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Antón Castro

Escritores

'LA CLIENTA' DE MARGARITA BARBÁCHANO

'LA CLIENTA' DE MARGARITA BARBÁCHANO

 

MARGARITA BARBÁCHANO

Y SUS ‘MUJERES DE EDAD INVISIBLE’

Este miércoles 14, a las 19.30, en el vestíbulo del Teatro Principal, Margarita Barbáchano presentará su nuevo libro: ‘Mujeres en la edad invisible’, cuentos ilustrados por distintas fotógrafas. En el acto de presentación estarán la cineasta Paula Ortiz, la actriz Luisa Gavasa, el editor de Mira Joaquín Casanova, la autora y las trece fotógrafas. Margarita Barbáchano define así su libro: “‘Mujeres en la edad invisible’ (Mira) son doce historias o relatos diferentes de mujeres en tránsito entre la juventud que se pierde y la vejez que llega sin avisar. Mujeres que llenan las calles, los actos culturales, los hospitales, los autobuses, los parques, la vida..., y que, sin embargo, son anónimas, invisibles para la mayoría, incluso para su propia familia muchas veces. Mujeres que hablan con voz propia y nos explican qué les pasa, cómo se encuentran en este preciso momento de su camino. Cada relato tiene una protagonista y cada capítulo se abre con la mirada personal de una fotógrafa que capta el sentimiento de esa historia narrada. En este nuevo libro hay bastante sentido del humor, algo de dolor y mucha complicidad con el género humano. El libro lleva portada de la gran Helena Almedia (Lisboa, 1934), y fotos de Pilar Albajar, Paulina Aleshkina, Cecilia Casas, Cecilia de Val, Virginia Espá, Margarita García Buñuel, Rosane Marinho, Delia Maza, Vicky Mendiz, Peyrotau Sediles, Luisa Rojo y Olga Vallejo.

Al día siguiente de la presentación del libro: el jueves 15 de diciembre a las 20 horas, estas fotógrafas colgarán su obra en la galería Spectrum, de Julio Álvarez Sotos, en una exposición colectiva, titulada ‘Mujeres’”.

Margarita me envía uno de los cuentos, ‘La clienta’, y esta foto de Margarita García Buñuel.

 

 

LA CLIENTA

 

Por Margarita Barbáchano

 

La primera vez que se puso a buscar en Internet «Contactos para

mujeres» le temblaban los dedos. Se sentía sucia o como si estuviera

haciendo algo malo. Le costó varias semanas investigar en la red esta

clase de servicios. Y, sobre todo, descartar la basura entre la no muy

amplia oferta de contactos masculinos. Para Irene todo era desechable:

anuncios de jóvenes musculosos que parecía que iban a destrozarte

entre sus brazos, cifras escalofriantes para ofrecer las medidas de sus

atributos sexuales o frases que eran de todo menos alentadoras para

cerrar un encuentro. Poco a poco fue intuyendo que los anuncios más

discretos: un nombre y un número de móvil, podían ser la pista a seguir.

Al cabo de un mes de investigación pudo hacerse con dos o tres

contactos personales, sin agencias de por medio. Vivir en una gran

ciudad facilitaba la oferta, que aun así era decepcionante para una

mujer necesitada de sexo en algún momento de su vida.

 

Las primeras citas, antes de pasar a la acción, resultaron un auténtico

desastre. O eran un compendio de músculos sin cerebro, o tenían

una pinta de pervertidos que asustaba nada más verlos. No tiró

la toalla y siguió acudiendo a las citas concertadas. En el fondo le divertía

la situación. Se trataba de una elección. Ella era la que elegía el

género. La que pagaba el producto. Descartó a todos los que iban de

profesionales del sexo.

 

Con David tuvo suerte porque en cuanto se sentaron a hablar

en una cafetería supo que aquel chico podía encajar en sus pretensiones.

Discreto, tímido, incluso con un punto de culpabilidad por estar

haciendo estas cosas con mujeres desconocidas y cobrar por ello. Irene

lo llamaba una vez al mes. Trescientos euros por encuentro. Ella ponía

las condiciones.

 

A Irene le iba bien en la peluquería. Tenía tres empleadas y las

hipotecas saldadas desde hacía tiempo. Después de su divorcio, hace

ya diez años de aquello, tuvo algunas relaciones de pareja pero ninguna

duró lo suficiente. Había asumido con total ecuanimidad que lo

mejor era estar sola y vivir su vida sin rendir cuentas a nadie. Pero no

por ello iba a renunciar al sexo. Y estaba ya harta de intentar seducir

a algún posible candidato entre su círculo de amistades, cada vez más

reducido por otra parte. Y siempre con resultados descorazonadores.

Donde Irene ponía pasión, encanto, diversión y generosidad, solo encontraba

frustración, cobardía o prepotencia y vanidad.

 

Unas Navidades hablando con su hermana le dijo: «¿Por qué no

puedo pagar a un hombre para invitarle a cenar y llevármelo a la cama

después? ¿Por qué los hombres se van de putas cuando les place y las

mujeres no tenemos esa opción?». Su hermana le contestó que estaba

loca, que dónde se iba a meter. «Seguro que en algún lío. Con lo tranquila

que vives, hija. Ya son ganas de complicarse la vida». Además, le

reprochó su frialdad. «Sin amor, sin que te guste, al menos un poco…

Follar, por follar. No lo entiendo», concluyó moviendo la cabeza y mirándola

como a un bicho raro.

 

«Pues está muy claro. Estoy cansada de intentar empezar una

relación, aunque solo sea sexual, tener un amante esporádico. Todo

son problemas. A unos les resulto demasiado mayor para pensar en

el sexo; otros quieren una relación estable con lavadora, plancha y comida

gratis todos los días; y hay un tercer tipo de hombre que te mira

como si hubiera perdido el juicio, como si a mi edad únicamente pudieran

interesarme la gastronomía o los viajes exóticos y en grupo.

Estoy harta de llevarme decepciones, de intentar resultar sexi o encantadora

para, al final, agotarme en el intento y fracasar de nuevo.

Ahora quiero pagar para que me hagan bien el amor. Es algo físico y

agradable, ¿no? ¿Por qué no voy a pagar un buen precio por ello?».

Incluso razonaba, con toda la razón, que si se paga por recibir un buen

masaje en la espalda o en los pies, no entendía por qué no se podía

«encargar» un servicio más completo. Para escandalizar más a su hermana,

le recordó una frase de Mae West: «Un orgasmo al día mantiene

lejos al médico».

 

La hermana de Irene escuchaba estos argumentos con un punto

de resignación, pensando que con su forma de ser tan libre y tan lógica

lo que hacía era asustar a los hombres. Vamos, que los acobardaba a

las primeras de cambio. Tampoco entendía muy bien por qué había

optado Irene por esa forma tan poco ortodoxa de tener relaciones sexuales,

puesto que de las dos hermanas, ella era la más agraciada físicamente

y la que desde siempre había atraído a los hombres a primera

vista. Irene conservaba una bonita figura, ágil y esbelta, y un rostro

hermoso y dulce. Razones más que suficientes, creía, para tener éxito

con los hombres, sin necesidad de «utilizar a prostitutos para un revolcón

a precio de oro».

 

Solían quedar en cafeterías distintas y de allí se iban a un hotel

(al principio); a veces frecuentaban su apartamento (muy esporádicamente);

o incluso lo hacían dentro del coche en medio de un aparcamiento

desierto. Dependía del estado de ánimo de Irene, que es la que

llevaba la voz cantante, para eso era la clienta. Por lo general, el día

que quedaba con David, le gustaba invitarlo a cenar en algún sitio agradable,

que no tenía que ser precisamente caro, para después tener la

seguridad de que la noche iba a terminar bien. Es decir, con su cuerpo

acariciado, sus músculos en acción y las hormonas en funcionamiento.

«Una puesta a punto», como solía decirse con sentido del humor. Un

capricho que le salía caro, pero que resultaba mucho más beneficioso

para la salud que gastarse 500 euros en un tratamiento facial. Estos

encuentros también tenían la ventaja de no estar pendiente de las reacciones

del otro. El chico era joven y bien dotado, por lo que cumplía

su papel a la perfección. Sabía cómo trabajar el cuerpo de una mujer.

Con una mezcla sabia de ternura y eficacia.

 

Por su parte, David estaba encantado con Irene. Era su clienta

preferida: guapa, madura atractiva, decidida y con las ideas muy claras.

Una mujer que sabía lo que quería y pagaba por ello. Sin pedir excentricidades

ni cosas raras. Simplemente, que le hiciera bien el amor. Que fuera educado y limpio.

 

Desde que llegó a la gran ciudad había trabajado en todo ese

tipo de cosas que están al alcance de un emigrante, sin poder levantar

cabeza en tres años. Hacía un año que había montado una pequeña

empresa de arreglos informáticos, con un amigo suyo como socio,

que no iba todo lo bien que exigía el pago mensual de la hipoteca.

Necesitaba dinero extra y de forma rápida. Así que se metió en esto

para probar y ganar un dinero fácil. Lo de colgar un anuncio en Internet

se lo aconsejó un amigo parisino que se ganaba sus buenos euros

al mes con cuatro clientas fijas. «Las mujeres no te dan problemas.

Suelen ser señoras con una buena posición económica; para ellas lo

más importante es la discreción y solo piden que se las quiera y se las

contemple durante un par de horas. Es el negocio perfecto, chico. Ni

lo dudes. Anímate», le había dicho Jean Paul. La verdad es que como

trabajo por horas no estaba nada mal, sobre todo para un hombre. El

francés también le había comentado que la clase de mujeres que acuden

a este tipo de contactos por lo general huyen de las agencias, de

los intermediarios y no quieren saber nada de chulos ni de putos (recuerda

que había utilizado esta palabra). Por lo visto, según Jean Paul,

este negocio no tenía nada que ver con la prostitución organizada.

«Esto es algo privé, tremendamente privé», recalcó más de una vez.

 

David se había dado cuenta de que lo más importante en este

asunto en el que andaba metido era mantener una buena forma física,

sin exageraciones de gimnasio (con no tener barriga bastaba), vestir

con discreción y ser educado. Punto. Lo demás quedaba para los gustos

de las clientas en la intimidad del trato acordado. Al principio no

llamaba nadie; pero al cabo de un tiempo empezó a sonar el móvil

con voces de mujeres al otro lado. Unas seguras, las menos, y otras

tímidas, inseguras, con temor a lo que pudieran encontrar, sin saber

muy bien cómo desenvolverse en semejante situación. Su iniciación

empezó con una señora brasileña, esposa de un conocido ginecólogo,

forrada de pasta hasta las cejas. Le citaba dos veces al mes en el

mismo hotel siempre. Y con ella hay que reconocer que se ganaba los

trescientos euros que cobraba. Era insaciable sexualmente, y manejar

un cuerpo de 85 kilos no era precisamente algo agradable; sobre todo

cuando la brasileña se empeñaba en ponerse encima y moverse a

ritmo de samba.

 

Claro que con treinta años se puede casi con todo. Poco a poco,

David fue pagando a su banco atrasos acumulados y el alquiler de su

pequeño apartamento todos los meses. Ahora solo faltaba que la empresa

empezara a funcionar con más alegría. Entonces es cuando se plantearía dejarlo.

Eso es lo que pensaba David cada vez que se subía

los pantalones y se metía los billetes en el bolsillo. Nunca en su corta

vida había ganado dinero de una forma tan sencilla, y prácticamente

sin riesgos: las mujeres a esas edades no se quedan embarazadas, son

personas que se cuidan y no suelen transmitir enfermedades contagiosas,

y la regla de oro es la discreción. Un trueque de necesidades,

sin más.

 

Todavía recordaba Irene lo mal que lo pasó con su último intento

de seducir a un hombre que le gustaba. Todo ello antes de meterse en

Internet para buscar un contacto sexual. Después de aquella decepción,

se prometió que nunca más se humillaría delante de un hombre,

ni se esforzaría lo más mínimo por acaparar su atención. Ocurrió durante

el pasado otoño, en una conferencia sobre filosofía y arte a la

que acudió por llenar una tarde que libraba en la peluquería. El conferenciante

era un señor estupendo que había copado las páginas de

cultura en la semana previa a su charla en el Círculo. Irene se decidió

a ir porque le pareció guapísimo en las fotos. Lo de menos era el contenido

de su conferencia. Quedó con una amiga y para allí se fueron.

Al natural no desmerecía en absoluto. Tendría su misma edad, alrededor

de los sesenta, más o menos. Alto, delgado, con el pelo castaño

y ligeramente canoso, vestía con esa elegancia desenfadada de los intelectuales.

Le gustó su voz y el modo en cómo explicaba sus ideas al

público. Al final de la charla se formó una larga fila de mujeres, sobre

todo, a la búsqueda de la firma de un ejemplar de su libro. Irene pensó,

con acierto, que no merecía la pena ponerse a la cola. Demasiada

competencia. Y él iba a lo suyo: sonrisa, ¿nombre? y a estampar su

firma. Mejor indagar en su página web y mandarle un mensaje algo

misterioso y halagador. A ver si picaba el anzuelo.

 

Al fin y al cabo, era un juego. Y a Irene le gustaba jugar. El

eterno juego de la seducción que tan bien le había funcionado siempre

en sus tiempos jóvenes. ¿Por qué no intentarlo ahora también? Dejó

pasar una semana y le envió un mensaje con un archivo adjunto en el

que se veía una fotografía suya en la que estaba realmente atractiva.

La foto era de hacía un año, pero no había cambiado tanto. Solo que

se la hicieron en estudio y ahí se controla muy bien la iluminación.

Esencial para fotografiar a una mujer madura. Pasaron quince días y

en su bandeja de entrada no había ningún mensaje del escritor. Su sorpresa

fue mayúscula cuando una mañana de domingo entró en su correo

y vio que tenía una contestación de él. Escueta, pero que dejaba

una puerta abierta a seguir manteniendo este tipo de correspondencia

online. Se intercambiaron varios mensajes hasta que Irene creyó oportuno

pasar a la acción: quería verlo. Propuso una cita y que él eligiera

el día y la hora. Ella estaría allí, si accedía.

 

Sonríe con un poco de amargura recordando la ilusión de los

preparativos. Sacar los billetes del AVE, reservar una noche de hotel,

pensar y repensar qué se pondría para la ocasión. Algo sencillo pero

favorecedor. Ya se imaginaba dónde harían el amor, si en su casa, si

no vivía en pareja, o en el hotel. Cómo sería el restaurante elegido

para invitarla a cenar en un ambiente romántico e introductorio de

posteriores desahogos. No le cabía otra posibilidad en la cabeza. Si

no, ¿para qué acceder a una cita en su ciudad para conocerse?, se

preguntaba a sí misma mientras se cambiaba de ropa una y otra vez,

sin encontrar nada adecuado para la situación que había provocado.

 

Ya le inquietó la hora fijada para el encuentro: a las 14:00 h en

una plaza céntrica. «Bueno, será para comer juntos. Aunque hubiera

preferido que nos encontráramos para cenar». Comieron en un pequeño

bistró cercano a la plaza en la que se habían citado. La conversación

fue amena y fluida, aunque Irene estaba nerviosa como una

colegiala. Hablaron de todo un poco, hasta de política. Pero pasaba

el tiempo y no entraban en el terreno personal, lo que a Irene le pareció

algo desalentador. En cuanto trajeron los cafés y se los tomaron,

él se levantó con un «Bueno, yo es que me tengo que ir ya…». Y, justo

antes de salir del restaurante, va el tipo y le pregunta: «¿Has

traído mi libro? Si quieres te lo firmo». Entonces a Irene a poco le entran

las arritmias y el infarto de golpe. «Pues no, no lo he comprado.

Además, pesa bastante para llevarlo en mi bolso de viaje», se le ocurrió

decir, por decir algo. «Pues, nada. Seguiremos en contacto». Un par

de besos etéreos en las mejillas y desapareció el famoso y engreído

intelectual, dejándola descompuesta y tratando de aguantar el tipo y

disimular la frustración que sentía. Eran las cuatro y media de la tarde

de un sábado en una ciudad desconocida. Una hora horrorosa para

irse a la solitaria habitación de un hotel en la que había depositado

tantas esperanzas de goce y de pasión desconocidas.

 

Irene caminó por las calles desiertas de la ciudad reteniendo la

rabia y las lágrimas ante el soberano desprecio infringido a su persona.

«Pero, bueno, este hombre se cree que alguien hace un viaje, coge

trenes, taxis, se gasta una pasta en un hotel de cuatro estrellas, para

verle dos horas en un restaurante de mierda (pagó la cuenta, eso sí),

y me firme un libro que devotamente he debido comprar antes…». Increíble,

pero existen tipos así. Hombres que si no tienen delante a una

mujer joven y espléndida, babeando ante sus prodigiosas dotes intelectuales,

y alabando su obra, reaccionan con el mayor de los desprecios.

Ni siquiera disimula que tiene prisa en irse y dejar con dos palmos

de narices a la admiradora de turno. Si, además, la tal admiradora

tiene su edad, ni te cuento…

 

A partir de entonces, Irene se prometió que nadie la volvería a

humillar así. Esfuerzo cero. Mejor pagar por tener sexo con un hombre

joven y bien dotado. Y, luego, cada uno a sus asuntos. Era triste reconocerlo

pero al parecer la seducción ejercida por una mujer madura e

inteligente no causa los efectos buscados. Y, sin embargo, en sentido

contrario funciona perfectamente. Irene no cerraba las puertas a posibles

encuentros normalizados con un hombre que se pudiera sentir

atraído hacia ella, pero mientras tanto tenía solucionada esa parte de

la vida, que, siendo importante, parece que desaparece del historial

de cualquier mujer cuando va cumpliendo años y carece de pareja estable.

Además, tenía que reconocerlo, le gustaba esa sensación de dominio

que ejercía una vez al mes.

 

'ZARABANDA', POR JULIO JOSÉ ORDOVÁS

[Hoy, en la página tres del suplemento ‘Artes & Letras’ de Heraldo de Aragón, Julio José Ordovás publica este artículo. Por un error mío de edición , el artículo aparece firmado por Julio José Delgado. Por supuesto que es de Ordovás. Lo lamento de veras por Julio, por Javier Delgado y por Miguel Sánchez-Ostiz.]

 

 

La foto de Miguel Sánchez-Ostiz pertenece al 'Diario de Navarra'.

 

 

   CUERPOS DE TEXTO

 

                                                                                               Julio José Ordovás

 

   Zarabanda

 

   La institución medular de la sociedad vasconavarra no es otra que la cuadrilla. La cuadrilla es sagrada, intocable, el tótem de la tribu, la caja de las esencias, el copón de la baraja. “Zarabanda” (Pamiela) es la novela de una cuadrilla que tropieza con el cadáver de un travesti en una vieja calera de la que pronto empiezan a salir toda clase de fantasmas en tétrica procesión. La cuadrilla ya no es aquella alegre, aunque sombría, panda felliniana de “I vitelloni”. Han pasado los años y el tiempo los ha dejado a todos para el arrastre. Los sueños se los comieron los gusanos. Hay demasiadas cruces en la agenda y demasiados agujeros en la memoria. Les queda el alcohol y la comida en el Jai-Alai y están dispuestos a tragar hasta reventar, como en “La grande bouffe”.

   Miguel Sánchez-Ostiz ha vuelto a Humberri, la frontera del país de la niebla, para hacer sonar la flauta shakesperiana del Rumor, donde soplan las sospechas, los recelos y las conjeturas. La zarabanda del título es una melopea de voces cínicas, oscuras, amordazadas, cobardes, lúcidas, derrotadas. Voces que se pisan y se escupen y no pueden parar de ladrar, cotorras de guiñol que se aclaran la garganta apurando la cerveza agria de Flann O’Brien, esa que hace hablar por los codos a los muertos.  

   La calera, la sima, la ciénaga, el pozo negro al que van a parar los sin nombre, los sin papeles, los que sobran porque alguien decide que sobran, los que nunca disfrutaron de la protección de la cuadrilla. La leyenda fúnebre de la sima se remonta al menos a la Tercera Guerra Carlista. Desde entonces ha sido la tapadera de demasiados crímenes, “el aliviadero de la mala memoria de Humberri”, un agujero en el que la mayoría prefiere no meter las narices, por si acaso.   

NUEVO POEMARIO DE KEPA MURUA

 

Kepa Murua (1962) acaba de publicar un poemario de amor y dolor, la crónica y el recuerdo de una separación, los vaivenes del desamor. Un gato, simbólico y elegante, el movimiento desvelado e incesante, es la imagen alegórica de su dolor, de su resistencia y de su esperanza. María José de Acuña, siempre tan gentil, me manda una selección de textos y una nota portical, algo más que una confesión.

  

CONFESIONES SOBRE EL GATO NEGRO DEL AMOR

 Por Kepa Murua

 

El gato negro del amor es un libro íntimo. Hoy puedo sonreír al verlo, pero cómo escoció al escribirlo, pues son poemas que responden a una separación donde se plasman los juegos del amor o del desamor, el encuentro y el desencuentro entre las personas, la tristeza o la vaga esperanza de los amantes. No obstante, para que no fuera totalmente biográfico escribí un cuento poético con gatos, un juego sentimental con sus maneras de comportarse, como una realidad paralela en clara alusión a nuestras necesidades y anhelos.

 

El gato negro del amor contiene poemas muy personales que cambian el registro de mi escritura para volcarse en la confesión personal. Es un libro con poemas sentidos, pero si cuando los escribí, sufrí en la escritura, también sufrí en el corazón. Menos mal que mis gritos y preocupaciones no se escucharon más que dentro de las cuatro paredes de mi despacho y detrás de los frágiles tabiques de mi casa. Entre medio, en la corrección última del libro, especialmente en la lectura en voz alta de los poemas, he gozado por lo que he sido capaz de escribir y he saltado de alegría, como un niño, ante la sorpresa de una confesión o ante el dibujo logrado de un paisaje descriptivo y, como un hombre sin complejos, he sido consciente de cómo mi vida cerraba sus círculos con una naturalidad pasmosa.

 

Puede que nadie entienda esta confesión, pero, ahora que soy capaz de echar la vista atrás, me río de un Kepa Murua tan serio y al que le preocupaba todo de una manera exagerada. Está bien tener cierta sensibilidad, pero, de la misma manera que no hay que dejar de sorprenderse por lo que se hace, se siente o se escribe, uno no puede ser el mismo ingenuo de siempre, a todas las horas del día y delante de todo el mundo. Podría rematar este apunte diciendo que todo estaba escrito para que así fuera. Podría, además, colocar las razones que envuelven a este tipo de confesiones o análisis –apenas me costaría un segundo–, pero no quiero parecer pretencioso, aunque es así como lo creo. Toda una vida pensando en los libros que voy a escribir en un tiempo futuro y ahora que echo un vistazo atrás, que me paro como nunca antes, veo que todo estaba ahí hasta que pudiera darle forma a mi vida y a la de la gente que me rodea. El presente está para vivirlo, no hay más remedio.

 

Es un libro de amor, autobiográfico, que comenzó a escribirse en Londres, en 2005, y que, tras su paso por Toronto y Nueva York, fue acabado en Vitoria en 2006. Hay un cambio de voz con respecto a mi obra anterior. Creo que aún existe un eco que desvela la escritura íntima que se vislumbra en No es nada, pero, más allá de la referencia filosófica de este poemario, la voz poética de El gato negro del amor se fija en las embestidas del corazón, “a pelo”, como suele decirse. No obstante, para que la pendiente del desamor no me llevara a la tristeza absoluta y arrastrara a los lectores al desconcierto, como equilibrio, coloco el amor de mis padres, su concepción del amor, por lo menos su duración. Lo diré de nuevo: para contraponer el dolor del amor, para que el libro no fuera una caída sin frenos al abismo, coloco, como una parte sustancial de mi biografía, el matrimonio duro y eficaz, tierno y amoroso, a su vez, de los padres, que si bien no nos enseñaron a amar, nos mostraron en cambio su cariño.

 

También he adoptado otros riesgos. En algunos poemas, especialmente en aquellos que habla la amada, por ejemplo, he buscado una voz ingenua y clara, un tanto naif, para sentir la pureza de ese amor o ese deseo trastocado en el mundo de los sentimientos más comunes: el de los celos o la vergüenza, el de la duda o el enfado, el del rechazo o la indiferencia. En otras palabras, el de las tonterías que hacen los amantes. Y he optado por esa voz natural porque no me servían los registros a los que, por lo general, recurre la literatura en estos casos, como los de la locura o el vacío dolientes. Aquí no hay nada de eso, pues aunque se hable de lo que se hable, hay mucho color y, a veces, todo parece una fiesta, un tanto especial, de los sentidos y del cuerpo.

 

La idea de plasmar el amor bajo la influencia del mundo animal, de los gatos, aunque acertada, no es nueva. No tiene mucho mérito, pero he de reconocer que era cuestión de fijarse y dejarse llevar. Y sin embargo, mi fijación por los gatos –podría decir “por las gatas” perfectamente–, fue tan intensa que mientras paseaba observaba los detalles de la vida animal en la ciudad. Los parques, las vías del tren y las calles de los centros urbanos son su refugio. Me pasó en Toronto, donde un gato vivía oculto a los ojos de la gente en el pequeño jardín de la urbanización. Me pasó en Nueva York: estaba solo, abrí el cuaderno y una gata se cruzó en mi camino para que pudiera escribir “El gato desde las alturas”. El poema que da título al libro lo escribí en Carshalton (Londres), en una casa donde un gatazo negro saltaba la valla y me miraba fijamente todas las mañanas cuando a primera hora me acercaba a la ventana de la habitación para mirar qué tiempo hacía. Fue allí cuando comencé a escribir estos poemas autobiográficos en un cuaderno amarillo. Entonces, no sabía lo que me esperaba, pero me he emocionado al leer el libro.

 

 

Kepa Murua, 26 de octubre de 2011

 

 

 

 

EL NOMBRE DE MI VIDA

 

Lo que más me gusta de este mundo

es cómo la vida me llama

por mi nombre. Como si me buscara

o no supiera dónde encontrarme.

 

Mira que la vida se ríe del mundo.

Mira que el mundo no se fía de la vida.

Mira que es difícil que se lleven bien

la fría vida con el áspero mundo.

 

Pero lo que más me gusta es cómo

pese a todo pronuncia mi nombre.

Como si me preguntase sin preguntarme.

Como si me buscase como poeta y como hombre.

 

Así es el nombre de mi existencia.

Para algunos tierno, para otros con hambre.

Todos lo pronuncian diferente.

Pero ella es la única que me responde.

 

MI CORAZÓN DIMINUTO

 

Cuando mi corazón estuvo fuera de mí

yo nunca pude escribir un poema.

Lo intenté, pero no pude.

Tampoco pude escribir una carta

a mi madre por ejemplo

diciéndole que la quería.

Tampoco pude escribir una nota

a mi amigo más cercano

donde le decía que las llaves de la casa

estaban sobre la maceta roja

en la puerta de la entrada.

Cuando mi corazón estuvo perdido

en la inmensidad del tiempo

y la indiferencia eterna

no pude escribir nada.

A mi amor por ejemplo

diciéndole que la echaba de menos

y que esperaba su regreso

como lluvia que suena a diario.

Nada. Ni un poema, ni una carta.

Ni una nota, ni un recuerdo olvidado.

No pude hacer nada más que esperar

que volviera a casa

para escribir ahora este verso

donde digo que de verdad te quiero

aunque nunca te lo haya dicho antes

y sentir mi corazón diminuto

como nunca antes lo sentí

cuando estuvo dentro.

 

SUEÑOS DE LLUVIA

 

¿Dónde queda África mi amor

dónde Egipto?

En el primer continente

te esperaba el gato negro.

En el segundo viaje

el gato gris con ojos

de diamante.

Pero después de la confesión

te fuiste al sol cercano

a recorrer la fatiga

de la vida en el cuerpo

marchito del sueño roto.

¿Dónde las palabras

como promesas?

¿Dónde tu perseverancia?

Esa música que ahora

escuchan tus oídos.

Aquellas palabras

como sueños de lluvia

en medio del océano

taparon las huellas

del último viaje.

La perdición

a la vuelta de la esquina

y no lo sabíamos.

¿Dónde tu anhelo?

¿Dónde lo que siempre

perdura como prueba

irrefutable de una verdad

disuelta en agua marchita?

Desde entonces mis manos

sienten la lluvia

cuando no llueve.

Ven el mar

cuando despierta el día.

Pero no pueden creer

lo que se escucha tras la ventana

cuando no es el silencio

el que se pronuncia.

Cuando no es el tiempo

el que nos delata.

Como una sombra en el mapa

donde la ausencia

no llora su desamparo

que se anuncia

como inevitable.

Sueños de lluvia extraños

porque nunca se cumplen.

Sueños de vida

que nunca se realizan.

¿Llueve en África

ahora mi amor?

¿Llueven en tu corazón

los días de hastío?

 

NICANOR PARRA: ÁNGEL Y BESTIA

Retrato de un antipoeta indomable y vitalista que acaba de ganar el Premio Cervantes con 97 años

 

 

Los Parra son especiales en Chile y en Latinoamérica: desde Nicanor Parra a su hermana Violeta, suicida por amor hacia alguien obscenamente joven, desde Ángel e Isabel Parra a Colombina Parra, la hija del hombre de estatura mediana y estatura mediana, casi aindiados, mapuches, que recibía ayer el Premio Cervantes, galardón que ya poseían otros dos chilenos: Jorge Edwards, que frecuentó mucho en Calaceite a su paisano José Donoso, y Gonzalo Rojas, distinción que se suma a otros dos galardones universales: Gabriela Mistral fue Nobel en 1945 y Neruda, el poeta oceánico del amor y del lenguaje, que lo fue en 1971. En este río arterial de nombres de la poesía, de la cultura y de la canción chilenas (tampoco debemos olvidar a Vicente Huidobro, el poeta creacionista que está en el epicentro de las invenciones de Parra y que fue, con Juan Larrea y Gerardo Diego, un alquimista de las vanguardias. Como Nicanor Parra, Huidobro era un escritor a contrapelo, distinto, un inventor de imágenes felices, de sueños, de delirios de la palabra.

La energía del universo Parra también caracteriza a Nicanor Parra. Su padre era maestro de escuela y músico, y su madre, modista, era una de esas mujeres maternales capaces de eternizar la tarde con canciones y coplas. El joven Nicanor se inclinaría por las Matemáticas y la Física, pero también por la lírica: bebió de la tradición popular, de los romanceros y de la facilidad de Lorca, y su primer libro era un ejercicio deslumbrante y acaso ingenuo de estrofas y rimas en asonante a la manera lorquiana, y a ello volvería en ‘La cueca larga’ (1958). Más tarde, abrazaría otros credos: el canto de Walt Whitman, la ironía de Luciano, la perplejidad y el absurdo de Kafka, la huella indígena con el cóndor, el poncho y sus magias cotidianas. Y un día, tras haber estado en universidades de Estados Unidos e Inglaterra, el científico dio una vuelta de tuerca a la lírica de su país con ‘Poemas y antipoemas’ (1954), un libro germinal, distinto, desmitificador, de poesía redactada con palabras de la calle, con ironía y cinismo, con un humor que empezaba en uno y un prosaísmo controlado.

En cierto modo, Nicanor Parra buscaba el otro lado de la montaña del canto coral de Pablo Neruda: huía de la grandilocuencia y de la brillantez de las metáforas para hablar de las cosas menudas, del destino del hombre, del tiempo y de la ciencia, de la pasión casi primitiva o salvaje por las cholas, por esas mujeres desnudas que eran para él el primer volcán del mundo, el río imparable de la luz y de la belleza. La mujer y su desnudo han sido la llamada inmediata al numen para el poeta. Escribió en ‘La montaña rusa’, un poema de ‘Versos de salón’: “Durante medio siglo la poesía fue / El paraíso del tonto solemne. // Hasta que vine yo // y me instalé con mi montaña rusa. // Suban, si les parece. / Claro que yo no respondo / Si bajan echando sangre por boca y narices”. Casi un manifiesto de la antipoesía de alguien que ha traducido ‘Rey Lear’ y ‘Hamlet’ de Shakespeare.

Desde entonces, Nicanor Parra, esa voz a la contra, fue ganando adeptos. Y fue ganando adeptos su simpatía inmediata. Y su enigma. Se multiplicó su leyenda de conquistador y de hombre de grandes y violentos amores. En Chile era el amigo y el antagonista de Neruda. Bien mirado, no son tan distintos, sobre todo si pensamos en el Neruda cotidiano de las odas. Incluso tenían ambos casa en la Isla Negra. Pero Parra estaba al margen de todos los partidos: podía ser anarquista y socialista en un mismo día; podía ser clásico y moderno y transgresor en la misma tarde; taoísta y ecologista; se reinventaba a sí mismo anticipando su fin, redactando su autorretrato, o desmadejando su inventiva en chistes, artefactos (breves poemas que funcionan como epigramas y que luego también serán creaciones de poesía visual), nuevos versos, historias telúricas o tratados de buen humor a prueba de hecatombes.

También ha hecho poesía visual, instalaciones, objetos literarios, y ha apoyado con una huelga de hambre a los mapuches. Otros libros capitales de Nicanor Parra son ‘Obra gruesa’ (1969), ‘Artefactos’ (1972), ‘Chistes para desorientar a la po(lic)esía’ (1983) y ‘Hojas de parra’ (1985). El Premio Cervantes de 2011, de 97 años, se ha retratado así para la inmortalidad en su ‘Epitafio’: “Ni muy listo ni tonto de remate. /Fui lo que fui: una mezcla / De vinagre y aceite de comer / ¡Un embutido de ángel y bestia!”. [Ahora, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores publican dos tomos de su poesía, con una nota portical de Harold Bloom, entre otros.]

LOS ESCRITORES Y SUS ANIMALES

LOS ESCRITORES Y SUS ANIMALES

 

[Esta mañana, a partir de las once, en ‘A vivir de que son dos días’, en la sección ‘Club de Lectura’, Montserrat Domínguez hablará del libro ‘Perros, gatos y lémures. Los escritores y sus animales’ (Errata Naturae, 2011) con tres de los autores que participan en este volumen colectivo: Andrés Trapiello, Marta Sanz y yo, Antón Castro. Montserrat cuenta con la colaboración de Óscar López y Manu Berástegui, lectores, periodistas y apasionados como ella del mundo de los libros. Este artículo apareció en ‘Heraldo de Aragón’]

 

FÉLIX ROMEO VIAJA AL ZOO DE LOS BOWLES

 

Errata Naturae publica el libro colectivo ’Perros, gatos y lémures. Los escritores y sus animales’, donde aparece un texto póstumo del escritor y crítico literario recién fallecido, y textos de diez escritores de varias generaciones.

 

 

"Sabemos que a Félix Romeo no le gustaban los animales de compañía, pero su texto es fantástico y decidimos dedicarle el libro porque tanto a Rubén Hernández como a mí nos apetecía mucho y porque era una manera de acercarnos un poquito a él y compensar, si es que se puede decir así, el hecho terrible de que no llegara a verlo impreso. ’Perros, gatos y lémures. Los escritores y sus animales’ es un libro especial para nosotros, muy personal", dice Irene Antón, una de las responsables de Errata Naturae, que edita este libro que rinde homenaje, en su pórtico, al escritor, crítico y columnista de HERALDO Félix Romeo Pescador, fallecido el pasado 7 de octubre.

El cuento de una extraña fauna

Participan once escritores: Andrés Trapiello, José Carlos Llop, Andrés Ibáñez, Marta Sanz, Berta Marsé, Pilar Adón, Carlos Pardo, y cuatro aragoneses: Soledad Puértolas, Ignacio Martínez de Pisón, Antón Castro y el citado Félix Romeo, que habla de los animales de compañía de William S. Burroghs y de Jane y Paul Bowles, que tuvieron un auténtico zoo de ratas, loros, gatos, patos, armadillos y coatíes.

 

El cuento de Félix Romeo, ’El hombre invisible y el zoo de los Bowles’, ofrece casi un retrato de grupo y de época en Tánger. Además de los Bowles y de su amigo Burroughs, aparecen Truman Capote, Mohamed Chukri, Jean Genet, Mohammed Mrabet y Gertrude Stein, o el artista Francis Bacon. Y bien podría haber aparecido el zaragozano Julio Antonio Gómez que también anduvo por allí. El relato está lleno de hallazgos que parecen inverosímiles.
 

Escribe Félix Romeo: "Paul Bowles compró en México un ocelote, que allí llamaban tigrillo. Un equipo de televisión fue a grabar un programa con Paul Bowles y Jane Bowles y entre los planos de recurso el equipo decidió fingir la caza de una paloma por el ocelote. El ocelote no falló y se comió de un bocado la paloma. Los huesos de la paloma le atravesaron el estómago y el ocelote murió". He ahí el humor negro de la vida.
 

Irene Antón y Rubén Hernández dicen que se han fijado en autores de "distintas generaciones con proyectos literarios muy diversos", que aceptaron de inmediato. Algunos han escrito sobre sus propios animales, como Andrés Trapiello en ’De la muerte de Mora’, una espeluznante y emocionante crónica de la muerte de su mascota; Soledad Puértolas, que recuerda al buen Moss ("que una mañana de invierno terminó sus días en mis brazos mientras un rayo de sol caía sobre su cabeza") a la par que evoca la pasión por los canes de J. R. Ackerley, en especial por la perra Tulip, y Thomas Mann. Soledad Puértolas anota: "Muchas veces me he preguntado, observando a mis perros, si es verdad que no piensan. Desde luego, es sabido que sueñan. Dormidos, aúllan, agitan el rabo, se estremecen. Tienen sueños, eso es evidente". Marta Sanz recrea el universo, el misterio y la rebeldía de sus propios gatos. Los restantes autores se centran en las mascotas de
autores famosos.

 

La sombra del autor

"Este es un libro sobre los animales y la literatura, los animales y la escritura. Sobre el animal como sombra del escritor, como amigo, como único depositario de unos sentimientos, incluso de unas ideas que el autor no compartiría con nadie", afirman los editores.
 

En el libro, Andrés Ibáñez habla de Julio Cortázar y su gato Teodoro Adorno, con el que mantiene una relación de afectos más o menos intermitentes. Berta Marsé se aproxima a Truman Capote y su perro Charlie, al que trajo a Palamós; cuando estaban lejos le escribía cartas: "Querido Charlie: aquí todos los perros tienen miedo y pulgas, no te gustarían nada. Te echo de menos. ¿Quién te quiere? T (quién si no)". José Carlos Llop aborda en ’Nocturno malgache’ la convivencia de Cyril Connolly con sus lémures y con hurones a los que ponía nombre español como Paco o Chica, a la par que repasa o relee su dietario ’La tumba sin sosiego’.

 

Canto a la fidelidad

Pilar Adón se zambulle en la atracción de Virginia Woolf por un mono minúsculo del Amazonas y por distintos perros: Grizzle, Shag, Tinker o Flush, que en realidad era el perro de la poeta Elizabeth Barret y que le inspiraría la novela ’Flush’.

Carlos Pardo desmenuza, a la luz de su correspondencia, la obsesión del poeta Jules Laforgue por el perro Ariel; dice que es el mejor nombre que puede tener el animal. Ignacio Martínez de Pisón narra los secretos de un can muy particular: Mateo, que posee la facultad del canto. Lord Byron dedicó un inolvidable epitafio a su amado perro Boatswain, donde decía: "Aquí reposan / los restos de una criatura / que fue bella sin vanidad".
 

El resultado es un libro entrañable de "relatos íntimos y sobrecogedores, pero también de cuentos hilarantes", tal como lo definen sus editores, un libro que es un canto a los animales, a su fidelidad y, cómo no, a su enigma.

PEPE MELERO: PRÓLOGO A 'MERCADO CENTRAL' DE JOSÉ A. LABORDETA

PEPE MELERO: PRÓLOGO A 'MERCADO CENTRAL' DE JOSÉ A. LABORDETA

PRÓLOGO A ‘MERCADO CENTRAL’

 

Por José Luis MELERO RIVAS*

 

 

Mercado Central es el único libro completo y preparado

para la imprenta que permanecía inédito de José

Antonio Labordeta, ya que de la novela que había comenzado

en los últimos meses, basada en un crimen

que se cometió en su juventud en la zaragozana calle de

Boggiero, en el corazón del barrio de San Pablo, apenas

llegó a escribir un puñado de folios. Este Mercado Central

lo dejó cerrado y terminado un par de años antes

de morir, pero la edición de sus dos últimos libros de

memorias (Memorias de un beduino en el Congreso de

los Diputados en febrero de 2009, y Regular, gracias a

Dios en mayo de 2010) fue demorando su salida y retrasó

hasta hoy su publicación.

El libro contiene un conjunto de semblanzas, humorísticas

a veces, distorsionadas muchas veces y caricaturizadas

siempre, de algunos de sus mejores amigos. Las

escribió muy rápidamente, quizá en dos o tres meses, y,

con excepción de unas pocas que me entregó en papel

dentro de un estuche o carpeta, con el título definitivo

ya puesto, me las fue enviando a casa, por correo

electrónico, una por una, conforme las iba redactando.

Temía que pudiera exagerar demasiado algunos de los

rasgos de sus amigos, que alguno de estos pudiera molestarse,

y quería que las fuera leyendo para tener la

certeza de que aquellos daguerrotipos divertidos, surrealistas

y disparatados, pero siempre cálidos y amables,

podían acabar convirtiéndose en un libro que bien

podría completar aquel otro de Los amigos contados

que publicara en 1994 en edición no venal preparada

por Félix Romeo y auspiciada por la zaragozana Librería

General, y que sería reeditado por Xordica en

2002. Incluso contempló en alguna ocasión, para reforzar

ese hilo de continuidad entre ambos libros, la

posibilidad de titular este último Los amigos descontados,

que llevaría como subtítulo Por descontado, amigos.

Así consta también en alguno de los originales que

conservo. Pero en esa carpeta de la que antes hablaba,

en la que me entregó las primeras de estas semblanzas,

está escrito de su puño y letra el título que se ha

utilizado para esta edición y que fue siempre su preferido:

Mercado Central, en homenaje al gran mercado

modernista que proyectara el arquitecto turiasonense

Félix Navarro, muy próximo al callejón del Buen Pastor

donde transcurrieron los primeros años de la vida

de José Antonio Labordeta, y en el que sus diferentes

puestos –coloristas y variopintos– vendrían a ser como

sus amigos retratados en el libro: todos próximos, todos

diferentes, todos queridos y necesarios.

Si en Los amigos contados Labordeta hablaba de algunos

de sus más viejos amigos (Pío Fernández Cueto,

Manuel Pinillos, Luis García Abrines, Manolo Rotellar,

Luciano Gracia, Pablo Serrano, Santiago Lagunas,

Emilio Lalinde, Julio Antonio Gómez…) y utilizaba

un tono teñido de melancolía y nostalgia, muy propio

del Labordeta de los años setenta y ochenta cuando

aquellos retratos se publicaron en la revista Andalán,

en Mercado Central casi la mitad de las semblanzas corresponden

a sus amigos más jóvenes y el tono elegíaco

ha dado paso definitivamente al Labordeta más jovial,

vitalista y divertido, al Labordeta somarda, cachondo

y socarrón que tanto nos hizo reír en paseos, tertulias y

cenas interminables.

Así pues el humor, ese humor marca de la casa, tan

delirante en ocasiones y tan buñueliano, tan aragonés

en definitiva, está presente en casi cada una de las semblanzas

del libro: recordemos a su hermano Miguel llegando

siempre tarde al fútbol (pero no un poco tarde,

sino medio partido tarde, pues salía de casa en dirección

al campo cuando terminaba la primera parte); a Luis

García Abrines –el único con Julio Antonio Gómez

que ya aparecía en Los amigos contados y el único de

aquella serie que aún permanece felizmente entre nosotros–

repartiendo bendiciones en París disfrazado de

obispo; a Fernando Ferreró perdiendo deshilachado en

el mar aquel bañador que se compró en los inolvidables

«Saldos Arias» y pidiéndoles a Juana de Grandes

y a José Antonio Labordeta, que estaban con él en la

playa, algo con lo que cubrirse y poder salir del agua;

a Javier Tomeo siendo recibido en Quicena con banda

de música, gritándole «¡Amadoooo!» al Monstruo y

abrazándose luego con él; a Emilio Gastón quemando

involuntariamente las bragas de sus vecinas, o a Luis

Alegre besándose con Penélope Cruz en la plaza de

Malasaña mientras una muchedumbre entona la «Bien

pagá». A su editor Chusé Raúl Usón lo presenta como

perteneciente a la especie pirenaica de los «Usones»,

caracterizada por gruñir cuando hablan y por aparearse

delicadamente una sola vez; a Félix Romeo lo representa

como un tifón, huracán o tsunami que se lleva

por delante todos los malos libros, y de Ismael Grasa, a

quien apoda jocosamente la «Gran Esfinge» de Blecua

–el pueblo oscense del que procede su familia–, desvela

Labordeta que «como todo bien nacido en este territorio

es socio, barato, del Real Zaragoza», lo que no sé si

provocará el abucheo generalizado de los antizaragocistas

más intransigentes de su Huesca natal. Solo evita la

parodia y mantiene aquel antiguo registro conmovedor

y dolorido cuando recuerda al «gordo» Julio Antonio

Gómez («se fue junto a sus gorilas a rebuscar entre ellos

la memoria de Luciano Gracia o los sueños de Gúdel o

de Salas que, seguro, andan por las orillas del lago Kivú

a la espera del día inexistente de la gran resurrección

de los poetas verdaderos», escribe con emoción de su

amigo), cuya muerte tanto dolor causó entre sus viejos

colegas zaragozanos de versos y parrandas. Ni siquiera

en los casos de Miguel Labordeta y Antonio Artero,

los otros dos protagonistas del libro que desgraciadamente

ya no podrán leerlo, consigue José Antonio Labordeta

 ponerse serio y dejar a un lado zumbas, chanzas

y cuchufletas.

El libro está lleno, además, de buena literatura, de esa

buena literatura que surge a borbotones entre la prosa a

veces descuidada y sin terminar de pulir tan propia de

Labordeta, pero que sin embargo es capaz de alumbrar

las imágenes más bellas y de transmitir emoción y sentimiento

como solo pueden hacerlo los libros en verdad

importantes. Algunas de esas imágenes del libro son extraordinarias,

como aquella, inolvidable, en que la nieve

del invierno cubre las esculturas de Emilio Gastón, depositadas

en el patio de la ferrería de Echo, de manera

que semejan «soldados napoleónicos» derrotados por

la Rusia de los zares y consolados por algunos buenos

chesos que deciden adornar esos «cadáveres exquisitos»

llevándoles coronas de laurel.

Labordeta escribió estos retratos de sus amigos con

enorme cariño y admiración hacia ellos, porque él quería

y admiraba sin reservas a sus muchos amigos (su

viuda Juana de Grandes se ha cansado de repetir estos

días que José Antonio era «muy amigo de sus amigos»).

Y los escribió como un puro divertimento, exagerando

los rasgos de casi todos ellos y distorsionándolos hasta

el extremo. No le importaba pues tanto el retrato como

crear una imagen lúdica, entrañable y sugerente del retratado.

Todos ellos están también llenos de ternura,

de esa ternura labordetiana que en ocasiones hay que

saberla buscar bajo la hojarasca de lo esperpéntico y lo

grotesco que caracteriza a muchas de estas semblanzas,

de esa ternura que tantas veces José Antonio, como les

sucede a no pocos de los habitantes de estos parajes, escondía

voluntariamente bajo una falsa apariencia de rudeza

para no mostrar demasiado los sentimientos, para

no parecer sensible, delicado ni complaciente. Ya escribió

él en una de sus canciones más famosas, «Somos»,

que, al igual que nuestra tierra, éramos «suaves como

la arcilla», pero «duros del roquedal». Y los fue escribiendo,

como comprenderán todos lo que conocieron

bien a Labordeta, sin ningún orden preconcebido, tal

y como se iba acordando de sus amigos. Yo sí conozco

naturalmente el orden en que los redactó, pues José Antonio

los iba numerando conforme me los pasaba, pero

no pienso desvelarlo, no vaya a ser que alguno, equivocada

y torticeramente, trate de organizar un ránking de

amistades. De ahí que se presenten cronológicamente,

del más mayor al más joven.

Había otros muchos retratos que tenía previstos y

que nunca llegó a terminar, pues el cáncer se lo llevó

todo por delante: los de los escritores Ignacio Martínez

de Pisón, Eva Puyó y Daniel Gascón, los de la librera

Eva Cosculluela, la poeta Marta Navarro, la pintora

Mary Burges… De todos ellos y de algunos otros me

habló muchas veces. Y de varios sé que escribió algún

borrador, aunque el resultado final no debió de gustarle

demasiado pues nunca llegó a entregármelos ni pude

leerlos.

En esta colección de semblanzas está el mejor Labordeta,

el Labordeta divertido, inteligente y cariñoso, el

Labordeta apasionado por la literatura, el que escribió

con pasión prácticamente hasta el final de sus días. Ese

Labordeta que nos enseñó a disfrutar de la vida y de la

amistad como solo los grandes hombres son capaces de

hacerlo y que permanecerá siempre vivo en los corazones

de todos cuantos lo quisimos.

 

 

*José Luis Melero. Escritor y bibliófilo, y uno de los grandes amigos de un hombre que tenía muchos, como se ve en ‘Mercado Central’: José Antonio Labordeta Subías (1935-2010). En la foto, una caricatura de Luis Grañena de Fernando Ferreró. El libro se presenta esta tarde, a las 20 horas, en Los Portadores de Sueños.

'MERCADO CENTRAL', HOY: LABORDETA RETRATA A FÉLIX ROMEO

Esta tarde, a las 20 horas, en la librería Los Portadores de Sueños, el poeta y editor Fernando Sanmartín presentará el libro póstumo de José Antonio Labordeta ‘Mercado Central’, publicado por Xordica e ilustrado por Luis Grañena. En el acto, podrán verse las caricaturas y estarán muchos de los retratados por Labordeta: Miguel Mena, Luis Alegre, Cristina Grande, Javier Gómez de Pablos, Fernando Ferreró, Eloy Fernández Clemente, el editor Chusé Raúl Usón, Emilio Gastón, José Luis Cano, Mariano Gistaín, etc. Se trata de un libro de retratos, de recuerdos y, muy especialmente, de pequeñas ficciones en torno a los personajes. Para mí uno de los valores del libro es Labordeta como creador de ficciones, de relatos, de historias entre surrealistas, delirantes, afectuosas e impregnadas de somardería. Luis Alegre es el gran cómplice de Penélope y el hombre que besa con mejor sentido musical; Miguel Mena encarna la poesía, el sol y las estaciones del Moncayo; Pepe Melero es bibliófilo y devorador de libros y Félix Romeo es, sencillamente (además del hijo varón que le nació de la historia de amor de Félix y Carmen), un auténtico tsunami. He aquí el texto de José Antonio Labordeta sobre Félix Romeo Pescador (1968-2011).

FÉLIX ROMEO PESCADOR

 

Por José Antonio LABORDETA. De 'Mercado Central' / Xordica

 

El cielo luminoso de la ciudad se cubría, poco a poco,

de nubes rasgadas, sangrientas, amenazantes y, al mismo

tiempo, esperanzadoras y jolgoriosas. Eran el anuncio

de algo que en meteorología no habían encontrado la

razón:

–Es un tifón –comentó sudoroso el Delegado del

Gobierno, actual virrey democrático, pero virrey al fin.

–Es un huracán de nivel dos –aseguró el consejero

de Medio Ambiente.

–De nivel cuatro –murmuró realmente asustado el

jefe del Servicio Nacional de Meteorología que no tenía

ni idea de por dónde podían venir los tiros, y los troyanos.

Porque algo de La Ilíada se percibía en el lejano y

quejumbroso sonido de las páginas eternas suscribiendo

sus pasajes de forma estentórea.

–En ese caso sería más bien un huracán –comentó el

joven licenciado en artes gráficas.

El Capitán General, que siempre llegaba tarde, anunció,

tras el toque de «generala» por sus cornetas de número

«que ya las fuerzas de tierra, mar y aire estaban

dispuestas para enfrentarse a esta especie de arrebol

subcutáneo que empezaba a recorrer a todos los habitantes

de la gloriosa Salduba –detalle de cultura histórico-

estratégica– y que en cualquier momento podía

detener la luz tambaleante de un sol un tanto frígido y

escondido».

Durante un buen rato, y mientras esperaban al señor

arzobispo para atacar con fruición el chocolate con

picatostes que las encargadas del refrigerio habían preparado

en el Ayuntamiento, siguieron las divagaciones

cada vez más certeras y puntualizadoras viendo cómo

la luz se refrigeraba en su propia lejanía y los versos de

El alcalde de Zalamea se caían a chorros por la vertiente

penúltima del Ebro, río padre y madre del envite.

–Este escándalo astral –denunciaba el señor arzobispo

revestido de las mejores pompas judeo-cristianas–

es cosa de algún cultureta que anda intentando

revertir en desorden lo que es el orden natural –dijo su

eminencia mientras machacaba con su dentadura postiza

los picatostes del chocolate espeso.

Durante un buen rato, y por el espesor del chocolate

a la española, las autoridades se quedaron amodorradas

hasta que el pueblo, entre jubiloso, temeroso y escrupuloso,

empezó a reclamar «¡manos a la obraaa!» de una

vez por todas. Y los jefes convocaron –que es lo que se

hace siempre– una rueda de prensa en la sala de ídem

del Servicio Español de Meteorología. Y allí se fueron

todos y entre isobaras, bajas presiones y altas, barómetros

desencajados y encajados, se prepararon para dar

la rueda de prensa. Pero pasó casi una hora y ningún

medio de comunicación, local, provincial o regional,

acudió y el nerviosismo comenzó a saturar los bajos de

la sotana del señor arzobispo, envejeció a los cornetas

y el Gobernador Civil, ahora Delegado del Gobierno,

pero en realidad Virrey, reclamó su caballo blanco e intentó

salir a la calle.

Un vocerío sin sentido lo detuvo: «¡Es el huracán!

¡Se ha llevado todas las enciclopedias Espasa que todavía

perviven en las estanterías de las viejas librerías! ¡Ha

roto las obras de Pemán! ¡Y los Larousses completos!

¡Y una enciclopedia de Planeta! ¡Y a los últimos premios

de ídem! ¡Ha desangrado a los poetas bicéfalos!

¡Ha dejado desabastecidos los textos de Marx, de Lenin

y de otros vaticinadores de futuro como San Pablo y las

cartas a los creyentes!».

El aire furo convertía a los incrédulos en crédulos, a

los indiscretos en discretos, a los imbéciles en béciles y

a los agoreros en goreros solo.

La tensión entre las autoridades iba en aumento: para

pacificarse abrieron unas botellas de cava y un aire frígido

se las llevó por los cielos. Solo champán, dijo una

voz perdida entre los cirros, los cúmulos limbos y la

tormenta granítica que anunciaban se iba a tumbar sobre

la vieja ciudad destornillada.

Atraviesan el aire, de modo radical, libros de poetas

artificiales y artificiosos, se golpean contra las paredes

todos los libros de eso que dicen es literatura histórica

y sus hojas, al desparramase por el suelo, derrochan un

nefasto mal olor que hacen que nuestro señor arzobispo

pierda el anillo episcopal y la mula blanca se desencaje

entre saturadas muchedumbres agolpadas a la verja del

santuario de los viejos feligreses.

Todo el cielo es un cúmulo de hojas de periódicos,

de saturadas revistas de relatos nefastos y de libros de

cocina harapienta. Alguien comenta: «Este aire está

limpiando el bodrio de los libros que nunca deberían

leerse, de los periódicos representativos del harapiento

mundo de la falsedad y de revistas apocalípticas que se

saturan de noticias falsas para conseguir que el último

hijo de Adán se vista con la moda francesa».

–¡Es un tifón! –grita desesperado el Delegado.

–Es un huracán –asegura el de la Meteorología.

–Es un acto castrense para limpiar de bodrios todas

las bibliotecas atosigadas.

–Es como un acto celeste de pureza aunque veo que

todos los ejemplares que vuelan por el aire son de nuestros

autores favoritos –se queja su eminencia.

–Fíjese: por ahí va Camino y todas sus ediciones.

–Y de tantos y tantos que no nos da tiempo a aseverar

qué es lo que está pasando.

–Creo –dice al final un sargento de la Guardia Civil–

que esto es un tsunami y que tiene nombre y dos

apellidos.

Gesto de asombro por parte de toda la fauna.

–Se llama Félix Romeo Pescador.

–¡Él! –exclama el Delegado, y perplejo devuelve el

anillo episcopal al obispo–, esto es castigo de Dios, por

leer lo que leemos.

La figura de Félix, remarcada al fondo del horizonte

del poniente zaragozano, contra la mole del Moncayo,

gritó hasta descerrajar los cielos quejumbrosos: ¡Leer a

Cervantes, rediós, y desfondaros por los últimos verdaderos

valores que son los que os voy a señalar!

Y al igual que en Babilonia, en la última cena del rey

Baltasar, en las paredes férreas del campo de fútbol de

La Romareda fueron apareciendo los nombres de los

autores señalados, mientras la voz poderosa de Romeo

Pescador anatematizaba a todo el bodrerío suculento.

Las aguas del Mediterráneo se llenaron de páginas

y páginas inútiles empujadas por el cierzo mientras alguien

recitaba aquel verso de Luciano Gracia que decía:

«ciudad mía, ciudad del viento». El ideario de los poetas

trashumantes se había hecho realidad gracias al gesto

airado de ese muchachón desempolvado y un tantico

agreste y socarrón.

 

LOS 'ARTICUENTOS' DE MILLÁS: LECTURA COLECTIVA HOY EN LA FNAC

LOS 'ARTICUENTOS' DE MILLÁS: LECTURA COLECTIVA HOY EN LA FNAC

LECTURA COLECTIVA DE LOS ‘ARTICUENTOS’

DE MILLÁS EN LA FNAC

Escritores aragoneses y personalidades de la cultura aragonesa participarán en una lectura pública de ‘Articuentos’ de Juan José Millás hoy jueves 1 de diciembre, a partir de las 19:30 h., en el Fórum de Fnac Plaza España.

La convocatoria está abierta al público en general; también leerán empleados de la FNAC y lectores que se sumen al acto. Han confirmado su presencia, entre otros: Javier Fernández (Delegado del Gobierno en Aragón), Antón Castro, Cristina Grande, Juan Bolea, Amadeo Cobas, Magdalena Lasala, Manuel Vilas, Joaquín Carbonell, Julio Cristellys, Plácido Díez, José Luis Corral, Eva Hinojosa, Margarita Barbáchano, Sergio del Molino, María Frisa, Ignacio Escuín...