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Antón Castro

LORRIE MOORE EN SEIX BARRAL

Seix Barral acaba de publicar una nueva colección de cuentos de Lorrie Moore (Glenn Falls, Nueva York, 1957), la autora de ‘Pájaros de América’. Hacía 16 años, más o menos, que no publicaba relatos, desde el citado ‘Pájaros...’ de 1998. Se trata de ‘Gracias por la compañía’, compuesto por ocho piezas que hablan de los ecos de la Guerra de Iraq, de amores imperfectos, de divorcios traumáticos, de soledades, de muertos que no parecen irse nunca, de las relaciones entre padres separados con sus hijos...

Así comienza el primer texto, ‘Muda’, centrado en la vida de Ira y de Zora, ambos divorciados y padres de una niña pequeña y un adolescentre.

Dice así: «Ira llevaba seis años divorciado y aún no podía quitarse el anillo de bodas. El dedo se le había hinchado a su alrededor como una masa: una combinación de deseo frustrado, remordimiento sin límites y ambición mal dirigida, decía a sus amigos. “Tendrán que amputarme el dedo.” El anillo (supuestamente de oro, aunque ahora todo lo que había recibido de Marilyn estaba en duda, quién sabía) encinchaba la camisa de grasa de su dedo, que había crecido a su alrededor como una parra jodidamente feliz. “A lo mejor tendría que cortarme la mano entera. Y mandársela”, le dijo por teléfono a su amigo Mike, con quien trabajaba en la Sociedad Histórica del Estado.»

 

De ‘Gracias por la compañía’. Lorrie Moore. Seix Barral. Traducción de Daniel Gascón. Seix Barral. Barcelona, 2015. 197 páginas. 

 

*La foto la tomo de aquí.http://static.guim.co.uk/sys-images/Books/Pix/pictures/2010/2/24/1267008420930/Lorrie-Moore-001.jpg

UN DIÁLOGO EN 'CUADERNOS DEL SUR' CON PEDRO M. DOMENE

UN DIÁLOGO EN 'CUADERNOS DEL SUR' CON PEDRO M. DOMENE

[El escritor, crítico literario y profesor Pedro M. Domene publica hoy en 'Cuadernos del Sur' del 'Diario de Córdoba' esta entrevista conmigo. Mil gracias a Pedro y a todo el equipo. Muy amables.]

 

 

Pedro M. Domene 23/05/2015

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Antón Castro nació en Lañas (Arteijo), La Coruña, 1959. Es un escritor, dramaturgo y periodista cultural. Desde 1978 vive en Zaragoza. Dirige el suplemento Artes & Letras del Heraldo de Aragón. Ha presentado y dirigido varios programas de televisión. Su obra literaria es variada. En ella destacan títulos como Mitologías (1987), El testamento de amor de Patricio Julve (1995) o Los seres imposibles (1998), así como obras para niños: Jorge y las sirenas (2009), El niño, el viento y el miedo (2013) y, el último, La leyenda de la ciudad sumergida (Nalvay, 2014), un libro de cuentos fantásticos de la infancia del autor en Galicia ilustrado por Javier Hernández.

 

--Déjeme preguntarle: ¿su vida es cultura o la cultura forma parte de su vida?

--Quizá las dos cosas. Me apasionan las pequeñas cosas de la vida, que también son una forma de cultura, y la cultura es una de las razones que alimenta mi vida: la literatura, la música, el cine, el arte, la fotografía, el teatro, la conversación, el debate, la pasión por escuchar a los otros.

--¿Cuándo se consideró que la cultura era algo fundamental en un país como este?

--Imagino que con la ilustración, durante la II República, y cuando se entendió que la cultura son las maletas del viajero, del creador, del hombre cotidiano: ahí viaja la sensibilidad, el sentido crítico, la curiosidad, el deseo de saber, el respeto, ese viaje interior que se llena de experiencias, de poemas, de libros, de partituras, de sueños..., las armas de la convivencia y la libertad.

--¿Cómo hemos cambiado en estos últimos años en la forma de hacer periodismo cultural?

--Aunque ahora no estamos en el mejor de los momentos de la consideración cultural, en la democracia el periodismo cultural ha sido fundamental. Se ha creado mucho, en todas las direcciones, se ha programado mucho, ha habido avances decisivos, grandes proyectos, y el periodismo cultural ha estado ahí, con entusiasmo y sentido crítico.

--Hábleme de sus experiencias en el mundo del papel y en las nuevas tecnologías.

--Me encanta el papel y los soportes digitales. Tengo la casa como un mar desordenado de recortes y periódicos y libros, que le lleva a decir a mi suegra si no padeceré el síndrome de Diógenes, y a la vez, sin ansiedad, me he asomado al blog, al facebook y quizá hoy mismo al twitter.

--De su variada faceta como escritor, ¿de cuál se siente más satisfecho?

--No sabría decirle. El periodismo ha sido mi escuela de formación, pero en realidad me siento narrador, contador de historias. Y a la vez, poeta. Un poeta de demasiadas palabras todavía y algo tardío. Desde 2010 para aquí he publicado cuatro libros de poesía.

--¿Solo en la realidad se encuentra la auténtica literatura? Me refiero a su faceta de escritor de un maravilloso mundo de fantasía.

--La literatura se hace de realidad, de imaginación, de sueño y lenguaje. A mí siempre me ha atraído mucho la dimensión mágica o inesperada de la vida, aquello que parece soñado. Lo han dicho muchísimos antes, y se seguirá diciendo muchas veces más, pero a mí las cosas más inverosímiles, mágicas, fabulosas, sorprendentes y conmovedoras me han ocurrido en la realidad. O suceden en la realidad. La realidad es una formidable máquina de maravillas que parecen irreales e imposibles.

--Jorge y las sirenas es un libro para más pequeños, ¿fruto de ese mundo donde la fantasía es tan importante?

--Desde luego. Soy un enamorado de las sirenas, desde hace muchos años, casi tanto como Carlos García Gual. He escrito bastante de ellas. Pero esa también es una historia que me dictó la realidad: ahí le inventé una sirena a un niño enfermo gravemente al que le apasionaban los sencillos dibujos que hacía yo en las dedicatorias de mis libros. Durante su convalecencia, decidí escribirle dos microcuentos de sirenas en el periódico (apenas quince líneas, 900 caracteres) para que supiese que me acordaba de él y mis sirenas también... Se curó. Y me gusta pensar que es un milagro de la ciencia, a la que le estoy muy agradecido, y de la literatura.

--El niño, el viento y el miedo , ¿es una colección de leyendas o cuentos con una mayor proyección?

--No son leyendas, aunque pueda parecerlo. Todo lo que cuento es más o menos real: quiero decir que yo lo viví así en mi infancia o que mi propia madre me contaba las cosas como yo las cuento. Aunque parezca sueño casi todo es real. Salvadas las distancias, yo tuve una infancia fantástica y llena de miedos y de poesía. Los aparecidos volvían con la lluvia; los mendigos exigían limosna de pan con beso y podían bailar una muñeira; el viento encendía un acordeón bellísimo y lastimero que provocaba pánico; la dama de los bosques irrumpía y provocaba desastres ambientales y en algunos hombres, y eso me lo confirmaba incluso la mujer viuda que me cuidaba algunas mañanas. Las brujas, ya se sabe, haberlas haylas.

--En La leyenda de la ciudad sumergida lleva usted a Galicia en su corazón, ¿es así?

--Por completo. Ese libro es un homenaje a Galicia, a la naturaleza, a una topografía que conocí de niño y adolescente, y es un homenaje al viaje, a la aventura, al sueño y al mundo infinito de los libros.

--En esta historia se suceden las aventuras, y ofrece un homenaje al mundo del libro, ¿quiso usted combinar ambos aspectos para educar a jóvenes lectores?

--Por supuesto. Siempre les digo a los niños que la aventura y los libros van de la mano y que una de las experiencias más hermosas que existen es la de la lectura; si es en voz alta, aún mejor. Una experiencia tan decisiva como la amistad, el amor, el descubrimiento del mar o de una canción que se convierte en la banda sonora más íntima de tu vida.

--¿Qué le resulta más fácil, escribir para jóvenes o para adultos, si me permite dicha dicotomía?

--Me lo planteo de la misma manera: intento encontrar un lenguaje, historias, personajes, y ofrecerles lo mejor de mí mismo. A veces un libro para jóvenes llega a los adultos y al revés. Uno no debe pensar nunca que los niños son analfabetos o estúpidos y que se les puede dar gato por liebre.

--Y una última pregunta: ¿los dibujos de Javi Hernández complementan la visión de las aventuras de Esteban?

--He trabajado con muchos artistas: José Luis Cano, Natalio Bayo, Alberto Aragón, Santiago Arranz, Juan Tudela, Alberto Torró. Y con Javier Hernández me ha pasado algo especial: él es narrador también, cuentacuentos, adora la música. Y ha cogido a la primera la atmósfera de mis libros: se siente cómodo, crea, improvisa, completa las acciones y tiene total libertad. A mí me encanta trabajar con él. Es delicado, sutil, posee un trazo fino, tocado por ese color verdoso y dorado, compone muy bien y es atrevido. Le encanta probar, medirse y sabe que tiene toda mi confianza.

 *Esta foto es de Oliver Duch, fotógrafo de Heraldo de Aragón.

SILVIA PÉREZ CRUZ LLEGA A TODO

SILVIA PÉREZ CRUZ LLEGA A TODO

CRÍTICA MUSICAL

Silvia Pérez Cruz llega a todo

La cantante ofreció un espectacular concierto, basado en ‘granada’, en el Teatro Principal.

 

Silvia Pérez Cruz (Palafrugell, Gerona, 1983) tiene varios dones: canta como deben o debieron hacerlo las sirenas en su estado más ideal y genera una empatía ilimitada: es dulce y cautivadora, cálida y envolvente, y posee una maestría envidiable en diversos lenguajes y estilos. Maestría, elocuencia, una exuberancia vocal que provoca asombro. Puede llegar a cualquier sitio, paladear las canciones como si ella fuera una orquesta completa o un coro. A veces, con esa suavidad natural de la joven que burla la comba, parece dirigirse a sí misma: matiza, enriquece, ahonda, hace círculos imaginarios como si redondease los agudos o los graves, va y viene, suspende el aire y transita por el puro virtuosismo con una facilidad apabullante.

En el escenario, asistida por un músico magnífico como Raül Fernández Miró (Refree), llega a todo. Llega a donde se imagina, a donde sueña, alcanza cualquier tesitura, se arriesga y parece tan feliz con el canto que no duda en adornarse en ocasiones. Su voz es prodigiosa, tan bella y personal, dramática y lírica, tan matizada y de tantos colores, que hay un momento en que el oyente va de deslumbramiento en deslumbramiento. Ha dicho: “Lo que buscamos es que el sonido tenga profundidad, que se pueda coger, tocar, que sea grueso, pese y esté cocinado a fuego lento”. A veces puede dar la sensación de que la cantante y el público entren en una suerte de éxtasis o de inefable comunicación.

Sé que hablar así de un concierto parecerá exagerado, poco profesional, pero no lo es. Ayer, en el Teatro Principal, el público se levantó en dos ocasiones, aplaudió a rabiar (quizá no lo hizo más porque Silvia Pérez Cruz tampoco se empeñó en ello) durante varios minutos y estuvo a punto de hacerlo, en medio del concierto, cuando interpretó la ‘Elegía a Ramón Sijé’ y ‘Que me van aniquilando’, en la versión de Morente y Pepe Habichuela. En ese instante, Refree, que habla poco pero con una cristalina emotividad, y ella explicaron que el tema de Miguel Hernández, ‘Compañero’ lo llamó Silvia, que les permitió cerrar el disco ‘granada’ (“así, en minúscula, porque es un pequeño fruto y también una explosión”, había dicho antes en alusión a este disco de 2014) y que una de las cumbres de uno de esos recitales inolvidables del dúo, incluso especial en ciertas rarezas sonoras: Raül Fernández Miró, soberbio, es osado con sus guitarras, acompaña, experimenta, seduce y, a veces, casi desconcierta con algunos sonidos próximos a la pura percusión o a los graves rasgueos de rock.

Silvia Pérez Cruz arrancó con ‘Abril-74’, la canción de Lluís Llach en homenaje a la Revolución de los Claveles y cantó en catalán (‘Corrandes d’exili’, ‘El cant del ocells’, ‘Jo vull ser torero’ de Albert Pla y una habanera de su madre, Gloria Cruz) y mallorquín (hizo una versión cromática y mediterránea de ‘Mercè’ de María del Mar Bonet), cantó en inglés, en alemán, en francés (escenificó el ‘Hymne a l’Amour’ de Edith Piaf), en portugués (‘Acabou chorare’) y, por supuesto, en castellano.

Cerró la noche con esa joya de Federico García Lorca y Leonard Cohen, ‘Pequeño vals vienés’, que ella interpreta con alma flamenca y toques de jazz, y ofreció, a modo de bis, uno de sus temas fetiches: ‘Gallo negro, gallo rojo’ de Chicho Sánchez Ferlosio, que ya le oímos en sus últimas estancias en Aragón: en Pirineos Sur, en el Teatro Arbolé en febrero de 2013 y en el concierto de homenaje a José Antonio Labordeta en septiembre de 2014. Una maravilla de expresión, de intensidad, de plasticidad y de facultades. Con Silvia Pérez Cruz parecen agotarse las palabras: es como una misteriosa cantante de mar con alas que nos ensancha el mundo y descubre, una y otra vez, nuevos latidos en el corazón.

 

LA FICHA

‘granada’. Silvia Pérez Cruz (voz) y Raül Fernández Refree. Teatro Principal. Ciclo de flamenco. Tres tercios de entrada. 

 

*Este texto aparecía ayer en Heraldo.es

DISCURSO DE PEPE MELERO EN HONOR DE FÉLIX ROMEO

Discurso de inauguración de la Biblioteca ’Félix Romeo’, Parque de Goya II, el pasado miércoles.

Félix Romeo por Luis Grañena.

 

 Por José Luis MELERO RIVAS.

 

Mi amigo el librero de viejo Inocencio Ruiz, cuyo nombre lleva la Biblioteca Pública Municipal de Santa Isabel, me lo repetía muchas veces: “Cuando una biblioteca se abre, una cárcel se cierra”. La frase (que él atribuía a Concepción Arenal, aunque yo también la he visto otras veces adjudicada a Víctor Hugo) tiene su miga. Nos habla, claro, de que las bibliotecas son espacios de libertad, de cultura, instrumentos para hacernos más libres y mejores. El que lee aprende a pensar por sí mismo, a tener ideas propias sobre las cosas. Y a la vez conoce lo que piensan los demás y eso le lleva indefectiblemente al respeto y a la tolerancia. No en todos los casos es así, claro (Hitler tenía una buena biblioteca y no fue al parecer un mal lector). Pero sí lo es en casi todos los casos. De ahí la importancia de las bibliotecas como lugares donde los libros (y ahora, de acuerdo con los nuevos tiempos, también los medios audiovisuales y demás vehículos transmisores de cultura) representan la victoria de la civilidad frente a la barbarie, de la urbanidad y el buen gusto de quienes deciden utilizar sus servicios frente a los que aún no han descubierto el placer de leer, el placer de vivir otras vidas y otras experiencias. Porque los libros logran lo que parece imposible y hacen que podamos viajar a la Rusia soviética de los años de la Revolución de la mano de viajeros como Pla, Gide o César Vallejo, que nos embarquemos en un barco ballenero con Melville, que visitemos el Rif y la guerra de África guiados por Sender, que recorramos los mares con Conrad, que conozcamos la Zaragoza de los Sitios leyendo a Galdós o, simplemente, que nos emocionemos con los versos de Miguel Hernández, las películas de Billy Wilder o las canciones de Silvia Pérez Cruz o nuestro añorado Labordeta.

Las bibliotecas son hoy esos lugares de aproximación al ciudadano donde éste encuentra el modo de satisfacer sus necesidades culturales, donde se presentan libros, donde se montan exposiciones y se organizan actividades sin otro interés que el de cumplir un servicio público, el de trabajar por el bien de todos. Las bibliotecas son hoy, por tanto, una de las mejores manifestaciones del estado del bienestar, tan tambaleante en estos tiempos. Que en este barrio se abra una nueva biblioteca es una gran noticia para todos y una prueba de que, aún en momentos difíciles, el sistema, al menos en esto, todavía funciona.

Que esta biblioteca, además, lleve el nombre de Félix Romeo es un acto de justicia y un motivo de satisfacción para todos los que lo quisimos, para sus familiares, para sus amigos y para todos los que conocen la importancia capital que Félix tuvo en la cultura zaragozana y aragonesa de los últimos veinte años.

Entre los muy buenos, Félix era el mejor. El mejor amigo, el mejor polemista, el mejor lector, el mejor escritor…, el mejor de todos. Tuvo el corazón más grande y en él cabíamos todos: sus padres, sus hermanos, sus innumerables amigos, los hijos de sus amigos... En ese corazón cabía Zaragoza entera, a la que amó con pasión desbordada, la literatura entera (uno siempre tenía la sensación de que lo había leído todo), la vida entera. Lo queríamos más que a nadie, porque detrás de ese aspecto arrogante de luchador de sumo, detrás de esa personalidad arrolladora que lo convertía a veces en un tsunami implacable, se escondía el hombre tierno y cariñoso, el hombre entrañable que amó la vida como ninguno. Nos enseñó mucho de lo poco que sabemos, porque su cultura, su inteligencia prodigiosa, su afán por saber y aprender lo iban a convertir en un fuera de serie, en un auténtico número uno, en un portentoso escritor que acabaría dejando poca obra, pues prefirió siempre la vida a la literatura. Buscó la felicidad desesperadamente. No sé si la encontraría, pero lo que sí sé es que él la repartió a manos llenas entre todos cuantos lo quisimos y que nos dejó con su muerte un vacío tan hondo que aún no hemos podido llenarlo.

A Félix le hubiera gustado mucho que se diera su nombre a esta biblioteca. Y le hubiera gustado mucho por tres razones:

Primero por su pasión por los libros. Félix amó los libros como pocos, los buscó, los recogió y los leyó con bulimia, recorrió rastros y almonedas, formó bibliotecas allá donde estuvo y transmitió ese amor y esa pasión por los libros en muchos de sus textos. Si algo tenía que llevar su nombre, era sin duda una biblioteca.

Segundo por ser ésta una biblioteca nueva. Félix hubiera preferido siempre que se le diera su nombre a una biblioteca recién creada que a una que llevara muchos años y que oliera a rancio y a naftalina, aunque tuviera mayor pedigrí y pasado ilustre. A Félix le gustaba lo nuevo frente a lo viejo, porque le gustaba más la vida que el pasado, el hoy que el ayer, las nuevas ideas que nos hacen avanzar más que el regodeo en los logros pretéritos. Por eso, la creación de una nueva biblioteca hubiera sido para él una gran noticia.

Y tercero porque esta biblioteca está en una zona de expansión de la ciudad. A Félix, que tanto amaba Zaragoza, le entusiasmaba recorrer la Zaragoza periférica, la nueva Zaragoza que nacía, los nuevos barrios que se formaban, y él, que no conducía, nos hacía a sus amigos llevarlo con el coche a recorrer esa Zaragoza del siglo XXI. Cuántas veces lo hizo con Mariano Gistaín (que me contaba que muchas veces eran los únicos que paseaban por aquí entre medio de las obras), con Ismael Grasa… Por eso le habría gustado mucho que la biblioteca que lleva su nombre esté en Parque Goya y no en la Avenida Goya.

Hoy es un día muy importante para la ciudad de Zaragoza. Recordar a sus hijos más ilustres no es sólo una obligación de justicia sino un deber de gratitud. Por mucho que esta ciudad haga por Félix nunca le devolverá ni la milésima parte de cariño que él le entregó. Pero bueno es que todos comprendamos que homenajeando a Félix Romeo los que más ganamos somos los zaragozanos que le sobrevivimos: haber tenido un conciudadano así y decidirse a recordarlo y honrarlo, es demostrar que Zaragoza está a la altura de los que se fueron, y que los zaragozanos de hoy nos merecemos el lugar que ocuparon los mejores, los más ilustres, los más distinguidos de sus hijos. El lugar que ocupó el gran Félix Romeo.

 

*La segunda foto es de Daniel Mordzinski.

JORGE GAY EN BILBAO: UN DIÁLOGO

“Pintar es una respuesta más al misterio del universo”

“Todo lo que ocurre en mis cuadros es fruto de la pasión”

*Esta foto es de Vicente Almazán, y es una de las favoritas de Jorge.


Ayer miércoles, en la galería Lumbreras de Bilbao, Jorge Gay (Zaragoza, 1950) inauguraba una nueva exposición de pinturas y dibujos. ‘La Casa de Eurídice’ es el título de las pinturas y ‘El pulso de los días’ da título a los dibujos.

-¿Qué le debe el pintor Jorge Gay a la infancia y a la naturaleza?

La infancia es la etapa en la que empezamos a educar los ojos del corazón. Cuando descubrimos la luz, el color, la forma: cuando empiezas a reconocer el mundo. Hacerlo en la naturaleza, rodeado de ella, aunque fuera de modo tan liviano como pueden ser las vacaciones de un niño, era el modo más primigenio de esa educación. Una manera directa, casi primitiva. Somos del lugar donde se nos reveló la luz y descubrimos el mundo. Donde se nos constató e  hizo presente. Esa revelación es la fiesta de nuestra niñez, la que nos hace eternos. Pintar sería  saber perpetuar la emoción primera. Como siempre cuento, también fue en la infancia, en vacaciones, viendo pintar a mi padre, maestro y pintor aficionado, cuando descubrí la emoción que puede provocar la pintura. Ese recuerdo queda indeleble y te acompaña toda la vida.

 

-¿Para aprender mirar al cielo hay que mirar dentro de uno, o es al revés, se mira dentro de uno para ver mejor el cielo? Usted reflexiona específicamente sobre ello...

El cielo te deslumbra y con él se te revela el mundo, la luz y el color. Pero pasado el tiempo y el aprendizaje miras dentro de ti para poner en el lienzo las nubes que un día fuiste viendo pasar entre tu corazón y tus pulmones. En definitiva poner en el cuadro tu propia voz. Primero debes emocionarte y luego aprender a destilar esa emoción para poder transmitirla. Descubrir las relaciones ocultas entre las cosas y desde esa emoción primera, saber discernir la armonía interna de los objetos reconocer su escala. Saber depurar, elegir con elegancia entre todo el abigarramiento y el marasmo de lo real. Llevar la medida del mundo en el corazón.

¿Cuánto tiempo has invertido en este trabajo? ¿Quién es Eurídice y qué significa para ti?

La exposición  consta de 28 pinturas y 9 dibujos realizados de 2013 a 2015. El titulo de las pinturas es La Casa de Eurídice y el de los dibujos El pulso de los días. Eurídice fue una ninfa de la mitología griega, esposa de Orfeo. Símbolo del amor que se nos escapa por la impaciencia de nuestro corazón. La impaciencia amorosa hizo que Orfeo, desobedeciendo a los dioses, volviese su rostro para ver a su amada Eurídice. Entonces ella desapareció para siempre y Orfeo quedó vagando por  siglos en su búsqueda. Esta es la historia que yo empleo como metáfora para explicar lo que le ocurre hoy a la pintura. Desaparece de nuestras vidas. La imperiosidad del presente urgente no la necesita. Es como si estuviera condenada al Hades de la indiferencia y suplantada por las nuevas tecnologías. En mi metáfora lo que pretendo es defender todavía el oficio, el gesto de pintar. Señalarlo y subrayarlo como medio todavía vigente para poder expresarnos, válido para seguir diciéndonos. Superada la barrera de los “ismos” el tiempo ha demostrado que la pintura es sólo una.

Entonces, ¿cuál es su clave personal?

En mi poema del catálogo evoco a Guston, Rosales, Patinir, Brueghel, Beckman o Sironi: no importa el estilo ni el tiempo. La pintura es una y ha quedado como gesto, como actitud ante la vida. Lo importante no es el medio ni el soporte con el que trabajas, por más actuales o técnicamente avanzados que estos sean; lo importante lo imprescindible es emocionar, fascinar con lo que hagas. Tener algo que decir y conmover con ello, lo de menos es el soporte que utilices para hacerlo (video, fotografía, instalaciones….). Lo importante es encontrar el equilibrio entre el qué decir y cómo decirlo. Por eso me empeño en defender la pintura como gesto: por su esencia, por su poético silencio, por su austera presencia. Se podría hacer un parangón con el teatro. Hemos vuelto al teatro: a la belleza del directo, a la constatación de su fisicidad, a desear no tener la experiencia a través de una pantalla o de un visor. Saturados como estamos de los encantamientos digitales, hasta puede apetecer sentir la limitación técnica de la pintura. Volver al origen, a la construcción primigenia. Lo que no quita para que cuando lo necesito, acuda a cualquiera de los medios citados para hacer escenografías, carteles, libros, audiovisuales… No niego ningún camino y me encanta investigar con ellos, pero por encima de todo sigo defendiendo el lugar que ocupa el poema de la pintura.

-La exposición lleva por subtítulo: ‘Homenaje a Poussin’, ¿Qué le debes a Poussin, qué te interesa de él? Insisto un poco más: dices que cuando imaginas un cuadro te vas hasta Poussin, pero también hasta Brueghel o Bonnard. ¿Por qué? ¿Cuántos compañeros de viaje se necesitan para pintar?

Acudo a Poussin y a tantos otros, pero sobre todo a él. Más allá de dar respuesta a la Querella entre lo clásico y lo moderno, que se inicia en su tiempo, y se alarga sobre todo en el XVIII  llegando a nuestros días, acudo a Poussin porque en él veo la naturaleza soleada, serena, atemporal, ideal y eterna: la luz en el paisaje que me hizo pintar. Por eso le rindo mi pequeño homenaje. Pintar es una respuesta más al misterio del universo. Es construir un mundo ordenando la experiencia. Es saber poner lo que falta y no añadir a lo que sobra. Pintar es hacer del pensamiento un signo, un gesto que se haga presencia. Todo eso aleja del horror. Mi  embeleso ante la excelencia que ofrece la historia del arte lo llevo en mí cuando pinto, como una resonancia, como un aroma que  dejo que me  envuelva, esperando que al final, quien suene, sea el tañido de mi corazón hecho pintura y siempre con la ingenua esperanza de haber alcanzado una inteligencia pictórica que si bien no me ayude a pintar cuadros buenos, al menos me asegure no pintarlos malos.

Tus cuadros están llenos de objetos, de signos, de situaciones, de árboles, de animales, de personajes. ¿Cuál es la relación entra la pintura y la vida? ¿Cómo es la ficción de tus cuadros?

Todos los árboles, las nubes, las casas, todo lo que ocurre en mis cuadros es fruto de la pasión. El transcurso de mi vida en un lienzo, el recorrido desde que lo comienzo hasta que lo termino eso no es una ficción, es la vida real y diaria que me constata como ser humano, consciente de estar embarcado en un viaje que me lleva hasta la nada,  pero a lo mejor salvado por cuanto haya sido capaz de amar y acariciar en ese trayecto. Nos conjuramos ante la muerte por lo que amamos.

¿En qué consiste “el incierto navegar de la belleza”, al que aludes en otro de tus textos? ¿Cómo sería para ti, en tu caso concreto, ese viaje?

La belleza incierta está sumida en el viaje que emprendemos y es incierta porque cambia en cada puerto de nuestra vida y de nuestra historia

¿Qué es primero en ti: el título, la idea, una concepción unitaria de la muestra como un libro?

Yo soy un pintor literario que no hace literatura pintada y un escritor ocasional que escribe  imágenes y  emociones. Hago una concepción unitaria de la exposición que me propongo y dejo que el día a día vuele a su antojo. En este vuelo, en un momento inesperado, puede surgir el título y un torrente de cosas que ayuda a cerrar el concepto general. Por ejemplo la colección de dibujos de esta exposición ‘El pulso de los días’, surgió cuando me propuse dedicar unos dibujos a todos los hombres que fueron y son capaces de seguir haciendo pintura, poesía, música... A todos cuantos cargados de pasado soñaron con hacerlo futuro, a los que con su audacia se atrevieron a ir más allá para hacer visibles nuevos horizontes. También está dedicada a lo que quedaron heridos en el camino, olvidados  u orillados.  Sigo teniendo ánimo de intentarlo, y en el lugar vagamente optimista de perpetuar la emoción primera.

Como suele suceder con la novela, a menudo se anuncia la muerte de la pintura, ante la voracidad de las nuevas tecnologías. ¿Está amenazada, enferma o goza de buena salud?

El siglo XX ha sido el siglo en el que ha muerto todo: la novela, la pintura, el teatro, la ópera, la poesía…. Considerando todas las revisiones necrofílicas del siglo pasado hace ya mucho  tiempo que me puse a escuchar y seguir el aforismo que dice: “Apuesta por la vida que la muerte está segura”. Cuando se habla de la muerte de la pintura, de la escultura…. Siempre me animo y animo a los demás a volver a ver: “Los hombres de Riace”, “Las pinturas del Fayún”, los frescos de Giotto o las pinturas paleolíticas de Chauvet y constatar su fuerza, su serena belleza, su inmortalidad cierta. O simplemente pasear por Roma. El arte no es una línea recta y continua, no es una flecha que se dirige a una diana, es una espiral que crece y se ensancha interminable y a la que hay que dejar expandirse libremente sin pedirle conservadores retornos estériles al pasado ni constantes saltos al vacío, y no tanto para esclarecer las cosas como para enriquecerlas e iluminarlas con nuevos enigmas. Por esta razón, por este trazado espiral que se alimenta siempre de la misma fuente  puede entenderse que la pintura de Velazquez no es mejor que Altamira ni Picasso preferible a Mantegna. Ni el Partenón más importante que Rondchanp. La tarea es reconocer los arquetipos que nacieron de esa fuente inmemorial y saber hacerlos nuevos, actuales y creíbles a los ojos y al corazón de tus contemporáneos.

 

*Hoy se ofrece un amplio resumen de esta entrevista en Heraldo de Aragón.

UN DIÁLOGO CON JULIA DORADO

UN DIÁLOGO CON JULIA DORADO

JULIA DORADO. PINTORA. Nacida en Zaragoza en 1941, retorna a su ciudad tras haber vivido un cuarto de siglo en Bruselas. Estrena vivienda, estudio y ayer recibía el Premio Aragón-Goya 2011, que ganó semanas atrás. [Esta entrevista se publicó en 2012. Ahora, casi tres años después, Julia Dorado acaba de hacer un proyecto específico para el IAACC Pablo Serrano, bajo el título de ’Julia Dorado. Entre mirar y ver’.]

 
«Regreso a casa y con este galardón me preparo para un reencuentro amoroso con mi tierra»

 

¿Sabe una artista como Julia Dorado por qué pinta?

Esa cuestión me lleva a un tiempo remoto. Pinto un poco por azar. Y pinto porque yo, desde niña, sentía la necesidad de hacer algo artístico. En un principio me atraían la danza y la música.

Cuéntenos.

Eran los tiempos de María de Ávila. Yo tendría doce o tres años, se lo dije a mis padres y me dijeron que «ni hablar». Lo cual no dejaba de ser paradójico: mis padres eran muy aficionados al cine. Mi madre rompió aguas en la oscuridad de la sala y de allí se fue rápidamente a casa para parirme. Y siempre me contó que cuando tenía yo siete días, solo siete, ya me llevó al cine.

Con el ballet, «ni hablar». ¿Qué pasó con la música?

A mí me apasionaba la música de jazz. Tenía un tío en Logroño, Abel, que era el raro de la familia, el incomprendido. Tenía muchos discos de jazz y yo los oía en su casa; me aficioné a los clásicos como Glenn Miller.

¿Y luego?

Era introvertida, me gustaba mucho la soledad. Y un día mi padre le preguntó a un vecino decorador qué podía hacer conmigo. Le preguntó si yo dibujaba, si entendía algo de pintura. Y sin decir mucho más, me regaló una caja de acuarelas, la copia de un bodegón y un papel. Aquella era como la prueba del algodón. Traté de dibujar y colorear, y mi padre le enseñó a su amigo lo que había hecho. El vecino le dijo que me apuntase de inmediato a la Escuela de Artes y Oficios. Estuve siete u ocho años copiando escayolas con Lola Franco, que me decía: «Tienes que dominar bien el claroscuro. Es la base de todo». Yo solo quería pintar. Dar color.

¿No pintó en todo ese tiempo?

No, no. De repente, se creó la asignatura de Historia del Arte, y vino de profesor Federico Torralba. El primer año solo me apunté yo, y acudía por libre un alumno que era amigo suyo. Aquello fue decisivo. Muchas de las clases nos las daba en su casa de Torrero. ¡Qué casa! ¡Qué biblioteca: tenía una maravillosa colección de libros de arte! Aprendí de todo: desde el arte clásico, las cuevas de Altamira, el Renacimiento, las claves del arte oriental. O los pintores abstractos norteamericanos.

¡Qué suerte tuvo usted! ¿No?

Desde luego. Además, a escondidas había empezado a pintar y dejaba mis pequeñas obras debajo de la alfombra. Un día, el propio Torralba me preguntó si pintaba. Le dice que sí y me incluyó en la muestra ’Seis pintoras y una ceramista’. Por entonces había visto una exposición de Ricardo Santamaría y Juan José Vera, que me interesó mucho. Más tarde, ellos me llamarían e integraría a partir de 1963 la ’Escuela de Zaragoza’, que era la continuación de ’Pórtico’: Lagunas, Aguayo, Laguardia.

No podemos contar toda su vida aquí, pero sí querría saber qué ha querido «contar» o «transmitir» en la pintura.

No he querido decir nada. He querido trabajar en pintura y desarrollar el lenguaje de la pintura. Hay pintores que son narrativos o que son cómplices o actores de lo que ven. En mi pintura yo no envío mensajes. Me gusta el misterio y la fascinación de meterme en la pintura. Cuando estoy en crisis, y mi pintura está llena de crisis, me sale una obra más figurativa. Y cuando estoy mejor me inclino hacia la abstracción. Estoy más cerca de la música y de la poesía que de la propia pintura. Hay que sugerir, hay que involucrarse, parto de intuiciones más o menos resbaladizas. No lo sé todo de mi obra: mi pintura la culmina el espectador.

Al principio era usted tenebrista e informalista.

Francisco de Goya, con su mundo de tinieblas y de sombra, con su tremendismo, está en el principio de nuestras creaciones: de ’Pórtico’, de la ’Escuela de Zaragoza’. Y en mis inicios, además de Goya, mis referencias eran Lagunas, Aguayo, Laguardia, Santamaría, -Sahún, Vera; en mis cuadros sombríos aparecían sugerencias de espacios y de atmósferas que he recuperado luego. Mi carrera ha sido un ir y venir constante.

Más tarde se fue a Barcelona.

Estuve tres años aprendiendo la técnica del grabado. Me fui de casa a los 25 años. Pinté pocas telas, pero fue una época especial, donde buscaba realizar mi carrera de pintora, buscaba la libertad, un estudio propio, estaba llena de sueños. Y de ahí pasé a una etapa más siniestra, cuando vine regresé a Zaragoza y entré a desarrollar, durante cinco años, un proyecto artístico con los enfermos del psiquiátrico. Antes de aquella época, empecé a frecuentar amigos escritores que me iban contando sus sueños y fantasías eróticas, e hice unos 60 o 70 dibujos eróticos que no he expuesto y que eran de una gran ingenuidad.

¿Sueños y fantasías eróticos?

Sí. Aquello coincidía en parte con mi inicio sexual con Pablo Trullén, mi futuro marido. Luego aparecerían los pasillos, que eran un tránsito de la oscuridad hacia la luz y al principio estaban llenos de fantasmas. Luego estuve en Italia, donde hice muchos fotomontajes, colaboré con ’Andalán’ y en 1988 me fui a Bruselas, donde he vivido y he trabajado hasta ayer.

¿Qué le dio Bruselas?

Es la época de la madurez. Me dio serenidad, soledad. La única manera de pintar es en soledad. Pinté mucho y allí de materializó de manera absoluta mi pasión y práctica del collage.

¿Qué relación ha mantenido con Aragón?

Total. Éramos como una embajada de amigos aragoneses en Bélgica. Teníamos contacto por carta, por teléfono, por email, a través de las visitas. La amistad ha sido una de las razones de mi vida. ¿Aragón? Nací aquí, mis raíces están aquí, mis referencias; hay gente que me dice si me he ido alguna vez. No me he olvidado nunca.

¿Qué significa para usted el Premio Aragón-Goya?

Una sorpresa gozosa. Me ha hecho muy feliz: no conocía muy bien el galardón, ni sabía que si estaba o no estaba propuesta. Además ha coincidido con mi regreso a casa. Aquí estoy: preparándome para un reencuentro amoroso con mi tierra con esta distinción. Tengo que preparar el estudio para reencontrarme a mí misma.

Antón Castro

 


Una mujer de luz, de paisajes íntimos y de mundos de color

Julia Dorado (Zaragoza, 1941) ha sido una mujer entre hombres en el ’Grupo Zaragoza’. Ayer recibía el Premio Aragón-Goya en el Museo de Zaragoza de la mano del Director General Humberto Vadillo, que elogió, a la sombra de Goya, «su gran sensibilidad artística y su capacidad para el trabajo». La artista dijo: «Le doy las gracias al Gobierno, al jurado y a los compradores que durante tanto tiempo me han seguido, me han comprado cuadros, y me han dicho que creían en mí. Han sido un valioso estímulo».

JOAQUÍN BERGES,TRAVIESO CON HUMOR

JOAQUÍN BERGES,TRAVIESO CON HUMOR

ENTREVISTA. JOAQUÍN BERGES. Escritor. El autor zaragozano, nacido en 1965, publica su quinta novela, 'Nadie es perfecto', un sainete y un vodevil y una parodia, y la presenta hoy, a las 19.30, en el Colegio La Salle en colaboración con Cálamo, en compañía de Eva Pérez Sorribes y Rafael Campos. [Un avance de esta entrevista sale hoy en Heraldo de Aragón. La foto es de José Miguel Marco.]



-“Mi humor es irreverente, travieso y provocativo”

-“Solo se puede parodiar lo conocido por todos”

-”¿Quién no ha protagonizado alguna vez

una escena erótica con un antifaz?”





Antón CASTRO. Zaragoza

¿Qué es 'Nadie es perfecto': una parodia, un juego, un ejercicio de estilo de alguien que se siente seguro de su sentido del humor?

Es una parodia de las novelas de detectives que transcurren en una mansión inglesa con un Lord, una Lady, un impertérrito mayordomo y el resto de los elementos del género: viejas rencillas con los vecinos, secretos familiares y un misterio que resolver.

Insisto: ¿cuánto hay de novela galante, con escenas eróticas subidas de tono, o policíaca en este libro?

No es una novela erótica pero contiene escenas eróticas. Es una novela de detectives y lo que hay es un misterio que resolver. Lo que pasa es que parte del misterio tiene que ver con el erotismo.

¿Qué se le había perdido en Inglaterra, en estas mansiones raras con tantos personajes excéntricos?

No es un sitio extraño, al contrario, todos hemos estado alguna vez en una de estas mansiones a través de las novelas, las películas o las series de televisión. Incluso hay un plano de la mansión al principio del libro, como en el Cluedo, para que nadie se pierda.

¿Ha querido denunciar la frivolidad de los ricos y sus caprichos perversos, su ociosidad?

He querido llevar al lector a un lugar distinguido que le resultara familiar y me he propuesto hacerle pasar un buen rato riéndose con la picaresca de mis personajes, tanto de los ricos aristócratas que, en efecto, resultan ociosos y frívolos, como del detective protagonista, que es un pícaro capaz de salir airoso de cualquier situación. Los aristócratas ingleses que aparecen en “Nadie es perfecto”, en especial Lord y Lady Whirlpool, son parodias de los que aparecen en otras novelas, no de los de verdad. No podía ser de otro modo puesto que no conozco en persona a muchos aristócratas. Me muevo en otros círculos.

Vayamos con el argumento... Narra la historia de un detective que debe investigar quién es el auténtico heredero de los Whirlpool. ¿Qué debe hacer?

Rhett Bull, mi detective, tiene que averiguar cuál de los tres hijos de Lady Whirlpool es hijo de su marido y, por tanto, es el heredero de la familia. Lady Whirlpool no lo sabe porque, como ella misma dice, una mujer de su condición “tiene que relacionarse con una gran variedad de seres humanos de ambos sexos.”

Todo el rato se mantiene un equívoco acerca de la condición sexual de Rhett Bull. ¿Es ese el gran homenaje a la película de Billy Wilder o lo sería, más bien, el final?

El homenaje a Billy Wilder está tanto en el título como al final de la novela, pero para llegar a ese homenaje final tengo que jugar antes con la condición sexual del personaje, igual que le sucede a Jack Lemmon en 'Con faldas y a lo loco'.

¿Qué le debe el libro a Agatha Christie?

Mucho, a Agatha Christie y a otros autores que escribieron novelas parecidas. Solo se puede parodiar lo que es conocido públicamente por todos. De lo contrario se pierden las claves de la parodia.

La parte más bonita del libro, incluso la más excitante, sería la de la Ballantines y Rhett. ¿Cuál es la importancia del amor?

Por culpa de su profesión, Ballantines no se siente una mujer atractiva, aunque lo es. Y mucho. Así que lo que pretende es probar la valía de su feminidad intimando con Rhett, a quien considera muy difícil de seducir. No hace falta decir que él, como el objeto de un experimento tan sumamente agradable, se deja hacer sin oponer resistencia.

En alusión a una frase del libro. ¿Es Joaquín Berges “un gracioso compulsivo de la peor calaña”?

El autor de comedia tan solo plantea un escenario y una situación cómica. El resto lo hacen sus personajes, algunos de los cuales sí son unos graciosos compulsivos. Los personajes de “Nadie es perfecto” forman un dramatis personae excéntrico y disparatado, como corresponde al género del vodevil.

¿Qué hace aquí El hombre Enmascarado?

En la última planta de la mansión hay un Enmascarado que protagoniza escenas eróticas con un antifaz que le cubre media cara. No es tan sorprendente. ¿Quién no ha protagonizado alguna vez una escena erótica con un antifaz?

Dice un personaje: “El tiempo para mí es un juego”. ¿Nos podemos tomar en serio esta novela?

No, por favor. Nos tomamos tantas cosas en serio que hemos construido un mundo muy aburrido. Esta novela hay que tomársela como unas vacaciones, o sea, como un medio para evadirse de lo cotidiano, lo contemporáneo y lo rutinario.

¿Por qué todos los personajes llevan nombres de marcas famosas?

La novela es un gran juego de palabras, una especie de travesura lingüística. Los nombres de los personajes también. Por eso se llaman Lord Whirlpool, Lord Westinghouse, Lady Thomson, Profesor Bosch, Sr. Otsein Hoover, etc… Incluso sus nombres de pila son marcas famosas. Lady Whirlpool, por ejemplo, se llama Candy. Y Lord Whirpool, Philips.

¿En qué ha cambiado en todos estos años?

Antes les ponía a mis personajes nombres reales, ahora les pongo nombres de lavadoras y aspiradores. No sé si positivo o negativo pero es un cambio, ¿no? Mi humor es irreverente, travieso y provocativo. Supongo que es una forma de distanciarse de la realidad para verla desde un lado más amable y risible. A veces nos tomamos la vida demasiado en serio y, como dijo Hubbard, no deberíamos hacerlo porque no saldremos vivos de ella.

 

*Pedro Zapater firma hoy otra entrevista, espléndida, con el escritor en heraldo.es

http://www.heraldo.es/noticias/ocio_cultura/cultura/2015/05/20/joaquin_berges_concibo_literatura_vida_sin_humor_361595_308.html


EL TEMBLOR DE ETERNIDAD DE UN LECTOR: FÉLIX ROMEO

HOMENAJE RETRATO DEL AUTOR DE ‘POR QUÉ ESCRIBO’,

QUE DA NOMBRE A LA BIBLIOTECA DE PARQUE GOYA

A PARTIR DE ESTA TARDE. JOSÉ LUIS MELERO PRONUNCIARÁ SU ELOGIO

 

El temblor de eternidad de un lector*

 

 

Félix Romeo Pescador (Zaragoza, 1968-Madrid, 2011) ocupó durante varios años la última página de ‘Artes & Letras’ en compañía del ilustrador Luis Grañena. Se sentía muy cómodo aquí: siempre estaba dispuesto a leer, en menos tiempo que nadie, la última novedad. Era capaz de engullir páginas y páginas durante una noche infinita. Desconocía la pereza y parecía moverse a sus anchas en el insomnio, en el silencio habitado de la madrugada. Abría los libros como si quisiera desventrarlos y señalaba algunos fragmentos doblando la página en forma de triángulo. Eso parecía innegociable.

Tenía un gran sentido del deber: le gustaba publicar la primera crítica de una novela, una biografía, un ensayo o un libro de poemas; todo le interesaba y la poesía era una enigmática forma de oxígeno y de búsqueda de mejores aires: adoraba a García Lorca, a Eloy Sánchez Rosillo, a Wislawa Szymborska, a la que entrevistó. Era codicioso de novedades, de voces y de descubrimientos. Le gustaba optar por los libros importantes: se «entregaba» a Paul Auster, Vladimir Nabokov, Saul Bellow, Philip Roth, Joan Didion, Houellebecq o Emmanuel Carrére con auténtico fervor. Con voluntad de descubrir matices, puntos de vista, perspectivas, nuevos caminos del pensamiento y de la creación. Quizá algunos de sus preferidos eran Bohumil Hrabal, Natalia Ginzburg, Tobias Wolff, Albert Camus, Jorge Semprún, Imre Kertész, Marguerite Duras, Georges Perec, Simone Weil y Ramón José Sender. Y también tenía afición a desmontar un prestigio que se había acrecentado con tópicos: no estaba de acuerdo con José Luis Sampedro, José Saramago o con Juan Goytisolo e intentaba demostrarlo con razones y con determinación. Aborrecía el relativismo. Lo que no nos servía a nosotros aquí no podía servir en ningún sitio, y no aceptaba el paternalismo ni justificaciones a la carta. Ahí podía revelarse reñidor.

Decía Rafael Conte (un zaragozano accidental que pasó días inolvidables de la niñez en Abiego, Huesca, a la sombra de su abuela) que él no tenía un método concreto para hacer una crítica. Su máxima era: «Las críticas se hacen como se puede, como salen, casi por pura intuición». Félix, con o sin método, poseía una visión propia, argumentación, principios, afán de hallar un discurso. Le fascinaba conversar con los libros y los autores, era un crítico dialéctico, alguien cuya misión es abordar el texto, navegarlo, despiezarlo en todos sus acentos o hundirse en sus hondonadas con voluntad de entenderlo e incluso de contradecirlo. Lo hizo, con más sentido del humor que impiedad, cuando se enfrentó a una publicación autobiográfica de Alejandro Jodorowski, donde el cineasta, dramaturgo, dibujante de cómics y más cosas hablaba de un intento de seducción a la escritora y pintora Leonora Carrington.

Los libros que más atraían a Félix Romeo eran aquellos en los que la vida y la literatura se fundían. Libros que emergían de las tripas y de los rincones oscuros de las familias. Libros como ‘El año del pensamiento mágico’ de la citada Joan Didion; libros como ‘Una historia de amor y de oscuridad’ de Amos Oz. Libros como ‘Tiempo de vida’ de Marcos Giralt.

Pero, en realidad, lo que definía a Félix Romeo era su entusiasmo, su voracidad, su sed de nombres y curiosidades, las historias ocultas de la escritura. Tenía una memoria esponjosa, una capacidad increíble de adueñarse de asuntos, ideas o creadores de los que media hora antes sabía poco. Por eso, en una conversación con él , mejor en una terraza del Paseo de la Independencia con un buen helado, podía elaborar un aleatorio diccionario (hizo varios: en catálogos de arte, en ABC Cultural, en conferencias, en artículos) de nombres y de sueños: de cineastas como Zhang Yimou, David Trueba, actrices como Elena Anaya, fotógrafos, artistas, dibujantes de cómic, historiadores del arte y del cine, recetas de cocina, cuestiones de ciencia, poetas andaluces, músicos como Amaral, cantantes inadvertidos como Quique González o Rafael Berrio, revistas españolas o los grandes exiliados aragoneses: Alaiz, Ascaso, Arana, Jarnés, Buñuel, Julio Alejandro... Para él , el mundo se agigantaba cada día en un entramado de laberintos. Vivir era aprender y disfrutar. Vivir era extraviarse en gozosas aventuras. «Un sueño: en una casa que arde estoy leyendo un libro en llamas», dice Charles Simic y se me antoja una frase para él . Una frase que bien podría contener su exuberancia, su lucidez, su pasión por la felicidad. Quería tener razón en casi todo.

Félix Romeo, hijo de Carmen y Félix, fue el hijo varón que nunca tuvo Labordeta, fue de los primeros en percibir que vivíamos con un hombre rabiosamente humano, y por tanto contradictorio, que se haría mito y que era leyenda en vida. Fue el protector de Javier Tomeo, y su entusiasta incondicional. Apoyó durante mucho tiempo a Antonio Fernández Molina, hermano de ficciones de Gómez de la Serna. Fue un constante defensor de los libros y de las nuevas tecnologías, quizá fuese el primer columnista o crítico que le dedicó una serie a las páginas web y a las bitácoras de autor, esos caminos que se bifurcan en la red. Y fue, sin duda, un gran enamorado de las bibliotecas. Tuvo varias. En Madrid y en Zaragoza, bibliotecas vividas, caóticas, apabullantes de contenido, el puro arrebato del papel, la lección infinita de los volúmenes. Practicó «el entusiasmo personalizado», sentencia feliz de José María Serrano. Que el Ayuntamiento de Zaragoza haya dado su nombre a la nueva Biblioteca de Parque Goya es un acto de justicia poética, un acierto y una buena noticia. El mejor homenaje. Pocos han querido tan incondicionalmente esta ciudad y pocos, muy pocos, se han sentido tan sojuzgados por el lenguaje, la letra impresa, la existencia y la belleza que emerge de los libros con su fogonazo de verdad, con su temblor de eternidad . Él, con su cerebro incansable, era toda una biblioteca.

Antón Castro