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Antón Castro

Deportistas

GARBIÑE NO PUDO CON SERENA

GARBIÑE NO PUDO CON SERENA

GARBIÑE PELEÓ Y PERDIÓ 6-4, 6-4...


No pudo ser. Garbiñe jugó un buen partido ante Serena Williams, sobre todo en los primeros juegos del primer set y en los últimos del segundo, pero no pudo vencer a la norteamericana, que ganó por un doble 6-4 y conquistó su 21 título individual de Grand Slam, solo a una de Steffi Graft. Hubo emoción, intensidad, tensión, fallos no forzados, precipitación, en un partido disputado y emocionante. Cuando Garbiñe perseguía el empate 5-5 en el segundo set parecía que había lugar para el sueño y acaso para el milagro. Serena Williams, tan agresiva, tan depredadora, fue generosa con su oponente: le diijo que no llorase que volvería para ganar en Wimbledon. Esperemos que no se equivoque.

Garbiñe tiene ambición, fuerza, sensación de dominio, confianza, es muy joven, pero quizá le falte pulir algunos defectos y no cometer, por ansiedad o tal vez por ambición y agresividad, tantos errores no forzados. Hoy, en algunos momentos, le faltaron algunos golpes vencedores. Con todo, su partido ha sido mucho más que digno: si no ocurre nada extraño, aquí hay una futura campeona de Wimbledon. Rafa Nadal, por ejemplo, perdió dos finales en 2006 y 2007 antes de vencer, por vez primera vez, en 2008. Luego repitió en 2010.

GARBIÑE MUGURUZA, FINALISTA

GARBIÑE MUGURUZA, FINALISTA

GARBIÑE MUGURUZA: FINALISTA DE WIMBLEDON

 


Garbiñe Muguruza, de 21 años, se clasificaba ayer para jugar la final de Wimbledon ante la gran campeona Serena Williams, de 33, que arrolló a Maria Sharapova. Muguruza venció a la polaca Agnieska Radwanska por 6-2, 3-6 y 6-3 en un partido con alternativas donde la hispano-venezolana volvió a demostrar su fortaleza, la contundencia de sus golpes, el magnífico revés plano, los buenos movimientos que posee y una voluntad ganadora, casi ansiosa, que a veces le lleva a la precipitación y a los errores no forzados. Garbiñe no es una jugadora sutil, pero tiene poderío, capacidad de lucha y una inmensa determinación; ataca siempre y a veces le falta un poco de paciencia en el trabajo de cada punto.

No obstante, sabe abrir buenos ángulos y posee impactos nítidos, secos, difíciles de repeler. Y ofrece una constante sensación de dominio, de ambición y coraje.  Se enfrentará a una jugadora poderosa, de una terrible derecha, una de las mejores de todos los tiempos, que tiene 20 títulos de Grand Slam, en individuales, y que es es campeona olímpica en 2012. Será un partido intenso: Muguruza ya sabe lo que es ganarle un set. Garbiñe es la cuarta jugadora española que llega a la final en Wimbledon: Lili Álvarez la jugó tres veces y la perdió las tres, Arantxa perdió dos y Conchita Martínez venció a Martina Navratilova en 1994.

HOY, CONFERENCIA EN EL PRINCIPAL

Esta tarde, a las 20 horas, en el Teatro Principal, dentro de la programación del ciclo 'Sin Fronteras', daré una conferencia-recital sobre la ausencia. El título es 'Ausencia, duelo, exaltación. Gente que vino a mi boda', que es un viaje acompañado de poemas de Borges, Giacomo Leopardi, Miguel Hernández y mis propios poemas.

 

Estáis invitados. Habrá alguna sorpresa, dedicada a Félix Romeo y José Antonio Labordeta, entre otros.

 

Dejo aquí este poema de Jorge Luis Borges

 

  AUSENCIA

Habré de levantar la vasta vida 
que aún ahora es tu espejo: 
cada mañana habré de reconstruirla. 
Desde que te alejaste, 
cuántos lugares se han tornado vanos 
y sin sentido, iguales 
a luces en el día. 
Tardes que fueron nicho de tu imagen, 
músicas en que siempre me aguardabas, 
palabras de aquel tiempo, 
yo tendré que quebrarlas con mis manos. 
¿En qué hondonada esconderé mi alma 
para que no vea tu ausencia 
que como un sol terrible, sin ocaso, 
brilla definitiva y despiadada? 
Tu ausencia me rodea 
como la cuerda a la garganta, 
el mar al que se hunde.



 

EL MEJOR PARTIDO DE NAYIM

EL MEJOR PARTIDO DE NAYIM

EL MEJOR PARTIDO DE NAYIM

 

Para Eduardo Bandrés, Vicente Merino

y Pepe Melero, zaragocistas

 

Todos tenemos un pasado, me dije. Y yo tengo el mío, y está muy vinculado al fútbol. Pronto me aficioné a los diarios deportivos y a los partidos: veía los del fútbol modesto de mi comarca y los de la televisión. A menudo me sorprendo a mí mismo con un sinfín de recuerdos inventados en torno al balompié: de tanto leer tal o cual lance, de tanto repasar alineaciones y vidas de futbolistas, tengo la sensación de que estuve en la final de México-70, en aquella Copa de Europa de 1961 que perdió el Barcelona ante el Benfica de Eusebio o cerca, muy cerca, en el propio estadio de La Romareda, donde deslumbraban ‘Los Cinco Magníficos’: Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra. Incluso, con catorce o quince años, soñé con llegar lejos: era habilidoso, chutaba con precisión y dormía con un balón Curtix de caucho, que era la forma esférica que mejor se acomodaba a mis sueños. Años más tarde, cuando el fútbol se convirtió en un arsenal de quimeras, de nombres y de partidos, en una utopía del pasado y en una certeza de los domingos, volví a jugar un poco, pero de otro modo: por el placer de hacerlo, por el gusto de correr detrás de un balón y sentirme partícipe de los improvisados equipos de las tardes de piscina. Luego llegué a ser entrenador de varios equipos escolares: más que la preparación física, o la estrategia, me gustaba ver cómo los chicos tocaban el balón, cómo lo convertían en su instrumento. Mi frase preferida de entonces, y de anteayer mismo, era: “Chicos, la pelota no quema”. Pronto le añadí otra, un tanto petulante: “Orden, combate e imaginación”.

No quiero contar aquí toda mi vida futbolística, que no sería nada excepcional. Como periodista, he dedicado algunos cientos de páginas a contar partidos y el siempre sabroso anecdotario de fútbol. De todos mis artículos, dos fueron los más aplaudidos: uno donde contaba las aventuras amorosas, secretas y públicas, de algunos futbolistas muy conocidos, desde George Best y Beckenbauer a Falçao, y otro donde narraba la victoria del Real Zaragoza en la Recopa de 1995, un diez de mayo inolvidable en París, por el cual recibí un premio que me permitió dormir una noche en el hotel Ritz de Madrid. Marcó el gol decisivo mi jugador favorito en el último segundo: Nayim. Yo lo viví rodeado de hijos en un pueblo del Maestrazgo. Si digo que adiviné el gol en cuanto salió de la bota del interior pareceré pretencioso, pero así fue literalmente: me levanté casi al compás del balón y canté gol un poco antes de que Seaman mostrará su perplejidad y su impotencia. Supongo que yo también podría ser uno de esos miles de aficionados que impulsaron el balón.

Creo que esto ya explica qué ha significado el Real Zaragoza en los últimos años de mi vida. Y qué ha significado Nayim. Soy mitómano desde muy niño y empecé a adorar al jugador ceutí en el Barcelona, lo seguí en el Tottenham y me ha hecho feliz en Zaragoza. Recuerdo que me encantaba verlo calentar: era habilidoso, tocaba el balón con sutileza, realizaba parábolas, le gustaba enviarlo al cielo y amortiguarlo luego, con la punta de la bota, en el pecho o en la rodilla. Lo dormía y volvía a impulsarlo, y cada uno de sus impactos parecía un golpe artístico, una filigrana, el arabesco de un mago o un ejercicio de exhibición para los aficionados que empezaban a llegar. El espectáculo, más que el bello Esnáider o el animoso Poyet, era él.

Hace algunas semanas, Pedro e Iván, del Colectivo Anguila, me llamaron para hacerme una foto. Una foto atípica, con algún elemento pintoresco o raro que definiese algo personal que no tuviese que ver en exceso con mi profesión. Al principio salió el fútbol y hablamos del campo de San Lorenzo de Garrapinillos: me gusta porque posee atardeceres maravillosos, de celajes de fuego, y al lado está un cementerio evocador que se llena de balones cuando cae la noche. Al final, hablamos de la posibilidad de escoger el mejor escenario posible: La Romareda. Hablé con Eduardo Bandrés, el presidente del club, y después con Paco Checa, secretario, y les conté la idea. Se trataba de realizar algunas instantáneas en la atardecida con una camiseta especial: una que me había regalado el periodista Vicente Merino de Nayim cuando se conmemoraron los diez años del triunfo en París. A Eduardo le pareció una idea estupenda. Un escritor en La Romareda, de corto y con la elástica de Nayim. Sonaba bien. Parecía una simpática extravagancia de fabulador.

Cuando llegué a La Romareda ya estaban allí Pedro e Iván, y con ellos un intruso: Rafa Martos, el cantante de Gascoigne, un forofo acérrimo que estuvo a punto de vivir un tiempo del fútbol en las categorías inferiores. Le hacía tanta ilusión que apareció con una camiseta de Rebosio, “la única que he podido conseguir”, dijo. Yo me cambié en la que había sido la taquilla de Zapater, o quizá fuese Rafa y yo en la de al lado. Salimos al césped mimoso como dos corceles. Como dos corceles con sobrepeso, pero hambrientos de balón. Los diez primeros minutos, mientras Iván y Perico preparaban las fotos, fueron de gran agitación, de gran intensidad. Qué maravilla de campo. Se oía más nuestra respiración acelerada que las grúas o el ruido de los coches. Se oía el tembloroso resuello de nuestra emoción amasada con asfixia. El sudor no tardó en asomar como un río que se desborda. Un sol generoso restallaba de lumbre en lo alto.

Pedro e Iván empezaron a preocuparse. Iván algo menos: había sido portero de joven y creyó que debía ejecutar alguna estirada en el vasto lienzo del campo, y lo hizo como si no hubiera venido a otra cosa. Rafa Martos estaba radiante: grabó un pequeño vídeo con los preparativos e incluso se atrevió a saltar el foso cuando un zurdazo se fue a la grada. El utillero Felipe parecía algo serio, si no lo fuera habitualmente: la tarde de fútbol amenazaba con prolongarse algo más de la cuenta. Pedro e Iván iniciaron sus preparativos: instalaron la cámara, una escalera y el foco; señalaron el lugar exacto de las tomas, la posición del fotógrafo y del fotografiado, el ángulo del escorzo, la marca más o menos imaginaria para colocar mis antiguas botas Cejudo sobre la hierba. Yo pensaba que Rafa también iba a participar en la muestra que prepara el Colectivo Anguila para la FNAC, pero no fue así; sin embargo, fue mi principal colaborador y surtidor de balones. Me los enviaba al pecho, mientras Iván sostenía el foco y Perico disparaba y disparaba, y me pedían que elevase un poco más la pelota antes de controlarla de nuevo. Hubo un momento en que dijo Iván: “Qué luz más bonita se está quedando”.

La sesión duraría en torno a media hora. Había que repetir y repetir, como en un rodaje de cine. Yo no me lo podía creer. No sé hacer fotos y muchas veces he soñado y he descrito reportajes para mis libros de mis fotógrafos invisibles Patricio Julve, Manuel Seara de Castro y Manuel Martín Mormeneo. Casi diría que me envalentoné: disfrutaba. Disfrutaba como un niño. Hace veinte años exactamente jugué un partido entre periodistas en La Romareda. La cara seria de Felipe, que ha visto entrenar a algunos futbolistas inolvidables, entre ellos Nayim, me devolvió a la realidad: si no fuera por mi afán, me habría venido abajo. Parecía juzgarme con severidad y acaso con fatiga. Como si se diera cuenta, me animó: dijo que en las próximas intentonas lo haría mejor, que ahora sí saldría todo bien. Y seguí controlando el balón, recibiendo al pecho y desafiando al objetivo de Perico, que estaba muy encima. “Acércate, acércate. Si me das un balonazo, no pasa nada. Mejor”, me dijo. “Si me das un balonazo, mucho mejor”.

El calor infernal se había mitigado y una luz tamizada, casi otoñal, se coló en el estadio. La Romareda estaba ideal. Yo me sentía Nayim y el observador de un demorado método de trabajo de dos fotógrafos. Dijo Rafael: “¿Te imaginas lo que debe ser jugar aquí un domingo, con la gente encima, aplaudiéndote?”. Me lo imaginaba. El césped era una lámina de terciopelo verde. Y yo me sentía Nayim con el escudo bordado en oro en su camiseta del número cinco.

Soy tan aficionado a la fotografía que estas fotos han sido un regalo precioso. Tan inolvidable y tan inverosímil que en un momento determinado me pareció ver a Patricio Julve tirando fotos desde el palco y desde un lateral como si el propio Nayim volviese al estadio tanto años después para jugar el mejor partido de su vida. 

 

*La foto no es la del Colectivo Anguila, es la de Nayim tras marcar el gol en París en 1995. Pertenece a Heraldo de Aragón.

SERGIO GIL Y OTRAS PROMESAS

[Mi hijo Jorge, estudiante de cuarto de Filología Española, tiene un blog donde publica este artículo, centrado, especialmente, en Sergio Gil. Aquí se puede seguir. 

https://olimpicogol.wordpress.com/2015/03/28/inventario-de-promesas/]

INVENTARIO DE PROMESAS

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Por Jorge RODRÍGUEZ GASCÓN

 

Para mí lo más bonito del fútbol es el descubrimiento de jugadores. Futbolistas a los que ves realizar un control, un regate en medio de un partido intrascendente y que, de repente, acaparan toda tu atención. Sin saber cómo, su manual de juego despierta en ti una ilusión diferente, que mezcla la frescura y la sorpresa. Las esperanzas que depositas en ese jugador, aunque sea de un modo relativo, las asumes como propias. Compartes la alegría que generan sus victorias y te compadeces de sus derrotas, sin que normalmente haga falta un factor de unión con el jugador. Suelo tener preferencia por un perfil de futbolista creativo, que posea facilidad para desbordar rivales o encontrar líneas de pase con su imaginación. Más allá de eso, no es necesario ser del equipo en el que juega ni considero el marcador un factor determinante. El único interés que suelen tener los partidos es que el jugador al que acabas de descubrir lo haga bien y, si puede ser, que tenga incidencia en el resultado.

He tenido la sensación de estar ante un gran descubrimiento muchas veces, en algunas he acertado y otras no ha sido así. Eso tampoco es excesivamente relevante: siempre guardas cierta simpatía con el futbolista que un día llamó tu atención, por mucho que su carrera haya defraudado con el paso de los años. En la lista de los jugadores que un día despertaron mi interés pueden estar muchos, y en ocasiones recuerdo el momento en que los vi jugar por primera vez. Recuerdo a Rivaldo en su temporada con el Deportivo, a Michael Owen en sus inicios en el Liverpool, a Wayne Rooney cuando despuntaba en el Everton o a Savio Bortolini cuando llegó al Madrid procedente del Flamengo, aunque le vi más en su paso por el Zaragoza. No me olvido tampoco de Diego Tristán y Fran en el Deportivo, de Cani en su debut en la Romareda (el día que le hizo un caño a Reitziger), de Oubinha con el Celta, de Arjen Robben en el PSV, de Silva en su temporada en Segunda con el Eibar, de Verratti con la selección italiana sub-19, de Mata en las inferiores del Madrid y  a las órdenes de Koeman en el Valencia, de Thiago Álcantara en la Masía, de Jesé en el Real Madrid, de Coutinho y Neymar con Brasil en el MIC o de Marco Reus en el Monchenglachbach.

Muchas veces mi instinto falló. Algunos de los futbolistas a los que seguí se estancaron y sus carreras no cumplieron con lo que prometieron sus inicios. Pese a ello, siempre me acuerdo más de sus buenos momentos que de sus peores partidos. Entre ellos están Antonio Cassano en la Roma, Tomás Rosicky en el Borussia Dortmund (tampoco ha tenido mucha continuidad en su paso por el Arsenal), Antonio Longás en el Zaragoza, Alan Dzagoev en el CSKA Moscú, Sebastián Giovinco en la Juventus, Milan Baros en el Liverpool, Marcos García en el Villarreal, Capi en el Betis o Marcos Vales en el Zaragoza.

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Nuevas promesas.

Friendly - Pero lo mejor es que cada cierto tiempo el fútbol te descubre una nueva promesa. Dos de los jugadores que he seguido últimamente han sido Allen Halilovic y Daniele Verde. De Halilovic había visto algunos minutos en el Dinamo de Zagrev, con el que debutó a los 16 años en la Uefa Champions League. Aunque su primer partido completo lo vi este verano en un torneo de pretemporada, en el debut de Luis Enrique con el Barcelona. No recuerdo lo que pasó en el partido (creo que el Barça ganó por la mínima) pero sí que tengo en mente los regates de Halilovic y su disparo al palo. La temporada no le va excesivamente bien al joven croata. Juega en el filial que coquetea con el descenso a Segunda B, y solo ha participado en un partido oficial con el primer equipo. Ha marcado algún gol bonito en esas diagonales que hicieron célebre a Messi, pero su participación en el equipo ha ido disminuyendo. El pasado fin de semana fue cambiado en el minuto 27, tras la expulsión de un compañero. Halilovic no se tomó bien el cambio y discutió con el entrenador y el delegado del equipo. Y da la sensación de que sus desplantes pueden impedirle jugar este fin de semana ante el Tenerife. Tras el incidente con Halilovic, Jordi Vinyals, el entrenador del equipo, dijo que se están perdiendo los valores de la Masía.

Daniele Verde acaba de debutar esta temporada con la Roma. El napolitano es un jugador astuto, poderoso en carrera y escurridizo ante los defensas. En su primer partido como titular, ante el Cagliari, dio dos asistencias. La semana siguiente vi el partido completo frente al Chievo Verona con la ilusión de ver a Verde en la última media hora. Pero Rudi García no le puso a jugar y tuve que esperar al partido frente al Parma. Al menos vi un gol de Totti, en un disparo desde la frontal; un recurso inagotable que ha alimentado la leyenda del capitán romanista. Sin embargo, Rudi García completó su gran tarde en el banco y sentó a Totti, que no ocultó su enfado al ser sustituido. La Roma acabó empatando el partido en Verona, al igual que frente al Parma en el Estadio Olímpico, la semana siguiente. Esta vez, Daniele Verde disputó unos minutos y, aunque bordeó el gol, no pudo romper la mala racha de la Roma, que ya ha perdido la estela de la Juventus en el Calcio. Verde ha alternado buenos minutos con el equipo romano y partidos sin mucho brillo. Le perjudica el mal momento de la Roma, un equipo al que le falta constancia para afrontar la lucha por el título. La plantilla giallorosa ha jugado muy en bien en fases de la temporada (probablemente la Roma sea el equipo que mejor fútbol ha practicado en los últimos diez años en Italia) pero siempre parece frágil ante el músculo de la Juventus. Una vez más la Vecchia Signora le ha derrotado con facilidad en la carrera por el Scudetto.

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Sergio Gil debuta con el Real Zaragoza  

gil1GNo es casualidad que a Sergio Gil Latorre (Zaragoza, 1996; 18 años) sea uno de los nuevos descubrimientos del Zaragoza. La diferencia es que con Sergio Gil sí que tengo un lazo de unión -algo que no ocurre con los otros jugadores mencionados-. Le conozco desde hace muchos años (los dos vivimos en Garrapinillos) y es un canterano del Zaragoza, el equipo de mi ciudad. Es un chico sensato fuera de los terrenos de juego y posee un talento especial para domar el balón. Seguramente ya le había visto jugar de niño, pero la primera vez que presté atención a su proyección fue en el campo del Garrapinillos, en uno de esos rondos improvisados que se forman en los descansos. Poco después, supongo que en un diálogo que surgió en la banda, su madre hizo un resumen del último partido, cuando Sergio jugaba en el Club Deportivo Oliver. Contó que había marcado un gol de falta y sugirió, con cierto pudor, que el Zaragoza le estaba observando. No sé por qué pero atendí a la conversación con más interés que el partido que había ido a ver. Quizá ya entonces tuve la sensación de estar ante algo diferente. El Zaragoza le reclutó al poco tiempo y fue progresando en su cantera, e incluso algunos equipos grandes de España se fijaron en él. El año pasado lideró a la selección aragonesa que fue subcampeona en el Campeonato de España y ha sido convocado en dos ocasiones con la selección española sub 17.

Pocos años después de aquel descanso en Garrapinillos (4 o 5 como mucho), Sergio Gil acaba de debutar con el primer equipo del Real Zaragoza. En su primer partido en la Romareda jugó con descaro y despertó a una afición que necesita nuevos ídolos

 

 

[1]. El pasado fin de semana Sergio estrenó titularidad en el Sardinero, un campo con una gran tradición en el fútbol español. Actuó más pegado a la banda derecha y cuajó un buen partido. Incluso recuperó el balón del primer gol, que originó el penalti sobre Borja Bastón, un cazador del área. Sergio trabajó mucho, fue valiente en la disputa y mostró su buen toque de balón y su lectura del juego. Posee una facilidad innata para combinar y juega con la cabeza levantada, el signo que distingue a los futbolistas imaginativos. Maneja las dos piernas y tiene dinamismo en la elaboración y llegada al área. Al acabar el partido, Popovich supo valorar el trabajo de Sergio Gil y confirmó las buenas sensaciones que ha dejado en dos partidos: “Era arriesgado poner a un chico cuando llevábamos cinco partidos sin ganar, pero salió bien. (…) A mí me encanta tener chavales que sé que pueden responder a mi confianza. Ahora tendremos más opciones, pero Sergio tiene algo especial y lo hemos visto”.

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Jorge Rodríguez Gascón.


[1] El Zaragoza ha encontrado esta temporada a dos nuevos ídolos. El joven Vallejo lidera la defensa con la madurez de un veterano y el delantero Borja Bastón es el sustento goleador del equipo. Ambos son baja en el partido frente al Alcorcón (Borja está sancionado y Vallejo ha sido convocado con la selección sub 21). Todo indica que Sergio Gil será titular por primera vez en la Romareda y puede volver a desempeñarse en el costado diestro y ayudar a la media, para cubrir la baja de Nacho Insa, que se retiró del entrenamiento con una sobrecarga.

LA NADIA COMANECIA DE LOLA LAFON

LA NADIA COMANECIA DE LOLA LAFON

LOLA LAFON: VIDA, LEYENDA Y PERSECUCIÓN DE NADIA COMANECI


[Estoy leyendo ‘La pequeña comunista que nunca sonreía’, una novela, con realidad y ficción, sobre la gran gimnasta rumana Nadia Comaneci, que obtuvo el primer diez en gimnasia en las Olimpiadas de Montreal, en barras asimétricas, el 18 de julio de 1976, con catorce años. La novela reconstruye la vida de la joven, su contexto familiar y cómo se vive en Rumanía, bajo el gran poder de los Ceaucescu. En este capítulo, ‘Jugar a lo loco’, están su entrenador Béla, su madre Stefania y ella. Aquí se ve cómo trabaja, cómo entrena, cómo soporta el dolor.]


A las cuatro de la tarde, a una señal de Béla, desalojan el gimnasio, hacen salir a la mujer de la limpieza, a los demás entrenadores e incluso al pianista, sólo quedan Nadia, Béla y Stefania, a quien Béla hace prometer que no contará nada de lo que va a presenciar. Corren las cortinas, encienden las luces a pleno día.
Es como si se ausentara. La niña parece poseída por una misión cuyo nombre ella misma desconoce. Ni una mirada hacia su madre ni hacia él. Su rostro pálido está tenso, los labios prietos, tiene ojeras, inspira hondo y hace una señal a Béla con la cabeza, él la levanta, la iza directamente hasta la barra superior. Nadia emprende el movimiento de balanceo necesario, un impulso. Entonces, a la señal de Béla, suelta las manos y efectúa una vuelta completa sobre sí misma entre las barras, sus muslos se abren completamente, la nuca roza la madera, vuelve a agarrarse por los pelos.
Esa sorpresa es un secreto, una declaración de supremacía mundial cuya existencia todavía nadie conoce. Ese salto inimaginable por el que hay que olvidar todos los huesos rotos, los tendones seccionados y las vértebras fracturadas alguna vez... Para el que hay que jugar a lo loco, fuera de pista. Es inimaginable salto cuyo origen reside en un error ocurrido una mañana hacia unos meses.
Ese día, Nadia se dispone a realizar un mortal clásico. ¿Es su cuerpo el que, para no morir, busca una escapatoria cuando sus manos resbalan, no puede asir la barra y su pelvis golpea con violencia la madera?

-De ‘La pequeña comunista que no sonreía nunca’. Lola Lafon. Traducción de Francesc Rovira. Anagrama. Barcelona, 2015.

 

LUIS BELLÓ: DE MEDIO A MÍSTER

LUIS BELLÓ: DE MEDIO A MÍSTER

[A PLENO SOL. Los Magníficos inauguraron, en junio de 1964, el palmarés de títulos del Real Zaragoza. El equipo empezaba en Yarza y concluía en Lapetra: jugaba de maravilla. Y tuvo un entrenador cercano y sabio que había sido futbolista del club. Formó, con Samu, “la media de seda”.

 

El magnífico Luis Belló

 

Luis Belló (Cieza, Murcia, 1929) es un caso excepcional en la historia del Real Zaragoza. Desde muy joven sintió la llamada del fútbol. Empezó a destacar ya en infantiles, confirmó su clase y elegancia en los juveniles de su localidad, y recibió la llamada del Albacete para jugar en Tercera División. Estuvo dos temporadas y reclamó la atención del Barcelona y del Sevilla. Su hermano Francisco –que pertenece a esa larga nómina de ciezanos que también han  jugado en Primera División- le recomendó que se viniese con él a Zaragoza, donde llevaba dos campañas. Coincidió que esa temporada, tras la victoria inesperada de Uruguay en el Mundial de Brasil-1950, el club presidido por el doctor Abril incorporó a dos internacionales como Rosendo Hernández y Pepe Gonzalvo (Gonzalvo II) y les firmó un contrato de un millón de pesetas (6.000 euros), y seguía contando con su primer extranjero, el excéntrico jugador argentino Valdivielso. Con muchos apuros, el equipo de los Millonarios quedó subcampeón de Segunda División; se jugó el ascenso y logró su objetivo. ‘El catedrático’ Luis Belló fue decisivo: era un futbolista refinado e inteligente, técnico y con buen remate. Aquel año marcó diez tantos, dos de ellos al Huesca.

El Real Zaragoza iba a vivir dos intensas temporadas en la máxima categoría. La primera, 1951-1952, la solventó bajo la dirección de Juanito Ruiz, reemplazado luego por el húngaro Berkessy; Belló y el delantero Savi fueron convocados para jugar con la selección nacional B. El futbolista ciezano formaría “la media de seda” con el húngaro José Samu. Este le decía a Ángel Aznar en ‘El largo camino hasta la Recopa’ (1995): “éramos dos jugadores distintos totalmente pero que nos complementábamos muy bien. Bello era fino, muy cerebral, muy técnico y yo era duro, muy rápido, combativo y con una gran resistencia”. En la campaña siguiente pasó de todo: llegó un nuevo preparador como Domingo Balmanyá y el club quedó último. Luis Belló tenía ofertas del Real Madrid y del Atlético, y acabó yéndose con los colchoneros. Como había sufrido una lesión, la misma que le alejó Di Stéfano y compañía, fue cedido al Hércules, donde permaneció tres años. Y completó otro más en el Alicante, antes de retirarse joven.

Se sacó el carné de entrenador nacional con el número uno. No tardaría en vincularse al Zaragoza de nuevo. El equipo había regresado a la  máxima categoría, estrenara en septiembre de 1957 La Romareda, había ido incorporando a grandes futbolistas –Murillo, Seminario, Torres, Yarza, el malogrado Benítez, Marcelino, Lapetra, Reija, Violeta, Canario, Villa...- y había contado con importantes entrenadores como César o Antonio Ramallets. A este no acababan de irle bien las cosas en la campaña 1963-1964, y fue despedido en mayo. Con todo, el Real Zaragoza estaba vivo en dos frentes: en la Copa del Generalísimo y en la de Ferias. El sustituto fue Luis o Luisito Belló, un profesional de apenas 35 años que se distinguía por sus buenos modales, el conocimiento del fútbol y su mano izquierda. Conocía muy bien la atmósfera del club e intuyó que, por primera vez en la historia, aquellos futbolistas de terciopelo y de sacrificio aspiraban a la gloria. Cercano y paternal, le sugirió a Carlos Lapetra, la estrella del conjunto, un leve cambio: que retrasase su posición a la zona del interior izquierdo, y que dirigiese desde allí el ataque. Se convertiría en “el arquitecto de la zona ancha”. Aquel Zaragoza era equilibrado en todas sus líneas: tenía un plan de juego, ambición, entrega; poseía, una concepción brillante de la táctica y del despliegue que abrazaba, casi por igual, intensidad, armonía y deslumbramiento.

Se plantó en dos finales: en la Copa de Ferias, en el Nou Camp, un 24 de junio, ante el Valencia. Los blanquillos vistieron ese día de rojo y azul y ganaron 2-1 a la escuadra de Paquito, Roberto, Guillot y Waldo. El Zaragoza formó con uno de esos equipos que los niños sabían de memoria con su peculiar ritmo: Yarza; Cortizo, Santamaría, Reija; Isasi, Pepín; Canario, Duca, Marcelino, Villa y Lapetra. Luis Belló contaba una anécdota muy curiosa, vinculada con Marcelino: España había vencido en la Eurocopa a Rusia tres días antes y él había marcado el 2-1 a Yashin de un cabezazo increíble a centro de Pereda. Se había convertido en el héroe nacional y todos querían estar con él, incluido el Marqués de Villaverde que lo llevó a su hospital. Los zaragocistas estaban concentrados en su hotel y él no llegaba; de pronto lo vieron por televisión. El Zaragoza ganó 2-1, con tantos de Villa y del ariete. Así se arregló el mosqueo general con el cabeceador de Ares.

El cinco de julio, con el relevo de Santos por Duca, jugó la final de la Copa del Generalísimo en el Bernabéu ante el Atlético de Madrid de Ramiro, Adelardo y Collar. Los aragoneses, con goles de Lapetra y Villa, repitieron victoria, 2-1. Cuando regresaron a casa, los aficionados los fueron a esperar a Ateca. Fue el mejor de todos los años del club. Y, además de un equipo de ensueño, tuvo un entrenador ideal: afectuoso, sabio, diplomático y educado. Luis Belló. Él concibió el milagro zaragocista de hace medio siglo. “Aquel fue el mes más vibrante de mi vida”, diría. Por eso, ‘Pitico’ Reija lo paseó varias veces sobre sus hombros con una sonrisa de satisfacción.

 

EL ANECDOTARIO

Tal como eran. Luis Belló, suegro del escritor Ignacio Martínez de Pisón, tuvo que dejar el banquillo porque el club había firmado un contrato con Roque Olsen. Fue director deportivo y probó en otras latitudes: entrenó al Alcañiz y al Cartagena en categorías inferiores, y al Betis, Castellón, Murcia y Pontevedra en Primera. A mediados de los años 90 me contó así las claves del juego de su equipo. Las recoge Rafael Rojas en ‘Magníficos. La Edad de Oro del Real Zaragoza’ (Doce Robles, 2014): «Lo pasábamos genial jugando al fútbol, disfrutábamos un montó (...) Carlos Lapetra era muy cerebral, ponía orden; cogía la pelota, la paraba, miraba a sus compañeros y decía: “Quietos, ahora vamos a organizarnos nosotros”.  Villa era estupendo; destacaba por su zancada, su finta, su dribling y su oportunismo ante el gol. Canario era tremendo: era rápido y poseía olfato de gol. Santos era técnico y cerebral, pero a la vez muy sacrificado. Marcelino representaba el remate y era un delantero centro clásico e impresionante. Pero la clave era saber aprovechar las cualidades de todos ellos, conjuntarlas y hacer un equipo ».

 

DIONISIO CARRERAS, EL MARATONIANO

DIONISIO CARRERAS, EL MARATONIANO

A PLENO SOL. Fue el segundo olímpico aragonés de la historia por unos días; el primero fue el luchador turolense de grecorromana Domingo Sánchez. Participó en la carrera de maratón de 1924 y entró en la novena posición. Fumaba y bebía y era un auténtico portento. Se había forjado en las carreras de pollos; en 1928 se proclamó campeón nacional de su prueba.

 

Dionisio Carreras,

el atleta que pudo reinar

 

Antón CASTRO

Los Juegos Olímpicos están llenos de historias conmovedoras. La prueba más famosa del atletismo, el maratón, podría tener por lema ‘Ganar o morir’. Al menos así lo creía el joven carpintero portugués Francisco Lázaro (1891-1912) que corrió en Estocolmo-1912 y falleció con apenas 21 años; se desmayó en la mitad de la prueba y se convirtió en el primer muerto de unos Juegos. José Luis Peixoto, a su modo, contó su vida en ‘Cementerio de pianos’ (El Aleph, 2007). Ha habido historias más positivas e igualmente épicas: por ejemplo, ‘La locomotora humana’ Emil Zatopek ganó en Helsinki-1952 los 5.000 y 10.000 y el maratón. Zatopek es el protagonista de la novela ‘Correr’ (Anagrama, 2010) de Jean Echenoz. Y el gran Abebe Bikila realizó una increíble proeza: fue doble campeón olímpico de maratón en Roma-1960, donde corrió descalzo, y en Tokio-1966; aquí repitió victoria, debilitado, recién operado de apendicitis y ahora con zapatillas.

Dionisio Carreras Salvador (Codo, Zaragoza, 1890-1949) también ha tenido quien le escriba. Lo han hecho, entre otros, Celedonio García, José Antonio Adell, Ricardo Martí y Javier Lafuente, por citar algunos nombres. También es un corredor milagroso y a la vez caótico: un superdotado al que le faltó método y algo de rigor. Consumía una cajetilla de cigarrillos al día y dos caliqueños, bebía, “llevaba malos arreglos con la comida” (así se lo dijo su hijo Bernardo al periodista y atleta Ricardo Martí) y tenía fama de ser un seductor. Era un portento físico: podía correr y correr hasta el fin de la noche o quizá de los tiempos. En sus inicios en el entorno de la comarca de Belchite, según Celedonio García, lo hacía descalzo.

Nació en el seno de una humilde familia de campesinos en Codo, el pueblo del escritor Benjamín Jarnés (1888-1949), que expiraría en Madrid el mismo año que Carreras. Su propio padre al parecer también había hecho sus pinitos como andarín y como corredor de las carreras de pollos. Quizá por ello le llenaba de orgullo que su hijo también participase y ganase aquí y allá; lo cual no le eximía de trabajar con el esparto o realizar otras faenas como regar los campos. Sus victorias en pruebas más bien menores le concedieron cierta fama. En un mismo día ganó dos pruebas: por la mañana compitió, y venció, en La Puebla de Albortón; estando allí, tomando un café en un bar, se enteró de que también había prueba por la tarde en Azuara. Se puso en camino, había unos quince kilómetros de distancia, y llegó unos instantes previos a que empezase la prueba; tomó la salida, ganó los tres pollos y regresó a Codo e invitó a cenar a sus amigos. Otra prueba de su fortaleza y de su romanticismo es que solía acudir corriendo a Zaragoza, que está a 50 kilómetros de distancia, para besar a su novia.

 El Zaragoza Foot-Ball Club, fundado en 1903, que rivalizaba con el Patria y el Iberia (que inauguró el campo de Torrero en octubre de 1923), se interesó por él y decidió ficharlo para su equipo de atletismo. Le ofreció en Zaragoza un empleo y espacio para sus entrenamientos: Dionisio Carreras, apodado ‘El Campana’, trabajó en el cubrimiento del río Huerva y posteriormente fue el responsable del mantenimiento del campo Bruil. El club, a la vista de sus posibilidades, le ofreció, en la calle Asalto, casa, luz y leña. Sus rivales aragoneses de entonces eran Dionisio Magén, conocido como ‘El Chato de Garrapinillos’, e Ignacio Latorre.

Su gran momento, el que le daría un lugar en la leyenda, se produjo en la Olimpiada de París-1924. El año anterior se había fundado la Federación Aragonesa de Atletismo. Dionisio Carreras fue el seguno olímpico aragonés; el primer había sido, unos días antes, el turolense Domingo Sánchez, que combatió en lucha grecorromana. Carreras tomó la salida con 56 atletas más y se confundió varias veces en el curso de la carrera; con todo, el aragonés de 33 años recorrió los más de 42 kilómetros en 2 horas y 50 segundos y acabó, en el estadio de Colombes, en la novena posición. Ganó el finlandés Albin Stenroos. Han pasado 90 años.

Hasta los Juegos Olímpicos de Ámsterdam-1928, Carreras dio muestras de su gran clase: ganó la media maratón de Behovia-San Sebastián de 1926, obtuvo dos campeonatos de Aragón y conquistó al menos en cuatro ocasiones la Vuelta Pedestre a Zaragoza. Logró el título nacional en 1928, y ese mismo año el Fútbol Club Barcelona le concedió la Medalla de Oro del club durante un choque con el Iberia. Cuando todo le sonreía para ir a Holanda y con el pasaje en las manos, una incómoda enfermedad acabó con sus ilusiones. Nunca renunció a sus hábitos: “muchas noches tenía que ir a buscarlo a casa de El Chato, un bar que había en el Coso Bajo de Zaragoza”, le dijo uno de sus hijos a Ricardo Martí en 1996. En 1930, con 40 años, decidió retirarse.

Regresó a Codo. Se le descubrió un cáncer de duodeno, fue operado e intentó mitigar su impresión de derrota. Felizmente, sus paisanos pronto se darían cuenta de su grandeza y acuñarían una expresión que le rendía homenaje: “No corras tanto que se te reventará la hiel como al Campana”.

 

DESPIECE

 

el anecdotario

 

El gran combate. Uno de los grandes andarines y corredores aragoneses  fue Mariano Bielsa, ‘Chistavín de Berbegal’ (estudiado también por Adell & García), que venció, en plaza de toros de Zaragoza en 1882, al italiano Achiles Bargossi, ‘El hombre locomotora’, al que se definió como “el hombre que fundó el arte de correr en Italia”. Años más tarde, en 1928, en el coso de la Misericordia se enfrentaron Ignacio Latorre y Dionisio Carreras. La prueba se corrió a las tres de la tarde y fue el menú previo a varios combates de boxeo. El cartel anunció la carrera como un ‘Extraordinario match-reto a 40 vueltas’. Los atletas solían correr descalzos y casi todos los pueblos tenían a su ídolo. El de Codo era Dionisio Carreras. En 1973, la Federación Aragonesa le concedió la Medalla de Oro a título póstumo y en 2006 se organizó, en Codo, la I Carrera pedestre en su honor.