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Antón Castro

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CARLOS ZANÓN. UN DIÁLOGO

http://www.heraldo.es/noticias/ocio-cultura/2017/12/19/carlos-zanon-taxista-no-trozo-maquina-pegado-asiento-1214664-1361024.html

“El taxista no es un

trozo de máquina

pegado a un asiento”

 

Carlos Zanón (Barcelona, 1965) publica la novela ‘Taxi’ (Salamandra) en la que cuenta la historia de un antihéroe que pierde el camino a casa

 

-¿Cómo nació ‘Taxi’? Se aleja de la novela negra aunque no del antihéroe urbano…

-Tenía clara una cosa: no quería hacer una novela negra. Había una historia que me interesaba mucho: el héroe que quiere volver a su casa pero que se distrae. No sabe bien dónde está su casa ni su corazón. Uno de mis libros favoritos es ‘La odisea’ de Homero. Y hay una novela de un escritor que adoro, John Updike, que es ‘Corre conejo’…

-También he visto quizá a John Fante y su antihéroe Arturo Bandini.

-Sí, claro, y Bukowski. Pensé en ‘Ulises’ de Joyce, ese personaje que intenta volver a a su casa y la curiosidad le puede. Y por otro lado quería escribir una novela que me permitiera hacer cosas que no había hecho hasta ahora.

-¿Cómo cuáles?

-Salir de determinados barrios, mezclar varias clases sociales, que la violencia no fuera tan importante en la novela. El taxi puede entrar y salir de todos esos sitios. Mi padre y mis dos abuelos eran taxistas. Yo de pequeño pensaba que el oficio de mi padre era genial: no tenía jefe, podía hacer lo que quisiera. Y una vez mi padre me dijo: “Mi oficio es muy duro porque en el fondo te da igual ir a un sitio que a otro y dependes de los demás”. Me decía, además, que uno salía cada día y que era como una bola de billar.

-¿Eso es lo que pasa en ‘Taxi’?

-Claro. Sandino, mi protagonista, es un hombre que va a la deriva de sí mismo, quiere volver a casa pero no hay nada que le estimule lo suficiente, está medio bien  y medio mal en cualquier sitio, y en el fondo el trabajo de taxista es ese.

-Es como un Ulises urbano, sin norte…

-Sí, claro. Incluso la estructura tiene ese simbolismo: las mujeres son islas, las sirenas, las diosas, hay un caballo de Troya. La estructura de fondo es la estructura del mito.

-Sandino es un tipo que se pasa la vida dando la vueltas con los otros y, bien mirado, está todo el rato dando vueltas alrededor de sí mismo.

-Esa podría ser la definición de un taxista. El taxista es un símbolo de la ciudad y uno de los signos de la ciudad moderna es la soledad. Estás completamente desarraigado. Eres una máquina y la soledad es uno de los temas de la novela y uno de los temas que a mí me importan. La ciudad tiene el anonimato y la soledad por bandera, como atributos de la metrópolis. Y Sandino es un ser estrictamente solitario que vive en su cabeza y que escucha historias todo el tiempo.

-Hay una idea existencialista de fondo, no sé si vinculada a la fatalidad…

-Yo quería hacer un personaje vulnerable cuya principal debilidad es que no se siente atado a nada. Le da igual estar con una mujer que con otra, le da igual hacer una cosa u otra. Y en este sentido sí que era de un existencialismo casi clásico. Ese es su drama. Y él lo que busca es encontrar algo o alguien que le ate, que puede fijar un sitio que puede identificar como su hogar. Y no lo encuentra.

-¿Qué le han dicho los taxistas?

-Les ha gustado. Sobre todo porque doy una imagen que no deja de ser una convención literaria: el taxista no es un trozo de máquina pegado a un asiento. Es un ser humano.  De lo que más se quejan los taxistas es de la gente que sube al coche y se olvidan de que ahí delante hay una persona. Que hablen como si no existiera, que se desnuden, que tengan un coito rápido…, como si fuera un mueble quien les llevase.

-Esta novela exterior, desarraigada, es muy importante la familia: su esposa, la complicidad con su hermana, sobre todo esa abuela…

-Quería hacer una novela en la que hubiese muchas novelas. Y una de ellas es la novela familiar o de saga; son los lazos que le atan, minúsculos, pero los únicos que le retienen: la familia, el amor y la lealtad. Son los hilos muy deshilachados que aún le ayudan a no perderse en el espacio y en la ciudad. Me permitió abrir otra vertiente de la novela: social, de clase, donde rindo homenaje a Juan Marsé y a su abuela, que son paralelas, que envenena a su marido.

-¿Cómo está viviendo la crisis catalana?

-No soy independentista. Lo llevo de una manera muy estresante, porque ha sido la primera vez que no sabías que podía pasar. Yo entiendo que dos millones de personas en la calle es un problema político, no policial ni judicial.  Negarse a hablar de eso por parte de los dos bandos lleva a un conflicto y una ruptura social que es evidente y es traumática.

-¿Ha perdido amigos?

-No, pero sí que es verdad que hemos tenido que dejar de hablar de este tema para seguir adelante.

 

*http://www.carloszanon.com/imgs/autor/zanon5.jpg. la foto es Ana Portnoy.

Hoy en heraldo publicamos otra de Asís G. Ayerbe.

MARÍA ANGULO HABLA DE 'INMERSIONES'

María Angulo, una madrileña afincada en Zaragoza, se ha especializado en los estudios y teorías del periodismo, especialmente la crónica y el reportaje, el periodismo narrativo. Acaba de publicar ’Inmersiones’ (Universidad de Barcelona, 2017), libro que presentó en la librería Cálamo. Aquí explica las claves del volumen, que es realmente fascinante: una pequeña historia del periodismo y de algunos periodistas. Parte de esta entrevista apareció en ’Heraldo’ de Aragón.

-¿Cómo empezó tu idilio, tu historia de amor con el periodismo?

Es una historia que viene de largo; que empieza en el ámbito personal y de investigación y termina de materializarse en el terreno profesional cuando en el 2005 llego a Zaragoza y entro a trabajar en la Facultad de Comunicación de la Universidad San Jorge, que se iniciaba en ese mismo año. Luego vino mi estancia de nueve meses en Buenos Aires en donde la crónica y el periodismo narrativo terminaron de enamorarme.  A mi regreso al Grado de Periodismo de la Universidad de Zaragoza he podido desarrollar este potencial con libros como Crónica y Mirada (libros del KO, 2014) y ahora con Inmersiones (Ediciones de la Universidad de Barcelona, 2017).

-¿Qué ha significado Mariano de Cavia en tu trayectoria? ¿Qué te ha interesado de él?

Mariano de Cavia me abrió los ojos al articulismo y la crónica y me sirvió para comprender la calidad literaria excepcional que existe en el periodismo español desde sus primeros tiempos. Con el estudio de su producción pude entender gran parte de la idiosincrasia española. Me sirvió también para analizar recursos y estrategias narrativas fundamentales a la hora de pensar y desarrollar buenos artículos y columnas. Trabajar junto con la profesora Rosario Leal en la edición de Azotes y Galeras (Asociación de la Prensa de Zaragoza e Ibercaja, 2008) fue sumamente enriquecedor. Pude observar la importancia de lo aparentemente accidental y anecdótico como estrategia de arranque para entrar a contar lo esencial. Y fue extraordinario dar con ese artículo de “periodismo ficción” en el que Cavia daba cuenta de un incendio en el Museo del Prado, para denunciar las malas condiciones de seguridad del Museo. Un artículo que sacó a la población madrileña a la calle, asustada porque se incendiaba su principal pinacoteca. Y un texto que sirvió para que el Gobierno tomara medidas para mejorar las instalaciones y las condiciones de seguridad del Prado. Una de esas ocasiones en las que una mentira sirve para denunciar una verdad silenciada. Con un cronista de este calibre una solo puede enamorarse del periodismo. 

-Para abrir boca: ¿en qué consiste el periodismo de inmersión, de cuántas maneras puede uno zambullirse en la realidad y en la escritura?

He seguido los pasos del trabajo previo de Antonio López Hidalgo y María Ángeles Fernández Barrero en Periodismo de inmersión para desenmascarar la realidad (Comunicación Social, 2013). Allí se planteaban tres modos de adentrarse en un territorio, en una realidad. Tiene que ver en primera instancia con el trabajo de campo, del reporterismo que realiza el periodista. Existe una gradación inmersiva que abarca desde la “observación directa” que requiere de la empatía para su mejor desarrollo, pasando por la “observación participante” que se ha practicado mucho desde concepciones antropológicas y etnográficas con maestros como Bronislaw Malinowski en “Los Argonautas del Pacífico occidental”. Y por último estaría la infiltración: que es aquella en la que el autor se transforma en otro para entrar en espacios conflictivos y obtener una información que no podría conseguir como periodista. Es un periodismo de denuncia. La infiltración en estos últimos tiempos de crisis, precariedad y explotación laboral ha dado ejemplos de periodismo encubierto tan señeros como el realizado por Bárbara Ehreinreich en Por cuatro duros. O cómo (no) apañárselas en Estados Unidos (Capitán Swing, 2014) o como el llevado a cabo por la francesa Florence Aubenas con El muelle de Oistreham (Anagrama, 2011). Dos investigaciones sobre las condiciones laborales de las clases más pobres.

 Para llevarlas adelante, estas periodistas deciden infiltrarse a fin de experimentar en carne propia este régimen de vida. Subsistir realizando los trabajos peor remunerados. Un periodismo de riesgo y de denuncia. Dentro de esta inmersión extrema, también estaría el denominado periodismo gonzo, término acuñado por Hunter S. Thompson como una variante del New Journalism defendido por Tom Wolfe, en el que sujeto y objeto se convierten en una misma cosa. Ya no hay disfraz o performance. El periodista es el protagonista, narrador  y objeto de análisis de la crónica. Aquí destaca sobremanera el periodismo de Gabriela Wiener, que cuenta con un capítulo completo en Inmersiones. El único capítulo del libro hecho a cuatro manos con la periodista Inés Escario con quien compartimos la pasión por la producción de Wiener.  

-¿Cómo definirías apuestas tan distintas como las de Nellie Bly, Josefina Carabias o Magda Donato?

Bueno, no son apuestas tan distintas. Les unía una pasión clara por el periodismo; por el periodismo con una clara intención de servicio social.  Muestran ese compromiso con el entorno, con las clases más desfavorecidas, con los trabajadores y sus necesidades. Además, las tres parece que se construyeron como periodistas a pesar de que las circunstancias no eran excesivamente favorables para una mujer en la prensa, con una abrumadora mayoría de varones. Con todo, finales del XIX y principios del XX fue un período glorioso para el periodismo norteamericano y español y es donde emergen estas profesionales. Años prósperos para la profesión. Para Nellie Bly en el New York World de Joseph Pulitzer en los momentos de emergencia de la prensa de masas norteamericana. Para Magda Donato, y Josefina Carabias en sus inicios, que surgieron en la etapa republicana y en plena Edad de Plata de la cultura española. En concreto Bly fue pionera del periodismo encubierto con Diez días en un manicomio en 1887 y Magda Donato también realizó su serie de “reportajes vividos”, publicados en el diario Ahora que dirigía Chaves Nogales entre 1932 y 1936. Carabias también se animó con la infiltración en “Ocho días como camarera en un hotel de Madrid” en 1934. Asímismo, las tres tenían un instinto de lo noticioso muy desarrollado.

-¿Qué es la crónica? ¿Cuáles serían sus contactos con el reportaje?

La crónica es un género muy concreto que requiere de un narrador testigo que dé cuenta de un acontecimiento. Que lo narre con propiedad y exactitud. Existe por lo tanto un sujeto explícito que cuenta y muestra emociones y sensaciones y que se sitúa en un espacio y tiempo concreto: el lugar y la temporalidad del suceso que narra. Esto simplificando al máximo. Lo que está claro es que la crónica cuenta con la fuerza de lo testimonial y con un narrador que construye un relato en el tiempo. En el reportaje interpretativo no emerge ese yo narrador explícito, ni ese carácter testimonial. Si nos vamos al periodismo narrativo: A sangre fría de Truman Capote sería un reportaje novelado y El Interior de Martín Caparrós, una crónica.

 

Ahora bien, en los últimos tiempos en España se ha extendido la palabra crónica para hablar de crónicas y reportajes porque se emplea el término, al igual que en algunos países de Latinoamérica, como sinónimo de periodismo narrativo o literario.  Un macrogénero que permea a prácticamente todos los géneros periodísticos. En España, contamos históricamente con auténticas joyas de periodismo narrativo en el articulismo y en el columnismo.

-¿Qué cronistas te interesan y por qué? ¿Cuáles serían para ti libros o textos modélicos en el concepto más amplio de crónica?

Me cuesta escoger porque me interesan cronistas por muy distintos motivos. Unos porque son gigantes del periodismo narrativo, con los que disfruto y aprendo; otros porque realizan algo en concreto interesante y novedoso; otros porque son ejemplos productivos para el aula; varios por los temas que abordan porque me conciernen personalmente; algunos por la fuerza de lo que denuncian; y finalmente, otros por la capacidad narrativa que despliegan.

 

Cronistas como Martín Caparrós, Emmanuel Carrère, Gabriela Wiener, Juan Villoro, Alberto Salcedo Ramos, María Moreno, Leila Guerriero, Jorge Carrión, Josefina Licitra, Pedro Lemebel, Javier Sinay, Rodolfo Palacios, Alejandro Almazán, Silvia Cruz Lapeña, Roberto Arce, June Fernández, Ander Izaguirre, Gabi Martínez, Cristian Alarcón, Sergio González, Isabel Fonseca… Y en cuanto a libros modélicos. Para trabajar la crónica en un sentido amplio, se acaba de editar en España Larga distancia de Martín Caparrós, toda una joya; también hay que volver a Operación masacre de Rodolfo Walsh; los perfiles de Leila Guerriero son fundamentales, por ejemplo, Frutos extraños. Pero sobre todo acudir a revistas como Altäir Magazine, Anfibia, Gatopardo, Etiqueta Negra… y leer lo que vienen publicando. Y en plan regalo navideño, ya que estamos, dos libros preciosos y valientes que tienen a la luna como protagonista: Una luna de Martín Caparrós y Nueve Lunas de Gabriela Wiener.

 

-Quizá él no haga crónica, pero sí reportaje, o haga reportaje y crónica en ’Diez días que estremecieron al mundo’. ¿Qué aportó John Reed al periodismo? Hablas de él, lo citas, ¿tiene vigencia su propuesta?

Sí, lo tengo en cuenta. En Inmersiones aparece como un ejemplo del reporterismo de denuncia que surge sobre todo en Norteamérica a principios del siglo XX con los denominados despectivamente por Theodore Roosevelt como muckrakers, “rastreadores de cieno”, por lo que removían y rebuscaban entre la basura de los poderosos. Denunciaron casos diversos de corrupción. Samuel Hopkins en “The Great American Fraud” (1906), denunció la fabricación y venta de medicamentos peligrosos. Ray Stannard Baker, en “Following de Color Line” (1908), denunció el racismo que sufrían los ciudadanos negros. Y México insurgente (1914) y Diez días que revolucionaron al mundo (1919), sobre la revolución rusa, de John Reed, responde también al modus operandi de este grupo de activistas reporteros, fuertemente ideologizados. Cuando he impartido la asignatura de Periodismo de investigación siempre he acudido al reportaje Diez días que revolucionaron al mundo porque me parece muy representativo de un periodo y de una forma comprometida y política de hacer periodismo que hay que conocer. Este año, como estamos con el bicentenario de la Revolución Rusa no es de extrañar que hayan publicado este trabajo de John Reed de nuevo, pero esta vez en una versión ilustrada de Fernando Vicente.

 

Con el texto final ’Bienvenida al paraíso’, ¿ha nacido una escritora de viajes, una cronista o una escritora de ficción, sin más?

Bueno, he realizado mi particular inmersión en un territorio al que he ido en muchas ocasiones como es Caños de Meca en Cádiz. Es una crónica de viaje y estoy segura de que habrá muchas más. Pero estas crónicas requieren tiempo de documentación y de reporterismo y luego además un proceso de escritura reposado y cuidadoso, así que será algo que pueda hacer muy de vez en cuando.

 

¿Qué tiene de peculiar la crónica de viajes?

En realidad cualquier crónica es un viaje, aunque sea por nuestro barrio. Pero los viajes hay que poder narrarlos y no resulta fácil ya que recorrer el mundo se ha convertido en una experiencia nuclear, cotidiana, incluso vulgar. Conocer lugares y dar testimonio de ello no resulta ya muy novedoso ni para los periodistas ni para los lectores. Hay que saber narrar de algún modo el desplazamiento, el encuentro con el otro, el espacio en el que se sumerge: “el relato del propio viaje” es lo que nos queda para poder contar en la actualidad, como apunta Claudio Magris en El infinito viajar. Por ello una crónica de viaje no es una guía turística ni tampoco un cuento para los amigos, pero debe recoger parte de lo informativo de la guía y parte de lo íntimo del cuento, pero luego debe desarrollarse como cualquier otra crónica con una mirada y voz personal y en un tiempo concreto y delimitado.

 

-¿Qué tiene el periodismo latinoamericano que no tenga el español?

El periodismo narrativo latinoamericano lleva cierta ventaja al realizado en España en lo que se refiere al desarrollo de la crónica y del reportaje, que son dos géneros clave y que permiten una implicación y desarrollo estilístico amplio. En lo que se refiere al articulismo y al columnismo literario, ahí creo que España se sitúa por delante. Y ahora, que vienen polinizando tanto las formas del reportaje y la crónica latinoamericanas, vamos teniendo cada vez más periodistas españoles, medios y editoriales estupendas dedicadas a llevar adelante un buen periodismo narrativo.

-¿Qué tres autores les recomendarías a los periodistas jóvenes?

Gabriela Wiener, Silvia Cruz Lapeña, Virginia Mendoza.

-¿Qué tres proyectos o libros recomendaríais para ser buen periodista?

Digamos que tres libros importantes, teóricos, que hay que leer si se quiere saber de periodismo narrativo y de sus técnicas. La invención de la crónica (2005) de Susana Rotker, Escribiendo historias: El arte y el oficio de narrar en el periodismo (2003) de Juan José Hoyos y Periodismo Narrativo (2012) de Roberto Herrscher.

 

 

*La foto de María Angulo la tomo de aquí.

LAURA HIGUERA HABLA DE 'EL ÁNGEL NEGRO', SOBRE GOYA

Entrevista con Laura Higuera, autora de ‘El Ángel Negro’ (Ediciones B), una novela en dos tiempos en torno a las Pinturas Negras de Francisco de Goya.

-¿Por qué Goya, qué le interesa de él, qué tiene de particular o de fascinante para usted?

Goya era un genio. Y un genio se nutre de muchas cosas: del dolor y la alegría, del horror y la belleza. Pero de todo eso yo me quedo con el dolor, que para mí es el origen de la inmensa mayoría de procesos creativos: esa cualidad de desgarrarse y de transformar lo que queda de uno en algo perpetuo. Goya me trae a la memoria un poema de José Hierro, aquel que empieza diciendo "Llegué por el dolor a la alegría/supe por el dolor que el alma existe". Siempre me ha fascinado esa figura, la de un hombre desgastado por los desastres de la guerra, por los desastres de la vida, y que ya no puede más. Y es que el arte necesita de soledad y miseria, como dijo Dumas.

-¿Qué significan en su producción las ‘pinturas negras’? ¿Son un momento culminante, encierran misterios, es la pintura del dolor, etc.?

Las Pinturas Negras son efectivamente las pinturas del dolor. No hay mejor definición posible para algo tan oscuro, violento y obsceno a partes iguales. Como usted sabe, fueron hijas de un tiempo muy concreto de la historia de España. De hecho y muy poco después de acabarlas, Goya terminaría exiliándose a Burdeos a título definitivo: eran tiempos muy difíciles para un liberal como él. Por otra parte, el misterio está servido, y de él se alimenta mi novela: "El Ángel Negro" es un thriller que habla de arte y que además lo hace en dos tiempos, y que sobre todo juega con la posibilidad de la existencia de una decimoquinta Pintura Negra. La historia dice que el maño produjo catorce, pero en la actualidad existen argumentos de peso que sostienen la hipótesis de que haya una composición número quince.


-¿Qué le ha intrigado de la Quinta y del número mismo de las piezas?

Goya vivió en La Quinta del Sordo, una casona a orillas del río Manzanares, de 1819 a 1823, y no se le ocurrió otra cosa que pintar un tributo al lado más aterrador de la vida (ese abismo al que todos tratamos de no mirar) sobre las paredes entre las que vivía. El panorama debía ser estremecedor, y la idea no puede parecerme más lacerante. Se me ocurren muy pocas razones que lleven a un ser humano a convertir su día a día en una vista perpetua a lo macabro. Una de ellas es la locura, y la otra es la absoluta certeza de la muerte. La historia me conmueve y me intriga a partes iguales. Con respecto al número, yo sostengo que fueron quince, pero es cierto que una sola de esas pinturas hubiera bastado para infectar de horror a cualquiera.

-¿En qué momento decidió mezclar dos historias alejadas en el tiempo casi 150 años?

Un presente tan concreto como el que describo en "El Ángel Negro", con un asesinato en el Museo del Prado que apunta maneras de crimen ritual, requería de un pasado muy particular. La historia central arranca cuando un banquero alemán, Emile d'Erlanger, compra La Quinta del Sordo en 1873 para hacer negocio con las Pinturas Negras. Es apasionante cómo el punto A (la España convulsa de las últimas décadas del siglo XIX) conduce al B (un Madrid y una Venecia actuales), y no lo hace precisamente por el camino de la recta. La mezcla resulta tan atractiva como necesaria.

-¿Cuál es la importancia de Martínez Cubells? Recuérdenos cuál fue su gran cometido...
Salvador Martínez Cubells fue nombrado primer restaurador del Museo del Prado en 1869. Emile d'Erlanger necesitaba al mejor experto del país para pasar de revoco a lienzo las pinturas negras de La Quinta de Goya, y por eso le contrató. Hay algo muy patente en "El Ángel Negro", un rasgo que se esgrime como uno de los puntos fuertes de la novela, y es que derivo a personajes reales como Cubells y d'Erlanger hacia mi propio imaginario, pero eso sí, manteniendo una base histórica sólida y muy bien documentada. Construyo un universo paralelo potente que seguro interesará a muchos.

-Aváncenos hasta donde pueda el argumento… levemente. ¿Qué buscaba en realidad, qué aspectos le han interesado de la época, del pintor y de la creación?

Una mañana El Museo del Prado despierta con un cadáver salvajemente mutilado frente al cuadro Saturno devorando a su hijo, la pintura negra de Goya por antonomasia. A partir de ahí, la narración va adquiriendo matices. Bernardo Vera, un inspector cántabro recién llegado a Madrid, es el encargado de darle luz al caso. Es entonces cuando el pasado de hace casi ciento cincuenta años y del que antes hablábamos se hace indispensable, con una Venecia recién anexionada al Reino de Italia y un Madrid en plena y efímera Primera República. Los protagonistas ganan fuerza y forma y los personajes secundarios se erigen como elementos clave. Con respecto a lo que buscaba, sin duda una trama potente que resolviera en última instancia un enigma tan apasionante como el de una decimoquinta pintura negra perdida.

-Hay dos mujeres muy poderosas: la experta, contemporánea, y esa suerte de musa y enamorada de Cubells, que encarna la parte más libidinosa del libro. ¿Qué función tienen, qué dimensión ha querido darles?

Tanto Ada Adler como Alessandra Abad son mujeres extraordinarias, cargadas de esa sensualidad que sólo nace cuando cierto tipo de belleza y una inteligencia muy desarrollada confluyen. Ambas hacen de la ambición su modus vivendi. Son interesantes hasta decir basta. Ellas son fundamentales para la novela. Quería hacerlas conscientes de su gran poder.

-Ha escrito un thriller y a la vez una novela histórica. ¿Qué autores le interesan, le inspiran, cómo ser funden los dos géneros, y a la vez la novela del arte?  

En el terreno del thriller, Pierre Lemaitre ha sido todo un referente. Ha habido muchos otros, desde luego. En general, tanto Flaubert como Vargas Llosa, pasando por Paul Auster, Thomas Mann y Ian McEwan, me han influenciado de una forma u otra. "El Ángel Negro" es un thriller que tiene mucho de novela histórica, y dentro de ésta, de novela del Arte, y es así por exigencias del guión: sabía muy bien lo que quería contar, y necesitaba de cada uno de esos ingredientes, historia, crimen y arte, para que todo encajara a la perfección.

-¿Por qué ha elegido esa muerte ante el cuadro ‘Saturno devorando a sus hijos’, del que tantas veces se ha dicho que es una metáfora de la España más devoradora? La usa hasta Bigas Luna en ‘Jamón Jamón’...

Precisamente porque es el cuadro más violento que conozco y porque representa a partes iguales el dolor y el miedo a la muerte. Como he dicho antes, las circunstancias que atravesaba España en aquella época eran excepcionalmente difíciles, y más para hombres como Goya, que se burlaba del tipo de sociedad en que le había tocado vivir en obras de enorme envergadura,  como fueron Los Caprichos. Años más tarde, reflejaría de una forma distinta esa España embrutecida. Además estaba enfermo, y la enfermedad y la soledad son a veces cosas parecidas. La de Saturno era una soledad muy particular. Y podría haberlo dibujado con el mismo recato con el que lo hizo Rubens en 1636, pero los tiempos eran otros. Goya era un anciano casi. Y también un ser medio enloquecido, arrastrado por el dolor y por la vejez de una forma espantosa.

 

CARLOS SAURA HABLA DE 'AUSENCIAS'

CARLOS SAURA HABLA DE 'AUSENCIAS'

Carlos Saura novela su pasión

por la fotografía en ‘Ausencias’*

 

 

 

El artista y cineasta publica una novela donde juega con la imagen, la locura, el amor y el crimen

 

 

Carlos Saura es un anciano juvenil. Nacido en Huesca en 1932, solo le preocupa el futuro: es como si tuviera un cuaderno repleto de proyectos y viviera con la ansiedad y el afán de poder concluirlos. Huye del pasado y de la melancolía como de la peste. Es hiperactivo, soñador y quizá ensimismado. Cuando ve la edición impresa de novela ‘Ausencias’, publicada por el sello Laborinto (Madrid; 350 páginas), dice: “¡Anda! Si yo no había visto este libro. ¿Ya lo tiene?”. Lo acaricia y lo firma, pero con esa extraña sensación de quien se halla ante algo inesperado o raro.

“¿Lo ha comprado en una librería? Es el primer ejemplar que veo. Qué ilusión. ¿Sabe? De la novela, además de esta edición, se va a tirar otra, de 200 ejemplares numerados con mis 27 dibujos de las cámaras a gran formato”, avanza. ‘Ausencias’ es la novela de la fotografía del fotógrafo y coleccionista de cámaras e historiador de la fotografía que es el realizador oscense, que acaba de ser homenajeado en el Festival de Cine de Zaragoza. Lleva, en el inicio de cada capítulo, un pequeño dibujo de las cámaras: la Speed Graphic, que tanto usaron Diane Arbus y Weegee; la Ernemann Ermanox, capital en el libro, la favorita de Erich Salomon, muerto en un campo de concentración en Auschwitz; la Hasselblad, que emplearon muchos, y entre ellos Edward Weston, amante de Tina Modotti, de quien elogia un desnudo sobre la arena.

“‘Ausencias’ es una novela que escribí en 2002 y 2003, poco después de los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York, que aparecen en el libro. La novela me ha acompañado estos años, la he cogido, la he dejado, entre película y película, y al final llegó al libro”, dice el cineasta, que siempre lleva una cámara al cuello. La novela, que presenta esas atmósferas oníricas propias de su cine, del tipo ‘Elisa, vida mía’ (película a la que alude el propio Saura), cuenta la historia de un abogado, Mario Romero, de poco más de 40 años, que tiene una enfermedad misteriosa y su psiquiatra le recomienda que ingrese en un residencia de reposo. Allí conocerá a varias mujeres y a otro personaje que es como su vigilante y su antagonista, Correveidile; vivirá diversas peripecias de amor, delirio y fantasía, y con una de las pacientes, Elena Arroyo (de la que se dice que ha cometido un crimen), inventará una ficción. Una novelita dentro de la novela, que no es un texto ingenuo o aleatorio; tiene mucho que ver con la propia historia de la residencia. Pero hay muchas más cosas: entre ellas, algunos crímenes, que parecen sacados de fotografías del citado Weegee, el reportero de calle al que se le dedicó la película ‘El ojo público’ de Howard Franklin (“que es una buena película”, dice Saura), o de aquellas instantáneas directas de Diane Arbus, a la que también le gustaba retratar deformidades, gentes muy delgadas o muy flacas, y evidentes patologías.

“Esta laberíntica novela parte de un hecho real. Compré un libro de Diane Arbus y le faltaba una página. Y esa ausencia me permitió fabular. Imaginar muchas cosas. Me encanta la fotografía de esta mujer que se suicidó de manera horrible cuanto estaba en la cumbre. Me impresionan su vida y su fin. Lo que hago en la novela es rellenar con narraciones, a medio camino entre la realidad y la fantasía, la página desaparecida; al fin y al cabo los personajes tienen diversos grados de inestabilidad mental”, subraya Carlos Saura. Mario Romero es, además de un abogado enfermo, violonchelista y fotógrafo: tiene una colección de más de 400 cámaras fotográficas.

“Mario Romero es un poco mi sosias. Mi ‘álter ego’. Yo también tengo una buena colección de cámaras, me encantan, y vivo, como él, en las afueras de Madrid, en una casa de campo”. Saura, que ha perdido hace poco a su cocinera y asistenta portuguesa, dice que la novela es un homenaje a fotógrafos maravillosos, “ahora que ya no quedan. O quedan cada vez menos. Con las nuevas cámaras, cualquiera es capaz de hacer una buena foto, una foto excepcional, y no es nada fácil distinguir a los maestros”. Contiene, por otro lado, el mayor erotismo hasta ahora de los libros y de las películas de Saura. Por ejemplo, Mario tiene una hermana, Teresa, muy bella, al que se le ha muerto su marido pintor. Un día se encuentran y ella le explica cómo le gusta el sexo y le cuenta un sueño carnal que ha tenido con él. Todo muy explícito. El propio Mario describe varios coitos.

“Quizá sea mi libro más sexual, sí. En mi cine nunca he abordado el acto sexual. Lo resuelvo mediante la elipsis, lo sugiero y corto. En realidad, me gustaría contarlo de manera naturalista pero entonces se convertiría en pornografía y no podría rodarlo. Ja, ja, ja. Lo que me sucede es que me encanta escribir, cada vez disfruto más. Mis guiones nacen de la pasión por la escritura”. Bueno, había que decir que le gusta escribir, pintar, fotografiar (hace fotos todos los días y casi todo el tiempo) y dirigir cine. Ha sido objeto de una biografía reciente del director Félix Viscarret: ‘Saura(s)’.

Carlos Saura -que expresó en la clausura del Festival de Cine de Zaragoza su pasión por la jota y reprochó a los organizadores que no fueran capaces de integrarla en el menú- trabaja en dos nuevos proyectos: una película que se rodará en México sobre música mexicana, “a la manera de ‘Tango’”, y ‘Guernica’, “que saldrá, saldrá. Seguro. Antonio Banderas me ha confirmado que sí, pero tampoco me queda mucho tiempo”, precisa. 

*Autorretrato de Carlos Saura.

DIÁLOGO CON FERNANDO SANMARTÍN

[Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959) acaba de publicar un nuevo libro, de viajes: 'Ciudades que se posan como pájaros' (Xordica), donde cuenta sus estancias en Lisboa, varias ciudades de Bélgica, Tánger y Tetuán (donde persigue la sombra y el rastro de su padre) y varios lugares de Irlanda, esencialmente Galway. Aquí ofrezco la entrevista completa sobre este texto, de 69 páginas, de gran intensidad y sentido poético, que presentará el día 15 de diciembre en Los Portadores de Sueños. David Mayor, profesor y poeta, hablará del libro con el autor.

¿Qué significa para ti viajar?

Lo dice Xuan Bello, un escritor asturiano que me parece estupendo: Viajar es reencontrarse con uno mismo. Hago mía esas palabras y añado, eso sí, que el viaje nos concede una dimensión de libertad que no es frecuente en la vida cotidiana.

¿Por qué curan los viajes el desamparo? ¿Qué le hace a uno sentirse desamparado en su propia ciudad, en Zaragoza, por ejemplo?

Los viajes curan muchas cosas, incluso la ceguera mental, peligrosa enfermedad en tiempos embusteros como los nuestros. El viaje nos hace mejores y nos permite conocer más a los otros, sin olvidar que el yo y el otro, en términos de Lacan, no deben ser  nociones fijas sino intercambiables. Y no me siento desamparado en Zaragoza, al revés, soy un fan de mi ciudad,  forma parte de mí, conozco sus aciertos y  errores, la quiero.

¿Qué te interesa de una ciudad: lo que ves, la atmósfera, o lo que escribes: el rastro que deja en ti, impresiones, olores?

Me interesan sus latidos, su colesterol, su silencio y sus ruidos. Me interesan sus transportes públicos, sus mercadillos, sus locales espesos o elegantes. La escritura debe mostrar todo eso. La escritura tiene que ser un espejo de la vida, un reflejo de la realidad, y si no es así estamos ante lo artificial.

¿Qué tiene Lisboa de especial que atrapa tanto? ¿Es una ciudad con fantasmas?

Lisboa es una ciudad luminosa, vital, con tranvías y elevadores, en la que se deben comer "pastéis" de Belém, espolvoreados con canela. Es una ciudad donde hay un transbordador para cruzar el río Tajo que lleva el nombre del escritor Miguel Torga, alguien que dijo una frase contundente: Envejecer no es para cobardes.

¿Qué hay de cierto en que compras relojes en Lisboa, vas siempre a las sombrererías y te fascinan las barberías?

Los relojes, eso que aún llevamos en la muñeca, me los compro siempre en Lisboa. Es una manía como cualquier otra. El último lo adquirí en la joyería Ferreira Marques, ubicada en la plaza del Rossio. Y más de una vez entro a una sombrerería, pero con sombrero se me pone aspecto de gánster, como si hubiera ido a una ciudad lejana para cerrar un asunto turbio, y descarto siempre la compra de sombreros por ese motivo. Y las barberías portuguesas me gustan porque algunas me trasladan a la infancia. 

¿Cuáles son los mejores rastros que has visitado? ¿Busca el poeta o el narrador los ecos del tiempo ido en otras ciudades?

Los rastros londinenses me atraen: Petticoat Lane o Portobello. Pero me gustan otros rastros pequeños, mercadillos, como los de Toulouse o Gante. El rastro es una fotografía del paso del tiempo sobre los objetos. Y el tiempo es un dueño al que todos pertenecemos. El escritor debe observar el pasado, pero más todavía lo que sucede a su alrededor. Y si ahora, por ejemplo, no llueve, lo grave es que eso se sitúa dentro del cambio climático, pero sin olvidar que  también es una pérdida la desaparición del arcoiris.

El texto más emociónate es el viaje exterior e interior hacia Tánger y Tetuán. ¿Qué atrapa aún en esas ciudades? Se te ve ir por aquí y por allá como un explorador sin miedo…

Muchas cosas me atrapan de allí. Tánger ha sido, y no por casualidad, el refugio de muchos nómadas. Y uno, es curioso, aún ve rótulos donde pone "garaje Velázquez" o Gran Teatro Cervantes. Pero el mundo árabe es muy distinto al nuestro y recorrer la Medina de Tetuán, por ejemplo, muestra esa diferencia. Nunca he tenido ningún percance en los viajes, salvo una vez en El Cairo que sí me vi en una situación de emboscada. 

¿Desde cuándo se te ha impuesto de manera tan intensa la memoria de tu padre? Aparecía, de algún modo, en ‘Te veo triste’, transformado en otro padre, y era fundamental en tu libro anterior…

De algunas cosas me cuesta hablar. Y esta es una de ellas. Yo era un niño cuando él murió. Su muerte me produjo una desolación infinita. Y me ocurre que cuando alguien muere, estos días atrás ha sucedido con los tripulantes de un submarino en Argentina, pienso primero en sus hijos pequeños y eso me produce una tristeza enorme. En un libro mío anterior, muere también el padre del personaje femenino, y se evidencia algo que ya sabemos: el dolor nos hace frágiles.

Explícanos quién era, a qué se dedicaba, cómo murió…

Mi padre fue militar, tuvo como primer destino Tetuán y murió por un infarto de corazón.

Buscas su huella en Tetuán. ¿Cómo son las fotos que llevas, cuántas, qué se ve?

Reconstruyo, mínimamente, su trayecto. Me pregunto, frente al antiguo cine Alcázar, si pudo ver allí las películas que entonces se estrenaban: Tarzán en peligro, Vacaciones en Roma, Los Diez mandamientos...Me pregunto si aprendió algo de árabe, si seguía de cerca los combates del púgil Fred Galiana, si echaba en falta su ciudad. Tengo fotografías suyas, fechadas en noviembre de 1954, que identifiqué con la ayuda de una persona que trabajó muchos años en el Consulado general de España. Me pregunto, en definitiva, por qué murió tan joven y cómo sé tan poco de él.

¿Por qué has sido tan escueto? ¿Podríamos decir que practicas el arte de la sugerencia y a la vez de la intensidad?

Cuando publico un libro tengo una preocupación: no cansar a las lectoras. Mi escritura tiene mucho de confidencia. Y en toda confidencia, para bien o para mal, lo que se dice no es tibio ni se enmascara.

A veces da la sensación de que con un frase breve quieres resumir días y noches, tránsitos y visitas… ¿Tal es para ti la capacidad de la literatura, o de la poesía?

Si yo digo que las personas, igual que el comercio, deberíamos tener unos horarios de apertura y cierre, para evitar las decepciones o las expectativas falsas, soy consciente de la fuerza de esas palabras.

¿Activa Irlanda tu mitomanía? Pienso en ese cuadro de John Yeats que vas buscando…

Irlanda pertenece a mi colección de lugares donde he sido feliz. Los irlandeses se parecen a nosotros. Les gusta el pub, la cerveza, son simpáticos. Recuerdo lo que me dijo en Galway un bebedor de Guinness: - extranjero, aquí la noche se acuesta siempre al amanecer. Y ese cuadro de Yeats me enloquece. He ido varias veces a la National Gallery de Dublín para verlo. Se titula The Liffey Swim. Y muestra una prueba de natación por el rio Liffey con las orillas repletas de espectadores.

¿Qué es Fernando Sanmartín: un cazador de instantes, un cronista de las estaciones del alma o alguien que anda por ahí, lejos de casa, en busca de una conversación para sentirse menos solo?

Sé lo que no soy. Y me muevo con algunas certezas. La escritura me abriga. También los viajes. Pero el afecto y la amistad, cuando uno ha vivido días difíciles, lo son todo.

 

28, MARTES, EN BARCELONA CON MI LIBRO DE RELATOS 'GOLPES DE MAR'

28, MARTES, EN BARCELONA CON MI LIBRO DE RELATOS 'GOLPES DE MAR'

28 MARTES EN BARCELONA CON MI LIBRO 'GOLPES DE MAR'
Este martes, 28 de noviembre, a las 19.00, en la Biblioteca Guinardó-Mercé Rodoreda, Camèlies, 76-80, se presentará mi libro de cuentos ‘Golpes de mar’, un libro que se ha ido escribiendo desde 1982 hasta 2006 y que tiene, en esta edición de Ediciones del Viento de 2017, su versión definitiva con un total de 28 piezas donde el mar, el paisaje gallego (y aragonés en algún caso) y el misterio son los elementos fundamentales.
Es un libro de libros, de fareros y faros y fados, de naves encantadas y naufragios, de fotógrafos y, ante todo, es un libro de mujeres que viven el mar y la pasión de una manera intensa. Aquí también aparece el fotógrafo Patricio Julve –protagonista de ‘El testamento de amor de Patricio Julve’ (Destino, 1995 Y 2000; Xordica, 2011)- que se traslada a Galicia a realizar un reportaje sobre ballenas y ciudades sumergidas.
Me acompañarán en la presentación dos escritores y buenos amigos: Sergio Vila-Sanjuán e Ignacio Martínez de Pisón.
Si puedes y te apetece pasar, estaré encantado… Abrazos gigantes.

http://lameva.barcelona.cat/horta-guinardo/ca/detall/parlem-ambanton-castro_99400550447.html

SONIA FIDES: CROWDFUNDING PARA PUBLICAR SU NUEVA NOVELA

SONIA FIDES: CROWDFUNDING PARA PUBLICAR SU NUEVA NOVELA

https://libros.com/crowdfunding/la-infalible-fragilidad-de-los-mosquitos/?utm_campaign=la-infalible-fragilidad-de-los-mosquitos&utm_source=facebook&utm_medium=FBsonia%2F

 

Sonia Fides nace el 14 de agosto de 1969 en Madrid. En el verano de 2005 comienza a escribir por pura casualidad y compone su primer libro de poemas, Mirar y ser mirada, con el que obtendrá en el año 2006 el X Premio Nacional de Poesía Nicolás del Hierro quedando también finalista en premios como el Dionisia García o el Vicente Martín de ese mismo año. De formación autodidacta, durante el año 2007 escribirá su segundo poemario Electra se quita el luto, finalista en el Premio Internacional ciudad de Melilla y que será posteriormente publicado por Ediciones Vitruvio en junio de 2008. Durante el año 2009 termina su tercer poemario, Avispas en la boca y concluye la escritura de su primer libro de relatos Mollejas de pato y otros cuentos imperfectos. En 2011 colabora en dos Antologías de relato Viscerales (Ediciones del viento) junto a autores como Enrique Vila- Matas o Montero Glez; y Narrando a contracorriente(Ediciones escalera).En 2013 publica con Ediciones con carrito su cuarto poemario, Mi vida sin Julio Verne.

En la actualidad trabaja en un nuevo poemario y en Los tigres no pueden esperar eternamente, su segunda novela después de La infalible fragilidad de los mosquitos. Colabora como crítica literaria en el suplemento Artes & letras de El Heraldo de Aragón. Escribe sobre mujeres a las que lee y sobre mujeres a las que no conoce y admira en la revista El Asombrario. 

Mantiene activo desde el año 2006 el blog : www.mademoisellejoue.blogspot.com.

ROSA MONTERO, PREMIO NACIONAL DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS. DIÁLOGO

ROSA MONTERO, PREMIO NACIONAL DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS. DIÁLOGO

ROSA MONTERO

 

“El amor físico puede ser una cárcel”

 

Antón CASTRO

“Soy una enamorada de las salamandras y me tatué una hace dieciséis años. Me encantan los lagartos, me parece que son como dinosaurios domésticos o como dragones de verdad, diminutos, y además, es uno de los múltiples mitos de regeneración que tiene y cultiva el ser humano. El ser humano es capaz de volver a empezar, una y otra vez, después de estar convertido en un moco en el suelo. A lo largo y ancho del planeta hay muchos mitos de regeneración, y la salamandra es uno de ello, como el Ave Fénix. Se supone que echas una salamandra al fuego y no se quema. No se le ocurra hacer algo, pero es una mágica criatura del fuego. Y por eso hay un tipo de estufa que se llama salamandra, ¿sabe? Siempre me han gustado. No hago colección porque yo no tengo temperamento de coleccionista, hace falta ser metódico, y yo soy todo lo contrario. Desordenada, caótica, como la imaginación misma”, dice Rosa Montero (Madrid, 1951), una escritora caracterizada por la firmeza de sus materiales, por una convicción inquebrantable de narradora, de contadora de historias, de atmósferas y de personajes que publica uno de sus libros hondos, transparentes, de intriga y reflexión, La carne (Alfaguara, 2016), una novela que nace de un estado de iluminación, de fluidez, de alguien que pasa por un período de inspiración o trance, según revela, desde la redacción de La ridícula idea de no volver a verte y El peso del corazón.

-Vamos a empezar por Bruna Husky, que es casi su álter ego visionario…

-De todos los personajes que he escrito, es el más cercano a mí, en lo profundo. Realmente, en lo esencial de estar frente al mundo, el más cercano es Bruna Hasky. Sin duda.

-¿Por qué?

-Porque tiene el mismo temperamento vital. Está obsesionada por la muerte, como yo, pero también llena de vida. Yo desde los diez años me recuerdo, o desde antes, supongo, diciéndome: “Mira. Rosita, qué tarde tan bonita, disfrútala; luego corriendo corriendo estarás durmiendo por la noche, corriendo corriendo estarás en el colegio otra vez, corriendo te habrás hecho mayor, corriendo corriendo se habrán muertos tus padres…”

-¿Eso se decía?

-A los diez años. Entonces, siempre he tenido una obsesión por el paso del tiempo y por la muerte, pero eso no es para llorar tampoco. La verdad es que cuando estás muy lleno de muerte, estás muy lleno de vida. Y eres capaz, justamente, de disfrutar el momento. A Bruna le pasa eso. No solo es que tema la muerte, que la teme, la cabrea, le indigna, la odia, le parece que es un fraude que le han hecho. En el caso de Bruna y de los humanos. Pero la vida es un fraude: venimos aquí con esas ganas enormes de vivir, con un yo inmenso que lo ocupa todo, con un proyectos, con sueños, con sueños que son infinitamente más grandes que nuestra vida y en dos parpadeos, si tenemos suerte, nos hemos convertido en viejos. Y si no tenemos suerte, nos morimos jóvenes. Y te rebelas, te decepcionas, esa conciencia de fragilidad o de fugacidad te hace polvo. Si tienes suerte, la vida consiste en que vas perdiendo todo, las fuerzas, la cabeza, la autonomía y después te mueres. Es que me parece como una burla y me indigna. Bruna es exactamente igual que yo, en eso.  Y luego es igual que yo, pero más exagerada, en todo porque los personajes son máscaras y nunca son exactamente como tú, pero también se come la vida a bocados. Todo eso, que es muy mío, ella lo lleva a la exageración porque vive diez años, nada más. Sabe cuando va a morir, además, lo cual debe ser enloquecedor.

-¿Y por qué se ha ido solo cien años más allá del presente en sus ficciones?

-Me bastaba. Yo quería hacer un mundo. Yo quería un mundo propio, regalarme ese mundo propio; yo creo que todos los escritores tenemos esa tentación. Me acuerdo de un entrevista que le leí a J.R. Rowling que decía que cuando acabó el séptimo Harry Potter se pasó un año sin salir de la cama sin poder salir de la depresión que le dio.

-¿Y usted entiendes eso?

-Sí, claro. Irte de un mundo tan sofisticado, como el de Harry Potter, un mundo complicado y coherente, y no poder volver, eso sí que es un exilio. Tener tu propio mundo es algo maravilloso. Lo que quise hacer con Bruna Husky es tener mi propio mundo. No escribí Bruna Husky para hacer una distopía, no creo que mis novelas sean distópicas para nada, son realistas…

-¿Realistas?

-Son las novelas más realistas que he escrito. Junto con la de La carne, que es una novela muy realista también. Detallistas en lo real, muy a lo menudo…

-¿Le parece que le mundo dentro de cien años será así o se habrá quedado corta?

-Puede ser bastante parecido. En cualquier caso, además, insisto yo no quería hacer una distopía para avisar de los peligros que vienen. Reflejo el mundo tal como pienso que puede ser, pero en realidad lo que quiero es reflejar el mundo de hoy, quiero hablar de la condición humana. Y me da igual ponerme dentro de cien años en el siglo XXII, o hacerlo, como hice en Historia del Rey Transparente, en el siglo XII. Claro que si lo pones en el siglo XII, tienes que saber cómo era el mundo entonces, armarlo, y si lo pones en el siglo XXII tienes que intentar imaginar cómo va a ser ese mundo. Pero eso es secundario, esa no es la ambición primera que me lleva a escribir.

-¿Por qué hace ciencia ficción?

Siempre me ha gustado. Tengo una novela de ciencia ficción que es Temblor. Es mi quinta novela, de 1990. Y luego está mi segunda novela, La función delta’. Esa novela era de anticipación. La mitad sucedía en 1980 y la otra mitad treinta años más tarde.  Por desgracia ya he pasado esos treinta años del futuro de mis novelas. No he buscado nunca un ciclo sistematizado, he ido escribiendo las novelas una a una, no obedecen a un plan. No es una saga, no es que yo tenga en la cabeza una historia que necesite veintisiete libros para contarla, ni tres ni cuatro, sino que yo quería hacerme un mundo: un mundo coherente, con personajes estables, que pudiera visitar cuando me diera la gana. Y eso es un lujo. Lo que sí sucede, claro, es el detalle que va creciendo en cada libro.

-Decía hace unos días que uno de los problemas de la robotización de la sociedad es que se van a perder muchos trabajos.

-Estamos en eso. Se me ocurrió La función delta para hablar, entre otras cosas, de ese asunto. Había salido un informe de la Comunicad Europea, se hizo en los años 70, con 100 0 200 personalidades multidisciplinares para intentar saber cuál sería el impacto de la revolución electrónica en la sociedad. El informe era espectacular. Decía que se iba a destruir empleo para siempre, que esto implicaría una revolución en la manera de enfrentarse al trabajo, para que esto no destrozara decían que había que dejar de poner el énfasis en la vida del trabajo sino más bien en el ocio. Entonces digamos que esa primera parte de la microelectrónica ya ha sucedido; pero ahora estamos en los años de la explosión de la robótica. Y seguro que va a bajar otro montón el empleo. Y somos cada vez más gente en el mundo. Estamos en un momento crucial.

-Hace poco, en una tertulia nocturna en Madrid, decía que una de las novelas suyas que más éxito había tenido es de las que menos le gustaba: La hija del caníbal.

-La que menos me gusta (que me gusta, entiéndame lo que le digo, la respeto y le agradezco mucho que además me abriera un montón de puertas a traducciones y a lectores), pero a mí no me gusta porque la hice con oficio, sobre todo. Y le voy a contar por qué la hice, creo que es la primera vez que lo digo. La novela anterior a esta fue Bella y oscura, que me sigue pareciendo una de mis mejores novelas. Y además una novela muy personal, distinta, creo que de alguna manera, de forma pequeña, era muy original. Tuve la sensación de que había escrito algo que no estaba escrito, que es algo a lo que aspiramos todos los escritores. Y yo creo que tiene un estilo muy depurado, tallé cada palabra y creo que es muy literaria. Me pusieron a parir. Visto desde la distancia, a mí me permitían, digámoslo así, que tuviera éxito, que fuese una escritora no literaria, como periodista, como no sé qué. Y encima mujer en un mundo hipermachista. Me permitían  el éxito en tanto en cuanto no sacara los pies del tiesto. Y entonces cambiaba de registro. Los críticos me la machacaron. Dije: “Ah, sí. ¿Qué pasa, que solo se aprecian las novelas más tradicionales”. Me dije que yo eso sí lo sabía hacer, que si no lo hacía era porque no me daba la gana. Y me dije: “Voy a hacer una novela que os va a gustar”.

-¿La hija del caníbal nace del despecho, entonces?

-Nace de la venganza. Muchas veces una escribe lo que sabe escribir. Decir que lo sé hacer fue una soberbia por mi parte, pero resulta que sí, que gustó, que me hicieron unas críticas maravillosas, se vendió un millón de ejemplares. Y es mi novela más convencional. Aún teniendo cosas que no lo son, porque no me puedo resistir a hacer juegos.

-Es una novela de aliento, turbadora…

Sí, metí cosas personales. Fue menos reto para mí, salvo el reto de la profesionalidad. Y me sirvió de mucho. Una vez que me lo había demostrado a mí misma, me dije. “Bueno, ya está. Soy más libre, puedo hacer lo que me dé la gana”.

-No en qué punto pero La carne tiene alguna conexión con Bella y oscura. Hay mucho trabajo, elementos librescos y literarios, juegos de espejos.

-Sí, está muy trabajada también. Sí, incluso en las partes más descarnadas… Pienso en Lolita de Nabokov. Me interesó mucho la parte descarnada de Lolita, salvando las infinitas distancias, y lo cito porque soy una ferviente seguidora de Nabokov. Y porque yo creo que tiene esa manera, ese acercamiento, claro, a distancia sideral, insisto, pero ese acercamiento, negro, sarcástico, que tiene Nabokov con las emociones y los sentimientos, tierno y cruel. Y en eso, en una visión que coincido con él, creo que está en mi novela La carne.

-¿Cómo surgió, nació de alguna experiencia concreta, más o menos personal?

-No, no. La verdad es que a mí no me gusta, desde hace siglos, desde que empecé a escribir, dije, y lo he escrito montones de veces, que aparezca lo íntimo, lo personal, lo que soy. Hay dos maneras de llegar a la universalidad. Una, es partir de tu realidad y de tu biografía y ser tan implacable y tan maduro, y terminar viéndola como un entomólogo ve a los insectos, que conviertas tu realidad en la realidad de todos. Esa sería la vía de Marcel Proust, por ejemplo. Que habla de su vida, pero no habla de su vida, o de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas es toda su historia del Congo, pero es una novela tremendamente literaria, legendaria, simbólica, y sin embargo parte de su vida. Y la otra vía es la contraria: partir de una realidad que no tenga nada que ver contigo, pero profundizar tanto en ella que llegues a sentirla. Y claro, así también alcanzas la universalidad. Vas a lo básico. Y esa sería la vía de Flaubert y Madame Bovary. He pensado que la vía segunda es mejor para autores jóvenes porque la novela es un género de madurez, entre otras cosas porque tienes que conquistar esa distancia con lo vivido. Yo creo que a los autores jóvenes les conviene enfriar su propia realidad, quitar el ruido de la vida propia, alejarse de lo cotidiano para llegar a lo universal. Y que los autores maduros ya lo tienen más claro porque ya hay esa distancia. De hecho el propio Flaubert hizo Una educación sentimental, ya mayor, y ahí sí parte de lo que ha vivido…

-Y usted, ¿con qué se queda?

- En casi todas mis novelas, desde Te trataré como una reina, he partido de personajes muy lejanos a mí. Me gusta eso del personaje como una máscara, no me gusta la literatura autobiográfica en general, para escribirla yo, quiero decir, hago androides que luego terminan siendo tú, pero son androides, del siglo XXII son cantantes de boleros semianalfabetas, son taxistas que se les ha muerto la mujer, prostitutas de Sierra Leona. Sin embargo, desde hace cosa de siete u ocho años veía que iba creciéndome en el interior una cosa, un musguillo, como un deseo de contar una historia en mi entorno, no irme tan lejos. Ya soy suficientemente mayor para que contar una historia de mi entorno sin que mi pequeña vida pierda o se empequeñezca. Ya domino esa distancia, la que decía Julio Ramón Ribeyro, “una novela madura exige la muerte del autor”. Muerte metafórica, que el yo del autor no exista, que se borre.

-En ‘La carne’ incluso da pistas falsas porque se cita a sí misma y hay una escena donde aparece…

-Esa sí que soy yo. Soledad es una misógina y yo detesto a las mujeres misóginas; con todo espero que el lector quiera Soledad, que está llena de frustración, pone un poco mal a Rosa Montero. Aunque las críticas que me hace son sensatas. Muy sensatas…

-Ambas se citan en un café, en un juego de espejos, tan vilamatiano o borgeano.

-Esa escena creo que si es determinante. Ahí se lanza la reflexión sobre la escritura, que es ese placer que te salva. Para eso me interesaba volver a un mundo cercano, para hacer ese tipo de reflexiones que no se las puedo poner a Bruna Husky, de alguna manera… O no se las puedo pasar a mi taxista. Hay montones de cosas que no puedes hacer sino pones un personaje que no esté en tu entorno vital.

¿Qué le interesaba contar en La carne? ¿La historia de una mujer?

-No quería contar una mujer, lo que cuento es de hombre y de mujer, le pasa a cualquiera. Me interesaba contar el vértigo de la vejez no solo como deterioro físico, sino en todos los sentidos. La enfermedad que está agazapada. Soledad es una hipocondríaca total. De alguna manera es una novela sobre el miedo a la muerte pero también de miedo a lo que la vida te ha hecho… Es como si Soledad se preguntase: “qué he hecho con la vida, qué ha hecho la vida conmigo, qué me queda por hacer, qué puedo rescatar, qué puedo perdonarme, qué puedo construir todavía. Qué me espera”. Y en todo esto está otra de las cosas de la que quería hablar, que no he sido de mis primeros temas en el libro, que es el amor. Salvo en el peso del corazón, que tiene mucha importancia,

-¿Qué quería decir del amor?

-También he llegado a la conclusión como persona que el amor mueve al mundo. El amor y el desamor.

-Pero, ¿cuándo ha llegado a esta conclusión? Pensaba que eso era sabido, de conocimiento general…

-Hace poco. Lo digo en serio. Sí. El amor mueve el mundo en general, y quería llevarlo al extremo, no solo de desesperación, llevarlo al extremo de “qué he hecho con mi vida y no he conocido el amor”. Por otro lado, La carne es una metáfora de todos, o de muchos, porque la gente casi siempre piensa, incluso los que han tenido relaciones, que no ha conseguido del todo ser feliz. Es como un sueño de infancia o de adolescencia. Hay mucha gente que está emparejada y está desesperada que tiene como ese agujero negro de no haberlo conseguido. Eso, que era como el sueño, no lo han conseguido. Y quería llevarlo al extremo en una mujer que no lo hubiera conseguido de ninguna forma.

-El libro empieza contando un desengaño, y de repente para darle celos, decide contratar a Adam, un prostituto. Podría dar la sensación de que antes Soledad sí ha sido algo feliz…

-Ha tenido rollos, sí, pero tampoco vas a hacer una Calle mayor ahora. Rollos sí, pero hay una diferencia enorme entre haber tenido eso y tener una historia profunda en la que te sientas feliz de compartir la vida…

-Una mujer de 60 años, ¿puede estar así de obsesionada con encontrarse con la juventud sexual o también su deseo es una revelación?

-Podría ser. Claro que sí. Como muchos hombres sueñan con chicas jóvenes porque eso les renueva, les hace sentir más joven. Será porque no lo ha vivido, será porque se quedó colgada en la primera historia, Soledad se vuelve loca, se tiene miedo a sí misma.

-Es como si Soledad, en el fondo, acabase comprando las ilusiones…

-Ya, las paga por primera vez y tampoco quería. Fue de repente, salió así. Se enamora. Ella dice: “No había vuelto perseguir a nadie hasta ahora”. Antes se había estado protegiendo porque se tenía miedo a sí misma. El amor físico puedo ser una cárcel. Y lo he querido decir. La novela se titula La carne por ambas cosas: es la carne que nos envejece, que nos mata, que nos aprisiona, pero es la carne sexual, la carne que nos facilita un sueño de pasión. Es la carne que nos permite ser eternos aunque sea un instante. El sexo pasional como el de Soledad, es una explosión de vida, de plenitud, la sensación de sentirse querida.

-Explosión de vida y plenitud, que también es para usted la literatura…

-Totalmente. Lo único comparable para mí con el amor pasional es el arte, en mi caso es escribir, pero supongo que todo el arte es así… Lo único comparable con la pasión amorosa –que es un espejismo maravilloso, pero es un espejismo– y tiene la ventaja de que no necesitas a nadie, je, je, y eso es bastante útil… Yo soy superapasionada y lo he sido toda la vida. A partir de los 30 años aprendí a parar esa rueda loca que llega de no sé dónde y descubrí que estaba a mi alcance el amor cotidiano. Y aparentemente es menos excitante e intenso, pero no es verdad: tiene momentos de una intensidad maravillosa, y como además es real.

-Hablemos un poco de la parte literaria del libro. Crea usted dos planos: la esclavitud del amor y del deseo, y la literatura, las vidas de escritores malditos y excéntricos, con el pretexto de esa exposición que va a hacer Soledad, comisaria artística, en la Biblioteca Nacional.

-Me encanta estos escritores. En realidad, me gusta la gente. Me encantan las biografíaS, tengo ahí en mi estudio una pared de biografías, sobre todo de escritores, de artistas. Me gusta husmear, y las gentes de los extremos me gustan más: los malditos y los excéntricos me fascinan, son otras maneras de estar en el mundo. Me gusta la gente que lleva el ser hasta los confines.

-Hablemos del personaje masculino, Adam, el prostituto. ¿Qué podemos decir de él?

-Hay que tener mucho cuidado no desvelar el juego. Estropeamos la novela. he hecho un personaje muchos más realista y posible. Puede ser muchas cosas: un inocente, un niño, un desvalido, un superviviente. He intentado escribir una novela no convencional y huir de algunos prejuicios sobre un personaje como el gigoló.

-He pensado que este libro tiene muchos elementos de reportaje periodístico…

-Yo creo que no: ¡el periodismo es tan distinto de la novela! Son dos posiciones muy distintas. En el periodismo hablas de lo que sabes, de lo que te han contado, de lo que te has informado, de alguien al que has entrevistado. En la novela no sabes qué sabes: es como ese sueño que sueñas con los ojos abiertos. Por eso en novela hay que tener mucho cuidado con la documentación. Te pasas de documentación y la revientas porque entonces haces una jaula. En periodismo hablas de los árboles, y en novela intentas hablar del bosque, intentas tener una mirada de conjunto. En periodismo, la exactitud es un valor, y la ausencia de equívocos, y en novela manda la ambigüedad. Cuanto más ambigua sea, cuántas más interpretaciones puedes darle, incluso cuanto más contradictorias, mejor. Creo que escribo desde dos puntos de partida radicalmente distintos cuando hago periodismo y cuando hago novela. Detesto la novela utilitaria, creo que es la traición de la novela. Las novelas animales, didácticas, ecológicas, feministas, me parecen la traición de lo que debe ser una novela.

¿Cuál sería la razón de escribir una novela?

La búsqueda del sentido de la existencia, es un viaje del conocimiento, del descubrimiento, si tú no aprendes algo escribiendo mal lo has hecho. No escribes una novela para enseñar. La escribes para aprender. Para poner un poco de luz en tus inquietudes y en tus obsesiones. No he escrito jamás para demostrar una tesis. Por supuesto que hay sociología vital de una época: me estoy acordando la vecina, le cortan la luz. Esas historias suceden a diario y me las cuenta la gente. El auténtico compromiso del novelista es escribir la novela más auténtica que sepas. Y más libre, de todo tipo de presiones, más libre de la exigencia de tu deseo de vender, más libre de tu deseo de hacer una novela maravillosa.

-¿Se arrepiente de haber escritor algún libro?

No. Ni tampoco de no haberlos escrito. Los libros son como la vida: he hecho lo que podido, lo que me ha salido y lo que he sabido hacer. Sería absurdo. Si no lo he escrito es que no estaba. Uno tiene que escribir los libros que le son necesarios. Y me está pasando bonito: con los tres últimos libros he tenido la sensación de que estoy en trance. Tengo la sensación de que cabalgo todo el rato en la historia y en las palabras. Soy muy mayor y quiero escribir muchos libros todavía. Y por eso me gusta este momento de una fluidez enorme.

La entrevista transcurre en su casa próxima al Retiro. Antes de la despedida, salen dos nombres de escritores que son un referencia constante de Rosa Montero: Vladimir Nabokov y su ‘Lolita’, en particular, ya citado antes, y Ursula K. Le Guin, con quien tiene correspondencia y a quien fue a visitar a Portland. “Es una tía maravillosa. Su novela Los desposeídos es una de las mejores novelas en el siglo XX. Es un novelón monumental, grandioso; a Le Guin le caben universos en la cabeza. Va desde el detalle más diminuto hasta el universo. Se han reeditado en Minotauro tres grandes novelas suyas: esa, El nombre del mundo es bosque y La mano izquierda de la oscuridad. Se las recomiendo”.

 

*Este texto se publicó en la revista ’Eñe’ hace un año. La foto es de Librújula.