Blogia
Antón Castro

Escritores

JEAN-CLAUDE CARRIÈRE RECUERDA A LUIS BUÑUEL

JEAN-CLAUDE CARRIÈRE RECUERDA A LUIS BUÑUEL

“Buñuel decía que un buen guionista

debe matar cada mañana a su padre”

 

“Para Buñuel el cine no es el arte de lo

visible sino también de lo invisible”

 

“Buñuel luchaba contra la influencia

de Goya con la ayuda de Lorca”

 

 

Jean-Claude Carrière recuerda la vida, la personalidad y los métodos de trabajo del hombre que le dictó sus memorias: “Mi último suspiro”

 

Jean-Claude Carrière (Colombiéres-sur-Orb, 1931) es uno de los guionistas más importantes del mundo, dramaturgo, narrador y colaborador y amigo de Luis Buñuel (1900-1983). No solo redactó guiones surrealistas para él, sino que el cineasta le dictó sus memorias: “Mi último suspiro”. Junto a Juan Luis Buñuel ha rodado un documental, “Mi último guión”, dirigido por Javier Espada y Gaizka Urresti. Recuerda Carriére: “Tenía catorce o quince años, y en París un amigo mío me dio a leer ‘El manifiesto surrealista’ de André Breton. No lo entendí, era imposible entonces; pero fue un choque para mí. Este libro me impidió leer otros libros, muchos otros libros no necesarios y, al revés, me dirigió a leer otras cosas, ha sido realmente una fecha muy importante en mi vida”. De algún modo, esa lectura tan insólita tuvo algo de premonición. Carrière evoca al amigo Buñuel a los 25 años de su muerte desde el Gran Hotel de Zaragoza, en concreto desde la habitación que solía utilizar el ahora Rey Juan Carlos I cuando estuvo en la Academia General de Zaragoza. 

Años después, cuando usted se encontró con Luis Buñuel, ¿halló una conexión entre él y “El manifiesto surrealista”?                                              

Cuando lo conocí tenía 32 años, en Cannes, sabía mucho más que a los quince, y también me gustaba mucho el cine. Conocía las películas de Buñuel y conocía bastante de la literatura surrealista y de la otra. Me acuerdo que la primera vez que vine a España, Luis me llevó a Toledo a filmar una emisión para la televisión francesa y una de las preguntas del periodista francés fue: “Monsieur Buñuel, en su opinión, ¿cuáles son las diferencias entre la cultura española y la francesa?”. “Bueno, es muy fácil –dijo-, los españoles lo saben todo de la cultura francesa; por ejemplo, yo he leído a Balzac, Racine, Marcel Proust, y los franceses no saben nada de la cultura española. El señor Carrière, que acaba de llegar a España y que es profesor de Historia, hasta ayer creía que Toledo era una marca de motocicletas”. Ese era el humor de Buñuel.

Quedémonos un instante en Cannes. Usted le sedujo no solo por su escritura, sino por su vinculación con el vino…

Buñuel estaba buscando un joven guionista francés que conociera bien Francia y fui a verlo al hotel Montfleury. Y la primera pregunta que me hizo Buñuel, con una mirada muy precisa, profunda, fue: “¿Bebe usted vino?”. Cuando le contesté que no solamente bebía vino sino que venía de una familia de productores de vino del sur de Francia su cara se iluminó, y bebimos, bebimos...

¿Y qué pasó luego?

Yo me había preparado porque sabía que se trataba de adaptar el “Diario de una camarera”. Hablamos durante toda la comida de otras cosas y también de las dos películas que yo había hecho: una película cómica con Pierre Étaix, asistente de Jacques Tati, y un documental sobre la vida sexual de los animales. Las dos cosas le interesaban mucho: fue una extraña coincidencia. Una semana después, me dijo el productor que me había elegido y me tenía que ir a Madrid a trabajar. Llegué con un coche muy viejo y no hablaba ni una palabra de español, pero en la carretera, en los Pirineos, me encontré con tres seminaristas españoles que querían ir a Madrid y yo los llevé. Durante todo el viaje hablamos en latín.

Usted escribía los guiones, unas veces originales y otras adaptaciones. ¿Qué hacía Buñuel con sus textos?

Trabajar con Buñuel quería decir vivir con Buñuel, solos los dos en un lugar aislado, el Monasterio del Paular de Madrid, el parador de Cazorla. Los dos estábamos sin esposas y sin amigos; los dos totalmente concentrados durante semanas y semanas, seis, siete, ocho semanas. Comiendo los dos, yo he calculado que he comido más de 2000 veces con Buñuel, los dos solos, que es mucho más que muchas parejas, para llegar a un tipo de concentración único, de pensar únicamente en el guión del desayuno a la cena. Y después, el trabajo consistía en reunirnos tres horas por la mañana y tres horas por la tarde, en mi cuarto siempre: actuábamos, improvisábamos, escribíamos un poco. A veces partíamos de una novela, a veces de una idea “original”. Y después por la noche yo escribía la primera versión de las escenas sobre las cuales habíamos conversado durante el día.

¿Se despedían ya con el guión acabado?

No, no. Dos veces fuimos a encerrarnos a uno de esos lugares durante ocho o diez días sin conseguir nada. Hay guiones, como el de “El discreto encanto de la burguesía”, que rescribimos completamente cinco veces a lo largo de dos años con interrupciones de dos o tres meses. Lo que le interesaba mucho era el trabajo común y después pararnos, volver él a México y yo a París, y dejar que se hiciera el trabajo invisible. Yo trabajaba con otro director, él se quedaba meditando en su cuarto de México con un dry martini, por ejemplo, y mientras se hacía una labor invisible. Y cuando nos encontrábamos otra vez, había otras ideas, otras soluciones, otras luces sobre el guión.

Es muy sugerente ese método...

Esa parte del trabajo inconsciente pertenece realmente a Buñuel, es una de las cosas que me enseñó. En una pintura de Velázquez o de Goya, por ejemplo, hay cosas que se ven y cosas que no se ven. Lo invisible es casi tan importante como lo visible. Para Buñuel el cine no es el arte de lo visible sino también de lo invisible.

Las películas mexicanas de Buñuel y las que hizo usted son muy distintas, ¿sabe por qué?

Hay una evolución natural de Buñuel mismo, a los 60 años no es el mismo que a los 30 años. A partir de “El ángel exterminador” Luis cambia. Un crítico francés que era amigo de Buñuel, Robert Benayoun, habló una vez de una “subversión dulce”: otra manera de subvertir la sociedad, pero dulce, con ironía, con humor, sin la violencia de los tiempos surrealistas. Un día Buñuel y Breton se encontraron en los años 60 y de repente Breton se puso a llorar: “¿Qué pasa?”, le preguntó. “Luis -contestó Breton-, hoy es imposible escandalizar a nadie”. Después de Auschwitz, después de la II Guerra Mundial, después de Hiroshima, el escándalo surrealista parecía infantil.

¿De qué película se siente usted más satisfecho de las que hizo con Buñuel?

De todas y de ninguna; eso es imposible de decir. Me siento particularmente conmovido por la última: “Ese oscuro objeto de deseo”, hay cosas en esa película que podrían ser palabras de Buñuel mismo. Cuando Fernando Rey habla me parece que le estoy escuchando a él.

¿Qué le enseñó?

He aprendido dos cosas básicas con Buñuel. La primera es que la imaginación es el lugar sin límites: podemos inventar aquí mismo en este cuarto real mil historias a partir de dos o tres elementos. La segunda es que la imaginación humana siempre es inocente, no puede cometer crímenes, el pecado en intención no existe.

Eso es, específicamente, Ensayo de un crimen

En nuestra educación católica pensar en un crimen es un pecado, ligero, pero es un pecado de intención. Como decía Buñuel, un buen guionista cada mañana debe matar a su padre, violentar a su madre y traicionar a su patria; si no lo hace no es un buen guionista, no es un buen novelista, no es un buen autor de teatro. Va a acabar con agua con azúcar.

Uno de sus últimos guiones es “Los fantasmas de Goya”, que rodó Milos Forman. ¿Qué parentesco ve usted entre Goya y Buñuel? ¿Qué le debe Buñuel a Goya, si le debe algo?

A Buñuel no le gustaba mucho que le comparasen con Goya, algo que ocurría muchas veces porque son dos aragoneses, dos sordos y, solía añadir Buñuel, dos afrancesados. Buñuel fue el primero que me enseñó las “Pinturas negras” en el Museo del Prado y también sabemos que el primer guión que escribió Buñuel en su juventud era un Goya. A mí me parece que en la historia de la cultura española Goya es más que un pintor: es un ojo extraordinario y un testigo incomparable, casi aislado en la historia de la pintura española. ¿Y de Goya a Picasso, qué hay? Interesantes pintores, muy buenos, pero no hay un monumento como Goya. Por otro lado, el encuentro en la Residencia al inicio del siglo XX de Lorca, Buñuel y Dalí quizás es el evento número uno de la historia de la cultura española. No veo nada que se pueda comparar a esa extraordinaria coincidencia. Y Buñuel luchaba contra la influencia de Goya con la ayuda de Lorca, de los tiempos modernos. Pero claro que tenía una afinidad profunda que no se trataba únicamente de una afinidad por ser aragonés, sino de algo mucho más humano, profundamente humano.

*Esta entrevista se publicó ayer en Heraldo de Aragón. La foto de Jean-Claude Carrière corresponde al gran fotógrafo francés Olivier Roller.

JULES RENARD: VIAJE POR SU EXCEPCIONAL DIARIO

JULES RENARD: VIAJE POR SU EXCEPCIONAL DIARIO

 

No sé por qué apenas había leído a Jules Renard. Había oído distintos comentarios elogiosos por aquí y por allá de su Diario. Hace unos días, en Madrid y en Zaragoza, compré varios libros suyos. Y estoy leyendo con especial devoción, entro y salgo como se entra en la piscina, su Diario 1887-1910, que publica DeBolsillo en una edición de Joseph Massot, un periodista que sigo en La Vanguardia (es hermano de Paula de Parma, es cuñado de Enrique Vila-Matas. Me gusta mucho su serie de los lunes “Vidas contadas”, ya lo he contado aquí) y de Ignacio Vidal-Folch, del cual también he leído algunos libros, y es aquí responsable de la traducción. Jules Renard es, según Jean-Paul Sastre, “el creador de la literatura del silencio”, pero es sobre todo alguien que conoce muy bien el alma de los hombres, sus vanidades y sus defectos, su grandeza y sus caídas, y además tampoco tiene una visión demasiado complaciente de sí mismo. Nació en 1864 y murió en 1910. Publicó dos clásicos de la literatura francesa, Pelo de zanahoria (1894. Hay una edición de ahora mismo en DeBolsillo y otra, maravillosa, en Media Vaca) e Historias naturales (hay edición en DeBolsillo). Se retiró al campo y redactó el Diario que lo ha hecho inmortal.

Este Diario está lleno de frases para citar –Enrique Vila-Matas elogia en su Dietario voluble (Anagrama, 2008) la presencia de citas en los libros, igual que hace también Fernando Savater-, de adivinaciones, de intuiciones y de lucidez, que en ocasiones es desapego, sentido crítico, mala baba, cuando no sátira directamente, y una ternura más o menos soterrada. No siempre se puede estar de acuerdo con él, desde luego. Yo no lo estoy cuando dice: “Uno siempre se equivoca sobre sus contemporáneos. Así que no los leamos”

Es un escritor de magníficas intuiciones, de destellos, de sabiduría.

Con las mujeres, que le gustan con locura, no va de seductor. Sino más bien de fracasado o de tímido:

-“A la primera sonrisa de cualquier mujer, estaría perdido. Por suerte, soy feo. Se asustan un poco, y ninguna me escribe”.

Da consejos que parecen sensatos:

-“Entérate de que no habrás progresado realmente hasta que hayas perdido el deseo de demostrar que tienes talento”.

Algunos retratos son demoledores. Con Sara Bernhardt, que debía tener algo de insoportable, se ensaña a menudo. A Jules Renard también le gusta hacerse el antipático. Por cierto, La Divina Sara estuvo en Zaragoza:

“Saludo a Sara Bernhardt, que entorna sus ojitos de lama para fingir que no me ve. Decididamente, esta gran actriz me está resultando tan insoportable como el resto del mundo. Solo amaré a Dios si es modesto y sencillo. Ella, además, vive demasiado para pensar o sentir. Devora la vida. Es de una glotonería desagradable”.

Agrega algo más adelante, tras asistir a una función, en la que está ella, creo que como espectadora:

-“Preferiría que me condenasen a pasar el resto de mi vida leyendo versos que asistir dos o tres veces a este guiñol de esqueletos”.

Y luego dice:

“En cuanto a mí, me siento malo. Debo de tener cara de enterrador. Lo único que me apetece decir son insultos. Gustosamente abofetearía a más de un rostro, empezando por el mío”.

A vueltas con las mujeres, escribe:

-Junto a una mujer, inmediatamente siento ese placer un poco melancólico que se tiene en los puentes al mirar fluir el agua”.

Y en otro lugar, leo:

-“Esa mujer casada es tan guapa que si no tuviese amantes la despreciaríamos un poco”.

E insiste:

“-¿No le gustan las mujeres?

-Las amo a todas. Hago locuras por ellas. Me arruino en sueños”.

Y aún se retrata:

“-Soy apasionado durante unos minutos todos los días; ninguna mujer lo aprovecha”.

Y anoto otros pensamientos:

-“Para el ojo lúcido, la modestia no es más que una forma, más visible, de la vanidad”.

-“Estilo puro, como el agua es clara, a fuerza de trabajo, a fuerza de rozarse, por así decirlo, con las piedras”.

-“La patria es todos los paseos que puedas dar a pie alrededor de tu pueblo”. En otro lugar, dice esto, casi una variación: “Mi pueblo es el centro del mundo, porque el centro del mundo está en todas partes”.

-“El que más nos quiere y nos admira es también el que menos nos conoce”.

-“Los objetos de recuerdo, y hasta las fotografías, ¿para qué? Es dulce que las cosas también mueran, como los hombres”.

-“La literatura es un oficio en el que alguien que tiene talento tiene que demostrárselo continuamente a gente que no lo tiene”.

-“Habría que escribir un libro para que los jóvenes reflexivos lo leyesen de en vez en cuando, y no el libro que hace pasar un par de horas deliciosas”.

Si volviera a hacer esta nota saldría completamente diferente. Jules Renard es un pozo de sabiduría y de incitaciones. El prólogo del libro es un buen ejemplo de ello. Dice Joseph Massot: “Este libro puede leerse pues fragmentariamente, eligiendo una página al azar, o como una novela desestructurada, al estilo Renard, donde se mezclan la narración, la historia, el pensamiento, la observación de la naturaleza y del comportamiento humano”.

*Retrato de Sarah Bernhardt, captada, creo, por Felix Nadar.

ERNESTO PÉREZ-ZÚÑIGA: NOTAS DE

ERNESTO PÉREZ-ZÚÑIGA: NOTAS DE

Hace unos días, en el Instituto Cervantes, donde ocupa un puesto importante sin afectación alguna, de la mano de Juan Carlos Méndez Guédez, conocí a Ernesto Pérez Zúñiga, granadino nacido en 1971, autor de diversos poemarios, libros de ensayos, de relatos y novelas. Con absoluta amabilidad, Ernesto, que ha vivido en Granada hasta los 25 años, me ha enviado dos de sus títulos más conocidos: el thriller “El segundo círculo” (Algaida, 2007), vinculado a los círculos infernales de Dante, del que leo en wikipedia la siguiente nota: “Contiene a partes iguales elementos de misterio, tragedia y terror psicológico, a los que subyace una disertación profunda sobre la insatisfacción, el sexo y la lujuria, observados a través del prisma del presente”. Y la novela, de atmósfera rural, casi costumbrista: “Santo Diablo”, que ha conocido dos ediciones, una en Kailas y otra en Puzzle. Hablamos de esta novela casi por casualidad: no sé cómo empezamos a evocar a Rainer Maria Rilke y su relación con Ronda, y Ernesto me dijo que él tenía una novela inspirada más o menos en la ciudad y en sus alrededores. La foto de portada de María Gil Ortega hace pensar en los legendarios bandoleros de Sierra Morena. Le dije algo que es cierto: soy coleccionista de libros de bandoleros desde principios de los años 80, y he inventado varios en mis libros, el más extravagante es Tristán Fortesende, el ladrón de caballos, inspirado en un mito atlántico que recoge Borges y en la figura de Diego Corrientes.

 

El libro es fresco, divertido, de trazo grueso en ocasiones, con mucha imaginación, valleinclanesco en muchos tramos, que narra la vida de unos jornaleros que preparan la revuelta ante un cacique dado al fornicio y a los placeres. Es un libro sobre la crisis del mundo rural, sobre la Guerra Civil que se avecina, sobre la injusticia y sobre algunos usos pícaros del mundo.

 

Copio el siguiente fragmento, más o menos erótico que transcurre entre don Luis, el marqués, el ilustrado Nazario y una joven y hermosa muchacha desnuda.

 

Dice Pérez Zúñiga:

 

[-Nazario, no me va a importar que mires o que cierres los ojos. Tú mismo. Luego te la dejo. Pero, antes quisiera, mientras yo monto a esta bella señorita, que me recitaras un poema erótico, de esos que yo sé que sabes. No tienes porqué entenderlo… Lo que te pido no es sólo un capricho.

-No otra cosa, mi buen don Luis, imagino yo, pedían los antiguos emperadores romanos a los poetas de su corte para acompasar los ritmos del amor con los del verso. Así que accederé con gusto a su deseo, como si fuera usted un Nerós de nuestros tiempos, y sospecho que lo es en cuanto al conocido refinamiento que aquél alcanzó en sus placeres.

 

Y los versos “consonantes con esta ocasión” que le recitó Nazario al marqués y su dama, proclive a realizar un último aullido profesional, fueron de Francisco Villaespesa:

 

El cisne se acercó. Trémula Leda

la mano hunde en la nieve del plumaje…

y se adormece el alma del paisaje

en un rojo crepúsculo de seda.

 

La onda azul al morir suspira queda;

gorjea el ruiseñor entre el ramaje;

y un toro, ebrio de amor, muge salvaje

en la sombra nupcial de la arboleda.

 

Tendió el cisne la curva de su cuello,

y con el ala, cándido abanico,

acarició los senos y el cabello…

 

Leda dio un grito y se quedó extasiada…

y el cisne levantó rojo su pico

como triunfal insignia ensangrentada.

JUAN GARCÍA PONCE: VIAJES POR ESPAÑA

JUAN GARCÍA PONCE: VIAJES POR ESPAÑA

[Juan García Ponce (1932-2003) fue un destacado integrante de la llamada "generación de medio siglo", también conocida como "de la ruptura", a la que pertenecieron nombres de la talla de José de la Colina, (autor de unas deliciosas conversaciones con Luis Buñuel, que firmó con Pérez Turrent, publicadas en dos ocasiones por Plot)  y el Premio Cervantes Sergio Pitol, entre otros. García Ponce tradujo e incorporó a las letras iberoamericanas a autores europeos como Robert Musil, Julien Gracq, Pierre Klossowski, George Bataille y George Trakl, entre otros. García Ponce, que padeció durante casi 30 años las secuelas de esclerosis que acabaría con su vida, era el hermano mayor del pintor y artista plástico Fernando García Ponce. Una de las grandes expertas sobre esta figura, galardonado aquí y allá y muy famoso en España en los años 80, fue publicado por Montesinos, es la profesora Magda Díaz Morales, de México, que le ha dedicado numerosos estudios y una espléndida monografía. Es ella quien explica las vinculaciones españolas de Juan García Ponce. Gustosamente las copio aquí.]

El padre de García Ponce era español. García Ponce nace en Mérida, Yucatán, en 1932. La primera vez que García Ponce viaja a España, tenía 20 años. Iba solo por unos días, pero el viaje se prolongó mucho más. Tanto, que allá cumplió 21. Entró a España por tren para ir a Barcelona. Corria el año de 1953. En Madrid vivía su primo Cesaruco, como él le decía. García Ponce se dedica a viajar solo por el sur de España, incluyendo las Baleares, durante tres meses. Su primo Cesaruco, que estudiaba escultura en la academia de san Fernando, no lo conocía, ni nadie de sus familiares allá sabía de su existencia. Su primo lo recibió como un hermano. Era la época de la España de Franco.

 

Cesaruco vivia con otros dos estudiantes del pueblo donde nació y donde había nacido gran parte de la familia española de García Ponce: Vegadeo. García Ponce cuenta lo siguiente:

 

"Mi tio César con sus cinco hermanas solteras y sus dos hijos menores vivía todavía en esa casa. No salía nunca, dispuesto como buen caballero español a morirse de hambre cuando la curtiduría de su familia fracasó en este mundo comercial e industrial. Él, seguía empeñado en curtir cueros, sin obreros ya, solo en el sótano de su amplia casa, antigua y bella casa a la cual pasaba uno de los ríos del pueblo. Creo que no tenía éxito en su carrera muchas veces: el sótano tenía un vago aroma de descomposición. Ahí, en el lóbrego sótano de esa casa bellísima, teníamos conversaciones muy serias sobre poesía mística, dignidad y muchos más temas importantes. Él y su familia fieles a Vegadeo, en su dignísima pobreza, vivían principalmente de los huevos que ponían las muchísimas gallinas de la casa.

 

Nada de eso sabía cuando llegué a Madrid, sólo que mi tía Juana, hermana de mi padre, no estaba dispuesta a que ella y sus hijos se muriesen de hambre. Aprovechando que Segundo, el primero de sus hijos, ya vivía en Barcelona, trabajaba en la SEAT y tenía conocimiento de la ciudad, se fue con cuatro de sus hijos, dos de ellos mujeres, a Barcelona. Ahí vivían muy pobremente en un departamento pequeño en la calle de Praga. En la calle de Praga no proliferaba la limpieza; mis primos se asombraban de verme bañar, todos los días, en la tina con agua fría: rarezas del primo americano. La comida, devorada por todos, no incluía nunca carne y como papel de baño se usaba periódico. Mi tía Juana adoraba a mi tío César, pero sus deberes como madre de familia... Nunca aceptó un céntimo del sobrino americano, aunque éste invitó a sus primos menores hasta a los toros, a los que nunca había ido. El caso es que fue ella la que me dio la dirección de Cesaruco con la orden de ir a verlo inmediatamente. Obedecí. Mi tía Juana había sido adorable y yo, en el fondo, estaba ansioso de contar mis experiencias de viajero solitrario y tener un guía en Madrid".

 

César lleva a García Ponce al Café Gijón donde ven de lejos a Sánchez Ferlosio. También trató al mejor amigo de César: Martín Chirino. García Ponce, lo cuenta así:

 

"¡Conocer todos los rumbos de Madrid con César como guía, llevándome a ver y explicándome detalladamente la Capilla de San Antonio La Florida, decorada enteramente por Goya, de una manera tan personal, tan propia, que tuvieron que hacer una exacta al lado y cerrar ésta para el culto!

 

Para colmo, el primo le confesó que tenía ambiciones literarias. ¡César me llevó al Café Gijón donde vimos de cerca a Sánchez Ferlosio! También traté al mejor amigo de César en San Fernando, un escultor que llegó a ser famoso: Martín Chirino. Él era de Canarias. Su familia tenía una granja cerca de El Jarama y ahí, en ese ría prestigioso hasta literariamente gracias a Sánchez Ferlosio, nadábamos todos.  César era católico y conservador; Martín, ateo y vanguardista. Los libros favoritos de César eran El Cid y San Agustín; los de Martín, Shakespeare y Kierkegaard. De la misma manera que César, Ramón y El piqueno se reían de que yo no entendía algunas palabras en gallego, Martín y yo nos reíamos del conservadurismo de César".

*En la foto vemos a un joven Juan García Ponce con la escritora Inés Arredondo, a la que le adaptó una de sus novelas, "La sunamita", para ser llevada al cine.ñ

 

 

SYLVIA PLATH Y SUS HIJOS, HACIA 1962

SYLVIA PLATH Y SUS HIJOS, HACIA 1962

Sylvia y Ted tuvieron dos hijos: Sylvia y Warren. Aquí vemos a la poeta con ellos en una instantánea a color, datada en 1962.

SYLVIA PLATH: UN POEMA EN GALEGO DE APERITIVO

SYLVIA PLATH: UN POEMA EN GALEGO DE APERITIVO

[No pasado mes de febreiro en “La Opinión de La Coruña”, o poeta e traductor e fotógrafo Xoán Abeleira publicou un pequeno artigo e unha traducción ao galego de Sylvia Plath (1932-1963). Dentro dun mes, Bartleby, a estupenda editora de Pepo Paz, editará a Poesía completa desta muller atormentada nunha versión ao castelán do propio Abeleira, cunha morea de notas. Moitos escritores e lectores agardan debecidos o libro, do que xa se está a falar por aquí e por acolá. Abeleira proxecta para o mes de agosto facer unha viaxe a Inglaterra para pescudar nos pasos e as pegadas da autor de “A campá de cristal” e “Ariel”, entre outros títulos coñecidos. Cando se suicidou, Sylvia Plath, nai de dous fillos, estaba casada co poeta Ted Hughes.]

 

Hoxe hai exactamente corenta e cinco anos que a poeta Sylvia Plath se quitou a vida en Londres, nunha noite de intensa friaxe e de álxido desamor. Un luns, coma iste, 11 de febreiro [de 2008; ela suicidouse en 1963]. De vivir agora, Plath cumpriría en outubro setenta e seis anos, e sen dúbida levaría escrita unha das obras máis relevantes do século XX, pois xa daquela, ós seus trinta, demostrara sobradamente quen era: "A genius of a writer." Esta primavera do 2008 verá a luz, por vez primeira no ámbito hispano, a súa Poesía Completa, publicada por Bartleby Edicións. O poema que aquí presento en galego, "A lúa e o teixo", pertence ó seu libro Ariel.

 



A LÚA E O TEIXO

 

Esta é a luz da mente, fría e planetaria.

As árbores da mente son negras. A súa luz, azul.

As herbas descargan as súas mágoas ós meus pés, coma se eu fose Deus,

Picándome nos nocellos e bisbando cadora sobre a súa humildade.

Brétemas delouradas, espirituosas, poboan este lugar

Afastado da miña casa por unha ringla de lousas.

Simplemente non vexo ningures onde poder ir.



A lúa non é unha porta. É unha face de seu,

Branca coma un coteno e terriblemente aflixida,

Que arrastra o mar canda ela coma un escuro crime. Agora está caladiña,

Coa boca aberta nun Oh de absoluto desespero. Eu vivo aquí.

Os domingos, as campás alarman o ceo dúas veces:

Oito linguas enormes confirmando a Resurrección.

E, ó final, secamente, tanxen os seus nomes.



O teixo, coa súa silueta gótica, apunta ó ceo.

Eu ergo a vista, seguíndoo, e bato coa lúa.

Ela é a miña nai. Mais non unha nai doce, coma María.

As súas vestiduras azuis deitan pequenos morcegos e bufos.

Canto daría eu por poder crer na tenrura:

A face da efixie, adondado polas velas,

Volvendo cara a min, en particular, a súa ollada apracible.



Eu caín dende moi alto, si. As nubes xenan,

Azuis e místicas, sobre o rostro dos astros.

Na igrexa, os santos hanche estar todos azuis,

Levitando cos seus peíños delicados sobre os fríos bancos,

Coas mans e as facianas hieráticas de tanta santidade.

A lúa non se decata de nada disto. Ela é simple e salvaxe.

E a mensaxe do teixo é negrume: negrume e silencio.

*En esta espléndida foto podemos ver a Sylvia con su marido Ted Hughes, un excelente poeta, y a los padres de éste.

ROBERT FROST: UN POEMA

ROBERT FROST: UN POEMA

SIEGA

En la linde del bosque no había más sonido
que el leve cuchicheo de una larga guadaña
hablando con la tierra. No sé qué le diría.
Quizás le contaba algo sobre el calor del sol,
o quizás algo acerca de aquel vasto silencio,
y por esto su voz no era más que susurro.
No le hablaba de un sueño nacido de los ocios,
ni de oro regalado por algún hada o duende:
fuera de la verdad, todo parece frágil
para el ferviente amor que alineó gavillas,
no sin dejar algunas flores (blancas orquídeas) ,
y asustó a una serpiente de un verde coruscante.
El sueño más hermoso que el trabajo conoce
son los hechos. Mi larga guadaña susurró,
y olvidóse del heno.

Versión de Agustí Bartra

Un poema del poeta norteamericano Robert Frost (1874-1973) y una imagen de su casa-granja, con uno de los árboles gigantes y centenarios que le inspiraron algunos de sus poemas.

 

 

MAGDA DÍAZ MORALES EVOCA A MARTÍN CHIRINO

MAGDA DÍAZ MORALES EVOCA A MARTÍN CHIRINO

[Recibo, cuando se desmaya el último sol de la tarde en la piscina, una preciosa carta de nuestra embajadora en México, la profesora y escritora Magda Díaz Morales, a propósito de su relación con el escultor canario Martín Chirino, que sí salía en una de las fotos anteriores. Cuelgo aquí esta bella historia.]

 

Querido Antón, me ha dado enorme alegría ver ahí a Martín Chirino. Y vaya que si, hasta la fecha sigue siendo elegante, apuesto y altísimo, aunque ya es mayor. Te voy a contar cómo es que lo conocí, no lo conté en tu blog porque es algo muy personal:

 

Cuando la Universidad de Las Palmas en Gran Canaria me invitó a dar un curso semestral, se lo comenté a García Ponce, en ese tiempo aun vivía, fue justamente a inicios del año en el que Juan falleció. Y me dijo: "ve a ver a Martín Chirino, él está de director del Museo de arte allá".

 

Y así lo hice. A los pocos días que llegué a Las Palmas fui a verlo al Museo, un museo precioso. No estaba, estaba en Madrid. Le dejé a su secretaria una tarjeta con mi nombre y el teléfono de la casa donde estaba yo viviendo, y le dejé dicho que García Ponce le enviaba saludos y un abrazo.

 

No acababa yo de llegar de regreso a casa, cuando ya estaba sonando mi teléfono, era la secretaria de Martín Chirino que me decía que el señor Martín Chirino me decía que llegaba a las Palmas en dos días, que por favor fuera a visitarlo a tal hora. 

 

Fui a visitarlo y hemos pasado una tarde  fascinante, el tiempo se fue volando y las horas sin sentir.  Hablamos de arte, de Las Palmas, de México, de él, de su obra, de mi, y por supuesto de García Ponce. Me contó una anécdota que me hace reír hasta la actualidad: me contó que cuando García Ponce estuvo viviendo en España, se hicieron desde entonces muy amigos. Que iban a la playa y se ponían a cantar y que Juan cantaba una canción mexicana que a él le hacía mucha gracia, encontré el video, es ésta: http://mx.youtube.com/watch?v=rKuUZGobHt4  se llama "El aventurero". Y me contó que se la aprendió y la cantaban juntos, al lado de otros amigos.

 

En Las Palmas hay obras de él en las avenidas, se ven espectaculares. Bueno, pues gracias a él conocí muchas cosas. Fue muy generoso y sumamente amable conmigo. Por cierto, un catálago de su obra, que me regaló, se titula "Catálogo razonado", igual que una obra de Teatro de García Ponce, de las primeras cosas que realizó Juan.

 

Al ver la fotografía en tu blog pensé que el mundo es un pañuelo...

 

*Tomo esta estupenda foto de la página web dedicada a un extraordinario poeta: Manuel Padorno. Con él están Martín Chirino, de nuevo con gafas negras, y Manolo Millares. No sé quién es la mujer ni el amigo joven, cuyo rostro me resulta muy familiar…

POSDATA:

FERNANDO VALLS ME DICE:

“Ella es Elvireta Escobio, la esposa de Manolo Millares, y el joven, el pintor Alejandro Reino. La foto se tomó en 1955, en la cubierta del paquebote Alcántara. Quizá sea símbolo del deseo de abandonar las islas y afincarse en Madrid, como así acabó ocurriendo muy pronto”.