LA TORRE DE HÉRCULES
’APÓLOGOS’ de Alfredo Castellón. STI. Zaragoza, 2016.
[El escritor y cineasta acaba de publicar el libro ’Apólogos’ en STI, el sello de Javier Cinca, que tiene la amabilidad de pasarme algunos textos.En la foto de 1959, en Collioure, Alfredo Castellón es el primero, sentado, por la derecha. Con él están; arriba: Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González y José Ángel Valente; abajo: Gil de Biedma, Costafreda, Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald.]
Una selección de Javier Cinca Monterde
El escritor es el enemigo
de la mentira y de la servidumbre
Albert Camus
LO QUE FUE
A veces le cuesta a la memoria devolvernos el recuerdo. ¿Qué pretende? ¿Protegernos? ¿Cree que no seremos capaces de afrontar lo que fue? No creo que mi memoria intente, a estas alturas, ocultarme esa evidencia. Jung asegura que las ideas olvidadas se mantienen más allá del recuerdo.
LAS CAMPANAS
A José Luis L. Z.
Visité la ciudad norteamericana de Jacksonville en un día primaveral de 1963, una etapa más de mi viaje. Allí, como médico, trabajaba un amigo de juventud. Vivía en una gran calle con supermercado, restaurante, pequeñas tiendas de esto y lo otro y en la ladera de la colina, chalés, iglesias de diferentes credos. Era domingo, las campanas de por lo menos doce torres de aquellos templos hacían sonar sus badajos. Cada una al son de su dogma, orientadas, eso sí, a un mismo paraíso.
Un caos.
EVOCACIONES
Lo llaman viaje de novios pero, en realidad, esa pareja ya son matrimonio y su fogosidad es manifiesta. Viajan en coche. El toro negro del coñac Osborne con sus exagerados atributos sexuales va apareciendo constantemente. “Qué anuncio más descarado”, dice ella. Y él, ingenuamente, le contesta: “ya sabes que yo no bebo”.
SEÍSMO ESPIRITUAL
No he perdido la palabra, ni el aire y ni siquiera el aliento, pero sí la capacidad de amar y eso sí que es una catástrofe, pues me impide ensimismarme y sufrir. Ahora el silencio me ahoga y no puedo atravesar la barrera que impone mi sombra. Me he reducido a un signo que tan sólo constata que he vivido.
COMPARACIÓN
Este corazón mío late con el mismo compás que el de cualquiera de los pequeños animales que nos rodean, y todos podemos desaparecer en un instante. Pero, claro, yo tengo un cerebro pensante que me entristece a cada momento y esa es una desventaja.
http://arablogs.catedu.es/blog.php?id_blog=1194&id_articulo=191475
Hoy, a las 15.00, después de entrevistar a Antonio Muñoz Molina, tengo una cita en el Colegio Parque Europa de Utebo..
Foto sacada de la web
“El musgo del bosque” es uno de los últimos libros de Antón Castro, parece que el escritor hubiera intuido la temática de nuestra Biblioteca para este curso “Leemos en verde. Latimos en verde” al elegir su título. Antón Castro tenía que venir al colegio “Parque Europa” de Utebo, un ilustre de la cultura aragonesa que vive en el vecino Garrapinillos, no podía faltar a nuestro “Leer Juntos”. El verde ha sido la excusa para que nos visite el próximo martes 13 de diciembre. No sólo nos viene al pelo el título de su libro poético “El musgo del bosque” sino seguramente gran parte de su bibliografía. Antón Castro es un hombre pegado a sus paisajes y paisanajes de infancia, su Galicia rural, y de juventud, ese Teruel profundo de los diferentes destinos profesionales de su compañera de vida; paisajes y paisanajes verdes y grises, presentes o inspiradores en muchos de sus libros.
Durante este mes hemos leído algunos de sus libros, seguramente una pequeña parte: “El dibujante de relatos”, “El fin de los dinosaurios”, “El musgo del bosque”, “El niño, el viento y el miedo”, “Paseo en bicicleta”, “Golpes de mar”, “Jorge y las sirenas”, “La leyenda de la ciudad sumergida”, “Los pasajeros del estío”, “Los seres imposibles”, “Retratos imaginarios”, “Vivir del aire”... Hemos descubierto un autor prolífico para todo tipo de público de todos o casi todos los géneros literarios (poesía, ensayo, novela, relato...). Como todo buen escritor que se precie, ha sido y es un lector empedernido desde su niñez. Su recorrido en el mundo de la letra escrita, tanto en el campo literario como periodístico, ha sido de formación autodidacta, impulsado por un deseo de superación permanente, hasta convertirlo en un erudito sobre muchos temas.
Si la producción bibliográfica de Antón Castro nos abruma, que decir de la periodística. Desde 2001 es responsable del suplemento cultural “Artes y Letras” del Heraldo de Aragón, considerado como uno de los mejores de España. Su actividad divulgativa diaria en las redes sociales es frenética, mostrando todo evento cultural que llega a su conocimiento. También desde su blog, creado en el 2004, escribe sobre todo tipo de temas culturales, siempre interesantes (pintura, cine, fotografía, música, literatura…), desde adentro, cuidando la precisión de las palabras y el buen gusto en la redacción, y por supuesto con un profundo respeto y cariño a las personas mentadas, siempre desde una gran generosidad.
En 2013, el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte le concedió el Premio Nacional de Periodismo Cultural, en reconocimiento a su labor periodística –información, opinión, divulgación- en pro de la cultura en todos los medios de comunicación, especialmente en el diario Heraldo de Aragón y en el programa televisivo Borradores, de Aragón Televisión, contribuyendo con ello al enriquecimiento del patrimonio cultural de España. Más que merecido premio que reconoce sus desvelos por la cultura, considerada por él y por muchos de nosotros como “un instrumento fundamental para vivir".
Si la producción escrita de Antón Castro rezuma "perfección, belleza e intento de seducción", oírlo en una presentación literaria o en una conferencia, es una experiencia encandiladora. Debió de heredar el arte de los transmisores orales de su tierra, cultivándolo en esta nuestra, seca y dura; la cadencia de su lengua materna mece nuestros oídos acostumbrados a la ruda musicalidad del acento aragonés ¡Interesante combinación, sin duda! Le escucharemos muy pronto, el martes 13 de diciembre de 15 a 16,30 en la Biblioteca del Colegio “Parque Europa” de Utebo.

EN HOMENAJE A ADOLFO CUETO
LUZ QUE SE EXTINGUIÓ COMO UNA LLAMA
PEDRO GARCÍA CUETO* Escritor, profesor y crítico literario.
Parece difícil escribir cuando está caliente su mirada, sus ojos atónitos ante el desconcierto del mundo, parece complejo expresar el dolor si es tan hondo y oscuro, como un túnel donde tropezamos a ciegas, ebrios de vida pero, sin quererlo, asustados, temerosos, recordando a Darío, ante “la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos”.
Adolfo Cueto, de origen asturiano, pero nacido en Madrid, vino al mundo un 31 de enero de 1969, comenzó a escribir pronto y en Diario Mundo (2000) recopiló medio centenar de poemas galardonados en distintos premios.
Fue Premio Emilio Alarcos entre otros, Cueto logró en Dragados y construcciones hacer del poema un sedimento, una semilla donde se cultiva el opio de la vida, esa sed incesante del decir que lleva el poeta, pleno de angustias y soledades, que, a duras penas, entrevé lo luminoso del día, como el sol que filtra las vidrieras de nuestro pensamiento.
Cueto fue un hombre de sonrisa franca, de pensamiento sobrio, de gran calado existencial. Juntos, como dos náufragos, hablamos del apellido coincidente, él proveniente de Asturias, yo, quizá de un antepasado norteño que no adivino a reconocer. Juntos leímos un día de lluvia en el mes de Junio del 2015, en plena Feria del Libro, en una carpa donde oíamos el estruendo de las gotas, como si llorara el cielo, poemas de Aleixandre y Jorge Guillén, junto a amigos tan queridos como Fernando Delgado o Javier Lostalé. Cueto era preciso como un pensamiento, decía el verso con el eco de los que ya han perdido la niñez y enfrentan la vida adulta como una estoica aventura hacia ninguna parte, pero latía vida, entusiasmo, sin dejar el rigor que siempre le caracterizaba.
Parece que le escucho, mientras las gotas de lluvia acariciaban la lona de aquella carpa, mientras Lostalé cerraba los ojos, como acostumbra, para que las palabras fueran más hondas, para que el lenguaje poético de los grandes del 27 llegase como un viento fuerte que empuja y acaricia a la vez a sus espectadores, había en Cueto una ternura de niño mayor, que ya sabe que el tiempo lo destroza todo.
Me gustaría recordarlo en dos poemas, pertenecientes a Palabras subterráneas, porque las palabras de Adolfo lo eran, penetraban más allá del eco, envolviendo su dicción en una fuga del mundo, se hacían armonía, cuando él las conjugaba con su voz grave, de hombre que buscaba la niñez en cada paso.
En el poema “Huérfanos a medianoche”, dice:
“Juguetes rotos por / la resaca de la vida, colillas / azotadas, por el viento / cuando la soledad se apodera del mundo y un dolor / en mí-más grande, madre / que mis días- sobre un /tráfico mudo”
En el poema vemos al hombre solo, que lleva la “resaca violenta de la vida”, también al hombre que fuma para vencer al dolor, haciendo volutas de humo, como pensamientos heridos por la vida: “colillas / azotadas por el viento”, vive en el poeta la infancia, el deseo de invocar a la madre, siendo ya huérfano, abandonado a la vida, despegado para siempre de la felicidad de la niñez.
Cueto sabe que toda vida es ruptura, quiebra, cesura, que tras la niñez se abre un camino insondable, donde lo hosco y lo violento lo asolan todo.
El ruido, ese “tráfico mudo”, porque el exterior no es nada, desprendido de la niñez, hombre en su guarida, protegido por los versos del mundo.
El poeta busca a la madre, hambriento de besos en un mundo desolador: “dejando esa fractura del adiós / en que te busco”.
Esa “fractura del adiós” es el despojamiento de la niñez, el ser huérfano para siempre, porque es un hombre que ya no tiene padres, son solo querencias del ayer, cuando realmente vivió la vida, hay un eco de César Simón, del hombre ensimismado que el poeta valenciano nos dejó en “Extravío”, pero también del Brines de “Las brasas”, ese hombre que se ve a sí mismo viejo, hecho ya ceniza cuando fue luz. Vive también ese mundo de Javier Lostalé, ese resplandor del beso, cuando hay un hueco entre dos seres, los que se aman y se pierden en la hondura de la noche.
En el poema “Marina habla con los árboles”, la protagonista habla con los árboles, ya que la Naturaleza es eterna y nos reconcilian con el mundo, con el niño que fuimos, sabe Cueto que hay una niñez añorada y dice:
“Marina habla con los árboles, entiende / su alta edad, su estremecimiento / del verano en sus hojas. Por su espina dorsal / como a esa rama tierna, recién / brotada, asciende / este coro danzante, sonajero del viento / que le canta al oído”.
Dice el poeta que el viento lleva un sonido, como aquellos pastores que cantaban a la amada en los antiguos poemas pastoriles, también recorre el físico del árbol, eterno, frente al ser humano, siempre complejo por su mortalidad. El árbol habla, musita, es “coro danzante”, porque se cimbrea en su esplendor de hojas que lo hacen “sonajero del viento”.
Sin duda, Cueto hace un guiño a la niñez, ese sonajero que acuna al niño pequeño, hay, sin duda, un lenguaje en el árbol, porque para el poeta todo es lenguaje, todo es eco de una voz niña, la de la Naturaleza en su esplendor.
Dice el poeta: “Pecho alado y en paz, / criatura tan adentro / como un cielo de agosto / hacia arriba, en lo alto, / donde canta la vida, donde la vida es / bella aún”.
Esplende el mundo y el poeta nos invita a sentir el canto de las cosas, todavía hay eco del verano, la infancia perdida aún late en esa estación de sortilegios.
Valga este homenaje a Adolfo Cueto, quizá ahora encuentre al niño que fue, lejos del dolor adulto, quizá vuelva su tono grave a la Naturaleza, se haga espacio en ese mundo que amó, el de las flores, los árboles, las montañas de esa Asturias añorada, viva en su interior, como un desterrado en un Madrid de coches y de sombras.
Parece que lo veo aquel día, recitando, mientras el día iba dejando su torrente de agua, en aquellas lágrimas del cielo que se hacían armonía con los poemas de Aleixandre y Guillén, había un presagio, el del tiempo que cumple su condena, hoy más triste rindo este homenaje a un gran poeta y, mejor aún, un buen amigo.
Tomo lala foto de Adolfo Cueto de aquí:
http://fotos01.laopiniondemalaga.es/2016/05/24/318x200/x011ma02.jpg

“En ‘El espectáculo del tiempo’ creo que lo que quise hacer es reflexionar narrativamente sobre el tiempo. En todos los niveles, el tiempo interviene sobre las personas. En el nivel biográfico, por supuesto, que es como el nivel más bajo, pero también en el nivel más alto que sería el nivel de físico o astronómico”, dice Juan José Becerra (Junín, Argentina, 1965), que presentaba el pasado lunes en Cálamo un libro que ha sido calificado como “una obra maestra” o “la novela total”, editado por Candaya, y que él reconoce que “es exigente y cómo todo libro voluminoso siembra la inquietud”
-¿Sería la memoria o el recuerdo lo que se impone como elemento fundamental?
-Nunca he sido un fetichista de la memoria. La memoria es una máquina que falla constantemente, la memoria es lo que viene a editar la cosa deshilachada del recuerdo. Y al mismo tiempo uno recuerda por estructuras de ficción. Y el recuerdo, como es imagen más lenguaje, tiene sus formas. Mi idea era relacionarme con esas formas del recuerdo a través de lo que podríamos llamar el episodio, que no termina de ser un relato, que es algo que anda por ahí, que puede ser incompleto, que se agota en el curso de su presencia.
¿Entonces, cómo evoluciona su novela?
En ese sistema, de muchas ramificaciones y de entradas y salidas, uno empieza como a enloquecer y termina sin saber quién. Y eso le sucede a mi narrador…
-El narrador es un señor que se llama Juan Guerra, que tiene una sala de cines, que es de Junín como usted, que tiene su edad. ¿En qué medida podría ser Juan José Becerra?
-En realidad escribí el libro muy confiado de que tuviese la ilusión de que estaba hablando de mí porque me parece que solo hay que tener confianza en lo inexistente y lo ilusorio, y eso es la autobiografía. Cuando uno quiere contar su vida, lo que ocurre es que va a terminar desplazándose hacia la ficción. Con esa tranquilidad me lancé a contar con profundidad cuestiones personales. El resultado es la composición, no la extracción de la verdad personal.
-En ese sentido ‘El espectáculo del tiempo’ es un elogio de la fragmentariedad, juega usted con los números, con la cronología y la falsea…
-Yo creo que la vida no tiene continuidad, las cosas no duran en la experiencia material de la vida pero tampoco duran en la imaginación. La ruptura me parece que es la clave sintáctica de la biografía de cualquier persona. Cosas que empiezan y no se terminan, cosas que uno está no viviendo y parece que no las estuviese viviendo.
-En libro hay muchas cosas: cartas, informes, cuentos, mucho cine, las salas Lumière... ¿Cuál es la importancia del cine en la novela?
-De joven fui cinéfilo pero ahora ya no voy al cine. El cine tal como lo conocíamos hace 20 o 30 años ya no existe. El cine, en sentido artístico, desapareció y lo matan las películas. Me parece también que la literatura tiende a desaparecer o a replegarse y es víctima de los libros. La producción industrial de cultura hace que el índice de arte, que nunca fue muy elevado en cualquier disciplina, esté en este momento a su mínimo nivel. Quise hacer eso: un homenaje al cine y ha escenas terminales: cines que empiezan a no tener espectadores, la voluntad del director de cine de cambiar su deseo de formar sentimentalmente a los espectadores en su ciudad por el de cobrar el seguro por incendios.
-Cuando hablamos de algunos referente suyos parece que están detrás Macedonio Fernández, un poco Proust, Juan José Saer, el ‘2666’ de Bolaño.
-Sí, sí, sí. Ojala fuese así porque cuando te dicen que hay varios escritores dando vueltas por él es como una fiesta de cumpleaños a la cual uno invitó a grandes personajes… Obviamente es un libro proustiano pero de Proust me hace desconfiar un narrador que no sufre ninguna modificación sentimental, mental o ideológica a lo largo de 3500 páginas. Mi narrador no siempre es el mismo.
¿Qué importancia le da en el libro al sexo?
El sexo es como el núcleo que sostiene la cultura de los personajes. La escena más importante de sexo que tiene el libro es la concepción. De ahí a pensar que es la que sostiene la familia apenas hay un trecho. Y yo creo que ese es un principio ideológico del libro. El sexo no es un deporte es una necesidad familiar. Lo digo en la tierra de Luis Buñuel, Aragón, Zaragoza, nada menos.
¿Y el estilo?
Yo hace muchos años que escribo. Pasé por muchas etapas. Ahora pienso que hay que cuidar el aspecto artístico pero con la voluntad de que sea legible.
Escribe artículos deportivos en ‘Olé’...
He aquí nuestro drama: hoy se puede decir que Argentina es un país que no quiere a Messi. Con eso está dicho todo. ¿Qué se puede esperar?
http://www.losinrocks.com/images/image.php?image=http://www.losinrocks.com/wp-content/uploads/2013/03/juan-jose-becerra.jpg&cropratio=false&%20alt=
[Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1992) recibía la pasada semana el Premio de las Letras Españolas. Estuve con él, en su casa, hace algunos años. Recupero aquí esta entrevista que se publicó en 'Abc Cultural'.]
Está referenciada en su biografía en Wikipedia:
https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Eduardo_Z%C3%BA%C3%B1iga

CITA CON JUAN EDUARDO ZÚÑIGA EN SU CASA
Juan Eduardo Zúñiga escribe sin prisa con los ojos puestos en el Parque del Retiro. De ahí su breve obra, en la que predomina el cuento. Como si fuese Chejov o Turgueniev, sus maestros, mira las cosas, surge la primera idea, la envuelve en sutileza, en dolor y psicología, y brotan las páginas: piezas breves, estilizadas, con temblor interior. Una anécdota que ahora se torna asombrosa marcó su vocación: cuando era niño y vivía en un chalet de las afueras de Madrid, alguien arrojó por la verja del jardín un folleto que anunciaba una nueva colección editorial y que contenía la novela completa de Ivan Turgueniev, Nido de nobles, que le produjo una honda emoción a pesar de contar "una relación entre hombre y mujer, de fracaso vital, de presentimiento de ruina". Si a eso le sumamos que en su cuarto tenía dos estampas rusas --representaban un episodio de la lucha de los zares contra los cosacos y la discusión entre Pedro I el Grande y su hijo Alejo-- es fácil de comprender su pasión por la literatura rusa, a la que le ha dedicado dos libros, Los imposibles afectos de Ivan Turgueniev (1977) y El anillo de Pushkin (1989). Aprendió el idioma en una gramática para franceses que encontró en la Biblioteca Nacional; luego también tradujo a narradores y poetas búlgaros y la prosa del portugués Antero de Quental. El otro detonante que le hizo escritor fue la Guerra Civil. En medio de aquel horrible acontecimiento de desconcierto y dolor, comenzó a redactar sus primeros cuentos con vocación de estilo, con el afán de culminar algo bellamente escrito. Si hubiese hurgado más en los secretos de su familia habría descubierto que en la farmacia de su padre trabajó un joven mancebo de botica llamado Ramón José Sender.
--Usted empezó su carrera como novelista con El coral y las aguas (1962), que transcurría en la Grecia clásica pero que abordaba asuntos actuales.
--Lo que hacía yo eran esas trasposiciones a ese mundo tan lejano como el mundo griego, y aprovechaba para contar circunstancias personales de los vencidos y de los vencedores. Creo que había en ella una gran riqueza de experiencia de la actualidad. Utilicé un sistema de símbolos y no fue percibida en su totalidad la carga de crónica social que había. La novela pasó sin pena ni gloria.
--Su siguiente libro de ficción tardó en llegar fue Largo noviembre de Madrid (1980): cuentos sobre la Guerra Civil que se alejaban de la narración de trinchera al uso.
--Yo me encontré con un pequeño tesoro de recuerdos de aquella época, pero a mí lo que me interesaba era la reacción a la lucha en la psicología de la población civil, o de la gente sin voz, en una ciudad sitiada, amenazada por el bombardeo, la falta de alimentos y todas las incomodidades de la vida cotidiana. Y comprobar qué perduraba del ser humano y de las pasiones eternas en unas circunstancias tan adversas.
-La tierra será un paraíso (1989) se centraba en la lucha clandestina de posguerra y tenía algo de texto complementario. ¿La concibió así?
--Creo que sí, era la continuidad histórica de los vencidos. La dolorida peripecia de los que no se resignaron a quedar vencidos. Ellos ponían en práctica un tipo de lucha y de oposición a lo que les rodeaba y yo quise recogerlo en los distintos cuentos. Recogí, por decirlo así, el pensamiento clandestino, la conciencia clandestina de oposición política, generalizada, al margen de cualquier partido.
--Madrid seguía siendo su territorio de ficción. ¿Le ha interesado especialmente la imagen literaria de la capital, igual que ha ocurrido con autores como Mesonero, Pío Baroja, Ramón Gómez de la Serna?
--Claro que sí, me siento muy unido y muy identificado con estos cronistas que ha tenido Madrid. No obstante, echo a faltar el cantor de Madrid como lo ha habido en otras capitales, porque aquí lo que ha habido son cronistas, una escuela de madrileñistas, que son más bien más bien casi casi costumbristas. A Madrid le ha faltado un exaltado amoroso que la cante.
--El grueso de su producción es el cuento, el relato, la narración breve. ¿A qué se debe?
--Para mí el cuento está relacionado con algo de la fisiología, lo mismo que se decía de Proust acerca que su obra está relacionada con el asma que sufría, yo tengo así como una curva de creación, y hago cuentos que no pasan de equis número de folios de una manera automática. No es que me lo proponga, es que cuando termino el cuento aquello está en diez folios o menos. Probablemente mis neuronas no dan para más. Me veo encantado por esa brevedad como si estuviese esclavizado por la sensación de emotividad con que está cargada la poesía. No sé si tengo una inclinación lírica de poeta frustrado.
--Esa concentración poética es más que evidente en Misterio de los días y las noches, y le emparenta claramente con Turgueniev y Chejov. ¿No sé si está de acuerdo?
--Turgueniev es el gran conocedor del alma humana y de esos matices finísimos de los sentimientos, de la psicología y de la unidad del hombre con el paisaje. Eso es lo que más me ha atraído de él. Chejov posee una gran sensibilidad para la percepción del sufrimiento humano, que yo también he sentido. Es lógico que me sienta muy próximo a ambos. Con ese libro me propuse hacer como un experimento porque yo me había considerado siempre como un documentalista de la realidad y ahí asumí el reto de la fantasía, de lo imposible, de lo irreal. Y también quise tender hacia el poema en prosa.
--Con Flores de plomo persiste en el cuento. O en esa técnica de la fragmentación: la del cuento o secuencia que, por acumulación, acaba formando un conjunto unitario. ¿Cómo definiría este libro: una gavilla de cuentos o una novela coral en torno al suicidio de Larra?
--Tanto Larra como el suicidio casi son dos elementos secundarios, en realidad lo que motiva el libro y lo orienta es una meditación acerca de la repercusión que tiene nuestro comportamiento en el alma ajena, en la sensibilidad que nos rodea. Estamos responsabilizados de nuestros actos no sólo con nuestra propia vida sino también con la de aquellos que conviven con nosotros o que, más o menos, nos contemplan. Y tomé esa figura pública que tuvo una importancia muy grande en el Madrid del siglo XIX porque vi que era máxima su responsabilidad. Al matarse era como si no fuera consciente que desencadenaba un dolor o cualquier reacción plenamente emotiva en las personas de su entorno. Es cierto que no son cuentos aislados, porque hay como una trama con un personaje fundamental que es un suicida, cuya sombra se percibe siempre.
--En los años 50, ya publicó una selección de Artículos sociales de de Larra. ¿Por qué le atrae tanto su figura?
--El libro apareció en los años 50 o 60 cuando no era muy conveniente recordar lo que Larra decía sobre la policía o la justicia social. No es que me atrajese el suicidio, no, lo que me atraía era su capacidad asombrosa de escribir sobre temas interesantes, apasionantes, humanos, con una gran belleza porque el estilo de Larra es de unas proporciones espléndidas.
--En Flores de plomo Larra sólo aparece en el tercer cuento, en esa tarde con aguanieve de lunes de carnaval, cuando Dolores Armijo, acompañada de su amiga María Manuela, le va a pedir sus cartas de amor.
--Ahí hay una clara referencia a la vida de la mujer en aquella época y esa travesía es como el calvario que ellas van a sufrir para ir a recoger las cartas de Dolores Armijo, que son el determinante del suicidio. A la vez expreso la idea que yo tengo de Dolores Armijo: era una muchacha de su época en el sentido de que no tenían preparación, puramente pasional, se quedó huérfana muy pronto, se casó muy joven con el hijo del Cambronero, el famoso abogado, y debía de ser un poco frívola, ligera, acaso no dramatizaba la relación con Larra como él exigiría.
--La narración sucede prácticamente en un único día de aguanieve. ¿Y por qué ha incluido a Felipe Trigo en el capítulo final, no teme que ese relato extemporáneo rompa la estructura del volumen?
--Quizá, pero era una forma de sugerir que unas circunstancias análogas podían motivar reacciones parecidas en dos momentos históricos diferentes. Había razones sentimentales equiparables. Trigo es el posible equivalente de un Larra actual, con algunas diferencias. Ambos fracasaron en política, y en su vida amorosa. Y en cierto modo en su propia obra: uno no pudo solucionar los problemas de España, a pesar de ser el periodista mejor pagado y más prestigioso, y otro nunca logró auténtica consideración literaria.
--El libro también tiene una lectura política, casi contemporánea. Un personaje de clase baja dice que a Larra lo han matado los fanatismos de España.
--Es un testigo y a la vez un conjurado de clase baja, frente a tantos personajes de clases acomodadas. Este es un hombre del pueblo, y su reacción inmediata es desconfiar y pensar que esta muerte puede ser puramente política. La historia está dada como trasfondo. Hago referencias a hechos históricos del momento como la muerte del general Quesada, el ahorcamiento de Riego, el fusilamiento de Torrijos.
--Y también hay personajes reales como Zorrilla y Roca Togores, marcados por la muerte de Larra.
--Zorrilla comenzó a hacerse famoso en el funeral de Larra con un poema que no pudo acabar de leer y sí lo hizo Roca Togores, diplomático, autor efímero en nuestra literatura, que estaba disgustado por el éxito de Larra. Cuando sabe que ha muerto, se da cuenta de que el espectador de su triunfo ha desaparecido, por tanto es como si quedara inutilizada su posible victoria literaria al no tener este odiado rival. He querido poner estas figuras para sugerir el acompañamiento que realmente tuvo Larra en su época, aunque he tenido que contener la erudición.
--¿No ha querido también meditar explicítamente sobre el poder de la literatura?
--La importancia de la literatura me preocupa a mí como a todos los escritores: hasta qué punto lo que se hace es válido, es permanente y puede aportar algo al lector: conocimiento, placer, satisfacción de aventura puramente o bien alguna educación íntima. Eso lo que me propongo con cada uno de los libros. No me atrevo a decir que la literatura puede ser educadora, pero sí es como un amigo íntimo que nos puede servir para momentos de confidencia y de apoyo moral. Trato de escribir con el rigor que exige la literatura, que es un producto de nuestra propia conciencia.
--Usted se ha definido como una persona más bien solitaria, ajena a capillas. Por su condición de testigo imparcial, ¿ha reflexionado sobre el actual momento de la narrativa española?
--Estoy convencido de que ahora España tiene un movimiento literario portentoso, yo lo comparo con lo que era la literatura que se hacía aquí en los 40, 50 y 60, y es que no tiene punto de comparación. Me siento muy contento de ser contemporáneo de escritores como Antonio Muñoz Molina, Javier Marías o Belén Gopegui, que ha escrito tres novelas que indican una personalidad de escritor. El otro día pensaba yo en Juan Marsé, que es un hombre discreto, que está metido en un barrio barcelonés, que se ha salvado de cierta decadencia que había en su torno. Yo estoy contento de que Marsé haya hecho su obra con esa seriedad y esa dignidad. Vuelvo la vista atrás y pienso en Delibes, al que también admiro. Sin embargo aún no ha surgido la obra grande y genial que caracterice nuestra época. Estoy convencido de que tiene que surgir de estos talentos jóvenes.
--Siempre había pensado que con quien más se identificaba era con Baroja...
--Es para mí el gran escritor del siglo XX español: fue un hombre sedentario, inmóvil en su ciudad, pero con una gran fantasía y una gran capacidad de introspección y cultura. Ha dejado una obra espléndida sin necesidad de haber llevado una vida de aventurero ni de grandes peripecias como se ha alegado que es fundamental para el escritor. Es el antagonista de Blasco Ibáñez o Hemingway. Y ahí están proyectos como Memorias de un hombre de acción, sus Trilogías. Para mí es una figura excelsa, siento un gran respeto por él y creo que su estilo es irrepetible. Trabajaba mucho más de lo que aparenta.
*La foto la tomo de aquí:
http://www.manoloyague.com/wp-content/uploads/2014/05/20-Juan-Eduardo-Z%C3%BA%C3%B1iga_mini.jpg
[LITERATURA / MARCOS ANA. Escritor y político nacido en Salamanca en 1920, que pasó 23 años en la cárcel y recogió su vida en ‘Decidme cómo es un árbol’, que Almodóvar llevará al cine. Lo entrevisté hace algunos años en el Parque José Antonio Labordeta. Acaba de fallecer.]
“No alimento ni el odio ni la venganza”
“Sigo siendo comunista y marxista”
“Yo no tuve nunca una relación muy especial ni muy directa con Miguel Hernández –declara el poeta y político Marcos Ana (Salamanca, 1920), que permaneció 23 años en la cárcel, como narró en ‘Decidme cómo es un árbol’ (Umbriel)-. La primera vez que lo vi fue en el año 1937, vivía yo en el Alcalá de Henares, era responsable de la Juventud Socialista Unificada de la región y él era de la unidad del ‘Campesino’, era su agregado cultural, y paraba muchas veces allí. Luego lo fuimos a buscar para que hiciera un recital y lo conocí. Me impresionó mucho, primero por su poesía, ha sido uno de los grandes, y luego le vi, ya de paso, en la cárcel de Conde de Toreno, donde Miguel estaba condenado a muerte. Me lo presentaron, le di un abrazo y le recordé que nos habíamos visto años atrás, cuando yo era un chaval en Alcalá de Henares. Fue un hombre que murió de franquismo cuando se abría a la juventud”.
Usted fue el promotor de un homenaje especial a Miguel Hernández en la cárcel.
Sí, sí, en 1960 en la cárcel de Burgos pensamos en hacerle un homenaje a Miguel Hernández con motivo de su 50 aniversario. Era un montaje insólito, clandestino. Construimos un escenario con sábanas y con mantas, muy bien organizado, y unos compañeros, cuatro o cinco relatores, iban narrando su homenaje a Miguel: su vida y sus versos. No crea que era una cosa fugaz: tenía tres actos que tomaban el título de sus libros principales. El primero, ‘El rayo que no cesa’, era sobre el amor; el segundo, ‘Vientos del pueblo’, sobre la política, y el tercero, ‘Cancionero y romancero de ausencias’, sobre la cárcel y la muerte. La obra se llamaba ‘Homenaje a voz ahogada para Miguel Hernández. Sino sangriento’. Ahogada por dos razones: no podíamos levantar mucho la voz para no ser sorprendidos por los centinelas, que estaban algo alejados, y ahogada porque estábamos emocionados. Yo creo que nunca se hará un homenaje con tanta pasión y tanto riesgo.
¿Cuándo se hizo?
Era octubre. No recuerdo si era noche lunada o no, pero sí que los presos estaban sentados en el suelo con una pasión casi religiosa. Teníamos un pequeño coro, habíamos hecho unos instrumentos, a modo de flautas, con los rabos de las escobas, y detrás del escenario estaba la banda. Cuando en el segundo acto llegaban las Brigadas Internacionales y los franceses sonaba ‘La marsellesa’; cuando aparecían los muralistas mexicanos, sonaba ‘la Cucaracha’; cuando venían los rusos sonaba ‘la Internacional’. En medio del silencio de la cárcel lo único que se oía era la alerta de nuestros centinelas. Yo era el director y redacté el guión. Ahora la función se ha vuelto a montar y da vueltas por España.
Cuando usted entró en la cárcel tenía 18 años. No sabía lo que era la vida, ni el amor…
Era hijo de campesinos muy pobres, analfabetos, y yo sabía leer y las cuatro reglas y poco más. La cárcel sería mi universidad. A los doce años mi familia me puso a trabajar en una tienda de cordelería e iba por los sitios con un carrito vendiendo cosas: hoces por los segadores, cuerdas. Me sorprendió la guerra y me marché al frente desde el primer momento como mascota al batallón Libertad.
Ha dicho usted que un día un día oyó a alguien que daba un mitin y pensó: “Este hombre habla para mí”.
En mi juventud yo era muy católico, mi padre también lo era. Un día fui a un acto a repartir la revista católica ‘Hosanna’, y mientras repartía me quedé a escuchar a un joven socialista que estaba hablando: era Federico Melchor. Me di cuenta de que estaba hablando de mí, de mi familia, de las condiciones de pobreza que rodeaban nuestra. Y me quedé enganchado, e iba a los mítines de los partidos socialistas hasta que ya di el paso al comunismo. Fue un paso difícil porque durante el día cumplía con las obligaciones de militante, y por la noche rezaba a solas.
¿Sigue siendo comunista?
Sí, no un comunista de cuartel o de secta, sino un comunista abierto, que quiere vivir su tiempo y escuchar a los demás, porque desgraciadamente a veces veo compañeros honorables que siguen utilizando hasta el mismo lenguaje que teníamos hace años. No te puedes dirigir a los jóvenes como lo hacías antaño, con una especie de catecismo político. Hay que oír a la juventud y hablarle. Ahí nace todo. Si no somos capaces de entender y de escuchar a la juventud no seremos capaces de cifrar los signos del futuro. Sigo siendo comunista y marxista.
Cuenta usted que le estaban torturando y alguien le tiró el retrato de Lenin…
Eso fue así. Yo estaba en los calabozos la dirección General de Seguridad en Madrid, soportando una paliza terrible y alguien arrojó un papel con el rostro de Lenin. Me pareció una señal. Eso es que hay una mística revolucionaria también.
¿Quién le tiró el retrato?
No lo sé. No fue un sueño. Tras recibir las palizas y hacerme con aquel papel doblado con el rostro de Lenin, me sentí fortalecido y comprometido con aquel retrato. Como por la mañana nos sacaban a hacer nuestras necesidades, al pasar ante otro calabozo lo tiré por la ventanilla a otro compañero para que siguiera luchando. Yo sé que existe una mística revolucionaria, y la he vivido cuando he sido torturado –con máscaras antigás, con corrientes eléctricas, con palizas brutales-: de repente te haces fuerte, lo resistes casi todo hasta perder la conciencia. No querías volverte indigno o delator de tus compañeros.
¿Cómo pudo resistir tanto dolor?
Teníamos nuestros trucos. Pero, después, nunca he cultivado el odio ni la venganza. A mí no se me ocurrió buscar a quien me torturó para romperle la cabeza. Una vez me preguntó uno de mis agresores: “Vosotros, ¿por qué cojones lucháis?”. Yo les dije: “Yo lucho por una sociedad donde, entre otras cosas, no le puedan hacer a usted lo que usted me está haciendo a mí”. En la cárcel también escribí poesía sobre el dolor y la esperanza de mis compañeros, para despertar la conciencia a los compañeros.
Publicó usted ‘Decidme cómo es un árbol’ (Umbriel) y ese libro cautivó a Almodóvar, especialmente la historia de la prostituta Isabel de Peñalva. ¿Cómo está el proyecto?
Va adelante. Tenemos un contrato firmado por tres años. A Pedro le gustó mucho la historia: salí de la cárcel después de 23 años de reclusión y dos condenas a muerto. Un amigo me dio mil pesetas para que conociera el amor y me lo gastase con una prostituta. Fui, ella se quedó fascinada con mi historia, salimos a cenar y me estrené con ella. A la mañana siguiente me dejó las mil pesetas y me decía que le gustaría volverme a ver esa noche. Salí a la calle y le compré mil pesetas en flores. Esta escena va a ser el hilo rojo del libro: todo va a suceder en una noche. Pedro y yo somos amigos, nos vemos con frecuencia, y yo creo que se hará la película.
*Marcos Ana por Danilo di Marco.
[José Luis Melero, Hijo Predilecto de Zaragoza, copresentó ayer en el Paraninfo con Fernando Sanmartín la nueva, y primera, novela de Rodolfo Notivol: ’Vaciar los armarios’, que publica Xordica. Recurrió a su ingenio, a su sentido del humor y al magisterio de Georges Perec, y dijo esto sobre una novela ambiciosa y familiar que abarca 80 años de vida y de amistad en Zaragoza.]
RECUERDOS
A PROPÓSITO DE ’VACIAR LOS ARMARIOS’ DE RODOLFO NOTIVOL
Texto de José Luis MELERO RIVAS. Escritor y bibliófilo.
Recuerdo que cuando conocí a Rodolfo un día en Albarracín pensé: “En esas patillas no se pone el sol”.
Recuerdo que aquel día, sólo con ver la mirada limpia y serena de Mari Burges me dije: “Esta mujer lo tiene que hacer feliz”.
Recuerdo que luego he pensado siempre qué sería de Rodolfo sin Mari. Bueno, en realidad lo que he pensado es qué sería de todos nosotros sin Mari. Y de mí sin Yolanda.
Recuerdo que a la mañana siguiente compré en Albarracín almojábanas, esa especie de rosquillas propias de allí, de origen árabe, que -hace poco me enteré- fueron llevadas por los conquistadores al otro lado del Atlántico y que aparecen citadas en algunos libros de Gabriel García Márquez como Los funerales de la Mama Grande o El amor en los tiempos del cólera.
Recuerdo que una de esas tardes en Albarracín, todos los amigos organizaron y jugaron un partido de fútbol, menos Fernando Sanmartín y yo, que éramos de verdad los únicos intelectuales del grupo y que andaríamos hablando de Saint John Perse o de Dylan Thomas. Que bien está que Fernando y yo seamos del Zaragoza, pero eso no quiere decir que tenga que gustarnos el dichoso fútbol.
Recuerdo que en seguida Rodolfo me habló de sus parientes anarquistas y, en especial, de Antonio Ejarque.
Recuerdo que a Antonio Ejarque lo llamaban “Barrilete” porque el hombre tenía algo de sobrepeso. Y recuerdo que leí en un libro sobre la fuga del penal de Ocaña que “Barrilete” no cabía por el túnel que excavaron para fugarse de esa cárcel en 1948. Y que casi se queda sin poder escaparse por esa tripa de los demonios.
Recuerdo que me estuve acordando todo el rato de Ejarque cuando leí la primera parte de Vaciar los armarios, en la que se le recuerda a él y se recuerda el fusilamiento y el exilio de otros hermanos suyos.
Recuerdo que la madre de la narradora de la novela, hermana de esos anarquistas, protesta airadamente cuando la policía detiene a uno de sus hijos por comunista. “¡Y encima con los comunistas!”, exclama. “¡Si llegan a enterarse mis hermanos”!
Recuerdo a nuestro llorado Félix discutiendo con Chusé Raúl, con Rodolfo, con Mari y conmigo la cubierta de Autos de choque, y decidiendo al fin cómo debía ser ésta.
Recuerdo cómo me gustó aquel libro.
Recuerdo a un reseñista de un periódico criticar la larga lista de agradecimientos que Rodolfo incorporó a Autos de choque.
Recuerdo a Rodolfo decir, más cabreado que un mono, que él agradecía a quien le salía de los cojones.
Recuerdo que a José Luis Violeta, el jugador aragonés más legendario de la historia, también le gusta mucho ese libro.
Recuerdo que hice muy feliz a Rodolfo el día que le presenté a José Luis Violeta.
Recuerdo que Rodolfo y Santiago Gascón fueron alumnos de Félix.
Recuerdo un viaje que Rodolfo y yo hicimos a Santander con Félix y Cristina, con Mari y con Yolanda. Y recuerdo una comida maravillosa en un mirador frente al mar.
Recuerdo que su coche iba delante del mío y que le di una pegatina con la “A” de Aragón para que la pusiera junto a la matrícula y así verla yo durante todo el camino.
Recuerdo que ese domingo nos fuimos al rastro de Santander por la mañana. Y no recuerdo que comprara nada, así que nada compraría. Si hubiera comprado algo, vaya si me acordaría.
Recuerdo que me gusta que Rodolfo sea amigo de Pablo y de Roger.
Recuerdo que a Rodolfo siempre le gusta presumir de los años que lleva de socio del Zaragoza y del fútbol que ha visto; y recuerdo que siempre le gusta decirme que soy el segundo mejor zaragocista de la historia, porque está convencido de que él es el primero.
Recuerdo que siempre le digo que no sabe lo que dice: que el primero soy yo con mucha diferencia.
Recuerdo que durante algunos años estuvimos yendo Rodolfo y yo juntos a La Romareda con otros grandes amigos: Labordeta (que pagaba su abono, pero no venía casi nunca), Miguel Mena, Antonio Pérez Lasheras, Félix, Ismael Grasa y Fernando Sanmartín. Y Pisón cuando estaba en Zaragoza. Y recuerdo que nos llamábamos la Peña Milito.
Recuerdo que la noche que le metimos 6-1 al Madrid estábamos todos juntos en La Romareda. Y recuerdo los abrazos que nos dimos Rodolfo y yo con Félix y la alegría desbordada de éste y de los demás.
Recuerdo que el estar juntos en el campo se terminó cuando me hicieron Consejero. Y recuerdo que yo todas las tardes sin excepción miraba desde el palco aquella localidad y me decía: “Allí están mis amigos”. Y trataba de reconocerlos entre la multitud.
Recuerdo que una noche en La Romareda, en un partido de Copa de la UEFA, me marché del campo avergonzado de lo que veía y dejé a mi hijo, que era entonces bien pequeño, con Rodolfo; y recuerdo que luego tuve que volver a buscarlo avergonzado de mí mismo.
Recuerdo que siempre me ha gustado su manera apasionada de querer a Zaragoza; y recuerdo que me gusta ver cómo despotrica sin piedad de quienes no la quieren como nosotros.
Recuerdo que si Rodolfo pudiera instauraría el cantón de Montemolín, lo que no está mal pues el cantonalismo responde a una vieja tradición republicana y federal y fue uno de los precedentes del anarquismo en España.
Recuerdo que me gusta que Rodolfo me llame a veces Pepico.
Recuerdo que cuando leí el manuscrito de Vaciar los armarios esperaba que me gustara, pero nunca imaginé que me iba a gustar tanto.
Recuerdo que mientras la leía me decía todo el rato: A Pisón le va a encantar.
Recuerdo que después hablé con Ignacio y me dijo: “Me ha encantado”.
Recuerdo que cuando la leía pensaba que frente a los que sólo escriben novelas para narrar cosas, Rodolfo ha escrito una novela para contar sus cosas y entender su vida.
Recuerdo que me llamó desde el principio la atención la estructura de la novela, en la que la narradora, Marina, cuenta la historia de su familia a una de sus sobrinas, la hija de su hermana pequeña Gloria. Y que en seguida me vino a la cabeza Natalia Ginzburg.
Recuerdo la lectura de algunos pasajes con tanta emoción que a veces me entraban ganas de llorar. Por ejemplo en la narración de la triste vida que tenía que llevar la abuela chica en un cuchitril de San Pablo o en la de los últimos días de Celia.
Recuerdo que pocas veces uno puede encontrarse tantos personajes y tan bien caracterizados en una novela. Y recuerdo que la leí con lápiz y papel, para no perderme nada.
Recuerdo que tuve que apuntarme los personajes como hice con los de Cien años de soledad; y recuerdo que me dije: no es mala cosa que ambas novelas anden juntas y que haya que leerlas del mismo modo.
Recuerdo que me decía todo el rato: qué pocas novelas de sagas familiares alcanzarán seis generaciones: la bisabuela María (en la novela “la abuela grande”, la madre del abuelo materno), la abuela materna (en la novela “la abuela chica”, la nuera de la abuela grande), la madre y el padre, los nueve hijos, los hijos de éstos y los biznietos de la madre y el padre. Seis generaciones.
Recuerdo que pensé: “Menos mal que Eva Cosculluela sabe lo que son los choznos”. Y recuerdo que pensé que esta es una novela perfecta para usar esa hermosa palabra: chozno, el cuarto nieto o el hijo del tataranieto. Dani es chozno de la abuela grande.
Recuerdo que cuando leí que la voz de Paquita, una de las protagonistas, sonaba como “un sonajero de arena”, me dije: “¿Estoy leyendo a Rodolfo o la sombra de Antón Castro es de verdad tan alargada?”
Recuerdo con emoción cómo quería arreglarse Celia cuando iba a visitarla el novio de su hermana.
Recuerdo que el padre canta en la novela la novena sinfonía de la jota: la fiera antigua, la jota cumbre de José Oto: “Nadie le tema a la fiera, que la fiera ya murió, que al revolver una esquina, un valiente la mató”.
Recuerdo que pensé: si tengo huevos la cantaré en la presentación.
Recuerdo que no tengo huevos.
Recuerdo que la novela me hizo recordar a tantas personas con pequeños retrasos que en aquellos años fueron ingresadas en manicomios y que hoy vivirían felizmente con sus familias. Y recuerdo las visitas que hacía Rodolfo a uno de esos siquiátricos para visitar a un familiar próximo.
Recuerdo que la novela me hizo recordar cómo eran los viajes de novios de los pobres: en este caso, cuatro días en el barrio de La Cartuja.
Recuerdo que hay un homenaje a Cuchi (cuchicuchicuchi, se lee en la página 13), otro a Artal (ese doctor Burriel…) y otro a Pisón (el piso de la calle Rufas, 12), y que me dije “Coño y a mí qué, que encima le tengo que presentar el libro”.
Recuerdo que me gustó que escribiera que Álvaro cogió a su hijo a corderetas.
Recuerdo que el gran Javier Aguirre, el ídolo de tantos, me preguntó qué tal estaba la novela; y que cuando le dije que era buenísima me contestó con cariño aragonés: “Parece mentira que la haya escrito ese “matután” de Rodolfo”.
Recuerdo que estuvimos hablando de si “matután” se utilizaba más allá del Alto Aragón; y recuerdo que lo miré en el diccionario de la RAE y no viene; y que tuve que mirarlo en el “Diccionario aragonés” de Rafael Andolz: “Matután”: grandón y sin sustancia. Y otra acepción: terco, tozudo, duro de juicio.
Recuerdo que me dije: lo contaré en la presentación para que a la salida Rodolfo le ajuste las cuentas a ese “matután” de Javier Aguirre. Con cariño aragonés, eso sí.
Recuerdo que pensé que “matután” debe de ser aragonesismo relativamente reciente, pues no aparece ni en el Diccionario de Mariano Peralta de 1836, ni en el de Jerónimo Borao de 1859, ni en su reedición de 1908.
Recuerdo que el suicidio de Álvaro me recordó al de Víctor Mira.
Recuerdo que sentí compasión por los últimos años juntos de Juan y Marina, porque no merecían ese final.
Recuerdo que cuando Miguel acortó su viaje de novios por Andalucía, recordé el caso de un amigo que recortó el suyo para llegar a La Romareda a ver un partido del Zaragoza. Su mujer lo dejó al poco tiempo.
Recuerdo que me gustó que recordara las taquillas de la plaza del Carbón.
Recuerdo que a Yolanda también, como a Charlie, le daban en el Gancho pan con vino y azúcar.
Recuerdo que la escena de los hermanos comiendo en silencio arroz con leche, sin levantar apenas la cabeza, después de haberse repartido lo poco que dejó su madre al morir, me pareció maravillosamente cinematográfica y me hizo pensar en Buñuel y en la cena de Viridiana.
Recuerdo que me gustó que la novela empezara con dos citas de los Labordeta: una de José Antonio y otra de Miguel; y que me dije: Rodolfo es un hombre de bien y no juega a la impostura de poner una cita de Eliot o de Ezra Pound, que tan fáciles serían de encontrar. Pone de sus amigos y de los de casa. A algunos les parecerá provinciano y a mí me parece enternecedor.
Recuerdo que pensé: si tenemos suerte y salen por ahí un par de buenas críticas y la movemos lo suficiente, esta novela debería ser un bombazo, porque es literatura en estado puro, literatura de la mejor.
Recuerdo que luego pensé que la editaba y la tenía que mover Chusé Raúl.
Recuerdo que después de hacer el chiste, me dije: Sanmartín, Notivol y yo tenemos la suerte de que nos edite el mejor editor.
Recuerdo que Rodolfo y Mari siempre han estado a mi lado. Hasta cuando he ido a Madrid a presentar mis libros. Y recuerdo que me dije: mi amigo merece que me esmere en hacerle una presentación cojonuda. Entre otras cosas, porque si no igual tengo que esperar trece años más, que son los años que hace que salió su libro anterior, y ya me cogerá un poco mayor.
Recuerdo que pensé que recurrir al Je me souviens de Georges Perec me dotaría de un marco cómodo para contar cosas de forma poco solemne.
Recuerdo que deseé acertar en la forma y en el fondo.
Recuerdo que pensé que como los chicos de barrio suelen ser los mejores y los más leales, seguro que Rodolfo me seguiría queriendo un poco, la presentara como la presentase.
Recuerdo que pensé: pero qué me importa a mí que me quiera o no Rodolfo, si yo en el fondo a la que quiero es a Mari.
Recuerdo que debo terminar ya porque Rodolfo tiene que firmar los muchos libros que todos ustedes van a comprarle.
Recuerdo que debo darles las gracias por escucharme.
*La foto de Rodolfo Notivol es de Lara Albuixech.