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Antón Castro

Artistas

LAFARGA, DESDE HOY, EN CAROL ROJO

LAFARGA, DESDE HOY, EN CAROL ROJO

[Esta tarde, a las 20.00 horas, en la galería de Carolina Rojo, se presenta la exposición ‘Pequeño’ de Paco Lafarga. Admirador de Enrique Bunbury, sonarán canciones de ese álbum. La muestra alude a los pequeños formatos, a los dibujos: desnudos, retratos, interiores, paisajes, sueños. El mundo de Lafarga, que tiene un gran talento. Pongo aquí el texto que le he escrito. Lafarga, casado con Ana Pilar Herrero, vive en Utebo y ahí trabaja, ahí y en su estudio de Zaragoza.]

PEQUEÑO. Exposición de dibujo de Paco Lafarga. Fechas: 18 de abril al 26 de mayo

 

PACO LAFARGA

LENTITUD, BELLEZA E INTENSIDAD

 

Antón CASTRO

Hay artistas muy especiales que se enfrentan a su oficio como si estuvieran en otro mundo. Y por ello están volcados con la invención, con la manufactura, con las sensaciones, con la búsqueda. Paco Lafarga (Zaragoza, 1977) es un perfeccionista y un buscador de estados de ánimo, de revelaciones. Le gusta derramarse en pura emoción, en lentitud, en belleza y en intensidad. Para él, en la pintura o en el dibujo la vida va completamente en serio: late, se encrespa y se enmaraña entre la agonía y el éxtasis. No hay medias tintas. O quizá haya medias tintas, colores más suaves aquí y allá, tinieblas y claridades dibujadas con el puro blanco del papel, pero lo que no hay es negligencia, abandono, caídas.

Paco Lafarga se enfrenta a su oficio como si cada cuadro fuese el último, o como mínimo el penúltimo. Y eso explica su forma de trabajar  y su forma de vivir la pintura. Pintura y vida en él son casi lo mismo: dos incidentes esenciales del ser, dos accidentes íntimos del alma y sus vahídos. Uno pronto percibe lo que le gusta, lo que ama, lo que anhela: quiere que en cuanto ejecuta haya temblor, verdad, el arabesco definitivo de un corazón vapuleado por la incertidumbre. Se arriesga. Ensaya. Se entrega. Uno percibe que viene de clásicos incuestionables: de Rembrandt, claro, que quizá sea el pintor que le embruja, el pintor, el dibujante, el grabador, el creador constante de cuentos de pintura y de representaciones artísticas. El pintor subyugante. Y de Goya, y de Pradilla. Y de Velázquez, de Durero, claro, y quizá de Morandi, fíjense en esa minuciosa búsqueda de una tensión casi antigua, de los románticos y de los modernos. También tiene otros ecos: le gusta Lucian Freud, y esa piel que parece haber sido erizada por el dolor o por un tormento inconfesable de amor, sexo y locura; le gustan David Hockney y Antonio López. Ha asistido a cursos del artista manchego, ha trabajado cerca de él y ha visto las claves del maestro: la paciencia, la vocación, la sedimentación de la luz de todas las horas, la vocación que es casi ritual y posesión. Y sentido de la trascendencia. En cierto modo, a veces, en esos raptos de confusión o de felicidad ante la genialidad del pintor parsimonioso, Paco Lafarga se queda traspuesto, vencido hacia la hermosura elaborada rasgo a rasgo, trazo a trazo, con el silencio inefable.

Paco Lafarga es, ante todo, pintor. Pintor. Con todo lo que eso conlleva. Pintor figurativo. Interpreta la realidad, la crea, la compendia y la traduce a su modo. Pero ahora acaba de dar un salto. Un pequeño salto que tiene el marchamo de un gran salto. ‘Pequeño’ es la ratificación de un mundo: Lafarga ofrece una amplia selección de dibujos de diversos tamaños. Dibujos pequeños que invitan a la intimidad, dibujos medianos, algunos dibujos grandes, no demasiados. Dibujos que son el espejo de su universo en expansión. Y de sus temas: paisajes, interiores, interiores despojados o metafísicos o con un desnudo dentro, instantáneas casi hiperrealistas, bodegones, figuras en la piscina, cuerpos, paisajes abiertos que avanzan hacia el horizonte, paisajes casi abstractos y oníricos, y babuinos. Paco Lafarga trabaja por intuiciones: se deja arrastrar por percepciones inmediatas, por imágenes que intuye, que sueña, que le persiguen, como la de la niña en la piscina, como esas naturalezas que parecen grabados holandeses o esas mujeres tranquilas y confiadas que se asoman a la ventana o que muestran su trasero. Dice que no hace hiperrealismo ni pretende ser un pintor hiperrealista, aunque haya rescatado antiguas fotos, aunque casi todos sus dibujos tengan una mirada fotográfica y un aroma intemporal y moderno, donde, además, se “explora el valor del papel en blanco”.

A Paco Lafarga le gusta decir que para este proyecto, que tiene mucho de aventura y de ensayo, ha trabajado en cuerpo y alma, sin fechas. Volcado hasta la extenuación y a la vez entregado al puro placer de pintar, de jugar con el lápiz y el carboncillo, sin un camino trazado. Improvisando más que nunca: en el asunto, en el tratamiento del dibujo (si hay que rascar se rasca; si hay que crear una atmósfera suave se difumina; si se adivina un camino allá se va, por él y entre sombras...) y en la expresión o en la expresividad. Paco Lafarga se siente aquí más expresionista que nunca, más libre, como si encarase ejercicios de estilo, pruebas que no sabe adonde llegarán y que son, en el fondo, una culminación. La meta es el propio camino: elegancia, tiempo, memoria. Una conquista y una confirmación. Lafarga es un artista que jamás se conforma. Iconoclasta a su modo, rebelde consigo mismo, incansable y lento, un inconformista que no se da tregua. Bueno, en realidad, para esta exposición de Carolina Rojo, tan singular, Lafarga ha sido “un pintor de instantes, más rápido y expresivo que nunca”, un dibujante que se atreve a desdibujar, a progresar sin la obsesión enfermiza del detalle. No le preocupa tanto desarrollar un discurso teórico como elaborar una obra, avanzar, descansar, disfrutar, zambullirse de nuevo en su mundo cotidiano, frondoso y enigmático, corriente y natural, de pequeños gestos decisivos.  

 

FERNANDO SINAGA EN ALICANTE

 

MACA de Alicante presenta el 12 de enero Ideas K, una muestra retrospectiva del artista radicado en Salamanca Fernando Sinaga, comisariada por Gloria Moure. La exposición recoge, a través de más de cuarenta obras en diversos soportes expresivos, el imaginario subyacente en la obra de Sinaga a lo largo de gran parte de su etapa creativa, desde 1984 hasta la actualidad. Ideas K persigue poner de manifiesto tanto el carácter específico y experimental de la obra de Sinaga, como su carácter transversal y diversificado, mediante una contundente ordenación de las conexiones y vínculos existentes en su trabajo a lo largo de los últimos 26 años.

Sobre la obra de Fernando Sinaga

Uno de los campos de profundización poética definitorios de las artes plásticas de la segunda mitad de los sesenta, que tuvo y tiene en la actualidad importantes repercusiones, es la consideración de la percepción y sus procesos como motivos en sí mismos. Fernando Sinaga se sumerge en éste ámbito con una sutileza reseñable, utilizando para ello principalmente el color y los desplazamientos perceptivos. Es importante subrayar, además, que esa poética perceptiva, al ser tratada como proceso, abre los confines materiales de las obras y las define como interferencia con las audiencias. Adicionalmente, ésta aproximación “abierta” plantea la experiencia de la escultura como operación mental, en cuanto a pensamiento y no entendimiento.

La idea de percepción y creación interactivas conlleva en Sinaga un aspecto directamente relacionado, que también le coloca en la avanzadilla de su generación. Frente a la “serialización” y asepsia típicamente minimalista, Sinaga adopta una posición que podría calificarse de naturalista, en el sentido de que mediante contrapuntos mínimos y soportes adecuados trata de desencadenar procesos complejos de concatenación perceptiva irreversibles. Nada es dejado al azar, sino a la interdependencia infinitesimal, típica de los procesos naturales. Así, en la obra de Sinaga, la apertura interactiva hacia las audiencias se conjuga con el tono naturalista de las pequeñas variaciones desencadenantes, para conformar un claro paisajismo de interiores, en alianza con la arquitectura, en el que frecuentemente el color no sólo activa la composición, sino que la define en planos abiertos a partir del juego de correspondencias entre los espacios y las formas.

Sobre Ideas K La exposición retrospectiva Ideas K, de Fernando Sinaga, en el MACA de Alicante busca recoger el imaginario simbólico, geométrico, óptico, material y cromático que subyace en el trabajo del artista desde El Desayuno Alemán (1984) hasta su obra más reciente. A través de los variados soportes expresivos que el artista usa, la propuesta expositiva mantiene de forma simultánea tanto el carácter específico y experimental de la obra, como su carácter transversal y diversificado.

El proyecto revindica el talante independiente de Sinaga y persigue hacer patentes la riqueza y complejidad de su obra. El traspaso de límites en el proceso creativo de Sinaga supone no sólo la interactividad entre obras, sean objetos o imágenes, sino la apreciación del espacio como un elemento visual y plástico, más que como contenedor neutral de creaciones, lo que a su vez implica valorar el arte más como experiencia estética en la que se participa, que como contemplación distanciada.

A lo largo de las salas de MACA se desplegará, por un lado, un bloque de piezas conformado por los trabajos fotográficos, escultóricos y audiovisuales de Sinaga, que se acompañarán de obra sobre papel a modo de trayecto o pequeños gabinetes que salpicarán el recorrido.

Desde Una parte de la realidad (1985), los objetos y las pinturas sobre metal, primordiales e insoslayables en el recorrido por la aproximación creativa de Sinaga, fueron creados para acentuar y reconformar espacios preexistentes, a la vez que obras como Deuteroscopia (La segunda vista) (2008) demarcan zonas de esfuerzo y reflexión perceptiva.

Ideas K pone de manifiesto que Sinaga se sumerge en una ideológia individual, cambiante, favorecedora de las diferencias y no de la homogeneidad, y que responde al imperativo estético en el sentido de creación y no de belleza, por un lado a través de la expansión del concepto de escultura, y por otro, en obras como Lo blanco en lo negro (1995), a través de la revisión de la idea de abstracción.

 

Sobre Fernando Sinaga (Zaragoza, 1951) Vive y trabaja en Salamanca. Su formación artística transcurre en la ciudad de Zaragoza hasta el comienzo de sus estudios de Bellas Artes en Barcelona, donde obtiene la Beca Amigó Cuyás en 1972 y la Beca Castellblanch en1973. En 1976 finaliza sus estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de Madrid y obtiene el Premio de la Dirección General de Bellas Artes. En 1983, y debido a su interés por los estudios goetheanos, obtiene una Beca de la Fonds für freie Erziehung, de Zürich, para proseguir sus estudios sobre la teoría del color. En 1984 obtiene una nueva Beca de Investigación para estudiar la Escultura Pública en USA y a su vuelta de Estados Unidos obtiene una plaza de profesor en la Facultad de Bellas Artes de Salamanca, fijando su residencia en esta ciudad hasta el momento presente.

La exposición de Sinaga El Desayuno Alemán (1984), celebrada en la Galeria Villalar de Madrid reveló la obra de este artista dentro de la escena española de los 80 y desde entonces su obra se ha expuesto en diferentes galerías y museos de España, Francia, Alemania y U.S.A. En 1989 participa en la XX Bienal International de Sao Paulo, Brasil y en 1992 en la 5 Triennale Fellbach, Alemania. En el año 2000 su obra representa a nuestro país en el Pabellón de España de la Expo de Hannover y poco después su obra "Cuerpo Diamantino" se exhibe en la exposición Arte en España, 1997-2002, Obras de la Colección Arte Contemporáneo del Patio Herreriano en la Sala de Exposiciones Manege de Moscú.

Entre sus últimas exposiciones en España podemos destacar, On Prediction (2005), Museo Vostell Malpartida; La Estancia inhóspita, (2005), IVAM, Valencia; Cor Duplex (2005) Museo Pablo Serrano de Zaragoza; God Dog (2006), Galería Adoración Calvo, Salamanca o Zona (2006) en el DA2, Domus Artium de Salamanca. Pueden encontrarse catálogos razonados sobre su trabajo en la Fundació Miró a Mallorca (1996); Palacio de los Condes de Gabia, Granada (1998); Palacio de Revillagigedo, Gijón (1999); Sala Amárica de Vitoria (1999); IVAM de Valencia (2005) Museo Pablo Serrano de Zaragoza (2006) e Ideas K (2012) MUSAC de Leon y (2013) CAC de Braganza

Su trayectoria artística ha recibido el reconocimiento público de la Fundación Valparaiso de Almería, del Premio Villa de Madrid a la mejor exposición de escultura celebrada en esta ciudad en el año 2001 y del Premio Aragón Goya 2010, otorgado por el Gobierno de Aragón por su trayectoria artística destacada.

'EL NIÑO, EL VIENTO Y EL MIEDO', EN HUESCA

Esta tarde, a las 20.00, en la librería Anónima de Huesca se presenta mi libro ‘El niño, el viento y el miedo’ (Nalvay), ilustrado por Javier Hernández, un rosarino afincado en Siétamo. Estas es una entrevista de Ana Moreno, periodista de ‘Sin ir más lejos’ de Aragón Televisión. La presentación correrá a cargo de la profesora Rosa Tabernero, especializada en literatura infantil y juvenil.

 

 

- ¿Cómo surge "El niño, el viento y el miedo"?

-En realidad nació de una invitación a un Festival de Narración Oral en Segovia. Me invitaron a que contase cuentos, me senté al ordenador y me salieron muchos recuerdos de una niñez habitada por lo maravilloso, el asombro constante, la revelación y el miedo. Y luego los conté ante 300 personas. Fue una experiencia difícil pero fascinante: en el fondo, yo era un narrador ‘amateur’.


- No es tu primera incursión en la literatura infantil, ¿qué has buscado en este en particular?

Contar historias, recrear un mundo, recuperar una atmósfera, unos personajes, con aquella sensación que tenía entonces de que la realidad y los sueños se mezclaban. Cuando creías que algo era una invención, de repente surgía un dato que te decía que el miedo tenía razón de existir. Pienso en el ‘árbol del degollado’, en la historia de mal de ojo, que mi madre siempre me contaba con un sobriedad increíble, pienso en la vecina que decía que había visto varias veces al demonio. Tuve una infancia muy parecida a lo que cuento aquí. Y estoy hablando del período 1963 a 1968 más o menos.


- Es un libro que atrapa. Los recuerdos y la añoranza de la infancia de su autor, ¿visita Baladouro de vez en cuando?

Siempre que puedo. Baladouro es un lugar imaginario que estaría entre Santa Mariña de Lañas, donde yo nací, Armentón, Barrañán, Loureda, Arteixo o Larín, lugares que existen, que se pueden ver y que, de por sí, tiene un aroma maravilloso, con una naturaleza exuberante. Baladouro quiere decir valle de Oro: se me ocurrió porque de niño siempre me contaba que había una colina en la que aparecían, cada cierto tiempo, huevos de oro... En realidad, quizá no haya salido nunca de allí, aunque lleve 35 años en Zaragoza y en Aragón.


- Me dice Eva Hinojosa... ¿un libro para los nietos?

Probablemente. Los cuentos son eternos y todos necesitamos que nos cuenten cuentos. Nos gusta escuchar y hay un momento en que también nos gusta contar. E imagino que, en el fondo, como han hecho otros autores, he vuelto a contarle cuentos al niño (al niño-nieto) que yo soy.


- Un libro también para los hijos, a los que se lo ha dedicado. ¿Qué le dijeron después de leerlo?

Hubo de todo. Pero en general les ha gustado. Mi hija pequeña se reía y me decía que, en el fondo, era un libro más bien de terror. Pero ellos, de algún modo, por aproximación, ya conocen muchas de mis historias. Como casi siempre el primero en leerlo fue mi hijo Daniel. Casi siempre es muy gentil, pero me devuelve los manuscritos con una ristra interminable de sugerencias y correcciones. Uno tampoco se puede inventar su vida todo el rato. Mi historia favorita, por cierto, es la del tío de América y la última, el relato de amor. Soy, era, un jovenzuelo melancólico, mimoso y sentimental...


- Las ilustraciones son al libro infantil, como las olas al mar... Y en el "El niño, el viento y el miedo", Javi Hernández ayuda, pero no pone freno a la imaginación. ¿Satisfecho con el resultado?

Estoy encantado con Javier Hernández. He creado su propio mundo, sus propias historias, su propio ámbito de imaginación y de fantasía. Es un trabajo muy sugerente y evocador, lleno de pequeños detalles, de sutileza, de talento. Me hace muy feliz. Desconozco el destino del libro, pero me hace muy feliz el proyecto, gracias sobre todo a Javier Hernández, que fue una decisión de Isabel Peralta y David González, los entusiastas editores de Nalvay.


- ¿Por qué leer "El niño, el viento y el miedo"?

Yo creo que se lee casi como una novela: es la historia de un niño asustado y a la vez fascinado por los seres de su entorno, por los lugares, por la lluvia y el viento, un niño enamoradizo que descubre de golpe que sueña, que se enamora y que alguien, por ejemplo en Montevideo, piensa en él y le regala una armónica. Es un libro sobre los animales (lobos, sapos, vacas, comadrejas, delfines, caballos), sobre los bosques hechizados, sobre los prados, los campos abiertos, la ribera del mar, sobre la exploración en el misterio mismo, sobre la amistad y la relación familiar... Creo que es un libro ameno, directo, con ritmo, cada historia te lleva a la siguiente..., es un libro sobre el arte de contar y de escuchar historias...


- ¿Están perdiendo los niños la magia de leer y conocer lugares desconocidos y fantásticos como  Baladouro?

Los cuentos son eternos. Quizá ahora estén más ante la pantalla del ordenador o del teléfono móvil. Pero consigues crear un personaje, le ocurre algo, hay una acción, una aventura, un riesgo, y eso interesa siempre, aunque para ellos también es muy importante el contexto: que se identifiquen con él. Leyendo el libro, releyéndolo, me parece que “el miedo es necesario para crecer”. Es un estímulo, una forma de estar alerta o sobrecogido, activa tu imaginación y tus delirios. Es un libro que tiene miedo, fantasía, que trata de la vida, y que tiene un poco de humor.

ADIÓS AL ARTISTA PASCUAL BLANCO

ADIÓS AL ARTISTA PASCUAL BLANCO

Un artista del hombre y sus sombras

 

Ha fallecido Pascual Blanco (Zaragoza, 1943-2013), Premio Aragón-Goya de Grabado 1998 y objeto de una antológica en el Palacio de Sástago. El entierro será hoy martes por la mañana, a las once, en el cementerio de Torrero de Zaragoza

 

“Pascual  Blanco es un grande, grandísimo, dibujante. Pocas  veces podemos ver la perfección y la forma en algo que parece menos relevante que un torso o una cabeza: las extremidades son trazadas con una simplicidad casi de signo en los trazos, pero sin abandonar su forma, su expresividad, su movimiento y, por qué no decirlo, su belleza. Quizá en toda nuestra pintura actual no encontremos pies o manos más hermosas, más bellamente ejecutados”, escribía el historiador del arte Federico Torralba Soriano en el catálogo de ‘Del Génesis o el Paraíso Perdido’ de Pascual Blanco, que falleció el domingo de un infarto, a los 69 años.

Pascual Blanco Piquero había nacido en Zaragoza en 1943; se definió alguna como un “escolar díscolo”, pero pronto se sintió subyugado por el arte, e ingresó en la Escuela de Artes. Estudió con profesores como Luis Berdejo, de quien pareció heredar la atracción por el cuerpo humano, Félix Burriel, Dolores Franco y Alejandro Cañada. Se licenció en Bellas Artes en la Escuela de Artes ‘Sant Jordi’ de Barcelona, y pronto empezaría a mostrar su inquietud y su deseo de participar en proyectos artísticos de los inquietos y radicales años 60 y 70. Participó en el colectivo ‘Tierra’, y en 1969 expuso en Kalos, una pintura geométrica, de tamiz lírico y un gran sentido del color, algo que caracterizaría su producción. Si Pascual Blanco fue un buen pintor, encontró en el grabado un campo de pruebas para sus óleos, y al revés, halló en el óleo, en el dibujo y el gouache un terreno de experimentación para el aguafuerte.

Pascual Blanco se definía como un pintor solidario y solitario a la vez. Esa era la ecuación que definió su carrera: quería ser un pintor honesto a carta cabal, auténtico, pero jamás se olvidó de las malandanzas del mundo, aunque también era un pintor metafísico, habitado por las sombras. Dijo: “Mi búsqueda plástica es una búsqueda de la libertad en la creación. Yo deseo evolucionar. Mi vida se justifica por mi propio trabajo y siempre he deseado desarrollar, estéticamente, una coherencia íntima y vital. Por ello he intentado estar al margen de las modas, de los encasillamientos”.

Sin embargo, intervino en la agitación creativa y política de los grupos pictóricos. E integró en 1972 y 1973, por un espacio de apenas seis meses, un colectivo que daría que hablar: ‘Azuda-40’, formado por otros siete artistas reconocidos como Natalio Bayo, José Ignacio Baqué, José Luis Cano, Vicente Dolader, Antonio Fortún, Pedro Giralt y José Luis Lasala. Su empeño, que conoció varias exposiciones y algunas intervenciones conjuntas, sería recordado y recreado en 1983 en la Lonja. Para entonces, Pascual Blanco había desarrollado una pintura comprometida, de denuncia social, resistente, de alegorías políticas, inicialmente abstracta y cada vez más figurativa.

Poco a poco, despojado ya de las contingencias históricas y de la crítica del franquismo, Pascual Blanco irá deslizándose hacia la figuración y el ser humano –indefenso y fuerte a la vez, melancólico y vitalista, herido, doliente, desesperado en ocasiones, soñador casi siempre- se irá convirtiendo en el centro de su obra plástica, tanto en el óleo como en el aguafuerte. Pascual Blanco ha sido uno de los grandes grabadores del siglo XX y XXI en Aragón: con un clásico como Manuel Lahoz, como Mariano Rubio, como Natalio Bayo, Maite Ubide, Mariano Castillo... Confesaría: “Rembrandt es el monstruo total del grabado. Dios bajó a la tierra y se puso a grabar con la mano de Rembrandt. En su caso, el grabado es plenitud de vida. Durero es la perfección visible. Y Goya es la revolución máxima (...) En mi caso, el grabado introduce la vertiente de la tragedia y es una exigencia de mi propia necesidad plástica, una indagación en mis propios instrumentos de artista”.

En 1992 es uno de sus años claves con su presencia en la Lonja, con la ya citada muestra ‘Del Génesis o el Paraíso Perdido’, que él definió como “un ejercicio de riesgo”. Constaba de 25 gouaches, 25 aguafuertes y 25 óleos de gran formato, de dos metros por dos metros, que era como la llegada, la consumación de una meditación que incluía el desamparo, la añoranza, el dolor, tenía algo de compendio de una vida que no había sido fácil nunca. Pascual Blanco fue un creador con demonios y angustias, casi a la manera de Dostoievski, Van Gogh o Unamuno: la muerte de su esposa Encarni Izar, también pintora, la conciencia de la fragilidad, el intento de crear una obra intensa, comprometida, que refleja “la difícil y compleja condición de ser hombre”. Dijo en una ocasión: “Quiero reflejar el sentimiento y la emoción”.

Pascual Blanco ingresó en la Escuela de Artes en 1972 y allí impartió, hasta su jubilación en 2008, clases de dibujo y grabado. Fue un trabajador incansable y apasionado. En 1998 recibió el Premio Aragón-Goya de Grabado. Colaboró con el Museo del Grabado de Fuendetodos, donde expuso y donde dio talleres, y en 2005 fue objeto de una antológica en el Palacio de Sástago: ‘Pascual Blanco. Imágenes para el recuerdo, 1964-2005’. La exposición de su vida, que se suma a otras exposiciones en Montemuzo, Fuendetodos, la CAI-Luzán, A del Arte o en Italia, más recientemente. Se ha ido un hombre entrañable y próximo, un artista que se buscó obsesivamente y que se encontró en sus hijos Sergio y Begoña, en Encarni y Maite, sus compañeras, en tantos y tantos amigos como tuvo, y en su invencible vocación artística.

 

*Este texto se publicó ayer en Heraldo.es. La foto es de Vicente Almazán.

BIGAS LUNA POR LUIS ALEGRE

BIGAS LUNA POR LUIS ALEGRE

LUIS ALEGRE RECUERDA A BIGAS LUNA

La fiesta de la vida

 

Por Luis ALEGRE

 

La fiesta de la vida

 

 

 

La mirada de Bigas Luna no se parecía a la de nadie. Eso es lo que distingue a los grandes creadores y él sobresalió como uno de los más imaginativos y estimulantes de nuestro cine. Desde “Bilbao” (1977) quedó muy clara su atracción por los tipos obsesivos, las relaciones insólitas y las historias pasionales y fronterizas marcadas por un fuerte erotismo. Entre sus películas se encuentran adaptaciones literarias, evocaciones históricas, películas intensamente claustrofóbicas, películas luminosas, cine lírico y romántico o, incluso, cine de terror (“Angustia”). Pero, por encima de esa variedad, sobrevuela en todo su cine un mundo, un estilo muy personal y arrebatador. Nos descubrió a Ariadna Gil en “Lola”, a Penélope Cruz, Jordi Mollá y Javier Bardem en “Jamón, jamón”, a Miguel Poveda en “La teta y la luna” o a “Verónica Echegui en “Yo soy la Juani” y disparó la carrera de Leonor Watling en “Son de mar”. Son muchas las cosas que le tendremos que agradecer siempre.

 

Bigas me hizo sentir bien desde el primer instante. Tal vez porque, al conocernos, me saludó con una gran sonrisa y, luego, me dijo: “Mi película favorita es ´La edad de oro´, de Luis Buñuel”. Fue en Zaragoza, en la presentación del rodaje de “Jamón, jamón”, en el otoño de 1991. La última vez que lo vi fue también en Zaragoza, el pasado 30 de noviembre. Yo esperaba en la estación de Delicias a Ángela Molina. En el mismo AVE, casualmente, venían Bigas y su mujer Celia Orós, zaragozana militante. Bigas me lanzó la gran sonrisa de siempre y me contó, muy ilusionado, que estaba a punto de rodar “Segundo origen”. Desde ese día lo visualizaba en esa película, disfrutando como solo él sabía. Nunca me enteré de que había caído enfermo. Él pidió que, cuando muriera, no se celebrara ningún funeral o acto público de homenaje. Bigas era demasiado elegante como para molestar con algo tan vulgar como la enfermedad y la muerte.

 

A Bigas le volvía loco la vida y era un experto en gozar de ella. Su afán por convertir cada rato en una fiesta divertida y excitante hacía de él una compañía extremadamente confortable. Era imposible sentirse mal si él se encontraba cerca. Durante estos 22 años tuve la suerte de comprobarlo cientos de veces. Él me cogió de la mano muy a menudo y me empujó a ese extraño y fascinante planeta que él había creado para sus seres queridos. Metió en mi vida a Javier Bardem, Penélope Cruz, Jordi Mollá, Anna Galiena, Stefanía Sandrelli, Rosa Vergés, Leopoldo Pomés o Verónica Echegui; me encargó hacer lo imposible para que Jorge Perugorría se empapara del acento aragonés antes de interpretar a Goya en “Volaverunt”; me llevó a sus casas de Barcelona y Torredembarra y me enseñó su huerto ecológico; me regaló una comida excelsa alrededor de unos calsots en un restaurante de pueblo; me convocó a cenas con amigos que él preparaba como un rito sagrado. Bigas sostenía que lo que mejor sabía hacer era colocar a cada comensal en el lugar perfecto de la mesa.

 

Él también quiso acercarse con frecuencia a mis amigos y a mis cosas. Tuve el placer, por ejemplo, de presentarle a María Dolores Pradera y Leonor Watling. Una Semana Santa Agustín Sánchez Vidal y Ana Marquesán nos invitaron a su casa de Híjar y, vestidos de nazarenos, participamos en La Rompida de la Hora. Bigas estaba entusiasmado. Pero la ceremonia le absorbió de tal manera que, de madrugada, durante la procesión posterior a la rompida, entró en trance y se perdió tocando el tambor, solo, por las calles de Híjar. A las cuatro de la mañana nadie sabía dónde estaba. Al rato apareció, levitando y feliz. En otra ocasión, me acompañó a mis pueblos, Lechago y Calamocha. José Luis Campos tuvo una idea fantástica, que tal vez algún día se concrete: bautizar con el nombre de Bigas Luna la avenida cercana al Museo del Jamón de Calamocha, como un modo de reconocer la promoción internacional que Bigas había hecho del producto estrella de la comarca. Recuerdo que Bigas dijo: “Qué ilusión. Cuando alguien pille un taxi para ir al museo le dirá al taxista: ´Al Museo del Jamón. Por la Avenida Bigas Luna”.

 

Bigas era uno de esos no aragoneses a los que les encanta ser aragoneses. Sus antepasados maternos eran de Aragón y, después de enamorarse de su mujer, acabó prendado de nuestra tierra, nuestro carácter y nuestra gente. A él le escuché la única teoría “sensata” para explicar la increíble relación de Aragón con el cine: “Es que para hacer cine es preciso ser muy testarudo”. Celia le contagió su pasión por la Virgen del Pilar y la Ofrenda de Flores. Una tarde me deslizó algo: la Ofrenda aún podía resultar más espectacular, fluida, brillante y poderosa si se cambiaba el lugar de ubicación de la Virgen. De inmediato, se lo solté a Pilar Soria y Juan Bolea, entonces Concejal de Cultura. Juan enseguida comprendió el alcance de la idea y, con una insólita rapidez, logró que todo el mundo, y nunca mejor dicho, la bendijera.

 

A mí siempre me ha hecho mucha gracia que Bigas, en Aragón, revolucionara el icono religioso por excelencia y, también, el icono erótico-festivo que representa el cabaré El Plata, ese templo pagano. Dentro de Bigas convivían un místico, un erotómano, un surrealista, un trasgresor, un iconoclasta, un provocador, un fetichista, un hedonista radical, un vanguardista, un amante de los símbolos, ritos y tradiciones y, sobre todo, uno de los seres más cálidos y cariñosos que he conocido en mi vida. Escribo estas palabras al rato de conocer su muerte, sin tiempo para digerirla, cuando aún me siento dentro de una pesadilla.

 

e ’El Mundo’. Hoy Luis Alegre publica en ’Heraldo’ una versión reducida de este texto.

LOS COLLAGES DE IGNACIO MAYAYO

LOS COLLAGES DE IGNACIO MAYAYO

ÚLTIMOS DÍAS PARA VER LOS COLLAGES DEL MAESTRO MAYAYO
Hace unos días pasé a ver, de nuevo, la exposición de collages de Ignacio Mayayo por la Casa de los Morlanes. La muestra tiene el sabor de un juego, de una gran broma y es a la vez una vuelta de tuerca a la política, a la historia y al arte. No es fácil mezclar tantas cosas y hacerlo con tanta gracia, afán, denuncia e ironía. Ignacio Mayayo es muchas cosas: un gran dibujante, el pintor del Ebro, el pintor de los interiores del teatro de antaño (los días de El Grifo, tal vez), el dibujante incansable de Zaragoza y, además, es un señor con un notable sentido del humor. Hasta el domingo se pueden ver sus creaciones. El collage es uno de sus géneros favoritos: ahí parece sentirse muy libre y libro, capaz de ser burlón, poético, entrañable, procaz, capaz de ser cinéfilo o de ser, simplemente, el maestro Mayayo. Como tal como suele definir Pepe Cerdá. Eso sí, Mayayo le devuelve el piropo con donosura: para él Cerdá es Pepito. Vicente Almazán, ese caballero de imágenes que va y viene a la busca de criaturas, de arquitecturas y de instantes decisivos que no lo parecen, vio a Mayayo y le disparó. Y aquí está Mayayo en la cámara de Vicente.

CRISTÓBAL TORAL: AMPLIO DIÁLOGO

CRISTÓBAL TORAL: AMPLIO DIÁLOGO

ENTREVISTA. CRISTÓBAL TORAL

 

“Soy un artista, figurativo y moderno, de mi tiempo”

 

 

Antón CASTRO

Cristóbal Toral (Torre-Alhaquime, Cádiz, 1940) es un gran trabajador. Un artista y un artesano del taller. Disfruta, investiga, y siempre está ahí, con el pincel en las manos, volcado con su obra. Es un pintor que destila el color y la memoria en el lienzo en una reinvención de la realidad. Ha encontrado un objeto que le funciona como una metáfora o un asidero: la maleta. Es como sus personajes solitarios, que esperan con más tristeza que otra cosa, el gran protagonista de sus lienzos: esos cuadros trabajados en la luz, en la atmósfera, en los detalles, en una idea de ilusión, y que quieren ser fieles a un doble principio: las leyes eternas de la pintura y el afán de pintar el tiempo en que se vive. En esta exposición, que tiene algo de antológica, recoge piezas de casi medio siglo de su carrera: desde 1975 hasta hace unos días, cuando terminó un impresionante díptico a la acuarela: una parte en color, y la otra en blanco y negro. Aquí hay lienzos, acuarelas y dibujos, y están todas sus series y muchos de sus cuadros fundamentales como ‘El tren’, ‘El paquete’, ‘El espejo’, ‘Mirando una fotografía’, ‘La llegada’ o, entre otros muchos, una pieza impresionante que acaba de culminar: ‘La colección moderna del archiduque. D’après de David Teniers’, que es un homenaje o una confrontación brillantísima con el famoso ‘El archiduque Leopoldo Guillermo en su galería de pinturas en Bruselas’ de David Teniers’: uno de esos cuadros que marcarán un instante de plenitud y de máxima inspiración, como lo ha marcado ‘La gran avenida’, ‘El desayuno’ o ‘Habitación del hotel de Saint Paul’. Se trata de un cuadro que no se ha visto nunca y en el que Cristóbal Toral ha dado lo mejor de sí mismo como pintor, como estudioso del arte y como un creador que se sabe a caballo de dos mundos: el débito con sus antepasados y la palpitante actualidad. El tiempo en que vivimos.

Empecemos este diálogo de forma poco original. ¿A qué se debe esa obsesión por las maletas?

Está muy vinculada a mi propia biografía. A mi entorno, a mi formación. Se tienen que dar algunas circunstancias especiales y en mi caso se dan. Piense que yo nací en el campo, en un pueblo de Cádiz, Torre-Alhaquime, que luego me trasladé a Antequera y que de ahí me fui a Sevilla a estudiar Bellas Artes, que me parecía muy lejana. Y luego, a mitad de carrera, me trasladé a Madrid. Se produjo una salida de viaje, que llevaba acarreado el equipaje, la maleta, la idea del tránsito... A la vez, en España existía la figura del emigrante. De ahí, de entrada, deriva mi obsesión por la maleta. En la Bienal de Sao Paulo de 1975 ya llevaba un cuadro muy importante en mi trayectoria: ‘El emigrante muerto’, dramático. Aludía a una época en la que yo había visto y había vivido toda la emigración que se producía hacia Alemania. 

¿Cómo se convirtió en el tema central de su pintura?

De manera natural. Todo eso, apoyado en una filosofía más sedimentada y profunda, me lleva a percatarme de que la maleta es un símbolo del tránsito, del viaje, de lo que es la vida. Siempre digo que nacemos en un punto y morimos en otro, completamente distinto, tras acumular vivencias. Se produce una trayectoria que se recorre con el símbolo de la maleta. En medio quedan muchos puntos, itinerarios, desplazamientos, trayectos, sueños. Y ahí aparece de nuevo la maleta, como una motivación, una metáfora, como una alegoría. Como un elemento enigmático que contiene una historia no escrita.

Y de la maleta pasa a las habitaciones de hotel.

Al hotel, a las habitaciones de hotel, a esos interiores donde nos refugiamos en los viajes. El hotel es otro espacio de tránsito: te instalas, estás una noche y haces vida en él, aunque sea una vida breve. Y en el hotel hay personajes que están de paso, historias secretas, amoríos. ¡Quién sabe! También aparecen las sábanas, los interiores, que contienen muchos fragmentos de nuestra existencia. Aparece el desnudo: esas criaturas en soledad, casi perplejas, que se desnudan, que están casi siempre solas. La soledad es otra fijación, otra obsesión.

Curiosamente, se da una paradoja en su obra. Casi siempre aparece un personaje solo y son muchas o varias las maletas, lo cual da una idea de la multitud, de las multitudes y de la ausencia.

La aglomeración de maletas representa multitudes sin que haya aglomeración de personajes. Es interesante. Las maletas indican multitud: cada maleta pertenece a una persona. O han podido pertenecer a varias. En mi obra sí hay un personaje solo: es la mujer, en algún cuadro hay dos, con algunas salvedades claro, como ‘La gran avenida’, que hay una multitud de seres: es la crónica inacabada de una masacre. Es un cuadro inacabado que quizá no termine nunca y que es mi homenaje a la guerra de Yugoslavia.

Desde un punto de vista formal, estético, ¿qué le sugieren, que le ofrecen las maletas, por qué le gusta tanto?

Porque son de una gran belleza plástica. Hay maletas de cuero, de cartón, de tela; unas más cuadradas, otras alargadas, otras más redondeadas, con su etiqueta. No sabemos a quiénes ha pertenecido. La maleta tiene una historia secreta: qué ha llevado dentro, dónde ha estado, quién la ha usado, en qué trenes o autobuses o aviones ha viajado... Tiene una novela oculta. En la finca que tengo en Toledo hay tres naves enormes llenas de maletas. A veces me pregunto: “¿a quién ha pertenecido todo esto?”. No sé ninguna historia de la maleta. Los amigos, como ya conocen mi debilidad, me las dan y me dicen: “Esta perteneció a mi abuelo, a mi tío, a mi padre... Píntala bien”. Todas tienen una historia, pero plásticamente son de una belleza extraordinaria. Unas son marrones, otras grises, incluso yo mismo las pinto de colores para que tengan un color más puro. Insisto: las maletas poseen una gran plasticidad y ese es un concepto que se está perdiendo en el arte contemporáneo. Mis memorias se titulan: ‘La vida en una maleta’.

¿Qué tipo de realismo es el suyo?

Yo busco un realismo que trascienda la realidad. El arte es interpretación. Interpretación. Interpretación. Interpretación. Eso es lo que he escrito obsesivamente en un apunte a la acuarela: “El arte es interpretación”. No es la realidad: es otra cosa. Ya lo decía René Magritte, que estuvo muy iluminado cuando tituló su cuadro ‘Esto no es una pipa’. Claro que no era una pipa. Y esa interpretación se hace más sólida, más rica en matices y más expresiva cuando, sin ningún tapujo ni complejo, parte de la realidad. A la par pienso que en la realidad está lo más expresivo, lo más extraño, lo más poético y lo más extraordinario. Partir de la realidad es la mejor forma de enriquecer la interpretación. La realidad enriquece la interpretación del artista. Es una invitación a conquistar la belleza, una puerta de acceso.

¿Se siente entonces cómodo en la definición de pintor realista?

Yo me siento un artista figurativo más que un artista realista. Me siento más cómodo en ese término, que ofrece una visión más amplia, más libre para poder manipular la realidad. Mi obra siempre ha tenido una doble dirección: dialoga al 50 % con el arte clásico, con los antepasados, con la gran pintura del pasado, y con el arte contemporáneo, con las vanguardias, con la gran pintura que se hizo en el siglo XX y que se está haciendo en el siglo XXI. En una palabra, siempre he mirado hacia la modernidad. Soy, y siempre he querido serlo, un pintor figurativo moderno, de nuestro tiempo, soy tan vanguardista como el que más informalista o expresionista que haya en el panorama artístico. Me interesa la modernidad. Mi obra tiene ese acento y esa inquietud de nuestro tiempo.

¿Y el espacio, qué lugar ocupa en su poética?

El espacio libera a la pintura de la composición tradicional. Siempre he querido poner las cosas como ingrávidas, en una composición muy libre. Colocar manzanas que flotan en el espacio es lo más natural. Y no pasa nada. En el mundo todo flota, incluso nuestro planeta Tierra, que es inmenso y pesa mucho más que una manzana. En el espacio estamos flotando todos. Por lo tanto si pinto una manzana o un sillón o una maleta en el espacio es de lo más real. Ese descubrimiento de que todo flota en el espacio es muy importante para mí.

Ese descubrimiento, por decirlo así, es ya lejano en el tiempo. Usted fue el “pintor cósmico”, el “pintor astronauta”, ¿no?

He pasado por muchas etapas. Terminé la carrera de Bellas Artes en 1964 y saqué el número uno en mi promoción en toda España. Entonces me dieron el premio nacional de fin de carrera, me quedé de profesor auxiliar durante tres años, tuve becas del Ministerio de Educación y Ciencia, recibí dos veces becas de la Fundación March, pero no vendía ni un cuadro... Nada. Era una situación económica preocupante. Me dije: “Hay que hacer algo”. Me vestí de astronauta y paseaba por Madrid con él, y hablaba con los periodistas, embutido en el traje. Eso fue acojonante porque los periodistas empezaron a hablar del “pintor cósmico”... Como a mí el espacio siempre me ha atraído mucho, les decía: “no, no, señores, esto no es una extravagancia, es una coherencia. La ciencia y el arte van cogidos de la mano, y si los astronautas han subido a la luna yo tengo que hacer una pintura espacial, cósmica, ingrávida. Si yo me visto de astronauta es porque estoy haciendo un homenaje a los astronautas que han ido a la luna”. Aquello me dio una base para hacerme conocer, para que la gente hablara y la prensa también, y me fue bien. Me hice muy popular, me reclamaba la televisión. Recuerdo que Jesús Hermida me llamó en una ocasión para un programa y ahí tuve que romper un cuadro que era de la serie de ‘Los rotos’, de la que irán dos cuadros a la muestra; ese período duró tres o cuatro años. Esa fue la historia. La vida de un pintor siempre está llena de anécdotas.

Hablemos de sus maestros del ayer. Por ejemplo: Velázquez.

Es uno de los pintores más modernos que existen. En algunos retratos suyos te das cuenta de cómo abocetaba las manos de sus personajes, qué pinceladas tan intensas y sueltas a la vez. A veces analizas sus obras, ves cómo está tirada la pintura, y piensas que anticipa a Jackson Pollock. Es algo increíble. Qué valentía tuvo: enseñó al mundo el culo de una señora. Eso era inconcebible en esa época. Se adelantó a su época con un atrevimiento extraordinario, y sin ningún aspaviento. Y tenía, además, una capacidad casi inefable de concebir una atmósfera. Pienso en ‘Las meninas’: ¡Qué maravilla! Les he hecho mi particular homenaje en ‘D’aprés de Las meninas’, como hice con Goya en ‘D’apres de La familia de Carlos IV’.

¿Quiénes son sus otros maestros clásicos?

Velázquez, por supuesto, insisto, es muy importante para mí. Manet lo calificó como “el pintor de los pintores”. Es una referencia para cualquier pintor sensible; fue una referencia para Francis Bacon, por ejemplo. Y Rembrandt es otro de los monstruos, de los grandes. Tenía un talento especial para crear ambientes, grandes laberintos de sombra. Y luego Leonardo da Vinci, que para mí es el pintor y el ser más misterioso que existe. Es un pintor trascendental. Va más allá de lo humano. Posee misterio y profundidad. Llena la obra de contenido y de mensaje. Es para mí un pintor que no se acaba nunca.

También le he oído hablar muy bien de Van Gogh...

Es el pintor que más me ha impresionado. La primera vez que vi sus cuadros, en París, se me saltaron las lágrimas. Es un pintor realmente profundo, que remueve el universo, un pintor lleno de significación. Pone el alma en cuanto pinta. Y, de los posteriores, creo que Picasso, tan creativo, tan expresivo, es el ejemplo de la modernidad. Un pintor que inventa siempre, que se renueva, que tiene un estilo en cualquiera de sus épocas. Es alguien que busca. Y me interesa mucho Matisse. Y Martk Rothko, un maestro de la abstracción y del color, que posee un sentido poético, que pinta con mucha fuerza, con determinación. Ahí sí que hay un pintor, mucho más que en Jackson Pollock, que a mí me parece que está algo sobrevalorado, o en Jeff Koons, por ejemplo.

¿Qué pintores figurativos le interesan?

Me gustan, claro, Lucian Freud, es un gran pintor realista, hiriente, con un sentido metafísico brutal; Francis Bacon, que es todo un personaje descarnado, con contenido, con fuerza, me interesa mucho, o Edward Hopper, que sabe retratar como nadie la soledad y las pequeñas cosas de la vida. Conozco muy bien toda su obra. El pintor debe tener garra, fuerza, misterio, esa quimera interior y espiritual para conseguir algo, un sentido poético evidente y un diálogo intenso y constante con la materia. El auténtico pintor busca la perfección y la intensidad con desesperación, con afán de belleza, con espíritu de trascendencia. Y tanto Bacon como Hopper son pintores con desesperación; Hopper, por cierto, tiene mucho contenido surrealista. Vuelvo un instante a Mark Rothko, que encarna al pintor que acaba suicidándose por su conflicto interno. Crear no es fácil: a menudo al crear también acabas dejándote el alma destrozada. A mí un cuadro abstracto, si es bueno, me conmueve. Veo de inmediato que allí hay un pintor. Más allá del mensaje, de la filosofía, hay algo fundamental...

¿La luz, la atmósfera, la invisibilidad del aire, tal vez?

Yo hago una luz creada. Entre la montaña que yo estoy viendo y el ojo se produce ahí un objeto que es la atmósfera, que es el aire. Eso lo vio Leonardo y Velázquez lo plasmó en ‘Las meninas’ perfectamente. Crea ese ambiente y la transparencia del aire. Y esa atmósfera y ese ambiente de los interiores son decisivos: permiten crear un misterio, una poesía, esa metafísica, la realidad está envuelta en una atmósfera especial de magia. En Hopper esa atmósfera está marcada por la fatalidad, por la soledad. Hubo un momento en que yo, que no lo conocía, vi su obra y me dije: “Anda, si me parezco a Hopper”. La soledad, la espera, los interiores: a ambos nos interesan de modo semejante. Me pareció una coincidencia muy curiosa.

Hablemos del color: contenido y expansivo a la vez, poderoso, melancólico...

Se ha producido una evolución en mi obra. Al principio había colores más oscuros, más dramáticos, más antiguos, en relación a la sobriedad de la pintura española. He ido evolucionando hacia el blanco y hacia el negro. Y en los últimos años he incorporado más color. Ahora me interesa mucho la pureza del color: los azules, los rojos, hay más viveza en el cromatismo. Picasso decía que empiezas pintando como un clásico y acabas pintando como un niño. Y ese proceso parece muy natural. Poco a poco, por decirlo así y con algo de humor, podríamos decir que me estoy modernizando cada vez más, eso sí, desde la contención. A veces, en la modernidad, el panorama es preocupante: se considera arte cualquier ocurrencia. Se banalizan las cosas a pasos agigantados.

¿Qué debe tener un cuadro para usted?

Como pintor me interesa mucho cómo está resuelto desde el punto de vista pictórico. O cómo está visto.  Un cuadro debe decir algo, atraer, emocionar, conmover, en primer lugar, por sus características pictóricas. Porque está bien pintado, porque está bien compuesto, porque tiene un color subyugante o atractivo, porque posee los valores clásicos, eternos, de la pintura. Antes que nada, para mí, es la pintura. Veo un cuadro abstracto de Rothko y sí me conmueve. Veo que ahí sí hay un pintor. Por encima de todo hay que hacer un cuadro con todas las cualidades de la pintura. De la Pintura, con mayúsculas. Y esas cualidades son distintas a las de la poesía, la arquitectura o la música. ¿Qué es lo que busco yo con cada cuadro? Hacerlo mejor que el anterior. Superarme. Que no se parezca a otro. Nunca he creído que consiga lo que quería conseguir. Me planteo resolver una dificultad que me impongo a través de la pintura. Intento que el espectador observe uno de mis cuadros y conecte con mi mundo y con el momento actual.

¿Cuál es la importancia del mensaje? ¿Qué quiere decir un artista como usted?

El pintor es un testigo de su tiempo. Es un notario de su época. Es un cronista de lo que sucede a su alrededor. No está en una torre de marfil ni es alguien que solo mira al pasado. Yo soy un artista de mi tiempo que atiende a los movimientos y a las inquietudes actuales, y eso para mí es fundamental.

En cierto modo ha invocado, sin decirlo, a Goya.

Francisco de Goya es otro monstruo, otro mito. Otra referencia. Un ejemplo. Por eso yo le decía que partir de la realidad es la mina más fructífera que existe, porque la realidad es lo más variado, lo más poético, lo más bello, lo más cruel, lo más tierno. En la realidad está todo, y Goya supo verlo. Fue un hombre sensible a su época y a todo lo que existía: podía captar la dulzura más exquisita y la crueldad más horrible. Tenía una formidable sensibilidad para las mujeres y los niños, y fue un descomunal pintor de la violencia, de la masacre, como se ve en los ‘Desastres de la guerra’.

Goya atrapó muy bien el binomio de arte y vida, ¿no le parece?

Goya es uno de los pintores que mejor supo captar toda la gama tremenda de la realidad. Y a Picasso le sucedía igual: ahí están el ‘Guernica’, ‘Los fusilamientos de Corea’, sus propios ‘Desastres de la guerra’ y muchas otras piezas. Recuerdo que de joven, recién llegado a Madrid, di una conferencia sobre él: fue un atrevimiento; hablé también de Goya. Ya entonces pensaba cosas parecidas: veía la vida como un ejemplo infinito de la variedad de las cosas. Picasso marcó una época y es un ejemplo por su capacidad para no esclavizarse de nada y para renovarse en cada serie. Siempre está renovando su propia fórmula. La realidad es mi mayor fuente de inspiración por su variedad infinita, por el contraste: contiene la ternura, la dulzura, la crueldad más absoluta, y no hay más que ver las fotos que nos mandan de los crímenes de Siria y de otros lugares del mundo. El hombre puede ser la mayor bestia para el hombre y a la vez la criatura más amorosa y refinada. Hay mucha gente generosa que se sacrifica por salvar a otros.

De sus contemporáneos, ¿se siente próximo o afín con alguien?

La verdad es que no me siento afín a nadie. Me despegué del realismo fotográfico, y tampoco he tenido relación con ese realismo académico tan español. He buscado mi sitio en un realismo interpretativo, en una figuración más etérea y poética que posee una atmósfera especial, con esa visión del espacio. Ha sido un realismo muy distinto del que se hacía en España y también en Estados Unidos. He ido un poco a mi aire, como un pájaro libre. He sido una persona muy aislada, muy centrada en mi mundo, trabajando en el estudio. Ahora tengo la sensación de que me va a faltar tiempo. Estoy ahora aprendiendo aún y me quedan muchas cosas por hacer...

Por cierto en esta exposición también incluye acuarela.

La acuarela es muy difícil. Los pintores coinciden en eso. Hace poco Antonio López me decía: “A mí la acuarela me horroriza”. Y hablamos de un pintor de un dominio técnico extraordinario que hace magníficas acuarelas. Casi todos los pintores le tenemos miedo a la acuarela. Van Gogh decía que la acuarela era algo endiablado. La acuarela te mantiene en tensión durante todo el proceso de ejecución, porque en cualquier momento se puede estropear la obra y no se puede rectificar. Se te descontrola la aguada o la mancha y luego no lo puedes borrar del papel. Ahora estoy haciendo maletas. Me interesa mucho introducir el blanco y negro. Presento dos obras de cuatro sillones que vuelan, y uno de ellos está pintado en blanco y negro. Y algo parecido hago con un nuevo díptico de gran formato a la acuarela: media parte está a color y la otra en blanco y negro.

La pieza es minuciosa, detallista, pero no deja ser sorprendente. Es casi un ejemplo de su nueva orientación: mezclar el color y el blanco y negro.

Me ha emocionado recientemente, ahora que he estado en Nueva York, una exposición que tienen en el Guggenheim de Picasso –que  daba para todo- que se titula: ‘Picasso en blanco y negro’. Hay una selección de obras que el artista solo pintó en blanco y negro. Es extraordinaria. Exquisita. Una de las más bonitas y más conseguidas que he visto nunca en el Guggenheim. Coincidir con grandes pintores siempre es una satisfacción. El blanco y negro es muy bello. A partir de ahora voy a hacer más cosas. Es como con las películas en blanco y negro: tienen algo especial que no tienen las de color.

 

*Una amplia selección de la entrevista apareció en Heraldo de Aragón. La foto principal es de José Miguel Marco; la segunda de 'El País'.

BEBO VALDÉS... Y ZARAGOZA TEMBLÓ

 

El Auditorio de Zaragoza cumplirá veinte años en 2014. Es, tal vez, el mejor equipamiento cultural del siglo XX en Aragón. En 2008, en uno de sus camerinos, aparecieron Bebo y Chucho Valdés. Iban a ser objeto de una entrevista. Habían estado ensayando para un concierto de jazz y de música latina. En la estancia había un piano: lo vieron, se sentaron y empezaron a tocar. Improvisaron: desde ‘Lágrimas negras’ a ‘De dónde son los cantantes’. No decían ni una palabra: sonreían. Padre e hijo se miraban de vez en cuando, Bebo con su eterna sonrisa de azúcar y de bondad, Chucho, con su gorra blanca y su aire de grandullón displicente. Tocaron como si nada más de quince minutos. El operador de cámara de ‘Borradores’ lo recogió todo: el sonido, el movimiento de aquellos veinte dedos que concentraban la melodía esencial del mundo, las sonrisas, el movimiento de los hombros y las cabezas; el operador, tan asombrado como la cámara, captó incluso la perplejidad de los espectadores: una realizadora, dos periodistas, las gentes del Auditorio. Aquello se había convertido en un festín de sonidos. Dos hombres, padre e hijo, juntos y sentados al piano. Recuperaban sensaciones de antaño, los días perdidos, mitigaban incluso sus diferencias políticas: Bebo se había ido de Cuba porque se había negado a delatar a un compañero y había hecho su carrera alrededor del mundo, con base y amor en Suecia; Chucho era uno de los embajadores más célebres de Fidel. Entonces nadie pensaba en eso. Era tal la comunión, era tan inefable la emoción, que todos estábamos transidos. Dijo Bebo, que acaba de morir: “¿Es que nadie nos va a preguntar?”. Esa noche, con dos pianos, provocaron otro milagro de Candeal: Zaragoza tembló.