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Antón Castro

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PACO URIZ: TEATRO Y POESÍA

PACO URIZ: TEATRO Y POESÍA

Francisco J. Uriz:

«La cultura siempre está en crisis»

 

Francisco J. Uriz (Zaragoza, 1932) es escritor y traductor, tarea por la que ha recibido en dos ocasiones el Premio Nacional de Traducción: en 1996, por su antología de ‘Poesía Nórica’, y en 2012 por toda su trayectoria. Ha traducido a Gunnar Ekëloff, Ingmar Bergman, Artur Lundkvist y August Strindberg, entre otros muchos, en solitario o con su mujer Marina Torres. Entre sus méritos figura el de ser el fundador de la Casa del Traductor de Tarazona, en 1989, y de haber acompañado en varias ocasiones a Olof Palme, empeño que le regaló una bella nominación: «el poeta de Olof Palme». Alterna su residencia en Zaragoza y en Suecia. Ahora, en Libros del Innombrable, el sello zaragozano donde ha publicado varios poemarios y su lírica completa, presenta un volumen de teatro, compuesto por tres piezas - ‘Vietnam no está en la Edad Media’, ‘Mear contra el viento’ y ‘Decidme cómo es un árbol’, que da título al conjunto-, y a la vez traduce a la poeta Lina Ekdahl (Gotemburgo, Suecia, 1964), su libro 'En estos tiempos'.

 

Siempre le ha preocupado Vietnam -cuya guerra comenzó hacia 1960 y concluyó quince años después-, no solo en el teatro, sino también en la poesía.

Seguí con atención y entusiasmo la guerra de liberación de los vietnamitas contra los restos del imperialismo francés y su victoria tras la batalla de Dien Bien Phu, el David que derrotó al orgulloso Goliat. Tal vez venga de ahí mi inclinación por los más débiles (también en el fútbol), seguí las negociaciones de paz, la violación de los acuerdos por parte de Vietnam del sur y el inicio de la salvaje intervención norteamericana y su derrota.

¿Qué vio en ese conflicto, qué le perturbó tanto?

Me perturbó porque creo que nunca se ha utilizado tanta violencia y crueldad contra un pueblo que no les amenazaba por nada. Fue la batalla del país más industrializado y rico del mundo, Estados Unidos, contra un pequeño país campesino.

La obra se titula ‘Vietnam no está en la Edad Media’. ¿Cuál es su mirada dramática en esa obra, qué había y qué no había de Edad Media en ese conflicto?

El título de mi pieza surge de la frase de aquel humanista norteamericano que proponía bombardear a Vietnam «hasta la Edad de Piedra». Yo coloqué la acción en la Edad Media, por razones teatrales. Era la dejación y traición de las «patrióticas» clases dominantes para defender su país y la voluntad y astucia del pueblo para suplir a las clases dominantes en la noble misión de defensa de la independencia.

La segunda pieza del libro, ‘Mear contra el viento’, está redactada en colaboración con el cubano Jorge Díaz. ¿Es un grito, una forma de rebeldía? ¿En qué contexto fue escrita?

La pieza, subtitulada ‘Teatro infantil para adultos’, obtuvo una mención en el premio Casa de las Américas y unas generosas palabras de Max Aub, el escritor español en el exilio. En esta obra también el imperialismo norteamericano, esta vez el de las grandes corporaciones, era el objeto de nuestra crítica. Nos basábamos en los documentos secretos que se acababan de publicar de la ITT (empresa que fue fundada en 1920 bajo el nombre International Telephone & Telegraph). La filmó la televisión sueca y obtuvo un premio en Bulgaria.

En la tercera pieza hace una interpretación de las memorias del poeta Marcos Ana: ‘Decidme cómo es un árbol’. ¿Qué le interesó de él? El cineasta Pedro Almodóvar compró ese libro.

La pieza de Marcos Ana la escribí mucho antes de que se publicasen sus memorias. Utilicé una excelente entrevista publicada en la revista ‘Por Favor’ y lo que me había contado él en Estocolmo, en una de sus visitas a Suecia. Y también me basé en algunos libros de experiencias carcelarias durante el franquismo.

¿Qué quería hacer en su acercamiento a ese personaje que había conocido la cárcel?

¿Salvar algo de memoria histórica, tal vez? Podría ser la respuesta. Para que no se borre todo.

Acaba de traducir a la poeta sueca Lina Ekdahl, en Libros del Innombrable, en la antología poética ‘En estos tiempos’. De entrada, da la sensación de que es una poeta social, de denuncia, marcada por su compromiso y su beligerancia.

La mayor parte de poetas que traduzco son sociales. Ella es una sucesora en la línea del feminismo combativo: Sonja Åkesson, en los 60-70; Kristina Lugn, en los 70-90; y Lina Ekdahl, de los 90 a nuestros días.

Usted ha defendido una lírica no sé si panfletaria o inmediata, pero desde luego crítica. ¿Cuál es la misión de la poesía?

Soy partidario de una poesía impura, como decía Pablo Neruda, y de su verso: «Quien huye del mal gusto cae en el hielo».

¿Está la cultura en crisis, ha perdido su impacto social? Vive entre España y Suecia. ¿Ha sucedido ahí algo semejante?

Me da la impresión de que la cultura siempre está en crisis y en la revista ‘Crisis’, de Zaragoza, porque siempre hay en todo el mundo entusiastas impenitentes.

 

LAS FICHAS

Decidme cómo es un árbol. Tres piezas de teatro de Francisco J. Uriz . ‘Vietnam no está en la Edad Media’, ‘Mear contra el viento’ (con Jorge Díaz) y ‘Decidme cómo es un árbol’. Libros del Innombrable. Zaragoza, 2016. 242 páginas.

En estos tiempos. Antología poética. Lina Ekdhal. traducción de Francisco J. Uriz . Libros del Innombrable. Zaragoza, 2016. 113 páginas.

 

*La foto de Paco Uriz, en su casa de la Avenida de Valencia de Zaragoza, la tomó para Heraldo Esther Casas.

VÍCTOR DEL ÁRBOL: UN DIÁLOGO

VÍCTOR DEL ÁRBOL: UN DIÁLOGO

Víctor del Árbol se confiesa admirador de Camus, Dostoievski y Miguel Delibes. El escritor barcelonés, todo un acontecimiento en Francia, presentó hace unos días en la librería Central de Zaragoza su libro ‘La víspera de casi todo’ (Destino), galardonada con el Premio Nadal 2016

 

Víctor del Árbol «Mis personajes buscan

la reconciliación consigo mismos y el perdón»

 

«He sido policía hasta hace cinco años y he hecho un poco de todo. He trabajado con menores, he ayudado en mil cosas, he trabajado en prisiones. Esa sí que es una experiencia intensa y fundamental para entender la psicología del monstruo. Los reclusos, dentro, están controlados; algunos, por instinto de supervivencia, se convierten en seres normales, pero en cuanto rebasan la barrera de la prisión se les despierta de nuevo el monstruo. Y de eso va un poco ‘La víspera de casi todo’: hablo de personajes con un pasado traumático que, a veces, esconden a un asesino», dice Víctor del Árbol (Barcelona, 1968), ganador del premio Nadal de 2016.

 

Sospecho que una novela con tantas historias extremadas, parte de la realidad.

Mis libros se alimentan de lo que ocurre. Supe de un joven que había quemado su casa. Y mientras leía ‘Lolita’ de Nabokov, me enteré de una historia parecida a la que cuento: una profesora se enamoró de un joven alumno de 17 años, se quedó embarazada, huyó con él y dejó a su marido. Poco después, cuando el joven creció, la dejó a ella.

Su historia es un poco distinta…

Sin duda. En mi novela una mujer, fotógrafa, que ha sufrido una experiencia terrible, se deja seducir por el muchacho. Aquí la inocencia conquista a la experiencia, y ella, la mujer, en la primera peripecia sexual que tienen, se pregunta cómo sabe él todo eso.

Ese joven es esquizofrénico…

La enfermedad le sobreviene, poco a poco, tras haber arrojado al vacío a una niña, Martina...

Sigamos con su reflexión sobre la realidad.

La realidad es inverosímil y la ficción tiene que ser verosímil. En la vida real las cosas no se resuelven del todo, no tienen coherencia, no tienen un nudo, un desarrollo y un desenlace. Eso es algo que tenemos que hacer los novelistas.

Sorprende un poco que un escritor de Barcelona ubique su narración en la Costa de la Muerte.

No se crea. He estado casado doce años con una mujer gallega, de Orense. Galicia forma parte de mi vida. Para mí la novela es, esencialmente, una puerta abierta al horizonte y también simbología. La Costa de la Muerte contiene muchos símbolos que son decisivos en el libro: el paisaje, el faro, los nombres, Ave del Paraíso, Ojos de Agua, Nicosia (que es un barco y un centro y una radio vinculados a las enfermedades mentales), y Punta Caliente, que es mi Macondo gallego. La Costa de la Muerte también alude a la idea del salto, del precipicio, del drama rural y, por supuesto, es un escenario de naufragios. Aquí todos los personajes son náufragos.

Son náufragos, pero también parecen perseguidos por el mal...

Los seres humanos tendemos a la negación del mal. A veces no queremos ver las evidencias, hacemos el relato que nos conviene y no queremos interferencias. Hablo de la gente normal que deja de serlo y comete aberraciones inesperadas, como el inspector Germinal Ibarra. No me interesan la bondad o la maldad como verdades absolutas. Nadie es bueno ni malo del todo.

En realidad, sus criaturas quizá sean supervivientes…

Sin duda. Mis personajes tienen un punto de partida oscuro, con fantasmas… Mis personajes son supervivientes, buscan la reconciliación consigo mismos, buscan la redención, el perdón.

¿La encuentran?

Bueno. Ahí entra la literatura, que cuestiona la realidad aparente y explora el alma humana: encuentra espejos que nos explican o nos reflejan en nuestras contradicciones, en la búsqueda de la felicidad; encuentra la luz y la oscuridad, el bien y el mal.

Hablemos de su estilo, tan cuidado. ¿Sabe para quién escribe?

Escribo por los personajes. Escribo para mí y deseo que en ese ejercicio, o tentativa, me encuentre con lectores cómplices que me interpelan a mí y a los personajes. Tengo clara una cosa: la literatura puede prescindir del escritor, pero jamás del lector.

 

*Esta entrevista apareció en Heraldo de Aragón, en la sección de Cultura. La foto de Marcos Budiño la he tomado de ABC en la red. Víctor está en la Costa de la Muerte. 

 

FERNANDO LALANA: UN DIÁLOGO

FERNANDO LALANA: UN DIÁLOGO

A Fernando Lalana (Zaragoza, 1958), Premio Cervantes Chico, le gusta experimentar con los géneros narrativos. Publica ‘Kansay city’ (Bambú / Casals), del oeste, y ‘A contraluz’ (Mira editores), de erotismo para jóvenes.

 

“El verano es un tiempo

 de euforia y la estación

del amor y el ligue”

 

-En este primer semestre del año ha publicado tres libros.

-Sí. A veces se concentran en torno al Día del Libro, que resulta maravilloso, y la Feria del Libro, que fue decepcionante. Vender un libro ha sido más costoso que nunca y, además, había poca gente.

-Aparece en el volumen coral: ‘Diez miradas. Para quienes nos enseñan a leer’ (Loqueleo). ¿Quién le enseñó a leer?

- Mi padre, que era constructor, tenía un cuarto con biblioteca. Era socio de Aguilar, pagaba una cuota y cada cierto tiempo aparecía por casa un comercial para ofrecerle las novedades y era un buen cliente de la librería Universal. Mi pasión por la literatura, y por la lectura, se la debo a él.

-A sus padres les dedicó su primera novela del oeste, y acaba de publicar la segunda: ‘Kansas City’.

-Es cierto. Aparece en Bambú/ Casals, de nuevo. Y nació de una especie de proyecto al que llevaba dándole vueltas algún tiempo. Quería escribir subgéneros que no había abordado: el terror, la novela empalagosamente romántica, el western y la novela erótica para jóvenes.

-Quedémonos un instante en el western.

- Un día mi editor Jordi Martín me dijo: “Empieza por el western. He soñado que se ponía de moda”. Y así nació ‘Una bala perdida’, que es una historia detectivesca que transcurre en Nebraska, protagonizada por George Macallan. Allí moría la mujer de su vida, Alicia Camarasa. ‘Kansas City’ es la continuación de su historia ocho años después. Es una novela más crepuscular, llena de aventuras y de acción, clásica, aunque también hay detectives a través de la agencia Pinkerton.

-¿Qué le interesa del oeste?

-Es un género que no había tocado. Me apasiona la tarea de documentarme: investigar para escribir de algo que no sabes me parece un privilegio. Y hay otro factor casi sentimental: yo soy muy admirador de Francisco González Ledesma, que empezó escribiendo novelas del oeste, bajo el seudónimo de Silver Kane. Decía que ahí había aprendido a escribir. Ya de mayor, recordó aquella época y publicó una novela deliciosa: ‘La dama y el recuerdo’. Cuando la leí, me entró el gusanillo.

-A la vez que ‘Kansas City’ también aparece en Mira editores ‘A Contraluz’, que es su novela de erotismo para jóvenes.

-No era fácil que les interesase a mis editores habituales. Poligone Education de Pamplona hizo una edición digital. Joaquín Casanova siempre me había pedido un libro y pensé que este podía ser el idóneo. Y aquí  está.

-¿Qué dificultades ha tenido?

-Escribir erotismo para jóvenes entraña sus riesgos. No puedes ni irte por la tangente, ni ser blando o irreal, tienes que interesarle. Y a la vez los jóvenes son más bien románticos y les gustan que los libros acaben bien, que las historias de amor se cierren. Aquí he contado la historia de un joven, Eduardo, enamorado de una chica, Elisa, pero todo se complica un poco más.

-¿Se dan esas ‘nude partys’ de las que habla en el libro?

-Sé que existen, claro, aunque esta es inventada. Recuerdo perfectamente que en los años 70, poco antes de la muerte de Franco, en Zaragoza yo participé en una de ellas. Una o dos veces, en una de esas casas con piscina, rodeado de amigos y todos desnudos, de 16, 17, 18 años. Aunque allí no sucedían las cosas que pasan aquí, donde hay un muerto.

-¿Qué vínculo existe entre el verano y el amor?

-Yo creo que el verano es la estación del amor, del ligue. Mis primeros amores fueron en verano: es un período de euforia, de entusiasmo, de las salidas de casa y es el tiempo de la playa, que también es un buen escenario para el amor.

-Se ha encontrado, en sus visitas a colegios e institutos, en chicos tan leídos como los de ‘A contraluz’.

-La verdad es que no mucho. Eso sí, cuando alguien te pregunta por Stanley Kubrick, es maravilloso.

-¿Qué libros nos recomendaría para este verano?

-‘Veinte poemas de amor y una canción desesperada’ de Pablo Neruda, que me sigue pareciendo un libro deslumbrante y que contiene todo el amor. Recomendaría un autor, Pierre Lemaitre, del que recomiendo ‘Nos vemos allá arriba’, sensacional, y ‘Camille, y ‘La isla de Bowen’ de César Mallorquí, con quien me siento muy identificado.

 

*Este texto ha aparecido en la contraportada de HERALDO. La fotografía es de Oliver Duch.

DIÁLOGO CON MIGUEL Á. HERNÁNDEZ

DIÁLOGO CON MIGUEL Á. HERNÁNDEZ

[El pasado viernes, el narrador murciano Miguel Ángel Hernández presentaba su nueva novela, 'El instante de peligro' en la librería Antígona, en compañía del narrador Sergio del Molino. He aquí una entrevista a propósito de la novela que fue finalista del Premio Herralde de novela.]

 «Escribir es una forma de frenar el tiempo»

-¿Qué le debes o cómo te marca Walter Benjamin?

Le debo un modo de relación con la historia. Sobre todo la intuición de que el pasado está aquí, es tangible y se nos aparece en imágenes que nos aluden y se nos clavan un momento antes de desaparecer para siempre.

 

-¿Qué tiene de particular este escritor que cada vez más parece un precursor de la modernidad o una figura que está muy presente?

Benjamin fue un cartógrafo de su tiempo, entendió como nadie la modernidad, pero también supo ver las transformaciones y los retos del mundo que se había abierto frente a él. Imaginó a qué nos íbamos a enfrentar en el futuro. Y esbozó modos de resistir y luchar frente a lo que no tardó demasiado en llegar (la dominación fascista y tecnológica, el capitalismo integrado, la estetización y espectacularización de la política…).

 

-¿Cómo te sientes bajo esa etiqueta de novelista de ideas?

Relativamente cómodo, aunque es cierto que todas las novelas están llenas de ideas. En mi caso la teoría tiene un peso central como una especie de reflexión crítica acerca de lo que mueve las historias. Novela de ideas, novela reflexiva, de pensamiento, intelectual… no me desagrada. Siempre, claro está, que eso no sea sinónimo de “novela aburrida o pestiño filosófico”.

 

-¿Cuáles son los asideros reales de la novela, cómo surgió: de una imagen específica, de un intento de explicar la memoria y el arte…, de una intuición, de la necesidad de regresar a un lugar?

Curiosamente surgió de una imagen: una sombra proyectada sobre un muro en mitad de un bosque. Un día me vino esa imagen a la cabeza. Y a partir de ahí comenzó a nacer la historia. Por alguna razón, quizá porque soy historiador del arte, el germen de mis historias siempre está en una imagen. La historia, las ideas, el tono, la justificación teórica… todo eso viene después. Lo esencial es la imagen.

 

-¿Podría leerse como una carta, una indagación, como un viaje que hace el protagonista alrededor de sí mismo?

Una carta o una confesión para intentar comprender el pasado y el presente. El protagonista escribe para poder explicarse cómo ha llegado hasta ahí y qué es lo que merece la pena salvar. Escribir, muchas veces, es necesario para poder situarnos en el mundo.

 

-Explícanos un poco a Martin y a la artista Anna. ¿Son tan raros y tan complejos los creadores?

Martín es un profesor y escritor que ha fracasado en lo que se proponía. Creo que su manera de enfrentarse al mundo es más cotidiana que la de Anna Morelli, que sí que responde al modelo de “artista genial”, obsesionada hasta el límite por el arte y la creación. Para ella el arte es una cuestión de vida y muerte. Para Martín, el arte o la escritura son de gran importancia, pero nunca deja de tener los pies en el suelo.

 

-¿Has querido, en realidad, escribir una novela de amor y de amores más o menos recordados, evocados, que siempre están ahí, desde el fondo del tiempo?

Creo que El instante de peligro es un historia de amor o, como dices, de amores; de diferentes tipos de amor. Para mí es eso por encima de cualquier otra cosa; por encima incluso de una reflexión sobre el arte y la memoria. El amor es lo que atraviesa la novela. Y es lo que está incluso en el origen de esa sombra proyectada sobre un muro.

 

-¿Qué significa para ti escribir una novela, cómo la vives? Da la sensación de que es un proceso lento, muy meditado, que no tienes prisa, que te importa más el trabajo riguroso que el éxito más o menos inmediato.

Nunca tengo prisa en escribir. Comenzar una novela es abrir un mundo –a veces un abismo– del que ya no puedo escapar hasta que pongo punto y final a la historia. Pocas cosas me producen más placer que habitar ese mundo propio durante años. Por eso intento demorarlo todo lo que puedo. Transitar cada frase, cada giro, cada imagen. Como si el mundo no existiera. Escribir es para mí una forma de frenar el tiempo.

 

-¿Cuál es tu percepción de la autoficción, cómo te mueves en ella?

Me resulta tremendamente productiva. Es una manera de conectar el espacio de la ficción con el espacio real y de producir algo que para mí es fundamental en la novela: incertidumbre. Ficcionalizar lo real e introducir realidad en la ficción es una manera de generar desconfianza. Ya nos creemos demasiadas cosas en este mundo y quizá sea necesario desconfiar de todo. La duda literaria como espacio de resistencia.

 

-El libro también es una reivindicación del arte contemporáneo y de sus pequeños gestos y quizá de la obsesión. ¿Cuál es tu actitud ante la creación más contemporánea, qué te conmueve y qué te disgusta?

Soy historiador del arte y mi relación con las prácticas artísticas contemporáneas es muy cercana. De hecho, gran parte de mi visión del mundo se ha configurado a través de las experiencias artísticas. Me interesa el arte y me parece fundamental. Lo que me cansa, sin embargo, es el mundo del arte, las exposiciones que siempre hablan de lo mismo, las prácticas institucionalizadas… Creo que al arte le falta vida. Y curiosamente las novelas muchas veces sirven como ensayos en los que el arte recupera ese nivel vital: los protagonistas se obsesionan con las obras, su vida se transforma… el arte funciona.

 

-¿Qué lugar ocupa en tu vida el cine?

Me gusta, por supuesto, pero siento que estoy algo más alejado de lo que debería. Las series de televisión y las novelas ocupan mucho más tiempo en mi vida que el cine. Fue una gran pasión en mi adolescencia. Ahora no lo tengo tan presente, aunque hay directores que me obsesionan, como Michael Haneke, Lars von Trier o David Lynch.

 

-¿De qué autores de tu tiempo y de cualquier instante te siente afín, próximo o sencillamente un admirador?

Me interesan los escritores que entienden la literatura como modo conocimiento y reflexión. De entre mis contemporáneos: Patricio Pron, Ricardo Menéndez Salmón, Sergio del Molino, Ben Lerner o Gonçalo Tavares. Entre los maestros, sin duda, Enrique Vila-Matas, y también Paul Auster, Javier Cercas, Don DeLillo, Michel Houellebecq o Siri Husvedt. Y entre los de otro tiempo: Thomas Bernhard, Samuel Beckett o Borges. Lo que escribo está en deuda con todos ellos. 

 

*Tomo la foto de Miguel Ángel Hernández de aquí: 

http://revistaparaleer.com/agenda-eventos/presentacion-en-madrid-de-el-instante-de-peligro-de-miguel-angel-hernandez/

JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ: 'INCIDENCIAS'

JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ: 'INCIDENCIAS'

JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ PRESENTA 'INCIDENCIAS' EN ANTÍGONA
José Luis Rodríguez presenta hoy, a las 20.00 horas en Antígona, su nuevo libro de cuentos, inspirado en los músicos del Titanic: 'Incidencias' (Los libros del Señor James, el sello editorial de David Mayor y Pablo Lópiz, que lo acompañarán; Nacho Escuín y León Vela).
Copio algunos textos. Y abajo dejo la entrevista que se publicó el pasado lunes en 'Heraldo de Aragón'. [José Luis Rodríguez visto por Pascual Berniz.]

 

LA ENTREVISTA
José Luis Rodríguez García explora
la vida de los músicos del Titanic

 


El escritor publica ‘Incidencias’, una colección de microcuentos, acompañada de acuarelas suyas

 

Antón CASTRO
José Luis Rodríguez García (León, 1949) había estado un tiempo en silencio creativo. En realidad, más editorial que creativo. Este año ha publicado dos libros: el poemario ‘Estado de sitio’ (PUZ), que tiene algo de estremecedora elegía, y ahora aparece un libro diferente e imaginativo, inspirado en los músicos del Titanic, compuesto por microcuentos: ‘Incidencias’ (Los libros del señor James. Zaragoza, 2016. 160 páginas).
El escritor, biógrafo de Jean-Paul Sartre y catedrático de filosofía, explica: “El Titanic era la expresión del nuevo orden mundial. Era la pirámide indestructible de nuestra modernidad. Lo me atrajo de la historia de los músicos, que se han convertido en leyenda del siglo XX, es su serenidad, su aceptación de la vivencia del desastre. Creo que todos habían leído a Epicuro o Boecio. Lo digo en serio. Eran tipos fabulosos que ensayaban antes de distribuirse por el barco para agradar a ricos y pobres...” Dice que le habría gustado conocer a algunos de ellos, “pero creo que me va a resultar imposible”.
De manera especial, se sintió atraído por el director de la orquesta, que era pianista y cellista también, Percy Cornelius Taylor, “el personaje que más me inquieta del Titanic. He rebuscado por aquí y por allá, buscando anécdotas de su vida, el número de identificación que deben tener los muertos y el destino de algún cuaderno en el que escribiera sus afectos y angustias”. Y él es como el nexo de unión o la espiral de partida. “He querido hacer un libro de microrrelatos que están fusionados por la sensación de lo que queda después del diluvio, después del Titanic, después de la devastación moral que hemos vivido aceleradamente a lo largo del XX”, señala.
El volumen está dividido en seis partes, cada una de ellas encabezada por un personaje. Son Infancias, Más allá, Aventuras, Ucronías, Apocalipsis y Fragmentos de diarios, y a todo ello se le añade una selección de acuarelas del propio escritor. “Inicialmente, no planifiqué partes –matiza José Luis Rodríguez-. Ni mucho menos. Escribí con mal medida ansia muchos textos. Muchos de ellos han desaparecido. Se mantienen los que resultan menos malos. ¿Las partes? Pues no lo sé con certeza. Me parece que era necesario dedicar alguna referencia a la infancia, que es la hora en que el mundo de valores comienza a desmoronarse. La infancia inocente lo padece. A mí me avergüenza... Pero si hay niños vencidos o menospreciados hay que concluir que los adultos y los sabios somos una puñetera mierda”.
En este libro, vinculado según sus editores a Gilles Deleuze, llama la atención por su libertad creativa, por la variedad de registros en piezas a veces de dos, tres o diez líneas tan solo. “En literatura todo puedo conjugarse. Pero me quedaría con que se trata de fantasía a partir de lo real asumido libremente con humor negro y, en fin, rabia. No cantaré la última melodía de los músicos del Titanic que suponían ascender, como Josué, hacia el encuentro con Yahvé”.
Este espíritu de ‘Incidencias’ bien podría reflejarlo esta pieza, ‘Catástrofes’: “Las lágrimas del perro blanco, y entonces llegó la ola”. O quizá esta, ‘Juegos’: “La niña cerró el frasco observando sonriente a la salamandra asustada”.

 

NO COMPRENDE NADA
La niña pensó que lo hermoso eran el cariño, la selva y los muslos de los chicos que la besaban después de que hubiera finalizado el torpe teatro de un Batman al que le gustaban los aguacates. Aparece una mamá en el guión. Rubia, bellísima, dibujada. Por qué la han matado, dice, susurra.

JUEGOS
La niña cerró el frasco observando sonriente a la salamandra asustada.

FANTASMA
Me alegró encontrármelo en el salón y hablamos largo y tendido sobre Paul Bokuse y las antiguas leyendas de los piratas somalíes. La perplejidad me agobió porque, al rato de despedirnos, me puse a leer el periódico y descubrí su necrológica.

CRIMEN IMPERFECTO
Está en el sillón tapizado de azul cobalto. Tiene un puñal de plata clavado en el corazón y una fresa mordida entre los labios. La policía está muy desorientada porque vivía solo y jamás abría el buzón de la correspondencia.

HACE TIEMPO QUE TE ESPERABA
La mujer se encerró en el baño. Alguien había entrado en su apartamento. El sabor de las toallas de algodón amarillo es amargo. Como la tinta china o un telegrama.

-De ‘Incidencias’. José Luis Rodríguez García. Los Libros del señor James. Zaragoza, 2016.

 

ELOY FERNÁNDEZ ESCRIBE DE 'LA ZARAGOZA INADVERTIDA'

 

http://www.andalan.es/?p=12388

 

Eloy Fernández Clemente, en sus colaboraciones en andalan.es, habla de 'Los Sitios de la Zaragoza inadvertida', un proyecto que concibió el fotógrafo Andrés Ferrer y que lleva textos míos. 121 fotos y 81 textos. Escribe Eloy:

 

ZARAGOZA INADVERTIDA

 

Por Eloy Fernández Clemente

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El periodista Antón Castro y el fotógrafo Andrés Ferrer han publicado un bellísimo, importante libro,  “Los Sitios de la Zaragoza inadvertida”, que diseña y edita el segundo de ellos. Versan, el doble juego de fotografías de gran perfección y sugestivos encuadres y los comentarios sutiles, a veces emocionados, sobre una ciudad que “tiene muchos rostros e historias secretas”.

Porque, se nos dice, Zaragoza es una ciudad con vistas, aunque el fotógrafo es aficionado a los escombros, los detalles escondidos, rincones y edificios preferidos, puentes y callejones, rastros, plazas por las que iba Rosendo Tello, las de Santa Cruz o San Cayetano, viejos y nuevos hoteles, alturas y escondrijos, pasajes y urbanizaciones desalmadas, barrios rurales, estatuas de césares y reyes, parques como el de José Antonio Labordeta con su paseo “neblinoso, incierto”.

Viejos bares que eran “santuario de confidencias y de provisiones”; una Casa Grande que diseñó Fernando García Mercadal; un cementerio de Torrero que “no es La Recoleta, pero tiene sus muertos”. La vieja Escuela de Artes y la luminosa Expo. Calles emblemáticas, como Espoz y Mina, por sus bares, comercios, museos como el Camón o el Gargallo; nuevos rascacielos como el de Aragonia y descampados o edificios inacabados –“emblema del abandono, la fantasmagoría viva de un fracaso”, de los que es capaz de remontarse hasta un cuadro de Edward Hopper o una novela de Salinger; y pasajes abandonados que le hacen evocar a Cortázar y a Conget.

Iglesias y torres como san Fernando o La Magdalena (del Pilar apenas una vista de los picos de sus torres o de un rincón de su plaza), o la singular atmósfera de la plaza de san Bruno; teatros como el romano o el Principal; lugares mágicos o históricos, rincones inesperados, o la casa del Heraldo donde viviera Buñuel. O fábricas legendarias, como la de La Zaragozana, el mito de los Escoriaza, la droga Alfonso y la Adriática, La Equitativa, Caixaforum, El Pequeño Catalán o un anuncio de Coca-Cola; viejos cines y teatros como el Elíseos y el Fleta, ambos denunciando olvidos culpables, y El Plata, mito y leyenda. También hermosas historias de amor, poemas, monólogos de estudiantes imaginarios.

Son evocados muchos amigos, en el entorno de Víctor Bailo, de casa Emilio o del mismo Antón, que tanto los quiere: pintores y escritores, bibliófilos. Hay personajes imaginarios que hablan de sus vidas como maletillas, leones que hablan…

Como escribe Agustín Sánchez Vidal en el prólogo, “esta alfombra mágica es de doble trenzado. Las imágenes de Andrés Ferrer conducen hasta parajes a veces familiares, otras desatendidos e insólitos. Y los textos de Antón Castro, tras referencias perfectamente reconocibles, tampoco tardan en internarse en los territorios más neblinosos de la memoria y la leyenda”.

En el Palacio de la Aljafería, sede de las Cortes de Aragón donde se presentó, puede verse hasta el próximo 12 de junio una exposición de 25 de esas fotografías acompañadas de textos literarios.

ÁNGEL GUINDA, EN EL CENTRO CÍVICO RÍO EBRO DEL ACTUR

ÁNGEL GUINDA, EN EL CENTRO CÍVICO RÍO EBRO DEL ACTUR

ANTOLOGÍA ESENCIAL DE ÁNGEL GUINDA


[Una pequeña antología de los mejores, o de los más conocidos, poemas de Ángel Guinda, Premio de las Letras Aragonesas 2010. Esta tarde, a las 19.00, en el Centro Cívico Rio Ebro de Actur, dentro del ciclo ’Poetas con calle’, conversaré con él y leeremos algunos textos. la foto es de Enrique Cidoncha, colaborador habitual de 'Heraldo'.]

 

 

SER JOVEN

Ser joven
era abrazar la noche en llamas
hasta el amanecer,
tomar las curvas rectas
como quien tiene prisa por llegar a sí mismo.
Ser joven
era atropellar la vida,
un ejercicio de funambulismo.
Estrellarse contra el azul del cielo,
contra el aire, contra la realidad.
A veces, ser joven
era un deseo temerario de envejecer,
como quien echa un pulso al tiempo
y sólo arriesga el instante de una detonación.
Ser joven fue,
y no volverá a serlo nunca más.

(de Conocimiento del medio)

LO MEJOR DE LA VIDA

No fue olvidar que estábamos viviéndola
lo mejor de la vida.
Lo mejor de la vida vino después,
cuando supimos
que no habría otra oportunidad para vivirla;
y cada trago que de ella bebimos
lo apuramos al máximo, buscando
más allá de los posos nuestro fondo.

EN RESPUESTA A UNA JOVEN

Con el paso de los años la paleta de Goya se vuelve más oscura.

Con el paso de los años uno comienza a arrojar lastre: pierde altura,
oído, pelo, memoria, ímpetu y hasta las ganas de salir de viaje.

Con el paso de los años te haces menos suspicaz a todos y a casi todo,
nada te escandaliza, no esperas ningún milagro y sospechas que tú también morirás.

Con el paso de los años tienes cada vez menos sueño, más manías,
más decepciones y miedos.

Con el paso de los años todo se deteriora: el mundo se viene abajo.

Mas no te preocupes, esto sólo sucede con el paso de los años.


(de La llegada del mal tiempo)

AUTOBIOGRAFÍA

Si mi vida no es esto
¿Qué será la vida?
Martín Adán

Me preguntas por mi vida a bocajarro.
¿Qué puedo responder? ¿Con qué y de qué modo?
Lo que sé de mi vida lo borra cuanto no sé de ella:
las palabras no alcanzan, los recuerdos confunden.
Mi vida es lo que he hecho,
he deshecho, he dejado de hacer.
Para saber de mi vida piensa en la muerte;
piensa en ti que estás viva y has de sobrevivirme.
No sé si tendré tiempo
para vivir lo no vivido, para matar lo que viví,
para vivir la muerte antes de que me muera.
Mi vida recibe instrucciones de otras vidas
anteriores a mí, a las que sirvo
como fiel sucesor, y en mí reviven
–no tengo ojos sino para lo que no veo.
Mi vida es una noche que a la luz no se adapta,
un astro fugitivo extraviado en la tierra;
es también la palabra que aún no me encontró,
el mensaje misterioso que no descifraré.
Aunque mi verdadera vida tal vez se inventará.


(de La llegada del mal tiempo)

*

De niño yo veía en Zaragoza rinocerontes con cabeza de hombre, hombres con cabeza de pistola, hombres con cabeza de falo, hombres con cabeza de copón, hombres con cabeza de mardano, con cabeza de buey, de jíbaro; hombres cabezones, cabezudos, hombres con la cabeza en los pies. Ovejas con cabeza de mujer, mujeres con cabeza de cuna, mujeres con cabeza de cierva, mujeres con cabeza de fogón, mujeres con cabeza de basílica, con cabeza de virgen, de holocausto; mujeres con cabeza de piedad, mujeres con la cabeza entre las manos. Manadas de mujeres y de hombres con cabeza sin ojos, boca, orejas, nariz. Hombres y mujeres sin cabeza. Y cabezas rodando por las calles.

(de Espectral)

***

ESCRIBIR

Si me quitan la palabra escribiré con el silencio.
Si me quitan la luz escribiré en tinieblas.
Si pierdo la memoria me inventaré otro olvido.
Si detienen el sol, las nubes, los planetas,
me pondré a girar.
Si acallan la música cantaré sin voz.
Si queman el papel, si se secan las tintas,
si estallan las pantallas de los ordenadores,
si derriban las tapias, escribiré en mi aliento.
Si apagan el fuego que me ilumina
escribiré en el humo.
Y cuando el humo no exista
escribiré en las miradas que nazcan sin mis ojos.
Si me quitan la vida escribiré con la muerte.

***

NUEVO ORDEN

Urge cambiar el desorden del mundo.
Se declara el estado de crisis permanente.
Desde ahora los niños nacerán con vivienda.
Toda la población es emigrante.
La sociedad prioriza al individuo.
Se legalizan las drogas naturales.
Se subvenciona la solidaridad.
Se concede a los jóvenes pensión devolutiva.
Los ancianos serán privilegiados.
La vida se proclama asignatura.
La muerte recupera valor espiritual.
Se restringe el presupuesto de defensa.
Fronteras franqueables hasta su desaparición.
Si la fidelidad daña la salud mental,
se desbloquea la fórmula pareja.
El ejercicio del Poder se renueva anualmente.
Se habilitan las islas eclesiásticas.
Se suprime el consumo más superfluo.
Se debe trabajar para vivir.
Nadie viva para trabajar.
Se permite soñar con otra realidad.
Etcétera, etcétera, etcétera.


(de Poemas para los demás)

***


UN HOMBRE FELIZ

Fue feliz compartiendo
los cantos y las risas,
la pobreza, el dolor.
Retozando en la escarcha,
comiendo y bien bebiendo.
Alegre a pleno sol,
solo en el descampado
o entre la muchedumbre.
Fue feliz de estar vivo
y afrontar las desgracias
ajenas como propias,
sereno o agitado;
liviano haciendo el muerto
sobre la piel del mar.
Fue feliz desterrado
de la realidad.
Feliz bajo la noche
coronada de lámparas,
en batallas de amor
que hacen temblar las sábanas.
Fue feliz derribando
murallones de lágrimas,
hablando con los astros,
escuchando a la muerte.
No descarta
ser feliz bajo tierra
mientras sigue la vida.

(de Catedral de la Noche)

JESÚS JIMÉNEZ: CUATRO POEMAS

JESÚS JIMÉNEZ: CUATRO POEMAS

CUATRO POEMAS DE “CONTRA LAS COSAS REDONDAS”

(ED. LA BELLA VARSOVIA, 2016)

 

JESÚS JIMÉNEZ DOMÍNGUEZ

 

 

 

 

LA LUZ

 

Ranas, quietos budas pequeños

sobre los troncos, sobre las rocas,

bajo las cenefas rojas y naranjas del atardecer,

¿cuál es el objeto de vuestras meditaciones?

¿Qué guarda vuestra pupila que a la deriva flota

en el ojo como una gota de aceite sobre la leche,

como una nube vacilante sobre la fe?

 

Acaso veis brincar en el aire demorado del instante

la raspa de un pez, sus galas de carne y lentejuelas

bajo el biombo del agua donde vivimos y morimos juntos,

donde las piedras del fondo —pequeñas y redondas—

son cuentas huidas de un rosario o blancas tacitas de té.

 

Cantáis y cantáis sin descanso, hasta que el sol

con el perfil gastado del emperador deja de rodar.

Y la Poesía, la alumna aventajada de la luz,

¿adónde se retira cuando cae la noche?

La buscamos a tientas en la oscuridad

frotando una palabra contra otra, torpemente,

como esas cerillas húmedas o descabezadas

que, en mitad de un largo velatorio,

tratamos en vano de encender.

 

PARQUE DE ATRACCIONES

 

Un día nos perdemos en el Laberinto de los Espejos

y, al recobrar la salida, se ha hecho tarde y estás solo.

¿Dónde quedaron aquellos que te acompañaban?

 

El fuego azul de la lluvia desmanteló la noria.

El sol se largó con los colores rojos del tiovivo.

La indolencia y los días, mano a mano, puño a puño,

hicieron otro tanto y se encargaron del resto.

 

Aquí el viento empuja el ojo caído de una muñeca

y lo invita a recorrer la cara oscura de la vida,

esa que nunca se ríe porque —de hacerlo—

te asustaría su feo agujero con solo dos dientes o tres.

 

Un vencido chicle de junio del noventa y siete,

antes emblema de una juventud dulce y perdurable,

ahora sujeta en la puerta del urinario este cartel:

Hallados manojo de llaves y zapato ortopédico

en la Casa Magnética. Preguntar en Mantenimiento.

 

En el viejo puesto de algodón de azúcar solo queda,

abierto como una flor carnívora, un paraguas negro.

Debajo está la mancha cenicienta del hombre

al que un gran anhelo —o la falta de él— consumió.

 

Los volcados contenedores de la basura

son vagones descarrilados del trenecito chu-chú.

En lo alto de un pino, en la cabeza decapitada

de Mickey Mouse, anidan los cuervos de Poe.

 

Cuarenta y tantos años, cincuenta: pasaron veloces.

Un día nos perdemos en el Laberinto de los Espejos

y, al recobrar la salida, estás ya en la Casa del Terror.

 

CUERPO

 

En esta bolsa de viaje, madre, guardaste

lo necesario: una mente, un estómago y un sexo.

Nervios y bronquios. Riñones: dos por si acaso.

Con unas pinzas de cocina, del más grande

al más pequeño, fuiste introduciendo los huesos.

Para que no se soltaran y golpearan en las vueltas

del camino los anudaste con tendones y venas,

los envolviste primorosamente de tejidos y músculos.

Terminada la tarea, dejaste un corazón

al cuidado de todo: esta es mi herencia, hijo,

no la derroches; aunque escasa, habrá de bastarte.

 

Madre, nunca pensé que fuera tan caro este viaje.

Todo en este mundo cuesta un ojo de la cara

y el otro no me alcanza para ver los precios.

Tratando de ganarle la mano al tiempo, pierdo la cabeza.

En cada caricia que extendí me voy dejando la piel.

Pago con los cinco sentidos por la cuarta hoja del trébol.

En busca de las peras del olmo caigo despechado,

me desgañito, me descorazono, me deslomo.

 

Madre, para desvivirme por esta vida y estos deseos

en cada aduana tengo que echar mano del cuerpo.

Cuando llegue —¿a dónde? ¿cuándo?— ignoro

qué quedará de cuanto me diste, en qué estado.

¿Sabrá el destino, apostado en un oscuro callejón

sin salida, que soy yo cuanto largo tiempo esperó?

¿Montará en cólera al comprobar, albarán en mano,

que nada llega completo, intacto ni nuevo?

¿Tendré que desembolsarle algo más, madre,

por cada desperfecto, por cada mengua, por cada desfalco?

 

El viento hace danzar el envoltorio viejo de un caramelo.

El halcón lleva consigo la urgencia del vuelo y nada más.

La pera que cae de la rama deja su sitio a la pera futura

sin mediar notario alguno, herencia ni aflicción.

Al menos he de guardar dentro de mí algo de todos ellos,

hallar un sentido que haga frente a cuanto voy dejando.

En esta lucha sin cuartel todo me sirve y poco me alcanza.

En este cuerpo a cuerpo nada tiene el alma que perder.

 

CONTRA LAS COSAS REDONDAS

 

Amamos las cosas redondas pensando

que han de ser eternas y amables y perfectas:

el pomelo bajo el rotundo sol de agosto,

la pulsera que orbita alrededor del pulso,

la moneda con dos caras y ninguna cruz,

el balón de playa en cuyo interior aún se respira

un paciente aire de mil novecientos ochenta y dos.

 

Hay días redondos en los que todo cuadra

y la vida parece marchar sobre ruedas:

alguien, lija en mano, se encargó

de sustraerle al mundo todas las esquinas,

todas las aristas, todos los bordes.

 

Pero basta que atravieses por un declive

o que todo se vuelva cuesta arriba de repente,

para comprobar que son las cosas redondas

las primeras en abandonar y en echar a correr:

el pomelo, la pulsera, la moneda y el balón.

 

Me niego en redondo a aceptar tales desplantes.

Ante las formas esféricas opongo las cosas informes.

Elijo las imperfectas, las imprecisas, las irregulares.

Aquellas llenas de taras, de abolladuras o de dobleces.

Hermosas y singulares, sin plegarse a ningún centro,

solo ellas permanecen y nos acompañan siempre.

 

*La fotografía es de Joaquín Puga. 'Contra las cosas redondas' ya tiene en la calle su segunda edición.