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Antón Castro

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JOHN UPDIKE O EL ARTE DE REDACTAR RESEÑAS

JOHN UPDIKE O EL ARTE DE REDACTAR RESEÑAS

Uno de mis blogs favoritos, que siempre me deslumbra (y no sólo por razones de cariño y parentesco de sangre) es el de Daniel Gascón. Es uno de los buenos buenos (y los hay magníficos, asombrosos) de la red: siempre da información, siempre está atento a lo que pasa mucho más allá de nuestra ciudad. Daniel es un estupendo traductor de inglés y francés (ya ha traducido alrededor de una decena de libros de narrativa e historia) y está muy atento a los periódicos y revistas de todo el mundo. Hace unos días, tras la muerte de John Updike, publicaba esta nota de los consejos del autor de Corre Conejo sobre el arte de escribir una reseña. Copio aquí el texto y su traducción:

 

John Updike escribió sus reglas para escribir una reseña en Picked-Up Pieces.

“Mis reglas, grabadas por traumas de juventud en el extremo receptor de la opinión crítica, eran y son:

1. Intenta entender lo que el autor quería hacer, y no lo culpes por no lograr lo que no intentaba.

2. Da las bastantes citas directas –al menos un pasaje extenso- de la prosa del libro para que el lector de la reseña pueda formar su propia impresión, tener su propio gusto.

3. Confirma tu descripción del libro con citas del libro, aunque sólo sean de una frase, en lugar de un resumen confuso.

4. Sé moderado en el resumen de la trama, y no cuentes el final…

5. Si juzgas un libro deficiente, cita un ejemplo exitoso en la misma línea, de la obra del autor u otra parte. Intenta entender el fracaso. ¿Seguro que es suyo y no tuyo?

A estas concretas cinco podríamos añadir una sexta más vaga, que tiene que mantener una pureza química en la reacción entre producto y el que lo juzga. No aceptes reseñar un libro si estás predispuesto a que no te guste, o comprometido a que guste por amistad. No imagines que eres el guardián de ninguna tradición, el vigilante de ningún estándar partidista, un guerrero en alguna batalla ideológica, un funcionario corrector de ninguna clase. Nunca, nunca… intentes a poner al autor ‘en su lugar’, convirtiéndolo en un peón de una partida entre críticos. Reseña el libro, no la reputación. Sométete a cualquier hechizo, débil o fuerte, que se lance. Mejor elogiar y compartir que culpar y prohibir. La comunión entre un crítico y su público se basa en la presunción de ciertas posibles alegrías en la lectura, y todas nuestras discriminaciones deberían tender hacia ese fin”.

*En la foto de 1964, John Updike y su familia. No sé de quién es la foto, la he tomado de Flickr. Es estupenda.

FERNANDO SARRÍA: POEMAS DE 'EL ALHAQUÍN'

FERNANDO SARRÍA: POEMAS DE 'EL ALHAQUÍN'

Fernando Sarría me envío ayer su segundo poemario publicado: El Alhaquín, (según la RAE significa “tejedor, hombre que tiene por oficio tejer”) que ha sido uno de los accésit del premio Delegación de gobierno-Cajalón. El libro de Fernando, así de entrada, es un poemario amoroso, un libro de exaltación del erotismo y de la complicidad entre los amantes, es un libro de escalofríos, resuelto en versos cortos y a veces en fragmentos de una sola línea, y es la crónica de un viaje en tren y de la observación del mundo, del alma y de la noche desde lo alto de un faro. Este bello dibujo es de Eugene Delacroix.

 

Copio algunos textos:

 

1

 

Un silencio recorre mi espalda.

  me estás mirando.

 

2

 

Sé de tu cuerpo

y en mis manos se respira

la fragancia de la noche.

 

3

 

Rumor del fuego.

Tus labios avanzan por mi vientre.

 

4

 

Me despierto. Tú duermes.

Soy un faro silencioso

anunciando una luz

en un muelle vacío.

 

5

 

La humedad de un sueño

a veces es la lluvia que dejó una ausencia.

 

6

 

Hay una línea azul que el mar esconde

y que sólo habitan las gaviotas.

 

7

 

Un desierto es parte de un abismo,

la parte baja de un acantilado.

 

8

 

Ser un hombre amado por todos

es prácticamente un epitafio.

 

9

 

Un faro encendido sigue desnudando la ternura del mar.

VICENTE ALEIXANDRE SOBRE PÍO FERNÁNDEZ CUETO

VICENTE ALEIXANDRE SOBRE PÍO FERNÁNDEZ CUETO

Hace unos días publicaba aquí una estética Pío Fernández Cueto que hallé en unas rojas que él le había dado a Miguel Ángel Brunet Larroche. Por detrás hay unos textos impresos: fragmentos elogiosos de distintas personas sobre tu trayectoria, mezclados con un poema. En la hoja número uno, encuentro este texto del Premio Nobel Vicente Aleixandre:

 

PÍO FERNÁNDEZ CUETO

 

Una voz se escucha,

voz de voces vivas

sobre el haz de España.

 

Pío, no “felice”,

pisando la estepa

con desnuda planta,

 

ganando los montes,

dejando atrás puertos,

saltando cañadas,

 

gris el pelo, enhiesto

su perfil maduro

de aquilina gárgola.

 

Oh, Pío Fernández,

Fernández rupestre

por las tierras áridas.

 

Por las tierras duras,

por las tierras secas,

por las tierras vastas.

 

Oh, voz de las voces

sobre el haz de España.

 

Vicente ALEIXANDRE

JORGE GONZALVO: PORTADA DE UN CUENTO INFANTIL

JORGE GONZALVO: PORTADA DE UN CUENTO INFANTIL

El editor y escritor Jorge Gonzalvo, un estupendo cuentista como se verá en breve (o como ven los que siguen su blog), va a publicar un relato infantil ‘Te regalo un cuento’, en la editorial Lóguez, ilustrado por la argentina Cecilia Varela, que “esta dando mucho que hablar en Argentina y México”. El libro se distribuirá en varios países de habla hispana.

 

Esta es la portada del volumen que saldrá en España la última semana de marzo.  

PÍO FERNÁNDEZ CUETO: TRES NOTAS SOBRE EL TEATRO

PÍO FERNÁNDEZ CUETO: TRES NOTAS SOBRE EL TEATRO

Entre los papeles que he encontrado estos días en mi arsenal de desórdenes de más de veinte años de periodismo, está un pequeño regalo del inolvidable Miguel Ángel Brunet Larroche, periodista y escritor de teatro (a él le dijo Gala: “No te quejes, Brunet, que tú estrenas todos los días”): tres hojas redactadas a mano por Pío Fernández Cueto, el rapsoda y actor que divulgó en la posguerra la poesía en Zaragoza, gracias a la ayuda y a la generosidad de Miguel Labordeta.

Miguel Ángel me escribió en un pos-it amarillo: “Antón, nadie mejor que tú para guardar, con amor, esta pequeña reliquia de Pío Fernández Cueto. Antes de hacerme profesional del lapicero, yo tenía una tienda y la mujer de Pío compraba en ella la ropa de sus hijos. Su marido me pagaba con esta hermosa moneda. Capitales sentencias. M. Á. Brunet”.

 

Son tres fichas en octavo, donde Pío dice lo siguiente.

 

“El arte del acto está creado para que actualice el latido presente o pasado del hombre y su drama histórico. Todo teatro que no actualiza su tiempo no es teatro. El actor como el autor de teatro debe huir de toda literatura y deben de ser activantes directos. No creo en los actores aficionados. El actor debe ser profesional y jugarse la vida si eso es necesario para serlo. Tengan en cuenta que el arte del acto se realiza a la fuerza de oficio y un pequeño tanto por ciento de inspiración creadora. El arte del actor-recitado es más importante por estar menos dotado de retórica en luminotecnias y utilajes (sic) de guardarropía. Para un verdadero actor la decoración menos importante ha de ser la del público. Para un genial actor el público no cuenta en su formación y desarrollo, muy al contrario el público es el que necesita de él para su purificación y redención social.

El director de teatro nació de un mal parto de un director cualquiera de cine en 1903.

La actriz suele ser mejor que el actor porque la mujer en el escenario está justamente en su ambiente de exhibición y ganas de ser vista en todo momento.

Basta”.

 

Me ha parecido casi simbólico que me hayan aparecido estas notas. Este próximo jueves, el actor y rapsoda Luis Felipe Alegre actuará en Borradores, recitará a Nicolás Guillén y a Juan Gelman, y hablará del ciclo ‘Poesía con acento de América’ y de algunos proyectos de El Silbo Vulnerado, como la representación de ‘Poeta en Nueva Yokr’ en Buenos Aires. Uno de los temas de tertulia es la figura de Pío Fernández Cueto. A principio de los 70, cuando era un pipiolo y alumno de Rosendo Tello, acudió a un recital suyo. En la foto, que pertenece al diario La verdad, Luis Felipe Alegre.

'LAS MANOS DE JULIA' DE VÍCTOR JUAN BORROY. TROZO

'LAS MANOS DE JULIA' DE VÍCTOR JUAN BORROY. TROZO

 

 

Víctor Juan tiene tres novelas entre manos: una ya publicada, Por escribir sus nombres (Prames), y dos más: una ya culminada, y en busca de editor, y otra en proceso de gestación. Hoy, en su página, publica un fragmento de una de ellas, la segunda: Las manos de Julia, que reproduzco aquí. La foto es de Fulvio Roiter y está tomada en México. 

 

LAS MANOS DE JULIA

Una mañana vino a verme un carpintero. La lectura de un artículo que firmé en el suplemento dominical de un periódico sobre la violencia de los primeros días de la guerra civil le animó a visitarme. Enseguida llegué a la conclusión de que era una de esas personas que necesita tiempo para contar, para contarlo todo a su manera. Me explicó que suele detenerse a repasar los muebles que se amontonan en las aceras esperando que los lleven al basurero. Busca tesoros entre los despojos de esta sociedad de la opulencia. Cree que todo puede servir para algo, que a todo se le puede encontrar una segunda utilidad. En algunas ocasiones recupera un tirador, unas bisagras, un trozo de cristal, el marco de un espejo o las baldas de un armario... Otras veces recoge muebles enteros que alguien hizo con sus manos utilizando madera de nogal, de roble, de pino o de abeto… Disfruta devolviéndoles la vida. Tras unos meses en la carpintería, aquellas piezas que arrastran una historia de dignidad, un pasado de esplendor, de servicio, de vergüenza, de abandono o de sufrimiento vuelven a ser útiles, vuelven a existir, están en condiciones de conquistar de nuevo un espacio, un hueco en el universo de la materia viva.

Así encontró una mesa de roble. Enseguida se dio cuenta de que se trataba de la mesa de alguien que escribía, leía o pensaba apoyado en ella. Tenía cajones a ambos lados del hueco preparado para las piernas. En uno de esos laterales descubrió un pequeño rectángulo metálico en el que leyó “Ministerio de Instrucción Pública. Madrid, 1924”. Era la mesa de un maestro. Y le gustó que fuera una mesa que había estado en una escuela, sobre la tarima, junto a la pizarra. Seguro –pensó– que alrededor de ella se congregarían los niños. Esa mesa había soportado el peso de los libros, de los trabajos escolares, del borrador y la tiza, de la hucha con forma de cabeza de chinito, de la botella para preparar la tinta. Era la mesa de un maestro que habría disfrutado de la monotonía de la lluvia en esas tardes de escuela cuando llovía. Así lo escribió Machado. Decidió que la restauraría para que su hija Irene, una niña de diez años, empezara a estudiar sobre ella. La cargó en su furgoneta y la llevó al taller.

Siempre tenía encargos pendientes. Los entregaba irremediablemente con retraso porque nunca sabía qué iba a pedirle la madera. No podía predecir el momento en el que una ventana, una escalera, una caja o una estantería estarían terminadas. Él trabajaba mientras la madera reclamaba sus cuidados. Era incapaz de dar por concluido un trabajo hasta que tenía la certeza de que sus manos no podían hacer nada más por cada mueble, por cada pieza de madera por pequeña que fuera. “Sabe –me decía para que entendiera cómo hacía su trabajo–, cuando alguien entra en mi taller, yo dejo que me cuente, que me explique qué quiere, y después decido si acepto el encargo”.

La mesa se quedó arrinconada en el taller, esperando pacientemente que llegara su turno junto a los restos de lo que parecía haber sido una puerta, entre maderos y listones, sepultada bajo una capa de serrín cada vez más espesa que amenazaba con ocultarla totalmente.

Una mañana el carpintero tomó un trapo y se dirigió a la mesa del maestro. Al quitar el serrín pudo ver la madera surcada de líneas, las esquinas astilladas, la huella que el paso del tiempo había dejado en el tablero… La madera aún estaba viva… Abrió y cerró algunos cajones. Como si sus ojos no le bastaran para conocer el estado de la mesa, la acarició demoradamente con sus manos decididas y firmes. Sonrió. Le gustó mucho más que cuando unos meses atrás la recogió de la basura. “Hoy –dijo para sí– me pondré con la mesa de Irene”. La empujó hacia la zona de trabajo, el espacio en donde lo más importante de aquel universo lo tenía al alcance de la mano: la lijadora y el cepillo, las escuadras y las reglas, los formones y las gubias, las barrenas, los martillos, los destornilladores de todos los tamaños, los lapiceros y los compases, los serruchos, las fresas, los sargentos, las tenazas, el bote de cola blanca… Antes de hacer nada contempló nuevamente la mesa, se acercó al calendario y trazó con su lápiz rojo un círculo sobre el día 20 de septiembre. Encima escribió: “Mesa de Irene”. Aquel acto no tenía ninguna importancia práctica. El 20 de septiembre, la víspera de estrenar el otoño, no iba a ser la referencia de nada. Él trabajaba sin plazos y sin límite como si el trabajo no tuviera que ver con él. Pero quería saber cuánto tiempo era necesario para que la mesa decidiera nacer. Sus manos trabajaban silenciosas sobre el roble. Acuchillaban, lijaban, cepillaban, volvían una y otra vez sobre los bordes, pulían los cantos, eliminaban algunas manchas de tinta que habían teñido el tablero de la mesa…

Después de unos días en el pequeño taller del artesano todo giraba alrededor de la mesa. El mundo se reducía a la relación del carpintero con ese mueble. Parecía que conversaban, se estremecían, sufrían y disfrutaban al unísono. Lo que sentía el uno lo percibía también el otro. Cuando se sumergía en sus proyectos, el carpintero sólo podía pensar en el modo de responder a las preguntas que le hacía la madera, como si las virutas que se extendían por el suelo impregnaran también sus sueños.

Cuando ya había concluido los trabajos más urgentes por el exterior de la mesa, sacó los cajones y comenzó a prepararlos para recibir el barniz que protegería la madera. Entonces, al darle la vuelta completa a la mesa fue cuando descubrió, pegado en el fondo de la cajonera, un sobre marrón. Lo arrancó cuidadosamente procurando no romper el papel y comprobó que había algo en su interior. Abrió el sobre y sacó una fotografía y una papeleta electoral en la que bajo el título de “Elecciones a Diputados a Cortes. Coalición de Izquierdas” había escritos cuatro nombres. Con ese patrimonio se presentó en mi despacho.

* Fragmento de la novela Las manos de Julia. Siempre es difícil encontrar editor para las historias. Pero es más difícil escribirlas. Y esta novela ya está escrita.

 

 

SÁNCHEZ VALLÉS Y 'EL JUGLAR DEL LANGUEDOC'

SÁNCHEZ VALLÉS Y 'EL JUGLAR DEL LANGUEDOC'

Afirmaba Joaquín Sánchez Vallés en la presentación en Madrid de su última novela: “El juglar de Languedoc (Ediciones Irreverentes), que transcurre a comienzos del S.XIII, se sitúa históricamente en el tiempo en el que nace el amor cortés, que es un amor feudal. Hasta entonces, el amor era algo físico, no se concebía el amor espiritual como ahora se puede entender, y los juglares y trovadores convierten a la mujer en objeto de adoración. Trasladan el respeto de la época por el señor feudal, a la mujer, a la que convierten en un ser superior al que rinden vasallaje.”

            En ese contexto se mueven el juglar y el trovador protagonistas de esta novela histórica que se desarrolla en plena herejía cátara, en el territorio del Languedoc, entre Toulouse y Marsella, en plena guerra de los señores feudales y de la Iglesia Católica contra el Sur refinado y culto, que acabará con las hogueras del Santo Oficio y la muerte de miles de cátaros.”

            Sánchez Vallés respondió a los medios sobre lo que hubiera podido suceder con España de ser otro el resultado de la batalla de Muret: “Los señores del Languedoc eran vasallos de la Corona de Aragón. Pedro II, hijo de Alfonso II, se casó precisamente con María de Montpellier con la voluntad de extender sus territorios por el sur de Francia. El deseo de la Corona de Aragón era extenderse por el Languedoc y una vez reunidos los terrenos de Aragón con el Languedoc, dar por concluida la extensión territorial y hacer un país. Pero la derrota de Pedro II en Muret, que además le costó la vida, hizo que su hijo Jaime I, se decidiera por emprender la conquista de Valencia y Mallorca. Si Aragón se hubiera anexionado aquellos territorios del sur de Francia, sin duda el mapa de Europa, y por lo tanto el concepto de España, sería muy distinto.”

            Llama poderosamente la atención el modo en que aparece la prostitución en la novela, ya que según el autor, “no era la prostitución una práctica tan mal vista como ahora, sin duda por nuestra tradición romana. La imagen de la prostitución fue ensuciada por la Iglesia católica en la Edad Media, pero estamos hablando del sur de Francia, refinado, culto, abierto, tierra de paso, y en una época donde el amor sentimental estaba naciendo. Antes el amor era algo carnal. Una de las protagonistas es prostituta y a nadie le extraña, y cuando tiene necesidad de ayuda en el negocio, echa mano de su prima. Y nadie se escandaliza. Cualquiera debe saber que todos los ejércitos, al hacer un sitio de cualquier ciudad, iban acompañados de las suficientes putas para satisfacer a los soldados. La prostitución era tenida como algo normal y necesario.”

            Esta novela es un canto a la derrota, en tiempos en los que sólo los vencedores merecen atención; “los protagonistas son todos derrotados, los cátaros muertos a manos de la Iglesia Católica; Pedro II de Aragón muerto en Muret; la Corona de Aragón sin el Languedoc; el Languedoc perdiendo su riqueza cultural, artística, su brillante modo de vida para beneficio de la Iglesia y de los nobles del norte; y el juglar y el trovador siempre sin fortuna. Si lo pensamos bien, aquel tiempo es como ahora. Nada ha cambiado.”

 

Joaquín Sánchez Vallés (Huesca, 1953). Licenciado en Filología Románica, es profesor de Lengua y Literatura en el instituto “Félix de Azara” de Zaragoza. Ha publicado dos novelas: La ciudad junto al río, que resultó finalista del Premio “Azorín” (Ed. Aguaclara. Alicante. 1990), y La costa de las perlas, Premio “Francisco Ayala” (Universidad Popular. San Sebastián de los Reyes. 1997). Su más reciente incursión en la prosa es un libro de relatos: “El hombre-lobo de Huesca” (Ed. Certeza. Zaragoza. 2008).

 

*Nota remitida por la editorial Ediciones Irreverentes. Hace unos días, en ‘Artes & Letras’ de Heraldo de Aragón, Ramón Acín publicó un extenso comentario sobre la novela de Joaquín Sánchez Vallés, también un estupendo poeta. Por cierto, esta novela se mueve en el lugar y los espacios históricos en que se mueve otra ambiciosa novela: El Rey Conquistador. La crónica oculta de Jaime I (Edhasa) de José Damián Dieste y Ángel Delgado.

 

LEONCIO GASCÓN Y AQUELLOS VIAJES A LA JOTA

LEONCIO GASCÓN Y AQUELLOS VIAJES A LA JOTA

Esta tarde, desde las cinco y media he estado seleccionando papeles, revistas, cosas que he ido guardando desde 1985 más o menos. He tirado un montón de recuerdos. Mis sobrinos, mis cuñados, mis hijos, Carmen: todo el mundo ha echado una mano. He encontrado este texto, inspirado en mi suegro Leoncio Gascón, que apareció en Heraldo de Aragón en 2002. Pensaba en la niñez de mi hijo Daniel (yo creo que en un homenaje de inmenso cariño se ha puesto su apellido) y en la relación tan particular y mágica que ambos tuvieron.

PROMESAS DE ABUELO

 

 

Mi abuelo está ahí, inmóvil ante el televisor, pero muy vivo, con su imaginación de poeta y su torrente de recuerdos. Tuve suerte con él: me enseñó a conocer los animales y a viajar por las enciclopedias. Cuando no sabíamos una palabra o la fecha de una batalla las buscaba, y me pedía que le leyese las entradas en voz alta. Así conocí mejor vocablos como núbil, secuencia, Trafalgar o Cervantes. Me gustaban los coches y conocía todas las marcas. Un día entré en un concesionario y dije: “Quiero ese Volkswagen Vento. Ahora viene mi abuelo y lo paga”. Y mi abuelo llegó con su muleta y dijo: “Te lo compraré, sí, pero antes debes sacarte el carné”.  Cada día íbamos al barrio de La Jota: él era el cajero de SPAR, el cajero, el asesor del jefe, el empleado más veterano, quien más hambre tenía. Antes había sido carbonero. Íbamos en un Renault 8 al principio, y luego en un SIMCA 1200. Siempre lo conducían mis padres o mis tías. Conozco a la perfección las calles de Pascuala Perié, Felisa Galé o José Oto. Cuando volvíamos a buscarlo, al final de la tarde, quería que fuésemos a la plaza y me decía: “Mira bien ese edificio. Ahí tengo el piso que un día será para ti”. La foto es de Willy Ronis.]