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Antón Castro

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FRANCISCO JAVIER SANZ BECERRIL: DIEZ POEMAS

FRANCISCO JAVIER SANZ BECERRIL: DIEZ POEMAS

Francisco Javier Sanz Becerril ha sido el ganador del V Premio de poesía de la Delegación de Gobierno-Cajalón con su poemario Immanere, un volumen algo mejor editado que el de Almudena Vidorreta (aún no he visto El Alhaquín de Fernando Sarría), que se cierra bruscamente sin índice ni colofón, ni páginas finales de respeto. Se trata de un libro dividido en cuatro partes que refleja el interés del autor por las lenguas, especialmente por el inglés, hasta el punto de que escribe una pieza directamente en inglés. Javier Sanz Becerril es autor de varios y traductor. Éste es un libro marcado por el tormento de existir, por la búsqueda de razones para seguir, la búsqueda e indagación en el propio ser, por el tedio, por la presencia de la muerte y por el poema-aforismo o sentencia.

 

Copio algunas piezas:

 

1

 

Una manada de ñus avanza despacio;

uno de ellos camina hacia una muerte horrible.

 

2

 

Quedo en el camino de otro

que queda en mi camino.

Somos recodo, punto muerto…

 

3

 

La vida siempre es uno más que la muerte.

 

4

 

El alcohol (en otra versión la locura)

es lo que le falta a la belleza.

 

5

 

Tener conciencia,

si no es para ser inmortal

no sirve.

 

6

 

Fingir, formular, decir

lo que uno se espera:

He aquí la vida verdadera.

si sabes, calla y mira:

Estás muerto y no lo sabes.

 

7

 

Para mí, el eterno femenino

es el permanente maltrato que ejerzo sobre mí mismo,

otra forma de violación del ego.

 

8

 

Porque en cada nuevo amor te amo

siempre fuiste la primera y la última.

 

9

Veo, releo lo que tengo escrito;

niego la negación de lo dicho

y me siento inmóvil en el centro del silencio,

equidistante de toda pronunciación,

exposición de teorías y broncas callejeras.

Envejecer me parece sano y oportuno:

Ya tengo un pie en el silencio

y otro en la edad de los precipitados.

[La foto es de la alemana Monica Menez. Si alguien pudiera darme un contacto con los administradores de blogia, os estaría muy agradecido. Saludos. ]

 

 

ALMUDENA VIDORRETA Y SUS 'HOMBRES INSACIABLES'

ALMUDENA VIDORRETA Y SUS 'HOMBRES INSACIABLES'

 

 

Almudena Vidorreta Torres (Zaragoza, 1986) ha sido uno de los accésits del premio de poesía de la Delegación de Gobierno de Aragón-Cajalón (el ganador ha sido Francisco Javier Sanz Becerril; el otro finalista el poeta incesante Fernando Sarría). El pasado martes me llegó su libro, Algunos hombres insaciables, con una cariñosa dedicatoria. Le tengo mucho afecto a Almudena desde hace tiempo. El giro que ha dado aquí Almudena es espectacular, si repasamos su breve obra anterior, de corte más feminista, de indagación en los secretos del cuerpo, de la identidad, y en el terreno siempre viscoso e interminable del amor. Aquí opta por un tono un tanto apocalíptico y bíblico, más narrativo, con mayor hondura y pluralidad de voces.

 

He aquí uno de los poemas:

 

V

 

El día de mi muerte

estará lloviendo a cántaros.

Mis dos hijos me mirarán desde los pies de la cama:

ella, con la cabeza apoyada en mi pierna,

él, arañando las sábanas con disimulo y rabia contenida…

Es como su padre, pensaré,

es igual, igual que su padre.

Los tubos se acoplarán a mi nariz y mi garganta,

correrán cientos de sueros por mis venas

y el último de los hombres insaciables

habrá hecho un par de llamadas inútiles

para decirles a todos que me ahogo sin remedio.

Miraré de reojo por la ventana inmensa

y veré cómo la tempestad golpea los cristales,

las gotas como balas anunciarán el final

y no tengáis miedo

porque él sabe lo que hay que hacer:

deslizará su nariz por mi cuello tembloroso

como tantas otras veces

y me dirá al oído que niña, descansa,

pronto dejará de llover.

 

Algunos hombres insaciables. Almudena Vidorreta Torres. Aqua, en colaboración con la Delegación de Gobierno y Cajalón. Zaragoza, 2009. 48 páginas.

JOHN UPDIKE: CITA Y RECUERDO DE DANIEL GASCÓN

JOHN UPDIKE: CITA Y RECUERDO DE DANIEL GASCÓN

[El escritor, guionista de cine y de televisión, y traductor Daniel Gascón recuerda brevemente esta mañana a John Updike, al que hemos leído en sus últimas ediciones de Tusquets, especialmente.]

 

Ha muerto John Updike (1932-2009).

En 1969 escribió:

Nací riendo, he creído en el absurdo,

Que me trajo hasta este punto; de aquí en adelante

Debo fingir que soy un hombre serio.

Martin Amis escribió en La guerra contra el cliché:

“La última sección del libro [Self-Consciousness: Memoirs, de Updike], ‘On Being a Self Forever’, es, hasta donde llega mi conocimiento, lo mejor que se ha escrito sobre cómo es envejecer: la edad, y el único fin de la edad.

El insomnio ofrece un paradigma: la mente no puede quedar dormida mientras se observa a sí misma. Con el primer bandazo hacia una idea sin sentido nos despertamos de pronto con una anticipación impaciente, ansiosos por estar dormidos.

Una escritura como esta se gana el asentimiento más profundo; parece extender la comunidad humana”.

 

[*Me gusta mucho esta foto del little John con un libro en la mano. No es una buena foto en cuanto a calidad, pero sí lo es por su sugerencia y su sentido evocador y acaso premonitorio en el mejor sentido del término.]

 

UPDIKE: FALLECIÓ EL CRONISTA DE LA VIDA COTIDIANA

UPDIKE: FALLECIÓ EL CRONISTA DE LA VIDA COTIDIANA

El novelista estadounidense John Updike, cronista del desencanto vital de la América de clase media, ha fallecido a los 76 años, tras años de lucha contra un cáncer de pulmón, según ha informado su editorial, Alfred A. Knopf, en The New York Times.

Autor de grandes frescos de la norteamérica contemporánea, como la saga protagonizada por el ciudadano medio Harold Angstrom, alias Conejo, (en Conejo es rico y Conejo en paz, que le valieron el Premio Pulitzer), Updike, ganador del Premio Pulitzer, destacó como escritor de relatos, crítico literario y ensayista en publicaciones de presitigio com The New Yorker y The New York Review of Books. Era uno de los intelectuales más influyentes de Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XX. Y además era un superventas.

Updike, que residió en Beverly Farms, Massachusetts (EE UU), fue un autor tremendamente prolífico: escribió más de 50 libros (unas 25 novelas) en una carrera que abarca desde las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial a la actualidad. Compaginaba la escritura de ficción (novelas y cuentos) con la de críticas y ensayos. Su producción novelística fue la que le situó en un lugar destacado de la literatura estadounidense contemporánea, junto a grandes firmas como Saul Bellow, Philip Roth, Don DeLillo y Kurt Vonnegut, entre otros.

Sin el Nobel

Entre su amplia galería de galardones no se cuenta el Nobel de Literatura, circunstancia de la que Updike se resarció en una de sus ficciones: uno de sus personajes más recordados, el novelista Henry Bech, egocéntrico y mujeriego, recogió el galardón en 1999.

De su amplia producción destacan las obras en las que retrató la América residencial, la de las urbanizaciones de casas residenciales. Esa América que resurgió con ímpetu tras la Segunda Guerra Mundial, cuando empezaba a olvidarse la Gran Depresión que postró el país tras el crash de 1929. En esos Estados Unidos convalecientes creció el joven Updike, nacido en el seno de una familia protestante en Reading, Pennsylvania, en 1932.

De la desolación de la Gran Depresión, al optimismo de los cincuenta, Updike tomó el pulso a la sociedad estadounidense. Y así siguó durante los sesenta, que vieron el surgimiento de la lucha por los derechos civiles y la oposición a la guerra de Vietnam.

 

*Esta es una de las primeras notas que redactó ayer El país sobre la muerte del gran escritor. La primera vez que lo leí fue en Carral, A Coruña, en torno a 1977, en la casa de mi amigo Pepe Fariña, en una edición de Círculo de Lectores. Me gusta mucho esta foto feliz y familia, donde John Updike, mucho más joven, tiene el perfil de pájaro que tuvo siempre y esa perrera atrevida y rubia de pícaro.

 

RETRATO DE POETAS

RETRATO DE POETAS

Hace unos días, el pasado viernes, Juan Marqués presentaba su poemario Un tiempo libre (La Veleta). Posó luego con algunos poetas (Almudena Vidorreta, David Mayor, Fernando Sanmartín y Jesús Jiménez Domínguez) para Aloma Rodríguez.

PABLO NERUDA: UN POEMA DESDE AURORAINE

PABLO NERUDA: UN POEMA DESDE AURORAINE

Desde Argentina, Auroraines pone un enlace con mi blog. Entro -http://auroraine.blogspot.com- y veo, entre otras muchas cosas, este poema de Pablo Neruda. Lo ilustro con el hermoso rostro de la joven Anne Hathaway, la gran actriz que se llama igual que la mujer de William Shakespeare, madre de sus dos hijos.

 

 

Quiero que sepas

una cosa.

 

Tú sabes cómo es esto: si miro

la luna de cristal, la rama roja

del lento otoño en mi ventana,

si toco

junto al fuego

la impalpable ceniza

o el arrugado cuerpo de la leña,

todo me lleva a ti,

como si todo lo que existe:

aromas, luz, metales,

fueran pequeños barcos que navegan

hacia las islas tuyas que me aguardan.

 

Ahora bien,si poco a poco dejas de quererme

dejaré de quererte poco a poco.

 

Si de pronto me olvidas

no me busques,

que ya te habré olvidado.

 

Si consideras largo y loco

el viento de banderas

que pasa por mi vida

y te decides

a dejarme a la orilla

del corazón en que tengo raíces,

piensa

que en ese día,

a esa hora

levantaré los brazos

y saldrán mis raíces

a buscar otra tierra.

 

Pero

si cada día,

cada hora,

sientes que a mí estás destinada

con dulzura implacable,

si cada día sube

una flor a tus labios a buscarme,

ay amor mío, ay mía,

en mí todo ese fuego se repite,

en mí nada se apaga ni se olvida,

mi amor se nutre de tu amor, amada,

y mientras vivas estará en tus brazos

sin salir de los míos.

 

Poema: Pablo Neruda

 

ENRIQUE VILA MATAS: EN BUSCA DEL CATÁLOGO PERDIDO

ENRIQUE VILA MATAS: EN BUSCA DEL CATÁLOGO PERDIDO

[En la edición de El País de Cataluña, Enrique Vila-Matas publica este interesante artículo ‘En busca del catálogo perdido’. Habla de que le molesta la expresión ‘Velocidad de crucero’, una expresión que yo he utilizado mucho para referirme a los corredores de 1.500 capaces de llevar un buen ritmo de carrera y a los que les solía faltar un buen esprint final. El ejemplo español de los 80 era el cántabro José Manuel Abascal, que solía podía ganar una carrera llevado una elevada velocidad de crucero y haciendo un ataque desde lejos, desde los 500 últimos metros en su caso. El artículo de Enrique, desde luego, no habla de eso, habla de libros, de formas de leer, de títulos, de autores, de curiosidades, de felices anecdotarios que Enrique transforma a su antojo, con esa maestría que le ha dado el destino. No estoy seguro del todo que este desnudo sea, de veras, el de Rita Malú.]

 

EN BUSCA DEL CATÁLOGO PERDIDO

Por Enrique VILA-MATAS

1. No sé quién dijo que la cultura comienza con la lectura de catálogos de libros. Es muy posible. Es más, conocí una vez a alguien muy culto que era un experto en inventarios de todo tipo y los coleccionaba con una pasión tan desbordante que siempre sospeché que únicamente leía eso. Llevo años construyendo un catálogo de lo que me gusta y lo que no me gusta. Es un extenso y meticuloso inventario de amores y repulsiones, que algún día creo que publicaré: habrá sorpresas.Me acuerdo de la lista que hizo Barthes en su libro autobiográfico: "Me gusta: la lechuga, la canela, el queso, los pimientos, Haendel, los paseos mesurados, la sal cruda, las novelas realistas, el piano, el café (...) No me gustan: los perros falderos blancos, las mujeres en pantalones, los geranios, las fresas, el clavicordio, Joan Miró, las tautologías, los dibujos animados, los mediodías, la fidelidad, las veladas con gente que no conozco...". Es verdad que la lista de lo que nos gusta carece de importancia para la mayoría de la gente y aparentemente, además, no tiene sentido. Y sin embargo, decía Barthes, ese me gusta y ese no me gusta significa algo; quiere decir que nuestro cuerpo no es igual a los otros cuerpos y que podría hablarse de una especie de intimidación del cuerpo, que obliga al otro a soportarnos liberalmente, a permanecer silencioso y cortés ante goces o rechazos que no comparte. No podemos matar al otro porque nos moleste su forma displicente de mirar al mar, por ejemplo. Y en cambio, sí matamos tranquilamente a una mosca si nos fastidia. Y si no la matamos, dice Barthes, es por puro liberalismo. Total: que somos liberales para no ser asesinos. Eso me recuerda que ayer, en la sesión televisada del Parlament, oí a un orador que, a propósito del problema universitario, recurrió a la expresión "velocidad de crucero" para decir no sé qué sobre el plan de Bolonia. Lo hubiera matado. Me saca de quicio que se utilice esa expresión, "velocidad de crucero", para cualquier cosa. Me parece una horterada y no sé bien por qué.

Lo cierto es que no soporto oír a alguien decir "velocidad de crucero" y he incluido esa expresión en mi lista de cosas que no me gustan, esa lista que me impide ser un asesino. Digo en ella que no me gustan los cínicos, los regalos navideños, Esperanza Aguirre, los sobacos, la gente interesada, los que emplean la expresión "velocidad de crucero"... Y que me gustan, en cambio, Bob Dylan, la curiosidad intelectual, la música de Nouvelle Vague, las rosas, el libro Veinte cosas que nos convierten la vida en un infierno, publicado en Francia por Dominique Noguez, un antiguo compañero de juergas. Noguez ha hecho un catálogo razonado de todo aquello que le produce leves malestares graves y dice que no le gustan los atascos, los dentistas, los corsos, los perros agresivos, las huelgas de transportes, las encuestas, las endoscopias...

2 - Me gustan -Barthes pudo inspirarse en ellas- las siempre geniales listas que Perec llevó a cabo, pero también los que tenía proyectado realizar, como por ejemplo aquel inventario de todas las camas en las que había dormido fuera de su casa a lo largo de toda su vida. Hay en la obra de Perec, gran hacedor de catálogos, una reiteración obsesiva de descripciones de objetos y creo que nos bastaría con las que podemos encontrar en su extraordinario La vida, instrucciones de uso para poder fabricar un libro que podría ser un animado gran inventario de objetos de todo tipo acumulados en un solo inmueble de París. La propia obra de Perec tiene la vocación del catálogo, que es muchas veces una forma de imponer un orden arbitrario al mundo. Y creo que Perec, además, veía ese mundo como un catálogo perdido.Si nos convertimos en hacedores de un catálogo, veremos que éste siempre nos sobrepasa y que, además, es recomendable no agotarlo y permitir que los lectores te reprochen haber dejado de lado muchos nombres o datos. Que alguien te avise muy ufano de que te olvidaste del coleccionista Walter Benjamin, por ejemplo. Sospecho que esta norma de no completar los inventarios la han seguido a la perfección los creadores de este sorprendente Catálogo ragionato di libri introvabili (Catálogo razonado de libros inencontrables) que he vuelto a leer estos días; un libro que Jordi Llovet calificó en su momento de "fabuloso, incomparable, una de las cimas de la literatura burlesca de los últimos cien años".

A Perec también le habría encantado todo lo que contiene ese libro: referencias bibliófilas al Quijote de Pierre Menard; Quadern verd, de Jusep Torres Campalans; todos y cada uno de los libros inventados por Bolaño en La literatura nazi en América; una perla titulada Retrato del autor visto como un mueble, siempre, de Georges Perec; Enciclopedia de las ciencias inexactas, de Henri Chambernac; Eclipses littéraires, de Robert Derain (París. M. Maniere, 2000, 13,50 euros); bromas cargadas de malicia como Le facteur chouette et la derridance, de Jacques Derrida, o el libro de Roberto Benigni Los espárragos y la inmortalidad del alma (6,20 euros); un tratado sobre las narices, escrito por Hafen Slawkenbergius (Londres, Letters, Yorick 1761)... Todos estos libros y 300 más son clasificados en este volumen sobre textos que sencillamente no existen, pero que están ahí perfectamente catalogados. El libro incluso contiene una foto de la bella Rita Malú, un personaje que me es muy familiar, pero que creía que no existía. Lo que sí ya puedo asegurar que existe es Catálogo ragionato di libri introvabili, volumen publicado por Zanichelli, editores de Bolonia. Contiene un apéndice magnífico que comenta las bibliotecas imaginarias de Laurence Sterne, del capitán Nemo, de Edgar Allan Poe, del enigmático Vilém Vok y de Giorgio Manganelli, entre otros.

 

LOS ESCRITORES ESPÍAS. Por JESÚS MARCHAMALO

LOS ESCRITORES ESPÍAS. Por JESÚS MARCHAMALO

(Jesús Marchamalo es uno de mis escritores-periodistas favoritos, como ya he contado aquí en varias ocasiones. Disfruto mucho con todo lo que hace. Me encanta su sentido de la actualidad, su ausencia de pereza, su desenfadada imaginación, su ingenio y su erudición llena de gracia y de humor. Hoy me ha escrito y me habla de este artículo que publicó hace unos días en ABCD Cultural sobre los escritores espías, un tema que siempre me ha interesado. En una ocasión conté la historia de Philby, que volvió herido de Teruel y se recluyó en el Gran Hotel de Zaragoza en los brazos de alguna mujer y así pasó un par de meses o tres de la contienda.)

ESCRITORES EN LA SOMBRA

Jesús Marchamalo

Todo ocurrió casi como en una novela. El manuscrito de Doctor Zhivago fue sustraído de un avión y microfilmado página a página por agentes de la CIA, que después lo imprimieron clandestinamente en una imprenta de la agencia en Ámsterdam. Era la primera edición en ruso, con la que se cumplía un requisito imprescindible para que a su autor, Borís Pasternak, le fuera concedido el Premio Nobel, al que se vio obligado a renunciar debido a las presiones que recibió por parte de Nikita Jruschov.

Las rocambolescas circunstancias que rodearon ese año el premio han sido conocidas recientemente gracias a la investigación de Iván Tolstói, quien afirma que Pasternak fue ajeno en todo momento a las maniobras de gobiernos y agentes secretos que se tejían en la sombra.

Ha habido muchos otros escritores que han mantenido relaciones no tan inocentes con el mundo del espionaje. Es sabido que Ian Fleming y John Le Carré fueron espías, un mundo que reflejaron, cada uno a su manera, en el ambiente opresivo y a veces burocrático de sus novelas. Pero también autores tan inesperados como J. D. Salinger o Roald Dahl tuvieron que ver con ese oscuro mundo de la inteligencia. El primero realizó labores de contraespionaje durante la Segunda Guerra Mundial, y Dahl pasó parte de la guerra trabajando para el espionaje militar en el norte de África. “La relación entre los escritores y el espionaje es algo que viene de lejos”, afirma Fernando Martínez Laínez, autor del libro Escritores y espías (Temas de hoy, 2004), en el que se habla de cómo Garcilaso, Quevedo o Cervantes, entre otras muchas glorias literarias, se dedicaron a actividades de información encubierta. “Hay dos rasgos comunes al escritor y al espía: uno es la duplicidad, el ser capaz de vivir una doble vida, de enmascarar e idear historias, y el otro es la facultad de observación, la capacidad de fijarse en las cosas, incluso en las que aparentemente carecen de importancia”.

Tuvieron relación con el espionaje el dramaturgo Christopher Marlowe, Voltaire y Daniel Defoe, el inmortal autor de Robinson Crusoe, al que muchos consideran el creador del servicio secreto británico, ya que propuso al Gobierno utilizar su trabajo como periodista y sus frecuentes viajes por el país para crear una red de informadores.

ESPAÑA 1936

Uno de los momentos en que espionaje y literatura se cruzaron de forma más insistente, también novelesca, fue en España durante los primeros meses de la Guerra Civil.

A finales de octubre de 1936 llegó a Madrid el escritor Arthur Koestler. Probablemente se hospedara en el hotel Florida, en la Plaza del Callao, donde también lo harían, durante sus estancias en la capital, Antoine de Saint-Exupéry, John Dos Passos y André Malraux, entre otros. Todos se conocían, y era fácil verlos pasear por la Gran Vía, en dirección a Chicote, o comiendo en el Hotel Gran Vía, enfrente de la Telefónica.

El otro hotel imprescindible era el Gaylord’s, situado cerca de la Plaza de la Independencia, que acogía al Estado Mayor de las fuerzas soviéticas en Madrid. Un ejército invisible –nunca se reconoció que estuviera en España- de aviadores, tanquistas, asesores militares y espías, decenas de ellos, que trabajaban a las órdenes de Alexander Orlov, el jefe de la NKVD, el antecedente del KGB, en España.

En el bar del Gaylord’s, donde se bebía la mejor cerveza de Madrid, era fácil ver a Ernest Hemingway buscando siempre la información más fiable, y al escritor Illia Ehrenburg, que trabajaba para la revista Izvestia y que al tiempo realizaba informes confidenciales para el embajador Rosenberg, el hombre de Stalin en España.

En 2003, el artista Carlos García-Alix, apasionado investigador de esa época, publicó Madrid-Moscú (T ediciones), donde retrata el Madrid de la guerra. “Hay una mujer que es Margarita Nelken, escritora, crítica de arte, diputada que dio nombre a un batallón, y que acaba de confirmarse, tras la desclasificación del Informe Venona, un documento interceptado por la CIA a mediados de los años 40 y ahora hecho publico, que fue agente del KGB, como se sospechaba. Y es probable que ya trabajara para los rusos durante la guerra, con el nombre en clave de Amor; la camarada Amor”.

Hubo otro escritor, Mijaíl Kolstov, que se movía como pez en el agua en aquellos primeros meses de guerra. Corresponsal del diario Pravda y autor del Diario de la guerra española, fue uno de los organizadores del Congreso de Escritores Antifascistas. Tuvo siempre línea directa con Stalin, y fue quien inspiró a Hemingway el personaje de Karkov de Por quién doblan las campanas. Terminada la guerra, fue acusado de haber actuado como agente doble al servicio de los aliados y de haber colaborado con una red para la que también recabaron información Koestler y Sant-Exupéry. Nunca se sabrá si había algo de verdad en las acusaciones. Kolstov fue juzgado, condenado, y fusilado, al parecer, en febrero de 1940 junto al dramaturgo Vsevolod Meyerhold.

LOS CINCO DE CAMBRIDGE

Otro personaje que cubrió la Guerra Civil española, aunque en este caso desde el bando franquista, fue un británico que trabajaba para el London Times, el atildado y escurridizo Kim Philby, al que Franco concedió la Cruz Roja al mérito militar, tras ser herido cerca de Teruel por una granada de obús. Philby sería el jefe, en la sombra, de una de las redes más exitosas de la historia del espionaje, conocida como “los cinco de Cambridge”. Un grupo de agentes que trabajó para el KGB hasta los primeros años cincuenta, responsable de la caída de más de medio centenar de espías al otro lado del telón de acero. Philby llegó a ser el responsable del departamento de operaciones antisoviéticas del MI6, y reclutó agentes, entre ellos a dos jóvenes de prometedora carrera: Graham Greene, y John Le Carré.

“Durante la guerra fría se vivió una paranoia absoluta de sospechas y purgas”, es de nuevo Martínez Laínez. “Pero ése fue el caldo de cultivo que permitió a los soviéticos poner en pie una maquinaria de espionaje única en la historia en la que, según la concepción socialista, los escritores, el mundo de la cultura, eran trabajadores al servicio de la causa”.

En ese ambiente opresivo donde todo el mundo vigilaba y se sentía vigilado, era difícil mantener el compromiso ético y probablemente hubo quien se viera tentado, u obligado, a colaborar. Hace unos meses el escritor checo Milan Kundera fue acusado de haber delatado a un disidente político en los años 50. Aunque Kundera lo negó, el fantasma de la sospecha volvió de nuevo a cernirse sobre los escritores que vivieron tras el telón de acero.

Tal vez nunca sea posible conocer la verdad. Queda, eso sí, el consuelo de la literatura.

[En la foto vemos a Kim Philby tras sufrir un accidente en la guerra civil española, concretamente en Teruel.]