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Antón Castro

EL CENTENARIO DE UN POETA: ILDEFONSO-MANUEL GIL (1912-2003)

ILDEFONSO-MANUEL GIL

El poeta de la autenticidad cumple un siglo

 

 

[Hace cien años, nacía en Paniza el humanista y escritor de la Generación de 1936, que fue condenado a muerte y dirigió la Institución Fernando el Católico]

 

ANTÓN CASTRO / Zaragoza

Tal día como hoy, hace exactamente un siglo, en Paniza, Zaragoza, nacía el humanista, escritor y profesor Ildefonso-Manuel Gil. Poco después, se trasladaría a Daroca. Diría años después Ildefonso: “Mi vida ha sido como la del niño de ‘Cinema paradiso’. Me gustaba el cine mudo y el teatro. Mi padre alquiló, con otros socios, el Teatro Cervantes de Daroca. Yo hacía teatro con un amigo, Luis Bobed, representábamos fragmentos de los libros de preceptiva literaria y cobrábamos la función a unos céntimos”. Recreó su infancia en ‘Un caballito de cartón’ (Xordica, 1996), donde habla de la revelación de la literatura, de sus paseos por las colinas al ocaso con su padre y del clima de amistad y creatividad incesante que vivía con su hermana Victoria, que tocaba el piano y murió joven: hacían juegos de palabras, construían diccionarios de casi todo y leían los poemas de Bécquer.

Pronto se inclinaría hacia las letras. Estudió el bachillerato y decidió matricularse en Derecho, entre otras cosas porque veía que “muchos escritores habían hecho esa carrera”. Se trasladó a Madrid con su madre, que le financiaría su primer libro: ‘Borradores’ (1931), que nacía del deslumbramiento por el poeta sevillano, por Gabriel y Galán, y Campoamor. Madrid fue determinante para él: conoció a Benjamín Jarnés, al que traería de excursión a Daroca, a José Antonio Maravall, a Francisco Ayala, a Ricardo Gullón, que serían sus grandes amigos. Y en 1934, tras haber pasado muchas horas en la Biblioteca Nacional y haber asimilado la lírica de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y la Generación del 27, publicó un poemario mucho más maduro: ‘La voz cálida’. El escritor y bibliófilo José Luis Melero, uno de sus grandes amigos de sus últimos años, dice: “Me gustaba mucho hablar con él, porque no quedaba ya nadie en Zaragoza que pudiera hablarnos, no de oídas, sino de primera mano, por haberlos conocido o mantenido amistad, de escritores como Jarnés, Sender, Juan Ramón, los Machado, García Lorca (a quien conoció con la Argentinita en el Teatro Español de Madrid), Pedro Luis de Gálvez (de quien no se libró del consabido sablazo), Seral y Casas, el vanguardista aragonés Antonio Cano...”

Poco más tarde, obtuvo una plaza de funcionario en Teruel y allí le cogería la Guerra Civil. Fue denunciado, detenido y condenado a muerte, y pasó siete meses y diez días en el Seminario, esperando que le viniesen a buscar para ser ejecutado. Esa sensación de terror diario y de pesadilla la narró en su novela testimonial, ‘Concierto al atardecer’ (DGA, Crónica del Alba, 1992). Al terminar la contienda se trasladó a Zaragoza y trabajó en el colegio Santo Tomás de la familia Labordeta, en Sagrada Familia, en HERALDO de administrador, en los tiempos de su gran amigo Pascual Martín Triep, y en la Universidad de Zaragoza, como ayudante de Francisco Ynduráin. Recuerda Eloy Fernández Clemente, primer premio de las Letras Aragonesas: “Había sido profesor mío en Letras, a comienzos de los sesenta; luego nos escribimos cuando estaba en los Estados Unidos, y el reencuentro fue para siempre, y de tú a tú, pues daba y pedía mucho cariño: muchos miércoles, a media mañana, tomábamos café al que solía acudir Pilar, su esposa. Y volaban mil asuntos, proyectos, ideas... Me gustaron mucho su primeriza novela ‘La moneda en el suelo’ y el tardío ‘Concierto al atardecer’, sobre la espera de la muerte, en el Teruel en guerra. Cuidaba muchísimo los textos, los poemas. Era un artista de la palabra”.  

Entonces, redactaba poemas y escribía ensayos en el café Ambos Mundos o en el Niké, colaboraba con un yugoslavo en la traducción de Lorca, tenía un sastre en la calle San Miguel que le habló de Pessoa, y celebraba distintas tertulias con amigos tan entrañables para él como José Manuel Blecua, José Orús, José Alcrudo o Manuel Alvar. En 1945 publicó el que algunos consideran su mejor libro de versos: ‘Poemas del dolor antiguo’. Señala Antonio Pérez, estudioso de la poesía aragonesa contemporánea: “Se trata de uno de los mayores esfuerzos por la recuperación en la poesía española de una voz personal y sincera. El poeta alcanza un tono comedido pero profundo desde el que poder apenas insinuar las causas de tanto sufrimiento; el poema nace, así, desde el temblor íntimo. Supone, al mismo tiempo, una apuesta por la vida, por la felicidad que radica en las cosas pequeñas y cercanas (la naturaleza, la familia)”. Al año siguiente apareció ‘Homenaje a Goya’.

En aquellos años de posguerra alternó la lírica con la novela: firmó textos en prosa como ‘La moneda en el suelo’ y ‘Juan Pedro el dallador’. En 1962, casado ya con Pilar Carasol, que había sido alumna suya, y padre de cuatro hijos, aceptó una invitación de Francisco Ayala para dar clases en Nueva Jersey. Permaneció más de veinte años como profesor y ensanchando su obra literaria. Y allí nacería su quinta hija, Victoria.

En 1985, regresó definitivamente a Zaragoza; se instaló en la calle Costa, fue nombrado director de la Institución Fernando el Católico. “A mí me emocionaba mucho entrar en su despacho y ver enmarcado y colgado en la pared el sobre de una carta de Juan Ramón a Ildefonso, escrito con su letra picuda e inconfundible, y en el que se leía el nombre y la dirección del poeta en Daroca. Eso no podías verlo en ninguna otra casa de Zaragoza. Eso era un signo de distinción incomparable”, recuerda Pepe Melero.

Ildefonso fallecía en 2003 a los 91 años de edad. Narrador, ensayista, traductor de Camaoens, se había sentido esencialmente poeta. Poeta de la vida y del amor, del paisaje y de la muerte, de la familia. Insiste Pérez Lasheras: “El rasgo más destacado de su poesía es la autenticidad: Ildefonso fue un poeta auténtico en toda su larga trayectoria, lo que supone escribir solo cuando se tiene algo que expresar y hacerlo desde la coherencia vital y estética, personal e intelectual”. Él y Melero coinciden en su importancia: “Escribió mucho y bien. Fue con Miguel Labordeta el más importante poeta aragonés del siglo XX, el de mayor obra y el que más eco ha tenido”. La Fundación Comarca de Daroca le recordó este fin de semana; al siguiente será objeto de otro homenaje en Paniza.

 

*Este texto apareció ayer en Heraldo de Aragón.

GARRAPINILLOS: NUEVA VICTORIA

 

GARRAPINILLOS, 1- LA UNIÓN, LA JOTA-VADORREY, 0

Ganar cuesta cada vez más. Eso lo sabe muy bien Marcelo Bielsa: sus teorías, su percepción del fútbol, sus frases y su biografía fueron hoy la materia central de nuestra charla táctica. El Garrapinillos jugaba ante La Unión, La Jota-Vadorrey, que va por abajo, pero sabíamos perfectamente que nadie regala ni los goles, ni el juego, ni siquiera el balón. El Garrapinillos, con la lesión de Óscar Cambra y Jorge Blasco, la ausencia de Eloy (que se había ido a la nieve con su novia bien de mañana, y para ella eso, decía Eloy en broma, no era negociable) y la sanción de Fran, volvía a estar diezmado. Muy diezmado: hoy solo pudimos contar con cuatro suplentes en el banquillo. La tarde era preciosa: una tarde de anticipada primavera, llena de sol y de un viento incómodo: hoy empujaba furiosamente hacia el cementerio.

Como siempre, casi obsesivamente, camino de San Lorenzo sonaron varios temas de ‘Pearl’ de Janis Joplin. Ese disco es casi nuestra banda sonora; o cuando menos la mía. Hace días que no las tenemos todas con nosotros: parece que alguien nos mire mal, que alguien haya aojado al Garrapinillos: vaya, que exista un leve maleficio, podría decirse en broma. Ante las bajas, sabíamos que necesitamos el gol más: definición en ataque, disparos, creación de peligro, búsqueda de remate, incursión por las bandas.

Hicimos algunos cambios: por vez primera este año, hemos pasado de un clásico 4-3-3 a 4-2-3-1, con Eduardo García Pirri en punta y dispuesto a bregar, a rematar, a ejercer de pívot y de talismán para las llegadas de Diego y Jorge Rodríguez, de Quique Romero, que se descolgaría hacia la izquierda y de Alberto Luna, que arrancaría desde la medular.

Formamos así: Sergio Blasco; Mateo, Lacabe, Beltrán, Dani; Kike Alcubierre, Alberto Luna; Diego Rodríguez, Jorge Rodríguez, Quique Romero; y Pirri. Como suplentes, Pitu, Alberto Sancho, Jesús Ángel y Alberto Rubio. Nosotros vestíamos de rojo; La Unión, de blanco. El partido empezó bien: dominamos pronto, penetramos por ambas bandas, y en una internada en el área, Pirri fue derribado. Lacabe marcó de penalti. El equipo intentó seguir jugando con brillantez, tocando, triangulando, intentó jugar en la media, arrancar desde ahí, pero pronto sufrimos una importante baja: Jorge Rodríguez recibió una importante tarascada y tuvo que retirarse; ahora está en la clínica de Monte Canal y están intentando descartar una contusión renal u otras complicaciones. Está con gotero. Hizo lo que pudo en una nueva posición, de media punta con mucha movilidad, pero apenas tuvo tiempo de entrar en juego: recibió muchos golpes, y ante un equipo agresivo se resiente su menudencia, su fragilidad y, sobre todo, su juego vistoso. Mucho ánimo desde aquí: era un día importante para él.

En la segunda parte, el partido siguió trabado, con lances violentos, con intensidad. La Unión, que se quedó con diez jugadores, había venido a vender cara su derrota; a favor del viento, planteó algunos problemas en los balones aéreos, pero ahí tanto Lacabe como Beltrán estuvieron sobrios. Lacabe volvió a demostrar que es un gran central, un gran libre, y Beltrán es uno de los secretos de la zaga del Garrapinillos. Los laterales también estuvieron bien; Pequerul trabajó a destajo. Hubo un poco de todo hacia el final: ocasiones claras nuestras, sin duda, de Alberto Rubio, de Diego, de Pitu, y La Unión se encontró con un regalo inesperado en el minuto 90: una cesión de Mateo al arquero Sergio Calvo, que en realidad no había sido, nos llenó a todos de nervios. En esa tensión de colocación de la barrera, la defensa del Garrapinillos logró abortar el terrible disparo, y poco después moría el partido. Garrapinillos 1, La Unión 0. Debimos haber ganado con más claridad, pero también pudimos haber empatado. Para la semana siguiente, entre otras bajas, más que posible la de Jorge Rodríguez también, perdemos a David Mateo, nuestro lateral derecho, por acumulación de tarjetas. Cumple ciclo de cinco. El trabajo de todo el conjunto merece el elogio: Diego pareció más entonado; Kike Alcubierre intentó jugar con firmeza, Alberto Luna sigue creciendo, Pirri peleó hasta la extenuación, Rubio corrió y corrió, Jesús orientó el juego en el centro del campo tras su salida; Romero fue de menos a más...

El partido ha tenido, de nuevo, esa vibración con algunas  brusquedades y esa emoción de los últimos partidos en casa. Nos cuesta mucho ganar. Muchísimo. Eso sí también encajamos pocos goles, y eso nos está permitiendo seguir ahí arriba. El Salvador y el A Mesa Puesta han ganado con claridad, y se mantienen al acecho. El Garrapinillos, mientras tanto, sigue trabajando martes, jueves y viernes para mejorar su juego, para resultar más competitivo, para llevar la iniciativa en el desarrollo de los partidos.

El domingo nos visita el Utebo. Se avecina otro temblor: es un duelo entre vecinos. Eso sí, perdemos a Jorge Rodríguez, pero vuelven Eloy y Fran, dos zurdos exquisitos.

PD. Jorge ya ha regresado a casa. Dicen que solo es un fuerte golpe. Tendrá que guardar reposo durante diez días; entonces, volveré a Monte Canal. Aquí lo vemos en una foto de archivo sacando un córner desde la derecha.

UN SIGLO DE ILDEFONSO-MANUEL GIL

EVOCACIÓN DE ILDEFONSO-MANUEL GIL

 

Tal día como hoy, un 22 de enero de 1912, nacía el autor de ‘Concierto al atardecer’ en Daroca [Recupero este artículo publicado hace algunos años en ‘Heraldo’ / Artes & Letras]

 

Ildefonso-Manuel Gil decía: “Mi vida ha sido como la del niño de ‘Cinema paradiso’. Me gustaba el cine mudo y el teatro. Mi padre alquiló, con otros socios, el Teatro Cervantes de Daroca. Yo hacía teatro con un amigo, Luis Bobed, representábamos fragmentos de los libros de preceptiva literaria y cobrábamos la función a unos céntimos”. Aquel periodo de su niñez en Daroca era como el cuento feliz del que no quería desembarazarse. Recordaba una y otra vez los tratos con los gitanos, las visitas al castillo, los relatos legendarios de moros y princesas encantadas, la revelación de la literatura, incluso de la pornográfica como “La novela nocturna”, y sobre todo la presencia de Victoria, su hermana mayor, con la cual hacía juegos de palabras, construían diccionarios portátiles y absurdos, y luego la oía tocar el piano. Otra emoción insustituible eran los paseos con su padre, farmacéutico, por la vega, entre los pinos y el paisaje. Daroca, que se estaba convirtiendo en una región literaria, quedaba atrás como una ciudad ocre e íntima, encerrada entre murallas y torreones altivos. Empardecía en los collados y los cazadores cantaban a lo lejos entre perros y un polvo de oro.



El estudiante de Escolapios se examinaba en Zaragoza. Hubo un momento en que, deslumbrado por Gabriel y Galán, Campoamor y Bécquer, decidió ser escritor. Leía la solapa de los libros o las notas de autor y comprobaba que muchos de ellos se habían licenciado en Derecho, así que optó por esa carrera, que simultanearía, ya en Madrid, con la de Filosofía y Letras. Muertos prematuramente su padre y Victoria, la familia (la madre, Ildefonso y su hermana Antonia, otro ángel tutelar y casi inadvertido de su existencia) se las apañó como pudo. El joven poeta publicó “Borradores” (1931), y se zambulló en aquella orgía de letras que era Madrid. Conoció a Jarnés, al que visitaba con frecuencia en su casa, y vivió de cerca su pasión clandestina y no correspondida por la novelista Rosa Arciniega, conoció a Rafael Alberti y María Teresa León, “la mujer más bella de Madrid, en efecto”, a Maruja Mallo, que había sido novia de Alberti, iba a serlo de Miguel Hernández y era la mujer “que mejor maldecía de todo Madrid”. Y conoció a Juan Ramón Jiménez, hipersensible y frágil, protegido como un niño asustado por su enfermera de amor, Zenobia. Y visitó a Pedro Salinas, que poseía en casa una jaula de oro y una colección enorme de discos de piedra.

Esos amigos y esa literatura en expansión abonaron su segundo libro: “La voz cálida” (1934). El escuálido muchacho de Paniza y Daroca ya no era un “paleto deslumbrado” por la Biblioteca Nacional. Vivir, hasta entonces, había sido un don, con algunas sombras, que le regaló experiencias, nuevos amigos (Seral y Casas, Ayala, Maravall, Mingote, Sender) una vocación para siempre e incluso amores locos. “Siempre he sido muy enamoradizo. Mi fervor por la pasión nace de la felicidad que yo sentía en los enamoramientos”.

Se marchó a Teruel como funcionario del Estado. Apenas llegó, estalló la Guerra Civil y fue encerrado en el Seminario bajo la amenaza incesante del fusilamiento, la suerte que corrieron tantos otros compañeros. El horror se instaló en su cerebro y en la piel como un estigma inevitable. Sobrevivió. Aquellos siete meses y diez días de incertidumbre reaparecerían una y otra vez en el insomnio y en la escritura. Regresó a Zaragoza y se reenganchó a la vida: dio clases en Santo Tomás, Sagrada Familia y particulares a deshoras, escribió manuales de literatura casi a medianoche en el café Niké, ayudó a un yugoslavo a traducir a Lorca, conoció a un sastre esperantista que le condujo a Pessoa, y fundó una familia: otro centro germinal de su existencia, que ahondó su visión de la añoranza y de la vitalidad. Pilar Carasol, una muchacha de instituto, 14 años más joven que él, venció la huella de todas las novias para ser la única novia, la musa de la luz. Ildefonso hizo otras muchas cosas: asentó su poesía, se descubrió narrador, ensayista, traductor de éxito de Camoens. Incluso fue administrador de “Heraldo” a la sombra de Pascual Martín Triep, periodista, fotógrafo y experto gastrónomo bajo el seudónimo de Fabio Mínimo.

En 1962, asumió otro riesgo: emprendió la aventura norteamericana en Nueva Jersey. Allí nacería Victoria, la quinta de sus hijos. Con esas maletas de viajero, regresó en 1985 a Zaragoza, Daroca, Paniza. En estos 17 largos años halló lo que había soñado: amigos (escritores jóvenes y veteranos), reconocimiento oficial, editores y lectores, cariño a espuertas, respeto, y multiplicó su producción literaria con “Concierto al atardecer”, con multitud de poemarios, uno de los más bellos fue “Por no decir adiós”, con sus memorias que aparecieron en Xordica: “Un caballito de cartón” y “Vivos, muertos y otras apariciones”. El cuento de su vida se cerró con un final feliz, hasta que, ya nonagenario, la muerte acudió a cerrarle los ojos. Por eso, entró sereno en el nuevo cielo y en la nueva tierra... Apenas, unos meses más tarde, Pilar Carasol, la musa de sus versos, la luz esencial de su lírica, acudió a su lado.

LUCÍA CAMÓN Y ALFONSO KLINT

LUCÍA CAMÓN Y ALFONSO KLINT

LARA ALBUIXECH: LUCÍA Y ALFONSO, RETRATO DE EMPAREJADOS

He hablado aquí otras veces de la actriz, poeta y videocreadora Lucía Camón. Tiene mucho talento: una voz poética que se suspende en lo cotidiano y en los secretos del amor y de la convivencia. Lara Albuixech me envía esta bonita foto de ella, que está a punto de ser mamá, tras su paso por ProyectAragón. Con ella está su compañero Alfonso Klint, que es diseñador y maquetador del libro de Lucía, ‘Siete veces sí’, que presentó en Zaragoza, y además es su guitarrista: junto, Lucía y Alfonso, realizan cuidados recitales poéticos.

 

LA BIBLIOTECA MARÍA MOLINER CUMPLE CIEN AÑOS

 

Más de medio millón de alumnos utilizan cada año este servicio de la Facultad de Filosofía y Letras

En el año de su apertura, 1912, el servicio contaba con 2.700 volúmenes, en la actualidad suma más de 350.000

Una exposición, que se inaugura el lunes a las 19,30 horas, conmemora un siglo de existencia de este espacio por el que pasaron estudiantes ilustres como María Moliner

PRENSA. UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA

 

La Biblioteca de Filosofía y Letras María Moliner celebra durante este 2012 su primer siglo de existencia. Para conmemorar este señalado aniversario se ha organizado una exposición que recoge los documentos más destacados y anecdóticos de este servicio universitario, que comenzó a funcionar el 23 de enero de 1912. La inauguración de esta muestra conmemorativa tendrá lugar el lunes a las 19,30 horas en la Biblioteca María Moliner, con la participación del decano de la Facultad, Severino Escolano; el director de la Biblioteca de la Universidad de Zaragoza, Ramón Abad; la directora de la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras, Matilde Cantín y el catedrático de Historia Antigua, Guillermo Fatás.


Desde que la biblioteca se trasladó en 2003 a su actual ubicación, en el edificio María Moliner, un total de 3.800.000 personas han utilizado este espacio de estudio y tan sólo en el año 2011 se contabilizaron más de medio millón de visitas. Por otra parte, en el año de su apertura, 1912, la biblioteca disponía de 2.700 volúmenes, mientras que en la actualidad suma más de 350.000 entre libros, revistas, microformas, partituras, películas, etc.

Los organizadores de la exposición han reunido los principales elementos que durante este siglo han conformado la Biblioteca de Filosofía y Letras. La muestra comienza con un repaso de los espacios que han servido de escenario para la actividad bibliotecaria de la Facultad, desde la antigua sede de en la Plaza de la Magdalena hasta el actual edificio de la Biblioteca María Moliner. El público podrá conocer los proyectos arquitectónicos del año 1935 para trasladar la biblioteca al Campus San Francisco en 1941, los planos, las fotos y otros materiales gráficos que ilustraran las diferentes ubicaciones de este servicio de la Facultad de Filosofía y Letras.

Toman especial protagonismo en la muestra las donaciones de Gregorio García Arista, Carlos Riba, Eduardo María Gálvez y Miguel Labordeta.  La biblioteca del Espía, colección que perteneció a Faustino Antonio Camazón, o el Libro de actas de la Cofradía de San Jerónimo de libreros de Zaragoza son otros tesoros de esta biblioteca universitaria.

En la exposición, que pretende acercar aún más la Biblioteca de Filosofía y Letras a la sociedad en general, también se podrá contemplar una representación de antiguos aparatos, instrumentos y muebles que evocan el entorno en el que trabajaron los anteriores bibliotecarios.

Entre los fondos que más destacan de esta biblioteca está la colección de los Caprichos de Goya, que forma parte del legado de Gregorio García Arista. Esta joya bibliográfica fue identificada en 1978 mientras se preparaba el catálogo para una exposición conmemorativa del ciento cincuenta aniversario de la muerte de Goya. Se trata de un ejemplar de la primera edición, tirada bajo la supervisión directa del artista y anunciada en el Diario y en la Gaceta de Madrid del 6 y 19 de febrero de 1799. Asimismo, la biblioteca conserva el expediente de la ilustre bibliotecaria, filóloga y lexicógrafa, María Moliner, que fue alumna de la Facultad de Filosofía y Letras entre los años 1918 y 1922. Por último, también se expondrá el primer diploma de título de licenciado en Artes que se conserva y que data de 1519.

J. FUEMBUENA Y A. RAMÍREZ: ÚLTIMA SEMANA EN LA CASA DE LA MUJER

J. FUEMBUENA Y A. RAMÍREZ: ÚLTIMA SEMANA EN LA CASA DE LA MUJER

JORGE FUEMBUENA Y ALEJANDRO RAMÍREZ

EXPONEN EN LA CASA DE LA MUJER

 

A PROPÓSITO DE ‘A SONG FOR MY MOTHER’

[Texto de la presentación de la muestra]

 

En esta sociedad, con una cultura visual tan potente, las imágenes y los textos que  nos inundan no son sólo el reflejo de referentes ajenos y anteriores a ellos, si no que ayudan a construir y representar una realidad saturada de estereotipos violentos. Visibilizar y deconstruir estos estereotipos es una de las funciones sociales del arte, creando códigos artísticos y culturales que dan forma al imaginario colectivo.

‘A song for my mother’ se articula construyendo una narrativa visual y simbólica donde se representan y transmiten pensamientos y reflexiones en los límites entre la realidad y su representación. Se trata de pensar con imágenes y sonidos, de establecer analogías, correspondencias emocionales e identificaciones.

El margen de tiempo que nos impone la cultura visual actual resulta insuficiente para poder apreciar las imágenes aquí presentadas como iconos. El objetivo de esta exposición no es crear un recorrido para deleite puramente estético o reafirmación colectiva, sino reflexionar acerca de un hecho que acontece en nuestra sociedad desde el principio de los principios en torno al binomio universal.

Las nuevas tecnologías crean el espejismo de que la complejidad del mundo se ha simplificado. Esta propuesta plantea lo contrario, ya que a través de lo tecnológico se puede observar la complejidad de un mundo aparentemente simple. Aquí se va más allá del puro documento para mostrar en un acto deliberadamente premeditado lo que es la manipulación a la que el individuo se somete. Las obras presentadas se sitúan en la intersección entre individuos, emociones y conceptos. Los artistas se muestran ambiguos, pero esto no quiere decir que Jorge Fuembuena y Alejandro Ramírez sean ajenos a lo acontecido. Su compromiso con el arte va más allá de lo puramente reconocible, de lo obvio, y de manera decidida, incluso radical, hacen reflexionar al espectador sobre lo irreconocible, lo oculto y lo profundo de las relaciones humanas. En definitiva hablar sobre la naturaleza contradictoria del ser humano.

 

LAURA FREIXAS: UNA ENTREVISTA

LAURA FREIXAS: UNA ENTREVISTA

[Laura Freixas presentaba el pasado martes, en Cálamo, su última novela: ‘Los otros son más felices’ (Destino, 2011), el relato de una joven manchega que va a pasar el verano con una familia burguesa y cultura de Cataluña. Esta foto es de Dani Duch, un estupendo fotógrafo de 'La Vanguardia'.]

 

“Toda familia tiene una gran

novela en potencia”

  

¿Cómo nace esta novela? ¿Qué relación tiene con sus orígenes?

EL punto de partida es autobiográfico, como en todo lo que escribo. Soy hija de dos familias, una castellana, pobre, de pueblo, y la otra catalana, burguesa y de ciudad. Pero eso es sólo el punto de partida; luego, los acontecimientos de la novela son inventados. E incluso he cambiado la región de origen: sustituí Castilla La Vieja, de donde son originarios mis abuelos (concretamente de la región de la Sierra de Gredos), por La Mancha, porque La Mancha tiene una doble connotación: evoca deshonra (‘mancha’) y a la vez ha producido la mayor obra de arte de la historia de España, el Quijote. Además, su paisaje es mucho más original que el de  Gredos.

 

¿Ha querido escribir una novela de formación?

En efecto. En cierto sentido todas mis novelas hasta ahora son novelas de formación; retratan el paso de la inocencia a la experiencia, de la primera juventud a la madurez, por caminos a la vez sentimentales, intelectuales y sociales.

 

Ha dicho que las personas que han condicionado su formación son tu madre, Franco y Simone de Beauvoir. ¿Podrías explicárnoslo?

Sí, es el título de una conferencia que suelo dar en el extranjero. Elegí ese título porque es pintoresco, pero también responde a la verdad. Mi madre, una mujer que estudió de mayor, que culturalmente se hizo a sí misma, y que es una gran lectora -no sólo porque lee más de cien libros al año sino por su criterio, su gusto, que es infalible-, me abrió las puertas de la literatura. Franco también, en el sentido de que la vida bajo el franquismo era  tan aburrida, gris, mediocre, hasta ridícula, que había que huir de alguna manera; Terenci Moix, Marsé o Maruja Torres soñaban con las películas de Hollywood, pero en mi casa éramos poco cinéfilos, no teníamos televisión, y en cambio devorábamos novelas francesas.

 

¿Y Simone de Beauvoir?

En una España donde no había modelos femeninos que valiera la pena imitar (no íbamos a tomar como referente a Carmen Polo, ¿no?, ni a Lola Flores...), Simone de Beauvoir era mi ideal. 

 

¿Por qué se tiende a creer que las otras familias son más perfectas que la nuestra?

En general no vemos a los otros como son, sino que proyectamos en ellos nuestros sueños, como en una pantalla de cine, y tendemos a creer que tienen lo que nosotros no tenemos.

La novela transcurre entre dos ambientes: uno rural, de escasa cultura, y otro más elevado, con una marcada presencia de la pintura y la creación. ¿Qué quería probar?

Me he movido toda la vida entre dos mundos, muy representativos además de lo que ha sido la Europa de mediados del siglo XX, tan marcada por los ascensos sociales y las migraciones interiores: el mundo rural u obrero y el burgués. Compararlos, evaluarlos, ver qué hay de positivo y negativo en cada uno de ellos, me parece un ejercicio muy enriquecedor. Lo sigo haciendo.

Hay un momento en que dice Áurea: “En mi casa no se hablaba de nada”. ¿De qué habla la gente modesta?

De nada, en efecto, o de nada interesante. Esa es su verdadera pobreza: el esquematismo con que perciben el mundo y a sí mismos; y la verdadera riqueza, para mí, de los ricos, la más valiosa, al menos de los ricos antiguos, es su riqueza cultural, la que les permite disfrutar de un cuadro o de un ópera, interpretar un paisaje o analizar los sentimientos.

La joven, cuando llega a la casa de la familia Soley, está leyendo ‘Jane Eyre’ y Marina, la hija de sus anfitriones, a Pla...

Pla es el escritor que mejor encarna y condensa cierto espíritu catalán conservador, con el que se identifican los Soley por mucho que jueguen a la bohemia. En cambio Jane Eyre es un modelo para Áurea -aunque ella haya elegido la novela por casualidad-: una mujer que no es ni rica, ni noble, ni agraciada, pero que gobernará su propio destino. 

¿Has querido contar, en cierto modo, el acceso de una joven al universo cultural y social de Cataluña?

Áurea vive una suerte de descubrimiento del país: accede al arte, a sus pintores, a los escritores, al propio lenguaje... Sí, yo quiero y admiro mucho a Cataluña, aunque sólo me siento catalana a medias, o tal vez por eso, digamos que la aprecio a medias desde dentro y a medias desde fuera. 

Áurea solo ve a los Soley en tres ocasiones. ¿Qué es lo que ejerce sobre ella esa fascinación?

Áurea se siente imantada no tanto por lo que los Soley son, sino por lo que representan: la libertad, el refinamiento, los viajes, el protagonismo social... Y Marina, concretamente, por ser mujer y de su misma edad, le sirve como un modelo o referente inmediato. Marina representa una cierta España del último cuarto del siglo XX: la progresía, la ‘gauche divine’, el pelotazo... No sé si todas las familias tienen un secreto doloroso, pero estoy segura de que toda familia es una gran novela en potencia; para escribirla sólo necesita un/a novelista.

Muchos y muchas han escrito que “el siglo XX ha sido el siglo de la mujer”. ¿Qué será el siglo XXI?  

La frase es bonita, es rotunda, pero sólo es cierta a medias. La lucha por la igualdad tiene muchos siglos y aunque el XX ha presenciado grandes avances, todavía estamos muy lejos de haber conseguido el objetivo.

Desaparece prácticamente el Ministerio de Cultura y la dirección General del Libro. ¿Es una medida correcta?

Me parece un síntoma del poco interés que la derecha de este país ha sentido siempre por la cultura (excepto si acaso como industria) y por la literatura.

RAMÓN GAYA, EN VALLADOLID

RAMÓN GAYA, EN VALLADOLID

La Sala Municipal de Exposiciones del Museo de Pasión de Valladolid, presenta desde hoy viernes día 20 de enero y hasta el 18 de marzo, la exposición ’Ramon Gaya. Pintura, Verso y Prosa’.

De formación autodidacta, Ramón Gaya (Murcia, 1910 – Valencia, 2005), es una de las figuras esenciales del arte español, que curiosamente abandonó la escuela para dedicarse a la pintura.

Nacido en una familia donde la cultura era un pilar fundamental, con un padre de profesión litógrafo, parecía evidente que el joven Gaya se decantará por una carrera artística que le marcaría el trazo a seguir durante su vida. Creció rodeado de los amigos artistas de su padre y de los grandes libros que inundaban la biblioteca de los Gaya.

El azar y Juan Guerrero le llevó a conocer y a entablar amistades con las figuras más importantes de la Generación del 27. La llegada de Jorge Guillén a Murcia y la creación de la revista Verso y Prosa, le permitieron colaborar con ilustraciones y escritos junto a Lorca, Alberti, Aleixandre, Altolaguirre o Cernuda, entre otros.

En la década de los veinte, viaja por primera vez a París y expone en una de las galerías más importantes del momento junto a otros artistas españoles. Desencantado por lo que interpreta como una falsa modernidad de las vanguardias toma a los grandes maestros como referentes pictóricos a su vuelta a España.

La fatalidad vendría de la mano de la Guerra Civil que sacudió a nuestro país y que llevó a Gaya a exiliarse en Francia tras haber apoyado fervientemente al bando republicano. La tragedia hizo que, además, sufriera la muerte de su mujer en un bombardeo, cuando se encontraban en Figueras a punto de coger un tren para salir del país.

En el año 1952, se embarca en el Sinaia para viajar a México. Lejos de su patria, su sensibilidad le acerca a otros artistas exiliados y a algunos locales, como el gran escritor y Premio Nobel Octavio Paz. Su admiración por Tiziano, Rembrandt o Murillo late más fuerte que nunca y es capaz de reinventarlos. En su obra destacan especialmente sus d’après sobre la iconografía de Velázquez, consiguiendo en sus interpretaciones una admirable frescura, espontaneidad y síntesis sobre los temas del maestro sevillano.

Siguiendo con los caprichos del destino en 1956 regresa a Europa, concretamente a Italia. En Roma se encuentra con su gran amiga María Zambrano y se relaciona con otros pintores y escultores como el italiano Giacomo Manzù.

Desde allí le resulta más fácil poder viajar a su país natal y desde los sesenta lo hace constantemente. Finalmente, en el año 1974 se instala en Valencia y retoma, intensamente, su vida tanto laboral como personal, contrayendo de nuevo matrimonio.

Ramón Gaya tuvo una fuerte personalidad que le permitió no tener que beber de las fuentes de sus contemporáneos para lograr crear su propio mundo artístico. Las modas no influyeron en él y pudo escapar de los ismos que parecían acaparar el arte del siglo XX. El artista fue capaz de tomar distancia de todos esos dictados y con su desarraigo abrió una brecha única en la Historia del arte de nuestro país.

Sumergido en los juegos de luces y de colores su obra posee la esencia única del intimismo. El alma como leit motiv de su obra, así mismo lo definió él: “Pintura no es hacer: es sacrificio, es quitar, desnudar, y trazo a trazo, el alma irá acudiendo sin trabajo.”

El destino lo agració con el reconocimiento de sus esfuerzos y sacrificios y pudo disfrutar en vida de grandes reconocimientos y galardones como el Premio Nacional de Artes Plásticas, concedido en 1997, la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes madrileño o el Premio Velázquez en 2002. Autor de más de 2.500 cuadros, repartidos en colecciones privadas y públicas de Europa y América, Gaya publicó además, entre otros libros, Diario de un pintor, 1952-1953, El sentimiento de la pintura, Huerto y vida, y su fundamental Velázquez, pájaro solitario. Con su muerte en 2005, desapareció el último pintor de la Generación del 27.

En esta ocasión se rinde homenaje a uno de los artistas españoles más importantes del siglo pasado. Una vez más el Ayuntamiento de Valladolid brinda a los vallisoletanos la oportunidad de gozar de una exposición única gracias al Museo Ramón Gaya de Murcia.

 

*Esta información es la nota de prensa.