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Antón Castro

VARGAS LLOSA POR PESTANA

VARGAS LLOSA POR PESTANA

Una foto del gallego Baldomero Pestana, cuya obra se expone en el Instituto Cervantes.Una de sus fotos más sugerentes. La del joven Mario Vargas Llosa. Nació en 1917 y murió en 2015.

ALOMA RODRÍGUEZ: DE RITA LEVI-MONTALCINI

ALOMA RODRÍGUEZ: DE RITA LEVI-MONTALCINI

Nuevo artículo de Aloma Rodríguez en 'Letras Libres'

http://www.letraslibres.com/espana-mexico/literatura/la-imperfeccion-en-la-vida-y-en-el-trabajo

 

La imperfección en la vida y en el trabajo

Rita Levi-Montalcini, que ganó el Premio Nobel de Medicina en 1986, publicó en 1987 unas memorias donde compagina el relato de la vida y el del trabajo con emoción y rigor.
15 febrero 2018

Un moño inolvidable. Una de las cosas por las que casi todo el mundo recuerda a Rita Levi-Montalcini es por esa imagen de sus últimos años: un moño de pelo blanco y ondulado, un poco ladeado, los ojos verde-gris y un cuerpo pequeñísimo. Había nacido en Turín en 1909 y murió en 2012. Vivió 103 años, y cuando llegó a los 100 ya dijo que no había ningún mérito en eso de hacerse centenaria. Era verdad. En su caso, sus méritos residían en otro sitio: en 1986 obtuvo el Premio Nobel de Medicina, junto a Stanley Cohen, por el descubrimiento del factor de crecimiento nervioso. Sus investigaciones habían empezado en la década de los treinta, en Turín. Desde entonces, la acompañaron en Bélgica, San Luis o Río de Janeiro.

Las pioneras. Hace poco se celebró el día de la mujer en la ciencia y Levi-Montalcini fue una de las protagonistas, uno de los nombres de referencia cuando se piensa en mujeres en la ciencia. También se habló de Ada Lovelace: hija de Lord Byron, se la reconoce como la primera programadora de la historia. Era matemática y escritora y trabajó en la máquina analítica, la primera calculadora mecánica de uso general diseñada por Charles Babbage, en las notas a la máquina de Babbage escribió el primer algoritmo para ser interpretado por una máquina. De Hedy Lamarr se decía que era la mujer más bella del mundo. Judía, como Levi, austriaca de nacimiento y nacionalizada estadounidense, llegó a Estados Unidos huyendo del nazismo y de su matrimonio con un magnate que comerciaba con los nazis y la tenía encerrada en casa y pasando por París y Londres. Fue una estrella del Hollywood dorado. Decía que para tener glamur lo único que había que hacer era “quedarte quieta y poner cara de tonta”. En su casa tenía una habitación para sus inventos, entre los que destaca la teoría del salto de frecuencia, precursora del sistema de comunicación inalámbrica de los teléfonos móviles, el GPS o el WiFi. Su descubrimiento es de 1942, pero no se usó hasta 1957. Hedy Lamarr y Ada Lovelace son solo algunas de las pioneras, con vidas extraordinarias y novelescas, también.

El cerebro del Homo sapiens. En 1987 Rita Levi-Montalcini publicó un extraordinario libro de memorias, Elogio de la imperfección (publicado en español por Tusquets en 2011). Es un libro breve y emocionante. El título está inspirado por un poema de Yeats: “El intelecto del hombre ha de escoger / entre la perfección de la vida y la del trabajo”. Así, Levi-Montalcini explica en el prólogo: “Sin seguir un plan preestablecido, pero guiada en cada caso por mis inclinaciones y por el azar, en mi vida he procurado […] conciliar dos aspiraciones inconciliables […] Es decir, que he realizado lo que podríamos llamar la “imperfection of the life and of the work”. Levi-Montalcini explica que parte de la gracia del cerebro humano es que es imperfecto: “el cerebro del primer vertebrado aparecido en nuestro planeta, hace entre trescientos y cuatrocientos millones de años, se vio sometido a la presión selectiva de la evolución, y dio origen a tantas variaciones (mutaciones) como cerebros vertebrados hubo y hay. El más reciente es el maravilloso pero imperfecto cerebro del Homo sapiens.

Una infancia italiana. El libro está dividido en partes y capítulos que separan de manera didáctica las etapas de su vida: la infancia y primera juventud, la guerra, el exilio, los avances de sus experimentos o el regreso a Italia. Lo que me gusta de este libro es la humildad con que está escrito. En parte, toda memoria tiene algo de examen de conciencia. En este caso está muy claro qué se reprocha Levi-Montalcini: no haberle dado más besos a su padre cuando este se los pedía. El primer capítulo, “Herencia y ambiente”, habla sobre todo de su familia. El libro está dedicado a su hermana gemela Paola, “en recuerdo de nuestro padre, a quien ella adoró en vida y yo he amado y venerado después de muerto”. El padre de Levi-Montalcini murió cuando ella tenía 23 años, poco después de que ella hubiese comenzado los estudios de Medicina. Paola Levi-Montalcini fue una importante pintora italiana. Hay mucho de homenaje y agradecimiento en sus memorias: las lecturas compartidas con la hermana mayor, Anna, la guía y sostén de su hermano Gino, la compañía cómplice de Paola, las diferencias con el padre y cómo la madre reconoce en ella a su madre, muerta demasiado pronto. Habla de los casi novios y de los amigos de la facultad. Luego llegan los años difíciles, Mussolini, el edicto contra los judíos y las peripecias: montar el laboratorio en su habitación, “a lo Robinson Crusoe”, la vida clandestina, la guerra y, después, la nueva vida al otro lado del Atlántico. La sombra de Ramón y Cajal planea por todo el libro. Elogio de la imperfección compagina el relato de la vida y el del trabajo, como en el poema de Yeats, con emoción y rigor. El resultado es impecable, pero no perfecto, como le habría gustado a Levi-Montalcini.

El mundo es pequeño y bonito. Puede que este libro me guste tanto porque me parece que dialoga con uno de los libros de una de mis escritoras favoritas: Léxico familiar, de Natalia Ginzburg. El padre de la escritora, Giuseppe Levi, era el profesor de Rita Levi-Montalcini, quien la inició en el camino de la investigación y a quien recuerda con cariño, ternura y agradecimiento en sus memorias. Las relaciones con los padres siempre son complicadas, y siempre queda la duda o el remordimiento de no haber demostrado el afecto hacia los padres. (El último disco de Christina RosenvingeUn hombre rubio, es espectacular y surge en parte de esa idea. También Ordesa, de Manuel Vilas, y Entre ellos, de Richard Ford, hablan de la imposibilidad de saber quiénes fueron nuestros padres.) Me gusta pensar que la premio Nobel quizá estuvo más cerca de tener la relación que habría querido con su padre con el de Natalia Ginzburg. Las imagino en una especie de hermandad basada en el afecto hacia el profesor y en el que a mí me despiertan.

Elogio de la imperfección

Rita Levi-Montalcini.

Traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona.

Barcelona, Tusquets, 2011, 296 pp.

JAUME VALLCORBA: LECCIONES DE EDITOR

[Ayer por la mañana conversé un rato con Sandra Ollo, directora de Acantilado y compañera y esposa durante algunos años de Jaume Vallcorba, a quien invitamos a las Jornadas de Literatura de Albarracín. Se trata de una apasionada de su oficio, alguien que ha venido para quedarse, que ama la belleza del libro, el contenido, su poder para intervenir y cambiar el mundo. hoy, hace un instante mismo, me reencuentro con este reportaje que se publicó 'El confidencial'.]
https://www.elconfidencial.com/cultura/2014-07-16/las-lecciones-de-amor-de-jaume-vallcorba-a-un-joven-editor_162582/
EL LEGADO DEL CREADOR DE LA EDITORIAL ACANTILADO

Las lecciones de amor de Jaume Vallcorba a un joven editor

Jaume Vallcorba, el editor más elegante de este país, fundador de Acantilado, escribió una conferencia a los editores del futuro, donde detalla lo que es su legado


El editor Jaume Vallcorba en la exposición que conmemoró en 2010 30 años de Quaderns Crema. (EFE)
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TIEMPO DE LECTURA6 min
16.07.2014 – 05:00 H.

El último informe de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) no habla del amor. Ni de cómo mantener incorrupta la pasión por los libros, a pesar de la debacle, de las ventas en picado, de la falta de solución para remontar el batacazo, de la facturación dramática en un país empobrecido, ni del libro convertido en un objeto de lujo. El amor en tiempos del cólera lo pone el profesor Jaume Vallcorba, el editor más elegante de este país, desde que en 1999 fundara la editorial Acantilado.

Hace unos días hizo llegar una conferencia a los editores del futuro, que se forman en el Instituto de Educación Contínua de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, en el marco de clausura del Máster de Edición, que dirige Javier Aparicio Maydeu, donde el maestro esboza su legado en forma de código de buenas prácticas del editor sin fisuras. El texto al que este periódico ha tenido acceso contiene las claves de la supervivencia de un oficio, en las que no oculta los peligros a los que el propio sector ha arrastrado a su amada tarea.

UNO: EDITAR ES AMAR

La última palabra de Jaume Vallcorba escrita en su conferencia es la mayor lección de todas: “amor”. El amor es irrenunciable para el editor. No hay nada que se le interponga, que le distraiga de sus tareas, que le haga perder su tesón y su voluntad, al menos en aquellos editores cuya voluntad es la de crear libros que acompañen toda una vida, no unas paradas de metro. El amor por sus autores está por encima de todo, para conseguir de ellos “el máximo de sus posibilidades”. “Ayudarle a mejorar, créanme, no significa adaptar el texto a los gustos imperantes, en aras de una mayor popularidad o una mayor venta, sino ayudar a limar las asperezas que lo afean o lo desfiguran”. Con ellos en los aciertos y en los éxitos, en los errores y los fallos. El amor no se agota nunca. Ni siquiera treinta años después.

DOS: UN EDITOR TIENE RESPONSABILIDADES

Y no sólo con su empresa. Sobre todo, con la sociedad en la que interviene. Para Vallcorba un editor debe asumir ciertas responsabilidades, porque de su oficio deriva la construcción de una personalidad, ya sea individual o social. El editor tiene alcance al pensamiento humano, dice. “Editar, ha sido para mí, desde el principio, proponer a unos amigos que no conocía una lectura que pensaba que les podía gustar, estimular y enriquecer. Estoy convencido de que un libro es capaz de modificar a su lector por el simple hecho de haberlo leído; que puede cambiar, en el lector, algo importante”. Nadie es la misma persona antes y después de la lectura.

TRES: LAS VENTAS NO LO SON TODO

De hecho, si el libro no tiene ningún atractivo, aún con muchas ventas, “se verá fuera del ámbito personal de interés y actuación de un editor tal como yo lo concibo”. Y lo concibe como un oficio en el que confluye el trabajo intelectual y artesanal, desde la idea a la publicitación, distribución y venta. Vallcorba nunca ha renunciado al “tino empresarial”, ni a la visibilidad del libro. Porque “sin visibilidad, no hay existencia”.

CUATRO: UN TRABAJO INVISIBLE Y TRANSPARENTE

El editor está escondido tras las páginas, se hace “invisible” y “transparente”. “Me habrán oído decir que creo que un libro debe ser como una pantalla cinematográfica, en la que la acción se desarrolle sin que ésta sea percibida: una errata, una mala traducción, una mala edición, una mala tipografía son manchas en esa pantalla”. Vallcorba recomienda que sólo en un punto el libro y el editor deben hacerse visibles: en la librería, compitiendo con el resto de novedades. Ojo con el diseño: “Creo que un libro, más que llamar la atención por su estridencia, lo debe hacer por su silencio”. 

CINCO: EL CATÁLOGO ES UN GRUPO DE AMIGOS

El marco al que se refiere Vallcorba es el catálogo, donde se relacionan autores que entran en diálogo. “Lo más importante será el grado de sintonía, la amistad que pueden establecer los libros entre ellos, fruto de esa simpatía espiritual que habrá sabido poner de relieve su editor”. “Con los libros pasa lo mismo que con las personas. Y no es lo mismo encontrar a Stefan Zweig por la calle en compañía de cualquiera que en la de Joseph Roth, que fue un amigo cercano en vida, o en la de Chateaubriand, con quien dialogo desde la distancia en el mundo del espíritu”.

Con ser un clásico no basta, asegura. El autor necesita de sus amigos, necesita sentirse a sus anchas en una conversación civilizada. “Es esa conversación la que ayuda a construir un marco y la que da forma a cualquier catálogo editorial”. El editor es el responsable de su coherencia, de las amistades, es la persona responsable de poner en contacto a autores en común, con lectores que se reconozcan de golpe en ellos.

SEIS: EL DESIERTO ES INTERNET

“El mejor de los libros puede hacerse invisible a sus hipotéticos lectores sin el trabajo fundamental que sobre él debe ejercer su editor. Cada día aparece un número indeterminado de libros nuevos, algunos de ellos verdaderamente valiosos, que son destruidos al cabo de un tiempo por una guillotina implacable. Y muchos otros que aparecen colgados en internet, como ahorcados mecidos por el viento, sin que nadie les preste atención. Lo infinito de internet se asemeja peligrosamente al desierto. A un desierto estéril”, dice. ¿Los hay fértiles? El énfasis contra la autoedición le hace redundar al editor, que define su tarea como salvador de libros interesantes al darles un marco.

SIETE: MEJOR EL PAPEL

Como la forma cuenta en la configuración del marco, “una manera de subrayar esta comunión, sin duda, reside en el aspecto que adquiere el objeto en el que el libro toma cuerpo”. “Es quizás por esto que soy tan poco amigo de las pantallas electrónicas”. Vallcorba subraya la importancia de la forma que toman los libros de una editorial como “algo fundamental”. Hacer lo contrario, hacer cada libro distinto a los demás, tender al pelotazo puntual y la desintegración de la imagen de colección, es “darle un protagonismo material, es tender a lo excéntrico y a lo raro”. Es una de las claves del éxito comercial, pero “privarlo de estar en una sala en conversación con sus potenciales amigos”.  

 

OLGA Y LOS MINISTRILES: 'TUS OJOS'

https://www.youtube.com/watch?v=MsOQ9CveN24

 

Olga y los Ministriles cantan, en clave de salsa, mi poema 'Tus ojos', que se incoporó a mi poemario 'Seducción' (Olifante, 2014). La adaptación musical es de Gabriel Sopeña. El vídeo es muy sugerente.

NATALIO BAYO INTERPRETA A GOYA

[Natalio Bayo, con quien he colaborado al menos en dos libros de bibliofilia, ’Bestiario aragonés’ y ’Caballos en la noche’, rinde homenaje a la pintura y a los grabados de Francisco de Goya en el Museo Pablo Serrano. Escriben varias personas en el catálogo. Allí también va este texto mío: esta suerte de breve diccionario temática de temas, obsesiones, trazos... etc.]

 

Natalio Bayo dijo en una ocasión, hace casi medio siglo: “Pinto porque me gusta”. La frase es sencilla: pura determinación, coraje, llamada de la sangre. Vocación. Y a ello –a pintar, a dibujar, a grabar- se ha dedicado casi toda su vida. Quizá por ello, Rafael Ordóñez Fernández tituló un libro sobre él, Natalio Bayo. La pintura interminable (Mira, 2008). Siempre se ha sentido hijo del campo, y en especial de su padre Plácido Bayo, tratante de caballos y quizá cuentista de una vida rural llena de fascinación, que se afirmaba en la tierra, en el paisaje y en el diálogo casi inadvertido pero latente con los antepasados. Natalio, además, se ha sentido heredero, ahijado lejano y discípulo indesmayable de Francisco de Goya. De ahí esta exposición monográfico. Esta cita y este homenaje. Son distintos, sin duda; su pintura ofrece dramas diferentes, pero hay entre ellos algunas conexiones, que encerramos en un puñado de vocablos un poco aleatorios.

ANDARIEGOS. Son los hombres que caminan. Esos campesinos que van del corazón y de las cosas del campo a sus asuntos. Son esos gigantes sonámbulos. Colosos que no lo parecen porque siempre exhiben candor y melancolía, una perplejidad dulce de existir. Son esos seres que parecen habitar otros mundos y que conocen a la perfección la tierra o los montes que pisan. Podrían hablar de los secretos del cereal, del paso airoso de las caballerías, de los sistemas de riego, de los sueños sin salida. Podrían contar que a veces, alguna tarde, un muchacho sale al plantío con sus cuadernos de dibujo o sus acuarelas y atrapa todo aquello que se mueve: un labrador, un vencejo, el aleteo de una rama, el suspiro de la brisa en el océano del panizo. Son como los aparecidos: paisanos sin ínfulas, sosegados, que aprenden el enigma de la luz en las nubes que pasan, en el tornasol del crepúsculo que se extiende sobre el mundo. Los andariegos, sin cultivar la exactitud del aforismo, son los filósofos de la aldea. Saben, intuyen y descifran el balido del universo. Natalio Bayo los observa: caminan como si hubiesen perdido el horizonte o la patria del alma. Y a veces, en el espejismo de la faena, los encuentran y a la par se encuentran a sí mismos.

ARAGÓN. Es algo más que una palabra: es un reino, un pueblo en la historia, todo un universo en Europa desde el siglo XII, incluso antes de que Europa adquiriese su calado simbólico de viejo continente de naciones y aventuras convulsas en el tiempo. Natalio Bayo es uno de los pintores aragoneses por antonomasia: se ha preocupado de ofrecer los mitos, los personajes, las atmósferas e incluso las leyendas más menos fundacionales de este territorio de polvo, niebla, viento y sol. Es el pintor de San Jorge, la doncella y el dragón; es el artista de las banderas como emblemas de convivencia y de tribu, de los palacios renacentistas, es el hombre que se estremeció con Pedro Saputo, el pícaro aragonés ilustrado, con el paisaje (los Monegros, el Moncayo, Albarracín), con la gente sencilla del tajo que cosecha afanosamente el labrantío de las estaciones. Si Goya encarna el tesón, la visceralidad, la genialidad y hasta cierta locura –impulsada hasta la devastación por la enfermedad y el tormento-, Bayo no le va a la zaga: ha querido aprender siempre y ha pugnado hasta la sangre y el espanto con el monstruo que nos habita. Con el monstruo que nos habita, o que habita en la naturaleza y sus páramos, y con el monstruo iracundo del poder y la sinrazón. En Goya, el  monstruo eran la guerra, el exilio, el miedo inabordable, los cuadernos del dolor y la ira de los Caprichos y los Disparates; en Natalio Bayo, es esencialmente el franquismo con sus perros del odio, a los que él ha denunciado una y otra vez tanto por la vía directa como por la alegórica con sus paisanos y sus mineros, con sus palomas aherrojadas, con sus cajas, con esos hombres decrépitos que resisten en medio de las ruinas.

BESTIARIO. Los animales no dan tregua. Estimulan, perturban, hacen compañía. Protegen. En la obra de Natalio Bayo, como en la vida, hay animales muy diferentes. Le gustan los galgos, claro, los tigres, los dragones, el armiño, el unicornio, las palomas, los pajarillos, los gallos. Por ahí andan entre las vibraciones del paisaje y las emociones del ser humano. Ilustró un Bestiario aragonés; los animales son sus aliados o la huella de una presencia inquietante y desvelada. Goya vio criaturas ominosas y se enfrentó al silencio terrible de quien no puede dormir.

CABALLOS. Quizá no sea exacto decir que Goya fue un pintor de caballos. No lo fue como Gericault o Picasso, sin duda, pero quizá sí lo fue en su Tauromaquia. Natalio Bayo compuso una Bayomaquia, pero hay algo que aún es más determinante: él sí es un pintor de caballos. Ya se ha dicho que su padre fue tratante de caballerías y que le ha rendido homenaje de diversas maneras; huérfano de madre, los caballos han estado siempre en su imaginación y en el vertiginoso vaivén de su mano. Bayo los ha entendido muy bien y pinta équidos desde que empezó en este oficio. El caballo encarna la elegancia, la nobleza, la versatilidad, la valentía, la lealtad, la pura energía. Bayo lo siente como algo sustancial de su memoria y de su corazón: lo ha situado, incluso, en las aguas del Ebro o lo ha visto, en forma de centauro, en tierras del Moncayo. Y lo ha visto, como corcel negro o como alazán, entre sus criaturas que van y vienen por los pasadizos de los siglos con el embozo en los ojos.

CABEZAS. Natalio Bayo le ha dado una impronta a sus cabezas. En su interior o sobre ellas puede suceder de todo. Puede anidar un monstruo, una iguana, un sombrero susceptible de ocultar un embrujo siniestro; puede ondular una bandera o crecer un jardín, un vergel, un huerto o una sencilla flor. Las cabezas de Natalio Bayo son excepcionales: a veces parecen el sedimento o los fósiles de un monstruario. Con la pintura, sus figuras se animan y salen de exploración desde el fondo del cuadro. Goya pintó cabezas, cabezotas y cabezones, empezando por sus autorretratos. Natalio Bayo no ha dejado de ensayar aproximaciones a sí mismo: en 1984, por poner un ejemplo, firmó un Autorretrato con San Jorge, la doncella y el dragón.

FUMAR. No recordamos ahora si Goya fumaba, pero Natalio no ha dejado de hacerlo. Es su manera de someter al tiempo íntimo de un cuadro: cada vez que aspira mitiga el arrebato, enfría la emoción, suaviza el incendio de los colores. Y aprende a observar desde la lentitud con un placer inefable. Natalio fuma Ducados. Puede parecer frivolidad, pero el virtuoso, el manierista, el pintor narrativo halla su acomodo y su inspiración en el centro del laberinto. Y piensa mejor. O sencillamente atrapa el sfumato que huye.

GRABADOS. Cada vez que se hacen listas, que es un hábito de antaño y no solo derivado de las nuevas tecnologías, siempre se dice que los mejores grabadores de todos los tiempos son Durero, Rembrandt, Goya y Picasso. Natalio Bayo aprendió de todos ellos y ha firmado aguafuerte, serigrafía, punta seca, punta de plata. Ha confeccionado muchos libros de artista de casi todo: de las canciones de amor de Labordeta (que quizá sea el sentimiento más auténtico del hombre que nunca dejó de ser emoción, ternura seca, canto para todos), del Aragón monumental y artístico, de las novelas Bomarzo y Carmen, de Romeo y Julieta, de gladiadores, hasta firmó una serie de seis aguafuertes: Según los Caprichos. Sobran los comentarios. Goya figura entre las obsesiones de Bayo, y no duda en rendirle homenaje. Goya ha sido una fuente y un estímulo: su mundo es complejo y rico, ebrio de paradojas y de dolor. Posee la sabiduría de alguien llamado a ser sociólogo y cronista de su tiempo y, ante todo, un artista del compromiso. Natalio se ha fijado en el maestro y, con pasión, con esfuerzo, con la búsqueda indesmayable, ha alcanzado el vértigo. O la cima de una montaña de expresividad, mirada y relato.

ITALIA. Si Goya refinó su talento, incipiente o en estado bruto, en Italia, ahí está su vigoroso Aníbal vencedor contempla por primera vez Italia desde los Andes, qué vamos a decir de Bayo. Le encanta contarlo. Con su deseo de saber y algunas becas decidió partir a Italia: a Florencia, Venecia, Roma. Allí lo descubrió casi todo: la potencia inmediata de los grandes cuatros, la untuosidad, la composición, una técnica increíble. Se hubiera arrojado en el interior de los cuadros de Botticelli, Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel, Mantegna, Rafael de Urbino. Le estremeció hasta lo indecible la pintura en directo y sus ángeles negros, las dentelladas en el lienzo, la suavidad de los valles, la verdad etérea de la inspiración. Salió tan herido o tan poseído que, en cierto modo, nunca dejó Italia. Venecia, como se sabe, agita sus aguas y sus palacios y sus banderolas marinas en muchos de sus cuadros. Italia y sus próceres, Italia y sus frisos, los pintores italianos, renacentistas o sombríos como Caravaggio, exóticos y místicos como Fra Angelico o Giorgione, la Italia aragonesa, inmortal en el recuerdo… Nunca, nunca, nunca los ha perdido de vista: los abraza igual que el farero abraza un precipicio que se estrella con el mar.

MUJERES. Goya es un exquisito pintor de niños y de mujeres. De las mujeres que amaba, que adoraba, por las que sentía una atracción que iba más allá del amor o del deseo. Salvo excepciones, nunca le gustaron algunas reinas, logró retratos de una luminosidad esencial, que viene de adentro y del confín oculto de los sueños: las majas, vestidas y desnudas, la marquesa de Santa Cruz, la condesa de Chinchón, la Duquesa de Alba, Leocadia Weiss, Rosario, esa mujer que duerme en Dublín y agita como un volcán, bajo velos de luz y eternidad, el busto… Natalio Bayo ha pintado todo tipo de mujeres. Las ha pintado y las pinta: en el papel, en el lienzo, en sus cuadernos, en sus grabadores, en los borradores de la imaginación. Mujeres de agua y fuego, mujeres felinas o entronizadas, de jota y cierzo, mujeres con caballo, sedosas, mujeres con pájaros, que esperan el alba, que se adentran en el rumor de la noche, mujeres que ensayan su desnudo más hermoso entre las rosas o las formas hospitalarias de la fronda. Mujeres que son piel de lascivia y que sestean, con la nalga descubierta, bajo el sol del verano, mientras un perro Dálmata atrapa ese espectáculo de la pura belleza.

RETRATOS. Goya hizo retratos siempre. En todos sus cuadros. En el fondo, más allá de pinturas de guerra o de sus instantáneas del horror y de la convulsa vida diaria, no dejó de hacer retratos. Es uno de los más grandes: expresivo, psicológico, captó lo invisible y su catálogo de espantos. Arisco y tierno. Natalio Bayo es un pintor narrativo y un pintor pintor, que disfruta con la materia y la ingeniería secreta de la conciencia. La suya y la del retratado. No ha dejado de buscar el retrato más perfecto. Quizá no exista. El retrato también es un estado de ánimo, un afán, un temblor, la quimera de alcanzar un instante decisivo en los ojos, en la piel, en el gesto levantisco. En el retrato, Natalio Bayo es plenamente feliz o totalmente desdichado. El arte, en Goya o en Bayo, nace del estupor, del vacío, de las contradicciones, de los amores dolientes, reales o soñados. El arte es una forma radical de inconformismo y de querer atravesar al otro con el grito de la luz, del color, de la forma y de la materia. Goya y Bayo, Bayo y Goya dialogan en la inquietante hermandad de la creación. Y lo menos asombroso es que se reconozcan.

ALOMA RODRÍGUEZ: MERCÉ RODOREDA Y 'LA MUERTE Y LA PRIMAVERA'

Aloma Rodríguez
31 enero 2018

Mercè Rodoreda

La muerte y la primavera

Traducción de Eduardo Jordá

Barcelona, Club Editor, 2017, 350 pp.

 

Un adolescente se adentra en el bosque, después de darse un baño en el río, y ve cómo su padre abre el tronco de un árbol y se mete dentro para morir. Sin embargo, no le dejan morir tranquilo. No se le permite saltar la tradición hecha ya norma: a los moribundos hay que rellenarlos de cemento antes de que fallezcan para que no se les vaya el alma. El chico ve por error dos tragedias: el suicidio de su padre y la brutalidad de su muerte. Es La muerte y la primavera, la novela que Mercè Rodoreda escribió en la década de los sesenta, corrigió durante años, pero que abandonó y fue publicada póstumamente en 1986.

Desde su solitario exilio en Ginebra, Rodoreda se convirtió en la escritora más leída en catalán. Dejó Barcelona en 1939 y allí se quedaron su marido y tío carnal, con el que se había casado presionada por su familia, y su hijo. En París conoció al crítico Armand Obiols, que sería su pareja y su lector y crítico fiel. Juntos huyeron de la ocupación nazi. Obiols fue capturado y recluido en un campo de concentración –donde trabajó como administrador– y Rodoreda logró llegar a Limoges. Tras los años de miseria y sufrimiento, Obiols consiguió trabajo como traductor en la unesco y se mudaron a Ginebra. Allí, cuenta Eduardo Jordá en el posfacio de la novela, se acabaron las penurias económicas, pero el aislamiento del mundo aumentó: en Ginebra no conocían a nadie. Cuenta Jordá que Rodoreda le dijo al editor Josep Maria Castellet: “No te extrañes de que para mí Cataluña haya quedado reducida a esta habitación.” Después, Obiols se trasladó a Viena, aunque la escritora no le acompañó. Su relación se convirtió en epistolar: ella le mandaba todo lo que escribía. Cuando Rodoreda se fue de España ya había publicado cuatro novelas en catalán y era una firma frecuente de la prensa. Como ha recordado Andreu Jaume, Rodoreda fue la primera escritora española que habló de los campos nazis, en el cuento “Noche y niebla”. En 1962 publicó La plaza del diamante, que se convirtió en un éxito total. En 1961 le escribió a Joan Sales: “La muerte y la primavera es muy bueno. Terriblemente poético y terriblemente negro. Es mi estilo actual: primera persona y procurando decir las cosas de la manera más pura e inesperada [...] Será una novela de amor y de soledad infinita.” Rodoreda siguió trabajando en este libro y en otros: en 1974 publicó Espejo rotoLa muerte y la primavera quedó sin corregir, que no sin terminar. Núria Folch, viuda de Sales, hizo un gran trabajo editorial para ofrecer la versión definitiva de la obra, que presentó con tres apéndices (variantes, un añadido final y capítulos alternativos, sobre todo en estilo). Una de las obsesiones de la escritora era la espontaneidad. En una carta a Sales dice: “La muerte es una novela en la que he trabajado un año y medio y que será muy buena pero de momento está atascada por una multitud de razones. Entre otras porque no acaba de estar lo suficientemente viva ni ser lo bastante espontánea, porque le falta la ‘soberana espontaneidad’.” La traducción de Jordá es impecable y, como el propio estilo de Rodoreda, que suena pegado a la conversación y absolutamente vivo, esconde un trabajo ingente en el que la tarea más difícil es hacer que no se note el esfuerzo que lleva. Los dos lo logran.

Rodoreda tenía razón: su novela es terrible y poética y oscura. Y triste. Es en parte una distopía. Todo sucede en una geografía concreta –tiene, además, un papel determinante en la novela– que no podemos identificar, en un tiempo indeterminado. Es una sociedad tribal donde la ley nace de leyendas y mitos y se ejerce de una sola manera: el linchamiento. Podría ser la cara oscura y seria de Amanece que no es poco. Como en la película de Cuerda, las funciones del pueblo –que son las que dan nombre e identidad a los personajes: el herrero, el preso, el señor– tienen que estar cubiertas, no importa cómo se decida quién hace qué. Siempre tiene que haber además alguien que cruce el río, aunque eso suponga su muerte casi segura. En ese entorno cerrado y hostil abandona la adolescencia el protagonista y narrador, esa voz hipnótica construida con repeticiones, una puntuación peculiar y una sintaxis de ritmo variado pero que siempre marca el compás. Explica Jordá: “Rodoreda usa un registro del idioma que en un primer momento suena perfectamente natural y vivo, pero enseguida desconcierta al lector. Es como si utilizase una variante de la lengua que solo se hubiera usado en una comarca aislada del resto del país y del mundo–, pero lo curioso del caso es que el vocabulario que emplea es el mismo que se usa en cualquier conversación normal de una ciudad cualquiera –sin apenas vocablos arcaicos o rebuscados–, solo que las palabras parecen tener un sentido distinto del que le damos los hablantes.”

La trama no es compleja y puede resumirse en una frase: el chico no se conforma. Tiene curiosidad. Desea ver cómo duerme su madrastra, también ver qué hay al otro lado del río, desea ver la casa del señor, desea hablar con el preso, saber por qué está preso. Desea, en fin, otra vida. Pero en esa sociedad, en cualquier sociedad autoritaria, el más mínimo atisbo de deseo de libertad individual tiene que ser castigado y reprimido: “En el bolsillo llevaba el punzón con que mi madre me había agujereado las orejas cuando era pequeño. Todo lo que quieras lo tendrás, pero con dolor, hasta que un día te acostumbrarás a no querer nada”, dice el narrador. Nadie puede saltarse las normas, ni siquiera la autoridad, como se verá en la novela. Por eso, el chico tendrá que conformarse con construir figuras de barro una y otra vez –las construye y las rompe–. Son lo más parecido que tiene al amor: “Volví a hacer figurillas: al día siguiente. Quería tener muchas. Todo un pueblo de figurillas, todas la misma, con dos brazos… para poder hablarles con una voz que no era mi voz de lo baja y llena de suspiros que me salía. La ternura me hacía de agua y dentro del agua estaba todo lo que huía y no sé por qué y no sé qué eran aquellos amaneceres porque no hay palabras. No. No hay palabras… se tendrían que hacer”. En la novela hay muerte y destrucción, hay un incendio que casi acaba con todo. También hay deseo, sexo en elipsis y normas rígidas: por ejemplo, las embarazadas llevan los ojos vendados para que los hijos que llevan en su vientre no se parezcan a los hombres a los que miran. En el pueblo solo se come grasa de caballo, a veces también sangre. Los peces del río se pescan para chafarles la cabeza y devolverlos al río, se cultivan alfalfa y algarrobo pero no se comen. Hay otras tradiciones extrañas e incomprensibles, además de la peculiar manera de enterrar a los muertos para conservar el alma o la alimentación: hay unos seres a los que nadie ha visto pero a los que todos temen, los hombres sin rostros, los caramenos. No hay escuelas, iglesias ni lugares de reunión social en el pueblo. Y, sin embargo, no son completamente extraños, más bien, como explica Jordá, “gente muy parecida a nosotros aunque haya optado por una extraña forma de conducta”. En ese sentido, la lectura de la novela produce una extraña sensación, como la que provoca la lectura del famoso cuento de Shirley Jackson “La lotería”.

La novela de Rodoreda nos instala en una sociedad cruel y asfixiante. Se ha querido ver en La muerte y la primavera una metáfora del franquismo. Pero, como sostiene Jordá en el posfacio, “eso sería reducir la novela a una simple alegoría política que no dejaría ver la compleja alegoría social –y hasta metafísica– que también esconde en ella”. La muerte y la primavera es una defensa de la libertad individual ejecutada con maestría y envuelta en una trama sencilla con belleza formal y exuberancia estilística. Ese adolescente que crece somos nosotros, los curiosos, los que queremos saber cuántas vidas son posibles. Esos cuyo deseo es lo más peligroso para las sociedades represoras. ~

 

*Tomo la foto de Mercè Rodoreda de aquí.


FOTOS DE LUIS RAMÓN MARÍN

 

-1. http://lh4.ggpht.com/-8J1HMOVGzyo/UVVNhluoTuI/AAAAAAAALMw/YIc_fpwXOvw/LuisRamonMarin_thumb%25255B1%25255D.jpg?imgmax=800

-2. http://images.teinteresa.es/cultura/bellas-artes/Luis-Ramon-Marin-Espana-XX_TINIMA20130308_0802_5.jpg

-3. http://img.radio.cz/uVLDgyala3PI1ZFvURWf81UA07s=/fit-in/1200x1200/1268225241__pictures/c/foto/marin/playa_biarritz.jpg

-4.https://images.eldiario.es/politica/Luis-Ramon-Marin-Espana-XX_EDIIMA20130308_0484_4.jpg

-5.http://img.radio.cz/3PtpEkOlg2x9p1VHz7qZ5DJLd44=/fit-in/1200x1200/1268224602__pictures/c/foto/marin/marin.jpg

-6. http://es.globedia.com/imagenes/noticias/2013/2/20/marin-fotografo-recuperado_1_1583860.jpg

-7. http://instantes.net/blog/wp-content/uploads/2013/12/primo_de_rivera.jpg

 

DIÁLOGO CON LEONARDO PADURA

Aragón Negro.

Entrevista con Leonardo Padura, premiado en el Festival Aragón Negro, que coordina Juan Bolea. Acaba de publicar la novela 'La transparencia del tiempo' en Tusquets.

Antón Castro25/01/2018 a las 05:00
  
  
  
  
  
Leonardo Padura visita Zaragoza para recibir el Premio de Honor del Festival Aragón Negro.Oliver Duch

"Mario Conde es mis ojos, y es un hombre que se parece mucho a mí, un año mayor que yo. Refleja muchos de mis gustos, de mi sensibilidad y de mis preocupaciones", dice Leonardo Padura (La Habana, 1955), que recibe hoy en el Teatro Principal el premio del Festival Aragón Negro y edita ‘La transparencia del tiempo’.

Parece que España y Zaragoza le traen buena suerte.

España ha sido importantísima en mi carrera. Empecé a venir, como periodista, en 1988, a la Semana Negra de Gijón. Y cerca de allí, en Oviedo, me concedieron el premio Princesa de Asturias de las Letras en 2015. Me produjo una gran emoción; no lo había ganado un hispanoamericano desde 2002, cuando lo obtuvo Augusto Monterroso.

¿Y Zaragoza?

De entrada, tiene un parentesco muy bello para mí con Cuba a través de José Martí, pero además aquí me han dado el premio de Novela Histórica ‘Ciudad de Zaragoza’ por ‘Herejes’ y ahora recibo este premio. Me gustan las ciudades con mar; Zaragoza no tiene, pero sí tiene río, o ríos, y eso me encanta y, además, es una ciudad con historia bimilenaria.

Ha citado a José Martí. ¿Qué otros autores cubanos le han marcado?

Hice como dos carreras, por decirlo así. La académica, donde te aproximabas a los autores habituales: Homero, Dante, Shakespeare; la gran novela francesa, inglesa y rusa del siglo XIX, y dimos también toda la literatura española, desde el ‘Poema de Mío Cid’ hasta la Generación del 27. Y luego estaba la carrera de las lecturas. Aquellos eran los años del ‘boom’, y tenías que leer a García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, Juan Rulfo, Borges, etc., pero también mis paisanos. Entre ellos destacaría dos influencias clave: Alejo Carpentier y Cabrera.

¿Por qué?

Alejo Carpentier, el autor de ‘El siglo de las luces’ , me contagió la pasión por la novela y por el sentido de la historia del Caribe, de Cuba, de la música, etc., y Guillermo Cabrero Infante, por el lenguaje, en concreto, por el uso del lenguaje habanero. Creo que él escribe en habanero.

¿Cómo y cuándo descubrió la novela negra?

En Cuba, por decirlo así, la novela policiaca se puso de moda. Pero importaban más la historias, la trama, los detectives, que la novela en sí, la escritura, el estilo. Descubrí en los años 70 y 80 a algunos autores de novela negra contemporánea que fueron muy importantes para mí por su carga estética también: pienso en Rubem Fonseca, en Leonardo Sciascia y en Manuel Vázquez Montalbán, al que conocí más tarde. Hacían grandes libros de ámbito negro. Eso era lo que yo buscaba.

Apostó fuerte por la novela policiaca y creó a Mario Conde…

Sí, eso fue en 1990 con ‘Pasado perfecto’, ahí nació la serie, pero también me ha interesado siempre la buena documentación y la ficción histórica, como sucede en ‘La novela de mi vida, ‘El hombre que amaba los perros’ y ‘Herejes’. A mí me interesa la historia y sus circunstancias pero no en un sentido arqueológico, sino porque interviene y matiza el presente.

Explíquenos...

Eso se ve muy bien en ‘La transparencia del tiempo’, con esa Virgen negra que desaparece. Ahí cuento dos historias complementarias: la de la investigación de Mario Conde, que busca la pieza desaparecida, y una indagación en el tiempo, desde la Guerra Civil española, hasta los orígenes de la Corona de Aragón a través de otra criatura, un tanto enigmática, Antoni Barral. La novela, por decirlo así, analiza el impacto de la historia en los individuos.

Usted siempre piensa el presente. Suele decir que los cubanos se merecen mucho más.

Sin duda. Hemos vivido un gran experiencia, un largo proceso, una revolución, a lo largo de 60 años. En los últimos 20 o 25, las circunstancias han sido muy complejas. Se ha resistido como se ha podido, hemos conocido el doloroso exilio. Hemos vivido y sobrevivido. La vida de las personas es una sola y ya es hora de que este sacrificio tenga una recompensa y de que los cubanos tengan más conquistas en todas las direcciones: en cuanto a libertad individual, a desarrollo intelectual, político y económico. Y es hacia ahí donde debemos ir.

Otro tema fundamental del libro es la amistad, ¿no?

Creo que es el tema más o menos subterráneo: la amistad entre Mario Conde y su amigo de la universidad, Roberto Roque Rosell, Bobby. A Conde le pasa como a mí: siente mucha ternura por sus compañeros de la universidad. Aquí se trata de la amistad traicionada, que es el tema de una de mis novelas favoritas: ‘El largo adiós’ de Raymond Chandler.

‘La transparencia del tiempo’ (Tusquets) incorpora otros temas, algunos ya tópicos en la narrativa cubana desde Reinaldo Arenas: la homosexualidad.

Nunca ha sido bien considerada en una sociedad tan machista como la nuestra. En los 60, además, fue rechazada desde una visión política. En los 80 y 90 se avanzó en las libertades. Aunque ha mejorado la situación, sigue siendo una asignatura pendiente y esa represión marcó a Bobby, y le llevó a practicar la dolorosa ocultación. Fue una víctima.

Quizá este tema nos dé para hablar de amor y sexo.

Hablaría más bien de sensualidad que es una parte de la esencia de la espiritualidad cubana. La sensualidad que también da paso a la sexualidad. En Cuba, de 100 pensamientos, 99 son de sensualidad o de sexualidad, y el otro 1% de otras cosas. Ja, ja, ja.

¿Cómo ha abordado la santería, tan presente en la novela?

Ahora ya se habla de religiones cubanas africanas. Los dioses de la santería son más humanos e intentan dar soluciones a cosas muy concretas vinculadas con la economía doméstica, le enfermedad, la justicia, el desamor.