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Antón Castro

Escritores

PISÓN EN LA FUNDACIÓN MARCH

PISÓN EN LA FUNDACIÓN MARCH

 [Javier Goñi, un viejo amigo de letras, me envía esta información sobre otro gran amigo: Ignacio Martínez de Pisón, que está pasando un gran momento y que es, con Javier Marías, el candidato al premio de la Crítica. Los dos, de entrada, parecen los grandes favoritos.]

 

 

EL MARTES 28 DE FEBRERO

Y EL JUEVES 1 DE MARZO

EN LA FUNDACIÓN JUAN MARCH

 

IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN, EN EL CICLO “POÉTICA Y NARRATIVA”

 

El primer día da una conferencia sobre “Regreso al mundo real” y el segundo día mantiene un coloquio con el catedrático de la Universidad de Murcia y crítico literario José María Pozuelo Yvancos

 

 

El martes 28 de febrero y el jueves 1 de marzo, a las 19,30 horas, se celebra en la Fundación Juan March (www.march.es y también en Facebook y Twitter:@fundacionmarch) una nueva sesión de la modalidad Poética y Narrativa, dedicada en esta ocasión al escritor aragonés Ignacio Martínez de Pisón. Esta iniciativa de la Fundación Juan March consta de dos partes: el primer día, el escritor relata su manera de concebir el hecho creador (titula su conferencia Regreso al mundo real) y el segundo día es presentado por José María Pozuelo Yvancos, crítico literario y catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Murcia, con quien mantiene un coloquio. Al final el escritor lee un texto inédito.

 

Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) reside en Barcelona desde 1982. Es autor de más de una docena de obras, entre los que destacan el libro de relatos El fin de los buenos tiempos (1994) y las novelas La ternura del dragón (1984), Carreteras secundarias (1996), María bonita (2000), El tiempo de las mujeres (2003) y Dientes de leche (2008), así como el ensayo Enterrar a los muertos (2005). Sus trabajos más recientes son Partes de guerra (2009), volumen en el que treinta y cinco relatos de diferentes autores recrean la Guerra Civil, la antología de cuentos Aeropuerto de Funchal (2009) y la novela El día de mañana (2011). Autor también de guiones cinematográficos (Carreteras secundarias, Las trece rosas), sus libros han sido traducidos a una docena de idiomas.

 

José María Pozuelo Yvancos

UNA NARRATIVIDAD SIN COMPLEJOS

La obra de Ignacio Martínez de Pisón tiene varias características singulares en el panorama de la narrativa española de hoy. La primera es la autoconciencia de un estilo propio, que define una narratividad sin complejos. Por medio del arte de narrar, que él domina como pocos, ha logrado salvar la estética del realismo de un uso meramente conservador o plano. De manera que siendo un narrador de estirpe galdosiana su obra es reconocida por todo lector como muy moderna, sobre todo por su condición perspectivística. Por otra parte, mantiene otro rasgo: ha sabido crear una obra coherente, que muestra sin embargo una evolución interior muy notable. Comenzó la suya siendo una novelística circunscrita a los ámbitos familiares burgueses y de provincias, con personajes femeninos (que suelen tener mucha fuerza en su narrativa) o masculinos en un contexto de crisis y transformación, como fue la sociedad del franquismo. Por circunscribirme a las de los últimos quince años, tras Carreteras secundarias (1996) y María bonita (2001) la obra en que fragua esta manera de combinar la psicología y el cuadro social histórico es El tiempo de las mujeres (2003), en la que considero que Martínez de Pisón cierra su primera etapa como novelista. La que podríamos calificar de segunda etapa se inicia con la narración Enterrar a los muertos (2005), que nació como una investigación sobre el caso Robles, y que terminó siendo un cuadro apasionante sobre las contradicciones internas y miserias de ciertos republicanos, especialmente de los comunistas. Martínez de Pisón cifra además las razones de la amistad rota de Dos Passos y Hemingway en posiciones encontradas frente al caso del asesinato de Robles. Las dos novelas posteriores, Dientes de leche (2008) y El día de mañana (2011) ha unido las dos vetas de su creación anterior, la de las atmosferas familiares de El tiempo de las mujeres y la de la crónica socio-política de Enterrar a los muertos, porque en ambas novelas, ubicadas en la posguerra inmediata y el largo franquismo hasta la transición, urde tramas que permiten una radiografía interiorizada en personajes concretos de lo que ha sido la vida española de una época concreta: desde 1940 a 1978. Mi presentación finalizará analizando su libro de cuentos Aeropuerto de Funchal (2009).

 

José María Pozuelo Yvancos es desde 1981 catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Murcia, de cuya Facultad de Letras ha sido Decano. Es desde

1999 crítico literario del suplemento cultural del diario ABC.

Es autor de numerosos libros, entre otros: Ventanas de la ficción. Narrativa hispánica siglos XX y XXI (2004),

De la autobiografía: teoría y estilos (2006),

100 narradores españoles de hoy (2010),

Figuraciones del yo en narrativa.

Javier Marias y E. VilaMatas (2010)

y director y coautor de Las ideas literarias (1200-2010),

volumen 8 de la Historia de la Literatura Española (2011).

 

 

 

 

 

 

 

 

Han participado ya en “Poética y Narrativa”: Álvaro Pombo (con José Antonio Marina); Luis Mateo Díez (con Fernando Valls); Antonio Muñoz Molina (con Manuel Rodríguez Rivero); Andrés Trapiello (con Carlos Pujol); Mario Vargas Llosa (con Juan Cruz); Luis Landero (con Ángel Basanta); Enrique Vila-Matas  (con Mercedes Monmany); Javier Marías (con Manuel Rodríguez Rivero); Rafael Chirbes (con Santos Alonso); Eduardo Mendoza (con Llàtzer Moix); Juan Manuel de Prada (con Juan Ángel Juristo); Gustavo Martín Garzo (con J. Ernesto Ayala-Dip); Jesús Ferrero (con Santos Sanz Villanueva); Almudena Grandes (con Ángel Basanta); Manuel Vicent (con Ángel Sánchez Harguindey); y Soledad Puértolas (con José María Pozuelo Yvancos).

 

 

Una vez celebrado el acto, puede escucharse el audio de las conferencias en el archivo sonoro de la página web de la Fundación, donde están recogidas más de dos mil conferencias pronunciadas desde 1975 en la sede de la Fundación Juan March en Madrid.

LA NOVELA PÓSTUMA DE FÉLIX ROMEO

 

 

HOY, A LAS 20.30, EN EL TEATRO PRINCIPAL:

‘NOCHE DE LOS ENAMORADOS’ DE FÉLIX ROMEO

Esta tarde, a las 20.30, en el hall del Teatro Principal gran velada: se presenta la novela póstuma de Félix Romeo, ‘Noche de los enamorados’ (Mondadori), la historia de amor y muerte de Santiago Dulong y María Isabel Montesinos, una investigación, la crónica de un crimen y la descripción de un método narrativo. Félix conoció a Dulong en la cárcel de Torrero el día de enamorador de 1995. En el acto, organizado por Félix y Eva de los Portadores de Sueños y por Mondadori, intervendrán Luis Alegre, Eva Puyó y Daniel Gascón; los dos primeros harán un retrato del escritor, del amigo, del viajero, del intelectual, del forjador de proyectos, y el último analizará la novela. E intervendrá, como maestro de ceremonias, Miguel Aguilar, editor de Mondadori y Debate, amigo de Félix y un tipo estupendo: vitalista, divertido y muy afectuoso. También se pasará un vídeo y se hablará de otro libro: ‘¡Viva Félix Romeo!’, que se puede obtener gratuitamente con la novela.

 

*La caricatura es de Luis Grañena.

CLAUDIA PIÑEIRO, UN DIÁLOGO

CLAUDIA PIÑEIRO PUBLICA EN ALFAGUARA

LA NOVELA POLICÍACA 'BETIBÚ'

 

Claudia Piñeiro (Burzaco, Argentina, 1960) ha llegado al género policial un poco por casualidad. En sus novelas, algunas tan conocidas como ‘Las viudas de los jueves’, que llevó al cine Marcelo Piñeyro, siempre aparecía un enigma, un crimen, una atmósfera de asfixia que le confería carácter a su escritura y que era como una segunda trama. Con ‘Betibú’ (Alfaguara. 2012), que presenta estos días en España, fue directamente al grano: quería escribir una novela de género sobre algo que le obsesiona: una situación límite como la muerte. “Hay otras situaciones límites, pero me preocupa mucho eso –dice a HERALDO-: esa tensión máxima en que a veces nos pone la vida y a continuación esa búsqueda, esa necesidad de decidir. A mí me gusta escribir desde el lugar en que vivo sobre el tiempo en que vivo. No pretendo ser crítica ni cáustica: intento contar lo que ocurre”, señala la escritora, que alterna la narrativa con el teatro y los guiones de cine. Añade: “Escribo sobre el mundo actual. Siempre digo que no hago libros de denuncia, sino que me gusta levantar las alfombras: ver lo que está oculto, lo que se nos niega, quiero saber qué pasa, y de golpe ya me veo en el lío. Y me gusta otra cosa: analizar la conciencia de la gente. Hablar de la condición humana. Mirar adentro”.

A veces, las novelas de Claudia Piñeiro, ensalzada por lectores como José Saramago o Rosa Montero, parecen reflejar el permanente estado de convulsión de Argentina. “De Argentina y de otros muchos países. Hay libros míos que están basados en crisis concretas de mi país, pero también hablo del caos y de las crisis de otros países. Hace poco me sucedía en Francia con ‘Las viudas de los jueves’: me decían que en el fondo esa novela era premonitoria, que el estado de cosas que cuento ahí se parece mucho a todo lo que está sucediendo en Europa ahora, en Francia propiamente”.

‘Betibú’ es una novela que refleja un panorama social corrupto a través de la investigación de un crimen: el potentado Pedro Chazarreta aparece muerto en su sillón, ensangrentado, con un cuchillo muy cerca y su botella de whisky. No se sabe muy si ha sido un suicidio o un asesinato: hace tres años apareció muerta su mujer en extrañas circunstancias y podría ser que alguien, tres años después, hubiese decidido vengarse. Chazarreta era un prestamista despiadado y opulento.

A partir de aquí entran en danzan varios personajes: el director del diario ‘El tribuno’, que decide convocar a la escritora Nurit Iscar, a la que él llamaba ‘Betibú’ porque se parecía a Betty Boop, y de la que estuvo enamorado; un periodista veterano que antaño era especialista en crímenes y otros delitos, y que ahora está orillado, y otro joven periodista que solo vive a través de Internet y de Google, hasta el punto de interrumpir su trabajo para ver una serie. “La novela es una reflexión del periodismo y su relación con el poder. Y es también la historia de dos métodos distintos: el periodista veterano, que trabaja en la calle y que tiene contactos en la policía, en los jueces y en los propios hampones. Y por otra parte está el joven periodista que piensa que todo está en internet. Se produce un choque y a la vez un aprendizaje recíproco: el mayor enseña mucho al joven y a la vez recibe mucho de él, en este historia donde hay otros aspectos sentimentales también”, dice Piñeiro. Al fin y al cabo, el director de ‘El tribuno’ rescata a una escritora que lleva dos años sin publicar. “No es que esté retirada de la circulación, ni mucho menos. Lleva dos años en silencio, escribiendo y pensando. Y hubo algo entre ellos. A mí me han pasado cosas como le pasan a ella: cuando se produce un crimen, me llama a menudo de la prensa para que imagine que puede estar pensando por la mente del criminal, cómo pudo haber pasado. Y yo jamás escribo: me parecería un poco frívolo. Además no tengo nada que decir”.

Claudia Piñeiro se confiesa “bulímica y caótica como lectora”. Dice que es errática en sus lecturas: sigue los consejos de amigos, de escritores o de libreros. Confiesa dos veneraciones: David Logde, “porque posee una ironía que me encanta”, y el Nobel Coetzee, “que siempre me pone en tensión, con sus situaciones difíciles y dramáticas”. A modo de cierre de su estética y de su novela, Piñeiro declara que el humor, incluso el humor negro, es muy importante en su obra. “Una cosa es un chiste, que lo oyes, te sonríes y lo olvidas. Y otra es el humor: te cuentan algo y te das cuenta que te ríes, luego te pones triste porque sabes que detrás hay un drama, y en el peor de los casos te quedas pensando. El humor me permite darle una vuelta a la situación más dramática, verla de otro modo”.

CUENTOS DE EUGENIA RICO

CUENTOS DE EUGENIA RICO

‘El fin de la raza blanca’ es el primero de los libros de cuentos que la escritora asturiana publicará en Páginas de Espuma. Eugenia Rico ha cultivado el género breve a lo largo de toda su dedicación a la literatura, encontrándose muchos de sus textos en antologías y publicaciones periódicas, así como en traducciones, que van desde el este de Europa a Estados Unidos. Dividido en tres significativas partes -Cielo, Purgatorio e Infierno-, el libro arranca con un estremecedor cuento que se mueve en el fino y desbocado equilibrio de una línea gris y se interna en un viaje interior asediado por el estupor, lo absurdo, la crítica y una única dirección hacia un destino que nunca llega.

La relación de pareja, de la piel y de la basura que unen a un hombre y una mujer, protagoniza la parte central de un libro como sala de espera al Infierno, en la que lo fantástico y cierta dosis de humor deja paso a la crueldad ejercida por el poder, aunque sea en nombre de la caridad y el amor: escenarios que van de la Primera Guerra Mundial a la Guerra Civil española escenifican la miseria colectiva e individual que se esconden detrás de cada conflicto. El libro llega a su recta final con dos deliciosas reflexiones de lecturas y universos literarios que gravitan en Eugenia Rico: Edgar Allan Poe y la literatura popular. Un libro que bucea en la tensión, la supervivencia, la presencia de la maldad, el amor corrompido; una mirada desnuda y sin treguas acompañada de la mejor escritura de Eugenia Rico, con su riqueza de registros que derivan en lo fantástico y el humor de tintes surrealistas, la sátira social o la crítica política. Y siempre la literatura sólida como meta última. Una gran escritora. [Nota de Juan Casamayor y su equipo de prensa de Páginas de Espuma.]

PEDRO BERICAT Y SU MUNDO

PEDRO BERICAT Y SU MUNDO

Pedro F. Bericat y STI ediciones

presentan

 

Respiración

(Condena a la felicidad)

Cuatro actos

72 páginas a color. Edición numerada de 100 ejemplares.

 

Libreto que reúne dos textos antiguos (Actos primero y tercero) y dos nuevos, Respiración es un panfleto contra todo y contra todos expresado en la prosa borborígmica y desorbitada característica del autor, que insiste en las claves ‑míticas, artísticas, personales‑ que conforman su universo personal.

El artefolleto incluye cinco páginas de obra gráfica y una Bibliografía esencial.

 

La presentación tendrá lugar tras la acción-performance que Bericat realizará en el marco de la exposición conjunta con Ricardo Calero y Luis Marco, Las flechas del amor.

Día de 23 de febrero, a las 20,00 horas. Galería A del Arte (C/ Fita, 19)

JUAN ANTONIO TELLO: 3 POEMAS

 

Juan Antonio Tello y traductor de poesía, de autores franceses, especialmente de Boris Vian, de quien está a punto de publicar su 'Poesía completa' en el sello Renacimiento. Dueño de una lírica personal, de indagación, me envía tres poemas inéditos de su nuevo libro: 'Umbrales de Rimbaud'.

1

Ô sorcières, ô misère, ô haine,

 c’est à vous  que mon trésor a été confié!

  

Soy el monstruo de mí mismo

y no sé cuál es la verdad,

en el parto de los abismos

robo la magia de la vida a puñados,

danzo en el vértigo

como sin alma la ceremonia

de la identidad

que crepita en el umbral

de cada palabra,

camino pájaros y ladro perros

como aquel paseante,

ya sin sus ojos,

que persiguió visiones,

nuevos rumores,

sin duda he muerto

y no hay paisaje que contemplar.

 

 

 

 2

 

Quant au monde, quand tu sortiras, que sera-t-il devenu?

En tout cas, rien des apparences actuelles.

 

 

 

 

Yo es otro,

cuervos rojos

se dispersan y reúnen

en los versos de Rimbaud

y se abaten sobre mí

con sus picos de hueso.

Flores árticas

(no existieron)

en esta fiesta de invierno

donde crecen,

en la danza de mis ojos,

en el baile y el cortejo,

en la obra que devora

de umbrales los vientos fríos.

 

 

 

 3

 

Qu’il vienne qu’il vienne

Le temps dont on s’éprenne.

 

 

 El tiempo fluye en nosotros.

Inútil resguardarnos de tanto olvido.

Vuela y lentamente anida en nuestro interior.

 

 

*Las fotos son de Marcel Bovis.

 

 

 

 

 

 

'LAURA NO DESERTO' DE ANTÓN RIVEIRO COELLO: UN FRAGMENTO

Antón Riveiro Coello, por Simón Balvís.

 

Antón  Riveiro Coello es, desde hai anos, un dos narradores galegos que mais admiro. Non quixo o azar que nos atópasemos nunca. A petición miña, acaba de enviarme un fragmento da súa novela novela, ‘Laura no deserto’ (Galaxia), quizáis a mais longas das letras galegas. Riveiro é un narrador poderoso, de alento, criador de personaxes, de situacións, de atmósferas e dunha mirada de novelista.

 

 

A SEDE

Extracto de 'Laura no deserto'. Galaxia. 2011.

 

Por Antón RIVEIRO COELLO

 

Os ollos de Ivonne foron o primeiro aviso da túa cesión. Apenas un escintileo e deuche arrepío sabéreste carne. A súa inocencia espiu o teu pensamento e puxo ás claras esa fortaleza que crías ter endurecido nos cárceres e na crueldade dos interrogatorios.

Si, o teu máis grande orgullo —e a túa maior sorpresa—, seguía a ser a túa capacidade de resistencia en Saint Michel, o non teres delatado os compañeiros, sobre todo a Lucien, que te quería e che dera todo, mesmo un novo sentido á túa vida. Alguén te avisara de que a tortura da Gestapo era tan atroz que todos, mesmo os guerrilleiros máis afoutos, acababan por cantar; como moito, podían aguantar un chisco máis para que os camaradas tivesen tempo de fuxir antes de pronunciar os seus nomes. Se cadra foi esa confidencia a que te preparou para non defraudares a Lucien e seres quen de pagar co corpo o silencio. Velaí unha dolorosa proba de amor. O teu propio corpo nacendo dentro de ti, facéndose consciente na dor, alí, na escuridade fría daquelas paredes que te esmagaban, cos ouvidos encetados despois de che afundiren a cabeza na auga noxenta da bañeira, sen saberes o que acontecera co grupo. Si, coidabas que pagara a pena. A túa resistencia limpárache a conciencia e axudaba a aturares non só a dor brutal das xunturas escordándose, abandonando as súas cavidades, senón tamén a cobiza untuosa dos dous alemáns que uliscaron o teu nu, coma cans en celo, antes de te violaren sen te soltar do gancho do que te tiñan pendurada pola esposas. Lembras ben os momentos posteriores á tortura, cando te deixaron na cela e sentiches o alivio da cabeza saíndo dese corpo magoado no que os ósos semellaban ferros candentes a te queimaren por dentro.

Ficou gravado no teu cerebro o rastro pracenteiro de perderes o si, fuxindo de ti mesma coa vitoria nos beizos. Mais agora xa non era o mesmo e o vagón acababa de ser un ensaio anticipado do que che agardaría despois. Nas estreituras desa improvisada cela andante, fuches consciente da túa debilidade. E o peor non foi o pudor nin a sucia promiscuidade, nin a fame, nin a pestilencia, nin a descomposición dos corpos dos mortos que non aturaron as condicións da viaxe; foi a sede, esa sede furiosa pola que neses intres desesperados serías quen de matar, a que axiña te reduciu e te converteu en cousa, en animal case espontáneo.

Si, Ivonne, a moza que tanto te admiraba, que era coma unha irmá pequena e aínda non sospeitaba nada do que lle ía acontecer á criatura que levaba dentro, viuno nos teus ollos, eses mesmos que ti viches reflectidos nos seus. Aí estaba o teu desexo violento, un obxectivo que che fixo esquecer a agonía de Isabelle Dupont, a mestra parisiense que che contou a súa vida cunha paixón agonizante e á que lle apañaches as pertenzas: a pulseira de ouro, a sortella que lle regalara o seu noivo e ese par de zapatos cos que despois soñarías cando os pés, envoltos en farrapos, se enchoupaban de pus e do sangue das feridas abertas e podres.

Ivonne procuraba en ti unha explicación, mais de ti xa desertaran todos os afectos e só te guiaba a vontade de beberes. A lingua soldábase ao ceo da boca e un anel candente esganábache a gorxa. Só o deserto, no que nunca estiveras, debuxábase na túa dor: un deserto de fantasía, doméstico e inexplorado, coma o das dunas de Corrubedo, ao que algunha tarde de verán adoitabas ir en bicicleta con Máximo. A morte coma compañeira e ti querendo esquecer a sede, rebozándote na area, tan libre coma as gaivotas que espertaban a túa alegría e che lembraban que detrás desas dunas abandonadas estaba o mar, si, o mar, ruxindo na túa cabeza coma un axóuxere.

Que triste ver así a Ivonne, coma unha cadeliña fiel, resistíndose a crer que xa non eras ti a que tremelicaba de cobiza e rabuñaba as táboas coma un mico acurralado. Querías ser a primeira e non facías caso ás palabras tristes desta amiga que che falaba cun ton que era unha mestura de reproche e desconcerto. Ivonne, coitada, que non era consciente da súa condena e levaba unha faixa ben apertada para agachar o seu estado, que estaba alí máis por un azar amoroso que pola súa participación efectiva na Resistencia, foi quen de te ver por dentro, e colleu un medo insuperable coma se unhas gadoupas xurdisen das cuncas dos teus ollos. E si, cando o tren parou e se abriu a porta, fuches na cabeceira porque a sede seguía a arder en ti dun xeito tan físico que nin sequera pensaches nos mortos amoreados no recanto do vagón, xusto no lugar onde faciades as vosas necesidades, nin colliches a man de Ivonne para non perderes unha referencia. O que che importaba agora era saciar a túa maldita sede.

A mala noticia foi que, ao baixardes do tren, non era precisamente auga o que vos esperaba senón a rabia común de cans policía e soldados alemáns das S.S. que vos fixeron formar e aliñaron os vosos medos nunha selección de xénero que realizaba un home louro e alto coma un fungueiro. Coa fusta na man, a xeito de batuta, mandou os homes a un lado e as mulleres a outro. Endexamais te abandonaron as queixas adoecidas desas familias que se separaban coa sospeita da perda: mans entretecidas, bágoas coma lámpadas, laios, amores rotos... Nese altura mesmo te alegraches de estar soa e non ter que apandares coa carga dolorosa dunha despedida. Todo o que eras ía contigo.

 

Os homes foron diante e as mulleres tivestes que agardar na estación durante media hora, que se fixo eterna, sobre todo, cando vistes como aqueles presos de raias amoreaban nas carretas non só os mortos que ficaran nos vagóns senón tamén todos os enfermos e moribundos que non tiñan forzas para baixar. Despois, en ringleiras de a cinco, metéronvos por un bosque de piñeiros e foi daquela cando te decataches de que Ivonne, que acababa de encetar os dezaoito anos, quedara un nada atrás, arrepiada máis polo teu rexeitamento que pola impresión violenta de ver aqueles alemáns armados que vos empurraban con voces guturais que semellaban metralla. E a pobre deu en chorar mentres ti ías diante porque crías que iso che daría dereito a beberes a primeira. Ollabas cara a atrás e alegrábaste cando vías como as máis vellas e as máis febles caían escadriladas pola dureza da viaxe e porque se resistían a abandonar as pesadas equipaxes nas que traían a agonía das súas pertenzas, unha última e desesperada decisión. Mais ti, que viñas do cárcere, non tiñas nada e non puideches caer no lazo dos alemáns, que, dun xeito renarte e sibilino, animaron a todos a levaren os obxectos de valor porque iso non contraviña as ordenanzas.

Esa sede escrava foi a túa derrota moral e axudou a esqueceres a Ivonne, que, como estaba un chisco grosa, era un lastre que che impedía o avance. Mais o camiño foi longo mesmo para os cans, e a sede apenas che permitiu reparar nesa aldea que, coma unha aparición ostentosa, xurdía nunha calva do bosque, coas súas casiñas axardinadas, as cortinas nas fiestras, a praza e a agulla dun campanario que se empoleiraba por riba dos tellados coma un xoguete de cartón pedra. Aínda tiveches tempo de ver algunhas persoas que ollaban para vós con indiferenza, vestidas con mudas de domingo e gozando dunha vida tan normal... Pero ti esquecíchelas nun ai porque querías chegar canto antes ao destino no que con certeza vos estarían a esperar con baldes derramados de auga fresca. E, de súpeto, a non máis de douscentos metros, diante dos vosos ollos perfilouse aquel lago no que dúas barcas estaban amarradas a un peirao de madeira, si, ese lago en que, moito tempo despois, nunha luminosa mañá de primavera, te bañarías núa, sen che importar a ollada dos soldados americanos que, dende a beira, buscaban no teu corpo a saudade dos seus amores afastados e incertos. Ese lago foi para ti coma a visión inequívoca dun oasis. Case sen seres consciente do pulo do teu desexo brutal, desprendeuse a lingua do ceo da boca e rompiches a fila na procura das súas augas. E foi un golpe enteiro nas costas o que deseguida te debruzou no chan e che fixo crer que xa nunca serías quen de te erguer. Ivonne e mais esa vella miúda tan elegante, que ficaran lixeiramente atrás, foron as que te axudaron a te incorporar e a pores a carne a recado dos cairos asexantes dos cans. Precisamente elas as dúas tendéronche a mesma man que a túa sede lles negara. Si, a pobre Ivonne, que confiara en ti todo o seu futuro e descoñecía o alcance da súa desgraza, e madame Fontaine, unha aristócrata refinada que era das poucas que se desfixera sen trauma da súa equipaxe e das súas alfaias porque sospeitaba que esa opulencia, á parte de inmoral, de nada lle serviría diante da furia dos alemáns.

O lago, pois, ficou atrás coma unha frustración e a dor das costas fixo que esqueceses por un intre a sede adoecida.

Cando por fin chegastes á muralla custodiada por sentinelas, unha porta inmensa abriuse diante de vós e puidestes ver as entrañas do mundo que vos agardaba. Unha pequena orquestra de corda, formada na súa meirande parte por mulleres, estaba a interpretar unha composición de Bach que recoñeciches decontado porque ti tamén a sabías tocar no piano. A música amorteceu a impresión de veres todos aqueles barracóns e aquela outra praza pola que varias mulleres, vestidas con farrapos raiados, empurraban carretas ateigadas de area. E facíano, alleas á vosa presenza, coma se algo lles impedise ollar para outro sitio que non fose o chan e o débil avance dos seus pasos. Mais ti non te facías preguntas por esa extrema delgadeza nin pola órbita desmesurada dos seus ollos nin a vellez prematura; o único que che preocupaba era beber, saciares a sede noxenta que estaba a che secar a alma e a te converter nunha animalia. E non, non vías a Ivonne, que buscaba nos teus ollos a resposta e só achaba neles o fulgor salvaxe de algo descoñecido. E volviches ser das primeiras en te enfrontares á selección que facía un oficial e alegrácheste de que non te puxesen coas vellas nin coas nenas porque ti preferías traballar no que fose con tal de que a sede desaparecese. E, malia os berros esgazados das familias, viches médicos con material cirúrxico e ambulancias. Iso deuche esperanza e deixácheste levar polos empurróns de varios soldados que vos meteron nunha especie de almacén no que había unhas duchas. Si, aí abríuseche o mundo, e a lingua volveu desapegarse do forno da boca. Mais o primeiro que ouviches foi a orde de vos espirdes, algo que provocou un murmurio unánime de protesta que axiña se esvaeceu porque un dos soldados botou man da culata para lle escachar o cranio a unha presa polaca que se arrepuña contra el.

A ti non che importou tanto ficar en porrancho porque precisabas beber e fuches das primeiras. Mesmo che amolaba o xeito teimudo co que moitas se amarraban ás últimas pertenzas xa que iso demoraba o intre de te meteres debaixo das duchas. Un soldado non deixaba de indicar en diferentes idiomas que ese número que vos daban valería para recuperardes todos eses bolsos, xoias, reloxos, roupas e demais obxectos que varias presas amoreaban en carretas. E non, non o memorizaches porque ti xa non tiñas nada. Agora estabas tan concentrada no desexo da auga que case non recoñeces a curva núa e perigosa do ventre de Ivonne nin a pelica enrugada de madame Fontaine. O teu corpo estremecía, non de medo nin de vergoña, senón de cobiza. Mais a espera aínda ía durar un pouco máis.

Primeiro entrastes nun cuarto onde vos deitaron nunha mesa de madeira, e alí, mentres os soldados facían comentarios obscenos, cacheáronvos intimamente nun exame oral, rectal e vaxinal. E si, doeuche un mundo a inxección que che puxo unha rusa na vaxina, e ficaches un bo anaco dobrada no chan sen te poderes pór de pé. Cando o fixeches apareceu un oficial alto, e realizou unha nova escolla entre as que tiñades o pelo louro. Sen saberes aínda por que, deuche no corpo que acababas de ter sorte cando te puxo nun aparte con outras louras que, coma ti, libraban de ser tosquiadas. Nesa altura, mentres varias mulleres enchían co pelo grandes sacas, ti estabas tan fóra de ti que mesmo agoiraches que ese privilexio de non seres rapada estaba relacionado co feito de entrar das primeiras na ducha. Mais non foi así porque os soldados amosaron as ferraduras e deron en meter aos golpes unha primeira remesa de corpos espavorecidos. Iso si, cando che tocou, algo moi semellante ao pracer agromou no fondo de ti. E abriches a boca tanto que mesmo esgazaches os beizos secos, pero fuches das primeiras en probar a auga insalubre que escorregaba por dentro e fóra do teu corpo. O desexo levárache o sentido e nese intre gozoso non te decatabas de que estabas a rabuñar e empurrar compañeiras que che querían disputar a auga e o espazo. Allea aos insultos, aos golpes que te mallaban, ao tremor dos corpos, á angustia da pobre Ivonne, que, grazas á súa gordura, conseguira agachar o seu embarazo, só che importaba ese líquido que entraba en ti coma un aloumiño e anulaba a dor antiga e insoportable da sede. Foi un pouco despois, naquel cuarto no que vos daban zapatos desaparellados e pezas de roupa recia e miserable, cando a ollada inculpadora de Ivonne te volveu carne de novo e che fixo ser consciente de todo o que acontecera. Desta volta tomou conta de ti unha vergoña tan física e dolorosa que nun alustre soubeches que algo dentro de ti morrera para sempre.

PEPO PAZ: HECHIZO DE INFANCIA

PEPO PAZ: HECHIZO DE INFANCIA

AMELIE GALUP: RECUERDOS DE UNA

INFANCIA EN CARRETILLA

La infancia es el reino de las maravillas. Cualquier pequeño gesto puede convertirse en una aventura inolvidable. De niño me fascinaban los carretillos, las carretillas. A veces teníamos uno en casa, a veces los traían los albañiles. Y uno de aquellos juegos tan elementales como el viento era cuando un mayor te daba una vuelta. He visto esta foto de Amelie Galup (1856-1943), una fotógrafa francesa clásica, esta estampa enmarcada en la atmósfera de la casa, y me he acordado de la infancia en Santa Mariña de Lañas, en Arteixo, de las obras a las que íbamos a fumar y, muy especialmente, de aquellos viajes en carretilla que tenía el sabor y la leyenda de la primera aventura.

                                                                                      

Publico este pequeño texto en mi facebook, y Pepo Paz, el editor de Bartleby, viajero incansable y experto en gastronomía, cuenta esta bonita historia.

 

LAS CÁRCAVAS

Por Pepo PAZ

Una amiga me ha pedido, con insistencia, que cuelgue una foto mía en el perfil del blog. Acepto el reto: la de la izquierda es una foto que he rescatado esta mañana entre un montón de ajadas y amarillentas imágenes. Esas fotos reconstruyen la memoria de lo que soy y fui. En ella puede verse a mi abuelo paterno transportando en su carretilla a seis niños. El primero por la izquierda soy yo. La niña de la derecha, mi hermana. No reconozco a nadie más. Está tomada en Las Cárcavas, un poblado de chabolas y viviendas inverosímiles que se levantaba hace mucho tiempo más allá del pueblo de Hortaleza (cuando Hortaleza todavía era pueblo y en Madrid tenían cabida los descampados y, por febrero, florecían prematuramente los árboles). Para llegar hasta la casa de mi abuelo, que era carpintero como lo había sido su padre y que, como su padre, también perdió la guerra y la fortuna y nunca quiso que le hicieramos un funeral, se cruzaban las vías del tren por un puente de piedra que había junto a la fábrica de vinos Savin y luego se recorría un camino de tierra que, con las lluvias, se volvía impracticable. Ir desde nuestra casa en Pueblo Nuevo hasta Las Cárcavas era toda una aventura para un pequeño de apenas dos o tres años.

Hoy todavía lo sigue siendo, aunque por razones muy distintas: hay que atravesar la M-40, las vías del tren y adentrarse en un entramado de calles pespunteadas de chalecitos y casas bajas (algunas de la época en que se tomó esta foto). El tiempo transcurrido me impide situar con exactitud dónde se alzaba la casa de mi abuelo, esa casa de hojalata y su terreno vallado que malvendió para comprarse un piso con dos habitaciones en Fuenlabrada a finales de los años setenta y de cuya venta sólo consiguió hacer efectiva una mísera letra. Ignoro a quién pertenecerá ahora el chalet construido sobre el terreno impagado a mi abuelo y a su mujer. Robado en silencio. Primitiva ingeniería financiera.