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Antón Castro

VICENTE PASCUAL: EL ÁRBOL, EL DESIERTO Y LA CORZA

VICENTE PASCUAL: EL ÁRBOL, EL DESIERTO Y LA CORZA

Esta noche, me he despertado hacia las cinco de la mañana, no podía dormir, encendí la mesilla de noche y abrí el libro con el que me había dormido hacia las doce y media o así. Busqué estos dos poemas de Vicente Pascual, del libro a la Vida, a la Muerte y a mi Bienamada (Olifante: Papeles de Trasmoz), prologado por José Corredor-Matheos y por el propio Vicente, que glosa una hermosa historia de amor y denonima "cancioncillas o cancionejas" a sus poemas, y seleccionado por Ángel Guinda. Acabo de hablar con Vicente, que reposa, sueña, toma aire, mira hacia adentro con la quietud de un sufí. Cenamos hace algo más de un mes y nos reímos a carcajada batiente. Hallé en él algunas de las ráfagas de humor que hay en el segundo poema…  

DE LA BIENAMADA 

Como ese árbol
Que en el páramo da fresco. 

Como ese claro
Que a la luz abre camino,
En un bosque muy sombrío. 

Así es mi bienamada:
Amor, dicha y reposo.  

DE LA BIENAMADA 

Como esa corza entre riscos.
Así es
El arrullo de mi amada. 

Como ese loto muy blanco,
En aguas turbias flotando. 

Y qué ricas que me saben
Esas olivas tan buenas.

Bien les va la hierbabuena.

*La foto es de Edward Quinn.    

PEYROTAU & SEDILES: PAREJA DE AMOR Y DE CREACIÓN

PEYROTAU & SEDILES: PAREJA DE AMOR Y DE CREACIÓN

[Copio aquí la invitación y el pequeño dossier de la muestra de Aranzazu Peyrotau y Antonio Sediles, que inauguran mañana jueves en el Espacio Corner de Caja Madrid. En mi próximo libro de relatos, que probablemente publicará Xordica, hay al menos una narración dedicada a este dúo, en particular a Aranzazu Peyrotau, con quien trabajé en Heraldo de Aragón, donde era y es muy querida. ] 

BÉSAME,  BÉSAME… 

Obra Social Caja Madrid se complace en invitarle a la inauguración de la intervención de Peyrotau & Sediles en el espacio Corner, que se celebrará el jueves 10 de abril, a las 19 horas, en el Espacio para el Arte de Zaragoza. El ciclo “Zaragoza, mon amour” llega a su penúltima intervención. En esta ocasión, Beatriz Lucea, comisaria del ciclo, ha elegido a los fotógrafos Peyrotau & Sediles para ocupar el escaparate de Corner.

Bajo el título “Kiss me… Kill me” su propuesta está compuesta por una imagen que aborda de forma metafórica los sentimientos contrapuestos que albergan algunos ciudadanos en relación a la ciudad donde habitan: ZARAGOZA. La obra centra su concepto en torno a la imagen de un personaje que muestra las señales de una relación donde, paradójicamente, existe un equilibrio perfecto entre sentimientos próximos al amor y al odio.
 

Peyrotau&Sediles son quizá, los fotógrafos artísticos jóvenes con mayor proyección nacional e internacional del panorama aragonés y así lo demuestra su participación este año en ARCO, la feria de arte contemporáneo más importante de nuestro país, de la mano del Ministerio de Cultura, así como su próxima exposición en Colonia (Alemania), con su serie “Sin Pecado”.  

 

JOSEP ANTONI TASSIES: OTRO ILUSTRADOR DE TALENTO

JOSEP ANTONI TASSIES: OTRO ILUSTRADOR DE TALENTO

A veces cuando hablamos de ilustradores aragoneses no citamos, al menos no debiéramos, a un magnífico ilustrador de Barbastro, instalado desde hace años en Gerona: Josep Antoni Tassies Penella, autor de espléndidas obras y ganador este años del Premio Internacional de Ilustración por “El niño perdido” (“El nen perdut”, en versión catalana). Descubro en un viejo correo que alguien me había mandado una foto suya, y la cuelgo aquí. Pertenece al archivo de SM. No lo conozco, no lo he visto nunca, creo que nos cruzamos un correo (le invitamos a que colaborase en el volumen “Cuentos a patadas. Historias del Real Zaragoza”), aunque sí he leído/visto sus obras. 

Enhorabuena, Josep Antoni Tassies, con un poco de retraso. Si alguien tiene su correo electrónico, estaría encantado de recibirlo.

RAINER MARIA RILKE: INTERIOR DE LA MANO

RAINER MARIA RILKE: INTERIOR DE LA MANO

Hace unos días, colgué aquí un poema de Rainer Maria Rilke (Praga, 1875-París, 1926). Fue durante años un escritor al que buscaba constantemente. Tengo sobre la mesa, sobre mi caótica y vergonzosa mesa, el libro Poemas a la noche y otra poesía póstuma y dispersa, que ha editado y traducido para el sello DVD Juan Andrés García Román. Andaba en uno de mis viajes en pos de nuevos fotógrafos y fotos y me encontré con mi viejo amigo Eric Kellerman, y en concreto con esta estupenda foto. 

Abro el libro y hallo este poema, que le viene ni pintada a la foto. 

INTERIOR DE LA MANO 

Palma de la mano.
Planta que no anda más que sobre el tacto…
Que se abre hacia lo alto
y en el espejo acoge las celestiales rutas,
errantes ellas mismas.
Que ha aprendido a andar sobre las aguas
al sacarlas del pozo,
que va por las fuentes
metamorfoseando todos los caminos.
Que entra en otras manos,
que hace de sus gemelas un paisaje:
tras errar llega a ellas,
las colma de llegada.

HONDA VERDAD DE LA POESÍA: VICENTE PASCUAL

HONDA VERDAD DE LA POESÍA: VICENTE PASCUAL

Pongo Cinema do mar de Carlos Núñez, uno de los discos más melancólicos que conozco, de ésos que, al menos a un gallego, le abren el corazón como un fado. O como un lentísimo puñal indócil. Lo pongo y suena “Home da terra” de Tamiya Terashima.

Me he sentado al ordenador después de volver del trabajo para comentar la emoción que me ha producido el libro de Vicente Pascual Rodrigo, a la Vida, a la Muerte y a mi Bienamada, que acaba de publicar Olifante, así escrito el título, en su colección Papeles de Trasmoz, de La Casa del Poeta. Posiblemente, sea esta colección la más bella del sello de Trinidad Ruiz-Marcellán y Marcelo Reyes, y probablemente sea éste el libro más conmovedor, más hondo, más bello, más terrible. Perdón por los adjetivos: sé que derramo demasiados, pero éstos, nada novedosos, se ajustan a la verdad del libro, a la intensidad, a la desnudez radical de un hombre como Vicente –poeta, pensador, pintor metafísico, arquitecto místico de los paisajes- que pelea un día sí y otro también con la muerte, con la muerte real que le amenaza y que no le arredra. 

Vicente se pregunta aquí por todo: el sentido de la vida, el dolor del adiós, la incertidumbre. Vicente habla de la plenitud, del amor, de la amiga (esa Ana Marquina, que concentra todos sus sueños y que resume todas las mujeres en una sola, leve y morena), del río del tiempo y de la memoria. Vicente canta y llora, reflexiona con serenidad, se reconoce verso a verso. Y no sólo eso: el maestro de la contención, el filósofo zen que vive a la sombra de la torre mudéjar de Utebo también teje historias de amor, epopeyas del delirio, como la de Laylâ y Majnun, que se aman, se pierden, se alejan y se reencuentran bajo el velo inefable de la Noche y sus designios. Y usa el discurso reflexivo y la cancioncilla de estirpe popular, con estribillo y calculadas y rítmicas repeticiones.

Éste es un libro de partida, acaso un testamento, y a la vez es un libro de bienvenida incesante a la vida, a las pequeñas cosas: el ciruelo que se agita en los dedos del viento, el río que avanza entre montañas y copia las luces más hermosas del día, el cuerpo dolorido, los aromas que avanzan como una brisa de resurrección… 

Copio un primer poema:  

A LA BIENAMADA 

¿Ves, amada?
¿Ves las nubes cómo bajan?
Cómo visten aquel monte. 

¿Ves su cima, que se eleva,
que se asienta sobre ellas?
¿Ves mi pecho dilatado? 
¿Ves, amada, lo que ves?
Es el cielo en nuestra tierra
y la tierra en nuestro cielo. 

Y otro más:  

DE LA MUERTE 

Dicen
que es amarga la partida
y que es dulce
el buen encuentro. 

No hay encuentro sin partida,
ni partida sin encuentro. 

¡Mirad, que viene el viento!
¡Que se lleve el humo,
que lo lleve!
¿Habéis visto lo que he visto? 

DE LA MUERTE 

Que mis huesos se evaporen
en el aire muy inmenso.
Que mis carnes alimenten
muy menudas criaturas. 

Y ojalá este romero,
en muriendo siempre, encuentre
el sendero de retorno. 

Y para aquellos a quienes os gusean las emociones fuertes, las verdades ineludibles, para vosotros que leeréis pronto este libro, Vicente se despide así:  

Y ahora callo, tengo sueño.

*La foto es de Moumine.

UN POEMA DE PEPE MONTERO: NADA

UN POEMA DE PEPE MONTERO: NADA

Nada

Últimamente, mis nadas se alían contra mí

y se organizan para desfilar por el centro

de mis ojos, mostrando con orgullo sus vacíos.

Nada,

no consigo recibir ninguna radiación

electromagnética, original.

Me escucho y me leo sin ningún tipo de mala leche

y hasta procuro poner cierto candor

en el balancín de mis atenciones.

Uso un microscopio lento y evangélico

que perteneció a Kierkegaard,

según me dijo el gitano del rastro de La Plaza de Toros.

-¡Me maten si no, payo, que fue del kigar, ese!

para intentar joder a Octavio Paz y echar por tierra

su parida : "La poesía no es un desperdicio del intelecto"

pero..., ¡silencio!, parece que veo algo.

Esa diminuta mancha...

¿será una partícula de éxtasis amoroso?,

¿una gota de amargura?,

¿un filo para cortar el tiempo?,

¿el tamaño de mi talento?,

What will be?,

Nada, sólo una procesión de nadas.

Pepe Montero me envía este poema, un tanto desesperanzado. Estos días se marcha a Madrid a conversar con su amigo Montero Glez. Frente a la nada, ilustro su último poema con el todo: una conversación entre dos enamorados con una bicicleta por testigo. La foto es de Doisneau.

 

BIOGRAFÍA DE ALFONSO, POR JUAN GAVASA RAPÚN*

BIOGRAFÍA DE ALFONSO, POR JUAN GAVASA RAPÚN*

[El escritor, periodista, viajero y editor Juan Gavasa Rapún publica en su blog una biografía de Alfonso Sánchez, el extraordinario fotógrafo, que en realidad era una factoría. Algo así me dijo el otro día Publio López Mondéjar; frase que ya había dicho en otro lugar y que recoge Juan, galardonado con el primer premio de periodismo de Benasque junto a Eduardo Viñuales el pasado sábado. Mi pasión por la fotografía nació, en buena parte, con Alfonso y en particular con un catálogo de fotos que le había publicado el Ministerio de Cultura, que aún conservo. De ahí empecé a tomar muchas fotos para el suplemento Imán (El día de Aragón) y luego para Rayuela y La Cultura (El Periódico de Aragón). Juan Gavasa, el embajador de la cultura en Jaca y ese entorno, llevaba tiempo preparando este libro Los años convulsos. El fotógrafo Alfonso y la sublevación de Jaca. 1923-1936.]  

Alfonso Sánchez García nació accidentalmente en Ciudad Real en 1880 pero vivió prácticamente toda su vida en Madrid. Su padre, un antiguo republicano dedicado al inestable negocio teatral, falleció en 1891 y Alfonso tuvo que dejar la Escuela de Artes y oficios para contribuir al sustento familiar. Son duros años de vagar de tajo en tajo en un Madrid que sigue siendo un poblachón áspero de profundas desigualdades.           

Con 15 años accede como aprendiz al estudio de Amador, uno de los retratistas más conocidos de la capital. En ese estudio se brega haciendo fotos de bodas, banquetes y acontecimientos sociales dentro de los equipos ambulantes, que recorrían la ciudad buscando negocio. En esos años consigue su primera “exclusiva”; fotografía el cuerpo incorrupto de San Isidro en una de las raras exposiciones públicas que se hacía en su ermita.           

En 1897 lo contrata Manuel Compañy, uno de los mejores fotógrafos de Madrid. Su aprendizaje del oficio es constante y muy pronto muestra dotes innatas para la cámara. Se especializa en estrenos teatrales y comienza a trabar relación con destacados personajes del periodismo y la política de la época como Joaquín Costa, Mariano de Cavia o Joaquín Dicenta.           

En 1904 lo ficha El Gráfico, el primer diario ilustrado que aparece en España. Será su director, Julio Burell, el que decida firmarle las fotos simplemente con su nombre de pila, “Alfonso”. Acababa de crear una marca que será un referente del periodismo gráfico español. Trabaja después para El Imparcial de Eduardo Gasset, un personaje que tendrá gran influencia en su carrera, y sigue fomentando una de sus especialidades; el retrato.           

En 1907 comienza a trabajar con el Heraldo de Madrid y con el resto de cabeceras de la Sociedad Editora Española: El Imparcial y El Liberal. En 1909 viaja con el director de El Heraldo, José Rocamora, a cubrir la guerra de Marruecos. Una experiencia traumática que, sin duda, le marcará. Permaneció tres meses en los que apenas pudo ejercer su oficio. Contaba su hijo tiempo después que “la matanza de soldados españoles fue tan copiosa que mi padre tuvo que soltar la cámara para dedicarse a transportar en camilla a los heridos. Caían por todas partes”. Alfonso fue condecorado con la Medalla de Campaña de distintivo rojo.           

El fotógrafo madrileño se convierte en el más importante de la capital. Sus fotos ilustran los principales periódicos y revistas de la época y su prestigio crece con cada nuevo trabajo. En 1910 abre su flamante estudio en la calle Fuencarral, que se convierte en obligado punto de encuentro para toda la fauna de bohemios, intelectuales, políticos, periodistas y artistas del Madrid más farandulero. Todos los que son o aspiran a serlo pasan a formar parte del catálogo de celebridades que Alfonso fotografía: Valle Inclán, Emilia Pardo Bazán, los hermanos Machado, Pío Baroja, Ortega y Gasset, Blasco Ibáñez, Alejandro Lerroux, La Chelito, Raquel Meller, Margarita Xirgú…           

En estos años la cámara de Alfonso está presente en todo lo que se mueve. La muerte de Joselito, la primera reunión del Gobierno provisional de la república portuguesa, la foto de Pedro Mateu, uno de los tres anarquistas que atentó contra Eduardo Dato; la foto del capitán Sánchez vestido de militar (autor de uno de los crímenes más famosos de la época); o la huelga general revolucionaria de 1917.           

Tres años después se hace cargo de la sección gráfica del recién nacido diario La Voz, que ya entonces tiraba 150.000 ejemplares diarios. Trabaja con Manuel Machado y Luis de Oteyza en el democrático y progresista La Libertad, y sigue dedicado al retrato, una actividad que le distingue del resto de sus compañeros de profesión.           

En 1922 entra en escena su hijo Alfonso, que inevitablemente pasa a ser conocido en el gremio con el diminutivo de Alfonsito. Su padre le manda en compañía de Oteyza a Marruecos para recoger el desastre de las tropas españolas en Annual. Consiguen una exclusiva mundial: la entrevista con el líder de los insurrectos rifeños Abd-el-Krim. El hijo se revela como un fotógrafo de gran talento y perspicacia, digno sucesor de su progenitor. Poco a poco se van incorporando al negocio sus otros dos hijos, Pepe y Luis, y la firma Alfonso se convierte en una agencia de distribución de fotografías para España y el extranjero. Nace la Agencia Gráfica Alfonso, en la que llegarán a trabajar 23 personas. El fantástico logotipo diseñado por Manuel Torán se afianza como un excelente emblema gráfico que representa a una de las sagas fotográficas más importantes del país.           

Alfonsito, que había crecido entre cubetas, reveladores y magnesio, será el único que tendrá una sólida carrera como reportero. En esos años se editaban en el país 11 revistas ilustradas de gran calidad, algunas de ellas de resonantes evocaciones como Blanco y Negro, Nuevo Mundo, Mundo Gráfico o La Esfera. En ese Madrid lúgubre en el que pululan toda clase de buscavidas, traperos, cacharreros y bohemios, la actividad editorial resulta pletórica. Y los Alfonso ponen la imagen a esa ingente producción.           

Según señala el historiador Publio López Mondéjar, “la figura gigante de Alfonso dejó siempre en la sombra a sus hijos y colaboradores, que nunca pasaron de ocupar un lugar subalterno y segundón en la jerarquía profesional de la casa”. En los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera y durante la Segunda República se puede asegurar que los hijos fueron los autores de buena parte de las fotografías del archivo Alfonso, aunque López Mondéjar matiza que “lo único que resulta hoy incuestionable es la responsabilidad del fundador de la firma en la planificación y tramitación de los reportajes”. Así se entiende la nebulosa que ha rodeado la autoría de las placas que integran el archivo Alfonso, más aún en un tiempo en el que el concepto de los derechos de autor no existía y los fotógrafos solían pasarse las copias sin ningún problema.           

Alfonso reparte juego entre sus hijos y fortalece la imagen de marca de la Agencia. Llegan a casi todos los puntos noticiables del país y siguen extendiendo una eficaz red de contactos personales y relaciones públicas, una de las virtudes que más contribuyó a construir el inmenso catálogo de fotos y de retratos. Alfonsito, por ejemplo, se especializa en la parte más sórdida y deprimente del país, dotando a su trabajo de un apreciable contenido social. Luis y Pepe se mueven mejor por el mundo del deporte y del teatro. El padre dirige a todos. En 1930 era el único periodista gráfico de Madrid que figuraba como redactor con contrato.           

Durante la nefasta dictadura de Primo de Rivera Alfonso se relaciona con Azaña, Besteiro, Ortega y Gasset, Alcalá Zamora o Gregorio Marañón, las figuras que a partir de 1931 asumirán las riendas del país. Esas amistades explican en cierto sentido que durante la Segunda República Alfonso alcance su madurez profesional y realice sus mejores reportajes. El ministro republicano Diego Martínez Barrio dijo de Alfonso que “es un singular artista que está haciendo estéticamente la historia de una época. Sus fotografías son inexcusables para acercarse a la historia de España de este siglo”.           

Pero llegó la Guerra Civil y como tantos otros artistas y creadores, los Alfonso sufrieron la represión de los vencedores. Durante la contienda se identificaron con la causa republicana al igual que algunos compañeros de profesión como Centelles o Díaz Casariego. Pero nunca mostraron especial interés por la fotografía propagandística del frente. Sus mejores fotos de esos tres años están tomadas en la retaguardia, con la miseria de la vida cotidiana. Aun con todo ofrecieron al mundo a través de revistas como Life, Regard o L’Illustration los muertos en el asalto al Cuartel de la Montaña, la batalla de Teruel o a un decrépito Julián Besteiro anunciando el fin de la resistencia de Madrid.           

Acabada la guerra los Alfonso fueron depurados y se les prohibió ejercer el periodismo gráfico. Semidestruido el estudio de la calle Fuencarral, se trasladaron a otro más modesto en la calle Santa Engracia antes de instalarse definitivamente en la Gran Vía. Alfonso comenzó a hacer retratos de los personajes del nuevo régimen que le permitieron con los años rehabilitarse. Pero nada de la alegría y del optimismo del pasado volverían a sus fotografías. El Alfonso reportero acabó para siempre. Tampoco los franquistas olvidaron su pasado republicano. En El Alcázar se publicaba una carta conminatoria: “que trabaje, pero en silencio, sin ruido, porque no se puede provocar a los que tenemos memoria”.

            Pese a todo, en 1949 Alfonso hace un retrato de Franco para el ABC y El Alcazar. Será su último trabajo de relevancia. Tres años después son rehabilitados como reporteros gráficos pero ya no ejercerán. En 1953 muere Alfonso y con él los estertores de un prestigio marchito. Sus hijos mantendrán a duras penas el nombre de la casa, pero ahora con el trabajo de las bodas, bautizos y comuniones. Eran tiempos de subsistencia. Alfonsito, entregado en los últimos años de su vida a conservar el inmenso legado familiar, muere en 1990.

 

*Estampa costumbrista y madrileña del mielero.  

PACO SIMÓN: UNA RETROSPECTIVA DE DOS SIGLOS*

PACO SIMÓN: UNA RETROSPECTIVA DE DOS SIGLOS*

[Paco Simón inaugura una antológica de su obra desde principios de los años hasta principios del siglo XXI (de ahí, con algo de ironía, lo de los siglos) este jueves en dos salas: la de Carlos de Gil de la Parra y la galería Zeus, de Jorge Gasca. Este es uno de los textos que irán en el catálogo: es una visita al universo de color y jazz, de viaje y fabulación del artista que se crió en el campo de Torrero y que soñaba desde muy joven con los latigazos de Ferenc Puskas, aunque para entonces creo que ya el Real Madrid jugaba contra el Real Zaragoza en La Romareda.] 

EL ÁLBUM DE COLOR DEL VIAJERO 

Paco Simón nació en Barcelona en 1954, pero se crió a orillas del campo de fútbol de Torrero. De niño llegó a posar con aquellos equipos heroicos del Real Zaragoza que pugnaban por consolidarse en Primera División y que metían el miedo en el cuerpo a conjuntos que formaban con Di Stéfano, Puskas y Gento, o con Kubala, Moreno y Manchón. Paco Simón veía aquel mundo de color y de fantasía, de gritos y de multitudes, de aquellos espectadores arriesgados que se subían a las frágiles ramas de los árboles, y tenía la sensación de que se asomaba a un sueño. Algunos años después, cuando decidió ser pintor, estudió en la Escuela de Bellas Artes y participó en el grupo Forma y en sus rebeldías estéticas.

Paco Simón quiso ser siempre un artista del color. El color era el elemento consustancial en sus orígenes y en ese periodo de esplendor de la década de los 80, y lo sigue siendo ahora cuando parece acercarse al universo de Joan Miró y de Paul Klee, entre otros. El color era como una llamada, un distintivo característico, un sello de fábrica del modo de trabajar de Paco Simón. Hubo una época en que empleaba colores claros, a modo de fondo, tocados aquí y allá por unas manchas más o menos ambiguas que parecían hojas, una larva que avanza, peces que van y vienen con su música y sus ojos asombrados. En esta muestra, podría decirse que hay varias obras de este tipo: piezas de sutileza cromática y de inesperada gestualidad, de filiación informalista.

Más tarde, Paco Simón fue derivando hacia una producción muy diferente y perfectamente reconocible. Casi como quien da un salto de tigre, orientó su propio camino a la sombra de los voraginosos árboles de un bosque, cuya enramada tenía algo de masa homicida y devoradora. Pintó cuadros con anécdota, cuadros susceptibles de resumirse en tres vocablos: fronda, figura y flor. De éstos hay muchos en la muestra: Paco Simón creó un bestiario personal de ratas, lobos, zorros o pájaros (y no siempre así de concreto: había animales indefinidos, híbridos), que resultan un tanto inquietantes. Paco Simón no pintaba la felicidad ni la plenitud: pintaba una suerte de desgarro enigmático, una atmósfera desapacible que vistos hoy ofrecen afinidades y coincidencias con el grupo Cobra, en concreto con Lucebert, con el Miquel Barceló fascinado por Mali y sus indígenas, e incluso con aquel joven Víctor Mira, que se asomaba a los tugurios de las noches de perdición.
A veces, esas figuras de Paco Simón tienen algo de sombras demoníacas o de monstruos que se agigantan, y parecen avanzar. Nunca se sabe del todo si vienen hacia aquí y se alejan por el fondo del cuadro contra una luz de poniente, contra una reverberación de luces naranjas y ocres. En esa época, con total libertad, Paco Simón parecía confrontar sus hombrecillos y sus esquemáticos espectros con el mundo de pesadillas de Wifredo Lam y de Roberto Matta y la iconografía latinoamericana. En uno de los lienzos, resuelto con acrílico y técnica mixta, irrumpe una aguzada sombra que recuerda a un Don Quijote tan escuálido como siempre y más desolado que nunca.
Por otra parte, también hay una colección de cuadros que tienen algo de bodegón sobre un fondo de agua: a veces son como vasijas o alcuzas; a veces son formas triangulares, exentas o con informes figuras en lontananza; a veces son instantáneas arrebatadas a la floresta. Y en ellas, con un brochazo suelto y sugerente, irrumpe siempre el color.
Paco Simón también fue un apasionado pintor de mujeres: les dedicó muchas obras. Y quizá muchas horas. Y algunos títulos de sus cuadros. La mujer fue tema, obsesión y desafío del pintor. Aparecen una y otra vez mujeres de grandes ojos, próximas a una planta que se cimbrea como una amenaza; mujeres que recuerdan a las Venus negras que huyen del cafetal con su hipnótica opulencia; mujeres que exhiben la certeza de un desnudo no sabemos si antes o después de una noche de lascivia, como sucede en “La virgen del colchón”; mujeres como odaliscas que contemplan el último arrebol de un lago; mujeres que se han fumado la noche mientras sonaba una música de jazz y una voz estremecida, rota por las agujas de una pasión imposible. Mujeres, mujeres, simplemente mujeres que posan para el artista en su estudio, empapadas de los colores del delirio, con la mirada mansa de la tentación.
            No podemos olvidar la etapa más fecunda de Paco Simón: el periodo en que abrazó la estela del por-art norteamericano, a la manera de Andy Warhol y de otros creadores contemporáneos. No era un pintor crítico, sino voluptuoso, de atmósferas y de la urgencia de una libertad inmediata y sin complicaciones. En aquellos días, cuando exponía en Zaragoza, Barcelona y Nueva Cork, el pintor vivió un período especialmente intenso y fructífero. Seguía siendo un artista del color, y contaba historias, pintaba relatos que sucedían al ritmo del rocanrol y del jazz, pintaba nocturnos e instantes de seducción y embrujo, pintaba interiores con atrevidos y radiantes colores, y hacía carteles, componía portadas de libros y discos, realizaba serigrafías, exponía sin descanso. Exudaba alegría, frescura, liviandad y desenfado, aunque como en todas las cosas verdades siempre había un dolor entrevisto. El propio artista confesaba: “Vivía alocadamente: en la pura bohemia, con rapidez, trabajaba de noche, oía rock y jazz. Miraba mis cuadros y los veía como una escena narrativa, como una historia que estaba pasando”.
            Paco Simón era el cronista visual de aquellos días de vitalidad y desorden, y acabó casi exhausto de una pintura que ya le resultaba previsible, despojada de misterio. “He llegado adonde he llegado por mi propio trabajo, por mi búsqueda. La pintura al fin y al cabo es como la música: a partir de las notas universales, de los trazos y el gesto, debes elaborar tu melodía, tus lienzos. Y a mí me ocurrió que no me sorprendía mi propia obra, y empecé a meterme en otro territorio, en el uso de capas casi monocromas para crear el misterio”. Ese cambio ya se anticipaba en uno de los grandes cuadros de esta muestra promueven Carlos Gil de la Parra y Jorge Gasca: “Stormy water”, aguas tempestuosas, aguas de tormenta, en la que se ven tres pájaros –¿serán estorninos, serán golondrinas?- que trazan las espirales del vuelo sobre un lago o sobre el mar, en un agitado día de vendaval. “Cada vez me interesan más los cuadros ante los que puedes pasar tiempo y tiempo mirándolos y te perturban”, nos decía el artista en una de sus exposiciones recientes.
Esa lenta pero paulatina y segura transformación le ha llevado a una pintura diferente, que rezuma armonía, calma, convencimiento, sesgo de sierpe en medio de una superficie de color casi única. Belleza sosegada. “Sigo valorando el caso del pintor que, por pura evolución y depuración de su obra, acaba pintando un cuadro blanco. Odio los artistas que de tanto pintar y pintar resultan relamidos. Cuanto más sencillo es el lenguaje mucho mejor”, dice. Sus últimos lienzos le aproximan al Miró cosmogónico, al Klee de la música de las esferas, de los símbolos, de los mínimos gestos. “Yo me siento un pintor inmerso en la cultura mediterránea: un pintor del color, de la forma y de la emoción, que es lo que intento transmitir. Me mueve la emoción y aspiro, como Joan Miró, que mi obra transmita una emoción muy directa”.
Estos cuadros y esta vida de artista de casi 30 años de creación pueden contemplarse como una retrospectiva, como el álbum del viajero, como los cuadernos de un pintor inconformista que también ha querido ser promotor cultural y abanderar proyectos como “Cambio constante”. Ahora, inmerso en otras batallas de la imaginación, renovándose día tras día, tiene muy claros su destino y la fuerza de su vocación: “Me encanta trabajar con las manos, la cocina del arte. El cuadro me emociona por su contenido, por su cromatismo, por la elaboración manual que tiene. Le concedo a nuestro oficio un valor estético inmediato: para mí lo esencial es transmitir sensaciones. Pintar y hallar líneas me produce un gran placer”.

 

*La obra pertenece al dominio de www.elpollourbano.net, el gran proyecto de comunicación y de humor de Dionisio Sánchez y gran batallón de amigos e iconoclastas.