Blogia

Antón Castro

DIONISIO CARRERAS, EL MARATONIANO

DIONISIO CARRERAS, EL MARATONIANO

A PLENO SOL. Fue el segundo olímpico aragonés de la historia por unos días; el primero fue el luchador turolense de grecorromana Domingo Sánchez. Participó en la carrera de maratón de 1924 y entró en la novena posición. Fumaba y bebía y era un auténtico portento. Se había forjado en las carreras de pollos; en 1928 se proclamó campeón nacional de su prueba.

 

Dionisio Carreras,

el atleta que pudo reinar

 

Antón CASTRO

Los Juegos Olímpicos están llenos de historias conmovedoras. La prueba más famosa del atletismo, el maratón, podría tener por lema ‘Ganar o morir’. Al menos así lo creía el joven carpintero portugués Francisco Lázaro (1891-1912) que corrió en Estocolmo-1912 y falleció con apenas 21 años; se desmayó en la mitad de la prueba y se convirtió en el primer muerto de unos Juegos. José Luis Peixoto, a su modo, contó su vida en ‘Cementerio de pianos’ (El Aleph, 2007). Ha habido historias más positivas e igualmente épicas: por ejemplo, ‘La locomotora humana’ Emil Zatopek ganó en Helsinki-1952 los 5.000 y 10.000 y el maratón. Zatopek es el protagonista de la novela ‘Correr’ (Anagrama, 2010) de Jean Echenoz. Y el gran Abebe Bikila realizó una increíble proeza: fue doble campeón olímpico de maratón en Roma-1960, donde corrió descalzo, y en Tokio-1966; aquí repitió victoria, debilitado, recién operado de apendicitis y ahora con zapatillas.

Dionisio Carreras Salvador (Codo, Zaragoza, 1890-1949) también ha tenido quien le escriba. Lo han hecho, entre otros, Celedonio García, José Antonio Adell, Ricardo Martí y Javier Lafuente, por citar algunos nombres. También es un corredor milagroso y a la vez caótico: un superdotado al que le faltó método y algo de rigor. Consumía una cajetilla de cigarrillos al día y dos caliqueños, bebía, “llevaba malos arreglos con la comida” (así se lo dijo su hijo Bernardo al periodista y atleta Ricardo Martí) y tenía fama de ser un seductor. Era un portento físico: podía correr y correr hasta el fin de la noche o quizá de los tiempos. En sus inicios en el entorno de la comarca de Belchite, según Celedonio García, lo hacía descalzo.

Nació en el seno de una humilde familia de campesinos en Codo, el pueblo del escritor Benjamín Jarnés (1888-1949), que expiraría en Madrid el mismo año que Carreras. Su propio padre al parecer también había hecho sus pinitos como andarín y como corredor de las carreras de pollos. Quizá por ello le llenaba de orgullo que su hijo también participase y ganase aquí y allá; lo cual no le eximía de trabajar con el esparto o realizar otras faenas como regar los campos. Sus victorias en pruebas más bien menores le concedieron cierta fama. En un mismo día ganó dos pruebas: por la mañana compitió, y venció, en La Puebla de Albortón; estando allí, tomando un café en un bar, se enteró de que también había prueba por la tarde en Azuara. Se puso en camino, había unos quince kilómetros de distancia, y llegó unos instantes previos a que empezase la prueba; tomó la salida, ganó los tres pollos y regresó a Codo e invitó a cenar a sus amigos. Otra prueba de su fortaleza y de su romanticismo es que solía acudir corriendo a Zaragoza, que está a 50 kilómetros de distancia, para besar a su novia.

 El Zaragoza Foot-Ball Club, fundado en 1903, que rivalizaba con el Patria y el Iberia (que inauguró el campo de Torrero en octubre de 1923), se interesó por él y decidió ficharlo para su equipo de atletismo. Le ofreció en Zaragoza un empleo y espacio para sus entrenamientos: Dionisio Carreras, apodado ‘El Campana’, trabajó en el cubrimiento del río Huerva y posteriormente fue el responsable del mantenimiento del campo Bruil. El club, a la vista de sus posibilidades, le ofreció, en la calle Asalto, casa, luz y leña. Sus rivales aragoneses de entonces eran Dionisio Magén, conocido como ‘El Chato de Garrapinillos’, e Ignacio Latorre.

Su gran momento, el que le daría un lugar en la leyenda, se produjo en la Olimpiada de París-1924. El año anterior se había fundado la Federación Aragonesa de Atletismo. Dionisio Carreras fue el seguno olímpico aragonés; el primer había sido, unos días antes, el turolense Domingo Sánchez, que combatió en lucha grecorromana. Carreras tomó la salida con 56 atletas más y se confundió varias veces en el curso de la carrera; con todo, el aragonés de 33 años recorrió los más de 42 kilómetros en 2 horas y 50 segundos y acabó, en el estadio de Colombes, en la novena posición. Ganó el finlandés Albin Stenroos. Han pasado 90 años.

Hasta los Juegos Olímpicos de Ámsterdam-1928, Carreras dio muestras de su gran clase: ganó la media maratón de Behovia-San Sebastián de 1926, obtuvo dos campeonatos de Aragón y conquistó al menos en cuatro ocasiones la Vuelta Pedestre a Zaragoza. Logró el título nacional en 1928, y ese mismo año el Fútbol Club Barcelona le concedió la Medalla de Oro del club durante un choque con el Iberia. Cuando todo le sonreía para ir a Holanda y con el pasaje en las manos, una incómoda enfermedad acabó con sus ilusiones. Nunca renunció a sus hábitos: “muchas noches tenía que ir a buscarlo a casa de El Chato, un bar que había en el Coso Bajo de Zaragoza”, le dijo uno de sus hijos a Ricardo Martí en 1996. En 1930, con 40 años, decidió retirarse.

Regresó a Codo. Se le descubrió un cáncer de duodeno, fue operado e intentó mitigar su impresión de derrota. Felizmente, sus paisanos pronto se darían cuenta de su grandeza y acuñarían una expresión que le rendía homenaje: “No corras tanto que se te reventará la hiel como al Campana”.

 

DESPIECE

 

el anecdotario

 

El gran combate. Uno de los grandes andarines y corredores aragoneses  fue Mariano Bielsa, ‘Chistavín de Berbegal’ (estudiado también por Adell & García), que venció, en plaza de toros de Zaragoza en 1882, al italiano Achiles Bargossi, ‘El hombre locomotora’, al que se definió como “el hombre que fundó el arte de correr en Italia”. Años más tarde, en 1928, en el coso de la Misericordia se enfrentaron Ignacio Latorre y Dionisio Carreras. La prueba se corrió a las tres de la tarde y fue el menú previo a varios combates de boxeo. El cartel anunció la carrera como un ‘Extraordinario match-reto a 40 vueltas’. Los atletas solían correr descalzos y casi todos los pueblos tenían a su ídolo. El de Codo era Dionisio Carreras. En 1973, la Federación Aragonesa le concedió la Medalla de Oro a título póstumo y en 2006 se organizó, en Codo, la I Carrera pedestre en su honor. 

 

ÁNGEL GUINDA: UN POEMA INÉDITO

ÁNGEL GUINDA: UN POEMA INÉDITO

 

[Desde hace más de un año, Ángel Guinda trabaja en un nuevo proyecto poético. Sospecha, pero no lo dice, que puede ser uno de los poemarios de su vida. Por ahora nada se sabe de este libro secreto, trabajo con pasión y calma. Es probable que esta composición pertenezca a ese volumen. Por ahora no está decidido: como Juan Ramón, Ángel ahí anda, concentrado, con la obra en marcha. La foto es de Alexander Bossano.]

 

NOCHE INSOMNE

 

Por Ángel GUINDA

 

La gran bóveda escupe, a la vez, agua y fuego

a través de una anémica sábana de neblina

que el viento agita y la humedad arruga.

¿De qué serán señal esas espinas de agua

entrebordadas con lluvia de estrellas?

El perro pastor ata su mirada perdida

cuando suena en las sombras la esquila de una lágrima.

¿Qué pensarán las cumbres de las negras montañas

tan canosas de nieves y hielos requedados?

¡Están frías las piedras; y mis ojos exploran,

más allá de las nubes, lo lejano visible!

¿Quién atiza los arcos de la magia y del miedo?

¿Quién lanza tempestades de aire sobre el mar?

¿Quién zarandea el bosque mientras danzan los árboles

y los nidos se inclinan con devoción de luto?

(Yo te miro dormida de pie junto a este verso.)

El torrente desliza murmullos de colores

borrados por las manos enrumbadas del sueño.

¿Quién expira escondido entre los matorrales?

Los pájaros descansan y, encogidas, las rocas

esperan a que el sol abra al mundo sus alas,

nos acerque el calor y rebulla la vida,

ocupen los gusanos las tierras requemadas

y aparten los insectos el velo de las flores.

Todo flota en silencio, aletargado, ¿o reza?

PINILLOS, POR LUIS FELIPE ALEGRE

[Luis Felipe Alegre Seró es uno de los grandes divulgadores de poesía española, aquí y en Latinoamérica, como recordó con sincero cariño Manuel Forega ayer en Veruela. Es actor y rapsoda. Hace unos días, con motivo de la publicación el pasado sábado de un artículo sobre Manuel Pinillos, le pedí que me hablase de su relación con el autor de ‘Sentado sobre el suelo’ y de algunos recuerdos del poeta nacido en 1912 y fallecido en 1989. Ángel Guinda acaba publicar una pequeña antología de su obra, que ha titulado con su poema favorito: ‘Realquilados’ (Olifante. La Casa del Poeta, 2014).]

 

LUIS FELIPE ALEGRE HABLA DE MANUEL PINILLOS

 

Traté a Manuel Pinillos y Margarita Sanjuán entre el 75 y 80.

Un día pasamos varias horas buscando hexámetros en los poemas de José Luis Alegre Cudós, que era el poeta de moda entre los jóvenes (había ganado el Adonais y el Boscán), solo por la presunción de que, como José Luis había sido seminarista,  escribiría con pies latinos.

Le gustaba la recitación. Recuerdo sus recitados de Hölderlin, seguramente el poeta que con más frecuencia citaba. Si alguien interrumpía la cita, le salía ese genio brusco que a veces asustaba.

La vehemencia de la conversación hacía que las noches pasaran en un periquete y las despedidas fueran ya a pleno sol con un revuelto en la mano...

A su casa llegaban muchos poetas jóvenes. Pinillos estaba al tanto de todo.

Se contaban de él muchas leyendas, que a veces eran verdaderas, como la boda secreta con Margarita.

A veces hablaba de la guerra. Cuando le oí relatar su encuentro con un soldado enemigo en el frente y la conversación que aquella noche mantuvieron, sentí que aquel diálogo había sido como ’La velada en Benicarló’ de Manuel Azaña pero a pie de obra.

El asunto de la poesía social era tema frecuente. Ante una polémica, Margarita nos mostraba cartas de Aleixandre, o de Celaya, para certificar los puntos de vista de Manolo.

Conocí pronto la poesía de Pinillos porque en la Escuela de Teatro Luis LLagostera nos había propuesto poesías suyas para memorizar. 

He llevado en repertorio varios poemas de Manuel Pinillos como ’Realquilados’, ’Humilde historia de mi cuarto’ o ’Un imprudente ha muerto’.

 

*Tomo la foto de Luis Felipe Alegre de aquí:

 https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-16a194c5d16a1a6bc58bdbe7c779bbe6.jpg

 

DOS POEMAS DE MANUEL PINILLOS 

 

HUMILDE HISTORIA DE MI CUARTO

 

 

Cuando te miro, humilde cuarto mío,

seguro y limpio, lleno de mi vida,

asomado a tus cales, a tu friso,

sentándome en tus sillas de madera,

me veo quietamente desvestido

del que soy en mis pasos, en mi rauda

consecución ajena a tu hondo espejo,

que en ti me configura. Tus arrugas,

tus grietas en los muros, se te han hecho

a través de mis años. ¡Ya las siento

pegadas a mi carne! Son el rostro

frontero que me dice lo que arrastro

de vejez, de tus horas ayudándome

con tu paz, con tus techos protectores;

con la luz que se filtra en tu ventana.

 

Cuando abro tus cristales y entra el día,

y viene el sol, benigno, hasta mis dedos,

como una paloma, con su pico

acariciando mi epidermis; cuando

me levanto del lecho y cojo un libro

y me hundo en sus márgenes calientes,

vuelvo la vista a tus paredes lisas

y sé que estoy mecido por tus brazos,

que me contienen y me arropan. Salgo

-algo me llama, algo me empuja-,

me uno a la ría de los otros, pero

vuelvo, y  me miras con tus ojos claros

y en seguida comprendes lo que tengo

dejando en las aceras, si estoy triste,

si me alegro, si canto por debajo,

indiferente a los raspazos de la lucha.

Pasan los meses, cava el tiempo encima,

furiosamente duele;

pero tú permaneces a mi lado,

envolviéndome, atándome a las cosas

que me guardas solícito (ah, tu armario

repleto de papeles, de recuerdos,

de pequeños detalles expresivos),

y pasa el tiempo en vida, pero duras

como mi cuerpo que me lleva y muestra

lo andado, lo sabido, lo que tengo si sufro.

 

Salgo afuera, me dejo atrás tu puerta

favorable, porque uno se hace al choque

de lo que enfrente a su frontera bulle;

pero tú aquí me aguardas, aquí pones

tu meta de partida y de llegada,

y como un perro noble me saludas

al retorno, lamiendo vas mi mano

cansada, me despojas de la ropa

aparatosa que me viste el hábito

social, y tiernamente me desahogas:

haces comodidad cada minuto,

te echas a mis pies en las alfombras,

me acoges en tu límite callado…

 

Un día pasaré tu dintel último 

y ya no habrá vuelta de las noches,

el pitillo final de la madrugada.

Pero en tu atroz silencio habrá algo íntimo,

como ese en que la esposa nos espera

cuando salimos y tardamos. Todo,

tus cuadros, tus visillos, la baldosa

donde me detenía escuchando tu calma,

tendrá conciencia de su soledad,

me aguardará sin abandono. Y luego,

cuando otro, no sé quién, me sustituya,

sé que tu siempre me oirás mi paso    entrando

en tu porche apretado, en tu paciente

refugio sin declive.

 

Cuarto casi mi voz, casi mi temple,

aquí me quedaré por siempre retratado,

pintado de costumbres que me dieron

mi forma inconfundible, Cuando pasen los años

y si retocan tu tabique o quitan

estos modestos muebles que te sirven,

tendrás mi olor, mi libertad; tu carne

de paredes tranquilas, quietamente,

aguardará el regreso que ya nunca

podré mostrarte,

seguirás esperándome en minutos,

a que encienda la luz sobre la madrugada,

y yo, en la muerte,

te miraré como a la voz tranquila

de alentar donde me he hecho

un hombre, aquí, a tu lado,

pisándote y sabiendo que jamás

te he perdido del todo,

pues eres tiempo mío y suelo de mis ansias.

 

                                             (de Viento y marea)

 

 

REALQUILADOS

 

 

Esposa, mira, toca este suelo, este triste

cuarto que nos cobija tan desnudo;

se parece al momento que nos lleva,  deshecho,

y enseña sus enormes rotos dando

en la calle con nubes una señal muy larga.

 

Sí, es algo parecido al grito del que vive

unido a la intemperie, al mendicante

despojado de todo y cercano a morirse.

      Porque nos han quitado la antigua luz, la

       casa,

mi cuarto –aquel que puse vestido de mi  amarte-

y somos casi unos mendigos que se abrazan

en el lecho que empieza a hundirse y baja a un miedo.

Y algunas noches, lentas cual burbujas

de un mar asolador, no tenemos apenas

fuerzas para sentirnos

unidos a los brazos que se buscan, se oprimen;

al cuerpo que remueve

la voz del corazón. Esposa, escucha

este gran remolino del día, este diluvio

de noticias feroces y dime que aún esperas

algo que nos afiance en el apego:

consigue de los años que crueles se hocican

sobre nuestro destino –terrible suceder-

que se nos hagan bellos como cuando anochece

y quedan astros fuera de la bóveda oscura.

Nos ha puesto la vida su mortífero y hondo peldaño de sufrir.

Estamos sin dinero, sin lámpara en el techo,

y hay que seguir la marcha

porque si nos dejamos arrastrar por la inercia

caeremos en las fauces del dios devorador:

esa muerte que suele irrumpir si te quedas

quieto bajo la sombra

que acecha ávidamente a los pobres que huelen

el convite de lejos y nada obtienen. Dame

la mano y repongamos la confianza.  Escuha

el silbido del campo que desde la ventana

vemos fulgir al sol. Y olvida

que esta casa no es nuestra, que fuimos despojados

de la propia un día

cualquiera, y que ese banco de mármoles y cheques

que compró por tres céntimos su derecho a arrojarnos

estará ahora rompiendo los muros, los

      tabiques

que supieron los besos íntimos, las palabras

que dejamos en ellos colgando cual  pedazos

de nuestro ondear la antorcha que allí nos

alumbraba

en el cada momento del ir a desfallecer.

¡A cambio de eso él les pondrá un oro sucio,

mientras un algo, nuestro, se quedará allí ahogado:

en medio de aquel templo de lujo y zafiedad!

 

Realquilados somos en el mundo habitado

todos los hombres. Álzate,

sigue dando tus hombros

a mi hoy sin apoyo, y bésame muy prieto,

muy dentro de la entraña;

pues que también los despedidos

del banquete podemos ser felices un rato

si sabemos estar en el amor. Oh, déjame

apoyar la cabeza en tu pecho extremado

y miremos los huertos humildes, las ovejas

que comen su hierbilla y a las que desde

       aquí oímos

mover lentas esquilas como un campanito

      hondo.

Pues vivimos al borde del campo, eso que

      abriga.

 

Y olvidemos lo otro, estemos más   cercanos;

estemos olvidando que el porvenir es  mísero.

Porque, al fin, aún seguimos en la tierra

y tu mano me deja un calor, un timbrazo

que me pone despierto el respirar. Y el alma

aquella que te diera requiere todavía

que eternizadamente sigamos el camino,

pisemos la vertiente, muramos sin temblor,

juntos, igual que el río entrelaza sus aguas. 

 

                  (de Viento y marea)

MARTÍ, EL ENAMORADO DE BLANCA

MARTÍ, EL ENAMORADO DE BLANCA

 A PLENO SOL / 5. José Martí (1863-1892) vivió casi dos años en Zaragoza. Aquí se inició en el teatro, completó el Bachillerato, se matriculó en Derecho y disfrutó de la Torre Nueva, La Seo y el Pilar. Y se enamoró de la joven Blanca Montalvo. García Guatas lo cuenta en ‘La España de José Martí’.

 

Martí, el enamorado rebelde de Blanca

 

José Juan Martí Pérez, nacido en La Habana en 1853, hijo del valenciano Mariano Martí y de la tinerfeña Leonor Pérez, pasaría a la historia como periodista, político, poeta y pensador. Será el “apóstol de la independencia de Cuba” y morirá por ella en mayo de 1895 en Dos Ríos (Cuba). Desde muy joven fue contestatario: con apenas quince años escribió, como su compañero Delfín Valdés, una carta a un amigo que había ingresado voluntario en el ejército español donde lo tildaba de “apóstata” y le decía que había cometido traición. Por eso texto lo condenaron a seis años de prisión. Los buenos oficios de sus padres, conmovidos por su suerte, consiguieron que fuese deportado a España.

Salió de La Habana y el primero de febrero de 1871, tal como cuenta Manuel García Guatas en su estupendo libro ‘La España de José Martí’ (PUZ, 2014), un volumen que ha conocido tres ediciones distintas, llegó a Cádiz, la ciudad que más se parecía a la que acaba de dejar atrás. En apenas quince días dio muestras de su carácter y de sus convicciones: visitó el diario ‘La Soberanía Nacional’ y en él publicaría su primer artículo, que saldría ya en marzo. Llevaba más de un mes viviendo en Madrid, que contaba con 360.000 habitantes y era “la sexta capital de Europa”. Descubrió una ciudad moderna, con “un buen alumbrado público de gas en la mayoría de las calles” y tranvía. Permaneció por un espacio de dos años, y en los primeros tiempos se dedicó “a una ardorosa actividad de denuncia de la represión en la isla”, y buena prueba de ello fue la publicación del folleto ‘El presidio político en Cuba’. El 31 de mayo se matriculó en la Universidad Central en Derecho como alumno libre y comprobó que, como el país, estaba muy politizada. En febrero de 1873 asistió a la proclamación de la República. En Madrid vivió con intensidad: acudió a los espectáculos teatrales de dos aragoneses como Eusebio Soler y Marcos Zapata y debió entrar en contacto con el coleccionista y erudito oscense Valentín Carderera, que le enseñó unos dibujos de Goya; tal como recuerda García Guatas, podrían estar inspirados en el Coreto del Pilar. El joven Martí vio mucha pintura, visitaba el Museo del Prado con frecuencia y entabló amistad con un joven pintor zaragozano, Pablo Gonzalvo (Zaragoza, 1828-Madrid, 1896), al que vio pintar a menudo. García Guatas, que elabora una pequeña biografía de él en las páginas finales, supone que “debía ser persona de carácter afable, comunicativo y de convicciones progresistas”. Luego, una vez que Martí se convierta en escritor y que decida repasar los días del pasado, le dedicará hermosas páginas. En Madrid se encontró con sus viejos amigos cubanos, Eusebio y Fermín Valdés. Estaba a punto de emprender la aventura que más nos interesa: escaso de recursos, en abril (parece probable que fuese más en abril que en mayo) de 1873 llega a Zaragoza y aquí a permanecer hasta noviembre de 1884. Alrededor de veinte meses.

Ese tiempo fue muy decisivo para él. De entrada, se alojó en una casa de huéspedes de la calle Manifestación 13, donde vivían dos hermanas y un criado, cubano, Simón. Aquí consolidó algunas de las pasiones que había contraído en Madrid: la pintura, sin duda, el teatro, asistía al Teatro Principal, muy a menudo, y tuvo en el actor sevillano Leopoldo Turón a uno de sus ídolos: le rindieron un homenaje, leyeron un texto sobre él y se adhirió, con una composición, un joven llamado J. M. Cuenta Manuel García Guatas que no acudió solo al Principal, sino que frecuentaba el Lope de Vega, donde solía programar zarzuela, el Novedades... En la temporada teatral zaragozana había funciones de Bretón de los Herreros, Marcos Zapata, uno de sus ídolos, Calderón de la Barca o el ‘Don Juan Tenorio’ de Zorrilla… También debió frecuentar algunos de los cafés del momento: el Café Iberia, Matossi, que tenía jardín, como el Café Suizo, donde se interpretó un fragmento de ‘La flauta mágica’ de Mozart, o el Gran Café España.

José Martí se matriculó en el Instituto Goya, que estaba en la plaza de la Magdalena, para terminar su bachillerato, donde está su expediente, y se matriculó en Derecho y en Filosofía, aunque aquí al parecer no se halla la matrícula. Aprovechó el tiempo en esos meses: fue testigo de una revuelta republicana contra el ejército que ocasionó 200 detenidos, vio la tensión informativa que había entre los dos periódicos más importantes de la época, el conservador ‘Diario de Zaragoza’ que dirigió Mariano Peiró y su hijo, el escritor costumbrista Agustín, y el ‘Diario de avisos de Zaragoza, republicano, de Calixto Ariño. Aún tuvo tiempo a mudarse a la calle Del Olmo, cercana a Manifestación y en Zaragoza inició su labor de dramaturgo: poco antes de marcharse redactó el drama simbólico ‘La adúltera’.

Aquí vivió una de los episodios más románticos de su vida. Nada más llegar conoció a la joven Blanca Montalvo, la cuarta de una familia modesta de seis hermanos, de la que se enamorará. La pasión, a pesar de la oposición paterna, fue adelante y se veían a escondidas, en los paseos, etc. Fue sin duda un amor auroral e inolvidable. En el poema de ‘Versos sencillos’ que dedicó a Aragón, de gratitud y afecto, dice en la última estrofa: “Amo la tierra florida, / musulmana o española, / donde rompió su corola / la poca flor de mi vida”. Han sido muchos los que dedujeron que con Blanca Montalvo se inició en el amor y en el sexo. Luego amó a otras mujeres como Rosario de la Peña y Carmen Zayas-Bazán, con quien se casó. En 1875, publicó el cuento ‘Hora de la lluvia’ con el deseo de “que lo leas, mi Blanca”.

 

EL ANECDOTARIO

 

Cartas de Blanca. De Blanca Montalvo Palomar se sabe poco. García Guatas dice que no es cierto que se casase con un catedrático de Terapéutica, que esa es otra, Blanca Montalvo Ponte. Tras la muerte de su padre, se trasladó con su familia a la calle Don Jaime. Tras la partida de Zaragoza, la joven le mandó cuatro cartas a José Martí. He aquí una de las más apasionadas: “El día 25 recibí tus dos cariñosas y tristes cartas, pero a pesar de los tristes que son y lo que lloro cuando las recibo, me parece que me dan vida, que respiro cuando veo carta tuya... Mira tú si me vigilan que nos las puedo leer hasta las cinco de la tarde, desde las diez hasta las cinco”.

 

Recuerdos. José Martí nunca se pudo olvidar de Zaragoza. Ni de Blanca Montalvo, ni sus estudios de caligrafía, ni de su amigo Pablo Gonzalvo que pintó la Torre Nueva, que estaba muy cerca de su casa y oía el reloj, ni del vino. Y siempre recordaba con inmenso cariño el palacio de la Aljafería. “Quiero la tierra amarilla / que baña el Ebro lodoso: /quiero el Pilar azuloso / de Lanuza y de Padilla”. Une en el último verso al Justicia de Aragón y al comunero de Castilla.

BÉCQUER REGRESA A VERUELA

BÉCQUER REGRESA A VERUELA

A PLENO SOL. El autor de ‘Rimas y leyendas’ o ‘Cartas desde mi celda’, siempre vuelve al monasterio de Veruela, donde se instaló en 1863 con su hermano Valeriano y sus familias. El Festival de Poesía Moncayo lo recuerda a partir de hoy junto a otros poetas como Pinillos, Parra o Paz. Se ha acaba de publicar la zarzuela perdida, ‘El talismán’ (Visor).

 

 

Bécquer siempre regresa a Veruela

 

 

Antón CASTRO

Gustavo Adolfo Bécquer (Sevilla, 1834-Madrid, 1870) siempre viaja a Veruela. Lo hizo de vivo en diciembre de 1863 y lo hace, una y otra vez, con su fantasma errante y con su lírica. En realidad, quizá nunca se haya ido del todo. Comienza hoy el XIII Festival Internacional de Poesía Moncayo dedicado a Bécquer, Antonio Machado, Nicanor Parra, Octavio Paz y Manuel Pinillos, entre otros,  y el sevillano va a ser recordado de nuevo: quizá porque se cumplen 180 años de su nacimiento y porque Luigi Máraez publica tres cuentos: ‘Toda la culpa fue de Bécquer. Monasterio de Veruela, Soria, Sevilla’ (Olifante. La Casa del Poeta, 2014). O quizá porque siguen rescatándose manuscritos suyos y se amplía su amplia bibliografía; por ejemplo, el escritor y editor Manuel Martínez Forega coordina una nueva edición de ‘Los Borbones en pelotas’, que habrían dibujado y escrito los hermanos Bécquer, Valeriano y Gustavo Adolfo, que se reeditará con textos de autores aragoneses contemporáneos.

Ahora hay otras dos novedades muy particulares: ‘El talismán’ (Visor, 2014), una zarzuela inédita y recuperada de Bécquer y de su colaborador Luis García Luna (Madrid, 1834-1867), ambos formaban un tándem teatral y solían firmar con el seudónimo de Adolfo García, y a la vez se publica el libro ‘Joaquín Domínguez Bécquer. El guardián del Real Alcázar de Sevilla’ (Ayuntamiento de Sevilla, 2014), que firman el coleccionista e historiador Manuel Piñanes y el catedrático de Literatura de la Universidad de Zaragoza Jesús Rubio Jiménez. El volumen aborda la biografía y cataloga la obra de este pariente, en cuyo taller se formaron Gustavo Adolfo y Valeriano.

¿Qué es ‘El talismán’? De entrada, son papeles que el bibliófilo Manuel Marqués de la Plata adquirió en una librería de viejo y que durmieron el sueño de los justos en su biblioteca hasta que dos profesores confirmaron la autoría del autor del ‘Libro de los Gorriones’ y comprobaron que había una parte autógrafa que coincidía con la caligrafía del poemario citado, extremo que se verificó con un trabajo de peritaje a cargo de Juan José Jiménez Praderas. En un principio se pensó que sería el libreto de ‘Esmeralda’, la adaptación para la ópera que habían hecho a partir de las novela ‘Nuestra Señora de París’ de Víctor Hugo. Y en cierto modo podría ser la adaptación a la zarzuela de aquel proyecto, datada entre 1859 y 1860. No en vano, sobre el título ‘Esmeralda’ se ha escrito ‘El talismán’.

Jesús Rubio Jiménez, estudioso becqueriano, explica que ‘El talismán’, dividido en tres actos y lleno de enmiendas y tachaduras, consta de la partitura o transcripción musical de Joaquín Espín y Guillén, de textos que contienen indicaciones de reparto y acción, del texto de la transcripción y reconstrucción de la parte autógrafa de Bécquer y de varios estudios de aproximación de Víctor Infantes (coordinador de la edición), de Miguel Rama, dos de Rubio y otros dos de la norteamericana Amy Liakopoulos, centrados en las relaciones entre la música y el texto teatral. Recuerda Jesús Rubio que la inacabada zarzuela, «que no hemos podido rehacer del todo», narraría una historia de amores cruzados y galantes que transcurren entre París y los jardines de Versailles, donde se perciben con nitidez los ecos líricos de Bécquer. Escribe: «Agita blando el céfiro / sus alas perfumadas, / las fuentes melancólicas / suspiran desatadas». O, más adelante: «Misteriosa, lejanía armonía, / que repite fugaz en su giro / de la noche que nace el suspiro / y del día que muere el rumor». Resume Rubio: « Ahí estamos en el límite del lenguaje becqueriano».

Siempre se ha dicho que uno de los amores de juventud de Gustavo Adolfo Bécquer fue Julia Espín, hija del compositor de la música de ‘El talismán’, Joaquín Espín y Guillén (1812-1882), todo un personaje. Dice Jesús Rubio: «Joaquín Espín se había casado con Josefina Pérez de Colbrand, sobrina de la gran cantante madrileña Isabel Colbrand, primera esposa de Rossini. Había estado en Italia donde conoció a Verdi y era director de los coros del Teatro Real, organista de la Real capilla, director de la Universidad Central, profesor de solfeo y crítico musical». En las leyendas becquerianas se dice que el escritor se habría enamorado de ella cuando la vio asomada al balón con su hermana Josefina. La convertiría en «la amada ideal», bella entre las bellas, bella entre las flores. Ana Rioja dedicó una novela a esta relación: ‘Julia, rayo de luna’ (Huerga & Fierro, 1996).

«Lo que sí está claro es que Bécquer, en aquellos años en que intentaba abrirse camino en el teatro y en la música, frecuentó el salón de los Espín, donde se celebraban tertulias y conciertos. Existió una relación al menos profesional. Y quizá algo más: en los álbumes que le dedicó hay transcritas dos rimas apasionadas, pero yo creo que no se puede decir que sea la inspiradora de las ‘Rimas’».

¿Qué pasó con Julia, luego? El suyo y el de Bécquer fue un amor imposible –el escritor aragonés Eusebio Blasco toma partido por el poeta y escribe de la joven: «Muy hermosa criatura pero sin seso»-; ella fue soprano, hizo carrera en Rusia, Francia y Milán, perdió la voz hacia 1868, dos años antes de la muerte de Bécquer. En 1873 se casó con el político Benigno Quiroga López Ballesteros, diputado, secretario del Congreso y ministro.

Julia Espín falleció en 1906 y para entonces ya tenía un sitio en la mejor poesía de amor del romanticismo español.

 

 

el anecdotario

 

Maestro y protector. Jesús Rubio dice, a propósito del libro de Joaquín Domínguez Bécquer (1816-1879), que se formó en el taller de José Bécquer, padre del poeta Gustavo Adolfo y el pintor Valeriano, y que fue determinante en su educación: los acogió cuando se quedaron huérfanos, en 1841, y crecieron viéndolo pintar. «De José Domínguez hay que decir que fue uno de los pintores costumbristas de Sevilla y pintor de cámara del Duque de Montpensier, que era su protector. Vivió en los Reales Alcázares, ahora tan de moda porque se rueda allí ‘Juega de tronos’, que fue un espacio casi mágico para los hermanos Bécquer. Este libro también es una propuesta de catálogo: entre cuadros y dibujos hemos recuperado 167 obras».

 

Historia. «Joaquín Domínguez Bécquer pintó numerosos retratos históricos, entre ellos los de Isabel la Católica y Fernando de Aragón. A ambos los pintó en 1859 y los cuadros se conservan en el ayuntamiento de Sevilla. Es un pintor muy representativo del siglo XIX».

 

*Retrato de Gustavo Adolfo Bécquer, realizado por su hermano Valeriano en 1862.

LARS FORRSELL: DOS POEMAS

Raúl Herrero, siempre tan afable, acaba de publicar el libro 'Poemas de octubre' de Lars Forssell, que ha traducido Francisco Uriz para el sello Libros del Innombrable. Aquí ofrecemos una pequeña selección. 

HAY UNA CANCIÓN JAMÁS CONCLUIDA

 

Hay una canción jamás concluida

que se siente más verdadera que la perfección

Lo que he pensado está roto y demediado

Mi amor ha perdido el tono

Es como si yo hubiese tocado con demasiada fuerza y tensión

en un instrumento demasiado laqueado

cuando es por la palabrería por lo que he tenido esa sensación

y una oportunidad entre un millón

 

Y sin embargo: mi pavor se refugia detrás del árbol

cuando veo el fusil del guerrillero detrás del árbol

y cómo corre la sangre de otros

Veo mi soberbia y el valor de otros

pero yo, como tú, quiero quedarme en el nido

con otros polluelos en el nido

que nunca da sino toma

pero a la sombra del árbol verdeciente

permanece la pregunta como una amenaza:

¿Estás a favor o en contra?

A favor.

Estoy a favor si la causa es justa.

¿Es eso una respuesta?

 

Amaré los trozos y los restos

lo demediado e incompleto

Quiero estar en paz

y sin embargo gritar

he dicho sin embargo gritar

contra un mundo con el que no me atrevo

y un poder que yo creo que es un superpoder

y sin embargo quedarme aquí en mi cuarto

atemorizado y encogido

tratando de ahogar los gritos de los que sangran

en música de cámara

 

Confusión y miedo mi raíz

Verde de légamo duerme nuestra bahía

 

                        *    *

                           *

Es en el nido acolchado de plumas

donde tú y yo estamos presos

Vivimos en el tono amortiguado

Estamos en la fila desquiciada

Oímos susurrar a los volcanes

sobre la erupción venidera

pero vivimos en el pasado

y, condenados, nos negamos a verlo

 

Estamos entre los muertos sanos

que cantamos nuestra canción para nadie

Nos consolamos en caso de necesidad

y cerramos el enfermizo corro

Repetimos machaconamente nuestra canción sobre lo terrenal

pero adivinamos en el viento del mar

y olfateamos en el viento de las montañas

y oímos en la canción que otros

han cantado durante generaciones

¡la necesaria y absurda

y última revolución!

 

                        *    *

                           *

 

Aún vivimos en un verano deslumbrante

verde como sangre de insecto

Nuestra desesperación es verde como la hierba

y el viento en torno a nuestra isla es verde

y verde en verde son las sombras

que proyectamos sobre la ribera

y verde nuestra indecisión

 

Ahora acaricio con la mano

tu totalidad demediada

porque estás muerta y viva

porque eres vida y verdor

porque tú eres media y buena.

 

16.5.1971

*

PUNTO DE CONGELACIÓN

 

1

 

Antes yo estaba siempre mudo

Ahora desde que la justicia

me ha cortado la lengua

renquea y parlotea el muñón

en el fondo de la garganta

 

No hay nada precisamente que yo quiera decir

pero ondear sí que ondea

pájaro con alas cortadas

o zarzarrosa

sin espinas

 

No hay nada precisamente que yo quiera decir

pero desearía que el muñón de la lengua dijese

No sé nada No sé nada

¡Al menos eso!

 

 

2

 

Eso es injusto

¿Qué «eso»?

El suelo donde están desparramadas las piñas

El suelo es injusto

La salida del sol

en espantosos colores fielmente naturales

La puesta de sol es injusta

y el tordo y la piedra

y la ardilla que está ahí mordisqueando

Injusto

Injusta la oscuridad que envuelve parejas de amantes

Injusta la luz que abraza sus cuerpos entrelazados

 

Sí, la propia injusticia

¡Por muy igualitariamente que esté repartida

es injusta!

 

 

3

 

Ahora voy a lo mío

¿Qué «mío»?

O más bien ¿cuál?

Cordero o perro rabioso

Cadáver de griego o de judío

No vengas a mí que estoy vivo

 

Tú no tienes nada que aportar

Tú no tienes nada que aportar

 

 

4

 

¿Te derrumbas

como una casa

o a grandes rasgos «contra»?

 

Me derrumbo como una pared

contra lo que oculta al mundo

5

 

Tú no sirves para nada

Me gano mi sustento

 

No te burles de mí

Tú sirves

a la mudez y a la injusticia

Servicio a cambio de beneficio

¡Muro, oh espíritu servidor

con esa asquerosa lengua cortada

que se escapa bajo el puente!

 

 

6

 

No hay nada precisamente que yo pueda decir

pero el muñón que parlotea en el fondo de mi garganta

destila sangre

que al menos ¡eso es mío!

 

Ánimo cadáver

No tienes nada tuyo

No tienes nada mío

¡Tú estás en el mundo hundido hasta el cuello

y allí te lo cortan de un tajo!

Desbócate, desbócate,

liviano caballo,

ingrávida cabra,

la próxima vez de lo que se tratará será del cuello

¡Así al menos sabes esto!

7

 

Esto se escribió después

No hay antes

No hay después

Yo te doy un inmediatamente antes

 

Pero nunca un instante de tranquilidad

Lo que te doy

es un entonces un ya pasó

duradero

 

 

8

 

Quién es el que contesta

a lo que piensa la raíz de la lengua

 

Es sólo el eco que todo

lo tergiversa en verdad

 

Y ruido.

 

-La primera foto la tomo de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-5f54c1e27f99e2f1266df42c24076b9e.jpg

-La segunda de aquí: 

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-3a5db42aafa57609f553c0b7a60f7e06.jpg

 

El retrato de Paco Uriz es de Esther Casas y está tomado en su casa de la Avenida Valencia.

 

ÁNGEL PETISME HOY EN VERUELA

[Esta tarde, a las 20.00, en el monasterio de Veruela, dentro del Festival Internacional de Poesía Moncayo, Ángel Petisme ofrecerá un concierto con su último álbum, ’El ministerio de la felicidad’. Recupero aquí una entrevista global sobre su carrera que se publicó, íntegra en ’Rolde’ y fragmentada en ’Heraldo’. Sirve para conocer mejor también al poeta. Y aquí dice que hay canciones que le gustan mucho como ’Una vela en la oscuridad’, dedicada a Félix Romeo.]

“Me gusta probarlo todo, conocer para amar, perder para cantar”

“Sólo hay felicidad en la sencillez y la alegría”

“El humor nos salva de la oscuridad”

 

SUMARIO:

“La música me ha permitido viajar y pisar Asia, África, América, conocer gente increíble, llenarme de la vida de otros en situaciones límite”

 

Antón CASTRO

Ángel Petisme (Calatayud, Zaragoza, 1961) es un artista especial: intérprete, compositor, poeta. Y un aragonés del mundo y un cosmopolita de Aragón, con parada y fonda en la región imaginaria de Bílbilis. Ha publicado más de una docena de álbumes, algunos tan destacados como ‘Turistas en el paraíso’, ‘Cierzo’ o ‘Buñuel del desierto’; y casi una veintena de libro, sustancialmente de poesía. La poesía y la música forman parte de un todo: de una forma de ver el mundo y de una forma de vivir, impregnado de cultura, de amor, de erotismo, de viaje, de compromiso y de solidaridad. Petisme acaba de publicar Canciones. Del corazón a los labios (Ediciones Hiperión, 2012), un volumen donde recoge los textos que se han convertido, a lo largo de un cuarto de siglo, en melodía, en grito, en afirmación obstinada de su rebeldía y de su vitalidad.  

-¿Cómo nace un cantante como tú? ¿Qué anécdotas te marcaron, qué músicas, qué intérpretes?

Poca música sonaba en mi casa cuando era niño. Debíamos tener un pequeño transistor Vanguard pegado a la oreja de mi padre para escuchar el fútbol los domingos por la tarde. Y recuerdo las cosas de la radio: La yenka, Borracho de Los Brincos, el Dúo Dinámico, Me lo dijo Pérez de Los Tres Sudamericanos y muuuuchas jotas. En fin, lo previsible. Con la televisión, las sintonías de Bonanza, El Fugitivo, El Santo, Los Chiripitifláuticos. Después pasé al canto gregoriano, al Kumbayá y Como brotes de olivo, cuando me mandaron a un internado de los escolapios, primero a Peralta de la Sal en  Huesca, y luego en el colegio Cristo Rey en Zaragoza. Recuerdo los largos dormitorios sin paredes del internado con trece o catorce años; por la noche nos ponían antes de acostarnos a Víctor Jara, Simon y Garfunkel, Labordeta y música clásica. También me recuerdo aprendiendo a tocar la guitarra con dos compañeros, Miguel Fustero y José Luis Briz (a éste último lo he recuperado por Facebook) y haciendo mis primeras canciones con 15 años: a los Monegros, la anarquía, incluso cantaba en un aragonés libresco y ortopédico. Mis padres me compraron una guitarra española en Musical Serrano que costó 15.000 pesetas con una beca que me dieron por aprobar el curso con buenas notas. Aún la conservo, bueno, se la regalé a los hijos de mi hermana y está en Mallorca.

Casi todo empieza por una guitarra...

También me veo subiendo por unos andamios y regresando de noche al internado. Yo me había echado una novia en el 77 mientras estaba en el seminario. La había conocido montando la función de teatro de fin de curso: Cargamento de sueños de Alfonso Sastre. Alguna hermana de un compañero de clase la trajo a un ensayo. Así que me escapaba al terminar las clases, íbamos a discotecas, mi canción asociada a ese primer amor era I Can Boogie de las Baccara. Esa novia luego fue vedette del Oasis. Y luego al abandonar el seminario los Sex Pistols, los Clash, Ramones y toda la avalancha de grupos británicos: Joy Division, The Cure, Aztec Camera, Echo and the Bunnymen, Spandau Ballet. Del gregoriano pasé al punk. Y de Labordeta a la nueva ola. Toda esa empanada y coctelera surrealista forman parte de mí, jajaja.     

 

-¿Cómo fueron los inicios propiamente, con la vocación ya decantada? Al principio parecía que ibas a ser un rockero con alma de showman...

Conocimos en 1983 a un manager catalán que andaba por Zaragoza; entonces mi amigo Paco Díez y yo (que tenía el bar Barrioverde en la Magdalena y con el que compartía buhardilla en la calle Espoz y Mina) andábamos ya con la idea de hacer un grupo experimental un poco en la onda de The Residents, Durruti Column y aquellas bandas que salían en La Edad de oro de Paloma Chamorro… Debutamos en mayo de 1983 en la plaza de toros de la Misericordia en un festival con grupos de la movida madrileña (Alaska y Dinarama, Aviador DRO, Polanski y el ardor, Parálisis Permanente, Derribos Arias) y dos grupos más de Zaragoza (Doctor Simon y los enfermos mentales del que saldrían Especialistas y Misión Hispana, Parkinson DC y nosotros, que nos llamábamos Qué es el optimismo?) y el bautismo de salivazos y botellas que nos tiraron fue espectacular. Luego se sumó Juan Casanovas con el bajo eléctrico, tocamos en algunos bares como La Vía Láctea, y creo que el BV 80, y nos fuimos a Madrid los tres. En 1984 y 1985 tocamos en el Rockola un par de veces; al grupo se sumó mucha gente, los optimistas éramos una tribu afterpunk y muy freak. Incluso montamos un grupo paralelo llamado Ciao, Michele con Elena, nieta de Ramiro de Maeztu (su hermana Miriam, actriz, era mi novia entonces). Tocamos en muchas salas y bares de Madrid con diferentes formaciones hasta que en el 86 Aute y Luis Mendo me convencen para que me haga solista, ya que todas las letras y músicas las escribía yo.

-¿Qué lugar ha ocupado la poesía en tu vida? ¿Qué ha sido, qué es la poesía para ti?

Fundamental, desde muy niño, empecé a escribir a los once años, devoraba toda la poesía que caía en mis manos, Machado, Tagore, Juan Ramón… La poesía completa de Miguel Labordeta, en la colección Fuendetodos, creo que la robé de la biblioteca que había en la Plaza de los Sitios, la quería sólo para mí. Luego alguien me la robó, claro. La poesía es mi cordón umbilical con el mundo, las raíces que me mantienen firme y alimentan, mi toma de tierra eléctrica con la realidad, también mi religión, mi forma de estar, de comprender el mundo y trascenderlo.

-En 1990, apareció ‘La habitación salvaje’. ¿Cómo se gestó aquel disco, qué tipo de álbum querías hacer?

Yo andaba allá por el 87 tocando por bares de Madrid temas míos con Petisme y Los Sin Techo, con Javier Vargas a la guitarra, y el sonido era muy guitarrero y cañero y yo parecía una mezcla entre Iggy Pop y Bowie, con el pelo teñido de zanahoria o rubio. Después Aute, uno de mis padrinos musicales, me pagó una maqueta de 3 temas muy comerciales para mostrarla en multinacionales. Estuve a punto de ser fichado por una de ellas pero afortunadamente a última hora se echaron atrás. Y digo afortunadamente porque aquello hubiese sido mi ruina ya que el perfil de artista que buscaban era un poco Miguel Bosé (¡ojo, respeto a todos los compañeros de profesión!). Entonces me dio por ir al zoo de Madrid, escribía pequeños poemas delante de las jaulas y poco a poco fueron creciendo y les fui poniendo música a Ardiendo en la oscuridad, Eros y Thanatos, El sueño del cazador, etc. Me compré un grabador de cuatro pistas, un ordenador Atari y un teclado y estuve casi un par de años aprendiendo a manejarme con ellos y experimentando con sonidos. Yo debía escuchar mucho a Tom Waits y Franco Battiato por esa época. También conocí a músicos de folk porque el sello que quería grabarme trabajaba con ellos. Quería hacer algo radicalmente diferente mezclando electrónica y caja de ritmos con instrumentos acústicos y antiguos como rabel, zanfona, violín, contrabajo, armónica…

-En ese álbum estaban muchos de tus temas: el amor y el deseo, el neorromanticismo y el regreso a la naturaleza, la canción himno, el diálogo sin tapujos con la cultura...

Sí, era mi primer disco en solitario y solté todo el arsenal hedonista de filias y pasiones. No guardé nada para después, jajaja. La cita que abría el disco era lapidaria, del poeta beatnik Jack Spiecer: “No veo razón para vivir si no puedo construir un paraíso en mi propia habitación.”

-Había una canción, ‘Insectos prisioneros en ámbar’, que era como una autobiografía de lecturas, de mitos y a la vez un bestiario que da una idea de gran libertad creativa y de ausencia de complejos. ¿Has intentado ser libre por encima de todo?

He hecho lo que he podido. No sé, soy capricornio, me he esforzado por ser chico bueno y someterme al rebaño pero enseguida me salía el instinto de cabra salvaje: saltar la valla del corral y echarme al monte, jajaja. He sido muy enfant terrible y rebelde toda mi vida. Respecto a la libertad, la he necesitado siempre como un valor primordial, sin ella otros valores no existen. Nunca he permitido que interfiriesen o presionasen en mi trabajo. Y eso puede que me haya creado enemigos. Sólo por respirar y salir a la calle ya te los granjeas pero a la gente le molesta mucho que vayas a tu aire. Seguro que he metido la pata muchas veces y habré ofendido involuntariamente. Pido disculpas si me leen ahora. No soy cerril ni rencoroso.         

-‘Turistas en el paraíso’ fue una apuesta por el pop más lírico y refinado.

Yo diría más rockero que pop, eran letras muy trabajadas, con imágenes casi como fotogramas o juegos surrealistas, donde dominaba la pasión pero ya aparece la mirada al dolor del mundo en temas como Belchite, Sueña conmigo o  la infancia, la inocencia perdida y el paisaje aragonés en Los trenes de septiembre o Trae contigo la lluvia. Conseguimos con la producción un halo de frescura y mucha fuerza. Ahí fue importante la amistad con Pedro Navarrete, de Teruel, (luego Santiago Auserón le llamó para Radio Futura porque yo les había presentado en el 83). Ahí volví a la formación de cuarteto de rock, estuvimos ensayando y arreglando en el local las canciones  antes de grabarlas.

-‘El Singapur’ era, en la línea de Battiato, un viaje físico y un viaje simbólico.

Puede que sí, algunas canciones las escribí en Chile en 1993. Recuerdo un concierto improvisado que dimos Mauricio Aznar y yo para turistas japoneses, tumbados con una botella de cachaça en el suelo del aeropuerto de Sao Paulo, porque se había estropeado el avión que nos traía de vuelta de Santiago a Roma. Está escrito durante la crisis de 1993-1994 y me impresionó mucho el hambre de belleza, canciones e imaginación que tenían en Chile (donde aún tutelaba Pinochet y el ejército), en general en toda Latinoamérica, respecto al cansancio de la vieja Europa. En ese disco comencé a componer  con acordes de séptima mayor muy propios de la música brasileira y salió Te amo, esclavo. Hay canciones dulces y evocadoras  como Los ríos de Venus o Amor y cartografía que escribimos Gabriel Sopeña y yo, pero también temas apocalípticos, duros y reivindicativos como Bailando en campos minados, Ciudades y mujeres, Llegan los bárbaros o Quién de mí. Había muy buenas canciones pero la producción fue accidentada y no me dejaron elegir al productor.  

 -Con el paso del tiempo, tengo la sensación de que tu mejor disco, un hito, es ‘Cierzo’. ¿Cómo lo defines: es tu mirada hacia Aragón, una narración que aspira a la totalidad en forma de canciones, la afirmación de una identidad, acaso un destello de la nostalgia?

Yo abandoné Fonomusic y el mundo de las discográficas tras El Singapur, cuando me propusieron presentarme al festival de Benidorm y se había medio pactado que lo ganaría. Fue cuando les dije que el día que quisiese suicidarme lo haría en privado y me di cuenta que no pintaba nada en la pura industria musical, que mi rollo no era ése. Estuve casi decidido a tirar la toalla y entonces salió Cierzo que es mi entrada en la madurez, en la órbita de Saturno. Lo compongo con 35 años, ahí está la pérdida de la juventud y por tanto de la inmortalidad, la presencia real de la muerte en Golpes de mar, Julieta, No somos nada, el amor ya no desbocado en Necesito de tu magia. Y supongo que también de esa crisis personal, de sentirme perdido, yo me inventé mi Macondo, ese viejo solar en Saturno que era pero no era Aragón. Recuerdo que me saltaban las lágrimas mientras componía y cantaba las estrofas de “Somos los hijos del cierzo, pinturas negras del cierzo…”     

-¿Cómo has mantenido el tono narrativo y el tono lírico y evocador? Pienso en canciones como ‘El Oasis’ o ‘Donde muere la carretera’.

No estoy dotado para la ficción, me cuesta mucho. Tengo una voz más lírica, pero creo que soy buen memorialista, por eso en las canciones con cierto tono  autobiográfico no me cuesta narrar.

-¿Que pretendías hacer con ‘El Tranvía Verde’: un himno, un canto coral, una vindicación de la historia de Aragón?

Lo medio compuse en Portugal, en el verano del 95, sentado en la terracita de mi hostal que daba a los tejados y las calles de Oporto, viendo los tranvías que bajaban o subían hacia el Duero. Eso me transportó a la línea 29, el tranvía que cogía en las Balsas del Ebro Viejo para subir a los escolapios del Cascajo. Jamás pretendo nada cuando hago una canción y menos escribir himnos. Salió así. Hay como una invitación a la autoestima, a subirnos todos a ese carro volador, a querernos y cuidarnos mucho, a descubrir lo grandes que hemos sido y podemos ser.

¿Cuál ha sido la importancia del humor en tus canciones?

El humor nos salva de la oscuridad, de la extrema lucidez. Los sabios tienen que aprender a reírse de sí mismos y no tomarse demasiado en serio, si no, sufres y te devoras demasiado. Sólo hay felicidad en la sencillez y la alegría. El humor y la risa nos hacen inteligentes, son un espejo para que la muerte se mire en él y salga huyendo. Cuando veo que me pongo estupendo y plasta en una canción siempre me gusta meter algún detalle, alguna chispa irónica o somarda, algún juego de palabras que te ayude a relativizar y sonreír.

Hay también una exaltación de la vitalidad, de la alegría, del sexo salvaje... ¿De qué se alimenta un artista como tú?

No tengo kriptonita. La fuerza y la rasmia para levantarme cuando caigo y la pasión para gozar de cada instante me la regalaron mis padres en sus genes. Me gusta probarlo todo, conocer para amar, perder para cantar. Soy un politoxicómano de todo, de libros, películas, mujeres, tragos, de la vida. Mi viagra natural es el jengibre, un buen antibiótico para las cuerdas vocales y lo chupo despacito antes de salir a cantar; es un afrodisíaco además. Y nada mejor para tocar la vida, el cielo y beber zumo de flores
salvajes que tener un hermano pequeño juguetón, un Don Braulio, y una mujer hermosa con la sonrisa de Jean Seberg y un culo tatuado con un edelweiss que sepa llenarte de alegría.

Rindes homenaje a Luis Buñuel y al río Ebro. ¿Por qué?

Buñuel es la imaginación, la libertad creativa absoluta, la independencia, el valor de los sueños, el juego, el Rh  aragonés por excelencia: individualista, universal, terco, ilustrado. Me apasiona su cine y fui muy feliz preparando y haciendo ese disco. Río ebrio lo grabé en 2008 en el laboratorio de sonido del Centro Cívico Delicias, fue el último disco que se grabó allí, yo regresaba al atardecer a casa de mis padres dando un largo paseo y cruzaba por el puente de la Almozara. De niño jugábamos en las huertas de Ranillas, robábamos fruta y nos bañábamos en el río donde empezaba la Química. También me encantó buscar mi primera escuela en la calle San Pablo, la casa de la calle San Blas donde dormíamos mis padres, mi hermana y yo en la misma cama y mi madre sonámbula escribía quinielas en las paredes de cal. Por eso escribí canciones como El pozo de San Lázaro o Tierra roja.

En los últimos tiempos, en los últimos álbumes, tu música y tus canciones han evolucionado hacia el compromiso, a la defensa de los desheredados...

Creo que es una imagen distorsionada de mí. Si te fijas,  Metaphora  tiene 15 temas y sólo había una canción contra el trasvase Rasmia y una versión cañera que grabé con Labordeta del Canto a la libertad. En Amor entre las cuerdas sólo hay eso, amor. Río ebrio tiene 13 temas y sólo Rachel Corrie habla del conflicto palestino israelí. Y el último de 2010, Under woood songs, son 15 canciones inéditas que había compuesto entre 1987-1989, no hay ni una sola que se pueda calificar de comprometida, en el sentido del que hablamos. Probablemente mi activismo pacifista desde 2002 con los viajes a Iraq, Palestina, los campamentos saharauis, han podido crear ese espejismo y yo como artista no me he preocupado por separarlos o no he sabido aclarar mi postura.

De todas formas, y para zanjar este tema, hay personas que se creen muy modernas y les produce urticaria la palabra compromiso. Tener un hijo, educarlo, elegir una carrera, enamorarte, salir a la calle a buscar trabajo: todo es compromiso menos la muerte. Ser real es estar prometido a algo. De la piedad, de la compasión, del interés por el dolor de alguien que no es pariente nuestro, nacen el compromiso y la solidaridad. Y se puede ser radicalmente  moderno y a la vez lleno de humanidad. 

Sí que he escrito libros en los últimos años muy testimoniales, con una mirada casi de periodismo poético como El cielo de Bagdad, Insomnio de Ramalah, La noche 351…Pero ¿qué vas a hacer si vienes de los límites de la vida, donde nadie sabe si al día siguiente tendrá techo, comida o seguirá vivo? ¿Callártelo o contarlo? Labordeta me decía en los días del No a la guerra, del Prestige y la amenaza del trasvase que no había que tener miedo al panfleto y a hablar bien claro con la que estaba cayendo. Vivimos el día de la marmota, todo eso se está volviendo a repetir.  

 ¿Hay alguna diferencia entre un poema que se hace canción y un poema que solo aparece en los libros? ¿Cómo se relacionan el poeta y el músico?

La poesía y la canción son dos oficios artesanales y de riesgo, dos géneros y disciplinas tan distantes como la pintura y el cine. Ambas trabajan con imágenes pero tienen diferentes movimientos, técnicas y lenguajes. Una canción suele durar alrededor de 3 minutos por imposición de la difusión en radios, suele tener un lenguaje más sencillo y popular, van dirigidas a audiencias más masivas y una estructura repetitiva de estrofa, estribillo y puente. El poema contemporáneo suele ser en verso libre y con un ritmo más interno que formal, tiene más libertad de extensión y temas.

Hay poemas que no tienen una vocación oral, que fueron escritos para ser leídos en la intimidad y complicidad de un tú lector y un yo poeta. Hay otros sin embargo que se escriben con afán de trascender, de gritar, de buscar más eco y público. Puede haber vasos comunicantes entre ambos y hemos conocido a poetas como Machado, León Felipe, Quevedo, Neruda, Allan Poe, Dylan Thomas gracias a muchos autores cantantes. El poeta trabaja sólo con las palabras y más en soledad; a veces peligrosa porque te  desconecta de la calle. Esto exige una disciplina y una concisión que la canción no te pide. El oficio de cantar es muy colectivo, intervienen músicos, técnicos, mánagers, discográfica, distribuidores hasta que llega a la gente. En música trabajas con el texto en un 50%, el otro es melodía, ritmo, armonía.

 

Por cierto, ¿para qué sirve una canción?

Me lo pones fácil. En La última canción el estribillo dice: “De qué sirve una canción si no te hace temblar, de qué sirve una caricia si no hay electricidad”. Las canciones son pequeñas lecciones de vida, bálsamos, pócimas mágicas para ver -cuando los antivirus no funcionan y te viene el bajón- los vasos medio llenos y seguir levantándote cada mañana con ilusión.

Miras el libro, más de 200 páginas, más de un centenar de canciones, diez álbumes... ¿Cómo ves tu carrera?

Si tuviese que juzgarla desde fuera, y sólo como cantante, diría que ha sido irregular. Aunque he trabajado mucho y hay más de 200 canciones inéditas que no he grabado y no aparecen en el libro. Pero yo soy más indulgente conmigo mismo porque quería mantener mi vocación de escritor y seguir publicando libros a la vez que discos, que no estaba dispuesto a sacrificar una de ellas y si tenía un gran éxito o me dejaba llevar, al final me sentiría frustrado. En todo caso, en los últimos años he invertido más tiempo y apostado por el poeta. Piensa que desde 2008 he publicado seis libros, he ganado algunos premios de  prestigio, he vuelto a Hiperión y sólo dos discos.

En este momento del camino, has cumplido 50 años, ¿podrías decir quiénes son y quiénes han sido tus maestros...?

Maestros del cine, la literatura, la fotografía, la pintura: infinitos. En música sigo escuchando a diario a Elvis Costello, REM, Neil Young, Radio Futura, los Doors, Billy Bragg, Dylan, Caetano Veloso, Paolo Conte, Jacques Brel, Lucio Dalla, David Silvyan, Vinicio Capossela, Richard Hawley, Tom Waits, Dead can dance, Nick Cave… Y también descubro artistas nuevos como Matt Elliot, The Swell Season…  

¿Cuál es tu propia canción favorita? ¿El tema dónde estás más tú, el que evoca un instante irrepetible, el que musicalmente te parece el más feliz?

Los nadadores, Golpes de mar, Los sueños se revelan, Necesito de tu magia. Me gustan mucho canciones nuevas que he compuesto hace poco como Un millón de tiritas o Una vela en la oscuridad que está dedicada a Félix Romeo. Esta última me puse a escribirla como un tema de amor pero a los cinco versos sentí que alguien me estaba dictando al oído, y era Félix con su vozarrón, que me llamaba Petismón cuando nos juntábamos en Madrid. Y fue muy hermoso, irrepetible, el momento en que la escribí. Félix me dictó esa canción para que nunca le olvidase y abandonase, una canción bálsamo para que yo pasase a otra fase del duelo, más serena y luminosa.      

¿Qué canción o canciones te habría gustado componer, qué álbum?

¡Serían tantas! Ahora te digo unas y mañana serían otras. Who by fire de Leonard Cohen, My generation de los Who, By this river de Brian Eno, A Hard Rain’s a-Gonna Fall o Knocking on heaven doors de Dylan, La javanaise de Gainsbourg... Álbumes completos: Rain Dogs o Closing Time de Tom Waits, Coles Corner de Richard Hawley, todo el Ne Me Quitte Pas de Brel, cualquier disco de Daniel Lanois….

Rescátanos algunas anécdotas muy especiales: ¿qué es lo más bonito que te ha ocurrido en la música?

La música me ha permitido viajar y pisar Asia, África, América, conocer gente increíble, llenarme de la vida de otros en situaciones límite. Gente que te escribe y te dice que cuando murió su abuelo pusieron en el acto de incineración Golpes de mar, conoces a un niño que se llama Noé porque a sus padres les encantaba mi canción Hola Noé! Un fan me pidió si podía ir a su boda y cantar en misa Yo cuidaré de ti como regalo para su esposa. Hace unos días me escribieron desde la capital de Tajikistán unos fans de Vitoria que iban de cicloviajeros haciendo la antigua Ruta de la Seda, sin ningún trasto para escuchar música, canturreando canciones mías por el valle del Surjandarya  en Uzbekistán. Creo que esos instantes de felicidad justifican tu paso por este mundo y hacen que todo haya valido la pena.

EL CORAZÓN DE ORO DE BARTALI

EL CORAZÓN DE ORO DE BARTALI

A PLENO SOL. 4 El ciclista italiano, de cuyo nacimiento se cumplen cien años, ganó dos Tours y dos Giros y fue el enconado rival de Coppi. Era huraño, conservador, muy creyente, pero escondía algunos secretos: jugándose el tipo, participó en una red de la resistencia al fascismo y al nazismo y salvó a 800 judíos.

 

El corazón de oro de Bartali

 

 

Julio es el mes del Tour. Parece que no va a ser 2014 el mejor año del ciclismo español en la ruta francesa, pero sí es un año muy especial, como se encargó de recordar Vincenzo Nibali hace unos días. El 18 de julio se cumplían cien años del nacimiento de uno de sus grandes héroes: Gino Bartali (1914-2000), que ganó la prueba en 1938 y 1948, y pugnó por el maillot amarillo en varias ocasiones más, en lucha feroz con Louison Bobet, que conquistó tres veces la ronda, con Hugo Koblet, que la ganó una, o con su gran rival y compatriota Fausto Coppi, que triunfó en 1949 y 1952, dos años magníficos para él porque también conquistó el Giro.

Si Coppi era conocido, por su elegancia y su talento, como La garza real, Bartali, de correr más agónico, puro tesón y ataques constantes, fue apodado El monje e incluso El monje volador, debido a un terrible accidente que sufrió en el Col de Laffrey en el Tour de 1937; chocó con un compañero, Rossi, en un puente de madera y voló peligrosamente por los aires. Hasta entonces había hecho una espléndida prueba: llevaba el maillot amarillo.

Gino Bartali fue un corredor de misteriosa personalidad. Arisco, descontento casi siempre, enojadizo; era conservador y muy creyente, lo cual también le acarreó otro mote, El piadoso, y algunos equívocos que nunca quiso desmentir. Se dedicó al ciclismo casi por casualidad: había nacido en el seno de una familia de campesinos de la Toscana, oficio que no debía satisfacerlo. Su padre le consiguió un empleo en un taller de bicicletas. Era tan voluntarioso que el dueño le regaló una bicicleta.

Ahí empezó todo. En 1936 y en 1937 conquistó el Giro de Italia. Por sus convicciones, decían que era el ciclista de Mussolini, que se sentía próximo al fascismo. El propio Duce se sintió más afín a él cuando logró ganar el Tour en 1938 con 24 años. En el Giro de 1939, tal como se cuenta en el libro ‘Ciclistas’ (Edumat, 2007), escrito por varios autores, ya dio muestras de un actitud muy caballerosa y solidaria. Peleaba por la carrera con Giovanni Valetti, ‘el Rojo’, campeón del año anterior y simpatizante de los comunistas; este se escapó y fue atrapado por “unos milicianos fascistas, vestidos de negro y con casco”, que “quisieron lincharle”, y fue Bartali quien se opuso. Quería una carrera limpia: Valetti venció de nuevo. Y dos años más tarde, Bartali removió medio mundo para que lo liberasen de la cárcel “adonde sus ideas políticas lo habían llevado”. Lo más curioso es que no lo reveló jamás. Lo hizo el propio Valetti, años después, cuando era un famoso sindicalista de la izquierda.

Gino Bartali siempre maldijo la II Guerra Mundial: diría que había acabado con los mejores años de su vida deportiva. Pero fue en ese periodo, en concreto entre 1943 y 1944, cuando se comportó como un héroe de la resistencia al fascismo y al nazismo. Participó en una red de apoyo al pueblo judío que coordinaba el antifascista Giorgio Nissim, que contó con la colaboración de numerosos sacerdotes y obispos. Bartali trasladaba con su bicicleta fotografías, documentos y pasaportes falsos que habían elaborado las imprentas clandestinas para salvar a los judíos italianos de los campos de exterminio. Llevaba los papeles en los tubulares y en el manillar. Solía ir equipado con un chándal con su nombre en letras bien grandes. Algunas veces lo detuvieron los soldados italianos y los alemanes, e incluso la policía secreta de Florencia. Bartali siempre les respondía que algún día acabaría la guerra y él debería seguir compitiendo. Era un deportista. Por lo regular, la gente lo vitoreaba. Corría tanto por montañas y por el llano que parecía que estaba intentando superar el récord de la hora. De esto nunca se supo nada en vida de Bartali, que falleció en el año 2000. Tres años después, los descendientes de Giorgio Nissim (1908-1976) encontraron entre sus papeles un diario donde se explicaba la red y se contabilizan 800 judíos salvados por el ciclista. Según algunas fuentes, más de 6.500 judíos italianos murieron en el Holocausto

Cuando finalizó la II Guerra Mundial, poco a poco regresaron las competiciones. Y entonces a Bartali le salió un gran rival, con el que ya había tenido sus más y sus menos en 1940: Fausto Coppi. Italia se dividió entre los seguidores de uno y del otro, y hubo muchos momentos épicos. Encarnaban la vieja y la nueva Italia, la derecha y la izquierda. Bartali, cinco años mayor, siguió demostrando su casta de campeón: el momento más decisivo fue el Tour de 1948. Aquel año no participó Coppi y Bartali había empezado con muy mal pie. A las primeras de cambio ya estaba muy alejado de la cabeza. En apariencia, no tenía ninguna posibilidad. Italia vivía una situación convulsa que se agravó con el atentado, por paramilitares fascistas, al líder comunista Palmiro Togliatti (1893-1964). Un día, en plena competición, Gino Bartali recibió la llamada del presidente Alcide de Gasperi; le dijo que había un clima de guerra civil y que sus compatriotas necesitaban algo muy grande: una victoria suya en el Tour.

El tesón, la terquedad, la fuerza y el heroísmo de Bartali lograron lo improbable: ganó en la decimotercera etapa y se hizo con el liderato de Louison Bobet en la siguiente. Y se coronó campeón, justo una década después de su primer triunfo. Bartali le pidió a Gasperi estar exento algún tiempo de pagar impuestos. Así lo hizo. El joven Giulio Andreotti le dijo que eso era imposible. El gladiador Gino Bartali –ambición, rabia y puro corazón-se retiró en 1954 a los 40 años.

 

EL ANECDOTARIO

 

Buzzati y Homero. Dino Buzzati (1906-1972) es un formidable cuentista. Su novela ‘El desierto de los tártaros’ figura entre las favoritas de Borges. En 1949, ‘Correre della Sera’ le encargó que hiciera la crónica del Giro de ese año que ganó Fausto Coppi y que fue el principio del fin de Gino Bartali (solo ganaría la Mila-San Remo de 1950), que peleó y peleó como siempre, sucio de barro, incansable, y sucumbió ante el nuevo campeón. Las crónicas proponen un retrato homérico de los dos héroes que luchan en “una prueba ciclista tan tremenda” y han sido recogidas en un libro: ‘El Giro de Italia’ (Gallo Nero. Traducción de David Paradela, 2014): “Bartali –aun siendo arisco y esquivo, aun sin ser consciente de ello- lleva en sí, como Héctor, el drama del hombre vencido por los dioses”, dice Buzzati.

1952. En el Tour de Francia, que ganaría Coppi, se produjo una de las anécdotas más curiosas de la rivalidad de los dos campeones. Coppi va delante y Bartali, detrás, en la ascensión al Galibier. Uno de ellos le pasó el bidón del agua al otro. ¿Quién se la pasó a quién? Bartali, que era huraño pero no presumido, dijo que se la había cedido él porque “Coppi iba reventado y no hubiera llegado a la meta”.