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Antón Castro

FERNANDO SANMARTÍN O MARLOW

FERNANDO SANMARTÍN O MARLOW

Fernando Sanmartín acaba de publicar un nuevo y breve libro: ‘Noticias sobre Zaragoza del capitán Marlow’ (Xordica). Es uno de esos libros personales y transparentes que pueden leerse como  las confidencias de un paseante y de un observador que acude al teatro, a dar un recital, a una presentación, al que le gusta subir a los taxis, oler ciertos perfumes de mujer, recordar a la joven Esperanza (casi un primer amor), ver exposiciones o citarse con una amiga del pasado. Es un libro de amor a la ciudad (Zaragoza, y otras ciudades), a la cultura, a las pequeñas cosas (desde abrir el buzón hasta mandar una postal o escuchar un disco) y de afecto hacia creadores, pintores, viajeros, plazas, hoteles. También hay detalles sutilísimos de humor y de amor a las sombras y a los mitos. Dice en la página 20:

“En el parque he sido peripatético, transparente, joven e impulsivo. Y he vivido momentos inolvidables. El último ha sido hablar por teléfono con Baudelaire, un poeta que está enterrado en el cementerio parisino de Montparnasse. Me reprochó que haya dejado de leerlo. Y tiene razón”.

 

Por ejemplo, cuenta esta historia de piscinas:

“Y también le gusta [nadar] a Agustín Sánchez Vidal, que iba a la piscina de las Palmeras y una alumna suya lo miraba escondida en sus gafas de sol, una alumna con vocación de revés, una alumna hermosa, posmoderna, llena de suspenses, que se enamoró del profesor Sánchez Vidal y compartía con él las caricias del cloro, solo eso, una alumna que me contaba sus deseos, su erotismo, y me hacía confesiones a mí, que nunca fui su profesor, confesiones que no debo confesar".

 

*Dos grandes amigos: José Luis Melero y Fernando Sanmartín, retratados por Lara Albuixech.

ANTONIO MACHADO, PILAR Y EL AMOR

Cuentos de domingo / Antón Castro

 

No sé de amor

 

Estamos en los tiempos del “no sé”. Nadie sabe nada o casi nada. Ni la infanta Cristina, ni Ana Mato, ni la mujer de García Becerril, ni Granados, el hacendado en Suiza. Ni Mariano Rajoy, que ha creado una escuela de pensamiento: la poética del tembleque o marianismo, como ha acuñado José Javier Rueda. Antonio Machado, con su torpe aliño indumentario, siempre se atrevió a decir y a advertir que en España siempre hay alguien o algo que nos parte el corazón. A él se lo partieron las dos Españas y también dos mujeres: la niña-ángel Leonor Izquierdo, que fue su primera esposa y murió pronto en la Soria del paraíso, y luego Pilar de Valderrama, a la que el poeta llamó Guiomar, que también fue el nombre con el que Jorge Manrique bautizó a su amada. Ella era 16 años más joven que el autor de ‘Campos de Castilla’. Era católica y de derechas, había sido pasada por el manto de la Virgen del Pilar a los cuarenta días de su nacimiento, residió en Zaragoza, y se había casado con Rafael Martínez Romarate, iluminador de escena. Escribió dos poemarios y una obra de teatro. Un día se enteró de que su marido había tenido una relación con una joven que se suicidó; eso señaló la ruptura entre ambos y acercó a Pilar a su poeta más admirado: Antonio Machado. Se habían conocido en 1928 en Segovia y vivieron durante ocho años un amor platónico. Machado la deseaba y la soñaba, paseaban de día y de noche, se citaban en el café de Salesas o en el Franco-Español, le envió más de un centenar de cartas y poemas y sintió auténticos celos. Jorge Guillén la definió como una criatura muy sensible; Cansinos Asséns elogió sus “grandes ojos pasionales” de mujer morena que tenía un exceso de ardor. Machado enristró sus mejores palabras: “preciosa, encanto, milagro, maravilla, diosa de mis entrañas”. Su quimera, acaso la última, fue casarse con ella. Pilar de Valderrama, por principios o por temor, no lo siguió a su último destino: Collioure. Allí, cerca de su madre y con toda la añoranza de la tierra, falleció el poeta con una certeza: “Todo amor es una fantasía”. Por eso tal vez, a menudo, resulte tan fácil decir “no sé”.

 

*Este texto aparece hoy en 'Heraldo de Aragón'.

 

He tomado la foto de Machado de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-19a7e5a142db7bc72fb339435b00ce57.jpg

Y la de Pilar de Valderrama de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-d39b99d27d8f93b30e727ac21fc87dae.jpg

 

IRAZOKI: TRES POEMAS EN PROSA

IRAZOKI: TRES POEMAS EN PROSA

[El poeta y narrador y crítico Francisco Javier Irazoki, con una intensa y larga trayectoria a sus espaldas, me envía tres poemas en prosa. La foto es de Barbara Loyer.]

TRES POEMAS EN PROSA DE

FRANCISCO JAVIER IRAZOKI  

   

 AUTORRETRATO

 Lo mejor de mi cara es la lechuza. Vive impasible, subida a unas zarzas blancas. A veces noto el roce de su plumaje amarillo en la frente, o de sus uñas negras que dan cuerda al tiempo en mis arrugas. Me desvela las noches en que caza demasiado, y las mujeres me consolaron al oír su graznido lúgubre cuando volaba. Si me pongo delante de un espejo, no puedo sostenerle la mirada.

 

(Del libro Los hombres intermitentes; editorial Hiperión)

 

                       

                                             *****

 

EJECUCIÓN DE LA INFANCIA

 

 

         Yo era espía en las vacaciones de invierno, y vigilaba a un vecino.

     Cada día, temprano, aquel hombre apuntaba con la escopeta al suelo blanco. Lo hacía casi sin reposo, hasta que se iban las mejores luces y empezaba a escarchar. Sus pasos silenciosos no interrumpían el sueño de las larvas.

    Una mañana como otras él mantuvo su mirada fija en un punto de la superficie y el dedo enroscado en el gatillo del arma, y esperó las palpitaciones subterráneas. Pero mi angustia disipó la escena. La figura del hombre subió descosida entre las ramas de los árboles.

     Desaparecido el cazador, perforé con manos de niño el montoncito de arcilla helada y dejé caer en el agujero mis regalos: orugas y lambrijas, o mariposas que volaban sin rumbo en las galerías de los topos.

      Pasé horas a la escucha del trote de los animales en la madriguera, como acaso ellos aguardaban mis pensamientos y gusanos.

      La realidad disparó mientras yo dormía. Allí estaba, sobre la hierba ensangrentada, el cuerpo abultado y suave del topo. Y sus ojos tapados por el pelo de mi infancia muerta.

     Palpé a solas, largamente, la tierra anochecida que aferraban sus uñas.

 

(Del libro Los hombres intermitentes; editorial Hiperión)

                                                            *****

 

MENÚ DEL CIELO                            

«Vas a morir, vas a morir», me repitió el cura que imponía silencio cuando debíamos acostarnos. Él se paseaba en el dormitorio de techos altos y paredes grises y, aunque ninguna luz estuviese encendida, lo veíamos acecharnos entre las hileras de camas y armarios. Nos despertaba al amanecer, con las mentes sacudidas por el sonido de una esquila, depositaba el desayuno y desaparecía después de anotar en su cuaderno la evolución de nuestras enfermedades.

      Los otros alumnos sanaron, y me quedé solo en la pieza. Mi fiebre no podía darle calor a un espacio tan grande, y me distraje recordando la llegada al seminario. Como cualquier viaje a los pueblos cercanos implicaba entonces una aventura de mapas extranjeros, el coche se perdió en la niebla. «El auto ha sentido la llamada de Dios», advertían mis familiares, y yo protesté sin ser oído por el conductor maldiciente, hasta que divisamos un enorme edificio de hormigón. Ya era viejo antes de estar acabado, con claraboyas nubladas y patios de gravilla suelta.  

        Me integré en una multitud de jóvenes uniformados. Decían la palabra espíritu con aspavientos de hombres ruidosos, sin renunciar a las envidias escolares o disputas deportivas, pero necesité su desorden en los campos de fútbol. También busqué esa compañía en el comedor donde vaciábamos las ollas repletas del rancho que una decena de novicios condimentaba únicamente con su soltería. Los curas se sentaban a una larga mesa con mantel, y cronometrábamos cada tiento que uno de ellos daba al vino, a la espera de otra marca atlética. La transubstanciación fue un buen invento para aquel vampiro tan aficionado a la sangre de Dios.   

       Los fines de semana varios profesores impartían clases de silbido contra un dictador e íbamos al centro del pueblo. Allí nos aguardaban las juventudes ateas, que con sus baldes de agua combatían nuestra mugre medieval y reducían ardores sexuales.

       Un día de invierno, en el recreo, fui empujado, caí de espaldas y quedé tendido junto a la portería de fútbol. El médico vino a tocar el dolor de mi columna vertebral.

      Eran los años en que algunos de aquellos curas bajaron a las fábricas con unas estampas de Karl Marx descubiertas en los evangelios. El que me vigilaba de noche escogió ese camino y esperé su cambio de actitud, pero aún dejaba sobre mi mesilla de enfermo la bandeja con el mismo desayuno: un vaso de leche, dos o tres tostadas y un poco de muerte para untarlas.

 

(Del libro Los hombres intermitentes; editorial Hiperión)

        

 

LOS MODLIN: DIÁLOGO CON PACO GÓMEZ

Paco Gómez (Madrid, 1971) es ingeniero de caminos, fotógrafo y escritor. Su libro ‘Los Modlin’ (Fracaso Books), mezcla de reportaje y novela, fue uno de los libros del año 201: una novela-reportaje. El pasado jueves lo presentaba, con diversas proyecciones, en Los Portadores de Sueños.

 

-¿Cómo llegó a los Modlin?

Hace diez años tras la muerte del último Modlin me encontré sus fotografías tiradas en una calle de Madrid

 

-¿Por qué tardó tanto tiempo en seguir el curso de las fotos que había encontrado en la basura?

Porque aquello no tenía orden aparente, era dificil a primera vista encontrar una conexión lógica conexión entre ellas, además yo en esa época fui padre y tenía otras prioridades en la vida.

 

-¿Qué le llamó la atención de esas piezas?

Pues que eran unas fotografías teatrales de una familia que se fotografiaba semidesnudos en la mayor parte de los casos. Fotografías experimentales muy diferentes de lo que todos relacionamos con un álbum familiar.

 

-Hablemos de cada personaje: de Elmer. Era actor, pero parece que lo que le caracteriza es su pasión por Margaret y su convicción de que es una magnífica artista, ¿no?

Así es, Elmer era una especie de escudero, de portavoz de la obra de su mujer. Defendía la misión mística de Margaret incluso más que ella y estaba convencido de que en un futuro el mundo se arrodillaría ante su pintura apocalíptica.

 

-Tenía, o tenían, amigos tan curiosos como Henry Miller. ¿Qué relación tuvieron con él?

Elmer le conoció en Hollywood, posiblemente en el restaurante vegetariano que los Modlin regentaron durante una época. También conocieron a Anais Nin y otros intelectuales. Los Modlin se aferraron a Miller como plataforma de lanzamiento para alcanzar la fama, mantuvieron correspondencia y Margaret le pintó dos retratos. Miller les contestaba pero parece que más por compromiso. Ellos decían que Miller tuvo mucha influencia en ellos a la hora de establecerse en Europa.

 

-¿Cómo define la pintura de Margaret? ¿Por qué tiene esa obsesión con la divinidad?

La pintura de Margaret está centrada en un extraño sentido del color, la mística, la simbología, el secretismo y la religión, elementos que la llevaron a una total incomprensión en su época. El interés para mi principal es la inclusión de su propia familia como personajes de sus cuadros y la utilización genial de la fotografía en el proceso creativo.  Es una obra pasada de moda en el momento en el que se pintó, muy difícil de observar y muy difícil de entender. Margaret era muy religiosa sin duda por la influencia de su educación en iglesias integristas de su Carolina del Sur natal y esa religiosidad la trasladó de una forma extraña a su pintura.

 

-¿Qué le parece la relación que tenía con su hijo, al que veía como un dios?

Pues una relación un tanto obsesiva por cada poro de su piel que sin duda influyó de forma definitiva en la personalidad de Nelson. Entre lo bueno creo que está que le volvió una persona hipersensible y entre lo malo que le complicó sus relaciones personales: Nelson supo distanciarse a tiempo de la locura intelectual de sus padres. 

 

- Nelson parece un personaje fascinante y a la vez enigmático. ¿En qué residía su encanto?

En su altura, en su voz, en su belleza, en su humor… Los que le conocían decían que era una persona de esas que dicen que ocupa un espacio mayor que su cuerpo y que casi emite luz. Me hubiera gustado conocerle.

 

-Recuérdenos brevemente sus historias de amor…

Tuvo varias mujeres: una bailarina llamada Berta,  la presentadora de telediario Olga Barrio, una guía turística llamada Susana y al final de su vida la italiana Mónica Fornasieri con la que no pudo casarse porque la muerte le llegó antes.

 

¿Le ha dolido la indiferencia y el silencio de Olga Barrio?

En su día sí porque me interesaba mucho su testimonio y no conseguí nada, no entendía que tecla había tocado para negarse incluso a hablar de Nelson. Pero bueno al final entendí que había que respetar ese derecho al silencio aunque decidí incluirla porque era parte de la historia.

 

¿En qué momento se dio cuenta de que tenía entre las manos una historia especial?

Al leer un artículo que la periodista Susana Hidalgo escribió en ‘El País’ en el que hablaba de los cuadros de una pintora que se pudrían en un piso de Madrid. Yo tenía sus documentos en una caja en mi casa.

 

-Tenían algo de iluminados y también de conservadores. ¿Por qué les atraía tanto Franco?

Le admiraban porque para ellos era un soldado cristiano. Representaba una época en que ellos fueron muy felices y además le quisieron utilizar también para alcanzar la fama pintándole un retrato que pretendieron que Patrimonio Nacional les comprase. Compra que fue frustrada por el atentado contra Carrero Blanco.

 

-¿Qué es lo más curioso, bello o inquietante que le ha pasado con estos personajes?

La serie de casualidades que se sucedieron en la investigación y que me da hasta vergüenza enumerarlas y la instalación desde entonces de los Modlin en mis sueños.

 

*Todas las fotos pertenecen al libro de Paco Gómez. Este texto, casi en su totalidad, apareció el jueves en 'Heraldo de Aragón'.

 

GONZALO DEL CAMPO ANTOLÍN: TEXTOS

GONZALO DEL CAMPO ANTOLÍN: TEXTOS

TEXTOS DE GONZALO DEL CAMPO ANTOLÍN

Ayer, en Aínsa o L’Ainsa, me encontré con un viejo amigo: escritor, profesor de historia y otras muchas cosas: Gonzalo del Campo Antolín. Sigue escribiendo: cuentos, más de 50 ha redactado, poemas, impresiones, etc. Le he pedido algunas cosas y me envías algunas piezas. Empezamos con "este pequeño homenje al librero de viejo Inocencio Ruiz Lasla, que pertenece a una serie de escritos sobre Zaragoza que he titulado ’Desde el balcón del Alba" y un poema del mismo libro". Gonzalo también me envía esta foto y algunos textos más que irán apareciendo poco a poco.

 

 

LA LIBRERÍA DE DON INOCENCIO

Era un rincón oscuro de una ciudad invadida por la niebla, cuando no por el viento. Una ancha acera de adoquines separando altos edificios, entre los que casi nunca se colaba el sol. En verano, yo buscaba con placer el silencio y la sombra de aquel lugar, desprendido, casi por milagro, del bullicio. Allí, junto al entonces fantasmal pasaje de los Giles, una luz diminuta, como la de un hogar que escarbase la noche, estaba la librería de Inocencio Ruiz.

Era un hombre menudo y sabio, que permanecía quieto, tras su breve mostrador, repleto de libros viejos o usados.

Cuando comencé a frecuentar su humilde tienda, aún entraban en ella libros antiguos y, tal vez Inocencio albergase la esperanza de que su hijo se animase a llevar el negocio.

No era raro ver cubiertas de pergamino, ni cantoneras de cuero con las letras del título en dorado y las primeras páginas decoradas en papel de aguas. Era, por aquel entonces, el único librero con tienda propia, aparte de los vendedores del rastro, que moviese el libro antiguo. Podías preguntarle por cualquiera, porque él te pondría en la pista del cuando y el donde de las ediciones. Llegó a escribir, incluso, una gran bibliografía sobre los libros editados en Zaragoza desde la invención de la imprenta.

De los muchos libros que recuerdo haber visto en los estantes, uno que jamás faltó en cualquier ocasión fue “La Forja de un Rebelde” de Arturo Barea. Quizá por eso, a pesar del aspecto frágil y enfermizo de Inocencio, lo imaginaba como un héroe de la retaguardia antifranquista. Desde aquel agujero abarrotado de libros se me antojaba un maqui de la cultura y más al descubrir ejemplares de Ruedo Ibérico, considerados por entonces panfletos subversivos.

Era un placer prolongar la estancia en aquel pequeño santuario. Detenerse a leer las contraportadas, descubrir la letra manuscrita de antiguos dueños, sentir el crujido de la vieja tarima de madera y aquella campanilla que sonaba al abrirse la puerta, por la que entraba una bocanada de frío y niebla, que obligaba a Inocencio a taparse la boca con su eterna bufanda.

Allí permaneció hasta después de cumplir los setenta, cada vez con más achaques, obligado a no jubilarse para poder mantener a su familia, sin un hijo que se hiciese cargo de aquella librería de la que poco a poco desaparecieron los libros antiguos, los clientes y yo mismo, pues me fui a vivir lejos.

Cuando volví solo quedaba el rótulo de “Libro viejo y de ocasión”, bajo él un espacio vacío y oscuro que hacía definitivamente inhóspito aquel desangelado rincón de una ciudad habitada por la niebla y el viento

 

 

 

 

BLUES DE LA CALLE  DEL “SEPULCRO”

 

 

Hay, payo, desnudeces

que irritan al alma,

hambres que no se curan

en una hartá.

 

Como hormigas

lamiendo la tierra,

los restos del  harto,

en el plástico verde

de un contenedor

 

De cabeza en la noche,

adoquines de hielo

alumbran al alba,

en la soledad.

 

En el cielo,

la última estrella

refleja en el Ebro

su turbio mirar

 

Es el blues

de los ángeles negros

que cruzan la noche

en puro vagar

bajo los luceros

y las luminarias

vendiendo los sueños

con los churumbeles

cargados al cuello

remando en el cierzo

y en la oscuridad

 

En la esquina los charcos

reflejan su sombra,

y en el puente de piedra

los carros se aguantan

sin machos en su bambolear.

 

Las gaviotas del alba

en su vuelo

extienden las alas

sobre el deambular

 

Los bohemios

en lunas de invierno

escarchas del alba

solo beberán 

 

*La foto de Inocencio Ruiz Lasala la he tomado de aquí...

 

 

JORGE MARTÍNEZ LUCENA HABLA DE 'NEGRO', SOBRE FÉLIX ROMEO

[Jorge Martínez Lucena acaba de publicar en Libros del K. O. el libro 'Negro', la crónica de su fascinación hacia Félix Romeo Pescador, al que no llegó a conocer. El libro es, sobre todo, un intento de dialogar con el autor de 'Amarillo' a través de su personalidad y sus libros.]

-¿Cómo nace la idea de escribir un libro sobre Félix Romeo?

Un amor a primera vista. Como cuento en el libro, lo trajo hacia mí la marea de Facebook provocada por su muerte. Alguien que tenía tantos amigos y que era tan querido por sus amigos tenía que ser alguien interesante, por fuerza. Sólo tuve que leer Amarillo para entender que ir al fondo de aquello iba a valer la pena. Tenía un nosequé muy vivo con lo que sintonizaba a las mil maravillas. Era una experiencia como la de leer a Dan Fante o a David Vann, pero sin tener que irme a California, Nueva York o Alaska. Se producía mi identificación con alguien que habitaba un mundo parecido al mío. Su amigo se había suicidado a tres calles de donde yo he vivido treinta años y aquella acera que yo había paseado sin prestarle atención en la calle Borrell, era ahora un surtidor de literatura. Era como leer en cada página un neón que decía: en tu vida también hay literatura. Y me subí a ese carro…

 

-¿Qué tres o cuatro ideas o percepciones te atrajeron de él?

Me repito, pero la cantidad de amigos que tenía un tipo como él, que no era Philip Seymour Hoffman ni David Foster Wallace. Yo mismo lo recuerdo vagamente de la Mandrágora. Pero es como cuando vas a un entierro en un pueblo de La Rioja y la gente no cabe en una iglesia en la que caben mil personas y ves llegar a una muchedumbre a pie desde los pueblos de alrededor y amontonarse fuera en silencio. Entonces te das cuenta de que la vida de esa persona ha valido la pena. Eso atrae, sin duda, pese a que se trata de algo triste.

En segundo lugar, creo que hay en su Amarillo y en su Noche de los enamorados una tensión que para mí define la mejor literatura. Cuando te cuentan una historia que podría ser la tuya o la de alguien que conoces y, sin que el escritor use emboscadas sentimentales al estilo Los puentes de Madison, empiezas a darte cuenta de que aquella historia pequeña cuenta algo que te hace saltar el corazón. Ahí entendieses que si vieses la vida como aquel escritor la monotonía de tu vida desaparecería y vivirías con una intensidad increíble.

Además, me atrae de Félix su pasión por los imposibles como la democracia, la amistad, el perdón, los regalos, el amor,… Con esto no quiero decir que Félix sea un iluso. Todo lo contrario. Creo que defender y desear los imposibles es precisamente lo que nos hace humanos, como cuenta Derrida.

 

-¿Qué papel jugaron los amigos en este libro, empezando por Pepe Cerdá?

Sin Pepe Cerdá este libro quizás no habría empezado a escribirse en mi cabeza. Uno acumula razones para hacer algo pero también se intenta construir un argumentario inconsciente que frena el proyecto, que lo delimita. Yo me había contentado a mí mismo escribiendo un post sobre Félix en mi blog. Cuando Pepe dejó un comentario en él sin conocerme de nada y afirmando que le había parecido precioso lo que yo decía sobre Félix y que a él le hubiese encantado, todo se puso en marcha y vencieron las razones a favor de la aventura…

Pero después no ha sido sólo Félix. Hay una lista larguísima de amigos más o menos cercanos suyos que han colaborado conmigo, que me han acercado a él. Gente del cine. Multitud de escritores. Editores. Periodistas. Profesores. Pintores. Todos me han contado historias, pedazos de su tiempo juntos que se arrancaban de sus recuerdos personales, y por ello les estoy tremendamente agradecidos…

-Dices: “Félix. No es que mi vida haya dado un vuelco radical al leerte. Pero en algunas cosas me he sentido identificado contigo”. ¿En cuáles en concreto?

Fuá. En muchas, pero quizás para mí ha sido por un tiempo como un hermano mayor, como un tipo que encarna mi generación a los cuarenta años, cuando la vida llega a su teórica mitad y no sabes bien por qué empiezas a preguntarte si no estás perdiendo el tiempo haciendo lo que haces y todas esas cosas profundas. Identificarme con alguien como él, brillante, hiperactivo, y querido por muchos, que había muerto a tan temprana edad me ha permitido contestarme a preguntas del tipo: si te murieses tú como él, a los 43 años, ¿la cosa habría valido la pena? O quizás deberías hacer más como él y arriesgar más por lo que crees que es lo importante. En eso, por ejemplo, me siento cercano a él: creo que hay que poner toda la carne en el asador cuando percibes que ahí te juegas ser tú o pasar a transformarte en una versión edulcorada de ti mismo.

También me identifico con él en su amor a la libertad (me parece que sin libertad no se puede hacer nada interesante), a su mujer y a las cosas concretas bellas como los macarrones de mamá o ciertos libros sobre literatura-vida.

 -¿Por qué decides armar el libro como si le escribieras a Félix o hablaras con él?

Ponerte a escribir sobre alguien que ha muerto, al que no conocías de nada, y hacerlo además a partir de los testimonios de muchos de sus amigos, que para más inri son tipos que escriben muy bien y que saben cómo se deben hacer las cosas en este mundo de la literatura, no es una tarea en la que uno se sienta demasiado cómodo. Por eso, a fin de evitar en mí la tendencia periodística a aventar trapos sucios, he hecho determinadas opciones formales que me permitiesen escribir relacionándome con su presencia. Por eso le hablo. También por eso intento adoptar determinadas opciones expresivas que Félix utilizaba en su literatura. En Amarillo le habla a Chusé Izuel, un amigo que se suicidó. Pero además he procurado mantener la desnudez de las frases, las repeticiones, las listas, su lirismo surgido del detalle. Como dice Malcolm parecía que escribía borradores de libros, más que libros. Huía de cocinar demasiado las cosas, dejando espacios en blanco para que el lector los poblara con su vida, o por lo menos eso me parece a mí. Yo intento, en este sentido, no sólo darle espacio al lector, sino también a Félix.

  

-“Puede que se piense que exagero si te digo que te he conocido en tus amigos”, afirma, y a la vez Mariano Gistaín dice que él vive “como si estuvieses vivo”. ¿Qué conclusión extraes de una sensación tan generalizada? ¿Qué relación especial tenía Félix con sus amigos, cómo les marcaba o influía?

Creo que los grandes hombres dejan huella. Esto parece un anuncio de after shave de los ochenta, pero creo que es verdad, aunque habría que decirlo de otro modo para no sonar a embaucador. Entiendo que la vida es una especie de infección que se contagia. Los mejores de entre nosotros viven más y por eso la contagian más. La vida es una especie de vibración indescifrable que hace vibrar. Si uno vibra leyendo Amarillo, cómo no lo va a hacer teniendo a este hombre al lado. Hay ciertas personas cuya compañía es un privilegio porque te hacen la vida mejor. Félix era una de esas personas y eso no se olvida, aunque dejan un silencio ensordecedor, como me dijo la madre de Félix y he puesto en el subtítulo: “desde que te fuiste se nota el silencio”. Pero claro, todo silencio es algo que revela una presencia. Por eso Mariano Gistáin, un tipo de gran sensibilidad, no deja de percibirlo. O la misma Cristina Grande, su primera pareja, que me contó lo mismo.

¿Es la amistad el principal atributo de Félix? Citas una frase muy feliz de Pérez Lasheras: “creías en la amistad como otros creen en la vida eterna”.

Creo que era un gran amigo de sus amigos. Y creo que hay algo de eterno o inolvidable o inmortal en ello, como te acabo de explicar.

 ¿Qué has aprendido del Félix escritor y lector? ¿Cómo vivía, según tus conclusiones, la literatura, el periodismo?

Con riesgo. Me admira su libertad ante las situaciones. No velaba por su seguridad laboral. Era un freelance que sólo trabajaba con quien quería trabajar con él. Rompía contratos firmados a su favor porque percibía que no se le quería. Escribía su página Iluminaciones en ABC no pensando en lo que querría el lector medio de ese periódico sino haciendo lo que a él le parecía más interesante en cada momento.

Como lector fue voraz. Me da envidia. Leía como un poseso. Aunque es verdad que su opción de vida le daba un tiempo que otros no tenemos. También era un lector original e inteligente. Se ve leyendo sus críticas. Sorprende. 

¿Cómo le defines como escritor? ¿Ha sido, esencialmente, un escritor en periódicos y revistas?

Félix ha escrito mucho más en periódicos y revistas. Eso está fuera de toda duda. Es un dato. Pero aunque sus “novelas” hayan sido pocas, a mí me parecen muy interesantes y suficientes como para hablar de alguien con una voz potente y atractiva. En cuanto a sus artículos y críticas también son muy suyos. Muchas veces parecen insospechadas constelaciones de imágenes o ideas que producen una sensación de actividad cerebral hipertrófica y radical, algo que cuadra mucho con lo que me han contado de él.

Hay un Félix comprometido con la libertad, con la justicia, contrario a todo relativismo. ¿Cómo has tratado este asunto?

Félix es un talibán de la libertad y de la democracia. Lo ha subrayado de nuevo Ramón González Férriz en Letras Libres, reseñando la recopilación de textos de Félix editada recientemente por Xordica, y me parece innegable, y por eso lo he querido retratar en anécdotas como la del calvo que le hizo al Ministerio de Igualdad o citando alguno de sus artículos más virulentos contra el Islam, en que él se convertía en el mayor defensor de la mujer. No tenía nada de multiculturalista. El relativismo era una de las cosas que le podían cabrear de lo lindo.  

 

 

 

¿Qué importancia tuvo el amor en la vida de Félix? Hablas de Cristina y de Lina, rastreas un amor fugaz que ha desaparecido, Nuria, reflexionas sobre su amor a la mujer...

Todo el mundo me ha contado que para él el amor era algo fundamental. Le recetaba a todo el mundo enamorarse y él no dejaba de hacer locuras de amor. En el libro explico cómo consiguió que Cristina Grande no le dejara la primera vez que hizo el intento de ello. Fue una astracanada fantástica. Lo consiguió publicándole a Cristina su primer libro de relatos en horas. También explico cómo estaba cambiando en cosas sorprendentes debido a su relación con Lina. Siempre había sido un urbanita que odiaba el campo y la naturaleza y, sin embargo, últimamente estaba viviendo en San Mateo de Gállego. No sé, creo que de algún modo extraño, se podría decir que Cristina y Lina hicieron surgir dos Félix distintos. Quizás por eso digo en el libro que Nuria, la chica con la que tuvo una corta relación entre Cristina y Lina, es el gran misterio del libro. Quizás entrevistarla me hubiese permitido rastrear elementos de ese cambio en Félix.

Pepe Cerdá, que es muy importante en el libro, escribió en su blog: “Félix ha muerto angustiado por su porvenir” y Mariano Gistaín también habla de la decepción de saber que un trabajo como el suyo ya no se pagaba. O ya no se pagaría.. ¿En qué medida has constatado esta decepción de Félix?

La he constatado por los testimonios de diferentes amigos de Félix. No sólo Pepe y Mariano. Muchos me han contado cómo la pérdida de su página en ABC y la crisis generalizada en el sector, estaban reduciendo drásticamente sus ingresos, y él lo fue comentando a unos y a otros. Seguía cobrando del Heraldo y alguna colaboración esporádica, pero poco más. Tenía un hipoteca que pagar y según tengo entendido, en los últimos tiempos sus padres habían vuelto a pagarle la contribución de su piso en Conde de Aranda.

No eludes los lugares oscuros de Félix: un viaje con Cristina, su tendencia a la discusión, sus monumentales cabreos y luego la mala conciencia, esos correos en los que asume que se ha pasado.

Negro no es una biografía, como explico en el anexo del final. Pero lo que nunca he querido que fuese es una hagiografía. Creo que por todos tenemos nuestro talón de Aquiles, y parte de la grandeza de nuestra vida está en que los que están alrededor no nos midan por ello. Creo que en el caso de Félix es evidente que en ocasiones tenía arrebatos dialécticos violentos que intento reflejar en el libro. Pero lo verdaderamente interesante es que su grandeza era tal que incluso viendo cómo a veces podía mear fuera de tiesto uno lo reconoce como igualmente excepcional. Es lo que he intentado mostrar en el libro, que un tipo como tú y como yo, con sus miserias, es alguien extremadamente excepcional. Eso es una esperanza para todos.

 

 

 

Dices: “Tú eres el mejor valedor de la cultura”. ¿Cuál es la importancia y la presencia de Félix en las letras y en la cultura españolas?

Me parece que es uno de los que, desde “Dibujos animados” hasta cada uno de sus artículos, más ha colaborado en la disolución de la frontera entre la alta y la baja cultura en la literatura de nuestro país. Hablo de su incorporación del mundo pop a la literatura en sus escritos. Gracias a él y a otros cuantos como Loriga, mi generación y las posteriores se han podido reconocer en la literatura española.

Da la sensación de que te ha quedado un Félix muy zaragozano. ¿Ha sido deliberado?

No. Hasta donde sé lo era… Aunque quizás esta condición de zaragozano de mi Félix tenga que ver con mi fascinación por Zaragoza. Con este libro yo he redescubierto Zaragoza en varios aspectos. Para mí Zaragoza eran el Pilar y las gasolineras de Alfajarín, Vía Augusta, etc. Por eso me gustó tanto la serie de cuadros hooperianos que tiene Pepe Cerdá, donde se dedica a retratar gasolineras, y le pedí una gasolinera amarilla para la portada del libro. Y ahora me he dado cuenta de que hay vida en Zaragoza y de que hay una vida cultural de un calibre insospechado… De todos modos, he procurado retratar las conexiones madrileñas y barcelonesas de Félix, que eran muchas…

 ¿Por qué tiene tan poca presencia José Antonio Labordeta?

Porque no le podía entrevistar, por razones obvias. Lo cual no quiere decir que no sea consciente de la importancia de José Antonio Labordeta para Félix. La muerte de Labordeta, un año antes que la de Félix, fue un palo inmenso para él. Muchos me han dicho que fue su segundo padre y creo que en Negro aparece por lo menos un par de veces. Sin embargo, la de Labordeta no es la única ausencia. Tampoco pude cuadrar agenda con Miguel Mena, con Julio José Ordovás, con Martín Casariego, y con muchos otros me tuve que conformar con una mínima conversación telefónica. Pero el caso es que, reconociendo que el libro hubiese ganado en rasgos biográficos con estas adendas y con muchas otras, mi intención no era la de hacer una biografía de Félix. Al escribir este libro me interesaba más lo que Félix despierta en mí que trasmitir la realidad pulquérrima de la existencia de Félix, que por otra parte me parece inaccesible para cualquiera, aunque es verdad que muchos pueden protagonizar a este respecto intentos menos irónicos que el mío…

 Dices: “Solo ser maño te hacía ser ciudadano del mundo”. ¿Cómo se explica esta paradoja?

Las paradojas lo son porque no se pueden explicar, pero si tenemos que hacer el intento, quizás podemos recurrir a aquel adagio clásico de que vocación y misión coinciden. Es decir, que si Félix no hubiese sido profundamente maño no hubiese aportado toda la riqueza que ha aportado al mundo, del uno al otro confín. Si no hubiese ido al instituto al que fue no hubiese conocido a Ramón Acín, a Antonio Fernández Lasheras, a Ignacio Martínez de Pisón, a Luis Alegre, etc. y no hubiese extendido su influencia como un manto interminable de encendida amistad. Aunque quizás divago.

¿Qué intentas reflejar de ti mismo en este espejo negro?

Que a los cuarenta años uno tiene la oportunidad de hacerse de nuevo determinadas preguntas que Félix me permite formular e incluso responder sin demasiado esfuerzo. Preguntas del tipo: ¿Tienes una vida auténtica? ¿Qué es la autenticidad? ¿Dedicas la vida a lo que realmente quieres dedicarla? ¿Hasta dónde hay que arriesgar para vivir de esto de la escritura? ¿Hay amistades para siempre?, etc. Aunque esto parece el guión de un anuncio, es como me sale… 

Un libro es una lección, una aventura. Si tuvieras que resumir esta aventura, estas entrevistas, esta obsesión, qué dirías...

Negro es la aventura de descubrir que la vida lleva dentro una intensidad que muchas veces nos pasa desapercibida. Félix tenía el secreto.

ANTONIO SERRANO CUETO: MICROS

 

Antonio Serrano Cueto, gaditano y experto en lenguas clásicas, es poeta y narrador. Domina como pocos el microrrelato. Hoy tiene la cortesía de enviarme tres cuentos breves que tienen su sello, su sentido poético, su ironía, su energía expresiva y narrativa.

 


Textos: Antonio SERRANO CUETO  I

LA ESTACIÓN DE LAS NIDADAS

 

Mis amigos Sonia y Javier acordaron poner fin a una década de vida conyugal el día en que descubrieron excrementos de murciélago bajo la cama del dormitorio. Hasta entonces habían anidado en la habitación matrimonial numerosas parejas de aves de albo plumaje, que, según las estaciones del año, alternaban sus estancias o compartían el mismo hábitat en armoniosa y gárrula convivencia.

Las primeras en aparecer fueron las ocas canadienses, tras un vuelo transoceánico que las dejó exhaustas. Pese a que en la casa reinaba el clima mediterráneo, las ocas se adaptaron con admirable prontitud y el hogar no tardó en llenarse de graznidos sagrados. Antes de emigrar hacia otras latitudes con sus crías, aún coincidieron durante una corta etapa con un par de flamencos —garbosa estampa como ninguna— que se instalaron junto a la cómoda de caoba.

Después llegaron hermanados en el cielo los cisnes y las cigüeñas. Traían haces de ramas secas en los picos para la fábrica de los nidos. Los cisnes escogieron la mesilla de noche del lado de Sonia, mientras que las cigüeñas aplicaban barro y paja en los brazos de la lámpara del techo crotorando sin descanso.

La estancia más tumultuosa fue sin duda la de las palomas, de suyo tan inquietas y volubles. Se acomodaron en una estantería junto al armario y en pocas jornadas la hembra empollaba dos huevos. Apenas las crías empezaron a volar con autonomía, la familia levantó el vuelo en dirección a los aleros de la iglesia próxima, atalaya excelente para controlar la llegada a la plaza de los ancianos con bolsas de pan.

La última fase del matrimonio se caracterizó por la afluencia de las visitas internacionales, ya que estuvo presidida por una pareja de garzas reales procedentes de Venezuela, otra de cacatúas galeritas nativas de Oceanía y una tercera de pelícanos llegados desde la remota Mongolia.

Al marcharse todas las aves y quedar el dormitorio desierto, la armonía se quebró y Sonia y Javier aceptaron que su matrimonio había entrado en fase terminal. Porque en tanto había vida en los humedales y cantos en las ramas de la tupida arboleda, las desavenencias y el desapego crecientes reposaban sobre un lecho ilusorio, de albo y mullido plumaje.

’Zona de incertidumbre’

 

ENERGÚMENOS

En el alféizar de mi ventana duerme un energúmeno. Esta mañana me he levantado, he ido al baño, he vuelto a la habitación y, al asomarme por la ventana, zas, ahí estaba. Un energúmeno. Se preguntarán: ¿cómo sabe que es un energúmeno, si está dormido? Porque tienen dos rasgos que los definen y los delatan en la multitud: la cabeza pequeña y la boca enorme. Ya, ya sé que hay mucha gente así, pero al energúmeno lo ves venir. No hace falta más. Te dices: ése que viene por ahí es un energúmeno, y aciertas, y siempre tiene la cabeza pequeña y la boca enorme.

Vino solo, pero, como todo energúmeno es animal de compañía, ahora hay dos más durmiendo en el alféizar de mi ventana. Antes yo veía el jardín del parque, con su estanque, sus patos y sus columpios, pero ahora me asomo a la ventana y sólo veo a tres energúmenos durmientes. ¿Qué buscan en mi casa, si yo soy un ciudadano de vida gris y costumbres planas? Aunque, bien pensado, ¿por qué ha de esconder algún propósito el hecho de que tres energúmenos duerman ovillados en el alféizar de mi ventana?

Esta mañana se han sumado tres energúmenas, así que ya tengo completa la media docena. ¡Cómo se ha complicado todo! Con un energúmeno dormido en el alféizar se podía convivir, sin embargo ahora vivo asustado. Temo sobre todo que se despierten, follen sin parar y se reproduzcan. Imaginan, cientos de energumenitos pululando por el alféizar de mi ventana con sus cabezas pequeñas y sus bocas grandes. Por si acaso, he decidido dejar de regarlos.

 

’Fuera pijamas’, Barcelona, Ayuntamiento de Montcada-Debarris, 2011, p. 14.

 

IN & OUT

 

Como todos los días desde que lo inventaron, pasa las horas recostado sobre su oscuro lecho de plata. A pesar de que ha sabido ingeniárselas muy bien para sobrevivir en tan adversas condiciones, aceptando sin rechistar la soledad de su destino legendario, no ha logrado acostumbrarse a la terca adherencia de ese frío en la espalda. Tampoco a la sorda quietud dentro y fuera. Ahora todo está a punto de cambiar. De repente, una agitación violenta sacude el habitáculo como si se tratase de un sonajero en manos de un niño. Nuestro genial morador se golpea y queda magullado en el suelo, más expectante que temeroso. Entonces advierte que la temperatura comienza a subir en el interior. Es un calorcillo agradable y envolvente que parece emanar de las paredes. Más aún: es una caricia que le lleva a evocar el roce de los dedos amorosos de su madre en la remota piel de su infancia. Por primera vez siente que aquel recinto imperfecto es su hogar y, decidido a reconducir su vida intramuros, se lamenta de haber dedicado tantas horas a fabricar deseos para el caminante que lo liberase del encierro. Pero de pronto su felicidad se estrella contra las piedras tan bruscamente, que el genio no acierta a comprender qué está ocurriendo fuera de la lámpara.

 

’Fuera pijamas’, Barcelona, Ayuntamiento de Montcada-Debarris, 2011, p. 18.

 Tomo la foto de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-383be95d3a82f6f6e1c4442fdd5b96b6.jpg

 

-La segunda foto de Romualdas Rakauskas la tomo de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-fa2790bfb0f7f81a799c1d39f69a82b5.jpeg

JORGE SANZ BARAJAS: DIÁLOGO

JORGE SANZ BARAJAS: DIÁLOGO

LITERATURA. JORGE SANZ BARAJAS. El escritor y profesor publica ‘Las hadas muertas’, una novela detectivesca, criminal y literaria que presentará hoy en Cálamo acompañado por Chesús Yuste

 

 

 

“La novela policial debe dejar

más preguntas que respuestas”

 

Jorge Sanz Barajas (Zaragoza, 1967), profesor de literatura y experto en la figura de José Bergamín, publica una insólita novela: ‘Las hadas muertas’ (Sibirana). Él mismo resume así el argumento: “En el barrio de Las Fuentes, una serie de crímenes que simulan cuentos de hadas o relatos pone en jaque a la policía, incapaz de dar con el móvil. Merencio es un investigador –muy a su pesar- que cree que todo ha sido escrito ya en algún libro y basta con encontrar los párrafos adecuados para dar con el criminal. Vive solo aunque visita a diario a su padre, un viejo linotipista jubilado y enfermo de Alzheimer, y a su perro Eugenio. Un día se le aloja en casa Roque, un antiguo amigo rebotado de cartujo un poco salido y…” Una mujer aparece muerta. Y luego otra, y después otra, en lo que parece un ritual de crímenes en serie.

Dice: ‘Las hadas existen’. O lo dice el protagonista. ¿Cómo son, por dónde andan? 

Estoy convencido de que existen. Son como el azar de Cortázar: enredan, lían, lo desordenan todo. Sartre tiene una obra de teatro, ‘Barioná , el hijo del trueno’ en la que dice que los ángeles son personas cuyas manos llegan a donde no llegan los demás o a donde Dios mismo no llega. Labordeta, por ejemplo, para mí era eso. Tenía “duende”, esa capacidad de crear felicidad en los demás; hay gente que tiene un hada debajo del sombrero. Cuando de niño leía los cuentos de Perrault o Andersen, en aquellas ediciones de Bruguera o Juventud, no podía imaginar un mundo sin hadas. Hoy, vista la cantidad de brujas que pululan por ahí, hadas tiene que haber, digo yo. Merencio, el protagonista, cree en las hadas porque tiene la cabeza llena de duendes. Algunos lo llaman “intuición”.

¿Cómo nació la idea del libro? ¿Tenía en la cabeza a Lawrence Blok o a Chesterton? 

En mi cabeza está Chesterton, sin duda: la ‘Ortodoxia’  es uno de mis libros de cabecera,  la forma de razonar del Padre Brown, los ensayos sobre cómo escribir relatos policíacos. Sus paradojas y su afilado sentido del humor me dan mucho alimento narrativo. La idea del libro surgió hace tiempo precisamente tras la lectura de un libro de Chesterton (no diré cuál para no dar pistas). A Merencio como investigador ‘sui generis’ lo llevaba “a cuestas” desde hacía tiempo por otras historias.

¿Cuál es su idea de la novela policial?

Creo que la novela policial debe dejar más preguntas que respuestas. Últimamente estamos viendo novelas que inquietan poco y resuelven demasiado. Todo es química o biológicamente lógico, parecen ensayos científicos más que novelas. Por otra parte, la novela policial, como la negra, deben servir para denunciar las corruptelas del sistema.

¿Podríamos decir que es una novela intelectual sobre asesinos de mujeres en serie?

No, es más bien la historia de un investigador, Merencio, hijo del barrio de Las Fuentes, un ‘tión’ urbano, al que siempre le caen líos así. En la mente de quien comete los crímenes apenas entramos pero de la de Merencio apenas salimos.

¿Qué clima le interesaba investigar o analizar?

El de un barrio mítico, en el que hace años, cualquier domingo por la tarde, la gente aparcaba el coche y desembarcaba cajas de hortalizas que acababa de coger en el pueblo, jugábamos en las graveras y bebíamos a escondidas en bares cutres. Un barrio donde tipos como Merencio, perdedores pero dignos, hospitalarios, cultísimos, eran habituales. En este barrio aún encuentras una librería al lado de un burdel.

Centrémonos en Fernando Merencio, traductor de Wallace Stevens,  divorciado, raro...

Un cráneo privilegiado: es traductor y tiene un ‘background’ idiomático inmenso, las citas le bullen a borbotones, está enfermo de literatura como Vila- Matas, y siempre encuentra la cita que explica algo. Cree que todo está ya escrito por ahí y siente un inmenso aprecio por la buena tradición literaria, que lee y traduce.

¿Ha conocido algún colaborador así con la policía?

Imposible, lo habría despedido el ministro del ramo.

¿Qué le debe esta novela a su condición de profesor?

Bueno: soy mejor lector que nada. Y un buen profe debe leer porque si no, no enamora. La clase de Lengua es el arte de enamorarlos por los libros, y no se me da mal del todo (a veces…) Pero la novela se puede leer prescindiendo de las referencias. Se queda más en novela criminal y menos en clave lírica, que la tiene.

 ¿Cuál es la importancia del humor, de la ironía?

Es fundamental. Yo me tomo a mí mismo muy poco en serio. Si mi ego se revuelve, en casa o los amigos me lo ponen al día sin problema. Tengo muchos motivos para reírme de mí, así que me queda poco tiempo para reírme de los demás.

La novela sucede en Las Fuentes. ¿Es un barrio de novela negra?

Sí. Un paseo de noche por la calle Rusiñol o Batalla de Lepanto sobrecoge a cualquiera… Han pasado cosas delirantes en nuestro barrio, desde el secuestro de Quini hasta mil cosas más. Se dice que Las Fuentes tiene más bares que toda Noruega. Y más talento. ¡Cómo si no han salido genios como Félix Romeo, Las Novias, y tanta gente más que no dice que es de Las Fuentes por pudor…!

LA FICHA

Las hadas muertas. Jorge Sanz Barajas. Sibirana: colección Las ínsulas extrañas. Zaragoza, 2014. 245 páginas.