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Antón Castro

UNA ARTISTA EN EL VIÑEDO

CUENTOS DE DOMINGO / Antón Castro

 

Una artista en el viñedo

 

Pudo ser en Cariñena o en Paniza. Allí vivió hace algún tiempo una artista especial: llegó a esos territorios de viñedos atraída por el paisaje que había visto en la película ‘Tierra’ de Julio Medem. Cogió su furgoneta, sus caballetes, sus pinceles, óleos, cartones y sus libros, y se dirigió hacia allí. Llegó al mediodía y recorrió la zona: los caminos asfaltados, las carreteras secundarias, las montañas con vistas hacia el valle y la sierra de Algairén. Cuando empezaba a caer la tarde, buscó un lugar tranquilo para pasar la noche en su vehículo. Antes de dormir, fue a uno de los bares de plaza, sacó su cuaderno, tomó notas y realizó algunos dibujos. Luego preguntó por la historia del pueblo, por las bodegas, por las familias que las sustentaban, por la línea del tren. Tuvo la sensación de que la gente era un poco hostil. Se fue a dormir. Antes de hacerlo, escribió una última frase: “Ellos no saben que he venido para quedarme”. Su presencia empezó a hacerse familiar en bares y tiendas, en la biblioteca municipal, en el paseo de las afueras, donde solía levantar su caballete. Le apasionaban las viñas y la simetría de las matas en la tierra roja. En la panadería preguntó si habría una casa de campo en alquiler. Querría montar su estudio. A nadie le pareció extraño: llevaba dos o tres semanas pululando por allí, con sus libretas y con su cámara de fotos. Y no solo eso: alguien la había visto grabar el cántico de las fuentes y el silencio poblado de pájaros de la noche en el soto. Al fin consiguió una casa campestre, con jardines. Se sabe que hizo un contrato de cinco años y que adelantó el importe completo del primer año. Fue su manera de eliminar cualquier suspicacia. No se sabe muy bien a qué se dedicaba, salvo a pintar: paisajes al óleo, retratos al carbón, la exuberancia del jardín a la acuarela. Contrató a dos hermanos, Leandro e Inés: él era su hortelano y su jardinero; ella, se ocupaba de las tareas domésticas. Un día, los dos anunciaron que se había ido para siempre. Nadie quiso saber nada más. Sus cuadros siguen ahí, en una quinta que se parece a la que aparecía en ‘Tierra’. ¿Sería, será la misma? 

 *La foto para este cuento de mi sección dominical la tomo de aquí...

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ROMY & ALAIN: CERCA DEL CORAZÓN

A PLENO SOL / 8. En 1956, Walt Disney le entregó el galardón “La mujer más bella del mundo”. Fue Sissí.  En 1958 inició una historia de amor con Alain Delon que apenas duró cinco años. Nunca pudo recuperarse de la ruptura y del dolor, que abrirían el maleficio de su vida: la presencia de tanta muerte en directo.

 

 

ROMY SCHNEIDER, CERCA DEL CORAZÓN

 

Una de las parejas más bellas de la historia del cine, y acaso de la vida real, fue la compuesta por la actriz austriaca Romy Schneider (Viena, 1938- París, 1982) y Alain Delon (Sceaux, Altos del Sena, 1935). Eran de procedencia muy distinta: ella era hija de actores, Wolf Albach-Retty y Magda Schneider, que se separaron pronto. La joven quedó con la madre, controladora y exigente, que fue amiga de Hitler y de Eva Braun, de ahí que a menudo se recuerde que la niña Romy paseó de la mano del líder nazi. A los quince años debutó en el cine y demostró que tenía un encanto especial: candor, encanto y suavidad. Sus primeros éxitos le llegaron con tres películas sobre la emperatriz Sissí, que la convirtieron en una mujer famosa que no tardaría en cosechar elogios de cineastas como Luchino Visconti y Orson Welles.

En 1958, la reclamó Pierre Gaspard-Huit para hacer su película ‘Amoríos’. Allí iba a citarse con uno de los galanes de moda del momento: Alain Delon, un joven que procedía de una familia modesta, que se había hecho a sí mismo desde el arroyo y que mezclaba el encanto varonil y los aires del canalla y seductor. El propio Delon fue a buscar a Romy al aeropuerto de Orly con un ramo de flores. Se dice que en un principio, no le resultaba muy simpático, pero sucedió algo inesperado y ella se enamoró locamente. Fue correspondida. No hay más que ver las fotos, las numerosas fotos que se hicieron: encarnan la pareja ideal, dos guapos enamorados y felices, con los ojos incendiados de felicidad, picardía y plenitud. Encarnan el embeleso recíproco.

La actriz austriaca quiso instalarse en París con él, pero su madre se opuso, salvo que se comprometiesen. Lo hicieron en Lugano en marzo de 1959 y ese mismo año Romy acompañó a su amado al rodaje de ‘A pleno sol’ de René Clement. Incluso sale un instante. Casi a la vez, Alain Delon fue llamado por Luchino Visconti para que participase en ‘Rocco y sus hermanos’. A partir de entonces, la relación empezó a llenarse de sombras, de fantasmas, de equívocos. Algunos han escrito que el director de ‘El Gatopardo’ y Delon tenían una compleja y secreta relación amorosa, algo que jamás se ha confirmado. En cambio, sí está claro que Alain Delon era muy promiscuo y se sentía atraído por distintas mujeres, y vivió peligrosamente, entre la mafia y las drogas, en diversos momentos de su vida: por ejemplo nunca se aclaró cómo murió en 1968 su secretario personal Stefan Markovic, asesinado en su propia casa.

Orson Welles reclamó a Romy Schneider para su película ‘El proceso’, inspirada en la novela de Franz Kafka, y ella se marchó a Estados Unidos a rodar. Ocurrieron algunas cosas que arrojaron por la borda una historia de pasión y glamur que tenía en vilo a toda Europa: en primer lugar, en 1962, Delon vivió un romance con la cantante Nico, de la que nacería un niño, Christian Aaron; poco después, al regresar, Romy se enteró por carta de que su enamorado se había casado con la actriz Nathalie Canovas. Destrozada, Romy se cortó las venas, pero la llevaron a tiempo al hospital.

En 1966 se casó con el director de cine alemán, Harry Meyen; de la unión nacería su hijo David Christopher. La relación se fue enturbiando poco a poco y se divorciarían en 1975. Antes, en 1969, Romy Schneider y Alain Delon coincidieron en la película ‘La piscina’. Aunque la obra es un tanto tediosa y respira un extraño clima incestuoso, Delon y Romy están muy bien y parece que su vínculo y su complicidad van más allá de lo profesional. Había química, poderosa atracción, una sensualidad inefable y obvia. Coincidieron de nuevo en el cine en ‘El asesinato de Trotsky (1971) de Joseph Losey.  

Con todo, Romy no volvió a levantar cabeza. Tuvo algunos amantes como Claude Sautet, que la dirigió, como los actores Jean Louis-Trintignant o Bruno Ganz, entre otros, pero una gran pena le horadaba el corazón. Fumaba hasta tres cajetillas de Marlboro al día, bebía mucho, redactaba notas para todo y consumía pastillas y estupefacientes. Eso sí, seguía haciendo películas impresionantes: en 1972 encarnó a Sissi en ‘Ludwig’ de Visconti; en 1974 actuó en ‘Lo importante es amar’ de Andrej Zulawsk, que le valió el Premio César. También participó en ‘Una mujer en la ventana’ (1976) de Pierre Granier-Defere, en ‘Una vida de mujer’ de Claude Sautet; actuó en ‘La muerte en directo (1979. Premio César) de Bertrand Tavernier y en ‘Testimonio de mujer’ (1982) de Rouffio.

Su trabajo era de una intensidad descarnada: Romy encarnaba una belleza madura, vulnerable e irresistible, el talento y la inspiración, sin perder ninguno de los encantos de sus orígenes: mezclaba la emoción y la fotogenia con el erotismo y la melancolía, el candor y el desamparo de una existencia maldita labrada con auténtico dolor y otros matices. “No soy nada en la vida, pero lo soy todo en la pantalla”, dijo. Romy hizo 58 películas.

Se casó con su secretario Daniel Biasini en 1975, con quien tendrá a su hija Sarah, y en 1979 recibió una noticia inesperada: su ex marido Harry Meyen se había suicidado. La fatalidad no se alejaba: en 1981, poco después de separarse, su hijo David sufrió un aparatoso accidente en la reja del domicilio de sus abuelos y falleció en la mesa de operaciones del hospital, poco antes de que ella llegase. Un año más tarde, cuando vivía con Laurent Petit, Romy Schneider aparecería muerta, a consecuencia de un paro cardíaco, tras haber consumido barbitúricos con alcohol. Alain Delon fue el primero en hacerle tres polaroids a su cadáver que jamás ha enseñado a nadie. A veces le gusta decir que Romy fue el gran amor de su vida y que lleva esas fotos en la cartera, muy cerca de su corazón.

 

el anecdotario

 

El cuaderno íntimo. A Romy Schneidier la enterraron en el cementerio de Boissy Sans Avoir, a 50 kilómetros de París. Su tumba fue profanada y el diario íntimo que llevaba habría desaparecido. A veces se ha dejado caer que tenía datos comprometedores sobre Delon y Visconti, sobre la muerte de su secretario personal y sobre el tráfico de drogas. Cuando se comprometió en Lugano con Delon, en 1959, Romy declaró: “Siempre me lo juego todo, llevo las cosas hasta las últimas consecuencias. Me entrego y amo con todo mi corazón”. Alain Delon publicó sus memorias, que se titulan ‘Las mujeres de mi vida’ (Editorial Carpen). Algunas fueron Nico, Dalila, Nathalie Canovas, Mireille Darc o Marisa Mell. De Romy dice que conserva “recuerdos llenos de dulzura y su sonrisa, pues cuando sonreía, el mundo se llenaba de alegría. Pero ella era muy inocente y yo un lobo endurecido por mis años en la guerra de Indochina y no supe serle fiel”.

 

-La foto 1, la cojo de aquí: 

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-La foto 2, la cojo de aquí:

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DIONISIO CARRERAS, EL MARATONIANO

DIONISIO CARRERAS, EL MARATONIANO

A PLENO SOL. Fue el segundo olímpico aragonés de la historia por unos días; el primero fue el luchador turolense de grecorromana Domingo Sánchez. Participó en la carrera de maratón de 1924 y entró en la novena posición. Fumaba y bebía y era un auténtico portento. Se había forjado en las carreras de pollos; en 1928 se proclamó campeón nacional de su prueba.

 

Dionisio Carreras,

el atleta que pudo reinar

 

Antón CASTRO

Los Juegos Olímpicos están llenos de historias conmovedoras. La prueba más famosa del atletismo, el maratón, podría tener por lema ‘Ganar o morir’. Al menos así lo creía el joven carpintero portugués Francisco Lázaro (1891-1912) que corrió en Estocolmo-1912 y falleció con apenas 21 años; se desmayó en la mitad de la prueba y se convirtió en el primer muerto de unos Juegos. José Luis Peixoto, a su modo, contó su vida en ‘Cementerio de pianos’ (El Aleph, 2007). Ha habido historias más positivas e igualmente épicas: por ejemplo, ‘La locomotora humana’ Emil Zatopek ganó en Helsinki-1952 los 5.000 y 10.000 y el maratón. Zatopek es el protagonista de la novela ‘Correr’ (Anagrama, 2010) de Jean Echenoz. Y el gran Abebe Bikila realizó una increíble proeza: fue doble campeón olímpico de maratón en Roma-1960, donde corrió descalzo, y en Tokio-1966; aquí repitió victoria, debilitado, recién operado de apendicitis y ahora con zapatillas.

Dionisio Carreras Salvador (Codo, Zaragoza, 1890-1949) también ha tenido quien le escriba. Lo han hecho, entre otros, Celedonio García, José Antonio Adell, Ricardo Martí y Javier Lafuente, por citar algunos nombres. También es un corredor milagroso y a la vez caótico: un superdotado al que le faltó método y algo de rigor. Consumía una cajetilla de cigarrillos al día y dos caliqueños, bebía, “llevaba malos arreglos con la comida” (así se lo dijo su hijo Bernardo al periodista y atleta Ricardo Martí) y tenía fama de ser un seductor. Era un portento físico: podía correr y correr hasta el fin de la noche o quizá de los tiempos. En sus inicios en el entorno de la comarca de Belchite, según Celedonio García, lo hacía descalzo.

Nació en el seno de una humilde familia de campesinos en Codo, el pueblo del escritor Benjamín Jarnés (1888-1949), que expiraría en Madrid el mismo año que Carreras. Su propio padre al parecer también había hecho sus pinitos como andarín y como corredor de las carreras de pollos. Quizá por ello le llenaba de orgullo que su hijo también participase y ganase aquí y allá; lo cual no le eximía de trabajar con el esparto o realizar otras faenas como regar los campos. Sus victorias en pruebas más bien menores le concedieron cierta fama. En un mismo día ganó dos pruebas: por la mañana compitió, y venció, en La Puebla de Albortón; estando allí, tomando un café en un bar, se enteró de que también había prueba por la tarde en Azuara. Se puso en camino, había unos quince kilómetros de distancia, y llegó unos instantes previos a que empezase la prueba; tomó la salida, ganó los tres pollos y regresó a Codo e invitó a cenar a sus amigos. Otra prueba de su fortaleza y de su romanticismo es que solía acudir corriendo a Zaragoza, que está a 50 kilómetros de distancia, para besar a su novia.

 El Zaragoza Foot-Ball Club, fundado en 1903, que rivalizaba con el Patria y el Iberia (que inauguró el campo de Torrero en octubre de 1923), se interesó por él y decidió ficharlo para su equipo de atletismo. Le ofreció en Zaragoza un empleo y espacio para sus entrenamientos: Dionisio Carreras, apodado ‘El Campana’, trabajó en el cubrimiento del río Huerva y posteriormente fue el responsable del mantenimiento del campo Bruil. El club, a la vista de sus posibilidades, le ofreció, en la calle Asalto, casa, luz y leña. Sus rivales aragoneses de entonces eran Dionisio Magén, conocido como ‘El Chato de Garrapinillos’, e Ignacio Latorre.

Su gran momento, el que le daría un lugar en la leyenda, se produjo en la Olimpiada de París-1924. El año anterior se había fundado la Federación Aragonesa de Atletismo. Dionisio Carreras fue el seguno olímpico aragonés; el primer había sido, unos días antes, el turolense Domingo Sánchez, que combatió en lucha grecorromana. Carreras tomó la salida con 56 atletas más y se confundió varias veces en el curso de la carrera; con todo, el aragonés de 33 años recorrió los más de 42 kilómetros en 2 horas y 50 segundos y acabó, en el estadio de Colombes, en la novena posición. Ganó el finlandés Albin Stenroos. Han pasado 90 años.

Hasta los Juegos Olímpicos de Ámsterdam-1928, Carreras dio muestras de su gran clase: ganó la media maratón de Behovia-San Sebastián de 1926, obtuvo dos campeonatos de Aragón y conquistó al menos en cuatro ocasiones la Vuelta Pedestre a Zaragoza. Logró el título nacional en 1928, y ese mismo año el Fútbol Club Barcelona le concedió la Medalla de Oro del club durante un choque con el Iberia. Cuando todo le sonreía para ir a Holanda y con el pasaje en las manos, una incómoda enfermedad acabó con sus ilusiones. Nunca renunció a sus hábitos: “muchas noches tenía que ir a buscarlo a casa de El Chato, un bar que había en el Coso Bajo de Zaragoza”, le dijo uno de sus hijos a Ricardo Martí en 1996. En 1930, con 40 años, decidió retirarse.

Regresó a Codo. Se le descubrió un cáncer de duodeno, fue operado e intentó mitigar su impresión de derrota. Felizmente, sus paisanos pronto se darían cuenta de su grandeza y acuñarían una expresión que le rendía homenaje: “No corras tanto que se te reventará la hiel como al Campana”.

 

DESPIECE

 

el anecdotario

 

El gran combate. Uno de los grandes andarines y corredores aragoneses  fue Mariano Bielsa, ‘Chistavín de Berbegal’ (estudiado también por Adell & García), que venció, en plaza de toros de Zaragoza en 1882, al italiano Achiles Bargossi, ‘El hombre locomotora’, al que se definió como “el hombre que fundó el arte de correr en Italia”. Años más tarde, en 1928, en el coso de la Misericordia se enfrentaron Ignacio Latorre y Dionisio Carreras. La prueba se corrió a las tres de la tarde y fue el menú previo a varios combates de boxeo. El cartel anunció la carrera como un ‘Extraordinario match-reto a 40 vueltas’. Los atletas solían correr descalzos y casi todos los pueblos tenían a su ídolo. El de Codo era Dionisio Carreras. En 1973, la Federación Aragonesa le concedió la Medalla de Oro a título póstumo y en 2006 se organizó, en Codo, la I Carrera pedestre en su honor. 

 

ÁNGEL GUINDA: UN POEMA INÉDITO

ÁNGEL GUINDA: UN POEMA INÉDITO

 

[Desde hace más de un año, Ángel Guinda trabaja en un nuevo proyecto poético. Sospecha, pero no lo dice, que puede ser uno de los poemarios de su vida. Por ahora nada se sabe de este libro secreto, trabajo con pasión y calma. Es probable que esta composición pertenezca a ese volumen. Por ahora no está decidido: como Juan Ramón, Ángel ahí anda, concentrado, con la obra en marcha. La foto es de Alexander Bossano.]

 

NOCHE INSOMNE

 

Por Ángel GUINDA

 

La gran bóveda escupe, a la vez, agua y fuego

a través de una anémica sábana de neblina

que el viento agita y la humedad arruga.

¿De qué serán señal esas espinas de agua

entrebordadas con lluvia de estrellas?

El perro pastor ata su mirada perdida

cuando suena en las sombras la esquila de una lágrima.

¿Qué pensarán las cumbres de las negras montañas

tan canosas de nieves y hielos requedados?

¡Están frías las piedras; y mis ojos exploran,

más allá de las nubes, lo lejano visible!

¿Quién atiza los arcos de la magia y del miedo?

¿Quién lanza tempestades de aire sobre el mar?

¿Quién zarandea el bosque mientras danzan los árboles

y los nidos se inclinan con devoción de luto?

(Yo te miro dormida de pie junto a este verso.)

El torrente desliza murmullos de colores

borrados por las manos enrumbadas del sueño.

¿Quién expira escondido entre los matorrales?

Los pájaros descansan y, encogidas, las rocas

esperan a que el sol abra al mundo sus alas,

nos acerque el calor y rebulla la vida,

ocupen los gusanos las tierras requemadas

y aparten los insectos el velo de las flores.

Todo flota en silencio, aletargado, ¿o reza?

PINILLOS, POR LUIS FELIPE ALEGRE

[Luis Felipe Alegre Seró es uno de los grandes divulgadores de poesía española, aquí y en Latinoamérica, como recordó con sincero cariño Manuel Forega ayer en Veruela. Es actor y rapsoda. Hace unos días, con motivo de la publicación el pasado sábado de un artículo sobre Manuel Pinillos, le pedí que me hablase de su relación con el autor de ‘Sentado sobre el suelo’ y de algunos recuerdos del poeta nacido en 1912 y fallecido en 1989. Ángel Guinda acaba publicar una pequeña antología de su obra, que ha titulado con su poema favorito: ‘Realquilados’ (Olifante. La Casa del Poeta, 2014).]

 

LUIS FELIPE ALEGRE HABLA DE MANUEL PINILLOS

 

Traté a Manuel Pinillos y Margarita Sanjuán entre el 75 y 80.

Un día pasamos varias horas buscando hexámetros en los poemas de José Luis Alegre Cudós, que era el poeta de moda entre los jóvenes (había ganado el Adonais y el Boscán), solo por la presunción de que, como José Luis había sido seminarista,  escribiría con pies latinos.

Le gustaba la recitación. Recuerdo sus recitados de Hölderlin, seguramente el poeta que con más frecuencia citaba. Si alguien interrumpía la cita, le salía ese genio brusco que a veces asustaba.

La vehemencia de la conversación hacía que las noches pasaran en un periquete y las despedidas fueran ya a pleno sol con un revuelto en la mano...

A su casa llegaban muchos poetas jóvenes. Pinillos estaba al tanto de todo.

Se contaban de él muchas leyendas, que a veces eran verdaderas, como la boda secreta con Margarita.

A veces hablaba de la guerra. Cuando le oí relatar su encuentro con un soldado enemigo en el frente y la conversación que aquella noche mantuvieron, sentí que aquel diálogo había sido como ’La velada en Benicarló’ de Manuel Azaña pero a pie de obra.

El asunto de la poesía social era tema frecuente. Ante una polémica, Margarita nos mostraba cartas de Aleixandre, o de Celaya, para certificar los puntos de vista de Manolo.

Conocí pronto la poesía de Pinillos porque en la Escuela de Teatro Luis LLagostera nos había propuesto poesías suyas para memorizar. 

He llevado en repertorio varios poemas de Manuel Pinillos como ’Realquilados’, ’Humilde historia de mi cuarto’ o ’Un imprudente ha muerto’.

 

*Tomo la foto de Luis Felipe Alegre de aquí:

 https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-16a194c5d16a1a6bc58bdbe7c779bbe6.jpg

 

DOS POEMAS DE MANUEL PINILLOS 

 

HUMILDE HISTORIA DE MI CUARTO

 

 

Cuando te miro, humilde cuarto mío,

seguro y limpio, lleno de mi vida,

asomado a tus cales, a tu friso,

sentándome en tus sillas de madera,

me veo quietamente desvestido

del que soy en mis pasos, en mi rauda

consecución ajena a tu hondo espejo,

que en ti me configura. Tus arrugas,

tus grietas en los muros, se te han hecho

a través de mis años. ¡Ya las siento

pegadas a mi carne! Son el rostro

frontero que me dice lo que arrastro

de vejez, de tus horas ayudándome

con tu paz, con tus techos protectores;

con la luz que se filtra en tu ventana.

 

Cuando abro tus cristales y entra el día,

y viene el sol, benigno, hasta mis dedos,

como una paloma, con su pico

acariciando mi epidermis; cuando

me levanto del lecho y cojo un libro

y me hundo en sus márgenes calientes,

vuelvo la vista a tus paredes lisas

y sé que estoy mecido por tus brazos,

que me contienen y me arropan. Salgo

-algo me llama, algo me empuja-,

me uno a la ría de los otros, pero

vuelvo, y  me miras con tus ojos claros

y en seguida comprendes lo que tengo

dejando en las aceras, si estoy triste,

si me alegro, si canto por debajo,

indiferente a los raspazos de la lucha.

Pasan los meses, cava el tiempo encima,

furiosamente duele;

pero tú permaneces a mi lado,

envolviéndome, atándome a las cosas

que me guardas solícito (ah, tu armario

repleto de papeles, de recuerdos,

de pequeños detalles expresivos),

y pasa el tiempo en vida, pero duras

como mi cuerpo que me lleva y muestra

lo andado, lo sabido, lo que tengo si sufro.

 

Salgo afuera, me dejo atrás tu puerta

favorable, porque uno se hace al choque

de lo que enfrente a su frontera bulle;

pero tú aquí me aguardas, aquí pones

tu meta de partida y de llegada,

y como un perro noble me saludas

al retorno, lamiendo vas mi mano

cansada, me despojas de la ropa

aparatosa que me viste el hábito

social, y tiernamente me desahogas:

haces comodidad cada minuto,

te echas a mis pies en las alfombras,

me acoges en tu límite callado…

 

Un día pasaré tu dintel último 

y ya no habrá vuelta de las noches,

el pitillo final de la madrugada.

Pero en tu atroz silencio habrá algo íntimo,

como ese en que la esposa nos espera

cuando salimos y tardamos. Todo,

tus cuadros, tus visillos, la baldosa

donde me detenía escuchando tu calma,

tendrá conciencia de su soledad,

me aguardará sin abandono. Y luego,

cuando otro, no sé quién, me sustituya,

sé que tu siempre me oirás mi paso    entrando

en tu porche apretado, en tu paciente

refugio sin declive.

 

Cuarto casi mi voz, casi mi temple,

aquí me quedaré por siempre retratado,

pintado de costumbres que me dieron

mi forma inconfundible, Cuando pasen los años

y si retocan tu tabique o quitan

estos modestos muebles que te sirven,

tendrás mi olor, mi libertad; tu carne

de paredes tranquilas, quietamente,

aguardará el regreso que ya nunca

podré mostrarte,

seguirás esperándome en minutos,

a que encienda la luz sobre la madrugada,

y yo, en la muerte,

te miraré como a la voz tranquila

de alentar donde me he hecho

un hombre, aquí, a tu lado,

pisándote y sabiendo que jamás

te he perdido del todo,

pues eres tiempo mío y suelo de mis ansias.

 

                                             (de Viento y marea)

 

 

REALQUILADOS

 

 

Esposa, mira, toca este suelo, este triste

cuarto que nos cobija tan desnudo;

se parece al momento que nos lleva,  deshecho,

y enseña sus enormes rotos dando

en la calle con nubes una señal muy larga.

 

Sí, es algo parecido al grito del que vive

unido a la intemperie, al mendicante

despojado de todo y cercano a morirse.

      Porque nos han quitado la antigua luz, la

       casa,

mi cuarto –aquel que puse vestido de mi  amarte-

y somos casi unos mendigos que se abrazan

en el lecho que empieza a hundirse y baja a un miedo.

Y algunas noches, lentas cual burbujas

de un mar asolador, no tenemos apenas

fuerzas para sentirnos

unidos a los brazos que se buscan, se oprimen;

al cuerpo que remueve

la voz del corazón. Esposa, escucha

este gran remolino del día, este diluvio

de noticias feroces y dime que aún esperas

algo que nos afiance en el apego:

consigue de los años que crueles se hocican

sobre nuestro destino –terrible suceder-

que se nos hagan bellos como cuando anochece

y quedan astros fuera de la bóveda oscura.

Nos ha puesto la vida su mortífero y hondo peldaño de sufrir.

Estamos sin dinero, sin lámpara en el techo,

y hay que seguir la marcha

porque si nos dejamos arrastrar por la inercia

caeremos en las fauces del dios devorador:

esa muerte que suele irrumpir si te quedas

quieto bajo la sombra

que acecha ávidamente a los pobres que huelen

el convite de lejos y nada obtienen. Dame

la mano y repongamos la confianza.  Escuha

el silbido del campo que desde la ventana

vemos fulgir al sol. Y olvida

que esta casa no es nuestra, que fuimos despojados

de la propia un día

cualquiera, y que ese banco de mármoles y cheques

que compró por tres céntimos su derecho a arrojarnos

estará ahora rompiendo los muros, los

      tabiques

que supieron los besos íntimos, las palabras

que dejamos en ellos colgando cual  pedazos

de nuestro ondear la antorcha que allí nos

alumbraba

en el cada momento del ir a desfallecer.

¡A cambio de eso él les pondrá un oro sucio,

mientras un algo, nuestro, se quedará allí ahogado:

en medio de aquel templo de lujo y zafiedad!

 

Realquilados somos en el mundo habitado

todos los hombres. Álzate,

sigue dando tus hombros

a mi hoy sin apoyo, y bésame muy prieto,

muy dentro de la entraña;

pues que también los despedidos

del banquete podemos ser felices un rato

si sabemos estar en el amor. Oh, déjame

apoyar la cabeza en tu pecho extremado

y miremos los huertos humildes, las ovejas

que comen su hierbilla y a las que desde

       aquí oímos

mover lentas esquilas como un campanito

      hondo.

Pues vivimos al borde del campo, eso que

      abriga.

 

Y olvidemos lo otro, estemos más   cercanos;

estemos olvidando que el porvenir es  mísero.

Porque, al fin, aún seguimos en la tierra

y tu mano me deja un calor, un timbrazo

que me pone despierto el respirar. Y el alma

aquella que te diera requiere todavía

que eternizadamente sigamos el camino,

pisemos la vertiente, muramos sin temblor,

juntos, igual que el río entrelaza sus aguas. 

 

                  (de Viento y marea)

MARTÍ, EL ENAMORADO DE BLANCA

MARTÍ, EL ENAMORADO DE BLANCA

 A PLENO SOL / 5. José Martí (1863-1892) vivió casi dos años en Zaragoza. Aquí se inició en el teatro, completó el Bachillerato, se matriculó en Derecho y disfrutó de la Torre Nueva, La Seo y el Pilar. Y se enamoró de la joven Blanca Montalvo. García Guatas lo cuenta en ‘La España de José Martí’.

 

Martí, el enamorado rebelde de Blanca

 

José Juan Martí Pérez, nacido en La Habana en 1853, hijo del valenciano Mariano Martí y de la tinerfeña Leonor Pérez, pasaría a la historia como periodista, político, poeta y pensador. Será el “apóstol de la independencia de Cuba” y morirá por ella en mayo de 1895 en Dos Ríos (Cuba). Desde muy joven fue contestatario: con apenas quince años escribió, como su compañero Delfín Valdés, una carta a un amigo que había ingresado voluntario en el ejército español donde lo tildaba de “apóstata” y le decía que había cometido traición. Por eso texto lo condenaron a seis años de prisión. Los buenos oficios de sus padres, conmovidos por su suerte, consiguieron que fuese deportado a España.

Salió de La Habana y el primero de febrero de 1871, tal como cuenta Manuel García Guatas en su estupendo libro ‘La España de José Martí’ (PUZ, 2014), un volumen que ha conocido tres ediciones distintas, llegó a Cádiz, la ciudad que más se parecía a la que acaba de dejar atrás. En apenas quince días dio muestras de su carácter y de sus convicciones: visitó el diario ‘La Soberanía Nacional’ y en él publicaría su primer artículo, que saldría ya en marzo. Llevaba más de un mes viviendo en Madrid, que contaba con 360.000 habitantes y era “la sexta capital de Europa”. Descubrió una ciudad moderna, con “un buen alumbrado público de gas en la mayoría de las calles” y tranvía. Permaneció por un espacio de dos años, y en los primeros tiempos se dedicó “a una ardorosa actividad de denuncia de la represión en la isla”, y buena prueba de ello fue la publicación del folleto ‘El presidio político en Cuba’. El 31 de mayo se matriculó en la Universidad Central en Derecho como alumno libre y comprobó que, como el país, estaba muy politizada. En febrero de 1873 asistió a la proclamación de la República. En Madrid vivió con intensidad: acudió a los espectáculos teatrales de dos aragoneses como Eusebio Soler y Marcos Zapata y debió entrar en contacto con el coleccionista y erudito oscense Valentín Carderera, que le enseñó unos dibujos de Goya; tal como recuerda García Guatas, podrían estar inspirados en el Coreto del Pilar. El joven Martí vio mucha pintura, visitaba el Museo del Prado con frecuencia y entabló amistad con un joven pintor zaragozano, Pablo Gonzalvo (Zaragoza, 1828-Madrid, 1896), al que vio pintar a menudo. García Guatas, que elabora una pequeña biografía de él en las páginas finales, supone que “debía ser persona de carácter afable, comunicativo y de convicciones progresistas”. Luego, una vez que Martí se convierta en escritor y que decida repasar los días del pasado, le dedicará hermosas páginas. En Madrid se encontró con sus viejos amigos cubanos, Eusebio y Fermín Valdés. Estaba a punto de emprender la aventura que más nos interesa: escaso de recursos, en abril (parece probable que fuese más en abril que en mayo) de 1873 llega a Zaragoza y aquí a permanecer hasta noviembre de 1884. Alrededor de veinte meses.

Ese tiempo fue muy decisivo para él. De entrada, se alojó en una casa de huéspedes de la calle Manifestación 13, donde vivían dos hermanas y un criado, cubano, Simón. Aquí consolidó algunas de las pasiones que había contraído en Madrid: la pintura, sin duda, el teatro, asistía al Teatro Principal, muy a menudo, y tuvo en el actor sevillano Leopoldo Turón a uno de sus ídolos: le rindieron un homenaje, leyeron un texto sobre él y se adhirió, con una composición, un joven llamado J. M. Cuenta Manuel García Guatas que no acudió solo al Principal, sino que frecuentaba el Lope de Vega, donde solía programar zarzuela, el Novedades... En la temporada teatral zaragozana había funciones de Bretón de los Herreros, Marcos Zapata, uno de sus ídolos, Calderón de la Barca o el ‘Don Juan Tenorio’ de Zorrilla… También debió frecuentar algunos de los cafés del momento: el Café Iberia, Matossi, que tenía jardín, como el Café Suizo, donde se interpretó un fragmento de ‘La flauta mágica’ de Mozart, o el Gran Café España.

José Martí se matriculó en el Instituto Goya, que estaba en la plaza de la Magdalena, para terminar su bachillerato, donde está su expediente, y se matriculó en Derecho y en Filosofía, aunque aquí al parecer no se halla la matrícula. Aprovechó el tiempo en esos meses: fue testigo de una revuelta republicana contra el ejército que ocasionó 200 detenidos, vio la tensión informativa que había entre los dos periódicos más importantes de la época, el conservador ‘Diario de Zaragoza’ que dirigió Mariano Peiró y su hijo, el escritor costumbrista Agustín, y el ‘Diario de avisos de Zaragoza, republicano, de Calixto Ariño. Aún tuvo tiempo a mudarse a la calle Del Olmo, cercana a Manifestación y en Zaragoza inició su labor de dramaturgo: poco antes de marcharse redactó el drama simbólico ‘La adúltera’.

Aquí vivió una de los episodios más románticos de su vida. Nada más llegar conoció a la joven Blanca Montalvo, la cuarta de una familia modesta de seis hermanos, de la que se enamorará. La pasión, a pesar de la oposición paterna, fue adelante y se veían a escondidas, en los paseos, etc. Fue sin duda un amor auroral e inolvidable. En el poema de ‘Versos sencillos’ que dedicó a Aragón, de gratitud y afecto, dice en la última estrofa: “Amo la tierra florida, / musulmana o española, / donde rompió su corola / la poca flor de mi vida”. Han sido muchos los que dedujeron que con Blanca Montalvo se inició en el amor y en el sexo. Luego amó a otras mujeres como Rosario de la Peña y Carmen Zayas-Bazán, con quien se casó. En 1875, publicó el cuento ‘Hora de la lluvia’ con el deseo de “que lo leas, mi Blanca”.

 

EL ANECDOTARIO

 

Cartas de Blanca. De Blanca Montalvo Palomar se sabe poco. García Guatas dice que no es cierto que se casase con un catedrático de Terapéutica, que esa es otra, Blanca Montalvo Ponte. Tras la muerte de su padre, se trasladó con su familia a la calle Don Jaime. Tras la partida de Zaragoza, la joven le mandó cuatro cartas a José Martí. He aquí una de las más apasionadas: “El día 25 recibí tus dos cariñosas y tristes cartas, pero a pesar de los tristes que son y lo que lloro cuando las recibo, me parece que me dan vida, que respiro cuando veo carta tuya... Mira tú si me vigilan que nos las puedo leer hasta las cinco de la tarde, desde las diez hasta las cinco”.

 

Recuerdos. José Martí nunca se pudo olvidar de Zaragoza. Ni de Blanca Montalvo, ni sus estudios de caligrafía, ni de su amigo Pablo Gonzalvo que pintó la Torre Nueva, que estaba muy cerca de su casa y oía el reloj, ni del vino. Y siempre recordaba con inmenso cariño el palacio de la Aljafería. “Quiero la tierra amarilla / que baña el Ebro lodoso: /quiero el Pilar azuloso / de Lanuza y de Padilla”. Une en el último verso al Justicia de Aragón y al comunero de Castilla.

BÉCQUER REGRESA A VERUELA

BÉCQUER REGRESA A VERUELA

A PLENO SOL. El autor de ‘Rimas y leyendas’ o ‘Cartas desde mi celda’, siempre vuelve al monasterio de Veruela, donde se instaló en 1863 con su hermano Valeriano y sus familias. El Festival de Poesía Moncayo lo recuerda a partir de hoy junto a otros poetas como Pinillos, Parra o Paz. Se ha acaba de publicar la zarzuela perdida, ‘El talismán’ (Visor).

 

 

Bécquer siempre regresa a Veruela

 

 

Antón CASTRO

Gustavo Adolfo Bécquer (Sevilla, 1834-Madrid, 1870) siempre viaja a Veruela. Lo hizo de vivo en diciembre de 1863 y lo hace, una y otra vez, con su fantasma errante y con su lírica. En realidad, quizá nunca se haya ido del todo. Comienza hoy el XIII Festival Internacional de Poesía Moncayo dedicado a Bécquer, Antonio Machado, Nicanor Parra, Octavio Paz y Manuel Pinillos, entre otros,  y el sevillano va a ser recordado de nuevo: quizá porque se cumplen 180 años de su nacimiento y porque Luigi Máraez publica tres cuentos: ‘Toda la culpa fue de Bécquer. Monasterio de Veruela, Soria, Sevilla’ (Olifante. La Casa del Poeta, 2014). O quizá porque siguen rescatándose manuscritos suyos y se amplía su amplia bibliografía; por ejemplo, el escritor y editor Manuel Martínez Forega coordina una nueva edición de ‘Los Borbones en pelotas’, que habrían dibujado y escrito los hermanos Bécquer, Valeriano y Gustavo Adolfo, que se reeditará con textos de autores aragoneses contemporáneos.

Ahora hay otras dos novedades muy particulares: ‘El talismán’ (Visor, 2014), una zarzuela inédita y recuperada de Bécquer y de su colaborador Luis García Luna (Madrid, 1834-1867), ambos formaban un tándem teatral y solían firmar con el seudónimo de Adolfo García, y a la vez se publica el libro ‘Joaquín Domínguez Bécquer. El guardián del Real Alcázar de Sevilla’ (Ayuntamiento de Sevilla, 2014), que firman el coleccionista e historiador Manuel Piñanes y el catedrático de Literatura de la Universidad de Zaragoza Jesús Rubio Jiménez. El volumen aborda la biografía y cataloga la obra de este pariente, en cuyo taller se formaron Gustavo Adolfo y Valeriano.

¿Qué es ‘El talismán’? De entrada, son papeles que el bibliófilo Manuel Marqués de la Plata adquirió en una librería de viejo y que durmieron el sueño de los justos en su biblioteca hasta que dos profesores confirmaron la autoría del autor del ‘Libro de los Gorriones’ y comprobaron que había una parte autógrafa que coincidía con la caligrafía del poemario citado, extremo que se verificó con un trabajo de peritaje a cargo de Juan José Jiménez Praderas. En un principio se pensó que sería el libreto de ‘Esmeralda’, la adaptación para la ópera que habían hecho a partir de las novela ‘Nuestra Señora de París’ de Víctor Hugo. Y en cierto modo podría ser la adaptación a la zarzuela de aquel proyecto, datada entre 1859 y 1860. No en vano, sobre el título ‘Esmeralda’ se ha escrito ‘El talismán’.

Jesús Rubio Jiménez, estudioso becqueriano, explica que ‘El talismán’, dividido en tres actos y lleno de enmiendas y tachaduras, consta de la partitura o transcripción musical de Joaquín Espín y Guillén, de textos que contienen indicaciones de reparto y acción, del texto de la transcripción y reconstrucción de la parte autógrafa de Bécquer y de varios estudios de aproximación de Víctor Infantes (coordinador de la edición), de Miguel Rama, dos de Rubio y otros dos de la norteamericana Amy Liakopoulos, centrados en las relaciones entre la música y el texto teatral. Recuerda Jesús Rubio que la inacabada zarzuela, «que no hemos podido rehacer del todo», narraría una historia de amores cruzados y galantes que transcurren entre París y los jardines de Versailles, donde se perciben con nitidez los ecos líricos de Bécquer. Escribe: «Agita blando el céfiro / sus alas perfumadas, / las fuentes melancólicas / suspiran desatadas». O, más adelante: «Misteriosa, lejanía armonía, / que repite fugaz en su giro / de la noche que nace el suspiro / y del día que muere el rumor». Resume Rubio: « Ahí estamos en el límite del lenguaje becqueriano».

Siempre se ha dicho que uno de los amores de juventud de Gustavo Adolfo Bécquer fue Julia Espín, hija del compositor de la música de ‘El talismán’, Joaquín Espín y Guillén (1812-1882), todo un personaje. Dice Jesús Rubio: «Joaquín Espín se había casado con Josefina Pérez de Colbrand, sobrina de la gran cantante madrileña Isabel Colbrand, primera esposa de Rossini. Había estado en Italia donde conoció a Verdi y era director de los coros del Teatro Real, organista de la Real capilla, director de la Universidad Central, profesor de solfeo y crítico musical». En las leyendas becquerianas se dice que el escritor se habría enamorado de ella cuando la vio asomada al balón con su hermana Josefina. La convertiría en «la amada ideal», bella entre las bellas, bella entre las flores. Ana Rioja dedicó una novela a esta relación: ‘Julia, rayo de luna’ (Huerga & Fierro, 1996).

«Lo que sí está claro es que Bécquer, en aquellos años en que intentaba abrirse camino en el teatro y en la música, frecuentó el salón de los Espín, donde se celebraban tertulias y conciertos. Existió una relación al menos profesional. Y quizá algo más: en los álbumes que le dedicó hay transcritas dos rimas apasionadas, pero yo creo que no se puede decir que sea la inspiradora de las ‘Rimas’».

¿Qué pasó con Julia, luego? El suyo y el de Bécquer fue un amor imposible –el escritor aragonés Eusebio Blasco toma partido por el poeta y escribe de la joven: «Muy hermosa criatura pero sin seso»-; ella fue soprano, hizo carrera en Rusia, Francia y Milán, perdió la voz hacia 1868, dos años antes de la muerte de Bécquer. En 1873 se casó con el político Benigno Quiroga López Ballesteros, diputado, secretario del Congreso y ministro.

Julia Espín falleció en 1906 y para entonces ya tenía un sitio en la mejor poesía de amor del romanticismo español.

 

 

el anecdotario

 

Maestro y protector. Jesús Rubio dice, a propósito del libro de Joaquín Domínguez Bécquer (1816-1879), que se formó en el taller de José Bécquer, padre del poeta Gustavo Adolfo y el pintor Valeriano, y que fue determinante en su educación: los acogió cuando se quedaron huérfanos, en 1841, y crecieron viéndolo pintar. «De José Domínguez hay que decir que fue uno de los pintores costumbristas de Sevilla y pintor de cámara del Duque de Montpensier, que era su protector. Vivió en los Reales Alcázares, ahora tan de moda porque se rueda allí ‘Juega de tronos’, que fue un espacio casi mágico para los hermanos Bécquer. Este libro también es una propuesta de catálogo: entre cuadros y dibujos hemos recuperado 167 obras».

 

Historia. «Joaquín Domínguez Bécquer pintó numerosos retratos históricos, entre ellos los de Isabel la Católica y Fernando de Aragón. A ambos los pintó en 1859 y los cuadros se conservan en el ayuntamiento de Sevilla. Es un pintor muy representativo del siglo XIX».

 

*Retrato de Gustavo Adolfo Bécquer, realizado por su hermano Valeriano en 1862.

LARS FORRSELL: DOS POEMAS

Raúl Herrero, siempre tan afable, acaba de publicar el libro 'Poemas de octubre' de Lars Forssell, que ha traducido Francisco Uriz para el sello Libros del Innombrable. Aquí ofrecemos una pequeña selección. 

HAY UNA CANCIÓN JAMÁS CONCLUIDA

 

Hay una canción jamás concluida

que se siente más verdadera que la perfección

Lo que he pensado está roto y demediado

Mi amor ha perdido el tono

Es como si yo hubiese tocado con demasiada fuerza y tensión

en un instrumento demasiado laqueado

cuando es por la palabrería por lo que he tenido esa sensación

y una oportunidad entre un millón

 

Y sin embargo: mi pavor se refugia detrás del árbol

cuando veo el fusil del guerrillero detrás del árbol

y cómo corre la sangre de otros

Veo mi soberbia y el valor de otros

pero yo, como tú, quiero quedarme en el nido

con otros polluelos en el nido

que nunca da sino toma

pero a la sombra del árbol verdeciente

permanece la pregunta como una amenaza:

¿Estás a favor o en contra?

A favor.

Estoy a favor si la causa es justa.

¿Es eso una respuesta?

 

Amaré los trozos y los restos

lo demediado e incompleto

Quiero estar en paz

y sin embargo gritar

he dicho sin embargo gritar

contra un mundo con el que no me atrevo

y un poder que yo creo que es un superpoder

y sin embargo quedarme aquí en mi cuarto

atemorizado y encogido

tratando de ahogar los gritos de los que sangran

en música de cámara

 

Confusión y miedo mi raíz

Verde de légamo duerme nuestra bahía

 

                        *    *

                           *

Es en el nido acolchado de plumas

donde tú y yo estamos presos

Vivimos en el tono amortiguado

Estamos en la fila desquiciada

Oímos susurrar a los volcanes

sobre la erupción venidera

pero vivimos en el pasado

y, condenados, nos negamos a verlo

 

Estamos entre los muertos sanos

que cantamos nuestra canción para nadie

Nos consolamos en caso de necesidad

y cerramos el enfermizo corro

Repetimos machaconamente nuestra canción sobre lo terrenal

pero adivinamos en el viento del mar

y olfateamos en el viento de las montañas

y oímos en la canción que otros

han cantado durante generaciones

¡la necesaria y absurda

y última revolución!

 

                        *    *

                           *

 

Aún vivimos en un verano deslumbrante

verde como sangre de insecto

Nuestra desesperación es verde como la hierba

y el viento en torno a nuestra isla es verde

y verde en verde son las sombras

que proyectamos sobre la ribera

y verde nuestra indecisión

 

Ahora acaricio con la mano

tu totalidad demediada

porque estás muerta y viva

porque eres vida y verdor

porque tú eres media y buena.

 

16.5.1971

*

PUNTO DE CONGELACIÓN

 

1

 

Antes yo estaba siempre mudo

Ahora desde que la justicia

me ha cortado la lengua

renquea y parlotea el muñón

en el fondo de la garganta

 

No hay nada precisamente que yo quiera decir

pero ondear sí que ondea

pájaro con alas cortadas

o zarzarrosa

sin espinas

 

No hay nada precisamente que yo quiera decir

pero desearía que el muñón de la lengua dijese

No sé nada No sé nada

¡Al menos eso!

 

 

2

 

Eso es injusto

¿Qué «eso»?

El suelo donde están desparramadas las piñas

El suelo es injusto

La salida del sol

en espantosos colores fielmente naturales

La puesta de sol es injusta

y el tordo y la piedra

y la ardilla que está ahí mordisqueando

Injusto

Injusta la oscuridad que envuelve parejas de amantes

Injusta la luz que abraza sus cuerpos entrelazados

 

Sí, la propia injusticia

¡Por muy igualitariamente que esté repartida

es injusta!

 

 

3

 

Ahora voy a lo mío

¿Qué «mío»?

O más bien ¿cuál?

Cordero o perro rabioso

Cadáver de griego o de judío

No vengas a mí que estoy vivo

 

Tú no tienes nada que aportar

Tú no tienes nada que aportar

 

 

4

 

¿Te derrumbas

como una casa

o a grandes rasgos «contra»?

 

Me derrumbo como una pared

contra lo que oculta al mundo

5

 

Tú no sirves para nada

Me gano mi sustento

 

No te burles de mí

Tú sirves

a la mudez y a la injusticia

Servicio a cambio de beneficio

¡Muro, oh espíritu servidor

con esa asquerosa lengua cortada

que se escapa bajo el puente!

 

 

6

 

No hay nada precisamente que yo pueda decir

pero el muñón que parlotea en el fondo de mi garganta

destila sangre

que al menos ¡eso es mío!

 

Ánimo cadáver

No tienes nada tuyo

No tienes nada mío

¡Tú estás en el mundo hundido hasta el cuello

y allí te lo cortan de un tajo!

Desbócate, desbócate,

liviano caballo,

ingrávida cabra,

la próxima vez de lo que se tratará será del cuello

¡Así al menos sabes esto!

7

 

Esto se escribió después

No hay antes

No hay después

Yo te doy un inmediatamente antes

 

Pero nunca un instante de tranquilidad

Lo que te doy

es un entonces un ya pasó

duradero

 

 

8

 

Quién es el que contesta

a lo que piensa la raíz de la lengua

 

Es sólo el eco que todo

lo tergiversa en verdad

 

Y ruido.

 

-La primera foto la tomo de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-5f54c1e27f99e2f1266df42c24076b9e.jpg

-La segunda de aquí: 

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-3a5db42aafa57609f553c0b7a60f7e06.jpg

 

El retrato de Paco Uriz es de Esther Casas y está tomado en su casa de la Avenida Valencia.