Blogia
Antón Castro

Escritores

JESÚS MARCHAMALO HOY, EN ANTÍGONA

JESÚS MARCHAMALO HOY, EN ANTÍGONA

Esta tarde, a las 20.00 en Librería Antígona, se presenta ‘No hay adverbio que te venga bien’ de Jesús Marchamalo y Mario Merlino, un libro que ha publicado Eclipsados en una colección preciosa y pequeña, con ilustraciones. Se trata de un viaje a través de la palabra de los dos, Marchamalo y Merlino, fallecido recientemente, que se presentó en las Jornadas de Animación  a la Lectura de Arenas de San Pedro.

 

El libro es como un diálogo entre ambos: una exaltación del poder de la palabra como ser vivo, como ser que fecunda el mundo, que duele, que exige precisión y perfección y que ilumina, un libro sobre la traducción y sobre el alma misma del lenguaje. Mientras Merlino, un excepcional rapsoda, un gran traductor galardonado con el Premio Nacional de Traducción en 2004, opta por una línea más reflexiva y a la vez indagatoria, Marchamalo cuenta cosas todo el rato, y en cada uno de sus relatos o recuerdos –sobre Cortázar, sobre Pedro Salinas, sobre Svevo y Joyce, sobre la siempre adorable Clarice Lispector, a la que nunca le veía las manos- hay una poética, una meditación subrepticia sobre las palabras.

 

En el acto de presentación participarán Jesús Marchamalo, que publicará en breve un libro sobre 44 escritores (me llegó ayer en pruebas de autor y es deslumbrante, una maravilla auténtica), que publicará Siruela, el editor Ignacio Escuín Borao y Antón Castro, un servidor. Había leído el libro un par de veces, lo he vuelto a releer esta mañana temprano y me sigue pareciendo una pieza juguetona, inspirada, llena de recovecos. Por mi condición de gallego sentimental, mi pasión por la bella e indómica Clarice al margen, me gusta mucho la historia de Enrique Vila-Matas, aficionado a lo excéntrico, los bordes, lo periférico, que cuenta que siempre estuvo enamorado de una niña a la que le mandaba poemas de Luis Cernuda que hacía pasar por suyos. Un día la chica le dijo que tenía otro novio, pero que escribía muy bien. Enrique dejó caer dos lágrimas, “una por cada fracaso”. El libro enhebra bellas enumeraciones y curiosidades del lenguaje, y recopila títulos estupendos. Se trata de un libro para llevar en el bus y para releer una y otra vez con una sonrisa en los labios.

*En la fotografía, una Clarice Lispector que sí deja ver sus manos. [Marchamalo dice que la autora de 'La pasión según G. H.' nunca deja ver las manos.]

CON ÓSCAR SIPÁN EN 'LA LIBÉLULA'

CON ÓSCAR SIPÁN EN 'LA LIBÉLULA'

Ayer por la tarde participé con Óscar Sipán en el programa ‘La Libélula’ de Radio Tres, que se grabó en la sede de Aragón Radio. Sus responsables son Juan Suárez, un enamorado absoluto de la literatura, un senderista de voces y asombros, y María José Parejo, que además tiene una característica muy peculiar: también adora la literatura, claro, pero veranea en agosto en Caión, muy cerca del cementerio, y Caión es el lugar donde transcurren mis ficciones, en concreto ‘Golpes de mar’ (Destino, 2006). Ambos, en alguna ocasión, habían puesto voz a algunos de mis textos cortos. Ahora ‘La Libélula’ de Radio Tres ha pasado a un horario nocturno: de doce a una. Es un programa espléndido sobre el arte de contar, sobre el de soñar, sobre el oficio de inventar y de poner melodías y ámbitos en las ondas con tanta pasión como humor. Un humor que descansa en la palabra.

 

Nos habían invitado para hablar de Ramón José Sender y de su libro ‘Álbum de radiografías secretas’, que ha publicado Tropo. Rescató la edición de 1982 que había publicado Destino y realizó una estupenda edición, prologada por José Domingo Dueñas. Nos lo pasamos muy bien: contamos anécdotas, hablamos del personaje fundamental del libro –al margen del propio Sender, claro-: Simone Weil, recordamos su retrato de Nancy Cunard, Óscar incluso evocó a la bella y joven Valentina, y de alguna manera, por si fuera necesario, reivindicamos la figura del gran narrador de Chalamera, tan fascinante y proteico como irregular…

 

Alberto Guardiola, que está realizando un estupendo programa de música en Aragón Radio, puso la banda sonora. Una de las canciones que sonó fue ‘Regresaré a la casa de mi padre’, de José Antonio Labordeta, en una versión femenina que no reconocí, y bien que lo siento, porque es una de mis dos o tres canciones preferidas de José Antonio. Y otra fue un tema de un envolvente pianista de jazz y flamenco y fusión de Zaragoza: Enrique Amador ‘Musi’.

*Siempre me ha gustado mucho este cartel de Natalio Bayo, que tenía como referencia el de Pessoa realizado por Almada Negreiros.

SERGIO DEL MOLINO, HOY, EN CÁLAMO

SERGIO DEL MOLINO, HOY, EN CÁLAMO

Sergio del Molino (Madrid, 1979), escritor y periodista de variados registros, salió un día de paseo y en la Feria del Libro Viejo y de Ocasión encontró “un buen fajo de panfletos de propaganda nazi (…) que procedían de una biblioteca particular de Zaragoza”. El librero no quiso darle más información, pero el escritor halló ahí un tema donde saciar su curiosidad. “Soy, así, obsesivo y cotilla”, dice. A partir de entonces, redactó una nota en su blog y rápidamente un amigo historiador le puso tras una pista que acabaría siendo el filón que busca: los alemanes del Camerún que llegaron a Zaragoza en 1916 y permanecieron aquí hasta 1956, aunque sus antepasados siguen viviendo en la ciudad y cultivando el arsenal de los recuerdos.

A lo largo de tres años, el periodista de ‘Heraldo’ y autor del volumen de relatos ‘Malas influencias’ (Tropo, 2008), realizó infinidad de pesquisas, y lo que podía haber sido un cuento extenso o una novela ha acabado siendo “un reportaje largo” que se lee como una novela donde interviene el autor y el investigador. Esas pesquisas le llevaron a Albert Einstein, claro, al cónsul Gustavo Freudenthal, a Alfonso Kurtz, el fabricante de salchichas, a los jefes nazis que hubo en Zaragoza, al arquero y suicida Erich Noak y a Peter Recknagel, que fundó una empresa puntera: la limpieza en seco de Tinte de los Alemanes.

En los dos primeros capítulos, Sergio del Molino viaja al mundo colonial de Camerún y a la presencia alemana, bastante apacible hasta que se produjo la I Guerra Mundial y fueron expulsados, tras estupendas peripecias que le invitan a glosar ‘El corazón de las tinieblas’ de Joseph Conrad. Acosados por sus enemigos, se refugiaron en la embajada de España, que era país neutral, en Guinea Ecuatorial. Y de allí viajaron en barco y en tren hacia Pamplona, Alcalá de Henares y Zaragoza, adonde llegaron 347 alemanes. Algunos de ellos, eran tan pintorescos como Paul Bieger, que se paseaba por la ciudad con un vestuario de colono y con un nativo negro, Nsango. Aquellos alemanes pronto organizaros sus orgías en el Royal Concert, suscitaron admiración y recelo, y poco a poco fueron dejando su huella. Ante su poderío económico, los periódicos incluso llegaron a redactar la publicidad en español y alemán. Trajeron el fútbol al nuevo ‘Campo de los Alemanes’, crearon un equipo correoso e invencible, en los primeros años, fundaron el Colegio Alemán e incluso un pequeño Barrio Alemán en el entorno de la calle Cervantes. Y en su pequeño cementerio, donde se enterrarían algunos soldados caídos de la Aviación Cóndor, solían jugar los domingos, y abrigar a sus muertos, antes de la merienda que ofrecía Alfonso Kurtz, un personaje enigmático que estuvo preso en Siberia, según él dijo. El trabajo está lleno de matices, de grandes personajes (como Albert Schmitz, Gustav Seeghers, Wilhem Canaris, vinculados al nazismo y al espionaje, o el ya citado Bieger, cuyo nieto ha ayudado a Sergio y le ha revelado que quiere escribir una novela sobre él), de juegos de espejos, de información y de pasión por el oficio de contar. Sergio del Molino desvela un insólito episodio de la historia de Zaragoza, lleno de recovecos, de episodios muy variados y de historias secretas. El libro, como se puede intuir, es un hermoso canto al periodismo.

 

Soldados en el jardín de la paz. De Sergio del Molino. Presentación esta tarde, a las 20.00 en Librería Cálamo. Intervienen: Javier Rodrigo, Paul Bieger (nieto del Paul Bieger del libro, aquel alemán que paseaba con traje blanco de colono y criado de color) y Chusé Aragüés, editor de Prames.

DOS FRAGMENTOS DE REYES MATE

DOS FRAGMENTOS DE REYES MATE

1.

 

LA HERENCIA DEL OLVIDO. Ensayos en torno a la razón compasiva remonta río arriba el curso de la memoria. No mueven a estos escritos la nostalgia del tiempo pasado, sino la pregunta por la significación política, moral y epistémica de lo olvidado. Nuestro presente está construido sobre los vencidos, que son la herencia oculta. La memoria trae al presente ese continente invisible en un gesto moral y epistémico pues nos pone delante un mundo desconocido sin el que no podemos ser sujetos morales. Ése es el lugar de la razón compasiva.

La historia de un pueblo, decía Walter Benjamin, puede condensarse en una época; una época, en una vida; y, una vida, en una obra. Lo decía para llamar la atención sobre el poder del detalle, la fuerza subversiva de la anécdota o la riqueza misteriosa de una única palabra. Una de ellas es «compasión». En este vocablo de raíces griegas resuena todo el equívoco moral de Occidente, de sus grandezas y miserias, de sus mejores sueños y peores pesadillas, de liberación y opresión.

«Compasión» evoca, de entrada, la conmiseración, la empatía con el que sufre, la solidaridad con el que está en la miseria. Es un concepto «abajista»  que va de arriba a abajo, del que tiene hacia el que no tiene y / o hacia el que se encuentra doliente. Ahora bien, en la tradición cristiana que inspira a Occidente ese término tiene originariamente otro sentido. El otro, el que sufre, el caído, el olvidado, es el «tú» del que decía el filósofo Hermann Cohen que nos permite el descubrimiento del yo. Sabemos lo que somos cuando respondemos a la pregunta del otro, de ese otro ninguneado por la vida, la sociedad o la historia. No se trata, por tanto, a propósito de la compasión de hacer un favor al necesitado, sino de devenir uno mismo sujeto moral o, como se llama en la jerga cristiana, «prójimo». Ser prójimo es constituirse en sujeto moral y esto ocurre cuando nos aproximamos al caído.

«Compasión» tiene, por un lado, el sentido débil, aunque generalizado, de echar una mano al necesitado; y, por otro, el sentido fuerte de constituirse en sujeto moral, gracias a la interpelación del otro. Esos dos sentidos, opuestos en sus significados, explican el equívoco moral de Occidente. En el primer caso, nos bastamos a nosotros mismos para ser buenos: basta seguir los dictados de la conciencia. En el segundo, nada somos sin la pregunta que nos dirige el otro desde su necesidad o inhumanidad. Que el propio cristianismo se haya desentendido del sentido fuerte de la citada parábola, para interpretarla en el sentido «abajista» convencional, da idea de lo exigente y difícil que es la compasión originaria, que es la que aquí se trae a colación. ¿Por qué identificamos todos «prójimo» con el caído o necesitado, cuando en verdad es el que se aproxima a ellos? Es más cómodo ser generoso con lo que sobra, que reconocerse necesitado del indigente.

 

 

Y el segundo:

7.

La composición de este libro es rizomática. Hay una serie de raíces espaciales —lo iberoamericano y lo judío— y temporales  —la memoria y la actualidad— que trenzan un cuadro en el que los temas se cruzan, fecundándose constantemente.

Pensar no es fácil. Lo habitual es echar mano de un sucedáneo consistente en revestir viejos tópicos con nuevos ropajes. Los tópicos son, en general, verdades conquistadas con mucho esfuerzo pero que se convierten en letra, conceptos o imágenes muertas si no se las arranca del contexto en que nacieron y somos capaces de sorprendernos de nuevo. Dice Foucault que «penser est dé-prendre», es decir, desprender o liberar los tópicos de las convenciones recibidas y pensarlos de nuevo. Tomemos, por ejemplo, la verdad establecida de que la modernidad es una secularización del cristianismo. Nos lo hemos dicho tantas veces que hemos perdido de vista algo que siempre ha estado ahí y que ahora necesita ser dicho: es tanto una secularización del cristianismo como un cristianismo secularizado. No es lo mismo una cosa y la otra porque mientras que la primera afirmación subraya el momento de liberación o desprendimiento de la modernidad del pasado religioso, la segunda está indicando que esa modernidad secularizada depende en su formación histórica y en su comprensión temática de la matriz religiosa que la dio a luz. Esto puede gustar o no, pero nada entenderíamos de nuestro tiempo, de sus conflictos y aporías, si no lo tuviéramos en cuenta.

Otro tanto ocurre con el tema de las víctimas: durante siglos han sido invisibles; ahora se han hecho presentes, pero sólo sabemos decir de ellas que hay que acompañarlas, consolarlas, venerarlas o repararlas. No nos decidimos aún a pensarlas políticamente porque eso significa poner en tela de juicio una lógica política, que sigue presente, dispuesta a avanzar cobrándose nuevas víctimas. Pensar políticamente las víctimas significa repensar la relación entre política y violencia, asunto sobre el que pasamos de puntillas.

Un último ejemplo del pensar como «dé-prendre»: el alcance de la postura de Bartolomé de Las Casas. Valoramos su sentido crítico en el enfrentamiento con Ginés de Sepúlveda, porque consideraba a los indígenas sujetos de derechos a todos los efectos, también políticos, pero no podemos ignorar que su valoración consistía en reconocerlos «como nosotros», sin llegar a reconocerles valor en su diferencia. «La alteridad más irreductible», escribe Luis Villoro, «aún no ha sido aceptada: el otro no puede determinar el orden y los valores conforme a los cuales podría ser comprendido. El otro es sujeto de derechos, pero no de significados. Podríamos decir que Las Casas reconoce la igualdad del otro pero no su diferencia. Para ello tendría que ser aceptado con una mirada distinta sobre él y sobre el mundo y tendría que aceptarse como susceptible de verse, él mismo, a través de esta mirada». Estas puertas, habitualmente cerradas, son las que el discurso rizomático sobre la «razón compasiva» trata de forzar o, al menos, entreabrir.

Por una extraña carambola este libro tiene un precedente francés —Penser en espagnol— que aborda asuntos que también aquí aparecen. Que allá se llame Penser en Espagnol y acá La herencia del olvido se justifica porque no son los mismos trabajos aunque haya un aire de familia entre ellos. Hemos guardado la introducción a la edición francesa de Catherine Chalier porque recoge bien el significado universal de lo iberoamericano y de lo judío que se aborda en los trabajos de ambos libros. Quiero agradecer el interés de Errata naturae en unir el destino de la nueva editorial con este libro.

                                                                     

Reyes Mate

                                                                      Madrid, enero de 2008.

 

 

*La siempre encantadora Irene Antón me ha mandado dos fragmentos del libro ‘La herencia del olvido’ de Reyes Mate, Premio Nacional de Ensayo, que ha publicado su sello editorial, Errata Naturae. Enhorabuena para el autor y para sus editores, que frecuentan a menudo Zaragoza. La foto es de Helen Levitt.

JOSÉ

JOSÉ

RETRATO DE JOSÉ AGOSTINHO BAPTISTA

Hace casi una década, José Agostinho Baptista, el amigo portugués, se despidió de su perro José, una especie de mastín del Pirineo al que le encantaba ladrar por teléfono, y se vino a Zaragoza. Quería ver a sus amigos aragoneses y españoles -Enrique Vila-Matas, del cual había traducido Lejos de Veracruz y Bartleby y compañía, entre otros libros, el narrador Martínez de Pisón, y su editora Trinidad Ruiz-Marcellán-, y soñaba tal vez con repetir uno de aquellos viajes que debió hacer en la compañía de taxis que su padre tenía en Funchal (Madeira), su lugar de nacimiento. Baptista había estado una vez de paso por Zaragoza: recordaba vagamente la plaza del Pilar y algunas callejas con tabernas más o menos evocadoras donde le gustó tomar, beber tequila o whisky. Así fue como conocí yo a José. José.

            Baptista conoció las tertulias de amigos y escritores en Casa Emilio, un modesto restaurante por el que han pasado casi todos los artistas y escritores y bohemios de la tierra. Departió con José Antonio Labordeta, Ismael Grasa, Miguel Mena, Pepe Melero, Ángel Artal y Cristina Grande, entre otros. Salió a la calle, asaltada por un cierzo furioso, y experimentó un viejo miedo infantil, descrito por Vila-Matas: Baptista siente auténtico pavor a las tormentas. De niño, en Funchal, los relámpagos, rayos y truenos rebotaban en una inmensa y vertical montaña, cerca de su casa, y aquel estruendo lo sobrecogía. Jamás ha podido superar la impresión: el cierzo loco y frío de la ciudad, Zaragoza es “la novia del viento” y “la novia del cierzo”, le trajo esos recuerdos. Ante la desértica y nocturnal plaza del Pilar, Baptista recordó que había sido un niño enfermizo, protegido por su madre, sus tías y sus hermanas; luego apareció en su vida Carmelita -quizá se enamorase de ella, en un primer momento, por su nombre de corrido mexicano-, otra protectora angelical que lo ha llevado y lo ha traído por el mundo porque él no conduce durante algunos años. La vida, como un bolero o un fado de violentas nostalgias, da muchas vueltas y se expande en adioses y olvidos.

            José Agostinho Baptista es un formidable especialista del fútbol español. Conoce a todos los jugadores, desde Arconada hacia aquí, y recuerda a la perfección la mítica noche del 10 de mayo de 1995 en París cuando Esnáider y Nayim -no le salía este nombre; sí el del exfutbolista e intelectual Pardeza- tumbaron al Arsenal en la Recopa con uno de los goles del siglo. En otro orden de cosas, confiesa que no le atrae Luis Buñuel porque "no me gustan los hombres ingratos. Cuando uno va a un país y se le acoge con generosidad, este no puede ni debe criticar tan ferozmente su forma de vida". Si hubiera sido aficionado al fado, Baptista habría dicho “su extraña forma de vida”. No sabemos si era una crítica general o aludía, como algunos mexicanos de entonces, a la película Los olvidados. No hay quien lo disuada de esa idea. Baptista es un enamorado de México, a pesar de que nunca ha estado allí porque teme al avión. Lo sabe casi todo de Juan Rulfo, de Octavio Paz, de algunos exiliados en la tierra de promisión mexicana, de Malcom Lowry -tiene algo del cónsul de Bajo el volcán-, de Chavela Vargas o de Jalisco, y su casa con jardín es la más mexicana de todas las casas portuguesas. En ella rara vez suele escucharse el fado porque le produce una añoranza insoportable, pero sí podría sonar una ranchera tribal de Lila Downs.

            El día que yo conocí a José Agostinho Baptista, visitó el Moncayo, el monasterio de Veruela –donde se alojaron los hermanos Bécquer; Gustavo Adolfo redactó ‘Cartas desde mi celda’, dibujó y soñó amores imposibles; Valeriano realizó dibujos costumbristas, sobre todo-, visitó el castillo de Trasmoz, vinculado a la brujería, y callejeó por Tarazona, donde visitó la Casa del Traductor, donde también ha estado su querido Enrique Vila-Matas. Vila-Matas, que tiene algo de personaje de Baptista, así como este tiene algo de criatura vilamatiana, dijo que sus padres habían venido a pasar su luna de miel al monasterio de Veruela y que podía asegurar casi con total certeza que había sido engendrado entre sus muros. Baptista, con nobleza lusa, rechazó la invitación de acudir a la Casa del Traductor: no soporta hablar en público, ni en una emisora de radio o en un plató de televisión. Sólo de pensarlo se violenta como un perro rabioso. José Agostinho Baptista es un poeta de la lentitud, un poeta de las soledades, un hombre que mira en derredor y atisba el mar y sus naufragios. Dijo que Tarazona es como un misterio ambivalente: "No podría vivir en un lugar tan cerrado, con este peso de callejas y de historia, y a la vez me encantan estos espacios abiertos, tan modernos. Los bares de aquí son los mejores".

            Nadie consiguió que hablase de poesía. Ni de sus autores favoritos, ni de sus traducciones, ni siquiera de su libro de libros, Biografía. José Agostinho es un poeta sigiloso y profundo como un océano secreto. Si se le preguntaba, daba un giro a la conversación, declaraba su pasión por el Boca Juniors de Riquelme y se quedaba tan ancho. En Litago, otro pueblo del Moncayo donde reside su primera editora española, Trinidad Ruiz-Marcellán, vive un fanático de Boca, que le prestó su camiseta: el economista, editor y profesor universitario Marcelo Reyes. Se la puso y a nadie se le habría ocurrido pensar que ese mismo hombre era el autor de Agora e na hora da nossa morte, ese impresionante homenaje de amor y conocimiento al padre que se despide de todos en un hospital  mientras golpean el viento y la espuma.

 

 

*Este texto aparecerá en breve en Portugal, en portugués, en un diccionario de entradas dedicadas a José Agostinho Baptista. Esta foto pertenece a los archivos de la editorial Baile del Sol que acaba de publicar a José.

AFORISMOS DE RAMÓN EDER

AFORISMOS DE RAMÓN EDER

Algunas personas resultan tan verosímiles que parecen personajes de ficción.

Es como si alguien nos cogiera igual que si fuésemos piezas de ajedrez y nos moviera en el tablero.

No dejes que la tristeza te gane la partida.

Se le cayó el alma a los pies, se agachó, la cogió y se la puso otra vez en su sitio.

J´aime Gil de Biedma.

Entrar en una librería es como volver a Egipto.

No dejes que el periódico te amargue el día.

Era tan inteligente que renunció a serlo a costa de los demás.

Algunos versos son tan malos que resultan inolvidables.

En el cuento de Caperucita Roja la verdad es que hay algo verde.

Juegos de palabras, jugos de palabras.

Una semana rara como una película de Antonioni.

El arte de convertir la ciudad en la que uno vive en un laberinto.

Las serpientes nos alarman porque se mueven exactamente igual que nuestros miedos.

Muchos extranjeros deciden venirse a vivir a España porque es un país exótico en el que, sin embargo, no hay peligro de cogerse la malaria.

Todas las biografías son distintas, pero todas las vidas son iguales.

La primera frase de un libro tiene que ser un anzuelo.

Su risa portentosa nos protegía como un tejado.

Si nos gusta una mujer es difícil que no nos gusten también sus hermanas.

La bondad es una especie de inteligencia superior.

Son indecentes esas películas malísimas que, además, nos hacen llorar.

No tenía perdón de Dios, pero ella le perdonó.

Esperó tanto tiempo que hasta olvidó lo qué estaba esperando.

El que no sabe es como el que no recuerda.

Tenía complejo de Oulipo.

Los cuentos deben ser de una sola pieza.

Las películas malas tienen la ventaja de que afinan nuestra puntería.

Jugaba con las palabras como si fueran sus primas.

 

Ramón Eder (1952) es escritor: poeta, narrador, creador de aforismos. Vive en Pasajes de San Juan. En 2000 publicó en ‘El Híbrido’ el libro de aforismos ‘Hablando en plata’. En 2007, en el sello Eclipsados de Nacho Escuín, su libro ‘Ironías’. Actualmente acaba de terminar ‘El oro de las rubias’, del que aquí anticipa una selección de textos. Mil gracias, Ramón. Ramón es aficionado a la fotografía. Elijo ésta para él. Es de Ellen von Unwerth y bien podría leerse como una glosa visual de “Si nos gusta una mujer es difícil que no nos gusten también sus hermanas”.

 

 

OLGA BERNAD, CINCO POEMAS

OLGA BERNAD, CINCO POEMAS

TODO

Sé desde hace algún tiempo
que ya nada sería suficiente,
salvo absolutamente todo.
Y no sé qué es todo,
no sabría pedirlo ni explicarlo,
no sabría tal vez reconocerlo.
Pero lo quiero todo.
Y no sé si sería suficiente.

 

LA ISLA

No habrá una sola torre en esta isla:
ni la iglesia, ni el faro ni tu alma.
Nada levantará la voz al cielo.
Será la arquitectura de la playa,
la planicie sin fin del mar inmenso,
el horizonte en círculo perfecto
y las luchas de los acantilados
(revolución de espumas y de ahora
que inflama el torbellino de las olas
contra las viejas piedras de los tiempos).
Será la perdición de mi mirada
mi soledad cubierta por el cielo.
No voy a defenderme pero quiero
que me sonrías antes del disparo.

 

SEMPER FIDELIS

 La sed, escandalosamente pervertida
por la necesidad brutal de ser saciada
cada uno de los días de tu vida.
La esclavitud del cuerpo que pretende
su parte del dolor, la primavera
y el ajusticiamiento inmoral de las espigas
con la excusa poética del pan.
El tiempo alegre de las recolecciones
no es más que el escenario del placer,
su sabor a condena y a derrota.
Créeme, yo quería,
pensaba ser estricta primavera,
muerte ideal del alma atrincherada
en la flor del cerezo que la lluvia arrancó.
No dejar de ser flor, morir sin fruto
y siempre sin placer; morir sin dudas,
sin nada más, contigo en la memoria.

Te imagino
buscando como yo la luna negra,
con la misma imprudencia de otros hombres.
Y sólo te prometo que solamente tú
tendrás de mí ese no de tu mirada,
el ciego no de ti,
el que me hace llorar y me despierta.

Pero estoy viva y junio
desespera esta noche mi alegría:
en la fiesta pagana de las recolecciones,
nocturnas hadas bajo los cerezos acarician mi amor
y tú no vienes.
Lo siento.
Ningún ángel me mira cuando espero
ese beso caliente
en el rincón más tuyo de mi cuello
y la nostalgia en junio
de cada escalofrío y del rubor.

 

MILICIANA

 Voy a quemar el pueblo y sus iglesias.
Voy a descerrajar todas las casas,
los cofres, las malditas celosías
por donde llueve luz sobre las celdas.
Y voy a ajusticiar a los soldados:
los pondré de rodillas y de bruces,
los amaré hasta que se acabe el día
y les haré creer nuevas mentiras.

 

DISTINTO AMOR

 No vendo mi alma al diablo por la gloria
que persiguen discípulos más débiles,
ni regalo un minuto de mis sueños
por poderlo contar.

Algo distinto y nuevo me envilece:
mi corazón por una galopada,
ver esta tierra desde tu montura
y saberlo contar. 
 

 

*El pasado jueves me escribió Juan Marqués, nuestro embajador en La Residencia de Estudiantes. Me dijo que su amiga Susana, gallega y librera en Hiperión, le había recomendado un libro: ‘Caricias perplejas’, publicado en Sevilla por la Fundación Ecoem de una autora aragonesa que ha hecho un interesante recorrido en el mundo de los blogs: Olga Bernad (Zaragoza, 1969). Olga está licenciada en Filología Hispánica, trabaja en el Instituto Aragonés de la Juventud y es madre de dos hijos. Empezó como prosista, tiene muchos relatos intermedios y una novela sobre una vida de mujer, ‘Andábata’, que es la denominación que se le daba a los gladiadores que peleaban con los ojos vendados. De golpe, aparecieron sus poemas en su propio blog, en el de Fernando Valls (siempre alerta, siempre insomne hacia la nuevas voces, aunque ande por Berlín, de ópera en ópera, de teatro en teatro, o enviando cartas de amor desesperado a Kajsa Bergqvist o Yelena Isinbayeva y de posible y encendido amor a Gemma Pellicer, la escritora de microrrelatos) y en otras latitudes. Y en editor se enamoró de sus composiciones. Aquí van cinco de ellas que integran el volumen ‘Caricias perplejas’.

JOAO: UN CUENTO DE GIOVANNA RIVERO

JOAO: UN CUENTO DE GIOVANNA RIVERO

João

Giovanna RIVERO

 

En realidad, todo ha empezado mirando cómo el abuelo hunde los carrillos sorbiendo el fuego del cigarro, formando pequeños cráteres, infiernos diminutos, en el cilindro de tabaco. Tose un poco y escupe a un costado. Le dicen que debe dejarlo, pero el abuelo está decidido a sorberse todo el fuego del mundo, de a poco, sin prisas pero sin pausas.

João lo entiende. Es pequeño y cualquiera puede contarle las costillas, pero a los diez ya es posible comprenderlo todo, especialmente si has viajado en tren, si has cruzado el monte, si te han picado las víboras y tu propio abuelo ―dientes podridos, respiración enferma― te ha tenido que chupar el veneno verdoso, como la flema, algo que no ya no estás seguro si es pus o un sueño. João mira el empeine de su pie izquierdo y reconoce la dentadura desigual del abuelo, el modo en que el incisivo se hundió, mientras João se liberaba en la inconsciencia.

João comprende el placer del abuelo metiendo calor en la garganta, quemando las cosas que seguramente ha  amado. João no ha conocido a su madre. El abuelo puede acabarse cajetillas completas de Astoria, las demás marcas le hacen cosquillas. João comprende eso. El abuelo, además, le enseña qué significa cada infierno: “cama”, “taças”, “crime”, “dinheiro”, “vingança”.  João sorprende al abuelo diciéndole que también puede ver “traições”. El abuelo se fuma otro pucho y pareciera que levanta una oreja, como un duende, para escuchar mejor el anuncio de los grillos. Pero João sabe más y mejor que los grillos.

 João piensa de sí mismo que es un adulto.

Los han traído hasta Santa Cruz para hacer un trabajo. Una mujer quiere que alguien muera, alguien a quien odia. João ya sabe reconocer entre el odio y los simples ajustes. “Se a senhora odeia a alguém, a senhora quer que seu sofrimento seja longo. Se é sua dignidade a que está ferida, a senhora procura que se suscite uma  tempestade, rápida, mortal, que a alivie”.

El abuelo y João van hasta la quinta de la mujer. Los alojan en una casa vieja pero llena de comodidades, algo que no es del todo real. La mujer dice que pueden quedarse allí hasta que el trabajo esté consumado. João no sabe si soportará los noventa días que el abuelo ha establecido como plazo. A João le gustan los árboles y las quebradas, pero la casa le parece horrible. El permanente zumbido eléctrico de un neón que atrapa mosquitos, hipnotizándolos, haciéndolos estallar como cenizas, le produce asco. Prefiere que le piquen, como la víbora. João quisiera decirle al abuelo que no necesitan hacer ese trabajo. En la frontera siempre es posible arreglárselas. João no quiere escuela ni zapatos nuevos. A João no le aburre mirar al abuelo fumando. João está inquieto allí y no sabe por qué.

“Vamos pronto, avô”, le ruega João. La piel oscura del abuelo se arruga, las cejas blancas no le iluminan la mirada.

El abuelo dice que los trabajos comprometidos se cumplen.  Ganarán mucho dinero, vivirán en Puerto. El abuelo atrae la cabeza del niño y la aprieta contra su pecho. João tendrá una mejor vida. João pregunta qué cosa ha apostado el abuelo. En la quinta, extrañamente, hay árboles y ríos, pero no animales. El abuelo dice que todo saldrá bien. Ou Você não acredita?

João acredita. João es todo fe.

Esa noche, João se levanta con pisadas de tigre, desde el umbral ve dormir al abuelo sobre el catre raquítico, apenas una colcha gris sobre la parrilla, pues ha tirado el colchón demasiado blando al piso. El abuelo farfulla cosas,  la respiración se interrumpe por un segundo y el abuelo se vuelca hacia la pared, definitivamente hundido en el trance egoísta del sueño. João saca los atados de cigarrillos y sale hasta el umbral de la horrible casa. Es agosto y los pastizales no se parecen al monte de la frontera. Son largos, como llamas, pero están secos.

João saca un pucho y lo frota. Fuma. Es la primera vez que fuma. Le gusta ver cómo, a causa de su joven respiración, se van formando los cráteres que le revelan cosas.

Você é o filho do fogo” le dijo un día su abuelo. Miraban fascinados el momento en que el sol topaba el agua. El pie de João había comenzado a descamarse, pero la piel nueva era aun más morena.

João se adentra en los pastizales y sorbe con furia el pucho, como lo ve a hacer al abuelo cuando está trabajando en serio. Sopla João hacia los cuatro puntos cardinales, no descuida su camino ni su espalda.

Las pequeñas astillas de fuego se esparcen en el campo y las espigas secas comienzan a cobrar vida como si João se hubiera convertido en un Dios. Un Dios frágil pero severo.

João hunde los carillos como el abuelo, tose, escupe. Todo ese campo muerto ahora vive. Y es suyo.

João ve su cara morena en el pozo más profundo del cigarro. Pero su cara desaparece de inmediato en la avanzada roja del mundo que va creando con su respiración. João piensa que eso jamás podrían enseñárselo en la escuela.

João comprende las apuestas del abuelo y las suyas propias. A los diez ya se te ha abierto el alma.

João siente calor pero no miedo. Largas y obedientes, las espigas de fuego se doblegan a los pies de João y comienzan a lamerle el empeine marcado, las piernas flacas y morenas, el estómago, el cuello de criatura sin madre. 

El corazón de  João comienza a latir con el ritmo de una música que escuchó alguna vez.  Siente ganas de llorar, pero no es saudade o dolor. La luz anaranjada del campo pinta chispas en el pelo azabache crespísimo. “O filho do fogo”, susurra el niño, fascinado ahora con esa sustancia que él mismo ha creado y que lo abrasa con ternura, de manera total, sin dejar para el imposible futuro ni un solo hueso o siquiera la insinuación de un cartílago. En ese momento, para João, todo es perfecto, todo está muy bien, nada falta y no está solo, como si acabara de nacer.

*Me gustó mucho el libro de relatos de Giovanna Rivero, 'Niñas y detectives', que publicó a principios de verano Bartleby, el sello del infatigable Pepo Paz. A través de su editor, la escritora me ha mandado este relato. Cosa que le agradezco. La foto es del brasileño Tiago Santana.