Blogia
Antón Castro

Escritores

DANIEL GASCÓN EN 'EL PAÍS SEMANAL'

DANIEL GASCÓN EN 'EL PAÍS SEMANAL'

ENTREVISTA: 10 PREGUNTAS A

 

"Espero que en mi modo de no saber

copiar bien resida mi originalidad"

 

Daniel Gascón. Escritor zaragozano, de 30 años [los cumple este cuatro de abril]. Coescribió ‘Todas las canciones hablan de mí’, debut fílmico de Jonás Trueba. Presenta su tercer libro de cuentos, ‘La vida cotidiana’ (Alfabia, 2011), alejado de la retórica pop habitual en muchos de sus contemporáneos.

 

Por LUCAS ARRAUT. El País Semanal

 

¿Tiene algún problema con su generación? No, ni huyo a conciencia. No me considero ni representante de mi generación, ni representante de mí mismo todo el tiempo.

¿A qué escritor intenta copiar una y otra vez y no le sale? Ismael Grasa, Ignacio Martínez de Pisón, Saul Bellow, Isaac Bashevis Singer... A muchos, constantemente. Y siempre espero que en mi manera de no saber copiarlos bien resida mi originalidad.

En uno de sus cuentos se acuesta con una anciana escritora a la que acaba de entrevistar y se da a la fuga cuando advierte que ha muerto. ¿Todas sus fantasías eróticas son tan aparatosas? Ja, ja, ja, la fantasía es gratis y te permite grandes producciones.

¿Se puede hacer chistes sobre cualquier cosa? El humor, como la literatura, es una defensa contra las injusticias de la vida. Es bueno conseguir reírse de lo que nos da miedo y produce dolor.

¿Qué dicen familia, amigos y novia de que protagonicen muchos de sus cuentos? No se enfadan. Algunos amigos incluso piden salir más. Estoy pensando en hacer un spin off con ellos. Todo el mundo siente curiosidad por ver cómo le ven los demás.

¿Tan interesante es su vida que merece tres libros y medio guión cinematográfico? No, pero por eso me la invento.

¿Zaragoza es buen material literario? Sí. Es una ciudad moderna, y a mí me gusta la literatura urbana. Además, tiene un pasado en el mundo de las letras muy importante, por mucho que Cervantes decidiera que Don Quijote no pasara por ella.

¿Huye de los círculos literarios? No. Y no entiendo el prestigio de esa actitud. Tengo la suerte de tener muchos amigos escritores.

¿Conseguirá estirar el interés de un relato hasta la extensión de una novela? Como diría John Self, el personaje de Martin Amis, a menos que se diga explícitamente lo contrario, yo siempre estoy intentando escribir una novela. Espero conseguirlo algún día.

¿Es de los que dejan un libro 'cultureta' en la mesilla de noche para que lo vean los ligues? No creo que eso funcione. Si ha llegado hasta tu mesilla, ¿para qué necesitas el libro?

 

*La fotografía de Daniel es de Javier Morán. Pertenece a 'El País Semanal'.

A LAS DOCE, HAGO UN CHAT EN HERALDO

A LAS DOCE, HAGO UN CHAT EN HERALDO

HOY, CHAT EN HERALDO, HACIA LAS DOCE

Hoy, gracias a la gentileza de Esperanza Pamplona, responsable de la edición digital de Heraldo, voy a participar en un chat en el Heraldo. Es el primer chat de mi vida, que recuerde. Está previsto para las doce, pero si alguno lo desea puede enviarme cualquier pregunta. Si la sé, contestaré con sumo placer. El motivo es la publicación de ‘El paseo en bicicleta’, pero estaré encantado en hablar de todo un poco (dentro de poco se reedita en Xordica mi libro ‘El testamento de amor de Patricio Julve’, que se publicó en Destino en 1995 y 2000 y ha conocido tres ediciones): de literatura, de artes plásticas, de deporte, de Zaragoza, de televisión, del programa ’Borradores’, de otros autores, de libros, del Ebro, de periodismo.

 

*En la foto estoy con Luis Wasabi y Antonio Hernández, músicos. 

 

 

CARLOS PARDO PRESENTA HOY, EN LOS PORTADORES, 'VIDA DE PABLO'

Escribe Eva Cosculluela, de Los Portadores de Libros:

 

Queridos amigos,

Hoy martes 29 de marzo, a las 20.00, presentaremos VIDA DE PABLO, de Carlos Pardo (Periférica). Esta no será una presentación al uso: puesto que en el libro están muy presentes la música, el cine y los libros, Carlos Pardo leerá algunos fragmentos y nos hablará de los discos que le gustan, de películas chulas y de los autores que le han acompañado mientras escribía esta novela. Y todo esto, mientras tomamos unos vinos y escuchamos de fondo la música de Nick Cave, The Animals, Bob Dylan… En fin, que será una fiesta de celebración de esta estupenda novela. Nos acompañarán, además, los editores de Periférica: Julián Rodríguez y Paca Flores.

 

DOSSIER DEL LIBRO Y DEL AUTOR

 

VIDA DE PABLO

 

Vida de Pablo es, por una parte, una «novela de formación» que recupera la vivacidad y el ritmo de la literatura del siglo XVIII (Sterne, Diderot, Jean Paul), pero llevada a una temática y modos narrativos completamente actuales, pasados por Beckett y las vanguardias. Por otra parte, esta novela, que mezcla varios registros que van de la picaresca a la divagación filosófica, es una exploración de los borrosos límites que separan la biografía y ficción, y de las anomalías sociales que esconde nuestra cultura del bienestar.

 

Pablo es un joven artista de una pequeña ciudad del sur de España que ha sustituido los pinceles por la barra de su bar, en la que intenta hacer su propio «arte» de la caducidad. El narrador (un jovencito poeta prepotente que malvive de pinchadiscos) decide convertirse en su biógrafo y emprende un retrato picaresco de Pablo y de los personajes que lo rodean, todos a un paso de la marginación social. Pero varias digresiones le impiden llevar a cabo su biografía, empezando por la digresión más importante: el amor. Y lo que prometía ser una novela de «drogas, sexo y rock and roll» se transforma en la narración desmitificada de un primer amor con altibajos, imperfecto. Un relato de despedida y de reconciliaciones cuyo cumplimiento se disemina en un polvillo de desconfianza y nostalgia.

 

Vida de Pablo puede leerse como la crónica generacional de una juventud condenada a la marginalidad en la industria del ocio. También como un libro que asiste con curiosidad al fenómeno del enfriamiento de la amistad.

 

CARLOS PARDO nació en Madrid en 1975. Es uno de los poetas más reconocidos de su generación y autor de una obra breve y exigente (El invernadero, 1995, Desvelo sin paisaje, 2002, y Echado a perder, 2007), premiada y publicada por algunas de las principales colecciones poéticas del país: Hiperión, Pre-Textos, Visor.  Vida de Pablo  es su primera novela.

 

Una foto de Amy Arbus.

ÁNGEL GONZÁLEZ PIERAS: DOS POEMAS

Ángel González Pieras lleva muchos años en Aragón. Casado con la periodista Encarna Samitier, trabajó en 'El día de Aragón' y en 'Heraldo', entre otros medios. Actualmente se dedica a la gestión de estaciones de nieve. Además de periodista y enamorado del mundo del arte y del cine, también escribe poesía. Tiene varios poemarios inéditos. Hoy me ha enviado estos dos poemas.

 

 

LA LOBA VENCE A LA ESTATUA

 

                                                           Palazzo Borghese

                                                                Hotel Turner

                   

Se acercó a mí sigilosamente.

Llevaba la copa en la mano. Su pelo

seguía luciendo los bucles níveos

que tenía en su pedestal de mármol.

Me miró con sus ojos pétreos

y su mano se clavó –en la más pura

literalidad del término- en mi pecho.

Bebe. Toda yo estoy en la copa.

Conforme la boca iba llenándose

del néctar delicioso que me ofrecía

mi cuerpo entero se convertía en estatua.

Fue una gran suerte que me despertaras

de aquel sueño agónico con la sonrisa

que luces desde hace siglos. Que comieras

cada átomo de mi piel con el hambre

de carne que sacas por las mañanas.

Que llenaras mi boca con tu lengua.

Que anegaras con mi sangre tus ojos.

Que arrancaras mi corazón de un mordisco.

 

 

                                 EL OCASO DEL FETICHISTA            

                                                           

                                                                                     Palazzo Vecchio

                                                                                              Florencia 

 

¿Crees en el destino, cariño?

Lo pregunta como distraída.

Oyendo de lejos sus propias palabras.

La tarde empieza a entrar por las ventanas.

Lija sus uñas recostada en el diván.

Medio desnuda.

Un gran parecido le une a Paolina Borghese,

a quien nunca conocerá

porque le aburre a morir el arte.

No lo sé. Depende de los días…¿Por qué?

Se me ha ocurrido de repente. Es divertido, ¿no?

Por las rendijas del corazón se cuelan

los ecos finales de Loving cup de los Rolling Stones.

Un latigazo de whisky se apodera de mi garganta.

¡Pensar que por ella vendí mi alma

por un mísero penique al diablo. Y que no hay vuelta atrás!

Tendré que soportar toda la vida sus disparates.

Ni siquiera me gusta ya comerle la boca.

*Las tres fotos son de Horst P. Horst. 

 

PILAR NASARRE PUBLICA UNA NUEVA NOVELA: 'LOS HIJOS DE LA LUNA'

PILAR NASARRE PUBLICA UNA NUEVA NOVELA: 'LOS HIJOS DE LA LUNA'

 

Barcelona es la ciudad donde transcurre la historia de un matrimonio
acomodado: Elena, arquitecta-escenógrafa catalana y Jesús, biólogo
aragonés que dirige un proyecto de investigación relacionado con los últimos
avances en genética. La novela 'Los hijos de la Luna' de la escritora oscense Pilar Nasarre gravita de la una al otro.


De las apariencias, la preocupación por el paso del tiempo y las demandas
afectivas a la soledad del laboratorio, el mundo microscópico y las
inquietudes éticas derivadas de la aplicación de la biotecnología en los
seres humanos. De la necesidad de huir de la realidad a la de buscar
arraigo. Pero nada será igual cuando, por azar, una inmigrante entre a
trabajar como asistenta en su casa. Los contratiempos, el entramado
teórico de sus vidas, sus pensamientos, se verán enfrentados a problemas más
reales, apremiantes, relacionados con la simple supervivencia. Porque Barcelona es
también la ciudad donde transcurre la historia de amor entre Deyanira y
Antoto, dos emigrantes negros. La novela sale estos días en Huerga & Fierro. Pilar me envía, con José Pardina de mensajero, este primer capítulo. Le tengo un enorme cariño a Pilar desde hace años (es una de los 18 autores que figura en mi libro ‘Veneno en la boca. Conversaciones con 18 escritores’), y publico aquí, con sumo gusto, el primer capítulo de su novela. [El formato del texto es el del pdf del volumen]

 

FRAGMENTO

 

Por Pilar NASARRE. DE 'Los hijos de la luna' (Huerga & Fierro)

 

 

 

Capítulo I

EL SOL SE ESTÁ yendo sin alardes pero Elena ve un
atardecer apocalíptico. Barcelona podría ser Nueva
York, o Berlín, cualquier ciudad de una civilización que
se agota.La mira con este presentimiento y su visión es
tendenciosa: el crecimiento, la clara ordenación de las calles,
algunos retos arquitectónicos, el espíritu creativo y
la prosperidad unidos a un elaborado instinto para huir
del caos, que, sin embargo, a ella le parece inminente. No
repara en detalles más modestos, como la bruma del verano
que se adensa sobre la parte antigua y trae un aroma
de mar hasta la montaña, ni tira de la memoria y busca
en el enjambre urbano lugares íntimos ni elementos escabrosos
como la torre Agbar o las torres de la Sagrada
Familia, y tampoco presta atención a dos adolescentes
que se besan a su lado ni a un grupo de turistas que contemplan
como ella la vista panorámica de Barcelona
desde un mirador del Tibidabo. Elena acostumbra ponerse
teatral en privado y ahora está sola, o eso siente, y
parece a punto de echarse a volar, a reír o a llorar. Nunca
se sabe en estos trances.

Hoy la ha vencido la tentación, también ayer y anteayer
y tantos otros días, pero para Elena no cuentan,
porque dado que cree que cualquier día, basta con pro-
ponérselo, puede dejar de beber, sólo importa, y tampoco
mucho, por qué no lo ha hecho hoy. Ha tenido una serie
de motivos, ninguno muy grave, desde luego. Esta mañana
Jesús, su marido, después de darle los buenos días
rutinarios le ha dicho que el puente del once de septiembre
iría a su pueblo, en Teruel, a visitar a no sé qué pariente
lejano. Andaba metido, en su larga vida juntos éste
era el primer año de algo así, en una tediosa recuperación
de sus orígenes; en cualquier caso no le iba a acompañar
a esas tierras adustas, pero le parecía una imperdonable
novedad el que no hubiera guardado las formas y no se
lo hubiera pedido. Este había sido el comienzo del día,
después la prensa le ha recordado no ya la pronta celebración
de la Diada, que también, sino el aniversario del
derrumbe de las torres gemelas, la incertidumbre respecto
al futuro que no ha cesado desde entonces. Hoy mismo
una compañera del museo le ha contado que había oído
un rumor sobre la posibilidad de un envenenamiento masivo.
Y las cosas, los argumentos para justificar la tentación,
no han acabado ahí. A media tarde ha ido al Hospital
General de Cataluña a visitar a una amiga de la infancia
que se estaba muriendo. Ya no la ha podido ver, o sí, pero
en coma, con la asepsia de la muerte en la cara, a un paso
de nada.

Motivos suficientes, o, sobre todo, una acumulación
de los mismos, una suma que no admite demora, es lo
que ha sentido Elena al salir del hospital, una necesidad
de hacer algo inmediatamente, ahogar el malestar como
fuera; no, de acuerdo, ella sabe que éste no se ahoga, nada
perfectamente el muy cabrón, entonces, al menos, procurarse
una dosis de olvido, o un cambio de registro, un
simple aturdimiento, un poco de relajación... No, quizás
nada de esto podrá conseguir, y lo sabe, pero figuraciones
así llevaba en la mente mientras pensaba en tomarse un
güisqui, y es lo que le ha hecho parar el coche cuando ha
visto un bar.

Cumplida esta primera tentación no importa argumentar
la siguiente, aunque en esta ocasión ha podido hacerlo;
de hecho, cuando ha salido de aquel maldito bar
con la idea fija de tomarse otro güisqui la asistía una
razón, si no la más poderosa, sí la más recurrente desde
hace unos cuantos años, precisamente los mismos que
llevaba pasándose de la raya en lo del alcohol. Porque si
recordaba las causas de sus escapadas alcohólicas, antes
muy ocasionales y dosificadas, así se lo contaría a un psiquiatra,
en general tenían que ver con la inseguridad o
con la búsqueda de su contrario, para mostrarse desenvuelta
y perfecta y hasta con cierto poder de atracción
cuando las circunstancias lo requirieran, por ejemplo en
la inauguración de alguna exposición o en algún acontecimiento
social relacionado con su trabajo; o bien, si se
remontaba a los inicios del problema —que ella aún no
cree que lo sea—, tendría que hablar de desequilibrios
afectivos que desembocaron en una ruptura matrimonial
con una hija de un año; toda una trama de engaños, desengaños,
culpas, carencias, deseos y tonterías que habían
rebasado y mucho la fecha de caducidad; llevaba veinte
años casada con Jesús, padre de su segundo hijo, y las
cosas no le habían ido mal, aunque últimamente... No, lo
dicho, a los cerca de cincuenta años un guión así resultaría
ridículo y frívolo. Elena estaba, pues, dispuesta a
aceptar que había algo anómalo en su comportamiento y
que muy a menudo le entraban ganas de beber, sobre todo
si se encontraba mal; es lo que le había pasado hoy, pero
no le daba mayor importancia, podía dejarlo en cualquier
momento —así se lo aseguraría al psiquiatra— y desde
luego de no haber tenido una razón —ahora sí, de peso—
no habría necesitado otro trago. Una razón que no tenía
fecha de caducidad porque era pura y simplemente la caducidad
misma: su cuerpo.



El cuerpo. Qué duro le resultaba la progresiva identificación
con él, su ánimo le pertenecía cada día más,
lo notaba directa o indirectamente, como en ese horrible bar
de Valldoreix. Qué error haberse metido allí, un lugar por
fuera anodino y por dentro vulgar, estrecho, con una ruidosa
máquina tragaperras y hombres. La mirada de uno
de ellos, incesante, le ha agrandado los pechos y ha
echado por tierra su estrategia de vestir ropas holgadas
para disimular unas formas en proceso de deformación.
A sus casi cincuenta años había asumido ser una mujer
invisible, el juego de la seducción se había acabado para
ella, pero no había calculado que aún podía ser presa de
otro juego, asqueroso, el de la morbosidad. Ese hombre
no la ha mirado a los ojos, sólo al cuerpo. Se ha sentido
sucia, sudada, muy lejos del modelo de elegancia y discreción
que en los últimos tiempos pensaba para sí.
Manos, pies, caderas. Todo se le ha inflado en ese ambiente
y con ese primer trago. Pero el alcohol alguna vez
aligera, y esta vez es la que Elena ha buscado apresuradamente
saliendo de allí y entrando en el segundo bar que
le ha salido al paso.

De ahí venía cuando ha parado en el Tibidabo. Había
tenido más suerte. Sí, algo ha conseguido en ese extraño
bar que quizás estaba abierto por equivocación, antes de
hora; de hecho, tenía aspecto de local nocturno, con un
pequeño escenario para actuaciones musicales, y no había
nadie excepto el camarero, un tipo afeminado y amable
que había demostrado tener mucha psicología, le había
puesto un vaso con hielo y le había dejado la botella de
güisqui al lado para que se sirviera a gusto, y luego se
había ido. Sí, algo ha conseguido. Ha traído una música
de jazz para el crepúsculo, una marejada de indiferencia
y lamento que transforma el presente y lo convierte en
espectáculo: Barcelona, la ciudad de los prodigios, europea
y esquiva, ajena al drama de su propia destrucción.
Así piensa Elena y así se proyecta, la melopea le permite
exagerar pero su natural tendencia a desdramatizar le impide
ponerse trágica, está como recitando, muy bajito,
ante todo la compostura, la distancia, qué bien la interpreta
el saxo, qué tristes los versos que se le ocurren, qué
bello el ocaso. Porque el suyo es un apocalipsis estético,
inofensivo.

Se va del mirador en plena verborrea mental, tarareando
fugas. En la radio del coche busca y encuentra una
emisora de música clásica que también le sirve. Un vals.
Se acuerda que de niña le gustaban los cuentos de princesas
y se le agua la mirada. Un psiquiatra diría que lo
único que consigue Elena con sus escapadas alcohólicas
es una cierta liberación narcisista. A la mierda el psiquiatra,
dice ella, que se vuelve deslenguada cuando bebe y
está sola. A la mierda todo, piensa, en particular el crítico
que había calificado su último montaje de amasijo de hierro
y cristales; había dicho además que el éxito de este
tipo de exposiciones se debía al papanatismo reinante,
porque de esta mal llamada arquitectura, si le quitamos
la lírica de la presentación, lo social del acto y la tontería
que lo rodea, sólo queda lo que es: una obra efímera. ¡A
la mierda! Qué sabrá ese imbécil de retener la luz, retener
el crepúsculo... Lírica, después de todo ese fulano tenía
algo de razón. No importa.



Es cierto, a Elena no le importa nada en este momento.
Sube el volumen de la radio, no demasiado. Conduce a
la velocidad que el tráfico le permite, sin arriesgar, aunque
con una copa de más se siente casi invulnerable. Y
ajena, como Barcelona, que ahora le pasa inadvertida;
circula automáticamente, no se da cuenta por dónde entra
ni se fija en las calles que va atravesando ni en la gente
que pasea por las aceras dispuesta a apurar uno de los últimos
anocheceres de verano. Ella va a lo suyo, sea lo que
sea lo suyo, y llega sin ninguna dificultad al garaje de su
casa y aparca. Y sube en el ascensor hasta el tercer piso,
su vivienda; le gustaba —¿le enorgullecía?— vivir en un
edificio que era obra del arquitecto Puig. A la mierda. Lo
que quiere es recostarse en el sofá de su estudio y tomarse
otro güisqui, el único oficial: antes de cenar nadie se extrañará
por ello. También quiere recoger velas, con lo que
de paso justifica el trago, bajar de decibelios, acomodarse
en un silencio con fondo de Mozart, y en definitiva desvestirse
de formas, porque en su casa no las necesita, su
casa es algo así como su hábitat, y también es un refugio,
un espacio propio cuya atmósfera es indolora, al menos
hasta la actualidad.

Su casa: 230 metros cuadrados decorados y amueblados
enteramente por ella, aunque el resto de los moradores,
en los diez años que llevan viviendo allí, hayan
introducido en sus respectivas habitaciones rasgos de su
particular manera de ser. Laia, por ejemplo, su hija de
veinticinco años, nacida de su breve y tortuoso primer
matrimonio con un vividor hoy promotor de espectáculos
musicales, de adolescente puso en la pared una bandera
independentista, después la sustituyó por un mapa antiguo
de Cataluña al que desde este invierno acompaña su
título de licenciada en Psicología; en las estanterías hay
distintas clases de libros, algunos muy dudosos, y recuerdos
y algunas fotografías de amigos y de amigas y de su
novio. Es un cuarto por regla general ordenado, todo lo
contrario que el de su segundo hijo, Daniel, de diecinueve
años, un desastre: carteles horribles que parecen anuncios
de películas de terror, objetos y ropas por el suelo, olor a
tabaco y a hierba y ningún libro comprado por él, signos
preocupantes que de momento Elena prefiere ignorar; si
no es necesario no se asoma por esa puerta, cosas de
Dani... Y luego está Jesús, su despacho se mantiene tal
cual lo arregló ella, aunque él no le dejó colgar ningún
cuadro, pero tampoco ha añadido nada, en los estantes de
la librería no hay ningún recuerdo, sólo libros profesionales,
y sobre la mesa un ordenador y una agenda, siempre
en el mismo sitio, siempre están las cortinas corridas
y las persianas a medio bajar, el orden es absoluto, no se
trata de una apariencia, basta abrir los cajones para ver
la meticulosa distribución de las cosas en ellos, lo que
también da idea de la estricta selección de lo guardado.
Cada vez que Elena llega a casa entra en este cuarto para
ver si está Jesús, pues no le delata ningún ruido. No está.
Y cada vez, como ahora, siente... ¿respeto?, no acierta a
comprender qué, tiene que ver con ese espacio que no ha
logrado decorar y que a veces la enternece y a veces aborrece,
es la soledad que se percibe, la austeridad, el reflejo
de una resistencia sin voz, pues él es un hombre de pocas
palabras y ningún rodeo, ninguna habilidad para la mentira.
Qué difícil fantasear juntos, qué seducción inventar
a su medida, sin artificio, qué juego para jugar con él... A
la mierda.

Su casa, no hay nadie, mejor. Elena se cambia de ropa
y comienza a ejecutar lo que tiene en la cabeza, y ya pertrechada
con su vaso de güisqui con hielo se dirige hacia
su estudio donde le gusta dejar la puerta abierta porque
desde ahí divisa la sala y el comedor y la envuelve lo que
en definitiva es su hogar: un ambiente calculado pero sin
asomo de cálculo, que no se note; no, la audacia creativa,
la figurada actualidad de lo original, Elena la reserva para
el exterior, aquí ha elegido amagar el tiempo, la calidad
de lo antiguo que siempre es nuevo, la belleza velada, la
luz indirecta, la madera noble, el sosiego de los colores
neutros...

Falta Mozart. No llega a sonar porque Elena tropieza
tontamente y cae al suelo. En lugar de Mozart oye el
ruido del vaso al chocar contra el mueble y hacerse añicos
sobre la alfombra persa, el ruido de su cuerpo al desplomarse
y el ruido preciso de su peroné al romperse. Su
casa es ahora la morada del dolor, y huele a güisqui.
 


 

*Todas las fotos son de Natalie Dybisz, Miss Aniela.

 

GISTAÍN & CLAU PRESENTAN SU NOVELA 'ZARAGOZA, TÚ Y YO' EN EL TRANVÍA

Menciones al TRANVÍA en la novela ‘Zaragoza, tú y yo’

De María Pilar Clau y Mariano Gistaín (Ayuntamiento de Zaragoza)

 

María Pilar Clau y Mariano Gistaín. Foto: Oliver Duch.

[El libro se presenta mañana martes en el tranvía, que arranca a las 11.30 desde la parada de Gran Vía, con la presencia de los autores. Mariano define así la novela: "Es una historia de amor e intriga en la Zaragoza de 2021. Una ciudad de un millón de habitantes en plena era global]

FRAGMENTOS DE ’ZARAGOZA, TÚ Y YO’

Por Mariano GISTAÍN y María Pilar CLAU 

Melissa desayuna con Villar para evaluar la situación. Independencia recobra los colores, la luz primordial de la ciudad, el susurro de los tranvías, que parecen no rozar los rieles. 

P 33

                                                                                                                             -Acepte un coche blindado –insiste Murli.

                                                                                                                            -Gracias, tomaré el tranvía...

 

P 35

 

Los viajeros que esperan el tranvía reconocen al profesor Elías B. Lonroy y lo saludan con afecto y cariño. Telefonean a sus familiares y amigos para darles la noticia. La ciudad sobrecogida se esponja y un inmenso alivio se extiende en ondas concéntricas. El conductor del tranvía enciende todas las luces, dos motoristas de la policía escoltan al convoy. Suenan las bocinas de los autos como si el Zaragoza hubiera ganado otra final. Las aerovías encienden y apagan sus señales luminosas igual que hacen en las fiestas. Un enjambre de aerotaxis sobrevuela el itinerario del tranvía y los comerciantes, tenderos y oficinistas se asoman a su paso.

Henri se ha sentado dos filas detrás de Lonroy, al otro lado del pasillo. Su ética de asesino le aguijonea: hazlo y piérdete en el tumulto o quédate como un enojado ciudadano más, en la confusión y el caos... ¡Hazlo!

Henri roza mecánicamente la pistola en el bolsillo.

Entonces lo llama Sophie. Él le cuenta que van en el tranvía con el profesor, aunque no sabe dónde piensa apearse.

                                                                                                                        -Pregúntaselo –dice ella–, pregúntale, amor.

Pero el profesor está ocupado hablando con su mujer.

Lonroy va saludando desde el vagón atestado de viajeros que se saltan sus paradas porque todos quieren seguir con él.

                                                                                                                            -¡Su mujer viene en el primer avión! –exclaman los que están más cerca y escuchan sus conversaciones.

En un mundo en el que los poderes se espían unos a otros a todas horas, en el que cualquiera se siente incesantemente vigilado y espiado, en el que los datos se revenden una y otra vez, a Elías le resulta maravilloso poder hablar a gritos por teléfono con su mujer y que todo el mundo difunda su conversación:

                                                                                                                           -¡Le ha dicho que la quiere!

Cuando el tranvía cruza el puente ya se ha congregado una multitud que aplaude y da la bienvenida al profesor. Ya están los medios tratando de encaramarse al vagón. Todos se dirigen al Palacio de Congresos donde los asistentes al debate sobre el amor se disponían a guardar el minuto indefinido de silencio, como han bautizado la iniciativa que ahora se convierte en una fiesta.

La gente protege y acompaña al profesor. La ciudad entera inmuniza y blinda a este hombre que ha recobrado la libertad. Elías se funde en un abrazo con Sophie que ha ido a esperarlo a la entrada del Palacio de Congresos.

 …

 Elías ha ido a su hotel y ahí sigue concediendo entrevistas y atendiendo a los medios de comunicación. Samuel Lac ha sido uno de los primeros en abordar el tranvía de la paz, como se conoce ya a la Línea 1 –Goya-Valdespartera.

 (…)

 

                                                                                                                         -Usted venía en el tranvía –dice Elías.

-Sí.

                                                                                                                      -¿No iba detrás de mí por la calle Luciano Gracia?

                                                                                                                            -Puede ser –dice Henri.

El profesor lo abraza. Su intuición no le falla nunca.

                                                                                                                            -Usted es mi ángel de la guarda.

 

P 39

LA BICI, LA MEMORIA, EL POEMA: DIÁLOGO CON REBECA CARTAGENA

LA BICI, LA MEMORIA, EL POEMA: DIÁLOGO CON REBECA CARTAGENA

 

ENTREVISTA SOBRE ‘EL PASEO EN BICICLETA’

Por Rebeca CARTAGENA.

HERALDO DE ARAGÓN 25.03.2011

‘El paseo en bicicleta’ (Olifante) está dedicado a su mujer, Carmen, y algunas partes a sus hijos. ¿Se pedalea mejor en familia?

Pues sí, claro. Con mi padre no pude, porque no me dejó. Pero con mis hijos y mi mujer, sí, nos gusta salir los sábados y los domingos. En familia se pedalea muy bien, yo soy muy familiar.

En el libro aparecen personajes reales como el actor Luis Felipe Alegre, los Curie o la cantante Nico, mezclados con sus vivencias íntimas. ¿Qué parte es propia y cuál prestada o inventada?

Hay cosas que me han prestado muchos amigos. Lo que he escrito de Luis Felipe es verdad, es uno de los primeros amigos que hice en Zaragoza y le debo una cosa muy importante: cuando nadie decía que yo era poeta, él siempre me llamaba a encuentros de poetas. De alguna manera, es una de las personas que me han empujado a escribir versos. Este libro es esencialmente verdad, con todas las libertades creativas y de ficción que me he permitido. Los escritores somos como vampiros, nos es más fácil desdoblarnos a través de los demás. He hecho ejercicios de impostura que tienen mucho que ver con cómo son las cosas en realidad.


Lo que contiene el libro no siempre tiene la estructura que normalmente se asocia con un poema, hay partes que son más bien como cuentos...

Es una poesía muy narrativa, un texto híbrido, en verso y en prosa. En España el poema en prosa tiene mucha tradición. Yo no me considero un gran poeta. Me siento más cómodo narrando que creando solo imágenes. Hay algunos en verso libre, blanco, y quizá el que podría ser poesía más convencional es ’Ramón Acín’, que está medido en octosílabos. Sí hay imágenes que tienen mucho que ver con la vida, con la naturaleza, porque el ciclista sale a fundirse con lo que ve. Todo le vale. Por eso es un libro lleno de imágenes con olores, sabores, puestas de sol...


¿Cuándo tuvo su primera bicicleta?

No tuve bicicleta hasta que vine a Zaragoza, porque mi padre nunca quiso que tuviera. La primera mía de verdad la compré en 1990, cuando vivía en Urrea de Gaén. Compré dos, las montábamos mi hijo Daniel y yo. Aunque en el libro, en ’El cartero de Jacques Tati’, cuento el primer viaje que hice con mi mujer por Zaragoza, con unas bicis que no recuerdo quién nos prestó.


Aparte de pedalear por gusto, en ’El paseo en bicicleta’ queda claro que es seguidor del ciclismo profesional, porque cita a muchos corredores: Hinault, Merckx, Fignon, Delgado, Contador... ¿De dónde le viene esa afición?

Desde pequeño me gustan todos los deportes con locura. El ciclismo me apasiona desde niño, era un auténtico chalado. Había dos niños, los gemelos Dubra, que tenían una bici roja y otra azul y me las dejaban uno cada rato. Montado, yo hacía crónicas radiofónicas de ciclismo solo para mí, tenía 14 o 15 años. No he estudiado Periodismo, solo Electrónica, pero siempre he tenido una vena de contar cosas, sobre todo del deporte: ciclismo, boxeo, tenis... Mi favorito es el atletismo, el fútbol no es el que más me gusta. Y hasta este libro no me había dado cuenta de que me había marcado tanto el ciclismo.


Como señala en el prólogo Miguel Mena, en ’El paseo en bicicleta’ hay también textos que transmiten cariño hacia Zaragoza, ciudad a la que vino desde su Galicia natal. ¿Se siente a estas alturas plenamente zaragozano?

Me siento muy de Zaragoza. Es una ciudad que amo, que me gusta muchísimo y, aun con sus contradicciones, me parece muy acogedora. Para mí ha sido una referencia fundamental, y eso que tengo una gran capacidad para adaptarme a donde estoy. Pero con Zaragoza tengo algo especial. Este es también un libro de testimonio de gratitud a la ciudad y a la gente de esta ciudad, de amor a Zaragoza y a una persona con la que llevo 30 años.

¿Cómo surgió el libro?

Nació el verano pasado, como cuento en ’El pescador y su hijo’. Es la historia de alguien que está en ruta y recuerda cosas cuando mira hacia el pasado, el presente y también el futuro. Hay además un diálogo con personajes que han vivido la bicicleta como algo especial: Horacio Quiroga, los Curie o Barral, que era un personaje de mi infancia. Ha sido un libro tan emocionante... Y me da la sensación de que he sido intérprete de algo gozoso que siente mucha gente.

 

*Esta foto es de José Miguel Marco. Está tomada a orillas del Ebro, con el despertar de la primavera de 2010.

 

LA REVISTA DE 'CASA SIN FIN'

El editor de Periférica, galerista, ese sinvivir de la cultura y la modernidad y escritor Julián Rodríguez hace llegar a sus amigos esta nota sobre los trabajos y los días de su galería Casa sin Fin, con sede en Cáceres. Julián Rodríguez pertenece a ese tipo de seres que se multiplican en el aire, en la palabra, en las carreteras y también en internet.

 

Estimado amigo, estimada amiga:

Haz click en este enlace y podrás leer el primer boletín de CASA SIN FIN:

http://casasinfin.createsend1.com/t/ViewEmail/r/18A62E5D3F244BAC

Y si clicas sobre las fotografías de la sección IMÁGENES podrás ver muchas más...

Abrazos en sábado. Julián Rodríguez