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Antón Castro

BERENICE ABBOTT / Y 3

BERENICE ABBOTT / Y 3

En una ocasión le preguntaron a la fotógrafa de Nueva York de noche o de Escenas americanas cómo sería su fotografía favorita. Y ella respondió:

 

“Supongamos que cogemos miles de negativos y hacemos un gigantesco montaje: una fotografía fragmentada que contuviera la elegancia, la pobreza, las curiosidades, los monumentos, los rostros tristes, los triunfantes, el poder, la ironía, la fuerza, la decadencia, el pasado, el presente, el futuro de una ciudad... Ésa sería mi fotografía favorita”.

 

 

 

 

 

BERENICE ABBOTT, POR MAN RAY

BERENICE ABBOTT, POR MAN RAY

Man Ray fue fundamental en la carrera de Berenice Abbott. Con él aprendió la técnica fotográfica, conocimiento que experimentó luego con el estudio de la obra de Eugéne Atget. Cuando éste falleció en 1927, su legado pasó a manos de Berenice Abbott, que lo cedió al MOMA a principios de los 60. En la década de los 40 y 50 se centró en la publicación de libros, y durante años trabajó en un proyecto sobre una inmensa carretera norteamericana, la carretera  número 1: la que va desde Florida a Maine. Sus visiones arquitectónicas son realmente espectaculares; en el fondo, Abbott quiso trasladar la estética, la pulsión y la voluntad totalizadora de Atget, a propósito de París, a su ciudad Nueva Cork. Murió en Maine en 1891. Tenía 93 años.

 

Este retrato de Berenice Abbott pertenece a Man Ray, que poco después también sería el maestro de Lee Miller.

 

HOMENAJE, HOY, A JOSÉ ANTONIO ROMÁN LEDO

HOMENAJE, HOY, A JOSÉ ANTONIO ROMÁN LEDO

Esta tarde, a las 19.00, en el salón del Trono del Palacio de Sástago de la Diputación de Zaragoza, se presenta el libro Ducha Escocesa. Román Ledo In Memoriam (Certeza. Colección Cantela), un volumen que ha coordinado Francisco Javier Aguirre en el que 25 autores rinden homenaje al escritor y gestor cultural José Antonio Román Ledo, nacido en Huesca en 1943 y fallecido hace ahora un año, en 2007. Se anota en la contaportada: “Cada uno de los 25 autores participantes ha intentado reproducir su voz y fundirla con la propia en un ejercicio de complicidad movido por la admiración y el afecto. El caleidoscopio resultante intenta aproximarse, de algún modo, a la inteligencia, la intuición, la sutileza, la inspiración, el temple y el dominio del lenguaje que caracterizaron al amigo ausente”.

La lista de participantes es, por este orden (deliberadamente inverso): Fernando Villacampa, José Verón Gormaz, Ricardo Vázquez-Prada, Luis del Val, José de Uña y Zugasti, Míchel Suñén, Santiago Román Ledo, José María Serrano, Angélica Morales, José Ángel Monteagudo, Joaquín Mateo Blanco, Feliciano Llanas Vázquez, José Luis Gracia Mosteo, Julia Emperador, Amadeo Cobas, Antón Castro, Miguel Carcasona, María Pilar Teresa de Jesús Callizo Jiménez, Joaquín Callabed, Luis Bazán Aguerri, Javier Barreiro, José María Barceló Esquís, Carmen Bandrés, José Luis de Arce y Francisco Javier Aguirre.

Cuelgo aquí mi homenaje.

*Presentación de Ducha Escocesa. Salón del Trono del Palacio de Sástago. Plaza de España / Coso. A las 19.00.

 

 

CUATRO CITAS  CON EL ESCRIBIDOR INSACIABLE

 

1

 

¿Cuándo conoces a alguien?

 

Había visto en varias ocasiones al escribidor. Incluso había leído un libro suyo en un tiempo en que  yo escribía mucho de ciclismo: La serpiente multicolor. Es probable que hablásemos un día que íbamos a recordar los dos para siempre: la mañana en que Bulbuente decidió ponerle una calle a Julio Alejandro Castro Cardús, el poeta del mar  que había regresado al páramo, a la sombra del Moncayo desde donde olía el océano y sus flores de sal. Aquella mañana hubo de todo: conversaciones, confidencias,  un copioso anecdotario de esto y de aquello.  A la hora de comer, Julio Alejandro, el contador  de  historias, el inquilino de todas las  aventuras y viajes, acarició la botella de vino y dijo: “Román, ¡cuántas historias podría contarte de las botellas de los náufragos!”.

 

Algún tiempo después, durante sucesivos veranos, se veían, concertaban una cita cerca de la Cruz de Bécquer, en una mesa del velador del restaurante de “La Corza Blanca”, y allí hablaban y hablaban sin prisa. Cuando habían pasado dos o tres horas de cháchara, o quizá más, Julio se arrebujaba en su poncho, lo miraba y le decía: “Román, Román Ledo. Eres insaciable”.

 

2

Más tarde volví a verlo en su lugar de trabajo. Intentaba compaginar su dedicación al circuito de las Artes Escénicas con la pulsión irrefrenable del escritor. Te acercabas y si no estaba departiendo sobre  tal o cual concierto, sobre una función en Biota, en Erla y en Uncastillo, la pantalla de su ordenador parecía un mar de palabras. Siempre estaba llena, de extremo a extremo, con una letra justificada. Y además, había un detalle que no se me pasó inadvertido la tercera o cuarta vez: tenía muchos vocablos subrayados. Al principio pensé que eran erratas en su borrador inicial de trabajo; pensé que necesitaba escribir tan rápido como pensaba y así, redactando deprisa deprisa, no perdía las intuiciones. Román Ledo era un escritor intuitivo. Alguna vez le preguntaba. Siempre escribía para un concurso, para un libro. Siempre escribía para sí mismo, con pura delectación, como un veneno necesario. Hacía de todo: poemas, le gustaban los sonetos y los romances, cuentos, notas de viajes, aforismos y narraciones más o menos extensas.

 

Al cabo del tiempo, quise saber por qué le subrayaba tantas palabras el editor. Contestó: “Soy un investigador del lenguaje y el sistema se ha olvidado de las palabras que a mí me interesan. Me siento un desplazado: soy hijo de Quevedo”.

 

3

Un día, el escribidor incansable me dijo que debíamos vernos. Que era urgente. Andaba en un proyecto y quería contármelo. Nos vimos. Y estaba con un punto de recelo, como si se temiese una zancadilla, un desaire. Me lo dijo: “Estoy escribiendo la biografía de Julio Alejandro, y sé que tú también querrías hacerlo”. Había escrito del guionista de Buñuel, habíamos conversado mucho, en Veruela, ante el escritor adolescente Daniel Gascón, pero yo nunca me planteé en serio escribir una biografía de Julio. Román ya la tenía muy avanzada, ya había encontrado suculentos materiales familiares. Me dijo: “Espero que no te parezca mal: tú también has llegado del mar y desde el mar llegó él a mi vida. Y los dos sois Castro, y probablemente parientes, aunque no lo sabéis”.

No le quise decir que Julio me decía algunas veces: “A veces te veo como el hijo que nunca he tenido. Como el sobrino entrañable que nunca he podido tener”. Y que a veces me gritaba, desde el otro lado del hilo: “Te quiero, cabrón”. Sospechaba que tras tantas conversaciones en Veruela, con el fantasma de Bécquer al acecho, también se lo decía a él con la misma expresividad, con idéntico desenfreno: “Román, Román Ledo: Te quiero, cabrón”.

 

4

Me lo encontré otro día, herido ya de dolor, y lleno de proyectos nuevamente. Si algo definía a Román Ledo eran los proyectos: siempre andaba con uno debajo del brazo o en la pantalla del ordenador. Me preguntó qué hacía. “Acabo de escribir un artículo sobre algunos escritores oscenses”, contesté. Y al decirlo, me quedé de piedra: él también era oscense, se había educado en el parque, había oído cuentos maravillosos entre la floresta, y no aparecía en mi inventario. Me disculpé. “No te preocupes –agregó-. Te daré motivos para que escribas de mí”.

 

Tenía razón. Poco después publicó sus últimos libros. Y me contó que se había embarcado en una titánica tarea: quería escribir un Decamerón o Las Mil y una noches de cuentos de Aragón y del mundo. Lo iba hacer a su manera: con un estilo peculiar, a veces deliberadamente rezagado, con ironía, humor somarda y una inclinación al delirio.

 

Ahora me pregunto. ¿Llorará de pena y de inanición su ordenador? Hay soledades y amores perdidos de los que no te recuperas nunca.

 

 

GRANDES FOTÓGRAFAS. BERENICE ABBOT / 1

GRANDES FOTÓGRAFAS. BERENICE ABBOT / 1

Mañana hablaré un poco de una extraordinaria fotógrafa, Berenice Abbot, que se formó en Estados Unidos, como asistente de Man Ray. También conoció a Eugene Atget. Desarrolló una obra personalísima, que mezcla el fotorreportaje, la foto de atmósferas, las grandes visiones del paisaje urbano y el retrato. Dando vueltas por ahí, encontré este emocionante retrato del pintor Edward Hopper. Está fechado en 1948. No volveré al blog hasta la madrugada, por eso quiero compartir esta maravillosa pieza.

CLAUDE CAHUN / 2

CLAUDE CAHUN / 2

En esta foto posa con Marcel Moore, que no era otro que el seudónimo de su enamorada Suzanne Malherbe.

 

NOTA DE WIKIPEDIA, QUE ALUDE A ESTE RETRATO:

 En 1909 conoció a Claude Cahun, con quien formaría pareja sentimental y artística con el pseudónimo de Marcel Moore. Su madre se casó en 1917 con el padre de Claude Cahun.

Realizó las ilustraciones de Vida y visiones (1919) y las diez planchas de collages de Confesiones mal avenidas (1930) a partir de las fotografías de su compañera. Ésta la fotografiaría con frecuencia, y es de destacar el retrato de 1928, en el que la presenta en un espejo como reflejo de su autorretrato. Juntas se instalaron en la isla de Jersey y las dos fueron detenidas por los nazis durante la ocupación.

 

 

GRANDES FOTÓGRAFAS. CLAUDE CAHUN / 1

GRANDES FOTÓGRAFAS. CLAUDE CAHUN / 1

Claude Cahun (Nantes, 1894-Jersey, 1954) es un caso excepcional entre las fotógrafas. Convirtió a su propio cuerpo en el objeto de sus fotografías: fue la exploradora incansable y obsesiva de sus continuos disfraces, la retratista de una máscara infinita. Nació en el seño de una familia de la alta burguesía intelectual: era sobrina del gran escritor Marcel Schwob, el autor de Vidas imaginarias o El libro de Monelle, su padre y su abuelo estuvieron vinculados con Le Phare de la Loire, más que vinculados: fueron directores, y un tío suyo fue bibliotecario y un tipo cultísimo. Ella estudió en Oxford y luego en La Sorbonne. Le apasionaba el surrealismo, el dadaísmo, el culto a los objetos.

Frecuentó a Adrienne Monnier y Sylvia Beach, a Henri Michaux y a Robert Desnos, colaboró con multitud de artículos en Le Mercure de France, y en 1925 publicó siete relatos de la serie Heroínas, donde mostraba diversas formas del autorretrato que tantas veces se haría: la mujer cándida, la apasionada, la mujer sádica, la andrógina, la doliente, la idólatra, la mujer lesbiana, la mujer desenfada y libre, la mujer transgresora, la actriz perpetua. Escribió relatos y teatro, aunque ha pasado a la historia como fotógrafa de mil y un disfraces. Su obra es como un diario en marcha, como una indagación en el cuerpo y en el alma de una mujer que pugna con su identidad a cualquier hora, una mujer con cara de pájaro. Estuvo vinculada al Partido Comunista francés.

 

El amor de su vida fue su hermanastra Suzanne Malherbe, que era hija de la segunda esposa de su padre. Suzanne fue escritora y diseñadora gráfica. Vivieron juntas durante muchos años. En 1937, decidieron abandonar París y se trasladaron a la isla de Jersey, en Inglaterra. Esa zona fue tomada por los nazis durante la II Guerra Mundial, Claude se unió a la resistencia, y fue capturada. Fue arrestada y condenada a muerte, pero se salvó in extremis cuando fue liberada la isla en 1945. Dicen que jamás se recuperó de aquella experiencia. Regresó a su casa con su compañera Suzanne Marlherbe y murió en 1954, a los 60 años de edad. Algún tiempo después, comenzaba el mito Claude Cahun.

 

Por cierto, eligió el nombre de Claude porque en francés es un nombre ambiguo. En realidad, ella se llamaba Lucy Schwob, y eligió el apellido en homenaje a su tío, León Cahun, bibliotecario de la Mazarine.

UN CLÁSICO DE LA PINTURA: DOMINGO SANZ AZCONA

UN CLÁSICO DE LA PINTURA: DOMINGO SANZ AZCONA

[Estos días expone en Albarracín, Teruel, el pintor tudelano, afincado en Zaragoza desde los cinco años, Domingo Sanz Azcona. Se trata de un creador que ha seguido su propio camino, aunque ha estado inmerso en las corrientes de su tiempo y coincidió y convivió con el grupo de Santiago Lagunas. El crítico de arte, artista (dicen de él que es el envés visible del misterioso Gonzalo Bujeda) y periodista Luis García Bandrés es el comisario de la muestra que supone la recuperación de su obra. A él le corresponde este texto sobre el pintor, que se encuentra espléndidamente. He aquí la prueba: hace un instante, García Bandrés me decía que acababan de quedar para tomar café.]

 

DOMINGO SANZ AZCONA: UNA AVENTURA VITAL

 

Tras la desaparición de los mecenas y con las iglesias llenas de tallas y pinturas -hace siglos- ha sido duro dedicarse al arte. Falta de formación e información en unos casos; competencia excesiva en cantidad y calidad; escasas ventas a causa de precios elevados y desconocimiento… Todo ha provocado que el ser pintor se convierta en una aventura con un objetivo difícil de alcanzar.

La España de la post guerra –años 40- no era el mejor escenario para ponerse delante de un caballete, apostar y avanzar. Ni la economía, ni el momento ideológico daban mucho de sí. Zaragoza, recuperándose de la contienda, no era una excepción. Había un interés en restañar heridas con olvidos y avanzando muy lentamente, incluso con retrocesos, debido a todo tipo de circunstancias.

Domingo Sanz Azcona nació en Tudela, (24-VIII-1927). A los 5 años su familia se traslada a Zaragoza. Su padre era un importador de máquinas industriales de coser, a lo que Domingo se dedicó para vivir y seguir pintando, fuese como fuese. Acudió a la Escuela de Artes, -donde es discípulo de Félix Burriel y Torres Clavera-,  copista en el museo, miembro del Estudio Goya, apuntes del natural… Fue montañero, socio de Helios… Así fueron alimentándose técnica y asuntos. Muchos históricos como Marín Bagüés o Fermín Aguayo están en la primera fila de sus “colegas” de antaño. Le animaron a seguir. Tomó parte en las primeras exposiciones de la Escuela Zaragoza junto a Lagunas, Laguardia y Aguayo. De estos años, finales de los 40, comienzo de los 50, conserva una serie de óleos dentro de la disciplina del grupo y participando dentro de la abstracción más absoluta. Pero Sanz Azcona, abandona ese momento por considerarlo artificial y “muy poco sincero” para él. Así vuelve a la figuración –paisaje y desnudo serán sus dos grandes asuntos-  hasta que, en la actualidad, tras un proceso continúo, llega y se sitúa en las vanguardias actuales, a sus 82 años.

Domingo Sanz Azcona es un ejemplo excepcional de cómo, en silencio, ser pintor y no “morir” en el intento. Su pintura ha descrito una evolución constante pese a todos y a todo. En ello sigue. Vivo. 80 años. Esta es su primera exposición individual.

 

Luís J. García Bandrés

*Autorretrato del artista.

 

ANNE CARSON: UN POEMA

ANNE CARSON: UN POEMA

UN POEMA CADA DÍA / 1

 

CORPS

 

In sex (he told her) the mind evaporates and suddenly

the body is there,

just the body with its reaches.

He was more or less repulsive to himself,

the little satin parts especially.

 

Her alone at a midgnight table in the zala, leaning over the manuscript with her shortsighted eyes, shadow of her bent arm huge on the wall.

 

 

 

CUERPO

En el sexo (le dijo a ella) la mente se evapora y de repente

ahí está el cuerpo,

sólo el cuerpo con sus límites.

Se encontraba a sí mismo más o menos repulsivo,

en especial las pequeñas partes satinadas.

 

Ella, sola a medianoche en una mesa de la zala, inclinándose sobre el manuscrito con ojos miopes, y en el muro la sombra enorme de su brazo doblado.

 

Anne Carson es una escritora canadiense, nacida en 1950 en Toronto. Ya había publicado en España, entre otros textos, La belleza del marido (Lumen. Traducción de Ana Becciu), que llevaba por subtítulo “un ensayo narrativo en 29 tangos” y que fue galardonado con el premio de poesía T. S. Eliot. Pre-Textos publica su libro de poesía Hombres en sus horas libres, Men in the Off Hours (2000), un volumen extraordinario, complejo y variado, con una creación constante de monólogos dramáticos, casi una historia del mundo a su modo. La impecable edición de Pre-Textos ha sido traducida por Jordi Doce.

*La escritora Anne Carson.