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Antón Castro

NICOLÁS MULLER, EN LA FÁBRICA

NICOLÁS MULLER, EN LA FÁBRICA

QUÉ BELLO ES VIVIR

 

El judío errante que domesticó la luz

 

La historia de Nicolás Muller, el fotógrafo húngaro que retrató la España de posguerra, en un volumen de La Fábrica

 

Hungría ha sido tierra de fotógrafos. Allí nacieron algunos de los más grandes del siglo XX como André Kertész, Robert Capa, Brassaï, Martin Munkacsi o Kati Horna. También nació Nicolás Muller (Oroshza, 1913- Andrín, Asturias, 2000) que, para algunos, encarna a un judío errante de la fotografía. Hijo de abogado, creció hasta los once años en su pueblo y recibió por entonces su primera cámara. Le gustaba mucho adentrarse en el secreto de las cocinas y oír historias; a los seis años fue golpeado, apaleado e insultado al grito de “judío de mierda”. Embrujado por la cámara de fotos, intentaría sablear a familiares y amigos para adquirir películas y líquidos de revelado.

Estudió Derecho y Ciencias Políticas, pero pronto decidió que aquel no iba a ser su mundo. Hungría era un país convulso, dominado por los poderosos. La gente vivía en un régimen que parecía de esclavitud. Quizá por ello, con un grupo de intelectuales y amigos, Los descubridores de las aldeas, Nicolás Muller hizo tres volúmenes, ‘Descubrimiento de Hungría’, donde denunciaba la dura vida de la gente del campo. Sus fotos son estremecedoras: captan las penalidades de los campesinos, de los trabajadores que drenan los ríos, de las lavanderas; captan los viñedos, las ferias o las escuelas judías. Más tarde, por razones políticas y la expansión de Hitler, se trasladaría a París y a Marsella. Allí registrará la actividad portuaria, la expresividad de los niños y la fuerza enigmática de algunos rostros. Más tarde se desplazaría a Portugal, sobre todo entre 1938 y 1939, y se convertiría en el narrador visual del puerto de Oporto y sus moradores.

La II Guerra Mundial lo llevará al protectorado español en Marruecos. A Tetuán y Tánger, sobre todo. Le interesaba todo: la calle, los zocos, la blanca geometría de las casas, las bailarinas, los desnudos; a esa época pertenecen de sus mejores fotos: ‘El galgo y la modelo’ (1940) y su ‘Desnudo’ (1940) más onírico y sensual. Hacia 1946, conoció a Fernando Vela, secretario de José Ortega y Gasset, que se convertiría en su protector.

Colaboraría con la ‘Revista de Occidente’, fijaría su residencia en Madrid y acabará conociendo y retratando a los grandes intelectuales del momento: al citado Ortega, que dirá “Nicolás Muller tiene la luz domesticada”, a Pío Baroja, Azorín, Cela o Dionisio Ridruejo, “quizá el más entrañable de todos”, entre otros muchos. También retrató a los aragoneses Pablo Serrano, Pedro Laín Entralgo o Luis Galve. “Me gustaba hacer retratos para conocer al personaje”, confesó. A lo largo de los años, realizó fotografías para monografías sobre Cataluña, Andalucía, Baleares, Canarias, País Vasco y Cantabria. Y firmó libros sobre ‘El paisaje español’ o ‘La huella judía en España’.

Nicolás Muller es una estupenda propuesta navideña: pueden verse sus ‘Obras Maestras’ en la Sala Canal en Madrid, bajo la dirección de Chema Conesa, o en un libro extraordinario, que ha publicado La Fábrica, con textos de Conesa y Pilar Rubio Remiro, y los ‘recuerdos’ de Muller. Sus fotos exaltan la complejidad de existir, las fiestas, los paisajes, el estupor y la calma de los ancianos, la soledad de los pueblos. Nicolás Muller tenía un admirable sentido narrativo y plástico, y documentó como nadie los cambios de la vida española. Dijo: “La fotografía es arte si detrás del objetivo está el artista”. Él lo era: un artista de la intensidad, de la emoción y de la belleza. Un artista inolvidable.

 

BAROJA, POR MARCHAMALO Y SANTOS

BAROJA, POR MARCHAMALO Y SANTOS

Pío Baroja con zapatillas, manta y estufa

 

‘Retrato de Baroja con abrigo’ de Jesús Marchamalo y el oscense Antonio Santos]

 

Hace un par de años se publicó un monográfico sobre ‘El árbol de la ciencia’ de Pío Baroja (1872-1956). Al escritor y periodista Jesús Marchamalo (Madrid, 1960) –autor de uno de los libros infantiles del año: ‘Palabras’, que ilustró Mónica Gutiérrez Serna para Kalandraka- le encargaron que escribiera un retrato del autor de ‘La busca’ y él optó por trazar un daguerrotipo de interiores: la existencia, más o menos anodina, del autor en zapatillas, con su gato, con su pluma, con sus dos abrigos y con su soledad de ermitaño un tanto cascarrabias.

El retrato de ancianidad arrancaba así: “Tenía Baroja un gato, negro como el de los cuentos de brujas, y dos abrigos. Uno oscuro, de paño, de diario, y algo raído, y otro que guardaba en el armario, gris, para los ocasiones especiales”. El texto situaba a Baroja en un momento en que grababa para el cine. Ante el torbellino de cables que iban de habitación en habitación, que cruzaban los pasillos y la mesa camilla, ante “la luz homicida de los focos”, el novelista dijo: “¿Todo esto consumirá con mucha electricidad, no?”. Ya entonces, la corriente resultaba cara.

Ese texto cayó en las manos de un editor tan apasionado como Diego Moreno, del sello Nórdica. Ahora acaba de aparecer en una edición ilustrada por el oscense Antonio Santos (Huesca, 1955), ‘Retrato de Baroja con abrigo’, un libro de bolsillo para leer y mirar y sonreír. Lo fue a visitar pocos días antes de su muerte, lo vio envuelto en uno de sus abrigos y la manta que se colocaba sobre las piernas y le dedicó un ejemplar de su libro ‘Adiós a las armas’: “A usted, don Pío, que tanto nos enseñó a los que, siendo jóvenes, queríamos ser escritores”. El día que supo que su amigo había muerto, un 30 de octubre de 1956 en que nevó en Madrid, el duro y correoso Hemingway no pudo reprimir sus lágrimas. Todo ello lo cuenta Marchamalo.

Félix Romeo (Zaragoza, 1968-Madrid, 2011) escribió un artículo irónico y brillante donde afirmaba que “todos los escritores son aragoneses”. Pío Baroja lo era con más motivos: escribió novelas que suceden en Aragón como ‘Los confidentes audaces’, ‘La venta de Mirambel’ o ‘La nave de los locos’, y se presentó a diputado por Fraga. El libro está dedicado a otros dos autores zaragozanos: Javier Goñi (Zaragoza, 1952) y Manuel Longares, de ascendencia aragonesa, que vivió algún tiempo en la ciudad.

Pío Baroja amaba los gatos. En la calla Mendizábal, donde vivió con su madre, cuidaba dos gatos: Chepa y Apitita. Luego se trasladó a la calle Ruiz de Alarcón y tuvo otro felino doméstico: Miki, que “andaba siempre cerca de la estufa –la chubesqui- en el salón de aquella casa suya fría como el aliento de la muerte”. En casa, Baroja, además de las zapatillas de felpa, llevaba bufanda, las solapas subidas y boina. Quizá por todo ello “alguien dijo que Baroja es uno de los personajes literarios más fotogénicos de su época”. Sale muy bien en las fotos.

Marchamalo también cuenta el famoso incidente que tuvo con los carlistas durante la Guerra Civil; tras un barullo de discusiones, en el que asomó una pistola, “parece que don Pío, pálido como un folio, le llamó cochino carlista” a uno de ellos. Lo prendieron, lo llevaron al calabozo y a la mañana siguiente acudió a buscarlo su nieto Julio Caro Baroja, y “escoltado por un grupo de requetés, se marchó a Francia”. Y también se cuentan las últimas visitas que recibió de Cela, González-Ruano, etc., que le llevaban dulces. Baroja era goloso.

Antonio Santos le ha hecho varios retratos, realmente espléndidos, que presentan al solitario en su laberinto. Todo un clásico de traje gris o negro que solía fumar tabaco rubio y que adoraba el chocolate.

 

*De la serie navideña, 'Qué bello es vivir', que publico todos los días en Heraldo de Aragón. Ilustración de Antonio Santos.

 

JOSÉ PERIS Y LA POBREZA INFANTIL

JOSÉ PERIS Y LA POBREZA INFANTIL

[Mi nombre es Ángela Millán, la responsable de Relaciones Institucionales de la Fundación Ayuda en Acción, me envía esta nota. La foto de José Peris Lacasa es de 'Heraldo' y la tomó Esther Casas.]

 

Zaragoza, 23 de diciembre de 2013

El maestro Jose Peris dona los derechos de un villancico a la lucha contra la pobreza infantil durante un concierto benéfico.

 El maestro aragonés José Peris sorprendió a los asistentes presentando su nueva versión del Adeste Fideles y cediendo los derechos de explotación a Ayuda en Acción.

  • Más de 800 personas acudieron al concierto benéfico logrando recaudar más de 15.000 euros para luchar contra la pobreza infantil en España.

 

El pasado viernes 20 de diciembre tuvo lugar en la Sala Mozart del Auditorio de Zaragoza el concierto benéfico organizado por la Sociedad Filarmónica a favor del proyecto de atención a las necesidades básicas de la infancia en España de la Fundación Ayuda en Acción.

Es la primera vez que esta fundación española destina recursos para un proyecto en España y lo hace para intentar minimizar el impacto de la crisis y mejorar las condiciones de vida de los niños y niñas víctimas de la misma.

La sociedad aragonesa mostró su solidaridad y su apoyo a esta iniciativa que logró recaudar más de 15.000 euros y reunir a más de 800 personas en un concierto interpretado por la orquesta Il Concerto Accademico con la colaboración del coro juvenil Amicci Músicae.

 El repertorio incluía obras del maestro aragonés José Peris, cuya trayectoria como músico, compositor, docente e impulsor de la formación musical, ha sido objeto de diversos premios y reconocimientos.

El maestro de 94 años de edad sorprendió al auditorio presentando en exclusiva su nueva versión del villancico “Adeste Fideles” y cediendo íntegramente los derechos del mismo a la Fundación Ayuda en Acción.

Al finalizar el concierto los asistentes disfrutaron de un cava solidario y de un dulce navideño cortesía de las empresas que colaboraron en el acto.

Más información : Ángela Millán (Responsable Instituciones y Empresas Delegación de Aragón) amillan@ayudaenaccion.org  y Rocío Palá (Delegada Ayuda en Acción Aragón) rpala@ayudaenaccion.org

 

 

 

PACO PONS: DE AMISTAD Y DE LIBROS

PACO PONS: DE AMISTAD Y DE LIBROS

[Ayer el librero Paco Pons, siempre amable, me escribió a propósito de mi artículo ‘El bibliófilo amable’ y me envió este texto de regalo de Navidad. Paco es así: gentil, dispuesto siempre a contagiar pasión por la cultura, por los libros y por la amistad. La foto de Marilyn leyendo el 'Ulises' de James Joyce es de Eve Arnold.]

 

LARGOS  AÑOS  DE  RECUERDO  AMOROSO

 

Por Paco PONS. Librero

 

En los días finales del año, en algunas culturas, acostumbramos a recibir – y a entregar – regalos, como prueba de cariño.  En España se añaden los regalos de la Epifanía – el día 6 de enero – aunque cualquier fecha es buena, y cualquier motivo, para expresar nuestro cariño a las personas que nos importan. 

 

Hoy he recibido un regalo, en vísperas de Navidad, y me lo ha hecho una vieja amiga, que a menudo me gasta bromas, en ocasiones feroces: Mi memoria.  Me ha venido el intenso recuerdo de un hecho que viví como testigo principal, que no como protagonista. Sucedió en los primeros años de los Setenta, es decir hace algo más de cuatro décadas.  El caso es que lo había olvidado por completo y de repente me ha venido con una precisión casi cinematográfica. Recuerdo ahora los planos, los rostros y las frases, de forma precisa. Bueno, o eso me hace creer la tramposa de mi memoria…

 

Aquel año viajé a Francia, y me desvié un poco de mi itinerario, para llegar hasta la región de Anjou y visitar a un amigo, ya anciano. Se trataba de un sacerdote a quien le estaba agradecido por haber colaborado en conseguir que yo recibiera un complemento indispensable para mi formación cultural y humanística.  Lo vamos a llamar Pére Charles.  Acababa de cumplir los ochenta años y me recibió con su afecto y amistad habituales. Me preguntó si pensaba pasar varios días en esa ciudad – Angers – y al saber que estaría allí dos días, me pidió que le hiciera un favor. Mi respuesta fue inmediata y su ruego consistía en que le llevase a otra ciudad, a unos ochenta kilómetros de Angers.  En ella residía una amiga a la que no había visto en mucho tiempo.

 

Durante el corto viaje hablamos poco, si bien me explicó que en los años 1917 y 1918, durante la Gran Guerra – Primera Guerra Mundial – él había servido como capellán de un regimiento del ejército francés, recién ordenado sacerdote.  Su compañía fue bombardeada por la artillería enemiga y la metralla de un obús hirió a varios soldados, entre ellos al capellán, mi amigo Charles.  Fueron evacuados al hospital y allí permaneció ingresado durante varias semanas, hasta su curación, coincidente casi con el Armisticio y el fin de la contienda.  La sala del hospital donde permaneció Charles era atendida por una joven monja, recién consagrada, quien recibió el encargo de su priora de ir a servir en el hospital, para una tarea más necesaria que la vida contemplativa.

 

Llegamos Charles y yo en mi coche, a la residencia de religiosas, en la que estaba ingresada la monja Soeur Thérése, por la que preguntamos en la recepción.  “Está en el jardín, saliendo a la derecha”, nos dijeron. Charles se acercó a la monja y le dijo, a modo de saludo, “¿Me recuerda Usted?”. Ella se limitó a mirarle a la cara y a contestarle, “No le he olvidado, a pesar de que han pasado más de 50 años…”.  Creí que debía retirarme y dejarles hablar a solas y le dije al Pére Charles que iba a tomarme un café en la máquina situada junto a la recepción. 

 

Casi media hora después, al regresar, los encontré tomados de la mano, mirándose, en silencio. Charles se había sentado junto a la silla de ruedas de la monja y los dos tenían los ojos húmedos. Me acerqué a mi amigo, para decirle que podríamos estar todo el tiempo que él quisiera, y fue ella la que me dijo en un francés con un suave acento alemán, que ya habían hablado todo lo que se tenían que decir y que no debíamos circular de noche, pues las carreteras son peligrosas, cuando no hay luz.

 

La despedida fue un apretón de manos, cálido pero sin efusiones, y una frase de ella a mi emocionado amigo: “Me gustaría volver a verte antes de que pasen otros cincuenta años”.  La respuesta de Charles fue breve: “Sin duda, pero ya será en la Casa del Señor”.  Soeur Thérése replicó un sencillo “Allí estaré esperándote”. 

 

Nos encaminamos al coche y conduje de regreso a Angers, sin que hablásemos más que un par de breves comentarios sobre el tráfico. Yo no quería romper las emociones que intuía habrían vivido los dos protagonistas de esta historia.  No volvimos a comentar este asunto, ni el día siguiente, que estuvimos juntos, ni en las cartas que nos escribimos, hasta que un día me llegó un escrito de otro sacerdote, amigo del Pére Charles, en el que me comunicaba que mi amigo bretón había fallecido en una residencia – hospital, a donde había sido llevado al sufrir un grave percance en su frágil salud.

 

No me cabe duda de que en la Casa del Señor están ahora juntos un sacerdote bretón y una monja alsaciana, compartiendo el Amor de Dios y recordando el amor humano que hubo, pero que dejó que prevaleciera la llamada de la “suave brisa”…

 

Diciembre de 2013.

 

Cuentos de domingo / Antón Castro. Heraldo de Aragón.

 

El bibliófilo amable

 

Érase una vez un hombre bueno que empezó a amar los libros. Los cuidó como se cuida a una familia y se dedicó, en sus viajes, en sus pesquisas, en sus cartas o en sus visitas a librerías y ferias, a buscar aquellos que constituían, volumen a volumen, folleto a folleto, la memoria de su pequeño país de polvo, viento, niebla y sol. Lo acumuló casi todo: lo acumuló, lo hermoseó, lo leyó y divulgó una buena parte de ese patrimonio que tenía que ver, sobre todo, con el vasto legado científico del territorio: desde Servet o Juan Pablo Bonet hasta Miguel Antonio Catalán, Cajal y Oro, pasando por Félix de Azara, Loscos, Pardo Sastrón o Jordán de Asso. Un día decidió que ese tesoro incalculable debería ser para sus paisanos. Aprovechó el momento idóneo y mostró su generosidad más absoluta. Solo exigió un mínimo de respeto, un poco de cariño y primor, los buenos modales que empiezan en la educación y en la conciencia de que se estaba ante un bello arsenal de páginas que resumían una pasión inefable por las vidas ajenas que transformaron, despaciosamente, el mundo. Al principio todo fueron buenas palabras, o quizá las mejores intenciones: se inició la tarea de fichar y ordenar el material. Luego ni los unos ni los otros le hicieron caso, ni siquiera tuvieron la delicadeza de recoger la donación. Se dijo que ni había dotación para mantener ese legado ni espacio para acogerlo. En cambio, sí se podían pagar hasta 1.400.000 euros por una colección de arte. El bibliófilo ni dijo esta boca es mía. No convocó ni a la prensa ni llamó a sus amigos. Aceptó su sino y no acusó el desprecio. Pero pasó lo que también resultaba presumible: otra comunidad, más preocupada por la ciencia y por los saberes, le ofreció un depósito para sus materiales y los cuidados que se merecían. Por amor al conocimiento creyó que debería ceder. Dejarse querer donde le querían: huye de cualquier amago de narcisismo pero cree en la dignidad. En cuanto se supo que los casi 10.000 libros viajaban hacia otro lugar, el propio Gobierno puso el grito en el cielo. Uno de sus responsables llamó a rebato: “Hay que salir a la calle. Nos roban nuestro patrimonio y nuestra historia”. El bibliófilo amable tampoco esta vez dijo nada.

PABLO FIDALGO: TRES POEMAS

PABLO FIDALGO: TRES POEMAS

El joven poeta y narrador Pablo Fidalgo me envía tres poemas de su último poemario, Mis padres: Romeo y Julieta, publicado por el sello Pre-Textos.

 

1

Dejemos que las cosas ocurran, esta vez de verdad.
No nos perdamos otra vez en el viaje
de lo grande a lo pequeño.
Llegarás a Torino en avión, atravesando los Alpes.
Prende il Pullman, y baja en la estación de Porta Susa,
camina San Donato y al pasar el cine Roma Blue
gira a la derecha. Yo no saldré a encontrarte.
 
Será de noche, poco después tu cara será iluminada
por la luz naranja de la parada del tranvía: Livorno.
 Una ciudad bien iluminada por la noche
nos conducirá a la revolución,
de momento es la felicidad.
Japón. La terra torna ancora a tremare.
Y siento que ha sido el comunismo,
su éxito y su fracaso, la idea del comunismo,
lo que permite que nos encontremos año tras año
en ciudades tan lejanas, en poemas tan distintos.
 
Un poco más, y estarás conmigo.
Si consigues orientarte sólo con mis palabras,
sin otros mapas ni otros libros,
tu mente se irá reparando y llegarás curada.
Creo que me has descubierto.
Palabra por palabra, recordamos la lengua en la que crecimos,
y aún pienso que uno de los dos morirá joven.
 
Nos hemos quedado en Europa definitivamente
y eso es lo que distingue nuestro odio
del odio de los demás.
Si me he tomado el tiempo de explicarte esto
es para que entiendas que sé llegar a cualquier sitio,
y que como tú dijiste un día la geografía me salvó.
Sigue un poco más y ya estarás en casa.
Por la mañana abrirás la ventana
y verás la nieve sobre la que hoy volaste.
 
Hemos vivido mucho tiempo solos.
La casa es pequeña,
nos costará aprender a movernos sin molestarnos
pero eso ya será parte del camino de vuelta.
——————————————————————

2

La luz se movía entre los árboles,
y yéndonos del río, vimos a un hombre y una mujer desnudos.
Vimos a su hijo acostado en una toalla
como si los tres acabaran de nacer.
Inclinados sobre el niño, adorándolo,
podrían ser tus propios padres y tú mismo.
La belleza es incontestable para nosotros
que hemos atravesado el infierno.
 
Mire donde mire están ellos
que ni siquiera se giran para ver quién soy
totalmente concentrados en su propia fe.
Después seguí mi camino deseando ser un padre
expulsado del paraíso una vez más,
pero sabiendo que quizá esa belleza, ese amor,
no se me habían entregado.
 
Y entendí, después del instante perfecto,
que todo se renueva de golpe: padres e hijos.
Pero nosotros cuando vamos a un lugar
no nos llevamos ningún recuerdo.
Hemos sido irrepetibles y fascinantes tantas veces al día
que nadie se ha fiado de nosotros.
 
Allí donde vayas, mires donde mires,
tus padres renuevan su presencia,
vigilan que todos sepan quién eres
aunque les cueste la vida.
———————————————————–
 
3.

 

El mar está ahí abajo. Es una calle llena.
No lo domino. Y si me tiro
¿quién recordará que venimos de las islas?
¿Por qué siento que las aguas no pudieron lavarme?
¿Por qué me suplicas que no vaya al más allá,
que no me transforme ni me ponga más vestidos?
¿Por qué me pides que sea menos de lo que puedo ser?
 
Yo estaba en el tejado de la casa
y tú, desde la calle,
usabas mis propias palabras para detenerme.
Pero yo cerré los ojos y me arrojé
y vi que el poder de la palabra no era suficiente
y que el amor otra vez llegaba tarde.
Yo estaba ahí desde hace tiempo suplicando
y si tardaste tanto en verme
¿qué quieres que piense de ti?
 
No había razón para que tú y yo
nos tratásemos como iguales.
¿Cómo se iba a comparar mi larga historia aquí arriba
con tu breve historia allí abajo?

RECUERDO DE ROSSANA PODESTÀ

RECUERDO DE ROSSANA PODESTÀ

[Hace casi diez días empecé en 'Heraldo' una sección navideña diaria, 'Qué bello es vivir' (la tituló así su coordinador Christian Peribáñez, un estupendo compañero desde hace varios años). Ayer publiqué esta nota sobre Alfredo Castellón Molina y la actriz Rossana Podestà.]

QUÉ BELLO ES VIVIR. Hace unos días, fallecía en Roma la mujer que encarnó a ‘Helena de Troya’ de Wise. El cineasta aragonés la recuerda.

 

Alfredo Castellón: una cita en Roma con Rossana Podestà

 

El escritor y realizador Alfredo Castellón Molina (Zaragoza, 1930) experimentó ayer una pequeña conmoción. Hacia la una llamó a algunos de sus mejores amigos y les dejó este mensaje: “Se nos ha muerto Rossana Podestà”. En realidad, la actriz, nacida en Trípoli (Libia) en 1934, había fallecido el pasado diez de diciembre, pero algunos medios publicaban ayer su necrológica. Era la actriz por excelencia del ‘peplum’ italiano y de muchas películas sobre la Segunda Guerra Mundial. Llegó al cine hacia 1950, con apenas 16 años, y reclamó la atención de cinéfilos y espectadores cuando le birló el papel de Helena de Troya, en la película homónima de Robert Wise, a actrices ya consagradas como Liz Taylor, Ava Gardner o Lana Turner.

Rossana había empezado a destacar un poco antes, cuando participó en ‘Ulises’, junto a Kirk Douglas y Sylvana Mangano, y cuando Michelangelo Antonioni le concedió el papel de protagonista para su película ‘Las amigas’ (1955), en la que el joven cineasta aragonés Alfredo Castellón era ayudante de dirección. Castellón se había ido a Italia con una carta de recomendación de Luis García Berlanga y el maestro italiano le dio un modesto empleo hasta que la película se interrumpió por falta de presupuesto. Y le autorizó a observar todos sus rodajes en los estudios de Cinecittà, en Roma.

“Me hice amiga de la madre de Rossana Podestà antes que de ella. Esperaba y vigilaba a su hija que tenía una preciosa y angelical cara de niña”. La acompañaba a todas partes. “Recuerdo que nos citábamos en un café, el Losetti, donde también iba mi gran amiga de entonces, la filósofa María Zambrano, pero a ella no pareció interesarle mucho la joven actriz. Estuve cinco o seis veces con Rossana pero su madre siempre estaba allí de carabina”, recuerda Castellón, que estuvo casi dos años en la Escuela de Cine de Roma.

Rossana, que había empezado con muy buen pie, quería saber, sobre todo, cosas del montaje “y también me preguntaba qué cine quería hacer, y yo le decía que ambicionaba hacer películas surrealistas como las primeras de Luis Buñuel: ‘Un perro andaluz’ y ‘La Edad de Oro’”. En aquellos días de felicidad y de revelaciones, Castellón coincidía con cineastas como Peter Kubelka y Tomás Gutiérrez Alea, con el artista vietnamita Tranto y con un realizador de documentales como Silvio Maestranzi, con el que hizo dos películas: ‘Los techos de Roma’ y ‘Viena, 1956’. “Entonces tenía un proyecto muy ambicioso: quería hacer una película sobre los tapices de Goya y me pasaba horas y horas leyendo y preparando el guión”.

Castellón confiesa que nunca pudo estar a solas con la bella Podestà. Él tomaba café y ella capuchino o Campari. Poco después se casó con el cineasta Marco Vicario, que la convirtió en una musa elegante y ligera de ropa. Castellón intensificó, entre 1954 y 1956, la relación con una de las mujeres de su vida: María Zambrano. Se veían en ese mismo café, el Losetti, o en una plaza solitaria donde la autora de ‘Claro del bosque’ alimentaba a un montón de gatos. “Esa amistad fue realmente preciosa: aprendí mucho. María fue muy generosa conmigo”. Curiosamente, hace poco se supo que la pensadora malagueña vivió una historia de amor a mediados de los años 20, en Segovia y Madrid, con el militar e ingeniero aragonés Gregorio del Campo, de Ambel, y que de esa relación nació una criatura, que falleció a los pocos días. Él sería ejecutado en Pamplona, en 1936, por el ejército nacional.

Alfredo Castellón no se encontró nunca más con Rossana Podestà. Vio cómo se convertía en un icono del cine rosa y erótico de Italia. En 1981, le preguntaron a qué hombre se llevaría a una isla y contestó que al explorador y escalador Walter Bonnatti (1930-2011), “una de las mayores leyendas del alpinismo”, según los expertos. Él se enteró, la llamó y concertaron una cita. Su historia de amor duró treinta años, hasta que él falleció en 2011. Poco después, Rossana publicaría un libro, ‘Walter Bonnatti, una vida libre’. Por todas estas cosas, Alfredo Castellón –fundador de TVE, dramaturgo y autor de películas como ‘Platero y yo’ y ‘Las gallinas de Cervantes’- recuerda con melancolía a aquella belleza casi juvenil que iba a convertirse en Helena de Troya y en musa de muchos italianos de posguerra. En Navidad, la añoranza casi nunca es un error.

 

DIÁLOGO CON SEVERINO PALLARUELO

DIÁLOGO CON SEVERINO PALLARUELO

SEVERINO PALLARUELO. Escritor

 

“La naturaleza, como el vientre

materno, es la única patria”

 

“Quería que mi relato fluyera

como un río claro de montaña”

 

“Toda la historia del siglo XX

desfila por estos escenarios”

 

 

Severino Pallaruelo (Puyarruego, Huesca, 1954) acaba de publicar su novela más ambiciosa: ‘Ruido de zuecos’, la historia de tres personajes, Arcadio, León y Artemio, que recorren el siglo XX.

-¿Cómo nace 'Ruido de zuecos'? ¿Cómo se va gestando la historia?

R. -Empezó a gestarse hace ya más de quince años. En realidad es una historia que ya llevaba varios años rondando por la cabeza. La empecé a escribir. La abandoné. La volví a retomar. Estaba casi acabada hace ya siete u ocho años, pero no encontraba el momento de terminarla. Decía: ya llegará, ya vendrá el momento que me pedirá acabarla. Este verano llegó.

-¿Ha querido contar una saga familiar, la historia de un mundo que se viene abajo, las complejas relaciones entre padres e hijos o la historia de una decepción?

R. Tiene un poco de cada una de esas cosas. Pero hay más ejes: el amor, las muchas caras del amor, la imposibilidad de volver a lo que se dejó, la complejidad de los mundos que hemos visto acabar. No solo ha desaparecido el mundo rural, también las esperanzas revolucionarias, también una forma de entender la religión, ciertos ambientes urbanos…

 

-¿Por qué ha elegido esa estructura tan compleja, con tantas idas y venidas?

R. En parte la estructura es hija de la forma de trabajar: algo que ha sido escrito a lo largo de tantos años ofrece similitudes con una casa cuya construcción se demoró demasiado. También ha influido la propia concepción de la historia que se narra: los acontecimientos recientes y los lejanos se entrelazan y cuando parece que ya se dan por enterrados resurgen de nuevo. Nos sucede así también en las evocaciones y en las narraciones orales.


-¿Tenía en la cabeza alguna novela o algunas novelas en concreto, autores específicos como Thomas Mann, por ejemplo?

R. Siempre tiene uno referencias. Thomas Mann está ahí. Pero su caudal es el de un gran río del centro de Europa: lento, quizá demasiado lento. Yo quería que mi relato fluyera como un río claro de montaña: con rápidos, con saltos, con remansos, pero siempre avanzando, deprisa, como ansioso por alcanzar el valle y la llanura. También he pensado en alguna película, como ‘Novecento’ de Bernardo  Bertolucci.


-¿En qué medida ha intentado resumir aquí tus vivencias y tus escritos a lo largo de tantos años?

R. - Un personaje del libro reflexiona acerca del amor y dice que todos los amores son el mismo amor. Quizá con los libros sucede igual: todos los que uno escribe son el mismo. No hace sino cambiar el punto de vista y, pareciendo que mira a otros, en realidad, solo se está mirando a sí mismo. Sí, seguramente este libro resume y ordena vivencias y escritos de muchos años.



-¿Qué es para usted el Pirineo, qué son los Pirineos, qué le sugieren, qué le evocan?

R. - Son las montañas en las que me crié y donde he pasado casi toda mi vida. Pero nada más. Un escenario, muy querido, sí, pero solo eso. El envoltorio de las vivencias, de los sentimientos, de las sensaciones, la casa de mucha gente a la que quise y quiero. Estas cosas -los sentimientos, las personas, las relaciones, las ideas- son lo importante. Las montañas solo brindan el escenario.




-Vayamos con los personajes: empecemos por Arcadio, navatero, autoritario, irascible...

R. Sí, un tipo duro, muy fuerte, muy seguro. Pero a la vez frágil. Alguien capaz de enfrentarse a cualquier peligro pero que sucumbe con facilidad ante el amor, ante un gesto, ante un desaire. Alguien a quien la vejez y la enfermedad sumen en la melancolía.


-En la vida de Arcadio hay varias mujeres, y esta es también una novela de mujeres, pero destaca especialmente su esposa Margalida.

R. Margalida es la madre hermosa, buena y silenciosa que desaparece pronto y deja en los hijos una sensación de soledad imposible de superar. Es la madre de la mitología antigua, aliada con los hijos frente a la tiranía del padre, la que conociendo la furia del padre pone su empeño en la protección del hijo.



-Arcadio tiene alguna historia secreta y en cierto modo aplazada, pienso por ejemplo en Susana. ¿Somos esclavos de las pasiones imposibles?

R. -Sí, muchas veces somos esclavos de la idealización de lo que pudo ser y no fue. A veces se vive pensando en retomar lo que quedó aplazado o sin terminar. Pero eso es imposible: no se puede regresar a Ítaca.



-Quizá la figura más compleja y fascinante sea la del hijo León. Háblemos de él...

R. En realidad León es como su padre: apasionado, violento, fuerte y, a la vez, frágil. Seductor y enamorado del amor, soñador, solitario. Por eso la relación con Arcadio, su padre, resulta tan extremadamente violenta: son iguales, pero no se reconocen como tales. Cada uno atribuye al otro los defectos que él mismo, sin darse cuenta, posee. Además, el hijo achaca al padre el desamor por la madre perdida.



-León recorre un siglo convulso pero jamás renuncia al amor, a la seducción, a las mujeres. ¿Existía este tipo de hombres entre los navateros?

R. Bueno, ese tipo de hombres existe en todas las profesiones. Pero el navatero se movía en un escenario más apropiado para las oportunidades. Su vida era bastante aventurera. Dejaba el bosque en primavera y viajaba por el río. Hoy dormía aquí y mañana allá. Llegaba a los pueblos en mayo y en junio, con los grandes caudales de las nieves, traía la alegría, la fuerza, el vigor de las montañas. Culminaba su viaje en la ciudad, cobraba su dinero y volvía a los montes para iniciar de nuevo la navegación.


-El tercer personaje es Artemio, que parece no entenderse con su padre y está fascinado con su abuelo.

R. Sí. Artemio también es como Arcadio y como León, pero domesticado por la educación. A veces desearía sucumbir, abandonarse a los instintos como el padre y el abuelo, pero se encuentra atado por la moral, por el deber. Se debate entre las lealtades a los dos, entiende bien a Arcadio, pero también a León.  Representa el combate entre la rebeldía y la realidad, entre los ideales y el mundo cotidiano, la sensibilidad extrema enfrentada al materialismo de la vida ordinaria.


-¿Qué hay de Severino Pallaruelo en Artemio?

R. -Supongo que mucho. En mí viven sus combates interiores: la melancolía, los anhelos de justicia y la lucha, siempre frustrada, por no saber qué hacer frente a los mundos queridos que se extinguen, frente a los mundos buscados que se desmoronan; por la belleza y el arte –como un orden- inalcanzables. Y la naturaleza, la relación con la naturaleza, la naturaleza como el vientre materno, la única patria.




-La novela es extensa, caudalosa... ¿Ha querido componer la novela total o definitiva de los Pirineos?

R. - No he pretendido conseguir una obra total o definitiva. No existe. Pero sí he intentado plasmar la complejidad de una sociedad a la que le han sobrado aproximaciones desde el folclore. Las montañas y los bosques han estado poblados. Allí ha habido amores y odios, risas, violencia, temores, pasiones, celos: como en cualquier sitio, como en una gran ciudad.

-¿Cómo han marcado a los personajes las convulsiones del siglo XX?

R. Los personajes de la novela ven el discurrir de sus vidas condicionado por los grandes acontecimientos del siglo: Arcadio participa en la guerra de Marruecos, parte a Francia como refugiado durante la Guerra Civil y luego se hace falangista. Su hijo León combate en el bando republicano, conoce el exilio y la represión franquista cuando regresa a España. Artemio sufre la educación religiosa y milita más tarde en las filas comunistas. Mientras tanto las montañas se despueblan, las ciudades crecen. Toda la historia del siglo XX desfila por los escenarios en los que se mueven los protagonistas.


-Parece que aquí hay una enmienda a la militancia política y a la Transición. ¿Qué quiere denunciar o qué te duele de ese período de la vida española y aragonesa?

R. No, no me duele nada. No quiero enmendar nada. Solo me invade una melancolía profunda: la del contraste entre la hermosura de los ideales que se defendieron y las realidades que aparecieron tras las palabras. Pero el protagonista de la novela habla más del comunismo que de la Transición. No consigue olvidar que aplaudió a Ceaucescu.

RAMÓN MAYRATA. MISS MARA

RAMÓN MAYRATA. MISS MARA

[Esta mañana Ramón Mayrata, experto en magia, funambulismo, circo y otras magias, me envió este artículo sobre Miss Mara.]

EN LA MUERTE DE MISS MARA


Por Ramón MAYRATA
Dos años después de que le contratara el Ringling volvió a estrellarse contra el suelo. Pasó dos años en una silla de ruedas. Tras siete operaciones, los médicos se persuadieron de que no volvería a andar. Pero regresó al trapecio en una actuación emocionante en Nueva York, televisada a todo el país, que hizo saltar las lágrimas del más duro de los empresarios de circo, de la estirpe de acero de Barnum, que creía asistir a un imposible. Desde entonces, trabajó en los mejores circos del mundo hasta que se retiró en Valencia, en 1979 en el Circo Atlas de los hermanos Tonetti.
Miss Mara demostró que tener los pies en el suelo es en realidad una limitación. Fue una de los grandes artistas españoles con proyección internacional. A principios de los años 50 fue contratada por el Ringling Bross and Barnum & Baileys, Desde que debutó en Madison Square Garden se convirtió en la gran estrella del mayor de los circos norteamericanos.
María del Pino Papadopoulos nació en San Fernando (Cádiz) en una familia de gentes de circo. Debutó en el Florida, el circo familiar a los cinco años. Su arte consistía en compartir con los espectadores la sensación de peligro. Apenas un escalofrío separa la vida de la muerte. “Más vale pájaro volando que ciento en la mano”, escribió José Bergamín. Ella hizo realidad la frase. Su existencia consistió en caer una y otra vez y en rehacerse para actuar cada vez más arriba, más cerca de las estrellas. En sus inicios se rompió una cadera al caer del trapecio. Cuando empezó a irle bien se incendió el circo que había logrado fundar: el Casablanca. De su grave accidente en el Ringling ya he hablado.
Todas estas cosas se cuentan en la documentada biografía escrita por Manuel González Simón: 'Un desafío a la muerte, Miss Mara, la romántica del Circo', publicada en Zaragoza en 1972. Por fortuna podemos verla en acción. Existe un documental -'Rings Around the World'- escrito por Víctor Wolfson y dirigido por Gilbert Cates que nos permite apreciar su belleza, su elegancia, su gracilidad y la soltura con la que esta mujer se danzaba en el trapecio y el suspense que provocaban sus peligrosas y hermosísimas evoluciones en el aires, cuya culminación era el instante en que resbala desde las corvas hasta sujetarse con los talones, sin red ni protección, en la soledad de la cúpula del circo.