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Antón Castro

HOY, FIRMA EN DÍA DEL LIBRO CON EL FOTÓGRAFO ANDRÉS FERRER

HOY, FIRMA EN DÍA DEL LIBRO CON EL FOTÓGRAFO ANDRÉS FERRER

[Hoy, Día del Libro, firmaré en solitario en Prensas Universitarias de Zaragoza, 12 a 2, mi nuevo poemario ’El musgo del bosque’ (un viaje en el tiempo por la memoria y por algunos instantes imborrables con García Pavón, Torrente Ballester, Mercé Rodoreda, José Hierro, Leopoldo Pomès, en el cine, en el amor, en la música, andan por aqui José Antonio Labordeta o Amancio Prada, o en el arte con Eduardo Laborda e Iris Lázaro o Pascual Blanco...). Y por la tarde, en Antígona, con Andrés Ferrer firmaremos, de 5 a 7, y de 8 hasta que se cierre, si alguien lo desea ’Los Sitios de la Zaragoza inadvertida’ con 120 fotografías y 81 textos. Es un libro que habla de cine, de teatros, de paseos, de espacios, de noches de música, de hoteles, de un sinfín de personajes: García Mercadal, Pilar Bayona, Félix Navarro, Ricardo Magdalena, José Alfonso de Drogas Alfonso, el fotógrafo Lucas Cepero, asesinado cerca de la plaza de Sas, de las torres de la Seo, del cementerio de Torrero, de bibliófilos, de pintores del Ebro, de un descampado en la Magdalena y de una noche de amor, de Esto no es un solar, del Teatro Principal... O de la plaza de España y sus embrujos. He aquí el texto... Este libro, solo 25 de sus fotos, puede verse en Las Cortes de Aragón.]

 

PLAZA DE ESPAÑA / Texto: Antón Castro. Fotografía: Andrés Ferrer.

Se veían todos los días en las escaleras del edificio de la Diputación. Al lado del Cuarto Espacio. Se habían acostumbrado a ese lugar y allí se daban el primer beso. Se sentaban. Violeta contaba que había estado fabricando máscaras y muñecos de trapo, que había proyectado la voz y que había ultimado el guion de la nueva pieza teatral que estrenarían en otoño en el Teatro Principal. Era menuda, vivaz, de una mirada luminosa; a veces, Jorge, más taciturno, pensaba que cualquier día lo cegaría con su claridad y su alegría. Ella contaba y no paraba: había oído a Silvio Rodríguez, a Rafael Berrio, a Copiloto, a Kate Bush, de nuevo, tantos años después, a Silvia Pérez Cruz, su canción favorita era ‘Pequeño vals vienés’, el poema de García Lorca que había adaptado magistralmente Leonard Cohen. Jorge apenas decía nada: sonreía levemente. Sonreía cautivado y pensaba qué secretas son nuestras vidas, y qué distintas, qué amasijo de hechos y minucias, qué disparidad de caracteres. Se fijaba en ella, en sus pendientes, en sus cuadernos de notas, también dibujaba muy bien. Le gustaba estar allí: le parecía que aquel sitio, aquel cruce de caminos hacia todas partes, simbolizaba también la relación que vivían. Violeta se agigantaba a cada instante, hiperactiva, llegaba a todo sin desbocarse, y él tenía la sensación de que se empequeñecía. La plaza de España era algo parecido: gigantesca, transitada, repleta de historia y de mitología, un puro sinvivir de personas y ruidos, la algazara de las horas, con esos edificios que dan la dimensión de grandeza o de monumentalidad de la ciudad. Y Jorge allí, desarmado de dicha, sobre las escaleras, seducido por aquella joven que vivía tres o cuatro existencias en una sola. De cuando en cuando, cerraba los ojos para concentrarse solo en su voz y en su olor. Un día se quedó traspuesto de emoción y quizá de beatitud; cuando abrió los ojos Violeta ya no estaba. La plaza también había cambiado: había vuelto el tranvía, había reabierto el café Gambrinus y el edificio ‘Puerta Cinegia’ miraba de frente, con sus ojos de ajedrez, al Monumento a los Mártires de Ricardo Magdalena. La gente se colaba por todas partes como siempre hacia los enigmas insondables del Tubo, en “manadas numerosísimas”, como habría escrito Julio Antonio Gómez. Jorge reparó que llevaba con él un libro de Ernesto Hernández Busto, La ruta natural (Vaso Roto, 2015) y que había subrayado este fragmento: «A veces, el éxtasis, literalmente ese “ser o colocarse fuera de sí mismo”, es un proceso ascensional, el cuerpo paralizado para que el alma pueda contemplar lo divino». No sabía bien por qué pero sospechaba que a él le había sucedido algo semejante. Todo resultaba tan verosímil que no estaba seguro de que estuviese dentro de un sueño.

 

-Del libro ’Los Sitios de la Zaragoza inadvertida’. Fotografías de Andrés Ferrer. Textos de Antón Castro. 

ELÍAS MORO CUÉLLAR: UN ELOGIO INCONDICIONAL DE LA LECTURA

ELÍAS MORO CUÉLLAR: UN ELOGIO INCONDICIONAL DE LA LECTURA

 

[Recibo esta carta y este hermoso texto de Elías Moro Cuéllar, escritor: Este año me han nombrado, por así decir, "pregonero" del Día Mundial del Libro en Extremadura a través del Plan de Fomento de la Lectura; quiero decir que me han encargado que escriba el texto que tengo que leer mañana, viernes 22, en la Biblioteca de Extremadura. Me ha publicado un cuadernillo con el mismo que se repartirá por bibliotecas, clubes de lectura, centros educativos, etc. Así que estoy muy contento.]

 

¡DESENFUNDA, FORASTERO!

 

Un elogio de la Lectura

 

Por Elías ELÍAS MORO CUÉLLAR





Para Isabel Sánchez, bibliotecaria y amiga,

destinataria original de estas letras.




Cuando un libro choca con una cabeza

y suena a hueco, ¿se debe sólo al libro?

Georg Christoph Lichtenberg




Me resulta muy difícil, casi extraño, catalogarme como escritor. Aunque, bien mirado, y si hacemos caso a la definición que de escritor da el diccionario en su primera acepción, cualquier persona no analfabeta lo sería y yo, por tanto, al igual que vosotros, estaría incluido en ese rol. Bien es cierto que me gusta escribir y que de vez en cuando (muy de vez en cuando, si queréis que os sea sincero) me sale un poema que no va a dar directamente a la papelera; o un texto que junto con otros van dando forma, poco a poco, a un pequeño volumen; o relleno algún viejo cuaderno con historias que se me ocurren…

Pero si de algo puedo estar seguro, es de que soy un lector: fervoroso, impenitente, caprichoso, vago, pasional, infiel, desordenado… Un puñetero pajarillo (algunos dicen que de pajarillo nada, que pajarraco y gracias) que va picoteando de aquí y de allá, que salta de autor en autor, que revolotea de género en género y que, como no podía ser menos, alguna que otra vez aterriza herido por la belleza o el horror, por la levedad o la contundencia, por el placer o el dolor de lo leído. Y si no hay libros a mano pues revistas o periódicos o folletines o manuales… o qué sé yo. Haciendo caso, en un momento de debilidad, a un amigo mío, que un poco raro sí que era, para qué nos vamos a engañar, hasta prospectos de medicinas me he metido para el cuerpo de principio a fin, de pe a pa, de cabo a rabo: posología, composición, contraindicaciones, efectos secundarios… toda la parafernalia y retórica de la “literatura farmacéutica”. Pues bien: este sujeto sostenía que semejantes espantos acaso sean lo más importante que podamos leer porque en determinadas circunstancias pueden acabar salvándonos la vida. Una teoría, como podéis suponer, completamente absurda, cercana al desatino y, sin embargo, y aunque parezca contradictorio, no carente de su pizca de razón.

Porque si uno de los mejores destinos que puede tener el ser humano es el de la adquisición de conocimientos que, al fin y al cabo, conformarán su acervo cultural para mejor enfrentarse al mundo y que en la mayoría de los casos también le harán mejor persona, albergo pocas dudas acerca de que el camino de la lectura es uno de los más atinados y agradables de transitar. Hay más, por supuesto; así, a bote pronto, yo diría también que el cine o la música o el teatro… O la simple y llana conversación, que como todos sabéis es el arte de opinar con mesura y saber escuchar a los demás. Pero ese sendero de la lectura goza, al menos en mi caso, de un estatuto propio que lo hace mi preferido, el que tomo y recorro más a menudo para que me lleve hacia no sé qué, hacia no sé quién, hacia no sé dónde.

La lectura es un hecho transgresor, rebelde, un acto, aparentemente pasivo, que sin embargo lleva implícito una gran valentía: la de la búsqueda en vez de la aceptación, la de osar antes que la de rendirse, la del querer saber frente a ese permanecer en la ignorancia que nos empobrece como personas. Leer, por tanto, no es sólo instrucción, conocimiento; también es la otra cara de la realidad, esa que, tantas veces dura y terrible, se nos oculta por espurios intereses y a la que sólo se consigue acceder con la imaginación y el sueño. Y es que mientras se lee tenemos la aspiración de ser otro nuevo y distinto, acaso, y llevando al extremo tal anhelo, de ser uno mismo de otra manera. Ya decía el maestro Goethe que “Cuando se lee no se aprende algo, sino que se convierte uno en algo”.

Borges, que imaginó el universo como una biblioteca, nos dejó dicho que gracias a los libros tenemos recuerdos que no hemos vivido. Pues eso, que gracias a ellos, leyendo sus páginas, podemos ser todo lo que queremos y ansiamos, aquello que soñamos y anhelamos y que de otra forma nos sería casi imposible de conseguir.

Porque aquí donde me veis yo he sido faraón en Egipto, escudero de Aquiles en la guerra de Troya, gladiador en Roma, arquero en las Cruzadas, vikingo en Islandia, pícaro en Flandes, cortesano en Versalles, minero en Polonia, explorador en África, samurái en Japón…

he sido señor y vasallo, leal y traidor, víctima y asesino, esposa y amante, erudito y charlatán, prostituta y heroína, ladrón y policía…

he bajado al centro de la Tierra, subido a la Luna, navegado por el Amazonas, peregrinado a la Meca, buceado en el Pacífico, escalado el Everest, cabalgado las estepas, caminado los desiertos…

he pilotado una nave interestelar, un submarino, una locomotora, un biciclo, un dirigible…

he viajado en junco con los piratas chinos, en diligencia junto a tahúres y jueces de paz, traqueteado caminos en carreta con los pioneros, en un convoy de derrotados camino de alguna frontera…

he tocado la cítara, el ukelele, el tam tam, la zanfoña, el banjo…

he estado con Darwin en las Galápagos, con los reos que fundaron Australia, peleando contra los bóers o los zulúes, recolectando algodón en los campos esclavistas, con Robert Falcon Scott en su enorme decepción antártica, con Espartaco en su amarga derrota…

En fin, no sigo, ya os hacéis una idea; y es que desde que me adentré en esa terra incognitae que siempre es la lectura mi vida no ha sido una sino múltiple como la rosa de los vientos. Y todo esto tan ricamente, sin sufrir ni un rasguño y por obra y gracia de esos libros y autores que por deseo de la diosa Fortuna -¡bienaventurada por siempre sea!-, los hados pusieron en mi camino.

¿Qué cómo empezó todo esto? Paciencia, amigos, ahora os lo cuento.

“Me acuerdo de las novelas del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía, mi banderín de enganche en la lectura”.

Y no me duelen prendas en reconocer que después de los tebeos (entonces no se llamaban cómics ni novelas gráficas), aquellas historias del nuevo mundo en formato de bolsillo, papel pobre y coloristas portadas, llenas de tiros y estampidas, de vaqueros y pieles rojas, de carretas renqueantes y desiertos que ya conocíamos por las películas, con un protagonista que siempre medía seis pies de alto, jinete de común solitario vagando por praderas y poblachos, un artista con el revólver (donde ponía el ojo, allá que iba la bala) y un imán para las mujeres, fueron las que crearon en el mocoso que entonces yo era el hábito de leer. Poco después, claro, el paso siguiente y lógico fue entrar de lleno en las más eclécticas lecturas. Aún recuerdo con nitidez las novelas de aventuras de autores como Verne, Salgari, London, Dumas, Stevenson… Aún camino con frecuencia, entre otros muchos, junto a Lázaro de Tormes, Ana Orantes, los hermanos Karamazov, Fortunata y Jacinta, Sherlock Holmes… Aún percuten blandamente en mi memoria los versos de Quevedo, de Bécquer, de Machado, de Neruda… con los que me inicié, gozoso y estupefacto, en el territorio maravilloso y magnético de la poesía, ese extraño y atrayente laberinto verbal en el que sigo atrapado sin remedio ni ganas de escapar de él. Con muchos de aquellos episodios, con varios de esos compinches, con tantos de esos poemas, el mundo se ensanchaba a ojos vista ante mis ojos: me figuraba partícipe y protagonista de tantas y tantas aventuras hechas vida por el misterio de la palabra escrita que no dejaba de anhelar el momento de volver a abrir las tapas de alguno de esos volúmenes y sumergirme hasta el fondo entre sus páginas.

A ojo de buen cubero, llevo leyendo de manera continuada alrededor de cuarenta años y pocos habrán sido los días en que algún libro no haya pasado por mis manos y ante mis ojos dejándome su particular estela en los adentros. Con cada uno de ellos, no tengo ninguna duda, se ha multiplicado mi capacidad de asombro, se ha ido satisfaciendo mi ansia de conocimiento, se ha ensanchado mi amplitud de miras, mi cuota de indignación o complacencia. Miles serán, y no exagero, los que conserven en su tapa y sus páginas mis huellas dactilares, el rastro humilde de mi mirada en su papel, una lágrima o una caricia entre sus líneas.

Debió de ser muy poco después de aquella época “westerniana” de que antes hablaba cuando llegaron a mi manos dos volúmenes que desde entonces dejaron en mí una huella perenne e indeleble: Ilíada y Odisea, de Homero (este fue el primer libro que compré con mi propio y escaso dinero en una edición en tapa dura del Círculo de Lectores, volumen que aún me acompaña en mi vagar): la crónica de la guerra de Troya y el regreso de Ulises a Ítaca escrita por el inmortal poeta ciego me sigue pareciendo unas de las más altas cimas de la literatura de todos los tiempos. En sus páginas encontramos lealtad, traición, amor, heroísmo y cobardía, seres fantásticos y terribles, lances fabulosos…

Casi al mismo tiempo que Aquiles y Helena, que las sirenas y el cíclope, que el tejer y destejer de Penélope, llegaron a mis manos los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda; era, recuerdo, un ya baqueteado ejemplar de la editorial Losada que me regaló un amigo de adolescencia casi por compromiso sin sospechar ni remotamente lo que aquellos versos torrenciales, llenos de pasión y sensualidad (¡Ah, vastedad de pinos, rumor de olas quebrándose… Ebrio de trementina y largos besos… Eras la boina gris y el corazón en calma…), significarían para mí en aquel entonces y ya para siempre. Todavía no he logrado averiguar a ciencia cierta qué vería en mí aquel colega (recuerdo que se llamaba Gonzalo y poco después desapareció de mi vida, esto tampoco lo he olvidado), por qué le parecí yo el destinatario propicio para obsequiarme con semejante regalo. Este ejemplar, ay, al igual que mi amigo, también desapareció de mi vida sin saber muy bien cómo, pero fue sustituido por otro igual en cuanto caí en la cuenta de su pérdida.

Después de tantos años leyendo a diario es más que evidente que he tenido otros amores no menos intensos e importantes, tanto o más ardorosos y pasionales (pienso, por ejemplo, en Whitman, en Poe, en Tonino Guerra, en Tolstoi, en Campos Pámpano o Viñals Correas, en Cunqueiro o Pessoa… en tantos y tantos) pero estos dos que he citado expresamente, al igual que esos amores adolescentes y de verano que uno nunca olvida porque ni quiere, ni puede, permanecerán para siempre en mi corazón.

La lectura, ya se ha dicho pero lo repito, es un hecho transgresor, libre y rebelde hasta el punto de que sacude, a veces de manera casi violenta, las convicciones que uno pueda tener con respecto a algo, a alguien, incluso hacia sí mismo. Y esto es bueno: las doctrinas inamovibles, las certezas absolutas, los dogmas de cualquier tipo no suelen ser, en su rigidez de miras y modos, más que antesalas del desastre.

Aquellos de nosotros que gozamos o sufrimos con su lectura y compañía, que amamos con pasión (¿se puede amar de otra forma?) los libros que, llegados a nuestras manos por tantos diferentes caminos, vamos acumulando con trazas de invasión por todos los rincones de la casa en espera de su ocasión, corremos el riesgo de que nos suceda lo que ya apuntaba el poeta mexicano José Emilio Pacheco en este breve texto de “Desde entonces”: Lo compré hace más de quince años. Pospuse la lectura para un momento que no llegó jamás. Moriré sin haberlo leído. Y en sus páginas estaban el secreto y la clave.

Pero ahí seguimos pese a todo: olfateando el rastro de esas miguitas de pan que nos conducirán al banquete de la lectura, a la orgía de lo escrito, al paraíso de las palabras, a la gozosa bacanal del verbo (En el principio era el Verbo) con que todo comenzó. Desde entonces y para siempre, ahí seguimos en pos del secreto y la clave.  

¡Bendita locura ésta de la lectura: nunca olvidéis que Don Quijote, aquel loco maravilloso, desfacedor de entuertos, paladín de damas en apuros, sostén del afligido, luchador incansable contra la injusticia y la crueldad, muere cuando recobra la razón y deja de serlo!

 

*La foto es de André Kertesz.



'HABLARÁN DE NOSOTRAS': UNA ANTOLOGÍA DE DOCE ESCRITORAS

'HABLARÁN DE NOSOTRAS': UNA ANTOLOGÍA DE DOCE ESCRITORAS

[Los Libros del Gato Negro publica ’Hablarán de nosotras’, una antología de relatos de doce autoras aragonesas. Marina Heredia Ríos firma este prólogo.]

NOTA DE LA EDITORA MARINA HEREDIA RÍOS

Editar una antología siempre es complicado. Requiere ciertas justificaciones: ¿por qué se incluye a unas autoras y no a otras…?, ¿qué criterios se han seguido…? Pero esto, amigos, no es una antología, es una «reunión» de escritoras aragonesas, de voces que están a nuestro alcance, que nos cuentan historias, que nos regalan mundos. El único criterio es el de esta editora que, simplemente, ha querido reunir a este puñado de autoras en un libro amable. La elección de las autoras responde a la voluntad de mostrar en una foto de grupo (que algún día se hará) que son muchos los nombres de mujer (aquí están solo unos pocos) que pueblan nuestro panorama literario. Y esto no precisa justificación alguna, porque lo necesario no se justifica. Es cierto que las mujeres que escriben ya no tienen que esconderse tras un seudónimo masculino. Pero, aunque ya no sean heroínas como las Brontë o no tengan que firmar con el nombre de sus maridos, como Colette, las mujeres que escriben en el siglo xxi, todavía tienen difi- 10 cultades.

La realidad es terca y nos demuestra que, aún hoy, las mujeres lo tienen difícil para dejar de ser personajes secundarios en la cultura, también en la literatura. De los libros publicados, solo algo más del 25 % están firmados por mujeres, por no hablar de los manuales de literatura, en los que las escritoras «desaparecen» por arte de magia, generación tras generación. Si has leído esto es que este libro ha llegado hasta tus manos. Así que, sin más preámbulos, te contaré alguna de las cosas que encontrarás en él.

’Hablarán de nosotras’ muestra doce voces distintas y personales, que viven la literatura, que son, y lo saben, escritoras.

Teresa Garbí nos regala dos breves cuentos, de prosa limpia y clara. En ellos nos habla de la vejez, de la muerte y de la pobreza. Pero también del amor, del deseo de vivir y de esa incansable fe en el ser humano que destilan sus obras.

El cuento de la polifacética Magdalena Lasala nos deja una sonrisa en los labios al final de esta historia de amor más allá del tiempo. El amor y su recuerdo es capaz de pintar una vida paralela capaz de someter a la vida real. Y todo con una prosa elegante y cuidada.

Ana Alcolea vive la literatura como un viaje. Es fácil imaginarla tejiendo caminos que nos llevan de un lugar a otro, despacio, cuidadosamente, con mimo en los detalles. Este cuento es un viaje a través del 11 tiempo que nos conecta con la vida de otros que habitaron los espacios que ahora ocupamos nosotros.

Cristina Grande cree en las segundas oportunidades, y nos lo cuenta con la misma precisión con la que el agua discurre en su cauce. Este cuento nos muestra la vida vista como un paseo en el que cada paso puede ser mejor que el anterior.

En el «cuento sin más» de Ángela Labordeta no pasa nada y pasa todo. Lo que tú, lector, lectora, imagines. Sugerente y breve. Concentrado y potente. La vida en un instante, en un suspiro. Leones en el corazón, que rugen, que quieren liberarse y cárceles de amor o de rutina.

Olga Bernad nos habla en su bella metáfora felina del desasosiego, de la vida atenazando nuestros deseos, nuestros sue- ños con rígidas cadenas.

Patricia Esteban Erlés construye con maestría un universo perturbador en su cuento y nos atrapa en él desde la primera línea. Una historia de cómo el deseo o la curiosidad es capaz de aniquilarte, o no... Esta casa repleta de gatos consigue arañarte el alma. ¿Ser únicamente nosotros o ser también la imagen que nos devuelve el espejo? ¿Cuántas vueltas hay que dar para encontrarse?

Laura Bordonaba hila una historia futurista con una conclusión clara: no podemos ser más que nosotros mismos.

El relato de Eva Puyó nos devuelve a la atmósfera de los misterios familiares, a nuestros ojos y nuestros 12 oídos infantiles exageradamente abiertos para intentar entenderlo todo, aunque ahora sepamos que eso era imposible.

En el cuento de Irene Vallejo un abducido por la teoría de la conspiración y un adolescente que indaga el mundo a través del objetivo de una cámara, mientras su madre renuncia a pelear por conservar el espacio en el que se sintió a salvo, cruzan sus caminos. Podrían haberse hecho mucho daño, pero, esta vez, ha habido suerte.

Aloma Rodríguez parte de un suceso real de su vida para construir su relato. Podemos sentir su desolación infantil por perder su camiseta preferida o su alegría ante la llegada de sus padres... La autora consigue que su historia sea también un poco nuestra.

La protagonista del cuento de María Pérez Heredia emprende un viaje en solitario, deja atrás todo cuanto conoce, todo lo que tan cuidadosamente otros han dispuesto para ella y se echa al mundo en busca de un nuevo nombre. Lo encuentra y, al igual que para su creadora, su viaje no ha hecho más que empezar. Viajes, gatos, amor, clones, recuerdos, leones y misterios... de todo un poco hay en este libro. Editar, queridos lectores, también es de alguna manera emprender un viaje, así que estáis todos invitados a viajar conmigo. La editora

MARÍA JOSÉ PAREJO: UN CUENTO

Hace algunos años, la realizadora de Aragón Televisión María José Parejo me pasó algunos cuentos muy sutiles y variados, con mucha personalidad y buen gusto. Han pasado algunos años y ahora acaba de publicar su primer libro, 'Los nudistas' en el sello Anorak de Sergio Navarro. La joven autora firmará ejemplares en el Día del Libro. He aquí un cuento del libro.

 

RESTAURAR SISTEMA

Por María José PAREJO. De 'Los nudistas' (Anorak).

 

Hoy es sábado 27 de noviembre. Ignorando los consejos de aquellos que afirman que debo animarme y salir, me dispongo a pasar la tarde sola en casa. Después de un café con magdalenas y el visionado de dos películas divertidas, mis emociones están bajo control.

 

Procuro no darle vueltas al asunto, reflexionar demasiado no ayuda a superarlo, sin embargo, Mario es una figura remanente en mi cabeza a la que aparentemente no presto atención. Como saber que tienes lóbulos en las orejas o tibias en las piernas.

 

Enciendo el ordenador. Durante el proceso de inicio, un dibujo sonriente salta de un lugar a otro de la pantalla dando volteretas y haciendo el Moonwalk con sus cortas patitas de marciano clásico. No habla, solo emite algún sonido simpático y lo que podría identificarse con una risa ridícula. Lleva una camiseta con su nombre: Owen.

 

Esta sencilla presentación forma parte de un programa antitristeza que instalé ayer sin darme apenas cuenta. Acepté las condiciones pasando por alto las dos páginas de instrucciones que lo acompañaban. En un foro lo consideran muy eficaz para sobrellevar todo tipo de rupturas sentimentales, dicen, aunque parezca una tontería. Me lo parece, en eso comparto su opinión, aunque reconozco que el icono se mueve con bastante gracia.

 

También te escucha, boquiabierto y parpadeante. Muestra gran diversidad de gestos con matices casi humanos que revelan el ingenio de sus fabricantes. Tiene un diseño brillante.

 

El entretenimiento es otro de sus puntos fuertes. Manteniendo el puntero encima despliego una lista que enlaza con páginas de viñetas humorísticas, chistes, o series que dan en el clavo con mis gustos personales.

 

En ocasiones actúa por su cuenta. Si abres Google, por ejemplo, Owen se sitúa cerca, saca unos prismáticos o sostiene una lupa. Si pones música, aparece con unos auriculares siguiendo perfectamente el ritmo de la canción elegida.

 

Descubro entonces que su cometido va más allá de la simple entrada en escena. En medio del caos recopilatorio encuentro un disco de Cat Power, pulso doble clic sobre The Greatest para comenzar, y Owen gira su diminuta cabeza de un lado a otro haciéndome saber que no está dispuesto a consentir tal disparate. Sorprendida ante esta audaz censura, pruebo con más canciones del mismo estilo, a modo de provocación. Así constato que es imposible reproducir en mi ordenador cualquier melodía lenta o melancólica.

 

Lo intento con Jason Mraz y el marcianito vuelve a manifestar desaprobación. Empiezo a enfadarme, no entiendo qué daño puede causar un poco de funky inofensivo. Lo cierto es que el programa funciona, porque Butterfly me recuerda mucho a Mario; seguramente oírla me entristece por muy bailable que sea. Y en vez de eso estoy concentrada en imaginar la ingeniería necesaria para desarrollar este software.

 

Mi curiosidad sigue aumentando, tanto que necesito desafiar nuevamente a mis guardianes espirituales.

 

Abro el Facebook con la pretensión de visitar su perfil. Tal como imaginaba, no hay manera de acceder. Owen se desplaza de izquierda a derecha con cara de pocos amigos, y en el momento más solemne de su paso por delante de mí, se tropieza como en una comedia de cine mudo. Justo después recibo varios mensajes de gente conocida a través del chat, que contesto durante un par de horas.

 

Owen, además, ha bloqueado algunas carpetas de fotos. Por la forma de discriminar las imágenes deduzco que sabe exactamente de qué va la historia. Quizá a esto se refieren cuando hablan de «inteligencia artificial».

 

Deseo ahora más que nunca contarle a Mario lo que está sucediendo, cojo el teléfono y marco su número. Comunica, mi valentía se esfuma, decido escribirle un email. Quiero sumergirme en ese estado nostálgico que Owen desaprueba.

 

Me explayo en mil especulaciones superfluas porque sospecho que algo impedirá que las lea. Relleno su dirección y, al enviar, mis temores se confirman, el texto adquiere la forma de una hoja de papel que una mano gigantesca arruga sin contemplaciones. La bola resultante rebota por las esquinas hasta que Owen, caracterizado de Maradona, le propina una patada arrojándola al exterior con un contundente sonido de velocidad. Eso me resulta hiriente.

 

Ha llegado el momento de desinstalar el programa. Busco atentamente en el menú principal sin éxito, registro cada rincón rentabilizando al máximo mis básicos conocimientos informáticos, pero no localizo ni un mínimo archivo.

 

Paso un antivirus, quizá Owen no es más que una trampa de las que circulan por el ciberespacio. Después de un rastreo intensivo, emerge de nuevo en el escritorio caminando con un pelín de desgana, ni siquiera se ha quitado la camiseta de la selección argentina. Parece cansado de luchar contra alguien que no quiere ser ayudado. No puedo evitarlo, me hace gracia.

 

Al fin se me ocurre una solución drástica: restaurar el sistema. Mediante este procedimiento, el ordenador recupera un estado anterior, en el que se encontraba en una determinada fecha, antes de que se produjera el mal funcionamiento. Todo lo posterior es eliminado.

 

Me remonto unos meses atrás. Selecciono en el calendario la casilla del 28 de agosto. Reviso las advertencias sobre las consecuencias de esta acción, confirmo, y reinicio para hacerla efectiva.

 

Evalúo las pérdidas: me falta la última temporada de Breaking Bad, varias aplicaciones importantes, y supongo que echaré de menos algún documento más. No me importa, al menos he recuperado mi libertad.

 

Disfruto de la alegría que esto me proporciona, pero ignoro la razón por la que semejante trascendencia me pilla delante del ordenador. Siento confusión, empiezo a agobiarme y sudo. Hace mucho calor y llevo puesto un forro polar que me sobra por completo. Me despojo de los calcetines y, aturdida, deambulo por la casa. El frescor de las baldosas bajo mis pies me alivia considerablemente.

 

Abro la nevera, tengo gazpacho. Abro una ventana, el bochorno se adhiere a mi cuerpo. Inspiro profundamente, la felicidad asciende a mi cerebro.

 

Hoy es sábado 28 de agosto. Me basta con apreciar la atmósfera, la luz e incluso el olor que se cuela en el salón. En cuanto a mí, tampoco hay duda, mi humor es el del verano pasado.

 

Intento afianzar cada recuerdo que se me va escapando por momentos, junto a la certeza de que hace escasos minutos estábamos en noviembre. Me gustaría

 

conservar las experiencias vividas en ese tiempo para no repetir los mismos errores. Pero me cuesta trabajo, no me apetece pensar en el futuro. Prefiero vivir el pasado. Y así, en este instante, vuelvo a la cama para despertar a Mario de su siesta dulcemente.

HISTORIA Y LIBRO DE JUANA BIARNÉS

HISTORIA Y LIBRO DE JUANA BIARNÉS

La segunda vida de Juana Biarnés

 

Juana Francés, la mujer que retrató

a Los Beatles hace ahora 50 años

 

La Fábrica, en su colección Photobolsillo, recupera la obra de la pionera del fotoperiodismo en España

 

 

La vida siempre concede una segunda oportunidad. Juana Biarnés (Tarrasa, Barcelona, 1935) es un buen ejemplo de ello. Otro más. Quizá todo empezase de nuevo cuando Gervasio Sánchez y Sandra Balsells la invitaron al Seminario de Periodismo y Fotografía de Albarracín: allí los estudiantes descubrieron a la pionera del fotoperiodismo en España que “se ha ocupado siempre de lo real y ha sido su enfoque intimista lo que la ha distinguido del resto de fotorreporteros de la época”, tal como escribieron Mónica Carabias y Francisco J. García en el catálogo que marca su recuperación: ‘El rostro, el instante, el lugar’ (2014), al que se acaba de sumar ahora una monografía de La Fábrica en su colección de Photobolsillo.

Juana Biarnés, contra viento y marea, decidió ser fotógrafa. Su padre hacía foto deportiva y además era poeta. Ella lo vio con tanto trabajo que decidió echarle una mano. Él se colocaba en una portería y ella en otra. En el campo de Les Corts un árbitro no dejó empezar el choque mientras Juana estuviese haciendo fotos, algo que también le ocurriría años después en el palacio de Congresos: estaba acreditada con todos los permisos, pero el guardia de seguridad le impedía el acceso al hemiciclo por ser mujer. Su carrera empezó en medio de la tragedia, con las inundaciones de Terrasa de 1962. Su padre le dijo que se repartieran la ciudad y que en cuanto tuviese las fotos las fuese revelar a Barcelona. Así lo hizo: sus espeluznantes instantáneas, que no ha querido exhibir ahora por respeto a las víctimas y a sus familias, llegaron ante el presentador Federico Gallo y abrieron los telediarios.

Poco después, Emilio Romero, director de ‘Pueblo’, vio su trabajo y le hizo una oferta laboral: la llamó a Madrid y le dijo que le pagarían por pieza publicada. Ahí empezaría su gran tarea. Tres años después acudió a la rueda de prensa de Los Beatles en el Hotel Avenida Palace de Barcelona. No se quedó a gusto y se metió en su mismo avión en dirección a Madrid. Se disfrazó un poco para afirmar sus armas, metió una cámara pequeña en el bolso y llamó a su habitación. Ringo Starr la vio y dijo: “You?”. Permaneció tres horas con ellos, les habló de flamenco, de pan con tomate, entonó algunos temas y los retrató, confiados y sonrientes, en la intimidad. Las fotos dieron la vuelta al mundo.

Juana era osada y tenía olfato informativo y artístico. Retrató a los nudistas de Ibiza, a un hosco Luis Buñuel durante el rodaje de ‘Tristana’, a Roman Polanski, a Raquel Welch (que había perdido la documentación), a Rocío Durcal y a una Carmen Sevilla más bella que nunca, a Santiago Bernabéu en bata, a Orson Welles, a Sue Lyon, aquella joven que habían interpretado la Lolita de Nabokov; retrató a Serrat con sus patillas de bandolero, o a Pilar Miró, recién llegada a TVE.

Cuando cerró ‘Pueblo’ se convirtió en ‘freelance’, creó su propia agencia, Sincro Press, y viajó a Estados Unidos para asistir a los rodajes de cine. Siguió trabajando hasta 1985. El director de una revista le rechazó un reportaje sobre un enfermo de cáncer, que intentaba contagiar esperanza a los demás, y ella  decidió retirarse. Al parecer le mostraron unas diapositivas en color de Lola Flores y le dijeron que eso tenía más interés y más público.

 

LA ANÉCDOTA

Juana Biarnés abrió un restaurante en Ibiza, Ca Na Joana, con su marido francés, un periodista de ‘Paris Match’, y se dedicó a otra de sus pasiones: la cocina. “He heredado de mi madre la afición a los fogones y la necesidad de contar historias- suele decir Juana Biarnés-. Una de sus pasiones era contar novelas a sus compañeras de trabajo”.

IGNACIO DEL VALLE: UN DIÁLOGO

IGNACIO DEL VALLE: UN DIÁLOGO

Ignacio del Valle presentaba hace unos días su novela 'Soles negros' (Alfaguara), la cuarta de la serie de Andrade y Manolete la pasado semana en Los Portadores de Sueños. Explica aquí la claves de su libro y de la serie. 

-¿De qué modo te preocupa España, con la mirada del ciudadano o la del novelista?

La mirada del ciudadano se ve reflejada en mis artículos, y el novelista va el paralelo -y a veces se entrecruza, aunque no necesariamente-. De todas formas ambas tienen meridianamente claro que la memoria es muy frágil y que las cosas han de repetirse en un ritornelo eterno -por eso nunca habrá suficiente artículos y novelas sobre cualquier tema-. La historia no es más que un farol en la popa de un barco en una oscura noche, y en cualquier momento la podemos perder de vista, con los riesgos que conlleva.

-¿En qué medida este es un país de todos los demonios y de una violencia sórdida y subterránea?

No creo que España sea especial en ese sentido. Todos los países tienen lo suyo. Ahora bien, la diferencia reside en cómo nos enfrentamos a esos demonios y esa violencia. Si no sacamos la basura de bajo las alfombras y hablamos sobre un tema como es el robo de niños sistemático y legal en España durante toda la dictadura, todos esos demonios saldrán por otro lado, y no precisamente por el que más nos gustaría. Los alemanes hicieron examen de conciencia respecto al nacionalsocialismo, aquí todavía queda por hacer una revisión de la segunda mitad del siglo XX.

-¿Como nació Andrade, ese bibliotecario culto, extremeño y políglota?

De una manera intempestiva en El arte de matar dragones. Me interesaba el traslado del museo del Prado durante la guerra civil, y me invente un personaje que me permitiese intervenir en la época. No pensaba que fuese a tener continuidad, y ya ves: cuatro novelas ya, y parece que va a recorrer todo el siglo XX hasta los ochenta. Arturo Andrade, un corazón delicado, manos de carnicero, un tipo contradictorio pero lúcido con el cual podré contar episodios poco conocidos de la historia de España pero que resultan esenciales para comprender lo que somos.

-Recuérdanos un poco los tras novelas anteriores: la de la guerra española, la de su estancia en la División Azul y su episodio de amor en con una joven berlinesa…

En El arte de matar dragones trato el traslado del museo del Prado durante toda la guerra civil, y teniendo en cuenta que por chiripa no desapareció en los bombardeos, creo que resulta un pilar de nuestra historia. Imagínate que ahora no tendríamos Velázquez, Patinir, Brueghel, Ribera... En El tiempo de los emperadores extraños hablo de ese episodio silenciado que fue la División Azul, una novela que fue adaptada al cine por Gerardo Herrero, y en Los demonios de Berlín me interesaba el apocalipsis que fue la caída de Berlín en 1945, y también el caos personal que significó para Arturo enamorarse en medio de un conflicto mundial. Luego ya llegó la novela que nos ocupa, Soles negros, por ahora la última de la tetralogía.

-¿Cómo madura, cómo ha evolucionado hasta llegar a 'Soles negros'?

Arturo, como yo mismo, hemos madurado, y si antes era más directo y explícito a la hora de tratar con la realidad, a fuerza de experiencias ha aprendido a negociar con ella. Es una proceso natural comprender que llega un momento en que quizás tengas que acostarte con tu peor enemigo para lograr una pequeñísima victoria. Es la vida.

-Avánzanos un poco la historia… ¿Te has basado en un hecho real, has visto que era un tema sobrecogedor que andaba por ahí?

La primera pista la tuve con una noticia de los años ochenta, una monja llamada Sor María Valbuena que robaba niños en los hospitales y los vendía a cien mil pesetas el crío. Algo que parecía terrible pero insólito, fue lo que sucedió en el país de una manera institucionalizada y legal durante cuarenta años. Eso solo fueron los últimos coletazos del dragón.

-¿Cómo se explica que existiese un terror tan clandestino e inhumano auspiciado por el régimen?

Formó parte de la política del régimen. A medida que Franco ganó la guerra debían encuadrar en el sistema toda la "masa desafecta" de republicanos. De esta manera, el Auxilio Social, mediante un estricto sistema de adoctrinamiento religioso y paramilitar, con castigos de toda índole, se encargaría del lavado de cerebro de los niños. Eso incluía la adopción o prohijamiento de los mismos por parte de personas que comulgaran con el ideario del Movimiento. Para santificarlo se promulgaron dos leyes, la primera en 1940, por la cual las reclusas podían amamantar a sus hijos y tenerlos con ellas en las prisiones hasta los tres años, luego los críos se desalojaban legalmente y eran enviados a instituciones del Auxilio Social sin posibilidad de contacto con las madres hasta el cumplimiento íntegro de las penas. A continuación, en 1941, se complementa la ley anterior y se permite cambiar el nombre de los niños en el registro civil cuando no recordasen el nombre de los padres o estos no fuesen localizables o hubieran sido expatriados. Una vez que los niños ingresaban en la red asistencial, comenzaba el banquete de carne humana.

-¿Está el mal en todas partes y dónde menos te lo esperas?

El mal está tan mezclado con el bien que a veces no puedes distinguir la frontera. Se trata de hacer pactos con tus demonios para que te permitan hacer una vida más o menos digna, cierta coherencia, y que los ángeles puedan respirar. No obstante, este hecho que para una persona puede resultar incómodo, para un escritor es oro en polvo, porque esa ambigüedad es donde hemos de colocarnos para escribir, en esa limes, ese territorio de flujo y reflujo vital.

¿Qué ha sido para ti lo más doloroso o insoportable en la redacción de la novela?

Posiblemente comprobar las condiciones de los niños en los hogares del Auxilio Social: el hambre, la sed, los castigos, las humillaciones, como se ahormaban las mentes y los espíritus de los inocentes...

-Parece que has querido rendir un homenaje a Don Quijote y Sancho en las figuras de Andrade y su viejo amigo, grosero y mujeriego, Manolete… ¿Es así?

Resulta evidente. La pareja conformada por Arturo, nihilista y lúcido, y Manolete, una desgracia como persona, pero también intuitivo y compasivo, me permite establecer una dialéctica que hace que la novela avance como si tuviese un motor de explosión, y cruzar diferentes sensibilidades para, a la manera de un GPS literario, hacer un retrato lo más preciso posible de la España de 1947.

-¿Qué sería más Ignacio del Valle: un escritor épico, de aventuras tremendas, o un narrador de novela negra?

Un escritor que mezcla historia, noir, suspense, ensayo, poesía, épica... En realidad, todo lo que pille.

-¿Qué autores te marcan o tienes de referencia?

Las referencias son infinitas: Herodoto, Doctorow, Ray Bradbury, Scott Fitzgerald, Galdós, Steinbeck, Bernal Díaz del Castillo, Tolstoi, Calvino, Updike, Camus, Plutarco, Don Winslow, Poe, Le Carré, Mishima, Charles Baxter... Somos el resultado de todo lo que leemos, todas las pelis que vemos, la gente que conocemos, incluso la comida y la bebida que tomamos. Es una dialéctica que solo debería terminar cuando llega la Parca, e incluso si se deja, continuar con ella.

-¿Qué relación intentas establecer con el lector, qué ansías decirle o contarle, a modo de poética general?

Intento dar perspectiva y apasionar. Si hablamos de Cervantes, hay una frase de él que resulta categórica: "El escritor ha de ilustrar y entretener a un mismo punto".

EL RARO DANIEL. POETA

EL RARO DANIEL. POETA

A Daniel Izquierdo Clavero (Barcelona, 1975), profesor y escritor, le gusta aparecer en sus libros con sus dos apellidos. Así sucede con su segundo poemario: ‘Las cicatrices invisibles’ (Los Libros del Gato Negro). Sus padres son turolenses: él, empleado de la Nissan, es de Monteagudo del Castillo y ha realizado 56 viajes a Latinoamérica; ella es de Aguilar de Alfambra, un pueblo de pocos habitantes que se abre hacia la llanura y un horizonte que bien puede recordar a un mar interminable. Allí pasa sus veranos Daniel, que padece desde hace años una de esas enfermedades misteriosas que le complican la vida a una de cada dos mil personas, “una disinergia cerebelosa mioclonica”, vinculada al Parkinson. Daniel ha tenido profesores que le han entendido y han apoyado su sensibilidad, otros no han asimilado su hiperactividad y cuenta con el cariño de la profesora Rosa Navarro Durán, dilecta alumna de José Manuel Blecua, que le deja asistir a sus clases. Daniel siempre ha tenido una pasión: leer, escribir, comprar libros, visitar bibliotecas. Posee una espléndida memoria que le permitía recitar poemas, que son su mejor equipaje; además, es uno de esos seres que cultiva la amistad y se siente estremecido por la hondura de sus afectos, su tío Eugenio, entre ellos. Logró licenciarse en Psicopedagogía y se diplomó en Magisterio; hace dos años se vio obligado abandonar el aula, aunque hizo lo imposible por quedarse, hubiera aceptado una considerable rebaja de sueldo. Es uno de los promotores de encuentros culturales en Aguilar del Alfambra. Y conmueve comprobar el cariño que siente por Aragón y sus escritores. Su libro es un intenso autorretrato: el documento de alguien que pelea contra la amenaza de la muerte, es un canto a la vida, desde la sensibilidad, la belleza y la humildad, contra el dolor, tan demoledor que parece invitarle a la desesperación e incluso al suicidio. El poeta, en su noche y en su soledad, dialoga consigo mismo y con los otros: con los muertos de Angrois, con los que acuden al hospital para una revisión, con un sinfín de autores: desde Alejandra Pizarnik o Anna Ajmatova a John Berger o Patrcik Modiano. Se abraza a las palabras, se abraza a la esperanza, a la música, al arte y a la literatura (su reino: conocimiento, exorcismo y terapia) y resiste. Y escribe: “Mi poesía también es una rara enfermedad”.

 *De la serie 'Cuentos de domingo'. La foto es del autor.

'LOS SITIOS'... / FERRER & CASTRO

'LOS SITIOS'... / FERRER & CASTRO

'Los Sitios de la Zaragoza inadvertida'. 25 fotografías de Andrés Ferrer y 25 textos de Antón Castro. La exposición se inaugura el jueves 14 de abril a las 11.30 en el palacio de la Aljafería. El libro se pondrá a la venta a partir del viernes.

 

 

 

RETRATO EN IMAGEN Y PALABRA DE ZARAGOZA

 

 

          ¿De cuántas formas se puede mirar una ciudad? Zaragoza es una ciudad hospitalaria, la ciudad de los tres ríos, de palacios renacentistas, la capital del cierzo. El fotógrafo Andrés Ferrer lleva años recorriéndola y ha buscado su propia iconografía: los lugares que están ahí, los monumentos, los rincones, las fachadas, los barrios, las plazas, los descampados, a los que apenas prestamos atención. Son los sitios inadvertidos. Los recodos. Los miradores. Los edificios. El envés de la vida corriente. Lo que hemos dejado de ver tras haberlo mirado tanto.

 

          Durante muchos días, Andrés Ferrer salía como un cazador de luz y se fijaba en la Plaza de las Catedrales, en la Expo o en el Ebro con su pasarela, en la Cooperativa del Taxi, en la playa ferroviaria de La Corbera; se internaba por pasadizos como el Palafox o el pasaje del Ciclón o se iba a la Adriática, al Paraninfo, a un grupo escultórico o al Cementerio de Torrero. Atrapaba el silencio, esos instantes donde el tiempo se hace leyenda, foto fija de la memoria, caligrafía de emociones antiguas. No le ha preocupado tanto lo evidente como lo inadvertido. Zaragoza tiene varios rostros, algunos ocultos o desdibujados, y él con paciencia, con sosiego, con la lentitud que exige la luz los capta. Y da una imagen distinta de la ciudad: eterna, cotidiana, vivida y, a veces, espectral. Una ciudad con sus luces y sombras.

 

          Antón Castro acompaña sus fotos con diversos textos: narraciones, perfiles, pequeños ensayos, microcuentos, poemas en verso y en prosa, fábulas, aforismos, guiños..., en clave realista y de ficción, donde asoman multitud personaje históricos (José Alfonso, García Mercadal, Luis Buñuel, César Augusto, Goya, Fleta, Marín Bagüés, José Antonio y Miguel Labordeta, Pilar Bayona, Pablo Gargallo, Pablo Serrano, Dimitri Berberoff, el doctor Lozano, Teodoro Ríos Balaguer, Ricardo Magdalena...) y de ahora mismo. Y también están presentes espacios, situaciones, historias reales y soñadas que demuestran que una ciudad puede ser contada y cantada de formas casi inagotables. Desde la intimidad o con una voz coral que, en el fondo, nos pertenece o nos abraza a muchos.

 

          De la unión de las fotos y los textos ha nacido el libro ‘Los Sitios (de la Zaragoza inadvertida)’, que es un homenaje a Zaragoza, a su historia y a su presente, a sus comercios, calles, casas, lugares emblemáticos y olvidados, a través de la imagen, con su diálogo incesante del claroscuro, y de la palabra. Y es un libro de artista o de artistas, entretenido y ágil como una caja de sorpresas, un proyecto, un sueño, un himno visual y literario de reconocimiento de una ciudad asequible, cargada de historia, de claridad y de sombras. Casi una cuarta parte del proyecto se expone en las salas del Palacio de la Aljafería, sede de las Cortes de Aragón.

 

Agustín Sánchez Vidal, escritor e historiador del cine en Aragón y máximo especialista en Luis Buñuel, firma el prólogo del volumen y dice: “De este libro también se desprende una Zaragoza que apuesta por el futuro y cree en él, que se ha reinventado bastante más de lo que creemos quienes la habitamos a diario. Todo eso, entre otras muchas cosas, se hallará aquí. Tras macerarse en ellas se pueden recorrer las calles y plazas como provisto de esas gafas o dispositivos de realidad aumentada. Los mismos lugares aparecerán entonces dotados de nuevas luces y lecturas. Esas que con tanto talento han captado Andrés Ferrer y Antón Castro, para enriquecer lo existente y devolvernos una ciudad más habitable, mejor percibida y advertida”.