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Antón Castro

Escritores

MARCHAMALO, VIRGINIA Y SOLEDAD

Cuentos de domingo* 

 

Virginia y Soledad

 

Jesús Marchamalo (Madrid, 1960) ofrece cada fin de año un delicioso librito ilustrado por el oscense Antonio Santos. En ‘Virginia Woolf, las olas’ (Nórdica) narra la vida de esta escritora enferma, hipersensible, que anduvo de luna miel en Zaragoza. Su muerte fue terrible: se ahogó en el río Ouse y su cadáver tardó varios días en aparecer. Marchamalo y Santos retratan a una mujer llena de fantasmas, marcada por el desamparo existencial y por la enfermedad que buscó un cuarto propio en su intimidad y en el mundo, y rara vez lo logró. Si Marchamalo es el capitán de los bellos adjetivos, Santos con sus grabados crea un universo preciso que retrata el genio y la locura.

Marchamalo es, con Nando López, el coordinador de un proyecto que quizá llegue a Aragón: ‘Pasando página’ en la Biblioteca Nacional, una invitación a la lectura que incorpora un fondo con doce libros de 45 editoriales españolas. Se explican todos los secretos de un libro, con un montaje novedoso de nuevas tecnologías. Diez autores recuerdan un título muy especial en su vida: entre ellos, Care Santos habla de ‘Crónica del alba’ de Ramón J. Sender, Lorenzo Silva recuerda ‘Imán’, del propio Sender, y Ana Alcolea, la única aragonesa, dice que el libro de su vida es ‘Cumbres borrascosas’ de Emily Brönte.

Por la tarde me cito en la RAE con Soledad Puértolas. Publica ‘Lúcida melancolía’ en la colección Baroja (& yo) de Ipso. Conversamos en la biblioteca de Rodríguez Moñino y María Rey. Soledad cuenta cuánto le marcó Baroja, al que leyó de adolescente en Pamplona, cuando iba a pasar tres meses de verano a casa de la tía Sole, que le regaló algunos títulos y, “con un poco de dinero que no sé de dónde me salía”, logró adquirir sus ‘Obras completas’ de Biblioteca Nueva. Soledad se identificaba con el estilo, con los personajes barojianos, con su pasión por la aventura. Soledad, como Virginia Woolf, también es una mujer enfermiza desde que tuvo tifus de niña. “Me tengo que rebelar siempre contra la enfermedad para venir aquí, para salir de mi casa. Soy escritora y soy una solitaria”.

Voy al Museo del Prado a ver la muestra de Mariano Fortuny. Fue un artista excepcional que murió a los 36 años y que poseía el don de la luz. Cuadros como ‘En la vicaría’ o ‘La elección de la modelo’ definen una formar de pintar y de entender la lentitud de la belleza.

 

*Este texto ha aparecido hoy en mi secció ’Cuentos de domingo’ de Heraldo.

RETRATO DE MAX Y SU ABUELO ANTÓN

RETRATO DE MAX Y SU ABUELO ANTÓN

Mi hijo Daniel tomó esta foto ayer en su casa de Madrid: su hijo Max, nacido el 25 de agostode 2017 y yo, nacido el 25 de agosto de 1959. Como se ve 2017 ha sido un año especial para mí. Publiqué tres libros ('El tango de Doroteo', con Javier Hernánez; 'Golpes de mar', en Ediciones del viento, y 'Aragón. Excursiones a lugares mágicos', con Eduardo Viñuales, en Sua. tuvimos una noche muy especial de ’Artes & Letras’, con estupendos galardonasos, rindieron homenaje a mi obra poética en Fraga, fui elegido académico correspondiente de Bones Lletres por Zaragoza y nació Max.

 

El sistema, con buen criterio, solo registra el rostro del niño.

ALEJANDRO PALOMAS, PREMIO NADAL

ALEJANDRO PALOMAS, PREMIO NADAL

[Alejandro Palomas acaba de ganar el premio Nadal con 'Un amor'. Hablamos hace ahora casi dos años de su último libro: 'Un perro', cuya atmósfera no es ajena a este libro, que saldrá el 6 de febrero. Hablamos hoy un instante, por Facebook, y Alejandro ofreció esta definición de su libro: "Un amor' es una inyección de vida directa al plexo, 24 horas de familia al desnudo con retrato de madre irreverente al fondo".] 

 

Alejandro Palomas (Barcelona, 1967) publica en castellano y catalán ‘Un perro’ (Destino). Acaba de presentar esta novela familiar en Cálamo

 

 

Alejandro Palomas «Un perro es el espejo donde se miran todos»

 

 En apenas tres años ha publicado ‘La madre’, ‘Un hijo’ y ahora ‘Un perro’. Y siempre la familia de fondo. ¿Por qué?

Llevo muchos años escribiendo de la familia. Me gustan mucho las relaciones no elegidas, porque son muy reactivas. Surge un conflicto que todo el mundo reconoce y que no exige explicación. Como novelista, voy muy directo a lo que quiero y necesito que los pilares estén puestos para destacar aspectos que me interesan mucho. Necesito creer y hacer creer que hablar mejora las cosas.

¿Qué más quiere destacar?

El valor de lo pequeño. Me emociona lo que tenemos al lado y no valoramos nada porque está. Para mí es como un misterio. Vivo muy concentrado en eso: en lo que es, en lo que está, en lo que perdura, en lo que no perdura, en las filias y en las fobias.

¿Cuáles son sus filias y sus fobias?

El inglés, por ejemplo. Sueño en inglés y he tenido una experiencia reciente en la que he descubierto que lo más profundo de lo que yo siento lo siento en inglés. Otra de mis filias es el silencio. Me apasiona, y eso es algo que resume la novela. Digo en ‘Un perro’ que cuando callan los de afuera empiezan a hablar los de dentro.

¿Podría explicarse?

Me siento muy habitado por voces, por muchas voces, las oigo literariamente y las incorporo con facilidad. Y eso me aleja de la locura. Me gusta actuar, me gusta encarnar a un personaje. Estoy escribiendo y actúo, como si fuera un actor. Como si radiase los diálogos; necesito sentirlos en la lengua. Tiene que haber una música. Esta novela la he escrito oyendo a diario un disco de Erik Satie. El lenguaje debe sonar con cierta delicadeza.

¿Fobias?

El ruido. Me crispa porque todas las voces que tengo aquí dentro necesitan mucha concentración. Cada vez hay más ruidos. No tenemos cultura de respeto al silencio. También tengo fobia a los cazadores. No entiendo el maltrato animal convertido en entretenimiento. Este binomio me crea agresividad.

¿Es verdad que tiene un perro que se llama Rulfo?

Desde hace once años, seis meses y 18 días exactamente. Aquí es R, el protagonista. Es el espejo donde se miran todos. Es el único por el que lo dejan todo: Fer, el protagonista, sus hermanas o la madre, que es cándida y borde a la vez. R es el tipo de amor en el que todos se encuentran aliviados. Es el amor que todos quieren conservar porque no juzga.

Vive en la convulsa Cataluña y en un país que no logra elegir presidente. ¿Cómo le marca la realidad?

Nunca hago referencias a la actualidad. Soy muy atemporal. Me da miedo que mis novelas envejezcan mal. Huyo de las referencias concretas y también de los lugares. Manejo espacios cerrados, teatrales, como Javier Tomeo. No querría que la realidad fuera otro personaje. Necesito carne, intensidad, que se toquen mis criaturas, las tengo que ver sudar…

¿Qué anhela con sus libros?

Crear en el lector un chorro de emoción. A veces me cuesta dosificarme. Yo escribo al plexo, al estómago, no escribo a la cabeza, y quiero que desde ahí se irrigue la fuerza. Soy un escritor estremecido que busca conmover al lector. ‘Un perro’ no ha acabado aquí. Yo soy incapaz de pasar el duelo que supondría despedirme de estos personajes.

 

*La foto de Alejandro Palomas es Efe, de Marta Pérez. 

HISTORIA DEL HOMBRE CHOTO

EL HOMBRE CHOTO DE PEÑA CANCIÁS

 

El hombre-choto es una de las figuras más especiales de los Pirineos. Encarna la fatalidad y la vida al aire libre en libertad. En la Peña Canciás a veces se oye el alarido del cabrero salvaje.

 

Algunos han situado el relato en los Mallos de Riglos, en Monte Perdido, en Jaca, pero son más aquellos naturalistas, etnógrafos, mitólogos o autores de literatura popular que lo sitúan en la Peña Canciás, en las proximidades de La Guarguera y de Fiscal -en el valle del Ara-. Allí nació y vivió un niño al que llamaban Mamés. Su origen es impreciso: se sabe que era hijo de pastora y quizá de un andariego, de otro pastor o del macho cabrío. Sí, eso se conjeturó porque, desde muy pronto, el zagal empezó a tener el cuerpo cubierto de vello. Tenía algo de niño monstruoso, humanizado por unos ojos claros. Apuró la infancia y la adolescencia en descarnado contacto con las estaciones.

 

No tardó en ir a guardar sus ovejas y cabras: partía lo más lejos posible, donde no intimidase a nadie ni llamase la atención. Su madre lo intentó mandar al colegio y lo hizo, pero sufrió tal acoso que hubo de retirarlo. Una tarde mientras paseaba por las rocas de la orilla, miró el espejo del agua y vio a una mujer, con abrigo o un chal sobre los hombros. Era hermosa, de mirar suave, tranquila. Se acercó y enlazó, con más nervios que otra cosa, un par de frases. La doncella sonrió, contestó con igual porción de suavidad y temor, y empezaron a soltarse. Se vieron al día siguiente, y al otro, y al otro. Ella le contó que estaba con sus tíos y que padecía una molesta enfermedad pulmonar. Mamés se sentía transportado a una pradera de incitaciones para el cuerpo y el alma, estaba poseído por su hermosura. Atisbó el amor y se enamoró. Ella abrió una espita a la ternura y a la compasión, y lo escuchaba con placer y sin temor: Mamés le habló del rebaño, del día y la noche, de la sierra y sus aves, de la flora, de las gasas de niebla que cabalgan sobre los montes. De repente, otro día cuando se desvanecía la tarde, ella le besó en la mejilla y le dijo: «Gracias por todo. Algún día volveré».

 

Mamés, el hombre-choto, quedó desolado. Se cansó de esperar. Tomó una brusca decisión: subió a lo alto del precipicio de la cara norte de Peña Canciás y, sin encomendarse a nadie, lanzó un alarido incontenible y se echó a volar al vacío de aquel abismo. Algunos, con especial sensibilidad auditiva, han oído y oyen aún su lamento en el viento y en la música de las tormentas que pasan de la comarca del Serrablo a la del Sobrabe.

 

*Aragón. Excursiones a lugares mágicos. Ediciones Sua. Textos: Antón Castro y Eduardo Viñuales. Fotos: Eduardo Viñuales. 

 

 

LIBROS QUE IMPORTAN, OTRA VEZ

Zaragoza vuelve a acoger el gran intercambio multitudinario de libros en un espacio público.

[Nota de Jorge Gonzalvo de Atrapavientos.] Del 26 al 30 de diciembre se celebra la segunda edición de “Libros que importan”, una iniciativa que se puso en marcha el pasado año y que contó con la participación de más de 8.000 personas para intercambiar más de 1.800 libros.

Organizado por Atrapavientos, con el apoyo del Ayuntamiento de la ciudad, la actividad pretende consolidar en Zaragoza el mayor intercambio de libros en un espacio público.

Zaragoza, martes, 26 de diciembre de 2017.- La Plaza del Pilar acoge, por segunda vez, y desde el martes 26 hasta el sábado 30 de diciembre, la actividad navideña “Libros que Importan”, una iniciativa organizada por Atrapavientos con el apoyo del Ayuntamiento de Zaragoza, con la que se pretende consolidar en la ciudad el mayor intercambio de libros en un espacio público.

Esta campaña se desarrolló con gran éxito durante las pasadas navidades, y por la Plaza del Pilar se acercaron más de 8.000 personas, quienes pudieron intercambiarse  más de 1.800 libros. Como el pasado año, en esta segunda edición la actividad se iniciará con una aportación inicial de 100 libros, entregados por 100 personajes que vivan intensamente la cultura y que quieran contar y expresar lo importante que es la literatura para ellos. Entre ellos habrá escritores, deportistas, artistas, periodistas, libreros, bibliotecarios, queriendo repetir la experiencia del año pasado algunos de ellos.

El consejero de Economía y Cultura, Fernando Rivarés participa también este año, aportando el libro Puro fuego, de Joyce Carol Oates. También han confirmado su participación autores como Soledad Puértolas, Javier Sierra (reciente Premio Planeta), Patricia Esteban Erlés, Ana Alcolea, Fernando Lalana, Ana Juan (portadista del New Yorker); músicos como Ara Malikian, Carmen París, Shariff Fernández; representantes del mundo del cine como Gaizka Urresti, Paula Ortíz, Luisa Gavasa, Álvaro de Luna o Nata Moreno; los directores generales de cultura del ayuntamiento de Zaragoza y del Gobierno de Aragón: Saúl Esclarín y Nacho Escuín respectivamente; el Rector de la Universidad de Zaragoza, José Antonio Mayoral, el ilusionista Pedro Tercero, así como educadores, bibliotecarios, artistas plásticos, libreros, científicos y otras figuras relevantes del mundo de la danza, el teatro o el deporte; y organizaciones como Aldeas Infantiles o la fundación Federico Ozanam.

Igualmente, los zaragozanos y zaragozanas están invitados a participar en la actividad, si acuden del 26 al 30 de diciembre a la Plaza del Pilar y regalan un libro, pero no un libro cualquiera, sino un libro que sea importante para esa persona. El ejemplar estará envuelto en papel de regalo e irá acompañado de una dedicatoria en su interior, en la que se explique por qué es importante ese libro. Cada persona que entregue un libro, inmediatamente recibirá otro, al azar, que habrá llevado antes otro amigo invisible literario.

Todos y todas pueden participar en esta original y divertida actividad, ya que los libros que se regalen pueden ser nuevos, de segunda mano o el ejemplar que se tenga en casa.

El proyecto “Libros que Importan” ha despertado el interés en otras ciudades y se está llevando a cabo, a menor escala, en bibliotecas de otras poblaciones, en centros de mayores, y ha demostrado el interés del Ministerio de Cultura o de la Biblioteca Nacional, lo que supone que Zaragoza es una ciudad pionera en campañas de fomento y animación a la lectura, ya que a esta actividad se suman las de Cuentos y Versos al Viento o la de Plantadores de Historias.

Qué: Presentación de Libros que Importan con la asistencia de algunos de los 100 zaragozanos que han participado en la iniciativa. 

Cuándo: martes 26 de diciembre a las 11:00 horas.

Dónde: Plaza del Pilar, Zaragoza.

 

EL SILURO FANTÁSTICO DE MAIDEVERA

ALGUNOS 'LUGARES MÁGICOS DE ARAGÓN'
Con Eduardo Viñuales, publico el libro 'Aragón. Excursiones a lugares mágicos de Aragón' (Sua), 30 sitios de Zaragoza, Huesca y Teruel, 30 leyendas inscritas en un guía práctica para viajar, pasar un fin de semana, adentrarse en el mito y en las fábulas y en el paisaje, y también en alguna invención. El libro lleva más de 150 fotos espectaculares de Eduardo Viñuales Cobos. He aquí cuatro de ellas: Peña Canciás en Fiscal, por donde asomaba el Hombre-Choto; una de las grutas del monasterio de Piedra; el cielo de San Benito de Orante y una vista nocturnal de Trasmoz, por donde anduvieron los hermanos Bécquer. Mañana domingo hablaremos de él en el programa 'A vivir Aragón', en la Ser, con Miguel Mena.

 

EL MONSTRUO DE MAIDEVERA

 

[Los siluros fueron arrojados al pantano de Mequinenza hacia 1974. Luego llegaron al Ebro y más tarde a otros lugares, quizá al embalse de Maidevera, inaugurado en 1981, entre ellos. El siluro, para algunos, encarna al auténtico monstruo de este pantano de Aranda de Moncayo.]

 

 

A Damián Gurpide le enseñaron desde niño a amar el embalse de Maidevera en las afueras de Aranda de Moncayo. Su padre, campesino y pescador, le explicaba que riega muchos pueblos de la comarca, que ocupa más de ciento sesenta hectáreas y que en su parte más honda tiene cuarenta metros, aunque la profundidad media es de unos diez metros. Le hacía dibujos y le indicaba donde están el aliviadero, los desagües, la torre de tomas y los canales de riego. Y le gustaba contar que allí hay truchas comunes y truchas arco iris, madrillas, carpas, barbos y tencas. Le decía que el embalse, por desgracia, no tiene ni bosque ni olmeda de ribera, pero que eso le permitía admirar mejor las puestas de sol, contemplar el baño de la luna en el agua y tener una mejor perspectiva de esa forma de lengua, encajonada entre montañas.

Un día, cuando caía la tarde, el padre le dijo al hijo que iban a vivir la aventura más bella de su vida. Salieron de casa y alcanzaron la orilla: allí estaba la barca. El padre acomodó sus objetos de pesca y situó al niño en un lugar seguro. Durante muchos minutos, quizá más de dos horas, Damián vio a su padre remar y remar, con un ritmo sosegado, como si no se fatigase y en cada impulso expresase una infinita sensación de placer. Navegar en el embalse de Maidevera con luna llena era una sensación inexplicable. Si existía la felicidad debía parecerse mucho a aquella noche. De repente, el padre dejó de remar y cogió la caña. La lanzó y esperó. Si el niño mostraba ansiedad, le pedía que callase, que las truchas se espantaban con la voz humana. A la vez recogía y lanzaba el anzuelo, e invitaba al muchacho a hacerlo él mismo con suavidad. En esas andaban cuando, de repente, un animal de formidable boca salió del agua y pareció atrapar a una paloma o a un pato. El padre, algo asustado, le dijo al chico: “El pantano de Maidevera tiene un monstruo. Quizá sea un siluro. Pueden vivir hasta los 80 años, son de una gran voracidad y destruyen la flora y la fauna. Se alimentan de barbos, truchas, carpas. Tendremos que pescarlo o acabará con nosotros”. Esa noche no pudieron hacerlo. Ni las siguientes, aunque trajeron otros anzuelos y otros aparejos.

Damián Gurpide creció con esa obsesión. Se convirtió en el centinela y en el protector del embalse. Lo era todo para él: el lugar de juegos y aventuras, la mejor playa, el refugio de sus aún inocentes amores con Cristina Subías y, sobre todo, el escenario de la luz, del color y de una increíble belleza de agua, montaña y cielo. Un lustro después sintió que ya estaba preparado para darle a su padre una gran alegría. Había ahorrado para adquirir hilo trenzado y resistente, la mejor caña y el clonk, una pieza de madera para golpear en el agua y producir un efecto sonoro semejante al del siluro. Eligió un día de junio. Exploró la superficie en su barca hasta la medianoche. Y esperó hasta las tres de la mañana, que era la hora propicia, para lanzar su sedal. El monstruo no tardó en picar. Lo arrastró un rato, lo aproximó lentamente y, bien provisto de guantes y de valentía, lo subió a la barca y lo inmovilizó como pudo.

El monstruo del embalse de Maidevera era algo más pequeño de lo que había pensado, pesaría 30 kilos, tenía la boca hosca y tosca de un depredador insaciable, pero lo que más le impresionaron fueron sus ojos: cegadores, tristes, melancólicos. En un tris estuvo de devolverlo al agua, pero pensó en su padre y en lo inmensamente feliz que se iba a poner en cuanto viese al inquietante siluro. 

CARLES DOMÈNEC ESCRIBE DE MI LIBRO 'GOLPES DE MAR'

El fotógrafo y periodista Carles Domènec ha escrito este texto sobre mi libro de cuentos marinos 'Golpes de mar' (Ediciones del viento), que se publicó a principios del verano. Incluye cinco textos nuevos con respecto a la edición de 2006 que apareció en Destino y que se agotó muy pronto.

 

https://revistabearn.com/2017/12/18/golpes-de-azar-mar-y-memoria-de-anton-castro/

 

Golpes de azar, mar y memoria de Antón Castro

 

CARLES DOMÉNEC

Antón Castro (Santa Mariña de Lañas, Arteixo, A Coruña, 1959) se inició en la literatura como poeta. Conoció a un grupo de objetores de Zaragoza y descubrió, a los 20 años, que quería ser escritor, en gallego. Trabajando de cajero en una sala de juego aragonesa, se puso a escribir sobre papel de envolver cartones de bingo lo que sería el primer borrador del conjunto de relatos que aglutinaba Golpes de mar. Era el año 1986. Debía sentir el peso de la añoranza y su origen cercano al mar. El proyecto fue evolucionando, con cambios y mejoras. El libro cogió forma en castellano. Veinte años más tarde, se publicó en Destino. Se agotó en pocos meses y se reeditó. Ediciones del viento publica, otra vez, Golpes de mar, con nuevas revisiones e incorporaciones.

En estos relatos, la llamada del mar nos persigue. El lugar donde se habita nos protege, a veces nos devora. En algún cuento, al desaparecer el protagonista de su pueblo y aventurarse en tierra ignota, se acaba cruzando con la muerte, estado final y consustancial al contar el significado trascendente del mar. El autor coleccionó libros marinos. Hay algo muy bonito en las narraciones de Castro: parece desconfiar de los que mandan y comprensivo e inocente con los que, aparentemente, tienen menos fuerza y que, a su vez, son los que merecen ser protagonistas de las historias más bellas.

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Antón Castro en Mallorca. Fotografía de Carles Domènec.

Y da igual si lo que cuenta Castro es cierto o inventado, en este juego equilibrado de magia y realismo, donde resuenan Álvaro Cunqueiro, Antonio Tabucchi o Mercè Rodoreda. La buena literatura es siempre verdadera. En los relatos de este periodista cultural hiperactivo hay fatalidad, pasión, ruralidad, inocencia y siempre hay algún elemento inquietante, perdido y hermoso. Tienen estos textos una cualidad: te hacen mella. Al terminar cada cuento, el lector sentirá que lo que ha leído se va desvaneciendo, sin desaparecer del todo, como si la imagen que ha visto fuera desenfocándose. ¿No es tal vez, la memoria, una fotografía desenfocada? La sensación solo se curará, por momentos, con la relectura. Pero será un alivio efímero porque cada vez que se retomen las palabras escritas, el lector tendrá menos respuestas y más preguntas sobre lo que ha leído. La literatura de Castro es una invitación al universo latente, de un autor culto y curioso con las aristas más discretas de la vida.

Carles Domènec.

 

JOSÉ LUIS MELERO INGRESA, CON DISCURSO, EN LA A. DE SAN LUIS

[Esta tarde, a las 18.30, José Luis Melero Rivas (Zaragoza, 1956; el pasado domingo cumplía 61 años) ingresa en la Real Academia de Bellas Artes de San Luis y pronunciará un discurso en el que ha estado trabajando en los últimos meses. Un centenar de páginas. Le responderá Ramón Acín Fanlo, escritor, profesor y animador cultural de los ciclos de la Diputación de Zaragoza. Recupero esta entrevista que le hice a Pepe con motivo de la reedición, en 2015, de ’Leer para contarlo’.]

De manera sencilla, ¿quién te contagió la pasión por los libros?

Nadie. Comencé a leer desde niño y hasta ahora. Una vez, una señora, amiga de mi madre, le dijo a la que iba a ser mi suegra, a modo de informe: “Es muy buen chico, pero un poco raro: está siempre leyendo”. Así debían de verme.

 ¿Desde cuándo te decides hacer bibliófilo, o en qué momento?

Desde que, poco después de cumplir los veinte años, descubrí el universo de los libros viejos. Observé que muchas veces las ediciones antiguas costaban menos que las modernas cuando las comprabas en los rastros y las almonedas, y que había montones de libros y de escritores sin reeditar y sin recuperar. Siempre he seguido leyendo las novedades editoriales que me interesan, pero la labor detectivesca de descubrir viejos libros y viejos escritores olvidados tiene un enorme atractivo.

¿Qué diferencia hay entre un lector feliz y un bibliófilo, qué serías tú?

Para mí son la misma cosa, pues solo entiendo la bibliofilia como una pasión por los libros y la lectura. Por lo tanto, el buen bibliófilo es un lector feliz. Pero es verdad que hay bibliófilos -sobre todo entre los amantes de los libros anteriores al siglo XVIII- que apenas leen los libros que compran. Esa bibliofilia, de marcado perfil coleccionista, a mí nunca me ha interesado, aunque, desde luego, si me regalaran un incunable zaragozano no le haría ascos. Aunque  no lo fuera a leer nunca.

¿Qué quisiste decir en ‘Leer para contarlo’ y qué has añadido a esta nueva edición?

Quise contar buena parte de mi vida dedicada a buscar libros raros y curiosos, a leerlos y a comentarlos. Y hablar de muchos libreros y de muchos bibliófilos, de autores desconocidos u olvidados y de mi pasión por la letra pequeña de los manuales y por las literaturas periféricas y suburbiales. En esta edición he añadido nuevos datos y nuevas anécdotas, aunque en lo sustancial el libro es el mismo que se editó hace ya doce años.

¿Ser bibliófilo es sinónimo de buscador de tesoros, de rarezas, de encuadernaciones especiales, de olvidados?

Hay bibliófilos para todo. El librero catalán Josep Porter escribió en ‘Los libros’ sobre las especialidades bibliofílicas que conocía y superaban las dos mil quinientas. Hay compradores compulsivos que lo compran todo y hay compradores coleccionistas que solo compran una clase determinada de libros. Así los hay que solo compran Quijo­tes (Neruda compraba Quijotes), o libros de un de­terminado autor (Monterroso, por ejemplo, compró durante mucho tiempo primeras ediciones de Joyce, Vallejo o Eliot), o solo de una colec­ción (crisolines, Aguilares en piel), o solo libros escola­res, o solo góticos o elzevirianos. Los hay también que solo coleccionan Ibarras o incu­nables, o libros impresos por Benito Monfort. O solo ser­mones, como el padre de Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, que llegó a tener más de 20.000. Pedro Salinas coleccionaba tratados de urbanidad, y Walter Benjamin buscaba libros escritos por dementes y cuentos de hadas para niños. Están también los que solo compran libros antiguos y los que solo compran libros modernos, los fetichistas que buscan dedicatorias… 

¿Ser bibliófilo es sinónimo de ser mitómano? Tú buscas las casas de escritores, tumbas en los cementerios, ediciones dedicadas...

Yo puedo hablar por mí, y en mi caso ese perfil es desde luego muy acusado. Me gustan las dedicatorias autógrafas, los libros que han pertenecido a escritores importantes y que llevan ex libris u otros signos de propiedad… Y, sí, también visito las casas de los escritores y los cementerios donde yacen. Cómo ir a La Habana y no visitar la casa de Lezama o de Hemingway, y cómo ir a París y no llevar flores a la tumba de Cortázar en Montparnasse.  

¿Cuál es tu responsabilidad social como sabio de libros, por decirlo así?

De sabio, nada. Yo estoy todos los días aprendiendo y todos sabemos que cuanto más leemos más nos damos cuenta de lo poco que sabemos. En cualquier caso, hay dos condiciones para considerar relevante la función social del bibliófilo, además de la común a todos ellos de rescatar libros que de otro modo se perderían y pro­porcionales refugio contra peligros y adversidades: la primera es que sus libros sirvan para investigar y que de ellos salgan publicaciones que interesen o sirvan a la sociedad, razón por la que el bibliófilo no debe ser ágrafo; y la segunda es que sus libros estén a disposición de los estudiosos, es decir que sus bibliotecas puedan ser consultadas. Hay quienes los prestan o quienes los dejan consultar en casa. Si se prestan, hay que hacerlo con mo­deración.

¿Cuál o cuáles son las dedicatorias que más valoras?

Tengo muchas que me gustan. Pero me quedaría con una de Neruda en el ‘Canto General’, con la de Dámaso Alonso en ‘Hijos de la ira’ y con las de Borges, Bioy Casares, Cirlot y Machado. De los aragoneses, una de Miguel Labordeta a Carlos Edmundo de Ory y las de Braulio Foz, Jarnés, Sender, Seral y Casas y Juan Ramón Masoliver. 

¿Cuál es el libro que más has buscado y que al fin has encontrado?

 ‘Vida de Pedro Saputo’, de Braulio Foz. La primera edición, de 1844. Me costó más de treinta años encontrarlo.

¿Y el más raro?

El más raro, Fonds Perdu, un libro de poemas escrito en francés por el mequinenzano José Soler Casabón. Se lo compré a un bouquiniste de Albi. Solo se tiraron 34 ejemplares, que no fueron compuestos tipográficamente sino facsimilando un manuscrito del autor en color violeta. Se imprimió en Toulouse en diciembre de 1939, poco después de que Soler saliera del campo de concentración de Argelès. Soler Casabón no era en realidad poeta sino músico, un músico de vanguardia que vivió buena parte de su vida en París y que fue amigo de Apollinaire, Picasso, Reverdy, Juan Gris y sobre todo de Pablo Gargallo. 

Hablas de muchas librerías de todo el país. Citas a Inocencio Ruiz, Pérez, Hesperia... ¿Qué pasaba en esas librerías?

Esas librerías de viejo y cualesquiera otras son lo más parecido al paraíso, pues cuando menos te lo esperas puedes encontrar ese libro que llevas años buscando, esa dedicatoria autógrafa de tu autor admirado, esa encuadernación admirable que salvó la vida a un libro que, de no ser por ella, tal vez no hubiera sobrevivido. En Zaragoza he conocido a tres grandes libreros de viejo: Inocencio Ruiz, maestro de libreros y gran bibliógrafo, hombre humilde y discreto que, como se dijo de un viejo director de ‘Heraldo de Aragón’: “Mereció brillar. Lo evitó obstinadamente”, Luis Marquina y Pachi Asín. Fuera de Zaragoza, mis preferidas han sido siempre la Librería del Prado, de Madrid, Antonio Mateos, de Málaga, y la de José Manuel Valdés en Oviedo. En ellas he pasado horas inolvidables.

Este es un libro de historias de amor... ¿Cuáles son las que más te han conmovido?

La mía. Mi historia de amor con mi mujer. Entre las mejores, ella es la mejor. No creo que ninguna otra mujer hubiera aceptado que le llenara la casa de libros y me hubiera consentido lo que ella me ha consentido. Es imposible encontrar un bibliófilo de mi perfil sin una gran mujer detrás.

Los escritores son raros y maniáticos, ¿No? Pienso en Gálvez, en Fernando Villegas, en Fernando Villalón, en Ana María Martínez Sagi...

Bueno, los hay raros, muy raros y rarísimos. A mí me han divertido siempre los rarísimos, esos que hicieron de sus vidas su gran obra literaria. Esos que citas son de los más raros desde luego, pero hay muchos más: Armando Buscarini, Rafael Lasso de la Vega, Pedro Boluda, Eliodoro Puche, Iván de Nogales, Dorio de Gádex… No suelen ser, en general, grandes escritores (Gálvez, Villalón y Lasso de la Vega sí fueron buenos poetas), pero tuvieron unas vidas tan apasionantes, disparatadas y pintorescas que acabas seducido por ellos, no tanto por su literatura como por el personaje. 

¿Para quién escribes tus libros y tus artículos, en qué público piensas?

Pienso cuando escribo en lo que me gustaría que me contaran a mí. Y a ello me aplico. Yo creo que soy apto para todos los públicos, como las antiguas películas toleradas. Y, efectivamente, entre mis lectores hay desde gente muy joven hasta gente mayor. Procuro ser entretenido y poco solemne. Y reírme siempre que puedo de mí mismo y de mi absurda bibliomanía.

Mucha gente se ha desprendido de buenas bibliotecas. A Vicente Martínez Tejero el Gobierno de Aragón le rechazó una, excepcional, de más de 20.000 volúmenes. ¿Has pensado alguna vez qué pasará con tus libros?

Esa es una de las preguntas más desasosegantes que se le pueden hacer a un bibliófilo. Si lo de Martínez Tejero hubiera salido bien, tal vez otros habríamos poder seguir en el futuro por ese camino. El fracaso de esa donación cierra muchas puertas y nos causa una gran desazón. Pero como me dice mi mujer: “Tú has sido feliz con tus libros. Lo que pase después igual te va a dar”. Y tiene razón. Aunque a todos nos gustaría que nuestras bibliotecas de tantos años pudieran quedarse en Aragón y estar al servicio de los aragoneses.

 

*La foto de José Luis Melero es de Oliver Duch. Más abajo el retrato que le hizo Pepe Melero y que se colgó en la exposición de la Lonja.