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Antón Castro

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MIS 'FOTOGRAFÍAS VELADAS', MAÑANA EN CÁLAMO

MIS 'FOTOGRAFÍAS VELADAS', MAÑANA EN CÁLAMO

Mañana, a las 20 horas, en la librería Cálamo, se presenta mi libro Fotografías veladas, que ha publicado Xordica.

 

Fotografías veladas es un libro de relatos dividido en tres partes: en la primera aparecen Patricio Julve, intentando captar el castillo de Loarre y en los viñedos de Barbastro, se cuenta una historia de amor de Gustavo Adolfo Bécquer en el Moncayo, hay otro relato basado en hechos reales de unos maquis de Urrea de Gaén, y aparece otro fotógrafo, Manuel Martín Mormeneo, que intenta cumplir un extraño encargo: retratar una caserón desvencijado de Garrapinillos. En esa primera parte parte, en el tríptico ‘Fotos robadas’, un estudiante narra la fascinación casi amorosa que experimenta ante una fotógrafa que se empeña en atrapar la enfermedad portuguesa de José Saramago.

 

La segunda parte transcurre en gran parte en Galicia. O narra historias de gallegos en Aragón. Se habla de un jugador y entrenador de fútbol que pasa de la gloria al ocaso, de un misterioso perro que sale cada noche del mar, de un arquitecto que se vuelve un francotirador en las calles de Zaragoza y su hijo investiga su arrebato de locura una década después. Y por contar hasta se cuenta una historia vinculada con las minas del wolfrán en Galicia y con las del carbón en el Bajo Aragón, y con aquella película inolvidable que es Qué verde era mi valle de John Ford.

 

En la tercera parte del libro, se habla de amores imposibles, como el que experimenta Martín Mormeneo por Dominique Sanda, de una peripecia familiar con sirena, de un perro que es enterrado entre reyes en San Juan de la Peña por un amo que nunca ha tenido auténtico amor a los canes; y se habla del amor a una ciudad en ‘El enamorado de Zaragoza’, que propone también una pasión clandestina en el museo Pablo Gargallo.

 

Fotografías veladas contará con la presencia de dos grandes periodistas y amigos: Roberto Miranda, redactor de El Periódico de Aragón, y Encarna Samitier, subdirectora de Heraldo de Aragón.

No estoy seguro de si habrán llegado invitaciones: ha sido un largo fin de semana, se celebra la Feria del Libro de Monzón... He estado en Galicia estos días por asuntos familiares, y además sin Internet, y no he podido enviaros nota alguna. Estáis todos invitados y será un honor y un placer que podáis asomaros a la librería Cálamo. Luego, si os apetece, iremos a cenar a Casa Emilio.

SENTIDIÑO. VÍCTOR JUAN LEE 'FOTOGRAFÍAS VELADAS'

SENTIDIÑO. VÍCTOR JUAN LEE 'FOTOGRAFÍAS VELADAS'

[Me avisan de que Víctor Juan ha escrito esta bella nota sobre mí y sobre Fotografías veladas en su blog. Le agradezco el afecto y la generosidad y la desmesura. Víctor Juan ha sido una persona determinante en la última década para mí por su complicidad, por su entusiasmo, por sus continuos consejos y estar siempre ahí, como una caracola que musita el rumor de la vida en medio del camino, cerca, muy cerca, de Garrapinillos.]

 

Sentidiño

 

Catorce años después Antón Castro vuelve a Xordica para ofrecernos una veintena de cuentos reunidos en un gran libro titulado Fotografías veladas. Durante más veinte años, es decir, desde siempre, Antón Castro ha construido letra a letra su universo literario, un mundo reconocible del que forman parte playas de nombres imposibles y lugares como Garrapinillos, Barrañán, Huesca, el Somontano de Barbastro, Cantavieja, Ejulve o Zaragoza, y en esos paisajes Antón hace sentir, amar, recordar y, en definitiva, vivir a unos personajes que también son ya nuestros: los masoveros, las sirenas, los aparecidos, las brujas, los fotógrafos Patricio Julve o Manuel Martín Mormeneo, escritores y futbolistas, niños que sueñan y hombres y mujeres que persiguen el amor porque saben que sólo las pasiones dan sentido a nuestra existencia.

Hace treinta años una tempestad dejó a Antón Castro varado en Zaragoza, en la ciudad amante del viento. Aquí se enamoró, tuvo cinco hijicos que, como dice Mariano Gistaín, valen más que cinco bemeubes. En Aragón Antón Castro es, simplemente, Antón, el escritor imprescindible de las palabras suaves y las metáforas que nos acechan emboscadas en cualquier párrafo para robarnos para siempre el alma. Y con palabras, durante veinte años, Antón ha construido un mundo de amistad, de atenciones y delicadezas. Cuando lean Fotografías veladas se encontrarán con el Antón de los tres mil espectadores que ven cada semana Borradores, su programa de televisión, el Antón del millón de visitantes en el blog, el Antón que comisarió la Exposición del Real Zaragoza, el Antón de Aragón, el Antón de Artes & Letras... Lean Fotografías veladas. Déjense llevar por las palabras y prepárense para sumergirse en el mundo de Antón Castro.

 

OSCAR SIPÁN: HOMENAJE A NELSON MARRA. CUENTO

OSCAR SIPÁN: HOMENAJE A NELSON MARRA. CUENTO

 

LA JAULA DE FARADAY

 

 

 

“Un literato es, en pocas palabras, un inútil

para cualquier actividad seria, un sujeto

propenso al ensueño y la especulación, que no

sólo no es útil, sino rebelde para con el Estado”

 

THOMAS MANN, Sobre mí mismo

 

“Los escritores no sirven para nada,

excepto para darle sentido a las cosas”

 

RAMÓN EDER, Ironías

 

 

 

 

Montevideo, 25 de enero de 1974

 

 

Sé que cuando pienses en mí acudirá a tu mente la imagen de ese cobarde de Juan Carlos Onetti, ese pobre seductor caduco con anteojos, la piel manchada de vejez y la corbata torcida, que te ha comunicado, fumando compulsivamente antes de unirse al resto del jurado, que tu cuento era el mejor de los 352 presentados sin discusión, pero que, por motivos extra literarios, no podía ganar. No te servirá de nada, te sonará a excusa barata, pero te he visto medio vivo, en la sala de interrogatorios de una cárcel clandestina: desnudo, sujeto con alambres a una silla, la boca seca de gritar, la sangre coagulada en los labios, los párpados vueltos del revés y los testículos aplastados con una maza, entre convulsiones y desmayos, en una agonía controlada por un hombre siniestro, con aspecto de jesuita, que te susurra al oído: Bienvenido al Taj-Mahal del dolor. Un hombre que asegura que tu final será una larga confesión, que su oficio consiste en alargar la vida hasta más allá de la muerte y que es capaz de extraer, condensado en un grito, tu compromiso político, tu alma y tus altos ideales. Y todo ese calvario por escribir un cuento de veinte miserables holandesas y por no querer revelar los nombres de los terroristas que te lo dictaron: nombres a los que no tienes acceso porque no existen. Tú no lo sabes, pero el represor desconfía siempre de la belleza y fundamenta su miedo en teorías disparatadas: mil monos comunistas tecleando en mil máquinas de escribir pueden provocar una revolución. El represor oye cantar a un ruiseñor y saca los tanques a la calle. Y por eso meterán tu cabeza en un tonel de agua helada varios minutos, largos minutos, rescatándote en el límite de la asfixia, la luz al final del túnel y los pulmones encharcados, para redactar tu certificado de defunción. Lo firmarán delante de ti y lo leerán en voz alta: Nelson Marra, de 31 años, profesor universitario de literatura, autor de El guardaespaldas, con el seudónimo conocido de Mr. Curtis, acusado de asistencia a los subversivos y fallecido por causas naturales. Te lo mostrarán varias veces antes de ponerte una bolsa de plástico en la cabeza, antes de atraparte la lengua con unas pinzas de batería, de dibujar el mapa de tus músculos con un punzón o de arrancarte las uñas con una tenaza. Y deberás recurrir a la mentira para intentar comprar tiempo. Pero la mentira es una aduana con fuertes aranceles, y no existe dato que una navaja de afeitar no pueda comprobar. Así que te encerrarán durante años en una habitación, entre la sarna, las infecciones y el asco, ulcerado pero no vencido, alimentándote de recuerdos y de sobras, la memoria como única compañera: la memoria es un corcho en el que vamos clavando caras y penas, labios de carmín y amores imposibles. Y aún así sobrevivirás, porque dejaste que la esperanza se colase entre las rendijas de tu cautiverio. Sobrevivirás a los maricas de uniforme disfrazados de machos que se intentarán colar en tus noches. Sobrevivirás para contemplar nuevos amaneceres y para tener hijos. Hasta una madrugada en que te arrojarán con los ojos vendados desde un coche en marcha en los suburbios de una ciudad, con tu juventud velada como un carrete de fotos y una cojera crónica. Recuperarás tu libertad en un país sin libertad, un país que ya no reconocerás, y, como el que entra en un cine con la película empezada, tendrás que tomar una decisión: cruzar el charco y cambiar las ventosas calles de Montevideo por un exilio de auroras boreales, las caras conocidas por las de extraños muy rubios y muy altos, al otro lado del mundo, hombres y mujeres de cariño dormido y conversación escasa: el paraíso de las razas arias que soñó Hitler. Nunca lo sabrás, pero este viejo cobarde acaba de regalarte la posibilidad de conocer a una mujer en un baile, una de esas mujeres que se apartan el pelo con naturalidad antes de sonreír, de seducirla, de disfrutar ese momento mágico de quitarle el sostén, los pechos blancos vibrando al enfrentarse a la gravedad y a tu deseo, los cuerpos entrelazados en la orilla, a la vista de todos y de nadie, profanando la rutina de las olas. Quiero que sepas que, egoístamente, también lo he hecho por mí. Puedo soportar un leve interrogatorio, pero no la abstinencia de un encierro. Y sin mi dosis diaria de alcohol sufriré una crisis nerviosa o me volveré loco. Aunque no se atreverán a retenerme mucho tiempo. Le tienen demasiado miedo a mi ángel de la guarda: la opinión pública. Aún así, me he visto exiliado en una cama de Madrid. El exilio convierte los días en domingo por la tarde, extrañando Montevideo como se extraña a una amante: el ambiente de los cafés, el olor de las madrugadas, la luz de los hoteles dudosos, lejos de los teatros y de la tranquilidad de los prostíbulos de la que hablaba Faulkner, lejos de medias que caen sin ruido en habitaciones de sirvienta, (las sirvientas son evangelios de carne y hueso), escuchando a Tchaikovsky, a Gardel y a Dolly transcribiendo a máquina manuscritos de tinta desleída, mi dulce Dolly, la mujer que más he amado, el único nexo con el mundo exterior ahora que todos están muertos o muriendo, ahora que traicionan los espejos; en los espejos duerme la niñez y no existe nada más doloroso que asomarte a tu pasado, discutiendo sobre el sexo de los ángeles con Benedetti y leyendo novelas policiales y a Baroja todos los inviernos, declinando homenajes y entrevistas, durmiendo de día con la pegajosa sombra del Nobel, esa llamada de Suecia que te inyecta inmortalidad en las venas, y escribiendo de noche con el codo dolorido, media pastilla de Metedrina y una botella de vino aguado, un testamento literario antes de mudar la carne. ¿Cómo explicarte el dilema moral de no premiar al que lo merece, la súplica, por parte de la dirección, de elegir el cuento más inocente, más liviano, que acompañe a la imagen de Salvador Allende en portada, antes que un artículo acusador, rotundo, un puñetazo sobre las conciencias que puede provocar la retirada de la edición o, incluso, el cierre del semanario que convoca este concurso? Tu cuento sería el detonante para volar todo por los aires. No ha quedado otra opción que premiar La jaula de Faraday, de Agnese Martigny, la historia de desamor del ascensorista, entre la segunda y la tercera planta de la Torre Eiffel. Un cuento azucarado sobre el destino con una frase para recordar: vivimos en soledad con destellos de compañía. Agnese Martigny, uruguaya de origen francés, es una de esas mujeres entusiastas, de sombrero y maquillaje llamativo, que caminan irremediablemente hacia la locura, y que terminan saltando desde las cornisas de los edificios. Deberías encauzar toda esa cólera que ahora sientes hacia mí en tareas más nobles y beneficiosas. Primero vive y luego escribe, sin esperanza y sin desesperación, como decía Isak Dinesen. Escribe sin descanso: la inspiración es la excusa que ponen los que no tienen nada que decir. Literaturiza tus recuerdos, tus miserias y las de los que te rodean. Ládrale a la vida, emociona. Mata al padre y desviste las historias hasta que no se les note la ficción. Pero no te cases: el matrimonio es una fosa que se cava entre dos, un invento de la iglesia católica para tener su propio infierno en la tierra. Espero que nuestro desencuentro sea como las picaduras de ortiga, que dejan una comezón en la piel y luego desaparecen. Y que algún día volvamos a vernos, en el humo de un club de jazz, con esa complicidad de los pecadores y un vaso de whisky entre las manos. Mientras tanto, admira la estampa triunfal de Agnese Martigny avanzando con sus tacones de aguja hacia el escenario, sonriendo como una Miss Mundo acodada en la baranda de un club de golf. Y no me odies.

 

 

 

 

 

Montevideo, 9 de febrero de 1974

 

 

Sigue siendo la muchacha espigada y dulce que conocí en Buenos Aires, caminando por Reconquista hacia Lavalle, con la funda de un violín bajo el brazo y una carpeta con partituras, piensa Juan Carlos Onetti al contemplar a Dolly de espaldas: la luz matinal dibujando su silueta y la de una gaviota posada en el alféizar, el cabello recogido en un moño, el violín apoyado contra el hombro izquierdo y el arco en tensión, a punto de extraer las primeras notas de los Caprichos de Niccolò Paganini. Tumbado en la cama, con los ojos entornados, fetales, Onetti administra el aliento, enciende un cigarrillo y, dejándose llevar por la música, expulsa una bocanada de humo al cielorraso del techo. Acaba de regresar a la niebla densa de Santa María, una ciudad de culpables melancólicos, su vida al otro lado de lo que llaman realidad. La música de Dolly carece de ángulos y se sostiene por puro virtuosismo. Se entrega al instrumento como un pelícano alimentando a sus crías con su propia carne. Se casó con ella cuando aún era menor de edad y nunca, ni en la peor de las crisis, ha dejado de arrepentirse. Cuatro matrimonios y mucha soledad en compañía para llegar hasta Dolly.

 

Más allá de Dolly está la nada, las calles vacías, el mar.

 

De repente la gaviota levanta el vuelo, en un mensaje agorero que no tarda en confirmarse: media docena de hombres vestidos de civil tiran la puerta abajo y les encañonan con sus armas reglamentarias. Los militares reflejados en las pupilas cansadas de Juan Carlos Onetti y un pensamiento: no sirve de nada, el represor desconfía siempre de la belleza.

 

 

Oscar Sipán

 

 

 


 

Se cumplen 30 años de la liberación del escritor uruguayo Nelson Marra, torturado y encarcelado desde el 9 de febrero de 1974 hasta el 9 de febrero de 1978, por ganar el concurso de cuentos que patrocinaba el semanario Marcha con El guardaespaldas, la radiografía de un prototipo de torturador de la policía política de los países del Cono Sur de América. Tras su reclusión, Marra se exilió a Suecia y luego a Madrid, donde falleció el 3 de diciembre de 2007.

 

Juan Carlos Onetti fue liberado el 14 de mayo de 1974 y se exilió en España.

 

Este cuento pretende ser un homenaje.

 

'EL HEREDERO', UN CUENTO DE MIGUEL CARCASONA

'EL HEREDERO', UN CUENTO DE MIGUEL CARCASONA

EL HEREDERO

 

MIGUEL CARCASONA BUJ

A menudo me pregunto dónde moriré. No cómo, que eso lo tengo claro desde hace tiempo, ni cuándo, pues me muevo en seis franjas horarios de diez minutos cada una y la precisión al segundo carece de importancia. Lo que me atosiga es saber dónde, en qué punto exacto de estos catorce kilómetros que separan mi casa de la fábrica en la que llevo dieciséis años trabajando sufriré el accidente que me costará la vida. Porque la muerte se embosca en esta carretera estrecha y de ciento a viento saca la guadaña a pasear contra alguno de los que abandonamos el pueblo buscando un jornal seguro. De mi quinta sólo quedo yo. El otro, Paco del Royo, fue de los primeros en caer. Es cierto que era un alocado y, con los primeros sueldos que ganó, le faltó tiempo para comprarse un ciento veintisiete y lanzarse a toda mecha por el asfalto lleno de agujeros a causa de las heladas. Un día metió la rueda en uno, perdió el control, cayó de lado en el azarbe y cruzó un par de campos dando vueltas de campana. Apenas se le notaban las magulladuras en la cabeza cuando lo sacaron; si no llega a destrozarse el pecho con el volante hubiera sobrevivido, decían. De los anteriores a nosotros han sucumbido la mayoría. El único que conduce tranquilo es Juan del herrero, porque en su casa nunca han vivido del campo y sabe que no corre peligro. Los demás, los que hemos dejado yermas o en arriendo las tierras, estamos sentenciados. Uno no puede vivir siempre al borde de la subsistencia, deslomándose los veranos y aburriéndose los inviernos; los dueños de una hacienda grande sí que aguantan, pero a los que poseemos cuatro pedazos no nos salvan ni las ayudas de los europeos, así que escapamos en cuanto podemos; Algunos incluso se han mudado a Huesca, aunque da lo mismo. La tierra no entiende de economías ni desapariciones. Es como una mujer abandonada que sólo piensa en la venganza. Por eso, desde que aparecieron las fábricas y los herederos no quisimos saber nada de ella, suelta de ciento a viento sus zarpazos mortales. Hasta hoy me he librado, pero a veces, cuando conduzco en las madrugadas de invierno al salir del turno de noche y la escarcha parece un sudario gigante, o cuando se levanta una tormenta de verano que amenaza con engullirme, he creído vislumbrar unos brazos sarmentosos que me reclamaban o una lengua que crecía en el retrovisor hasta llenarlo, obligándome el pánico a cerrar los ojos y detener el coche. Han sido simples avisos, porque la tierra es cruel y gusta de jugar con sus víctimas, pasándonos la guadaña a ras de pelo para que escuchemos con claridad el silbido y sepamos que nuestro futuro es un juguete en sus manos. Como lo fue el de nuestros antepasados. Como lo será el de quien se amamante en ella y luego abjure de su regazo.     

 (Del libro “Esquirlas del Espejo” (DPZ, 2006)

*La foto corresponde a la estupenda actriz Diane Lane.

 

'FOTOGRAFÍA VELADAS': NUEVO LIBRO EN XORDICA

'FOTOGRAFÍA VELADAS': NUEVO LIBRO EN XORDICA

Acabo de publicar, catorce años después de Veneno en la boca. Conversaciones con 18 escritores, un nuevo libro en Xordica: Fotografías veladas, una colección de 19 relatos divididos en tres tiempos. Es un libro en el que reaparece Patricio Julve (acompañado de un taxista gallego: Ventura Amar), donde cobra vida otro fotógrafo, Manuel Martín Mormeneo, y por el que pululan Aranzazu Peyrotau y Pedro Etura, junto a otras criaturas reales como el citado Ventura Amar, Gustavo Adolfo Bécquer o Dominique Sanda. Es un libro que transcurre en distintos paisajes de Zaragoza, Huesca y Teruel, y que habla de fantasmas y aparecidos, de perros inquietantes, de locas historias de amor (quizá la mejor sea la de ‘El enamorado de Zaragoza’, basada en un compañero de juventud de Arteixo y en uno de mis mejores amigos de Zaragoza), de maquis y del mar. La portada está inspirada en la sirena que ha pintado Lina Vila en mi casa y en una foto, de la mano dorada y de la cola, que ha tomado mi hija Aloma.

 

El libro se presentará en la librería Cálamo el martes día nueve, a las ocho de la tarde, con la presencia de Encarna Samitier y de Roberto Miranda.

[Javier Vázquez, en su blog http:javiervazquez.blogia.com ha escrito:

 Acabo de terminar de leer el último libro de Antón Castro, Fotografías veladas (Xordica, Colección Carrachinas).  Es un libro hermoso, de imágenes y de fantasmas, de los de verdad y de los que no lo son pero podrían serlo.  Un libro de fotógrafos y de fotografías convertidas en palabras.  Un libro que habla de Aragón desde Galicia; un libro con amigos escondidos, con el cierzo de invitado, con historias de minas, de maquis zapateros, de misterios que no se resuelven...  Un libro donde lo inventado se mezcla con lo real y atrapa en el más cierto de los mundos: el literario.]

 

 

 

 

ADIÓS AL TRADUCTOR Y POETA ÁNGEL CAMPOS PÁMPANO

ADIÓS AL TRADUCTOR Y POETA ÁNGEL CAMPOS PÁMPANO

[El pasado jueves, yendo a Madrid, leí la noticia de la muerte de Ángel Campos Pámpano, poeta y traductor, a quien he seguido mucho a través de sus traducciones y de su revista Espacio-Espaço, que ha sido una revista de referencia y de búsqueda constante para mí. Me gustó mucho la necrológica, el recuerdo de Luis Antonio Sáez, otro gran traductor, en El País; compré El Mundo, iba a leerlo y luego lo perdí en un café de Atocha. Nunca conocí ni hablé con Ángel Campos, pero fue un auténtico mito para mí: me descubría poeta, nos revelaba la poesía portuguesa, era un buscador de tesoros, un enamorado de algunos de mis poetas portugueses favoritos: Eugénio de Andrade, António Ramos Rosa, Fernando Pessoa e incluso el poeta Saramago, en su libro “El año de 1993”, poemario que yo también traduje en gran parte para la revista “Turia”. Visito el blog de Fernando Valls y copio este testimonio directo suyo. Me ha hecho mucha gracia recordar un viaje con Ángel Crespo desde Calaceite a Teruel: uno de los nombres de los amigos del que hablamos mucho fue de Ángel Campos Pámpano.]

 

Acabo de leer en el blog, siempre atento, de Antonio Rivero Taravillo que ha muerto el poeta Ángel Campos Pámpano, de 51 años, lo que me ha producido una honda impresión, pues no hace mucho intercambiamos unos correos, con motivo de un comentario suyo en este blog a propósito de la muerte de Ramiro Fonte, lo que aproveché para agradecérselo, en privado, y pedirle colaboración. Comentaba entonces Ángel: "Volver del campo, sin internet. Llegar a casa y toparse con esto es bien doloroso. Pasamos horas en Lisboa hablando de poesía, de Pessoa, de las ediciones de bibliófilo que encontraba en el Chiado. Es injusto. La muerte es siempre injusta y traicionera".

.....

El caso es que no consiguió superar una operación quirúrgica a la que fue sometido el lunes debido a un tumor, que le fue detectado hace apenas unas semanas. Había sido profesor de bachillerato en Badajoz, pero también del Instituto Español en Lisboa. Para mí era una especie de embajador de la cultura portuguesa, cuya devoción debo en gran parte a Ángel Crespo, de lo que es buena prueba la revista bilingüe Espacio/Espaço escrito. Nunca lo traté, pero conocía y respetaba su obra como poeta y traductor, entre otros, de Fernando Pessoa...Lo más sensato sería repetir las mismas palabras que él dejó escritas sobre el poeta gallego....

 

MERCÈ RODOREDA: MEMORIA DE UN CENTENARIO

MERCÈ RODOREDA: MEMORIA DE UN CENTENARIO

 Mercè Rodoreda vino al mundo en una torre con jardín donde descubrió el paraíso terrenal. Lo perdió abruptamente en el tránsito a la adolescencia, luego fue zarandeada aquí y allá por una oleada incesante de éxodos, y se pasó muchos años intentando recuperarlo. Cuando lo recobró, a finales de los años 70, un cáncer le cerró los ojos para siempre sin apenas darle tiempo a despedirse de sus flores, de sus paisajes, de su casa en Romanyà de la Selva, aquella torre olorosa que completaba el círculo de una vida y le había devuelto, al menos simbólicamente, en otro lugar y en otro tiempo, el edén de la infancia. Mercè Rodoreda es el perfecto ejemplo de la vocación literaria: quiso ser escritora desde muy pronto, y lo fue con todas las consecuencias. Miró en el interior de su alma de su mujer y de todas las mujeres, y contó un sinfín de historias de un modo peculiar: con emoción y lirismo, con acumulación de detalles, con atmósfera y una fuerza simbólica incuestionable.

 

Mercè Rodoreda es la escritora de las flores y la vegetación, de un lenguaje peculiar, trabajadísimo hasta la extenuación, y de una mirada femenina que jamás quiso ser feminista. O de un punto de vista de mujer que rezuma voluntad de indagación, ternura y vulnerabilidad. Sus mujeres eran a la vez frágiles y rocosas, melancólicas y emprendedoras, habían nacido para el amor, pero debían enfrentarse a la soledad, al abandono, al desgarro provocado por un sinfín de accidentes: un matrimonio equivocado, la inseguridad, la Guerra Civil, la II Guerra Mundial o la pérdida de la patria, desde luego, pero también las pequeñas hecatombes cotidianas. Mercè Rodoreda siempre quiso ser una escritora sedentaria: un mujer con su cuarto propio, como su amada Virginia Wolf, y fue una fugitiva permanente. De todo y en todo.

 

Nació en el seno de una familia más o menos ilustrada y catalanista: fue la hija única de Andreu y Montserrat. Él, contable en una armería, era un gran lector y le leía, a la niña sentada en sus rodillas, fragmentos de Verdaguer y de otros poetas catalanes y universales. Su madre adoraba la música y la bohemia, y asistió a unos cursos de declamación. La figura clave de su niñez fue su abuelo Pere Gurgui, periodista y gran lector, que le contagiaba su amor por Cataluña, por la lengua y por Jacinto Verdaguer, del que había sido muy amigo. En el centro del jardín, colocó hacia 1909 una escultura del poeta de “La Atlántida”, y reprodujo en el pie de una especie de túmulo para la pieza frases y poemas suyos. En aquel ambiente, donde la niña Mercè era la reina, había otro elemento decisivo: la presencia de los árboles, arbustos y todo tipo flores, de las que luego elaborará una teoría más o menos simbólica y alegórica: “el quieto poder de las flores”, que también será el poder de las mujeres, el poder de la espera, de la quietud en movimiento del embarazo, el camino hacia el alumbramiento. Aquella familia tenía un aroma extravagante, sin duda. Mercè aprendió muchísimo, y se quedaba literalmente embrujada por la opulenta flora del casal y por la colección de objetos de todo tipo que tenía su abuelo. Pere Gurgui falleció en 1921. Había otro elemento curioso: su tío Joan Gurgui se había marchado de casa a los 14 años y mandaba cartas que la hacían soñar. Vendría algunos años después, y en 1928, tras lograr la dispensa papal, Mercè y él se casaron. Algunos expertos en la escritora, hablan de una imposición familiar: tío y sobrina se llevaban catorce años. El matrimonio no funcionó como ella había soñado, aunque dio a luz a su único hijo al año siguiente, y decidió apostar por la literatura y el periodismo. Necesitaba sentirse útil y libre. Y en ese camino, mientras irrumpía la II República y sobrevenía la contienda del 36, lo intentó todo: escribió en prensa reportajes, crónicas, entrevistas a escritores y artistas, viajes, redactó cuentos para niños e incluso cuatro novelas, que repudiaría luego. Entonces tenía mucho contacto con los escritores catalanes del momento e intentaba superar el calvario de su matrimonio. En plena contienda vivió un apasionado romance con Andreu Nin, el líder del POUM que sería asesinado por los comunistas; en 1938 se separó definitivamente. Entonces publicó la que siempre consideró su primera novela: Aloma (1938), un libro que había redactado el año anterior donde contaba la historia de una adolescente que se casa mal y que sufre un montón de episodios desafortunados. Poco más tarde, tras haber viajado a Praga y haber colaborado con el Ministerio de Propaganda, emprendió el camino del exilio.

 

Dejó a su hijo con su madre en Barcelona porque pensaba que no tardaría en volver. Sin embargo, ahí empezarían las penalidades: padeció toda suerte de acoso y de persecución, como tantos otros, en Girona, en Perpignan, en Toulouse, en París, adonde llegaron los nazis, y sobrevivió, como pudo, sin faltarle peligros de lo más variado y prácticamente sin dinero, en Limoges, en Burdeos y finalmente en París, donde se asentó con su compañero, el amor de su vida: Joan Prat, más conocido como Armand Obiols, poeta, traductor e intelectual vinculado a varias revistas de cultura catalana. En los años de París hubo de todo: trabajó de costurera y poco a poco fue recuperando su condición de escritora. Pero también participaba en tertulias y frecuentaba el Museo del Louvre: sus pintores favoritos eran Gericault y Delacroix. Hubo un periodo en que redactaba cuentos infantiles y concurría a diversos premios de poesía en Londres, París y Montevideo, hasta el punto de que recibió la distinción de “Maestra del gay saber”. Escribía con verdadero entusiasmo. Escribía como quien respira, escribía a la desesperada, siempre en catalán. E intentaba recobrar el pulso y su mirada peculiar a través de los cuentos, que era su campo de pruebas. En 1957, con el volumen Veintidós cuentos ganó el premio Víctor Catalá, y dos años más tarde concluyó Una mica de história, una novela que derivaría en Jardi vora al mar (Jardín junto al mar), protagonizada por uno de los seres que más la atraían posiblemente: un jardinero.

 

La angustia del exilio, que suponía estar lejos de su hijo, de su madre y de Cataluña, tuvo un matiz íntimo particularmente doloroso. Durante cuatro años apenas pudo mover el brazo derecho, y dejó de escribir a mano. Y a la vez abrazó la pintura: seguía los pasos de Miró, Picasso, Klee, Kandinsky, cuyos cuadros remedaba. En 1954, sin dejar la casa que tenían en París, ella y Armand Obiols se trasladaron a Ginebra, donde él se ocupó como traductor de la UNESCO. La estancia en Ginebra fue muy provechosa en todos los sentidos: Mercè Rodoreda fortaleció los vínculos con los exiliados catalanes, iba de aquí para allá con la añoranza de su tierra, pero trabajó sin descanso. Y no solo eso: le gustaba aquella ciudad tan acogedora y poblada de árboles, de flores, de parques, de jardines, de lagos y de antigüedades. Ginebra la redimía, en cierto modo, de tantas desgracias que había vivido y de la pérdida del pequeño país de origen y de sus hermosos paisajes que jamás había podido olvidar. En 1962 publicó la que está considera su obra maestra: La plaça del Diamant, y en 1969 El carrer de las Camelias. De alguna manera, son dos libros complementarios: dos novelas redactadas desde una esfera de mujer cuyas peripecias resumen en parte la propia biografía de Rodoreda y de muchos otros españoles, pero ambos libros tienen un vigor expresivo especial, una prosa envolvente, un punto de vista, un flujo de conciencia que hace pensar en James Joyce o en Marcel Proust. La muerte en 1971 de Armand Obiols, que se había trasladado a Viena obligado por su trabajo, le invita a pensar en el regreso. Cuando lo hizo a principios de los 70, acogida por una vieja amiga de antes de la guerra, Carme Manrúbia, Mercè Rodoreda tenía algo de mito y de modesta celebridad. Aún publicó más libros, algunos tan delicados como Viatges i flors y Quánta, quánta guerra. Era una escritora increíble y minuciosa, una mujer que observaba los detalles cotidianos, en eso se parece a Vladimir Nabokov y a Katharine Mansfield, y que emplea el lenguaje, o los sublenguajes y sus giros y silencios, de una manera especial, como si oyésemos de viva voz a sus criaturas.

         Mercè Rodoreda siempre fue una mujer misteriosa. Recelaba de su privacidad y nunca fue expansiva narrando sus calamidades y miserias. Tampoco mitificó su pasado ni hizo ostentación del dolor. Suscitó la admiración de numerosos autores –desde García Márquez a Rosa Chacel, no así la de Pla, que aludió a ella desdeñosamente con el término “rodolada”- y pudo al fin tener una casa con jardín en Romanyà de la Selva. Allí contemplaba la naturaleza, cuidaba las flores, contestaba a las cartas y respondía a algunas entrevistas para la televisión. En 1983, querida y galardonada por doquier, falleció de un cáncer en el hospital de Gerona. Y tal como deseaba, la enterraron en el cementerio de Romanyà de la Selva donde siempre hay alguien que deja un crisantemo en su tumba. Un crisantemo amarillo, tal vez, como aquel que robó de niña a su vecina la señora Borrás y que le había de perseguir años y años como una maldición, como un remordimiento o como la venganza de las flores.

 

IIJORNADAS CULTURALES DE GUAYENTE

[Escribe Lola Aventín, nuestra Sandra Bullock de Guayente]:

 

Queridos amigos:


La Asociación Guayente os invita a disfrutar de la segunda edición de las jornadas culturales Guayente-Plaza. Cultura de hotel. Las actividades tendrán lugar los próximos días 28 y 29 de noviembre en el Hotel Plaza http://www.hotelplazapirineos.com/  de Castejón de Sos a partir de las 19,00 h. En esta ocasión contaremos con la participación de nombres tan destacados como Carlos Marzal (Premio Nacional de Poesía, 2002), José Saborit, pintor, crítico de arte y poeta, Patricia Esteban, escritora de relatos, Mario de los Santos, escritor y editor o Emilio Pedro Gómez, poeta.
También nos acompañará Javier Bielsa y un grupo de alumnos de la Escuela de Música de la Ball, representando el monólogo de Chéjov: Sobre el daño que hace el tabaco y tendremos una cata-degustación de chocolate artesano de la casa Brescó de Benabarre.

Ver más en www.guayente.info <http://www.guayente.info/>