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Antón Castro

POEMAS DEL AGUA, 2 / JOSÉ LUIS GÓMEZ TORÉ

POEMAS DEL AGUA, 2 / JOSÉ LUIS GÓMEZ TORÉ

El madrileño José Luis Gómez Toré es un buen poeta, con un mundo propio, con una textura de imágenes y de lenguaje tan honda como aparentemente sencilla. Quizá tenga algo de poeta panteísta. Es un experto en la poesía de Francisco Brines. He prometido que me gustaría incorporar cada día un poema del agua. Leyendo su último libro, Fragmentos de un cantar de gesta (Pre-Textos, 2007), uno de esos libros repletos de matices, de sensualidad, de concentración íntima, he encontrado este poema que me gusta mucho. Y podríamos decir que, como algún otro del volumen, es un poema que tiene el agua como protagonista. 

ORILLAS DEL ARAGUAIA 

Aquel que lee las aguas
descifra un transcurrir de sombra,
un sol que se disuelve
en la evidencia húmeda del tiempo. 

La lancha escribe
una absorta impaciencia
en el sueño del río.
La corriente lo sabe.
El hombre sólo sabe
que este rumor no puede ser espejo.
Mira las aguas, lee
aquello que no es cuando es el río,
el rostro ya borroso
de multitud de nadie. 

Aquel que lee las aguas atesora
callada quietud.
Duerme en sus manos
la blancura perfecta del silencio,
el silencio como vuelo de garzas,
el rumor de algún sol. 

Quién le dice su nombre
cuando ya no es el río
y todavía es esta corriente oscura,
verdadera.

*La foto es de Flor Garduño.

IAN McEWAN: HISTORIA DE UNA NOCHE DE BODAS

IAN McEWAN: HISTORIA DE UNA NOCHE DE BODAS

La noche de bodas es una noche especial. La primera noche oficial. La primera noche en que todo el mundo sabe que dos son uno, que se consuma una ansiedad elaborada, algo especialmente deseado y mágico. Quizá no exista nada tan secreto y enigmático como lo que ocurre entre dos amantes, y la noche de bodas es el principio del misterio, el umbral de algo que puede ser maravilloso. El ovillo de una catarsis corporal. Un festín.

Los tiempos han cambiado, y quizá la noche de bodas ya no sea exactamente así, quizá haya perdido aquel componente de revelación física y emotiva, de ceremonia nítidamente cultural. Ya no es el instante que se borra para siempre la pesada sombra, la apabullante carga de la virginidad. Sin embargo, no siempre fue así. Hasta anteayer mismo, tal vez, los amantes se entregaban por primera vez en esa noche mágica. Desconocían el ritmo de sus cuerpos, el idioma de la piel, los olores, las respuestas. Y a ese instante decisivo de encuentro le ha dedicado su última novela el escritor Ian McEwan "Chesil Beach", un novelista formidable, obsesionado por los calambrazos dramáticos del amor. Algo que ya había explorado en libros como "El inocente", "Amor perdurable" o en "Expiación", por hablar de otra novela que el cine ha devuelto a la actualidad. McEwan, de entrada, parece querer decirnos que probablemente, en contra de lo que se piensa ahora, quienes menos saben del amor y del sexo son dos novios que se casan, esa pareja casi adolescente que inicia una nueva vida y que decide consolidar su pasión.

La noche de bodas es el primer tramo de un viaje hacia el placer, si todo va bien. Y el placer está vinculado con la vida, con la plenitud, con la felicidad. Con el reposo y la confianza en el otro. Y uno a veces se casaba para poder amar cada noche. Ian McEwan n
os enfrenta a ese momento, pero lo hace a su manera. Mediante el arte de la dilación y del retrato, mediante la composición previa de los perfiles de ambos protagonistas: Florence, esa chica de clase media alta, a la que no le ha faltado de casi nada, y Edward, un joven que ha estudiado historia y que se ha abierto camino como ha podido.

McEwan, con sutileza y con un escrupuloso arte de efecto retardado, nos asoma a una ventana hacia el pasado: nos cuenta cómo se han conocido, cómo son sus respectivas familias, cómo toca el violín la joven, cómo se integra en un cuarteto. Nos cuenta cómo son sus paseos, y nos va dando pistas de lo que se avecina. Los dos enamorados están en un hotel con encanto junto a una bella y romántica playa con faro.

Es el año 1962, es la década de la revolución sexual. Empieza el fenómeno Beatles. McEwan habla de canciones, de acontecimientos, de partidos de tenis, de política, todo ello, sin estridencias, como los matices escénicos de un gran drama.
Porque aquí todo se dirige hacia un drama, hacia ese segundo de nuestra vida en el que todo, absurdamente, cambia. Y cambiamos nosotros. Cambian Florence y Edward, cambian porque se asoman a esa habitación con vistas donde al final del espigón o del promontorio se vislumbra algo brutal. Desolador. Enfermizo. Como el espanto.

La novela es breve. El coito se cuenta con absoluta precisión. Se analizan los pensamientos más íntimos, los estados de ánimo y la respuesta casi inverosímil dentro de una novela que lo tiene todo: es desgarrada, es sensual, es poética, se fija en el paisaje, en las luces sobre las olas, en la tibiedad de las sábanas, en los sueños, se fija en la sensualidad, en la belleza de los amantes, en el candor, en la voluptuosidad de un intérprete anudada a un violín.

Esta novela, bellamente traducida por Jesús Zulaika, es como un mecanismo de relojería que muestra el nerviosismo, el temor, la sinceridad, el fraude, e incluso, como sucederá con un personaje, la ausencia de líbido, tal vez la incapacidad de amar con una maestría caliente y cálida que no necesita ni siquiera el énfasis.

NATALIO BAYO: LA PINTURA INTERMINABLE

NATALIO BAYO: LA PINTURA INTERMINABLE

NATALIO BAYO AL GALOPE EN EL CORCEL DEL MITO  

Al principio fueron los caballos. O los gigantes y los caballos, aquellas bestias apacibles que enloquecían a Gericault. Y al principio también apareció la luz en el primer estudio del joven artista Natalio Bayo. Y con la luz, el color. Y con el color, la imaginación, la sugerencia y la evocación. Épila, ese lugar abierto a todos los ponientes, le suministraba las primeras imágenes. Miraba los campos, las colinas, miraba a la gente sitiada en el centro metafísico del mundo y trasladaba al lienzo o al papel aquellas formas, aquellos seres que tenían un parte majestuoso de bondad, una apariencia rústica de candor. Ese universo se iba cobijando en el pincel, en los lápices o en el grafito. Día tras día, Natalio Bayo crecía, o más bien aún: se agigantaba, como el pintor soñador. Y al galope, a lomos del corcel interior de su cerebro, pasaba de los équidos a los gigantes, y luego transitaba por series de atmósfera cotidiana que adquirían carácter simbólico de denuncia: las latas, las ataduras, los paquetes, las palomas.

         A primera vista, aquella figuración de lo inmediato no parecía un grito ni un ejercicio persistente de ironía o de rebelión. Pero luego, en cuanto se miraban esas series con detenimiento o con su envés, se veía su poder de detonación. Allí, en cuadros y dibujos, Natalio Bayo asumía que no vivíamos en el mejor de los planetas. Asumía que la noche oscura del desgarro se prolongaba y aherrojaba las pulsiones imprescindibles de libertad, y ahí estaba su grito, su apacible metáfora a favor de la libertad. ¿Qué pensamientos indomables recorrerían las venas del “Pensador cansado”, ese andariego metafísico, desdibujado por las luces del campo, que se cruza de brazos como quien parece vencido o vapuleado por la melancolía y el silencio? ¿No es ese gigante el mismo tal vez que el que reaparece, algo más tarde, en forma de “Astronauta”? ¿Y esas cajas informes, y esos paquetes que lloran una sangre interior y desesperada de años, de todos los años de posguerra, tal vez, y esa metamorfosis de hombre y paloma, que constituyen un nuevo acercamiento a un bestiario alegórico, a qué aluden, qué mensaje encierran, qué les duele, qué bomba a punto de estallar y de arrasar la tierra se oculta en su convulsa poética de los objetos? El artista elaboraba su código de signos, su abecedario de asuntos e intenciones, y de vez en cuando iba soltando al viento sus quimeras: una mujer podía compararse con un cometa que se extravía en el aire entre vencejos, un hombre aspiraba a ser astronauta o paloma que surca los celajes. La paloma, que encarna una idea de paz, posee en todas las religiones un aroma de espiritualidad y de poder de sublimación; por ejemplo, los eslavos consideran que el alma toma forma de paloma, después de la muerte. En cierto modo, para un pintor fantástico como Natalio Bayo, su porfía con las palomas era como la expresión de un deseo definitivo de vuelo.

         Él también estaba dispuesto a volar como artista. Ya había descubierto algunos de sus dones: poseía un gran sentido del dibujo, encontraba la precisión, la línea exacta de expresividad con una naturalidad laboriosa, y se había ido forjando una pasión por la pintura y el mito. El mito, también en su oficio, es un intento de contar las cosas de una vez para siempre. O de pintarlas y de repintarlas a diario con nuevos gestos, con una pintura empastada y a espátula sobre tabla, o en los reinos extenuantes del grabado. El color lo llevaba en el fondo de los ojos; sólo tenía que despertarlo y avivarlo aún más. Lo hizo observando no sólo el agro en lontananza, esa naturaleza amada que le había dado el fulgor y la sombra; lo hizo alargando sus temas y sus estudios pictóricos hacia Italia. Quiso beber en todas las fuentes y en todas las iconografías: intuyó ya entonces, próximos a finalizar los años 70, que él se sentía un pintor de argumentos, un pintor narrativo desde el uso apasionado de la materia, un pintor histórico y un pintor de historias dispuesto a crear su propio mundo en connivencia con otras estéticas. Ahí estaban Arcimboldo o El Bosco, pero también los artistas del Renacimiento, y decidió abrazar una orientación neorrenacentista, o manierista, a la manera de Natalio Bayo. De ese viaje interior -que era el fin de partida de sucesivos viajes a Florencia, Roma o Venecia- surgió otra vibración de la claridad, un desorden incontenible de la creación y una vasta colección de paisajes fantasmagóricos, sí, fantasmagóricos, porque fluctuaban entre la decrepitud, la exuberancia, la alusión al vacuo y circunspecto poder, las narraciones góticas y una serie de personajes de época envuelta en una tormenta de rojos. Curiosamente, junto a un parentesco inequívoco con el Renacimiento, había huellas visibles del romanticismo y de un surrealismo que, incluso, creemos recordar, se permitió jugar con lo conceptual a la manera de René Magritte. ¿Recuerdan aquel caballero que se miraba al espejo y el azogue le devolvía desde el fondo a un monstruo?

         Ese período fue determinante. El pintor Natalio Bayo afirmaba otros pilares de su mundo, la materia visual de su pintura y de su filosofía. Y lo fue ampliando afirmándose en la tierra del origen: Aragón, claro, y con Aragón sus vinculaciones con la legendaria Corona de Aragón, con la mitología de San Jorge, el dragón y la mujer (Natalio es un inagotable pintor de mujeres), la nobleza, los inquisidores, otros personajes como Aznar y Galindo o el Papa Luna, por citar ejemplos concretos. Pero como Aragón posee un vasto universo de tradiciones y leyendas, Natalio Bayo también ensanchó su campo de experimentación hacia el espacio legendario, el fértil territorio de la memoria mítica, siempre impregnado de un aire italianizante y, por supuesto, de una carga lírica incuestionable. Realmente, esa manera de recrear la realidad y los sueños nunca desaparecerá de su paleta, ni de sus grabados, ni de sus dibujos, ni de sus libros de artista, que los tiene de todo tipo y en multitud. Hacemos aquí una pequeña parada para recordar que quizá se trate del pintor que ha realizado el mayor volumen de trabajo de este tipo. Ahí están proyectos como “Vida de Pedro Saputo” (Oroel, 1989) con texto de Braulio Foz; “San Jorge, la doncella y el dragón” (Oroel, 1989) con fragmentos de Ana María Navales; “Aragón monumental y artístico” (Oroel, 1990), en el que colaboró con Gonzalo Borrás; “Chrysaor”(Oroel, 1995), donde ilustró un cuento sobre gladiadores en la antigua Cesaraugusta de Guillermo Fatás, que suponía una puerta de luminoso acceso al mundo grecolatino tan admirado por el artista, o “Canciones de amor” (Ehón, 1997), inspirado en los textos amatorios del cantautor José Antonio Labordeta. No citamos aquí todos los proyectos para no fatigar al lector.

         Más tarde, a mediados de los años 80 también abrazó el universo pop, especialmente con un sesgo íntimo de abundantes guiños familiares. En los 90 volvió a los caballos, glosó a Monet, Gericault, De Chirico, Sánchez Cotán, a Goya probablemente y a Picasso, podríamos decir que invirtió al menos cinco años en esa nueva serie, fijó algunos asuntos clásicos que siempre le habían interesado, y continuó ahondando en sus bestiarios con dama, en sus caballeros, en sus retratos y autorretratos, en una producción muy extensa y coherente que avanza y se redondea, que se dilata en sugerencias e interpretaciones donde sigue restallando el cromatismo, las formas, los paisajes oníricos, las recreaciones y las continuas lecciones de historia.

         Natalio Bayo es un pintor de obsesiones o, si se prefiere, de temas. Hemos hablado de su pasión por la mujer. En el fondo, y a la larga, es la gran protagonista de su trabajo de muchos años: pinta a las mujeres de todas las maneras y en todas las posiciones, en cualquier ambiente. Desnudas, provocativas, como diosas (veamos la obra “Granada” de 1991, ¿no nos sugiere a una diosa antigua y carnal que se alza desde la Alhambra ante un paisaje ideal del paraíso?), como compañeras cotidianas o como mujeres fatales, entre bestias, ya sea el elegante dálmata, el potro albino, el gato enigmático y solitario, una cigüeña o acaso un cisne que nos lleva a pensar en Leda. Esa presencia de las damas sigue presente con toda su potencia de sensualidad, de idolatría y de lascivia, como ocurre en “Viento indiscreto”, donde presumimos un viento que acaricia y descubre la porosa piel de la mujer que nos ofrece su cuerpo confiado, tendido sobre nieve y sueño.

         Natalio Bayo también es un pintor de cabezas. Las pinta con esos sombreros que parecen árboles o banderas al viento, con turbantes de flores decrépitas o de plumas; las pinta con máscaras de toda índole que nos proponen siempre un sinuoso juego de identidades, en medio del opulento campo de batalla del color, esa tentación que no cesa. Esta muestra que nos ofrece el galerista y anticuario Carlos Gil de la Parra es un inventario y una síntesis de la labor del artista, una antología de la luz, la imaginación y el delirio de pintar. Nada menos que todo un mundo: el de la pasión por la pintura.

*Esta tarde, a las 19.30, en el Salón de Actos de la Librería Central, el pintor presenta Natalio Bayo. La pintura interminable* (Mira Editores), escrito por Rafael Ordóñez Fernández, crítico e historiador del arte, y por el editor Joaquín Casanova. [Hace algo más de un año, escribí este artículo sobre la obra y los temas y las obsesiones de Natalio, un autor al que le han dedicado extensas monografías estudiososo como Miguel Logroño, Cristina Gil Imaz o Gonzalo Borrás, entre otros. Autor de libros de bibliofilia o de artista, uno de sus últimos proyectos es Bestiario de Javier Tomeo, editado por Prames, e ilustrado con suntuosidad y cromatismo por el artista de Épila.]

   

UN POEMA DE ANÍBAL NÚÑEZ

UN POEMA DE ANÍBAL NÚÑEZ

Desde hace algún tiempo tengo en mi desorden infinito de libros, revistas y periódicos un libro muy hermoso, muy sugerente, de ésos que invitan a fabular, a soñar la vida de un poeta. Se trata de Cartapacios (1961-1973) de Aníbal Núñez (lf ediciones. Selección y estudio a cargo de Fernando R. de la Flor y Germán Labrador. Salamanca, 2007. 166 páginas). Es un delicioso libro para fetichistas con fotos del poeta y traductor de Rimbaud. Esta mañana, tras levantarme, hice algunos ejercicios físicos mientras repasaba “Aragón: Libro del agua”; poco después abro el correo y veo que Rafael Castillejo (www.rafaelcastillejo.com) me escribe, como a otros muchos, y recuerda que tiene varias novedades en su web, entre ellas esta fabulosa foto de 1969. Me dije: quiero empezar a colgar poemas sobre el agua, me dije qué bella es esta foto, me dije, cómo me gusta este poema “Birthday of the rain” de Aníbal Núñez. Y aquí están: 

BIRTHDAY OF THE RAIN

 hoy es el cumpleaños de la lluvia
es el anivesario del anillo
que se cayó en el agua al cabo de un año
de narciso en la fuente el funeral de ofelia
ahogada entre cubiertas de automóvil
hoy es el cumpleaños de la lluvia
el centenario de afrodita
surgiendo de las olas
el milenio hoy se cumple del diluvio
universal y llueve como siempre

de arriba abajo, sí, de arriba abajo.


*Grupo de majorettes de Corita Viamonte en el estadio de La Romareda en las fiestas del Pilar de 1969. Foto del archivo de Rafael Castillejo, cantante, divulgador musical y apasionado de la música de todas las épocas. Zaragocista y zaragozano hasta el tuétano. Casi me atrevería a decir que la foto la tomó Antonio Calvo Pedrós.

RUBÉN DARÍO: LOS RAROS RARÍSIMOS*

RUBÉN DARÍO: LOS RAROS RARÍSIMOS*

En 1893, Rubén Darío cumplió el sueño de todo escritor del momento: visitar París. Enrique Gómez Carrillo, periodista, aficionado a los duelos y luego marido de Raquel Meller, le presentó a Alejandro Sawa, el hombre que inspiró Luces de bohemia a Valle--Inclán, a Paul Verlaine y a Jean Moreas, entre otros. Gómez Carrillo asistía a las reuniones de la revista La plume. El encuentro con Verlaine en el café d'Harcourt fue delirante; el viejo poeta bebía un líquido verdoso y parecía haber perdido toda lucidez. Gómez Carrillo intentó hacerle una entrevista; ante su resistencia, intermedió Darío invocándole la calidad de su poesía y la gloria con un discurso acaso grandilocuente. Verlaine lo miró de pies a cabeza, con más asco y displicencia que otra cosa, y replicó: "La Gloire? La Gloire? Merde!". Con Moreas las cosas fueron mejor: conversaban en los cafés "ante animadores bebedizos" y ambos sentían debilidad por las almendras de los mercados y las salchichas. Moreas vivía exclusivamente para la poesía, viajaba en tranvía y cobraba una pensión desde Atenas de su tío el rey Jorge.        

Darío no estuvo muchos meses en París, pero sí los suficientes para conocer el desarrollo del simbolismo y para engrandecer su fama de galanteador. Sedujo a "la gallarda Marión Delorme, la cortesana de los más bellos hombros". Se instaló en Buenos Aires y empezó a colaborar en La nación, donde fue publicando "un conjunto de artículos sobre los principales poetas y escritores que entonces me parecieron raros, o fuera de lo común". El proyecto recibió una gran acogida y fue recopilado en un volumen en 1896 en Río de la Plata. Y en 1905 apareció en Barcelona y Buenos Aires una segunda edición corregida y aumentada de Los raros, incluía dos nuevos textos sobre Camilo Mauclair y Paul Adam.
        

Los raros consta de 22 piezas de intensidad, género y extensión diferentes acerca de otros tantos escritores que se oponían a los modelos imperantes, "fuerzas de choque, catapultas ante las murallas escondidas de la preceptiva", les llama Pere Gimferrer en su propia versión de Los raros (1985). Uno de los aspectos que sobresale en el conjunto son las polémicas y las disputas entre viejos y nuevos románticos, los parnasianos y los simbolistas. Así, entre libelo y libelo, sabemos que Catulle Mendés y Jules Bois dirimieron con pistola sus diferencias estéticas (ninguno de ellos tiene voz propia en el texto, aunque Mendés es invocado una y otra vez) o que el melancólico Eduardo Dubus, cuya lírica oscilaba entre la música de violines y la melancolía, se batió en duelo varias veces.
        

¿Quiénes son los protagonistas de este libro excepcional, nacido del entusiasmo, de la generosidad crítica, de la lectura y de la pasión por un movimiento y unas existencias, entre sublimes, alucinadas y miserables, en los que Darío se reconocía? Desde Poe, el solitario y enigmático Conde de Lautréamont, cuyo verdadero nombre ni se conocía, a Ibsen o el portugués Eugenio de Castro, autor al cual Darío coloca al lado de d'Annunzio y le sirve para trazar una historia sincrética de la lírica del país vecino. El volumen se abre con la nota acerca de un libro que podría ser un espejo para Los raros: El arte del silencio de Camilo Mauclair, un ensayo profundo sobre autores que fascinan al nicaragüense y que rondarán una y otra su análisis, como los excluidos Baudelaire, Mallarmé y Flaubert, o el incluido Edgar Allan Poe, el escritor que encarnó "la psicología de la desventura" y que fue, para Rubén Darío, el príncipe de los poetas malditos. El ensayo que le dedica es lúcido y hermoso: conjuga vida, la descripción de varios daguerrotipos --"aquella alma potente y extraña estaba encerrada en hermoso vaso"-- y la interpretación de su obra, acariciada por la sombra de la muerte. Lautréamont es un espíritu paralelo a Poe: blasfemo y lúgubre, un raro visionario y un profeta que escribió para sí mismo.
        

Darío siente una gran predilección por Leconte de Lisle, cuya inspiración abarca a Valmiki y a Homero, a quien tradujo. Aunque "el jefe más famoso de los simbolistas" era Verlaine, y a la vez "el más grande de todos los poetas de este siglo". La visión de Rubén Darío, a pesar de los halagos, es durísima: lo visita en el hospital casi cadáver y recuerda que se defendía en vano del Demonio mediante la plegaria. De la lujuria no podía curarse en modo alguno: "Rara vez ha mordido cerebro humano con más furia y ponzoña la serpiente del sexo. Su cuerpo era la lira del pecado. Era un eterno prisionero del deseo". En el fondo, el propio Darío no estuvo muy lejos de esa imagen: el alcohol y su insaciable concupiscencia le martirizaron, y le redimieron, a lo largo de toda su vida.
        

La imagen del conde Villiers de L'Isle Adam resulta tan tierna como patética: vivió pobre, no pudo celebrar su triunfo (a pesar de obras como Cuentos crueles, La Eva futura o el drama Axel) y desposó en el mismo lecho de muerte a una mujer, joven e inculta, con la cual había tenido un hijo. León Bloy es el hombre del elogio difícil, el fanático y desesperado libelista a quien casi todos desprecian e ignoran. A George D'Esparbés lo compara con Benito Pérez Galdós. Siente el autor de Prosas profanas la muerte del cubano y escritor en francés Augusto de Armas. Y, entre otros, valora muy positivamente la producción de Paul Adam, novelista y periodista que se ha retirado a vivir al campo, de Ibsen, "el hermano de Shakespeare", y sobre todo de José Martí, a quien le destina una bellísima necrológica y una apasionada defensa de su poesía y de su compromiso cívico: "En comunión con Dios vivía el hombre de corazón suave e inmenso, aquel hombre león de pecho columbino, que pudiendo desjarretar, aplastar, herir, morder, desgarrar, fue siempre seda y miel hasta con sus enemigos".
        

Evidentemente, el autor se equivocó en algunos juicios e incurrió en desmesura en otros, pero resulta sincero, deslumbrante en sus explicaciones, en su prosa rítmica y variadísima, en su erudición. Éste es un libro sobre la creación, la perversidad y la locura, la inspiración y los poetas -"esos amables y luminosos pájaros de alas azules"-, y el supremo afán de la Belleza, que persiguieron tanto estos raros rarísimos como el propio Rubén Darío.
        

Hace ahora una década, Libros del Innombrable, el estupendo proyecto del poeta, narrador y editor Raúl Herrero, recuperaba la edición definitiva del libro con prólogo de Juan Ramón Jiménez.
 

*Los raros. Rubén Darío. Prólogo de Juan Ramón Jiménez. Libros del Innombrable. Zaragoza, 1998. 304 páginas.  

EL PIROPO: OTRA FOTO DE CATALÀ-ROCA

EL PIROPO: OTRA FOTO DE CATALÀ-ROCA

¿Se referiría Sánchez Harguindey a esta foto de Català-Roca cuando habla de “El piropo”, un tema que han tratado muchos fotógrafos neorrealistas españolas e italianos, desde Miserachs a Mario de Biasi? Sospecho que se trata de ésta…

LA ESPAÑA DE CATALÀ-ROCA, HOY EN "EL PAÍS"

LA ESPAÑA DE CATALÀ-ROCA, HOY EN "EL PAÍS"

[No tengo el gusto de conocer a Ángel Sánchez Harguindey, pero es uno de esos periodistas sólidos a los que siempre te apetece leer. Es un auténtico maestro, como lo es Manuel Vicent, a quien le debo más que a nadie que yo me dedique al periodismo y que ayer firmaba un extraordinario artículo sobre Francis Scout Fitzgerald y su esposa Zelda, que acabó loca. Hoy me lo he pasado muy bien leyendo este reportaje de Sánchez Harguindey en El país, al que le dedica dos estupendas páginas. Lo leí, junto a una jaula de caña, mientras esperaba que José Cruces, fotógrafo de Garrapinillos instalado ahora en Cangas de Onís, con su mujer Tamara, fotógrafa e hija de fotógrafo. José Cruces también es hijo del fotógrafo Javier Cruces, el gran maestro de Garrapinillos que ha logrado dos premios Goya, al que le revela desde su nueva residencia en Asturias.

Todos los fines de semana acude a la casa familiar, y estos días está realizando un curioso proyecto: retrata a sus paisanos con un objeto que les haya marcado la vida de alguna manera. Tamara le da un número a los vecinos y anota sus historias. A mí me tocó el 167, pero había dado hasta el 187. Le han llevado de todo: muñecos, motocicletas, bicicletas, fotografías, cuadros, una máquina de escribir Hispano Olivetti, pequeños enseres que tienen una peripecia evocadora o entrañable. En el estudio improvisado, José conversa un poco con la gente, la mira con paciencia y compone sus fotos que serán para una exposición y para un libro. Aún no ha decidido si serán en color o en un cuidado blanco y negro, como el de Francesc Català-Roca, uno de mis fotógrafos favoritos desde hace muchos años. Por eso me ha producido tanta alegría este texto de Sánchez Harguindey.

Mientras esperaba mi turno, me llamó Marcos Ruiz para conversar a dos bandas con Javier Tomeo, en la sección “Sala de Lectura” de su programa de Aragón Radio. Estábamos en ésas, hablando de “Los amantes de silicona” (Anagrama, 2008) y me llegó mi turno. Tomeo de repente preguntó: “¿Por qué hay tanto ruido de fondo?”. Y le dije lo que estaba ocurriendo: fue casi una información en directa, una información un tanto surrealista que hizo reír a Marcos Ruiz, un excelente profesional. Cuelgo aquí una foto de Català-Roca, y más arriba otra a la que se alude en el texto: la pintoresca “El piropo”, que vale por varios cientos de páginas de sociología de un país.] 

LA REALIDAD EN BLANCO Y NEGRO

Fotografías inéditas del maestro Francesc Català-Roca retratan la España de los años cincuenta  

Por ÁNGEL SÁNCHEZ HARGUINDEY*

"Yo pensé que había nacido en un momento inoportuno; ahora veo que no. Era la plenitud del blanco y negro, y el inicio de las miles de posibilidades del color. Fueron unos momentos en que nos habíamos acostumbrado a ver la realidad en blanco y negro. Hasta entonces todo había sido color en los cuadros, en los retablos, pero la fotografía nos dio una realidad cromática diferente con la que hacíamos lo que los pintores: retratos. Y hasta la II Guerra Mundial nosotros hacíamos lo que los pintores", así se explicaba Francesc Català-Roca (1922-1998), uno de los fotógrafos esenciales de un tiempo y un país en el que han surgido un importante número de extraordinarios fotógrafos.Una parte inédita de esa plenitud en blanco y negro podrá verse a partir del martes en la galería Tiempos Modernos de Madrid. Procede de su ingente archivo -180.000 fotografías y 17.000 hojas de contacto- que sus herederos han cedido temporalmente al Colegio de Arquitectos de Cataluña para clasificar, conservar, restaurar y difundir. A ello habrá que añadir que la España que refleja, la de los años cincuenta, era también un país de blancos y negros, con pocos o ningún matiz de color.

Una España que salía lentamente de la autarquía, que aún no había recibido un turismo internacional que tanto cambiaría la vida cotidiana, con sabor a pobreza y represión por más que algunos señoritos consideraran que era una época dorada: "Ya no quedan aquellos camareros maravillosos que teníamos, que les pedíamos un cortado, un no sé qué, mi tostada con crema, la mía con manteca colorada, cerdo, y a mí uno de boquerones en vinagre y venían y te lo traían rápidamente y con una enorme eficacia", comentó recientemente el ex ministro del PP Miguel Arias Cañete sobre una comanda que, dicho sea de paso, equivalía al menú de fin de semana de una familia sin tantos posibles, por ejemplo la del maravilloso camarero.

Català-Roca muestra en estas fotografías aquella España de los segadores, de las hogazas de pan y las vendedoras ambulantes con la dignidad de los delantales blancos, la de los artesanos de los caballos de madera y los toros de entrenamiento, la de las bicicletas y los peatones con bolsas en las manos, una España sombría que también vio, entre otros muchos, William Klein: la de los tranvías, los guardias urbanos y las gentes en los alrededores de Las Ventas. La de las calificaciones eclesiástico-morales de las películas ("gravemente peligrosa", anunciaban con frecuencia estimulando, naturalmente, la imaginación morbosa de quienes hacían todo lo posible por verlas), la España que Arias Cañete no debió de ver nunca deslumbrado como estaba por la eficacia de los camareros y que coincidía cronológicamente con la Italia del neorrealismo.

"Yo no soy un fotógrafo -explicaba Català-Roca- de estos que van con la cámara pegada al hombro y disparan muchas fotografías. No. Yo veía una escena en la calle y en mi cabeza surgía la fotografía. Luego iba con mi cámara, en aquellos años una Rollinflex, y recuperaba esa fracción de la realidad. Hacía muchachos tocando el órgano, escenas de toros, niños, ancianas, todo aquello que llamara mi atención y que fuera algo que yo viera a punto de desaparecer". Hacía eso y mucho más, como esa fantástica foto, El piropo, en la que el exultante joven que dice algún elogio o alguna barbaridad a dos modosas damas divide la escena callejera: a la izquierda tres sacerdotes y un policía nacional; a la derecha, las impertérritas damas y la población civil. Una instantánea que contiene un mundo.

Su concepto de la fotografía, su estilo, están muy cerca del de Cartier-Bresson, uno de los grandes maestros de todos los tiempos que, curiosamente, también fotografió la España marginal, la de los ilegales que tanto molestan a quienes desayunan copiosamente: "Tanto Bresson como yo reaccionamos casi violentamente contra la fotografía manipulada que hacían Man Ray o mi mismo padre. Luego he comprendido que en su momento debían hacerlo así, pero entonces me parecía horrible". Eran los tiempos de El cochecito y El pisito, años en los que los cafés acogían día tras día a todos aquellos que buscaban el calor humano, escasos como estaban de calefacción hogareña, en los que los soldados paseaban por la Gran Vía madrileña sin otra cosa que hacer que mirar los escaparates o contemplar a las señoras en los ratos de ocio que les dejaba el "Todo por la Patria".En los años cincuenta todavía no habían desembarcado en el poder los del Opus Dei. Fraga Iribarne ya era Consejero Nacional del Movimiento y Procurador en Cortes. Poco después ocuparía el ministerio de Información y Turismo.
Curiosamente, una parte importante de la campaña de imagen de España se la encargó al fotógrafo serbio Josip Ciganovic aunque fotógrafos españoles como Català-Roca, Pomés, Miserachs, Rivas, Suárez o Centelles ya habían demostrado su excelente oficio. Paradojas de los conservadores: España y Fraga Iribarne eran diferentes. Quizá una fotografía como la de los gitanos en la falda de Montjuïc no era oportuna. Ahí está representada la España que, suponemos, tanto molesta a Arias Cañete: madres con niños en brazos, descampados con aguas residuales, perros callejeros, espectadores con boina y un cuadro flamenco al que no le falta de nada salvo un lugar decente donde mostrar su arte. Seguro que no lejos de allí hacía lo propio Carmen Amaya, preparándose con su gente para triunfar en Nueva York y asar sardinas en los somieres del Waldorf Astoria.

Sirvan, pues, estas fotografías de homenaje a uno de los grandes cronistas gráficos de una España que fue y afortunadamente ya no es cuando se acaban de cumplir los diez años de su muerte.

**Foto de Catalá-Roca: La Chunga con fábrica detrás.

SONETO DE LA DULCE QUEJA

SONETO DE LA DULCE QUEJA

SONETO DE LA DULCE QUEJA 

Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua y el acento
que me pone de noche en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas, y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío.

No me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi Otoño enajenado.
 

* Uno de mis sonetos favoritos: “Soneto de la dulce queja” de Federico García Lorca. Pertenece al ciclo “Sonetos del amor oscuro”. La foto es de la actriz Eva Mendes, que cumplía esta semana 30 años. Amancio Prada lo canta espléndidamente en un álbum que tenía al aragonés Agustín Serrano al piano.