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Antón Castro

QUIERO TANTO A JAUME SISA

UN ÁLBUM INOLVIDABLE DE JAUME SISA

Llevo unas semanas viajando por el año 1978, cuando llegué a Zaragoza. Recuerdo los discos que acompañaron mi estancia inicial en Zaragoza: ‘Minstrel in the Gallery’ de Jetro Tull, ‘Al final de este viaje’ de Silvio Rodríguez (al que había visto en un reportaje entre los estudiante de La Habana y me había fascinado con ‘Te doy una canción’), Bach y Albinoni, María del Mar Bonet (con mi canción fetiche ‘Mercè), y un álbum que fue completamente obsesivo para mí: ‘Qualsevol nit por sortir el sol’ (Cualquier noche puede salir el sol) de Jaume Sisa. Me fascinaba su ironía, su canto a la alegría, su sentido del humor, su atmósfera de fanfarria y a la vez de sofisticación y de glam. Había temas que aún me emocionan y me hacen llorar casi, o sin casi: ‘El sète cel’, ‘Maniquí’ o la que da título al álbum. Todo el disco es una maravilla, ahí está ‘El fill del mestre’, y no ha envejecido. Oigo de nuevo ‘Maria Lluna’. Era de una modernidad absoluta y de un lirismo nada fácil, nada blando, especial, maravilloso en su sentido de la parodia y de la lentitud. Para mí gusto uno de los mejores discos que ha dado la música de todos los pueblos de España en los últimos 40 años.

AUGUST STRINDBERG / 2

AUGUST STRINDBERG / 2

 

AUGUST STRINDBERG / 2

August Strindberg (1849-1912) es, con Henrik Ibsen, uno de los grandes escritores nórdicos. Ambos, desde diferentes puntos de vista, renovaron el teatro: si Ibsen hizo hablar a la mujer y criticó severamente la mentira y los intereses creados, Strindberg tuvo fama de misógino, pero fue un feroz crítico del poder, de la monarquía, de las medias verdades. Fue un personaje incómodo e incomodado: escribió teatro, novelas, memorias e incluso cuentos infantiles, como nos recuerda ahora el sello Nórdica en ‘Cuentos’, con traducción de Francisco J. Uriz, el poeta y traductor zaragozano, e ilustraciones de Thorsten Schonberg de 1915.

Nórdica ha hecho una edición facsímil de esta colección de relatos que el escritor leyó a sus hijos –tuvo hijos con sus tres mujeres: Siri von Essen, Frida Uhl y Harriet Bosse-: quería que fuesen cuentos de hadas en la línea de su admirado Hans Christian Andersen, y en buena medida lo son, cuentos de animales, de personajes entrañables y patéticos, de criaturas malvadas, narraciones fantásticas con poesía, pero acaban siendo cuentos morales –y filosóficos como ‘Fotografía y filosofía’- donde no deja demasiados títeres con cabeza. El libro es una de esas joyas que publica y cultiva Nórdica. Strindberg es famoso por sus dramas como ‘La señorita Julia’, basado en su propia vida (él era hijo de una especie de criada joven de su padre), ‘Acreedores’ y ‘El padre’, que destacan por su sentido de la tensión entre lo nuevo y lo caduco, la lucha de clases, y un buen uso del monólogo. Firmó varias novelas, entre ellas, ‘Inferno’.

Vivió en muchas ciudades, fue profesor, actor, periodista, bibliotecario; fue pintor más que meritorio (fue amigo de Munch y de Gauguin, entre otros) y un buen fotógrafo, que llegó a exponer en el IVAM. Tenía un carácter turbulento, padeció esquizofrenia, salió de todas sus relaciones malquistado o malherido. Falleció hace ahora un siglo, y acudieron a su entierro más de 50.000 personas.

 

*La primera foto es un autorretrato de Strindberg de 1886. Las demás las he tomado de distintos archivos de internet.

LESLIE DOWDALL EN ZARAGOZA

[Ayer me llamaron el músico Iñaki Fernández y Enrique Alda, traductor de inglés que vive en Dublín. El motivo era hablarme del trabajo de Leslie Dowdall, una cantante irlandesa que está de gira por Aragón y por España. Actuará en los próximos días en Zaragoza. Esta es una pequeña biografía de la talentosa cantante.]

 

 

LESLIE DOWDALL

Cantante/Compositora

 

Leslie Dowdall, una de las principales vocalistas y compositoras de Irlanda, comenzó su carrera en In Tua Nua (Una Nueva Tribu), grupo con el que grabó cuatro discos y, a lo largo de siete años, compartieron escenario con grupos como U2, Eurythmics, Bob Dylan, The Pretenders, The Cure, REM, Fleetwod Mac y Santana, además de ser cabeza de cartel en numerosas giras por Estados Unidos y toda Europa.

 

Su carrera en solitario, en la que publicó dos álbumes y varios singles, tuvo una extraordinaria acogida por parte de la crítica. El primero, No Guilt No Guile, incluía la canción «Wonderful Thing», que fue número uno en Irlanda. En Out There, su segundo trabajo, destacan las canciones «Freedom» y una impresionante versión de «Angel» de Jimi Hendrix.

 

En 1997 fue elegida mejor artista femenina en los premios Hot Press Rock de Heineken. Fue vocalista en los álbumes Anthem y Solas de Ronan Hardiman y en 1999 actuó en los conciertos homenaje a los Beatles, dirigidos por sir George Martin en The National Concert Hall, Dublín. También ha colaborado en discos de Van Morrison, Paul Brady y otros destacados músicos irlandeses, y en distintas áreas de televisión y radio.

 

En la actualidad, además de dirigir el taller educativo Songcraft y tras finalizar el proyecto musical con Honor Heffernan titulado «Songs from the other side», continúa actuando junto a Mike Hanranan (ex Stocktons Wings) y a finales de agosto, In Tua Nua, con los que volverá a subirse a escenarios de toda Europa, comparte cartel con The Cure y Patti Smith, entre otros, en el Electric Picnic (Stradbally, Irlanda).

 

En sus actuaciones en España está acompañada por Iñaqui Fernández (Green Apples).

 

Para más información:

http://www.lesliedowdall.com/

http://www.intuanua.com/

RECORDANDO A RITA HAYWORTH

LA BELLEZA INOLVIDABLE DE RITA HAYWORTH

El pasado lunes día catorce se cumplieron 25 años de la muerte de Rita Hayworth, nació en Nueva York en 1918 y murió en la misma ciudad en 1987. Era hija del bailarín sevillano de Castilleja de la Cuesta Eduardo Cansino y debutó en la escena a los trece años. Adoptó el apellido de su madre Volga, con la incorporación de la Y, y realizaría una importante carrera en Hollywood. Su principal película fue ‘Gilda’, pero además actuó en ‘Sangre y arena’, ‘Salomé’, ‘La bella del Pacífico’ o ‘Mesas separadas’, entre otras muchas, y también en ‘La dama de Shangai’, que rodó con su marido entonces, el segundo, Orson Welles. Aunque en realidad fue una mujer marcada por ‘Gilda’, de ahí que dijese una de sus frases más felices: «Todos los hombres que conozco se acuestan con Gilda, pero se levantan conmigo». Fue un auténtico mito, un símbolo sexual, una mujer deslumbrante, quizá uno de los seres más hermosos del cine de todos los tiempos. Se casó cinco veces, fue madre de dos hijos, era más bien tímida y delicada fuera de la escena, y padeció la enfermedad de Alzheimer.

CITA CON LIBROS EN ZUERA

CITA CON LIBROS EN ZUERA

VISITA A LA BIBLIOTECA DE ZUERA

Esta tarde visito la Biblioteca de Zuera, dentro de la campana de Animación a la Lectura que realiza la Diputación de Zaragoza. Hace muchos años, más de diez al menos, que no estoy en esa biblioteca espléndida, dirigida por una gran biblioteca como Chus Juste, dinámica, imaginativa, capaz de organizar talleres, proponer acciones, recibir a creadores, ilustradores, cuentistas, etc. Hablaré con los lectores de ‘El testamento de amor de Patricio Julve’ y ‘El paseo en bicicleta’ y de ‘Versión original’, los libros que han aparecido en los últimos meses.

*Coloco aquí una foto de Natalie Dibysz, Miss Aniela. Otra mujer que vuela como Chus Juste.

FICCIONES DE MARTÍN NOGALES

El escritor, profesor y crítico literario José Luis Martín Nogales acaba de publicar en Ediciones B el libro ‘Herederos del paraíso’. Esta es la nota de su página y el arranque de un libro con mujer desnuda que se contempla al espejo y se ve hermosa...

 

 

'HEREDEROS DEL PARAÍSO'

La desaparición de un objeto en el Palacio Real de Madrid pone en marcha una investigación policial reservada. Durante esos días de 1981 la Transición política española está pasando por uno de sus momentos más delicados, por las presiones del terrorismo y del ejército.

 

El objeto desaparecido pertenece a la época en la que vivieron Velázquez, Felipe IV y el conde-duque de Olivares. El robo se produce en un momento en que las tensiones sociales amenazan al presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, y al mismo rey Juan Carlos. ¿Cómo investigar cuando la inestable situación política aconseja el sigilo y el secreto?

 

Esta novela indaga en las herencias polémicas de la monarquía.

 

Herederos del paraíso combina con un ritmo intenso la mejor ficción policíaca con la recreación rigurosa de sucesos históricos.

 

 

 

HEREDEROS DEL PARAÍSO

 

Por José Luis MARTÍN NOGALES 

 

 

I

   

    En las bóvedas estucadas del Palacio Real resonaban los taconazos del vigilante que corría por los pasillos de mármol de los salones privados del rey. A la carrera atravesó las salas que guardan las porcelanas y vajillas en las que posaron sus labios jóvenes reinas de otros tiempos; cruzó la antecámara que atesora en sus vitrinas platas repujadas del siglo XVII, y llegó jadeando hasta los cuartos privados de la reina. El taconeo seco sobre los suelos de mármol dio paso al crujido del entarimado de aquellas habitaciones, donde infantas y princesas engendraron en noches de pasión niños que después serían coronados reyes.

No era normal que a esas horas tempranas de la mañana un vigilante armado cruzara corriendo aquellas estancias, que siempre permanecían sumidas en el silencio y en un sosiego extraño, como si entre aquellas paredes se cobijaran las sombras de las gentes que las habitaron, como si con esa atmósfera opaca los muertos reclamaran aún la propiedad de aquellos salones privilegiados...

 

En el techo brillaban medallones dorados y guirnaldas de hojas, tallos y flores entrelazadas. En las columnas de mármol y en los jarrones de porcelana china rebotaba, tímida, la escasa luz de la mañana que entraba por los balcones abiertos. Pero el hombre que corría con una pistola al cinto no tenía tiempo para apreciar esos detalles ni para admirar las arañas de cristal que colgaban en perfecta simetría o los tapices de Bruselas que embellecían las paredes. Desde el plafón lo contemplaba, sorprendida, una mujer desnuda que apartaba el velo de su cabeza con una mano y sostenía en la otra la luz del sol. Aquella Aurora pintada en el techo, cuya mirada se dirigía con curiosidad a la cama de la reina, había visto copular allí a reyes piadosos y nacer niños cuyo primer recuerdo de este mundo había sido el tacto suave de las sábanas de seda del dormitorio regio. La Aurora anunciaba desde allí la buena nueva de cada amanecer a las reinas que desperezaban sus cuerpos desnudos entre las sábanas. Pero aquel día la carrera apresurada del vigilante no presagiaba ninguna buena noticia. Con la misma mirada sorprendida de siempre, la Aurora vio pasar al hombre vestido de uniforme azul, en cuyo cinturón tintineaban las llaves y entrechocaban las esposas, componiendo el eco de una alarma metálica que anunciaba que algo grave había ocurrido en el Palacio Real de Madrid.

 

---

 

    Al pasar por delante del espejo del baño, Elena vislumbró fugazmente el reflejo de su cuerpo desnudo. Se detuvo, retrocedió dos pasos y volvió a contemplar con satisfacción su imagen en el cristal. Después abrió el grifo del agua caliente de la bañera y dejó que salieran los primeros chorros fríos. Se duchó con tranquilidad, se secó acariciando con la toalla la piel desnuda, caminó descalza hasta la habitación, abrió las puertas del armario y fue desplazando las perchas hasta encontrar el pantalón que buscaba. Descolgó también una camisa blanca y se vistió despacio, mientras en la estancia sonaba la música de un grupo étnico cuyos ritmos exultantes y primitivos había oído por primera vez en el gimnasio unos días antes. Siempre le gustaba levantarse así: abrir la ventana, dejar que entrara la luz de la mañana en el cuarto y sentir el entusiasmo de una voz que envolviera la habitación con el optimismo de la música.

 

    Se acercó a la ventana, respiró profundamente y miró la hierba del jardín que había frente a su casa. Las flores plantadas aquellos días invernales salpicaban de colores el parterre, que estaba rodeado por un pequeño seto. Levantó la vista y vio unas nubes blancas que rompían la monotonía del azul del cielo. El sol calentaba el mundo tibiamente aún. Elena notó en el rostro el frescor de la mañana y se sintió bien.

 

    En ese momento sonó el teléfono. Era extraño que alguien llamara a esas horas a su casa. Sorprendida, se volvió hacia el interior de la habitación y se quedó mirando el aparato, escuchando expectante los timbrazos. Cuando se acercó el auricular al oído, reconoció al instante la voz del hombre que le hablaba. Lo atendió en silencio, sin interrumpirlo, y sólo habló al final.

—Voy de inmediato —dijo de forma escueta.

 

HOY, ÓPERA EN EL PRINCIPAL

HOY, ÓPERA EN EL PRINCIPAL

RECITAL DE ÓPERA – ASOCIACIÓN ARAGONESA DE LA ÓPERA

HOY, 17 DE MAYO, 20,30 HORAS – TEATRO PRINCIPAL DE ZARAGOZA

ENTRADAS DESDE 5 A 24 €

 

Salvatore Cordella tenor

Aldo Heo barítono

Eliseo Castrignanò piano

 

PRESENTACIÓN

 

El cuarto recital organizado por la Asociación Aragonesa de la Ópera nos propone un viaje por algunas de las más destacada piezas del repertorio operístico, de Donizetti a Puccini, pasando por Verdi, Rossini, Massenet o Korngold.

 

A cargo del barítono Aldo Heo, galardonado en el Concurso de Canto de Montserrat Caballé, y el tenor Salvatore Cordella, en el mejor momento de una trayectoria ascendente.

 

Fragmentos de Werther, Don Carlo, Lucia di Lammermoor, El barbero de Sevilla, La ciudad muerta, La Traviata, La Boheme, L’elisir d’amore, I Pagliacci...

 

 

PROGRAMA

 

Aldo Heo “Prologo” 1892

I Pagliacci – Leoncavallo

 

Salvatore Cordella “Pourquoi me revellier” 1892

Werther – Massenet

 

Aldo Heo “Mein Sehnen, mein Wähnen” 1920

Die Tote Stadt – Korngold

 

Salvatore Cordella “Che gelida manina” 1896

La Bohème – Puccini

 

Salvatore Cordella/Aldo Heo “In un coupe?” 1896

La Bohème – Puccini

 

Salvatore Cordella “Lunge da lei” 1853

La Traviata – Verdi

 

Aldo Heo “Son io mio Carlo… Io morrò” 1884

Don Carlo – Verdi

 

Salvatore Cordella “Tombe degli avi miei” 1835

Lucia di Lammermoor – Donizetti

 

Aldo Heo “Largo al Factotum” 1816

Il Barbiere di Siviglia – Rossini

 

Salvatore Cordella/Aldo Heo “Venti scudi” 1832

L’Elisir d’Amore – Donizetti

 

INTÉRPRETES

Aldo Heo (barítono)

 

 

Nacido en Seoul (Corea del Sur), estudia en la Universidad Nacional de las Artes de Corea, bajo la tutoría de Hee-Joon Yang. Recibió la orden del mérito de la Universidad después de cuatro años de estudio, graduándose en Bachillerato Musical en 2005. 

 

Aldo Heo ha participado en numerosos concursos internacionales. En 2004 ganó el primer premio en cuatro competiciones diferentes en Corea, Concurso nacional de música de Sungjeon, Concurso Hanseo, Concurso Youngok Shin y Concurso para jóvenes cantantes KBS Seoul (Medalla de Oro).  En 2006 fue finalista del Concurso Internacional de Canto Manuel Ausensi en Barcelona (5º premio) y 3er. premio en el Concurso Internacional de Canto de Logroño. En 2007 ganó el 2º premio, el premio al mejor cantante Verdiano y el mejor cantante de Zarzuela en el Concurso Fundación Guerrero organizado por el Teatro de la Zarzuela de Madrid. También en el año 2007 ganó el premio del público en el Concurso Internacional de canto Francesc Viñas de Barcelona. En 2008 ganó el primer premio en el Concurso de canto Ciudad de Lleida y en 2009 el 1er premio en el Concurso Internacional de Canto de Logroño. También resultó ganador del Concurso de canto de Ercolano (Italia).

 

Ha sido invitado para formar parte de las masterclass y el concierto final organizado por Montserrat Caballé, en el marco del Concurso Internacional de Canto Montserrat Caballé, del que resultó premiado en la reciente edición de 2011 (3er. Premio).

 

En septiembre de 2001 realiza su debut con Le Nozze di Figaro en el rol del Conde. También ha intepretado papeles de Così fan tutte (Guilielmo), Il Barbiere di Siviglia (Figaro), L’Elisir d’amore (Belcore), Lucia di Lammermoor (Enrico), Don Pasquale (Malatesta), La Traviata (Germont), Carmen (Escamillo/Morales), La Bohème (Marcello) en el Teatro Filarmónico de Verona, I Pagliacci (Silvio/Tonio), Cavalleria Rusticana (Alfio). Ha realizado numerosos conciertos en España y en el extranjero, destacando la Cantata BWV80, de Bach, con la KBS Symphony Orchestra.

 

Actualmente se encuentra realizando el “Curso Perfeccionamiento Plácido Domingo” en el Palau de les Arts”, donde ha debutado el role de Taddeo de L’Italiana in Algeri y seguidamente el de Haly, también de L’Italiana bajo la batuta del Maestro Zedda.

 

Salvatore Cordella (tenor)

 

El tenor Salvatore Cordella, nacido en Copertino, se diploma en flauta en el Conservatorio “Tito Schipa” de Leche y, paralelamente a estos estudios, realiza clases de canto en Lecce con el maestro Manolo Russo y en Venecia con la maestra Sherman Lowe, debutando en el 26º Festival della Valle D’Itria (2000), en Otello de Rossini y en Roberto Le Diable de Meyerbeer, prosiguiendo ésta colaboración en los años sucesivos con las producciones de La Reine de Saba de Gounod y Ivanoe de Rossini (2001), Le due Contesse de Paisiello,  Werther de Massenet (2002) y Le sette parole di Cristo in Croce de Mercadante (2003), Salvator RosaMessa per l’incoronazione di Napoleone I de Gomes.

En el 2002 debuta con el Don Giovanni de Mozart y en febrero de 2003 inaugura la temporada lirica en el Teatro Politeama Greco de Lecce con el Oratorio Joseph Ala Dei. Ha participado con La Traviata en la reapertura del Teatro de La Fenice de Venecia, dirigida por Lorin Maazel y en la gira por Japón y Alemania. En septiembre de 2004 actúa en Così fan tutte, en la producción de Giorgio Strehler, en el Teatro Quirino de Roma. En el verano de 2005 debuta en el Festival de Salzburgo en la nueva producción de La Traviata dirigida por Carlo Rizzi con montaje escénico de Willy Decker Ha cantado el papel de Duca di Mantova en Rigoletto en Tirana, y Rodolfo de La Bohème en Salermo.

Después de un debut brillante como Fenton en Falstaff en el Concertgebouw de Ámsterdam, vuelve a Lecce con el Don Ottavio de Don Giovanni; canta el papel de Arturo de Lucia di Lammermoor en el Teatro de la Ópera de París y el Cavaliere en Assassinio nella Cattedrale de Pizzetti, Rinuccio en Gianni Schicchi de Puccini en el Teatro San Carlo de Nápoles y Edgardo en Lucia di Lammermoor de Donizetti en el Teatro dell’Opera di Marsiglia, Pinkerton en Madama Butterfly en el Festival di Ercolano, Gennaro de Lucrezia Borgia de Donizetti en Sassari y en el Regio di Torino, de nuevo Rodolfo de La Bohème en Regio di Torino, Destaca en el papel de Corrado en Il Corsaro de Verdi (Festival Verdi 2008), en el Regio di Parma y en mayo de 2009 llega el gran debut en el Teatro alla Scala de Milán con Assassinio nella Cattedrale de Pizzetti, dirigido por Donato Renzetti. Ese mismo año, en octubre de 2009, participa en una gira con el papel de Alfredo de La Traviata, en los Teatro Pergolesi de Jesi, Teatro Verdi, Teatro dell’Aquila.

 

            Paralelamente a su actividad operística, ha desarrollado una intensa actividad concertística en Italia y en el resto del mundo (Japón, Alemania, Francia, Sudáfrica)  abarcando un rico repertorio de obras sacras (Messa dell’incoronazione de Mozart; Oratorio de Noël de Saint-Saens; Golgota de Rigacci; Cantata di Natale y Passio Christi de De Luca; Messa di Gloria de Puccini; Requiem de Mozart; Stabat Mater de Dvoràk, etc.)

En 2009 graba en primicia mundial con el Auditorio Verdi (Milán) y con la Orquestra Verdi di Milano, “Canti d’amore” de Testi y seguidamente con motivo de la fiesta de la república el 2 de Junio  de 2009 representa L’Inno dell Nazioni de Verdi en el Teatro Carlo Felice de Genova.

 

            En diciembre de 2010 participa en Trieste como Alfredo en La Traviata. A lo largo del 2011 realiza diversos proyectos entre los que se encuentran el estreno mundial de la ópera Pietro e Lucia de Dušan Rapoš, la tournée con el Regio di Torino en Japón,  La Traviata junto Mariella Devia en Corea y la tournée del MET con Lucia di Lammermoor en Japón como cover en el rol de Edgardo.

            Tiene en su haber los Premios Diapason d’or y Diamond d’or.

 

 

 

 

NOTAS AL PROGRAMA, por Hugo Cachero

 

Abre el recital la pieza que inicia la ópera Pagliacci (1892), de Ruggero Leoncavallo (1857–1919), el Prologo, con el que el personaje de Tonio, en un ejercicio metateatral, introduce la acción que va a tener lugar a continuación. Leoncavallo se encuadra dentro de la llamada Giovane Scuola italiana, cuyo integrante más destacado es Giacomo Puccini (1858-1924); del compositor de Lucca se ofrece Che gélida manina, de la ópera La Bohème (1896); el lirismo arrebatado de la partitura queda de manifiesto en esta pieza en la que el poeta Rodolfo le cuenta a Mimi “¿Quién soy?... ¿A qué me dedico?... ¿cómo vivo?”.

 

En las otras dos piezas de la primera parte abandonamos Italia. El francés Jules Massenet (1842–1912) es autor de una extensa obra que incluye dos obras maestras, Manon y Wherter (1892), esta última basada en la novela de Goethe Die Leiden des jungen Werther. De ella destaca sobre todo el aria Pourquoi me réveiller?, una de las preferidas para la cuerda de tenor, en la que el protagonista lee a su amada Charlotte una traducción de un poema del mítico bardo Ossian, premonición del trágico final que espera al joven al final de la obra. El caso de Erich Wolfgang Korngold (1897–1957) es el de un genio musical precoz, que sin embargo sería ninguneado por su rechazo a las tendencias musicales más vanguardistas y su colaboración con la industria cinematográfica de Hollywood. De su corta obra operística la más representada es la

simbolista Die Tote Stadt (La ciudad muerta, 1920) que tiene como momentos más conocidos el lied de Marietta y Mein Sehnen, mein Wähnen que canta el personaje de Fritz, actuando como el Pierrot de la Commedia dell’Arte, donde se plasma la nostalgia por el pasado que rezuma toda la obra.

 

La segunda parte está íntegramente dedicada a la ópera decimonónica italiana. Gioachino Rossini (1792–1868) fue el auténtico dominador de la escena italiana y europea en el primer tercio del siglo, a pesar de lo cual gran parte de su producción permaneció olvidada hasta su recuperación en la conocida como Rossini Renaissance. Si no dejó de representarse fue gracias a Guillaume Tell (1829) y sobre todo a su obra maestra buffa, Il Barbiere di Siviglia (Almaviva ossia L`inutile precauzione, 1816), basada en la pieza teatral de Beaumarchais; a pesar del fracaso que supuso en su estreno, su presencia dentro del repertorio no ha decaído nunca gracias a arias como Largo al Factotum, que sirve de presentación del barbero Fígaro, retratando magistralmente su personalidad vitalista y desenfadada, pero también interesada e intrigante. Entre los herederos de Rossini, tras la prematura muerte de Bellini la figura dominante fue la de Gaetano Donizetti (1797 – 1848).

 

La obra que mejor muestra las virtudes del compositor de Bergamo es Lucia di Lammermoor (1835); aunque destaca por la parte protagonista de la soprano, el papel del tenor, estrenado por el mítico Gilbert Duprez, dispone de grandes momentos de lucimiento, en particular la escena Tombe degli avi miei… Fra poco a me ricovero, en la cual Edgardo se lamenta, entre las tumbas de sus antepasados, de la pérdida de su amada Lucia. Muy lejos del romanticismo de esta obra se encuentra la comedia L’Elisir

d’amore (1832), donde se citan caracteres estereotipados como el rústico Nemorino o el fanfarrón Belcore, que pugnan por conseguir los favores de Adina; suyo es el duo Venti scudi en el que de forma improbable el primero termina alistándose en el regimiento del segundo para conseguir dinero rápido..

 

Durante la segunda mitad de siglo la figura de Giuseppe Verdi (1813 –1901) fue hegemónica. La Traviata (1853) pertenece a la llamada Trilogía Popular que, junto con Rigoletto e Il Tovatore, han cimentado una fama indeleble para el genio de Roncole; la escena Lunge da lei… Dei miei bollenti spiriti muestra el ardor juvenil de Alfredo en un momento de felicidad. Don Carlos (1867, versión original en francés y 5 actos; Versión en italiano y 4 actos, 1884) es una obra de madurez en la que se aprecian influencias Wagnerianas y de la Grand Ópera francesa. A pesar de las licencias históricas (procedentes de la obra de Schiller) la calidad musical y dramática alcanza cotas como la Morte di Posa, en la cual un moribundo Rodrigo, Marqués de Posa, se despide de Don Carlos mientras suenan ecos del dúo anterior de ambos Dio, che nell’alma infondere.

 

*Esta información me la ha enviado Alejandro Martínez de la Asociación. La primera foto es de Aldo Heo.

 

 

 

J. A. DUCE: UN DIÁLOGO

[Reproduzco aquí la entrevista que publiqué con José Antonio Duce en 'Vidas de Cine'. Le encontré ayer por casualidad, le tengo mucho cariño al fotógrafo y cineasta y amigo, y siempre es un hombre que está en el camino: a pie de obra, con la cámara al hombro. A solas, con José Luis Cintora o rodeado de amigos.] 

José Antonio Duce (Zaragoza, 1933)

Realizador de cine y fotógrafo

 

En Moncayo Films nos anticipamos en el tiempo”

 

 

-¿Qué fue primero, cineasta o fotógrafo?

-Fotógrafo. Aunque debido a mi poliomielitis en lugar de salir a jugar a pitos o al fútbol lo que hacía era irme al cine. Soy cinéfilo desde muy temprano. Aprendí a hacer cine desgastando las butacas de los cine.

-¿Dónde iba?

-Al Monumental pagando los setenta y cinco céntimos que valía la sesión especial de los días festivos de tres a cinco. Veía películas mudas del oeste y me quedaba escondido con algunos compañeros, de cinco a siete, con el afán de no volver a pagar para ver la película normal. O al Fuenclara que valía una con veinticinco.

-¿Qué películas normales veía por entonces? Estaremos hablando del año cuarenta.

-Recuerdo una que me gustó mucho que era Las trece sillas, que relataba la historia de una venta de trece sillas a un anticuario y en una de ellas había escondida una cantidad de dinero. En otra, Cuatro culpables, se cometía un crimen y había cuatro personas que se declaraban culpables. Por eso me entró la afición a la novela policíaca: Simenon o Agatha Christie. Con nueve años ya había leído La vuelta del Coyote de José Mallorquí. En la calle Cádiz, esquina la calle San Diego, estaba la librería Atalaya y por diez duros al mes leías todo lo que podías. Me suscribí a la Biblioteca Pública de la ciudad que estaba en la Escuela de Artes. Fue allí donde leí muchos de los libros de fotografía y donde me encontré con Carmelo Tartón, presidente de Sociedad Fotográfica de Zaragoza.

-¿Qué libros había allí de fotografía?

-Todos los de editorial Omega. Desde historias de la fotografía, monografías sobre el positivo, el negativo, las solarizaciones o química fotográfica. Mi primera foto la hice con una cámara de cartón, con una caja oscura, pintada de negro.

-¿Y cómo empezó a hacer cine?

-Después del Bachillerato estudié cine en Madrid, en la Escuela de Peritos Industriales, donde había una rama de cinematografía. Dependía del Ministerio de Industria. Luego se pasó a la Escuela de Cinematografía que dependía del Ministerio de Información y Turismo con Manuel Fraga. Y más tarde se pasó a la Facultad de Ciencias de la Información. Además de las experiencias infantiles que le he contado, resulta que conocí a Carlos Hidalgo, que era locutor de Radio Juventud de Zaragoza y tenía una cámara de 16 mm y hacía cine. Y a la vez yo era miembro del cineclub de Zaragoza porque lo habíamos fundado con mi compañero Pepe Grañena, el cineclub del SEU, y un año después se fusionó con el cineclub de la Delegación Nacional. Pasó a llamarse Cineclub SEU-DEN, cuyas sesiones se celebraban en Elíseos. Aquello fue la cuna de verdaderas promociones de cineastas de todo Aragón.

-¿Quién pasaba por allí y qué se proyectaba?

-Se pasaba de todo, incluso pasamos en secreto El acorazado Potemkin. Lo pasamos una noche y no acabamos en comisaría de milagro. Estaba de director del cineclub Casiano Sierra, que es médico. El presidente de los cineclubs españoles era Hernández Marcos. Traía no sé qué película. Y nos dijo cenando: “He traído uno de los cinco rollos de la película de Eisenstein. ¿Qué hacemos, lo pasamos o no lo pasamos?”. Decidimos pasarlo sin decir nada. Se puso ese rollo de unos quince minutos. Se hizo un silencio sepulcral en la sala. Se acabó el rollo, a la salida cogió la película Hernández Marcos y lo acompañamos a la estación. Nosotros, Casiano y yo, nos fuimos cada uno a nuestra casa. Si se enteró la censura nunca supimos nada.

-La gente se quedaría impresionada.

-No hubo comentarios. Hombre, en aquella época fue cuando empezó a hacer cine Antonio Artero. Realizó A vivir del cuento sobre una estafa de pisos a los que vienen del pueblo.

-¿Cómo le fue A José Antonio Duce en Madrid?

-Lo primero que hicimos fue en el verano de 1958 con Grañena. Se conmemoraba el 150 aniversario de la guerra de Independencia e hicimos Los sitiados. Ésa fue mi primera película profesional como director de fotografía, puesto que compartí con Francisco Sánchez. Duraba once minutos y trescientos metros de película. Fue muy bien. Era el clásico corto que se ponía en aquella época además del NO-DO. Como consecuencia de Los sitiados nos salió en Madrid una serie para Cuba. Hicimos tres películas, teníamos un contrato para hacer seis, pero no se pudieron hacer más porque entró Fidel Castro en La Habana y la productora de televisión era cubana, aunque en realidad debía ser americana, se fue al cielo y nos quedamos con un palmo de narices.

-¿No eran policíacas aquellas películas?

-Sí. Eran en blanco y negro y de corte policíaco las dos primeras Prohibido fumar y Estupefacientes. La tercera, La huida, era algo más compleja. Era la historia de un matrimonio; de golpe ella huye con un hombre joven que también la engañará tras haberle sacado todo el dinero. Combinaban el argumento y un parte musical folclórica. En Estupefacientes hacía de inspector de policía Guillermo Fatás Ojuel. Grañena estaba de director y yo de fotógrafo. ¿Continúo con mi trayectoria?

-Desde luego.

-En esos veranos, aparte de que el cineclub empezó a decaer un poco, estaba también el Club Cine Mundo que se nutría de los bailes de los sábados y los domingos. Con el dinero se podía hacer otro tipo de actividades culturales. Fue en el Cineclub SEU-DEN donde conocí a José Luis Pomarón, Emilio Alfaro y Joaquín Mateo Blanco. Alfaro y Mateo Blanco y yo nos conocíamos porque los tres tenemos polio del mismo día, del dieciséis de julio de 1936, que hubo una epidemia en Zaragoza. Aquél era un vivero de afición al cine. Manuel Labordeta hizo Comandos. Era una película divertidísima de 1955 que no sé cómo no los metieron en la cárcel. Es una película al puro estilo mudo en la que se ve a un individuo vestido en un burro con boina calada. La imagen típica de Franco con su boina pegada, tripudico, con guerrera, con sombrero de paja. Iba por los sitios reclutando gente y aquello parecía La batalla del Ebro. Está rodada en los olivares de Belchite. Y concluye que ven una paridera, empiezan a rodearla, salen todos y se van escondiendo detrás del mismo árbol y luego salen todos del mismo árbol, veintisiete por ejemplo, muy típico del cine mudo, hasta que por fin llegan y toman la paridera a la orden de ataque. Y allí lo que hacen es la matanza del tocino. ¿La ha visto?

-Perdone mi ignorancia: no.

-Debe hacerlo. Era divertidísima.

-¿Cómo fue su estancia en la Escuela de Peritos Industriales, rama de cine?

-Era una cosa muy anárquica en aquellos tiempos. Y sobrevivíamos haciendo algunos cortos publicitarios. El primero que hice yo fue para la bebida Seven Up. Los pasaban en los descansos. Iba mucho al cine en Madrid y también venía a Zaragoza. Entonces había un operador que se llamaba Antonio Torres que se empeñaba en decirnos que había que ir a gimnasia para poder estar en forma y llevar bien la cámara. Felizmente yo estaba exento de esa práctica.

-Pero, ¿no se hizo usted inseparable del fotógrafo Víctor Monreal?

-Sí. A partir del año cincuenta y ocho y cincuenta y nueve. Víctor entró ya en la Escuela Oficial de Cinematografía de Cine en 1960. Perteneció a la primera promoción. Su director José Luis Sáenz de Heredia se vanagloriaba mucho y llamó al primer grupo La promoción de la buena esperanza.

-¿Cuál fue el grado de colaboración que mantuvo con Víctor Monreal?

-Mucho. Enorme. Empezamos con Zaragoza, ciudad inmortal que fue la primera película que dirigí yo. La fotografió él. Me apetecía dirigir y a Víctor no le apetecía más que fotografíar; no nos íbamos a hacer la competencia. Luis Gómez Laguna, el alcalde, era amigo de mi familia. Dijimos: “Podíamos hacer un cortometraje sobre Zaragoza”. Se acababa de inaugurar el Paseo de Independencia como avenida. Un corto costaba unas 120.000 pesetas si cobraba todo el mundo. Fui a verlo, le di el guión y le planteé la situación. El ayuntamiento nos dio unas 50.000 ptas. Y con ese oficio del alcalde nos fuimos a una productora de Madrid, Leda Films. Duraba diez minutos y se estrenó en toda España, pero en Zaragoza en particular se hizo junto a El tesoro de Pancho Villa. Gómez Laguna la vio y se quedó entusiasmado. Dijo que eran los mejores dineros que se habían gastado porque el Paseo de la Independencia parecía Nueva York. Se rodó en octubre, nos encendieron las luces a las cinco de la tarde, nos pusieron los semáforos en intermitente y nos prestaron a tres motoristas con la sirena delante de nuestro coche que iban abriendo paso. Con un coche descapotable y las ruedas ligeramente deshinchadas montamos la cámara, la atamos en la plaza de Aragón apuntando al Justicia y arrancamos todos. Era la primera vez que conseguíamos un objetivo de 20 mm para rodar.

-Hay mucha gente que habla muy bien de Víctor Monreal, dicen que era un fotógrafo excepcional.

-Había nacido en 1940 y murió en 1968 de un accidente de automóvil. Era un profesional magnífico; lo que le gustaba de veras no era tanto la calidad del argumento o el concepto global de la película como fotografiarla. En el largometraje Muere una mujer (1964) yo fui de director de producción pero como Víctor Monreal estaba haciendo la mili, a mitad de rodaje se le acabó el permiso y tuvo que volver a la Academia General Militar, y la terminé yo. Todo lo que se rodó en Madrid y Barcelona lo hice yo. Lo dirigió Mario Camus con guión de Carlos Saura.

-Ya nos ha avanzado sin nombrarla la fundación de Moncayo Films. Explíquenos cómo nació la productora zaragozana.

-Existía el antecedente de Los sitiados. En aquella época a Julián Muro le gustaba mucho el cine, como le ha gustado siempre y tenía en la radio a Miguel Astrain, que es el autor del guión de Los sitiados, que es muy bonito porque es la historia de Los Sitios de Zaragoza contadas por el cierzo. La voz en off es la voz del cierzo. Y Astrain era amigo de Grañena. Julián Muro dijo: “Como estos chicos están en Madrid y están aprendiendo a hacer cine, les damos una oportunidad”. Así rodamos Los sitiados. En segundo lugar, ocurrió una cosa: Pepe Grañena se quedó más por Madrid y yo también, Víctor venía a menudo, y en Zaragoza el mundo del cine se quedó muy parado. Emilio Alfaro volvió de Canarias y se metió en Radio Zaragoza para hacer sus crónicas y seguir hablando de cine. ¿Qué ocurrió entonces? Rodamos Zaragoza, ciudad inmortal Monreal y yo con el consiguiente éxito. Emilio Alfaro debió hablar con Muro y además era muy amigo de Pomarón, y nos citaron a Monreal y a mí al despacho de Julián Muro. En esa reunión se habló de hacer una productora. Víctor y yo aceptamos, porque si no hubiéramos aceptado ninguno de los dos la cosa tenía más problemas porque en realidad los dos únicos profesionales éramos nosotros. Pomarón hacía cine amateur que solía estrenar en el cineclub que no tiene nada que ver con el cine profesional, Emilio tenía una modesta experiencia como guionista y el que ponía el dinero era Julián Muro. Eso fue en las Navidades de 1961.

-¿Qué se acordó, cómo iba a funcionar Moncayo Films?

-A mí me supo malo que le encomendaran dirigir a Pomarón en lugar de a mí puesto que yo sí tenía experiencia cinematográfica. Pomarón era un amateur. Y nos pareció muy raro que Astrain, que había sido un guionista que había demostrado saber hacer las cosas muy bien, se quedase completamente excluido. Alfaro dijo: “Si entra Astrain me hace la competencia a mí o por lo menos mi puesto lo tenemos que alternar”. Digamos que puso el derecho a veto a Astrain y quedó marginado. Esto lo he dicho cuando Emilio vivía. Yo me conformé y se decidió rodar el primer corto que fue en la Semana Santa de 1962 aprovechando las vacaciones: Teruel, la ciudad de los Amantes, cuyo protagonista era un cantante griego que tenía mucha fama que se llamaba Aleco Pandas.

-Esta película la dirigió José Luis Pomarón.

-Sí. El problema de Pomarón fue que era muy buena persona, nada amigo de las discusiones, pero el salto del cine amateur al profesional es otra guerra.

-Insiste mucho en ello. Explíquenos las diferencias.

-El cine amateur que hacía José Luis, como el que hacían todos los amateurs, es un cine que lo hace totalmente una persona. Yo me lo guiso y yo me lo como, como Juan Palomo. Es un cine con pocos medios mientras que el cine profesional tiene que ser labor de un equipo; después, en las películas amateurs lo más que se hacía en aquellos tiempos era emplear un magnetófono y grabar una banda sonora pero no se sincronizaban o si se ponía algún comentario rara vez coincidían lo que decía el actor... El cine profesional es distinto: ruedas la imagen por un lado, luego se dobla en unos estudios de sonido, se hacen los “tate”, se empalman, se sincronizan, no hay ningún parecido. Aunque todo es cine, desde luego.

-¿Por qué se fue de Moncayo Films José Luis Pomarón?

-Ocurrió una cosa. Se rodaron los cortos: van saliendo, los fotografiamos Monreal o yo, Pomarón los dirige. Y se decidió por fin rodar un largometraje. Había funcionado bastante bien la productora y obtenemos el guión de Muere una mujer, cuyo título completo era Cuando muere una mujer pero se le suprimió el “cuando” porque sonaba a tango. Era de Carlos Saura y se determinó que lo dirigiera Mario Camus, amigo de Víctor Monreal, porque había rodado para él en Barcelona para Iquino Young Sánchez. Emilio Alfaro lo encajó mejor porque era un hombre muy inteligente y dijo: “Si hacemos esta película y veo yo un guión profesional aprenderé”. Y aprendió. Pero Pomarón en vez de decir “yo me voy a pegar a Camus y a ver qué aprendo”, no le sentó bien; y además a Mario Camus tampoco le cayó bien Pomarón. Con lo cual Camus le puso un poco la proa. Digamos que lo ignoró, ésa es la realidad. La película se rodó en Madrid y Barcelona. También había otro inconveniente: Pomarón tenía que comer y no podía cerrar su estudio. Venía dos días a Madrid, estaba tres en Zaragoza, iba un día a Barcelona. Se encontró con un problema, que es el mismo que me encontré yo en 1967 cuando se planteó la desaparición de Moncayo Films.

-¿A qué problema se refiere?

-Yo no podía estar trabajando en Zaragoza para alimentar a mi familia y a la vez jugar a hacer cine. En 1967 (cambió la Ley de Cine y hacer películas se había puesto muy difícil en España) lo había dejado todo ya: había abierto la tienda, me había establecido en Zaragoza, estaba estabilizado. La razón decisiva para Pomarón fue la misma: hacer una película larga suponía abandonar Zaragoza durante dos meses y tenía que cerrar el estudio. ¿De qué comía su familia? En Moncayo no cobrábamos ninguno ni una perra gorda. Víctor y yo a la vez que existía Moncayo hacíamos otras películas, trabajamos con Iquino, con Europea de Cinematografía, y sí cobrábamos.

-¿En qué otros proyectos trabajaba usted entonces?

-Con Europea de Cinematografía que la dirigió José Antonio Páramo. Ése fue otro de los fallos de Moncayo: le pusieron la proa Alfaro y Pomarón. Páramo tenía un guión muy interesante basado en un cuento de Dino Buzzatti, Algo había sucedido. Yo presenté a Páramo a todo el equipo, era muy amigo mío, pero dijeron que no, que de ninguna manera. Y en Madrid fuimos brujuleando Páramo y yo, presentamos el guión a Europea de Cinematografía, les pareció magnífico y nos dijeron que sí, que se hacía, pero nos limitaron el presupuesto. Lo hicimos y fue un negocio redondo porque además fue la película seleccionada por el Sindicato del Espectáculo para representar a España en el Festival de Cannes de 1963. Páramo cambió el título por Hacia el silencio. Es la historia de cinco pasajeros en un vagón de tren. Lo rodamos en el correo Madrid-Barcelona. Agarramos el tren a las siete de la mañana, sacamos un departamento de tercera con ocho personas dentro y llegamos a Barcelona a las cinco. Rodamos todas las escenas con los personajes en el tren; los personajes volvieron a Zaragoza en el expreso de las ocho para no tener que pagar dietas, y nos quedamos exclusivamente uno de producción, Páramo, que era el director, y yo de cámara. Y cogimos al día siguiente el rápido, con lo cual rodábamos desde las ventanillas los contraplanos que nos hacían falta. Luego en la estación del Norte, el padre de la novia de Páramo nos dejó un coche parecido para que siguiéramos rodando alguna otra cosa allí, donde también se rodó la escena final. Era un mediometraje de media hora. Como largometraje fue a Cannes Del rosa al amarillo de Summers.

-¿Y no estuvo también con Iquino haciendo películas del oeste?

-Sí, spaghetti western. Hice Un dólar de fuego, cuyos exteriores están rodados en Fraga, y Cinco pistolas de Texas. Después de hacer El rostro del asesino que dirigió Pedro Lazaga en el monasterio de Piedra, Pomarón se había ido, se puso algo de dinero en Cinco pistolas de Texas, que era una coproducción con Italia, Iquino y con Moncayo Films. Emilio Alfaro era quien cortaba un poco el bacalao y vio como estaba la circunstancia: la única posibilidad de seguir haciendo cine era que yo dirigiera un argumento suyo y que lo fotografiara Víctor Monreal...

 -¿Está hablando de Culpable para un delito?

-Sí. Preparamos el guión él y yo en su chalet de Maleján en el verano de 1965. El primer título que manejamos fue Balada para un hombre solo.

 -¿Dirigió usted toda la película? Se lo digo porque alguien da a entender que la dirigieron usted y Alfaro...

-El propio Manuel Rotellar dijo eso pero la dirigí por completo. Va faltando gente, Jesús Casamián y Pepe Otal han fallecido hace poco, pero Julián Muro sigue viviendo. Tiene otra persona que sale en Culpable para un delito que es Pedro Avellaned. El argumento era de Emilio Alfaro totalmente, el guión lo escribimos entre los dos y la dirigí yo. En la Filmoteca tiene la versión original y la que se rodó con todas las modificaciones que se hicieron.

 -¿Tuvo éxito?

-Fue con la única película que ganó dinero Moncayo Films. Se pasó en las salas y la compró la filial de Columbia para televisión y se estuvo pasando en la pequeña pantalla.

-Había cosas muy curiosas: convertían a Zaragoza en una ciudad con mar...

-Convertíamos a Zaragoza en una ciudad internacional que no se reconociera. No se reconocía. Necesitábamos un mar, una playa, y empleé yo lo que se llamaba entonces la playa de los americanos, un meandro del río Gállego junto a la Cartuja de Aula Dei que era a donde iban los americanos a bañarse. Y como hacía falta un metro, empleé para metro el paso subterráneo de las Delicias, las escaleras que bajaban, había un túnel y luego se salía por el otro lado.

-¿Y el protagonista Hans Meyer?

-Lo descubrió Emilio Alfaro y le pareció “un rostro muy interesante”. Hans Meyer era muy popular en ese momento en España porque estaba haciendo un anuncio de coñac que decía “Este me va”. Era sudafricano, con la cara picada de viruelas. Le acompañaban Yelena Samarina y Perla Cristal. El primer candidato a protagonista fue Fernando Sancho, pero resulta que tenía un compromiso de tres películas con una productora de Roma para hacer los personajes de Carrancho, que era muy popular en Italia. Víctor fotografió la mitad de la película y yo la otra mitad. Ocurrió una cosa muy curiosa: la película se rodó en cinco semanas, en la cuarta semana le saló un contrato con José Antonio de la Loma para rodar Misión en la Ginebra, y me dijo: “¿Te importa que me vaya?”. Y a mi ayudante de dirección Federico Canudas le salió otra película en el extranjero y se fue. Así que en las últimas semanas fui director, fotógrafo y ayudante de dirección.

-Esta película ya marcó casi el final.

-Sí. Estábamos en Barcelona porque Jorge Feliu, al que yo conocía de los cineclubs, me dijo que le habían encargado los de Matesa hacer una película para la Feria Textil de Basilea. Había que rodar en España, en Europa y en América. Me invitó a que fuese rodar yo a América con Víctor Monreal, y nos fuimos juntos a Canadá, Estados Unidos, y desde allí Víctor regresó a Barcelona porque lo llamó De la Loma para rodar otra película en Holanda. Al Perú me fui yo solo, pero asistido por profesionales de Matesa. Teníamos avioneta, equipo eléctrico, cámara, todo. Yo iba de señorito: a dirigir y fotografiar.

-¿Cómo se produjo el fin de Moncayo Films?

-Cuando volví de Perú aún se había metido dinero en coproducir una película De la Loma que fotografiaba Víctor Monreal en Ámsterdam: El magnífico Tony Carrera. Se había puesto un 20 %. Moncayo estaba ya alicaído porque el problema gordo que se presentó, más allá de errores de un tipo y de otro y de la desgracia (falleció Víctor y lo sentimos mucho, claro), fue que hasta el año 1967 hacías una película y la presentaban a clasificación y censura; decías que había costado ocho millones de pesetas (que es lo que dijimos que había costado Muere una mujer, en realidad costó cinco y medio. Alberto Closas, su protagonista, cobró 750.000 pesetas), si la película era de “interés nacional”, si era del régimen, te daban el 50 %, si estaba bien era primera A y te daban el 40% e iban bajando. Nos dieron primera B, con lo cual nos dieron el 35 %. Con un capital inicial de cinco millones con este procedimiento podías hacer de dos a tres películas al año. ¿Qué ocurrió en el año 1967? La ley de Fraga en vez de darte cualquiera de esos porcentajes, te da el 15 % de lo que recaude la película en taquilla, que es mucho más dinero, pero si una película está en explotación tres años, tardabas un año y medio en empezar a ver dinero. Ese fue el motivo principal y la prueba es que si en 1966 se habían hecho más de doscientas películas, en 1967 se hicieron sólo treinta y tantas.

-¿Fue traumática la disolución de Moncayo Films?

-No. Fue una cosa que se fue apagando. Emilio escribió otro guión, Las dos caras de la muerte, que no se llegó a rodar. Alfaro seguía con su consulta médica; Julián Muro era registrador de la propiedad y lo trasladaron a Santa Cruz de Tenerife. Él era el socio capitalista y los demás los socios industriales. Ni pusimos ni cobramos una perra gorda, insisto. Hacíamos los pases de las primeras copias de las películas en el cine Roxy y asistió a todas o a casi todas Manuel Rotellar.

-Y usted dejó el cine definitivamente.

-Sí. Por no mentir hice un videodrama pagado por la Diputación de Zaragoza sobre Miguel Labordeta. Eso se rodó ya con unos medios tan precarios que vergüenza me da decirlo.

-¿Qué tipo de cine le ha gustado y le gusta?

-El policíaco, el clásico de los cuarenta y cincuenta, Hitchcock y las películas basadas en la obra de George Simenon, no sólo las del comisario Maigret.

-¿Cree que Moncayo Films fue una oportunidad perdida o no?

-El problema de Moncayo Films fue que nos anticipamos en el tiempo. Las ilusiones de Emilio Alfaro y nuestras de haber montado en Cuarte unos estudios con laboratorios eran una pura utopía, pero en aquel momento todavía más porque no había ningún apoyo. Creo que si hubiera nacido en los tiempos de las autonomías, como ha ocurrido en Euskadi o Cataluña, a lo mejor habría habido algo más de fortuna. Aunque la verdad es que los tiempos que corren En Aragón tampoco están ahora para echar cohetes. Fue una época muy bonita. Todo esto lo he contado, en colaboración con mi sobrino Juan Duce Reblet, en La década de Moncayo Films (Ayuntamiento de Zaragoza, 1997).

-Gracias por sus recuerdos.

-¿Ya hemos acabado? Déjeme decirle dos cosas. Aprendí mucho de la técnica de dirección de Pedro Lazaga. ¡Cuánto sabía de cine! Era una maravilla en todos los aspectos, en planificación, en dirección de actores o en los movimientos de cámara. Y la segunda es que yo con una cámara de fotos en las manos soy feliz. Plenamente feliz.