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Antón Castro

Escritores

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ EN ANTÍGONA EL DÍA 21

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ EN ANTÍGONA EL DÍA 21

Julia Millán, de librería Antígona, manda esta nota:

[Estimados amigos y amigas,

El próximo miércoles, 21 de enero, a las 8 de la tarde, presentaremos Cuaderno Boliviano, último libro de MIGUEL SANCHEZ OSTIZ, publicado por la Editorial Alberdania en su colección Alga.


Para hablarnos del libro contaremos con la presencia de Julio José Ordovás, Fernando Sanmartín y el autor.

Os esperamos]




SOBRE EL ‘CUADERNO BOLIVIANO’

"Cuaderno boliviano es la crónica e impresiones de un viaje por una Bolivia convulsa, laberíntica, hecha avispero, donde conviven mal que bien 36 etnias diferentes, en apariencia abocada al enfrentamiento si no tuviera como ritual los tynkus pacificadores. Crónica y cuaderno de campo de un viaje a un país multiétnico, plurirracial y pluricultural a la fuerza, y de la errancia por esa ciudad, La Paz, en la que en una misma mañana te tropiezas con un entierro, una procesión, un desfile militar y una manifestación que huele a pólvora y que puede terminar delante del lujo suculento de una gastronomía "al paso" o en las casas de comidas. Y tras la Paz y el altiplano aymará, Sucre, la ciudad blanca, donde se dio el grito libertador de América Latina, y por cuyas calles van a la deriva los ja’lkas, el grupo étnico más pobre de Bolivia; y el Potosí del Cerro Rico, la ciudad de las casas llanas y de juego, los espadachines, los pícaros y los nobles no menos pícaros, donde se enfrentaron vicuñas y vascongados, y los niños siguen trabajando en minas de plata que matan, y junto a ellas la desolación de las minas de estaño de Llallagua, con el recuerdo de las matanzas de mineros en el tiempo de la guerrilla de Che Guevara, y la Cochabamba de las buganvillas gigantes, las abiertas conspiraciones en los cafés y la muerte al fondo de los enfrentamientos raciales: mercados, casas de comidas, chiflerías y curanderos, carreteras vertiginosas, patios virreinales, cafés de conspiradores y aventureros, tránsfugas y escritores..."

http://culpinak.blogspot.com/2008/05/el-amigo-miguel-snchez-ostiz.html

[Curiosamente, ayer me llamó Fernando Sanmartín para hablarme de este libro, de Miguel Sánchez-Ostiz, a quien entrevisté por extenso en los años de ‘El Día’, y hablamos de sus dedicatorias siempre a Dominique, igual que Conget dedica sus libros a Maribel y Enrique Vila-Matas a Paula de Parma. Buscando, en el blog anterior, encontré esta estupenda dedicatoria de Sánchez-Ostiz.]

VICENTE GALLEGO RECITÓ 'ODA' PARA 'BORRADORES'

VICENTE GALLEGO RECITÓ 'ODA' PARA 'BORRADORES'

[Ayer por la tarde, con Laura Mediano y otro compañero de Aragón Televisión, grabamos una entrevista a Vicente Gallego y a Carlos Marzal. Vicente fue entrevistado luego por Lorenzo Oliván en el Centro Joaquín Roncal. Era casi un diálogo paralelo en torno a la poesía, la vida, los ecos de Gil Albert, César Simón y Paco Brines, la relación entre poesía y prosa… La foto es de Horst P. Horst. Vicente leyó este estupendo poema:]

 

Oda

 

Tú eres canto de amor
bajo la piel traslúcida del día,
circulación del alma en las vistosas alas
de las formas terrestres,
destello que delata, jubiloso,
la condición solar de la materia.
Tú has sembrado en la noche
tu plateada flor iridiscente,
y es la muerte por ti una perla negra.

Tú eres alta embajada
del subterráneo fruto,
y está arriba tu sitio, en la fugaz
superficie lograda de las cosas:
brillo eterno del mundo,
rocío del mirar enamorado.

 

Vicente Gallego

 

JAVIER MORENO PRESENTA 'CLICK'

JAVIER MORENO PRESENTA 'CLICK'

Esta tarde, a las 19.30 en el Fórum de la FNAC de la Plaza España, que coordina el poeta y viajero Ángel Gracia, el narrador y poeta Javier Moreno (Murcia, 1972) presentará su novela Click, editada por el sello barcelonés Candaya. El libro cuenta la historia de Quisque Serezádez, un personajes obsesionado por la belleza y por algunas mujeres (en sus inicios, por Merceditas o Merche, hermana su amigo Álvaro, que pronto dejará de serlo). Se trata de una novela más o menos fronteriza donde todo es posible: la fantaciencia, las obsesiones, la fagmentariedad, la libertad creativa, la corriente imparable de sentimientos y de discursos. El volumen se inscribe en esa denominación genérica de la estética de la ‘generación nocilla’. Será presentado por Manuel Vilas, que prepara novela con Alfaguara. 

 

FÉLIX ROMEO CUMPLE HOY 41 AÑOS

FÉLIX ROMEO CUMPLE HOY 41 AÑOS

Félix Romeo, el viajero constante,

el enamorado de Zaragoza,

el curioso incansable,

el buscador de libros y autores,

el morador de Las Fuentes,

el lector de  todo lo humano y lo extraterrestre,

el explorador de literaturas y de gastronomías,

el noctámbulo paseante de la calle Conde de Aranda,

Félix Romeo cumple hoy 41 años.

*Esta fotografía está realizada por el gran fotógrafo de escritores: Daniel Mordzinski.

GEORGINA HÜBNER Y JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

GEORGINA HÜBNER Y JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Epístolas a una diosa en Lima

 

Historia de un amor imaginario)

 

Georgina Hübner fue una mujer imaginaria, aunque sí existió en Lima una muchacha morena, de cara redonda, que se llamó así. Juan Ramón Jiménez hacia 1904, cuando vivía la fiebre del Modernismo y acababa de publicar un bello libro titulado Arias tristes, amó a una presencia lejana de poco más de veinte años que firmaba Georgina Hübner. Expertos en Juan Ramón como Ricardo Gullón, Antonio Campoamor, Aurora de Albornoz, Melchor Fernández Almagro, Juan Guerrero Ruiz o Antonio Oliver  Belmás abordaron esta delirante peripecia de amor e invención.

         Tampoco es extraña esta fascinación, sufriéndola quien la sufrió: aquel muchacho despatriado --tal como bautizó Ignacio Prat al poeta de Moguer en su libro El muchacho despatriado. Juan Ramón Jiménez en Francia (1901)-- que tendía a enamorarse irremediablemente de un modo platónico de muchas mujeres: Marthe y Denise Lalanne, Francina, una novicia. También él fue objeto de deseo: la joven escultora Marga Gil Roësset se mató de amores contrariados en Las Rozas, en 1932, cuando ella contaba 22 años y él 50. Antes de suicidarse, la desdichada dejó una carta, rescatada por Blanca Berasátegui, donde pedía disculpas a Zenobia Camprubí Aymar y le confesaba: «En fin me he enamorado de Juan Ramón y siendo tu amiga aquí ya está mi culpa. Le he dicho que le quiero y le he pedido que se case conmigo; ¡estaré loca! Pero como él te quiere, ¡te quiere!, pues me ha dicho que no, que nunca.» Desde esa primera pista, se han publicado muchos textos y una biografía de la escultora, Amarga luz, redactada por la fotógrafa y poeta Magda Clark, que era sobrina suya un tanto lejano.

         Arias tristes, el libro que desencadenará el episodio Hübner, estaba dedicado a diversas damas: la sombra de una novia de Moguer como Blanca Hernández Pinzón, algunas monjas, amantes soñadas. La historia comenzó en 1904 cuando los integrantes de La Sociedad de Beneficiencia Pública de Lima (dos especialmente: José Gálvez Barrenechea y Carlos Rodríguez Hübner, primo precisamente de la muchacha real) leyeron una crítica del poemario en el diario Abc. Juan Ramón, además, era asiduo colaborador de la revista Blanco y Negro. Al cabo de un tiempo decidieron urdir una estratagema para conseguir el libro, que no se podía adquirir en la ciudad. Hablaron entre ellos y determinaron tomar prestado el nombre de una prima de Carlos Rodríguez Hübner, Georgina, para dirigirse al poeta. Le cursaron una carta púdica y afectada, idónea para la sensibilidad enfermiza de Juan Ramón, que acababa de quedar huérfano de padre y vestía de negro únicamente, con el objeto de que les remitiese la obra. En el fondo, José Gálvez y Carlos eran unos mitómanos, mitómanos y perversos, y esperaban amontonar autógrafos, cartas, fotos firmadas, envíos gratuitos de un creador al que admiraban.

         La primera carta de Georgina decía así:

        

         Señor: por el bisemanario español Abc me he impuesto de la publicación de un libro de poesías de usted, titulado Arias tristes. He buscado inútilmente el referido libro en los centros libreros de esta capital, y en la imposibilidad de conseguirlo, me permito sugerirle tenga la bondad de enviármelo, dispensando la molestia que este le ocasione. No le remito a usted el valor del ejemplar (tres pesetas), pues no hay giro por esa cantidad. Reciba usted mis agradecimientos anticipados por este favor y mande en la voluntad de su atta. y s. s. Georgina Hübner. Lima, 8 de marzo de 1904. Mi dirección: Georgina Hübner, calle de Belaochaga,número 142. Lima.

 

         A Juan Ramón esa carta le conmovió, a pesar de que recibió el mensaje con casi dos meses de retrato. El 6 de mayo le responde con el primer vendaval amoroso de su corazón.

 

         A Georgina Hübner en Lima: He recibido esta mañana su carta tan bella para mí, y me apresuro a enviarle mi libro Arias tristes, sintiendo que sólo mis versos no han de llegar a lo que usted habrá pensado de ellos. La carta de usted es del 8 de marzó, a mí no me ha venido hasta hoy, 6 de mayo. No me culpe de la tardanza. Si usted me envía siempre su dirección --en el caso de que vaya a cambiar de domicilio--, yo mandaré a usted los libros que vaya publicando, siempre --claro está-- con el mayor placer. Gracias por su fineza. Y créame muy suyo, que le besa los pies. Juan Ramón Jiménez.

 

         La segunda carta de Georgina Hübner aparentaba ser de arrepentimiento, como si reconociese que había cometido un desliz o una imprudencia, aunque luego agrega que se siente mejor al haber leído el libro, ése parecía otro ardid muy bien estudiado para minar el frágil corazón y la vanidad del escritor.

 

         ¡Mas felizmente todos mis desasosiegos se han calmado, todas mis dudas han desaparecido, al recibir su atenta carta y su hermoso libro! Sus versos llenos de tristeza hablan del corazón y al cadencioso vibrar de las notas melancólicas de Schubert, recordaré esas estrofas en las que vaga el perfume delicado y suave del alma de su autor. Si le dijese a usted que una parte de su libro me gustaba más que la otra, mentiría. Cada una tiene su encanto, su nota gris, su lágrima y su sombra. Que esas vistas que le mando le agraden es el deseo de su amiga y admiradora. Georgina Hübner. Lima, 23 de junio de 1904.

 

         Los impostores lo hacían muy bien. Parece ser que la caligrafía, preciosa, era de otra mujer, pero la verdadera Georgina Hübner no sabía nada. Las epístolas empezaron a cruzarse con mucha frecuencia y la mujer imaginaria que escribía fue cediendo en su pudor, en su timidez, para entrar en el juego de Juan Ramón: éste, hechizado, empezó a responder con idéntica pasión y lirismo a unas cartas de enamorada que se ofrece espiritualmente desde la distancia. El vate incluso le ofreció dedicarle su nuevo libro Jardines lejanos, en el pórtico iba a ir esta leyenda: A Georgina, este libro que debió ser todo para ella», pero la dama le disuadió. Las mejores palabras de ternura inflamaban la correspondencia del poeta. Como Juan Ramón conocía muy bien a San Juan de la Cruz y los versos «la dolencia de amor sólo se cura con la presencia y la figura», creyó que era el momento en que debían conocerse personalmente. En un principio le pidió a ella que viniese a España, pero tal vez de inmediato le hizo saber que en caso de que eso fuese imposible, iría él a verla.

         El curso de los acontecimientos empezaba a preocupar a aquellos traficantes de sentimientos. Juan Ramón era un filón: construía desde lejos, carta a carta, el sueño de la amada ideal, y ésta se agigantaba mensaje tras mensaje. Decidieron, para apaciguar su ardor romántico, recluir a Georgina en un balneario porque «está muy enferma.» La nueva travesura no surtió efecto. Además, la espectral Georgina Hübner le escribió una nota que no podía dejar indiferente a Juan Ramón.

 

         Recibí su última carta, aún no del todo repuesta de una enfermedad que me tuvo en cama por unas semanas. Mi familia, asustada, me llevo al Barranco, un pintoresco balneario, y después a La Punta, lugar de veraneo también, muy solo y muy triste (...) ¡cuánto he pensado en usted, amigo mío! Un primo mío me llevó Ninfeas, y con él he sentido mucho. Sus versos dulces y suaves me sirvieron de compañía y de consuelo. Recuerdo mucho el día que leía El alma de la luna, tiene un fondo melancólico que me encanta y que me hizo pensar --yo no sé por qué-- en el alma de las cosas. ¿Me pregunta usted si me he enojado porque me pide mi retrato? ¡No! No me crea usted tan pequeña de espíritu. Espere, ya irá: pero antes justo es que me mande el suyo. Ya casi puedo decir que estoy bien; sólo de cuando en cuando una tosecilla seca me desgarra el pecho, ¡Y hay días en que amanezco tan triste!

 

         La broma era perfecta y totalmente seductora, y estaba elaborada con refinamiento, con la estética propia del momento. Los poetas peruanos conocían la vulnerabilidad de Juan Ramón y en ocasiones parecían ir hasta el recochineo. Ella le indica su nueva dirección en esta misiva y dice que vive en Amargura, 275, principal.

         El poeta enaltecía a la joven, soñaba que era una diosa taciturna que asomaba a su vida, y se sabía protagonista y dueño de una embriagadora aventura de amor. Tuvo un arrebato de coraje o de frenesí voluptuoso. Se ofreció para casarse con ella. Es verdad que Juan Ramón Jiménez había estado internado en Francia en 1901 por desequilibrios, es cierto que mostraba un temperamento enfermizo y soñador, capaz de cometer locuras sentimentales, ¿pero no demuestra su intención y esta respuesta una firme creencia en su amada ilusoria, una sincera desesperación de amor?

 

         ¿Para qué esperar más? Tomaré el primer barco, el más rápido, el que me lleve a su lado. No me escriba más. Me lo dirá usted personalmente, sentados, los dos frente al mar, o entre el aroma de su jardín con pájaros y luna.

 

         Esta nueva epístola creó una gran zozobra en el grupo peruano, que debió asustarse. La historia se le iba de las manos. Y buscó una solución rápida y cruel. Antes de nada, al parecer, los embaucadores hicieron saber la historia al completo a la auténtica Georgina Hübner, quien dejó muy claro que deseaba cortar por lo sano con aquella travesura. Se reunieron y determinaron matar a la joven de una tisis galopante, y se lo hicieron saber al poeta antes de pudiese embarcar mediante un telegrama que cursaron al cónsul de Sevilla. La misiva de los integrantes de la Sociedad de Beneficencia Pública de Lima decía:

 

         Georgina Hübner ha muerto. Rogámosle comunicar la noticia a Juan Ramón Jiménez. Nuestro pésame.

 

         Ahí pareció acabarse el infausto idilio, aunque Juan Ramón Jiménez dejó testimonio de la sinceridad de sus afectos en un poema magnífico y sentido que incluyó en Laberinto, en 1913, justo el año en que iba a conocer a la mujer de su vida Zenobia Camprubí. Años más tarde, Antonio Oliver Belmás, poeta del 27 y biógrafo de uno de los impostores en José Gálvez y el modernismo, intercedió por el grupo. Juan Ramón les perdonó, y la mejor prueba de su clemencia fue que habló del asunto en varias ocasiones --Juan Guerrero Ruiz lo recoge en varias citas en su Juan Ramón de viva voz. Cotejamos la edición de Ínsula de 1961, Pre--Textos reeditó el volumen-- y permitió a Ricardo Gullón rescatar alguna carta cuando él vivía, aunque el epistolario completo no apareció hasta 1960, en Ínsula. El poeta nunca llegó a conocer a la verdadera Georgina Hübner, quien murió en 1958 en Colombia, seis meses después de la propia muerte del poeta. Para entonces, sin saberlo tal vez, ya era inmortal merced a este largo poema de Laberinto, del que ofrezco el fragmento final:

 

Ahora, el barco en que irá, una tarde, a buscarte,

no saldrá de este puerto, ni surcará los mares;

irá por lo infinito, con la proa hacia arriba,

buscando, como un ángel, una celeste isla...

¡Oh, Georgina, Georgina!¡qué cosas!..., mis libros

los tendrás en el cielo, y ya le habrás leído

a Dios algunos versos...; tú hollarás el poniente

en que mis pensamientos dramáticos se mueren...;

desde ahí, tú sabrás que esto no vale nada,

que, salvando el amor, lo demás son palabras...

¡El amor!, ¡el amor! ¿Tú sentiste en tus noches

el encanto lejano de mis ardientes voces,

cuando yo, en las estrellas, en la sombra, en la brisa,

sollozando hacia el Sur, te llamaba: Georgina? (...)

 

El cónsul de Perú me lo dice: «Georgina

Hübner ha muerto...»  Has muerto. Estás sin alma en Lima,

abriendo rosas blancas debajo de la tierra...

Y si en ninguna parte nuestros brazos se encuentran,

¿qué niño idiota, hijo del odio y del dolor,

hizo el mundo, jugando con pompas de jabón?

 

         El enigma no se cierra aquí del todo. Existió otra mujer que cedía su hermosa caligrafía para el engaño. Y de sus verdaderos sentimientos nada se sabe ni nadie ha escrito ni una palabra: acaso ella sí estuviese con su alma entera en las páginas apasionadas y hondas de la impostura. Seguro que con el paso de los años, el forjador de leyendas que fue Juan Ramón Jiménez debió imaginarse algo así y fantasear de nuevo con aquel rostro, con las manos níveas y con su delicioso e incógnito abatimiento.

 

*Hace algunos años, en la revista La Expedición, que dirigían Fernando Sanmartín y Adolfo Ayuso, publiqué este artículo. Es una de las historias de amor imaginario más poéticas y terribles que he leído nunca. Aparecerá en un libro que estoy preparando de artículos literarios. Lo rescato aquí porque lo he encontrado por casualidad entre mis páginas, que también me llevaron a las de Magda Díaz Morales de México, que ha reproducido esta estupenda e increíble historia del poeta perpetuamente enamorado.

[Juan Ramón Jiménez retratado por Joaquín Sorolla.]

 

 

ANTONIO SERRANO CUETO: DOS MICRORRELATOS

ANTONIO SERRANO CUETO: DOS MICRORRELATOS

[Le he pedido a Antonio Serrano Cueto que me envíe algunos de sus microrrelatos. Y aquí están dos, inéditos, lleno de inquietud y sorpresa. Dos auténticos cuentos breves, como relámpagos de perplejidad.]

 

LADRONES DE MIRADAS


En el andén del metro F. y N. se buscan las miradas. F.
encuentra la mirada de nieve de ella, la atrapa y la encierra en
un cofre bajo dos vueltas de llave. N. encuentra la mirada de
fuego de él, la atrae y la encierra en una habitación oscura,
tenuemente iluminada por el ojo de un ventanuco. Allí la somete a
un arduo interrogatorio y, quemándose los párpados, recorre el
historial de la visión de F. para descubrir dónde puso la llave.

PEDRO LAPSO Y LA FUERZA GRAVITATORIA


En la víspera del nacimiento de su primer hijo, a Pedro Lapso
se le cayeron varios objetos de las manos. Los más eran
menudencias recuperables y su caída no produjo ningún quebranto.
Sin embargo, otros eran objetos valiosos que estallaban con
estrépito y pasmo. Era como si la fuerza gravitatoria se hubiese
empeñado en demostrarle su omnipresencia. Asustado y temiendo
males mayores con el niño, Pedro Lapso se amputó los brazos. Por
eso no pudo evitar, aun estando a su lado, que a su mujer se le
escurriese el bebé.

 

 

LUIS ALEGRE CUMPLE HOY 47 AÑOS

LUIS ALEGRE CUMPLE HOY 47 AÑOS

Cuando yo tenía 5 o 6 años y vivía en Lechago y Calamocha, para mí Zaragoza era una especie de ciudad mítica por una exclusiva razón: en Zaragoza jugaba el Real Zaragoza. En Zaragoza vivían mis héroes de entonces. Recuerdo muy bien la primera vez que viajé a Zaragoza con mis padres y hermanos. Veníamos a la Basílica del Pilar, a la boda de mi prima Maribel. Pero si a mí me hacía ilusión venir a Zaragoza era, sobre todo, porque yo creía, ingenuamente, que en cualquier momento me podía tropezar con Marcelino o con José Luis Violeta. Me pasé el día de la boda mirando de un lado a otro, por si de repente aparecía por allí uno de ellos. Pero no sólo eso no sucedió sino que, encima, el viaje me sentó fatal, me mareé en las endiabladas curvas que tenía aquella carretera y tuvimos que parar el coche varias veces para que yo vomitara.

 

Superado el chasco de la primera vez, el resto de mi relación con Zaragoza ha sido, está siendo, excelente. Y no sólo con la ciudad de Zaragoza que, es directamente, mi casa. Hay otros muchos lugares de esta provincia asociados a instantes magníficos que casi siempre tienen que ver con el cine. Entre mis 12 y mis 14 años residí con mi familia en las afueras de Fuentes de Jiloca, donde me recuerdo por sus montes escuchando en Radio Zaragoza a Paco Ortiz glosando las gestas de Arrúa, Diarte o Perico Fernández. Me recuerdo años después en Sos del Rey Católico, con Alberto Sánchez, Luis Berlanga, Alfredo Landa, José Sacristán, Fernando Baldelloú y Pascual Peiró en el rodaje de La vaquilla; me recuerdo en Fuentes de Ebro, en la Semana de cine con José Antonio Aguilar y Cristina Palacín. Y con Cuchi, Carlos Pérez Anadón, Roberto Fernández y Asunción Balaguer el día en el que María Pilar Palacín, la entonces concejala de cultura de Fuentes, decidió dedicarle una calle a su ídolo, Paco Rabal; me recuerdo en Bulbuente, con Julio Alejandro y Agustín Sánchez Vidal; me recuerdo en Monegrillo con Bigas Luna, Penélope Cruz, Javier Bardem, Jordi Mollá, Anna Galiena, Chema Mazo y Stefanía Sandrelli; me recuerdo en el Monasterio de Veruela con José Luis Cuerda, Antonio Resines y Alfredo Landa en el rodaje de La Marrana; me recuerdo con Carlos Forcadell enseñándole el pueblo viejo de Belchite a Perico Beltrán; me recuerdo en la comarca de Calatayud, con Fernando Fernán Gómez, Antonio Banderas, Ana Gracia, Alejo Lorén, Ramón Pilacés y Gabriel Latorre en el rodaje de Réquiem por un campesino español y con Terele Pávez y María José Moreno en el de El aire de un crimen; me recuerdo en Cariñena, con Julio Medem, Carmelo Gómez y Emma Suárez en el rodaje de Tierra; me recuerdo en Alfajarín, con Antonio Resines y el grupo de amigos de Ignacio Martínez de Pisón en el rodaje de su Carreteras Secundarias; me recuerdo aquí, en Zaragoza, con Miguel Ángel Lamata en el rodaje de Una de zombis y con Antonio Artero y José Antonio Labordeta y su hija Ana en el rodaje de Biografía interior; me recuerdo en Fuendetodos, con Joaquín Jimeno, Roberto Sánchez, Carlos Saura y Maribel Verdú en la casa natal de Goya; me recuerdo con Genoveva Crespo, Carmen Puyó y Lola Campos tratando de enseñarle a Jorge Perugorría el acento aragonés para que hiciera de Goya; me recuerdo con Imperio Argentina y José María Pemán y Luis María Garriga en Borja y en La Almunia de Doña Godina. En realidad en La Almunia me recuerdo con mucha gente. Aunque será difícil de olvidar aquel día en el que un chico de allí, de la Almunia, en un bar, le lanzó a Maribel Verdú uno de los piropos más divertidos que he escuchado en mi vida. Le dijo: "Hala maña, que si tú fueras mi madre, mi padre dormiría en la escalera". 

*He seleccionado aquí un fragmento de su discurso de recepción de la medalla de Santa Isabel de Portugal.

 

 

 

 

CARLOS BARBÁCHANO GLOSA A DULCE MARÍA LOYNAZ

CARLOS BARBÁCHANO GLOSA A DULCE MARÍA LOYNAZ

[Carlos Barbáchano me envía este artículo sobre Dulce María Loynaz, Premio Cervantes en 1992, y su libro Últimos días de una casa. Es el artículo extenso y hondo que analiza también otro libro muy sugerente Un verano en Tenerife.]

 

Por Carlos BARBÁCHANO

 El pasado 31 de diciembre se cumplía medio siglo de la aparición en Madrid, 27 años antes que en Cuba, del poema mayor de Dulce Mª Loynaz, Últimos días de una casa. Se edita en formato de pequeño libro, con prefacio de Antonio Oliver, esposo de Carmen Conde, en la imprenta de los Hnos. Soler. Pocos días después, curiosa coincidencia, sobreviene la Revolución Cubana, que da al traste con la organización social y política  de la isla bonita, carne de dictadura a lo largo del siglo.

     La revolución que infiltra el largo poema de Dulce, medio millar de versos blancos agrupados en cortas y flexibles estrofas en un largo y emocionante monólogo donde la propia casa que acogió la juventud de la poeta nos relata sus tres últimos días de existencia, poco tiene que ver con el levantamiento popular de comienzos de 1959. Loynaz nos dramatiza líricamente la desaparición de la clase patricia cubana, simbolizada en la mansión del Vedado, y el asentamiento de la boyante burguesía  que desde inicios del XX había tomado las riendas del poder económico a través de un capitalismo salvaje que en pocas décadas acabaría con los antiguos valores.

     Los dos grandes vectores narrativos, el espacio y el tiempo, articulan el poema que se abre en medio de un inquietante e inhumano silencio, un silencio incómodo y viscoso que contrasta con el silencio humano que sentía a veces cuando se vivía en ella y sus moradores se ausentaban o el sueño reponía sus fuerzas. Ese conocido silencio provenía “de ellos”; incluso sus ausencias conllevaban regresos. La casa los notaba siempre unidos a ella “por alguna cuerda invisible, íntimamente maternal, nutricia”. Puesto que el hombre, aunque no lo sepa: “unido está a su casa poco menos/que el molusco a su concha”.

     Esta reflexión martiana encabezará otras distintas que rítmicamente engarzan las diversas partes del poema potenciando sus efectos dramáticos por medio de evocaciones del pasado. Otro silencio nos lleva a la muerte la Ana Mª, una de las niñas, muerte que anticipa la destrucción de la casa y que le impulsa a declarar con melancolía: “soy ya una casa vieja”.

     Constatación que nos conduce a la vejez y a la carencia de espacio. Los nuevos tiempos comportan un asunto tan actual como el de la especulación del suelo, lo que además supone la progresiva desaparición de los árboles, los pájaros, el sol, la presencia visible del mar… La casa se ve cercada por nuevas casas, se siente “ya su prisionera”, “extranjera en su propio reino”.

 

     “Cuando me hicieron, yo veía el mar”, nos confiesa; lo tenía cerca, “como un amigo”. Poco a poco va perdiendo su visión, deja de paladear sus hermosos crepúsculos. Y tal vez “todo: el mar, el aire, /los jardines, los pájaros,/se haya vuelto también la piedra gris,/de cemento sin nombre”.

     Recopilación y síntesis de lo anteriormente enunciado, estos versos nos llevan a la materia que resume la falta de ética de la nueva época: el cemento. “El mundo se nos hace de cemento (…) Y el mundo es ya pequeño, sin que nadie lo entienda”. Los hombres viven ahora como las abejas en sus pequeñas celdas (recordemos “los cubículos” de Cernuda en La gloria del poeta, “escalonados los unos sobre los otros”). En las casas nuevas, que también compara con hormigueros, no hay espacio “ni aún para morirse”. “Tampoco nadie nace en ellas”, constata. De manera que el círculo de la vida cada vez se aleja más de nuestras vidas, y una casa ya no es un hogar sino la celda de la que sin rejas somos prisioneros.

     “Esa extraña fuga de los muebles”, así se sintetiza, surrealmente, el traslado de los enseres de la casa. Esa sensación de extrañamiento le aterroriza mientras cae la noche y se asienta ese silencio angustioso que envuelve el comienzo del poema.

     Llega el segundo día. Nadie viene. Además de vieja, la casa se siente enferma y pide “que alguien venga/ a recoger los mangos que se caen”, “a cerrar la ventana del comedor”, “a ordenar, a gritar, a cualquier cosa”.

     Tras las súplicas se enhebran las primeras cuentas de un rosario de dolorosas paradojas (quien ha albergado a tanta gente es ahora un cascarón vacío, “una ropa sin cuerpo que se cae”), contrasentido que busca la complicidad del lector y su propia autoestima; pese a su decrepitud ha sido capaz de resistir humedades y ciclones, y esperanzada pide “un poco de cal y de ternura” para recomponerse, materia y espíritu que le insuflen nueva vida.

     Pero nadie vuelve. El polvo que todo lo invade es el fruto maldito de la ausencia, el síntoma del cáncer moral que arrastran los nuevos valores. A lo lejos el sonido de las campanadas que señalan las tres de la tarde, su única compañía. Era la hora feliz: la de la sesión de costura, la hora de compartir sueños y confidencias.

     A las tres se abre la puerta. Los dueños vuelven, por muy poco tiempo. Han venido a buscar algo que no encuentran.  “¿Y qué se puede hallar en una casa/ vacía sino el ansia de no serlo/ más tiempo”, se pregunta y nos pregunta. La menor de las niñas le arranca el rosal de la enredadera y el dueño, antes de irse, se detiene en el umbral para observarla lentamente, “como los hombres miran a los muertos”. Mirada que no entiende porque se siente viva, “gozosa de sentir su aliento”, y aquí se nos regala una de las metáforas más hermosas del poema: gozosa de sentir “el aprendido musgo de su mano”.

      Después de esa breve visita piensa que regresarán en diciembre, “porque la Nochebuena se pasa siempre en casa”. La casa rememora las Nochebuenas pasadas, todas alegres, excepto la del año en que murió Ana Mª y la del año pasado, una celebración marcada por la tristeza, por los presentimientos  de abandono. “Ahora la tristeza –concluye- es sólo mía (…), es la cosa más mía que he tenido”. En ese momento los recuerdos se funden con el presente pero sigue lúcida al proclamar que no es un cuento lo que relata  sino “una historia limpia”, la de “una vida honrada” que representa “un estilo que el mundo va perdiendo”; y surge la nostalgia, el dolor manriqueño por la pérdida de los valores que el mundo actual ha desestimado.

     La casa se siente “con alma”, adquirida por contigüidad, como las metonimias (“tal vez tenga ya un alma por contagio”), mas propia ya. Se pregunta entonces: “¿Cómo es posible que no sientan los hombres el alma que me han dado?” La respuesta a esta pregunta va a cerrar el poema con brutal contundencia. Pero antes, consecuentemente con la repetida técnica del contraste, se nos ofrece un nuevo remanso de paz.

 

     Un día nuevo. El tercer y último día. De madrugada se acercan hombres desconocidos. Toman el jardín, como una nube de hormigas que invade el césped. El más joven de ellos se acerca a la casa. Sus ojos son “azules e inocentes”, como los de la niña muerta. El joven está ya frente a la casa y musita entre los labios una canción mientras levanta su pica. El contraste llega al límite porque el día es radiante, esplendoroso: “La mañana es tan dulce, / el mundo es todo tan hermoso, /que quisiera decírselo a este hombre; / decirle que un minuto se volviera/ a ver lo que no ve por estarme mirando”.

     En este último verso Dulce sintetiza con precisión una de las características más significativas de la vida moderna: el mirar sin ver, comparable al oír sin escuchar. Ya no hay tiempo, tampoco, para ni siquiera mirar. “No mira nada, blande el hierro…/ ¡Ay los ojos!...” El primer golpe, certero, es en los ojos, justo en lo último que fija la casa su atención: en los ojos azules del joven. Tamaño golpe le lleva a perder la consciencia, a no saber si sueña o está despierta. Se siente “del otro lado de la pesadilla”, “despegada de sí misma”.

     Pero las sensaciones son reales, lacerantes, y, como las tres heridas hernandianas, tres contundentes imágenes nos transmiten su patente dolor: “¿Qué buitres picotean mi cabeza?/ ¿De qué fiera el colmillo que me clavan?/ ¿Qué pez luna se hunde en mi costado?”

     Tres poderosas imágenes que preceden al inmisericorde despertar:

                “¡Ahora es que trago la verdad de golpe!”

     Y viene ya la última, la más terrible de las paradojas, fundamentada en una admirable enumeración: son los hombres los que destruyen, los hombres de “quienes fui madre/ sin ley de sangre, esposa sin hartura/ de carne, hermana sin hermanos, / hija sin rebeldía”. A pesar de tener “mejor arcilla que la mía”, sentencia, su codicia “pudo más que su voluntad de retenerme” y fue vendida: “porque llegué a valer tanto en sus cuentas, / que no valía nada en su ternura…”

     Estamos ante la palabra clave: “ternura” (“me recompongo”, nos recordaba, “con un poco de cal y de ternura”).

               “Y si no valgo en ella, nada valgo…/ Y es hora de morir”.

 

      Así se cierra el poema mayor de la Loynaz, quien recibió el Premio Cervantes en 1992 y vino  a recogerlo personalmente a España, su patria adjunta, cumplidos los 90 años. Aquí se publicaría la mayor parte de su producción lírica y narrativa. Medio siglo se cumplió también el pasado año de su libro de prosa favorito, Un verano en Tenerife, recientemente reeditado, preciosa evocación de la isla canaria, patria chica de su segundo y definitivo esposo, el periodista Pablo Álvarez de Cañas, que promovió en los años 50 la mayor parte de las ediciones españolas de una escritora bastante reacia a publicar. Ojalá que este aniversario contribuya a reeditar en nuestro país Últimos días de una casa, uno de los textos capitales de la poesía hispanoamericana del siglo XX.

*Dulce María Loynaz en Camagüey, en el centro de la foto, con dos amigas.