Blogia

Antón Castro

'TURIA' RECUERDA A RAMÓN ACÍN

'TURIA' RECUERDA A RAMÓN ACÍN

CLARA USÓN PRESENTARÁ LA REVISTA

EN HUESCA EL PRÓXIMO 22 DE NOVIEMBRE

[Nota de Raúl Carlos Maícas y de la propia revista.] La revista TURIA, que será presentada por la escritora Clara Usón en la Diputación de Huesca el próximo martes 22 de noviembre a las 20 horas, publica un espectacular monográfico en homenaje a Ramón Acín. Con motivo de cumplirse este año el 80 aniversario de su muerte, y desde la convicción de que sin memoria no hay cultura posible, TURIA ha creído necesario realizar una amplia labor de análisis y divulgación de la obra de un personaje único e irrepetible.

 

A través de 150 páginas de textos inéditos, un total de 14 autores ofrecen una aproximación plural, rigurosa y atractiva a “un hombre de escandalosa ejemplaridad cuyo único defecto fue su bondad”, según lo describiera su coetáneo y  destacado intelectual republicano Rafael Sánchez Ventura. Y es que, en ese eterno debate entre el arte y la vida, son pocos los que como Acín se empeñaron “en hacer de cada vida una obra de arte y de cada arte una vida”, en palabras de su amigo Felipe Alaiz.

 

Sin duda, la condición de creador multifacético y comprometido de Ramón Acín, su humanismo y su perfil libertario, hacen de él un creador singular en el panorama español del siglo XX y convierten a su legado en un patrimonio ético y estético, literario y artístico, merecedor de una mayor y permanente difusión global en español. Una tarea de fomento, de redescubrimiento de la obra de Acín entre el lector de habla hispana, a la que TURIA puede y quiere contribuir.

 

No en vano, y como bien subraya Carlos Mas Arrondo en el artículo introductorio del monográfico, “cuando en agosto de 1936 lo asesinan, se le declara ‘el extremista más peligroso de Huesca’. Había sido más que espectador pasivo, un ciudadano que participaba desde la opinión y la acción en multitud de campos de la vida local y nacional. Alcanzó algo más inquietante que el poder, la influencia”.

 

Fundada en 1983, TURIA conseguido convertirse en una de las publicaciones periódicas culturales de referencia y ha situado a Teruel en el mapa literario en español, gracias a su difusión nacional e internacional por suscripción. En sus páginas han publicado más de mil autores de diversas procedencias estéticas e ideológicas, lo que da idea de la riqueza y pluralidad de sus contenidos. Como reconocimiento a su labor, la revista obtuvo en 2002 el Premio Nacional al Fomento de la Lectura.

 

Clara Usón (Barcelona, 1961) es una de escritoras más valiosas del panorama literario español actual. Ahora, con su intervención en Huesca como presentadora de la revista cultural TURIA, respaldará con su presencia en esa filosofía de trabajo que viene caracterizando la trayectoria de TURIA: ser capaz de reunir en sus páginas lo universal y lo local.

De manera periódica, la revista ha dado cabida a textos inéditos suyos o ha reseñado varios de sus libros. En este nuevo número, TURIA publica su testimonio narrativo titulado “Abuelito, ¿qué hiciste en la guerra?”.  Un trabajo literario de Clara Usón que la vincula con sus raíces familiares oscenses.

ES LA HORA DE RAMÓN ACÍN

Ramón Acín (Huesca, 1888-1936) es un ejemplo de artista total y de ciudadano comprometido. Su vida fue breve pero intensa y muy fructífera: “Ramón es un señero creador de la vanguardia española que desea estetizar la vida para hacerla más habitable y humana. Simultáneamente comprende que es imposible que la belleza tenga lugar en un mundo injusto y por ello pretenderá la revolución social y el cambio pedagógico para que la estética ocupe plaza y pueda celebrarse”, se nos dirá en TURIA.

 

Algunos han calificado a Ramón Acín como el “García Lorca aragonés” tanto por su desbordante creatividad como por su trágica muerte al inicio de la guerra civil española. Recordemos, en ese sentido, que ambos fueron asesinados por los rebeldes al gobierno legítimo de la República en agosto de 1936.

 

Tras un largo periodo de forzoso olvido, la actual etapa democrática ha ido recuperando progresivamente para la cultura española la enorme dimensión de lo que hizo y cómo lo hizo. Una tarea de redescubrimiento a la que TURIA se suma ahora. Porque aquel ser poliédrico llamado Ramón Acín siempre mereció la pena y ha llegado la hora de recrear su vida y su obra, de conocerla a fondo, de leer sus textos y de visualizar sus trabajos gráficos.

 

Además, este abanderado del arte de vanguardia desde la periferia, llevado por su afán pedagógico llegó a inventar una mesa-caballete declarada de utilidad para la enseñanza del dibujo, promovió el que los escolares de la época se realizaran sus propios libros e impartió clases en su propia casa a niños de familias con escaso poder adquisitivo, complementando su labor docente en la Escuela de Magisterio.

 

No olvidemos tampoco que fue el libertario y pacifista Ramón Acín quien financió, con el importe del premio “gordo” de la Lotería de Navidad que en 1932 cayó en Huesca, la película “Tierra sin pan” de su amigo Luis Buñuel. Lo había conocido en París y en los créditos de aquel célebre filme documental aparecerá como ayudante de dirección.

 

El monográfico de TURIA sobre Ramón Acín ha sido coordinado por José Domingo Dueñas y Víctor Pardo Lancina, reconocidos expertos en su obra. Lo integran los siguientes trabajos inéditos: “Entre el arte y la vida: El caso de Ramón Acín”, de Carlos Mas Arrondo; “El compromiso poético de Ramón Acín”, de Concha Lomba Serrano; “Ramón Acín o la creación plena: el artista en sus escritos”, de Jose Domingo Dueñas; “Pedagogía libertaria”, de Víctor Pardo Lancina; “Ramón Acín, (sobre todo) dibujante e ilustrador”, de Fernando Alvira Banzo, “El profesor Acín en su contexto socioeducativo, 1914-1936”, de Juan Mainer; “La Fundación Ramón y Katia Acín”, de Ramón García-Bragado; “Fortuna crítica de Ramón Acín”, de Manuel García Guatas; “Sol y Katia Acín en el laberinto”, de Ismael Grasa; “’Tú eres antes que todo’. La correspondencia entre Ramón Acín y Conchita Monrás”, de Víctor Juan; “Ramón Acín y el aragonesismo”, de Antonio Peiró Arroyo y “Ramón Acín y la Asociación provincial de periodistas de Huesca”, de Julio Alvira Banzo.

 

También se reproduce un fragmento del texto que, sobre el célebre monumento aciniano de ‘Las Pajaritas’ de Huesca, elaborara el pintor Antonio Saura en 1988.  Con esta iniciativa, TURIA quiere rendir tributo de gratitud y reconocimiento a la malograda galerista y crítica de arte oscense María Jesús Buil. Un desgraciado accidente de circulación acabó con su vida y la de su compañero Ángel Ramírez el pasado mes de septiembre cuando tenía previsto elaborar un artículo para el monográfico Acín titulado “El discreto encanto de Las Pajaritas”.

 

Cierran el cartapacio de TURIA sobre Ramón Acín dos trabajos elaborados por Emilio Casanova Gil: una antología de textos bajo el título de “Palabra de Acín” y una pormenorizada biocronología.

TURIA es una revista de periodicidad cuatrimestral que tiene una edición en papel y otra digital (web y Facebook). Está publicada por el Instituto de Estudios Turolenses de la Diputación de Teruel, el Ayuntamiento de Teruel y el Gobierno de Aragón. Este número dedicado a Ramón Acín ha sido posible gracias al apoyo de la Diputación de Huesca y ha contado con el mecenazgo de la empresa Aragonesa de Servicios Públicos.

 

UN TEXTO DE RAMÓN ACÍN: “ASÍ SOY YO”

 

En la breve antología de textos de Ramón Acín que ha elaborado Emilio Casanova, se incluye este fechado 1913 y que transcribimos por su interés como autorretrato:

 

“Odio todas las cosas, que las cosas todas tienen su lado odioso; las amo a todas, que todas tienen algo que las hace amables. Por eso mi lápiz y mi pluma (los dos torpes, de principiante) se mojan en dos colores: uno rosa, como las mejillas de las adolescentes; el otro negro rojizo, como el color de los ataúdes a medio pudrir y las gangrenosas heridas de puñalada. Si alguna vez hubiese de dibujarme un ex-libris, sería éste: una chulona tocando unas castañuelas, y bailando sobre el agujereado cráneo de un uncido.

 

El término medio en todo, donde están los horteras, los prácticos, los adaptados, me asquea; si alguna vez dejase de ser revolucionario, con la puntera de la bota metido en la anarquía, sería para irme a un monte, a vivir en una ermita y llamar, como el místico, al agua “hermana agua”, y al lobo “hermano lobo”. Soy español, y como si no fuese bastante esto para estar orgulloso, soy aragonés”. 

 

 

 

 

HIPÓLITO G. NAVARRO: PASIÓN POR EL CUENTO

Hipólito G. Navarro regresa a

su género favorito:  el cuento

 

Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) es, según su editor, el zaragozano Juan Casamayor, “el más importante de nuestros cuentistas actuales”. Se le emparienta con los autores latinoamericanos (Julio Cortázar, Julio Ramón Ribeyro, Juan Rulfo, “a los que he leído mucho”, dice), pero ante todo es un escritor sorprendente, con personajes cotidianos y a la vez extravagantes, un tanto impredecibles. En su niñez y adolescencia encuentra asideros de narrador: su padre tenía bares y era un fabuloso aficionado al boxeo: “Perico Fernández y Urtain figuraban entre sus dioses. Entonces, en los 60 y 70 el boxeo era importante en España, formaba parte de las conversaciones de los adultos, pero  a mí  no me gustaba quizá porque no lo entendía”, dice.

Su padre era alcohólico y esa condición fue fuente de desdichas en casa. Murió cuando su hijo mayor tenía 16 años. Hipólito G. Navarro le rinde un homenaje en el último cuento del volumen ‘La vuelta al día’ (Páginas de Espuma), que presentó en Los Portadores de Sueños. “Ese cuento, ‘La poda y la tala de los árboles frutales’, vale por todo un libro y quizá una vida. Hay muchas cosas dentro de él y hay una historia familiar que me marcó mucho: en casa solo había esa guía práctica con dibujos. He encontrado una foto donde mi padre está talando con otros compañeros y la incorporo”.

Cuando mira hacia atrás, Hipólito G. Navarro, halla otras fuentes del narrador que es: su abuelo, que había sido herrero en Nueva York, le surtía de historias de personajes, de puentes, de hechos inverosímiles. Y también está su condición de niño desubicado en el colegio: malo en el fútbol, algo enfermo, con dolencias inesperadas, que se mezclaba con las chicas y oía sus historias. Quizá la suma de todas estas incidencias haya hecho de Hipólito G. Navarro, que trabaja de corrector en el Boletín Oficial de Andalucía, un autor desconcertante y original. Como ha ido probando en diversos libros. Llevaba casi una década sin publicar relatos inéditos, tras ‘Los últimos percances’ (Seix Barral, 2005). “Con ese libro y con ‘El pez volador’ (Páginas de Espuma, 2008), que preparó Javier Sáez de Ibarra, me pasó algo increíble: recibí muchas críticas y cartas positivas de los lectores y de los colegas. Fue como una tormenta de cariño. No exagero. Y en todo este tiempo me entró miedo, más miedo que sentido de la responsabilidad: temía decepcionar a tanta gente que había sido tan maravillosa conmigo. A este hecho se sumó otro: en 2005 murió mi madre, que ha sido siempre la primera lectora de mis cuentos”.

Por fin, aquí está ‘La vuelta al día’, un volumen de 22 piezas, repartidas en cinco partes, que toma el título de un cuento donde le rinde homenaje a Julio Cortázar. “Esto también responsabiliza. No puedes hacer cualquier cosa pensando en Cortázar. A mí me marcó mucho sobre todo ‘Historias de cronopios y famas’, un libro que leí con mucha pasión a la vez que leía ‘Cómo acabar de una vez por todas con la cultura’ de Woody Allen”. Ese cuento, ‘La vuelta al día’ es un viaje a la juventud de amor, paseos y cine, y es también la constancia de que ni en la pasión ni en el sexo el tiempo avanza en vano.

“En mi vida y en mi familia hay muchas historias que parecen fábulas, magia, que son dramas, pero yo escribo para no aburrirme. Escribo de lo que no sé. Si lo tengo todo previsto me aburro y lo dejo. Improviso como un músico de jazz y corrijo y corrijo luego porque un cuentista, que se mueve en poco espacio, no puede desperdiciar dos frases. Soy perfeccionista y busco que la frase tenga un sonido natural en el oído”, agrega.

Le interesan los pequeños y grandes temas. Los seres  modestos y quizá un tanto alucinados. Raros. “Locos, no. Me da mucho miedo la locura. Y también huyo del drama. Me inclino por el humor y por el leve disparate. De hecho, tres de mis escritores de cuentos favoritos son Álvaro Cunqueiro, Antonio Pereira y mi paisano Fernando Quiñones, que poseían mucho humor. No tengo una teoría del cuento: exploro, experimento, juego y me divierto”, resume. 

PERICO FERNÁNDEZ: UNA ENTREVISTA...

PERICO FERNÁNDEZ: UNA ENTREVISTA...

PERICO FERNÁNDEZ: UN DIÁLOGO

Perico Fernández, en una foto de David Barreiros.

 

“Cuando estás arriba

crees que te quiere

todo el mundo”

 

El púgil, ex campeón de Europa y del Mundo de los pesos superligeros, sobrevive a su pasado de leyenda en una pensión gracias a su vocación de pintor y es objeto de un poemario de Octavio Gómez Milián y Juan Luis Saldaña

 

SUMARIOS

-“Ahora vivo en una fonda, pago quince euros por día y tengo que vender muchos cuadros para sobrevivir”

-“¿Pintar? Necesitaba distraerme, espantar la soledad, divertirme. He pintado siempre”

-“Pintar me relaja mucho, me gusta, me divierte y es la mejor manera que tengo para pasar el tiempo”

-“En el primer asalto Furuyama me rompió una costilla. Tóqueme. Aún la llevo desencajada”

-“He sido muy golfo. He fumado y fumo mucho, lo he bebido casi todo, y ahora lo estoy pagando”

 

 

ENTREVISTA

A Pedro Fernández (Zaragoza, 1952) no le sobra nada. Ni siquiera memoria. Para disculparse de la cabeza borradora del tiempo, dice: “Es que tengo azúcar en la sangre y se me van las cosas, los nombres y las fechas”. Quizá le sobre un cierto aire de desamparo y de perplejidad: los avatares de la vida le han dejado un tanto noqueado y con una mirada intensa, de asombro constante y de un candor que se alza desde sus ojos de agua. Conversamos en el restaurante El Mangrullo, donde su dueño Rogelio lo recibe, lo protege, “y me da de comer cuando no tengo nada, me ofrece sus mejores carnes. Es una persona maravillosa”. Perico siempre va de aquí para allá con sus cosas: los cada vez más desdibujados recuerdos del doble campeón del mundo de los pesos superligeros, algunas sombras del ayer –no siempre recuerda los nombres de sus mujeres, de las madres de sus cinco hijos-, su cajetilla de cigarrillos y sus cuadros: cuadros taurinos que suele hacer con pintura acrílica con un leve dibujo del toro y el torero y el estallido del rojo de la capa o del capote. Si algunas veces pudo parecer furioso, ahora Pedro Fernández -el Perico Fernández que venció a Kid Tano, a Tony Ortiz, a Lion Furuyama y a Joao Henrique, entre otros muchos, en las más de cien peleas que realizó- es un hombre apacible y tierno, con sentido del humor y una leve sonrisa de niño. Dicen de él –lo han dicho Mariano Gistaín y José Antonio Ciria en ‘La vida en un puño’; lo decía Alberto Maestro en ‘En esta esquina… Perico Fernández’- que siempre ha tenido alma de chiquillo, pícaro, indomable y sentimental: a veces había que buscarlo jugando con los niños, oyendo sus historias, contándoles sus noches de gloria. Para los escritores Octavio Gómez Milián y Juan Luis Saldaña en su plaquette ‘Perico Fernández que estás en los cielos’ (Libros del (a) Imperdible’ (2011), también es un icono pop, un rebelde, un ídolo que grabó un disco. Dice con humor: “Fue un single. Por una cara cantaba una canción de amor y por la otra pedía disculpas por haber cantado tan mal”.

Pedro, ¿le habría gustado conocer a sus padres?

No los conocí y tampoco quise saber nada de ellos. Nunca tuve curiosidad. Esa es para mí una historia dolorosa. Yo fui un niño de hospicio…

¿Qué prefiere decir: hospicio u Hogar Pignatelli?

Yo siempre hablo de hospicio. En un hospicio crecí: en Calatayud y en Zaragoza. Es muy duro ver cómo todos tus compañeros reciben visitas de familias que les traen lo que a ti te gusta, chocolate, pasteles, galletas, un cuento, y a ti no viene a verte nadie. Mis compañeros a veces me daban.

¿Tenía buenos amigos allí dentro?

Supongo que sí. Años después me he reencontrado con gente como el sastre José Calvo, un gran profesional. La vida allí no fue fácil: estudiaba poco y lo que más hacíamos era jugar al fútbol, que me gustaba mucho. Recibí bastantes palos. Poco después me dio por meterme en el boxeo.

¿Cómo le dio por ahí?

Les pegaba a todos, si hacía falta. Tenía cualidades.

¿Era el matón del lugar?

No, hombre, no. Era el más fuerte, el más flamenco. Sabía pelear y no tenía miedo. Si se metían con algún amigo, allí estaba yo para defenderlo. Y de eso allí se dieron cuenta. Un día, uno de los trabajadores de la ebanistería del hospicio, Manuel Lozano, me sugirió que a lo mejor era mi camino.

¿Y qué hizo?

De vez en cuando salíamos del centro. Y me fui a la calle Cánovas, al local de la Federación Aragonesa de Boxeo. Me gustó aquel ambiente. Era un refugio a los golpes que recibía con un palo de escoba. Recuerdo que me hice amateur y que cobré por algunos combates 200 pesetas. Le hablo de finales de los 60. Y eso me hacía mucha ilusión.

Allí tuvo su primer preparador: Juanito de la Parte, ¿no?

Ya no recuerdo todos los nombres.

¿Cómo entró en contacto con Martín Miranda?

Él venía a ver a los chavales jóvenes y era un enamorado del boxeo. Tenía un gimnasio con sus hermanos. Y un día me dijo si quería ir con él. Me daba consejos, intentaba enseñarme, aunque yo no siempre le hacía caso. ¿Qué podía enseñarme a mí, si yo ya sabía boxear?

Bueno, él había sido boxeador y era un estudioso del pugilismo.

Él era promotor de boxeo y no siempre jugó limpio conmigo, pero ya se murió hace algunos años y no quiero hablar mal de él. Me metió en casa con sus hijos, a los que quiero. Quería que entrenase y yo a veces no entrenaba, no me gustaba nada correr, y hacía cosas que no debía. Yo era así, terco, no quería que nadie me dijera lo que tenía que hacer. Yo estaba golpeando el saco o dándole al ‘puching ball’ y él me corregía. “Así no, Pedro, así…” Me volvía y le respondía de malas maneras: “¡Me vas tú enseñar a mí o qué!”.

Con todo, Martín Miranda fue decisivo en su carrera. En apenas año y medio pasó de ser campeón de España a campeón del mundo.

Visto desde aquí, resulta fácil, pero fue durísimo. Ni yo mismo me lo creía. Pero también sufrí lo mío: tuve peleas muy fuertes, rivales duros…

Por ejemplo, aquel cordobés batallador e incansable, Tony Ortiz, al que ganó el campeonato de Europa en abril de 1974.

Sí, claro. Él había dicho que me iba a ganar de calle. Luego no fue así, pero le digo una cosa: no recuerdo casi nada de aquel combate. En realidad, el combate más terrible que hice fue contra el brasileño Joao Henrique, en Barcelona, en la defensa del título del mundo. Era un boxeador muy bueno, un estilista. Sus golpes me hacían mucho daño. Estaba un poco desesperado, y salí a por él: quería cazarlo, lo hice en el noveno salto y lo mandé a la lona. Yo tenía una mano derecha mortal, un terrible golpe de crochet. Me felicitó en brasileño y me dijo que tenía mucho porvenir y una gran pegada.

Nos hemos dejado atrás el combate más importante de su vida: el 21 de septiembre de 1974, apenas dos meses después de proclamarse campeón de Europa ante Ortiz, peleó con Lion Furuyama en Roma.

Era un japonés durísimo. Aquello fue un milagro. En el primer asalto me rompió una costilla. Tóqueme, tóqueme aquí, por favor. Aún la llevo desencajada tantos años después. Yo me habría retirado: sentía un dolor insoportable, y se lo dije a Martín Miranda y a José Couto. Iba a abandonar. No podía ni quería boxear. Me dijeron que de ninguna manera debería hacerlo. Resistí. Resistí. Y aún no sé cómo lo hice, le metí una buena mano en el séptimo asalto y gané a los puntos.

¿Cómo vivía aquel ambiente, cómo vivió aquella noche?

Qué le puedo decir. Imagínese: había pasado del hospicio, castigado por las monjas, ya sabe que también me echaron luego por una pelea, a campeón del mundo. Había pasado del taller de pintura y de ebanistería a lo más alto. Y además había cobrado un millón de pesetas. Todos eran amigos y admiradores de Perico, hasta Franco.

¿Fue esa su mejor bolsa?

No, no. La mejor fue la de la segunda defensa del título en Bangkok, ante Saensak Muangsurin. Me pagaron cinco millones.

Esa pelea marcó un antes y un después en su trayectoria. Fue en abril de 1975. ¿Qué pasó?

No lo tengo nada claro. Míreme, mire cómo muevo los brazos todavía. Bueno, pues entonces, nada de nada. No podía moverme. Yo creo que me habían dado algo en la comida o en la bebida, porque ni podía moverme. Fue ‘la puta calor’ y algo más. Esa pelea para mí sigue siendo un misterio. El único que conoce el secreto es Martín Miranda. Y se lo llevó con él para siempre.

¿Recuerda cuándo empezó a pintar?

Yo había sido en el hospicio pintor de brocha gorda. Y en las concentraciones –en Torrelodones, en las instalaciones con lago de Jesús Gil y Gil, en Barcelona, en los hoteles…- me ponía a pintar. Necesitaba distraerme, espantar la soledad, divertirme. He pintado siempre: al principio pintaba de fotos, luego hice abstracción, luego he hecho muchas pinturas de toros. Siempre me han gustado los toros y los toreros, y aún los sigo haciendo. ¿Le digo una cosa?

Por supuesto.

No tengo nada. Ni aspiro a nada. Cuando estás arriba te lo crees todo: crees que te quiere todo el mundo. Rechacé una portería a un alcalde de Zaragoza. No quiero un piso en propiedad ni en alquiler, pero me gustaría que me dejaran un sitio para ir a pintar todos los días. Solo ambiciono eso: un espacio, un taller. Ahora vivo en una fonda, pago quince euros por día y tengo que vender muchos cuadros para sobrevivir. Hay días que solo tengo para un bocadillo, pero eso no me importa. ¿Es necesario que le cuente esto? Pintar me relaja mucho, me gusta, me divierte y es la mejor manera que tengo para pasar el tiempo.

¿Cree que hoy haría las cosas de otra manera?

Me he equivocado en muchas cosas. Hacía lo que me daba la gana, no me fiaba de nadie. He sido muy golfo. He fumado y fumo mucho, lo he bebido casi todo, y ahora lo estoy pagando. He tenido varias mujeres, y dejé a la única que me quiso de veras: Rosalía Núñez Tena. Me había cansado de ella. No sé por qué, porque era un golfo, un sinvergüenza. Nadie ha querido al hombre, al ciudadano Pedro y no al campeón, como ella. Un día me paró por la calle y me dijo: “Pedro, esa chica que va por ahí es tu hija y ese es tu nieto”. Ni lo sabía. He tenido cuatro mujeres y tengo cinco hijos.

Pedro, ¿cómo sueña su futuro, está bien en Zaragoza?

Me encuentro muy solo. Y no me gusta la soledad. Me gusta y no me gusta la ciudad. A veces pienso: “¡Con lo que yo he sido: ahora todo es lamentable! ¿Qué amigos tengo ahora?”. A veces me consuelo a mí mismo y me digo: “Menos mal que he perdido memoria”.

 

 

DESPIECE

 

Un campeón sin miedo y demasiado terrenal

 

Perico Fernández parece un personaje de García Márquez o de Ignacio Aldecoa. Cuando estaba en la cima del mundo, merced a su derecha tremenda y a su boxeo de guardia norteamericana y buena esquiva, era un auténtico ídolo: igual departía con Franco en El Pardo que  efectuaba un saque de honor del Real Zaragoza y se abrazaba con Pelé, o agotaba las noches bohemias con Carlos Diarte o Saturnino Arrúa, las figuras de los ‘zaraguayos’. Y conversaba con José María García, con Mando Ramos -aquel púgil que se enfrentó en tres ocasiones a Pedro Carrasco-, con Alfredo Evangelista o con Pepe Legrá. Perico peleó hasta a los 33 años (en 1984 batalló ante Gianfranco Rosi por la corona europea sin éxito), tras haber sido varias veces campeón de España, campeón de Europa de superligeros y ligeros, y campeón mundial de los superligeros.

La vida de Pedro Fernández Castillejos está llena de anécdotas y de autoafirmación. Una de sus frases preferidas era: “Soy como soy. No puedo cambiar, y hay que aceptarme”. Confiesa que ha tenido muchas relaciones, pero que “jamás me he acostado con mujeres famosas, de esas que salen en las revistas del corazón. He salido muchas noches con los futbolistas Arrúa y Diarte, y bebía con ellos, pero poco más. No he estado en la cárcel: tantas cosas malas no habré hecho. He fracasado en el amor, y no supe distinguir a quien me amaba a mí y a quien quería estar con el campeón del mundo”. Asoman otros amigos, como Benito Escriche, tan hermanado en la vida y en el pugilismo. Y la pintura siempre es su norte: regaló muchos cuadros cuando era el mejor y luego, arruinado tras cuatro separaciones, ha vendido lo que ha podido. Este jueves, en el Teatro Principal, Perico Fernández, el hombre a quien Bunbury dedicó el disco ‘Flamingos’, vuelve a estar bajo los focos: Octavio Gómez Milián y Juan Luis Saldaña presentarán su poemario ‘Perico Fernández que estás en los cielos’. Ahora, el campeón tampoco tiene miedo y también está sobre la tierra.

COHEN, POR GUILLERMO BUSUTIL

COHEN, POR GUILLERMO BUSUTIL

El otoño siempre es igual. Deshoja de nuestra memoria una estrella, un blues, un viejo amigo del que aprendimos cosas de la vida y del alcohol. 
Ha sucedido con Leonard Cohen, crooner del folk y trovador de traje americano, con voz carnosa entre sombras de noche y olas del amanecer, poniéndole cuerdas de nylon a la poesía del tiempo, del amor, del sexo, de las cicatrices, de Lorca, de cualquier historia del camino en el que la vida se baila o se silba cuerpo a cuerpo.
De cada una nos contó con un swing de elegante tristeza descreída y una penumbra de seducción azul.
Al igual que un caballero de un libro pasado de moda, como un pájaro en un cable, como ese viajero que se despide Borgart con un beso en blanco y negro, nos enseñó a ir al río de la mano de Suzanne a comer naranjas,
a despedirnos hasta luego del amor,
a ser partisanos en cualquier batalla que nos afecte como imperfectos seres humanos.
A intentar ser libres a nuestra manera,
y a estar preparados para morir con la dignidad de un brindis.
Suficiente para sentir que te vas Príncipe,
que al otro lado del puente, con la maleta de tu guitarra en una mano, nos saludas con el sombrero en alto
y nos susurras una vez más
que nada ni nadie nos congele el corazón.
Hallelujah Mr. Cohen.

-- 

*Leonard Cohen con Suzanne Vega.

ROSA MONTERO Y 'LA CARNE'

ROSA MONTERO Y 'LA CARNE'

«El amor físico puede ser una cárcel» 

 

Rosa Montero presentó ayer ‘La cárcel’ (Alfaguara), una novela de amor, soledad y miedo a la vejez, en la librería Los portadores de sueños

 

Rosa Montero presenta esta tarde, en diálogo con Luis Alegre, su nueva novela: ‘La carne’, la historia de una mujer madura que pierde la cabeza por un prostituto. Soledad es comisaria de exposiciones, prepara un proyecto sobre escritores excéntricos para la Biblioteca Nacional, y decide contratar a un joven, Adam, para dar celos a un amante que la acaba de abandonar. A partir de ahí sobreviene lo inesperado. La escritora madrileña resume -en una charla en su casa madrileña, próxima al Retiro, con sus dos perras-, algunas claves del libro y de su escritura a través de diversas palabras significativas.

Vivir. «El ser humano es capaz de volver a empezar, una y otra vez, después de estar convertido en un moco en el suelo».

Madurez. «Ya soy suficientemente mayor para contar una historia de mi entorno sin que mi pequeña vida pierda o se empequeñezca. Ya domino esa distancia, la que decía Julio Ramón Ribeyro, “una novela madura exige la muerte del autor”. Muerte metafórica, que el yo del autor no exista, que se borre».

‘La carne’. «Me interesaba contar el vértigo de la vejez no solo como deterioro físico, sino en todos los sentidos. La enfermedad que está agazapada. Soledad es una hipocondríaca total. ‘La carne’ es una novela sobre el miedo a la muerte pero también de miedo a lo que la vida te ha hecho…»

El amor. «He llegado a la conclusión como persona, y además recientemente aunque parezca extraño, que el amor mueve al mundo. El amor y el desamor. El amor mueve el mundo en general. Y en ‘La carne’ quería llevarlo al extremo, no solo de desesperación, sino llevarlo al extremo de preguntar “qué he hecho con mi vida y no he conocido el amor”, que es lo que hace Soledad. Por otro lado, ‘La carne’ es una metáfora de todos, o de muchos, porque la gente casi siempre piensa, incluso la que ha tenido relaciones, más o menos satisfactoria, más o menos prolongadas, que no ha conseguido del todo ser feliz».

Juventud y deseo.  «Soledad, la protagonista de ‘La carne’, comisaria de exposiciones, se vuelve loca. Se enamora. Aunque había tenido otras relaciones, regresa con decepción de una historia de amor con un hombre más joven también, aunque casado, y dice: “No había vuelto perseguir a nadie hasta ahora”. Antes se había estado protegiendo porque se tenía miedo a sí misma. El amor físico puede ser una cárcel. Y lo he querido decir. La novela se titula ‘La carne’ porque es la carne que nos envejece, que nos mata, que nos aprisiona, y a la vez es la carne sexual, la carne que nos facilita un sueño de pasión; es la carne que nos permite ser eternos aunque sea un instante. El sexo pasional como el de Soledad, es una explosión de vida, de plenitud, la sensación de sentirse querida. Di de inmediato con el título y me pareció que era el más exacto, que aludía a todo lo que yo quería aludir».

Literatura. «Lo único comparable para mí con el amor pasional es el arte, en mi caso es escribir, la literatura, pero supongo que todo el arte es así…»

Adam, el prostituto. «Puede ser muchas cosas: un inocente, un niño, un desvalido, un superviviente. He intentado escribir una novela no convencional y huir de algunos prejuicios sobre un personaje como el gigoló, un inmigrante que busca su sitio como puede».

«¿Por qué escribo?». «Busco el sentido de la existencia. La escritura para mí es un viaje del conocimiento, del descubrimiento. No escribes una novela para enseñar. La escribes para aprender. Para poner un poco de luz en tus inquietudes y en tus obsesiones. El auténtico compromiso del novelista es escribir la novela más auténtica que sepa».

 

FICHA

‘La carne’. Rosa Montero. Alfaguara. Madrid, 2016. 240 páginas. (La foto es de Heraldo).

 

FAN HO: ARTE DE LA LUZ Y LA SOMBRA

FAN HO: ARTE DE LA LUZ Y LA SOMBRA

PILAR LORENGAR: OPINIONES

PILAR LORENGAR: OPINIONES

Pilar Lorengar (Zaragoza, 1928-Berlín, 1996) despertó admiración y cariño. Fue una mujer bondadosa y llena de humanidad. Constituye con Pilar Bayona, Luis Galve, Eduardo del Pueyo, Antón García Abril y Daniel Montorio, por citar nombres incuestionables, una de las figuras capitales que dio la música aragonesa al mundo en el siglo XX. Recogemos aquí algunas de las valoraciones de sus compañeros, de especialistas, de críticos o de seguidores. Algunos testimonios están recogidos en su primera biografía: ‘Pilar Lorengar, una aragonesa en Berlín’ (DGA / Universidad de Zaragoza) de Sergio Castillo y Alejandro Martínez, que también puede verse y leerse como el mejor complemento a la exposición que se exhibe en el Instituto Aragonés de Arte y Cultura Contemporáneos ‘Pablo Serrano’. Por cierto, se presenta este martes.

PLÁCIDO DOMINGO: “Ella y yo nos entendimos enseguida, como era lógico entre dos cantantes españoles que se encuentran en el extranjero, tan lejos de su patria. Pero es que además había entre nosotros un nexo más, ya que Pilar había nacido en Zaragoza, precisamente la ciudad donde yo había pasado algún tiempo de mi infancia y de la que todavía hoy guardo imborrables recuerdos. Mi abuela paterna, nacida en La Codoñera -en Teruel- regentaba un restaurante en el Tubo de Zaragoza y Pilar había crecido no lejos de allí, en el barrio de El Gancho. Mi padre nació de hecho en Zaragoza, en 1907. Siempre he dicho que corre sangre aragonesa por mis venas. Todo aquello hizo que Lorengar y yo nos entendiésemos desde el primer día, como dos auténticos maños. (…) No fueron demasiadas las ocasiones en las que pude compartir el escenario con Pilar Lorengar, pero sin duda todas ellas fueron intensas y han quedado guardadas en mi memoria. (…) Pilar era un ser maravilloso, angelical, su voz y su alma reflejaban un mismo encanto, una misma dulzura. (…) Era una mujer de raza, una persona espléndida y una artista completa”.

 

JESÚS LÓPEZ COBOS. “Mantuvimos una relación muy estrecha, era deliciosa; siempre hacía las cosas en silencio. Pocos antes del 9 de junio de 1990, la fecha de su última representación en Berlín, me llamó para preguntarme si yo podría dirigir ‘Tosca’, pero solo me dijo que sería su última función una semana antes. Y lo mismo ha sucedido con su muerte. No quiso que nadie lo supiera, ni siquiera su hermano. Yo hablé apenas diez minutos antes de su muerte con ella, y no me comentó nada, no se quejó, estuvo como siempre y se ha ido como vivió siempre: sin querer hacer ruido”. “Pilar fue, por lo que toca a su profesión, el perfeccionismo en persona. Y su belleza exterior quedó reflejada siempre en su modo de cantar, en su presencia escénica y en su vida privada. Todo en ella fue bello y su sentido de la estética presidió todos los actos de su vida. Pocas veces me he encontrado con una persona que transmitiese tantas sensaciones positivas, tanta alegría de vivir. (…) Pilar vivió su profesión al máximo y con una dedicación absoluta. Para ello pienso que renunció incluso a la maternidad, por temor a no poderla compaginar con su profesión. Para mí fue el ejemplo perfecto de honestidad artística. Siempre estará en mi olimpo personal de artistas universales”.

ODÓN ALONSO. “Era una mujer luminosa, deslumbrante, que irradiaba paz y dulzura. A ellas le gustaría que la recordáramos siempre con una sonrisa. Tenía Pilar los atributos profundos de la belleza; era bella en su naturaleza, en su espíritu y en su arte”.

ÁLVARO MARÍAS. “Pilar Lorengar es una de esas cantantes que merecen el mayor de los respetos: su carrera es un símbolo de inteligente, de seriedad, de constancia, de profesionalidad en el mejor sentido de la palabra”.

MIGUEL ÁNGEL TAPIA. El pianista y director-gerente del Conservatorio conserva espléndidos recuerdos de Pilar Lorengar. Vivió con ellas algunos momentos imborrables. “Primero. Cuando vino a cantar al Principal, se enteró de que yo era pianista y que le podía hacer algunas escalas. Así lo hacíamos. Aprovechaba para vocalizar, para realizar pequeños ensayos, y yo la oía embelesado. Siempre me fascinó su suavidad, su modo de cantar, su sencillez y, si puedo decirlo así, su piel blanquísima. Segundo. Un día me llamó y me dijo que quería cantar el ‘Ave María’ de Gounod ante la Virgen. Ella siempre tuvo gran cariño hacia la música religiosa. Hablé con el Cabildo y todo se puso en marchar. Me pidió que tocase el órgano. En teoría, nadie había grabado aquel instante mágico. Maravilloso. Histórico. Algunos años después, la periodista de Radio Zaragoza Conchita Carrillo me dijo: “Tengo algo muy especial para ti”. Me dio una cinta de casete. Lo oí y era aquella grabación. Se la llevé a Daniel Ríos, al Laboratorio de Sonido, y repartí algunas copias. Creo que es algo muy entrañable que define a Pilar Lorengar: su amor a la ciudad, a la música y al Pilar”.

 

PILAR TORREBLANCA. Soprano y discípula de Pilarín Andrés, era una de las grandes amigas de Pilar Lorengar. Participó en su homenaje póstumo en el Auditorio, con Miguel Zanetti al piano, y con Alfredo Kraus, Pilar Márquez, Pedro Lavirgen y Sergio García. Estuvo con ella en Berlín, en Madrid y en Zaragoza. “’Loren’, así le decíamos sus amigos, me llamaba siempre. Me daba consejos de todo tipo: de repertorios a elegir, sobre todo. Era sencilla y humilde. Yo estaba siempre a su lado: la acompañé cuando cantó el ‘Réquiem’ de Giuseppe Verdi, luego en un homenaje que recibió en Madrid; estuve con ella cuando dio el pregón, antes de cambiarse y después, y el día que cantó en el Pilar. Había muy poca gente; Pilar Andrés, a la que admiraba por sus métodos de respiración, también. Cantó ante el altar, y yo, llorando, me quedé en el coreto pequeño. Miguel Ángel Tapia estaba como un flan al órgano, y ella igual, nerviosísima y emocionada. Fue algo impresionante, maravilloso. Enferma ya, se estaba despidiendo de su Virgen del Pilar. De Pilar Lorengar me gustaba el color de su voz. Su constancia. Trabajó intensamente. Tenía un pequeño problema que era un poco su secreto: una voz con un trémolo algo mayor que lo natural, y se esforzó en dominarlo. Tiempo después vio que algunos cantantes exageraban esa vibración. Les preguntó por qué lo hacían. Le contestaban que era por parecerse a ella. Y Pilar me dijo una frase de Baltasar Gracián: “Benditos sean mis imitadores porque de ellos serán mis defectos”. Le he visto cantar cosas increíbles: la Desdémona de ‘Otello’, el ‘Don Carlo’, los temas de ‘lied’. Su voz tenía luz, igual que ella. Estaba cargada de sutileza y de luminosidad en la forma de cantar. Era sencilla, humilde y normal. Ella y Alfredo Kraus poseían una normalidad que no he visto en nadie”.

 

MIGUEL ZANETTI. “Pilar Lorengar fue una de las personas con las que mejor me he entendido personal y musicalmente. Era un placer trabajar con ella y se distinguía por una honradez musical excelente. La acompañé en varios de sus últimos recitales: en Berlín, en Murcia y en Oviedo, cuando se le concedió el Premio Príncipe de Asturias de las Artes de 1991”.

JACQUELINE BISSET POR HARRY BENSON

JACQUELINE BISSET POR HARRY BENSON

HARRY BENSON: RETRATO DEJ ACQUELINE BISSET

Una espectacular foto de una modelo y actriz tan bella como Jacqueline Bisset. El retrato, de 1968, es de Harry Benson, el fotógrafo escocés nacido en 1929.