Blogia

Antón Castro

TEXTO DE LA PRESENTACIÓN DE VÍCTOR JUAN

TEXTO DE LA PRESENTACIÓN DE VÍCTOR JUAN

Víctor Juan Borroy ofició de presentador de Fotografías veladas. Estuvo muy cariñoso, pero eso no sorprendió a nadie, hasta rindió homenaje a Carlos Roldán, director de la Banda de Garrapinillos. Los chicos tocaron durante casi media hora, y luego intervinieron Alonso Martínez y Fernando Bastos. Hubo mucha gente. Este es el texto de Víctor  Juan, caracterizado por el cariño y la complicidad.

 

El señor de las palabras

 

[A propósito de Fotografías veladas de Antón Castro]

 

Me voy a permitir contarles o recordarles algunas circunstancias que nos ayudan a entender quién es Antón Castro. Su manera de fabular y de escribir sólo se explica si atendemos a cómo fue su infancia. Antón nació en Santa María de Lañas, una aldea próxima a Arteixo. Después de veinte años de zozobra intelectual, Pepe Melero ya acepta que los delfines acariciaran las piernas de Antón cuando se bañaba en las playas de Barrañán. También hemos dado por bueno que llovieran ranas cuando Benito, el padre de Antón, volvía de Suiza con un saco de naranjas sanguinas bajo el brazo. Antón era un  niño que todo lo miraba de otra manera. En su casa le decían “Planetas” porque cuando contaba las cosas nunca se sabía bien dónde terminaba la realidad y dónde empezaba el terreno de la fantasía. Antón improvisaba partidos de fútbol con botones y los más bonitos se llamaban Yarza, Violeta, Canario, Santos, Sigi, Marcelino, Villa y Lapetra.

En Aragón Antón Castro es, simplemente, Antón. Así se le conoce en el mundo de la cultura y de la política, en el mundo del arte, en el mundo del deporte. Y por supuesto, aquí, en Garrapinillos.

Antón ha contado en muchas ocasiones que vino a Aragón casi por accidente, huyendo de todo, huyendo de sí mismo. Hace treinta años una tempestad le dejó varado en Zaragoza. Como cuenta en “La estación del adiós” aquí encontró a la mujer de su vida, se enamoró, tuvo cinco hijicos que, como dice Mariano Gistaín, valen más que cinco bemeuves. Se quedó entre nosotros con su mirada de niño perpetuo dispuesto a dejarse conmover por los prodigiosos cotidianos de la vida. Cuando decidió quedarse quizá tuviera una camisa blanca que lavaba cada noche y que tendía al raso para que se la planchara la Luna. Quizá viviera en la calle Estudios o en Casta Álvarez y luego se instalara en una avenida que se estremecía con el paso de los trenes. Quizá tuviera algunos libros o carpetas llenas de recortes y fotografías de los temas que le apasionaban: el cine, el fútbol, el boxeo, el atletismo, la fotografía. Lo que sí es seguro es que tenía las 27 letras del alfabeto. Y con ellas contaba el mundo.

Mientras escribía esta breve presentación recordé un delicioso episodio de El cartero de Neruda, la novela de Antonio Skármenta que refleja la importancia de las palabras para entendernos, para explicarnos, para encontrarnos y para amarnos.

Como recordarán, Mario Jiménez, era un joven que cambió su destino como pescador para llevarle la correspondencia a Pablo Neruda. Un día se armó de valor y le confesó a don Pablo que quería ser poeta.

-Hombre, en Chile –dijo Neruda- todos son poetas. Es más original que sigas siendo cartero. Por lo menos caminas mucho y no engordas. En Chile todos los poetas somos guantones.

Neruda retomó la varilla de la puerta, y se dispuso a entrar, cuando Mario mirando el vuelo invisible de un pájaro dijo:

-Es que si fuera poeta podría decir lo que quiero.

-¿Y qué es lo que quieres decir?

-Bueno, ese es justamente el problema. Que como no soy poeta, no puedo decirlo.

Durante estos años, Antón se ha convertido en el señor de las palabras, en el escritor que sabe qué quiere contar y cómo ha de contarlo.

 

Fotografías Veladas

Catorce años después de publicar Veneno en la boca, un libro de entrevistas que yo he leído decenas de veces, Antón vuelve a Xordica para ofrecernos una veintena de cuentos reunidos en un gran libro titulado Fotografías veladas.

Conviene tener claro desde el principio que una fotografía no es la realidad. Una fotografía es una representación y a veces oculta la realidad o la tergiversa o la embellece de tal manera que preferimos la imagen a la realidad misma. La realidad es un concepto permeable, cambiante. Por eso en Fotografías veladas los personajes de Antón saltan a la realidad y se pasean por lugares reales, pero al mismo tiempo los personajes reales invaden el universo que Antón crea con palabras. En los cuentos de Antón la realidad y la ficción se dan la mano en un territorio mágico.

En Fotografías veladas hay homenajes permanentes. Homenaje a Leoncio Gascón, a Teruel, a Urrea de Gaén, al Somontano del Moncayo, a Loarre, a Zaragoza. Hay mucho fútbol y algunos maestros (como don Antonio y Matilde). Hay muchos personajes reales como Miguel Mena, Paco Boisset, Balfagón, José Luis Melero…

Antón tiene una asombrosa capacidad para enamorarse de los paisajes, de la gente que le acompaña cotidianamente, de la tierra en la que vive. Luego lo cuenta con esa pasión tan suya por contar y a todos nos entran unas tremendas ganas de vivir en Cantavieja, en La Iglesuela del Cid, en Urrea de Gaén o en Fisterra para contemplar los cielos que descubre Antón. Creemos que encontraremos seres imposibles o que nos mirarán las sirenas como le miran a él.

Antón ha hecho de Garrapinillos un escenario definitivamente literario. En estas calles sucedió el encuentro de Manuel Martín Mormeneo con Sonia en “La joven y el reportaje imposible”:

“…Vengo a menudo por aquí. Me gustan los huertos, los albérchigos, las higueras, los manzanos. Alargas una mano y coges lo que te apetece. Además hay una casa que me gusta mucho, toda cerrada con mirtos. Se llama El Aleph. Siempre juego a pensar qué ocurre dentro, en los jardines, cuando cae la tarde”.

Les confesaré que yo he paseado por los alrededores del Alehp con la vana esperanza de encontrarme con Sonia, la miseriosa mujer que conduce un Audi y me consta que lo mismo hicieron en más de una ocasión Javier Torres, Pepe Melero o Rodolfo Notivol. Incluso colgué en la web una fotografía de una falsa Sonia sólo para despertar los celos de Antón y la envidia de Pepe Melero.

Antón Castro ha construido letra a letra su universo literario, un mundo reconocible del que forman parte playas de nombres imposibles y lugares como Garrapinillos, Barrañán, Huesca, Loarre, Cantavieja o Ejulve, y en esos paisajes Antón hace sentir, amar, recordar y, en definitiva, vivir a unos personajes que también son ya nuestros: los masoveros, las sirenas, los fantasmas, las brujas, escritores y futbolistas, niños que sueñan y hombres y mujeres que persiguen el amor porque saben que sólo las pasiones dan sentido a nuestra existencia.

Lean Fotografías veladas. Déjense llevar por las palabras y prepárense para sumergirse en este Macondo particular de Antón Castro en donde viven Patricio Julve y Manuel Martín Mormeneo en un  mundo en el que las mujeres huelen a bambú o a manzanas rojas, un universo de seres atrapados en mil pasiones, arrastrados por la melancolía, un universo de seres que miran lo cotidiano como nosotros no seríamos capaces de mirar nunca. (La foto es de Pierre Gonnord.)

 

 

 

 

 

LAS 'FLORES' DE MARÍA BURGES EN PORTADORES

LAS 'FLORES' DE MARÍA BURGES EN PORTADORES

Esta tarde, a las 20.30 o incluso algo más tarde, María Burges, Mari Burges para sus íntimos desde hace años, inaugura una exposición de ‘Flores’ en el espacio Chaise Longue Gallegy de la librería Los Portadores de Sueños (Jerónimo Blancas, 4). Mari Burges alterna su tarea de pintora con clases de pintura y con una intensa colaboración con el estudio Novo de diseño y fotografía que dirige Ana Bendicho. Mari Burges es uno de esos seres encantadores y afectuosos, cosidos con ternura y humanidad, que a menudo produce Aragón.

Mari Burges ha publicado sus ilustraciones y pinturas en Rolde, ha retratado a Günter Grass para la portada de ‘Artes & Letras’ y ha participado con una veintena de ilustradores más en el volumen conjunto ‘Cuentos a patadas’ (Fundación Real Zaragoza, 2008). Desde hace muchos años, comparte la vida, el amor, algunos desayunos y los viajes con el escritor Rodolfo Notivol, autor de ‘Autos de choque’ (Xordica).

HOY, EN GARRAPINILLOS, 'FOTOGRAFÍAS VELADAS'

HOY, EN GARRAPINILLOS, 'FOTOGRAFÍAS VELADAS'

Este viernes 13 puede ser un gran día.

 

En compañía de Víctor Juan y algunos otros amigos, entre ellos el editor Jusep Raül Usón de Xordica (sello que cumple 15 años), hoy presentamos ‘Fotografías veladas’ (Xordica), mi último libro, una colección de relatos dividida en tres partes que habla de paisajes aragoneses y gallegos, y de un puñado de asuntos que siempre me han interesado: el amor, el cine, la literatura, la fotografía, la pintura, los fantasmas y el arte de contar. En el conjunto reaparece Patricio Julve, el fotógrafo que va y viene por todos mis libros, cobra fuerza Manuel Martín Mormeneo, que reside en Garrapinillos con absoluta discreción, casi como si fuera un fantasma, y aparecen entre otros Javier Cruces, que acaba de recibir un nuevo Premio Goya, el tercero de su carrera, igual que lo ha recibido su nuera asturiana Tamara Hevia por una estupenda foto de boda.

 

El profesor y escritor Víctor Juan Borroy, que también vive en Garrapinillos y monta a caballo, será el encargado de presentar el volumen. Víctor Juan, que debe ser uno de los pocos escritores españoles que monta  a diario en yegua o caballo, acaba de terminar su tercera novela, tras Por escribir sus nombres y Las manos de Julia, aún inédita. El acto tendrá un prólogo y un epílogo: la banda de Garrapinillos, sección más joven, ofrecerá un concierto de alrededor de media hora hacia las 19.30, en el Centro Cívico, que ha diseñado por completo Juan Carlos Roldán. Y después, tras las palabras de Víctor Juan y las mías, actuarán Fernando Bastos ‘El Magras’ (cantante de Vinos Chueca) y Alonso Martínez, que van a realizar un proyecto musical juntos.

 

Fotografías veladas. Centro Cívico Antonio Beltrán de Garrapinillos. A las 19.30. Actúan: Banda Joven de Garrapinillos, que dirige Juan Carlos Roldán y Fernando Bastos & Alonso Martínez. (Esta foto marina, como algunos de mis cuentos, es de Jonas Bendiksen).

RAMÓN ZARAGOZANO: POEMAS DE AMOR, MAR Y MÚSICA

RAMÓN ZARAGOZANO: POEMAS DE AMOR, MAR Y MÚSICA

Recibí hace unos días un curioso correo de Ramón Zaragozano, que es médico y escribe y realiza fotografías. Acaba de publicar en una artesanal edición para amigos la plaquette ‘Poemágenes’ (Bachiana). Una de las pasiones de Ramón es la música clásica, es un sabio melómano, me cuenta Pepito de Antígona.

 

Copio aquí algunos de sus poemas. No así sus fotos (ésta es de Camilla Akrans), que no sé cómo hacerlo:

 

Quién puso esa red

para llegar al mar

 

mi cuerpo se rompe

contra ella

no me puedo acercar

 

las olas!:

ellas la hicieron!

Pero no saben…

que te quiero

 

 

Cómo se pueden tener

¡dos bocas!

 

¿Cómo evitarlo?

 

Medio bajaré los toldos y las persianas

de todos mis ojos… y mis ventanas

de todos mis sentidos

 

Me quedaré así… entreabierto: a ver...

qué pasa

 

Me incrustaré en un árbol y seguiré viéndote toda mi vida

Toda tu vida

 

Partiré

 

el mar en dos:

una mitad para ti,

otra para mí

 

Te doy mi mitad

reconozco

que todo el mar…

 

es tuyo

 

Mezclaré tu sol

y tu sombra

hasta que resulte

un azul perfecto

 

Hasta que se parezca al color

de un sueño

 

hasta que de esa jaula

un beso

levante el vuelo…

SONIA FIDES: UN POEMA CON FONDO DE JAZZ Y HUMO

SONIA FIDES: UN POEMA CON FONDO DE JAZZ Y HUMO

LA MUERTE NO TOLERA LOS EMPATES

 

 

 

Gastados, gastados minutos que no podrían ser peores,

 

Minutos de un barbárico consentimiento.

 

Elisabeth Bishop

 

 

 

 

La vida es siempre

 

una extravagante rueda de prensa,

 

un lugar en el que la gente te mira con tanta fijeza

 

que acaba haciéndote creer que puedes convertirte

 

en un valioso objeto de culto.

 

 

Yo les sigo la corriente

 

e incluso durante un rato finjo estar a gusto,

 

pero llega un momento

 

en que alguna parte de mi cuerpo

 

acaba por recordarme que la muerte no tolera los empates.

 

 

 

Sonia Fides publica en su blog

http://mademoisellejoue.blogspot.com

este poema ilustrado por la bella foto de los objetos de Lester Young, captados por la cámara del gran retratista del jazz y sus atmósferas Herman Leonard en 1948.

 

 

GUINDA HABLA DE BÉCQUER EN LA BIBLIOTECA DE ARAGÓN

GUINDA HABLA DE BÉCQUER EN LA BIBLIOTECA DE ARAGÓN

El poeta Ángel Guinda ofrece hoy viernes, a las 19.30, en la Biblioteca de Aragón la conferencia ‘El eco errante de Bécquer’, donde estudia la influencia del escritor sevillano en la poesía moderna y contemporánea, en autores como Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Ildefonso-Manuel Gil, Julio Antonio Gómez o Leopoldo María Panero, entre otros.

 

Ángel Guinda me llamó ayer y me dijo que tenía el corazón dividido: por un lado en la Universidad estaba su amigo Ángel Petisme, cantante, poeta y viajero pertinaz contra las injusticias de la tierra, y también Fernando Beltrán –del cual me han hablado hoy maravillas en Antígona sus libreros Pepito y Julia-, en el ciclo que organiza Nacho Escuín, y luego quería ir a ver la muestra de Antonio Cásedas, un gran amigo suyo de otros tiempos, que inauguró ayer en la galería de Pilar Ginés (Calle Santiago, 5). Ángel se disculpaba así de que no asistiese a la presentación de ‘Tras la palabra’ de Rolando Mix Toro. Fue una presentación muy emotiva: Mariano Berges hizo un retrato cariñoso de Rolando y éste leyó varios poemas y recordó, entre otros,  al titiritero Javier Villafañe. Tocaron la guitarra Javier Lizalde y Jorge Berges, acompañado éste por el bailarín Miguel Chavez y el cantante Harry. Fue una noche muy especial: Rolando dijo que tenía temblores en las manos, temblores que no miedo, pero que en realidad le temblaba la sangre por dentro: la sangre, las venas, las aortas, las tripas, los caminos del corazón. Hubo mucha, mucha gente.

 

El eco errante de Bécquer. Conferencia de Ángel Guinda en la Biblioteca de Aragón. Viernes, 13. Biblioteca de Aragón. A las 19.30 horas. (La foto es de Audrey Hepburn, que ha sido elegida como la actriz más bella de Hollywood).

 

'EL MILAGRO DE LA SANTA' DE ÁNGELES PRIETO

'EL MILAGRO DE LA SANTA' DE ÁNGELES PRIETO

La escritora gaditana Ángeles Prieto Barba prepara una antología de relatos vinculada al automóvil y la circulación. Ha escrito cuentos y microrrelatos, que le ha publicado Antonio Serrano Cueto. José Luis García Martín le publicó este relato en Clarín. Y aquí está esta historia donde se funden Eva Perón y la jovencita Eva Martínez.

 

 

 

        

         EL MILAGRO DE LA SANTA

 

         A Daniel Moyano, 

 

Por Ángeles PRIETO BARBA

Mucho más luminoso que un día de Corpus fue para mí cuando mi padre, terminada su jornada como policía municipal, apareció subiendo los escalones de nuestro quinto piso cargado con pequeñas banderitas de colores. ¿Qué le traigo hoy a mis niñas, qué?. Me recuerdo entonces dándole una y mil vueltas al triste boniato guisado que constituía toda mi cena, cuando había cena, claro, y escuchando los gritos de mi hermana mayor obligándome a que me lo tragara de una vez. Las letanías y sermones de todos los días, aquello de que los pobres no podían hacer melindres y ascos a la comida. Sólo que yo ya estaba ahíta, llena, harta de un hambre que sólo se saciaba con lo mismo. Y pensaba ya en mi cama en dormir y dormir hasta desaparecer, como muchos de los niños que conocí y que durmiendo un día se fueron volando al cielo, como me contaron, para nunca más volver. Y a los que un día los mayores velaban, como angelitos perdidos.

 

         Las extrañas banderitas, de azul y plata, que mi padre nos regaló dándonos besos esperanzados, eran para mañana. Le brillaban los ojos mientras nos contaba una historia maravillosa, un suceso celestial que ocurriría al día siguiente. Porque por lo visto a las diez, cuando el sol brillara ya en lo más alto, se esperaba que arribara a nuestra isla una santa, una santa real y verdadera escapada dios sabe de qué estampita, y que, compadecida de nosotros, venía a quitarnos nada menos que el Hambre. O al menos, eso fue lo que yo le entendí, entre frases entrecortadas de apariciones, milagros y venturas para siempre jamás. Y yo siempre creí en los soñadores ojos de mi padre y nunca puse en duda sus historias, y si me decía que mañana estaría aquí no una santa, sino la mismísima Virgen, hasta aquí llegaría para poner fin al grito de nuestros estómagos. Aunque me conformaba entonces con menos, importándome mucho más que acabara con el olor del hambre, esa peste que no me dejaba comer, que con el hambre misma. Que acabara con ese tufo nauseabundo que dejaba las escamas de mi piel cuando fregaba el suelo, con el fétido aroma de mis manos y uñas agrietadas por los restos de carbón para la cocina, con la infecta colonia del aguarrás y la lejía, únicos perfumes que me eran dados a oler en aquellos días de la miseria y del trabajo duro. Y yo sólo era una niña.

 

         Esa noche me acosté entre dulces ensueños, imágenes amables en que una alta señora, hermosa, alta y limpia, se me acercaba entre rosadas nubes de algodón dulce portando para mí el globo del mundo que, eso sí, era todo de color rojo y tenía un olor extraño y místico, como si fuera un mismísimo queso de bola. La dama me sonreía y mojando sus largos y elegantes dedos me quitaba con su saliva, como untándome con su sagrado óleo, los churretes negros de la mejilla. Y recuerdo que me dormí besando con amor, casi mordiéndolo, el pequeño trozo de almohada que me correspondía, sin importarme por esa noche los feroces pellizcos que mi hermana me daba siempre para hacerle más sitio en la cama.

        

         Al día siguiente, todo fueron prisas. Recuerdo que era domingo, pero la llegada a Cádiz de una santa de las de verdad hizo posponer a  toda la ciudad el acudir a misa para más tarde. Entonces mi hermana Carmela me agarró del brazo, me lavó raudamente con la esponja áspera, me colocó el traje azul de los pespuntes, cambiaron mis chanclas rotas por los viejos zapatos de Angela, que me quedaban muy grandes, recolocaron mi pelo en dos coletas torcidas, y las gemelas charlatanas me arrastraron apresuradas después. Y yo sentía, llevada en volandas, transitar por un nuevo día feliz y mágico, en el que no tenía tiempo siquiera para miedos y ensoñaciones que los itinerarios gaditanos siempre proporcionan. Atrás quedaron los callejones de San Juan con sus faroles rojos de amores portuarios, la mole imponente de la Catedral y la oscura esquina pasional de los Piratas, sin que yo me dignara hacer ningún comentario, ni observara ninguna novedad.

 

         Mis hermanas parlanchinas, en cambio, no dejaron de hablar todo el rato, entre cuchicheos algo descuidados, porque esta niña soñadora sí que se enteraba.

 

-         ¿Ves cómo al final es mal negocio ser honrada? Ahora la veremos. Dicen que se dedicaba a la mala vida antes de pescar al gran hombre. Y claro, así aprendió todas las mañas que a ellos les gustan.

-         Lo que es seguro es que era actriz y por allí, ya se sabe que van llenas de joyas, pieles y trajes elegantes. Lo que pasa es que en América los hombres están obligados a mantenerlas por todo lo alto, pues si no, los dejan, y entonces se buscan a otro y ya se sabe que los cuernos es lo único que ellos no soportan. Lo que sí es buen negocio es tratarlos mal. No como haces tú con tu Fortunato, infeliz, que hasta le llevas la comida al trabajo.

-         Oye tú, solterona, que Fortu me quiere, que nos casaremos cuando juntemos para la casa. Y yo prefiero esperar, lo que no me da la gana es meterme en la casa de vecinos con la madre, de eso nada. Lo que pasa es que aquí somos unos desmayados y unos muertos de hambre, no como en América. Mi Fortu me contó que, por lo visto, allí todo es muy grande y por eso a quien llega el gobierno le da tierra propia, buenos y grandes cortijos, donde crían animales y la hierba crece sola. Y con suerte, algunos tienen en ellos hasta árboles, que aquí no hay, algunos con nombre raro, ombú, me parece que me dijo, donde igual que aquí caen peras, allí dan esmeraldas. ¡Así cualquiera!.

-         Pues si en América todo es así, tu te quedas aquí con tu Fortu que yo mejor me voy a buscar uno de esos guachisnai que vienen al puerto.

-         Sí, igual que Mariquita Pe, que se lió con un viejo horroroso y se la llevó a Puerto Rico... ¡ni por todo el oro de América!. No, yo me quedo con mi Fortu...

-         Oye, corre más, que no llegamos.

 

Y llegamos, claro que sí, después de varios rodeos alrededor de la Plaza, dejando atrás más recovecos acogedores para soñar: el callejón de los negros, la esquina de los flamencos, la cuesta de la jabonería, la posada del mesón y el palacio de los Lasquetti. Espacios donde las piedras me hablaban de remotos parajes, de estampas lejanas en el tiempo y en el espacio que hicieron en mi mente acabar de improviso la incesante perorata de mis hermanas gemelas, cacareo sin sentido que me hacía vislumbrar un futuro gris, más desangelado aun que el boniato que me servían de cena todas las noches. Porque esa captura de hombres domésticos, hombres como refugios o trampolines sociales, parecía constituir la única aspiración de sus vidas. Varones muy diferentes a los que yo quería para mí, hombres como onzas de chocolate o como ráfagas de viento que vinieran a raptarme a mí y no yo a ellos. Que me acompañaran por caminos y mares lejanos, por sendas no transitadas de aventuras y conocimientos, que me arrancaran de cuajo y sin vuelta de hoja de esta vida negra que el destino parecía haberme ya trazado. Pero seguimos andando en el presente, por lugares despejados de otros seres que tuvimos que recorrer apresuradas para alcanzar, por fin, uno de los cinco embudos con los que se llega a la plaza de San Juan de Dios, toda ella cubierta por una multitud coloreada por las extrañas banderitas de mi padre.

 

Mis hermanas, avispadas como todas las hembras de la familia, lograron abrirse hueco entre la multitud entre codazos y empujones varios, hasta colocarse en primera línea de avistamiento. No tenían intención de perderse ningún detalle: el peinado que después copiarían o el vestido que tratarían torpemente de reproducir luego con una tela más basta, eran sus principales objetivos del examen que esperaban realizar a la Santa. Y yo mientras sobrecogida, aun con fe en la llegada de ese ser milagroso que vendría a quitarnos el hambre, según refirió mi padre.

 

Y así transcurrieron quince o veinte minutos bajo un murmulleo creciente y un sol implacable y yo ya no sabía dónde colocar los pies en aquellos zapatos de número superior al mío. Los del gobierno habían dispuesto una larga y delgada alfombra roja desde la puerta de la alcaldía hasta la entrada del puerto, lujosa diagonal que rompía en dos mitades aquella plaza para que la santa pudiera levitar por ella y después, previsiblemente, pudiera bendecirnos desde el balcón presidencial. Y entonces, entonces, los murmullos se volvieron gritos y un enorme coche, grande y negro, se paró justo ante el inicio del alfombra.

 

-         Fíjate la señorita, no puede venir andando desde el puerto, y eso que son dos pasos.

-         Cállate. Ahí está.

 

Efectivamente, allí estaba. Le abrieron la puerta de atrás y vimos deslizar una larga y delgada pierna y después la otra, piernas suaves y depiladas cubiertas por unas hermosas y fascinantes medias de seda, objeto casi irreconocible por estos lares. Y después vimos sus manos, largas también, pero huesudas y nerviosas, que se posaron sobre las del agente repeinado que caballerosamente le ayudaba a bajar. Y los gritos de la gente fueron a más cuando la contemplamos entera: alta, delgada, elegante y sobre todo rubia, muy rubia, recogido el pelo con un moño imponente y un alegre sombrero blanco con una pluma azul.

 

-         No es rubia, es teñida, ese rubio es de bote. Y además el moño que luce está hecho con pelo postizo. Fíate de mí que sé de peluquería.

-         Oh, pero ¡qué elegancia!

 

Porque de hecho, la dama lucía un porte que cortaba la respiración. Ya de por sí espigada, parecía andar por la alfombra de puntillas y estirando el cuello, a una altura inalcanzable para el resto de los mortales que la contemplábamos admirados. Y se tomó su tiempo, claro que sí, en erguirse y sonreír orgullosa, despojarse lentamente de unos pequeños guantes blancos y saludar abierta y segura a la multitud de ropajes negros y remendados y de rostros castigados que la contemplábamos. Y se deslizó lenta, perfectamente copiada la actitud de aquellas reinas y heroínas europeas que estudiara hace mucho tiempo y emitiera en sus seriales. Al fondo, le esperaba un alcalde con bigote, gordo y calvo, estampita perfecta que el franquismo destinaba a cada municipio, y una niña muy atildada, con tirabuzones rubios y trajecito de organdí que portaba un enorme ramo de rosas rosas, cursilada haciendo juego, mucho más grande que ella.

 

 

Hacia la mitad del recorrido, casi a la altura donde yo me encontraba, el ramo y la niña se adelantaron hacia la dama realizando una complicada genuflexión de homenaje principesco. La pequeña Shirley Temple a duras penas pudo sostener el ramo con una mano y recogerse modestamente el vestidito con la otra, para agachar una rodilla e inclinar su cabeza, a modo de saludo. Y a modo de sonrisa, la dama hizo una mueca y recogió el ramo con un brazo, mientras su otra mano se posó levemente entre los lustrosos tirabuzones dorados. Y todos aplaudieron y hasta se escucharon algunos vítores, mientras yo acercaba mi nariz para percibir de lejos el olor de santa que, mezclado con el de las rosas, intentaría recordar cuando quisiera olvidarme del otro, del de siempre, del olor del hambre.

 

Pero la santa no sería santa sin hacer un milagro, que desde el tiempo y la distancia desde la que cuento esto, pienso que igual estaría ensayado, preparado, amañado o estudiado. O quizás no. El caso es que la santa se volvió, achicó los ojos, estudió a la multitud y se dirigió a mí... ¡a mí!, un manojo de nervios sucios vestida de remiendos, calzada con chanclas rotas y dos coletas morenas y torcidas. Porque ella no podría ver otra imagen que ésta que tristemente describo. O quizás vio a alguien más, o tal vez, como dijo mi padre cuando nos enteramos que murió, lo que percibió al verme fue la niña que había en ella, la que llevaba dentro, la niña mísera que todavía conservaba tras tanta sobrecarga de joyas y oropeles. Pero se acercó, cesaron los gritos, cuchicheos y murmullos de la gente y de repente, ella se agachó, ¡se agachó!, hasta ponerse a mi altura, acariciarme las coletas y preguntarme ¿cómo te llamás?. Y su voz era ronca y cálida, en un acento extraño, áspero y acariciante. Y mis ojos se agrandaron asustados y admirados y le sonreí y a duras penas le dije que mi nombre era Eva, Eva Martínez pa servirla a usted. Eva como yo, me dijo. Y sonriéndome, me dio el ramo, que es tan hermoso y huele tan bien y es para ti, para que nunca me olvides. Y jamás lo haré, te lo prometo, mi señora. Y me besó en mi sucia cabeza y se irguió y se marchó, hacia los discursos, hacia la gloria. Eso hacía ella, mientras que yo, ya santificada, terminé por hundir mi carita embriagada entre las rosas, bendecida por su olor, cual cabecita  negra de este hemisferio.

 

ÁNGELES PRIETO BARBA

        

PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE ROLANDO MIX TORO, HOY

PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE ROLANDO MIX TORO, HOY

Esta tarde del jueves 12, a las 19.30, en el Salón del Trono del Palacio de Sástago se presenta el poemario ‘Tras la palabra’ del poeta y traductor chileno, afincado en Zaragoza, Rolando Mix Toro. Lo acompañarán en el acto los guitarristas Jorge Berges (con quien ha grabado un álbum con sus textos, cuya portada aquí pongo) y Javier Elizalde. Hablarán, además de Rolando, Mariano Berges, jefe de gabinete de la Diputación de Zaragoza y persona determinante en la edición del libro, y Antón Castro. Éste es el prólogo-retrato que le hice a Rolando Mix Toro para el libro. Hoy, como se puede deducir, el Garrapinillos juvenil, que está en cuadro tras las cuatro expulsiones del pasado sábado ante La Puebla de Alfindén (perdimos en casa 1-2), no entrenará. Sólo entrenará nuestro arquero Stalin, que debutará como titular ante el San Mateo de Gállego.

 

ROLANDO MIX TORO:

LA MEMORIA Y EL RASTRO DE LA POESÍA

 

Antón CASTRO

Ocurre a menudo: existe gente con la que nunca has hablado, ni lo vas a hacer quizá, que han sido decisivas en tu vida. Gente que pasa. Gente que toma el café de las doce en el bar de la esquina. Gente que lee el periódico, que acaricia las páginas de un poema, hombrones que se te antojan gigantes, de rostro atezado y una sonrisa amplia, de oreja a oreja, como paisanos milenarios, y que no sabes por qué habitan tus sueños y tus pesadillas. O la naturaleza urbana que recorres para ir a comprar el pan.

Supe de Rolando Mix Toro mucho antes de lo que él se imagina: Luis Felipe Alegre, en el bar Aragón y en El Ángel Azul, me hablaba del poeta chileno y de su rabiosa humanidad. En un primer retrato, Luis Felipe lo situaba en Santiago, próximo a Salvador Allende, y buen conocedor de los grandes poetas, desde Gabriela Mistral a Enrique Lihn, desde Pablo Neruda a Nicanor Parra. Me revelaba algunas historias entrañables, su generosidad “de desheredado latinoché” de infinito corazón, su solidaridad profunda con la que había sido compañera de sus días durante un tiempo, y me decía también que en aquel hombre “gigantesco y envalentonado” había algo de “héroe inadvertido de la poesía”. Luis Felipe Alegre sentenciaba: “Me gustan los poetas así. Hermanos de sangre de Blas de Otero, de Gabriel Celaya, de Neruda. Admiro y quiero a Rolando Mix Toro”.

No puedo recordar cuándo hablamos por primera vez. Lo veía pasar por la calle Lorente y Bretón, sobre todo, lo veía asistir a conferencias y debates de poesía. Allí andaba siempre Rolando, con versos bajo el brazo, dispuesto a henchir una tertulia de palabras cálidas, de risas estruendosas, de la memoria arterial y andina de América. Tenía algo de vate sentimental que se atrevía a ser contundente: proclamaba su fe en Salvador Allende, su complicidad con Víctor Jara, anunciaba sin violencia el tamaño de su esperanza. Mientras, publicaba poemas, libros, traducía, sobrevivía sin aspavientos en medio de la ira del cierzo, en medio del vendaval del desierto.

Hablamos. Y de hablar por primera vez, pasamos a vernos a menudo. Pasamos a platicar en confianza. Pronto me di cuenta de que Rolando Mix Toro había tenido una infancia especial: era uno de los doce hijos de Antonio Mix Martínez, escritor social, maestro de escuela y pintor de desiertos y altiplanos, y de Ana Ángela Toro, una mujer que gastaba la vida entre los dolores de un nuevo parto y su pasión por la guitarra y el piano. Rolando residía en pleno desierto, en Pozo Almonte, Iquique, donde había nacido en 1931. Se levantaba por la mañana y sus ojos contemplaban la cordillera de la costa y los Andes altivos: un paisaje y el otro se estiraban más allá de las minas de salitre, los abombados desiertos y sus dunas. Al muchachito lo cautivó desde muy pronto la sonoridad de las palabras. Y en ellas se zambulló como se zambullía en el mar: adquirió un virtuosismo especial con el lenguaje, una capacidad para recitar e inventar poemas, una imaginación invencible. Poco después, también estudiaría forja. Y luego, ya en Santiago de Chile realizaría mil actividades: fue librero, periodista, activista político, los nazis quemaron alguna vez su librería, y selló su amistad con Neruda, Parra, Lihn y tantos otros, selló para siempre su comunión con la literatura.

En uno de los viajes que Juan Rulfo realizó a Chile se hicieron amigos. Dibujaron en el silencio la conjura de los camaradas; eso sí, Rulfo estaba rodeado siempre de silencio y de timidez. Y quizá de mala conciencia: sentía pánico de no estar a la altura de sus dos primeros libros y por eso no se atrevía a escribir. Algún tiempo después, el Partido Socialista de Allende lo reclamó para que se hiciera cargo, como jefe de librería, de PLA (Prensa Latinoamericana). Y luego, con todo tipo de persecuciones e insidias, llegó el golpe militar de Augusto Pinochet, pocos después de la muerte de Neruda. Hubo de exiliarse, hubo de recomenzar otra biografía personal en la República Democrática Alemana (RDA); en la Universidad Karl Marx de Leipzig estudió Traducción e Interpretación. Allí lo conocieron el alcalde de Zaragoza Ramón Sainz de Varanda y el jefe de policía Primitivo Cardenal. Lo tentaron, y Rolando Mix Toro se trasladó a Zaragoza. Y aquí vive, rodeado de amigos, en el bálsamo de amor y poesía que ha fundado junto a Juanita, su compañera.

Rolando Mix Toro ha escrito mucho. Y ha publicado diversos poemarios. Tras la palabra es un libro sobre la escritura y la vida: sobre el oficio de hacer versos, la memoria y la vida, para ser algo más precisos. Tras la palabra es uno de sus proyectos que Rolando Mix Toro gesta con dedicación y con adivinación. Es un libro-río. Para él la poesía es aliento y alimento de creación, una forma de fecundar el mundo y una forma de ser fecundado por la belleza, el pensamiento y la intensidad. Rolando Mix Toro es, ante todo, un engendrador de verbos e imágenes, capaz de decir que “las palabras son terribles”, de subrayar “el texto desvaharado del tiempo”, de precisar que “no es exactamente igual // lo sentido que lo expresado”. En una composición, que se titula ‘Leyéndome’, dice: “Alguna vez me harás tu confidente // mientras lees mi poema”.  En otros lugares, mediante sutiles metáforas, habla de sus afanes, de su vocación, del proceso casi alquímico de la escritura poética. Habla del “surco de los sueños”, dice que “la letra imprime el aire”, busca “la memoria y sus rastros”, siente “la llamada de la oscuridad”, y se percata con absoluta nitidez de que “soy un espectador con teatro propio”.

Tras la palabra es una búsqueda a ciegas de la claridad, es el intento de encerrar en un diccionario de imágenes, de recuerdos y de ideas el fulgor de una existencia apasionada y convulsa, la melodía de una voz, los interrogantes de existir, las caricias, el acto mismo de decir y sus énfasis. Tras la palabra es como una espiral inacabable de un verso que echa a rodar y se inflama y se expande con sus códigos secretos, y sale a tumba abierta –“con la elocuencia del frenesí”, tal como dice Rolando Mix- en pos de un lector, o de un amor, o del viento que recoge todas sus voces y las arrastra en su silbo. Hay un instante en que Rolando Mix Toro dice que “no cuenta para ninguna cuenta”. Nada más lejos de la verdad: el poeta cuenta y canta, el poeta se desvive por los otros, por su amada y por sí mismo. ¿Y acaso no es esa la mejor canción? En Tras la palabra, dentro y fuera, arriba y abajo, en el corazón incendiado de las sílabas y las imágenes, está él. Y tiembla, y gime, y canta furiosamente a la felicidad, a la memoria de cuanto fue, a la imperiosa necesidad de la poesía, que es “la síntesis de las vivencias que se han acumulado y que se quieren expresar”.