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Antón Castro

Escritores

MÓNICA GUTIÉRREZ ENTREVISTA A SOLEDAD PUÉRTOLAS

MÓNICA GUTIÉRREZ ENTREVISTA A SOLEDAD PUÉRTOLAS

[Mónica Gutiérrez Sancho, esa escritora enamorada del jazz, se ha incorporado a la revista digital Narrativas. Y en su último número, el once, publica esta entrevista con Soledad Puértolas, con motivo de la aparición de su novela Cielo nocturno. Soy incapaz de entrar en los contenidos de la revista, ya conocen mis visitantes mi torpeza informática; así que le pido a Mónica que me la envíe y aquí está. Queremos tanto a Soledad, quiero tanto a Soledad: la he entrevistado muchas veces, aquí y allá, para el periódico, para la tele, pero siempre recordaré el día que estuve en su portuguesa casa de Pozuelo, una casa encantada, un palacio modesto con un pintor dentro, Polo, su marido, y que le hice algunas fotos en el jardín. Quizá sea una de esas entrevistas indelebles que conservo; Mónica entrevistó a Soledad, de mujer a mujer, de creadora a creadora; en Galicia, en tierras pontevedresas, tienen una casa Soledad y Polo; allá, por tierras mediterráneas, se fue de viaje Mónica con su compañero… Contactaron ambas y aquí está el fruto de su diálogo entre dos mares.]

 

"La mente siempre está tramando algo, siempre hay algo vivo por dentro, eso es lo mejor de todo. Por eso, cuando se termina una novela, el vacío resulta insoportable."

Soledad Puértolas ha vuelto a deleitarnos y hablarnos con sus letras después de años en silencio con una gran obra, Cielo Nocturno (Anagrama, 2008), una novela muy esperada de esta autora aragonesa prolífica y polifacética.

Soledad hace un tiempo dio vida a su primera obra: El bandido doblemente armado, creando un espacio que sale de las páginas y nos permite tomarnos un café mientras disfrutamos de un buen libro. Un proyecto llevado a cabo junto a su hijo Diego Pita en el barrio de Chamberí de Madrid.

Hemos tenido el placer y el privilegio de que nos abra las puertas para contarnos cómo ha vivido y vive la literatura. Y su peculiar manera de ver y contar la vida a través de sus personajes. Probablemente teniendo cerca al compañero más fiel del hombre, que para ella siempre es una buena compañía a la hora de escribir, de perderse en otros mundos.



NARRATIVAS : Tu primera novela, El bandido doblemente armado, obtuvo el Premio Sésamo en el año 1979, lo que te facilitó una brillante entrada en el panorama literario nacional. ¿Qué evolución literaria y personal observas entre la Soledad Puértolas de aquella época y la actual?


SOLEDAD PUÉRTOLAS: Ha pasado mucho tiempo desde entonces, casi treinta años, así que espero haber evolucionado, si no, sería terrible... Naturalmente, hay algo que se mantiene, pero es muy vago, es una forma de mirar, una tendencia estética. Lo que la vida te enseña, lo que te da, lo que te quita, todo eso se refleja en lo que se escribe. Sigo recordando con mucho afecto al Bandido, porque allí encontré una voz que no era yo, pero que me permitía expresar cosas que me importaban. Esa es una lección que aprendí entonces y que todavía me sirve. En cada narración, busco una voz por la que transitar y descubrir cosas, a partir de algo que conozco y con la idea de avanzar en lo desconocido. El proceso es más o menos el mismo, pero los puntos de partida han ido cobrando matices distintos.


N.: ¿Qué influencia ha llegado a tener en tu obra tu temprana marcha de España y tu experiencia en Noruega y Estados Unidos? ¿Ya entonces tenías claro que querías ser escritora?

 
SP.: No me planteaba si sería escritora o no, como si eso fuera una profesión, pero escribí desde niña, desde que descubrí los cuentos. Si existían los cuentos, era porque alguien los escribía, ¿por qué no yo? Pero más bien pensaba que era una actividad secreta, casi clandestina, algo que se hace al margen de la vida que muestras a los otros. Y, en cierto modo, es así, sigue siendo así. Escribir es mi actividad esencial, mi identidad, es algo exclusivamente mío. Al publicar, se comparte. Mientras se escribe, no. Los viajes le dieron giros a mi vida, me hicieron ver el mundo de otra manera. Y, sobre todo, a mí misma. Me mostraron cómo era yo lejos de casa, me hicieron descubrir muchas cosas personales. Por eso están presentes en mis libros. En mis relatos, siempre hay alguien que viaja, que se va, que se aleja. Los regresos también son interesantes. Lo que más me gusta es ese punto del viaje en que la desconexión se convierte, por extrañas razones, en una forma de conexión.


N.: Hace ya mucho tiempo, siendo casi una niña, tuve el placer de escucharte en una charla literaria. Aún guardo tu dedicatoria: "Mucho ánimo y adelante". Me encantó que alguien consagrado como tú me lo dijera. Siempre lo interpreté como que no todo iba a ser tan romántico y fácil como piensan muchos. Unos años después me gustaría preguntártelo: ¿Piensas que es duro tomar la decisión de vivir rodeado de personajes?

SP.: Toda actividad solitaria resulta dura. Lo que no tiene un reflejo directo en los otros apenas tiene existencia. Se hace difícil poner la fe en algo que sólo ves tú. No es una actitud muy cuerda, implica mucho aislamiento. Es el precio que se paga y va más allá de tomar una decisión o no. Simplemente, es así. Y tiene muchas compensaciones. La mente siempre está tramando algo, siempre hay algo vivo por dentro, eso es lo mejor de todo. Por eso, cuando se termina una novela, el vacío resulta insoportable.

N.: Tus obras pocas veces ofrecen universos cerrados y simples, e incluso has afirmado alguna vez que buscas un lector activo, que participe en la historia y no se limite al papel de mero receptor. ¿Podríamos decir que el papel del lector en el proceso de construcción de una novela es casi tan importante como el del propio autor?

SP.: El lector lee la novela que quiere o puede o desea leer. Sin él, es una obra estéril, un callejón sin salida. Cuentas con él mientras escribes, pero de una forma muy vaga. Es invisible, no tiene cara ni cuerpo, nada. Pero sabes perfectamente que está, que es tu cómplice. Si esa sensación desaparece, caes en un agujero negro. Ni siquiera me lo puedo imaginar. Esta es la premisa de la literatura: existe el lector.

N.: Se ha destacado en más de una ocasión el papel que juega el silencio de los personajes en tus obras.

SP.: El silencio es la otra cara del lenguaje. Más aún, de la literatura, donde el lenguaje se ha hecho original. El silencio, los huecos, los espacios vacíos. Es el tiempo, también. Para poder hacer tuya una obra, para poder interpretarla, tiene que existir el silencio. Si se dice todo –lo cual, por otra parte, es imposible–, ¿qué queda para la imaginación, para la creación?

N.: Has escrito también ensayo. ¿Qué lugar ocupa este género en el conjunto de tu producción literaria?

SP.: Me gusta divagar, escribir sobre obras que admiro, sobre los mil asuntos que rodean la literatura. Así se emplea un poco la razón, todo el aparato discursivo. Es entretenido y, de pronto, por sorpresa, encuentras algo. O crees que encuentras algo. No está en el centro de mis intereses, pero me gusta mucho.

N.: Se observa asimismo en tus obras cierto poso de desilusión y desengaño, sueles crear personajes poco seguros de sí mismos, inmersos en la duda permanente.

SP.: Es difícil hablar de lo propio. Pero no veo desilusión o desengaño, sino personajes que no saben cómo vivir. Es una etapa anterior. Se asombran de los ilusionados y de los desilusionados. Ellos se han quedado un poco al margen, andan a ciegas, como en un túnel. Este es asunto difícil de resolver. Buscan la armonía y quizá la armonía no exista. Tienen buenos momentos, eso sí.

N.: ¿Cómo calificarías la situación actual de la literatura actual y, más en concreto, del mercado editorial en España?

SP.: No soy muy buena con los dictámenes, pero todo indica que el mercado editorial atraviesa un momento muy duro. Lo que no se vende de forma inmediata desaparece. La venta de libros ha descendido y sólo los best sellers siguen teniendo lectores, y muchos. Luego están los baremos de prestigio, de calidad, pero ¿quién los administra? En fin, el panorama no anima nada.

N.: ¿Cómo logras dar forma a unos universos tan hermosos, llenos de sensibilidad y a la vez de realismo para qué funcionen y tengan esa estructura digna del mejor arquitecto de las letras?
SP.: Gracias por la opinión. Lo único que sé es que escribir, inventar, me gusta mucho. Y me he propuesto confiar, como si fuera un don. Así que me olvido de todo, dejo la mente en blanco y que me invadan... Ya me las arreglaré, me digo.

N.: Por último: ¿Tiene Soledad alguna manía confesable o inconfesable a la hora de inventar, de crear, de escribir?

SP.: Inconfesable, no sé. Me gusta escribir con una taza de café. Más tarde, una cerveza. Los perros, cerca. Y música.

*Esta foto la encuentro en internet y corresponde a los archivos de "El mundo". Me parece muy sugerente: Soledad teatraliza bellamente sus emociones.

 

MANUEL RICO ESCRIBE EN SU BLOG DE SYLVIA PLATH

MANUEL RICO ESCRIBE EN SU BLOG DE SYLVIA PLATH

[El poeta y narrador Manuel Rico, dueño de cuidado blog, Al margen, http://manuelrico.blogspot.com, saluda con absoluto entusiasmo la aparición de la Poesía completa de Sylvia Plath, traducida por el amigo de este blog Xoán Abeleira. Estoy esperando mi ejemplar, sé que hubo algún problema con los primeros ejemplares. Creo que es uno de esos libros imprescindibles: todo un premio para los lectores y para un editor tan sólido y laborioso y sensible como Pepo Paz.]

 

SYLVIA PLATH EN BARTLEBY

Por Manuel RICO

 

Al fin, después de esperar más de un año, he podido acariciar, oler, hojear y ojear la poesía completa de Sylvya Plath. Pepo Paz me entregó, el pasado viernes, uno de los ejemplares, todavía caliente, "robado" de los destinados a la prensa y he de confesar que tenerlo entre mis manos fue una experiencia de las que se viven pocas veces. Ni siquiera con un libro propio he tenido una sensación parecida. Como si intuyera que en ese grueso volumen de Bartleby Poesía, editado con meticulosidad y pasión, se concentrara una parte esencial de la más honda poesía que ha dado el siglo XX. Sí, es la edición de los Collected Poems que realizo Ted Hughes. Traducida, prologada y anotada con exhaustividad, en un esfuerzo heróico, hasta cierto punto erótico y apasionado, por el poeta gallego Xoan Abeleira. He releído el histórico prólogo de Hughes y la nota preliminar de Abeleira una y otra vez. He releído poemas al azar, he manoseado una y otra vez el volumen... He vivido, en definitiva una experiencia extraña, como si, en mi condición de director de la colección, cobrara, de pronto, conciencia de estar ante un acontecimiento irrepetible. Una celebración, con mayúscula (como las celebraciones mágicas de Claudio Rodríguez) de la poesía.

Pensé en el placer personal que el hecho me producía (un placer siempre inexplicable, como casi todo lo que tiene relación con el arte), sin duda, pero también pensé en que el volumen de más de 600 páginas, abordado por una pequeña editorial que acaba de cumplir sus primeros 10 años de vida, es la muestra viva de que la tenacidad, la confianza plena en el poder de la buena poesía y de la buena literatura (frente a tantos conseguidores de subvenciones oficiales atrincherados detrás de sellos editoriales que fueron innovadores y prestigiosos y arriesgados un día lejano) a veces se abre camino en un mar de hostilidades, ya sean visibles y abiertas, ya lo sean ocultas y sinuosas. ¡Bien por Bartleby!, me dije casi sin ser consciente de que desde los primeros pasos de la editorial, desde una sobremesa de otoño (quizá no fuera otoño, tengo dudas) en la que Pepo Paz y yo pudimos recrearnos en el diseño raro, rupturista, casi näif (recuerdo el escepticismo ante el diseño de algunos poetas mayores que luego editarían en Bartleby), que nos había preparado Sandra Zabala.

Bien por Bartleby, que ha editado la poesía completa de la Plath, que ha editado la mejor traducción de la poesía de Carver de la mano de Jaime Priede (a años luz, por cierto de algún precedente conocido en editorial poética de renombre), que ha rescatado, a la luz de la sensibilidad de los jóvenes poetas del siglo XXI, obras maestras de nuestros poetas consagrados en el siglo XX (Bonald, Grande, Jiménez, González, Gamoneda....); bien por Bartleby porque ha arriesgado descubriendo nuevos nombres de nuestra lírica, editándolos (aunque hubiera, después, cazadores al acecho del descubrimiento ajeno): Julieta Valero, Marcos Canteli, Isabel Pérez Montalbán, David González. Bien por Bartleby que gritó, en libro, contra la barbarie del 11-M. Bien por Bartleby por su generosidad con las víctimas de algunos exquisitos reacios a editar a poetas de edad por ser "sociales". Bien por Bartleby que descubrió y entregó a nuestra exigua comunidad poética joyas como los libros de C. K. Williams, de Billy Collins, de Anne Michaels, de Sharon Olds, de Tess Gallagher... (de la nueva colección de narrativa ya hablaré en otro momento).

Y bien por Bartleby porque todo eso lo ha hecho (lo hemos hecho) a "puro huevo": sin un premio que llevarse a la boca (y a mucha honra); sin una red de críticos prestos a abrir, de inmediato, las páginas del suplemento de turno a la novedad del mes; siendo exigente con las traducciones, con los libros a editar, buscando la innovación en sus colecciones o series, sabiendo que no hay poesía joven posible si se arrumba la memoria poética de los mayores. Y sobre todo, con un principio que es el principio madre de todos los principios: amor a la poesía, amor insobornable a la literatura. Y respeto al pluralismo realmente existente frente a la lógica del amiguismo y la tendencia (de un lado y de otro) a la que tan propenso es nuestro mundo poético. Un pluralismo sustentado en una base esencial: la poesía de calidad, el afán innovador no gratuito, la conexión del poema con las grandes incertidumbres del presente. Sylvia Plath y su poesía completa, con el sello Bartleby Editores bien visible en una hermosísima poetada, es el mejor regalo de cumpleaños para la década de vida de tan apasionante proyecto. Un regalo para la editorial y para su menguadísima "plantilla". Pero, sobre todo, un regalo de dimensiones inabarcables, para los lectores de poesía, de literatura de la buena, de España y de Hispanoamérica. Nada más y nada menos. Estoy seguro de que nunca Bartleby el escribiente, el inmortal personaje de Melville, aplicaría a esta iniciativa (como a tantas otras de la editorial) su legendario lema "preferiría no hacerlo". Más bien diría todo lo contrario.

*Sylvia Plath en pleno campo con su máquina de escribir. Me encanta esta difusa fotografía.

"EL HOMBRE DESPAREJO" DE ANTONIO SERRANO CUETO

"EL HOMBRE DESPAREJO" DE ANTONIO SERRANO CUETO

[El baile de los silenos (http://antonioserranocueto.blogspot.com) es el blog del escritor gaditano Antonio Serrano Cueto, a quien aún no tengo el gusto de conocer. He llegado a su blog casi por casualidad y ha sido una deliciosa sorpresa. Veo que no solo es entusiasta estudioso de la literatura y sus márgenes, sino que es latinista, poeta y narrador. Copio aquí este texto, del género de minificción, que es una auténtica joyita de la literatura fantástica: “El hombre desparejo”.]

 

Hora punta en los andenes del metro. Un hombre corre precedido por su sombra, que camufla sus perfiles humanos entre el gentío atropellado. El hombre ignora que ha salido de casa desparejo. Llega al trabajo y saluda, pero su saludo suena geminado, porque ya saludó antes su sombra. Es mediodía. El hombre se dispone a almorzar donde suele. En la mesa quedan restos del almuerzo reciente de su sombra. Cumplida la jornada, atardecida la hora, el hombre vuelve a casa. Por su habitación camina descalzada su sombra. A pesar del cansancio, inicia en la cama el ritual del deseo con el cuerpo de la amada, pero ella duerme ya gozosamente satisfecha.

*La foto es de Weegee.

 

Antonio Serrano Cueto

 

ENRIQUE VILA-MATAS Y LOS BLOGS

ENRIQUE VILA-MATAS Y LOS BLOGS

En su página web, Enrique Vila-Matas recoge esta declaración de 2007 sobre los  blogs.

 

“Ahora parece que sea anómalo que me rodee por Internet y lea blogs. Pero yo creo que, conociéndome, es algo normal que suceda. Que a los solemnes escritores españoles famosos se les caigan los anillos por leer blogs no significa que yo no lo haga, no significa que no pueda bajar a la arena de internet y perder anillos que, a fin de cuentas, recupero pronto. Leo blogs literarios como leo periódicos y libros. No le cierro puertas a ninguna lectura ni información. Y sí, me divierte y me instruye y me interesa ver qué se dice y qué se mueve en ciertos blogs que considero honestos e interesantes, y no conducidos por el tontolaba de turno”.

*La ilustración de es de Edward Hopper. Una maravilla.

WILLIAM FAULKNER: GRANJERO Y PREMIO NOBEL

WILLIAM FAULKNER: GRANJERO Y PREMIO NOBEL

El escritor del siglo

 

Mario Vargas Llosa dijo que William Faulkner fue el primer escritor que tuvo que leer con un lápiz, anotándolo todo: las interminables frases, que en algún caso podrían alargarse hasta las diez líneas, los personajes, la complejidad estructural de sus novelas, quizá el léxico. Otros han sufrido idéntica persuasión: García Márquez, cuyos primeros relatos respiran la atmósfera agobiante y tórrida aunque destilan menos talento; Juan Carlos Onetti, que reeditó a su modo en Santa María el universo cerrado y compacto, espejo del mundo, de Yoknapatawpha; el mismo Jorge Luis Borges, que tradujo muy libremente un libro pródigo en paralelismos y virtuosismo: Las palmeras salvajes. Y entre nosotros, el gran heredero de Faulkner fue Juan Benet, quien no sólo fundó Región sino que dibujó los mapas con sus caminos, montes y praderas de su condado de ficción, algo que el caballero del sur --galardonado con el Premio Nobel en 1950-- había hecho desde 1930.

         Nació en 1897, en New Albany (Mississippí), en el seno de una familia arruinada del sur. Su bisabuelo, el Viejo Coronel que le inspiró Sartoris, fue un héroe de la Guerra Civil norteamericana, abandonó el ejército y se dedicó al contrabando, para acabar con el bloqueo del norte hacia el sur; esa ocupación le hizo enriquecerse, y acabó dedicándose a los negocios del ferrocarril y de la banca, además de escribir una novela de gran éxito: La rosa blanca de Memphis. Con cinco años, William se trasladará con su familia a Oxford, donde ocurrirá la mayor parte de sus ficciones. Nada hay demasiado reseñable de su infancia: fue un mal estudiante, un mediocre jugador de fútbol americano, y a los quince años se enamoró de la que sería su esposa, Estelle Oldham, aunque antes vio cómo se casaba con un abogado de Hawai. Trabajó en el banco, escribió mucha poesía, fue dibujante de inspiración modernista, quiso ser piloto de aviación en la I Guerra Mundial pero el ejército estadounidense lo rechazó por bajito (medía 1.65), lo aceptaron en Canadá y navegó por los aires sin llegar a entrar en combate, que era su gran ilusión.

         Faulkner fue siempre un gran mentiroso: al cabo de un tiempo reapareció por Oxford con una leve cojera y dijo que había sido abatido en Francia; ora se fingía dandy impoluto, lo cual le valió el título de El Conde; ora salía a las calles completamente descalzo como si fuese un mendigo; ora deambulaba por aquí y por allá con un ademán cansino de amante despechado. Realizó mil ocupaciones: fue despedido como jefe de boy scouts por su afición al alcohol, trabajó en la librería neoyorkina de la mujer de su gran maestro Sherwood Anderson, estuvo empleado en correos, donde lo acusaron de parlanchín y de curioso: abría los sobres de revistas literarias y las leía con lo cual se producía un considerable retraso en su envío. Incluso solía presumir de que había sido administrador de un burdel en Memphis; decía que el lugar ideal para el escritor es un burdel, por la mañana hay la tranquilidad necesaria, y por la noche el ajetreo de gentes cuya vida podría llenar muchas novelas y alimentar la imaginación del escritor. Faulkner era altivo y a la vez tímido, leía El Quijote una vez cada año, le apasionaba la Biblia (en el fondo, su obra aspira a ser una Biblia de las relaciones humanas) y tenía un gran sentido del humor. Cuando Kennedy le cursó una invitación para que visitase la Casa Blanca, le contestó: "Esa casa está demasiado lejos para comer con personas que no conozco".

         Dominaba muy bien su oficio. "Un escritor nunca logra realizar su sueño de perfección", dijo una vez. Y otra, tras recordar que él era un autor permanentemente inspirado, matizó que la función del escritor consiste en "Crear a partir del espíritu humano algo que anteriormente no existía".

         Su primera novela fue La paga de los soldados (1926). Pasó inadvertida, igual que la siguiente, Mosquitos. Pero su gran periodo de fecundidad se produjo entre 1929 y 1939. Aparecerán todos sus libros capitales: El ruido y la furia (1929), quizá su mejor creación, narrada en primera personal por el joven Benjy, un retrasado mental. Mientras agonizo (1930) es otra narración que destila virtuosismo, tensión, sentido telúrico y fatalidad, está narrada desde un montón de puntos de vistas y desde la órbita de distintos personajes. La anécdota que rodea este texto es sumamente curiosa: Faulkner escribió este libro en un instante en que trabajaba de carbonero en la Universidad de Mississipí; lo hizo durante la noche sobre el reverso de la carretilla con que transportaba el carbón. Con Santuario (1931) ensanchó un cuento antiguo y consumó su texto más escandaloso, próximo --según algunos críticos-- al sensacionalismo macabro. Narra la historia de un joven gángster que, en apariencia, era todo virilidad, al que había conocido una noche de parranda. Popeye, impotente en realidad, presumía de violar mujeres con toda suerte de artilugios: en la novela humilla a la protagonista con una mazorca de maíz. Hay otros títulos como Luz de agosto, Sartoris (reescrita luego en Banderas sobre el polvo), ¡Absalom, Absalom! o la espectacular trilogía de la familia Snopes, El villorrio, La ciudad y La mansión, publicada por Alfaguara, que también rescató, entre otros títulos, La escapada, una nueva traducción de Los rateros, y una selección de su poesía, a cargo de Javier Marías. Falleció en 1962.

         A Faulkner le interesaba el hombre: con su furia, con su desesperación, con su sacrifio, con sus crímenes, con su desamparo. Todos los hombres y mujeres: las ancianas, las jóvenes fogosas, las ancianas llenas de vida y de sabiduría, los negros, los campesinos (su frase favorita era: "Sólo soy un granjero"), los niños. Y a todos ellos los ha metido en un ciclo narrativo sin parangón: duro y terrible, lírico, violento y dulce, envolvente y abrumador. El fresco incontenible de la vida visto, en el profundo sur, por el que acaso sea el novelista del siglo.

[He rescatado este artículo sobre William Faulkner porque acabo de encontrar esta foto de la máquina Underwood que usaba el escritor. La máquina fue localizada en Oxford Mississippi.]

 

[El pasado jueves estuve con unos cuantos amigos, tal como he escrito, en la Feria de Murcia hablando del blog. Uno de los asistentes fue el escritor y bloggero Gonzalo Gómez Montero, residente en el Barrio del Carmen de Murcia, que posee una bella y sugerente bitácora, una de los favoritos de Fernando Valls: aguasdeceniza.blogspot.com. Acabo de encontrarla y compruebo que, entre otras cosas, recoge una nota de lectura (de relectura en marcha) de Madame Bovary, novela que recomendó hace poco en Borradores Manuel Hidalgo, en la sección Letras para la vida.]

 

MADAME BOVARY

 

 

Por Gonzalo GÓMEZ MONTORO

 

En estos momentos estoy releyendo Madame Bovary. Leí la novela por primera vez hace lo menos nueve años (cuando aún era demasiado joven para poder apreciar su auténtico valor) en la traducción de Carmen Martín Gaite. Quizá me he decidido a releerla contagiado por el entusiasmo de Vargas Llosa, quien dedica todo un libro de ensayos a la obra de Flaubert. Y desde luego no me está decepcionando.

 

Son bien conocidos los enormes esfuerzos de Flaubert a la hora de escribir su libro. De ello dejó constancia en su espléndida Correspondance, la cual no desmerece en absoluto en el conjunto de su obra (de hecho, es toda una lección de escritura para el aspirante a novelista). Pero lo que más me asombra de Madame Bovary es que parece estar escrita de un solo tirón, con la inmensa dificultad que eso entraña. A diferencia de otras muchas novelas —buenas novelas incluso— el lector atento puede notar que no hay un salto brusco entre dos párrafos, ni una página de más ni un adjetivo que sobre. La historia va desarrollándose con suavidad pero de manera imparable, como el fluir del agua en un río.

*Este retrato de Eleanora Duse es de Edward Steichen.

 

LUIS BORRÁS ESCRIBE SOBRE "PARÍS TRES" DE ALOMA

LUIS BORRÁS ESCRIBE SOBRE "PARÍS TRES" DE ALOMA

[Encuentro en el blog del para mí desconocido Luis Borrás Dolz -aragonliterario.blogspot.com- esta nota sobre mi hija Aloma y su primer libro: ese diario que poco a poco construye una novela y que tituló París Tres. Siempre he dicho que nos sorprendió a todos: Aloma jamás había mostrado inclinación hacia la escritura; el libro nació de sus notas de un blog de alguien que soñaba con ser actriz y que montaba una pieza de teatro en París mientras estudiaba el Erasmus. He leído alguna vez el blog de este joven autor, que tiene siempre una apasionada subjetividad y que está poblado de reseñas a numerosos amigos. Se da la casualidad de que esta misma mañana, en Ejea de los Caballeros, en la III Semana del Libro, que coordina Samuel Alonso Omeñaca, se presenta este libro, París Tres, y a la vez los relatos, que conforman una suerte de novela familiar, de Eva Puyó: Ropa tendida (Xordica). El acto de presentación es a la una del mediodía.]

 

BÚSQUEDA

 

Por Luis BORRÁS

Lo primero que sentí fue envidia. Y de la mala. La misma que sientes cada 22 de diciembre viendo el telediario.
Irse a París a estudiar literatura a la universidad de la Sorbona. Vivir en un piso con vistas al Sacré Coeur y con una chimenea tapada reutilizada como baúl de vino y tabaco. Aunque sea un quinto sin ascensor. Qué envidia.


Pero estoy harto de tanta queja y tanto arrepentimiento que no sirven de nada. Este año también habrá un 22 de diciembre y tampoco seré yo el que salga en el telediario bebiendo a morro de una botella de cava. Así que decidí irme a París y volver a tener veinte años, subir hasta un quinto sin ascensor y disfrutar de las vistas, recorrer la ciudad en bicicleta y frecuentar las calles por donde no pasan los turistas.


Al principio lo entendí como un diario de noventa y ocho entregas, y pensé en el esfuerzo, en la voluntad de escribir, en querer algo y proponérselo. En la constancia. Pensé en esos días en los que llegas a casa derrotado o borracho y en lugar de lavarte los dientes y meterte en la cama a dormir la mona te pones a escribir unas líneas. O que al día siguiente, entre clase y clase, con el segundo café de la mañana, aprovechas el tiempo para guardar la vida en un papel. Escribir telegramas que no enviaremos a nadie.


La inmensa mayoría iniciamos un proyecto, empezamos con ilusión, pero me temo que, como esos deseos para el nuevo año que requieren esfuerzo y constancia, no sobrevive a la primera excusa. Cambiamos el romántico quinto sin ascensor por un bajo con jardín. Sin embargo, Aloma se lo propuso y lo consiguió. Aloma estudia literatura pero tiene claro que quiere ser actriz. Aloma escribió un diario sin pretender hacer literatura. Contar las cosas que hacía, las cosas que le pasaban, las personas que conocía. Hablar de sexo y amigas, de tu novio y de ilusiones, de bicicletas, calles, películas, profesores, música, cigarrillos, teatro de vanguardia, dudas y una inmensa ciudad de novela. El estilo es lo de menos. Parece escrito con prisa. Sin detalles. Seco al paladar. Pero acabas acostumbrándote al sabor. Y te das cuenta de que el estilo no es lo importante, que cada uno tenemos el nuestro, nuestra forma de contar las cosas. Unos hablan mucho, otros poco o lo justo. Unos son serios, parecen enfadados cuando no lo están, otros –como yo- son charlatanes y excesivos.
Pero me di cuenta que era algo más que un diario. Que no era sólo eso.
Pensé en cómo era mi vida con veinte años, en el último año de la Facultad. Una vida echa de madrugadas, fiestas, borracheras, risas e inconsciencia. El futuro era algo que te hacia encogerte de hombros. La vida de Aloma se parece a la mía, fiestas, conciertos gratis con cerveza barata, profesores cretinos, viajar y dormir en un coche… pero hay algo completamente distinto, algo esencial. Ella sabe lo que quiere y vive la vida de sus veinte años sin miedo.
Tiene suerte, es verdad. Suerte de vivir un amor así, de contar con la compañía, la complicidad de un amor así. Tiene suerte de unos padres que la apoyan y no mirarán su vocación como un fracaso, que respetarán sus decisiones. Que viajarán hasta París para verla actuar en una obra de teatro sin texto ni argumento y no le harán ningún reproche.


Pero al final me di cuenta de que “París tres” es en realidad una búsqueda. Que la vida se trata de eso: buscar. Irse a vivir a otra ciudad y buscar tu sitio. No arrepentirse. Viajar sin mapa. Asombrarse. Recorrer una ciudad y acordarse de una novela. Querer ser actriz y buscar en el tablón de anuncios de la facultad. No tener miedo y decir que sí. Hacer de taquillera en lugar de actriz. Sobrevivir a la estafa y a los desengaños y no perder la ilusión. Hablar con un desconocido. Sonreír y guiñar un ojo. Saber que ser contradictorio te hace humano. Salir a la calle con un bocadillo y una cámara de fotos. Comprarse abrigos de segunda mano. Madrugar los sábados para buscar a Milan Kundera cerca de Notre Dame y no encontrarle. Recordar que tu madre te dijo que el que tropieza y no se cae, adelanta.


Saber que un domingo de octubre llega el final, y entonces, toca sonreír y seguir buscando.

 

París Tres. Aloma Rodríguez. Xordica: Colección Carrachinas. Zaragoza, 2007.

*Esta foto de un beso en París ante el Teatro de la Ópera, y bajo la lluvia, pertenece a uno de los más grandes fotógrafos de París de todos los tiempos: Robert Doisneau, ese ojo conmovido por las pequeñas cosas de la vida, esa mirada humanista y humanizadora.

 

 

 

ENRIQUE VILA-MATAS YA TIENE WEB OFICIAL NUEVA

ENRIQUE VILA-MATAS YA TIENE WEB OFICIAL NUEVA

Esa mujer que todo lo sabe, Magda Díaz Morales, nos anuncia a los despistados que Enrique Vila-Matas ya tiene una página oficial, biografía, imágenes, obra, selección de críticas y entrevistas, y una breve lista de blogs, a los que Enrique pondera con entusiasmo y cariño.

http://www.enriquevilamatas.com

*Una de las imágenes que más me ha gustado es ésta de Paula Massot, también conocida como Paula de Parma, Ignacio Martínez de Pisón y Enrique.