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Antón Castro

UN POEMA DE JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD

UN POEMA DE JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD

ESA ENERGÍA 

Cuerpo el más duradero entre los cuerpos
Que amé, no vuelvas
Tan a deshora hasta esa casa
Medio vacía, sólo
Habitada por quienes
Ya no están.                    
                     
                          
Cuerpo indeleble
Retenido en lo oscuro, nada
Conserva ya sino un rescoldo
De tu ahínco, tu ungüento, tu sudor.
Apenas te pareces al que eras
Cuando hasta el tiempo compartía
El regocijo suave de una visita compartida. 

Nadie tendrá ya nunca mayor poder que tú. 


*Visor acaba  de publicar una antología de José Manuel Caballero Bonald: “Poesía amatoria”. Elijo, entre otros, este poema. Elijo aquí otra foto de Eric Kellerman.

ESTA NOCHE, BORRADORES

ESTA NOCHE, BORRADORES

MÍSTER HYDE, JAVIER RIOYO, MIGUEL VILADRICH, HOMENAJE A ALFONSO ZAPATER  

Borradores recibe esta noche al cuarteto de rock, Míster Hyde, que publica un álbum de ocho canciones: “Vulnerable”. El grupo, formado por Alejandro y Juan Elías, Jorge Sánchez y Jorge Cartié, interpretará dos temas: “Después de todo” y “He cometido un error”. Explican que se sienten herederos del rock de los 80 y que sus influencias se hallan en U2, Morrisey y The Smits, Santi Rex de Niños del Brasil y, “por supuesto, Enrique Bunbury”. Además, visitan Borradores la profesora Elvira Luengo Gascón y la ilustradora Ana González Lartitegui, que acaban de publicar el libro “Cuentos de agua” (PUZ: Larumbe Chicos) de Benjamín Jarnés, y también el escritor oscense Miguel Carcasona Brau, que publica los relatos de “Esquirlas en el espejo”, que mereció el Premio Santa Isabel de Narrativa.

Borradores, además, visita la exposición de Miguel Viladrich en Fraga en compañía de una de sus comisarias, Chus Tudelilla, y ofrece un reportaje sobre la muestra “Hermético” de Mario Gómez, que se expone en Utebo: el artista propone un universo de insectos vinculado con el cómic, Escher, la literatura gótica y los bestiarios. Javier Rioyo, director de documentales como “A propósito de Buñuel” y presentador de “Estravagario”, recuerda sus últimos trabajos sobre  Don Quijote, Francisco Ayala y anuncia que  está terminando un documental sobre el oscense Pepín Bello. Cálamo recomienda varios libros, entre ellos “Martin Eden”, el favorito de su dueño Paco Goyanes, y el programa se cierra con un homenaje al escritor y periodista Alfonso Zapater.
 

Borradores. CARTV. Productor ejecutivo: Gaizka Urresti. Redacción: Ana Catalá Roca y Carlota Muñoz. Ayudante de realización: Yolanda Liesa. Realización: Teresa Lázaro Chicharro. La foto es del fotógrafo británico, instalado en Holanda como profesor de Lingüística, Eric Kellerman.

EL COMPOSITOR. UN POEMA DE W. H. AUDEN

EL COMPOSITOR. UN POEMA DE  W. H. AUDEN

EL COMPOSITOR

 Todos traducen: el pintor bosqueja
Un ámbito visible que despierta
Amor u oposición; de su vivir
Toma el poeta imágenes que hieren 

O enlazan con trabajo Vida y Arte,
Llevándonos a trasponer la brecha;
Sólo tus notas son puro artificio,
Sólo tu canto es un don absoluto. 

Vierte pues tu presencia, que se anegue
De júbilo la esclusa de las vértebras,
Turba ese clima de silencio y duda; 

Pues sólo a ti, canción, te es imposible
Decir que una existencia se ha arruinado,
Y viertes tu indulgencia como un vino.  

Lola Ferreira, esa gallega misteriosa de Pontevedra que cuida a los lectores de Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, me ha enviado “Los señores del límite. Selección de poemas y ensayos (1927-1973” del gran poeta  W. H. Auden (1907-1973). La edición bilingüe es de Jordi Doce, que ha ido mucho más allá de una traducción literal, en una labor realmente intensa y hermosa. Repasé anoche aquí y allá el magnífico, y encontré este poema fechado en diciembre de 1938.  Acababa de hablar con Juan Manuel Muñoz, presentador y director de “El auditorio” de Aragón Radio, que me ha invitado a conversar con él y a oír música clásica. Me  ha parecido un bello azar.No soy nada original, pero este retrato de Igor Stravinski que realizó Arnold Newman es uno de las mejores síntesis de vida y obra que se han hecho nunca.

CRÓNICA DO DESCENSO DO CELTA*, POR MANOLO BRAGADO

CRÓNICA DO DESCENSO DO CELTA*, POR MANOLO BRAGADO

DESCENSO MERECIDO
Fallounos o Rácing de Santander! A vitoria merecida do Celta diante do motivadísmo Xetafe foi insuficiente para que se producise o milagre. Co apoio da bancada petada e voluntariosamente algareira, os celestes saíron moi nerviosos sabendo que a súa sorte non se dirimía só sobre a lameira viguesa e boa parte das súas posibilidades de permanencia quedaban na capacidade dos cántabros de non perder diante do Betis. No arranque do encontro, a defensa de Stoichkov facía, outra vez, auga de forma clamorosa e a solución de Ángel como mediocentro amosábase ineficaz para impedir que os tres dianteiros do Xetafe atuasen a Pinto cunha facilidade estremecedora. Así chegou o gol de Redondo, quen sen marca ningunha aproveitou un rexeite na fronte da área. Paradoxicamente, o Celta soubo erguer o seu ánimo e con enorme facilidade conseguiu empatar, minutos antes do descanso, grazas a un contragolpe moi ben resolto por Bamogo, que realizou un dos seus mellores partidos.

Tras a reanudación, os celestes saíron afoutos, decididos a resolver o encontro decontado. Anunciouno Gustavo López cun intelixentísimo saque de falta, que bateu no poste, e concretouno Lequi rematando de cabeza un saque de esquina. Desbordouse, por uns minutos, a euforia en Balaídos: o milagre no que ninguén acreditaba, semellaba posible. Porén, as noticias radiofónicas dos goles do ex-céltico Edu no Sardinero foron enmudecendo a bancada que respectou os vinte e cinco minutos finais nun silencio sobrecolledor, expresión da súa tristeza e decepción por un descenso xa inevitable.

Os que acudimos durante toda a tempada ao estadio sabemos que este descenso foi tan merecido como doloroso. Un equipo que só conseguiu gañar catro partidos na casa non podía aspirar a continuar en primeira. Non hai dúbida de que o Celta, se pretende volver axiña a primeira, precisa refundar o seu proxecto deportivo partindo case de cero. Velaí un reto moi difícil do que falaremos en setembro. 

[Non me  alegrou nada a perda de categoría do Celta de Vigo. Aínda que coruñés e deportivista, o Depor e o Zaragoza rivalizan nas miñas preferencias, non rivalizan, conviven, pero tamén sigo con atención o Celta. Acórdome de equipas enteiras, desde os tempos de Bermúdez, Pedrito, Manolo, Villar, Doblas, Lezcano, Rodilla, Juan, Castro, Sanromán... Manolo Bragado, e editor de Xerais, onde publiquei “A lenda da cidade asolagada”, e un forofo celtiña e contou así ise trance. Unha aperta desde Zaragoza. Un dos meus  xogadores máis queridos nesta campaña era Oubiña. A foto é de Gustavo López].

JUAN TUDELA: DEL LÁPIZ AL RATÓN. UNA ENTREVISTA*

JUAN TUDELA: DEL LÁPIZ AL RATÓN. UNA ENTREVISTA*

 Juan Tudela (Alcantarilla, Murcia, 1940) es diseñador publicitario, dibujante, pintor y fotógrafo. “Del lápiz al ratón” es una exposición antológica, que se exhibe en el Palacio de Montemuzo, de casi medio siglo de trabajo y es la crónica visual, gráfica y tipográfica de Aragón. Sus carteles de las fiestas del Pilar, de las fiestas de Primavera y de diversos ciclos musicales, sus logos y sus evocadoras cajas de Conguitos pertenecen a nuestra memoria y, en cierto modo, a ese periodo de consolidación de la democracia y de conquista de la alegría pública. Juan Tudela llegó a Zaragoza con tres años y hay en su vida algunas lagunas. Por ejemplo: ¿cuál es la verdadera historia de su padre? Juan baraja dos relatos complementarios. Su progenitor era aserrador y había estado en Aragón, en Ansó y en Seira, en el valle de Benasque, donde recogía maderas para las cajas de fruta; cuando llegó la Guerra Civil, fue guardia de asalto de la República en Valencia y Puigcerdá, y tras la derrota estuvo en la cárcel. Durante mucho tiempo, tuvo que pasar por el cuartel de la Guardia Civil y por fin logró trasladarse a Zaragoza. La otra versión es que permaneció en varios campos de concentración y en el exilio, y volvió a España con un empleo en Constructores Unidos, que pertenecía a Escoriaza, para confeccionar vagones de tren de madera. A los Tudela les asignaron un piso en Torrero y lo compartieron durante 17 años con otra familia de Murcia. 

O  sea que creció en Torrero.
Sí, al lado del Canal. Al otro extremo estaba el almacén de la fábrica de muebles Loscertales y el hijo del encargado era amigo mío. En su casa había tebeos, libros, un piano, parecía otro mundo. Pero lo más impresionante era el almacén de Loscertales: mi amigo Félix Abad nos dejaba entrar y allí veíamos auténticas maravillas: muebles de estilo, cuadros del siglo XIX y algunos del XX. Siempre he pensado que allí se me despertó el gusanillo del arte. Un día nos atrevimos a copiar un bodegón. 

¿De qué tebeos se acuerda?
Uno que no he vuelto a ver, “Cimarrón”, y “Roberto Alcázar y Pedrín”, “El guerrero del antifaz” o “El capitán Trueno”. Luego estudié en el colegio de La Salle de los pobres y me matriculé en la Escuela de Artes. Tendría doce años o así. 

He leído en su catálogo, que redacta  Josefina Clavería, que fue alumno de Félix Burriel y de Luis Berdejo.
Félix Burriel me dio clases de dibujo. Era un hombre de carácter que no soportaba a los alumnos traviesos. Era exigente. Una de sus frases favoritas era “esto, más simétrico. Esto,  más simétrico”. Con él realizaba dibujos de escayolas, orejas, narices, luego el busto completo. Luis Berdejo daba clases donde ya se hacían figuras enteras. Era una bellísima persona, prudente, con una obra artística importante que ya conocíamos porque el Museo Provincial estaba ahí al lado y lo visitábamos. Yo no asistí a sus clases: impartía lecciones a los más avanzados. 

¿Qué le atraía del Museo Provincial?
Entonces aún no estaba dominado por las piedras. Era un museo de pintura, y allí había piezas de Goya, estaba Marín Bagüés y esa estupenda pintura del siglo XIX, con Pradilla y Sorolla a la cabeza. De todo ese mundo te ibas impregnando, incluso de un pintor al natural que plantaba su caballete en la plaza de Aragón, que hacía pasteles y luego los rifaba. 

De ahí pasó a Alejandro Cañada.
Allí conocí a muchos amigos: Eduardo Salavera, Rubén Enciso, Jorge Gay. Fue una escuela estupenda de aprendizaje. Hice de todo: escayolas, pintura al natural, había una modelo que casi llegaba al desnudo integral, una chica panadera, y también un jubilado que usaba taparrabos. Otros modelos fueron un joven gitano e incluso uno de los hijos de don Alejandro, que se vistió de monaguillo. También teníamos un traje de cartujo de Aula Dei. Yo quería ser pintor, pero fui fontanero, tornero, agente comercial de cajas registradoras... Me ocurrió una cosa muy curiosa. 

Usted dirá.
En una ocasión, en uno de estos empleos, fui al Oasis para reparar la calefacción, que estaba debajo del patio de butacas, y asistimos a un ensayo de la vedette, algo que estaba prohibidísimo. No la vi, la imaginé, sé que cantó un cuplé, “Salero de España”. Yo tenía menos de veinte años.  

Y en éstas llegó a Zaragoza la agencia Danis.
Fue una agencia en el mejor sentido de la palabra. La empresa tenías sedes en Barcelona, Bilbao y Madrid, y abrió delegación en Zaragoza con Alfonso Usón al frente. Él fue, entre nosotros, un precursor de la publicidad, que parecía cosa de extraterrestres. Y allí, tras realizar el servicio militar, empecé con José Luis López Velilla o Francisco Belsué, entre otros. Recuerdo que un día recibimos una invitación para hacer dibujo de animación en Canadá, un poco a la manera de Walt Disney. Yo ya estaba casado y no me atreví a marchar, pero Paco Belsué sí y allá hizo una importante carrera. 

-Uno de sus mejores trabajos de ese periodo fue su caja de Conguitos.
Fue un proyecto para Federico Díaz, que era como  un indiano muy modesto que venía de Sudamérica y allí había conocido el cacahuete relleno de chocolate. Nosotros le hicimos el desarrollo completo: le hicimos la mascota, le dimos nombre al producto; en realidad, el nombre Conguitos se le ocurrió a José Luis Izaguirre, el comercial de la empresa. En ese momento, el Congo belga libraba su batalla por la independencia. Nos costó un poco más de una semana. Recuerdo que le presentamos la factura, 9.500 pesetas de entonces, algo menos de 60 euros, y el hombre leyó todo con minuciosidad. Y al final, dijo: “Lo pago”. Luego perdió la empresa, y acabó pasando a Chocolates Lacasa. 

Allí ya se empezó a ver una de sus características: a usted le ha interesado el dibujo, la pintura, la fotografía.
-Eso ha sido capital para mí. Siempre he querido conocer todo el proceso, dominar las técnicas. Y eso te hace sentir más libre y te permite transmitir mejor las ideas que quieras. Para mí todo es importante: los lemas o eslóganes, el uso del color, las líneas, la claridad de lo que se quiere  contar. 

¿Qué aprendió en Danis?
Lo decisivo fue la información que nos llegaba. Yo era muy joven.  Mi cometido se limitaba más a bien a dibujar (cosechadoras, tractores...), hacer bocetos, y todo empezó a cambiar. Accedíamos a una información muy útil. En Barcelona, por ejemplo, estaban a años luz y nos intercambiaban información y nos enviaban revistas italianas y francesas que eran muy innovadoras en publicidad. 

Poco después se integró en la agencia Bellca, de Camilo Bellvís.
Nos fuimos varios y allí estaban artistas del futuro Azuda-40 como Natalio Bayo y Vicente Dolader. Fue en Bellca cuando definitivamente me hizo un poco pragmático: aparqué la pintura por la publicidad. Y poco después me pasé a Karman, otra empresa cuyos socios eran José Luis Martínez Candial, Agustín Félez, el desaparecido Publio Cordón y Jesús Muro, entre otros. Ese periodo ya coincidió con dos carteles de las fiestas de Tarazona, de 1967 y 1969, con el cipotegato como motivo central, con las campañas de Navidad o los  carteles de moda para Calixto. Allí estábamos ya más  especializados. 

-¿Tiene libertad el diseñador?
Todo depende del cliente, pero el grado de libertad es más bien limitado. Los mejores trabajos han ido a la papelera. He tenido clientes muy respetuosos que se dejan seducir, y también he conocido clientes que querrían haber hecho ellos el trabajo y utilizan tu mano. A mí me cuestan mucho encontrar lo que busco: eso es angustioso, porque no vale cualquier cosa, pero en cuanto te ves en  los mupis o en los carteles, te resarces. 

Hacia 1977 funda, con Julian Rabanaque, la empresa Resón. ¿Cómo les fue?
Éste es un trabajo muy artesanal. Y antes lo era mucho más. Tanto Julián como yo éramos autodidactas y ya habíamos trabajado  juntos. Nos complementábamos: él hacía los textos, los eslóganes, realizaba el estudio de medios, se encargaban de la parte comercial. Las ideas salían a medias. Y teníamos un pequeño equipo de gente más. 

Uno de sus mayores éxitos fue la publicidad de Montolio. ¿No?
Era una cadena de tiendas infantiles, de la que se hicieron cargo los hijos de los dueños. Su prestigio era tan incontestable que cada vez que Jané sacaba un coche se le enseñaba para que opinasen. Tenían tiendas en Sagasta, Coso, Delicias y César Augusto, y nos invitaron a hacer una campaña más osado. Dividimos el nombre Montolio en Monto y Lio. Chico y chica. Como en aquel tiempo, no había televisión por la mañana, hicimos un juego en Radio Zaragoza, al aire libre, con búsquedas de tesoro y aventuras así. 

¿Y qué pintó en todo esto Gloria Fuertes?
Le propusimos a Gloria Fuertes que escribiera unos textos e hicimos tres libros, con ilustraciones mías. La visitamos en Madrid y me pareció una gran persona. Los libros de Monto y Lío se regalaban en las tiendas con la ropa. Nos encantó su casa: era la casa de una mujer que era como una niña inmensa, gorda, rodeada de muñecas. Recuerdo que me habló de Miguel Labordeta, al que conocía bien, y de que había tenido algunos novietes por Aragón. Nos dieron el Óscar de Oro de la comunicación y tuve que alquilar un traje de etiqueta en una tienda de disfraces.  

Viendo la muestra, se ve que usted ha hecho muchos logos: Videar, Previasa, Mayoral, el Teatro del Mercado, Astún... ¿Cuál es la clave de la imagen?
Siempre nos han interesado mucho. Y nuestra intención ha sido que fueron muy sólidos, que aguantaran bien el paso el tiempo y que se pudiesen reproducir en blanco y negro sin que perdiesen su impacto, su fuerza.  

Algunos de sus carteles del Pilar son auténticos iconos: pienso en el de 1988.
A mí no he importado competir con gente como Cano, que ganó muchas veces y es un fuera de serie, con Samuel Aznar. Yo gané cuatro veces y obtuve varios accésits. Ése que dice, con la fotografía y aquellas letras en blanco y rojo, quizá sea el más conocido. Siempre he intentado prescindir de lo superfluo y he intentado jugar con la tipografía. La clave es la eficacia y la comunicación, y para eso cuanto mayor limpidez, cuantos menos elementos, mejor. 

¿Qué nos dice esos calendarios para coleccionistas?

Era nuestro obsequio de navidad. Los hicimos en Gráficas Mola, luego en Perruca, en Ino, al final en Sansueña de Paco Boisset. Eran ediciones pequeñas cuyo papel a veces nos regalaban los almacenistas. Nos hemos divertido y aquí está la exposición. Mucha gente conocía las obras pero no sabían que eran mías o de mi colaboración con Julián. De alguna manera, hemos perdido el anonimato.

*"Juan Tudela. Del lápiz al ratón" es el título de la exposición del diseñador, pintor y publicista, que se exhibe en las tres salas del  palacio de Montemuzo (calle Santiago). Permanecerá abierta hasta el 24 de junio. Por ahora, han pasado a visitarla más de 4.000 personas. Portada del catálogo que ha escrito Josefina Clavería. 

MIRAR PARA VER / NUEVA TOMA DE OLIVIER ROLLER, 3

MIRAR PARA VER / NUEVA TOMA DE OLIVIER ROLLER, 3

Las manos del escritor como mendigo o pedigüeno. Olivier Roller retrató a Emmanuel Carrère en marzo de 2007.

MIRAR PARA VER. OTRA FOTO DE OLIVIER ROLLER / 2

MIRAR PARA VER. OTRA FOTO DE OLIVIER ROLLER / 2

Otro retrato de Emmanuel Carrère.

EL MONSTRUO AMABLE: EL MÉDICO IMAGINARIO Y DESESPERADO

EL MONSTRUO AMABLE: EL MÉDICO IMAGINARIO Y DESESPERADO

En una apacible ciudad francesa, cercana a la frontera con Suiza, en enero de 1993, Jean Claude--Romand hundió la cabeza de su mujer de un golpe, mató a sus dos hijos de un disparo, hizo lo propio en otro lugar con sus padres, redactó un mensaje tan ambiguo como misterioso, y volvió para prender fuego a su casa, con él dentro. Quiso el azar que en medio de la hecatombe y del horror, él apareciese entre las llamas y los despojos carbonizados respirando vagamente. Se pensó en un accidente o en un atentado, pero casi de inmediato se supo que el autor de semejante disparate había sido el supuesto médico, hasta entonces un ejemplar padre de familia.        

Emmanuele Carrère (París, 1956) --conocido en España por novelas publicadas en Circe: Fuera de juego y La clase de nieve, muy estimables; también ha editado en Debate El bigote, que desconocemos, entre otros títulos-- se sintió atraído por esa noticia que conmovió a Francia tras leer un reportaje de Libération y le escribió al asesino, que se salvó de las llamas, recordándole que no era un escritor morboso. Romand tardó en contestarle, leyó La clase de nieve y le dijo que estaba dispuesto a colaborar en la redacción de una novela sobre él. Esencialmente esta es la materia de El adversario, que ya ha sido traducido a más de 20 lenguas y que ha hecho recordar tanto A sangre fría de Truman Capote como La canción del verdugo de Norman Mailer y Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez, y algunos postulados de aquello que se llamó el nuevo periodismo, abanderado por Tom Wolfe, Gay Talese o Hunther S. Thompson, y la novela de no ficción, reivindicada por Capote.        

Uno de los problemas de la novela de no ficción es hacerla creíble: se trata, aunque los hechos estén verificados y figuren en los sumarios de un juicio escandaloso, de que sean verosímiles literariamente. La literatura impone su código, ese artificio al que se llega por múltiples veredas y estilos, y muchas veces hemos leído historias reales, líricas o espeluznantes, que resultan falsas, o que están muy por debajo de la conmoción que nos creó el hecho. Aquí se nos dice en un momento, "el mejor cuento es el de la verdad", algo que también aprendió el homicida. Con eso lidió, por ejemplo, Truman Capote, quien --permaneciendo al margen del corpus narrativo de A sangre fría-- sí deseó que los asesinos fuesen condenados. Carrère en cambio participa de su relato, es un protagonista más, un testigo imparcial que desea entender la infamia que ha sucedido, sus íntimas y ocultas razones, y, sobre todo, la gran patraña en que vivió Romand, que era un embaucador perfecto, un estafador de poca monta y un hombre que vivía del fraude casi como una alimaña, de aquí para allá, en su coche que era su oficina portátil, alimentando una bola de nieve: la de ser un médico famoso, la de trabajar para la OMS, la de poseer contactos financieros de altura, la de viajar alrededor del mundo sin moverse de Francia o del motel de al lado (Romand, se nos dice, es un hombre que deambula sin rumbo, "replegado sobre su absurdo secreto"), la de que ni su mujer tuviese el teléfono de su despacho sin sentirse intrigada por ello, y así hasta el infinito. La falsificación es inmensa.         

Leyendo El adversario (Anagrama, 2000. 172 páginas) sorprende (más que sorprender, resulta casi inconcebible) la presencia del azar, la acumulación de agujeros negros, las distracciones y la buena fe de familiares y amigos para que este hombre --cariñoso con sus hijos, enamorado de su mujer Florence, nada sospechoso en apariencia--, este monstruo amable no caiga nunca víctima de sus embustes, no sea descubierto. Y cuando lo es por su amante Corinne, elige una solución inquietante: la de matar a quienes más ama.        

Carrère, sin afectación y con un pulso seguro, narra la existencia de Romand y logra un texto a la altura de la brutal realidad. Hurga en la infancia del impostor, bucea en su adolescencia, documenta el hecho insólito --para la institución universitaria resultó corriente-- de que un estudiante lleve doce años matriculándose en segundo de Medicina y se fija en el detalle que pudiera ser el epicentro de la gran desgracia: aquel día que no asistió a un examen, debido tal vez a una frustración sentimental. El volumen es esencialmente un reportaje, un informe detallado y límpido que no nos permite pestañear, el torrente imparable de la mentira y el mal.         

Càrrere orilla con gran brillantez los riesgos de su propuesta y logra un libro contenido, bien graduado y fascinante. Que luego, ya en la cárcel, Jean--Claude Romand intente salvarse o justificarse a través del misticismo es otro asunto. Y acaso una nueva novela. 

*Hablo aquí de una novela perturbadora, El adversario (Anagrama, 2000), de ésos libros que releo a menudo. He vuelto a él, entre otras cosas porque acabo de encontrar este retrato del escritor Emmanuel Carrère de Olivier Roller.