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Antón Castro

Escritores

FOREGA, PREMIO POESÍA DE MIEDO

FOREGA, PREMIO POESÍA DE MIEDO

PREMIO POESÍA DE MIEDO

para manuel martínez forega

 

Como pórtico de la sesión que, bajo el lema “Hablando de miedo”, organiza la AAE en torno a la lectura de poemas y relatos cortos de terror, el día 31 de octubre, a las 22:00 horas, en el Albergue Municipal de Zaragoza (C/ Predicadores, 70), tendrá lugar la presentación y entrega del premio Poesía de Miedo, en cuyo acto intervendrán el Viceconsejero de Cultura del Gobierno de Aragón, el Presidente de la Asociación Aragonesa de Escritores y la editora Trinidad Ruiz Marcellán.

El jurado del premio (convocado por La Casa del Poeta -Trasmoz, Zaragoza-, de la Asociación Cultural Olifante) “ha decidido” –según recoge el fallo- “conceder el Premio Poesía de Miedo al poema «El dolor de la luz», del que es autor Manuel M. Forega, en consideración a su belleza y profundidad al tratar con claro simbolismo la resignación lúcida con la que el ser humano interioriza la idea e implacable realidad de su propia muerte.”

El Premio del Público ha recaído, ex aequo, en José Javier Alfaro Calvo (Navarra), Miguel Ángel Marín Uriol (Aragón), Dolan Mor (Cuba) y Marian Raméntol Serratosa (Catalunya).

El Primer Premio está dotado con 3.000,00 € en metálico. Asimismo, el premiado y los premios del público recibirán  un certificado realizado por el calígrafo Ricardo Placed y la edición de los textos en la colección Papeles de Trasmoz. El IV Premio Poesía de Miedo está patrocinado por el Departamento de Cultura del Gobierno de Aragón, Presidencia de Diputación Provincial de Zaragoza y Ministerio de Cultura.

 

Manuel Martínez Forega (Molina de Aragón –Guadalajara-) es poeta, ensayista y traductor. Ha publicado una treintena de títulos de esas disciplinas. Con He roto el mar obtuvo el premio de poesía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en 1986. En 2005 ganó el Internacional “Miguel Labordeta” con 333 días, y Ademenos (2008), su último título de poemas, ha sido reciente finalista del Premio Nacional de la Crítica 2009. También se le otorgó en 2002 el Premio Europeo a la traducción por su versión de El legado de François Villon. Preparó la edición antológica 20 poetas aragoneses expuestos, ha editado, introducido y anotado Toda la luz del mundo. Minimal love poems de Ángel Guinda, y ha traducido, introducido y anotado la única edición castellana canónica de Monsieur Teste de Paul Valéry, amén de dar a conocer en España a los poetas checos Josef Kostohryz y Frantisek Halas y la poesía del francés André Pieyre de Mandiargues.

 

 

EL DOLOR DE LA LUZ

 

En la sombra está su nombre inscrito

como un estigma que a la luz renuncia,

invisible y no obstante poderoso,

latente como el dolor que cada día,

cada día, por simple azar burlamos.

Otro día, al fin, te rendirás

a su esplendor imbatible, a los brillos

de su daga, a la final herida de su filo,

y permanecerás ahí, incrédulo,

creyendo ser un sueño fugaz

lo que no es sino la propia rigidez

de tu nombre desde ese momento

perfilado contra un fulgor inmóvil.

Y ambos serán ya uno para siempre,

ungidos a la memoria de aquellos

que dejas y se irán más despacio

(pero se irán) cediendo al vacío

otro vacío, otra asombrada oquedad

para el relámpago, para otro olvido.

 

                  **************

EPITAFIO

Si para morir he merecido la vida, deseadme mejor muerte.

*Esta foto es del fotógrafo ciego Eugen Bavcar.

OLGA BERNAD: UNA ENTREVISTA

OLGA BERNAD: UNA ENTREVISTA

Entrevista con Olga Bernad (Zaragoza, 1969), que acaba de publicar en la Fundación ECOEM de Sevilla su primer poemario: ‘Caricias perplejas’.

 

-¿De dónde sale la escritora Olga Bernad? ¿Cuál es su prehistoria? ¿Dónde ha estado todo este tiempo?

Yo llevo escribiendo casi desde que tengo memoria. A los ocho años (quizá ya intuyendo que los temas son cuatro: sota, caballo, rey y otro que no sabemos concretar) comencé una historia de mi vida. Acabé pronto, pero la intención estaba ahí. La lectura y la escritura fueron siempre una auténtica pasión para mí. De muy niña sufrí una miopía progresiva que hizo que mis padres intentasen controlar mis horas de lectura, y yo llegué a leer bajo las mantas, a la luz de una linterna. Eso y el hecho de vivir en el entorno de un barrio periférico y obrero, donde el estudio se estimulaba como un arma muy importante para defenderse en la vida, pero la imaginación excesiva y la literatura se consideraban poco menos que tonterías, me llevó a alimentar mi pasión como a una criatura que uno mantiene escondida. Quizá no creció bien, pero salió viva.         

 

-¿Cómo nace este libro, cuál es su origen?

Este libro tiene un origen bastante concreto, al menos como intención. A los treinta y ocho años me di cuenta de que nunca me había dado permiso para la poesía por puro miedo, por puros prejuicios, por pura cobardía. Me encontré por sorpresa ante un serio problema de salud y supe que me arrepentía de no haberme dado esa íntima libertad de hacer exactamente lo que quería, aquello para lo que crees que sirves. Ya había pagado todos los peajes y todo lo que escribía se me iba convirtiendo en prosa poética.  No quería simplemente contar cosas.  Quería algo que sólo podía venir a través de la poesía. Y quería mostrarla. Fue tan sencillo como dejarme hacer, después de vivir, leer y  callar durante mucho tiempo.

 

¿Por qué ese título ‘Caricias perplejas’?

Forma parte de un verso de uno de mis primeros poemas.  Empecé escribiendo sobre la belleza, qué menos, ya que había tardado tanto.  Simplemente me gustó y fue el nombre que le di a mi blog. Luego he pensado sobre ello y creo que define bien mi poesía. Creo que en una época tan poco inocente como la nuestra, estamos inmunizados contra el asombro: ni el horror, ni el sexo, ni la hipermodernidad salvaje nos sorprende demasiado tiempo, ni siquiera nos escandaliza. La única bofetada eficaz para mantener la perplejidad por un momento tal vez sea la de la belleza.  En esos pocos segundos de perplejidad se mantiene viva una cierta inocencia, una limpieza que ya no es del todo nuestra, y ese es un buen territorio para la poesía. Cuando tuve el poemario terminado, un amigo -Juan Manuel Macías, excelente poeta y prologuista del libro- me comentó que no pensase más, que ya tenía el título.  Tenía que ser “Caricias perplejas”.  Estuve de acuerdo. 

-Arranca con una cita de Luis Cernuda: “Adiós, dulces amantes invisibles, // Siento no haber dormido en vuestros brazos. // Vine por esos besos solamente; // Guardad los labios por si vuelto”. ¿Es un aviso a navegantes, a propósito de gustos o influjos, o la cita se ajusta bien al carácter del libro, que tiene algo de elegíaco, de poemario sobre la pérdida?

No, no es un aviso para navegantes. Hago pocos, o tengo muy poca intención de hacerlos. Yo misma he tenido que ir reconociendo mis influencias a medida que el poemario se convirtió en una realidad. Esos cuatro versos me encantan.  Simplemente. Admiro a Cernuda, pero también a otros muchos. Soy una apasionada del Siglo de Oro, de algunos románticos, de muchos de la nómina oficial- y no tan oficial-  del veintisiete. Pero también de los Panero (me gustan todos, hasta la madre), de ciertos poemas de Pere Gimferrer, de Gil de Biedma, de César Vallejo, de Miguel Labordeta, de Julio Martínez Mesanza mezclado con Auden, Keats y Yeats, Catulo, Safo y Arquíloco. Y otros que no nombro para no alargar innecesariamente la entrevista.

La cita se ajusta al tema.  Siento no haber dormido entre sus brazos. Es lo que nunca conseguiremos de los dulces amantes invisibles.

 

-Dices al final que ‘Caricias perplejas’ puede “leerse como la crónica de un asombro”. ¿Qué quieres decir exactamente?

Fue una conclusión que saqué al final. Como lectora del resultado. Creo que ese asombro y esa fuerza que propiciaron el comienzo del poemario siguió su propio camino y sus propias leyes, y yo me plegué a ellas y actué como cronista, cronista de sensaciones y no de hechos;  les presté una voz que yo aún no conocía, pero que estaba ahí, seguramente esperando.

 

-También lo defines como una historia de amor. ¿En qué medida lo es, realmente, y cómo debe leerse?

Es una historia de amor ficticia, lo que no quiere decir que no sea cierta, una autoficción donde el tú es una mezcla de cosas, un tú tradicional y perfecto: la figura del amado.  Ese tú perfecto como interlocutor poético es imposible de encontrar en la realidad.  Tal vez es cada lector, al que sólo puedo dirigirme a través del lenguaje amoroso. Ya digo al final que nunca pensé en la realidad, me resulta tan confusa como la teoría literaria. En cualquier caso, la literatura es construcción y, cada poema, un acto de nuestra inteligencia.  Con buenos sentimientos y buenas intenciones se puede llegar a ser muy buena persona, pero no se hacen poemas, se hacen con palabras. Debe leerse como cualquier otro poemario: con la incredulidad suspendida, y dispuestos más a sentir que a juzgar. Pero conseguirlo es tarea del escritor.  Si alguien no lo hace así, seguramente la culpa es mía.  

-En una de nuestra conversación has dicho que es como una novela con conflicto, nudo o desarrollo y desenlace.

Sí, esa especie de conflicto interno que supone la búsqueda no de algo sino de todo, de quererlo todo, de aprender y aprehender un mundo que se escapa y guardar al menos la intención en unos pocos versos, se ordenó casi como historia. Como ante todos los absolutos, nuestra pequeñez nos lleva hacia ese miserable fracaso que es la decepción.  La nada. Pero el libro termina con un adiós no del todo desolador. La búsqueda nos hace mejores, incluso aunque nadie note nada. Se escribe a solas y, en gran medida, se vive a solas. Pero la aventura interior nos enriquece.  

-¿Cuál es el tema del libro para ti: el sueño, la fugacidad de la vida, la exaltación de la pasión, el erotismo más o menos aplazado?

Vaya, me gustan todos los que nombras. Todos están en algún momento. En esa especie de trozo de camino compartido, el libro funciona como una novela río, y arrastra con él la amistad (en “Los niños perdidos”), la indefensión (“Sin ángel de la guarda en esta noche”), lo perdido (“Pequeña para siempre”), los dolores de cabeza (“Pájaros crueles”), un intento de poética (“La dureza”) y algún  arrebato incendiario, de índole más sensual que destructiva (“Miliciana”). Pero el hilo sigue, del “todo” –primera palabra del libro-  hacia la “nada”- palabra con la que termina.  

 

El primer poema ya anuncia una cierta imposibilidad, un viaje del todo a la nada, aunque si se llegase al todo parece que seguiría faltando algo. ¿La insatisfacción es el reino del poeta?

 La insatisfacción es el reino del hombre, convertir ese lamentable y maravilloso reino en poesía es la tarea del poeta.   

-El libro tiene un carácter metafórico y simbólico, a veces casi visionario, y a la vez es un libro sereno.

Uso todo lo que hay: metáforas, símbolos e intuiciones.  Serenidad es una palabra que muchos de mis lectores me repiten. Es una sensación que me acompañaba al escribir, junto con la pasión. Quizá lo mejor que encuentro para reflejar esa sensación es uno de los versos: “incapaz de pudor, ardiendo en calma”.   

 

Hablemos de tu búsqueda de un estilo: ese clasicismo personal. ¿Cómo lo concretas?

No lo concreté, al menos no previamente. Comencé a andar sin saber muy bien cuál era el camino, pero teniendo muy claro cuál no era (que no es poco). A la hora de escribir poesía, sigo el ritmo del pensamiento, no cuento sílabas, pero no evito el cómputo que traigan. Cuando comencé, mis conocimientos de prosodia estaban tan olvidados que no era capaz de hablar de cuestiones métricas muy simples.  Después de trabajar casi quince años en tareas contables, mi licenciatura en filología se había convertido en una anécdota en mi vida.  Por eso mismo, no supe ni quise evitar nada que me viniera al pensamiento con naturalidad. La música es importantísima para mí en poesía. He escrito como he querido.  A eso no renunciaré nunca. 

 

Me gusta mucho la elección del vocabulario, es muy propia. ¿Cuál es tu relación con el lenguaje?

Mi idioma es mi riqueza: lo respeto, lo cuido y lo disfruto, y también me peleo mucho con él, aunque esas peleas no las muestro nunca en los poemas.  El lenguaje es el sustituto de la realidad más potente que hay.  Pero es muchas más cosas.  Dicen que, a un tonto, vale más contarle una cosa que hacérsela vivir.  Yo quiero vivir y contarlo, porque lo quiero todo, claro.  Algo así intento expresar en “Distinto amor”.

 

¿Qué pasa con internet y la poesía? ¿Es ahora internet un vehículo inesperado para la divulgación de la poesía? Cuéntanos tu propia experiencia.

Pues yo creo que con internet y la poesía pasa casi lo mismo que con cualquier otro tema. Que hay un exceso en el que es muy difícil distinguir. Está lleno de cosas que admiro y de cosas y actitudes que odio. Pero la libertad y las posibilidades que abre son innegables. En círculos más puristas, parecen estar en contra. Quizá porque en internet el nombre hay que ganárselo y las razones para el éxito o el fracaso se vuelven mucho más incontrolables que si hablamos de cuatro editoriales y unos cuantos nombres, a los que es imposible llegar, decidiendo con quién arriesgan y con quién no. No lo sé, yo estoy completamente fuera del mundillo literario, pero empecé el blog de forma anónima y la respuesta de gente que no conocía y que, por tanto, se acercó exclusivamente por lo que leía en él, me llevó a publicar. Ya he dicho alguna vez que no creo que mis poemas ni los de nadie sean mejores o peores sobre la pantalla que sobre el papel, pero publicar es un deseo legítimo de cualquier escritor, y para mí ha sido posible gracias a internet. Y a la atención de Javier Sánchez Menéndez y el buen hacer de Abel Feu, por supuesto.  Estoy encantada de formar parte de la colección de poesía Siltolá.

 

¿En qué proyectos andas que se puedan revelar?

Bueno, ando inmersa en la corrección final de la novela “Andábata”, de la que mostré cinco o seis capítulos en el blog, y de la ordenación de las prosas. Estoy en conversaciones para publicarlos.  No tengo ninguna prisa, nunca la he tenido.

Por otra parte, sigo dándole vueltas al segundo poemario, algo más duro que estas Caricias. También voy mostrando algunos de sus poemas en el blog. Mis lectores habituales son para mí importantísimos. Tres de los nuevos poemas aparecerán pronto en una revista literaria.   

 

-Acabamos. ¿Cuándo escribes, cómo lo haces (a mano, a ordenador, corriges mucho poco), quién es tu primer lector, te acompañas de diccionarios, qué manías tienes?

Escribo donde puedo, eso me ha hecho acabar teniendo una especie de método. En casa, mis dos hijos no me dejan y siempre tengo demasiadas cosas que hacer, así que suelo aprovechar los recreos del trabajo para plantear líneas fundamentales. Es una hora a la que aún estoy fresca y “funciono” bastante bien. Cuando salgo del trabajo, a veces suelo darme una o dos horas mientras hago algo parecido a comer, antes de ir a casa. Para eso tengo que contar con la ayuda de mi familia y siento que debo aprovechar el tiempo.  Escribo, por tanto, casi siempre a mano y en cafeterías diversas.  Voy cambiando en la medida de lo posible porque muchas veces me emociono escribiendo y no quiero que piensen que tengo un novio lejano y cruel que me maltrata por vía epistolar. Luego, lo paso y corrijo en la pantalla del ordenador; para eso le quito horas al sueño, lo hago en completo silencio, cuando todo el mundo se ha dormido.  Además, procuro atender el blog con la misma política de cortesía que cuando lo empecé. A veces me acuesto a las tres y me levanto a las siete, y llevo así año y medio.  Cuando no aguante o deje de sentir esa necesidad, frenaré y punto.  

 

*Esta es una de las fotos que me envió Olga Bernad, que ya ha sido seleccionada por Ángel Guinda para figurar en una antología de poesía femenina, que aparecerá en Olifante y abarcará el período 1965-2010.  


PREMIOS Y LETRAS EN RUBIELOS, HOY

PREMIOS Y LETRAS EN RUBIELOS, HOY

  II  PREMIO LITERARIO Y DE INVESTIGACION “RÍO MIJARES”

 

El 31 de octubre, de 2009, se celebra en Rubielos de Mora, en el Palacio de Congresos y Exposiciones, a las 19 h., el II Encuentro entre las villas de Montanejos y Rubielos de Mora. Esta iniciativa nació para vincular más estrechamente a dos villas próximas que comparten naturaleza, población, fauna e historia, pero que pertenecen a dos comunidades autónomas diferentes.

El acto consistirá en una mesa redonda sobre la vertebración de una zona turística --la del alto Mijares--, en la que intervendrán los alcaldes de las dos villas, Ángel Gracia y Laureano Sandalinas, el Director General de Patrimonio Cultural del Gobierno de Aragón, Jaime Vicente Redón, el Diputado de las Cortes Generales, Miguel Barrachina, la periodista Mara Calabuig y el escritor y periodista Antón Castro. A continuación se entregarán los galardones del II Premio literario y de investigación Río Mijares, convocado por las dos villas. Para finalizar el encuentro actuará la Banda Municipal de Rubielos de Mora.

EL VALOR DE LOS ADVERBIOS

EL VALOR DE LOS ADVERBIOS

Anda por ahí un editor infatigable, poeta a su vez y animador cultural desde su sello Eclipsados, que se llama Ignacio Escuín Borao. Es turolense y del Real Zaragoza, y el veneno de la literatura impregna sus venas. Milagrosamente –el hombre es un milagro químico que sueña-, descubre jóvenes, publica a escritores de aseado currículo y a algún que otro consagrado como Ferrer Lerín, el ornitólogo que atrapa las metáforas bajo los cielos de Jaca. Un día, al empecinado Escuín le llegó un curioso borrador: ‘No hay adverbio que te venga bien’ de Jesús Marchamalo y Mario Merlino. Marchamalo, madrileño y embrujado por todos los secretos de los libros y sus autores, había escrito un conjunto de textos sobre el lenguaje, la pasión por las palabras y la tentativa, casi imposible, de decir el exacto nombre de las cosas. Merlino, traductor de Lobo Antunes y rapsoda pasional, había redactado un juego de divagación sobre el lenguaje, donde reivindica su modulación, su música, la capacidad de la traducción, la palabra como ser vivo. Habían unido sus textos en un libro menudo, intenso, que apetece leer porque habla de la identidad, del placer, de la vida, y a la vez hurga en un delicioso y humanísimo anecdotario de Clarice Lispector, Salinas, Cortázar, Juan Ramón Jiménez o aquel Italo Svevo, que recibía lecciones de inglés de Joyce y acabaría por tocar el violín. Ese libro se enriqueció con unos dibujos de Isidro Ferrer. Lo coges en la mano y es una pieza con alma, con rebeldía, una invitación a la libertad. Ahora es, más que nunca tal vez, cuando debemos decir el exacto nombre de las cosas. Estamos en una crisis profunda, y no sólo económica: España ha perdido el respeto a sus ciudadanos, a lo público y a la democracia, y corre el peligro de transformarse en una cloaca. Ante el mangoneo no hay adverbio que valga. 

*Esta foto es de Sergio Larrain.

 

'EL ÁRBOL AUSENTE' / 2

'EL ÁRBOL AUSENTE' / 2

Se me ha colado una falta en el encabezamiento: ‘El árbol ausente’. No puedo corregirla. Aprovecho para colocar una nueva foto, en este caso de una niña en el agua del gran Alfred Eisentaedt.

'ÉL ARBOL AUSENTE': CATHERINE FRANÇOIS

'ÉL ARBOL AUSENTE': CATHERINE FRANÇOIS

Dos fragmentos de 'El árbol ausente' de Catherine François (París, 1953), traducida y prologada por su compañero Santiago Auserón. El libro acaba de aparecer en Demipage.

1

 

No recuerdo el lugar donde vivía antes de llegar a la colonia de Campo Redondo. El día de la mudanza, el vigilante nos explicó que el nombre venía de la forma de los campos sobre los que había sido edificada. Añadió que en otros tiempos los campesinos de la región dejaban pacer a su buey atado a una estaca, de modo que el recorrido del animal delimitaba sus propiedades. Al principio el nombre me pareció extraño. Lo pronunciaba de un tirón, sin detenerme a imaginar un campo redondo. Lo ensayaba en diferentes tonos, como si fuera un cuerpo desnudo al que tuviera que vestir con varios trajes antes de encontrar el que mejor le sentaba. Lo cantaba con el soniquete de dar la vez en los juegos, imitando tanto la voz de los payasos como la declamación de los cantantes de ópera, y el nombre, al escapar de mi boca, tomaba la forma inaudita y cambiante de una nube. Cuando me acostaba lo repetía con los ojos cerrados, con una voz íntima que me daba la impresión de pronunciar las palabras en el interior de una iglesia, donde resonaban como un encantamiento solemne que acababa por fundirse con la noche misma al acercarse el sueño. Luego, el nombre perdió su carácter insólito para convertirse con el tiempo en un lugar cuyos límites también tenían nombres, surgidos espontáneamente en los juegos de los niños, como en el centro de un corro.

 

*

 

Vivo en la colonia de Campo Redondo, calle de los Bueyes, número 2, primer piso. No me dejaron salir sola hasta que aprendí a escribir mi dirección correctamente. Mis primeros amigos fueron los niños del tercero, Iván y Nicolás, cuya hermana, Ana María, tenía edad de trabajar, y Cristián, que vivía en el bajo. El nuestro era el primero de una serie de edificios contiguos con fachadas idénticas que se sucedían sin interrupción a lo largo de toda la calle. Estaban comunicados por un corredor subterráneo, que daba acceso a los sótanos, al cual se bajaba por unas rampas situadas junto a las puertas principales.

Por favor cierren la puerta. Mirando la puerta del sótano me preguntaba cómo podía parecer tan serena, cuando cada vez que cruzaba su umbral todo en mí se ponía a temblar. Evidentemente no era más que una cosa. Yo sabía que las cosas están siempre tranquilas, es decir, podemos dejarlas y volver más tarde para constatar que no se han movido, que conservan el mismo aspecto, ni del todo vivas ni del todo muertas. La puerta, vista desde el otro lado, desde el lado oscuro, cobraba sin embargo otro cariz. Se hubiera podido decir, incluso, que había dos puertas, aunque eso no me confortaba. Era tan difícil pensar que las cosas tienen dos caras como admitir que dos caras tan diferentes son una misma cosa. Había muchos otros asuntos que no comprendía, como por ejemplo lo que ocurría cuando la puerta se cerraba detrás de mí y me hallaba en la oscuridad completa. Era como entrar en uno mismo y no ver nada, la oscuridad era un ojo tras el párpado cerrado. El ojo de los muertos. ¿Seguía siendo un ojo el ojo de los muertos? Todo lo que sabía y todo lo que ignoraba se hallaba allí, confundiéndose en aquella masa negra, bruta e intacta. ¿Acaso era eso el vacío? Al igual que las cosas siempre tenía la misma apariencia, pero no su carácter tranquilo. Había en la oscuridad una voluntad tenaz de acapararlo todo que la hacía parecer vieja y encorvada. La sentía como una resistencia al pensamiento. Mis pensamientos eran como chispas que surgían y se apagaban súbitamente sin alumbrar. El mundo me daba la espalda, tenía un lado ordenado y otro en el que no reconocía nada, y donde ni los ojos ni la mente servían.

 

*

 

Un día me encontré con Ana María a la puerta de nuestro edificio.

          ¿Qué haces?

          Espero a alguien, me dijo sin mirarme.

          Ana María, ¿has bajado alguna vez sola al sótano?

          Bajo todas las noches la basura.

          ¿No te da miedo la oscuridad?

          Tengo otras cosas en qué pensar.

          ¿Puedes pensar a oscuras?

          No veo qué me lo iba a impedir.

          ¿Cómo es el vacío?

          No es nada.

          Pero, ¿es posible verlo?

          Si ves que no hay nada que ver, pues ves el vacío. Es como el silencio. Eso que oyes cuando no oyes nada se llama silencio.

          No entiendo cómo puede haber palabras que no sean nada.

          Son lo contrario de una cosa, como su otra cara.

          ¿Qué es lo contrario de una puerta?

          Que no hay puerta ninguna.

          ¡Pero eso no es un nombre!

          Todos los objetos tienen nombre, pero no todas las palabras representan objetos.

          Entonces las palabras y los nombres, ¿no son lo mismo?

          ¿Qué estamos haciendo en este momento?

          Estamos hablando.

          Pues para hablar empleamos palabras, hablar también es una palabra, pero no es un nombre, no indica un objeto. Cuando una palabra representa una acción se dice que es un verbo. ¿Dónde vives tú?

          En la colonia.

          La colonia está hecha de calles, en las calles hay casas y en las casas muchas puertas, todo eso son nombres comunes. ¿Cómo se llama esta calle?

          La calle de los Bueyes.

          La calle de los Bueyes es un nombre propio porque no hay más que una que se llame así.

          ¿A quién estás esperando?

          Si te respondiera con estas palabras: Espero a mi novio, emplearía un verbo y un nombre común. Si te dijera: A Juan, Juan sería un nombre propio.

          ¿Juan es tu novio?

          ¿Lo has entendido o no?

          El vigilante, ¿es un nombre propio o un nombre común?

          Es un nombre común, es su oficio.

          ¿Qué es lo que hace?

          Recoge las basuras, el dinero de los alquileres, vigila.

          ¿Tú sabes qué es el amor?

          Es un nombre.

          ¡Pero el amor no es una cosa!

          ¿Por qué no vas a jugar por ahí?

          ¿Ya te marchas?

          ¡Ahí viene Juan! No se lo digas a nadie, ¿has entendido?

 

*

 

Algún tiempo después de nuestra llegada, una familia de origen italiano vino a ocupar el piso que quedaba vacío en la planta baja. Al día siguiente, en la escalera, me encontré con Domenico, un chico de mi edad, acompañado por su hermano más pequeño, Lucio. Llevaba camisa blanca y un pantalón demasiado grande para él, sujeto con tirantes, que le daban un aire de obrero en día de fiesta. Enseguida le pusimos el apodo de Zigoto, palabra que habíamos oído decir y que no tenía para nosotros sentido alguno, pero cuya sonoridad evocaba a la vez el origen, la estatura pequeña y el carácter jovial de nuestro amigo. Él mismo lo pronunciaba imitando el acento italiano de sus padres, estirando sus tirantes, sacando pecho con orgullo, como si se tratase de un título de nobleza. Sin embargo un día vino a reunirse con nosotros en la calle, más serio que de costumbre. Nos advirtió que su padre le prohibiría jugar con nosotros si seguíamos llamándole así.

          Pero, ¿por qué?, le pregunté.

          Se ha enfadado, dice que no debéis llamarme Zigoto nunca más.

          No entiendo por qué está mal.

          Nosotros te queremos así, dijo Cristián.

          A mí me gusta ese nombre, añadió Nicolás. Zigoto sólo puedes ser tú.

          A lo mejor podríamos explicarle que es un nombre propio. ¡A ver por qué no tienes derecho a llamarte Zigoto!

          Dice que es un insulto.

El nombre, que hasta entonces nos había parecido divertido, ligero como una pluma traída por el viento de no se sabe dónde para posarse con delicadeza sobre la cabeza de Domenico, había perdido de pronto toda su inocencia, se transformó de golpe en una palabra de doble sentido, llena de misterio. Había dejado de pertenecernos, hacía resonar ahora todo aquello que no sabíamos. Miré la cara de Zigoto, buscando en la sombra que el nombre había dejado sobre él un indicio que me revelase lo que no alcanzaba a comprender. Ya no era el mismo, su rostro parecía más delgado, con las mejillas hundidas y los labios apretados. De repente me puse a pensar en Italia.

          ¿Cómo es Italia?

                    Está cerca del mar, dijo sin dejar de mirar al suelo.

 

2

 

Dentro de nuestro grupo se producían aproximaciones espontáneas que nos llevaban a formar parejas cuyos miembros variaban periódicamente. Se debían a la afinidad entre rasgos de carácter que un buen día despuntaban en dos de nosotros, o al interés que poníamos en un mismo juego hasta que pasaba de moda para dejar sitio a otro. Yo había observado que esos acercamientos no se producían nunca entre miembros de una misma familia y rara vez entre aquellos que vivían en la misma planta. Sabíamos que había otra suerte de parejas, pero las nuestras no se parecían a ellas en modo alguno, porque nunca duraban mucho tiempo y podían admitir, llegado el caso, un tercer miembro. No obstante, en los tríos que se formaban tras la desintegración de otra pareja, o porque las reglas del juego así lo requerían, el recién llegado podía quedar un poco al margen, o terminaba por unirse más íntimamente a uno de sus dos compañeros, mientras que el otro no tardaba mucho en alejarse. Con el tiempo adquirí la convicción de que nuestras relaciones obedecían a una ley natural parecida a una danza, que hacía y deshacía la amistad siguiendo un ritmo imprevisible.

 

*Hace algunos años entrevisté, a doble página, a Santiago Auserón para ‘Heraldo’. Hablamos de su infancia en Zaragoza, de su pasión por la música y los poetas, de los ritmos y de los estribillos, y de su mujer Catherine François, que había escrito un precioso libro ‘El árbol ausente’ en francés. Se publicó en 2004 y ahora Santiago lo prologa y lo traduce para el sello Demipage. Gentilmente, me han enviado este fragmento. ‘El árbol ausente’ es una evocación en la periferia parisina y una narración presidida por el embrujo del lenguaje. Estos son dos los primeros capítulos del libro. La foto es del fotógrafo parisino Willi Ronis, fallecido hace muy pocas semanas.

RETRATO DE KAREN BLIXEN

RETRATO DE KAREN BLIXEN

Blixen, tan delgada

 

Por JESÚS MARCHAMALO

Tuvo, ya de mayor, un novio, o un amante, lo que fuera. Un joven poeta pálido y torturado a quien contaba historias seductoras y a quien un día obligó a grabar, como muestra de amor, un corazón con sus iniciales en la corteza de un árbol. Y años más tarde, cuando la abandonó, o lo que fuera, llegó en coche al lugar, distinguida como una de las princesas de los cuentos, con su chofer y un hacha. Señaló el árbol de lejos, y fumando indolente, vio cómo lo talaba.

Era alta, elegante, caprichosa, y delgada, delgadísima con sus brazos de alambre. Tanto que al final de su vida, tras una operación grave de estómago, comía apenas ostras, siempre con infinita, aristocrática desgana, y un par de espárragos servidos con champán. Así que hay fotos suyas en las que muestra un aspecto ligeramente cadavérico, una elegante y enigmática decrepitud: la piel pegada, el pelo recogido, la mirada llorosa, alucinada, y los ojos hundidos en las cuencas. Unos ojos volcánicos, de cierta malignidad provocadora, de esos negros intensos en los que se confunde, negra, la niña. Y la pupila, negra.

Tuvo, como se sabe, una granja en África, a los pies del altiplano de Ngong, en la que vivió diecisiete años plantando café, matando leones o viendo cómo los mataban, y organizando picnics en la sabana a los que llevaba  cubiertos de plata, vasos de cristal bueno, sus mejores sombreros y un gramófono en el que escuchaba a Schubert, todo el tiempo, sobre un coro persistente, inaudible, de rugidos, gañidos, trinos, aullidos, truenos… Allí aprendió a contar historias que inventaba. Los indígenas, alrededor del fuego, escuchaban al ama blanca, fascinados, con la voz impostada, susurrando, decir con los ojos exageradamente abiertos: “Hubo una vez un hombre que tenía un elefante con dos trompas… “

Volvió a Europa arruinada, divorciada y enferma, arrastrando los restos del naufragio: algún mueble, unos pocos libros, un revólver de cachas nacaradas, y una elegante sífilis prêt à porter de la que se curó con el tiempo, pero de la que siguió presumiendo hasta su muerte.

Se buscó un seudónimo, Isaac Dinesen, y se dedicó a escribir. Tan bien, que cuando a Hemingway le concedieron el Nobel, lo primero que dijo es que debía de haber sido para ella. Una noche estuvo con Marilyn Monroe en Nueva York, cenando ostras y espárragos, excéntrica y difícil, con uno de sus turbantes y un bolso en el que habría entrado ella misma plegada.

Pasó el resto de su vida montando en bicicleta, con el pantalón sujeto con horquillas, bañándose en agua caliente –las criadas debían subir baldes de agua por una estrecha escalera- y escuchando a Schubert.

Fumó hasta el final, de forma compulsiva, más de cuarenta cigarrillos diarios. Y murió en su casa, arriba, con un jarroncito rojo en la mesilla donde ponía la rosa fresca que un admirador, cada mañana, le enviaba.

 

 

*Este retrato de Karen Blixen, más conocida literariamente como Isak Dinesen, pertenece al libro ‘44’ que publicará en breve Siruela.

 

ESPÍAS: EL OTRO OFICIO MÁS VIEJO DEL MUNDO

ESPÍAS: EL OTRO OFICIO MÁS VIEJO DEL MUNDO

 

 

El historiador aragonés Diego Navarro publica el estudio totalizador ‘¡Espías! Tres milenios de información y secreto’ en el sello Plaza & Valdés

 

A Diego Navarro (Zaragoza, 1972), profesor del departamento de Biblioteconomía y Documentación en la Universidad Carlos III de Madrid, le han atraído desde niño “los asuntos relacionados con la seguridad y la defensa, con la historia militar y con la vida castrense”. Eso le ha llevado a dirigir el Instituto Juan Velázquez de Velasco de investigación en inteligencia para la seguridad y la defensa, y a la redacción de un ambicioso libro, ‘¡Espías! Tres mil años de información y secreto’ ((Plaza y Valdés, Madrid, 2009; 510 páginas) en el que traza “una panorámica histórica de la acción de la inteligencia, no sólo del espionaje, en todos los ámbitos de la acción del poder”.

Para Diego Navarro los espías existen desde siempre. “Son una constante atemporal. En cualquier época, lugar y bajo cualquier tipo de organización o régimen político la necesidad de obtener información, secreta, reservada o abierta, que mejorase las capacidades militares y aumentase las ventajas económicas o políticas y diplomáticas, fue consustancial a la Historia de la Humanidad”, explica. Este libro dividido en cinco partes, que incluye una conclusión final o corolario, intenta responder a esa “atracción por lo oculto, por el misterio morboso de una actividad que, según un viejo dicho, es la segunda profesión más antigua del mundo” porque siempre ha sido necesario “afrontar necesidades de información de las carencias, de las capacidades y de las intenciones tanto de enemigos como de posibles aliados. De ahí la célebre expresión del Duque de Wellington: ‘Conocer con anticipación lo que hay al otro lado de la colina”.

Diego Navarro realiza un repaso histórico, aborda los métodos de trabajo, analiza “las señales, comunicaciones y documentos”, y también describe y registra la variadísima fauna del espionaje: exploradores, indígenas, ingenieros, desertores, prisioneros, embajadores, secretarios, diplomáticos, mujeres osadas o escritores. El Siglo de Oro ha sido especialmente fértil en escritores-espías. “Fernando Martínez Laínez es autor de un libro que se titula así: ‘Escritores espías’. En él se pasa revista a la clásica vinculación que han mantenido la literatura y los servicios secretos. Escritores como Geofrey Chaucer, Francisco de Quevedo, Christopher Marlowe, Daniel Defoe y, ya en pleno siglo XX, los archiconocidos como Baden Powell, Graham Greene, Ian Fleming, John Le Carré, etc., han desarrollado su labor literaria en paralelo o tras haber pasado por diversos cargos en servicios de inteligencia”. También destaca el caso de dos viajeros y escritores: “Domingo Badía, Alí Bey, y, sobre todo, el increíble Capitán Burton, políglota y ejemplo típico de oficial británico, producto de la época del Gran Juego en Asia, son realmente sorprendentes y paradigmáticos”.

El siglo XX es el siglo del espionaje “con su carga de tensiones geopolíticas, sus dos guerras mundiales. etc. Sus conflictos armados de larga duración han propiciado un punto de inflexión en la sistematización de la actividad de inteligencia. El frente secreto de la información y de los espías fue tan importante como las propias trincheras y el agente secreto constituyó un factor muchas veces determinante en la consecución de éxitos militares, diplomáticos y económicos. Además, se ha estudiado con más profundidad y detalle; conocemos más datos de los grandes y las grandes espías del siglo XX, influjo evidente también del cine y la literatura”.

 

Tecnología, amor y héroes

Diego Navarro matiza de inmediato que no hay nada nuevo bajo el sol tampoco en este tema. “Puede cambiar la tecnología. Sin embargo, los fundamentos nucleares de la inteligencia -obtener información, procesarla y tratar de alcanzar una ventaja competitiva frente al enemigo- siguen siendo los mismos que hace milenios. Y es el espía, el agente secreto, la inteligencia humana los que tan apenas han variado: ver, contemplar, obtener información sin ser visto”. Considera que el triunfo de Mata Hari (a la que califica como “una pésima agente”) y el de James son iconos que “se han mantenido imbatibles hasta nuestros días. Sigue existiendo una imagen deformada, muy limitada por estos estereotipos cinematográficos y literarios”.

Del binomio espionaje y amor destaca la historia de  La Malinche y Hernán Cortés, la del ambiguo Caballero D´Eon, agente de Luis XV, y Catalina de Rusia a mediados del siglo XVIII, y a la propia Margarita Zelle (Mata Hari) con sus numerosos amantes. “Sin embargo –dice-, me siguen despertando mucho interés los prácticamente anónimos agentes de las llamadas, en los siglos XVI y XVII, ‘inteligencias secretas’. Mi preferido es el primer espía mayor de la Corte y superintendente general de las inteligencias secretas, Juan Velázquez de Velasco, que fue nombrado en 1598 después de una larga trayectoria como militar de frontera en Fuenterrabía. También hay historias tremendas como la del espía israelí Ely Cohen, descubierto y ahorcado en la plaza de Damasco; la historia de nuestro sorprendente Juan Pujol ‘Garbo’, el único que fue condecorado por británicos y alemanes después de su exitosa acción de engaño antes del Desembarco de Normandía”.

De Aragón evoca los ‘legatus’ o enviados especiales para controlar las fronteras de Navarra, los espías de la Guerra de la Independencia y “los numerosos guerrilleros y agentes de información, anarquistas aragoneses como un primo hermano de mi abuelo, integrado en el Servicio de Información Especial Periférico dependiente del Estado Mayor Republicano durante la Guerra Civil”. 

*Uno de los retratos de Mata-Hari.