Blogia
Antón Castro

Deportistas

CAPITANES DEL FÚTBOL

 

José Nasazzi Yarza.

“Ser capitán es un oficio distinto, un trabajo extra” sostiene Luis Villarejo, autor del libro ‘Capitanes’. Si vemos ahora el Mundial echamos en falta a esos capitanes que eran una referencia, que tomaban el mando en el campo y en el vestuario, y se echaban el equipo a la espalda ante cualquier adversidad. Uno de los grandes capitanes de todos los tiempos fue José Nasazzi Yarza, el central uruguayo que se proclamó campeón del mundo en 1930, y campeón olímpico en 1924 y 1928. Lo llamaban ‘el Mariscal’: era un portento físico, comparable al brasileño Domingos da Guia. Había trabajado de marmolista y más tarde en los casinos de Montevideo. Era viril y caballeroso, nunca destacó por su técnica, pero sí por su colocación, por su energía y por su ascendencia sobre sus compañeros. De esa época fue otro gran capitán: el francés Alex Villaplane, que sería fusilado en el fuerte de Montrouge por la resistencia francesa bajo los cargos de “asesinato, alta traición y connivencia con los nazis (en 1943, después de obtener la nacionalidad alemana, había sido nombrado teniente de las SS)”, tal como recuerda el cinéfilo y gran apasionado del fútbol Juan Tejero en su libro ‘Grandes momentos de los Mundiales de Fútbol, 1930-1974’ (T&B).

Sin embargo, el gran modelo de líder fue Obdulio Varela, ‘el negro’ Varela, el caudillo de Uruguay que asestó el ‘maracanazo’ de 1950. Poco antes del choque, un directivo uruguayo bajó al vestuario y les dijo a sus jugadores que tuvieran la dignidad de perder por menos seis goles. “Por cuatro estaría bien”, dijo. Según una leyenda popular, Varela se dirigió a los compañeros y les mostró los periódicos deportivos brasileños que habían escrito en la portada: “Brasil, campeón”. El capitán orinó sobre ellos. Y ya en el túnel, cuando empezaban a atisbarse los casi 200.000 espectadores de Maracaná, dijo: “No piensen en toda esa gente, no miren para arriba. El partido se juega abajo y si ganamos no va a pasar nada. Nunca pasó nada. ¡Los de afuera son de palo!”. En el descanso volvió a animar a los suyos: “No nos pueden ganar. Son japoneses”, gritó. Cuando marcó Friaça y se avecinaba la tormenta local, Varela enfrió el partido: reclamó un fuera de juego, solicitó traductor y volvió a arengar a los suyos. Schiaffino y Gigghia –aquel que diría luego: “Solo tres personas han podido enmudecer al Maracaná: Frank Sinatra, el Papa y yo”- le dieron la vuelta al choque, y Uruguay obtuvo su segundo título.

Por la noche, Obdulio Varela se mezcló con los derrotados “La tristeza de la gente fue tal que terminé sentado en un bar bebiendo con ellos. Cuando me reconocieron, pensé que me iban a matar. Por suerte fue todo lo contrario, me felicitaron y nos quedamos bebiendo juntos”, confesó. Y quizá entonces, en un arrebato de sinceridad, les dijo: “Si volviéramos a jugar ese partido cien veces, lo perderíamos siempre”. En su país le regalaron un Ford, que le robaron en menos de una semana.

Los húngaros de 1954 tenían un capitán inolvidable: Ferenz Puskas, el jugador que dos años después, tras la invasión de su país en 1956, se vendría al Real Madrid y dejaba a su amigo de la infancia, el formidable medio centro Josef Boszik, para siempre. En la gran final con Alemania, Puskas jugó semilesionado y su carisma y la clase de sus compañeros sucumbieron ante el empuje, el entusiasmo y la clase de Fritz Walter, que “contagiaba a sus compañeros una sed de victoria que anunciaba el fútbol combativo de la Alemania de hoy”, según escribe Tejero. Walter tenía 34 años y era el imprescindible director de orquesta teutón, empeño que también asumía en los ‘diablos rojos’ del Kaiserlautern.

La selección inglesa de 1966, entrenada por Sir Alf Ramsey, tenía por capitán a Bobby Moore, el líbero del West Ham, probablemente uno de los defensas más elegantes de su tiempo. Beckenbuaer, el gran capitán de Alemania 1974 (reemplazaba a Uwe Seeler, que lo había sido en 1970), se fijó en él para convertirse en el jugador más elegante de la tierra y en el más decisivo desde la retaguardia. Moore poseía una técnica excelente y sosiego y sentido de la anticipación. En 1970 a Moore lo acusaron en Colombia de robar un brazalete de diamantes y esmeraldas cuando entró a una joyería, con Bobby Charlton, para comprarle un regalo a la mujer del centrocampista. Lo retuvieron cuatro días en la ciudad y cuando llegó a la concentración en México, Ramsey lo recibió con esta frase: “¿Cómo estás, hijo mío?”. El día que Inglaterra cayó, en Guadalajara, ante Brasil en un partido memorable, por 1-0, Pelé buscó a Moore para intercambiar su camiseta con él. Reconocía así a un gran rival, a un defensa inmejorable y a un gran capitán. Grandes capitanes también lo fueron Cruyff, Pasarela, Maradona, Deyna o Facchetti.

 

*Este artículo lo escribí con motivo del Mundial de Sudáfrica...

 

*La foto de Obdulio Varela la he tomado de aquí.

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-f0276fd3c5481b9e73594259bdbeadd3.jpg

 

HOLANDA: MEMORIA DEL JUEGO

REGATE EN EL AIRE*
El tesoro universal de Holanda
 
[Cruyff, Jondbloed, Haan, Rensenbrink, Rijsbergen, Repp, Suubier, Jansen, Van Hanegem, Krool y Nesquens.]
EL FÚTBOL mundial tiene una deuda con la selección holandesa. Dos equipos revolucionarios fueron la Hungría de 1954, liderada por Puskas y Boszik, y el Brasil de 1970, que dirigía un Pelé maduro y en estado de gracia, pero acaso no lo fue menos la Holanda de 1974, que estremeció el planeta con una nueva renovación, que comenzó en la cabeza de Marinus Michels. Se llamó «el fútbol total»: todos atacaban y defendían, el bloque mantenía un excelente relación con el balón y era rápido, poderoso, con un increíble cambio de posiciones.
Michels armó el conjunto con dos equipos básicos: el Ajax, que había sido triple campeón de Europa, de 1971 a 1973, liderado por Johan Cruyff, pura imaginación, osadía, velocidad, sentido de la organización y remate. Y el Feyenoord, que tenía jugadores como Rijsbergen (Michels colocó a su lado a un medio del Ajax como Haan), Jensen o Van Hanegem, una zurda de oro. Contó, además, con Rensenbrink del Anderlecht en lugar de Piet Keizer, el capitán del Ajax, y se inventó un portero rarísimo y veterano que jugaba con el ocho: Jongbloed.
Con esos mimbres y una apuesta por la espectacularidad y la eficacia, Holanda cosechó elogios por doquier. En honor a la verdad, hubo otro equipo inolvidable: la Polonia de Deyna, Lato, Szarmach y Gadocha, que perdió bajo el diluvio universal ante la Alemania de Beckenbauer, que se haría con el título tras una noche de parranda de «los tulipanes». Aquel combinado tendría continuación en Argentina-1978. En la final, ante los locales y el impacto de la dictadura de Videla, sin Cruyff y con Happel en el banquillo, Holanda igualó la renta de Kempes por medio de Nanninga; Rensenbrink remató al palo en el último minuto, y en la prórroga la Naranja mecánica -con Nesquens, con Willy y René de Kerkhof, con el majestuoso Krol de líbero- cedió ante la selección albiceleste.
Diez años después, en la Eurocopa, Holanda volvió a forjar un equipo inolvidable y venció en la final, 2-0, a la Rusia de Dassaev, Belanov y Zavarov. La alineación tipo era: Van Breukelen; Van Aerle, Van Tiggelen, Ronald Koeman, Erwin Koeman; Vanenburg, Rijkaard, Wouters, Mühren; Gullit y Van Basten. Era un equipo deudor del gran Milan de Arrigo Sacchi; su estrella era Marco Van Basten, el ‘Nijinski del área’.
Una década después, los holandeses guiados por Bergkamp, Cocu y los hermanos de De Boer cayeron en semifinales y en los penaltis ante Brasil, que sería vapuleada por Francia, liderada por Zidane. En Sudáfrica-2010, Holanda volvió a llegar a la final ante una España maravillosa. Fue un partido  apoteósico e intenso, y pudo ganar cualquiera de los dos. En la prórroga más hermosa, Iniesta batió a Stekelenburg.
Holanda, con un equipo renovado, pero con tres hombres claves de entonces como Van Persie, Sneijder y Robben, acaba de colarse en cuartos con Louis Van Gaal al mando. El equipo que venció a México, con ayuda arbitral y algún error de Herrera quizá, pareció menos inspirado que el que destrozó a España en la primera fase. Eso sí, es un equipo correoso, con pinceladas de clase, que sabe que cuenta con tres figuras (o quizá con cuatro: Huntelaar posee oficio, experiencia y sed de gloria). Parece enfilado hacia las semifinales. Le espera Costa Rica, que es, con Colombia, el equipo más simpático; ambos, ticos y cafeteros tienen un plan: encarnan la modestia sin complejos, el talento dulce, la unidad de esfuerzo, las certezas del fútbol latinoamericano.
Holanda, más pragmática y sin que le sobre nada, va a por todo. Ante México demostró capacidad de reacción y calma y resistencia en la agonía. Tiene instinto, sabia veteranía, ambición y un resquemor oculto: el fútbol le debe el tesoro universal. 
*Este artículo aparece hoy en mi sección del Mundial en Heraldo de Aragón.

JAMES RODRÍGUEZ: TALENTO Y GOL

REGATE EN EL AIRE / Antón Castro

 

Calidad pura de James Rodríguez

 

El diez en el fútbol, por lo regular, es el amo, el artista, el cerebro, ese jugador que ejerce un influjo particular sobre los demás, es el malabarista que aspira a dejar una impronta con su estética y que estimula y alimenta el juego de sus compañeros. El diez, entre muchos otros, lo llevaron Pelé, Maradona, Deyna, Zidane, Netzer u Overath. Y Zico, Platini y Eusebio. En la selección de Colombia lo lleva un joven que parece sosegado y observador llamado James David Rodríguez Rubio. James Rodríguez.

Es un centrocampista que posee una zurda precisa y elegante, capaz de desembarazarse cuando nadie lo espera. Le ocurrió a Godín: el interior o enganche recibió un balón al pecho, acomodó el control hacia su lugar natural de disparo y soltó un auténtico trallazo. El capitán charrúa pensó: visto y no visto. Muslera divisó el golpe, siguió el vuelo casi parabólico del balón, que tocó suavemente con el guante, pero nada pudo hacer. Pareció el envío de un bombardero homicida y vertiginoso que se alía con la sorpresa. Ahí empezaba la noche de James. Había saltado al campo con cara de despistado o asustado, como si no fuera un gran competidor, como si su cabeza estuviera en otro sitio, cerca de los juegos y la sonrisa de su hija Salomé, en sus estudios a distancia de ingeniería o con la bella Daniela Ospina, su mujer, una jugadora de voleibol con quien, además, comparte al perro Manolo. Pero de inmediato demuestra que está en su sitio y que es sumamente ambicioso.

James Rodríguez pertenece a los futbolistas de escuela. Suele decir que, aunque sea hijo y sobrino de futbolista, su maestro fue Carlos Valderrama, que creció viéndolo jugar y desarbolar al rival a fuerza de toques suaves, técnica y concentración. Rodríguez conoce bien la ciencia de su oficio. Su Colombia es un equipo modesto que posee ritmo, poderío y talento. La firmeza empieza en el arquero Ospina (su cuñado, que juega en el Niza) y, desde atrás, el central Yepes perfecciona la tensión defensiva y el coraje. Está ahí como el protector y el ángel guardián de sus cachorros. Por el centro, Cuadrado es un gambeteador obstinado con salida para los dos lados. En teoría, encarna la magia, la vehemencia, la seguridad del dribling. Más arriba anda Jackson Martínez, hambriento de balón, de gloria y de goles. Y en la zona del ‘trescuartista’, que mira más hacia adelante que hacia atrás, se mueve James Rodríguez. Su bota es un guante, es sutil y poderosa; su aspiración es el gol, pero también tiene otras virtudes: entiende que el fútbol es una sinfonía de equipo, y que lo determinante es un bloque de imaginación y artillería, de sacrificio, intensidad y rigor. James Rodríguez no solo ha marcado cinco tantos: ha cedido dos, al menos, a Jackson Martínez.

Un jugador así no nace de la nada. Un Mundial es un escaparate que exhibe y proyecta la clase de los más grandes. Él empezó en su país, se hizo en Banfield, fue adquirido por el Oporto, donde marcó más de 30 goles en un centenar de partidos; el año pasado, por 45 millones de euros, lo compró el Mónaco, y ahí juega con su paisano Falcao. Había sido internacional en todas las categorías con un rendimiento deslumbrante. Fue elegido el mejor jugador de las eliminatorias de Sudamérica y el mejor del Mundial de Brasil-2014 de la primera fase.

Trabaja, defiende, crea armonía y belleza en el juego y remata. Lo que más llama la atención, tal vez, es su madurez, su sosiego, su determinación y su plasticidad. No se encoge y dicen que desentona en los bailes de grupo. Ojalá tenga otra buena noche ante Brasil, que tiene la suerte de los campeones, y siga dándole la razón a Tabárez y al luso-brasileño Deco, que dijo de él: “James tiene una calidad pura, algo hermoso”.

Con su hija Salomé.

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-c819c5d4d3b3c120ccbb47060e9cdfa6.jpg

Con Daniela Ospina:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-95e528c34428862a97bb0f13485c3a55.jpg

*Este texto aparece hoy en mi sección de 'Heraldo de Aragón'.

BRASIL TEMBLÓ ANTE CHILE

REGATE EN EL AIRE / Antón CASTRO

 

Saudade o el equipo traicionado

 

El Brasil de 1950, aquel que sucumbió a la clase de Obdulio Varela, Schiaffino y Gigghia, tenía una gran estrella: Ademir, máximo goleador con nueve tantos. El de 1958 y el de 1962 contó con Garrincha y Pelé, y aquella ‘folha seca’ de Didí, un centrocampista exquisito de bigote delineado casi como un húsar. Pelé jugó, además, en 1966 y 1970, donde la ‘canarinha’ firmó un fútbol increíble: fue la máquina coral de la fantasía. Sus futbolistas parecían virtuosos de ese instante anhelado en el que el fútbol tiene música.

El Brasil de 1974 fue un equipo de transición que contó con Luiz Pereira, con Leivinha, el maestro de la bicicleta, y con un veterano Rivelinho, que tenía un juego otoñal y elegante y conservaba aquel trallazo que agitaba el ánima de los estadios. En 1978 apareció Zico, al que llamarían el ‘Pelé blanco’. En España-1982, Brasil parecía llamado a nuevas gestas, pero su media de seda y de lujo (Zico, en plenitud, Toninho Cerezo, Falçao y el doctor Sócrates, el hombre que taconeaba como un bailarín de claqué y flamenco) se estrelló contra Italia y contra su propia suficiencia; en una tarde aciaga, Paolo Rossi nos destrozó nuestro pobre corazón. Fue, sin duda, una oportunidad perdida y el origen de una saudade indefinible. En 1986 Brasil cayó en cuartos de final, y sus estrellas podrían llamarse Careca, Müller o Alemao. Futbolistas correctos, más aplicados que geniales. En 1990, Brasil se estrelló contra Maradona en la segunda ronda. Cuatro años después, un equipo desnaturalizado y físico, a pesar de sus delanteros Bebeto y Romario, conquistó el título a Italia en los penaltis. Dunga fue ‘el panzer’ del colectivo, aunque el sostén era la calidad y el sentido táctico de Mauro Silva y la imaginación de Zinho. Ocho años más tarde, en Corea, Brasil logró su quinto título y alineó a tres figuras indiscutibles: Ronaldo, Ronaldinho y Rivaldo.

Desde entonces, Brasil ha ido de aquí para allá, más bien a la deriva, desconcertado y desconectado de su tradición. Brasil ni ha sido ni una cosa ni otra, ni puede decirse que haya enamorado jamás: ni con Kaká, ni con la promesa interrumpida Robinho ni con aquella flor de pocos días que se llamó Adriano.

El Brasil de ahora también es un equipo deshilvanado y ramplón. Carece de patrón de juego: ni tiene la ingeniería celeste de los tradicionales futbolistas del aire, que mezclaban el ‘jogo bonito’ y la samba, ni posee un organigrama sólido que sepa poner en marcha el fútbol físico que parece proponer Scolari. Sus jugadores parecen peores en bloque: si Neymar había levantado pasiones, había dado a entender que podía ser el futbolista del campeonato, ayer todo fue un naufragio. A Brasil solo se le aguanta con una bolsa de pipas gigante y mucha cerveza. Ayer nadie, nadie, salvo atrás y en instantes concretos David Luiz y Thiago Silva, dio sensación de pertenecer a la cadena de futbolistas que va desde Domingos da Guia y Ademir hasta Neymar Jr. Y no solo eso: la fortuna estuvo de su parte, en el remate final de Pinilla y en la suerte de los penaltis, donde Claudio Bravo pareció siempre un poco precipitado, incluso en el disparo que paró. Chile aguantó, supo jugar contra la adversidad de un gol en contra, igualó y estuvo a punto de provocar algunos suicidios en el país de Pelé.

Brasil es una fábrica de forofismo. Y de desmesura nacional. El país, azotado por relámpagos de miseria e injusticia en todas las regiones, ha constatado, de nuevo, su condición trágica, incluso ganando. El equipo se mueve en el filo de la navaja y solo se estremece de veras cuando entona el himno nacional. Solo en ese momento, Brasil es el Brasil de siempre. Aquel que pretendía hacer del fútbol una de las bellas artes.

 

*Este texto aparece hoy en HERALDO.

La foto de Ademir, la tomo de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-d4ee34cecb69e6031c7f7224dad5daf2.jpg

 

La foto de Zico la tomo de aquí: 

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-d43ecba2009bb34e91ccbd572722adf3.jpg

BOBBY MOORE Y SU SECUESTRO

REGATE EN EL AIRE

 

El incidente ingrato de Bobby Moore

Los Magníficos, como recuerda Rafael Rojas en un excelente libro de Doce Robles, cumplen medio siglo. En el reportaje que firmaban Chema R. Bravo y Joan F. Losilla para HERALDO aparecía una foto de Bobby Moore (1941-1993), capitán del West Ham y de la selección inglesa que ganó el Mundial de Inglaterra-1966. Si ahora se habla mucho del mordisco de Luis Suárez y del conflicto diplomático que se podría derivar de su expulsión y multa, antes hubo otro caso muy curioso que tuvo por protagonista al propio Moore.

En vísperas del Mundial de México-1970, los británicos, con su preparador Sir Alf Ramsey a la cabeza, decidieron jugar dos partidos de aclimatación en Colombia y en Ecuador. Instalaron su centro de operaciones en el hotel Tequendama de Bogotá. Tras enfrentarse a Colombia, Bobby Charlton, la otra gran estrella inglesa, y Moore entraron en la joyería Fuego Verde del edificio. Al parecer, Charlton quería llevarle una sorpresa a su mujer. Ambos, ricos y famosos, miraron y miraron pero nada les convenció. Cuando salían de la tienda sin comprar nada, la dependienta Clara Padilla acusó al defensa de haber robado un valioso brazalete de oro. Reclamó la presencia de dos agentes; también acudió el preparador Ramsey. Los futbolistas se ofrecieron a ser registrados. En teoría, punto final a un incidente ingrato.

Se intentó que aquello no trascendiese, pero no solo trascendió sino que se agravó con la detención del propio Moore al regresar de Ecuador al aeropuerto de Bogotá. El juez Pedro Dorado ordenó que el capitán británico no se moviera de la capital: había aparecido un testigo, Álvaro Suárez, que decía haber visto a través del escaparate cómo el líbero se había metido el brazalete en el bolsillo izquierdo de su chaqueta. El equipo inglés debía partir hacia México. Respaldado por el embajador británico en la capital, se logró que Moore no fuese a la cárcel, sino que quedase en casa de un miembro de la Federación de Fútbol de Colombia bajo arresto domiciliario.

Entrenaba a las seis y media de la mañana en el campo de Millonarios y en tres días perdió tres kilos. Mientras, en México sus compañeros no daban crédito a lo que estaba ocurriendo. Ante el juez, Clara Padilla y Álvaro Suárez se contradijeron. El Gobierno de Londres se significó ante la falta de pruebas, “tras hacer entrega (...) de una fuerte fianza y con intervención directa del primer ministro Harold Wilson” (tal como escribe Alfredo Relaño en ‘Tantos Mundiales, tantas historias’. Córner, 2014), el juez decretó la libertad de Moore. Eso sí, entonces, el caso ya había saltado a los periódicos y se barajaban diversas hipótesis. Para unos era una conspiración contra el campeón del mundo, para otros había sido un intento de chantaje económico o un crimen más o menos organizado por mafias de las esmeraldas, a las que pertenecían Ramos y Suárez, como se supo luego. Incluso hubo quien sugirió que era una venganza contra Ramsey que había llamado “animales, animales” a los argentinos en 1966.

Por fortuna, Moore pudo incorporarse a su selección y jugó cuatro partidos. En cuartos de final, Alemania e Inglaterra dirimieron su pase a semifinales en un choque que parecía la repetición de la final de 1966. En la prórroga, vencieron los germanos 3-2: aquel día Beckenbauer fue superior a Bobby Charlton, los alemanes neutralizaron el 0-2 de los ingleses y ya en la prórroga, antes de una decisiva volea de Gerd ‘Torpedo’ Müller, a Hurst, el héroe del 66, le anularon un gol claro. Gordon Banks, ‘el Chino’, se había puesto malo; lo sustituyó Peter Bonetti, que no tuvo la mejor tarde de su vida. Moore se fue a casa con la camiseta de Pelé y con su mejor elogio: “Fue el defensa que mejor me marcó en mi vida”. 

 

*Este texto se publicó ayer en HERALDO. 

TRES MAGNÍFICOS EN LA SELECCIÓN

[Durante los años 60, el club de fútbol Real Zaragoza vivió una de sus etapas más gloriosas, con Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra en la delantera. Aquella época es recordada como la del equipo de Los Magníficos. ’Magníficos. La edad de oro del Real Zaragoza’, que ahora publica la editorial Doce Robles, es un homenaje a los Cinco Magníficos y al cincuenta aniversario de la primera vez que jugaron juntos, el 22 de abril de 1964. En el libro, el periodista Rafael Rojas analiza y repasa aquellos años inolvidables para el club blanquillo, más de 300 páginas con amplia documentación y numerosas fotografías. Además, el libro incluye un prólogo del bibliófilo y escritor José Luis Melero. Nota editorial de Doce Robles. Publico aquí una selección de fragmentos, que me ha enviado Rafael Rojas a petición mía, sobre la presencia de los jugadores aragoneses en el Mundial de 1966.]

TRES MAGNÍFICOS EN INGLATERRA-1966, CON ESPAÑA

 

Por Rafael ROJAS*


1

 

 

Concluida la temporada de clubes, todas las miradas se ponen ya en el inminente Mundial, donde España, pese a no partir con la condición de favorita, restringida a Brasil e Inglaterra, quiere hacer valer su condición de campeón continental. José Luis Villalonga propone una lista de veintiséis jugadores de los que deberá descartar a cuatro. El seleccionador explica que “he elegido a los mejores jugadores de los mejores clubes, es decir un bloque de los cuatro equipos en mejor forma, Atlético de Madrid (Adelardo, Glaría, Rivilla, Ufarte), Real Madrid (Amancio, Betancort, Gento, Pirri, Sanchís, Zoco), Zaragoza (Lapetra, Marcelino, Reija, Villa, Violeta) y Barcelona (Eladio, Fusté, Gallego, Olivella, Reina, Rifé, Zaldúa), y he añadido individualidades indispensables en el fútbol español, Iríbar (Athletic), Del Sol (Juventus), Peiró y Suárez (ambos en el Inter).

 

 2           

Santamaría se queda sin Mundial

La víspera del Real Zaragoza-Athletic, Villalonga descartó a catorce jugadores de la lista inicial de cuarenta. Entre ellos, el zaragocista Paco Santamaría. Daucik discrepó de la decisión de su colega: “El seleccionador comete una injusticia no llevando a Santamaría a Londres, porque es el mejor de España en su puesto”. El central santanderino también expresó su descontento: “Considero que desde hace un par de temporadas se debía haber contado conmigo y creo que actualmente soy el central que está jugando con más regularidad”. 

 3

La eterna concentración del combinado español en el hostal del Peregrino de Santiago de Compostela empezó el 1 de junio, aunque los jugadores participantes en la final de Copa no se incorporaron hasta el día 6. Villalonga eligió Galicia por la supuesta semejanza entre el clima del norte de España y el que se van a encontrar en Inglaterra. “Con tablas higrométricas y de temperatura en la mano, tanto de Birmingham como de varios lugares españoles, llegamos a la conclusión de que Santiago de Compostela era el más parecido, el de clima más adecuado”, afirmó el seleccionador. Una precaución seudocientífica que se revelará inútil. La concentración gallega transcurrió como se espera, pasada por agua, tanto que será conocida como ‘el arca de Noé’ por los cuarenta días de lluvia. Sin embargo, nada más aterrizar en Inglaterra el grupo se encontró con un tiempo espléndido que se prolongó durante todo el campeonato. Nada de lluvia, sino todo lo contario, un sol radiante.

[Forman: Iríbar; Sanchís, Reija, Gallego, Zoco, Glaría; Amancio, Adelardo, Marcelino, Fusté y Lapetra.]

 

 

4

El 29 de junio, Villalonga anunció sus cuatro descartes, los zaragocistas Villa y Violeta y los barcelonistas Rifé y Zaldúa, con la lógica decepción de los excluidos. Así pues, Lapetra, Marcelino y Reija representaron al Real Zaragoza en el Mundial de Inglaterra, donde llevaron los dorsales 22, 9 y 15, respectivamente. Uno de los mundialistas, Reija, rememora todavía con estupor la decisión del técnico: “La ausencia de Villa y Violeta fue una auténtica injusticia; debieron estar en el Mundial; nadie puede dudar de la calidad de los que fueron, todos eran excelentes futbolistas, pero en ese momento no estaban ni mucho menos mejor que Villa y Violeta”. El volante zaragozano sostiene que Villalonga tenía decididos desde el principio los nombres de los futbolistas cortados: “A los cinco días de estar en Santiago yo ya sabía que no iría al Mundial; había jugadores que tenían mucha influencia en el seleccionador y conocían los descartes”. Violeta lo tiene claro, como tiene claro que “se cometió una verdadera injusticia con los jugadores del Zaragoza”.

Villa comparte la sensación de injusticia. Pero su desilusión por la composición del grupo y su fuerte carácter le llevó más allá, incluso a autodescartarse: “Vi que no se confiaba en los jóvenes que habíamos ganado la Eurocopa; la presión de la prensa de Madrid y Barcelona motivó la convocatoria de jugadores veteranos que llevaban años fuera de la selección; Villalonga lo estaba pasando muy mal, todo el día preguntándole todo el mundo por los descartes; un día le dije: ‘mire, míster, yo ya estoy harto de esto; esta temporada lo he ganado todo con el Zaragoza y lo que quiero es irme a la playa con mi mujer y mis hijos; por mí no tenga ningún problema, lo está usted pasando fatal y en vez de cuatro problemas ya solo tiene tres’; así se lo dije; había un ambiente fatal”.

 6

Una decisión sorprendente a las puertas de jugar la competición más apetecible para cualquier futbolista: “Claro que me hubiera hecho ilusión jugar el Mundial, pero jugando los que habíamos ganado la Eurocopa; lo que más me gusta en el mundo es el fútbol, pero en la vida hay que ser realista y cuando una cosa no puede ser, pues no puede ser; y me dio mucha pena por Villalonga, al que conocía desde que llegué al Madrid con dieciocho años, porque era una buenísima persona; pero le volvieron loco”, explica Villa.

 7

La confesión de Villa, realizada los primeros días de febrero de 2014, casi cuarenta y ocho años después de su descarte, no tiene nada de pose, ni mucho menos es producto del resentimiento. En septiembre del 66, dos meses más tarde de la cita mundialista, el ‘10’ del Real Zaragoza ya se explicaba en parecidos términos al ser preguntado por el supuesto disgusto provocado por no ir a Inglaterra: “¡Qué va!, no tuve ningún disgusto; la temporada había sido muy agotadora y lo que tenía era deseos de irme a mi casa a descansar con los míos; entre otras cosas porque los que estábamos en Santiago presentíamos lo que iba a suceder; lamenté muchísimo el flojo rendimiento de la selección, pero insisto, no tuve ninguna rabieta; como futbolista había tenido ya grandes satisfacciones conquistando mi equipo el título de campeón de España”.

 8

            Gento: “Lapetra es mejor que yo”

“¿Lapetra es mejor que Gento o Gento es superior al ‘ye-yé’ maño?”. “Lapetra es mejor que yo”. “¿Falsa modestia?”. “No, la verdad”. Así de contundente fue el internacional cántabro, el futbolista con más Copas de Europa en su palmarés, al referirse a su rival por el ‘11’ de la selección. Las declaraciones de Gento fueron publicadas el 5 de junio de 1966 en El Mundo Deportivo.

9

Birmingham, centro neurálgico de la delegación española en tierras ingleses, recibió a la expedición con un tiempo espléndido, diametralmente opuesto al esperado por Villalonga y sus veleidades seudocientíficas. Los aficionados británicos tenían muy frescas en la memoria las actuaciones del Real Zaragoza en competición europea, en especial el memorable partido ante el Leeds, localidad situada a escasos 200 kilómetros de Birmingham. Reija lo recuerda bien: “Teníamos una gran reputación en las islas; allí nos habíamos enfrentado a los mejores equipos  y nadie se explicaba cómo el Real Zaragoza no era la base de la selección”.

10 

En contra de cualquier tipo de lógica deportiva, ninguno de los tres zaragocistas fue de la partida en el encuentro ante Argentina, en el debut mundialista de España. Eladio ocupó el lateral izquierdo, mientras que Peiró y Gento desplazaron al banquillo a Marcelino y Lapetra. Villalonga traicionó sus principios, se dejó llevar por los nombres de los clubes más que por la calidad de los futbolistas y tomó tres decisiones poco comprensibles, ya que Reija era el ‘3’ más en forma del fútbol español y los dos delanteros zaragocistas venían de completar una temporada soberbia. Marcelino y Lapetra se quedaron fuera del equipo por primera vez desde marzo de 1964, después de once encuentros consecutivos como titulares.

 11

La derrota ante los argentinos no modificó en sustancia los planteamientos del seleccionador, que apenas introdujo dos variantes, una obligada por lesión (Reija por Eladio) y otra por decisión técnica (Amancio por Ufarte). El sentir general era que la delantera ha fracasado y muchas voces sugirieron el regreso de Marcelino y Lapetra, pero Villalonga repitió ante Suiza con Peiró y Gento. La victoria en Sheffield ante los suizos (2-1), con una excelente actuación de Reija, dejó abierta la puerta de la clasificación para cuartos de final, pero el tercer enemigo en el grupo era Alemania, siempre temible, con Beckenbauer, Seeler, Schnellinger, Emmerich, Overath, Weber… Un rival de cuidado. El pobre rendimiento de los dos primeros partidos descargó de argumentos a Villalonga, forzado a dar marcha atrás en sus planteamientos. Del equipo inicial ante Argentina solo permanecieron ante Alemania cuatro jugadores: Iríbar, Sanchís, Gallego y Zoco. Mantuvieron su puesto los que entraron nuevos ante Suiza (Reija y Amancio) y se incorporaron Glaría, Adelardo, Marcelino, Fusté y Lapetra, que mandaron al banquillo a Pirri, Del Sol, Peiró, Luis Suárez y Gento. Todas las vacas sagradas, con los tres ‘italianos’ incluidos, pasaron a la reserva. Una verdadera revolución como única forma de intentar el milagro.

12 

Las crónicas del decisivo España-Alemania coinciden en destacar la recuperación del equipo español, mucho más dinámico que en las dos ocasiones anteriores, con una velocidad y un coraje desconocidos en las primeras apuestas del seleccionador. Fusté, en el minuto 24, culmina una acción entre Lapetra y Marcelino para adelantar a España, que necesita la victoria para clasificarse. Poco antes del descanso se producen dos acciones decisivas en el desarrollo del partido. Primero, un afortunado gol de Emmerich e, inmediatamente después, una alevosa entrada de Schnellinger a Adelardo que termina sin sanción para el defensor germano y con el interior extremeño lesionado para el resto del partido.

 13

Con diez más Adelardo prácticamente arrinconado en una banda, España se lanza a por la victoria con decisión, con todo, en una ofensiva de la que también participan sus defensas. Sin embargo, una acción aislada de Seeler, previa falta de Emmerich a Sanchís, termina en gol y con las esperanzas españolas. Es el minuto 83 y no quedan ni tiempo ni energía para la remontada. España pierde y se despide del Mundial, al que había llegado con la vitola de campeona de Europa y como alternativa a las dos grandes favoritas, Inglaterra y Brasil.

 14

Ante Alemania, los tres futbolistas del Real Zaragoza completaron un soberbio encuentro, como refleja la crónica de El Mundo Deportivo: “Reija, un verdadero fenómeno de capacidad técnica y estratégica; Lapetra, muy inteligente en la tarea que le había sido asignada; Marcelino, tan peleón como acostumbra y más habilidoso en esta ocasión”. Precisamente Marcelino, en noviembre de 2001, recordaba en Equipo el Mundial como una oportunidad perdida: “Teníamos un equipo con gente joven que podía haber hecho un papelón en Inglaterra, incluso ser campeones del mundo, pero todo estaba muy politizado y a la selección no siempre iban los mejores; nosotros le dimos a España más que España a nosotros”. En la actualidad, Villa aún lamenta lo que pudo ser y no fue: “España hizo el ridículo espantoso; cuando veía a Lapetra y a Marcelino de suplentes no me lo podía creer; había muchos intereses que nada tenían que ver con aspectos deportivos; el Zaragoza debería haber sido la base de la selección, teníamos la edad ideal y estábamos en nuestro mejor momento”.

 

*De su libro ’Magníficos. La edad de oro del Real Zaragoza".

 

**En la primera foto aún están Violeta, Villa, descartados luego, y Reija, Marcelino y Lapetra.

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-66e594d41483ea44e86eaf9e114137b7.jpg

***Uno de los equipos que formó con los tres zaragocistas.

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-00244c40baf65fd1f98d964e8d516a8c.jpg

JUST FONTAINE: EVOCACIÓN Y GOL

REGATE EN EL AIRE

 JUST FONTAINE SIGUE EN SUS TRECE

 

 

Cristiano Ronaldo, melancólico y abatido, se ha ido del Mundial por la puerta falsa: no calibró que ante Ghana, con un poco de constancia y más determinación y acierto, quizá habrían logrado el sueño difícil. Luis Suárez, el astro charrúa, ha cometido otro inmenso error; ahora su país lo arropa y lo defiende, alude a una conspiración universal, pero será objeto de escarnio. Su nuevo mordisco es una patada en la boca del estómago de la historia heroica de Uruguay. Ellos estaban llamados a ser grandes goleadores. Alemania se ha desinflado un poco. Como Francia, Brasil y Argentina; tampoco era para tanto, pero alguien tendrá que ganar. Y en este torneo de tantos goles se seguirá hablando de la posibilidad de que Miroslav Klose se convierta en el máximo goleador de los mundiales, aunque él habrá necesitado de cuatro presencias para alcanzar el récord de 16 dianas.

La gran gesta, en realidad, fue la de Just Fontaine, que logró el milagro “o la gran broma” de marcar trece tantos en Suecia-1958. Hijo de normando y de madre española, había nacido en Marrakech en 1933, se había formado en su ciudad y más tarde en Casablanca. El ídolo de su niñez era el inolvidable  Ben Barek, que hizo grande a Marruecos y al Atlético de Madrid. Pronto lo fichó el Niza y más tarde, cuando el Real Madrid se quedó deslumbrado con el regate y la clase de Raymond Kopa, lo contrató el Stade de Reims, donde dejó una hoja de servicios impresionante: ganó dos títulos de Liga en 1958 y 1960, y a la vez fue el máximo goleador. Dice Jorge Luis Borges que a veces un solo hecho define la vida completa de un hombre. A Fontaine le define el campeonato de Suecia: al parecer iba como reserva y parecía más un pescador con su caña al hombro o un turista que el máximo artillero de Francia. Su compañero René Bliand se lesionó y él entró en el equipo, le cedió sus botas el suplente Stéphane Bruey. Jugó seis partidos, hasta las semifinales, y cosechó trece tantos. En todos los choques marcó un gol, algo que también haría años después Jairzinho.

Aquella Francia era temible: ganó todos sus partidos, a menudo por goleada (ante Paraguay venció por 7-3; a Alemania, la campeona del mundo, le endosó 6-3), salvo una derrota ante Brasil, y la clave estaba en la calidad de su plantilla, en individualidades como Kopa, Piantoni o Vincent, y en la efectividad de Fontaine. Logró siete goles con la derecha, cinco con la izquierda y uno de cabeza. Tenía (y tendrá aún: vive) un finísimo sentido del humor. Dijo una vez: “Salto tanto para rematar de cabeza que cuando bajo tengo nieve en el pelo». Raymond Kopa, que fue elegido el mejor jugador de la competición, daba una explicación más coherente: “Fontaine era el delantero que se adaptaba perfectamente a mi juego. Él percibía perfectamente lo que yo hacía, y yo estaba seguro de encontrarlo al otro lado de mis regates».

Fontaine lo hacía casi todo bien: disparaba desde cualquier posición, poseía una magnífica finta, arrancaba cuando menos se lo esperaba el defensor y tenía una estrategia especial para burlar al arquero. Más en serio, Fontaine dijo: “La clave de mis goles fue que no me conocían demasiado». Fontaine jugó en la selección durante una década, en 21 partidos marcó 30 goles y se retiró a los 28 años por lesión. Entrenó a la selección ‘bleu’ en dos partidos de 1967 y estuvo en la de Marruecos entre 1978 y 1981. Le gusta relatar, con ironía, una broma que inventó Mario Zatelli, delantero del Olympique de Marsella: «Una momia librada de sus vendajes pregunta en cuanto abre los ojos: “¿Se ha batido el récord de Fontaine?”. Después de los siglos de los siglos, la respuesta sigue siendo: “No”». Ahí seguimos.

 

*Este texto aparece hoy en Heraldo de Aragón. Las fotos las tomo aquí:

-http://www.gannett-cdn.com/-mm-/f209a3d136d37acf6a9268f466f7e736f7fa6af2/c=0-20-2000-1524&r=x383&c=540x380/local/-/media/Indianapolis/Indianapolis/2014/06/04//1401884744007-AP134603081903.jpg

-https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-638f74ebbdb82c25817bacf87817e060.jpg

 

'GOLAZO' Y UN CUENTO DE PISÓN

'GOLAZO' Y UN CUENTO DE PISÓN

Felisa Ferraz cuenta: "Hace unos meses descubrimos ‘Golazo’, una iniciativa que se desarrolla en Cali con el fin de alejar a los niños de la violencia callejera y el absentismo escolar por medio del fútbol. La Fundación Carvajal, que tiene mucho prestigio en Colombia, junto con Ayuda en Acción, son las instituciones que están detrás de esta idea”. Así ha nacido el libro 'Golazo', que se presenta el miércoles 25, a las 20.00, en la Aljafería. El volumen lleva unas espectaculares fotos de José Calvo que encarnan el más modesto e infinito sueño del fútbol.

Este es uno de los cuentos de Ignacio Martínez de Pisón: 


LA GLORIA DEL SUPLENTE


Ignacio Martínez de Pisón

No hay ningún niño que en algún momento no haya querido
ser futbolista. No lo había al menos entre mis compañeros de
colegio. Después, la escasa destreza con el balón y las malas
condiciones físicas iban poniendo a cada uno en su sitio y
apartando de esa afición a muchos de ellos. Yo, que ni era
hábil con el balón ni destacaba por mi fuerza, mi estatura o mi
velocidad, perseveré durante anos en la práctica de un deporte
que no estaba hecho para mí. ¿Cómo me las arreglé para
conseguirlo? Muy sencillo: conformándome con el papel de
suplente. Mientras todos ansiaban jugar, yo aspiraba a ver todo
el partido desde el banquillo. Acompañaba al equipo, me vestía
como el equipo, hacia los ejercicios de precalentamiento con
el resto del equipo. Me sentía parte del equipo porque de hecho
lo era. Pero, por el bien del propio equipo, siempre confiaba en
que no faltara ninguno de los que jugaban bien y el entrenador
no tuviera que recurrir a mí. Si este alguna vez, por lastima
o necesidad, me hacía saltar al campo los últimos minutos,
yo procuraba pasar inadvertido, alejándome de la jugada,
escondiéndome detrás de los jugadores rivales.
Fui suplente del equipo de mi colegio durante dos o tres anos.
Que no tuviera la menor intervención en las victorias o las
derrotas no les restaba trascendencia. Aunque no hubiera
participado en el partido, la dicha de la victoria me pertenecía
en la misma medida que el dolor de la derrota. ¿Por qué no habría
de ser así? Si los seguidores de un equipo consideran suyas las
victorias y las derrotas, con más motivo yo, que al fin y al cabo
formaba parte de la plantilla.
La vida de la mayoría de los futbolistas profesionales es bastante
más desdichada y precaria que la de esas estrellas del futbol
que estamos acostumbrados a ver en la televisión. Soñar con
convertirse en futbolista puede que sea preferible a convertirse
en futbolista. Todos los niños del mundo tienen derecho a
sonar. Hay que alimentar esos sueños, capaces de florecer en
esos campos de tierra y esos lodazales en los que siempre ha
brotado la autentica épica del futbol. Que solo unos pocos
puedan luego ver enteramente cumplidos sus sueños no es
razón para desanimarse. Esos pocos seguirán siendo un modelo
para la siguiente generación de niños, que siguiendo sus pasos
descubrirán también el valor del esfuerzo y el compañerismo y
disfrutarán sin duda de no pocos momentos de gloria. Aunque
sea de la modesta gloria del suplente.