tiene ni nivel ni calidad.
 
¿En qué se diferencia este Jordi Nadal de 2017 de aquel de 2007 que montóPlataforma? Me he hecho mayor, soy mejor empresario, tengo menos energía. Soy más duro, pero me emociono más. Intento vivir para servir y busco a personas buenas.
 
Visto lo visto, si volvieras a empezar, ¿volverías a ser editor? Sí, porque no soy ni médico ni maestro, las dos profesiones, con sus variantes, en sentido amplio, que más aportan a una sociedad. Ser editor, en mi concepción, es buscar belleza, verdad y bondad… ¡y compartirla!
 
Barcelona, octubre de 2017, Antonio Iturbe

 

PILAR GÓMEZ BEDATE, PARA SIEMPRE EN CALACEITE CON ÁNGEL

PILAR GÓMEZ BEDATE, PARA SIEMPRE EN CALACEITE CON ÁNGEL

M É M O R A

Por Amador Palacios

 

El sábado 14 de octubre de 2017, a dos meses justos desde su fallecimiento en un hospital de Zaragoza, tuvo lugar en el cementerio de Calaceite, situado en la “Franja” aragonesa (donde se habla no castellano sino catalán), el entierro de los restos mortales (cenizas) de Pilar Gómez Bedate, en la fosa ya ocupada, hace 22 años, por su marido el poeta Ángel Crespo.

En la víspera del “evento”, ya estábamos reunidos en Calaceite parte de ese grupo perteneciente al mundo literario, al espectro del arte, a los ambientes de la docencia y la intelectualidad, que, como amigos de Pilar, la iríamos a acompañar al día siguiente en el momento de establecerse a perpetuidad en su último enclave.

Era curioso sentir estar, atardeciendo calmadamente en Calaceite, a esa peña fraterna sentados a la mesa espaciosa en el salón de esa bonita casa de la calle d’Enrufa, aposentados como tantas veces, bebiendo y brindando ahora enfáticamente por ella, aún en su presencia, pues la urna con sus cenizas descansaba, en el piso de arriba, sobre una de las mesitas de su gabinete.

A la mañana siguiente, mientras las campanadas aseguraban el mediodía, todos los asistentes (ese grupo de amigos, la familia, más bastante gente del pueblo, veraniegos convecinos de Pilar) nos apiñábamos frente a la hermosa fachada barroca de la iglesia de Calaceite. En la misa, requerida en su testamento, oíamos cómo un sacerdote polaco desgranaba las fórmulas del funeral y ofrendaba el último adiós a “Pilar Gomes”.

El entierro estuvo presidido por Nacho, el sobrino de Ángel Crespo, quien sacó la urna metálica verde de una bolsa con el nombre impreso de la empresa funeraria “Mémora”, introduciéndola en un hoyo de tierra efectuado a los pies de la tumba. Unos cuantos echamos unas paladas sobre el funéreo recipiente hasta cubrirlo y rellenar el hueco. Al cabo, se dijeron unas palabras, sencillas y sinceras, sin la retórica y la pose que hubieran sido pronunciadas en un acto cultural organizado ex profeso.

Con la muerte de Pilar, esta unión vital del gran poeta manchego y su abnegada compañera, asimismo una creadora sumamente valiosa, se acababa de cerrar “confortablemente”. Algunas despedidas en la tapia del cementerio. En corrillos se regresó al centro del pueblo y algunos ocupamos dos o tres mesas en la Fonda Alcalá, ya histórico lugar adonde acudía con frecuencia Joan Perucho cuando era juez en Gandesa y de la que también escribió más de una vez Néstor Luján.

Al salir del restaurante, el hermano de Pilar expresó el deseo de que nos encontrásemos en una ocasión menos triste. Yo me dije para mis adentros que la ocasión presente no era triste sino alegre, desprovista de una pérdida en caliente y recordando festivamente a la protagonista de estas exequias en grata reunión. La verdad es que la muerte cosecha un sosiego absoluto; al menos en este caso, en el que los acontecimientos se han sucedido con asombrosa serenidad; serenidad asociada a la ecuánime personalidad de Pilar Gómez Bedate.

 

 

*Texto de Amador Palacios, remitido por Nacho García Crespo.

LA ZARAGOZA MUSICAL Y LITERARIA

Un viaje literario y musical por Zaragoza,

desde Marcial y Catulo hasta nuestros días

 

 

Antón Castro / Zaragoza

“Les propongo un trato. Conozcamos diversos momentos de la historia de Zaragoza a través de sus palabras”. Así podría empezar el trayecto literario ‘Zaragoza a través de literatura’ el actor Mariano Lasheras, de la compañía Zootropo, y antes de Pingaliraina y Los Navegantes, mientras los sonidos de flauta de Miguel Ángel Fraile, integrante de El manto de Noca y O’Carolan, crean una atmósfera envolvente de ensueño y de evocación. Estas visitas, organizadas por el PICH (Plan Integral del Casco Histórico) y por las Bibliotecas Públicas de Zaragoza, suelen durar dos horas y son itinerantes. Suponen un paseo, a la manera de los libros del suizo Robert Walser: los acompañantes de Lasheras y Fraile visitan tres espacios. Suelen ser el Museo del Fuego, el convento de Santa Ana, “muy desconocido, en la calle Madre Rafols”, y la Biblioteca del Agua, pero otras veces se añaden la Bóveda del Albergue, la Escuela de Música, con su peculiar patio renacentista del siglo XV y su incomparable techo de alfarje policromado, y el Museo Pablo Serrano. “Allí elegimos la cabeza de Antonio Machado, tan espectacular”, dice Lasheras. El paseo consta siempre de tres espacios y tres partes.

“La visita es una apuesta por la imaginación, el divertimento y el conocimiento. En el Museo del Fuego, donde suele hacerse la primera parte, el narrador como si fuera un druida repasa los primeros textos sobre la ciudad. Hay textos romanos de Catulo o de Marcial; nos permitimos la licencia de suponer que el autor bilbilitano, al volver de Roma, paró en Zaragoza y leemos uno de sus epigramas”. Y se presentan autores árabes y judíos como Avempace, Hadna Bin Handun, que nació en Molina de Aragón pero estuvo mucho tiempo entre nosotros, Ibn Paquda e Ibn Gabirol, entre otros. “Mezclamos poesía y prosa: un poema, un aforismo, un recuerdo, un informe histórico con gracia o un cuento sefardí como ‘El perro, el caballo y el músico’. Siempre intentamos dar un detalle del edificio, rescatar una anécdota o hallar alguna curiosidad: podemos contar la historia del derribo de la Torre Nueva o narrar un crimen en el restaurante Los Espumosos hace mucho tiempo, que cuenta Sender”, explica Mariano Lasheras, que lleva un libro con los textos. Fraile, un músico muy versátil, emplea distintas gaitas y hace sonar músicas muy diferentes. A veces emplea partituras y otras veces toca de memoria. De sus instrumentos brota música festiva o melancólica, aromas medievales, Boccherini o aires de jota o de Falla.

La segunda visita suele ser en la Bóveda del Albergue, en la calle Predicadores, y propone un viaje desde el siglo XV, cuando Zaragoza se parecía a Florencia y la llamaban “Zaragoza la harta” y llega hasta el siglo XIX: hasta Braulio Foz y Benito Pérez Galdós. En este tramo de cuatro siglos caben viajeros que pasaron por la ciudad como Enrique Cook o Giacomo Casanova, que contó el desconcierto que le produjo Pignatelli, pero también se habla de ‘Guzmán de Alfarache’ de Mateo Alemán, de ‘El Criticón’ de Gracián, y se leen poemas de Lope de Vega.

“Como nos gusta dar apuntes sobre la ciudad, aquí recordamos la importancia que tuvo la imprenta en Zaragoza, con figuras como Mateo Flandro, Jorge Coci o Pablo Horus, entre otros, y recordamos el incendio del Corral de Comedias, donde murieron 77 personas. De ahí, luego, nacería en 1799 el Teatro Principal”. En este segundo trayecto también hay espacio para hablar de ‘El trovador’ de García Gutiérrez, que sucede en parte en la Aljafería, o de los recuerdos de Santiago Ramón y Cajal. “Y por supuesto también recordamos a Cervantes: en Zaragoza ganó unas cucharillas de plata en unas justas poéticas. Imaginamos que pudo haber estado en la ciudad y leemos algún fragmento de don Quijote”.

Por lo regular, el itinerario suele concluir en la Biblioteca del Agua. Esta tercera parte está dedicada al siglo XX y XXI. “Ofrecemos algunos apuntes de los grandes arquitectos de la ciudad: Ricardo Magdalena, Félix Navarro, Fernando García Mercadal, Francisco Albiñana, Julio Bravo. Y presentamos a los autores de vanguardia y ahora ya clásicos: Jarnés habla del sexo de la ciudad y Ramón J. Sender nos lleva de viaje por la Quinta Julieta”. Entre esas pinceladas históricas habituales, abordan ‘la Zaragoza de los alemanes’, que contó Sergio del Molino, y rescatan al escritor Luis Buñuel, que editó Agustín Sánchez Vidal. “No podía faltar la tertulia de la Peña Niké, donde oficiaba Miguel Labordeta, del que leemos el poema ‘Mataos’, que su hermano José Antonio recitó en el Congreso de los Diputados, pero también recordamos la ‘Zaragoza amarilla’ de Julio Antonio Gómez, a través del poema ‘Geografía’ y a ese personaje surrealista e inclasificable que fue Luis García-Abrines, del que decían que recibía tendido en un ataúd”.

El libro de la Zaragoza literaria se cierra con uno de los autores que más amó la ciudad: Félix Romeo Pescador (Zaragoza, 1968-Madrid, 2011) y su texto confesional: ‘¿Por qué escribo?’. “Esta odisea verbal y musical dura alrededor de dos horas. Pueden participar un máximo de 40 personas. A la gente le gusta mucho. No sabía que la ciudad había generado e inspirado tanta literatura y además le encanta ver los espacios, descubrir rincones, edificios y personajes”. Al final de este viaje algunos se suman a la fiesta y leen nuevos textos. Y así, con nuevas voces, Zaragoza se multiplica en la literatura y en la senda de los siglos. Para apuntarse pueden dirigirse a biliotecas-sociocultural@zaragoza.es.

 

ORDOVÁS HABLA DE 'PARAÍSO ALTO'

Julio José Ordovás «Ahora todo el mundo quiere ser eternamente adolescente»

 

[Julio José Ordovás publica ’Paraíso Alto’ (Anagrama), una novela donde una serie de personajes acuden a un pueblo fantasmal, habitado por un hombre fantasmal, que los ayuda a suicidarse. El libro se presentará en los próximos días en Los Portadores de Sueños.]

 

«Yo también vine a Paraíso Alto a suicidarme» es la primera frase del libro. ¿Es también el origen de libro?

El comienzo de la novela, la segunda en Anagrama, fue una iluminación. Me cayó del cielo, o del piso de arriba, una madrugada que estaba fumando en la galería.

¿Cómo surgió la idea de hablar del suicidio sin que se vea nunca ninguno?

Escribir es sugerir. Además, yo no quería escribir una novela tremendista o morbosa. Esta es una novela oscura en la que se oye de principio a fin una risa. Porque la literatura, como decía Nabokov, no es otra cosa que una risa en la oscuridad.

¿Qué le debe ese pueblo espectral al de su novela anterior, ‘El Anticuerpo’, traducida al inglés, y a la Comala de Juan Rulfo?

Quería que el escenario de esta novela fuera lo más parecido posible al escenario de mis sueños. Todos mis sueños profundos transcurren en un pueblo como Paraíso Alto, en el que los muertos no saben que están muertos y los vivos se han olvidado de que están vivos.

¿Qué es el protagonista: un ángel desterrado, un derrotado por la vida o ese espantapájaros que escucha y ayuda a la gente a bien morir?

Es un pobre diablo que ha desertado de la vida y del mundo y que encuentra la razón de vivir en ayudar a morir y su lugar en el mundo fuera del mundo.

¿Ha querido que el libro sea una continua danza macabra o un descenso a los infiernos?

Más que una danza macabra al uso, esta novela es un baile en cadeneta, tipo ‘El chachachá del tren’, un baile de verbena que acaba con todos los bailarines lanzándose al precipicio.

¿Está bromeando? ¿Qué le debe el relato al diario, más bien misterioso, del alcalde Félix Lázaro?

Me llegó muy adentro el diario del alcalde de Trébago, José Lázaro Carrascosa, que publicaron hace dos años sus hijas, la pintora Iris Lázaro y su hermana Berta, excelente traductora. La mirada de Pepe Lázaro sobre su pequeño pueblo soriano y sus vecinos fue para mí una lección de perspectiva literaria y lo incorporé a la novela ‘Paraíso Alto’ como elemento narrativo y también como homenaje.

El libro tiene dos partes bien diferenciadas. La primera es como la presentación de un personaje, tan ambiguo como espectral, de un pueblo y de una atmósfera. ¿Cómo se ha planteado esta primera parte, cómo es el Paraíso Alto de la ficción?

Paraíso Alto, más que un lugar concreto, es un estado de ánimo. Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos pisado las calles desoladas de Paraíso Alto.

La segunda parte es ‘Visitas y apariciones’. ¿Cuál es el espíritu de los seres que retrata?

Los personajes que llegan a Paraíso Alto no son, en principio, seres atormentados. Simplemente, están cansados de vivir, o desesperados, y en aquella soledad hallan a un tipo con quien charlar antes de callar para siempre.

¿Hay algún anclaje con lo que haya vivido usted, con personajes que existan?

Este es mi libro más profundamente autobiográfico. En ‘El Anticuerpo’ hurgué dentro de mí, pero ahora he hurgado mucho más adentro. Nunca me he expuesto tanto. Algunos relatos los escribí riéndome a carcajadas y otros llorando a lágrima viva.

El libro parece realista a veces, incluso sórdido, pero siempre hay un despegue poético, un vuelo hacia la poesía y lo mágico. ¿Ha sido deliberado?

Yo no aspiro a ser un notario de la, así llamada, realidad. El deber de todo creador es crear su propia realidad. Si no, no es un creador. Es un copista.

También me ha parecido que hay un ambiente surrealista...

En esta novela he abandonado el sentido común y vaciado parte del vertedero que tengo en la cabeza. A los personajes no he sido yo quien ha ido a buscarlos, han sido ellos los que han venido, por su propio pie, hasta mí. Todos los que van a Paraíso Alto huyen de sí mismos. Pero nadie, ni siquiera los ángeles, pueden escapar de sus sombras.

Dice el ángel o espantapájaros: «Soy un amigo de la muerte».

Vivimos en una época que le da la espalda a la muerte y a la enfermedad, ahora todo el mundo quiere ser eternamente adolescente, pero los españoles siempre hemos sido amigos o incluso novios de la muerte.

¿Cuál es la importancia del humor en su libro y en su mirada?

Los judíos de Praga llaman humor de la horca al humor negro. Es ese humor que surge cuando uno está al borde del abismo y empieza a resbalar... Me reconozco en ese humor desesperado.

Hay en usted una conciencia poderosa de estilo. ¿En qué consiste para usted escribir?

Desecho el 90 o el 95%, sin exagerar, de lo que escribo. Tengo que reconocerme en cada línea. Estilo, para mí, no es otra que carácter, personalidad. Yo lo que intento es ser yo mismo cuando me pongo a escribir, algo mucho más difícil de lo que parece.

El libro habría podido ser mucho más torrencial y exuberante. ¿Cómo ha hecho ese ejercicio de contención?

La mejor amiga de un escritor es su papelera. Yo suelo escribir primero mentalmente, luego también corrijo mucho y además borro sin contemplaciones. Pero, una vez que acabo el libro, evito pulirlo en exceso. Prefiero que tenga algunas imperfecciones. Incluso algunas manchas.

¿Ha tenido algún libro específico en la cabeza?

Un libro que tengo siempre en la cabeza es ‘Winesburg, Ohio’, de Sherwood Anderson. ‘Paraíso Alto’ tiene muchísimas deudas, que no voy a enumerar. Solo citaré una: el padre Sigüenza, el autor de la ‘Historia de la Orden de los Jerónimos’. Su castellano es de una pureza, una elegancia y un ritmo insuperables.

ANTONIO GAMONEDA, UN DIÁLOGO

Antonio Gamoneda: «Los poetas más alegres
también avanzan hacia la muerte»
El gran poeta castellano, orfebre de la llamada ‘poesía del silencio’ y Premio Cervantes 2006, acaba de visitar Zaragoza, donde reflexionó sobre su forma de ver el mundo


Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931), Premio Cervantes de 2006, ha estado en Zaragoza. Tiene 86 años y aún está fresca la antología ‘Niñez’ (Calambur), preparada y prologada por su hija Amelia Gamoneda Lanza. Con esa voz entre estentórea y teatral, el autor de ‘Edad’ y ‘Libro del frío’ explica que lía los cigarrillos como cuando era adolescente y que ese acto tiene algo de gozosa recuperación de la juventud.

¿Qué sensaciones ha tenido al reencontrarse con esos poemas?

No son exclusivamente poemas de evocación de mi infancia, sino que puede que los haya de otro estilo: poemas en los que yo, por alguna sentida razón, hago una restablecimiento -aunque sea a efectos de pensamiento- de lo que es infancia. La infancia es un lugar en el tiempo, en la memoria y en el sueño del paraíso. Y ‘Niñez’ me representa muy bien en esa zona de evocación y de pensamiento. Mi hija Amelia, la editora, es muy espabilada.

Además han traducido juntos ‘Herodías’ y ‘La siesta de un fauno’ de Stéphane Mallarmé.

Hubo grandes peleas, es filóloga de profesión y entonces tenían que pelear, estaba decretado, el poeta y la filóloga. Mallarmé es complicadísimo, y las peleas fueron serias. Eso sí, los dos hemos sobrevivido.

Recuérdenos a su padre poeta, que es una figura mítica.

Y tan mítica, yo propiamente no lo conocí porque yo tenía menos de un año cuando murió. Yo aprendí a leer en un libro de mi padre, en su único libro, ‘Otra más alta vida’, de carácter un tanto modernista. Mi padre, por cierto, es el protagonista decisivo en mi libro de memorias, ‘Un armario de sombra’.

En ‘Niñez’ parece que se impone la memoria de su madre.

Imagínese: fue una relación que podría haber sido de una intensidad dañina. O un cataclismo. Ella, viuda y madre de un hijo único en plena Guerra Civil. Creo que no ocurrió esto, pero sí, ciertamente, el espacio de mi niñez estaba plenamente ocupado por mi madre. Era una mujer especial.

Acaba de decir que su libro tiene evocación y pensamiento. ¿Eso es deliberado o le sale así?

No. Yo tengo cierta prevención a todo aquello que, cuando se trata de escribir poesía, no sea estrictamente pensamiento poético, que no tiene mucho que ver con el pensamiento discursivo o reflexivo. Temo, y no poco, la aparición del pensamiento reflexivo, más o menos seudofilosófico, por mi parte y en mi estructura poética.

¿Qué es pensamiento poético?

Se lo voy a decir con una paradoja. El pensamiento poético es un pensamiento impensado. ¿Qué ocurre? Ya el viejísimo y actual Aristóteles decía que la rítmica es el elemento generador de la palabra poética. No es que en la palabra poética pongamos una rítmica para que suene bien, sino que el poeta auténtico tiene unos impulsos de ritmo que desencadenan palabras. Usted me dirá: «La semántica de esas palabras tienen que ser pensamiento». Sí, es un pensamiento subyacente, y la palabra poética lo saca, lo levanta, y podemos decir que es un pensamiento impensado, suscitado por impulso rítmico y es un hecho real: yo me entero de lo que he dicho y de lo que he pensado cuando lo escribo y lo leo.

Eso me llevaría a preguntarle si en usted hay, entonces, un trasfondo surrealista...

Yo no creo que yo sea surrealista en términos canónicos, pensando en las vanguardias históricas, sino que en cierto modo el surrealismo fue un movimiento muy especialmente ligado a lo que podemos entender por conciencia poética y pensamiento poético. ¿Qué ocurre? El surrealismo ortodoxo es automatismo psicológico puro; puede que haya ese automatismo pero yo no soy surrealista hasta el final porque quizá el censor que hay en mí y en mi propia palabra vigila el que esa palabra tenga una función significativa que puede que no sea ya surrealista, porque el poeta la decanta en un amasijo de significaciones y experiencias. De ahí que también aconseje leer mis libros y mi poesía en su literalidad. Que se lea lo que está escrito. No los símbolos.

Ahora se cumplen 25 años de uno de sus libros más inolvidables y misteriosos: ‘Libro del frío’. ¿Qué es el frío para Antonio Gamoneda?

El frío es una sensación, es un espacio con León al fondo, es un estado mental, es una experiencia de vecindad con la muerte. La significación más compleja pueda estar -permítame especular: estoy averiguándolo mientras le hablo- en que a medida en que temporalmente un ser humano va, y lo sabe, acercándose al final empieza a experimentar un frío que ya no es atmosférico: es existencial. Es un apagamiento progresivo de su vida que yo traduje como frío, y que sentí a los 60 años. Hablo de lo que supone el frío en la naturaleza y en la vida: la desaparición de especies vegetales. Mi propia desaparición.

No tenga prisa. Se percibe en su obra un halo dramático o una pesadumbre que nunca puede superar. ¿Es consciente?

Yo soy el menos indicado para hacer el diseño crítico de mi obra. La escritura está siempre en una especie de vértice dramático porque, por mi convicción y mi experiencia, sé que se escribe en la perspectiva de la muerte. Y eso es así, se quiera o no. Los poetas más alegres que puedan darse en el mundo están viendo cómo avanzan hacia la muerte.

¿Cuál es su punto de vista sobre Cataluña?

Tenemos que alejarnos de la mística de la unidad, que para mí es algo circunstancial. Soy partidario de todos los referéndums. Esto no tenía que ser violento, dramático, conflictivo, nada, ni por parte de unos ni de otros y lo es por parte de los dos. Y el Gobierno de España, de puro rígido, se ha vuelto estúpido.

LOS CUENTOS DE FÉLIX ROMEO (1968-2011)

LOS CUENTOS DE FÉLIX ROMEO (1968-2011)

Los cuentos de Félix Romeo

 

 

Félix Romeo Pescador (Zarargoza, 1968-Madrid, 2011) escribió: “Soy escritor y vivo de las palabras. De ordenarlas y de desordenarlas. De hacer que digan cosas que siento y cosas que creo y cosas que suceden, las quiera o no, y cosas imaginarias y deseos y cosas que veo. (...) Soy escritor y también soy lector (...) Sí, me gustaría tener algo más que palabras. Pero no me gustaría quedarme sin palabras”. Las palabras fueron sus aliadas: en la lectura, en la tertulia, en las confidencias y en su correspondencia, en los emails o en los sms (solía despedirse con la frase “Todos los besos del mundo”) y en la escritura.

Gracias a su madre Carmen Pescador fue un lector incipiente, y no dejó de escribir jamás: artículos, poemas, prólogos, catálogos de arte, novelas, falsos diarios, diccionarios, novelas-reportaje o novela-crónica, como podrían calificarse libros como ‘Amarillo’ (Plot, 2008), el relato de tres jóvenes en Barcelona cargados de sueños, o el póstumo ‘Noche de los enamorados’ (Mondadori, 2012), donde hace la radiografía de un crimen, vinculado a su estancia en la cárcel de Torrero en su condición de objetor de conciencia insumiso. Y escribió cuentos sin parar: cuentos de encargo, sobre todo. El encargo era para él un estímulo: le obligaba a vencer cualquier resistencia o amago de pereza.

Firmó cuentos, de diversa factura y de varia obsesión, desde principios de los 90 hasta su inesperada muerte en Madrid. Y esos cuentos, diecisiete en total –aunque el primero, ‘Buscando el cielo’, en realidad contiene tres textos, más bien complementarios, sobre Gallocanta, Calanda y Los Monegros-, han sido recogidos por la escritora y bibliotecaria Eva Puyó y por el escritor y editor Chusé Raúl Usón en el libro ‘Todos los besos del mundo’. (Xordica).

En varios de los primeros relatos, casi a la manera buñuelesca, se perciben dos obsesiones explícitas: la figura del padre y la pistola. Su padre, Félix Romeo, fue policía y esa profesión marcó el imaginario de su infancia. ‘Gallocanta’ arranca así: “Habíamos ido a ver las grullas y yo solo pensaba en mi padre”. ‘Monegros’ es un texto que parece desgajado de su novela de iniciación: ‘Dibujos animados’ (1994). En el segundo relato, la pistola ya está ahí, como un objeto extraño en la vida de pareja: “Esta es una historia de amor. Aunque hay una pistola. Le pondré una pistola a Carmen en la cabeza y le diré que me diga que me quiere”. En el tercer texto, ‘A mad man with a gun. Thanks!’, dice: “Mi padre solo le ha puesto dos veces una pistola en la cabeza a un tipo”. En otro texto, de viaje, fuga y cárcel, anota: “México es el único lugar al que mi padre no puede ir, fue expulsado con deshonor por atraco a mano armada”. Y esa obsesión por el progenitor y las vidas peligrosas persiste en ‘Amar al padre’, donde cuenta: “Pagamos la fianza. Mi padre salió de la cárcel y un año más tarde, en el juicio, le condenaron a siete años de prisión”. En otro lugar, uno de los padres de ficción le pone una pistola en la cabeza al jugador Saturnino Arrúa.

Félix Romeo tenía otras muchas obsesiones: quizá su tema central fueran las tormentas de amor y desamor de las relaciones de pareja, siempre complejas, tortuosas y fascinantes; en ocasiones, las aborda con mucho sentido del humor, como ocurre en ‘Cinco camas y setecientos vinos’, el relato de una pareja, más bien ardorosa en sus encuentros, que destroza todas las camas que usa. Hay varios cuentos de amor, con viajes al fondo, con gastronomía y lecciones de francés, con la intimidad de cada día. “Grita terremoto, terremoto, y le besa en el cuello”, dice en ‘Temblor’, casi un microcuento de aire doméstico e inquietante. Hay muchas más cosas: la pasión por Zaragoza (“la novia del viento”, como la bautizó d’Ors) y el río Ebro, motivo de una tesis doctoral en uno de los mejores relatos del conjunto, ‘En una isla flotante’; el interés por los animales de compañía de los Bowles y William S. Burroughs. También están su visión cosmopolita, su afición a las ciudades, al arte y a los libros, y su equipaje favorito: la incorporación de su propia autobiografía a la ficción, tan presente en muchos textos y especialmente en ‘Verano del 75’.

‘Todos los besos del mundo’ es un libro paradójico: luminoso y doliente a la vez, vitalista y melancólico, límpido y a la par enmarañado de obsesiones, de ejercicios de estilo, de trampantojos de palabras, de búsquedas. Félix Romeo fue un escritor, un agitador y un ciudadano necesario que vivió “amorosa e irremediablemente herido por las letras”, como ha dicho Javier Tomeo.

 

‘Todos los besos del mundo’. Félix Romeo. Edición de Eva Puyó y Chusé Raúl Usón. Xordica. Zaragoza, 2012. 132 páginas. 

JUAN CASAMAYOR, PREMIADO EN LA FERIA DEL LIBRO DE GUADALAJARA

JUAN CASAMAYOR, PREMIADO EN LA FERIA DEL LIBRO DE GUADALAJARA

La Feria del Libro de Guadalajara

premia al editor Juan Casamayor

 

Es el fundador y director del sello Páginas de Espuma en 1999, especializado en el cuento, con su compañera Encarnación Molina

 

 

 

Juan Casamayor y Encarnación Molina, fundadores y editores de Páginas de Espuma, han sido galardonados con el Premio al Mérito Editorial de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, México. El zaragozano Casamayor explica: “Este premio, aunque recae en mí como editor, lo asumo como algo de toda la familia y de todo el equipo de Páginas de Espuma. La editorial somos dos personas –Encarnación Molina y yo- que proyectan su ideal y su plan de vida, casi, en torno a esta bonita aventura que está siendo Páginas de Espuma. Estamos felices y orgullosos y casi nos sumergimos en un umbral de contradicciones: hay felicidad, alegría, emoción, pero también hay un cosquilleo de nervios ante la responsabilidad por el historial del premio. Y ojalá que todas responsabilidades fueran así”, dice Juan Casamayor. En ese historial hay editores imprescindibles y agentes que han moldeado “una forma de mirar la palabra escrita”. Casamayor, entre otros, cita a Roberto Calasso, Herralde, Feltrinelli, Beatriz de Moura, Gallimard, Enrique Krauze.

“Nosotros no vamos a cambiar y conceptualmente vamos a ser los mismos, pero la gente que nos rodea puede percibirnos mejor a través de este premio que nos da visibilidad, entre otras cosas”. Al distinguir a Páginas de Espuma, una editorial madrileña con ecos aragoneses (Casamayor es un aragonés nacido en Madrid; Molina es granadina), se premia a un sello independiente, fundado en 1999 y especializado en el cuento. Dice Juan Casamayor: “Si pensamos en Anagrama de Herralde o en Tusquets Beatriz de Moura, hay una diferencia de tamaño notable e incluso de vida editorial. Si estas editoriales tenían casi 40 años de existencia, la nuestra casi va a rozar los 20”.

Busca los motivos del galardón y distingue tres razones: “Una es la elección de nuestro eje que es el cuento. Nuestra perseverancia y militancia en el relato es algo que la FIL ha tenido en cuenta. También es importante nuestro compromiso latinoamericano, que no ha tenido otro afán que mostrar textos de cuentistas de la otra orilla que nos parecían interesantes”. La tercera razón la sitúa en el lado del concepto de “panorama o de ecosistema editorial”. Desde los años 90, en España y en Latinoamérica, se está viviendo una “bibliodiversidad de sellos independientes con similitudes y diferencias que están enriqueciendo las opciones de lectura. Y ahí, Páginas de Espuma vive sólida su camino. Representa la comunicación, la labor editorial y la relación con un catálogo que va a trabajar con unos autores y eso lo da la independencia”.

Casamayor no es muy partidario de que se haga tabla rasa del binomio España y Latinoamérica. “Eso, así, se cae de las manos. Latinoamérica es un continente y son 19 realidades entre sí. Páginas de Espuma ha querido estar presente en Latinoamérica teniendo en cuenta los matices. Hemos querido cruzar el puente. Esta editorial ha viajado a sus ciudades, ferias y librerías, pero también ha conocido estrechamente distintas formas de vivir y de mirar”. Páginas siempre ha apostado por  autores de las dos orillas: no solo los latinoamericanos que viven al otro lado del charco, sino por los que “viven aquí por razones políticas, económicas o familiares. Por eso autores que van desde Clara Obligado a Andrés Neuman, y muchos otros, son tan importantes para nosotros”.

Es la primera vez que una editorial especializada en el cuento recibe el galardón. “Eso también es una marca distinguible. El premio nos da la razón a Encarnación Molina y a mí. Nos gustaba el cuento como lectores, éramos amantes del género y no había un sello específico en España cuando nacimos, aunque otras muchas editoriales apostasen por él. Esa especialización ha sido el hueso más duro, el órgano más vital para seguir fuertes y sólidos estos casi veinte años. Sin duda, el cuento vive un momento creativo extraordinario y tiente unos lectores que van creciendo. Y nos gustaría pensar que hemos colaborado a ello”, agrega Casamayor.

Páginas de Espuma ha tenido una premisa: construir un catálogo equilibrado entre clásicos –Antón Chejov, Marcel Schwob, Maupassant, Poe, Pessoa, Zola- y contemporáneos. Y entre los contemporáneos ha querido fijarse en “gente muy nueva y gente con trayectoria amplia. Este oficio nos ha dado amigos, experiencias y viajes. Todo ello va más allá de un proyecto editorial y justifica el interminable espacio del cuento”. El premio de la FIL a Lenguas Romances ha recaído en Emmanuel Carrère, autor de ‘El adversario’ o ‘Limonov’.

 

*Foto de Daniel Mordzinski.