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Antón Castro

Deportistas

LITERATURA Y FÚTBOL

LITERATURA Y FÚTBOL

Las historias literarias del balón

 

 

[El fútbol ha generado una importante literatura y auténticos especialistas como Javier Marías, Gonzalo Suárez, Peter Handke o el poeta aragonés Paco Úriz. Con el inicio del Mundial, se multiplican las novedades].

 

 

La literatura y el fútbol forman un constante binomio de creación. Javier Marías lo define como "la recuperación semanal de la infancia" y como "la memoria del alma", y recuerda en su libro, ampliado ahora, ‘Salvajes y sentimentales. Letras de fútbol’ (Alfaguara, 2010) que él jugó de extremo izquierdo, a la vez que evoca a dos clásicos universales como Vladimir Nabokov y Albert Camus, que jugaron de porteros en su niñez, Camus en concreto en Argelia y en Francia. El fútbol no solo ha marcado a un sinfín de escritores (desde Delibes, que fue comentarista en sus inicios, a Benet; desde García Hortelano, forofo hasta la sinrazón, a Vila-Matas o Martínez de Pisón), sino que ha sido un inequívoco motivo de inspiración. Además de los citados, pensemos en los latinoamericanos Osvaldo Soriano, Roberto Fontanarrosa y Mario Benedetti, que han dado lo mejor de sí, probablemente, en textos sobre el balompié. Pensemos en Eduardo Galeano, autor de ‘El fútbol a sol y sombra’ (Siglo XXI), un libro que se reedita continuamente y que ensaya pequeños y evocadores microrrelatos sobre los goles, los jugadores, los partidos, los árbitros y los aficionados. Pensemos en europeos como Alessandro Baricco, Peter Handke, Antonio Tabucchi o en Nick Hornby, autor de ‘Fiebre en las gradas’, acaso el mejor documento redactado por un hincha, en este caso del Arsenal, el conjunto británico al que batió el Zaragoza en la Recopa, en París, en 1995, hace ahora quince años.

Paco Buyo cuando jugaba de portero en el Huesca con un compañero.

El equipo español también escribe

Entre los españoles podemos citar, sin ánimo de exhaustividad, a Wenceslao Fernández Flórez, Camilo José Cela, Gonzalo Suárez o, más recientemente, David Trueba, con su novela ‘Saber perder’ (Anagrama, 2007); la lista se haría infinita. Por ejemplo, un equipo como el Real Betis tiene su propio volumen de ficciones: ‘Relatos en verdiblanco’ (Almuzara, 2007), donde destaca la participación de Fernando Iwasaki. Y mucho más ambicioso y completo es el que tiene el Real Zaragoza: ‘Cuentos a patadas’ (Fundación Real Zaragoza, 2007), en el que veintiún escritores y veintiún ilustradores recrean la historia del club a lo largo de 75 años. Estos días, Tropo edita ‘El Huesca. 100 años de fútbol’, un libro realmente hermoso y sugerente donde distintos escritores (Ismael Grasa, Víctor Juan, Petón, Carlos Castán, Óscar Sipán, Javier Tomeo?) se unen a futbolistas, directivos y periodistas para trazar una crónica que tiene dos hitos simpáticos: la presencia del guardameta Buyo y la del internacional y ex barcelonista Tomás Hernández, Moreno. Ismael Grasa dice algo muy bello: "Carlos Castán ha sido siempre de los del fútbol. Para mí, en cambio, el fútbol es la búsqueda de un clasicismo tardío y de una felicidad nueva".

El Barcelona que ganó las Cinco Ligas. Al lado de Kubala, a su izquierda Tomás Hernández, 'Moreno'.

Novedades para el Mundial

Cuando comienza un Mundial de Fútbol, se disparan las novedades de fútbol. Quizá nunca haya habido tantas novedades para todos los públicos: estudios, monografías, libros de narrativa y de poesía (como sucede con ‘Un rectángulo de hierba’, del zaragozano Paco Uriz, en Libros del Innombrable), tebeos, como el dedicado a Fernando Torres, y diversas colecciones y diversos volúmenes de literatura infantil y juvenil en sellos como SM, Bruño o Salamandra, entre otros. Para el público juvenil es muy recomendable ‘El portero de la selva’ (Salamandra) de Mal Peet, la historia de Gato, "el mejor portero de todos los tiempos" que contó con un misterioso personaje, allá en el corazón de la selva, que le enseñó los secretos del fútbol.

Por su carácter totalizador, podríamos recomendar ‘La historia de los Mundiales’ (T&B) de Víctor Giménez, un libro ilustrado repleto de datos, anécdotas e historia, y Pablo Nacach es el editor de ‘Libro de fútbol’ (451), donde hay textos, nada menos, que de Homero, Shakespeare, Calderón o Lewis Carroll, junto a otros autores ya citados aquí. Uno de los ilustradores es Eugenio Ampudia, formado en Zaragoza. La selección española ha generado varios títulos, entre ellos ‘Los secretos de La Roja’ (Timún Mas) de Miguel Ángel Díaz. ‘Capitanes’ (LID Editorials Notes), de Luis Villarejo, es un libro sobre el influjo del capitán en un conjunto. El libro más impresionante quizá sea ‘366 historias del fútbol mundial que deberías saber’ (Temas de Hoy) de Alfredo Relaño, donde se recogen varias notas del Real Zaragoza, entre ellas la del milagroso gol de Nayim. Y el de Javier Marías, ‘Salvajes y sentimentales’, está lleno de reflexiones, de narraciones y de confesiones: quizá sea la mejor autobiografía, oblicua, del autor de ‘Negra espalda del tiempo’.

Entre los libros de recuerdos y de homenajes, destaca uno realmente emocionante e insólito: ‘Sin arte’, del húngaro Péter Esterházy, que cuenta la pasión de su madre por el fútbol y especialmente por futbolistas irrepetibles como Boszik, Czibor, Kocsis o Puskas, “cañoncito pum”: el capitán de la Hungría de 1954 y el diez del Real Madrid era su ídolo.

*La foto de Nayim celebrando la victoria en la Recopa de 1995 sobre el Arsenal es de Oliver Duch, uno de los grandes fotógrafos de 'Heraldo de Aragón'.

 

HOPPER, EL MOTORISTA SALVAJE

 

A los 33 años, Dennis Hopper emprendió una de las aventuras más bonitas de su vida: rodó, dirigió e interpretó ‘Easy ryder’ (Buscando mi destino), una de esas películas que abren una espiral a la leyenda, que se convierten en un icono de la modernidad más peligrosa. Aquellos motoristas, más bien existencialistas, eran dos aventureros, dos tragamillas, que parecían escapados de las novelas de Keroauc o de los poemas de Allen Ginsberg. Hopper, que había actuado en películas como ‘Rebelde sin causa’, ‘La leyenda del indomable’ o ‘Gigante’, acabaría por convertirse en un actor casi maldito e inquietante, capaz de encarnar a los dementes, psicópatas, asesinos, locos de amor, exploradores de los abismos del mal. Entre otras muchas películas, recuperó su perfil más inquietante en ‘Terciopelo azul’, al lado de Isabella Rossellini, tan vulnerable ante sus avasalladores ojos. En realidad, en casi todos sus filmes Hopper tenía una mirada turbadora, esa que lo emparentaba con Jack Nicholson, con Paul Newman, Edward G. Robinson o John Garfield. Consumidor habitual de estupefacientes y ciudadano desconcertante, Hopper poseía un lado creativo subyugante. Le apasionaba la pintura y la música, dirigió hasta cinco películas, se comprometió con algunas causas sociales y, además, era un excelente fotógrafo que fue expuesto y elogiado en Europa por sus reportajes, retratos, rodajes. Captó a Ike & Tina Turner, a Jaspers Johns, a Paul Newman... Desde hace meses se sabía que este actor diferente -radical, excesivo a menudo, gamberro, versátil- era víctima de un cáncer de próstata. Acaba de fallecer. Seguro que antes de hacerlo el viento, la lámpara de su habitación o la última enfermera que le tocó la cara palidecieron un instante. Este hombre cortaba la respiración al mirar: su lucidez helaba la sangre.

VENUS O EL ARDOR DE UN DESNUDO

VENUS O EL ARDOR DE UN DESNUDO

Venus Williams, la larga de las hermanas norteamericanas, es una gran enamorada de la moda, y quizá de la provocación. Ha ganado siete torneos del Grand Slam, concentrados entre Wimbledon y Australia. Intenta ganar en París, y lo hace con un deslumbrante atuendo o traje que juega con la ilusión del desnudo. La foto es de Reuters.

HOY FIRMO 'LOS DOMADORES DEL BALÓN'

Esta mañana, a partir de las once y media o doce, voy a estar en la caseta del sello Eclipsados, frente a Correos pero al otro lado, en la Feria del Libro de Zaragoza. Ignacio Escuín Borao me dio ayer los tres primeros ejemplares de mi nuevo libro: ‘Los domadores del balón. Un Diario del Mundial de Fútbol de 2006’, que publica en una nueva colección titulada ‘Zona Cesarini’, término que alude a la parte final del partido, y alude especialmente al jugador italo-argentino Renato Cesarini, que formó en la Juventus, y que tenía la habilidad de marcar goles determinantes en los últimos partidos en los años 30.

El libro recoge una colección de artículos que fueron apareciendo en Heraldo entre junio y julio de 2006. Se trata de un volumen de un centenar de páginas que efectúa un recorrido por ese campeonato, que ganó Italia, tras el famoso cabezazo de Zidane a Materazzi, y por la historia de los campeonatos y de algunos de sus jugadores más destacados.

Selecciono aquí un par de textos:

9 de junio

Imagen primera de la eternidad

En Galicia, un día, la orquesta Bellas Farto atacaba un tema melódico. Yo tenía diez años, era verano, había palmeras en el jardín contiguo a la pista hexagonal de baile y los niños soñábamos con un primer amor y poníamos adjetivos a tal o cual muchacha que iba vestida de novia. Pero casi todos teníamos en la cabeza otra cosa que estaba a punto de comenzar: en una hora, Brasil e Italia saltarían al campo para jugar la Final de la Copa del Mundo en México. Antes de haber visto ese torneo, yo ya tenía mis recuerdos inventados: un tal Manín, algo mayor que nosotros y que iba para figura del Deportivo, sobrino de Arsenio Iglesias, nos reunía a todos en una esquina del campo de fútbol y nos contaba historias de futbolistas de leyenda: Del Sol y Luis Suárez, “que jugó en este campo”, pero también Reija, Marcelino y Lapetra, que habían participado en los Mundiales de 1966. Manín nos llenaba la cabeza de sueños, de cabezas sangrientas anudadas con un trapo, de balones durísimos como pedernales y de partidos y jugadores: quizá fuera él, antes que nadie, quien me hizo reparar en Franz Beckenbauer, un volante de ataque, ligero y delicado, capaz de frenar a Bobby Charlton y de dirigir el ataque de Haller, Uwe Seeler y Emmerich hacia el arco de Gordon Banks.

Pues bien, en aquel domingo en que el mundo esperaba el gran choque, yo aún tenía el corazón herido: iba con Alemania a muerte y había deseado que ganase en la épica semifinal contra Italia: Beckenbauer, aún de volante de dirección, había jugado con un brazo en cabestrillo si perder un ápice de elegancia y de vértigo. Sin embargo, la tosca Italia, que se permitía dejar en el banquillo al formidable y fino Gianni Rivera medio tiempo, había ganado 4-3. Sospechaba que dentro de unos minutos iba a recibir su merecido. Aún no teníamos televisor en casa, y vi el encuentro como tantos otros en Cafetería Sanchís. Brasil, que había deslumbrado en todos sus choques y sufrido ante Inglaterra, ganó con facilidad en una sesión inolvidable. Pelé realizó un partido primoroso y lo coronó con un pase final a Carlos Alberto -el lateral que prefiguró a Nelinho, Jorginho, Leandro y Cafú-, que remató con fuerza y precisión lejos de las manos de Albertossi. Aquel cuarto gol quizá sea uno de los tantos más hermosos de la historia de los Mundiales: participó todo el equipo brasileño y Pelé, que había inaugurado los goles de la tarde con un limpio testarazo, aguantó la eternidad máxima que puede conceder el fútbol, y cedió bellamente al lateral. Aquel partido para mí tenía el sabor de una venganza y me parecía el desenlace justo que venía a reparar una injusticia. Alemania se había resarcido, también en la prórroga, de la derrota ante Inglaterra en la final de 1966, y había jugado con otra belleza y potencia que Italia en la semifinal. Al menos así lo percibía un fanático niño de 10 inclinado hacia los teutones.

Pero aquel partido era también la consumación de un rito iniciático: ahora ante Manín, en la esquina del Campo de los Bosques, podría opinar y apostillar. ¿Cómo le iba a discutir hasta entonces cómo había jugado Reija o si Carlos Lapetra, como solía decir, apoyándose en su tío Pepe “Lañas”, conductor de autobuses y entrenador de fútbol modesto, era mucho mejor que Gento y Collar juntos? Tras la final, cometió un error al recitar la alineación de la Alemania que venció al Uruguay de Ildo Maneiro, y se lo advertí. “Beckenbauer, lesionado, no jugó”, dije. Ojalá no le hubiera dicho nada: “Y a ti, mocoso de mierda, quién te ha dado vela en este entierro”. Dejé de acudir a sus reuniones en la banda y me acostumbré a leer el “Dicen” y el “As color”. Un forofo no soporta que le mientan respecto a sus ídolos.

 Los domadores del balón. Diario del Mundial de Fútbol de 2006. Eclipsados: Colección Zona Cesarini. Zaragoza, 2010. 110 páginas. Firma esta mañana de 11.30 a 2 en la caseta de Eclipsados.

 

EL GARRAPINILLOS: ADIÓS A TODO ESO...

El Garrapinillos de Regional Preferente jugaba hoy su último partido y su última oportunidad de salvar la categoría. Casi nada le favorecía: su posición en la tabla, las combinaciones y, aún menos, las bajas y expulsados propios. Se desplazaba a Calamocha, que posee un campo excelente para la práctica del fútbol. En el Hotel Fidalgo, en compañía de José Luis Campos, el presidente del club nos dijo que el equipo tenía 130 fichas. El césped es maravilloso, parecía de Primera División, impecable; las instalaciones me parece que dejan algo que desear: no existe una sola tribuna para días, como los de ayer, de lluvia, y todo da una cierta sensación de desaliño.

El Garrapinillos formó con Sergio; Francho, Juanda, Vallestín, Camino y Adrián Segarra; Diego, Mario Martín, Oscar; José y Adrián Pérez. Al principio, parecía que los visitantes se hacían con el ritmo del partido y que incluso generaban dos claras ocasiones de gol, a servicios de Diego. Pero en uno de esos balones cruzados al área, el Calamocha tomó ventaja. El partido desde entonces fue de toma y daca; los locales triangulaban bien, defendían bien su posición con una línea de cuatro, y el Garrapinillos zozobraba en el centro, en la zaga y se mostraba impreciso y fallón arriba. Óscar Zambra marcó desde lejos con un disparo que le botó al portero y que mereció este comentario en la grada: “El gol que le marcaron a Arconada en la Eurocopa de Francia”. Oí eso textualmente.

Cuando moría la primera parte, apareció la lluvia. Una lluvia suave que amainaría poco a poco y dejaría salir un suave sol de primavera. En la segunda parte, el Garrapinillos parecía más entonado; en los diez primeros minutos jugó a su gusto, atacó, pareció dominar la situación. De un balón perdido en la media luna rival, derivó un contragolpe largo y bien trabajando del Calamocha, tan vertiginoso como preciso, que acabó en gol. Poco después, el Calamocha (ayer los rojillos; los visitantes iban de blanco) incrementó su ventaja en dos ocasiones: se colocó 4-2. Jorge Rodríguez entró en el campo en lugar de Camino, y Quique reemplazó a Segarra; este fue el tercer choque en el que coincidió con su hermano Diego en el equipo principal de Garrapinillos. El equipo pareció mejorar: Jorge, menudo y vivaz, jugó muy  bien en el corte y subiendo el balón; se alió con Mario Martín y con Óscar. Incluso fue aplaudido por el equipo y el público rival. Luego entrarían Pirri y Néstor, reduciría diferencias de nuevo Óscar, que falló otros dos ‘mano a mano’ con el arquero, y así acabó el partido. 4-2, victoria del Calamocha y descenso a Primera Regional del Garrapinillos. Diego volvió a correr metros y metros sin conocimiento en el puesto de mediocentro, estuvo mejor en la recuperación que en el pase, especialmente en la segunda parte, pero derrochó esfuerzo y, de nuevo, en su sexto o séptimo partido completo, demostró que puede jugar en el equipo, que necesita hacerse más fuerte en las disputas y que debe mejorar la conducción de balón y, sobre todo, el pase en corto y en largo. Sin duda, debe asumir más responsabilidades en la recepción del balón desde la defensa y precisar sus impactos.

Fue una lástima el descenso. Hacía muchos años que no veía un equipo tan de cerca, un equipo de Regional quiero decir –desde mis años como masajista del Penouqueira, desde mis años como jugador del Atlético de Arteixo…-, y me ha impresionado la tensión, la pelea, la desesperación, el espíritu de lucha, el afán de quedarse en la categoría. El Garrapinillos ha intentado hacer una piña con sus jugadores, han organizado cenas, encuentros, pero al final no se ha encontrado la fórmula para sobrevivir. No se han cuidado algunos detalles: demasiadas protestas, demasiados enfados contra los árbitros que rara vez rectifican, quizá también se jugó demasiado en largo y dándole muchos metros a los rivales. Han pesado mucho las expulsiones, mucho más que las lesiones. El equipo empezó con un 4-4-2, o con un 4-3-3, y acabó jugando de otro modo: con tres centrales, dos carrileros largos, dos medios y tres puntas, uno de ellos con mucha libertad, Óscar, que ha sido el goleador del equipo.

 

En este partido se despedían algunos jugadores y se despedía, especialmente, el entrenador Ismael ‘el Bola’, que intentó dejar el conjunto en la categoría en que logró situarlo tras la magnífica campaña anterior.

 

*Entre el viaje en autobús y el descanso acabé de leer el nuevo poemario de Justo Navarro, ‘La vida social’ (Pre-Textos. La cruz del Sur), un libro realmente personalísimo, cada poema es una metáfora en sí mismo, un enigma, una historia sugerida que plantea un sinfín de interrogantes. Hay poemas espléndidos al miedo, dos o tres, al padre, poemas de amor, relatos con suspense, y algunos que reflejan un extraño clima onírico y a la vez muy cotidiano de los secretos de familia.

[En la foto, el Garrapinillos de la campaña anterior que ascendió; abajo, Diego, el primero desborda, y Jorge. que marca un gol en el campo del Salvador.]

DIEGO Y JORGE JUEGAN JUNTOS SIN SUERTE

 

Garrapinillos, 1 - Ebro, 5 (El Ebro se proclamó campeón de su categoría y asciende a Tercera Regional)

El Garrapinillos de Regional Preferente volvía a jugar un importante partido para eludir el descenso. Tras los diversos percances el pasado fin de semana ante el Santa Anastasia, lesiones y expulsiones, hoy recibía al Ebro, líder con seis puntos de ventaja, con algunas bajas. El preparador Ismael, tras su viaje por París, alineó a: Sergio; Francho, Camino, Lacabe, Vallestín, Ito; Mario, Diego, Sagarra; Adrián Pérez y Bolo. El Ebro se mostró de inmediato como un equipo muy sólido, no exactamente brillante, pero sí ordenado, bien colocado sobre el campo y con todos los jugadores muy concentrados. Poco a poco se veía que llegaban mejor, que trenzaban mejor las jugadas y así empezaron a llegar los goles: tres goles muy semejantes y tempraneros en balones bajos, cruzados al área. 0-3. Ya todo parecía imposible. Redujo diferencias Mario en un pequeño barullo en el área, y parecía que los rojillos del Garrapinillos se entonaban un poco más.

El Ebro, que intentaba proclamarse campeón, seguía estirándose. Al árbitro se le paró el reloj y decretó el final con seis minutos de antelación. Se lo advirtieron desde el banquillo local, y los jugadores regresaron al campo. Ojalá no lo hubieran hecho: el Ebro, profesional y compacto, marcó dos goles más, tras un fallo defensivo en cadena y una pérdida de balón en el centro, y sentenció por completo el choque. Diego volvió a esforzarse como en él es habitual pero estuvo al nivel de todos sus compañeros: más bien bajos en general. Faltaba intensidad y control. La media, por varias razones, se iba desarbolando.

En la segunda parte, Sagarra y Bolo fueron relevados por Óscar y por José, dos de los mejores jugadores del equipo. Óscar llegó un poco tarde y José sigue entre algodones. Poco más tarde, entró al campo Jorge Rodríguez, el capitán del Garrapinillos juvenil, hermano de Diego. No hubo más goles, pero el partido fue más igualado. El Garrapinillos dispuso de varias ocasiones, también el Ebro (Sergio, el arquero, recobró su mejor nivel y paró cuanto se acercó a su área), y Jorge debutó con los mayores con un buen juego: tocó balones, profundizó, trabajó, lanzó balones desde la izquierda, combinó con Óscar, con José y con Adrián, e incluso remató a puerta en dos ocasiones. Fue un debú valioso, tan valioso como inútil para la suerte del Garrapinillos. También jugó Jaime, del juvenil. [El gran Pirri, del segundo equipo del Garrapinillos, alcanzó ayer 28 goles.]

 

Por ahora, siguen ahí, cuartos por abajo y en el foso los jugadores del Garrapinillos: si no lo remedian ante el Real Zaragoza y el Calamocha perderán la categoría.

 

CARA Y CRUZ DEL GARRAPINILLOS

CARA Y CRUZ DEL GARRAPINILLOS

Jorge y Diego jugaron dos partidos apasionantes el fin de semana. Jorge, con el Garrapinillos juvenil, se midió al Movera en su campo estupendo, que tiene un aire casi de Arcadia dichosa, muy soleado sí y a la vez protegido por una exigua arboleda. El Garrapinillos había perdido a Víctor por lesión, su medio centro defensivo, uno de los jugadores más batalladores y fuertes, y tenía al central Diego Arturo entre algodones. El joven colombiano se resintió con el primer balón: faltó determinación, faltó entendimiento, sobró lentitud en el despeje, y de inmediato el Movera marcó el primer tanto. De inmediato, el Garrapinillos pasó a dominar el juego, merced al buen juego de Jaime y al despliegue de Jorge, que acabaría jugando un partido espléndido, sobre todo en las labores de creación, de pases medidos y de buenos lanzamientos tanto a Adrián como a Oscar. Este, tras un buen lanzamiento de Jorge, empató. Y así quedó la primera parte. Mandó más el Garrapinillos, pareció superior, pero no acertó pese a disfrutar de ocasiones claras. En la segunda parte, el Movera marcó en dos ataques y se puso por delante: 3-1. En dos nuevas jugadas del Garrapinillos, volvieron a empatar los visitantes. Marcó un nuevo gol, y fallaron los rojillos varias veces. Al final, Jorge hubo de retirarse lesionado, y apenas se generaron más ocasiones. Jorge está de nuevo lesionado, con el malestar –y el huevo- en su muslo izquierdo, el que le impidió jugar media temporada. Pese a todo, hizo uno de los partidos más completos: creó juego, disparó desde lejos, algo menos que en otras tarde, desbordó una y otra vez, y sirvió excelentes balones. Dos de ellos de gol. Y tuvo una doble ocasión con el 4-3; su disparo cruzado lo rechazó el portero y volvió a repeler un segundo disparo.

 

Su hermano Diego jugó por segunda semana consecutiva en su puesto: de medio centro con el joven y veterano Jorge Blasco, ‘Petit’. El Garrapinillos se medía al Cella y formó así, con su sistema habitual de 1.5.3 y 2. Sergio; Francho, Juanda, Lacabe, Camino, Ito; Teté, Diego, Petit; Oscar y Adrián Pérez. Luego entrarían Vallestín, Bolo, José y Eloy. El Cella y el Garrapinillos se encuentran por la cola, intentan zafarse del descenso. Los separaban apenas dos puntos, a favor de los locales. Los domingos en San Lorenzo tienen el sabor de la vieja épica del fútbol modesto con los espectadores enfrentados, con los gritos incesantes. El Garrapinillos marcó en la primera mitad, Óscar, de nuevo (pese a su lesión en el talón de Aquiles), y luego, en la reanudación, golazo con la izquierda de Adrián Pérez. En la primera parte, el Garrapinillos mereció más, Diego jugó muy bien, como todo el equipo; y en la segunda parte, tras el segundo tanto, el juego se embarulló y el balón pasó a las botas del Cella. Se pasaron algunos apuros, pero una vez la seguridad de Sergio (un portero excepcional), el trabajo y el sentido del cruce de Lacave y el sacrificio de Diego brillaron especialmente dentro de un equipo sólido, donde hubo una magnífica respuesta global e individual.

El Garrapinillos está a un punto del Monzalbarba, con quien se juega la salvación, y lo esperan el Ebro, el Zaragoza y el Santa Anastasia. Son tres finales. Tres choques a cara de perro. Al final, en el bar, el entrenador Ismael me dijo: “¿Cuántos kilómetros habrá hecho hoy Diego?”

*En la foto, salto hacia atrás de Diego. Cerca de él, Teté.

PACO BUYO EN SUS DÍAS DE HUESCA

PACO BUYO EN SUS DÍAS DE HUESCA

Tropo Editores va a publicar próximamente un libro sobre los ‘Cien años del Huesca’.

 

Y esta mañana, mientras releía cosas de Miguel Delibes que acaba de fallecer, recibo del escritor, editor y amigo Óscar Sipán esta foto de Paco Buyo, la temporada que estuvo en el Huesca. De allí pasó al Coruña, al Mallorca, al Sevilla y finalmente recaló en el Real Madrid.

 

Jugué en infantiles una temporada con Paco Buyo, y entrené con él. En realidad, debuté en el Ural en un partido de pretemporada en aquel Ural de Quique, Buyo, Gerardo, Berto, Pintos, Pombo, Amor, Cedeira… etc. Conmigo debutó un estupendo interiores: Liñares, un jugador de Sigrás, finísimo, un auténtico artista al que yo he comparado luego con Scifo, Míchel. Un artista de la banda derecha, un interior de creación, cuando se jugaba con un 4-3-3.

*Como digo, esta foto pertenece al libro que prepara Tropo sobre los 'Cien años de fútbol en Huesca'.