Blogia

Antón Castro

POEMAS DEL PINTOR VICENTE PASCUAL RODRIGO

POEMAS DEL PINTOR VICENTE PASCUAL RODRIGO

[Estuve ayer, durante el entrenamiento de mi hijo Jorge, en la casa de Vicente Pascual en Utebo. Me abrió su corazón y las carpetas de su portátil Dell. Le he pedido que me enviase algunos poemas y tuvo el hermoso detalle de enviarme éstos, que cuelgo aquí. Mañana, y él  no lo sabe, le  dedico mi  artículo “El pintor místico” en Heraldo. Vicente atraviesa por un delicado estado de salud, pero mira la vida con serenidad, con elegancia y con esa espiritualidad tan particular suya, vinculada a lo sufí, al budismo, a San Juan de la Cruz... ]  


De la Vida
¡Venid, guerreros, amantes y letrados!
Calentaos en mi hoguera,
que hace frío en esta noche
y quizás no haya mañana.  

De la Muerte
Miro al río,
y el cauce que veo dicen que se muda.
Y el agua que lleva,
que ayer era otra.
No sé que es un río.
¿Y quién mira al río,
si el cuerpo que arrastro
es siempre cambiante
y la vida en que hoy vive
ayer aún no era? 

De la Bienamada
Miraba el vacío, oía el silencio,
sentía la nada.
Y si aquí sólo era ausencia
allí es fresca presencia.  

De la Bienamada
No sé que decirte, noche,
cuando partes temerosa
expulsada por el día:
¿Buenas noches? ¿Buenos días?
Cómo darle buenos días
si ni un día ella ha vivido.
Sólo noches y más noches.
¿Cómo darle buenas noches?
Ay, te vas, amada noche.
Aún no hay sol y ya es el día.
Y esa brisa de aire leve,
que penetra por mis poros.
¿Es en ella que tú huyes?
¡Buenas noches tengas, noche!  

De la Muerte
Que mis huesos se evaporen,
en el aire muy inmenso.
Que mis carnes alimenten
muy menudas criaturas.
Y ojalá que este romero
en muriendo siempre, encuentre
el sendero de retorno.  

De la Bienamada
Como esa corza entre riscos.
Así es el arrullo de mi amada.
Como ese loto muy blanco,
en aguas turbias flotando.
Y qué ricas que me saben
esas olivas tan buenas.

Bien les va la hierbabuena.

*La foto es de Ed van der Elsken.  

REEDICIÓN DE MUSEO DE LA SOLEDAD DE CARLOS CASTÁN

REEDICIÓN DE MUSEO DE LA SOLEDAD DE CARLOS CASTÁN

[Recibo esta nota del escritor y editor y activista literario (inicia un ambicioso taller literario con la librería París y su socio Amadeo Cobas) Óscar Sipán:

Hola, Antón Acabamos de actualizar la web de Tropo, donde aparecen las nuevas portadas. Si puedes echarnos una mano con Museo de la Soledad, de Castán, te lo agradecería. Allí es donde comienza la verdadera aventura editorial, donde nos jugamos los cuartos -sin patrocinadores, a pecho descubierto- de nuestro bolsillo. Abrazos.

Busco la nota que publiqué del Museo de la soledad, apareció en ABC Cultural, y la pego aquí, con la nueva portada de Óscar Sanmartín Vargas. Creo recordar que presenté el libro en Ámbito Cultural de El Corte Inglés.]

EL TORMENTO DE EXISTIR
Carlos Castán (Barcelona, 1960) fue todo un descubrimiento con su primer libro: Frío de vivir, aparecido en una modesta editorial como Zócalo en 1997 y reeditado de inmediato por Emecé. El éxito se prolongó a Alemania y a Estados Unidos, donde ya ha sido traducido. En su debut, Castán ofrecía un mundo inquietante y sombrío, dominado por la tiniebla y el desamor, por un dolor exacerbado y por un estilo poético lleno de matices. Una característica esencial animaba las narraciones: la ficción irrumpía en la realidad desde una interioridad convulsa, desde la búsqueda del ser. Museo de la soledad, su nuevo libro, se instala en una fronteriza región de la soledad, donde la vida y el sueño se confunden en forma de pesadilla. El tono vuelve a rondar la desesperación y se mantiene, y se mejora, la capacidad de sugerencia de las atmósferas y de la prosa, la densidad del silencio, la eficacia de una estética que guarda semejanzas con Julio Cortázar.

Este libro está invadido de personajes que intentan reconstruir una y otra vez su existencia: son seres infelices y aburridos que andan aquí y allá, entre sueños y desengaños, barajando el álbum del tiempo, el álbum de su disgregada memoria: aquellos días de Universidad en Madrid con toda su agitación y las pasiones imposibles, aquellos viajes a Huesca, las músicas y las películas de los 70, tantas mujeres que amamos o a las que nos les dimos importancia y que a lo mejor regresan ahora para vengarse en un viaje en tren como ocurre en la primera de las doce piezas del conjunto. Dice uno de los personajes, y resume una característica común de casi todos: "La mía es una vida sin retratos en la repisa de la chimenea". El autor, sin salirse de esos ámbitos de angustia que le son tan propicios, ensancha aquí la paleta de sus registros y se arriesga mucho más como sucede en 'Casi marino': una fantasmagoría en la que, a través del cristal, una enferma ve pasar a "su adorable capitán del dolor" que pasea bajo la lluvia en un alucinado viaje de recuerdo, plenitud y pérdida.

En el volumen también hay dos historias de dos hermanos: una conmovedora, inesperada como un bofetón de crueldad, que juega con la fuerza y el enigma de las cartas de amor sobre un fondo de trenes; la otra, "Silencio tan de Silvia", posee uno de los pocos desenlaces luminosos e irónicos del libro. Una de las más hermosas y sugestivas invenciones transcurre en Huesca, donde ahora vive el autor, y tiene por protagonista a otro Antonio Machado, que invoca el poeta sevillano en De un cancionero apócrifo, que habría fallecido en la ciudad del Alto Aragón y que vuelve ahora a una ciudad espectral y casi legendaria. El narrador, que se siente "hermano no de sangre, sino de aire" del difunto, percibe la existencia de la sociedad secreta de los heterónimos y labra un relato magnífico que rinde homenaje por igual a Fernando Pessoa que a Enrique Vila--Matas. Hay otras fábulas extraordinarias, ninguna tan lograda como "El aroma de lo oscuro", la historia de un hombre, Pablo el Francés, que posee un Museo de la soledad y lo llena de piezas que parecen anunciar las distintas estancias del infierno. El carácter simbólico de esta narración es evidente y su ejecución nada temeraria nos deja perplejos. Y desgarradoras lo son tanto "Las rosas de la noche" como "La chica de los buenos tiempos", dos cuentos donde el narrador parece concluir que la relación amorosa conduce a la locura. A una de las mujeres --y éste, insistimos, es un volumen de mujeres obsesivas-- le espera un desenlace abominable y la otra, la prostituta Valeria, naufragará a la sombra de dos amores.

La variedad formal de los textos es plausible: los hay en primera y tercera persona, dietarios, epístolas, álbumes fragmentados del ayer, y sobre todo hay una proliferación de metáforas y de aforismos acerca del tormento de existir. El convencimiento del creador no decae en ningún instante, ni tampoco la seguridad en sus materiales, el virtuosismo lírico de la prosa, la hondura indiscutible de sus criaturas: aquí está de nuevo Carlos Castán, con un universo avasallador y a menudo insoportable por que nos deja temblando, al límite del precipicio, doloridos. Soledad, memoria y tragedia se anudan en un libro de filósofo más bien pesimista que escarba en el abismo y en la amargura con una docena de fogonazos que ponen patas arriba el almario del ser humano y nuestra propia conciencia.

DEBORAH KERR / 2

DEBORAH KERR / 2

Otro retrato de Deborah Kerr, como bañista o nadadora.

DEBORAH KERR EN PLENITUD

DEBORAH KERR EN PLENITUD

Retrato de la bella y elegante actriz que acaba de despedirse de todos con exquisita discreción: Deborah Kerr.

LECTURA Y VIDA DE GARCÍA LORCA

LECTURA Y VIDA DE GARCÍA LORCA

A estas alturas del siglo XXI parece que de Federico García Lorca está todo dicho. Luis Buñuel lo definió con total exactitud: "La obra maestra era él". Neruda dijo que era un "multiplicador de la hermosura". Vicente Aleixandre anotó: "Era tierno como una concha de la playa. Inocente en su tremenda risa morena, como un árbol furioso. Ardiente en sus deseos, como un ser nacido para la libertad". Aunque también intuyó las máscaras del héroe: sospechó que tras esa personalidad volcánica e imparable existía una trastienda de dolor y de pena. Muchísimo más podría decirse de un hombre arrollador, que embaucaba con cuentos, fábulas y músicas para retener a los amigos, para que no lo dejasen con su profunda soledad de criatura estéril y abisal, que respiraba por igual desgarro y poesía. Poesía. "...Yo no como, ni bebo, ni entiendo más que en la Poesía". Y eso fue su vida y su obra, ese binomio irreductible y denso, porque sí algo le definía era "la inmensa alegría consciente de crear".           

Siempre se creyó que Lorca era un malabarista de la palabra, un malabarista profesional. Estaba dotado excepcionalmente, es cierto --y lo estaba para todo: para armonizar canciones y componer, para realizar más de 400 dibujos, para escribir una poesía incomparable, para el teatro escrito o representado. Recuérdese que como dramaturgo fue incomprendido y censurado en 1930 por presunta pornografía, sobre todo con Amor de don Perlimplín con Felisa en su jardín--, pero su literatura nace de la vocación y del esfuerzo. Y de la inspiración, esa prodigiosa luz que le nimbaba el alma de visiones. Tuve una niñez feliz en Fuentevaqueros y Granada, por lo que veremos siempre que su infancia será su edén. Estudió en la Residencia de Estudiantes junto a una generación esencial: Pepín Bello, Salvador Dalí, Buñuel, Celaya, y tantos otros. Y junto a éstos (mejor aún, gracias a su lúcida perversidad) se alejó de la orientación esteticista y gongorina de la Generación de 1927 para abrazar un surrealismo desesperado, tal como ha explicado Agustín Sánchez Vidal en Buñuel, Lorca, Dalí: el enigma sin fin. La crisis sentimental con su amante el escultor Emilio Aladrén, sumada a las críticas de Buñuel y Dalí al Romancero gitano --que fue un gran éxito en 1928. Hablaban de "reaccionarismo estético" y de "putrefacción"--, lo llevaron a la Estados Unidos. Allí, durante un año vivió "la experiencia más útil de mi vida", la experiencia que le abocó al infierno del desamor y de la barbarie y le dictó algunos de sus mejores libros: Poeta en Nueva York o los dramas El público y Así que pasen cinco años. Surrealismo consciente y hondo, exorcismo de pasión, viaje hacia la desolación y la denuncia, con ida y vuelta a la memoria del paraíso que fue Granada, Fuentevaqueros, su vida anterior de huerta, naranjos y pitas agrias.        

Volvió a una España republicana y provocó la indignación de la derecha con sus obras dramáticas: con Yerma fue tildado de irreverente y de ateo y contó con la colaboración de Margarita Xirgu. Se basó es un hecho real, tomado del pueblo, para escribir su drama lírico y dramático, Bodas de sangre. Igual haría luego para componer La casa de Bernarda Alba, que cierra una trilogía sobre las mujeres, a las que tanto admiraba, de las que tan próximo se sentía, quizá porque la mujer es la tierra, surco donde anidará la semilla y la vida, y él siempre se sintió próximo a ese símbolo: su niñez, los olores, las gentes sencillas, las ayas, todo eso le invocaba la tierra. Lorca, como ser humano, se sentía estéril y frustrado. Y de ahí su solidaridad con la mujer, con los que sufren, con los desheredados. De ahí que confesase: "... En este mundo yo siempre soy y seré partidario de los pobres (...), de los que no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega".

Radical e independiente de izquierdas, tenía más enemigos de lo que parecía. Y cuando empezó el gran fratricidio, algunos se vengaron (por su homosexualidad, por su ideología, porque su cuñado era el alcalde socialista de Granada, por pura insconsciencia y canibalismo): lo fusilaron en el barranco de Víznar un día abrasador de agosto en 1936. Felizmente, no llegó a saber que su gran amor --el joven Rafael Rodríguez Rapún, secretario de La Barraca, el enigma tan silenciado de su vida-- falleció en el Frente de Bilbao en 1937, a quien le dedicó su impresionante colección de Sonetos del amor oscuro, aquello de "Amor de mis entrañas, viva muerte, // en vano espero tu palabra escrita // y pienso, con la flor que se marchita, // que si vivo sin mí quiero perderte." Federico García Lorca era un torrente de genio y que escribía en una hermosa lengua, cruzada de andalucismos, repleta de metáforas, de símbolos y de embrujo.

GRAN MONOGRAFÍA SOBRE "LOS OLVIDADOS"

GRAN MONOGRAFÍA SOBRE "LOS OLVIDADOS"

  Hay películas especiales. Películas que marcaron una vida, un destino, películas que, de golpe, son como una abanico de claridad y de lucidez, un faro de imágenes y de texturas que dibujan una claridad nueva, otra forma de compromiso. Entre todas las películas de Luis Buñuel, una de las que mejor destino ha tenido es “Los olvidados” (1950), rodada en ese mismo año en México, en medio de todo tipo de dificultades. En agosto de 2003 se encontró su negativo, que se había quedado arrumbado u olvidado durante muchos años, y fue inscrita “en el Programa Internacional Memoria del Mundo de la UNESCO “para salvaguardar y difundir el patrimonio documental más representativo de las distintas lenguas, pueblos y culturas del planeta”. El epígrafe es suficientemente amplio que da una dimensión de que proyecto estamos hablando: “Los olvidados” es una película áspera, dramática, pero también onírica, de un intenso lírico, parejo sin duda al desgarro, una crónica de los niños desarraigados y perdidos en los arrabales del existir. 

Esta obra nació, en realidad, de una noticia que leyó Luis Buñuel en los diarios: se encontró en la escombrera de las afueras el cadáver de un joven. Y a partir de ahí empezó a activar uno de sus mecanismos obsesivos que le conducirían a la gestación laboriosa y tensa de una obra en la que intervinieron en distintos momentos Max Aub y Juan Larrea, y luego Luis Alcoriza, que sería el guionista. Tras muchos años de trabajo, Carmen Peña y Víctor M. Lahuerta Guillén han preparado el volumen “Buñuel 1950. Los olvidados. Guión y documentos”, en el que participan ambos (Víctor M. Lahuerta escribe un cuidado artículo sobre Luis Márquez, el responsable de la foto fija, tan espectacular), Francisco J. Millán, que contextualiza la película en la cinematografía de la época en México y la contrapone a la exitosa “Nosotros los pobres” (1947); Pedro Christian García Buñuel y Heriberto Ramírez Magallanes, que se encargan de realizar un glosario de mexicanismos, etc.         

El libro, editado por el Instituto de Estudios Turolenses en colaboración con el Gobierno de Aragón y la Caja Rural de Teruel, desmenuza el proyecto. Se publica el guión al completo, con enmiendas y tachaduras, y se incluyen las localizaciones de Buñuel, la foto fija de Márquez, que es realmente espectacular como se ve en estas instantáneas, pero además los editores exhuman una amplia documentación de revistas, periódicos, cartas personales y cartelería, y no deben desdeñarse lo más mínimo, entre otras aportaciones, las jugosas cartas de Buñuel a José Rubia Barcia, una correspondencia que se inicia en 1949 y concluye en 1976. A lo largo de esta última parte se va viendo la cantidad de valedores que tuvo una película que al principio pasó inadvertida en México. Triunfó en Cannes, fue elogiada por Octavio Paz, lo sería también por André Bazin y Julio Cortázar, y se acabaría transformando en lo que es: una obra que resume la mirada de Buñuel, que le permitió dar lo mejor de sí mismo tras diez años de angustia y de incertidumbre, y que se mantenía en varios polos: recogía el legado del neorrealismo y la picaresca española, acaso el universo de “Las Hurdes. Tierra sin pan”, y abría nuevos campos a creadores como el brasileño Glauber Rocha. Además, de dejar ahí una estela de compromiso con el dolor y de pedagogía.

Carmen Peña añade otro trabajo muy interesante: “Los olvidados’ en España. Noticia y difusión de un filme de Buñuel”, que sorprenderá a muchos. Carmen Peña dique que HERALDO “se atrevió a ofrecer a sus lectores una información entusiasta”, que ilustró con el retrato de Man Ray y presentó con un titular inequívoco: “Triunfo de un cineasta aragonés en el certamen de Cannes”. El cronista anónimo reprochaba a un crítico furibundo que calificase como repelente la obra.

FERNANDO S. M. FÉLEZ: UNA ENTREVISTA

FERNANDO S. M. FÉLEZ: UNA ENTREVISTA

Fernando San Martín Félez (Zaragoza, 1930), más conocido como S. M. Félez, expone una selección de su obra en el Torreón Fortea. Hace algunos meses, conversé con él. Recupero esta entrevista. La exposición es estupenda: tiene algo de mezcla de Dalí, Magritte y Paul Delvaux con ese estilo tan peculiar, tan surrealista sin estridencias, de Félez. Los motoristas no salen nada bien parados; las mujeres, como confiesa aquí, son estupendas: desnudas, exuberantes, como un sueño de seductores.

Nació usted en Zaragoza.

Sí, en 1930. Mi padre era navarro y mi madre, aragonesa. Mi padre era comisario de policía, y yo me fui de aquí, con año y medio, a Barcelona, donde viví hasta los 25 años. Entonces, gané una beca artística de los castillos del Loira, y me quedé enamorado de París.

¿De dónde le vino esa pasión por la pintura?

Pinto desde los ocho años, aunque, durante un tiempo, llevé una vida más bien bohemia, y llegué a jugar en categorías inferiores de fútbol. Pero desde niño me gustaban los lápices. Cuando estalló la Guerra Civil, el papel escaseaba, y yo dibujaba por las dos caras, hasta que acabaron confiscándomelo. Luego, con un clavo empecé a dibujar en las paredes. Casi las agujereaba.

Más tarde, conoció al pintor Joan Ponç…

Durante el servicio militar. Establecí una amistad inmediata. Era un hombre como muy disparatado, entonces estaba obsesionado por Dalí. Él ya había vivido la experiencia del Dau al Set con Tharrats, Tàpies, Cuixart y Brossa. A mí me interesaba el clasicismo.

¿Qué hizo al terminar la mili?

Trabajé de estampador. Luego empecé a hacer abstracción lírica, distinta a la abstracción matérica de Tàpies, y expuse en París. Frecuentaba a un grupo de españoles como Fernando Lerín, Plaza, Duque, Eduardo Arroyo…

Y luego dio el salto a una figuración próxima a Paul Delvaux, Yves Tanguy, Dalí…

A Dalí lo conocí en España y siempre me ha interesado. Con Yves Tanguy creo que no tengo nada que ver. Lo de Delvaux lo dirá porque a los dos nos interesa mucho el desnudo de mujer. ¿Quiere saber porque me pasé a la figuración?

Desde luego.

Fui pintor abstracto durante unos diez años. Pero Fernando Arrabal me desafió. Él tenía pintores más o menos particulares como Crespo y Díaz. Vio una exposición mía, comentó que mis cuadros no estaban mal, y me dijo que yo no sería capaz de hacer una obra figurativa. “¿Quieres un hacer un retrato mío?”. Cuando volvimos a vernos yo ya tenía un retrato suyo, y le gustó mucho. Me sugirió que como en la abstracción me conocían como Sanmartín que cambiase el nombre por S. M. Félez, “Su Majestad Félez”, dijo Arrabal con su habitual humor. Y dicho y hecho.

Y se convirtió usted en pintor “pánico” y pintor de Arrabal.

Sí, me interesó mucho esa estética, pero la parte surrealista y sensual, el humor y la alegoría, la crítica de la sociedad, no la escatología ni el horror. Lo acepto en Topor, en Jodorowsky o en Arrabal, que fueron los creadores del movimiento “pánico” que ha generado obras de teatro, cine, cómic. A mí me interesa más el universo de la mujer y la parte social o de compromiso de la pintura. He hecho 15 o 16 cuadros de Arrabal.

¿Qué sentido tiene hacer tantos cuadros de Arrabal?

Son siempre cuadros de encargo que él me pide y protagoniza.

¿Resulta estimulante para un artista hacer tantos cuadro de encargo de la misma persona?

A mí se me escapa por qué los encarga. Para mí es interesante el encargo porque la pintura exige someterse a ciertas disciplinas. Mis mejores cuadros y momentos corresponden a asuntos de encargo. A Arrabal lo he pintado en “la santa cena” con personajes célebres del siglo XX, vinculado a “El gran teatro del mundo” de Calderón, como director de cine…

Desde 1993 vive en el Ampurdán…

Sí, dejé París, que significó una larga lactancia para mí y fue el lugar donde me hice artista. Ahora vivo en el Ampurdán y sigo pintado. Me inspiro en la realidad y en ella me afirmo, aunque creo elementos de ficción. Doy importancia a la técnica porque yo explico situaciones un poco absurdas, poco claras, como los sueños. E intento plasmar la contradicción entre la vida urbana y la belleza clásica. Sigo siendo inconformista.

La vinculación de su obra con la de su amigo Dalí también parece evidente y con el hiperrealismo…

Conocí a Dalí, hablamos un poco de cosas más bien formales, pero el pintor que más me interesa es Gustav Klimt, que llegó al arte total, a la estilización, a las cosas más depuradas y a la vez más barrocas. Es figurativo, sensual, es perfecto.

Coinciden también en su desaforada pasión por la mujer.

En el 50 % de mis cuadros hay mujeres, casi siempre desnudas. El sexo femenino es, en buena parte, el eje vertebrador del hombre.

¿Se acuerda de Zaragoza?

Estuve a punto de regresar, pero seguí en París. Ahora, ya es tarde.  

*Retrato de Fernando Arrabal con veinte de los más grandes jugadores de ajedrez.

FOTÓGRAFOS . JEAN DIEUZAIDE

FOTÓGRAFOS . JEAN DIEUZAIDE

Jean Dieuzaide (1921-2003) ha sido uno de los grandes fotógrafos franceses del siglo XXI. Uno de esos nombres al que, como recuerda su amigo Julio Álvarez, el director de la galería Spectrum Sotos, “la cámara le sentaba siempre bien, igual que la corbata. Era como un apéndice natural de su propio cuerpo. Llevaba su diminuta Leica en cenas, recepciones, en un paseo”. Dieuzaide pertenece a una generación magnífica en la que pueden encuadrarse maestros como Brassaï, Cartier-Bresson, algo mayores que él, Robert Doisneau, Emmanuel Sougez o Willy Ronis. Dieuzaide encarna, como los citados Doisneau, Sougez o Ronis, al fotógrafo humanista: el hombre que todo le interesa y que todo convierte en arte, el hombre que sabe mirar el paisaje del campo y el de las gentes, y que capta los deliciosos detalles de la cotidianidad. Fue fotógrafo de guerra, cubrió eventos deportivos y también muchas noticias de actualidad, e incluso realizaba ensayos más o menos experimentales.

 Se fue curtiendo en periódicos y revistas, entonces solía llevar una cámara de 6x6 y un bélinographe, que era un transmisor de telefotos.

Fue un investigador y un renovador de su oficio, y estuvo detrás de numerosos proyectos como los Encuentros Internacionales de

Fotografía de Arles o fue el creador de la Galerie Municipale du Chàteau d’Eau en 1974, que se inauguró con una antológica de un maestro

como Edouard Boubat, otro fotógrafo de gran sensibilidad social apasionado por España y Portugal.
 

            Si algo distinguió a Jean Dieuzaide es su admiración y su curiosidad por España, hasta el punto que durante dos décadas pasaba muchas temporadas a este lado del Pirineos. Le atraía todo: los pueblos olvidados, las serranías, el mar. Estuvo muchas veces en Andalucía y Galicia (hace no demasiado tiempo se expuso una muestra con 55 obras suyas realizadas en Galicia), en Cataluña, en Extremadura y, por supuesto, en Aragón. El archivo español de Dieuzaide es enorme: a él se le debe un libro monográfico dedicado a Dalí, es famosa aquella foto en que el pintor está en el mar de Port-Lligat. Lo administró y lo ordenó su esposa. Y en él la presencia aragonesa es realmente importante. El maestro no distinguía siempre los límites entre una provincia y otra, entre una comunidad y otra, pero le interesó. Ya en los años 50, tal vez fuese hacia 1953, estuvo en Teruel, en concreto en Albarracín y realizó esta espléndida toma de la Casa de la Julianeta. Pero también estuvo en los Monegros, en los pueblos pirenaicos y pareció sentir debilidad por Santa Cruz de la Serós, donde fue más allá de los paisajes: se interesó por las “gentes del país”, en un reportaje de 1961. Algo que también se ve en la instantánea de Sos del Rey Católico o en la de Loarre, en ésta especialmente, Dieuzaide capta no sólo la mole cosida al promontorio, sino que le interesa el contexto, el contraste del celaje, la vaguada casi infinita que corre hacia el horizonte.

*Esta foto está tomada en Portugal.