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Antón Castro

JORGE BERGUA: MÚSICA Y POESÍA

JORGE BERGUA: MÚSICA Y POESÍA

[Juan Marqués, padre del recental niño Bruno, me escribe: me dice que aparece en Pre-Textos un ensayo del aragonés Jorge Bergua Cavero, de quien me hablaba con mucho cariño Félix Romeo, sobre ‘La música de los clásicos’. Esta es la promoción que le hace su editorial.]

 

La música de los clásicos. Versiones de la poesía antigua, de la Edad Media al Renacimiento tardío. Jorge Bergua. Pre-Textos. Valencia. 2012.

Una de las cuestiones de fondo de este estudio es la que quizá sea –al menos para quien tiende a percibir el mundo con el oído antes que con los ojos– la más compleja y apasionante de todas las que se plantean en el campo de las humanidades: la de las relaciones entre lenguaje y música, esa amplia y minada zona de paso en la que confluyen el texto y la melodía, la prosodia y la articulación, el ritmo verbal y el musical, el significado de las palabras y el de los sonidos, a menudo en colaboración estrecha, pero también en eterna lucha por imponer su propia ley (Alfred Einstein lo planteó de forma categórica: “Una historia de la canción, o de las formas vocales en general, podría tratarse simplemente como la historia del conflicto incesante entre las exigencias de la música y las del texto”). Centrado en la larga fascinación de la cultura europea por la música griega y romana –y de forma especial en las muy diversas versiones musicales de textos clásicos originales–, no es este un estudio dirigido en principio a musicólogos, sino que planteamos el trabajo más bien como un ensayo dentro del campo más amplio de la tradición clásica y la recepción de la Antigüedad.

Jorge Bergua Cavero (Zaragoza, 1965) es doctor por la Universidad Complutense de Madrid y profesor de Filología Griega en la de Málaga. Fue becario de la Residencia de Estudiantes entre 1990 y 1993, y ha sido investigador invitado, entre otras, en la Universidad de Michigan en Ann Arbor y en la Escuela española de Historia y Arqueología en Roma (CSIC). Su actividad se centra en los temas de tradición clásica y pervivencia del legado antiguo, tanto en su dimensión literaria, musical y de pensamiento como en la lingüística; fruto de ello son libros como Estudios sobre la tradición de Plutarco en España, siglos XIII-XVII (Univ. Zaragoza, 1995), Los helenismos del español. Historia y sistema (Gredos, 2004) o Francisco de Enzinas. Un humanista reformado en la Europa de Carlos V (Trotta, 2006). Además, ha desarrollado una amplia actividad como traductor, tanto del griego clásico (Plutarco, Longo de Lesbos, Sexto Empírico, Luciano de Samósata) como del francés (Stendhal, Claire Goll, ambos en Pre-Textos) y el alemán. [Nota de promoción editorial.]

 

ANTONIO MINGOTE HA MUERTO

Mingote o el amor a los ‘don nadie’

 

Antonio Mingote tenía algo de gamberro y de aventurero en su infancia. Y un inequívoco sentido del humor. Nació en Sitges en 1919, pero sus primeros años los pasó en Aragón: primero en Calatayud, donde conoció el embrujo del castillo, la fuerza del paisaje y el enigma de la nieve. Luego residió en Daroca: era la villa de su padre, Ángel Mingote, compositor y pianista, y en ella descubrió los misterios de la Edad Medieval y de una ciudad llena de pasadizos y murallas. Un día, al atravesar una puerta, se dio un golpe en una piedra y le quedó una marca para siempre en la cabeza.

Daroca era un paraíso inefable, también lo fue de su gran amigo Ildefonso-Manuel Gil. Y en cierto modo también lo fue Teruel: allí se descubrió dibujante y pecador (se confesó, largamente, por desacato al sexto mandamiento), y descubrió que la fuerza de la sangre y la naturaleza son incontenibles. Ante la belleza de una mujer no hay espíritu religioso que valga. Al final de sus días, recordando la falta de la libertad y los rigores eclesiásticos tal vez, diría: “No soy religioso”.

Desde la ciudad mudéjar, en 1932, remitió un dibujo del conejo ‘Roenueces’ a la revista ‘Blanco y Negro’ y se lo publicaron; y años más tarde, en 1936, también le publicarían otro dibujo en ‘ABC’. Durante la Guerra Civil conoció diversos frentes, y luego volvió a Zaragoza, donde trampeó con dos cursos de Filosofía y Letras. Aquí, con seudónimo, firmó novelas policíacas y del oeste.

En 1944 se trasladó a Madrid, que sería la ciudad de su vida. De la bohemia inicial, a la sombra de la revista ‘La codorniz’ y de las amistades de Carlos Clarimón y Rafael Azcona, pasaría a ser un activo hombre de orden de vida más bien desordenada. El futuro humorista también tenía madera de escritor, y en 1947, con ilustraciones de Goñi, “a quien tanto admiraba”, publicó su novela ‘Las palmeras de cartón’.

En Madrid, con Mihura, Álvaro de la Iglesia, Tono y tantos y tantos otros, forjaría un carácter, un punto de vista, una mirada sobre el mundo. Le interesaban los ciudadanos corrientes, las mujeres exuberantes y algo pijillas, las burguesas próximas a escandalizarse, el hombre escindido, el trabajador, le interesaban las voces de la calle y de la taberna, etc. A partir de su ingreso en ABC en 1953, apenas pararía: hizo alrededor de 25.000 ilustraciones. Aunque, en realidad, Mingote, irónico y metafísico, goyesco y velazqueño a la vez, encarnó al artista multimedia: escribió para el cine y la televisión, hizo radio, publicó libros de ilustraciones como ‘El hombre solo’, por ejemplo, ilustró ‘El Quijote’ con 600 dibujos, fue figurinista, cartelista y decorador, y solía decir que, en el fondo, era un copista del Museo del Prado: en sus viñetas, variadas casi siempre y a la vez muy personales, en sus dibujos, rendía homenaje a Velázquez y a Goya y a la gran pintura española con su trazo enérgico y sutil a la vez, con el bocadillo-chiste que descubría las paradojas y la rebeldía de los “don nadie”.

Fue un observador (“Yo no sé de nada. Son un aficionado”, decía) y un editorialista, alguien que miraba la realidad y la concentraba en unos cuantos rasgos y en un diálogo, más irónico que desabrido, más elemental que político, aunque no hay nada tan elemental como la política. Su estética consistía en “razonar hasta más allá de lo razonable”, con ingenio y un poco de mala. Pesimista y vitalista a la vez (“yo no soy divertido”, repetía), cronista de vidas y sentires con un gran sentido común, trabajador incansable (solía repetir que pertenecía al gremio de “trabaja idiota y no pares”), al final de sus días decía que lo más determinante de su vida había sido el amor. El amor a su mujer Isabel, a los suyos, a un periódico, a la necesidad de comunicar y, sobre todo, a tantos y tantos seres anónimos que pueblan sus viñetas y que a veces estaban tan amenazados por un sistema injusto que, tal como pintaba y decía Mingote, no tenía escrúpulos en arrojarlos al vertedero o en convertirlos en esclavos.

*Este artículo lo he escrito hoy para la edición de heraldo.es.

EL POETA MARIANO MIGUEL DE VAL

 

MARIANO MIGUEL DE VAL, BEATRIZ DE VAL

Y JESÚS RUBIO JIMÉNEZ

Hoy publico un artículo en ‘Heraldo’ en la sección de cultura sobre el poeta madrileño, de origen aragonés, Mariano Miguel de Val, nacido en 1875 y fallecido en 1912. Fue columnista de ‘Heraldo’ y director de ‘Diario de Avisos’. Escribió poesía, crítica literaria, artículos, teatro y novela. Beatriz de Val, profesora en el Instituto Cervantes de París y en el Instituto de Ciencias Políticas, ha presentado una tesis doctoral sobre él en la Universidad de Zaragoza. Digo, por error, que esa tesis fue dirigida por José Luis Calvo Carilla; lo fue por Jesús Rubio Jiménez.  Aquí vemos al escritor y abogado, amigo de Rubén Darío, Juan Ramón, Machado o Mariano de Cavia, entre otros, en su despacho. Dirigió durante cuatro años el Ateneo y fundó la Academia de Poesía, que duró de 1910 a 1912.

MARIAN RAMÉNTOL: UN POEMA

MARIAN RAMÉNTOL: UN POEMA

ALBERT LÁZARO: UNA PLAQUETTE DE MARIAN RAMÉNTOL

[He hablado aquí Albert Lázaro-Tinaut, poeta, traductor, apasionado de la poesía, letraherido hasta la médula, apasionado defensor de la cultura como forma de convivencia y de rebeldía permanente. Su penúltima empresa cultural es la publicación de unas plaquettes poéticas (numeradas, 30 ejemplares) en varias lenguas: hace poco publicaba las ‘Caligrafías indecibles’ de Marian Raméntol y las traducía al estonio, en versión de Jüri Talvet, a quien Alberto ha traducido al castellano: tengo aquí ante los ojos ‘Elegía estonia y otros poemas’ (Palmart Capitelum) y ‘Del sueño de la nieve’ (Olifante, 2012), dos volúmens de Jüri traducidos al alimón con Albert. Pues bien, uno de los poemas que más me ha gustado de Marian y sus ‘Caligrafías indecibles’ es este. Lo publico aquí, y en mi blog, por cortesía de Marian, de Albert y de Jüri.]

 

 

 

MARIAN RAMÉNTOL

 

 

El abismo de tu sombrero de fieltro negro   

Sólo le regalas a mis noches
el abismo de tu sombrero de fieltro negro.

Mis párpados son la única sombra que descansa
sobre mis pezones,
que han inventado una nueva caligrafía
para que tus dedos descifren
el extraño alfabeto que modula su ansia.

Pero tú no te quedas
y obtienen de tu boca una excusa,
tienes las manos demasiado frías para dibujar pasiones.

Mis piernas no insisten, ya no te miran,
prefieren darle la mano a Justine
entregarse al libertinaje del Divino Marqués,
a seguir siendo la pareja de hecho de la cobardía
que prostituye el intento de tu lengua.

Ahora vete,        
mis senos son demasiado valientes
como para jugar al escondite con tus dedos de mercurio.

*La foto y la ilustración de Marian Raméntol están tomadas de su blog. La foto de arriba es de Vincent Peters. 

 

GARRAPINILLOS, 1-EL SALVADOR, 2

GARRAPINILLOS, 1-EL SALVADOR, 2

En la primera vuelta, cuando parecíamos casi los mejores (fuimos ocho jornadas de primeros, creo recordar) hubo un equipo que me impresionó: a mí y a todos. El Salvador. Vicenta Almazán, el señor “pasaba por aquí”, tomó una foto azarosa del aquel choque. El Salvador juega en superficie artificial y jugaba muy bien al fútbol: un fútbol de combinación, de toque, técnico. Inicialmente nos dieron un baño: tuvieron un alto nivel de posesión. Y parecía que íbamos a salir de su campo descalabrados: acabamos ganando. Nos pusimos 0-2; redujeron diferencias y nuestro arquero Luis hizo un gran partido; al final también erramos ante el marco el que hubiera sido el tanto de la tranquilidad. 1-2, con tantos de Eloy y Óscar Cambra.

Hoy El Salvador, tercero en la tabla y con ocho puntos de diferencia (esos llegamos a llevarles nosotros; o quizá solo siete, ahora no seguro) venía a jugar a San Lorenzo. He oído sus gritos y sus consignas: decían que eran un partido vital, que eran tres puntos, que venían a vencer. Oímos sus gritos de guerra o de ánimo. Todos tenemos uno, muy semejante. Nosotros partíamos con dos bajas importantes: Lacabe, se quedó fuera por acumulación de tarjetas, y Jorge Blasco había perdido a su abuelo Justo Blasco, que había sido campesino y tenía 91 años. Justo solía decirme en los últimos meses, hace algo menos de un mes, que ya no podía verme, pero que me reconocía por la voz. Siempre le hablaba y le decía, “¿cómo está el señor alcalde?” Él, correctísimo, me decía: “El alcalde, en realidad, es mi hijo”.

Antes de salir, preparamos el partido. Lo mejor que pudimos. Línea a línea, jugador a jugador casi. Como necesitábamos goles como el comer recordamos a uno de los grandes goleadores de todos los tiempos: Raúl González Blanco, a quien Guardiola acaba de definir como “el mejor jugador español de la historia”. Nosotros arriba jugamos con tres zurdos: Eloy Mateo, Ángel Sanz y Jorge Rodríguez. Los tres técnicos, habilidosos, capaces de armar la pierna, peligrosos. Pero además necesitábamos olfato, combatividad, pundonor, orgullo, deseos de vencer. Y de ahí que hablásemos de un jugador que tiene la mentalidad de un juvenil o de un potro de COU que trabaja para la gloria.

Salimos. Formamos de entrada así: Sergio Calvo; Dani Pekerul, Jorge Beltrán, Eduardo Pirri, Rafa Fernández; Diego Rodríguez, Kike Alcubierre, Alberto Luna; Jorge Rodríguez, Eloy Mateo y Ángel Sanz. En el banquillo quedaron Luis Romero (que no jugó al final), Alberto Sancho, Enrique Romero (que volvía al campo un mes después), David Mateo y Jorge Buil.

El día era caluroso, pero ideal. Un día precioso. A la misma hora del inicio se enterraba Justo Blasco: guardamos un minuto de silencio. Empezó el choque. Respetábamos al rival, claro, pero pronto empezamos a dominar: realizamos quince minutos espléndidos, de dominio y control, de verticalidad, con más empuje que claridad, pero teníamos el balón lejos de la portería. Hubo disparos, algunas ocasiones un tanto imprecisas. Y de golpe, en un lance confuso, el primer acercamiento del rival a nuestra área, Sergio Calvo acompaña un balón ante la presión y el avance de un rival, y en su salida lateral lo derriba: Penalti, y gol. Primer jarro de agua helada: era el cuarto penalti consecutivo que nos pitan en los cuatro últimos partidos. Poco más tarde, en medio de la desorientación, un jugador rival aprovecha un rechace y desde lejos coloca el balón raso y ajustado al palo izquierdo de Sergio, que quizá se viera entorpecido por una muralla de piernas. El gesto técnico fue hermoso y preciso, pero pareció que iba a resultar menos peligroso por su lejanía. Estábamos como los últimos días: al borde del abismo. Desubicados y desconcertados de súbito. Con muy poco, pero con afinación, El Salvador se había puesto por arriba. Este no era El Salvador estiloso de la primera vuelta: era un equipo correoso y un tanto protestón, duro y con mucho oficio, que tenía en su capitán, el número 10, a su mejor jugador. Jugaba de eje con claridad y visión y sabiendo bien de qué va este juego; recibió una clara tarjeta por falta a Diego Rodríguez y el árbitro le perdonó otra clarísima ante sus propias narices. Ahí no fue objetivo ni aplicó la literalidad del reglamento. No es una percepción subjetiva en absoluto, ni victimista. Al final, en un lance menos intrascendente y menos violento, le sacaría la segunda tarjeta a Jorge Beltrán por un amago de protesta.

El partido parecía haber entrado en una especie de abismo para nosotros, pero nunca le perdimos la cara. Y en una falta que sacó Eloy desde la banda derecha, Dani Pekerul cabeceó a las mallas. Así terminó la primera vuelta. Había sido un choque intenso, jugado de poder a poder, y la suerte había caído del visitante, pero nosotros habíamos trabajado muy bien. Con intensidad, con casta, con vehemencia, con velocidad, con mucho empeño. Y quizá con algo menos del juego necesario o del soñado...

En la segunda parte, el Garrapinillos salió a por todas. Y suyas fueron las mejores ocasiones, aunque ellos también buscaron en saques de esquina y faltas el gol, y en algún que otro desborde. Avanzaba el choque en un toma y daca constante cuando el colegiado señaló penalti, quizá fuera algo riguroso, no estoy seguro; lo lanzó Eloy y falló: lo rechazó el portero en una buena estirada. Eloy volvía a fallar una pena máxima, pero eso le pasó a cualquiera.

Seguimos trabajando y poco después Jorge Rodríguez remató en la boca de gol, rechazó in extremis el arquero y el balón se fue al palo. Por un momento pareció entrar, pero no fue así. Seguimos peleando y peleando: Alberto Sancho, que salió por la banda derecha, se quedó solo ante el arquero y se le fue un poco el balón.  Y así, poco a poco, con trabajo, con tesón, bregando hasta el final y con un hombre menos ya, se fue muriendo un partido en el que cedimos injustamente. Lo más lógico habría sido el empate. El Salvador hizo un partido serio, trabajado, correoso cuando fue necesario, y se llevó la victoria. Y nosotros, a pesar de la entrega, de la honestidad, de las ganas, volvimos a quedar perplejos. Doloridos. Con un palmo de narices.

Eso sí. Si ante el Movera estuvimos mal en defensa, o ante el A Mesa Puesta o ante El Burgo, hoy el equipo estuvo a buen nivel. Consistente, bravo, intenso. Y con momentos de combinación y buenas penetraciones por las bandas. Pirri estuvo soberbio en una defensa correcta y seria; en la media se volvió al sistema tradicional de tres y todos rayaron a un buen nivel, Kike en tareas defensivas, fue nuestro quinto defensa y el primer armador del ataque, Diego y Luna trabajaron mucho, y los delanteros, sin toda la suerte que se merecieron, rayaron a buena altura: tanto Eloy como Jorge, que tuvo un gol clarísimo, como Ángel, cada vez más sólido y con tendencia a irse hacia el centro. Y los que salieron cumplieron de largo.

Al final, lo dicho: Garrapinillos, 1- El Salvador, 2. Para el próximo choque perdemos a Jorge Beltrán.

CLAUSURA DE LA IX MUESTRA DE CINE Y DERECHOS HUMANOS CAI

Por Mercedes VENTURA

La voz de Ambar Martiatu, broche final de la IX Muestra de Cine y Derechos Humanos CAI, cuyo premios del Público y del Jurado Joven ha sido para “Sobre la misma tierra”, de Sipán

Laura Sipán en una foto del ’Diario del Altoaragón’.

Con el documental “Nelson, en nombre de la libertad” y el preestreno de "Esto no es una película", todo un desafío del cineasta iraní Jafar Panahi, condenado por su país a 20 años sin rodar cine, ha finalizado la IX Muestra de Cine y Derechos Humanos, organizada por el Servicio Cultural de CAI. La voz de la cantante cubana Ambar Martiatu, cantando al amor universal, ha puesto un magnífico broche de oro a esta edición de cine solidario y humanitario. 

Los responsables de despedir esta nueva edición han sido el director del Servicio Cultural CAI, Antonio Abad, y el coordinador de la Muestra, el programador cinematográfico y profesor Luis Antonio Alarcón, que han destacado  la asistencia durante estos días de más de 1300 espectadores a los que habrá que sumar los alumnos que acudan a la Sección Educativa, que se celebrará después de Semana Santa (10 a 20 de abril).

Asimismo, han subrayado la excelente consideración de las películas por parte del público, y lo reñida que ha estado la clasificación del premio Honorífico del Público, que finalmante ha sido para una de las producciones aragonesas, “Sobre la misma tierra” (votada con 4,56 puntos) de Laura Sipán, quedando tercera el documental del oscense Marco Potyomkin (4,15 puntos). La segunda posición ha sido para “ithemba” (esperanza) (4,45 puntos), protagonizada por un grupo de jóvenes con discapacidad en África. El Jurado Joven ha coincidido con el Público al elegir como favorita la película de Laura Sipán, por su valor y compromiso al denunciar la situación y el drama de los desplazados en CoLombia.

Sobre las situaciones injustas que se han denunciado a lo largo de estos ocho días de cine y derechos humanos, Toni Alarcón, también ha apuntado importantes aportaciones recogidas en los debates celebrados en la Muestra. Entre ellas, la reivindicación de una espectadora de que “Lo que hay que globalizar es la solidaridad”. Y un dato durísimo sobre la situación actual en el mundo: hay más de 170 países que violan los Derechos Humanos.

De ahí la importancia de que la labor de concienciación y reflexión de la Muestra de Cine y Derechos Humanos de Zaragoza también llegará a las aulas, a través de la Sección Educativa, organizada por el Servicio de Educación del Ayuntamiento de Zaragoza. Del 10 al 20 de abril, unos 400 estudiantes de primaria y secundaria, verán la proyección "El pasajero negro", de Pepe Danquart (Oscar al Mejor Cortometraje en 1993) y participarán en talleres realizados por SOS Racismo y Asamblea de Cooperación por la Paz.

MARIE CURIE EN BICICLETA

MARIE CURIE EN BICICLETA

[Ayer encontré esta foto de Maria Sklodowska, Marie Curie. A ella y a su marido Pierre Curie les dedicó este texto de ‘El paseo en bicicleta’ (Olifante, 2011), que es el favorito de la escritora y periodista Paula Figols. La foto está firmada en 1910 y es de A. Harlingue. En otro lugar del blog está publicada una foto de esta luna de miel de los dos sabios.]

 

 

LUNA DE MIEL

 

De ’El Paseo en bicicleta’.

 

El profesor escribió dos nombres en la pizarra: Pierre Curie y Maria Sklodowska. Científicos. Se sentó en su sillón y se dirigió a los alumnos: “Marie Curie, Maria Sklodowska de soltera, solía decir que la ciencia encierra una gran belleza y que un sabio en su laboratorio es como un niño ante un cuento de hadas. Experimenta idéntico asombro ante los enigmas de la naturaleza: las mareas, un vendaval de verano, un relámpago, el lenguaje oculto de los minerales. Marie Curie fue una mujer marcada por su vocación. Y por una voluntad de hierro. Desde muy joven padeció diversas adversidades: la muerte de su madre, maestra, pianista y cantante, y la persecución política de su padre, profesor. Estudiaba historia natural, matemáticas y física, y trabajó de institutriz. En aquellos días, antes de dejar Polonia, cultivaba en secreto la poesía: redactaba piezas sobre los primeros amores, la necesidad de saber y la hermosura de los días de nieve. Ayudó como pudo a su hermana Bronislawa, que había partido a La Sorbona a estudiar medicina. Poco después llegaría ella a París, y se instalaría en el Barrio Latino: pasaba tanto frío que dormía con la ropa puesta. Era una mujer débil y fuerte a la vez: poseía una determinación de acero y una inclinación constante a la anemia. Lucía un cabello rubio, tamizado por un tono ceniza, y era sobria en su vestimenta y en sus hábitos. En su rostro de dibujadas facciones destacaban sus ojos claros. En La Sorbona una mujer como ella llamaba la atención: a unos les suscitaba rechazo, otros se deshacían en chismes o se burlaban de su mal francés, y a uno en particular le atraía aquella joven sigilosa, concentrada, que hablaba con gran precisión de la ciencia y que se había licenciado en física y en matemáticas con un año de diferencia. Era Pierre Curie, un profesor distinguido de física, tan brillante como tímido; había realizado investigaciones sobre la electricidad del cuarzo, solo y en colaboración con su hermano Jacques. Intentó establecer una relación con ella. Concertaron las primeras citas y la estudiosa polaca lo recibió en su estancia glacial en el Barrio Latino. Él la invitó a casarse, pero Marie tardó diez meses en responderle. La boda se celebró en julio de 1895, en Sceaux, una población próxima a París con castillo, parque, lago y bosque. Fue una ceremonia extraña: una ceremonia civil, sin notario, sin alianzas, ni vestido blanco de novia ni convite. Marie Curie llevaba un traje azul; el novio diría después que ‘nunca le había parecido tan hermosa como entonces’. Su luna de miel fue completamente atípica: unos parientes les habían regalado un poco de dinero, como obsequio de boda, y Pierre y Marie adquirieron un par de bicicletas. Salieron de paseo por diversos lugares de Francia: ella llevaba el ramo de flores en el manillar, él un pequeño zurrón. Fueron de aquí para allá, pernoctaban en posadas y hostales, contemplaban el paisaje, se detenían en las umbrías y en las plazas públicas, visitaban monumentos, comían a la orilla de los ríos siempre frugalmente: pan, fruta y queso. Fue una aventura inolvidable de amor, de complicidad, de improvisación en la ruta y de gozoso esfuerzo. Aquí y allá hablaban de sus investigaciones en torno a la radiactividad, consumaban su pasión, y proseguían con rumbo incierto. ¡Qué hermosa les pareció Francia: cuántos viñedos había que ver, cuántos jardines a su paso reclamaban su atención, qué luz desleída de oro viejo bajo las arboledas! Años después, tras lograr la pareja el premio Nobel de física por sus investigaciones en torno al polonio y al uranio, un tenebroso día lluvia de 1906, Pierre Curie dio un mal paso y resbaló en una calle de París. Un carro de caballos de seis toneladas lo arrolló y le produjo heridas mortales en la cabeza y en el cuello. Con lágrimas en los ojos y completamente desolada, Marie Curie preguntó: ‘¿No hay ninguna esperanza de vida?’. Bueno, quizá no he debido contarles esto”.

El profesor calló abruptamente, y luego hizo un gesto de contrariedad y de arrepentimiento. Miró a sus alumnos y añadió: “A mí lo que siempre me ha conmovido de los Curie ha sido ese viaje en dos bicicletas por Francia. Casi les diría que es la luna de miel más original que conozco. Marie Curie murió de anemia aplásica en 1934. La enterraron en un panteón muy cerca del de su marido. Un biógrafo se pregunta: ‘¿Los habrán enterrado con sus bicicletas?’ Más que el descubrimiento de la radiactividad o sus hijas Éve e Irène, para mí las bicicletas son el gran símbolo de su amor”.

 

*De ‘El paseo en bicicleta’. Antón Castro. Olifante: Ediciones de Poesía. 2011.

CARLOS VITALE TRADUCE A MONTALE

Mi buen amigo, el poeta y traductor Carlos Vitale me envía una de sus últimas traducciones. Esta del gran poeta y premio Nobel Eugenio Montale:

[Eugenio Montale nació en Génova en 1896 y murió en Milán en 1981. Entre otros libros, ha publicado: Ossi di seppia, Le occasioni y La bufera e altro. En español: Las ocasiones, Ediciones Igitur, Montblanc, Tarragona, 2006.


Traducción de Carlos Vitale

http://carlosvitale.blogspot.com

http://viasole.blogspot.com

 

NO ME CANSO…

No me canso de decirle a mi entrenador:
tira la toalla,
pero él no oye nada porque ni en el ring ni fuera
jamás se lo ha visto.
Quizá, a su manera, trata de salvarme
del deshonor. Que se preocupe tanto
por mí, el idiota, o yo sea su bufón
me tiene en vilo entre la gratitud
y la furia.


NON MI STANCO…

Non mi stanco di dire al mio allenatore
getta la spugna
ma lui non sente nulla perché sul ring o anche fuori
non s’è mai visto.
Forse, a suo modo, cerca di salvarmi
del disonore. Che abbia tanta cura
di me, l’idiota, o io sia il suo buffone
tiene in bilico tra la gratitudine
e il furore. 

© del texto: su autor

© de la traducción: Carlos Vitale.]

 

*La foto es de Ugo Mulas y está tomada en 1970.