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Antón Castro

Escritores

DANIEL NESQUENS Y SUS 50 NOMBRES

Daniel Nesquens tomó su nombre de Johan Neeskens, aquel centrocampista del Ajax, del Barcelona y de la ’Naranja mecánica’ de Cruyff y los demás. Despliega humor, imaginación, capacidad de trabajo y un talento incuestionable. Acaba de publicar ’Hasta (casi) 50 nombres’ (Anaya), ilustrado por Alberto Gamón.

-¿Qué relación tiene este libro con ‘Hasta (casi) 100 bichos’ y ‘La familia’, también publicados por Anaya, con ilustraciones de Elisa Arguilé?

Creo que los tres tienen mucho de compendio, de bestiario. Un género o subgénero en el que cabe casi de todo. Incluso yo.

 

-¿Cuál fue tu idea, por qué has elegido los nombres, que te interesó de ellos, qué posibilidades te daban? 

La idea primigenia era narrar con la excusa de los nombres propios. Tuve que buscar tres o cuatro nombres por letra que me dieran juego. En algunos casos utilicé nombres complicados que conllevaran el reto de salir ileso del relato; en otros era tan sencillo como celebrar la persona querida con su nombre.

 

-¿Cuál ha sido el método que has empleado? Lo digo porque hay miradas onomásticas, historias inventadas, mitología, elementos del cine, homenajes a los amigos…

Pues precisamente ése: moverme entre todos esos frentes y alguno más. Y siempre bajo una mirada cómplice con lo insólito, imprevisible, sorprendente… Incluso lo estético.

 

-Te costó más de tres años la escritura. ¿Ha sido un proceso complejo, no dabas con la tecla? ¿Qué le debe el resultado final al azar?

Realmente pasó mucho tiempo entre el primer y el último nombre. No tenía prisa de ningún tipo. Iba y venía sobre el material escrito. Tal vez me costó más encontrar el tiempo que la tecla. El azar siempre está ahí. Y te conecta, y te desconecta.

  

-¿Cómo defines tu sentido del humor? ¿Sabe algo de su propio humor?

Aquí debería responder aquello que contestaba Miguel Mihura: definir mi sentido del humor, el humor es como clavar una mariposa con un poste telegráfico. Pero por decir algo: absurdo, surrealista, blanco… Lo que sé al cien por cien es que mi humor tiene seguidores y detractores. Como todo en la vida. Algún día debería llevar una estadística. Imagino que debe de estar en 40% a favor; un 60% en desfavor.

 

-¿Qué se sabe de la mula Catalina que tenía tu abuelo Daniel?

Mi abuelo no tenía una mula, tenía una borrica. Yo tengo bastante de mi abuelo, y de su burra. Y como dijo mi abuelo: “sé que soy tierra quemada”.

 

-Dices: “Las Olvido no son de palabras exuberantes”. ¿Por qué lo sabes?

Mi propia experiencia. Y luego por una encuesta que hice a la entrada del Parque José Antonio Labordeta. Justo donde están las obras.

 

-¿Por qué crees que Eladio es nombre de cura?

Salta a la vista. Y, no me preguntes por qué, pero el nombre me recuerda a “El bosque animado”, del gallego Wenceslao Fernández Flores. Tal vez ahí esté el germen del capítulo del párroco.

 

-¿Qué has querido hacer con Nicolás, crear una historia del doble?

Del doble o del triple. La historia no deja de ser un “tocarle las narices al lector”. Con todo mi respeto, claro.

 

-¿Cuál es el nombre que más te gusta y que has escrito con más placer?

Me gusta mucho Débora, y ese irrumpir en medio de una de mis novelas favoritas: El gran Gastby. Y Sacramento tampoco está nada mal.

 

-¿El que más te ha hecho rabiar?

Tal vez haya sido Daniel. Cómo escribir de este estupendo nombre de pila sin que se note la debilidad por él.

 

-¿Los que vinculas al amor, a la sofisticación y a la locura?

Yunque, Xenofonte y Fina. Los enumero en orden inverso. No sé si me explico.

 

-¿Dejaste alguno por el camino?

Sí, quedaron más de cuarenta por ese bulevar que es editar un texto. Casi otro libro. Y no, no habrá segunda parte.

 

-El libro es divertido, muy tuyo, intervienen el capricho, el juego, el extravío y el disparate. ¿Escribir, en el fondo, es la apología de la pura imaginación?

Lo bueno de la literatura actual es que hay más escritores que semáforos. Tantas tendencias como equipos en La liga 1, 2, 5… En mi caso mi escritura es una defensa encendida de esa chispa que podemos llamar imaginación.

 

-El libro tiene un tono culturalista. ¿En qué lector has pensado?

Pues lo siento, no era mi intención. Sé que el libro está incluido en una colección juvenil de la editorial Anaya, pero creo que, como otros de mi autoría, puede leerlo cualquier lector algo ávido, creativo, promiscuo… Incluso crítico y teórico.

 

-En los proyectos anteriores habías trabajado con Elisa Arguilé. Ahora lo hace con Alberto Gamón, y no es la primera vez. ¿Cómo ha sido la relación, cómo ves los dibujos de Alberto?

Con ambos estoy encantado. Estoy entre amigos. Y cuando se está entre amigos todo es agradable. En Hasta (casi) 50 nombres fue una determinación editorial. Alberto ha realizado un trabajo excepcional. No hay más que verlo. Salta a la vista.

 

Cualquier detalle que te parezca importante.

Como anécdota, me dijeron que en una librería de Zaragoza (tenemos las mejores librerías de España) una señora compró solo la camisa o sobrecubierta del libro porque le habían gustado las notas biográficas de los autores. Y es que se lee poco.

ISABEL GONZÁLEZ: UN DIÁLOGO

ISABEL GONZÁLEZ: UN DIÁLOGO

ENTREVISTA DE ANTÓN CASTRO A ISABEL GONZÁLEZ

La escritora Isabel González, nacida en Ejea, trabaja en infografía en el diario ‘El mundo’. Se dio a conocer con un libro deslumbrante de relatos: ‘Casi tan salvaje’. Ahora publica su primera novela: ‘Mil mamíferos ciegos’, que contiene dos historias: la de un joven que se retira al bosque y la de una pareja, más o menos en crisis o en transformación sentimental, que reside en la ciudad. Quizá entre ambas historias haya secretos vínculos. La escritura es personalísima: poética, turbulenta y experimental, un continuo ejercicio de indagación, de voces, de desconcierto. Firmará ejemplares este fin de semana en la Feria del Libro de Madrid.

¿Qué ideas de partida te rondaron la cabeza para escribir ‘Mil mamíferos ciegos’?

—Contar una historia que me habían contado y que luego se mezcló con mis historias. Así, en abstracto y en concreto, se trata de una novela basada en hechos reales perturbada por hechos más reales todavía. De un asunto testimonial, la escritura de esta novela pasó a ser una especie de zona mágica donde aislarme y conectar con lo que me sucedía y con lo que sucedía a mi alrededor. Por eso está llena de personajes reales inventados y de personajes inventados reales. Han sido años jodidos, por decirlo de algún modo. Potentes.

 

¿Cómo fueron surgiendo los bocetos, frases, intuiciones, espacios…?

—El otro día, en una entrevista, el arquitecto del Centro Pompidou de París, Renzo Piano, contaba que él se paseaba por los lugares donde iba a construir con una hoja de papel porque se lo enseñó Italo Calvino. “Yo no sé escribir, sólo tomar apuntes y recoger emociones”. Algo así. Hay que estar muy callado, eso también.

 

¿Qué novela querías hacer y cuál has hecho? Aludes a los fantasmas del mar, al código de los pecios, al naufragio permanente…

—Jajaja. Muy buena pregunta. Lo cierto es que no se parece mucho a lo que pensé el primer día. Y lo peor es que todavía no sé qué he hecho. De ahí la maravilla de que alguien la lea, a ver si me ayuda a descubrirlo. Me he perdido tanto con ella (de ahí, quizá, los pecios y los naufragios) que ni sé si la he escrito yo. Que ha participado hasta ese perro que pasa por la calle.

 

¿Pensaste siempre en dos espacios, en dos historias paralelas que a lo mejor se encuentran?

—Sí. Esos dos espacios surgieron rápido. Vienen de serie. Desde el principio.

 

Háblame de Yago: ese joven extraño que se va al bosque a tallar árboles. ¿Es un artista, es un obseso, un escritor, en el fondo (que no sabemos bien a quién escribe, casi hasta el final), o sencillamente alguien que huye?

—Yago es una persona que amó de una forma pasional, inhumana, transhumana. No todo el mundo alcanza esta intensidad. De amores calmos está hecho el mundo, claro, pero esta fiereza, uf. Yago quiere que el amor se repita porque él es ése: el que amó a lo bestia. Y en esa dirección, viaja y se reconstruye. Talla madera como modelaron barro en el paraíso. Para fabricar a un hombre.

 

¿Por qué todo es tan perturbador en su existencia, incluso ese bosque, que podría ser un refugio o un paraíso?

—Supongo que porque la creación es perturbadora. No hay guías ni se sabe qué está bien y qué está mal. Se parte de una absoluta hibridación, de la masa informe, y a partir de ahí, hay que empezar a distinguir y a poner nombre a las cosas. Se trata de un viaje, de una búsqueda por un paisaje interior puro, pleno e informe. Tan exuberante como homicida: el bosque.

 

Por otra parte están Santi y Eva, una pareja convencional, pero pronto nos damos cuenta de que nada es lo que parece. ¿Qué ocurre ahí, tan poderosas son las sombras del pasado?

—Más que el pasado o el presente, lo que se pone en juego es el tiempo íntimo y el público. A ver. Miro el reloj y son las diecisiete treinta para millones de personas, ¿pero qué hora es dentro de cada uno de nosotros? Ésa es la pregunta. Los personajes de ‘Mil mamíferos ciegos’ circulan por estos desajustes. Ahí viven. Ahí vivimos, me da la impresión. Y estos túneles entre ambos tiempos están llenos de residuos del pasado, sí. Todo esto parece muy marciano, lo sé. Pero en definitiva, creo que Santi y Eva están dispuestos a arriesgar su identidad con tal de amarse.

 

 

Ella no encuentra su sitio y él, menos. Eso sí parecen citarse, alguna vez, en el sexo y el fetichismo…

—Supongo que no deben de encontrar su sitio porque ‘por culpa de su amor’ relegan a su voz y la voz pide paso. El cantante de ópera Serge Wilfart dice que la voz no sólo se origina en la garganta sino que involucra a todo el cuerpo. “La voz nos ayuda a percibir y a recorrer los entresijos de nuestros interior físico y psíquico. Hay que descender hasta nuestras fuerzas pulsoniales, hasta nuestra sexualidad, para poder llevar la voz hacia lo alto”. El lugar de sus citas como dices.

 

La novela siempre es inquietante,  psicológica. ¿Cómo te has planteada la escritura: la atmósfera, no hay concesión a la obviedad, el narrador omnisciente a veces matiza o interpela a los protagonistas?

—Lo que hemos hablado antes. He escrito y corregido esta novela durante tanto tiempo, han pasado tantas cosas, se han producido tantos inputs y outputs imaginarios, reales, míos, de otra gente, belleza, dolor… que creo que me rendí, me dejé llevar y actué simplemente como un canal de enlace. Será por eso que hay tantos narradores, emociones dispares, comunicaciones imposibles, jaleo.

 

¿Cómo entiendas la novela? ¿Te importa más el estilo que el argumento?

—Las dos cosas importan, pero lo que de verdad me inquieta es la voz. En la presentación del libro, conté la anécdota de que yo creía que cantaba bien hasta que mi pareja me propuso hacerlo con su grupo de amigos en una sala de ensayo. Ellos afinaron sus instrumentos, yo agarré el micrófono, me lancé y por primera vez en mi vida, oí mi voz. Mi voz a solas, mi voz a toda pastilla. Qué horror. ¿De verdad ésa era mi voz? ¿Estaba imitando con demasiado énfasis a Javier Gurruchaga? ¿Qué hacer para arreglarla? ¿Debo gritar más, menos? ¿Qué clase de persona sería yo si sólo pudiera comunicarme así? ¿Qué historias podría contar? Lo mismo me planteo cuando escribo.

 

¿Cómo has manejado esos dos climas: el discurso exterior, nada claro, y el interior, agobiante casi siempre, casi negro, indagatorio? ¿Somos lo que llevamos dentro, lo que nos acosa?

—Me encanta esto que dices. Tengo la intuición de que somos las dos cosas. Somos nosotros hacia fuera, en lo de fuera, con lo de fuera. Somos materia y la voz nos exige que la saquemos. El problema de salir es la sinceridad de la exposición. Querríamos ofrecernos desnudos, puros, frágiles, sin escudos, pero nos arriesgamos demasiado. Esas transiciones de lo íntimo a lo público y viceversa. Esos viajes de ida y vuelta originan la oscuridad, la melancolía, lo complejo de andar por este mundo. Hace falta mucho deseo.

 

¿Cuál es tu relación con la realidad, necesitas enmascararla y enmarañarla en poesía?

—¿Qué es lo real? Si hablamos de la realidad como convención, hago lo que puedo y me defiendo. Si hablamos de la realidad como verdad íntima, hago lo que puedo y me defiendo. El enmarañamiento supongo que proviene del laberinto de hilos que se teje entre los dos campos.

 

¿Qué significan para ti los símbolos, en qué medida esta es una novela simbólica?

—“Escribir es crear símbolos”, dice Borges y por primera vez, entiendo a Borges. ¿Será que me estoy haciendo mayor? El asunto es que uno no puede arrancar pensando: “Hey, voy a crear un símbolo” porque los símbolos provienen del inconsciente más que de lo consciente. De una conexión casi primitiva con la humanidad. A lo mejor ni siquiera se trata de escribir. Se traduce el mundo. Casi nada.

 

¿Más que sobre la tensión entre naturaleza y ciudad, entre el paraíso y el ruido, es esta una novela del desgarro, del dolor, de lo enigmáticos que podemos ser los seres humanos? ¿O eso que tú llamas la grieta?

—Una vez más, tú o algún otro lector incauto debería explicarme qué es esa grieta que aparece en la novela. Porque yo no lo sé. Me haces esta pregunta y lo único que me viene a la cabeza es una de las últimas frases de mi padre: “Qué poco nos conocemos los unos a los otros”. Su alabanza a lo auténtico.

 

¿Cómo ha crecido la escritora de ‘Casi tan salvaje’ (Páginas de Espuma)?

—¿He crecido? Hay quien dice que me he caído al pozo, (risa). Sea lo que sea, te obliga a flotar. A subir. Lo intento al menos. No sé.

 

EL SILENCIO DE JUAN RULFO

EL SILENCIO Y EL MUNDO DE JUAN RULFO

¿A qué estirpe humana o literaria pertenece Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno (1917-1986), el hombre que se convirtió en Juan Rulfo? A la de Bartleby, el personaje de Melville, sin duda, a la de Robert Walser, a la de J. D. Salinger y a la de Juan Carlos Onetti. Y quizá, claro, a la de Franz Kafka (aquel que quiso que quemasen sus manuscritos), pero también a la de los fabuladores puros, a los grandes embusteros de su propia vida. Tienen tal tendencia a la recreación y al mito que una y otra vez modifican los instantes de su biografía.

El caso de Rulfo es muy especial: él, tímido y apocado, lacónico y temeroso de las malas críticas, con existencias ocultas, tenía la inclinación a cambiarlo casi todo: el lugar y la fecha de nacimiento, el modo en qué murió su padre, en 1923, en tiempos de Revolución, sus propios temores y múltiples detalles de su infancia. Con todo, su familia fue poco convencional. Al margen de la historia de su padre, y de la muerte temprana también de su madre, en 1927, cuando él tenía diez años, Reina Roffé en su libro ‘Juan Rulfo. Biografía no autorizada’ (Fórcola, 2017; es una ampliación y actualización de libros anteriores), recuerda que un familiar “tenía por la muerte una obsesión notoria, compulsiva y avasalladora, que incluso le atraía bromas sangrientas de sus amigos. Siempre creía que alguien los vigilaba o lo amenazaba y, a pesar de tener un carácter bromista y dicharachero, su vida transcurrió en continua e inacabable angustia”. En su niñez itinerante, el niño huérfano vivió un tiempo con su abuela, que fue la cuidadora de una biblioteca muy literaria de un sacerdote: gracias a ello, Juan Rulfo descubrió el poder de la literatura. Se convirtió en un formidable lector y en un niño, un adolescente y hasta en un joven casi autista. Solo se sentía a recaudo con los libros en la mano. Reina Roffé también evoca otro episodio poco conocido: fue seminarista. Recuerda la biógrafa que la periodista Silvia Lemus, esposa de Carlos Fuentes, le preguntó en una ocasión si podía haber sido monje. Y él le dijo: “Los monjes no tienen la oportunidad de conocer a las mujeres, ni tratarlas ni esas cosas. Me gustan mucho las mujeres”. La verdad es que repasando sus casi 70 años, Juan Rulfo no aparenta haber sido lo que dice un seductor. En ‘Una vida gráfica’, Óscar Pantoja y Felipe Camargo cuentan que sintió una atracción por una muchacha que le pareció un ángel. Fue como una revelación, pero no se atrevió a decirle nada. Más tarde, hacia 1941, conoció a la joven Clara Aparicio, “una preciosidad”; empezó a cortejarla de manera decidida casi tres años después y se casaron en 1948. Fue el gran amor de su vida y le dedicó textos muy bellos como se ve ‘Aire de las colinas. Cartas a Clara Aparicio’, un centenar de epístolas que revelan muchos aspectos de Rulfo: la pasión, el temor, la cursilería (nadie está al margen de ella), algunas claves creativas. La correspondencia se inicia en 1944 y  concluye en 1950, cuando Rulfo era “un romántico tardío, anacrónico (…) Se trata de un melancólico que padece una tristeza espiritualizada. Víctima de la tragedia y el fracaso de los movimientos revolucionarios, es siervo y mártir del sistema feudal que arrastra México”. Reina Roffé también desvela en la parte final de su vida otro periplo amoroso, un tanto borroso: Rulfo se habría enamorado de una joven. El escritor Mempo Giardinelli, que fue publicado hace unos años en Zaragoza, estaba en el secreto y lo resume así: “No hace falta hablar de lo que hacía exactamente esa muchacha. Solo quiero decir que en la Argentina se dedicaba a la docencia y a la traducción; estudiaba una lengua oriental y trabajaba por un sueldo en una empresa de exportaciones y por vocación en una escuela de lenguas. A finales de los años 80, después de la muerte de Juan, se radicó en Madrid. (…) Muchas veces me he pregunado cómo era, cómo es, esta mujer a la que Juan amó con una pereza y sinceridad inigualables”.

Rulfo intentó estudiar en la Universidad de Guadalajara, pero no pudo hacerlo por la agitación del país y las huelgas. Realizó varios oficios: fue vendedor de neumáticos, trabajó luego en el Instituto Nacional Indigenista, realizó labores como antropólogo y recorrió México. Desde finales de los años 30 empezó a interesarse por la fotografía. Se hizo con una espléndida cámara Rolleiflex, a la que, tras conocer a su futura esposa, la bautizaría como Clarita. En realidad, antes que escritor, Rulfo fue fotógrafo. Cuando se ven sus fotos, y dejó más de 6.000, da la sensación de recorrió esos pueblos espectrales, envueltos en miseria y espejismo, ruinosos en ocasiones, que se convertirían en el mapa de su territorio imaginaria, “este duro pellejo de vaca que se llama llano”. En ellos entrevió en la Comala de ‘Pedro Páramo’ (1955) o en la Luvina del cuento homónimo de ‘El llano en llama’ (1953), sus dos únicos libros, al margen de algunos bosquejos y del guion ‘El gallo de oro’, que llevó a la pantalla Arturo Ripstein.

Juan Rulfo empezó a publicar sus cuentos en las revistas ‘Pan’ y ‘América’ y durante casi una década, leyendo a William Faulkner o a Dostoievski, y a sus paisanos, fue tejiendo un mundo personal, inquietante, terrible y mágico. Rulfo olió como nadie la lacónica sabiduría popular, la impregnación del mito, el dominio del cacique. Se impregnó de un lenguaje, que tendía hilos con el castellano antiguo del siglo XVI, y empezó a contar lo que veía, lo que soñaba, lo que siempre le descorazonó: el aire constante de la violencia, la mancha imparable de miseria, la atmósfera telúrica y la presencia de la muerte. Pocos han sabido contar como él el imaginario del campesino, su rabia, la humillación y ese extrañamiento constante de la vida. “¿Qué país es este?”, se pregunta un personaje en Luvina.

Si en los cuentos de ‘El llano en llamas’ tiene piezas magistrales, de una desolación a veces irrespirable y de una precisión que va más allá de la austeridad, en ‘Pedro Páramo’ es capaz de crear un personaje que regresa del mundo de los muertos y parece instalarse entre los vivos como un fantasma, embrujado por una mujer, Susana Sanjuán. Y a la vez es el impreciso cuento de un dominio, de un vasallaje y de un universo tan hechizado como insobornable.

Rulfo tuvo buenas críticas, compró la mitad de la edición para regalar, pero también conoció la burla, la displicencia, la ironía. Y eso, y su acusado perfeccionismo, le llevaron a un silencio literario que duró prácticamente hasta su muerte. Y no solo, su pánico se hizo tan ostensible y desesperante que cayó en el alcoholismo y debió ser internado. Poco a poco remontó, intentó escribir, pero nunca se sintió con fuerza. En 1960 y 1980 fue reconocido como fotógrafo con sendas exposiciones; en 1970 recibió el Premio Nacional de Literatura de México y en 1983 su mayor éxito: el premio Príncipe de Asturias de las letras. Para entonces ya era un mito del silencio más doliente y encarnaba el triunfo del hombre que creó un teatro de la imaginación y de las ruinas, algo menos de 300 páginas donde está los grandes temas de la vida, de la épica social y de la muerte preñada de sorpresas.

 

*Con algunas variaciones, este texto apareció en el suplemento ’Artes & letras’ de Heraldo de Aragón, coincidiendo con el centenario del gran escritor mexicano.

*La foto la tomo de aquí:

http://elnacional.com.do/wp-content/uploads/2017/05/rulfo_1.jpg

DIÁLOGO CON EDUARDO LOURENÇO

[Esta semana acaba de empezar la Feria del Libro de Madrid. Y también la de Huesca. El miércoles 31 comienza la de zaragoza, que este año solo dura cinco días y se ha trasladado a la plaza del Pilar. Recibo esta entrevista de prensa de Feria del Libro con Eduardo Lourenço. Portugal es el país invitado a la feria.]

Eduardo Lourenço: 

“Vivimos un tiempo indiferente a la historia,

un anti-tiempo europeo”

 

“El tiempo de la Humanidad, que no fue tan humano como lo habíamos soñado, ya estaba agotado cuando terminó el siglo XX. Los relojes donde leíamos un destino con rostro aún humano pararon al mismo tiempo en una aldea de Polonia y en una ciudad de Japón. Este acontecimiento no fue como la batalla de Waterloo o la invención de la máquina de vapor, momento de historia e Historia, sino otra especie de tiempo, una eternidad vacía, modelo de todo el tiempo futuro de ojos inútilmente abiertos. El horror puro e invisible”. Estas palabras son del filósofo, ensayista y poeta Eduardo Lourenço, quien esta tarde ha dictado la conferencia inaugural de la 76ª Feria del Libro de Madrid en el Pabellón Bankia de Actividades Culturales. Lourenço convirtió su intervención en una decidida defensa de los valores del humanismo y una llamada de atención sobre los valores que animan el mundo en el comienzo del tercer milenio.

 

“Aceptamos ahora -recordó Lourenço- que no procedemos de ningún paraíso perdido del que hayamos sido expulsados, aceptamos que no estamos destinados a ningún más allá que mágicamente nos lo devuelva. Debemos vivir la leyenda como la verdad y la verdad como un sueño para siempre aplazado. Sólo así entraremos en el tiempo donde ya estamos, un tiempo donde el ídolo de la Historia, que durante siglos tomamos por Dios o por su ángel ambiguo, dejó de emitir señales. La inocente fórmula anarquista ni dios, ni amo no escandaliza ni sorprende a nadie, es una carta de visita que recibimos en la cuna antes de abrir los ojos en la caverna celeste de la televisión donde noche y día reciclamos éxtasis y terrores virtuales que nos afectan menos que los de la antigua vida inscrita en el círculo de la muerte, infierno e paraíso”. En opinión del autor de El laberinto de la saudade, ahora “estamos obligados a inventar una imagen de nosotros mismos como si nunca la hubiésemos tenido. Ni bárbaros, ni griegos, ni paganos, ni cristianos, ni hijos de la razón, ni íntimos de las tinieblas, ni vencedores ni vencidos de combates de siglos, nos volvemos, de repente, personajes de juegos de vídeo, ni más ni menos reales que los de las aventuras intergalácticas”.

 

El escritor luso añadió: “Sin más Dios que su ausencia vivida como una fiesta, no por eso dejamos de ser simulacros, ahora de nosotros mismos. Simulacros virtualmente eternos, clones del dios que no somos, multiplicando sin fin nuestro esplendor de mortales que tanto habíamos anhelado. Sin la ironía bíblica, nos tenemos que habituar a ser como dioses, no por recibir la existencia y el sentido de Otro, nuestro semejante inaccesible, sino por poder reproducir, como andy warhols sarcásticos, nuestra vida reducido a imagen de sí misma”.

 

El discurso de Lourenço se oscureció al sostener: “Las propias víctimas sueñan con estas Las Vegas planetaria que las deja menos solas en sus infiernos, sin otros Dante que los fotógrafos”. Y concluyó: “Con el fin de un tiempo como Historia, y memoria, es el sujeto cultural el que desaparece. En este fin de milenio y comienzo de otro, el espíritu del mundo se llama América, que sólo tiene tres siglos de memoria ritualizada. Para ella todo lo demás es fábula, como lo habían sido para nosotros Grecia o Roma, antes de asumirlas como nuestras a través de un viaje voluntario a través de sus libros resucitados”. El fin de la historia, según el diagnóstico de Fukuyama, es “el fin del paradigma europeo y el inicio de otro indiferente a la historia como construcción intencionadamente universal y concretamente europea”. Pero Eduardo Lourenço esto “no debe escandalizarnos”: “Debemos aprender a vivir en este nuevo tiempo donde la voluntad de poderío europeo, en todos los órdenes, no regula todos los relojes del mundo, si alguna vez lo hizo. Pero no debemos olvidar que, en cuanto tal, el tiempo americano es un tiempo de nuevo tipo que desconoce la inquietud que San Agustín comunicó a la temporalidad cristiana. En ese sentido, es un anti-tiempo europeo”. 

 

*Tomo de aquí la foto:

http://www.movenoticias.com/wp-content/uploads/2016/01/Eduardo-Louren%C3%A7o.jpg

 

 

Prensa Feria del Libro:

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MANUEL VILAS: LOU REED Y AMÉRICA

Instantes épicos de Gran Vilas*

 

Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) siempre ha tenido un mundo personal, con huella del romanticismo al principio, de Charles Baudelaire, que en el fondo lo ha acompañado siempre, de Luis Cernuda y de Jaime Gil de Biedma. Poco a poco, ha ido encontrando no solo su voz inconfundible y desacralizadora, sino eco, lectores, reconocimiento. Intenta ser un escritor libre, imaginativo e iconoclasta, irónico y sorprendente, tanto en su poesía como en su narrativa. Sus novelas son libros abiertos y sugerentes que exploran la realidad y sus contradicciones, con intuición, con una mirada crítica o ácida, pero también con esa ternura seca que no se relame, que siempre huye de lo sentimental, como sucedía especialmente en Aire nuestro (Alfaguara, 2009). Suele ahondar en aspectos poco conocidos, o ya tópicos, para otorgarles una dimensión un poco más cáustica o desinhibida.

En el fondo, le encanta desmitificar. Y a la vez, la palabra Amor –tan inabarcable como una flecha que se desmanda hacia mil direcciones y modalidades de afecto: tituló Amor su poesía reunida en Visor en 2012- es una de las más utilizadas por Vilas: en sus declaraciones, en su lírica o en su narrativa, que tiende a la fragmentariedad y a la ruptura de las secuencias espacio-temporales. Vilas es, no sé si a su pesar o por inclinación espontánea, anticonvencional. Como si el corsé de las cosas y su circunstancia nunca lograsen seducirlo o mitigar sus impulsos de fabulación y de extravío.

En los últimos meses, casi anteayer como quien dice, Manolo Vilas ha publicado dos libros: Lou Reed era español (Malpaso, 2016) y América (Círculo de tiza, 2017), que tienen bastantes conexiones. El primero es una biografía, más o menos crítica o con bastantes impugnaciones, del cantante norteamericano y a la vez una autobiografía de Manolo Vilas, quizá la mejor de las suyas hasta el momento (y ha ensayado unas cuantas, por ejemplo en el poemario Gran Vilas, Visor, 2012), y el segundo es un libro crónica, una road movie de una nueva y vieja existencia: al autor de El hundimiento (Visor, 2015) siempre le ha interesado mucho Norteamérica –a través del rock (Dylan, Zappa, Elvis Presley, Johnny Cash), de Walt Whitman, de la política, de las series norteamericanas…- y ahora vive seis meses allí, y realiza un viaje por el Midwest. Es un libro realista que ahonda en la fascinación del país, sus héroes y tumbas, sus bibliotecas, los grandes bosques que parecen un santuario de misterio y de sombra, y es, ante todo, un canto a la vida. Y eso para Manuel Vilas quiere decir contradicción, desconcierto, belleza, quiero decir la irrupción constante de lo inesperado. Como no podía ser de otro modo, es un libro de citas y de encuentros, de reflexiones y de muchos nombres propios: las cartas de los autores latinoamericanos en Iowa, la admiración por Dylan y Springsteen, “los polis buenos americanos”, la emigración, los Simpson o una charla con Paul Auster.

Tampoco deja de ser una autobiografía de perfil porque el lector se asoma a los Estados Unidos de Donald Trump –“pensé que podía ganar, porque la gente está votando de una forma nihilista, contradictoria y negativa. Hay una nueva gravitación del Mal sobre el mundo”, ha dicho- con sus ojos y con un estilo que a veces puede parecer cínico. Por otra parte, al escritor, que siempre siempre siempre escribe, le interesa desde hace unos años la primera persona, ese yo torrencial y desenfadado que llega a cualquier sitio y desde el que se siente tan seguro, cálido o provocador. Para Vilas la literatura es el territorio de la libertad y de la transgresión, el espacio donde se combate lo predecible: le dedica un poema extraordinario a su madre y de repente, cuando menos te lo esperas, la llama derrochadora, le “reprocha” que ni haya dejado dinero para el entierro. Lo previsible no va con él.

Lou Reed ha sido, quizá, el personaje que más le ha interesado, hasta el punto de que suele decir –más de veras que de bromas- que él es un catedrático en Lou Reed. Lo sigue desde 1975, con trece años, lo vio en Barcelona en 1980, con dieciocho, en un concierto que fue un poco una aventura iniciática, quizá la primera aventura inolvidable de la vida. Desde entonces oyó sus discos, se aprendió sus canciones, lo convirtió en sujeto y fantasma de su obra, y en el año 2000 volvió a verlo, esta vez en Zaragoza. Recuerda que le gustaba mucho Lorca, igual que a Leonard Cohen, y la cuajada navarra. Y viaja por su discografía, se aproxima a sus mujeres, descubre muchos rincones oscuros y concluye que Lou Reed fue “mil personajes”. Por supuesto que rara vez es complaciente. 

*Este texto ha aparecido en el último número de la revista ’Librújula’, que dirige Antonio Iturbe, premio Biblioteca Breve 2017.

DIÁLOGO CON JUANJO MORALES

El autor de este libro:

Juan José Morales Ruiz es Doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona. Profesor del Máster de Historia de la Masonería en España y América en el Departamento de Historia del Derecho y de Historia de las Instituciones de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED); miembro del Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española (CEHME); y Profesor Tutor de Historia Contemporánea de España (UNED). Se ha especializado en el estudio del discurso antimasónico y la represión de la masonería en la guerra civil española y durante el franquismo.

 

Cazarabet conversa con Juan José Morales Ruiz:
- ¿Amigo, apenas “sabemos” de la masonería y eso que es una parte importante dentro de las relaciones de quien “más conocimientos atesora” a qué lo atribuyes?
- Desde que hace 300 años, cuando se creó la Gran Logia Unida de Inglaterra, se fundaron las primeras logias masónicas en Inglaterra, la Masonería se vio en vuelta en una aureola de misterio. Ese era (y probablemente es) su principal atractivo, pero también lo que provocó, en muchos países su persecución.
En la primera parte de mi libro, abordó la cuestión de los orígenes y definición de la masonería. Y digo que es hasta cierto punto lógico que antes de estudiar el discurso antimasónico en la guerra civil española, hay que dar respuesta a una pregunta, aparentemente muy sencilla (por lo menos en su formulación) pero que es más complicada de lo que parece. Me refiero a la pregunta: ¿qué es la Masonería?
Cito lo que dice el profesor Ferrer Benimeli, sin duda el mayor especialista en la historia de la Masonería, en su libro: El contubernio judeo-masónico-comunista, sobre esta cuestión. “Una de las dificultades mayores que supone hoy día el hablar o escribir de Masonería española radica, no tanto en saber lo que fue o hizo -que en parte ya sabemos- sino en tener que desmontar previamente una idea errónea o una auténtica deformación popular en lo referente a la Masonería” (FERRER BENIMELI, José Antonio, El contubernio judeo-masónico-comunista, Madrid, Ediciones Istmo, 1982, p. 23).
Y es que todavía resuenan en los oídos de muchos españoles los ecos de aquellas campañas antimasónicas que atribuían al contubernio “judeo-masónico”, asociado al comunismo, al separatismo y a la anarquía, una acción despiadada de destrucción de nuestro país. La Masonería fue responsabilizada de la guerra civil, de la pérdida de nuestras colonias, de la decadencia española, etc. Y fue perseguida por el franquismo, que consiguió su sistemática destrucción, y exilio, y la convirtió en un auténtico paradigma del mal.  Vamos ahora a contestar a la pregunta de qué es la Masonería. En mi libro recojo por ejemplo la definición que aparece en las Constituciones del Grade Oriente de España, publicadas en 1871. Allí se proclama que “la Masonería tiene la perfección de los hombres, y por lo mismo, los Masones españoles admiten los diversos Ritos, Grados, ideas y sistemas sociales establecidos, siempre que ellos no atenten a los principios morales, filantrópicos y fraternales”. Este a partidismo se justifica porque la Masonería es “una escuela de ética que persigue un fin exclusivamente moral y que opera en el campo libre de la filosofía y de la enseñanza”. Cabe preguntarse entonces ¿por qué fue tan perseguida?, y ¿cómo pudo construirse ese mito del contubernio y de la conspiración judeo-masónica? Debería quedar claro que la Masonería no tiene nada que ver con toda serie de leyendas con que, en algunos países como el nuestro, se le ha rodeado, y donde el sólo nombre de masón evoca a misas negras, profanación de hostias, asesinatos de niños, culto a Satanás, venganzas sangrientas… y todo ese cúmulo de fábulas que han llegado a cobrar consistencia y ser creídas sin más desde la más tierna infancia, por obra de educadores cuya ignorancia sobre el tema no les ha impedido deformar sistemáticamente generación tras generación.
Este proceso de mitificación, de falsificación de lo que es la Masonería, es fundamental a la hora de estudiar con rigor y académicamente el discurso antimasónico en el bando franquista durante la guerra civil, y después durante el franquismo, hasta la muerte de Franco, porque ha producido en el público una falsa “definición” de lo que es de verdad la Masonería, y ha calado tan hondo en la sociedad española, que hace muy difícil superar el entuerto.

-Porque en el Estado Español ¿cuándo aparece la masonería, las primeras logias y qué corriente impera sobre la o las otras…
- Más que de una existencia organizada y continua de la Masonería, en la España del siglo XVIII, hay que hablar de la presencia esporádica y sin mayor trascendencia de algunas logias que no tuvieron ninguna importancia ni continuidad, excepción hecha de las logias británicas situadas en Gibraltar y en Menorca (sobre la Masonería en esta isla he publicado algunos trabajos de investigación). Esas escasas primeras logias estaban relacionadas con la Gran Logia Unida de Inglaterra.  

-Aunque, amigo, quizás deberíamos definir, lo más sencillamente posible qué es una logia masónica.
-En relación con el término “logia” baste decir que sirve para designar el lugar donde realizan sus actividades los masones. También, se suele utilizar, indistintamente, el nombre de “templo” o “taller”. En un sentido más amplio, se utiliza el término logia “en plural”, para designar las comunidades masónicas de base. Las logias constituyen el principio organizativo fundamental sobre el que los masones desarrollan las actividades de “iniciación” y formación, y el resto de los “trabajos masónicos”. Las Logias son la estructura sobre la que se desarrolla la masonería en todos los países.

-Siempre ha estado en el punto de mira, siempre ha estado reprimida, pero ¿por qué?; ¿tan peligrosa era para el poder piramidal de lo que podríamos considerar como un Estado –tipo?
-Yo he estudiado el tema de la brutal represión de la masonería durante el reinado de Fernando VII, donde, sin embargo, paradójicamente apenas hubo logias masónicas. Y en esta cadena de prohibiciones y persecuciones, conviene tener en cuenta una serie de documentos pontificios publicados por los Papas contra la masonería y los masones, desde el siglo XVIII, y que tuvieron una influencia decisiva.
Probablemente la encíclica más determinante por su influencia en la persecución de los masones durante el siglo XIX, y después en el siglo XX en la España de Franco, fue la “Humanum Genus” de León XIII, publicada el 20 de abril de 1884. Esta encíclica es una especie de “summa antimasónica” del pensamiento eclesiástico. Aunque no fue la única.    

-Pero, a la vez, muchas de las personas más influyentes, tanto a nivel del Estado Español como a nivel internacional, formaban parte de alguna logia masónica….
-Este es uno de los mitos más habituales incluso todavía hoy. La presencia de masones entre la gente más influyente tanto en España, como a nivel internacional. Y muchas veces han sido (y son) los propios masones responsables de la propagación de este mito, como si en su afán proselitista creyeran que tiene alguna ventaja esta falsedad, y que, sin embargo, en España, y en otros países, durante los últimos 300 años, ha provocado (y ha tratado de justificar) de justificar lo del contubernio y algunas teorías de la conspiración.

-Para ellos, para los integrantes, suponía como un prestigio, como una forma de ostentar cierto poder… cabe casi a pensar que la especie humana cae siempre en lo mismo: somos un gran rebaño jerárquico que necesita como ir demasiado de la mano.
-Y además esta tergiversación favorece una cierta curiosidad que provoca de tanto en tanto la publicación de informaciones sensacionalistas con pretendidas listas de masones que ocupan los partidos políticos, los gobiernos, e incluso el propio Vaticano.

-La fraternidad está más que bien entre los humanos (fundamental desde muchas perspectivas), pero el pensar por uno mismo, también… y esto en organizaciones jerárquicas, secretas, simbólicas a veces se puede como “escapar” un poco de control (no sé si me explico) … ¿qué nos puedes reflexionar?
-Insisto en que hay demasiada leyenda urbana sobre los masones y la masonería. Por ejemplo, cuando se trata incluso de cuantificar su número. En la actualidad los propios masones dicen que habría en España cerca de 5000 masones. Son demasiados. Puede que confundan el deseo con la realidad.
Y por añadidura, no parece de verdad que entre ellos destaquen los principales líderes de la sociedad española, tanto a nivel económico, empresarial, político, intelectual, etc. Y ello, porque todavía en España pesa muchísimo la mala imagen de la masonería repetida hasta la saciedad por la propaganda franquista.    

- ¿Cómo fue la relación de las mujeres con la masonería en España? -Había ciertas reticencias a que las mujeres formaran parte de esta organización jerárquica y ellas mismas, como en casi todos los campos, se tuvieron que hacer sitio como a codazos… ¿Qué nos puedes reflexionar?
-En la masonería británica, la llamada masonería “regular” se impide desde hace 300 años la participación de la mujer, en virtud de las llamadas constituciones de Anderson. Pero en la masonería de influencia francesa, la masonería “irregular” se admite a las mujeres, hay logias mixtas, y logias sólo de mujeres.  

-Claro, llega la Guerra Civil, la dictadura y ellos querían ser la única voz, la única idea a seguir, aunque fuese a fuerza de represión de todo tipo y de escarmiento y en la masonería vieron un enemigo claro: ¿cómo lo concibieron como enemigo y qué medidas fueron tomando en contra de ellos?
-En mi libro trato de dar una respuesta al tema de la represión de los masones. El título (Palabras asesinas. El discurso antimasónico en la guerra civil española), me parece muy significativo. Desde el inicio mismo de la contienda civil, de cuyo inicio se cumplieron en 2016 ochenta años, la prohibición, la condena y la represión de la masonería se convirtió en uno de los objetivos, que tenía además la virtualidad de unificar a los distintos militares que protagonizaron el golpe militar. Y durante la postguerra y todo el franquismo, los masones (aunque los pocos que salvaron la vida habían huido y vivían fuera de España) eran la justificación de la permanencia de Franco en el poder, porque repetía a marcha martillo, que “la masonería nunca se rinde” y que no se podía bajar la guardia porque se trataba de un “enemigo invisible”, y por eso tan temible.           

- ¿Qué discurso o bajo qué pilares y factores empezaron a desarrollar el discurso antimasónico? Debió ser muy agresivo para titular tu libro, “Palabras asesinas”, ¿no?
-Aquí me gustaría recordar lo que decía Elie Wiesel hablando del Holocausto: "No todas las víctimas de los nazis fueron judíos, pero todos los judíos fueron víctimas de los nazis".  De la misma manera, parangonando a Wiesel, se puede decir que no todas las víctimas del franquismo fueron masones, pero todos los masones (españoles) fueron víctimas del franquismo.  

- ¿Bajo qué perfil humano una persona podía pasar a ser “sospechosa de formar parte de una logia masónica”?
-Todo el mundo era sospechoso. Todo el mundo era culpable, si no se demostraba lo contrario. Lo que era bastante difícil. En este sentido, en un libro anterior (La publicación de la ley de represión de la masonería en la España de postguerra (1940) que publiqué en 1992, pero que creo que todavía está vigente, desgraciadamente) recogía una frase de Franco publicada en el periódico Arriba, con el pseudónimo de “J. Boor”, el 3 de mayo de 1951.
Decía: “Si la masonería no descansa en sus actividades criminales, forzosamente hemos de ponernos en plan de combatir quienes, por conocerla, nos hemos convertido en fieles guardianes de nuestro solar frente a sus ataques. No hemos jamás de olvidar que entre las fuerzas derrotadas de la anti-España por el Movimiento Nacional Español ocupaban un puesto principal las fuerzas masónicas de nuestra Patria, que, aunque reducidísimas en su número eran, sin embargo, las patrocinadoras de todas las traiciones y las que realmente habían abierto las puertas de la patria a la invasión comunista y a su enseñoramiento de nuestro solar. Los que crean que la masonería se da alguna vez por vencida se equivocan. Hija de la maldad, su espíritu demoníaco sobrevive a la derrota y encarna en nuevos seres y en nuevos territorios. Hemos de desconocernos al sol de la gloria y del resurgimiento, si queremos librarnos de la sombra inseparable de las asechanzas masónicas”.      

-¿Qué oficios estaban más vinculados con la masonería y sus diferentes logias?, hablo, además, de los que se dan como “más tradicionales” …porque siempre se ha hablado y tú lo reflejas en tu libro que destacados miembros vinculados con la seguridad y profesiones liberales eran muy activos. ¿Qué nos puedes comentar?
-En 300 años de historia la masonería en España ha tenido miembros de muy distinta escala social. Recientemente el Profesor Javier Alvarado ha publicado un libro sobre la presencia de la nobleza en las logias masónicas españolas (ALVARADO, Javier, Masones en la nobleza de España. Una hermandad de iluminados. Madrid, La esfera de los libros, 2016). Su riguroso trabajo historiográfico ha desmontado el mito del carácter republicano, y popular de la masonería española en el siglo XX. Y es que habría que hablar más que de masonería, de “masonerías”, y ver que el fenómeno masónico en España es más complejo de lo que parece.  

- Porque no cualquier ciudadano podía entrar, ¿no? Háblanos de esos requisitos a seguir…
-Para entrar en la masonería, de acuerdo con las Constituciones de Anderson (vigentes todavía hoy en la masonería “regular” desde el siglo XVIII) hay que ser “un varón, libre y aceptado”. Ello impide, como he dicho el acceso a las mujeres en la masonería “británica”

- Eso “choca”, un poco, quizás con lo que yo pienso que debería ser la fraternidad entre los seres humanos, ¿qué nos puedes decir y comentar?
-Yo creo que en la actualidad hay algunas cuestiones masónicas que son un tanto anacrónicas. Por ejemplo, esta idea de una sociedad organizada a partir de diversos grados, y muy jerarquizada, por más que sus dirigentes sean elegidos democráticamente. También puede resultar chocante el carácter de una organización “discreta”, en una sociedad abierta, cada vez más comunicativa.

- ¿Qué era lo que perseguían los masones y sus logias entre y detrás de sus reuniones?; ¿a qué le temía tanto la dictadura franquista? Pero la masonería sobrevivió… ¿cómo lo hizo?
-Sobre esto creo que he respondido con anterioridad. De hecho, hasta unos años después de la muerte de Franco, y ya en plena transición, los masones no regresaron del exilio, y la masonería no fue legalizada como cualquier otra asociación.  

- ¿Cómo salió la masonería de tantos años de represión, persecución en tiempos de dictadura? porque, ahora, aunque siguen siendo una “sociedad secreta” no es lo mismo vivir ahora que en la dictadura o que en tiempos de la II República. Cuéntanos…
-La masonería en la actualidad está tratando de funcionar como cualquier otra asociación. En 2017, la Gran Logia Española desarrolla una campaña de reconocimiento de la honorabilidad de la masonería entre las instituciones, y la ciudadanía. Pero, naturalmente, la huella de las campañas antimasónicas del franquismo, todavía pesa sobre sociedad española.  Estamos muy lejos de llegar a la situación de otros países, donde funciona con absoluta normalidad. 

- ¿Por qué a las personas comunes nos debería de interesar más la masonería?, ¿tanta influencia ha tenido en nuestro devenir?
-No creo que la masonería deba interesar más que una ONG, como UNICEF, por ejemplo, que desarrolla una magnífica tarea en defensa de la infancia. O también CARITAS. La masonería, en otros países, - a pesar de su histórica persecución en España-, es una asociación como cualquier otra de fines similares.  

-Ya, por último: en la actualidad, aquí en nuestro país, ¿cómo definirías en “estado de las cosas” en torno a la masonería?
-Ahora en España, todavía, la masonería sigue estando estigmatizada por la propaganda de extrema derecha. Y forma parte de los mitos constitutivos de las teorías de la conspiración, que sin embargo no tienen ningún fundamento, aunque tenga mucho éxito a nivel editorial. Falta mucho rigor a la hora de hablar de la masonería. Y parece que cualquier cosa vale. Por eso es necesario el estudio histórico de la masonería en nuestro país. 

 

 

 

 

BOFARULL EN LOS MORLANES

BOFARULL EN LOS MORLANES

Pepe Bofarull se pregunta y se

responde en color y en gesto

 

El maestro serígrafo, 25 años después, realiza una exposición individual en la Casa de los Morlanes

 

[Las obras se llaman ‘Pregunta sin respuesta’; son la 7 y la 8. Foto de Gonzalo Bullón]

 

Pepe Bofarull (Sabadell, 1953) es el maestro serígrafo de Aragón de los últimos 30 años. Así lo han bautizado, entre otros, pintores como Jorge Gay, Pepe Cerdá o José Luis Lasala. Acaba de jubilarse y deja un importante vacío en la reproducción artística. Por eso, poco antes de su marcha, Rafael Ordóñez Fernández, jefe de área de Cultura del Ayuntamiento de Zaragoza, le sugirió una antológica de su quehacer serigráfico. Bofarull le propuso otra cosa: realizar una nueva exposición individual de monotipos de serigrafía, un cuarto de siglo después de la última, en la sala Barbasán de la CAI. «Entre otras cosas, porque eso que me pedía ya lo había hecho en el Museo del Grabado de Fuendetodos», dice el artista.

Así se explica ese verdadero ‘tour de force’ que presenta en la Casa de los Morlanes: más de medio centenar de piezas apaisadas, de 60 x 120 mm, que constituyen una fiesta del color, un oleaje de tonos, un torbellino encendido de gamas que tienen algo de partitura de notas, secuencias y temblores. «Esta exposición es mi memoria contemporánea, y está basada en la pintura y en la música. Desde muy joven oía a Jimi Hendrix, Frank Zappa, pero también a Ígor Stravinski, John Coltrane o Miles Davis, pongamos por caso. Todos me han marcado. Del arte aquí hay muchas cosas: lo que he vivido, mi formación, mi evolución. El pop, el infomalismo, la abstracción expresionista norteamericana, y algunas técnicas tradicionales. Para la impresión, he elegido la madera antes que el zinc. Eso sí, es una exposición hecha a mano por completo».

Pepe Bofarull es un hombre cultivado. Es un pensador tranquilo, un lector de ciencia, un curioso y, a su despacioso modo, un teórico. «He robado a todo Dios. Piense que yo he trabajado con Broto, con Gay, con Cerdá, con Cano, con Xavier Grau; conozco de primera mano sus secretos. Es mi mundo. Y aquí están Jaspers John’s, Willem De Kooning, pero también Frank Stella o Robert Rauschenberg. En este trabajo es muy importante el ritmo, el movimiento de la regleta de serigrafía o de la cartulina que extiende la tinta. Hay una búsqueda constante de la armonía, del equilibrio. He usado 40 litros de disolvente y 10 kilos de tinta», dice. Recuerda algo importante: ‘Pregunta sin respuesta’ es el título de este empeño, intenso y apasionado, que ha llevado a término en 2017. «Así se llama una pieza del compositor estadounidense Charles Ives, nacido en 1874 y fallecido en 1954, de apenas tres minutos, una obra sobria, casi atonal, donde dialogan algunos instrumentos en poco más de tres minutos».

El pintor y serígrafo explica su método, cuadro a cuadro. En todos los cuadros realiza un primer fondo inicial, sometido al binomio de control y accidente. Conciencia y azar. Luego interviene con distintas capas de tinta. A veces hasta con cuatro superficies. De cuando en cuando le quedan zonas sin imprimir o veladuras, o emergen, con distinta graduación o intensidad, determinadas figuras, o lo que Bofarull llama «fantasmas». El autor usa aquí el gesto, el arrebato, pero también el dibujo. Gobierna y desgobierna la mano. «He elegido este formato porque es cuanto me dan los brazos. He intentado hacer una exaltación del color. A veces es voluntaria y ha sido dominada por entero, y a veces es accidental. Todo me sirve. Esta es una exposición de la acumulación de capas», afirma. Aún va más allá: «Por aquí han pasado alrededor de 500 personas, nada comparable a las 30.000 de Natalio Bayo en la Lonja. Lo sé. Pero hay varias cosas importantes. Vienen porque les interesa, porque sí, tienen interés y curiosidad, y eso siempre es estimulante. Estoy vivo y estoy aquí. He hecho un esfuerzo gigante y me siento recompensado. Este es un trabajo de taller y, quizá, un autorretrato. No soy moderno, ni lo pretendo, pero soy de mi tiempo. Seguro».

Pepe Bofarrull siempre regala frases. Suyas o de otros. A veces habla en aforismos. Dice: «“Hay que aprender de lo que no te gusta”. Si lo haces también te preguntas por lo que te incomoda y creces. Mi exposición está fuera de la moda, de lo que se lleva, es un mirar hacia atrás. Soy un artesano que, de repente, se presenta en este espacio en un acto de sinceridad.»

Pregunta sin respuesta’ estará abierta hasta el 25 de junio.

ANA ALCOLEA: UNA ENTREVISTA

ANA ALCOLEA: UNA ENTREVISTA

Ana Alcolea narra la historia de su

abuela Mercedes, que vivió tres siglos

 

La escritora publica su segunda novela para adultos: ‘Postales coloreadas’, en el sello Contraseña

 

Ana Alcolea (Zaragoza, 1962), tras haber logrado en 2016 el Premio Cervantes Chico, publica su segunda novela para adultos: ‘Postales coloreadas’, en Contraseña (Zaragoza, 2017. 315 páginas). “Es tal vez mi novela más personal. Está basada en recuerdos de mi abuela, que vivió 103 años y pasó por tres siglos”. Mercedes era hija de Juan, empleado del ferrocarril y jefe de la estación de Utrillas, en Zaragoza, y de Agustina, una muchacha orensana de Amoeiro. Añade Ana Alcolea: “Cuando murió, pensé que sus recuerdos de todo un siglo debían quedar en la memoria colectiva, y no solo en la mía, por eso empecé a escribir este libro hace más de diez años. Me ha hecho llorar, reír, y temblar: cuando la terminé y puse el punto y final, mi cuerpo tembló, literalmente. No me había pasado con ninguna otra novela, sentí un enorme vacío, y sentí como si perdiera a las personas de las que hablo en la novela otra vez”.

La novela, un mosaico familiar con muchos personajes y elipsis temporales, arranca en Almería con Mateo y Margarita, sus bisabuelos, y acaba casi cuando la autora nació en Zaragoza, en 1962. Sucede en diversos lugares: Santander, Vigo, Orense, Madrid, varias localidades de Teruel, incluso La Habana y Barcelona, y por supuesto Zaragoza. “Lástima que en Zaragoza no haya mar. Si no podrías trabajar allí. Hay río. En realidad hay tres ríos y un canal. Hay bastante agua. Y viento”, se dice en la página 153. Es una novela de muchos personajes: la primera pareja Mateo y Margarita, su primogénito Juan, que se casa con Agustina, y sus hijos: Valentina la ciega, Pilar, Lola, Agustina, Enrique, Magdalena o Mercedes, pero también andan por ahí el viudo Rodolfo, el apasionado Pepe, que se va a la guerra de África, o el cabal conductor Francisco, que acabará casándose con Mercedes.

Explica Ana Alcolea: “Son personas que he convertido en personajes. Hay episodios que ya no sé si son reales o ficticios, hasta tal punto he vivido dentro de mí las palabras que han ido tejiendo esta historia”. En ‘Postales coloreadas’ son muy importantes los objetos, los recuerdos, los secretos de familia: “El armario de mi abuela y los objetos que guardaba en él son parte importante de esta novela: sobre todo las postales coloreadas que alguien escribía para ellas, para sus hermanas, pues no sabían escribir... Las viejas fotografías también dedicadas por manos ajenas, y que tan bien ha captado Alberto Gamón en la ilustración de la cubierta”. Además de esas postales, son importantes el gramófono, la barra de carmín, unos gemelos, pero también algunos personajes de la época como Raquel Meller, Miguel Fleta y toreros como Bombita. A Paco, esposo de Mercedes y abuelo de la autora, le gustaban mucho los toros e hizo sus pinitos como matador.

“Estoy muy contenta con el hecho de que la novela haya sido publicada por la editorial Contraseña por varias razones: comparto editorial con una escritora a la que quiero y admiro como es Irene Vallejo; es una editorial aragonesa, de mi ciudad, Zaragoza, y el trabajo editorial de revisión y corrección ha sido realmente minucioso y espléndido, así como el cuidado del propio libro como objeto”, concluye la autora de ‘El medallón perdido’ o ‘La noche más oscura’.

 

*La foto de Ana Alcolea es de Oliver Duch, de Heraldo.