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Antón Castro

LUIS POUSA Y SU VIAJES LITERARIOS

LUIS POUSA Y SU VIAJES LITERARIOS

QUÉ BELLO ES VIVIR

Medio mundo se pone en marcha. Es recomendable viajar con ‘Breviario del bus’ (Rey Lear, 2013) de Luis Pousa

 

El lector de reojo en bus, trole y tranvía

 

ANTÓN CASTRO

En los autobuses, tranvías, troles y buses urbanos han pasado muchas cosas. Al poeta Miguel Labordeta le encantaba desplazarse en el lento sestear de los tranvías de los domingos; Luis del Val celebró parte de su boda en una tranvía con jardinera; Fermín Otín Traid le dedicó un volumen a los trayectos del bus 38. Javier Tomeo escribió un ‘Cuento del autobús’.

Estas son fechas de continuos viajes. De idas y retornos. Quizá para aquellos que viven aventuras en el bus, ya sea urbano o interurbano, redactó Luis Pousa un delicioso libro, ‘Breviario del bus’ (Rey Lear, Madrid, 2013), ilustrado por Miguel Ángel Martín. Lo  prologa Enrique Vila-Matas, autor de un libro que se titula ‘El viajero más lento’; Vila-Matas posee un finísimo oído y es capaz de captar lo mágico, lo inquietante y lo inverosímil en un autobús que recorre el barrio de Gracia.

Pousa afirma que “el mejor vehículo para ver el largometraje de lo cotidiano es el autobús”. En ese recorrido más o menos ilusorio, a través de la literatura y los libros, aborda una figura curiosa como el lector de reojo, al que define como “un gorrón incansable de la tinta ajena”. En el autobús, como han demostrado Calvino, Cortázar o el citado Vil-Matas, se oye de todo: a veces música dodecafónica, a la manera de Arnold Schöenberg, o poesía ultraísta. En los trolebuses de la infancia se perdían las carteras amarillas, que había que había que recuperar en las cocheras lejanas, situadas en el quinto infierno. A veces las carteras se quedaban ahí, deambulando como aquel “muerto al que le pegó un infarto y dicen que viaja dando vueltas sin parar del metro de Nueva York”.

También han tenido mucha importancia las estaciones -que “mantienen un eco clandestino en el que se mezclan los personajes equívocos de una fauna nocturna”-, los buses nocturnos y los desaparecidos. Luis Pousa se interroga, como sugería Cortázar: ¿volverán a casa toda la gente que va al fútbol? La pregunta parece oportuna. Es frecuente el ladrón de autobuses, pero no solo el caco ocasional de pequeños objetos o carteras, sino los del propio automóvil. Pousa recuerda a un carterista gallego, esposado, que se justificó así: “Coño, solo quería ver si el mar de Asturias era igual que el nuestro”. Ante la incredulidad del policía, agregó: “Pues yo diría que el mar tiene aquí un gris diferente”.

El autobús ha fascinado a muchos escritores. Gómez de la Serna les dedicó algunas páginas en ‘Automoribundia’ y algunas greguerías; Martin Amis confesó que la primera palabra que aprendió a decir fue “bus” y que “solía montarme en ellos y viajar sin rumbo fijo durante horas, y un día tras otro”. Mario Benedetti se subía a lomos de su infancia para recuperar aquel “tranvía 36 colorado de la Comercial”… Kafka era partidario de los tranvías y escribió hace ahora un siglo en sus cuadernos: “Sentarse en el rincón del tranvía eléctrico, envolviéndose en el abrigo”. Walt Whitman y Paul Bowles fueron partidarios de viajar, y Georges Perec, autor de ‘La vida instrucciones de uso’, fue “un viajero intrépido del transporte urbano”.

Una de las anécdotas más divertidas la vivió otro enamorado del autobús: el gallego Julio Camba, que trabajó de corresponsal en Francia, intentó entrevistar a Anatole France acerca de su pasión por el ómnibus. Como no estaba en casa, le hizo la entrevista a su asistenta. Ella le confirmó que “también eso de los ómnibus es una manía. [Anatole France es] Un señor que dispone de un automóvil magnífico”. El transgresor Bukowski escribió en ‘Nirvana’ la historia de un bus que se pierde en la nieve quizá para siempre y al ritmo de la voz de Tom Waits.

Se puede viajar desde casa con la imaginación: Fernando Pessoa solía hacerlo. Luis Pousa parece, como Cela, más partidario del coche de línea, quizá por aquello de que “cuando el autobús se echa a andar, la gente se va acoplando”. Las paradas son importantes, y el autor nos recuerda que “hay paradas de la nada en Wasco (California), en los Monegros, en Arteixo o Chantada (...) Con una parada de la nada se puede levantar el mundo”.

 

*Este texto aparecía en Heraldo, en la sección 'Qué bello es vivir' que coordina Christian Peribáñez.

 

RETRATO SIN BARBA DE FIN DE 2013

RETRATO SIN BARBA DE FIN DE 2013

Hacía muchos años que no me había afeitado la barba, quizá desde 1997. Acabo de hacerlo y este es el resultado, nada alentador. Mi hija Sara me dice que parezco más gallego que nunca. Y mi hijo Jorge me ha dicho que me va a retirar el saludo si no me vuelvo a dejar la barba.

Javier Delgado me vio así ante el VIPS y disparó la foto. No fue la primera; antes lo hicieron Pedro Etura y Vicente Almazán.

POEMA DE ALMUDENA VIDORRETA

Almudena Vidorreta (Zaragoza, 1986) acaba de publicar el poemario ‘Días animales’ (La Gruta de las palabras. PUZ), un libro de amor y desamor, de pasión y ausencia, de las heridas del adiós, de la obsesión de los recuerdos. Un libro intenso que insiste en algunos logros de ‘Lengua de mapa’. Uno de los poemas más impresionantes se titula ‘Adorno’ y aquí está el que da título al libro. La fotografía es de China Hamilton.

 

 

DÍAS ANIMALES

 

Días animales,

ácido en los párpados,

pintarte las uñas

con la sangre que me sobra

y dejar que la vida pase,

con su alegría y sus luces,

hasta el fondo de la habitación.

Maúllan cucarachas

en los rincones del baño

pero su música en la noche

me parece clásica.

Días animales:

una bestia a oscuras

y a la mañana siguiente,

un insecto en la lámpara.

Mariposa muerta.

LUCAS CEPERO: EL AMOR Y LA BALA

QUÉ BELLO ES VIVIR. La increíble historia del fotógrafo de HERALDO, asesinado en 1924 por “un amante despechado”

 

Lucas Cepero, una bala a contraluz

 

PIE DE FOTO. DPZ/ CORTESÍA DE HDEZ. LATAS

Autorretrato de Lucas Cepero, a los 31 años, en ‘El Prineo nevado’.  

 

La vida es impredecible. A veces suceden cosas que abonan la idea de que vivir es habitar un cuento que tiene diversas ramificaciones. Hace un par de días, en el café Octavus de Utebo, me encontré con una colección de siete fotografías de Lucas Cepero, al que en varias ocasiones calificaron como “el intrépido Cepero”. Eran copias de gran formato de estampas que había tomado en Utebo en 1922: paisajes donde se veían los campos, las vías del tren, la impresionante torre mudéjar y una especie de almacén o de nave donde se podía leer: “Compro alfalfa”.

Esa misma tarde, gracias al pedagogo y escritor Víctor Juan, coordinador de la revista ‘Rolde’ cuyo sumario me mostró, volví a encontrarme con ese nombre: uno de los grandes historiadores de los orígenes de la fotografía en Aragón, José Antonio Hernández Latas, publicará en la revista dos artículos sobre este espléndido profesional que combinó la foto de reportaje con el retrato y la foto aérea. Dicen que fue el primero en tomar vistas desde una avioneta de la ciudad de Zaragoza, en concreto en 1920. Hernández Latas ha seguido sus pasos y ha fijado su fecha de nacimiento en Monegrillo en 1881.

¿Quién fue Lucas Cepero? Podría decirse que es, en cierto modo, un fotógrafo de leyenda: por el eco de su trabajo, por sus años en HERALDO (fue el sucesor de Gustavo Freudenthal y de Aurelio Grasa), y por su muerte: fue abatido por un balazo en la plaza de Sas, el 12 de noviembre de 1924 por “un marido despechado”. Los periódicos de la época, ‘ABC’ y ‘La Vanguardia’ entre ellos, se hicieron eco de su muerte: decían que Cepero y su adversario venían discutiendo y pegándose desde la calle San Gil. Allí tenía su estudio el artista pero parece que Cepero salía de una fiesta a beneficio de la Asociación de la Prensa, en el Teatro Principal. Algunas crónicas de prensa afirman que Cepero y Pablo Calvo Lezcano “tenían resentimientos mutuos”; se cruzaron golpes en la calle Estébanes y todo concluyó con un disparo en la contigua calle del Pez.

Cepero intentó encontrar un médico o alivio al impacto de la bala, entró en la farmacia Zatorre y allí se murió. Para entonces Pilar Larpa Maluenda, esposa del chófer, hacía ya cuatro meses que se había recluido en el convento de las Oblatas. A Pablo Calvo le pidieron seis años y un día de prisión y 6.000 pesetas para la viuda de Cepero, pero finalmente, algunos meses más tarde, fue absuelto. Al parecer se consideró un atenuante decisivo que Lucas Cepero había ofendido muy gravemente al chófer y a su esposa.

No he podido leer los artículos de Hernández Latas, pero me han dicho Víctor Juan y el bibliófilo José Luis Melero que ha hecho “otro de sus grandes trabajos”: ha visitado la tumba de Cepero, ha seguido el proceso judicial contra su agresor Calvo Lezcano, que era conductor, y ha encontrado espléndidos materiales. De la revista ‘El Pirineo nevado’ (1915), José Antonio Hernández Latas ha rescatado este autorretrato del artista. Esa publicación alude a otro momento especial de su carrera, que cuenta así José Luis Vázquez en su libro ‘25+8 años (1977-2010)’: “Muy comentada fue su gesta en la que, aislado en el balneario de Panticosa, experimentó y sufrió el frío intenso de copiosas nevadas para obtener imágenes del crudo invierno de 1915”.

Además de trabajar en HERALDO, Lucas Cepero colaboró con varios periódicos nacionales como ‘ABC’, publicó sus fotos en revistas como ‘La Esfera’ y ‘Blanco y negro’, realizó reproducciones de arte del Museo de Zaragoza y, entre otros temas, compuso colecciones sobre la Basílica del Pilar, las fiestas de Zaragoza o la serie ‘Zaragoza Monumental y Artística’.  Otra de sus aportaciones más valiosas fue un álbum de Zaragoza, donde ensayó “el contraluz polarizado con intención de conseguir efectos nocturnos”, como se escribió en un libro. Su viuda asumió la dirección del estudio tras su muerte e incorporó a Manuel Coyne como retocador y a César Gracia Cepero, su sobrino. De hecho, el nuevo taller se llamó Viuda de Cepero y Sobrino de Cepero e intentó hacer honor a un profesional que ha sido calificado como  “verdadero artista de la fotografía moderna”.

FERNANDO ANDÚ, HOY, EN CÁLAMO

FERNANDO ANDÚ, HOY, EN CÁLAMO

FERNANDO ANDÚ PRESENTA 'DIFERENCIAS', HOY EN CÁLAMO
Hoy viernes, a las 20 horas, en la librería Cálamo, se presenta el nuevo poemario de Fernando Andú: 'Diferencias', que ha publicado el sello Eclipsados de Nacho Escuín. Lo acompañarán los poetas Alfredo Saldaña y José Antonio Sáez. He aquí dos poemas que me envía Fernando Andú.

Fernando me ha escrito esta mañana y dice: “'Diferencias' es un homenaje a todas las personas que han desfilado por mi vida en los últimos veinticinco años, algunas de los cuales, como mi madre y mi padre, que en paz descanse, me han visto ir y venir por los vericuetos que traza el libro desde la distancia.  El poemario, como verás, es una especie de biotopografía: aparecen lugares -unos más secretos que otros- y vivencias asociados a ellos, el amor, el desamor, la desesperación, la esperanza, etc.”

CIMA


queda
la roca roja
y la herrumbre del día

y un desierto de lava
bajo el sol
descarnado

el sopor
en el vértigo

la cárcava del aire

un óxido
que horada
cuajos de sangre
y sueños

lo que se agosta
dentro de mí

(donde mi vida
minada


ADUAR


del país
del si Dios quiere
os traigo nuevas

la del odre picado
se planta
y llora

en sus manos
adobe
que insuave amasa
con recuerdo de río
y tamarices

donde nadie responde
moré
entre adives

prendí
mis torres

fui
pródigo en cenizas

en esta hora

sobre una rambla
abrazo
nubes

masco tuera
y aguardo
un fuego amigo

 

*He tomado la foto de Fernando Andú del blog de Fernando Sarría.

LOS MODLIN, POR PACO GÓMEZ

LOS MODLIN, POR PACO GÓMEZ

QUÉ BELLO ES VIVIR.

El escritor y periodista Paco Gómez siguió durante diez años la pista de una familia norteamericana

 

Los Modlin: arte, locura y Apocalipsis

 

Uno de los retratos de los Modlin: Margaret pinta uno de sus cuadros con modelo. ARCHIVO GÓMEZ /FRACASO BOOKS

 

“Diez años han pasado desde que los Modlin irrumpieron en mi vida por azar. Ha sido una experiencia intensa e irrepetible persiguiendo las sombras y los sueños de unas personas a las que nunca conocí”. Así abre Paco Gómez (Madrid, 1971), escritor y fotógrafo, la crónica de una búsqueda obsesiva: ‘Los Modlin’ (Fracaso Books). Todo comienza cuando su cuñado Marcos, en la primavera de 2003, le llama y le dice que vaya a “echarle una ojeada a una montaña de fotografías que alguien acaba de tirar al suelo” en la calle del Pez de Madrid. Paco Gómez, que fue asistente del fotógrafo y experto en revelado Juan Manuel Castro Prieto, es un enamorado de los objetos que se encuentran en las basuras e incluso llegó a trabajar de basurero.

Acudió de inmediato y aún pudo rescatar un buen puñado de fotos. Gómez se pregunta: “¿A quién pertenecían aquellas imágenes? ¿Qué tipo de persona puede tirar unas fotografías tan íntimas?”. Tardó casi un año y medio en volver a ellas: entonces, se dio cuenta de que se repetían tres personajes. Una pareja adulta y un joven adolescente que “posaba teatralmente, clamaba al cielo en ropa interior con los brazos en alto, mirando al sol, como si esperase recibir el maná divino o sujetara objetos invisibles”. El hombre maduro hacía lo mismo. En una foto, Gómez descubrió que saludaba a actores tan conocidos como Antonio Ferrandis o José Sacristán y que ella aparecía en una fotografía con Ángela Molina.

Poco a poco, a este “detective de pacotilla”, como se define Paco Gómez, le sonríe el azar: un día le hace una foto a su amigo el fotógrafo Juan Millás y ve que en su estudio hay un marco con cuatro pequeños retratos de “una mujer de rasgos judíos, nariz grande y ojos almendrados. Tenía el pelo negro como el carbón y un aire a Maria Callas”. Su amigo le dice que se llama Margaret y que “fue una pintora famosa que murió”. Esa instantánea se la había regalado a Millás una amiga que la había encontrado en la calle del Pez la misma noche en que él había ido a recoger las fotos.

Gómez casi se puso histérico: puso en Google “Margaret, pintora y calle del Pez”, y apareció un reportaje de ‘El País’ donde se decía que se esperaba un mecenas para salvar la obra de la pintora americana Margaret Modley Modlin, que había fallecido en 1998. En el artículo se decía también que cuando Margaret falleció, “su marido Elmer se sumió en la desesperación y quiso que todo se dejase como su mujer lo había dejado”. Gómez logró entrar en aquella casa fantasmal y arrasada por el polvo.

Gómez siguió un auténtico sendero de pistas que se bifurcan y recompuso la biografía de esta familia enigmática. Elmer, el padre, había sido actor, testimonial o secundario, de muchas películas, entre ellas ‘La semilla del diablo’ de Roman Polanski. Era un amigo y admirador del escritor Henry Miller. Pacifista convencido, se había casado con la rica Margaret y creía sinceramente que ella era una grandísima pintora. Ambos pensaban que, en los años 60, Estados Unidos iba hacia una guerra segura y se vinieron a España. Él aquí continuó haciendo pequeños papeles y ella hacía cuadros más bien relamidos, parecidos a algunos de Dalí, que hablaban de la divinidad y del Apocalipsis. Tanto Elmer como su hijo Nelson solían ser sus modelos. Margaret trabajaba a partir de fotos e idolatraba a su hijo Nelson: lo consideraba algo así como un dios. El joven, muy inteligente y en apariencia pragmático, intentó alejarse de aquel ambiente enfermizo. Fue capaz de convertirse en un empresario solvente del mundo del cine, grabó anuncios y vivió varias historias de amor: la más famosa fue con la presentadora de TVE Olga Barrio (la única que no ha querido hablar), y finalmente, igual que le había pasado a su madre, falleció de un infarto de corazón en su último refugio: Brihuega.

Los cuadros se quedaron un tiempo en la casa de la calle del Pez; luego pasaron a los bajos de un colegio de Móstoles y al parecer ahí siguen. Las pesquisas de Paco Gómez han dado lugar a una novela y un documental de Sergio Oskman, que ganó el premio Goya de 2012. “Los Modlin lo habían sacrificado todo para alcanzar la fama”, dice. La realidad casi siempre dicta las historias más inverosímiles.

 

NICOLÁS MULLER, EN LA FÁBRICA

NICOLÁS MULLER, EN LA FÁBRICA

QUÉ BELLO ES VIVIR

 

El judío errante que domesticó la luz

 

La historia de Nicolás Muller, el fotógrafo húngaro que retrató la España de posguerra, en un volumen de La Fábrica

 

Hungría ha sido tierra de fotógrafos. Allí nacieron algunos de los más grandes del siglo XX como André Kertész, Robert Capa, Brassaï, Martin Munkacsi o Kati Horna. También nació Nicolás Muller (Oroshza, 1913- Andrín, Asturias, 2000) que, para algunos, encarna a un judío errante de la fotografía. Hijo de abogado, creció hasta los once años en su pueblo y recibió por entonces su primera cámara. Le gustaba mucho adentrarse en el secreto de las cocinas y oír historias; a los seis años fue golpeado, apaleado e insultado al grito de “judío de mierda”. Embrujado por la cámara de fotos, intentaría sablear a familiares y amigos para adquirir películas y líquidos de revelado.

Estudió Derecho y Ciencias Políticas, pero pronto decidió que aquel no iba a ser su mundo. Hungría era un país convulso, dominado por los poderosos. La gente vivía en un régimen que parecía de esclavitud. Quizá por ello, con un grupo de intelectuales y amigos, Los descubridores de las aldeas, Nicolás Muller hizo tres volúmenes, ‘Descubrimiento de Hungría’, donde denunciaba la dura vida de la gente del campo. Sus fotos son estremecedoras: captan las penalidades de los campesinos, de los trabajadores que drenan los ríos, de las lavanderas; captan los viñedos, las ferias o las escuelas judías. Más tarde, por razones políticas y la expansión de Hitler, se trasladaría a París y a Marsella. Allí registrará la actividad portuaria, la expresividad de los niños y la fuerza enigmática de algunos rostros. Más tarde se desplazaría a Portugal, sobre todo entre 1938 y 1939, y se convertiría en el narrador visual del puerto de Oporto y sus moradores.

La II Guerra Mundial lo llevará al protectorado español en Marruecos. A Tetuán y Tánger, sobre todo. Le interesaba todo: la calle, los zocos, la blanca geometría de las casas, las bailarinas, los desnudos; a esa época pertenecen de sus mejores fotos: ‘El galgo y la modelo’ (1940) y su ‘Desnudo’ (1940) más onírico y sensual. Hacia 1946, conoció a Fernando Vela, secretario de José Ortega y Gasset, que se convertiría en su protector.

Colaboraría con la ‘Revista de Occidente’, fijaría su residencia en Madrid y acabará conociendo y retratando a los grandes intelectuales del momento: al citado Ortega, que dirá “Nicolás Muller tiene la luz domesticada”, a Pío Baroja, Azorín, Cela o Dionisio Ridruejo, “quizá el más entrañable de todos”, entre otros muchos. También retrató a los aragoneses Pablo Serrano, Pedro Laín Entralgo o Luis Galve. “Me gustaba hacer retratos para conocer al personaje”, confesó. A lo largo de los años, realizó fotografías para monografías sobre Cataluña, Andalucía, Baleares, Canarias, País Vasco y Cantabria. Y firmó libros sobre ‘El paisaje español’ o ‘La huella judía en España’.

Nicolás Muller es una estupenda propuesta navideña: pueden verse sus ‘Obras Maestras’ en la Sala Canal en Madrid, bajo la dirección de Chema Conesa, o en un libro extraordinario, que ha publicado La Fábrica, con textos de Conesa y Pilar Rubio Remiro, y los ‘recuerdos’ de Muller. Sus fotos exaltan la complejidad de existir, las fiestas, los paisajes, el estupor y la calma de los ancianos, la soledad de los pueblos. Nicolás Muller tenía un admirable sentido narrativo y plástico, y documentó como nadie los cambios de la vida española. Dijo: “La fotografía es arte si detrás del objetivo está el artista”. Él lo era: un artista de la intensidad, de la emoción y de la belleza. Un artista inolvidable.

 

BAROJA, POR MARCHAMALO Y SANTOS

BAROJA, POR MARCHAMALO Y SANTOS

Pío Baroja con zapatillas, manta y estufa

 

‘Retrato de Baroja con abrigo’ de Jesús Marchamalo y el oscense Antonio Santos]

 

Hace un par de años se publicó un monográfico sobre ‘El árbol de la ciencia’ de Pío Baroja (1872-1956). Al escritor y periodista Jesús Marchamalo (Madrid, 1960) –autor de uno de los libros infantiles del año: ‘Palabras’, que ilustró Mónica Gutiérrez Serna para Kalandraka- le encargaron que escribiera un retrato del autor de ‘La busca’ y él optó por trazar un daguerrotipo de interiores: la existencia, más o menos anodina, del autor en zapatillas, con su gato, con su pluma, con sus dos abrigos y con su soledad de ermitaño un tanto cascarrabias.

El retrato de ancianidad arrancaba así: “Tenía Baroja un gato, negro como el de los cuentos de brujas, y dos abrigos. Uno oscuro, de paño, de diario, y algo raído, y otro que guardaba en el armario, gris, para los ocasiones especiales”. El texto situaba a Baroja en un momento en que grababa para el cine. Ante el torbellino de cables que iban de habitación en habitación, que cruzaban los pasillos y la mesa camilla, ante “la luz homicida de los focos”, el novelista dijo: “¿Todo esto consumirá con mucha electricidad, no?”. Ya entonces, la corriente resultaba cara.

Ese texto cayó en las manos de un editor tan apasionado como Diego Moreno, del sello Nórdica. Ahora acaba de aparecer en una edición ilustrada por el oscense Antonio Santos (Huesca, 1955), ‘Retrato de Baroja con abrigo’, un libro de bolsillo para leer y mirar y sonreír. Lo fue a visitar pocos días antes de su muerte, lo vio envuelto en uno de sus abrigos y la manta que se colocaba sobre las piernas y le dedicó un ejemplar de su libro ‘Adiós a las armas’: “A usted, don Pío, que tanto nos enseñó a los que, siendo jóvenes, queríamos ser escritores”. El día que supo que su amigo había muerto, un 30 de octubre de 1956 en que nevó en Madrid, el duro y correoso Hemingway no pudo reprimir sus lágrimas. Todo ello lo cuenta Marchamalo.

Félix Romeo (Zaragoza, 1968-Madrid, 2011) escribió un artículo irónico y brillante donde afirmaba que “todos los escritores son aragoneses”. Pío Baroja lo era con más motivos: escribió novelas que suceden en Aragón como ‘Los confidentes audaces’, ‘La venta de Mirambel’ o ‘La nave de los locos’, y se presentó a diputado por Fraga. El libro está dedicado a otros dos autores zaragozanos: Javier Goñi (Zaragoza, 1952) y Manuel Longares, de ascendencia aragonesa, que vivió algún tiempo en la ciudad.

Pío Baroja amaba los gatos. En la calla Mendizábal, donde vivió con su madre, cuidaba dos gatos: Chepa y Apitita. Luego se trasladó a la calle Ruiz de Alarcón y tuvo otro felino doméstico: Miki, que “andaba siempre cerca de la estufa –la chubesqui- en el salón de aquella casa suya fría como el aliento de la muerte”. En casa, Baroja, además de las zapatillas de felpa, llevaba bufanda, las solapas subidas y boina. Quizá por todo ello “alguien dijo que Baroja es uno de los personajes literarios más fotogénicos de su época”. Sale muy bien en las fotos.

Marchamalo también cuenta el famoso incidente que tuvo con los carlistas durante la Guerra Civil; tras un barullo de discusiones, en el que asomó una pistola, “parece que don Pío, pálido como un folio, le llamó cochino carlista” a uno de ellos. Lo prendieron, lo llevaron al calabozo y a la mañana siguiente acudió a buscarlo su nieto Julio Caro Baroja, y “escoltado por un grupo de requetés, se marchó a Francia”. Y también se cuentan las últimas visitas que recibió de Cela, González-Ruano, etc., que le llevaban dulces. Baroja era goloso.

Antonio Santos le ha hecho varios retratos, realmente espléndidos, que presentan al solitario en su laberinto. Todo un clásico de traje gris o negro que solía fumar tabaco rubio y que adoraba el chocolate.

 

*De la serie navideña, 'Qué bello es vivir', que publico todos los días en Heraldo de Aragón. Ilustración de Antonio Santos.