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Antón Castro

ÁNGEL PETISME HOY EN VERUELA

[Esta tarde, a las 20.00, en el monasterio de Veruela, dentro del Festival Internacional de Poesía Moncayo, Ángel Petisme ofrecerá un concierto con su último álbum, ’El ministerio de la felicidad’. Recupero aquí una entrevista global sobre su carrera que se publicó, íntegra en ’Rolde’ y fragmentada en ’Heraldo’. Sirve para conocer mejor también al poeta. Y aquí dice que hay canciones que le gustan mucho como ’Una vela en la oscuridad’, dedicada a Félix Romeo.]

“Me gusta probarlo todo, conocer para amar, perder para cantar”

“Sólo hay felicidad en la sencillez y la alegría”

“El humor nos salva de la oscuridad”

 

SUMARIO:

“La música me ha permitido viajar y pisar Asia, África, América, conocer gente increíble, llenarme de la vida de otros en situaciones límite”

 

Antón CASTRO

Ángel Petisme (Calatayud, Zaragoza, 1961) es un artista especial: intérprete, compositor, poeta. Y un aragonés del mundo y un cosmopolita de Aragón, con parada y fonda en la región imaginaria de Bílbilis. Ha publicado más de una docena de álbumes, algunos tan destacados como ‘Turistas en el paraíso’, ‘Cierzo’ o ‘Buñuel del desierto’; y casi una veintena de libro, sustancialmente de poesía. La poesía y la música forman parte de un todo: de una forma de ver el mundo y de una forma de vivir, impregnado de cultura, de amor, de erotismo, de viaje, de compromiso y de solidaridad. Petisme acaba de publicar Canciones. Del corazón a los labios (Ediciones Hiperión, 2012), un volumen donde recoge los textos que se han convertido, a lo largo de un cuarto de siglo, en melodía, en grito, en afirmación obstinada de su rebeldía y de su vitalidad.  

-¿Cómo nace un cantante como tú? ¿Qué anécdotas te marcaron, qué músicas, qué intérpretes?

Poca música sonaba en mi casa cuando era niño. Debíamos tener un pequeño transistor Vanguard pegado a la oreja de mi padre para escuchar el fútbol los domingos por la tarde. Y recuerdo las cosas de la radio: La yenka, Borracho de Los Brincos, el Dúo Dinámico, Me lo dijo Pérez de Los Tres Sudamericanos y muuuuchas jotas. En fin, lo previsible. Con la televisión, las sintonías de Bonanza, El Fugitivo, El Santo, Los Chiripitifláuticos. Después pasé al canto gregoriano, al Kumbayá y Como brotes de olivo, cuando me mandaron a un internado de los escolapios, primero a Peralta de la Sal en  Huesca, y luego en el colegio Cristo Rey en Zaragoza. Recuerdo los largos dormitorios sin paredes del internado con trece o catorce años; por la noche nos ponían antes de acostarnos a Víctor Jara, Simon y Garfunkel, Labordeta y música clásica. También me recuerdo aprendiendo a tocar la guitarra con dos compañeros, Miguel Fustero y José Luis Briz (a éste último lo he recuperado por Facebook) y haciendo mis primeras canciones con 15 años: a los Monegros, la anarquía, incluso cantaba en un aragonés libresco y ortopédico. Mis padres me compraron una guitarra española en Musical Serrano que costó 15.000 pesetas con una beca que me dieron por aprobar el curso con buenas notas. Aún la conservo, bueno, se la regalé a los hijos de mi hermana y está en Mallorca.

Casi todo empieza por una guitarra...

También me veo subiendo por unos andamios y regresando de noche al internado. Yo me había echado una novia en el 77 mientras estaba en el seminario. La había conocido montando la función de teatro de fin de curso: Cargamento de sueños de Alfonso Sastre. Alguna hermana de un compañero de clase la trajo a un ensayo. Así que me escapaba al terminar las clases, íbamos a discotecas, mi canción asociada a ese primer amor era I Can Boogie de las Baccara. Esa novia luego fue vedette del Oasis. Y luego al abandonar el seminario los Sex Pistols, los Clash, Ramones y toda la avalancha de grupos británicos: Joy Division, The Cure, Aztec Camera, Echo and the Bunnymen, Spandau Ballet. Del gregoriano pasé al punk. Y de Labordeta a la nueva ola. Toda esa empanada y coctelera surrealista forman parte de mí, jajaja.     

 

-¿Cómo fueron los inicios propiamente, con la vocación ya decantada? Al principio parecía que ibas a ser un rockero con alma de showman...

Conocimos en 1983 a un manager catalán que andaba por Zaragoza; entonces mi amigo Paco Díez y yo (que tenía el bar Barrioverde en la Magdalena y con el que compartía buhardilla en la calle Espoz y Mina) andábamos ya con la idea de hacer un grupo experimental un poco en la onda de The Residents, Durruti Column y aquellas bandas que salían en La Edad de oro de Paloma Chamorro… Debutamos en mayo de 1983 en la plaza de toros de la Misericordia en un festival con grupos de la movida madrileña (Alaska y Dinarama, Aviador DRO, Polanski y el ardor, Parálisis Permanente, Derribos Arias) y dos grupos más de Zaragoza (Doctor Simon y los enfermos mentales del que saldrían Especialistas y Misión Hispana, Parkinson DC y nosotros, que nos llamábamos Qué es el optimismo?) y el bautismo de salivazos y botellas que nos tiraron fue espectacular. Luego se sumó Juan Casanovas con el bajo eléctrico, tocamos en algunos bares como La Vía Láctea, y creo que el BV 80, y nos fuimos a Madrid los tres. En 1984 y 1985 tocamos en el Rockola un par de veces; al grupo se sumó mucha gente, los optimistas éramos una tribu afterpunk y muy freak. Incluso montamos un grupo paralelo llamado Ciao, Michele con Elena, nieta de Ramiro de Maeztu (su hermana Miriam, actriz, era mi novia entonces). Tocamos en muchas salas y bares de Madrid con diferentes formaciones hasta que en el 86 Aute y Luis Mendo me convencen para que me haga solista, ya que todas las letras y músicas las escribía yo.

-¿Qué lugar ha ocupado la poesía en tu vida? ¿Qué ha sido, qué es la poesía para ti?

Fundamental, desde muy niño, empecé a escribir a los once años, devoraba toda la poesía que caía en mis manos, Machado, Tagore, Juan Ramón… La poesía completa de Miguel Labordeta, en la colección Fuendetodos, creo que la robé de la biblioteca que había en la Plaza de los Sitios, la quería sólo para mí. Luego alguien me la robó, claro. La poesía es mi cordón umbilical con el mundo, las raíces que me mantienen firme y alimentan, mi toma de tierra eléctrica con la realidad, también mi religión, mi forma de estar, de comprender el mundo y trascenderlo.

-En 1990, apareció ‘La habitación salvaje’. ¿Cómo se gestó aquel disco, qué tipo de álbum querías hacer?

Yo andaba allá por el 87 tocando por bares de Madrid temas míos con Petisme y Los Sin Techo, con Javier Vargas a la guitarra, y el sonido era muy guitarrero y cañero y yo parecía una mezcla entre Iggy Pop y Bowie, con el pelo teñido de zanahoria o rubio. Después Aute, uno de mis padrinos musicales, me pagó una maqueta de 3 temas muy comerciales para mostrarla en multinacionales. Estuve a punto de ser fichado por una de ellas pero afortunadamente a última hora se echaron atrás. Y digo afortunadamente porque aquello hubiese sido mi ruina ya que el perfil de artista que buscaban era un poco Miguel Bosé (¡ojo, respeto a todos los compañeros de profesión!). Entonces me dio por ir al zoo de Madrid, escribía pequeños poemas delante de las jaulas y poco a poco fueron creciendo y les fui poniendo música a Ardiendo en la oscuridad, Eros y Thanatos, El sueño del cazador, etc. Me compré un grabador de cuatro pistas, un ordenador Atari y un teclado y estuve casi un par de años aprendiendo a manejarme con ellos y experimentando con sonidos. Yo debía escuchar mucho a Tom Waits y Franco Battiato por esa época. También conocí a músicos de folk porque el sello que quería grabarme trabajaba con ellos. Quería hacer algo radicalmente diferente mezclando electrónica y caja de ritmos con instrumentos acústicos y antiguos como rabel, zanfona, violín, contrabajo, armónica…

-En ese álbum estaban muchos de tus temas: el amor y el deseo, el neorromanticismo y el regreso a la naturaleza, la canción himno, el diálogo sin tapujos con la cultura...

Sí, era mi primer disco en solitario y solté todo el arsenal hedonista de filias y pasiones. No guardé nada para después, jajaja. La cita que abría el disco era lapidaria, del poeta beatnik Jack Spiecer: “No veo razón para vivir si no puedo construir un paraíso en mi propia habitación.”

-Había una canción, ‘Insectos prisioneros en ámbar’, que era como una autobiografía de lecturas, de mitos y a la vez un bestiario que da una idea de gran libertad creativa y de ausencia de complejos. ¿Has intentado ser libre por encima de todo?

He hecho lo que he podido. No sé, soy capricornio, me he esforzado por ser chico bueno y someterme al rebaño pero enseguida me salía el instinto de cabra salvaje: saltar la valla del corral y echarme al monte, jajaja. He sido muy enfant terrible y rebelde toda mi vida. Respecto a la libertad, la he necesitado siempre como un valor primordial, sin ella otros valores no existen. Nunca he permitido que interfiriesen o presionasen en mi trabajo. Y eso puede que me haya creado enemigos. Sólo por respirar y salir a la calle ya te los granjeas pero a la gente le molesta mucho que vayas a tu aire. Seguro que he metido la pata muchas veces y habré ofendido involuntariamente. Pido disculpas si me leen ahora. No soy cerril ni rencoroso.         

-‘Turistas en el paraíso’ fue una apuesta por el pop más lírico y refinado.

Yo diría más rockero que pop, eran letras muy trabajadas, con imágenes casi como fotogramas o juegos surrealistas, donde dominaba la pasión pero ya aparece la mirada al dolor del mundo en temas como Belchite, Sueña conmigo o  la infancia, la inocencia perdida y el paisaje aragonés en Los trenes de septiembre o Trae contigo la lluvia. Conseguimos con la producción un halo de frescura y mucha fuerza. Ahí fue importante la amistad con Pedro Navarrete, de Teruel, (luego Santiago Auserón le llamó para Radio Futura porque yo les había presentado en el 83). Ahí volví a la formación de cuarteto de rock, estuvimos ensayando y arreglando en el local las canciones  antes de grabarlas.

-‘El Singapur’ era, en la línea de Battiato, un viaje físico y un viaje simbólico.

Puede que sí, algunas canciones las escribí en Chile en 1993. Recuerdo un concierto improvisado que dimos Mauricio Aznar y yo para turistas japoneses, tumbados con una botella de cachaça en el suelo del aeropuerto de Sao Paulo, porque se había estropeado el avión que nos traía de vuelta de Santiago a Roma. Está escrito durante la crisis de 1993-1994 y me impresionó mucho el hambre de belleza, canciones e imaginación que tenían en Chile (donde aún tutelaba Pinochet y el ejército), en general en toda Latinoamérica, respecto al cansancio de la vieja Europa. En ese disco comencé a componer  con acordes de séptima mayor muy propios de la música brasileira y salió Te amo, esclavo. Hay canciones dulces y evocadoras  como Los ríos de Venus o Amor y cartografía que escribimos Gabriel Sopeña y yo, pero también temas apocalípticos, duros y reivindicativos como Bailando en campos minados, Ciudades y mujeres, Llegan los bárbaros o Quién de mí. Había muy buenas canciones pero la producción fue accidentada y no me dejaron elegir al productor.  

 -Con el paso del tiempo, tengo la sensación de que tu mejor disco, un hito, es ‘Cierzo’. ¿Cómo lo defines: es tu mirada hacia Aragón, una narración que aspira a la totalidad en forma de canciones, la afirmación de una identidad, acaso un destello de la nostalgia?

Yo abandoné Fonomusic y el mundo de las discográficas tras El Singapur, cuando me propusieron presentarme al festival de Benidorm y se había medio pactado que lo ganaría. Fue cuando les dije que el día que quisiese suicidarme lo haría en privado y me di cuenta que no pintaba nada en la pura industria musical, que mi rollo no era ése. Estuve casi decidido a tirar la toalla y entonces salió Cierzo que es mi entrada en la madurez, en la órbita de Saturno. Lo compongo con 35 años, ahí está la pérdida de la juventud y por tanto de la inmortalidad, la presencia real de la muerte en Golpes de mar, Julieta, No somos nada, el amor ya no desbocado en Necesito de tu magia. Y supongo que también de esa crisis personal, de sentirme perdido, yo me inventé mi Macondo, ese viejo solar en Saturno que era pero no era Aragón. Recuerdo que me saltaban las lágrimas mientras componía y cantaba las estrofas de “Somos los hijos del cierzo, pinturas negras del cierzo…”     

-¿Cómo has mantenido el tono narrativo y el tono lírico y evocador? Pienso en canciones como ‘El Oasis’ o ‘Donde muere la carretera’.

No estoy dotado para la ficción, me cuesta mucho. Tengo una voz más lírica, pero creo que soy buen memorialista, por eso en las canciones con cierto tono  autobiográfico no me cuesta narrar.

-¿Que pretendías hacer con ‘El Tranvía Verde’: un himno, un canto coral, una vindicación de la historia de Aragón?

Lo medio compuse en Portugal, en el verano del 95, sentado en la terracita de mi hostal que daba a los tejados y las calles de Oporto, viendo los tranvías que bajaban o subían hacia el Duero. Eso me transportó a la línea 29, el tranvía que cogía en las Balsas del Ebro Viejo para subir a los escolapios del Cascajo. Jamás pretendo nada cuando hago una canción y menos escribir himnos. Salió así. Hay como una invitación a la autoestima, a subirnos todos a ese carro volador, a querernos y cuidarnos mucho, a descubrir lo grandes que hemos sido y podemos ser.

¿Cuál ha sido la importancia del humor en tus canciones?

El humor nos salva de la oscuridad, de la extrema lucidez. Los sabios tienen que aprender a reírse de sí mismos y no tomarse demasiado en serio, si no, sufres y te devoras demasiado. Sólo hay felicidad en la sencillez y la alegría. El humor y la risa nos hacen inteligentes, son un espejo para que la muerte se mire en él y salga huyendo. Cuando veo que me pongo estupendo y plasta en una canción siempre me gusta meter algún detalle, alguna chispa irónica o somarda, algún juego de palabras que te ayude a relativizar y sonreír.

Hay también una exaltación de la vitalidad, de la alegría, del sexo salvaje... ¿De qué se alimenta un artista como tú?

No tengo kriptonita. La fuerza y la rasmia para levantarme cuando caigo y la pasión para gozar de cada instante me la regalaron mis padres en sus genes. Me gusta probarlo todo, conocer para amar, perder para cantar. Soy un politoxicómano de todo, de libros, películas, mujeres, tragos, de la vida. Mi viagra natural es el jengibre, un buen antibiótico para las cuerdas vocales y lo chupo despacito antes de salir a cantar; es un afrodisíaco además. Y nada mejor para tocar la vida, el cielo y beber zumo de flores
salvajes que tener un hermano pequeño juguetón, un Don Braulio, y una mujer hermosa con la sonrisa de Jean Seberg y un culo tatuado con un edelweiss que sepa llenarte de alegría.

Rindes homenaje a Luis Buñuel y al río Ebro. ¿Por qué?

Buñuel es la imaginación, la libertad creativa absoluta, la independencia, el valor de los sueños, el juego, el Rh  aragonés por excelencia: individualista, universal, terco, ilustrado. Me apasiona su cine y fui muy feliz preparando y haciendo ese disco. Río ebrio lo grabé en 2008 en el laboratorio de sonido del Centro Cívico Delicias, fue el último disco que se grabó allí, yo regresaba al atardecer a casa de mis padres dando un largo paseo y cruzaba por el puente de la Almozara. De niño jugábamos en las huertas de Ranillas, robábamos fruta y nos bañábamos en el río donde empezaba la Química. También me encantó buscar mi primera escuela en la calle San Pablo, la casa de la calle San Blas donde dormíamos mis padres, mi hermana y yo en la misma cama y mi madre sonámbula escribía quinielas en las paredes de cal. Por eso escribí canciones como El pozo de San Lázaro o Tierra roja.

En los últimos tiempos, en los últimos álbumes, tu música y tus canciones han evolucionado hacia el compromiso, a la defensa de los desheredados...

Creo que es una imagen distorsionada de mí. Si te fijas,  Metaphora  tiene 15 temas y sólo había una canción contra el trasvase Rasmia y una versión cañera que grabé con Labordeta del Canto a la libertad. En Amor entre las cuerdas sólo hay eso, amor. Río ebrio tiene 13 temas y sólo Rachel Corrie habla del conflicto palestino israelí. Y el último de 2010, Under woood songs, son 15 canciones inéditas que había compuesto entre 1987-1989, no hay ni una sola que se pueda calificar de comprometida, en el sentido del que hablamos. Probablemente mi activismo pacifista desde 2002 con los viajes a Iraq, Palestina, los campamentos saharauis, han podido crear ese espejismo y yo como artista no me he preocupado por separarlos o no he sabido aclarar mi postura.

De todas formas, y para zanjar este tema, hay personas que se creen muy modernas y les produce urticaria la palabra compromiso. Tener un hijo, educarlo, elegir una carrera, enamorarte, salir a la calle a buscar trabajo: todo es compromiso menos la muerte. Ser real es estar prometido a algo. De la piedad, de la compasión, del interés por el dolor de alguien que no es pariente nuestro, nacen el compromiso y la solidaridad. Y se puede ser radicalmente  moderno y a la vez lleno de humanidad. 

Sí que he escrito libros en los últimos años muy testimoniales, con una mirada casi de periodismo poético como El cielo de Bagdad, Insomnio de Ramalah, La noche 351…Pero ¿qué vas a hacer si vienes de los límites de la vida, donde nadie sabe si al día siguiente tendrá techo, comida o seguirá vivo? ¿Callártelo o contarlo? Labordeta me decía en los días del No a la guerra, del Prestige y la amenaza del trasvase que no había que tener miedo al panfleto y a hablar bien claro con la que estaba cayendo. Vivimos el día de la marmota, todo eso se está volviendo a repetir.  

 ¿Hay alguna diferencia entre un poema que se hace canción y un poema que solo aparece en los libros? ¿Cómo se relacionan el poeta y el músico?

La poesía y la canción son dos oficios artesanales y de riesgo, dos géneros y disciplinas tan distantes como la pintura y el cine. Ambas trabajan con imágenes pero tienen diferentes movimientos, técnicas y lenguajes. Una canción suele durar alrededor de 3 minutos por imposición de la difusión en radios, suele tener un lenguaje más sencillo y popular, van dirigidas a audiencias más masivas y una estructura repetitiva de estrofa, estribillo y puente. El poema contemporáneo suele ser en verso libre y con un ritmo más interno que formal, tiene más libertad de extensión y temas.

Hay poemas que no tienen una vocación oral, que fueron escritos para ser leídos en la intimidad y complicidad de un tú lector y un yo poeta. Hay otros sin embargo que se escriben con afán de trascender, de gritar, de buscar más eco y público. Puede haber vasos comunicantes entre ambos y hemos conocido a poetas como Machado, León Felipe, Quevedo, Neruda, Allan Poe, Dylan Thomas gracias a muchos autores cantantes. El poeta trabaja sólo con las palabras y más en soledad; a veces peligrosa porque te  desconecta de la calle. Esto exige una disciplina y una concisión que la canción no te pide. El oficio de cantar es muy colectivo, intervienen músicos, técnicos, mánagers, discográfica, distribuidores hasta que llega a la gente. En música trabajas con el texto en un 50%, el otro es melodía, ritmo, armonía.

 

Por cierto, ¿para qué sirve una canción?

Me lo pones fácil. En La última canción el estribillo dice: “De qué sirve una canción si no te hace temblar, de qué sirve una caricia si no hay electricidad”. Las canciones son pequeñas lecciones de vida, bálsamos, pócimas mágicas para ver -cuando los antivirus no funcionan y te viene el bajón- los vasos medio llenos y seguir levantándote cada mañana con ilusión.

Miras el libro, más de 200 páginas, más de un centenar de canciones, diez álbumes... ¿Cómo ves tu carrera?

Si tuviese que juzgarla desde fuera, y sólo como cantante, diría que ha sido irregular. Aunque he trabajado mucho y hay más de 200 canciones inéditas que no he grabado y no aparecen en el libro. Pero yo soy más indulgente conmigo mismo porque quería mantener mi vocación de escritor y seguir publicando libros a la vez que discos, que no estaba dispuesto a sacrificar una de ellas y si tenía un gran éxito o me dejaba llevar, al final me sentiría frustrado. En todo caso, en los últimos años he invertido más tiempo y apostado por el poeta. Piensa que desde 2008 he publicado seis libros, he ganado algunos premios de  prestigio, he vuelto a Hiperión y sólo dos discos.

En este momento del camino, has cumplido 50 años, ¿podrías decir quiénes son y quiénes han sido tus maestros...?

Maestros del cine, la literatura, la fotografía, la pintura: infinitos. En música sigo escuchando a diario a Elvis Costello, REM, Neil Young, Radio Futura, los Doors, Billy Bragg, Dylan, Caetano Veloso, Paolo Conte, Jacques Brel, Lucio Dalla, David Silvyan, Vinicio Capossela, Richard Hawley, Tom Waits, Dead can dance, Nick Cave… Y también descubro artistas nuevos como Matt Elliot, The Swell Season…  

¿Cuál es tu propia canción favorita? ¿El tema dónde estás más tú, el que evoca un instante irrepetible, el que musicalmente te parece el más feliz?

Los nadadores, Golpes de mar, Los sueños se revelan, Necesito de tu magia. Me gustan mucho canciones nuevas que he compuesto hace poco como Un millón de tiritas o Una vela en la oscuridad que está dedicada a Félix Romeo. Esta última me puse a escribirla como un tema de amor pero a los cinco versos sentí que alguien me estaba dictando al oído, y era Félix con su vozarrón, que me llamaba Petismón cuando nos juntábamos en Madrid. Y fue muy hermoso, irrepetible, el momento en que la escribí. Félix me dictó esa canción para que nunca le olvidase y abandonase, una canción bálsamo para que yo pasase a otra fase del duelo, más serena y luminosa.      

¿Qué canción o canciones te habría gustado componer, qué álbum?

¡Serían tantas! Ahora te digo unas y mañana serían otras. Who by fire de Leonard Cohen, My generation de los Who, By this river de Brian Eno, A Hard Rain’s a-Gonna Fall o Knocking on heaven doors de Dylan, La javanaise de Gainsbourg... Álbumes completos: Rain Dogs o Closing Time de Tom Waits, Coles Corner de Richard Hawley, todo el Ne Me Quitte Pas de Brel, cualquier disco de Daniel Lanois….

Rescátanos algunas anécdotas muy especiales: ¿qué es lo más bonito que te ha ocurrido en la música?

La música me ha permitido viajar y pisar Asia, África, América, conocer gente increíble, llenarme de la vida de otros en situaciones límite. Gente que te escribe y te dice que cuando murió su abuelo pusieron en el acto de incineración Golpes de mar, conoces a un niño que se llama Noé porque a sus padres les encantaba mi canción Hola Noé! Un fan me pidió si podía ir a su boda y cantar en misa Yo cuidaré de ti como regalo para su esposa. Hace unos días me escribieron desde la capital de Tajikistán unos fans de Vitoria que iban de cicloviajeros haciendo la antigua Ruta de la Seda, sin ningún trasto para escuchar música, canturreando canciones mías por el valle del Surjandarya  en Uzbekistán. Creo que esos instantes de felicidad justifican tu paso por este mundo y hacen que todo haya valido la pena.

EL CORAZÓN DE ORO DE BARTALI

EL CORAZÓN DE ORO DE BARTALI

A PLENO SOL. 4 El ciclista italiano, de cuyo nacimiento se cumplen cien años, ganó dos Tours y dos Giros y fue el enconado rival de Coppi. Era huraño, conservador, muy creyente, pero escondía algunos secretos: jugándose el tipo, participó en una red de la resistencia al fascismo y al nazismo y salvó a 800 judíos.

 

El corazón de oro de Bartali

 

 

Julio es el mes del Tour. Parece que no va a ser 2014 el mejor año del ciclismo español en la ruta francesa, pero sí es un año muy especial, como se encargó de recordar Vincenzo Nibali hace unos días. El 18 de julio se cumplían cien años del nacimiento de uno de sus grandes héroes: Gino Bartali (1914-2000), que ganó la prueba en 1938 y 1948, y pugnó por el maillot amarillo en varias ocasiones más, en lucha feroz con Louison Bobet, que conquistó tres veces la ronda, con Hugo Koblet, que la ganó una, o con su gran rival y compatriota Fausto Coppi, que triunfó en 1949 y 1952, dos años magníficos para él porque también conquistó el Giro.

Si Coppi era conocido, por su elegancia y su talento, como La garza real, Bartali, de correr más agónico, puro tesón y ataques constantes, fue apodado El monje e incluso El monje volador, debido a un terrible accidente que sufrió en el Col de Laffrey en el Tour de 1937; chocó con un compañero, Rossi, en un puente de madera y voló peligrosamente por los aires. Hasta entonces había hecho una espléndida prueba: llevaba el maillot amarillo.

Gino Bartali fue un corredor de misteriosa personalidad. Arisco, descontento casi siempre, enojadizo; era conservador y muy creyente, lo cual también le acarreó otro mote, El piadoso, y algunos equívocos que nunca quiso desmentir. Se dedicó al ciclismo casi por casualidad: había nacido en el seno de una familia de campesinos de la Toscana, oficio que no debía satisfacerlo. Su padre le consiguió un empleo en un taller de bicicletas. Era tan voluntarioso que el dueño le regaló una bicicleta.

Ahí empezó todo. En 1936 y en 1937 conquistó el Giro de Italia. Por sus convicciones, decían que era el ciclista de Mussolini, que se sentía próximo al fascismo. El propio Duce se sintió más afín a él cuando logró ganar el Tour en 1938 con 24 años. En el Giro de 1939, tal como se cuenta en el libro ‘Ciclistas’ (Edumat, 2007), escrito por varios autores, ya dio muestras de un actitud muy caballerosa y solidaria. Peleaba por la carrera con Giovanni Valetti, ‘el Rojo’, campeón del año anterior y simpatizante de los comunistas; este se escapó y fue atrapado por “unos milicianos fascistas, vestidos de negro y con casco”, que “quisieron lincharle”, y fue Bartali quien se opuso. Quería una carrera limpia: Valetti venció de nuevo. Y dos años más tarde, Bartali removió medio mundo para que lo liberasen de la cárcel “adonde sus ideas políticas lo habían llevado”. Lo más curioso es que no lo reveló jamás. Lo hizo el propio Valetti, años después, cuando era un famoso sindicalista de la izquierda.

Gino Bartali siempre maldijo la II Guerra Mundial: diría que había acabado con los mejores años de su vida deportiva. Pero fue en ese periodo, en concreto entre 1943 y 1944, cuando se comportó como un héroe de la resistencia al fascismo y al nazismo. Participó en una red de apoyo al pueblo judío que coordinaba el antifascista Giorgio Nissim, que contó con la colaboración de numerosos sacerdotes y obispos. Bartali trasladaba con su bicicleta fotografías, documentos y pasaportes falsos que habían elaborado las imprentas clandestinas para salvar a los judíos italianos de los campos de exterminio. Llevaba los papeles en los tubulares y en el manillar. Solía ir equipado con un chándal con su nombre en letras bien grandes. Algunas veces lo detuvieron los soldados italianos y los alemanes, e incluso la policía secreta de Florencia. Bartali siempre les respondía que algún día acabaría la guerra y él debería seguir compitiendo. Era un deportista. Por lo regular, la gente lo vitoreaba. Corría tanto por montañas y por el llano que parecía que estaba intentando superar el récord de la hora. De esto nunca se supo nada en vida de Bartali, que falleció en el año 2000. Tres años después, los descendientes de Giorgio Nissim (1908-1976) encontraron entre sus papeles un diario donde se explicaba la red y se contabilizan 800 judíos salvados por el ciclista. Según algunas fuentes, más de 6.500 judíos italianos murieron en el Holocausto

Cuando finalizó la II Guerra Mundial, poco a poco regresaron las competiciones. Y entonces a Bartali le salió un gran rival, con el que ya había tenido sus más y sus menos en 1940: Fausto Coppi. Italia se dividió entre los seguidores de uno y del otro, y hubo muchos momentos épicos. Encarnaban la vieja y la nueva Italia, la derecha y la izquierda. Bartali, cinco años mayor, siguió demostrando su casta de campeón: el momento más decisivo fue el Tour de 1948. Aquel año no participó Coppi y Bartali había empezado con muy mal pie. A las primeras de cambio ya estaba muy alejado de la cabeza. En apariencia, no tenía ninguna posibilidad. Italia vivía una situación convulsa que se agravó con el atentado, por paramilitares fascistas, al líder comunista Palmiro Togliatti (1893-1964). Un día, en plena competición, Gino Bartali recibió la llamada del presidente Alcide de Gasperi; le dijo que había un clima de guerra civil y que sus compatriotas necesitaban algo muy grande: una victoria suya en el Tour.

El tesón, la terquedad, la fuerza y el heroísmo de Bartali lograron lo improbable: ganó en la decimotercera etapa y se hizo con el liderato de Louison Bobet en la siguiente. Y se coronó campeón, justo una década después de su primer triunfo. Bartali le pidió a Gasperi estar exento algún tiempo de pagar impuestos. Así lo hizo. El joven Giulio Andreotti le dijo que eso era imposible. El gladiador Gino Bartali –ambición, rabia y puro corazón-se retiró en 1954 a los 40 años.

 

EL ANECDOTARIO

 

Buzzati y Homero. Dino Buzzati (1906-1972) es un formidable cuentista. Su novela ‘El desierto de los tártaros’ figura entre las favoritas de Borges. En 1949, ‘Correre della Sera’ le encargó que hiciera la crónica del Giro de ese año que ganó Fausto Coppi y que fue el principio del fin de Gino Bartali (solo ganaría la Mila-San Remo de 1950), que peleó y peleó como siempre, sucio de barro, incansable, y sucumbió ante el nuevo campeón. Las crónicas proponen un retrato homérico de los dos héroes que luchan en “una prueba ciclista tan tremenda” y han sido recogidas en un libro: ‘El Giro de Italia’ (Gallo Nero. Traducción de David Paradela, 2014): “Bartali –aun siendo arisco y esquivo, aun sin ser consciente de ello- lleva en sí, como Héctor, el drama del hombre vencido por los dioses”, dice Buzzati.

1952. En el Tour de Francia, que ganaría Coppi, se produjo una de las anécdotas más curiosas de la rivalidad de los dos campeones. Coppi va delante y Bartali, detrás, en la ascensión al Galibier. Uno de ellos le pasó el bidón del agua al otro. ¿Quién se la pasó a quién? Bartali, que era huraño pero no presumido, dijo que se la había cedido él porque “Coppi iba reventado y no hubiera llegado a la meta”.

 

 

PEDRO BOSQUED: UN CUENTO

PEDRO BOSQUED: UN CUENTO

PEDRO BOSQUED: UN RELATO CON 'LA GIOCONDA' AL FONDO

 
[Me escribe Pedro Bosqued, escritor, farmacéutico y zaragocista, le pido un texto y me manda este con una buena noticia: "Te mando un pequeño texto que formará parte de un libro de cuadros y microrrelatos que el grupo Calamita sacará el próximo otoño, con prólogo de Javier Sebastián". 

 

Por Pedro BOSQUED
Güelfos y Gubelinos. Épica. Giocondas y anacondas. Drama. Hogares y humedades. Lírica. Jacobinos y partisanos. Novela. Austrohúngaros y moldavos. Ensayo. Imperiales y troskistas. Poesía. Soviets y nazis. Cuentos. Monárquicos y republicanos. Microrrelatos.
Todos me habéis mirado, todos os habéis sentido insustituibles. Miradme bien porque cuando ya no estéis, yo seguiré mirando. Belleza.

EDMOND JABÈS EN TROTTA

EDMOND JABÈS EN TROTTA

TROTTA PUBLICA EL VOLUMEN PÓSTUMO DE EDMOND JABÈS,

'EL LIBRO DE LA HOSPITALIDAD'

 

"De ti, me despido, pero viviré de tu lectura. / Inconmensurable es la hospitalidad del libro". El sello Trotta publica ‘El libro de la hospitalidad’ de Edmond Jabès (El Cairo, 1912-París, 1991), autor de uno de los grandes libres de aforismos y poesía, como ‘El libro de las preguntas’. ‘El libro de la hospitalidad’ es un libro póstumo: apareció poco después de su muerte en 1991. Los textos que aquí se recogen pueden verse en el blog de Trotta.

La poesía de Edmond Jabès es escritura de escrituras, memoria insoslayable de la cultura y la letra, es decir, revisión obligada de la historia, relectura eterna de la memoria y cuestionamiento perenne de la identidad, de la equivalencia o la univocidad. Por eso la poética de Jabès enarbola uno de los más extraordinarios cantos de la diferencia en la poesía occidental contemporánea. Atravesada por el judaísmo y la existencia de los campos de exterminio, esta obra jabesiana recoge un texto póstumo repleto de emoción, de compromiso y de belleza: El libro de la hospitalidad, recientemente publicado por Editorial Trotta y del que ofrecemos a continuación algunos fragmentos. 

 

 

La espera en el umbral

Escribir, ahora, únicamente para dejar constancia de que un día dejé de existir; de que todo, encima y alrededor de mí, se volvió azul, inmensa extensión vacía para el vuelo del águila cuyas poderosas alas, con su batir, repiten hasta el infinito los gestos del adiós del mundo.

Sí, únicamente para confirmar que dejé de existir el día en que el ave rapaz ocupó solo el espacio de mi vida y del libro, para erigirse en dueño y señor, y devorar aquello que, una vez más, intentaba, en mí, nacer, y que yo trataba de expresar.

 

El desierto como lugar y la hospitalidad como criterio

«El desierto es mi lugar ―decía―. Y ese lugar es un puñado de arena».

Y añadía: «Dobles, como las Tablas de la Ley, son mis palmas y diez, como mis dedos, los caminos de mi raza».

El interior de la piedra está escrito.

Desde siempre y para siempre legible.

Variable espacio de la hospitalidad.

Duelo y, de repente, renacimiento.

«Te bendigo, oh mi huésped, mi invitado ―dijo el santo rabino―, porque tu nombre es: Aquel que camina.

»El camino está en tu nombre.

»La hospitalidad es cruce de caminos».

 

La hospitalidad de la lengua

¿Cambian las palabras cuando cambian de boca?

―¿A qué vienes a mi país?

―De entre todos los países, el tuyo es el que más me gusta.

―Que te guste mi patria no justifica tu presencia permanente entre nosotros.

―¿Qué me reprochas?

―Extranjero, tú, para mí, siempre serás un extranjero. Tu sitio está en tu país, no aquí.

―Tu país es el de mi lengua.

―Detrás de la lengua, hay un pueblo, una nación. ¿Cuál es tu nacionalidad?

―Hoy, la tuya.

―Un país es, antes que nada, una tierra.

―Esa tierra también está en mis palabras. Pero lo confieso, no es la mía.

―Por fin lo reconoces.

―En realidad, no tengo tierra. He hecho, del libro, mi lugar. Y tú lo sabes.

 

Una llamada desesperada

Esto es lo que soñé. Buscaba un folio. Me obsesionaba una frase y quería apuntarla. Escribía, aunque no tenía papel. Sufría por no escribir y escribía ese sufrimiento.

¿Acerca de qué escribía? No sabría decirlo. Escribía que no sabía acerca de qué escribía. Escribía incluso que no sabía si escribía.

«Crees que escribes ―me dijo un visitante que me observaba, desde hacía algún tiempo, sin que yo me diese cuenta―. Tú ya has escrito todo, y todo lo has olvidado».

Sin duda, se trata de eso, pensaba yo. Escribo sobre el olvido o, más bien, escribo sobre el olvido y, a medida que lo escribo, olvido lo que escribo.

¿Quién leerá lo que no se puede leer? Leo para cada lector ingratamente frustrado. Leo para todos.

Y mi lectura es una llamada desesperada.

 

La hospitalidad del libro

Recapitulemos.

No tanto para vosotros como para mí mismo.

He apoyado, desde siempre, la pregunta y me he dejado llevar por el libro.

Me he enfrentado a la semejanza y he asumido la subversión.

Me he dedicado a delimitar lo real y lo irreal; la ausencia y la presencia; la vida y la muerte, la palabra y el silencio.

He extendido el diálogo y he definido qué es compartir. He hecho balance.

De ti, me despido, pero viviré de tu lectura.

Inconmensurable es la hospitalidad del libro.

 

 

 

PASEO DE CUENTO A MEDIANOCHE

PASEO DE CUENTO A MEDIANOCHE

A PLENO SOL / 3. Nacho Arantegui es un artista que se preocupa por los bosques de ribera. Solo o con el equipo Trarutan organiza veladas con esculturas e instalaciones y una atmósfera de fábula como la que se cuenta aquí.

 

 

El paseo de medianoche

por una chopera de cuento

 

Torres de Berrellén está en fiestas. Es viernes, 18 de julio. Un viento caliente sacude las terrazas y enciende una música obstinada en el corazón de la chopera que se alza a orillas del Ebro, a escasos kilómetros de la población. El artista zaragozano Nacho Arantegui, un creador y divulgador de arte medioambiental, confiesa que cuando era niño venía, con otros compañeros de Casetas, a este lugar mágico de la ribera. Entonces exploraban el espacio, lo recorrían, jugaban y, casi sin querer, empezaban a familiarizarse con el canto de los pájaros, con las pavorosas sombras y esos tallos que crecen y crecen y “se alargan hacia el cielo como catedrales, como auténticas catedrales góticas”, dice.

Esta noche de misterio y de sonidos, Arantegui ha invitado a catorce personas a conocer su proyecto ‘La fantasía de los árboles’: un paseo sosegado por este soto ideal donde ha ido colocando esculturas, refugios, raíces o piezas de ‘land art’. Son casi las once y arriba, en un cielo que se entrevé ceniciento y claro, lucen pequeñas estrellas. Un instante antes de presentar su trabajo, dice Nacho: “El bosque ha sido generoso con nosotros. Nos ha revelado sus secretos y nosotros hemos creado un itinerario y le devolvemos sus enigmas”.

        La atmósfera es de cuento. De los hermanos Grimm o de las fantasías de E. T. A. Hoffmann. Quizá haya fantasmas al acecho (“en un lugar así siempre los hay y, a menudo, se suman a los que nosotros llevamos dentro”); en las ramas se esconden los autillos y quizá los ruiseñores, y entre los matorrales, sin ánimo de salir, se ocultan los zorros y una hembra de jabalí que está criando. La primera parada se llama ‘El nido’. El soto está bellamente iluminado. Hay un camino circular que recorre su imprecisa circunferencia y un sendero central, dibujado por diversas luminarias. Podría ser la noche de los fuegos fatuos o de la Santa Compaña. El artista colabora con el colectivo Trarutan, de Arte, Naturaleza y Aventura. Y a todo el grupo, sentado en pequeños troncos, le recuerda que el bosque tiene un tiempo distinto, un ritmo de contemplación y de silencio. Ante el nido, de dos metros de diámetro, cuenta que ha sido construido con ramas y con el algodón que van soltando los chopos hembra. Arantegui es un fotógrafo de las estaciones, un escultor y un amanuense que cree en el poder de las instalaciones en el paisaje.

De ahí se va a la segunda parada por un lugar intrincado, lleno de ramas. Casi un laberinto o una emboscada. Los visitantes, con linternas, se abren paso hasta un abrigo romántico, protegido por lianas y guirnaldas y por la amabilidad creciente de la noche. Se sientan. Desde el fondo de la oscuridad irrumpe una voz que ensaya diversos sonidos, un monólogo gutural, canciones ininteligibles. Al final, el actor-rapsoda se acerca y ensaya un cuento ante el chopo centenario, grueso y arrugado: recuerda que cerca de allí está el río Ebro y que todas las noches un anacoreta sale a pescar en su barca; una noche pesca a un gran pez y cuando le va a quitar el anzuelo, el pez, como si fuese el rodaballo de los cuentos (al que Günter Grass glosó en su novela ‘El rodaballo’), le habla. García Lorca, en su ‘Romance sonámbulo’, dice: “Grandes estrellas de escarcha / viene con el pez de sombra / que abre el camino del alba”.  La noche se ha llenado más que nunca de hechizos.

        La tercera aventura permite descubrir la senda central. A la izquierda del camino se ven unas figuras estilizadas, como esculturas de Alexander Calder, Pablo Serrano o Alberto Carneiro: tienen su propia armonía en el espacio. La chopera ha sido regada por la mañana y el suelo está encharcado. Nacho Arantegui señala que pronto se verá el color levemente anaranjado que adquiere y recuerda que la plantación de las choperas se ha hecho en forma reticular. ‘Los guardianes del bosque’ resultan inquietantes: quizá formen parte de una danza macabra con su ojo de vidrio. Se regresa al camino, Arantegui y su equipo –que graban todo cuanto sucede- piden a los visitantes que miren. De repente, sale un hombre o un espectro envuelto en un chisporroteo de centellas y se pone a bailar. Es como la danza del fuego. Había fantasmas y ya han salido.

Hay más estaciones de paso o refugios. Por ejemplo, el artista muestra el ‘Árbol-Templo’, que se ha construido con un tronco herido o enfermo en cuyo interior habían morado los pájaros. Solicita a los visitantes que abracen los árboles y apliquen el oído a la corteza. Es una sensación gozosa. Parece que cada chopo tiene distintos sonidos en su interior y que la tierra tiembla. Más adelante hay una suerte de esqueleto arcaico de ballena varada que han hecho con un árbol que arrastraba el río y con muchos hilos. La última estación de esta velada es una suerte de caverna que las ramas han construido en medio de la espesura. “Es un recinto espontáneo, pero con muchas posibilidades: acogedor, mágico, idóneo para oír la música de la calma”, dice Nacho Arantegui. Algunos pegaron la oreja a la tierra, otros soñaron, otros creyeron estar en un mundo fuera del mundo, mecidos por una suave percusión. Hacia la una y media, concluyó la velada. El Ebro decía palabras intraducibles a una pradera sombría y a la luna desmigajada.  

 

EL ANECDOTARIO

 

El bosque desconocido. El alcalde de Sobradiel participa en esta expedición. Cuenta entre parada y parada: “Recuerdo que un día, hace ya varios años, apareció Nacho con su aspecto de hippie por el ayuntamiento. Venía a contarme un proyecto de arte y ecología. Me pareció raro, extravagante. No sabría cómo decirlo. De repente, me enseñó unas fotos de la chopera de Sobradiel, de un trabajo universitario que había hecho, y me quedé sorprendido. Eran mis bosques, los conocía como la palma de la mano, pero yo nunca los había visto así, tan bellos y evocadores. Parecían otros. Así me ganó Nacho. Me contó su apuesta. Creo que su trabajo no está reconocido. Es increíble y aquí se está viendo”.

 

Doce años. Cada doce años se cortan los chopos y se vuelven a plantar. “Los chopos tienen unos doce años de vida, explica el artista, y para los pequeños ayuntamientos son centros de vida, de futuro, pero también suponen muchos gastos. No es fácil que alguien que se dedica a la política le vea rentabilidad a algo que se alarga tanto en el tiempo. Tres períodos políticos”, dice Nacho Arantegui. El artista y el equipo de Trarutan, Arte, Naturaleza y Aventura, han empezado en Torres de Berrellén y en Sobradiel, y ya preparan proyectos específicos con los niños. Les ofrecen bosques de fábula y una invitación a desarrollar la imaginación en medio del paisaje.

 

*La fotografía es de Nacho Arantegui.

MINGOTE O EL HUMOR LIBRE

[Con este texto inaguraba el pasado domingo la serie 'A pleno sol' en 'Heraldo de Aragón, a propósito del libro 'Mingote reservado' que publica Edad, con edición de Isabel Vigiola, viuda del artista, y del periodista Antonio Astorga.]

 

A PLENO SOL. Aparece un libro del ilustrador y dibujante aragonés que recoge diarios, apuntes, bocetos, cartas y dibujos inéditos, censurados y prohibidos. El artista, además, recuerda sus años en Aragón.

 

Mingote

El arte de hacer el humor libre

 

Antonio Mingote fue, según dijo Paco Umbral, «el Picasso de los periódicos». Desde su ingreso en ‘ABC’ en 1953, hasta su muerte en 2012, publicó 25.000 dibujos. Realizó muchos más, para la revista ‘Blanco y negro’, para ‘La Codorniz’, en la que ingresó en 1941 cuando la dirigía Tono y permaneció con la llegada de Álvaro de la Iglesia, y en muchas otras publicaciones, sin contar sus libros o proyectos que hizo para ilustrar a Cervantes o la trilogía que firmó con José Manuel Sánchez Ron.

Mingote fue, ante todo, un trabajador incansable que pertenecía al gremio de los «trabaja idiota, no pares», tal como solía decir. En el fondo, pintar, dibujar e ilustrar eran su pasión. Solo una vez estuvo con Franco y el dictador le dijo que no acertaba a entender cómo tenía tantas ocurrencias todos los días. Muchas de sus sugerencias tenían efecto inmediato en los consejos de ministros. Franco, siguiendo la tira, conminaba a que se acelerase la construcción de los Nuevos Ministerios.

        No todo lo que dibujó, pintó y abocetó Antonio Mingote (Sitges, 1919-Madrid, 2012) se publicó, como se ve en el libro ‘Mingote reservado. El taller desconocido de un genio’ (Edaf, 2014), que han preparado su viuda Isabel Vigiola y el periodista Antonio Astorga, que conversó con él y le grabó en su estudio y captó su afán de «explicar el mundo». El volumen es un recorrido por los «apuntes, bocetos, inéditos, censurados y prohibidos». Hay muchos materiales secretos: los cuadernos que llevó durante los tres años de Guerra Civil, algunos diarios con dibujos de la posguerra, cuentos inéditos ilustrados, muchos bocetos, una carta conmovedora de su madre. Y, por supuesto, hay una importante sección de dibujos y viñetas censurados: los editores reproducen el original, a veces con la cruz roja que le ha puesto el censor o la dirección (a veces se agrega: «En consulta») e incorporan la carta de censura. Dedica una viñeta a los procuradores, donde se lee: «Y tenemos que remediar importantes omisiones. Por ejemplo, hasta ahora no hemos hablado ni una sola vez de la batalla de las Navas de Tolosa». La carta de negativa dice: «Madrid, 3 de diciembre de 1968. “Imposible. Veto máximo. Vivamente lo siento. (...) La Dirección entiende que no es oportuno publicarlo. Un cordial abrazo. Pedro de Lorenzo, director adjunto de ABC”». La censura afectaba a todo: a la religión, a la sociedad, al cine. Dos mujeres conversan y dicen: «A mí me gusta ver las películas extranjeras para darme cuenta de lo decentes que somos en España». Entres sus bocetos hay muchas mujeres desnudas: una vieja debilidad gráfica, que se repite en el apartado ‘Dibujos y apuntes’, en el que hay cuidados retratos, un autorretrato con modelo en cueros que se transforma en árbol sinuoso en el lienzo, y diversas sirenas.

         A lo largo del libro, se recuperan textos inéditos, entrevistas, pregones, álbumes fotográficos con voluntad cronológica. Así, el lector viaja por la biografía de Mingote y conoce mejor sus vínculos aragoneses. Mingote solía decir que «la amistad es la mayor riqueza del hombre». Quiso mucho a los escritores Ildefonso-Manuel Gil y Carlos Clarimón y al galerista Tomás Seral, tenía inmejorables recuerdos del guionista riojano Rafael Azcona. Su infancia en Daroca, su estancia en Calatayud y sus años de adolescencia y de primera juventud en Teruel y luego Zaragoza. A través de  la figura de su padre, «un romántico, un darocense», Ángel Mingote («Mi padre fue un músico bondadoso pero malhumorado», dice), recuerda el paraíso perdido de Daroca, donde se hizo su primera cicatriz: «El colegio estaba enclavado en dicha parte de la muralla. Forma parte de ella. Por eso lo recuerdo tan vivamente y no se borra de mi imaginación. Para mí, el castillo era de fantasía, de leyenda». Hacía teatros de cartón, dibujaba «decoraciones» y, con su hermana Mercedes, «también dibujaba películas en rollos de papel, que luego pasaba por una ventana que había construido con una caja de zapatos».

Dice que apenas tenía recuerdos bilbilitanos, pero sí muchos de Teruel. Empezó un pregón fiestas de Teruel de 1985 así: «Érase un Teruel antiguo y prodigioso. Era tan prodigioso que el cine, que era mudo, se puso a hablar como es lógico de pronto y, lo que es más sorprendente, a cantar. Una ciudad maravillosa». No fue buen estudiante, se enamoró del baile y de algunas muchachas, con las que se hacían manitas, y con el pintor turolense Ángel Novella alimentó un sueño: «Yo quería ser pintor de los buenos». Con 17 se va al frente, se hizo militar y alcanzó el grado de capitán. Un día decidió dejarlo todo por el dibujo y el humor. Resume: « Soy un hombre de suerte. Voy a la guerra y sobrevivo, vengo a Madrid y triunfo».

 

CORTE

EL ANECDOTARIO

 

Caricatura y realidad. “Es claro que no se puede hacer caricatura de lo que no existe. Sin embargo, los dibujantes españoles somos proclives al surrealismo que fue durante mucho tiempo -toda la primera época de 'La Codorniz'- la única posibilidad para el humor. Ahora, todavía el sobreentendido, la insinuación, la elipsis, la reticencia son condicionamientos obligados en la aproximación a la realidad”.

 

El humor. “Lo mío creo que no es vocación, ni carrera, ni oficio; simplemente tengo humor. El chiste da para comer. Lo que pasa es que yo tengo un oficio que, en este país, es como ser torero en Suecia. Es decir, que caes simpático, pero no te dejan torear (…) El humor sale de pronto. Uno no lo tiene, ni puede decidirlo por sí mismo. Es ajeno a la voluntad, pero surge haga lo que haga. Según Camón Aznar, hay un humor aragonés que es vivo, permanentemente vivo y actual. Congénito a la tierra y empieza, y se apoya en un espíritu crítico exacerbado, agudo y directo”.

El amigo borde. “Yo ya sabía que tú no eras gracioso -me dijo mi amigo sinceramente apenado-. Pero no comprendo ese interés tuyo en que se entere el resto de los españoles”.

 

*La foto, reproducida en el libro, la tomo de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-b38c846a4f42a1d2c3fc6a19aea3ccde.jpg

 

 

EL COLECCIONISTA DE ADIOSES

EL COLECCIONISTA DE ADIOSES

CUENTOS DE DOMINGO / Antón Castro

 

El coleccionista de adioses

 

Antonio Tabucchi es uno de mis escritores favoritos. Sobre todo por dos libros, ‘Dama de Porto Pim’, que sucede en las Azores con un fondo de amores tumultuosos y de ballenas, y ‘Sostiene Pereira’, donde cuenta la historia de un hombre viudo que habla a su mujer cada noche y malvive redactando necrológicas en un periódico. Pereira, al que encarnó Marcello Mastroianni, tenía algo perturbador: padecía la enfermedad portuguesa de la saudade y a la vez tenía algo de nihilista y absurdo; hace pensar en Bartleby, el personaje que imaginó Melville que anticipa a Kafka. Conozco a alguna gente que lo primero que hace es leer las esquelas, fijarse en la eufonía de los nombres y en la edad. Y no solo eso, pueden hacer chistes o juegos de palabras con los apellidos del finado. En Pedrola, o quizá sea en Torres de Berrellén o Sobradiel, no me quedó claro, vive un coleccionista de necrológicas, que no un escribidor. Compra dos o tres diarios, especialmente cuando se produce una defunción. El domingo finaba Lorin Maazel, uno de los grandes directores de orquesta de la historia; él anotó en su cuaderno de defunciones que también había dicho, como Zubin Metha, Baremboim o Teresa Berganza, que el Auditorio de Zaragoza posee la mejor sonoridad del mundo. Al día siguiente moría la escritora Nadine Gordimer, Premio Nobelde 1991: publicada y querida en España; sus libros, valientes e intensos, defienden la libertad, la tolerancia y la convivencia en Sudáfrica. Mandela pedía que se los llevaran a la cárcel. También falleció Johnny Winter, el ‘bluesman’ albino que recogió el legado de Jimi Hendrix, en cierto modo, y grabó discos espléndidos: de versiones y originales, con energía y un sonido desgarrador y apasionado. Se fue Alice Coachman Davis, la primera mujer negra que logró una medalla de oro olímpica. Saltó 1.68 de altura, en Londres-1948. Le hicieron un gran homenaje en Albany, aunque los blancos y los negros estaban separados. Han matado a medio centenar de niños inocentes en Gaza. El coleccionista de necrológicas también había puesto en su agenda granate: “Adiós al Real Zaragoza”. Ha tachado y, con tinta roja, ha escrito: “Hay esperanza”.

 

VALERIA BERGALLI Y MINÚSCULA

VALERIA BERGALLI Y MINÚSCULA

[La editorial Minúscula de Valeria Bergalli cumple quince años. Cuando cumplió cinco conversé con la editora en el Hemisferio, al lado de Cálamo. Recupero un pequeño texto que nació de aquel diálogo.]

Valeria Bergalli nació en Buenos Aires, residió en Italia y en Colonia, y se afincó en Barcelona, donde creó hace ahora una década la editorial Minúscula con el afán de publicar "libros que hagan compañía, de pequeño y cuidado formato, que puedan llevarse en el bolso o un bolsillo y que sean elegantes en el papel, en la tipografía o en las solapas; libros singulares, de autores que tienen una mirada especial sobre las cosas y el mundo".

El libro forma parte del universo de esta mujer políglota que descubrió, a los cinco años, la figura compleja de su abuelo materno, el pintor, dibujante e ilustrador Athos Cozzi, que le mostraba, en Buenos Aires, sus dibujos de cuentos de hadas o de Dumas, sus bocetos y acuarelas, y le decía: "Esto que aquí ves volverás a verlo, dentro de unos días, de otra manera". Esa manera era el libro, encuadernado, cosido, con sus letras y "con otra presencia: la del autor del texto. Me impresionó la edición ilustrada que hizo de 'La isla del tesoro' de Robert Louis Stevenson, que es un autor decisivo en mi vida. Es uno de mis autores favoritos, junto a figuras como Kafka, Anton Chejov o James Joyce, pero con el paso del tiempo lo que más me fascina de su obra son sus ensayos".

Aquella edición -"la conversión de un proyecto en materia, en un objeto fascinante"- la marcó mucho, como la marcarían los libros que alimentaron su formación como lectora. "Esa transformación de unos folios, de un disquete o de un pdf en libro me sigue pareciendo un deslumbramiento". El deseo de ser editora se iba cociendo a fuego lento porque "la lectura ha representado la mayor compañía de mi vida y las lenguas han representado para mí un desafío, un instrumento y un juguete".

Alemanes, singurales y raros

Durante su larga residencia en Colonia, Valeria descubrió a un puñado de autores cuya vida y cuya escritura fue interrumpida por la experiencia del nazismo o de complejas convulsiones sociales: Joseph Roth, Anemarie Schwarzenbach, por citar algunos nombres.

"A mí me ha preocupado ir creando un catálogo coherente con autores singulares que, además de su indudable calidad literaria y de la búsqueda de la excelencia, tengan una cierta marginalidad. Me gustan los raros de la literatura". Minúscula posee tres colecciones: Alexanderplatz rinde homenaje a la novela de Alfred Döblin, 'Berlín Alexanderplatz', pero también a la novela urbana y es una manera de "ir directo al corazón de una urbe que es el otro corazón de Europa. Uno es París y el otro es Berlín, una ciudad que se truncó con el nazismo. Era el ámbito de la filosofía, de la creación, abría ventanas a una Europa distinta. Ahora Berlín es una ciudad infinita, inagotable e indomable, es la ciudad de la creación y de los ámbitos de la libertad que atrae a los jóvenes".

La segunda colección es Paisajes narrados, de viajes, impresiones y relatos con un punto de vista original centrado en países, regiones o espacios imaginarios, como 'París Francia' de Gertrude Stein, 'Guía de Mongolia' de Basara, 'La tierra retirada' de la aragonesa Mercè Ibarz. Y Vuelta de hoja es la colección más reciente de libros que indagan en zonas polémicas o poco conocidas a través del ensayo o la autobiografía.

"Como editora me resulta difícil definirme, pero creo que hay algunos mojones o hitos en nuestras publicaciones como 'Verde agua' de Marisa Madieri, que plantea el exilio y la experiencia de frontera, un tema recurrente en nuestras colecciones", señala.

Valeria Bergalli cita otros títulos, en ralidad los citaría todos: 'La lengua del Tercer Reich' de Victor Klemperer, sobre la manipulación del lenguaje; 'El sexo y el espanto' de Pascal Quignard, “la mejor obra de no ficción de un gran narrador”; 'El mar no baña Nápoles' de Ana María Ortese, redactado con una "escritura histérica" que habla de la ciudad y que le obligó a la autora a salir corriendo de ella. "Y, para acabar -señala la editora- me gustaría subrayar 'El amor del adversario' de Hans Keylson, una novela espléndida que aborda la atracción irresistible de un personaje terrible como Hitler".

 

Minúscula. Editorial que cumple 10 años y lleva publicados unos 70 títulos. Se presentó hace unos días, con una gran fiesta, en la librería Cálamo de Francisco Goyanes. (Esta foto es José Miguel Marco).