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Antón Castro

Escritores

BENJAMIN, EL PENSADOR DE LA CULTURA

BENJAMIN, EL PENSADOR DE LA CULTURA

Walter Benjamin, el pensador de la cultura

 

Pequeña historia del escritor, filósofo y crítico de arte que se suicidó en Portbou en 1940, acuciado por el miedo a la Gestapo

 

 

Quizá no sea el escritor más popular de su siglo ni el más fácil de leer, pero la historia de la cultura habría sido distinta sin Walter Benjamin (Berlín, 1892-Portbou, 1940). Ofrece un perfil complejo y a la vez subyugante: se trata de un hombre que piensa y debate, rodeado de “libros hasta las orejas”, al que se le unen el día y la noche: traduciendo, reflexionando sobre los cuentos populares ilustrados que tanto le gustaban, pensando en la obra de pintores como Paul Klee o Kandinsky, que eran sus favoritos, o repasando su formidable colección de fotos de Germaine Krull, una de sus debilidades. Y no solo eso: es un crítico de arte y de la cultura, un ensayista y un escritor que se mueve con mucha comodidad en el texto breve como el dietario o el microrrelato, como se ve en ‘Obra de los pasajes’, que publica Abada en dos volúmenes.

Hijo de buena familia, su padre había trabajado de banquero en París y regresó a su ciudad para dedicarse al comercio de antigüedades y de arte. Walter Benjamin, sensible y lúcido, era el mayor de tres hermanos. En la Universidad, una vez que había decidido apostar por el ala más radical de la juventud socialista y por el estudio de Marx, Engels, Bergsonb y Fichte, descubrió que era discriminado por ser judío. Contó con un amigo fundamental como Gershom Scholem, que le sugirió que analizase la vasta tradición histórica del pueblo judío; una de sus obsesiones fue vincular el judaísmo y el marxismo. Además optó por el estudio de la crítica de arte en el romanticismo.

Poco después estallaba la I Guerra Mundial. Iba a alistarse, pero se enteró de que dos de sus mejores amigos se habían suicidado en la contienda, y prefirió esperar. Algo que haría de nuevo más tarde: rechazó la llamada a filas, se vinculó a posturas antimilitaristas y eso le llevaría a vivir lejos de su país: en la neutral Suiza, en distintas ciudades. En 1917 se casaría con Dora Kellner, divorciada e hija de buena familia, y al año siguiente tendrían a su único hijo: Stefan Rafael. La convivencia estuvo salpicada de dificultades y de terceras personas a veces; vivieron en distintos lugares, Walter estudiaba hebreo, redactaba ensayos minuciosos, se entusiasmó con Charles Baudelaire al que traducirá y logró su doctorado. Algo más tarde apareció en su vida Asja Lacis, “una bolchevique letona, cristiana, actriz y directora de teatro, y con quien había conversado toda la noche”, según escribió en una carta. Fue otro de sus grandes amores, sin duda.

En 1925, viajó a España; interesado por el comunismo, en 1926, lo hizo a Rusia (Abada edita su ‘Diario de Moscú’). Siempre pendía del alambre; a principios de los años 30 consiguió un empleo como locutor de radio, y eso le permitió estudiar la cultura de masas. Escribía sobre Goethe, Kafka, Karl Kraus o Marcel Proust, al que también tradujo en compañía de Frank Hessel; se citaba con Brecht, con quien jugaba al ajedrez en Dinamarca. Le incomodaba el ascenso del nazismo. Intuía la barbarie que se avecinaba.

Se marchó de París, donde había vivido a menudo, poco a antes de la llegada de los nazis. A finales de septiembre, con un pequeño grupo, se dirigió a las montañas para cruzar España. El camino, de unos 25 kilómetros, era duro. Benjamin estaba débil (nunca le sobró la salud) y tenía miedo a la Gestapo. “Pasó la noche sin protección contra el frío o los animales de la mañana. Al día siguiente el resto del grupo re reunió de nuevo”, dice Esther Leslie en su biografía ‘Walter Benjamin: la vida posible’ (Universidad Diego Portales, 2015). El 26 de septiembre de 1940, tres policías del régimen franquista le negaron la entrada a España. Su permiso no estaba en regla, aunque sí tenía autorización para recorrer el país y para irse luego a Estados Unidos, donde le esperaba el filósofo Adorno.

Se retiró a una habitación del Hotel Francia y allí se suicidó con morfina. En una nota que dejó a su compañera de viaje Henny Gurland, fotógrafa y futura esposa de Erich Fromm, Walter Benjamin escribió: “En una situación sin salida, no tengo otra elección que la de terminar”. Lo enterraron en un ritual católico con el nombre Benjamin Walter. Era el extranjero de la maleta que cinco años después sería trasladado a la fosa común.

 

LA ANÉCDOTA

 

La muerte de Walter Benjamin sigue envuelta en el misterio: ¿se suicidó, murió de enfermedad y cansancio, o fue asesinado por los nazis y los comunistas, que entonces habían firmado un pacto de no agresión? La incertidumbre continúa y abarca también a su famosa maleta. ¿Había dentro algo especial, su último libro, apuntes, direcciones, algo comprometedor, aquellos cuadernos que cuidaba con tanto mimo? De todo ello se sigue hablando y sigue apareciendo libros y documentales. O revistas alusivas a su muerte como ‘La maleta de Portbou’. En la Universidad de Gerona, existe una cátedra dedicada a Walter Benjamin. El autor de ‘Infancia en Berlín hacia 1900’ es una figura que se agiganta día tras día, y que encarna el sentido crítico, el periodismo cultural y la pasión del conocimiento.

 

 

 

 

TONO MASOLIVER: TRES POEMAS

TONO MASOLIVER: TRES POEMAS

[El poeta, narrador y profesor Juan Antonio Masoliver Ródenas (Barcelona, 1939), crítico de narrativa en el suplemento ‘Culturas’ de ‘La Vanguardia’, publica un nuevo libro: dos poemarios en un solo volumen: ‘La negación de la luz’, que da título al conjunto, y ‘El cementerio de los adioses’. Poesía de la memoria y la melancolía, poesía de los sueños, de la antesala de la despedida, de los amores perdidos o soñados, del amor que irrumpe en la madurez como un relámpago. Poesía del paso del tiempo, de homenajes, de la intimidad, y poesía narrativa a menudo, con personajes y homenajes (a Antonio Gamoneda, entre ellos). Copio aquí tres poemas suyos.]

 

1

 

Lo que escribo en este instante

que acaba de desvanecerse.

Lo que mi corazón y sus flores

efímeras. Y lo que vieron

mis ojos en la rubia playa

de las mujeres evanescentes

que hoy lloran el tiempo.

Y llora el tiempo

por todos nosotros.

 

2

 

Hay una sombra que me acongoja,

un vello ajeno a mí, a mis ojos

que sufren, ven pérdidas.

Tu desnudez me abruma,

nunca estuve en aquella playa,

en aquella arena del pubis.

Amor saciado como un vaso vacío.

Estériles luces de agua en la memoria.

 

3

 

Estoy en una calle tan larga

que no cabe en mi corazón.

Por ella ceo alejarse a mi padre

y no puedo gritar

porque si grito

despertaré del sueño

y desaparecerá la calle

para siempre.

 

De ‘La negación de la luz’. Juan Antonio Masoliver Ródenas. Acantilado. Barcelona, 2017. 205 páginas.

DOS POEMAS DE EDUARDO CHICHARRO

DOS POEMAS DE EDUARDO CHICHARRO

[Ese editor tan personal que es Raúl Herrero de Libros del Innombrable ha publicado ‘Radical libre’ la lírica del poeta postista Eduardo Chicharro, ese grupo que integraron Silvano Sernesi, Carlos Edmundo de Ory y él, pero también, en otros momentos, Gloria Fuertes y Ángel Crespo, entre otros. Raúl me envía dos textos. El libro se presentará el día 6 de octubre en el Museo Pablo Serrano, que está viviendo una intensa transformación. Hace lo que tiene que hacer: actividades. Atraer públicos, crear un nuevo imaginario cultural y social. Para eso está ahí.]

 

[La complejidad de la obra literaria de Eduardo Chicharro Briones 
(Madrid, 1905-1964), con una trayectoria que abarca poesía, novela y 
cuento, teatro o ensayo literario, solo es comparable al ostentoso 
silencio que la acompañó y la sigue acompañando. Pero Chicharro fue, 
en este sentido, insensible al desaliento. Ajeno a la pompa de la 
corte literaria, desde ese mismo silencio fue capaz de construir, 
siempre desde los márgenes del canon literario de su tiempo, una obra 
extraordinariamente iconoclasta, radical y libre.]
Jaume Pont. Prólogo a _Radical libre_ de Eduardo Chicharro.

 

Carta de noche a Carlos

 

Carlos yo te escribo trece trenes

trinos trece te estremece

y te envío mecedoras

a tu casa.

Que tu casa es una cosa

que no pasa.

En el filo sutilísimo te escribo

del estribo.

Puesto el pie en el mismo digo

como sigo por el hilo de tu higo

en el higo sutilísimo que sigo.

De mi casa a la tu casa sigo sigo

enviando mecedoras rutilantes.

Por la noche duermo, sueño, como, orino,

sueño papa manos pone tuyos hombros

cara tiene nívea cera transparente

gesto ambiguo de sus labios mucho temo

pasan cabras por sus ojos, dame leche

y en un coche pon la estrecha remolacha

por los siglos de los siglos que me orino.

Pasan ciervos por mis ojos

luchan truchas en mi lecho

por debajo pasa el grajo, por la orilla la abubilla.

Que mis huesos son de corcho sueño a veces

y las heces que vomito son como oro.

Un gigante se aparece cada noche

y me dice cada cosa cada cosa,

cada cosa que no entiendo va y me dice.

No me llama por mi nombre el gigante ese

ni me tira de la oreja.

Te pregunto Carlos ahora por qué escribo

y te envío mecedoras.

Si te cuento lo que sueño no entristezco

a ningún amigo bueno que me escucha

por lo menos así pienso entumecido

ya a las puertas de esta noche.

¿Qué me espera? ¿Quién se agita en la penumbra

que los párpados me cierra suavemente?

He aquí pues que vuelvo al sueño como un guante

del conejo que hay delante de mi fuente.

Guardo un trozo de casulla del gigante

pongo botas quito mantas cuelgo abrigos

traigo trapos y amontono las almohadas.

En un hoyo me cobijo, me hago el muerto

y en espera de que el sueño llegue aúllo.

Vuelve el viento, la casulla, la osamenta,

el gigante, el calcetín y la abubilla.

Mientras tanto, Carlos, rápido te envío mecedoras.

¿Las entiendes? ¿Tú las ves que te las mando?

Si entre tanto te lo cuento estáte atento

al bicho ese que se sube por las barbas

es un tanto alocadillo y come mucho.

Al abrigo de la noria está la liebre

el molino escupe hileras de cipreses

el anciano da patadas al pesebre

el obispo zurce el culo de la avispa

y en el mango de la escoba vive el piojo.

¿No ves Carlos por la noche tú también,

un portero con al hombro una escopeta?

¿Tiene una hija ese portero tú también?,

con la mano me hace señas y me enseña

una cosa mucilaginosa. ¿A ti no?

¿He de decir que me canso, que de cansar estoy vivo?

¿O he de decir que me vivo, que de vivir estoy canso?

Let me I write you, my dear.

Digo que me digas que digo

a estas cuatro paredes mi pena

mi congoja de hombre destartalado.

¿Soy yo cura, ámbito habito

o es el hábito del obispo

que hace al monje o no lo hace?

Sigo enviándote mecedoras,

cuídalas, límpialas, pómpalas,

góndolas, lámparas, ordéñalas,

albérgalas en tu pecho

que el sultán viejo lo dice:

si el refrán mata a la rata

pon tu casa enjalbegada

que a decir viene lo mismo.

 

Elementos fantasmagóricos del paisaje

 

Mira el buey redondo y alto

lo más romo de la encina

y el labriego sentencioso

corta el pan con sus dos manos.

 

Cosas vagan necesario

vive el astro en la campiña

sobre el suelo y el escombro

y el tritón invertebrado.

 

En el aire está exhalando

muerta serpiente de espina

aire muerto. Rinde el lobo

doble culto al fiel rebaño.

 

Ve el pastor quieto a su lado

un gran ángel de rodillas,

con el brazo forma un codo

al enseñarle los prados.

 

Pisa el buey con su pie plano

la seriedad de ceniza

del ángel, mientras el lobo

se ha convertido en milano.

 

1944

 

LOS VERANOS DE LUIS ALEGRE

LOS VERANOS DE LUIS ALEGRE

LOS VERANOS DE... LUIS ALEGRE

 

Luis Alegre (Lechago, Teruel, 1962) es profesor de economía, escritor y agitador cultural del universo del cine. Ha sido director de programas de televisión, en Tele 5 o Aragón Televisión, y de documentales como ‘La silla de Fernando’, y es responsable del Festival de Cine de Tudela. Dirige el ciclo ‘La Buena Estrella’.

 

 

“Lo peor es la melancolía de la gente que ya no está”

“¿El momentazo? Mis charlas sobre sexualidad en el bar El Chato”

 

ANTÓN CASTRO

 

-1. ¿Qué hace un artista en verano?

Un artista no lo sé. Yo, pensar hasta que me quedo dormido.

 

-2. ¿Dónde has veraneado a lo largo de los años?

En mi infancia y adolescencia, en Lechago y Calamocha, mis dos pueblos, con un paréntesis de dos años en los que vivimos en Fuentes de Jiloca. Luego, en Zaragoza y en los lugares a los que he viajado. En 2004 arreglamos la casa familiar de Lechago –en la que nos parió mi madre, que también nació en ella- y desde entonces ese es nuestro refugio.

 

-3. ¿Es de playa, de montaña, de ciudad o de pueblo?

Soy un chico de pueblo.

 

-4. ¿Cuál ha sido el viaje de verano de su vida? 

He tenido suerte con mis viajes de verano. Uno de los más inolvidables lo hice con Mariano Gistaín y José Antonio Labordeta el 18 de julio de 1986. Fuimos a Toulouse, a la conmemoración del 50ª aniversario del comienzo de la Guerra Civil. Unos anarquistas de la CNT invitaron a Labordeta y él nos animó a acompañarle en su coche. Fue delirante el viaje y fue delirante nuestra estancia en Toulouse.

 El primero inolvidable fue uno del verano del 79. Tenía 17 años. Hice el viaje “a dedo” desde Calamocha para ir a las fiestas de Villanueva de la Jara (Cuenca), el pueblo de Emiliano Albarrilla, compañero de bachillerato. Era la primera vez que viajaba solo.

También recuerdo muchos otros que asocio a los amigos con los que los compartí: con David Trueba, los viajes a Lisboa, Praga o al impresionante Karlovi Vary; con Javier Gurruchaga a La Habana; con José María Gómez, ‘Cuchi’, al Festival de San Sebastián; con Maribel Verdú a Venecia; con Javier Tomeo y Blanca Carvajal a Segovia; con Concha García Campoy, Andrés Vicente Gómez y Verónica Forqué a París; con Concha a Marbella, a la casa de Antonio Banderas y Melanie; con David y Santiago Segura a Ibiza, durante muchos veranos, a la casa de Concha; con Penélope y su familia, a la Toscana y a las Bahamas. Un verano fui a ver a Penélope a Cefalonia, una isla griega, del archipiélago de las Jónicas, donde rodaba una película. Tal vez haya sido el lugar que más me ha impresionado. Qué belleza.

 

-6. El verano está asociado a la infancia y a la adolescencia. ¿Cómo ha sido esa época?

Me recuerdo de muchas maneras: en Lechago, con mi madre cantando jotas mientras ella fregaba; con mi padre enseñándome a jugar al ajedrez y corriendo detrás de mí cuando me quemé las manos al caerme en la hoguera de su huerto; la mañana en la que mi madre echó un bando porque creía que me había perdido con Merceditas, mi amiga y hermana de leche; con mis hermanos Salvador y Carmen en la cama en la que dormíamos los tres juntos; la muerte de Caracola, nuestra perra, el primer gran sofoco de mi vida; en el bar del Calamochilla y en el de mi tío Eduardo, con todo el pueblo jugando al guiñote y la tele en blanco y negro de fondo; en brazos de mi tío Paco, con dos años; con mi tía Amalia en casa de su amiga Juana viendo por la tele las corridas de El Cordobés y El Viti. Luego, en Calamocha, las tardes lentas, los ratos tontos que perdíamos mirando las matrículas de los coches que pasaban; las clases particulares que daba a chicos del pueblo; los cromos del fútbol; las carreras con la bici entre Lechago y Navarrete; las revistas ‘Lib’ e ‘Interviú’, grandes estrellas de los 70; los partidos de fútbol con los amigos; mis tíos y primos; las peñas; los bailes agarrados; las fiestas de Calamocha y Lechago; la piscina; los futbolines; el ping pong; el tenis; las discotecas, las primeras chicas que te volvían loco, los encuentros furtivos; los bares, la gramola, las canciones del verano. Y, como momentazos cumbre, las charlas sobre sexualidad que daba a mis amigos y amigas en el bar El Chato, después de leer el Consultorio sexológico que el doctor Luis Serrat llevaba en ‘Interviú’. Casi todas estas cosas las viví con Pascual Peiró, mi inseparable amigo de la infancia y adolescencia.

 

-7. Y entre tantos recuerdos, ¿cuál es el mejor?

La primera vez que una chica de Lechago, Conchita, me dijo que sí cuando la saqué a bailar en una peña del pueblo. Estaba muy oscuro y sonaba ‘Michelle’ de Los Beatles en el radiocassette. Fue muy emocionante. Tendría unos 13 años. También fue muy eufórica la tarde en la que en Calamocha recuperé una bicicleta azul que me habían robado.

 

-8. ¿Qué tipo de lecturas hace en estos días?

 Me han encargado el prólogo de la nueva edición de ‘El tiempo amarillo’, las memorias de Fernando Fernán-Gómez, de 720 páginas. Con ese pretexto, las releo. Menuda delicia.

 

-9. ¿Qué libro, qué cuadro, qué museo, qué película está asociados a un verano inolvidable?

En los veranos de finales de los 70 y primeros 80 iba mucho a Madrid. A cada rato iba al Museo del Prado. Un día fui a ver ‘El Guernica’ de Picasso con mi tía María, que no entendía por qué estábamos tanto tiempo delante del cuadro. También fueron más que inolvidables los veranos en los que devoré ‘El largo adiós’, ‘Cosecha roja’ y ‘El guardián entre el centeno’, tres de las lecturas de mi vida.

 

-10. ¿Cuál ha sido el gran personaje de tus veranos?

Las chicas de las que me enamoraba en la adolescencia.

 

11. ¿En qué han cambiado los veranos?

Ahora transcurren a una velocidad desesperante. Es para cabrearse.

 

-12. ¿Cómo resumiría en un tuit el espíritu veraniego?

Los veranos siempre pasan demasiado rápidos. Hasta cuando pasaban lentos.

-13.¿Cuál es la mejor, la más extraña o sorprendente anécdota veraniega vinculada a su profesión?

En el verano de 1987 Mariano Gistaín y José Antonio Ciria escribieron un libro sobre Perico Fernández, ‘La vida en un puño’ (El Día-Ediciones del Valle). Me pegué a ellos con el pretexto de echarles una mano. Pasamos un verano formidable, al lado de Benito Escriche y de Perico, uno de los tipos más surrealistas y divertidos que he conocido. Al verano siguiente, 1988, volví a ayudar a Mariano en ‘No me esperes a comer’, un programa que Pepe Royo le encargó para el centro regional de TVE. Con nosotros estaba la fantástica Pilar Labadía. Por las noches no salíamos de dos bares, ‘La avenida de la Ópera’ y ‘La Marioneta’, en la calle del Olmo. Ese fue uno de los grandes veranos de mi vida. También fueron muy divertidos los veranos que, con mi amigo de la infancia José Luis Campos, presenté el programa especial que la tele de Calamocha dedicaba a las fiestas de agosto. Yo salía de madrugada a hacer reportajes por las calles y peñas, tratando de poner el micrófono a los que más mamados iban. Y, luego, también, recuerdo muy bien algunos cursos de verano. Por ejemplo, uno sobre cine español que, con la ayuda de Cristina Palacios, dirigí en El Escorial para la Universidad Complutense. Fue en el 2005. A ese curso asistieron, entre otros, Luis Berlanga, Rafael Azcona y Juan Luis Galiardo. Eso es lo peor. La melancolía de la gente que ya no está. 

MANGUEL, PREMIO FORMENTOR

MANGUEL, PREMIO FORMENTOR

Por ITA FÁBREGAS

Pollença (Mallorca), 23 de septiembre 2017.- El escritor, traductor y editor argentino-canadiense, Alberto Manguel recibió anoche en los jardines del Hotel Formentor Royal Hideaway el Premio Formentor de las Letras 2017 de manos de Marta Buadas en representación de su familia y Simón Pedro Barceló, impulsores del prestigioso premio.

Manguel recibió el galardón, dotado con 50.000€, en reconocimiento al conjunto de su obra en una ceremonia a la que han asistido cerca de 400 invitados. Numerosos editores, escritores, críticos, especialistas literarios, amantes de la literatura, empresarios y representantes de la vida social y cultural de las Islas Baleares, entre ellos Ignacio Polanco, Presidente de la Fundación Santillana entidad que organiza las Conversaciones Literarias.

"Las Lágrimas de Isaac. De cómo la lectura inventa la realidad” es el título del discurso con el que Alberto Manguel agradeció la concesión del Premio Formentor de las Letras y recordó en rueda de prensa, que fue una enorme sorpresa conocer la noticia,  sobre todo porque “es un premio que tiene una reputación increíble” añadió.  

Manguel dedicó su discurso a hacer un recorrido a través de la historia de la lectura visto desde su punto de vista. Explicó que la lectura le ha influido desde la adolescencia sintiéndose protagonista  y viviéndola a través de sus personajes.

Para Manguel la invención de la escritura nos concedió una suerte de modesta inmortalidad. “Eso sentí yo allá lejos y hace tiempo, la tarde, por ejemplo, en que, acompañando al joven Axel de Hamburgo, descendí por el volcán Sneffells al centro de la Tierra, siguiendo las huellas de Arne Saknussemm. Yo estaba allí, con esos intrépidos aventure­ros, allí en uno de los confines del mundo, allí en un siglo que no era el mío. Con el libro de Verne en la mano, yo me despojaba de mi identidad convencional, del nombre que mis padres me habían dado, de mi edad y nacionalidad declaradas en mi par­tida de nacimiento, de todo límite salvo aquel que mis temores imponían a mi incipiente curiosidad. Entonces supe, intuitiva­mente, que aquello que me alentaba no era una necesidad como respirar o beber agua, sino algo que yo no supe entonces nom­brar y que ahora sé era deseo: el deseo de eso que aún no había ocurrido, que yacía más allá del horizonte y que se convertiría con el correr de los años en costumbre esencial. La lectura me ofrecía, y me ofrece aún, como espectador privilegiado, el reino de este mundo y de todo otro mundo imaginable, de manera más íntima y convincente que la realidad misma.”

En este sentido añadió “mis lecturas componen una monstruosa cosmología de espejos en la que está presente todo instan­te y todo lugar de mi biografía. En mi vida de lector, La República y Madame Bovary, El Idiota y El Capital, La noche oscura del alma y El día de los trífidos son capítulos aislados en una inmensa saga cuya coherencia y sentido no puedo sino intuir. La Biblia, compuesta de relatos, crónicas histó­ricas, proverbios, poemas líricos, textos proféticos y códigos legales, ejemplo insigne de este género literario polimórfico, es otro capítulo más de mi voraz libro que contiene todas mis lecturas. A pesar de tales ambiciones, soy penosamente consciente que aun este vasto volumen no es, por cierto, el universo mismo.

La ceremonia de entrega del Premio da inicio a las Conversaciones Literarias en Formentor, que este año cumplen su décimo aniversario, y coinciden con la publicación en España del libro de Alberto Manguel, Mientras embalo mi biblioteca de Alianza Editorial. 

El jurado del Premio Formentor de las Letras 2017, presidido por Basilio Baltasar y formado por, Inger Enkvist, Lila Azam Zanganeh, Daniel Fernández y Jarauta, decidió por unanimidad conceder a Manguel el galardón porque “su obra constituye una de las más lúcidas indagaciones en la historia orgánica de la biblioteca universal” 

El jurado argumentó que “sus elocuentes ensayos nos han permitido seguir la pista del largo peregrinaje de los libros del orden prodigioso que los acoje en las instituciones vertebrales de la cultura. La minuciosa recreación del arte de leer, la pericia con que los lectores aprenden a comprender la inmensidad del mundo, pertenecen al enciclopédico saber con que Alberto Manguel ha retratado la vida de los libros”.

 

El Premio Formentor

El Premio Formentor de las Letras se convoca para reconocer la obra narrativa de aquellos escritores cuya trayectoria prolonga la alta tradición literaria europea. Es un reconocimiento a la calidad, integridad y prestigio de la gran literatura.

El galardón prolonga el impulso de la primera fase del Premio Formentor creado por Carlos Barral y un reputado grupo de editores europeos (Gallimard, Einaudi, Rowolt…).

En Formentor fueron premiados, entre otros, Jorge Luis Borges, Samuel Beckett, Saul Bellow y Jorge Semprún. Y en esta nueva fase del premio, recuperado en 2011, lo han recibido Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Javier Marías, Enrique Vila-Matas, Ricardo Piglia y el escritor y editor italiano Roberto Calasso.

La familia Barceló, actuales propietarios del hotel, y la familia Buadas son los mecenas del Premio Formentor de las Letras, dotado con cincuenta mil euros.

 

 

 

EDUARDO HALFON: UN DIÁLOGO EN TORNO A 'DUELO'

EDUARDO HALFON: UN DIÁLOGO EN TORNO A 'DUELO'

 

El escritor guatemalteco Eduardo Halfon (1971) publica en Libros del Asteroide una nueva novela: ‘Duelo’, un texto preciso y transparente donde relata una historia familiar vinculada con un antepasado que se ahogó en un lago. La presentó el pasado martes en la librería Cálamo de Zaragoza, donde publicó el año pasado una nueva edición de otro libro espléndido: ‘Saturno’, su personal carta al padre. Aquí explica las claves de su nueva novela.

¿Existe el ‘efecto Halfon’?

Eso puede admitirlo o negarlo cualquiera, excepto Halfon. Aunque sí existe un efecto que ese otro Halfon, el Halfon narrador, provoca en mí. A veces ya no sé cuál de los dos fuma, ni cuál de los dos viaja tanto, ni cuál de los dos responde en las entrevistas.

¿De dónde procede esa mezcla de sencillez y de hondura a través de una mirada totalizadora sobre el mundo que parece domina en tus libros?

Se me ocurre que ésa, precisamente, podría ser una buena definición de la literatura. Así es el oficio literario, ¿no? Crear algo a la vez sencillo y profundo, tan individual como universal. En mi caso, ese oficio tiene mucho que ver con trabajar el lenguaje, lo cual significa no sólo limpiar y pulir y atornillarlo, sino principalmente eliminar todo aquello que sobra, que estorba. Creo que esa hondura que mencionas, en apariencia sencilla, se puede alcanzar únicamente a través de silencios. Es decir, se siente, no se dice. Algo que los poetas entienden mucho mejor que la mayoría de narradores.

 

¿Cuándo te diste cuenta de que la familia era como un arsenal de historias?

Nunca fue una decisión consciente, simplemente empecé a narrar así desde el inicio, desde mi primer libro, ‘Saturno’, publicado en Guatemala en 2003, que es una carta escrita por un narrador que se parece mucho a mí, a un padre que se parece mucho a mi padre. Y ahí sigo, narrando desde ese yo que necesita hablarle a su padre, a su madre, a su hermano, a su hermana, a sus abuelos. Ese yo no existe sin ellos.

 

Publicabas hace poco en Jekyll & Jill ese libro deslumbrante: tu homenaje particular a Kafka, ‘Saturno’, que también era un libro familiar y un diálogo con tus orígenes literarios. ¿Como se hilvana en ti lo que viviste, lo que sueñas e imaginas con lo que soñaron otros?

Creo que la ficción es el escenario ideal donde los sueños de uno se mezclan y confunden con los sueños de otros. En mi caso, lo vivido no es más que un telón de fondo, y esos sueños compartidos son la historia o la trama que sucede ante él.

 

¿Qué hay de cierto o de leyenda en la historia del fondo de ‘Duelo’?

Como en toda historia familiar —en especial las prohibidas—, uno ya no sabe qué es verdad y qué es leyenda. Y esa confusión, justamente, es el punto de partida del libro. El nudo inicial. Pero la historia de Salomón, para mí, sigue siendo un enigma. Y está bien que así sea. No escribí el libro para resolverla o descifrarla o para llegar a saber qué tanto de ella era cierto. Ésa nunca es la búsqueda literaria que mi interesa, sino una mucho más íntima y misteriosa.

 

¿Cómo y cuándo se te ocurrió esa frase tan precisa y que a la vez abre una puerta al misterio: “Se llamaba Salomón. Murió cuando tenía cinco años, ahogado en el lago Amatitlán”?

Fue la primera frase que escribí, tal cual. Es muy raro que eso suceda, que la primera frase escrita se mantenga y termine siendo la primera frase de un cuento o de un libro. Pero en este caso fue así. La escribí en agosto de 2015, mientras pasaba unos días en Guatemala, y tras una conversación con mi padre sobre la muerte de su hermano Salomón, en la cual él me pedía u ordenaba que no escribiera nada sobre ello. Pero yo sólo escribo lo prohibido. Hay que escribir con miedo.

 

¿Qué buscabas aquí: recomponer un puzle o crear un clima tan realista como onírico?

No sé qué buscaba. Nunca, cuando empiezo a escribir, sé qué busco o qué busca mi narrador. Hay un puzle que recomponer, sí, pero nunca es el que me espero, ni tampoco el que el lector espera. Dicho de otro modo, no es un puzle sobre la muerte de Salomón el que se aclara o recompone al final del libro, sino otro. Y quizás para hacerlo era necesario crear esa atmósfera tan real como onírica.

 

¿En qué medida la novela es una novela de investigación o la crónica de múltiples viajes de la familia?

 

Es que, para mí, una investigación literaria implica múltiples viajes de la familia. Para entender la muerte de un niño necesito viajar al lago en Guatemala donde se ahogó o donde quizás se ahogó, y al Estados Unidos de mi infancia, y al campo de concentración en Alemania donde estuvo preso mi abuelo polaco. El libro, entonces, es la suma de esos viajes, de esas crónicas.

 

¿Cómo se alían en tu obra los hechos y los símbolos; la existencia del lago y lo que significa el lago: espejo, abismo sin fondo, depósito de lo desconocido?

El lago en el libro es tóxico. No purifica. No salva. No es una fuente de vida sino de muerte, o de amenaza de muerte. El agua del lago está contaminada, podrida. Parece tragarse los pequeños cuerpos de tantos niños que en ella nadan. El lago, pues, como sarcófago. Pero el lago se convierte también en un espacio que separa dos mundos: niños y adultos, realidad y magia, memoria y ficción, el lado de los vivos y el lado de los muertos. Y aquel viejo muelle de tablones, entonces, donde empieza la narrativa con dos pequeños hermanos rezando antes de lanzarse al agua, es el puente que une esos mundos opuestos.

 

¿Cuál es la importancia en tus novelas del paisaje de fondo, de las historias secundarias, de tantas y tantas acciones como hay aquí, cómo las mezclas sin que el lector se despiste?

Más que historias como paisaje de fondo, yo las veo como partes de un mosaico. Todas integrales, ninguna secundaria. Es decir, el efecto que quiero provocar en el lector sólo se consigue viendo o sintiendo el mosaico completo, en el orden en que los fragmentos o segmentos se van presentando e intercalando. La línea que esos fragmentos trazan no es recta, pero es precisa.

 

Todo el mundo pondera tu lenguaje, tu exactitud cargada de matices. ¿Como te planteas el lenguaje?

El lenguaje es todo. Pero decir eso suena trillado. Entonces te lo diré de otra manera. El primer manuscrito del libro lo terminé muy rápido, en tres o cuatro meses, pero luego me quedé trabajando el lenguaje otro año y medio. La música de las palabras, principalmente. Su cadencia, su ritmo, sus tambores y címbalos. Todo esencial, al igual que en la música, para crear una reacción visceral y emotiva en el lector.

 

¿Pueden tener las familias historias tan poderosas como la tuya?

La historia de toda familia es igual de poderosa. Pero su poder no reside ahí, en la historia misma, sino en cómo se cuenta.

 

¿El enigma es consustancial a la literatura? ¿En qué medida la escritura es una forma de indagación?

La escritura es una indagación frustrada. Uno empieza a escribir sabiendo dos cosas: que está buscando algo, y que jamás lo encontrará. Lo sabe desde el inicio. Entiende perfectamente que jamás resolverá el enigma, que jamás llegará al puerto que se propone, pero igual zarpa de nuevo y se deja llevar y, con suerte, no se marea tanto.

 

*Tomo la foto de Eduardo Halfon de aquí.

 

EL PERIODISTA DEL SIGLO XXI

Tomo este artículo de aquí, tras leer la recomendación de Pedro Zapater, periodista de 'Heraldo de Aragón'. Muy recomendable. Para jóvenes, para gente en ejercicio, para aquellos a los que les da pereza asomarse al nuevo mundo tecnológico...
http://mip.umh.es/blog/2017/09/12/retos-formacion-periodista-siglo-xxi/
POR JOSE A. GARCÍA AVILÉS — 12 SEPTEMBER, 2017

La formación periodística del siglo XXI:

tecnohumanistas con herramientas… y buenas botas

El periodista de El Confidencial Daniele Grasso, en un seminario celebrado recientemente en Málaga, criticaba que algunos profesores de periodismo “se han quedado atascados en el pasado” y reivindicaba este lema: “Menos Kapuściński y más ProPublica”. La reflexión de Grasso me ha llevado a escribir estas líneas.

Por un lado, a Grasso no le falta razón: en buena parte de la universidad pervive un núcleo de profesores de periodismo, jóvenes y menos jóvenes, —no es cuestión de edad, me parece que se trata más bien de mentalidad— anclados en una visión utópica que poco o nada tiene que ver con la realidad de la profesión y lo que sucede en los medios. En este sentido, el lema “Menos Kapuściński y más ProPublica”, que me recuerda al de “Más Platón y menos Prozac” de la filosofía de andar por casa, reivindica la necesidad de que en las facultades orientemos a los futuros periodistas por los derroteros del periodismo del siglo XXI, inmerso en el tremendo tsunami que ha desencadenado la digitalización, las redes sociales, las cambiantes audiencias y la crisis de los modelos de negocio. Debemos trasladar a los estudiantes los lenguajes, formatos, procesos y tendencias en la profesión, con un estilo adaptado a la realidad en la que van a trabajar, en cualquier soporte e iniciativa periodística. Hemos de ilusionarles con las enormes posibilidades que ofrece el periodismo en este momento, a pesar de la crisis de las empresas informativas y de los vaivenes que experimenta el sector.

image alt textDaniele Grasso durante su intervención en Málaga. Foto: La chica imposible.

Entiendo que el lema acuñado por Grasso busca enfatizar la renovación de los contenidos que se imparten en las facultades de periodismo. Sin embargo, me parece un error “tirar a Kapuściński por la borda” y prescindir de aquello que el periodista polaco representa. Ryszard Kapuściński, considerado uno de los mejores reporteros internacionales, ha aportado una mirada humanista al periodismo, con sus reportajes en África, Latinoamérica y Europa, su independencia y su preocupación por “el otro”, como le gustaba referirse al interlocutor objeto de sus coberturas. Algunas de sus reflexiones sobre el periodismo han contribuido a fortalecer la ética y calidad de la profesión en estos tiempos de cinismo. Por ejemplo, su taller “Los cinco sentidos del periodista (pdf)” ofrece numerosas claves sobre el oficio de contar periodísticamente lo que sucede. Me parece que cualquiera que se dedique a esto debe conocer la obra del periodista polaco, al igual que la de otros profesionales que son modelos de referencia. Leamos pues a Kapuściński, García Márquez, Xavier Aldecoa, Martín Caparrós… y a tantos otros que aportan un sólido bagaje humanístico a la profesión.

La transformación de los perfiles profesionales

Hace tan solo una década, en las facultades formábamos esencialmente periodistas especializados en radio, televisión, prensa e internet. Hoy tratamos de formar una variedad de perfiles: editor de vídeo, diseñador, productor, periodista de datos, analista web, editor de redes sociales, podcaster, experto en SEO, fotorreportero, jefe de producto, portadista, desarrollador de audiencias, etc. Los perfiles han cambiado y seguirán cambiando conforme los medios hagan periodismo en distintos soportes y plataformas, pero el sustrato básico de la profesión continuará siendo el mismo.

Lo primero y fundamental es que el periodista sepa contar cosas y se exprese bien en cualquier lenguaje (texto, vídeo, audio…). Que identifique qué es noticiay sea capaz de jerarquizar e investigar un tema, que posea los rudimentos necesarios para analizar la actualidad y hacer buenas preguntas. Luego viene la segunda parte: tener conocimientos de internet, manejar programas de edición de vídeo y audio, dominar las redes sociales y saber de SEO y analítica web. Los conocimientos técnicos es algo que se aprende rápido, con la práctica y las herramientas disponibles. Sin embargo, lo imprescindible es que el periodista tenga bien amueblada la cabeza y sea capaz de buscar la verdad y contarla con criterio.

Los equipos han cambiado. Francesco Marconi, director de innovación de la agencia Associated Press, explica que sus reporteros antes viajaban con un bolígrafo, un cuaderno y una cámara de fotos. Ahora se desplazan con este equipo que aparece en la imagen, que incluye varios objetivos, cámaras de 360º y drones.

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El equipo que suele llevar un reportero de Associated Press. Fuente: Francesco Marconihttps://twitter.com/fpmarconi/status/890632242027913216

Las tecnologías son muy importantes, pero de nada sirven si no existe ese compromiso con la verdad. Miguel Carvajal, director del Máster de Innovación en Periodismo, pone el dedo en la llaga en una reciente entrevista: “Unos medios han apostado decididamente por aportar valor con informaciones propias y verificadas para evitar la falsedad. Ofrecen reportajes y temas propios muy cuidados. Otros se dedican a buscar el clic fácil y hacer un refrito de todo lo que les llega sin aportar valor. El modelo que sobrevivirá será el primero”.

Lucy Küng, investigadora del Reuters Institute for the Study of Journalism(Universidad de Oxford), es experta en estrategia, innovación y gestión de medios. Entre sus libros figura “Innovators in Digital News”, donde identifica las claves del éxito en medios como Buzzfeed, Vice, Quartz, The New York Times y The Guardian. En la conferencia inaugural del XXIII Congreso de la Sociedad Española de Periodística, celebrado en la Universidad Miguel Hernández de Elche, Küng habló de las dificultades que afrontan los medios en la era digital y de la innovación en las organizaciones periodísticas. “El verdadero desafío para las empresas tradicionales es la complejidad de tener que operar en numerosas plataformas a la vez”. Küng incidió en la necesidad de ofrecer un periodismo de calidad, que cuesta mucho dinero y no centrarse en las bagatelas tecnológicas -shiny new things, como ella las llamó-, que difuminan la verdadera innovación.

Consejos para tu propia formación

Si ahora comienzas tus estudios de grado o máster en periodismo, me permito ofrecerte estos consejos, por si te resultan útiles:

  • Sé curioso. Ten iniciativa. Experimenta y aprende todo lo que puedas.

  • Dedica 30 minutos todos los días a estudiar cómo está cambiando la profesión: artículos, revistas especializadas, tutoriales, herramientas web, apps y un sinfín de recursos. Crea tu carpeta de recursos y fuentes propias.

  • Suscríbete a un par de newsletters que te aporten valor añadido sobre los cambios en el periodismo. Para empezar, te recomiendo estas:

    • Tendenci@s, el boletín semanal sobre las principales novedades en el sector de los medios digitales, que edita el periodista Ismael Nafría.

    • Los imperdibles de Nextmedia: cada semana recopilan los 10 mejores artículos sobre marketing, periodismo, televisión y tecnología.

  • Escribe a diario al menos unas 500 palabras. Este es uno de los mejores consejos que me dieron mientras estudiaba la carrera.

  • Lee mucho. Libros de historia, arte, economía, política… Y devora novelas que te permitan construirte tu propia biblioteca de autores indispensables.

  • Ve buen cine y series de calidad: te ayudarán a conocer mejor al ser humano, que siempre es el objeto de tus informaciones.

  • Haz buenas preguntas. El periodista es un profesional de la pregunta: nos pagan para averiguar lo que los demás ignoran.

  • Identifica a los farsantes, a los cenizos, a los vendedores de humo. Y no les hagas caso, por más que cacareen continuamente su perorata cansina, tratando de persuadirte de que te has equivocado de profesión.

  • Sal a andar por tu barrio, patea tu ciudad, conoce todos sus recovecos. Pisa la calle: el periodista es un infatigable trabajador que sigue un tema hasta donde le lleve, si es necesario, hasta los confines más remotos. Descubre esas historias que aguardan agazapadas donde menos te lo esperas. El reportero donostiarra Ander Izagirre lo llama “periodismo con botas”. Consiste en “documentarse, ir a los sitios, observar, tomar nota, hablar, regresar y contarlo bien textual y visualmente”. El profesor de periodismo de la Universidad de Navarra, Miguel Ángel Jimeno, ha creado en su Twitter la etiqueta #PeriodismoConBotas que alude precisamente a eso. Impresiona ver las fotos de decenas de reporteros que muestran sus propios zapatos, que les han llevado a la caza de historias singulares. Fíjate, por ejemplo, en las botas de Javier Bauluz, el primer fotoperiodista español con un premio Pulitzer, que recorrió a pie con los refugiados la ruta desde Grecia hasta Alemania. El resultado es este impresionante reportaje: “Buscando refugio para mis hijos”.

image alt textLa botas de Javier Bauluz. Fuente.

  • Aprende a mirar para fijarte en lo que sucede a tu alrededor. El fundador del @DNLaboratorio, Alfredo Casares, recomienda cultivar la mirada y pararse a pensar en lo que ocurre, para evitar la vorágine de la cobertura instantánea las 24 horas. Como afirma en su artículo Periodismo lento para tiempos acelerados, “los ciudadanos se merecen medios que dediquen tiempo a mirar, entender y contar, para poder cambiar el mundo”.

  • Sigue a aquellos periodistas con iniciativa que están contribuyendo a cambiar la profesión y abrir vías innovadoras. Por ejemplo, conoce la historia de @politibot en @NiemanLab, la página de innovación periodística más influyente del mundo y lee este artículo de uno de sus creadores, Eduardo Suárez. Este bot especializado en información política acaba de ser nominado a los Premios García Márquez en la categoría de innovación periodística.

image alt textEl chat de Politibot (Fuente: Nieman Lab).

En definitiva, se trata de fomentar un periodismo que abrace la innovación tecnológica y narrativa, tanto en los contenidos y formatos como en los lenguajes, fortaleciendo su esencia: seleccionar los hechos relevantes, jerarquizar, investigar, contextualizar y contarlos del mejor modo posible.

DIÁLOGO CON ÓSCAR SIPÁN

DIÁLOGO CON ÓSCAR SIPÁN

El escritor y editor Óscar Sipán (Huesca, 1974) presenta esta tarde, a las 19.30, en compañía del escritor Sergio Royo su nuevo libro de relatos: ’La novia francesa de Ho Chi Minh’, que publica el sello Limbo errante. Será en la librería La Pantera Rossa.

 

¿Dices que la buena literatura sirve para “salvarte la vida”? ¿En qué sentido, de qué modo te la ha salvado a ti?

 En estos tiempos donde un sector numeroso de la población reconoce, y se vanagloria, de no haber leído un libro al año, en estos tiempos del todo gratis y sin esfuerzo, de pastillas para frenar la primera tristeza, la cultura funciona como un salvavidas. Como dice uno de los personajes del libro “Nadie te enseña qué hacer con los sentimientos. Sin las canciones o los libros o las películas nos volaríamos la cabeza”. La cultura es aliento, esperanza, luz. Como editor, viví situaciones muy duras: un sábado, a las dos de la mañana, un escritor al que admiro, premio nacional para más señas, me ofreció toda su obra por tres mil euros. Aquella noche fui consciente de la sociedad en la que vivimos y del valor material de una obra importante, de toda una vida.

 

-Dices: “Escribir hasta quedarte vacío”. ¿Escribir es una desposesión, entonces, la entrega absoluta?

 Escribes para entender y entenderte, para ser libre. Escribir es la perfecta máquina de vaciar. Y por eso, para llegar al lector, toca mancharse.

 

-¿Por qué te has especializado en el cuento? ¿Qué te da, de cuántas maneras puedes entender un cuento?

Fui un lector tardío. A los veinte años descubrí los cuentos de Gabriel García Márquez; veinte años después, me nominaron por mi libro “Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas” (Editorial Base) al Premio Hispanoamericano García Márquez, y pude compartir mis historias, en Bogotá, con la familia del gran escritor, el año de su muerte. El buen cuento se gana el efecto compulsivo de volver a leerlo, de tomarlo de la estantería y sumergirte en él, otra vez más, con ojos nuevos. Sin intensidad, la vida es un fotograma de días repetidos. Y eso lo tiene el cuento, al que John Cheever definió como “la literatura de los nómadas”.

 

-”Escribir es cuidar los detalles”. ¿Por eso hay tantos matices e imágenes y pequeños hechos en los tuyos?

 Creo en el dios de las pequeñas cosas.

 

-¿Cómo surge el volumen de ‘La novia francesa de Ho Chi Minh’ (Limbo Errante)?

Nace en medio de la tormenta: un embarazo con muchas complicaciones y, por fin, el nacimiento de mi hija Lara. A ella va dedicada el libro.

 

¿Es un libro acumulativo o tiene como elementos motores la imaginación y las mujeres?

Como tituló Gabriel Ferrater, ’Mujeres y días’; no encuentro mejor motor para contar historias. 

 

¿Te has dado cuenta de que tus personajes son un tanto periféricos y están obsesionados, son como enfermos de un sueño?

No importa que el cielo se desplome sobre mi cabeza si estoy escribiendo; me gusta habitar la historia y pelear con el lenguaje.  Me gusta obsesionarme con el cuento, sentir lo que sienten mis personajes, extrañarme de las cosas que les extrañan. Su piel es la mía.

 

-Vayamos con algunos. ¿Cómo equilibras la realidad y la fantasía? ¿Qué hay de cierto en ese aprendiz de fotógrafo que va a hacer fotos a Franco con el maestro fotógrafa y la deslumbrante jardinera Nora?

Por muy extraños o extravagantes que sean los personajes, me gusta partir de datos reales. Siempre me ha fascinado el papelón de fotógrafos como Jalón Ángel y otros, que asistían al Palacio del Pardo, una vez al año, para retratar al Caudillo en las fotos oficiales que presidían escuelas, embajadas o sellos de correos. Nora es una cara con rasgos árabes que encontré en una foto de la misma época. Haciéndole las preguntas adecuadas, el relato salió fácil.

 

-¿Estuvo alguna vez Drácula o Christopher Lee en Zaragoza?

 En 2006, tuve una sección semanal (Tornaviajes) en Aragón Radio. Allí buscaba historias y personajes curiosos aragoneses. Los oyentes me escribían contándome anécdotas y tuve la suerte de conocer a la protagonista del cuento, zaragozana, que me enseñó las fotos de su romance con Christopher Lee. Lee, el Drácula más famoso, rodó varias películas en España, entre ellas “Pánico en el transiberiano”, donde supuestamente lo conoció.

 

-Uno de los elementos constantes en tus cuentos es el factor sorpresa. ¿Buscas el brillo y el asombro del desenlace deliberadamente o te los encuentras?

Lo que me apasiona y me divierte es encontrar la frase inicial del cuento (las llamo frase de publicista, frase ganadora); sin ellas no soy capaz de construir. Si el conejo quiere salir de la chistera al final del cuento, perfecto. En caso contrario, dejo a los personajes que tomen las riendas y  decidan.

 

-¿Por qué todas las mujeres ocultan un secreto? Aquí son espías, seductoras, revolucionarias, jardineras…

No podría enamorarme de una mujer sin misterio, y menos escribir sobre ella. Todo lo demás es secundario.

 

-También te has especializado en el microcuento. ¿Qué pide este género, cómo son los tuyos?

 Los microcuentos son rayos sin trueno: lucen unos pocos segundos y luego explotan en la cabeza del lector.

 

“Descubro en las memorias póstumas de mi escritor favorito su fobia a abrir cartas: por eso no se tomó en serio mis repetidas amenazas de muerte”. Dices en un microcuento. ¿A qué escritor habrías querido matar de veras y a quién o quiénes amas o admiras con locura?

Amo encontrar un libro inesperado, por casualidad, como acaba de sucederme con ‘Las cosas que perdimos en el fuego’, de la argentina Mariana Enriquez.

 

*Foto de Antón Castro, tomada en la Feria de Huesca.