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Antón Castro

UNA CITA DE RAFAEL ARGULLOL

UNA CITA DE RAFAEL ARGULLOL

Ninguna odisea puede equipararse con el retorno al cuerpo amado. Cuando nos aproximamos a él sentimos la huida de la muerte. Una vez llegados, somos inmortales.

 

Rafael Argullol

 

El cazador de instantes. Cuaderno de travesía (1990-1995). Acantilado, Barcelona, 2007. 130 páginas.

*La foto es de Eric Kellerman.

UN POEMA DE JUAN GELMAN

UN POEMA DE JUAN GELMAN

María la sirvienta

 

Se llamaba María todo el tiempo de sus 17 años,

era capaz de tener alma y sonreír con pajaritos,

pero lo importante fue que en la valija le encontraron

un niño muerto de tres días envuelto en diarios de la casa.

 

Qué manera era esa de pecar de pecar,

decían las señoras acostumbradas a la discreción

y en señal de horror levantaban las cejas

con un breve vuelo no desprovisto de encanto.

 

Los señores meditaron rápidamente sobre los peligros

de la prostitución o de la falta de prostitución,

rememoraban sus hazañas con chiruzas diversas

y decían severos: desde luego querida.

 

En la comisaría fueron decentes con ella,

sólo la manosearon de sargento para arriba,

pero María se ocupaba de soñar,

los pajaritos se le despintaron bajo la lluvia de lágrimas.

 

Había mucha gente desagradada con María

por su manera de empaquetar los resultados del amor

y opinaban que la cárcel le devolvería la decencia

o por lo menos francamente la haría menos bruta.

 

Aquella noche las señoras y señores se perfumaban

con ardor

pero el niño que decía la verdad,

por el niño que era puro,

por el que era tierno,

por el bueno, en fin,

por todos los niños muertos que cargaban en las valijas

del alma

y empezaron a heder súbitamente

mientras la gran ciudad cerraba sus ventanas.

 

(Gotán)

 

*Foto de Juan Gelman, Premio Cervantes de 2007. Se le ve más natural así: sin chaqué.

LA ZARAGOZA DE MANUEL MARTÍN MORMENEO*

LA ZARAGOZA DE MANUEL MARTÍN MORMENEO*

El lema de la ciudad donde nací es: “Aquí nadie es forastero”. Cuando vine a Zaragoza por primera vez, en junio de 1978, no se me había pasado por la cabeza que esa leyenda también pudiera aplicarse a “La novia del viento”, tal como la definió Eugenio d’Ors. Vine aquí por azar y me quedé por determinación. Me encargaron un reportaje fotográfico sobre los diversos mercados de la ciudad, en especial el Mercado Central, el Mercado de Santo Domingo y el Mercado de Pescados de Delicias. En la empresa me dijeron: “Tómate tu tiempo”. Así lo hice. Y empezaron a pasarme cosas que me hicieron apropiarme, íntimamente, de la ciudad. De entrada, me pareció una ciudad que debe ser recorrida a pie. Me iba desde una punta a otra por el placer de andar, de conocerla, de encontrarme con la gente en las calles. Lo mismo aparecía en el Jardín de Invierno que en los entonces pobres jardines de la Aljafería; igual me internaba por el Pasaje de los Giles que avanzaba, cuando caía la noche, hacia el Pilar con la sensación de que ingresaba en la atmósfera de “Las mil y una noches”; lo mismo visitaba a los chatarreros de la calle Boggiero que las tiendas pintorescas de San Pablo o los bares para noctámbulos de Casta Álvarez. Había uno que se llamaba “La taberna del mar” y se llenaba de legionarios, de charlatanes, de náufragos tierra adentro. Allí tuve mi primera casa, el día que decidí dejar el hotel. Y en el piso de arriba, conocí a otro nuevo zaragozano. Era un alemán de Heidelberg que me regaló las obras completas de Los Beatles grabadas en voluminosas cintas de magnetófono. A veces hablaba de su ciudad, de la universidad, de los vergeles, de la simetría de las calles y las torres, pero siempre acababa diciendo: “En realidad, no tengo nostalgia. Aquí se está muy bien”. Fue el primer extranjero que conocí en Zaragoza. Más tarde, mientras daba clases particulares en Kasán a dos hermanos gemelos, hijos de gallegos de Lugo, entablé relación con un chileno, que había sido camarada de Allende y había compartido una mujer fogosa con Pablo Neruda. Solía decir que esta ciudad de cierzo y de lunas grandes de patata cocida no era Santiago ni Valparaíso, pero que ya no la cambiaría por nada.

Recuerdo que salíamos todas las noches de exploración: íbamos a los bares de las gasolineras abiertas, a algunas ventas a recenar, al Parque Grande, a los pubs, deambulábamos por las calles, allá donde había gente que charlaba y fumaba, aunque siempre terminábamos en el mismo sitio: en algunos de los puentes que cruzan el Ebro ante las torres que arañaban un cielo de nata y mar turbio. Me dijo una vez: “¿Por qué te afanas tanto en esas piedras, huevón? Tienes que aprender a mirar. Esta ciudad, incluso de noche, es una fiesta si sabes robarle las fotos”. Tuvo un reencuentro con una amante del pasado, en un bar que se llamaba “El Recuerdos”, y decidió marcharse a Alicante, donde ella vivía. Me entregó sus documentos, algunos libros y los cuadernos de su diario en una caja grande de cartón, y me dijo: “Una mujer es preferible a una ciudad. Siempre he perdido la cabeza por las amantes de los escritores, y ésta fue novia y enfermera de Julio Cortázar. Echaré de menos Zaragoza. Cuando tenga casa te escribo y me mandas esto”. Jamás he sabido nada de él.

Decidí quedarme. Ya había logrado montar mi primer estudio y había adquirido una casa más amplia en Estudios 11-13. Allí experimenté la sensación de que la ciudad vivía en la calle, con sus olores, con sus gritos. Me gustaba el ajetreo de la gente casi insomne, los bares tomados, las notas de flamenco a cualquier hora, las tertulias improvisadas, la proliferación de tribus urbanas. Algunos meses después, recibí un encargo muy curioso: debía hacer fotos de los cuadros de un artista inglés llamado Philip West, que había instalado su estudio en la calle San Miguel. Iba y venía del trópico y la selva a Zaragoza, y era un navegante de la noche en bares como “Bohemios”. Extremadamente tímido y misterioso, pintaba cuadros surrealistas vinculados a los animales, a los insectos, a Kafka. O eso pensaba entonces. Lo visité en su estudio durante dos semanas. Nos hicimos tan amigos, que me presentó a los miembros de su tertulia de intelectuales británicos en Zaragoza, y luego a sus amigos españoles de “Bohemios”,  todos ellos grandes bebedores. El último día de trabajo, me despidió con un libro de artista, publicado en Norwich en 1988, y con esta dedicatoria textual: “Para Manuel Martín Mormeneo, que ha descubierto que en Zaragoza se está como en ningún sitio”.

Debajo de mi casa, vivía un mozambicano que tenía cuerpo y alma de campeón de boxeo que huye del cafetal, que se había casado con una mujer dulce de Azaila; lo vía volver de las obras con un gesto de felicidad que siempre envidié. Siempre me llamó la atención la hospitalidad inadvertida de Zaragoza: uno llega, se queda, se integra de inmediato y disfruta de una ciudad acogedora que no se acaba nunca. Hoy se te aparece de golpe la vida secreta de los chinos o los japoneses; mañana te enteras de los ritos gastronómicos de los libaneses y de su pasión por los pasteles; otro día descubres la gran familia de ecuatorianos que toman el parque del Tío Jorge o esa multiplicidad de razas y colores que ha transformado la calle Conde de Aranda en la calle de la alegría. Y los zaragozanos modelan su existencia junto a estas nuevas vidas, a estos nuevos hábitos, con pasmosa naturalidad. La ciudad aquí es un espacio de libertad, el territorio de la memoria, el fértil solar que se abre al porvenir.

         Yo también me siento de aquí, hermano de la multitud, hermano anónimo de tanta gente que pasea cuando se desploma la tarde. Ciudadano de Zaragoza, ciudadano del mundo desde Zaragoza. Cuando llevaba aquí seis meses, me escribió mi madre una carta pidiéndome explicaciones, una carta que podría resumirse en un “¿Cuándo vuelves?”. La llamé por teléfono, y le dije que quizá no volviera nunca porque Zaragoza, la novia del viento, también era la ciudad de las mujeres, y eso siempre es fascinante para un fotógrafo. “Y además –añadí-, me siento como en casa. Aquí nadie me hecho nunca sentirme forastero”.

*Manuel Martín Mormeneo es otro de los fotógrafos que entran y salen de mis libros. En mi próximo libro, Un fantasma en la foto, que saldrá a finales de año o a principios, cobra un protagonismo inusitado. Curiosamente, él también es discípulo de Patricio Julve.

LOQUILLO, LINA VILA Y SILVA, EN BORRADORES

LOQUILLO, LINA VILA Y SILVA, EN BORRADORES

Esta noche, a las 23.35, Borradores recibe en el plató al cantautor Arturo Hortas, autor de dos álbumes: “Padre Ebro” y “Doce recetas para comerse la cabeza”, en los que mezcla sus propios temas con piezas de Luis García-Abrines, Miguel Labordeta, Julio Antonio Gómez o Luciano Gracia, entre otros. Arturo Hortas interpreta dos canciones: la chacarera “El indio” y “Tú y yo como antes”, una canción de amor.

 

Visitan el estudio, además, José María Sanz, Loquillo, que acaba de publicar el álbum “Balmoral”. Loquillo, en una extensa entrevista, habla de las ganas que tenía de hacer este disco, de su triple condición de cantautor, crooner y roquero, de su pasión por la poesía, de su encuentro con Johnny Halliday, con quien canta en “Cruzando el paraíso”, y de su colaboración el músico, profesor y poeta aragonés Gabriel Sopeña. La pintora Lina Vila explica las claves de sus últimos proyectos: la exposición “Animales conmigo” en la galería Campos y “Consejo de madre”, en Madrid.

 

Además, Borradores ofrece un amplio reportaje con Publio López Mondéjar, comisario de la exposición “Historia de la Fotografía en España”, que se exhibe estos días en el Centro de Historia; conversa con Leticia Martín, la astrofísica canaria que acaba de ganar el certamen “Cuentos del agua” con su relato “El reflejo de Samuel Hesse”, que ha publicado Laberinto de las Artes. El narrador Lorenzo Silva habla de sus personajes, la pareja de guardia civiles Bevilacqua y Chamorro, habla de sus libros sobre la guerra de África, de la literatura juvenil, y recuerda un caso increíble que sucedió en Madrid: el robo y asesinato del pintor y coleccionista de arte Abel Martín, que había nacido en Mosqueruela, Teruel.

TRAZOS DE TRIZA, POR ISIDRO FERRER

TRAZOS DE TRIZA, POR ISIDRO FERRER

[El bibliotecario Javier Pérez Iglesias ha sido el coordinador de un estupendo libro: Palabras por la lectura (Castilla-La Mancha. Plan de Lectura, 2005-2010. Toledo, 2007, 200 páginas), en el que una serie de escritores, artistas, ilustradores, bibliotecarios, profesores, promotores de la lectura, etc., explican un momento, una atmósfera o varias peripecias que definen su pasión por los libros, la pasión de leer. Están, entre muchos otros, Amoz Oz, John Berger, Gustavo Martín Garzo, Emilio Lledó, Félix Romeo o Isidro Ferrer. El texto de Isidro Ferrer explica perfectamente la mágica relación con su abuelo y la revelación de las artes gráficas. Amablemente, Isidro me lo envío y lo cuelgo aquí: “Trazos de tiza”, de Isidro Ferrer]

 

TRAZOS DE TIZA

 

 Los veranos de mi infancia los pasé en Albacete, en casa de mis abuelos, junto a mis primos que vivían unas calles más allá. Mis abuelos tenían una casa de campo de dos plantas a las afueras de la ciudad. La casa, al borde de un camino sombreado por enormes plátanos por el que de vez en cuando circulaba algún coche, estaba rodeada de una pequeña valla de piedra. En el interior de la casa un patio de tierra daba sombra a las habitaciones y desde una escalera lateral se subía a la terraza donde mi madre y mi abuela tendían la ropa por las mañanas. En un rincón de la terraza se apilaban, alineadas junto a la barandilla, unas tejas planas y oscuras. Una escalera de mano  conducía al tejado al que nuestro abuelo nos tenía prohibido subir. Mi primo y yo jugábamos con los soldados de plástico amarillo que salían en los botes redondos de "Colón". Metíamos nuestros brazos más allá del codo, con las mangas subidas sobre los hombros, en el polvo blanco y azul del recién inaugurado bote, peleando entre nosotros por encontrar el primero de los indios y vaqueros que buceaban en el interior del detergente. Luego, los poníamos en fila a cada lado de la terraza y disparábamos con canicas de colores para acabar con el ejército enemigo. La guerra se prolongaba durante horas, a veces durante días. Mi abuelo trabajaba por las mañanas como telegrafista en correos y por las tardes en una imprenta. Traía a casa los libros defectuosos que nosotros incorporábamos a nuestros juegos. Así, aquellos libros de lomos azules o granates, se convirtieron para nuestro ejército de soldados de plástico, en murallas, en ciudades, en bosques, en tiendas de campaña, en atalayas, en laberinto, o en tumba.   

Algunas tardes íbamos a buscar a mi abuelo a la salida de la imprenta. Me enseñaba los tipos de plomo que se guardaban en los cajetines de madera y, sentado a su lado en una silla alta, lo veía trabajar componiendo las galeradas de texto con una rapidez asombrosa. Un día el linotipista jefe, me regaló una caja de tizas de colores. Las usaban para apuntar los partes de trabajo en una pizarra que colgaba de la pared junto a los calendarios de chicas sonrosadas que tanto me atraían y por los que me gané alguna que otra colleja.

Aquella tarde subí con mi primo a la terraza con las tizas de colores y comenzamos a utilizar las tejas como soporte para nuestras creaciones. A la mañana siguiente las tejas coloreadas habían desaparecido. Durante todo el verano seguimos utilizando las tejas como lienzo y estas fueron desapareciendo conforme las tizas iban menguando. Las tizas se consumían y el verano también. Un día a finales de agosto, volvimos a Zaragoza, el tren salía de madrugada y nos levantamos muy temprano para llegar a tiempo a la estación. Cuando nos alejábamos por la carretera de tierra descubrí a mi abuelo sobre el tejado de la casa. Aprovechaba el frescor de la mañana para cambiar las tejas viejas por otras nuevas, y cerrar los agujeros por los que se colaba el agua.

Pensé, con agrado, que los pasajeros de los aviones a los que saludaba con la mano cada vez que uno de ellos cruzaba el cielo, señalarían asombrados la casa del tejado de colores.

Llegó septiembre y comenzó el colegio. Los curas repartían salmos y varazos entre los pupitres y yo me peleaba con la tabla de multiplicar.

Para navidades volvimos a Albacete. Ahora la ropa se tendía en el interior de una galería cubierta en el piso de arriba. Mi padre cortaba leña para el hogar y me dejaba utilizar el hacha para desmenuzar los palitos pequeños. Los libros que en el verano sirvieron de fortaleza frente al ejército enemigo, comenzaron a llenar las tardes de luces y sombras.  

Aquel invierno poblado de brumas y niebla, asomado a la ventana cada vez que llovía, reconocí ensimismado los colores del verano goteando del alféizar y el arco iris coloreando los charcos del patio.

*El cartel que Isidro realizó para la celebración del 75 aniversario del Real Zaragoza.  

UN TAL CERCAS

UN TAL CERCAS

UN TAL CERCAS

 

La primera vez que oí hablar de Javier Cercas fue a Luis Alegre, ese hacendado de amigos que cautiva a Maribel Verdú invitándole a comer longaniza y tortilla de patata en su casa, y luego la lleva al programa La gran ilusión o al Festival de cine de La Almunia. Dijo que el tal Cercas, alguien que anda por ahí, estaba perplejo con un historiador que había escrito una tesis literaria y que apenas había citado un estudio suyo sobre el cineasta escritor Gonzalo Suárez; o tal vez dijese Cercas que sí le había citado, pero que en realidad había repetido sus teorías sin demasiados escrúpulos. El nombre de Cercas, por tanto, se me quedó grabado en la cabeza e hice lo indecible para leer su libro La obra literaria de Gonzalo Suárez (1994).

         Han pasado algunos años y he descubierto que Javier Cercas --silencioso pero no distraído-- y yo tenemos amigos comunes: Enrique--Vilas Matas, Ignacio Martínez de Pisón, Mariano Gistaín, Félix Romeo, David Trueba, Pedro Zarraluki e Ismael Grasa; éste coincidió con él en un encuentro de escritores en Padrón, en la Fundación Camilo José Cela --el autor de Madera de boj les saludó con la mano pero no tuvo el valor ni la paciencia de sentarse con ellos a la mesa--, y lo recuerda como brillante, erudito y divertido. Más tarde, la figura de Javier Cercas, cacereño de Ibahernando y profesor de español en Gerona, se me fue haciendo habitual, casi familiar: lo descubría con frecuencia en las páginas de El País, adquirí un delicioso y breve libro suyo de artículos Una buena temporada (1998) y le envidié muy sinceramente cuando publicó la novela El vientre de la ballena (1997), entre otras cosas porque llevo una década larga trabajando en un libro de cetáceos cuyo título provisional es Vida y muerte de las ballenas y uno de mis libros de cabecera es Dama de Porto Pim de Antonio Tabucchi.

         Más tarde, obsesionado ya con el fantasma errante de Javier Cercas, leí su traducción de Todo se sabe de Imma Monsó (me pregunté entonces: ¿qué hace un extremeño trasladando del catalán un libro tan infrecuente y bonito?), un cuento erótico en una antología de “La sonrisa vertical”, y hace muy pocos días llegaron a mis manos dos de sus últimas obras: Relatos reales (El acantilado, 2000; la editorial de Jaume Vallcorba en negro y rojo en la que cualquiera sueña con editar) y El inquilino (El acantilado, 2000; reedición del texto de 1989).

         Ahora sí que no puedo desembarazarme de este escritor, me dije. Enrique Vila--Matas, además, no sólo me hablaba por teléfono de los escritores que no escriben, de Pepín Bello y Juan Rulfo en especial, sino de su admirado Javier Cercas, autor de una pequeña obra maestra, El inquilino, me comentó. El tal Cercas empezó a convertirse en algo así como "una pertinaz pesadilla". Y me sumergí en sus libros con algo más que satisfacción. El inquilino es una novela atípica, o acaso un cuento largo medido en todos sus extremos: parece evidente el influjo de Cortázar en Cercas --sépase que Cortázar era un enamorado de Gonzalo Suárez escritor, casi su primer apologista--, y aquí hay algo de "Casa tomada", de la máquina inesperada y cruel que sin razón aparente expulsa a dos hermanos de su casa. Lo cierto es que hay mucho de eso que tanto le gustaba a Cortázar: ¿qué es la realidad, por qué singular mecanismo realidad y ficción se funden, se entrometen ambas y se entreveran como amantes, y uno no acierta nunca a saber muy bien qué fronterizo terreno pisa ni cómo avanzar entre la niebla y el fango? En El inquilino, Mario Rota es un profesor de literatura en la Universidad de Illinois, abúlico en casi todo, en sus investigaciones y en sus devociones sentimentales. Su monotonía se rompe de golpe con la presencia del afamado Daniel Berkowikcz; éste, como suele suceder a menudo en la compleja comunidad universitaria de títulos y créditos, empuja de su trabajo y de su despacho al italiano, cojo tras una carrera de footing, y lo convierte en una piltrafa, en un extraño de sí mismo.

         Ahora que está tan de moda el enajenado Bartleby, el escribiente (se le cita en Relatos reales al lado de Camus, que sostenía que un rebelde es el hombre que dice no. Enrique Vila--Matas le ha dedicado un libro excepcional: Bartleby y compañía), podríamos decir que Mario Rota se asemeja a él: es un nihilista que sólo cree en las cosas cuando las pierde, que las echa de menos cuando se esfuman; Mario Rota es un rebelde que hace de la indolencia su revolución contumaz y su máscara. El argumento quizá no sea exactamente novedoso, pero sí lo son la límpida ejecución de la novela, la ironía y el humor, la crítica, el retrato de ambientes, el ritmo envolvente e incesante de la prosa y de la trama, esa atmósfera tan kafkiana, tan a la manera de Herman Melville, escritor de ballenas.

         Y por supuesto nos seduce el estilo: tan sutil como elegante, dibujado con convicción y una armonía interior que nos ha llevado a pensar más de una vez en una orfebrería de partitura, cargada de matices pero jamás barroca o superflua. Cercas no se ensaña exactamente ni con el protagonista (que avanza hacia la ruina) ni con la comunidad universitaria, aunque al final el volumen admite la consideración de sátira de extravío fantástico que se pregunta acerca del absurdo, del doble y de la locura. Mario Rota, tal como decía Luis Buñuel de los paranoicos y de los poetas, es así sin más y acaba inclinándose del lado de su obsesión. Ante la sucesión de presagios y amenazas inminentes que cruzan la narración, nos hemos acordado de algunos relatos magistrales de Dino Buzzatti.

         Relatos reales es un conjunto de crónicas trazado con impostura autobiográfica. "Voy a Montserrat --se nos dice-- acompañado por Roberto y por mi mujer, que ese día luce unas preciosas medias de rejilla. Cuando empezamos a subir la montaña Roberto aparta los ojos de las piernas de mi mujer para fijarlos en el inverosímil amasijo de peñascos que, dice, parece concebido por un Gaudí que se hubiera vuelto chiflado...". O: "Cuando uno aspira ante todo a ser un hijo ejemplar, el domingo me pongo mi camisa floreada, cojo a mi mujer y a mi hijo, los meto en mi bólido, pongo mi canción favorita de Luis Aguilé ("Es una lata el trabajar // todos los días te tienes que levantar"...) y en un periquete me planto en casa de mis padres, en Gerona. Allí paso un día agradabilísimo, mintiendo como una bestia". Este principio no nos hace atisbar el atasco que se nos viene encima.

         El que escribe, en las páginas de El País de Cataluña, es el propio Cercas y él, como aquel Martín Girard que enmascaraba a Gonzalo Suárez y redactó Yo, Helenio Herrera, asume la primera persona, se convierte en personaje, se inmiscuye en la vida de los otros --lectores, pasajeros de tranvía, escritores como Saramago, Borges, Lorca o Cabrera Infante, profesores de Universidad, marsistas convencidos: es decir, seguidores de Juan Marsé-- y a la vez esconde la suya. Asegura el tal Cercas que a él no le pasa nada "mágico ni heroico ni excepcional", pero tiene la fabulosa capacidad de mirar lo nimio y de contarlo como si fuese una apasionante historia. O de reconstruir una mediocre cotidianidad como si fuese un impostergable relato. He ahí su registro que lo abraza todo: la crónica, la secuencia poemática, la estructura de diario (se habla mucho de él en el texto "Solas" y se nos recuerda que persona en latín es máscara, que oculta y que revela como los diarios) o la narración pura y dura. En esa estética coincide con Vila--Matas, mi confidente de teléfono, con González--Ruano, con Pla y con Camba, a quienes cita en el prólogo. Cuente lo que cuente, aborde lo que se le antoje --una presentación, un amigo como Roberto Bolaño o Enric Sòria, un viaje en autopista pensando aquello de "el infierno son los otros" de Sartre, un día de clases-, Javier Cercas mantiene el pulso del humor, de la paradoja, de la desmitificación, parece un gamberro finísimo e ilustrado que acaba diciendo las cosas. Y dice, por ejemplo: "A mí Valencia siempre me ha parecido un sitio rarísimo. Allí hay gente que escribe en catalán pero que no habla en catalán. Allí las correctoras de catalán del Canal 9 fueron, durante años, una alemana y una francesa". A veces está entre Woody Allen y Jerry Lewis, pero en esto no insisto porque lo ha dicho antes y mejor Juan Bonilla.

         Sí querría comentar que sabe mucho de literatura, que cuenta muy bien las anécdotas y que parece mucho más listo e ingenioso de lo que todos sus amigos me habían contado.

         Hace unos días, mientras releía su antológica crónica "Una bella desconocida", me llamó Paco Goyanes de Cálamo y me dijo: "¿Te gustaría cenar con Javier Cercas? Viene a Zaragoza".

         Le dije a Paco:

         --No, claro que no.

         Paco insistió:

         --Mira, le encanta Luis Figo como a ti.

         --Ni quiero cenar ni conocer al tal Cercas -repetí.

         Acabo. Debo decirles que en realidad yo no soy quien creen que soy, ese señor tan pesado llamado Antón Castro, admirador de Luis Figo, el Saramago del fútbol mundial, sino Mario Rota, italiano, profesor de Literatura. Y les digo también que estas líneas son un bosquejo del trabajo que estoy haciendo a toda prisa para que no me expulsen de mi puesto ni de mi despacho en la Universidad de Illinois, donde por cierto entre 1987 y 1989 dio clases un tal Javier Cercas.

         No sé si podrán creerme.

*La foto de este joven, que tanto se parece al tal Javier Cercas, es de Jerry Bauer. Creo...

 

LINA VILA INAUGURA MAÑANA EN MADRID

LINA VILA INAUGURA MAÑANA EN MADRID

La pintora Lina Vila inaugura mañana en el Espaciovalverde de Madrid, cerca de la exposición del centenario fotógrafo argentino Horacio Coppola en Telefónica, una nueva muestra: “Consejo de madre”, que vuelve a girar sobre los animales y sobre sí misma, con ese sentido telúrico de búsqueda y de catarsis. Ésta es la tarjeta de invitación. A la par, también expone en la galería Campos, calle de la Luz, de Zaragoza.

EL QUIJOTE, LOS LIBROS Y UN NEBULOSO AMOR

EL QUIJOTE, LOS LIBROS Y UN NEBULOSO AMOR

 

Arteixo o Baladouro hacia 1974: el año de Beckenbauer, a quien yo admiraba más que a Cruyff, el gran año de Carmen Arias, la morena de Madrid: rotunda, pícara, la mujer que me había descubierto la poesía de Bécquer en la playa de Valcobo, la enamorada de Tonecho Rama, aquel marinero fino y aindiado que había sido compañero mío de clase y que había mantenido, decían, un sonado idilio de música pop y lujuria en una de las casas más bellas del pueblo con Marité: al atardecer, en una hamaca colgada en los sauces del jardín, se amaban y se balanceaban furiosamente. El verano fugaz de Humildad, la hija del carnicero Antonio, cuya abuela, Amalia de Soandres, vivía dos pisos más arriba que nosotros: una señora enlutada y algo agria que llevaba en el pico todos los correveidiles del viento y de las pescaderías. Hizo buenas migas con mi madre, de ahí que yo, al crepúsculo, tras el fútbol, tras ver los entrenamientos en el Campo de los Bosques de aquel Deportivo que dejaba de entrenar Arsenio Iglesias, fuese a su casa por mi merienda favorita: tulipán con chorizo de lomo, Revilla como siempre, cortado bien fino. Y allí, en aquel cuarto que daba hacia la avenida del Balneario, descubrí su loza, las lámparas, los cuartos solitarios adornados con fotos del marido muerto: carnicero también, portero suplente de Juanito Acuña en el Deportivo durante dos campañas. O eso decía ella, que era una embustera profesional.

Un día, hurgando en sus estanterías o en las alacenas, descubrí varios libros ilustrados a todo color, a acuarela quizá. Había un tomo de Eugenio Sue, Los misterios de París, acaso, y una edición impecable, en dos volúmenes de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha de Cervantes. Apenas tenía tiempo para verlos: los abría, seguía las estampas (molinos de viento, ventas y odres que se desangraban, el caballero afilado de rostro y enjuto de cuerpo, el criado magro sobre la mula, los campos de la Mancha...), y cuando oía los pasos de dona Amalia cerraba los libros. Una tarde me sorprendió leyendo, absorto en las imágenes y en las palabras que no entendía, que eran ciento, y tampoco tenía tiempo de detenerme en las notas.

Bajaba a  mi casa donde no había libros apenas —una enciclopedia de A-Zeta en ocho tomos, con una vida breve de Cervantes, y mi formidable colección de As color de los miércoles—, y comparaba mi lectura de El Quijote con los fragmentos en Senda 8: en realidad, multiplicaba mi curiosidad y mi impaciencia. Vivía intrigado por aquel personaje, al que acababa de ver en la televisión en una película donde me había fascinado el descubrimiento de que Dulcinea en realidad era una labradora vulgar, más laboriosa que limpia, llamada Aldonza Lorenzo. Desde entonces, aquel personaje escuálido y sus quimeras, aquella novela, ese mundo de espejismo que no acababa de dominar, me poseían y me visitaban en sueños. El Quijote era mi pesadilla, como lo habían sido antes aquella sensación agobiante de que me quedaba encerrado para siempre en el interior de una piedra como Merlín, el mago, enloquecido por la belleza de la pérfida Nínive, o de que me nacía un nido de serpientes en la cabeza que invadía Arteixo por entero como un maleficio apocalíptico. Aumenté la frecuencia de mis visitas al cuarto piso, le decía a mi madre que me dejase el bocadillo en casa de doña Amalia, y así aprovechaba para leer.

Iría por la página 250 o así cuando la mujer —que ya andaba medio mosqueada: los gallegos somos suspicaces por nacimiento— me dijo: «Mañana es el cumpleaños de mi nieta y voy a regalarle esos libros que tanto te gustan». Ha pasado casi un cuarto de siglo, y hace exactamente un año volví a Baladouro a presentar Vida e morte das baleas (Espiral Maior, 1987) y me encontré con Humildad: arquitecta, descasada, hermosísima aún, más esbelta que entonces; me recordó a Dominique Sanda en Novecento. Le pregunté si aún conservaba aquellos libros, dijo que sí, y si podría enseñármelos. Los había encuadernado de nuevo. Los abrí y le mostré el mensaje, que aún seguía allí como el dinosaurio de Monterroso, que escribí para ella en el último instante, tantos años atrás, en una hoja milimetrada Enri: “Humildad tiene algo que me pertenece”.

*Esta es una foto anónima, que se titula "Americana".