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Antón Castro

HIPÓLITO G. NAVARRO: PASIÓN POR EL CUENTO

Hipólito G. Navarro regresa a

su género favorito:  el cuento

 

Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) es, según su editor, el zaragozano Juan Casamayor, “el más importante de nuestros cuentistas actuales”. Se le emparienta con los autores latinoamericanos (Julio Cortázar, Julio Ramón Ribeyro, Juan Rulfo, “a los que he leído mucho”, dice), pero ante todo es un escritor sorprendente, con personajes cotidianos y a la vez extravagantes, un tanto impredecibles. En su niñez y adolescencia encuentra asideros de narrador: su padre tenía bares y era un fabuloso aficionado al boxeo: “Perico Fernández y Urtain figuraban entre sus dioses. Entonces, en los 60 y 70 el boxeo era importante en España, formaba parte de las conversaciones de los adultos, pero  a mí  no me gustaba quizá porque no lo entendía”, dice.

Su padre era alcohólico y esa condición fue fuente de desdichas en casa. Murió cuando su hijo mayor tenía 16 años. Hipólito G. Navarro le rinde un homenaje en el último cuento del volumen ‘La vuelta al día’ (Páginas de Espuma), que presentó en Los Portadores de Sueños. “Ese cuento, ‘La poda y la tala de los árboles frutales’, vale por todo un libro y quizá una vida. Hay muchas cosas dentro de él y hay una historia familiar que me marcó mucho: en casa solo había esa guía práctica con dibujos. He encontrado una foto donde mi padre está talando con otros compañeros y la incorporo”.

Cuando mira hacia atrás, Hipólito G. Navarro, halla otras fuentes del narrador que es: su abuelo, que había sido herrero en Nueva York, le surtía de historias de personajes, de puentes, de hechos inverosímiles. Y también está su condición de niño desubicado en el colegio: malo en el fútbol, algo enfermo, con dolencias inesperadas, que se mezclaba con las chicas y oía sus historias. Quizá la suma de todas estas incidencias haya hecho de Hipólito G. Navarro, que trabaja de corrector en el Boletín Oficial de Andalucía, un autor desconcertante y original. Como ha ido probando en diversos libros. Llevaba casi una década sin publicar relatos inéditos, tras ‘Los últimos percances’ (Seix Barral, 2005). “Con ese libro y con ‘El pez volador’ (Páginas de Espuma, 2008), que preparó Javier Sáez de Ibarra, me pasó algo increíble: recibí muchas críticas y cartas positivas de los lectores y de los colegas. Fue como una tormenta de cariño. No exagero. Y en todo este tiempo me entró miedo, más miedo que sentido de la responsabilidad: temía decepcionar a tanta gente que había sido tan maravillosa conmigo. A este hecho se sumó otro: en 2005 murió mi madre, que ha sido siempre la primera lectora de mis cuentos”.

Por fin, aquí está ‘La vuelta al día’, un volumen de 22 piezas, repartidas en cinco partes, que toma el título de un cuento donde le rinde homenaje a Julio Cortázar. “Esto también responsabiliza. No puedes hacer cualquier cosa pensando en Cortázar. A mí me marcó mucho sobre todo ‘Historias de cronopios y famas’, un libro que leí con mucha pasión a la vez que leía ‘Cómo acabar de una vez por todas con la cultura’ de Woody Allen”. Ese cuento, ‘La vuelta al día’ es un viaje a la juventud de amor, paseos y cine, y es también la constancia de que ni en la pasión ni en el sexo el tiempo avanza en vano.

“En mi vida y en mi familia hay muchas historias que parecen fábulas, magia, que son dramas, pero yo escribo para no aburrirme. Escribo de lo que no sé. Si lo tengo todo previsto me aburro y lo dejo. Improviso como un músico de jazz y corrijo y corrijo luego porque un cuentista, que se mueve en poco espacio, no puede desperdiciar dos frases. Soy perfeccionista y busco que la frase tenga un sonido natural en el oído”, agrega.

Le interesan los pequeños y grandes temas. Los seres  modestos y quizá un tanto alucinados. Raros. “Locos, no. Me da mucho miedo la locura. Y también huyo del drama. Me inclino por el humor y por el leve disparate. De hecho, tres de mis escritores de cuentos favoritos son Álvaro Cunqueiro, Antonio Pereira y mi paisano Fernando Quiñones, que poseían mucho humor. No tengo una teoría del cuento: exploro, experimento, juego y me divierto”, resume. 

PERICO FERNÁNDEZ: UNA ENTREVISTA...

PERICO FERNÁNDEZ: UNA ENTREVISTA...

PERICO FERNÁNDEZ: UN DIÁLOGO

Perico Fernández, en una foto de David Barreiros.

 

“Cuando estás arriba

crees que te quiere

todo el mundo”

 

El púgil, ex campeón de Europa y del Mundo de los pesos superligeros, sobrevive a su pasado de leyenda en una pensión gracias a su vocación de pintor y es objeto de un poemario de Octavio Gómez Milián y Juan Luis Saldaña

 

SUMARIOS

-“Ahora vivo en una fonda, pago quince euros por día y tengo que vender muchos cuadros para sobrevivir”

-“¿Pintar? Necesitaba distraerme, espantar la soledad, divertirme. He pintado siempre”

-“Pintar me relaja mucho, me gusta, me divierte y es la mejor manera que tengo para pasar el tiempo”

-“En el primer asalto Furuyama me rompió una costilla. Tóqueme. Aún la llevo desencajada”

-“He sido muy golfo. He fumado y fumo mucho, lo he bebido casi todo, y ahora lo estoy pagando”

 

 

ENTREVISTA

A Pedro Fernández (Zaragoza, 1952) no le sobra nada. Ni siquiera memoria. Para disculparse de la cabeza borradora del tiempo, dice: “Es que tengo azúcar en la sangre y se me van las cosas, los nombres y las fechas”. Quizá le sobre un cierto aire de desamparo y de perplejidad: los avatares de la vida le han dejado un tanto noqueado y con una mirada intensa, de asombro constante y de un candor que se alza desde sus ojos de agua. Conversamos en el restaurante El Mangrullo, donde su dueño Rogelio lo recibe, lo protege, “y me da de comer cuando no tengo nada, me ofrece sus mejores carnes. Es una persona maravillosa”. Perico siempre va de aquí para allá con sus cosas: los cada vez más desdibujados recuerdos del doble campeón del mundo de los pesos superligeros, algunas sombras del ayer –no siempre recuerda los nombres de sus mujeres, de las madres de sus cinco hijos-, su cajetilla de cigarrillos y sus cuadros: cuadros taurinos que suele hacer con pintura acrílica con un leve dibujo del toro y el torero y el estallido del rojo de la capa o del capote. Si algunas veces pudo parecer furioso, ahora Pedro Fernández -el Perico Fernández que venció a Kid Tano, a Tony Ortiz, a Lion Furuyama y a Joao Henrique, entre otros muchos, en las más de cien peleas que realizó- es un hombre apacible y tierno, con sentido del humor y una leve sonrisa de niño. Dicen de él –lo han dicho Mariano Gistaín y José Antonio Ciria en ‘La vida en un puño’; lo decía Alberto Maestro en ‘En esta esquina… Perico Fernández’- que siempre ha tenido alma de chiquillo, pícaro, indomable y sentimental: a veces había que buscarlo jugando con los niños, oyendo sus historias, contándoles sus noches de gloria. Para los escritores Octavio Gómez Milián y Juan Luis Saldaña en su plaquette ‘Perico Fernández que estás en los cielos’ (Libros del (a) Imperdible’ (2011), también es un icono pop, un rebelde, un ídolo que grabó un disco. Dice con humor: “Fue un single. Por una cara cantaba una canción de amor y por la otra pedía disculpas por haber cantado tan mal”.

Pedro, ¿le habría gustado conocer a sus padres?

No los conocí y tampoco quise saber nada de ellos. Nunca tuve curiosidad. Esa es para mí una historia dolorosa. Yo fui un niño de hospicio…

¿Qué prefiere decir: hospicio u Hogar Pignatelli?

Yo siempre hablo de hospicio. En un hospicio crecí: en Calatayud y en Zaragoza. Es muy duro ver cómo todos tus compañeros reciben visitas de familias que les traen lo que a ti te gusta, chocolate, pasteles, galletas, un cuento, y a ti no viene a verte nadie. Mis compañeros a veces me daban.

¿Tenía buenos amigos allí dentro?

Supongo que sí. Años después me he reencontrado con gente como el sastre José Calvo, un gran profesional. La vida allí no fue fácil: estudiaba poco y lo que más hacíamos era jugar al fútbol, que me gustaba mucho. Recibí bastantes palos. Poco después me dio por meterme en el boxeo.

¿Cómo le dio por ahí?

Les pegaba a todos, si hacía falta. Tenía cualidades.

¿Era el matón del lugar?

No, hombre, no. Era el más fuerte, el más flamenco. Sabía pelear y no tenía miedo. Si se metían con algún amigo, allí estaba yo para defenderlo. Y de eso allí se dieron cuenta. Un día, uno de los trabajadores de la ebanistería del hospicio, Manuel Lozano, me sugirió que a lo mejor era mi camino.

¿Y qué hizo?

De vez en cuando salíamos del centro. Y me fui a la calle Cánovas, al local de la Federación Aragonesa de Boxeo. Me gustó aquel ambiente. Era un refugio a los golpes que recibía con un palo de escoba. Recuerdo que me hice amateur y que cobré por algunos combates 200 pesetas. Le hablo de finales de los 60. Y eso me hacía mucha ilusión.

Allí tuvo su primer preparador: Juanito de la Parte, ¿no?

Ya no recuerdo todos los nombres.

¿Cómo entró en contacto con Martín Miranda?

Él venía a ver a los chavales jóvenes y era un enamorado del boxeo. Tenía un gimnasio con sus hermanos. Y un día me dijo si quería ir con él. Me daba consejos, intentaba enseñarme, aunque yo no siempre le hacía caso. ¿Qué podía enseñarme a mí, si yo ya sabía boxear?

Bueno, él había sido boxeador y era un estudioso del pugilismo.

Él era promotor de boxeo y no siempre jugó limpio conmigo, pero ya se murió hace algunos años y no quiero hablar mal de él. Me metió en casa con sus hijos, a los que quiero. Quería que entrenase y yo a veces no entrenaba, no me gustaba nada correr, y hacía cosas que no debía. Yo era así, terco, no quería que nadie me dijera lo que tenía que hacer. Yo estaba golpeando el saco o dándole al ‘puching ball’ y él me corregía. “Así no, Pedro, así…” Me volvía y le respondía de malas maneras: “¡Me vas tú enseñar a mí o qué!”.

Con todo, Martín Miranda fue decisivo en su carrera. En apenas año y medio pasó de ser campeón de España a campeón del mundo.

Visto desde aquí, resulta fácil, pero fue durísimo. Ni yo mismo me lo creía. Pero también sufrí lo mío: tuve peleas muy fuertes, rivales duros…

Por ejemplo, aquel cordobés batallador e incansable, Tony Ortiz, al que ganó el campeonato de Europa en abril de 1974.

Sí, claro. Él había dicho que me iba a ganar de calle. Luego no fue así, pero le digo una cosa: no recuerdo casi nada de aquel combate. En realidad, el combate más terrible que hice fue contra el brasileño Joao Henrique, en Barcelona, en la defensa del título del mundo. Era un boxeador muy bueno, un estilista. Sus golpes me hacían mucho daño. Estaba un poco desesperado, y salí a por él: quería cazarlo, lo hice en el noveno salto y lo mandé a la lona. Yo tenía una mano derecha mortal, un terrible golpe de crochet. Me felicitó en brasileño y me dijo que tenía mucho porvenir y una gran pegada.

Nos hemos dejado atrás el combate más importante de su vida: el 21 de septiembre de 1974, apenas dos meses después de proclamarse campeón de Europa ante Ortiz, peleó con Lion Furuyama en Roma.

Era un japonés durísimo. Aquello fue un milagro. En el primer asalto me rompió una costilla. Tóqueme, tóqueme aquí, por favor. Aún la llevo desencajada tantos años después. Yo me habría retirado: sentía un dolor insoportable, y se lo dije a Martín Miranda y a José Couto. Iba a abandonar. No podía ni quería boxear. Me dijeron que de ninguna manera debería hacerlo. Resistí. Resistí. Y aún no sé cómo lo hice, le metí una buena mano en el séptimo asalto y gané a los puntos.

¿Cómo vivía aquel ambiente, cómo vivió aquella noche?

Qué le puedo decir. Imagínese: había pasado del hospicio, castigado por las monjas, ya sabe que también me echaron luego por una pelea, a campeón del mundo. Había pasado del taller de pintura y de ebanistería a lo más alto. Y además había cobrado un millón de pesetas. Todos eran amigos y admiradores de Perico, hasta Franco.

¿Fue esa su mejor bolsa?

No, no. La mejor fue la de la segunda defensa del título en Bangkok, ante Saensak Muangsurin. Me pagaron cinco millones.

Esa pelea marcó un antes y un después en su trayectoria. Fue en abril de 1975. ¿Qué pasó?

No lo tengo nada claro. Míreme, mire cómo muevo los brazos todavía. Bueno, pues entonces, nada de nada. No podía moverme. Yo creo que me habían dado algo en la comida o en la bebida, porque ni podía moverme. Fue ‘la puta calor’ y algo más. Esa pelea para mí sigue siendo un misterio. El único que conoce el secreto es Martín Miranda. Y se lo llevó con él para siempre.

¿Recuerda cuándo empezó a pintar?

Yo había sido en el hospicio pintor de brocha gorda. Y en las concentraciones –en Torrelodones, en las instalaciones con lago de Jesús Gil y Gil, en Barcelona, en los hoteles…- me ponía a pintar. Necesitaba distraerme, espantar la soledad, divertirme. He pintado siempre: al principio pintaba de fotos, luego hice abstracción, luego he hecho muchas pinturas de toros. Siempre me han gustado los toros y los toreros, y aún los sigo haciendo. ¿Le digo una cosa?

Por supuesto.

No tengo nada. Ni aspiro a nada. Cuando estás arriba te lo crees todo: crees que te quiere todo el mundo. Rechacé una portería a un alcalde de Zaragoza. No quiero un piso en propiedad ni en alquiler, pero me gustaría que me dejaran un sitio para ir a pintar todos los días. Solo ambiciono eso: un espacio, un taller. Ahora vivo en una fonda, pago quince euros por día y tengo que vender muchos cuadros para sobrevivir. Hay días que solo tengo para un bocadillo, pero eso no me importa. ¿Es necesario que le cuente esto? Pintar me relaja mucho, me gusta, me divierte y es la mejor manera que tengo para pasar el tiempo.

¿Cree que hoy haría las cosas de otra manera?

Me he equivocado en muchas cosas. Hacía lo que me daba la gana, no me fiaba de nadie. He sido muy golfo. He fumado y fumo mucho, lo he bebido casi todo, y ahora lo estoy pagando. He tenido varias mujeres, y dejé a la única que me quiso de veras: Rosalía Núñez Tena. Me había cansado de ella. No sé por qué, porque era un golfo, un sinvergüenza. Nadie ha querido al hombre, al ciudadano Pedro y no al campeón, como ella. Un día me paró por la calle y me dijo: “Pedro, esa chica que va por ahí es tu hija y ese es tu nieto”. Ni lo sabía. He tenido cuatro mujeres y tengo cinco hijos.

Pedro, ¿cómo sueña su futuro, está bien en Zaragoza?

Me encuentro muy solo. Y no me gusta la soledad. Me gusta y no me gusta la ciudad. A veces pienso: “¡Con lo que yo he sido: ahora todo es lamentable! ¿Qué amigos tengo ahora?”. A veces me consuelo a mí mismo y me digo: “Menos mal que he perdido memoria”.

 

 

DESPIECE

 

Un campeón sin miedo y demasiado terrenal

 

Perico Fernández parece un personaje de García Márquez o de Ignacio Aldecoa. Cuando estaba en la cima del mundo, merced a su derecha tremenda y a su boxeo de guardia norteamericana y buena esquiva, era un auténtico ídolo: igual departía con Franco en El Pardo que  efectuaba un saque de honor del Real Zaragoza y se abrazaba con Pelé, o agotaba las noches bohemias con Carlos Diarte o Saturnino Arrúa, las figuras de los ‘zaraguayos’. Y conversaba con José María García, con Mando Ramos -aquel púgil que se enfrentó en tres ocasiones a Pedro Carrasco-, con Alfredo Evangelista o con Pepe Legrá. Perico peleó hasta a los 33 años (en 1984 batalló ante Gianfranco Rosi por la corona europea sin éxito), tras haber sido varias veces campeón de España, campeón de Europa de superligeros y ligeros, y campeón mundial de los superligeros.

La vida de Pedro Fernández Castillejos está llena de anécdotas y de autoafirmación. Una de sus frases preferidas era: “Soy como soy. No puedo cambiar, y hay que aceptarme”. Confiesa que ha tenido muchas relaciones, pero que “jamás me he acostado con mujeres famosas, de esas que salen en las revistas del corazón. He salido muchas noches con los futbolistas Arrúa y Diarte, y bebía con ellos, pero poco más. No he estado en la cárcel: tantas cosas malas no habré hecho. He fracasado en el amor, y no supe distinguir a quien me amaba a mí y a quien quería estar con el campeón del mundo”. Asoman otros amigos, como Benito Escriche, tan hermanado en la vida y en el pugilismo. Y la pintura siempre es su norte: regaló muchos cuadros cuando era el mejor y luego, arruinado tras cuatro separaciones, ha vendido lo que ha podido. Este jueves, en el Teatro Principal, Perico Fernández, el hombre a quien Bunbury dedicó el disco ‘Flamingos’, vuelve a estar bajo los focos: Octavio Gómez Milián y Juan Luis Saldaña presentarán su poemario ‘Perico Fernández que estás en los cielos’. Ahora, el campeón tampoco tiene miedo y también está sobre la tierra.

COHEN, POR GUILLERMO BUSUTIL

COHEN, POR GUILLERMO BUSUTIL

El otoño siempre es igual. Deshoja de nuestra memoria una estrella, un blues, un viejo amigo del que aprendimos cosas de la vida y del alcohol. 
Ha sucedido con Leonard Cohen, crooner del folk y trovador de traje americano, con voz carnosa entre sombras de noche y olas del amanecer, poniéndole cuerdas de nylon a la poesía del tiempo, del amor, del sexo, de las cicatrices, de Lorca, de cualquier historia del camino en el que la vida se baila o se silba cuerpo a cuerpo.
De cada una nos contó con un swing de elegante tristeza descreída y una penumbra de seducción azul.
Al igual que un caballero de un libro pasado de moda, como un pájaro en un cable, como ese viajero que se despide Borgart con un beso en blanco y negro, nos enseñó a ir al río de la mano de Suzanne a comer naranjas,
a despedirnos hasta luego del amor,
a ser partisanos en cualquier batalla que nos afecte como imperfectos seres humanos.
A intentar ser libres a nuestra manera,
y a estar preparados para morir con la dignidad de un brindis.
Suficiente para sentir que te vas Príncipe,
que al otro lado del puente, con la maleta de tu guitarra en una mano, nos saludas con el sombrero en alto
y nos susurras una vez más
que nada ni nadie nos congele el corazón.
Hallelujah Mr. Cohen.

-- 

*Leonard Cohen con Suzanne Vega.

ROSA MONTERO Y 'LA CARNE'

ROSA MONTERO Y 'LA CARNE'

«El amor físico puede ser una cárcel» 

 

Rosa Montero presentó ayer ‘La cárcel’ (Alfaguara), una novela de amor, soledad y miedo a la vejez, en la librería Los portadores de sueños

 

Rosa Montero presenta esta tarde, en diálogo con Luis Alegre, su nueva novela: ‘La carne’, la historia de una mujer madura que pierde la cabeza por un prostituto. Soledad es comisaria de exposiciones, prepara un proyecto sobre escritores excéntricos para la Biblioteca Nacional, y decide contratar a un joven, Adam, para dar celos a un amante que la acaba de abandonar. A partir de ahí sobreviene lo inesperado. La escritora madrileña resume -en una charla en su casa madrileña, próxima al Retiro, con sus dos perras-, algunas claves del libro y de su escritura a través de diversas palabras significativas.

Vivir. «El ser humano es capaz de volver a empezar, una y otra vez, después de estar convertido en un moco en el suelo».

Madurez. «Ya soy suficientemente mayor para contar una historia de mi entorno sin que mi pequeña vida pierda o se empequeñezca. Ya domino esa distancia, la que decía Julio Ramón Ribeyro, “una novela madura exige la muerte del autor”. Muerte metafórica, que el yo del autor no exista, que se borre».

‘La carne’. «Me interesaba contar el vértigo de la vejez no solo como deterioro físico, sino en todos los sentidos. La enfermedad que está agazapada. Soledad es una hipocondríaca total. ‘La carne’ es una novela sobre el miedo a la muerte pero también de miedo a lo que la vida te ha hecho…»

El amor. «He llegado a la conclusión como persona, y además recientemente aunque parezca extraño, que el amor mueve al mundo. El amor y el desamor. El amor mueve el mundo en general. Y en ‘La carne’ quería llevarlo al extremo, no solo de desesperación, sino llevarlo al extremo de preguntar “qué he hecho con mi vida y no he conocido el amor”, que es lo que hace Soledad. Por otro lado, ‘La carne’ es una metáfora de todos, o de muchos, porque la gente casi siempre piensa, incluso la que ha tenido relaciones, más o menos satisfactoria, más o menos prolongadas, que no ha conseguido del todo ser feliz».

Juventud y deseo.  «Soledad, la protagonista de ‘La carne’, comisaria de exposiciones, se vuelve loca. Se enamora. Aunque había tenido otras relaciones, regresa con decepción de una historia de amor con un hombre más joven también, aunque casado, y dice: “No había vuelto perseguir a nadie hasta ahora”. Antes se había estado protegiendo porque se tenía miedo a sí misma. El amor físico puede ser una cárcel. Y lo he querido decir. La novela se titula ‘La carne’ porque es la carne que nos envejece, que nos mata, que nos aprisiona, y a la vez es la carne sexual, la carne que nos facilita un sueño de pasión; es la carne que nos permite ser eternos aunque sea un instante. El sexo pasional como el de Soledad, es una explosión de vida, de plenitud, la sensación de sentirse querida. Di de inmediato con el título y me pareció que era el más exacto, que aludía a todo lo que yo quería aludir».

Literatura. «Lo único comparable para mí con el amor pasional es el arte, en mi caso es escribir, la literatura, pero supongo que todo el arte es así…»

Adam, el prostituto. «Puede ser muchas cosas: un inocente, un niño, un desvalido, un superviviente. He intentado escribir una novela no convencional y huir de algunos prejuicios sobre un personaje como el gigoló, un inmigrante que busca su sitio como puede».

«¿Por qué escribo?». «Busco el sentido de la existencia. La escritura para mí es un viaje del conocimiento, del descubrimiento. No escribes una novela para enseñar. La escribes para aprender. Para poner un poco de luz en tus inquietudes y en tus obsesiones. El auténtico compromiso del novelista es escribir la novela más auténtica que sepa».

 

FICHA

‘La carne’. Rosa Montero. Alfaguara. Madrid, 2016. 240 páginas. (La foto es de Heraldo).

 

FAN HO: ARTE DE LA LUZ Y LA SOMBRA

FAN HO: ARTE DE LA LUZ Y LA SOMBRA

PILAR LORENGAR: OPINIONES

PILAR LORENGAR: OPINIONES

Pilar Lorengar (Zaragoza, 1928-Berlín, 1996) despertó admiración y cariño. Fue una mujer bondadosa y llena de humanidad. Constituye con Pilar Bayona, Luis Galve, Eduardo del Pueyo, Antón García Abril y Daniel Montorio, por citar nombres incuestionables, una de las figuras capitales que dio la música aragonesa al mundo en el siglo XX. Recogemos aquí algunas de las valoraciones de sus compañeros, de especialistas, de críticos o de seguidores. Algunos testimonios están recogidos en su primera biografía: ‘Pilar Lorengar, una aragonesa en Berlín’ (DGA / Universidad de Zaragoza) de Sergio Castillo y Alejandro Martínez, que también puede verse y leerse como el mejor complemento a la exposición que se exhibe en el Instituto Aragonés de Arte y Cultura Contemporáneos ‘Pablo Serrano’. Por cierto, se presenta este martes.

PLÁCIDO DOMINGO: “Ella y yo nos entendimos enseguida, como era lógico entre dos cantantes españoles que se encuentran en el extranjero, tan lejos de su patria. Pero es que además había entre nosotros un nexo más, ya que Pilar había nacido en Zaragoza, precisamente la ciudad donde yo había pasado algún tiempo de mi infancia y de la que todavía hoy guardo imborrables recuerdos. Mi abuela paterna, nacida en La Codoñera -en Teruel- regentaba un restaurante en el Tubo de Zaragoza y Pilar había crecido no lejos de allí, en el barrio de El Gancho. Mi padre nació de hecho en Zaragoza, en 1907. Siempre he dicho que corre sangre aragonesa por mis venas. Todo aquello hizo que Lorengar y yo nos entendiésemos desde el primer día, como dos auténticos maños. (…) No fueron demasiadas las ocasiones en las que pude compartir el escenario con Pilar Lorengar, pero sin duda todas ellas fueron intensas y han quedado guardadas en mi memoria. (…) Pilar era un ser maravilloso, angelical, su voz y su alma reflejaban un mismo encanto, una misma dulzura. (…) Era una mujer de raza, una persona espléndida y una artista completa”.

 

JESÚS LÓPEZ COBOS. “Mantuvimos una relación muy estrecha, era deliciosa; siempre hacía las cosas en silencio. Pocos antes del 9 de junio de 1990, la fecha de su última representación en Berlín, me llamó para preguntarme si yo podría dirigir ‘Tosca’, pero solo me dijo que sería su última función una semana antes. Y lo mismo ha sucedido con su muerte. No quiso que nadie lo supiera, ni siquiera su hermano. Yo hablé apenas diez minutos antes de su muerte con ella, y no me comentó nada, no se quejó, estuvo como siempre y se ha ido como vivió siempre: sin querer hacer ruido”. “Pilar fue, por lo que toca a su profesión, el perfeccionismo en persona. Y su belleza exterior quedó reflejada siempre en su modo de cantar, en su presencia escénica y en su vida privada. Todo en ella fue bello y su sentido de la estética presidió todos los actos de su vida. Pocas veces me he encontrado con una persona que transmitiese tantas sensaciones positivas, tanta alegría de vivir. (…) Pilar vivió su profesión al máximo y con una dedicación absoluta. Para ello pienso que renunció incluso a la maternidad, por temor a no poderla compaginar con su profesión. Para mí fue el ejemplo perfecto de honestidad artística. Siempre estará en mi olimpo personal de artistas universales”.

ODÓN ALONSO. “Era una mujer luminosa, deslumbrante, que irradiaba paz y dulzura. A ellas le gustaría que la recordáramos siempre con una sonrisa. Tenía Pilar los atributos profundos de la belleza; era bella en su naturaleza, en su espíritu y en su arte”.

ÁLVARO MARÍAS. “Pilar Lorengar es una de esas cantantes que merecen el mayor de los respetos: su carrera es un símbolo de inteligente, de seriedad, de constancia, de profesionalidad en el mejor sentido de la palabra”.

MIGUEL ÁNGEL TAPIA. El pianista y director-gerente del Conservatorio conserva espléndidos recuerdos de Pilar Lorengar. Vivió con ellas algunos momentos imborrables. “Primero. Cuando vino a cantar al Principal, se enteró de que yo era pianista y que le podía hacer algunas escalas. Así lo hacíamos. Aprovechaba para vocalizar, para realizar pequeños ensayos, y yo la oía embelesado. Siempre me fascinó su suavidad, su modo de cantar, su sencillez y, si puedo decirlo así, su piel blanquísima. Segundo. Un día me llamó y me dijo que quería cantar el ‘Ave María’ de Gounod ante la Virgen. Ella siempre tuvo gran cariño hacia la música religiosa. Hablé con el Cabildo y todo se puso en marchar. Me pidió que tocase el órgano. En teoría, nadie había grabado aquel instante mágico. Maravilloso. Histórico. Algunos años después, la periodista de Radio Zaragoza Conchita Carrillo me dijo: “Tengo algo muy especial para ti”. Me dio una cinta de casete. Lo oí y era aquella grabación. Se la llevé a Daniel Ríos, al Laboratorio de Sonido, y repartí algunas copias. Creo que es algo muy entrañable que define a Pilar Lorengar: su amor a la ciudad, a la música y al Pilar”.

 

PILAR TORREBLANCA. Soprano y discípula de Pilarín Andrés, era una de las grandes amigas de Pilar Lorengar. Participó en su homenaje póstumo en el Auditorio, con Miguel Zanetti al piano, y con Alfredo Kraus, Pilar Márquez, Pedro Lavirgen y Sergio García. Estuvo con ella en Berlín, en Madrid y en Zaragoza. “’Loren’, así le decíamos sus amigos, me llamaba siempre. Me daba consejos de todo tipo: de repertorios a elegir, sobre todo. Era sencilla y humilde. Yo estaba siempre a su lado: la acompañé cuando cantó el ‘Réquiem’ de Giuseppe Verdi, luego en un homenaje que recibió en Madrid; estuve con ella cuando dio el pregón, antes de cambiarse y después, y el día que cantó en el Pilar. Había muy poca gente; Pilar Andrés, a la que admiraba por sus métodos de respiración, también. Cantó ante el altar, y yo, llorando, me quedé en el coreto pequeño. Miguel Ángel Tapia estaba como un flan al órgano, y ella igual, nerviosísima y emocionada. Fue algo impresionante, maravilloso. Enferma ya, se estaba despidiendo de su Virgen del Pilar. De Pilar Lorengar me gustaba el color de su voz. Su constancia. Trabajó intensamente. Tenía un pequeño problema que era un poco su secreto: una voz con un trémolo algo mayor que lo natural, y se esforzó en dominarlo. Tiempo después vio que algunos cantantes exageraban esa vibración. Les preguntó por qué lo hacían. Le contestaban que era por parecerse a ella. Y Pilar me dijo una frase de Baltasar Gracián: “Benditos sean mis imitadores porque de ellos serán mis defectos”. Le he visto cantar cosas increíbles: la Desdémona de ‘Otello’, el ‘Don Carlo’, los temas de ‘lied’. Su voz tenía luz, igual que ella. Estaba cargada de sutileza y de luminosidad en la forma de cantar. Era sencilla, humilde y normal. Ella y Alfredo Kraus poseían una normalidad que no he visto en nadie”.

 

MIGUEL ZANETTI. “Pilar Lorengar fue una de las personas con las que mejor me he entendido personal y musicalmente. Era un placer trabajar con ella y se distinguía por una honradez musical excelente. La acompañé en varios de sus últimos recitales: en Berlín, en Murcia y en Oviedo, cuando se le concedió el Premio Príncipe de Asturias de las Artes de 1991”.

JACQUELINE BISSET POR HARRY BENSON

JACQUELINE BISSET POR HARRY BENSON

HARRY BENSON: RETRATO DEJ ACQUELINE BISSET

Una espectacular foto de una modelo y actriz tan bella como Jacqueline Bisset. El retrato, de 1968, es de Harry Benson, el fotógrafo escocés nacido en 1929.

PACO CUENCA CANTA HOY 'FEMMES FATALES' EN EL TEATRO DE LA ESTACIÓN

Mi querido y admirado Paco Cuenca ofrecerá hoy en el teatro de la Estación, a partir de las 20.00, un nuevo concierto sobre la música francesa. ’Femmes fatales’. Por diversas razones, que lamento mucho, no podré estar. Con su generosidad habitual, me mandó una explicación comentario de las canciones que va a interpretar con sus grandes amigos, y un poco hermanos, Coco Balasch y Chema Callejero. Me dicen que están todas las localidades agotadas.

’Femmes fatales’, selección de canciones.

Teatro de la Estación. Jueves, 3 de noviembre, 2016

Con Chema Callejero (piano) y Coco Balasch (contrabajo)

 

 EL CONCIERTO, CANCIÓN A CANCIÓN,
CONTADO POR PACO CUENCA

L’accordéon /Juliette Gréco

Canción del gran Serge Gainsbourg.

 

Aunque a mí no me gusta ni la personalidad de Juliette Gréco, ni su forma de cantar, es obvio que casi nadie comparte mis reservas. Gusta a casi todos. Entre las habilidades que le reconozco está la de haber conseguido, muy joven, ser admirada antes de haber hecho nada en absoluto. Cero. Cuando decidió hacerse cantante logró que su primera canción fuera, atención, con letra de Jean-Paul Sartre, que se brindó, y música del gigantesco Joseph Kosma (por recomendación de Sartre). Es prodigioso. Joseph Kosma, aunque no viene al caso, es el que puso música a varios poemas de Jacques Prévert. Cada canción es una maravilla (Les feuilles mortes o Rappelle-toi, Barbara). Luego sus amores turbulentos con Miles Davis, Piccoli y muchos más. Quizá el más sorprendente de todos es el que le llevó a casarse con un genio, su discreto y pusilánime pianista Gérard Jouannest, que fuera compositor, arreglista y pianista de Brel, un tierno que no corresponde al perfil de malotes que se han sucedido en su alcoba. Hasta ese matrimonio de conveniencia me molesta de ella. No me lo tengas en cuenta.

 

 

Les petits papiers / Régine (recreada por Jane Birkin, el grupo Noir désir y mucho/as más)

Canción del gran Serge Gainsbourg.

 

Gainsbourg, antes de atreverse a interpretar sus canciones fue autor-compositor, como se dice en Francia, para los demás. Régine, es muy popular en Francia pero por más cosas que por ser intérprete. Es una gran dama de la noche. Propietaria de salas de fiesta, discotecas, clubs en los que se ha reunido y excedido el “tout Paris”, se ha valido de su personalidad y sus íntimas amistades para saltar a la popularidad. En su mítico “Chez Régine” y en los otros locales de éxito que le siguieron debieron pasar cosas más densas, intensas y trascendentes para la Quinta República que en el Eliseo.

Esta canción la lanzó a la fama entre el gran público. La letra, como siempre en Gainsbourg mezcla juegos de palabras con ocurrentes sonoridades y sentido poético. En esta el juego consiste en la palabra papier, papel (papel moneda, papel para dibujo, papel de regalo, papel de arroz, papel aterciopelado, papel para partituras, etc.) 

 

Sous le ciel de Paris / Édith Piaf (recreada por la cantante Zaz)

Canción de Hubert Giraud

 

De Piaf poco te puedo contar que no sepas.

Hubert Giraud, el autor, debió tener una vida acomodada desde que, en 1950, compusiera su primera canción, esta, y que fuera adoptada por nada menos que la “môme”. Es un buen principio. Hay tres canciones suyas en este concierto. Otra fue, y sigue siendo, un éxito planetario. El texto no es muy bueno. Entonces, como ahora, se podía construir un gran éxito sobre pobres pilares.

 

Ces petits riens / Françoise Hardy (recreada por Zaz y Stacey Kent)

Canción del gran Serge Gainsbourg.

 

Copio de un párrafo anterior: La letra, como siempre en Gainsbourg mezcla juegos de palabras con ocurrentes sonoridades y sentido poético. En esta el juego consiste en la palabra rien, nada (por nada, nada y menos, todo y nada, etc.).

 

Comment te dire adieu / Françoise Hardy

Canción del gran Serge Gainsbourg.

 

François Hardy, rebuscando aquí y allá para encontrar melodías interesantes, descubrió un día este instrumental, sin letra, de Arnold Golan, al que trató sin éxito de construirle un texto. Incapaz de resolver, pidió a Gainsbourg que le ayudara. Este regresó al día siguiente con la canción terminada. Esta vez, la clave no fue ni una palabra, fue la sílaba ex, sobre la que se apoya todo el texto (pretEXto, EXplicar, EX amor, sobreEXponer, silEX, kleenEX, etc.). Una vez más, un juego simple pero inteligente.

 

Ce petit chemin / Mireille

Canción de Jean Nohain y Mireille Hartuch.

 

Mireille fue muy popular como cantante. Más tarde, como era músico y compositora, todos la conocieron por sus programas de radio, primero, y de televisión, después, en los que dirigía concursos destinados a encontrar nuevos talentos de la canción. Unos programas precursores de Operación Triunfo que se llamaron Le petit conservatoire de Mireille. Así, un día descubrió e hizo descubrir a todos a una Françoise Hardy de apenas 16 años que, guitarra en mano, interpretó su canción Tous les garçons et les filles.  También descubrió a Alice Dona (que aparecerá más tarde en este espectáculo), Yves Duteil, Colette Magny y Alain Souchon. Todos se convirtieron en estrellas de la canción.

El propio Charles Trénet, al que se atribuye con frecuencia la introducción del Swing en Francia, reconocía que quien lo hizo en realidad fue Mireille que había pasado una época trabajando y actuando en Estados Unidos en los años treinta gracias a su dominio del inglés. El propio Brassens, al final de su vida, cuando le pidieron que grabara las canciones que más le gustaron en su infancia, escogió varias de Mireille. Este Ce petit chemin entre otras.

Por todas estas razones, no podía faltar.

 

Tellement j’ai d’amour pour toi / Céline Dion

Canción de Hubert Giraud

 

Es la segunda de este autor en este espectáculo. Con apenas 12 años empezaba a destacar una cantante cuya voz y entrega anunciaban grandes cosas. Para su primer LP, Long Play, como se decía entonces (en Francia se diferenciaba entre 33 tours para larga duración y 45 tours para el single, en referencia a las 33 ó 45 vueltas que el disco daba sobre el plato en un minuto), cuando Cérline Dion tenía 15 años, su casa de discos la mimó hasta el punto de pedir a grandes autores que compusieran canciones originales para ella. Huber Giraud escibió esta balada, dedicada a las madres, que siempre me ha emocionado mucho.

Incluyo esta canción porque es bella y, sobre todo, porque casi nadie sabe que la canadiense Céline Dion cantaba solo en francés hasta que, decidida a realizar una carrera internacional, se puso a estudiar inglés en la academia Berlitz de Quebec, como ella misma contó en una entrevista.

 

La vie en rose / Édith Piaf

Canción de Édith Piaf y Louis Gigliemi, llamado Louiguy.

 

Poco se puede contar que no se sepa. Salvo, quizá, que no fue fue Piaf quien la interpretó primero, sino Marianne Michel, en 1945. La letra empezaba de otra manera y fueron las sugerencias de su amante/autor Henri Contet las le dieron la forma que conocemos.

 

 

La javanaise / Juliette Gréco

Canción del gran Serge Gainsbourg

 

Después de una noche de 1962 escuchando mano a mano música delante de la chimenea del enorme salón de Gréco de la que está acreditado que fue larga e inundada en champán, Gainsbourg regresó al día siguiente con esta canción para ella.

La gracia de la letra reside en los juegos de lenguaje, una vez más. A finales del XIX corría por París una lengua encriptada (ha habido otras, después, en Francia, como el verlan, que consiste en invertir al hablar el orden de la sílabas, si son varias en una palabra, o de las letras si solo hay una sílaba. Por ejemplo t’es ouf, para decir t’es fou, o ma meuf para decir ta femme) llamada le javanais. Para hablar javanais y no ser entendido por los demás, había que añadir el prefijo AV a cada una de las síbabas de cada una de las palabras de una frase (o añadir el sufijo DG a todas las palabras acabadas en vocal). El primer verso de la canción j’AVoue j’en ai bAVé pAs Vous, se asemeja a este código y, como todo el resto de versos de la canción es un pequeño y divertido trabalenguas. Trabalenguas, sí, pero con sentido y no falto de poesía. Un genio de la sencillez alambicada.

 

 

Mamy Blue / Nicoletta.

Canción de Hubert Giraud

 

La tercera canción de este autor, el éxito planetario..
Una vez más, nadie sospecha que esta canción es de un compositor francés. La compuso, contaba, en plena atasco al volante de su coche. La primera en interpretarla fue una italiana, Ivana Spagna (lo he tenido que buscar).

Alain Milhaud, el productor francés afincado en España, detectó la canción, adquirió los derechos y se la hizo grabar en inglés a los Top Tops, un grupo inventado por el propio Milhaud, para lanzarla al mundo. La casa de discos francesa Barclay, apoyada por el autor, Giraud, trató de no dejarse ganar en velocidad por Alain Milhaud y se la hizo grabar a Joël Daydé en inglés (es la mejor versión que conozco) y a Nicoletta en francés. Es un caso singular, dos versiones la de los Pop Tops y la de Daydé se disputaron, a la vez, el número uno en las listas de ventas de todo el mundo.

Para el anecdotario, añado que, cuando vivía en Madrid en los ochenta, traté mucho a Alain Milhaud y trabajé un poco con él. Milhaud sumaba a este éxito, haber logrado otro número uno en muchos países del mundo, desde España, con la canción Black is black interpretada por Los Bravos.

La letra no es el fuerte de esta canción.

 

 

L’hymne à l’amour / Édith Piaf

Canción de Édith Piaf y Marguerito Monnot.

 

Dicen, dicen, que la música también podría de ser de Piaf y no de de la compositora Monnot. La creó en la casa que ella y Marcel Cerdán acababan de comprarse y sería al campeón que estaría dedidaca. Parece lógico por las fechas. La estreno un mes antes de que él muriera en el accidente de avión y la grabó al año siguiente. La letra, premonitoria, habla de la muerte de su amado: Si un día la vida te arrancara de mis brazos / Si mueres que sea lejos de mí / Nada importa si tú me quieres / porque yo moriré también. No es poesía de primera división sino rimas de tercera regional, pero funciona muy bien, a los hechos me remito.

El título de himno le conviene. Lo es, o casi, para los franceses.

 

 

 

Éblouie par la nuit / Zaz

Canción de Raphael (Raphaël Haroche)

 

Zaz es un fenómeno musical y, por suerte mediático. Ha alcanzado la popularidad que se merece. Excelente cantante, encantadora, luminosa. Una luz que ilumina los escenarios desde 2010.

Con el belga Stromae, un genio, es par mí lo más relevante de los últimos años en la Chanson française. Así que no quería que faltara.

 

 

Je suis malade / Dalida y Serge Lama

Canción de Serge Lama y Alice Dona

 

Una balada con fuerza. Es muy conocida en voz de Serge Lama, el autor de la letra, pero él mismo reconoce que, sin la interpretación de la cantante Dalida, la canción (y quizá él mismo) no hubiese sido el éxito que fue y es. Hay una versión impresionante de la maravillosa Lara Fabian https://www.youtube.com/watch?v=e1xlhydGUr8 que te invito a ver.

La música es de Alice Dona que, sin ser una de las grandes, ha dejado una contribución importante a la Chanson.

 

 

J’ai la mémoire quif lanche / Jeanne Moreau

Canción de Serge Rezvani

 

Una gran dama. Como a Gréco, no le va mal del todo el apelativo de femme fatale. Me ha fascinado siempre.

Serge Rezvani es un tipo singular. Tocaba muchas teclas, no todas musicales, pues era sobre todo escritor y pintor.Por su amistad con Truffaut, que adoraba sus canciones, reservadas hasta entonces a sus amig 

 

La foule / Édith Piaf

Canción de Enrique Dizeo y Ángel Cabral

 

Esta vez, una canción que vino de fuera para ser adoptada por los franceses. Édith Piaf se encapricho de esta canción original del argentino Ángel Cabral sobre un ritmo peruano y letra de Enrique Dizeo. Le pidió al letrista Michel Rivegauche que la adaptara al francés.os más íntimos entre los que estaba, apareció acompañando a la guitarra a Jeanne Moreau cantando Le tourbillon de la vie en la película Jules et Jim.

 

Est-ce ainsi que les hommes vivent / Catherine Sauvage

Louis Aragon / Léo Ferré

He añadido la canción EST-CE AINSI QUE LES HOMMES VIVENT. Poema de Louis Aragon con música de Léo Ferré. La interpretaba Catherine Sauvage. Ella fue la que divulgó la canciones de Ferré antes de que el propio Ferré se decidiera a cantar. Él pensaba que lo suyo era escribir para otros y recorría los despachos de los agentes para tratar de colocar sus creaciones. Fueron tiempos duros, descorazonadores y de apuros económicos para Ferré..
Yo la cantaré a capela. 
El texto es bello, denso, emocionante. Será mi homenaje a los francófonos que estén en el patio de butacas.

*Tomo la foto de Françoise Hardy de aquí:

http://images.coveralia.com/autores/fotos/francoise-hardy53557.jpg