Blogia

Antón Castro

CARME RIERA, DAVID TRUEBA, TORRIJOS, VOYEUR: BORRADORES

CARME RIERA, DAVID TRUEBA, TORRIJOS, VOYEUR: BORRADORES

Borradores recibe esta semana al grupo Voyeur, liderado con por el vocalista y guitarrista Yago Alonso. El grupo -que se acompaña de un pintor y graffitero como Lalo Cruces, que realiza un cuadro a lo largo de la duración del programa-, interpreta dos canciones: “Voyeur” y “Alrededor”, y en ambas mezcla los sonidos y los ritmos propios del pop rock con sonidos de música clásica como la viola y la flauta. Además, visitan Borradores en el estudio, el escritor y naturalista Eduardo Viñuales y el ilustrador y diseñador Pablo Calahorra, que acaban de hacer publicar un libro ilustrado para niños sobre el Valle de Ordesa; Viñuales también hablará de ese volumen espectacular que es “Aragón: el libro del agua”. El otro invitado es el tenor Santiago Sánchez Jericó, que celebra en 2008 treinta años en la ópera y habla de su colaboración con Pilar Lorengar, Alfredo Graus y de sus cerca de 100 óperas interpretadas. 

Además, Borradores ofrece una extensa entrevista con David Trueba, que acaba de publicar su novela más ambiciosa, “Saber perder” (Anagrama), y a la vez se publica en DVD, con numerosos extras, la película “La silla de Fernando”, que codirigió con Luis Alegre. Y también se conversa por extenso con la escritora mallorquina Carme Riera, Premio Nacional de Literatura y enamorada de Aragón, y autora de novelas como “En el último azul” o “El verano del inglés”. Borradores también acude a la exposición “Sergio Abraín, Caligrama y Patagallo (1978-1988)”, en el Palacio de Sástago, y ofrece otra entrevista-reportaje con el escritor Damián Torrijos, autor de “El perfume de la higuera” (Prames), novela galardonada con el II Premio Ínsula del Ebro. Por último, Borradores visita una nueva librería en la ciudad: la Librería Bertrand, que se halla en Gran Casa, y allí recomiendan varios libros recientes, entre ellos la espléndida edición ilustrada, por Ángel Mateo Charris, de “El corazón de las tinieblas” (Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg) de Joseph Conrad.

*La foto es de la escritora Carme Riera. Pertenece al archivo de Alfaguara.

EL EXTRAÑO DESNUDO DE CARLA BRUNI DE 1993

EL EXTRAÑO DESNUDO DE CARLA BRUNI DE 1993

La foto que da hoy y mañana la vuelta al mundo. Carla Bruni, desnuda. La imagen es de Efe.

 

[Este retrato será subastado el próximo mes en la casa Christie’s un retrato desnudo de la primera dama francesa, Carla Bruni, tomado hace más de una década cuando trabajaba de modelo, según informó la AF.La fotografía, tomada por el suizo Michel Comte en 1993, muestra a Bruni de pie, en una pose que recuerda los cuadros del pintor neoimpresionista francés George Seurat.Christie's ha afirmado que la actual esposa del presidente Nicolas Sarkozy es “una de las mujeres más bellas del mundo”, al explicar su decisión de poner en venta el desnudo de una primera dama en ejercicio.
"Es una obra de arte. Fue tomada en 1993 cuando Bruni era modelo y es un retrato desnudo de excelente gusto, realizado por un artista reconocido y respetado", ha dicho Milena Sales, portavoz de Christie's. La casa Christie’s no va a hacer verificación ni comentario alguno sobre los objetos a la venta pública. Se trata de una obra respetada, agregó la portavoz.
La fotografía se subastará el 10 de abril con una base de 4.000 dólares junto a otras obras de artistas famosos como Herb Ritts y Leni Riefenstahl, incluyendo retratos de otras modelos como Kate Moss y Naomi Campbell.]

 

ZANG ZIYI EN ESQUIRE / Y 2

ZANG ZIYI EN ESQUIRE / Y 2

En Esquire de 2006 se publicaba este retrato de la actriz Zang Ziyi. Se la dedico al escritor, dinamizador cultural e investigador incansable Sergio Vila-Sanjuán que, a veces, se pierde por este blog, y mañana visita Zaragoza.

ANGELINE JOLIE, EN ESQUIRE

ANGELINE JOLIE, EN ESQUIRE

Repasé ayer varias portadas de la revista “Esquire”. Encontré fotos muy sugerentes, realmente magníficas. Por ejemplo, me encantó la portada de Angie Dickinson. Y este retrato de interior de la siempre ubicada en la llama de la actualidad Angelina Jolie.

CUADERNOS DEL VIGÍA: OLGOSO Y MARZAL

CUADERNOS DEL VIGÍA: OLGOSO Y MARZAL

Cuadernos del Vigía de Granada es una bellísima colección que dirige Miguel Ángel Arcas, en la que también trabajan en diseño y maquetación, entre otros, Jesús Ortega y Francis Requena. Recuperan el buen gusto del sur, la cuidada elección de papeles, de tipografía, la elegancia de la caja, el cuidado de la tipografía. Son libros con alma, de ésos que conmueven, de ésos que solo de tocarlos percibes de inmediato que detrás hay alguien que ama la literatura, que ama la tradición de Altolaguirre, Prados y Juan Ramón Jiménez, alguien que entiende que cada libro es como un tesoro inadvertido, el resultado de un trabajo íntimo, intenso, destilado, en el que intervienen muchos factores: escritores, diseñadores, impresores, encuadernadores, libreros luego, lectores siempre. Hace unos días leí, en un viaje nocturno en tren a Galicia, doce años de tumbos y desvelos, un libro de relatos de Ángel Oleoso: Astrolabio, una colección deslumbrante repleta de ingenio, de talento, de facilidad, de variedad de registros y de absoluto dominio del cuento. Lo comparaba la nota editorial con Dino Buzzati, Juan José Arreola o Marcel Schwob: sin duda, es un escritor de la estirpe de Borges y de Felisberto Hernández, un autor de ésos que de repente te das cuenta de que poseen una abrumadora capacidad de fabular y de resumir la vida, y sus enigmas, en dos páginas. Había muchos ejercicios de estilo, hay una alquímica fusión de realidad y ficción, con ese extrañamiento feliz que redondea las narraciones. 

Y recibí otro libro de Carlos Marzal, un poeta con el que he conversado fugazmente en alguna ocasión, en Zaragoza y en Veruela. Un poeta espléndido, cada vez más sólido, cada vez más hondo y entrañado con una mitología hispánica que él depura muy bien. Publica en Cuadernos del Vigía un volumen de aforismos: Electrones, del que selecciono los siguientes:  

-Como el misterio sumo del agua, que parece no tenerlo.
[Este texto sería la composición dedicada al agua hoy en mi blog. POEMA DEL AGUA / 3]. 

-Sólo se es joven en amor. Y sólo en amor loco se es niño. 

-Lo femenino es lo duro y lo suave; y lo masculino, lo duro en lo duro que quiere aprender a ser suave. 

-La amistad es la más hermosa de las flores carnívoras. 

-Un diccionario es un libro de adivinaciones, previo al suceder de los acontecimientos. 

-Paré en una estación desconocida de un país ajeno, en un andén vacío en mitad de la noche. Y todo aquel desamparo era mi casa.

*Foto de "Los Americanos" de Robert Frank. A veces tengo la sensación de que ando por la vida asomado a un tren vertiginoso desde el que veo pasar gente y gente, con sus ideas, con sus sueños, con su prisa...

DANIEL GASCÓN ESCRIBE DEL MUNDO DE RAFAEL AZCONA

DANIEL GASCÓN ESCRIBE DEL MUNDO DE RAFAEL AZCONA

[Mi hijo Daniel era un fan absoluto de Rafael Azcona. Y Rafael, cariñosamente, siempre le mandaba sus libros dedicados y muy bellas cartas. En marzo de 2007, en Heraldo de Aragón, en "Artes & Letras" aparecía esta extensa nota sobre varios libros de Rafael. Cuelgo aquí el texto, porque me parece que explica muy bien muchas cosas del mundo de Azcona]

LOS ESPAÑOLES, LAS EUROPEAS Y EL AMOR

Rafael Azcona (Logroño, 1926) es el guionista más importante de la historia del cine español. Entre los más de cien títulos de su filmografía se encuentran algunas de las mejores películas de Marco Ferreri (“El pisito”, “El cochecito”); de Luis García Berlanga (“Plácido”, “El verdugo”, “La vaquilla”); de Carlos Saura (“La prima Angélica”, “¡Ay, Carmela!”), de José Luis Cuerda (“El bosque animado”, “La lengua de las mariposas”); de José Luis García Sánchez (“La corte de Faraón”, “Suspiros de España y Portugal”); de Fernando Trueba (“El año de las luces”, “Belle Époque”, “La niña de tus ojos”). Rafael Azcona ha escrito solo y acompañado, ha firmado guiones originales, ha adaptado obras de Fernando de Rojas, Stephen Vicinczey o Valle-Inclán, y ha pasado semanas en el balneario de Alhama de Aragón con Ferreri, intentando llevar a la pantalla “El castillo” de Kafka. Su obra, que muchas veces entronca con el sainete y el esperpento y que ha realizado junto a directores muy distintos, ha servido para retratar un país a través de unas constantes: el gusto por la comida y lo cotidiano, los perdedores infatigables y los héroes sin atributos, la obsesión por el sexo y la incomunicación, y un humor devastador. Pero antes de trabajar para el cine Rafael Azcona había publicado poemas, relatos y novelas, y había colaborado durante seis años (1952-1958) en “La Codorniz”, donde creó el personaje del repelente niño Vicente.

Como los hermanos Marx, Lubitsch y Mariano Gistaín, Rafael Azcona era hijo de sastre; el hombre que “le haría la cabeza” en Logroño sería Godofredo Bergasa, “eventual abogado, eventual arquitecto, eventual fotógrafo, eventual inventor y eventual guitarrista”, según cuenta Bernardo Sánchez en “Rafael Azcona: hablar el guión” (Cátedra, 2005). Cuando Azcona llegó a Madrid en 1951, quería ser escritor. Colaboró en “La Codorniz”, “Pueblo” y “Arte y Hogar”; escribió novelas como “El pisito” (1957) o “Los ilusos” (1958), que lo encuadran en la generación del cincuenta junto a Aldecoa, García Hortelano o Sánchez Ferlosio; publicó cinco libros bajo el seudónimo de Jack O’Relly. También conoció el ambiente de los cafés, de las pensiones, de las máquinas de escribir que alquilaban varias personas, de la pobreza y la picaresca: son elementos que, al igual que la literatura de Baroja, Kafka o Dickens, aparecen en las novelas y los guiones de un creador que cree que “la imaginación es memoria fermentada”. Ferreri leyó “Los muertos no se tocan, nene”: fue el comienzo de la brillantísima trayectoria cinematográfica de Rafael Azcona, de la influencia del cine neorrealista y cómico italiano. Aunque el guionista aparecía brevemente en “El pisito” o “El cochecito”, se mantuvo apartado de los medios de comunicación.

Se creó una leyenda de hombre invisible que perduraría hasta finales de los años noventa: desde entonces ha concedido entrevistas en los periódicos y en la televisión, y ha sido objeto de estudios críticos. Recientemente Pedro M. Azofra ha publicado “La tauromaquia según Rafael Azcona” (Ochoa, 2006), y Bernardo Sánchez, responsable de la versión teatral de “El verdugo” ha escrito “Rafael Azcona: hablar el guión”, donde explica su método de trabajo: Rafael Azcona tiene conversaciones generales con los directores en hoteles y cafeterías; no toma una sola nota, porque cree que lo que no se recuerda no merece la pena, y después redacta el guión en solitario. El libro de Bernardo Sánchez es un estudio muy documentado y un tanto caótico: aunque contiene información interesante –sobre todo acerca de la juventud de Rafael Azcona en Logroño y de la recepción crítica de sus primeras películas-, el autor parece más interesado en mostrar su conocimiento del guionista que en explicar al personaje y sus textos.

En los últimos años Rafael Azcona también ha reeditado y reescrito parte de su obra literaria: recogió tres novelas en “Estrafalario 1” (Alfaguara, 1999; publicó “El repelente niño Vicente” (Aguilar, 2005) y “Los muertos no se tocan, nene” (Punto de Lectura, 2005), y Juan A. Ríos Carratalá elaboró una edición anotada de “El pisito. Novela de amor e inquilinato” (Cátedra, 2005), que utiliza el texto de “Estrafalario 1”. Tusquets ha publicado “Los europeos”, una nueva versión de la novela que salió en 1960. Según Azcona, esta es la versión original: incluye elementos que la censura de la época impedía utilizar, pero que son fundamentales para la historia.

El protagonista de “Los europeos”, Miguel Alonso, es un delineante zaragozano que vive en una habitación realquilada en Madrid a finales de los años cincuenta, y que pasa un verano en Ibiza con el hijo de su jefe, Antonio, un estajanovista del sexo que anota en una libreta todas sus “cópulas”. Miguel, como otros personajes de Azcona, es un hombre que deja que otros tomen sus decisiones: aunque teóricamente viajan a la isla para estudiar la arquitectura local, Antonio quiere seducir a las chicas europeas que veranean allí –esa pretensión se convertiría en la base de un género cinematográfico-, y Miguel lo secunda con cierto escepticismo. Frente a la España peninsular que abre y cierra el libro y que da una impresión de sordidez y represión (“en Zaragoza, en cuestión de mujeres, sota, caballo y rey, o sea, una vuelta por el Tubo, un rato en el Plata y luego a putas; se corría el riesgo de coger unas ladillas, o lo que era peor, unas purgaciones, pero la cosa se arreglaba con el Aceite Inglés, parásito que toca, muerto es, y con los antibióticos, que eran mano de santo”), Ibiza es una ventana abierta al mundo y al sexo, donde las chicas pueden llevar bikinis cuando la guardia civil no mira.

“Los europeos” es una novela triste y divertida que retrata la mezcla de aburrimiento y felicidad de unas vacaciones. Azcona ha modernizado el lenguaje de algunos diálogos, pero también describe los colores de una isla que conoce bien y reproduce las canciones que sonaban en las discotecas de la época. Miguel y Antonio discuten, comen en restaurantes y beben en la playa, y se relacionan con personajes extravagantes: un exiliado húngaro, un italiano que muestra a sus invitados películas pornográficas que protagonizan él y su mujer, un empresario que persigue a “las obreras”, un matrimonio que pelea constantemente ante la mirada de un americano. Muchos de los escarceos sexuales de Antonio no salen bien –elige lesbianas, o las chicas españolas que pretendía evitar-, y, aunque Azcona ha dicho que prefiere los sentidos a los sentimientos, Miguel vive una hermosa historia de amor con Odette, una chica francesa.

“Los europeos” cuenta, con diálogos brillantes y maestría narrativa, una etapa de felicidad que es como una isla, y de la que el protagonista no parece ser del todo consciente: le preocupan el futuro y su propia debilidad, y ese es uno de los ingredientes que hacen que el relato resulte verosímil. “Los europeos” presenta esa mezcla de compasión y ferocidad que aparece en “El pisito” o en “El verdugo”; e incluye a personajes como Antonio, que mienten sin parar y carecen de escrúpulos pero a los que redimen su torpeza y su lealtad inesperada. Como “Belle Époque”, esta novela cuenta un aprendizaje negativo que termina con una renuncia. Sucede en un país que ya no existe: estamos en Europa, los españoles ya no son “cachondos irredentos” y París está mucho más cerca. Pero “Los europeos” también habla de la vida, de la cobardía y las relaciones humanas. Como muchas veces a lo largo de los últimos cincuenta años, Azcona consigue ponernos los pelos de punta: el cristal a través del que veíamos a sus personajes era en realidad un espejo.

Los europeos. Rafael Azcona. Tusquets. Barcelona, 2006. 303 páginas.
El pisito. Novela de amor e inquilinato. Rafael Azcona. Edición de Juan A. Ríos Carratalá. Cátedra. Madrid, 2005.
Rafael Azcona: hablar el guión. Bernardo Sánchez. Prólogo de José Luis García Sánchez. Cátedra. Madrid, 2006. 483 páginas.

**Esta reseña apareció en Artes & Letras, el suplemento cultural de Heraldo de Aragón, en junio de 2006.

*La foto de Rafael Azcona pertenece al archivo del diario El País, que se halla en internet.

HA MUERTO EL GUIONISTA RAFAEL AZCONA

HA MUERTO EL GUIONISTA RAFAEL AZCONA

[Acaba de morir Rafael Azcona, en realidad murió hace dos días, pero la familia lo ha confirmado ahora. Padecía cáncer. Él siempre ha querido pasar inadvertido. Pasar por la vida, con su lucidez maravillosa, pero sin llamar demasiado la atención, sin molestar. En los últimos años, he coincidido varias veces con él. En el verano de 2006, después del homenaje a Julio Alejandro, en mi vieja Serena granate, con poca calefacción, lo traje a él, con José Luis García Sánchez y Luis Alegre, a comer a Zaragoza, a Casa Hermógenes. Acaba de reeditar Los europeos, una novela en la que hablaba de su juventud zaragozana… Una década atrás, en uno de esos días imborrables, que contaba y recreaba mejor que nadie, y que contó y recreó mejor que nadie, antes y después del entierro de Julio Alejandro, hablamos de su vida y de sus misterios, de su arte y de sus amigos, desde Ferreri y Rossi a Berlanga, a los pies del Moncayo. Aquella vez me quedé admirado por ese hombre sencillo: era el talento puro, la inteligencia, la humanidad, el ingenio chispeante, la capacidad de observación, y era sobre todo el interés por lo humano. Creo que fue entonces cuando hablamos por primera vez de fútbol, en concreto de aquel Boszik húngaro, que debió inventar la figura del medio centro con la legendaria Hungría. Rafael Azcona sabía de todo. Y animaba cualquier charla: era una lección de vida, una enciclopedia directa de humanismo, de sensibilidad y de cariño. Le apasionaban Galicia, los viñedos de José Luis Cuerda, las novelas de Fernández Flórez, algunos libros de Manuel Rivas (adaptó La lengua de las mariposas, adaptó El bosque animado, ambas para Cuerda) y Rosalía de Castro. Escribió algunos de los mejores guiones del cine español: El verdugo, Plácido, Ay, Carmela (adpatación de una obra de Sanchís Sinisterra), y siendo un genio indiscutible jamás se dio importancia alguna. Ni siquiera para morir. Copio aquí, como nota urgente, las palabras que escribí en mi blog el 17.06.2006.]  

HUESCA, 17.06.2006
Rafael Azcona (Logroño, 1926) es una de esas personas felices que se han aburrido poco en la vida. Como Julio Alejandro Castro Cardús (1906-1995), que ya dijo en 1988 que no se había aburrido ni un cuarto de hora, tal como recuerda Emilio Casanova en su documental “Julio Alejandro: un mar de letras”. Ha escrito casi cien guiones, muchas novelas, inventó al repelente niño Vicente y conoció en un tiempo lejano la Zaragoza de Ambos Mundos, el Tubo, el Plata y el Oasis, algo que reaparece en la novela “Los Europeos”, que ha reescrito por completo para Tusquets. Más tarde, fue un bohemio divertido que intentaba abrirse camino en el viejo Madrid de la posguerra, que “fue interminable y una auténtica fábrica de castración mental”. Frecuentaba los cafés, coincidía con los grandes creadores de un país a la deriva, y seguramente oyó decir alguna vez a Jardiel Poncela, a ver al taciturno dramaturgo: “Ahí está Buero Vallejo, que en paz descanse”.
Azcona hizo películas para Marco Ferreri, Berlanga y luego para casi medio mundo; en los últimos años forma un pareja de hecho para el cine y para las tertulias con José Luis García Sánchez: ambos, de aquí para allá, exhiben su sentido del humor, el caudal de historias y anécdotas, y además se divierten haciendo películas. Azcona es uno de los hombres más modestos, geniales y apacibles del mundo. En eso también se parece a Julio Alejandro. No presume de nada, no mixtifica nada. Sostiene que el trabajo del guionista se termina en cuanto entrega el texto: luego el libreto pertenece por completo al director. Lo mismo decía Julio Alejandro: él entregaba sus diálogos a Buñuel, que les daba a la vuelta como a un calcetín.

En los últimos años, desde distintos frentes se ha iniciado la reedición de las novelas de Azcona: son crónicas de la posguerra, historias de seres humanos que buscan aliviar la represión a través del amor y del sexo. A Rafael solo le interesa la gente. Es un contador que escucha. Es un fabulador que sabe oír. Y lo más hermoso de él es que mira la vida desde casi los 80 años con la serenidad de quien no tiene ningún resentimiento y de quien sabe que el triunfo más hermoso es el de la alegría. Por eso está radiantemente joven. 
 

30.10.06. POZOBLANCO
Y por allí, en los Encuentros Literarios, organizados por Antonio Rodríguez Jiménez y Serafín Pedraza, anduvieron también, entre otros, dos personajes que son ya medio zaragozanos: Rafael Azcona, que conoció como nadie el Tubo zaragozano y le dedicó algunas páginas en “Los europeos” (Tusquets, 2006) y David Trueba, que tiene en Zaragoza y en la casa de Luis Alegre su segunda residencia en la tierra. Félix Romeo conversó con ellos y los tres provocaron risas, emoción, pálpito de inteligencia y conocimiento. Una noche, de retorno al hotel, me ocurrió algo que me parece digno de un cuento: le canté “Negra  sombra” de Rosalía de Castro a Azcona, una pieza que conocía muy bien por múltiples razones: su adaptación de “El bosque animado” o de “La lengua de las mariposas”, pongamos por caso.  

HISTORIA DE MARGARITA ARTAL A CABALLO

HISTORIA DE MARGARITA ARTAL A CABALLO

[Hace unos días, en Borja me hablaron, durante la comida, de este cuento integrado en Los seres imposibles (Destino, 1998). Como el azar siempre se ramifica, el doctor de cuerpos y almas, el gran cardiólogo Ángel Artal Burriel, que está a punto de ser abuelo por partida doble, me ha enviado la confirmación (o una confirmación lateral, cuando menos) de este relato, que para algunos era pura invención. Algunos me han escrito y me han dicho que ese tal Salustio Bienzobas no era tan sorprendente como otro nombre real del pueblo: Procopio Pignatelli. La realidad produce asombros ilimitados. Y he aquí, según don Ángel, una de las fotos que conserva de Margarita Artal. Como es un hombre dado al misterio, no revela si es de Patricio Julve o no. Don Ángel, que está leyendo con delectación y puro vértigo el libro Cuentos a patadas, es así…] 

MARGARITA ARTAL A CABALLO 

La gente se acostumbró a él y a sus rarezas, pero aún así se hablaba de Salustio Bienzobas más de oídas que de otra cosa. Los rumores se extendían, iban y venían con los trenes, con las tartanas o con el autobús de dieciséis plazas, pintado de amarillo, de Floreal Sánchez que se encargaba de comunicar el pueblo y las casas de campo con la estación de ferrocarril. Hubo un momento en que empezaron a dedicársele romances y coplas burlonas. Unos aludían a sus dos amantes, Eucaristía, mujer madura y generosa de carnes, más ama de llaves que amante, según algunos, y Clara, morena, esbelta y juvenil, primorosa como una flor de primavera. Otras invocaban sus misterios: Salustio Bienzobas era noble y rentista pero atravesaba por épocas de absoluta ruina. Sus compañeros de francachela, los que iban a visitarlo en su quinta de El Salobral, al lado del río Jiloca, le hacían préstamos, igual que Del Val, el vinatero, y Tomás Alegre, el dueño del colmado. De repente, a la vuelta de dos meses, aparecía con un fajo de billetes que se sospechaba que le habían llegado de Italia a consecuencia de lo que el romance llamaba «una herencia italiana de locos amores.»        

Salustio era un bohemio, amigo de tertulias privadas y buen lector. Todo lo contrario que su hermano Sócrates; éste sí se mezclaba con la gente en las tabernas pero pasaba inadvertido. Nunca despertó curiosidad a pesar de que usaba un gorro de astracán y llamaba señoras a todas las mujeres. Carecía de misterio por exceso de simplicidad. En Salustio nada era previsible: lo mismo secuestraba a medianoche a los hombres casados del pueblo para unas manos de guiñote sin advertir a nadie que organizaba una excursión a caballo a la finca de El Castillejo, donde Blasco Ibáñez descansó un par de veranos, o un fin de semana de cacería en la sierra de Albarracín. Lo mismo aterrizaba en una avioneta ante el asombro de Agudo, el controlador del modesto campo de aviación, que no había recibido señales por la emisora, que sustituía a la maestra doña Salvadora en la clase de los jueves por la tarde.
        

Perfecto conocedor de la literatura, su pasión era Juan Ramón Jiménez y en particular Platero y yo. Era tanta su fascinación por aquella prosa sentimental y delicada que jueves tras jueves leyó e hizo leer a los chicos la historia del burro de Moguer; pero su porfía no terminó ahí. El pintor uruguayo Rafael Barradas permaneció durante una larga convalecencia en un pueblo próximo a El Salobral y a Calamocha: Luco de Jiloca. En él se enamoró de una paisana, la cortejó hasta seducirla y realizó numerosos dibujos a lápiz y a plumilla, así como el ciclo solanesco de Los Magníficos. Salustio fue a visitarlo y le entregó un ejemplar dedicado por el poeta. Le dijo: «Don Rafael, me gustaría que le hiciese dibujos para los chicos.» Y así lo hizo, aunque se reestableció y se marchó antes de que concluyese el libro. Dejó un total de 37 láminas a todo color de formato medio. Se dijo que Salustio persiguió al artista por Madrid, cuando empezó a hacer decorados de teatro y lo mejor de su pintura, y que le entregó un poco de dinero para que no olvidase el encargo.
        

Más de treinta años después, el bohemio preguntó quién era el alumno más inteligente de clase y el que tenía mejor letra. «Algás, Angelillo Algás», le contestaron. Y allí mismo, ante todos, aleccionó al niño para que cursase una carta al poeta que se había exiliado en Puerto Rico. La leyó en alta voz. Tenía un fino timbre de cantor y monaguillo. El objetivo de la misiva era que Juan Ramón Jiménez diese permiso para que se imprimiese una edición de Platero y yo, ilustrada con aquellos dibujos de Barradas, para los estudiantes de la comarca: Calamocha, San Martín del Río, Lechago, Luco, Báguena, Burbáguena, etc. El joven se había preocupado de explicar quien se encargaría de todo --«Salustio Bienzobas: profesor, hombre de letras y enamorado de sus palabras, señor poeta»-- y recalcaba un ínfimo detalle que nadie entendió: el volumen llevaría en sus primeras páginas una rama de perejil impresa en línea verde. Al cabo de un mes, en la escuela se recibió una carta escrita a máquina, firmada por la desconocida Zenobia Camprubí Aymar. Angelillo Algás leyó de nuevo: «El maestro está enfermo y no se imagina muy bien el proyecto. Les agradece su interés pero les deniega el consentimiento. Ese país, que también es el suyo, sólo le trae ingratos recuerdos.» Desolado, Salustio no quiso volver a escribir pero sí le enseñó a Angelillo Algás cómo debía mandarse un telegrama: el niño, en nombre de todos, felicitó al escritor cuando le concedieron el Premio Nobel de Literatura. Y a partir de entonces, nació otro rumor: se decía que, finalizada ya la herencia italiana, el bohemio vendía los dibujos de Rafael Barradas, alias el uruguayo, en Madrid y Barcelona para sobrevivir con la dignidad de antaño.
        

El Salobral era y es una finca paralela al río y al camino que conduce al convento de los Concepcionistas y atraviesa la fábrica de mantas Daudén, que tenía concierto con el ejército y fabricaba guerreras, capotes, embozos y gorras. En los alrededores crecen perales, manzanos y chopos. Un manto de tierra roja y llana avanza entre los lirios y los campos de alfalfa. Su  vasto dominio se había convertido en el mejor refugio de Salustio, de sus amantes o amas de llaves y de su enorme perro Sarito. Desde la orilla del Jiloca seguía el tránsito del tren y su negrísima vaharada, oía su bufido evocador, su espasmódico traqueteo, saludaba si estaba de buen genio al maquinista Olegario Cerezo. Allí, en el caserón del siglo XVIII, se sentía muy cómodo, resultaba hogareño y dicen que también algo escandaloso en sus hábitos privados: más de una vez, cuando volvía en bicicleta de dejar a su novia en Los Gascones, Atín Sánchez --conductor de los coches de viajeros de su padre desde los once años--, oyó unos suspiros, unos quejidos acelerados y un grito final que se elevaba por los aires como un bramido de toro. De allí salió otra alusión procaz en las coplas que se cantaban en carnaval.
        

Pero lo más sorprendente de Salustio, ese episodio que forma parte de la leyenda, fue su historia de amor con Margarita Artal. Para muchos ella fue sólo un nombre, una aparición vespertina de El Salobral, el cuerpo intangible de un sueño de enamorado constante. Atín Sánchez lo niega. Dice que él mismo la trajo desde la estación: no se parecía en nada a ninguna de las otras dos. Era rubia, de una edad inconcreta pero muy joven y etérea. «No parecía de este mundo --relató Atín--. Me quedé mirándola fijamente como un tonto y cuando le di la maleta, ante el caserón, me dijo: "No enloquezcas. Soy de carne y hueso y a veces bostezo". Salustio salió a recibirla.» Al poco tiempo empezó a vérsele a caballo, completamente desnuda o vestida tan sólo con un tul de muselina, paseando por la ribera del río, en los límites de la finca. No se fijaba en nadie: llevaba rumbo incierto, aplastaba la carne contra el lomo de la yegua y a medida que se alejaba se fundía con el horizonte, desaparecía como una amazona que se vuelve invisible de golpe.
        

El maquinista del tren que hace el recorrido Zaragoza--Teruel y viceversa la vio un día. Y otro día. La visión era siempre idéntica: aquella piel que se le antojaba de nata, el busto airoso, los pechos agitados violentamente por el galope del animal, la melena. Todos los pasajeros --sobre todo los asiduos-- se percataron del fenómeno: Margarita Artal salía a caballo al atardecer en cueros. Al adentrarse en El Salobral el maquinista reducía la velocidad y se deleitaba con la aparición, que justificaba no sólo sus viajes y la rutina de las señales, sino que se levantase cada mañana. Su vida tardó en recobrar el pulso normal de los acontecimientos. Alguien se apostó entre los matorrales de la ribera y empezó a disparar al tren cuando había aminorado su marcha. Nunca se supo quien lo hizo cinco, seis o siete veces, pero todos dicen que fue Salustio Bienzobas. O sus amigos de parranda y de cacería, a algunos de los cuales había obligado a fuerza de pistola. Desde entonces, el tren pasa a toda velocidad por El Salobral.
        

Hemos dicho que en el pueblo --en las jamonerías, en las tabernas y en la barbería de Ciempicos-- aseguraban que aquella mujer no había existido nunca. Después del incidente, ya no hubo dudas: para todos Margarita Artal era una invención más, un espejismo de mentes calenturientas como la del enamoradizo Atín o como la del maquinista Olegario Cerezo, que incluso presentó una denuncia por agresión en el cuartelillo y solicitó que le cambiasen de línea. Hace no demasiado tiempo, un hallazgo confirmó que Margarita Artal no fue un espejismo tan sólo: el cardiólogo Ángel Artal compró en el rastro de Zaragoza una edición no catalogada de una Historia de Calamocha, escrita por un tal Avechina, que fue secretario de Joaquín Costa en Madrid y experto en el cultivo del azafrán. En su interior halló la única foto que existe de esta criatura imposible, a caballo: el anciano Patricio Julve, no tan viejo entonces, la captó cerca del río cuando pretendía desmontar. La foto debió de ser tomada desde el tren porque está ligeramente movida, aunque el enfoque es correcto.
        

El cardiólogo ha puesto el retrato en un lugar principal de su biblioteca. Cada vez que alza los ojos y ve a la mujer con una nalga en el aire y uno de los muslos afirmándose en el estribo siente una indecible nostalgia y se lamenta de que Margarita Artal no fuese una antepasada suya. Y piensa en lo afortunado que debió ser el fallecido Salustio Bienzobas, enterrado a la sombra de una chopera, junto al río, bajo un epitafio que dice: «Cazó, amó y leyó a Juan Ramón Jiménez.»