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Antón Castro

Escritores

IRENE VALLEJO: LECTURAS, AUTORES, CITAS

  • ¿Cuál es el primer libro, o los primeros libros, que te cambiaron la vida?

Cuando mi padre empezó a contarme la Odisea, tal vez sin saberlo, me cambió la vida. Aquella noche en la que me hipnotizó con las aventuras de Ulises a la orilla de mi cama infantil, no podía imaginar que aquel barco griego decidiría el rumbo de mi imaginación.

-¿Y el que te reveló los poderes de la literatura?

Al leer Antígona intuí, quizás por primera vez, que la literatura no es solo la crónica de las aventuras de lejanos personajes, sino que habla de nosotros: la rebeldía, el amor a los muertos, los cuidados, las leyes.

-¿Quiénes son los autores de tu vida?

Serían infinitos, y no siempre los mismos: los libros de mi vida cambian constantemente. Pero si ahora mismo tengo que improvisar una lista, en ella estarían sin duda Safo, Heródoto, Montaigne, Conrad, Carson McCullers, Natalia Ginzburg.

-¿Qué libros te acompañan siempre, o casi siempre?

Trilce, de César Vallejo, que no es pariente mío, pero sus versos enamoraron a mis padres, así que le debo haber nacido.

-¿Qué buscas en la literatura, en la que escribes y en la que lees?

Inquietud, misterio, imágenes envolventes, ideas inesperadas y, sobre todo, un lenguaje poderoso que me descubra otros mundos posibles.

-¿El inicio que más te conmovió o te conmueve?

Un poema de Safo, que empieza: “Otra vez me sacude Eros, el que hace languidecer los cuerpos/ agridulce, indomable, animal oscuro”.

¿Y el final?

Siempre me ha impactado la famosa frase final de El gran Gatsby: “Y así avanzamos, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”. Describe esa extraña máquina del tiempo que son los libros, capaces de trasladarnos al pasado y al futuro, a los paisajes de la memoria y los sueños.

-¿Tienes un personaje favorito de ficción? ¿O varios?

Me fascinan los personajes inadaptados, extranjeros, fronterizos, como la protagonista de las Memorias de una enana, de Walter de la Mare. O las sirenas, desde Homero hasta el mascarón de proa que aparece en El tambor de hojalata, de Günter Grass.

-¿Y uno real convertido en ficción?

Cleopatra en Shakespeare. Virgilio en Dante o en Broch. Ovidio en Una vida imaginaria, de David Malouf. En estos días, me está impresionando la visión de Agustín Sánchez Vidal sobre Orson Welles en su Quijote Welles.

-¿Por qué te has volcado con los clásicos?

Me interesan los mitos porque son relatos supervivientes, que han sido capaces de cautivarnos generación tras generación, durante miles de años. Los relatos más andariegos, la condensación de nuestras emociones, las historias infinitas.

-¿Quiénes son los poetas que más te emocionan?

Safo, Ovidio, Vallejo, Lorca, Szymborska, Tranströmer.

-¿Qué poemarios o novelas o ensayos rescatarías del olvido?

A medio camino entre el ensayo y la poesía: El collar de la paloma, del andalusí Ibn Hazm. Y la Anatomía de la melancolía, de Richard Burton, que él mismo presentaba así: “Concededme cierto margen de tiempo y pondré ante vuestros ojos un océano prodigioso, vasto e infinito de insensatez y locura increíbles; un mar lleno de rocas y acantilados, de bancos de arena y golfos, estrechos y mareas contrarias, cuajado de monstruos terribles, formas salvajes, olas rugientes, tempestades y sosegadoras sirenas”.

-¿Los tres últimos libros, más o menos recientes que te hayan conmovido?

Lluvia fina, de Luis Landero, una emocionante y honda reflexión sobre el poder de la palabra y las historias en la memoria familiar. Arenas movedizas, de Nella Larsen, una novela en torno al desarraigo y el deseo, editada con mimo por Contraseña. El silencio de las mujeres, de Pat Barker, una impactante reescritura de la Ilíada desde el punto de vista de los personajes femeninos.

-¿Coleccionas algún autor, eres fetichista?

No soy fetichista: presto, pierdo y regalo mis libros. Guardo con cariño los cuentos y tebeos infantiles, que solía colocar bajo la almohada para soñar con ellos.

-¿Cuál es el libro de tu biblioteca que tiene para ti una historia especial, singular o emotiva?

Un ejemplar de Las aventuras de Huckleberry Finn que encontré en la carretera, abierto, atropellado por varios coches, atravesado por las cicatrices de los neumáticos. Lo llevé a casa, lo reparé y todavía lo guardo.

-¿Has hecho más locuras por amor o por la literatura?

Mis mayores locuras no han sido por amor ni por literatura, sino por deseo de aprender, experimentar y descubrir. Intuyo que esa curiosidad insensata e infinita es lo que comparten el amor, el saber y los libros.

-¿Hay una cita o un fragmento de un libro que te defina o que te guste especialmente?

“¿Puedo decir que nos han traicionado? No./ ¿Qué todos fueron buenos? Tampoco. Pero/ allí está una buena voluntad, sin duda,/ y sobre todo, el ser así”, de César Vallejo. Me fascina su empeño por defender la bondad, contra todos los cinismos y los pesimismos –por otro lado, sobradamente justificados–. Esos versos encarnan para mí esta confianza ciega y conmovedora.

¿Dónde lees, en qué soporte, en qué momentos al día, cuánto tiempo?

Desde que soy madre, leo en cualquier sitio, cazando al vuelo los instantes, robando horas al sueño y luciendo al día siguiente ojeras como condecoraciones lectoras.

¿En qué consiste leer?

Leer es habitar otras pieles, explorar otras mentes, mirar con otros ojos.

¿Cómo llevas el éxito de ‘El infinito en un junco’? ¿Se han cumplido tus sueños o aquí la realidad ha superado a la ficción?

En este caso, la realidad ha dejado atrás mis sueños más locos. Soy consciente de que esta inimaginable acogida hubiera sido imposible sin la hospitalidad de tantas personas –lectores, escritores, libreros, críticos–, que han recibido y amado a este pequeño junco con inmensa generosidad. Me despierto atónita cada día, conmovida por la bondad de tantos queridos desconocidos. Hacia todas ellas, hacia cada uno, mi gratitud infinita.

 

ELOGIO DE LAS BIBLIOTECAS

https://www.youtube.com/watch?feature=youtu.be&v=IssBUgFgh4Q&fbclid=IwAR1dtztZyJ4gAdF7-hUgXvbZJB1ydXMAWZ2TKwToGWbogLuz2Xn4rwgcYIs&app=desktop

 

"Hay pueblos que palpitan dentro de la biblioteca".

LA ZARAGOZA VIVIDA DE ARAMBURU

https://www.heraldo.es/noticias/ocio-y-cultura/2020/10/12/la-zaragoza-vivida-de-fernando-aramburu-1399706.html

'EL QUIJOTE WELLES' DE SÁNCHEZ VIDAL

'EL QUIJOTE WELLES' DE SÁNCHEZ VIDAL

narrativa Agustín Sánchez Vidal escribe, mediante el ardid de sucesivas entrevistas, la novela de la vida y obra del cineasta

En la sala de montaje con Orson Welles

Uno de los personajes más complejos e inagotables de la historia del cine y del teatro es Orson Welles (1915-1985). Su figura se ensancha en multitud de direcciones: fue actor, director teatral, guionista, un estupendo dibujante, montador y uno de los cineastas más fascinantes y ambiciosos de la historia, autor de una película que revolucionó el universo de la imagen como ‘Ciudadano Kane’. Esa obra, como un diamante único, se alza en medio de otras joyas, en absoluto menores.

A Agustín Sánchez Vidal le interesa el personaje desde hace muchos años, y siempre había querido convertirlo en materia de ficción. En sustancia novelesca. El resultado es ‘Quijote Welles’, un título que tiene varias lecturas: a Orson Welles siempre le interesaron mucho la novela y el personaje de Cervantes, y a la vez podría deducirse un poco que en toda su existencia, en su vida y especialmente en su obra, Orson Welles fue un auténtico Quijote. Y un Sancho también. Un rebelde con causas, un hombre inquieto e inteligente, con un gran carisma, azotado por multitud de sombras y matices de ansiedad.

Sánchez Vidal se ha propuesto armar una novela del personaje. Y lo hace en torno a varios ejes: el retrato de una complejidad absorbente, el paseo minucioso por su existencia (uno de los momentos más reveladores es cuando el propio cineasta cuenta sus años con Rita Hayworth y hace el retrato de una mujer vulnerable que viaja a Sevilla, que siente constantes celos, justificados, su desamparo esencial) y por su obra (viajes, etapas, rodajes), y la porfía por llevar al cine la novela de Cervantes. Welles sintió una insondable pasión española: adoraba los toros, tenía una relación de rivalidad y suspicacia con Ernst Hemingway, en el libro teoriza sobre la fiesta y habla de Ordóñez o de Belmonte con conocimiento de causa, se siente fascinado por Goya y las Pinturas Negras, por Velázquez y Calderón, le gustan los vinos y halla constantes caminos de ida y vuelta de lo llevan y traen desde el Siglo de Oro a nuestros días. Además, le enamora, como a Hearst, la bella ciudad de Ronda.

La novela como entrevista

Sánchez Vidal, premio de las Letras Aragonesas de 2016 y premio Espejo de España de 1988, organiza su novela de 668 páginas en 17 capítulos y en forma de entrevista. La periodista Barbara Galway decide redactar la biografía del autor que adoraba a William Shakespeare y para hacerlo se cita con Welles y con multitud de personajes que lo conocieron, que trabajaron y que discutieron con él. Y así, diálogo a diálogo, avanza un libro que también es una historia cultural de Hollywood y del propio cine, un exhaustivo retrato de un personaje irreductible, autodestructivo y obsesivo.

El rodaje de ‘El Quijote’ se prolongó durante 12 años, desde 1957 hasta 1969, y al final la montaría Jesús Franco, con voz en la novela. ‘Quijote Welles’, con su carrusel de incidencias y cambios de ánimo de Orson Welles, tiene un correlato evidente con los hechos conocidos, con las biografías y declaraciones del realizador, y en ese sentido tiene algo de palimpsesto, pero ante todo es un libro de ficción, un ‘collage’ tejido con revelaciones, apuntes, anécdotas, que se enriquece con diarios y con fragmentos del guión real y del imaginado por el novelista.

En algunas ocasiones, algunos personajes sugieren que el guion de la película se escribía sobre la marcha, y Sánchez Vidal, desde el inicio, no elude el vínculo cervantino con Zaragoza. Uno de los grandes momentos del libro es el diálogo, que no llegó a darse en la realidad, entre Salvador Dalí y Welles; el cineasta se enfrentó a una criatura brillante y escurridiza al que no era fácil seguir, pero que le divertía mucho.

El guionista y novelista Peter Viertel le dice a Barbara Galway: «Es imposible resumir la personalidad de Orson en unas pocas palabras. Lo primero que me viene a la cabeza es algo que decía mi padre. Aseguraba que en este mundo hay personas que se pasan la vida buscando la muerte, mientras que otros buscan desesperadamente la vida. Él es una sorprendente y explosiva mezcla de esas dos actitudes, por un lado, una creatividad desbordante y, por otro, una actitud profundamente autodestructiva. Hay algo que le atormenta, no acaba de acomodarse a las limitaciones de este mundo y eso le carcome por dentro, le produce un vacío interior, una especie de pozo que trata de llenar no solo con el alcohol, la comida o el sexo, sino sobre todo con trabajo».

El contador de historias

En la novela hay teoría, filosofía y claves de la creación y un copioso anecdotario; el propio Viertel revela su admiración por Ford: «Lo que más le impresionaba de John Ford era su capacidad para rehacer el pasado como un mito. A menudo, sus vaqueros vienen a ser una versión actualizada de los caballeros andantes».

Orson Welles rodó mucho en España, que se convirtió en un escenario esencial y sentimental para él. Una de las películas que grabó fue ‘Una historias inmortal’, basada en el cuento homónimo de Isak Dinesen. Al evocarla, le dice a Barbara Galway: «Yo me considero por encima de todo un contador de historias, como esos que frecuentan los zocos árabes. Esa es mi inclinación natural y mis películas suelen contener ese tipo de relaciones primordiales».

Sánchez Vidal le hace a Welles un inmenso homenaje con sus mismas armas, entre ellas el periodismo: ordena el puzle de los hechos y de los sueños en un libro que invita a entrar sin miedo y a quedarse en sus pasadizos con tantas criaturas inolvidables.

Antón Castro

 

literatura y cine

Quijote Welles

Agustín Sánchez Vidal.
Fórcola. Colección Ficciones. Madrid, 2020. 668 páginas.

 

*La foto de Agustín Sánchez Vidal es de José Miguel Marco. 

 

 

UN DIÁLOGO CON MANUEL VILAS

https://www.heraldo.es/noticias/ocio-y-cultura/2020/10/02/manuel-vilas-el-olvido-es-el-destino-final-de-nuestra-vanidad-1398038.html

CEES NOOTEBOOM, DISCURSO DEL PREMIO FORMENTOR

CEES NOOTEBOOM, DISCURSO DEL PREMIO FORMENTOR

LEYENDO EL LIBRO DEL MUNDO (*)
Cees Nooteboom
[Discurso leído en la entrega del Premio Formentor de 2020]
En el ahora en que escribo estas palabras, veo delante de mi ventana la pequeña rama de nogal que corté frente a esta aislada casa alemana en la que resido. Nunca me había fijado yo mucho en los nogales —a pesar de que mi nombre, Nooteboom, que en español significa «nogal», hubiera sido razón suficiente para ello—, y, por consiguiente, nunca había reparado en la belleza de las formas de sus hojas. Hace unos días coloqué esa elegante ramita delante de mi ventana por la que veo una hiedra exuberante, detrás de esta unos árboles altos, después un campo que el tractor del vecino recorre de un lado a otro, al fondo un bosque y más allá, en lontananza, los Alpes, pues esta casa está ubicada en un lugar apartado, en una zona rural de Baden Württemberg, que es uno de los estados de Alemania, como bien saben ustedes. Los discursos poseen siempre un entonces y un ahora, el entonces de la escritura y el ahora, es decir, ahora mismo, en que toca pronunciarlos. De ser así, me encuentro, en este momento, delante de ustedes en Formentor, el lugar que da nombre al premio que hoy recibo. Es posible que escuchen ustedes una leve vacilación en mi voz, porque el tiempo en el que vivimos es un tiempo incierto en que las cosas que damos por sentadas no siempre son seguras. Escribo estas palabras el último día del mes de mayo. Tal como están las cosas ahora, existe aún la posibilidad de que el virus que actualmente domina el mundo nos juegue una mala pasada, y, en tal caso, no estoy hoy, el 18 de septiembre, aquí en Palma de Mallorca delante de ustedes, sino en otro lugar, donde ustedes no están, lo cual sería de lamentar. La isla en la que se encuentra Formentor es vecina de mi isla, Menorca, que no es mía, por supuesto, aunque yo diga «mi» isla, pero sí es el lugar donde he escrito gran parte de mis libros y poemas en los últimos cincuenta años. De modo que el premio que recibo es para mí, en cierto sentido, como llegar a casa, con lo que no quiero decir que se me haya otorgado por esta razón, claro está, si bien estoy convencido de que la isla más pequeña ha sido una inspiración esencial para mi obra a lo largo de todos esos años.
Algunos días del año, en Menorca, cuando desde mi pueblo de San Luis me dirijo hacia el oeste en dirección a Ciudadela, avisto la forma de Mallorca, una atractiva figura geológica, ligeramente curva, que parece flotar sobre el mar, como una tentación. El viaje en barco de Ciudadela a Alcudia dura tres horas, un trayecto que he realizado con cierta frecuencia, pero mientras lo hacía nunca pensé en el Premio Formentor, hasta ahora, ahora que quiero expresar mi agradecimiento por este gran honor. A principios de la década de los sesenta, dos de los escritores que yo más admiraba, sin comprenderlos del todo, el irlandés Beckett y el argentino Borges, recibieron este mismo premio... Borges, el vidente ciego, se convirtió con el paso del tiempo en una figura mitológica, como la propia literatura, una constante fuente de inspiración, un ejemplo de erudición y de la posibilidad de jugar de una manera superior con todo lo que uno ha leído.
¿Cuándo se convierte uno en escritor? ¿Es gracias a la lectura o gracias a la vida? ¿O es por una combinación accidental o, por el contrario, intencionada de ambas? En el seminario donde cursé el bachillerato clásico yo no había leído ni a Borges ni a Beckett. ¿Influye la forma en la que discurre tu vida en la manera en que buscas tu camino en la literatura? Tenía yo suficientes razones para preguntarme esto, porque, al igual que muchos de mis contemporáneos nacidos antes de la guerra (soy del ‘33) que aún vivieron, de forma más o menos consciente, suficientes años de aquella época como para haber sido tocados por ella definitivamente, aquella guerra, sin que yo me diera cuenta entonces, se convirtió también para mí en una fuerza nada desdeñable que afectaría mi vida y, por lo tanto, mi escritura, a causa del inevitable caos que la acompaña. Mis padres se divorciaron en el último año de la guerra. Debido al hambre que azotaba a La Haya en aquel mismo año de 1944, mi padre, que moriría en un bombardeo de aviones británicos dos meses después, me había enviado con mi madre fuera de la ciudad, porque ahí todavía había algo de comer. Nuestra casa en La Haya sería destruida en este mismo bombardeo; todavía conservo en mi retina la imagen de aquel irreconocible montón de piedras.
Mi madre se volvió a casar en 1948 con un hombre extremadamente católico, por lo que me internaron en un seminario de franciscanos, y después, una vez que me echaron de ahí, en uno de la orden de Agustinos, y la palabra «orden» me la tomo aquí literalmente como la antítesis de «caos». Esto supuso un nuevo giro en mi biografía. En mi libro sobre Venecia, en el que comento una pintura de Carpaccio que representa a san Agustín como un escritor con la pluma levantada, es decir, en el momento de la inspiración, sostuve que él fue el mejor escritor entre los santos y el más santo entre los escritores. Así que no podría haber tenido yo mejor suerte, a pesar de que el amor entre los agustinos y yo no fuera perfecto y me expulsaran también de ahí, pero, con todo, estoy convencido de que la palabra Orden —ordinis Sancti Augustini— está bien elegida: por primera vez hubo orden en mi vida, tal vez gracias a los frailes, pero en especial gracias al horario estricto que impera en un seminario, y, con toda seguridad, gracias a los clásicos que allí me enseñaron y que ejercerían una influencia duradera en mi obra, que a partir de aquel momento, por el orden benéfico y por el caos que yo mismo me creé, se caracterizaría por una continua existencia nómada. Yo no podía imaginarme en una universidad, mi universidad sería el mundo. No creo que por aquel entonces ya quisiera ser escritor. Tanto el orden como el caos se convirtieron en parte de mi vida: el caos de estar siempre en camino unido a la necesidad de escribir sobre ese estar en camino, y mi obsesiva y tenaz curiosidad gracias a la cual aprendía idiomas mientras viajaba, a lo que contribuyó la base que había adquirido en los pocos años que había estudiado griego y latín y tres idiomas modernos en el seminario.
En septiembre del año pasado obtuve un doctorado honoris causa en Londres y a los estudiantes les expliqué, con un placer un poco perverso, aunque no fuera esta mi intención, que además de la universidad, existen formas ilegales de aprender o de adquirir los signos externos de erudición; pero aquí habla, claro está, el autodidacta, por no hablar de mi carrera de banquero, que inicié al irme de casa a los diecisiete años y que consistió en trabajar un par de años como joven empleado en un banco. Todo aquello no me aportó ninguna novela sugerente sobre la banca, pero sí me sirvió de algo. Y es que, algunas veces, cuando me permitían llevar dinero en bicicleta a unas ancianas de alta alcurnia, yo aprovechaba para hacer un gran desvío por un bosque donde me detenía junto un arroyo para, sí, ¿para qué? Para pensar, y a veces pienso que
mi escritura comenzó en aquel lugar, sin poner una palabra sobre el papel. Me sentaba allí y pensaba, una forma de absentismo y de clandestinidad que ahora sé que es parte integral de la escritura.
Pensaba en lo que realmente quería y en lo que había leído. Lo que me había quedado del poco tiempo que cursé la escuela secundaria era la avidez por leer libros, y cuando hoy vuelvo a mirar mis antiguos libros y las fechas que anotaba fielmente en ellos, me sorprende encontrar no solo a Sartre y a Faulkner o a los clásicos que estudié en el seminario, como Ovidio y Homero, sino también a unos cuantos escritores holandeses de los que ustedes desafortunadamente nunca habrán oído hablar, porque el neerlandés es un lenguaje secreto en el que hay que haber nacido para poder descubrir los tesoros ocultos de nuestra literatura.
En mi casa no se leía, al menos no aquellos libros que fascinan a quien más tarde será escritor. ¿Cómo funcionan esas cosas? Saltas de un libro a otro, algunos escritores no dejan de cautivarte a lo largo de toda la vida; tal vez no los comprendiste del todo cuando los leíste por primera vez y, para según qué libros, tuviste que aprender a captar los matices del idioma extranjero. Es una escuela dura en la que uno mismo hace de alumno y de profesor, una escuela que te acompañará toda la vida con descubrimientos siempre nuevos. Por aquel entonces no tenía yo muchos amigos literatos; vagaba por una inmensa selva, no para buscar, sino para encontrar. Uno de los libros más antiguos en el que anoté mi nombre es L´existentialisme est un humanisme de Sartre. ¿Entendí este libro en aquel momento? ¿Era mi francés lo suficientemente bueno? Llevaba años haciendo viajes en autostop con camioneros franceses, pero el discurso en las cabinas de los enormes camiones estaba más enfocado en el siguiente restaurante que en la filosofía, y, sin embargo, pienso que aprendí mucho de ellos. Recuerdo la obstinación por desviarnos de las rutas para ir a comer tal o cual especialidad culinaria local. Ahora, sesenta años después, leo en una biografía de Heidegger acerca de sus respuestas a Sartre, y algunas partes del rompecabezas empiezan a encajar; aquello que, con toda probabilidad, no entendí en su día se torna claro. Comprendí, por la prensa de aquellos días, que había varios autores franceses, como por ejemplo Simone de Beauvoir, que profesaban una gran admiración por William Faulkner. Ignoro si lo habían leído traducido o en su idioma original, pero para mí la lengua y el estilo de Faulkner eran un gran desafío, y no fue hasta más adelante, después de viajar por Misisipi y otros estados del sur y comprender cuán vinculados estaban la cultura de la América negra y el pasado esclavista en el mundo de Faulkner, cuando por fin hallé el acceso a su intenso y complejo mundo.
En cierta ocasión me encontraba yo frente a la enorme biblioteca de mi amigo alemán Rüdiger Safranski, autor de las biografías de Nietzsche y Heidegger, Hölderlin y E.T.A Hofmann, Goethe y Schiller. Estaba yo ahí cavilando un poco, con respeto y envidia, y se me ocurrió preguntar, probablemente en un tono de desesperación: «Rüdiger, pero ¿cuándo has leído todo esto?». Y él me contestó, como si llevara tiempo preparándose para esta pregunta. «Mientras tú leías el libro del mundo». En mi vida he tenido que responder con frecuencia a la pregunta de por qué viajo tanto, y, como reacción a la constante incomprensión hacia mi supuesta inquietud, he desarrollado un mecanismo de defensa que tiene que ver con mi pasado, con aquel par de años en el seminario. Gracias a este pasado, como no puede ser de otra manera, desarrollé una fascinación por los monasterios que me ha acompañado toda la vida, en especial por sus
variantes cada vez menos comunes, los monasterios con el bello nombre de «contemplativos», órdenes como las de los benedictinos y cistercienses, también llamados trapenses. El silencio que reina en estos lugares, la regularidad que en efecto me faltaba en mi inquieta vida, me atraían hasta tal extremo que me presenté —debería de tener unos dieciocho años— en un monasterio trapense situado en el sur de los Países Bajos para preguntar si podía ingresar en la orden. El abad, un hombre sabio, capaz de atravesar con su mirada mi alma inquieta, debió de llegar a la conclusión de que lo que a mí me movía no era la fe. Me entregó una historia de la vida de los santos en latín, una celda para dormir y un diccionario, y me encargó que tradujera un fragmento del libro. Al cabo de unos pocos días me largué de ahí, pero desde entonces no he dejado de visitar regularmente monasterios dondequiera que estén —Irlanda, Castilla o Japón—, y me he construido mi propio monasterio, sin cofrades, con la infinita serie de habitaciones de hotel que he ocupado: celdas para leer, escribir y pensar.
Hace mucho, en 1962, tuvo lugar un congreso literario en Edimburgo donde conocí a la escritora americana Mary McCarthy. Ella se hallaba entonces en la cima de su fama, y yo aún no estaba en ningún lado, pero en aquel encuentro, que se convertiría en uno de los más importantes de mi vida, ella debió de ver algo en mí, gracias a lo cual nació una amistad que se prolongó hasta su muerte. En el dédalo de mi defectuosa memoria creí que nos habíamos vuelto a encontrar en Formentor, cuando ella fue miembro del jurado en 1964, y mi admirado Gombrowicz uno de los candidatos. Lo del jurado y lo de Gombrowicz era cierto, sí, pero el encuentro tuvo lugar aquel año en Valescure y ella no votó por Gombrowicz, que contaba con el apoyo de un gran número de escritores, sino por Nathalie Sarraute, creo que sobre todo por su libro Tropismes, un título que ha dado nombre a una de las librerías francófonas fuera de Francia más bellas, me refiero a la librería Tropismes de Bruselas, donde compro mis libros siempre que visito la capital europea.
Las librerías, quisiera dejarlo claro aquí, son para los escritores una de las fuentes de inspiración más importantes. Si algo nos ha demostrado la pandemia es que el periodo de cierre de librerías ha convertido a los lectores y a los escritores juntos en tristes huérfanos, algo que ni Amazon ni internet pueden remediar, pues no son sino enfermeros en el hospital equivocado. Si me imagino el cielo, veo la imagen de una gran librería un poco desordenada donde unos libros dispersos en el suelo engendrarán otros libros. Pero ¿qué libros son esos? Borges y Nabokov nacieron en casas llenas de libros. ¿Es bueno eso? A mí me daba envidia y, sin embargo, no sé si es bueno. A mi madre le gustaba leer, pero no los libros que yo más tarde admiraría; así y todo, pienso que la imagen de mi madre absorta en la lectura de un libro me condujo hacia la literatura. Comoquiera que sea, algunos libros más vale leerlos a cierta edad. Mucho más adelante, afirmé en una de mis obras que al escribir uno siempre tiene en la mano a otros cien escritores, sea o no consciente de ello. Yo no fui capaz de leer a Borges hasta que la Collection La Croix du Sud de Roger Caillois publicó sus libros traducidos al francés, y no fui capaz de leer en francés hasta haber viajado infinitas veces con aquellos camioneros, porque mi francés escolar no bastaba. ¿Acaso mantenía yo conversaciones literarias con aquellos conductores? No, pero sí hice en aquellas cabinas otra cosa, igual de indispensable: escuchar las historias de otras personas. Y los relatos orales son libros todavía sin imprimir que te permiten acceder a la connaissance du monde, lo cual me lleva de nuevo a las palabras de Safranski acerca del libro del mundo.
Mis tres o cuatro cursos de educación secundaria me proporcionaron una base sólida que me permitió volver siempre a Heródoto, Catulo, Safo o San Agustín. Ahora bien, para enfrentarme al mundo vivo que me rodeaba, no estaba yo muy preparado; este lo tuve que descubrir por mi cuenta, lo cual solo es posible si uno se expone al azar. Y así fue como llegó a Ámsterdam un viejo director de escena, Pjotr Sjarov, que había sido alumno de Stanislavski. Nos trajo una representación de Chéjov tras otra, un recuerdo inolvidable, que más adelante retornó a mi poesía y que me hizo adicto al teatro. Con mis primeros ingresos tomaba yo cada año en Hoek van Holland un barco con destino a Harwich para asistir cada noche al teatro en Londres y casi anegarme en la extraordinaria riqueza de Shakespeare. Lo que comprendí entonces de aquella orgía lingüística shakespeariana no lo recuerdo, pero sí me ha quedado la fascinación por una lengua que es capaz de todo. Desde Londres hacía yo autostop a París, y recuerdo como si fuera ayer las primeras obras de Beckett, pero también las otras obras, tan diferentes y menos misteriosas, pero muy afiladas, de Anouilh y Adamov, con actores grandiosos como Serge Reggiani. No recuerdo gran cosa de las clases de literatura neerlandesa en mi escuela secundaria nunca acabada, pero la poesía de la generación de los 80 —y con ello me refiero a 1880, una generación literaria que, para la mayoría de extranjeros, es desconocida a causa de la inaccesibilidad de nuestra lengua—, sí me impresionó, en cualquier caso, me enseñó a leer poesía. Mucho más adelante encontré un antiguo cuaderno en el que había copiado cincuenta poemas de todo tipo, un cuaderno que podía llevarme fácilmente en mis viajes en autostop para leerlo y releerlo. Uno de los primeros grandes descubrimientos en mi propia lengua fue Louis Couperus, un escritor procedente de las Indias Orientales Neerlandesas, nuestras antiguas colonias, hoy Indonesia, que en el anterior fin de siécle escribió algunas novelas espléndidas, como De stille kracht (La fuerza oculta), en la que por primera vez penetraban los vientos del mundo tropical, una influencia que ya nunca me abandonó, como tampoco la que ejerció sobre mí Jan Jacob Slauerhoff, poeta maldito y médico de a bordo fallecido a temprana edad, y, que con sus soleares y fados melancólicos me evocó un mundo español y portugués que ya nunca más fui capaz de resistir y que no comprendí del todo hasta verme en un barco atracado en el puerto de Lisboa, convertido yo mismo en marinero, para zarpar hacia Surinam, con mis poemas en la maleta.
A mis veintiún años, en 1954, escribí mi primera novela: Philip y los otros. De esto hace ya 65 años y continúo escribiendo. En algún momento dije que uno debe esperar, aunque no sepa qué. En 1963 escribí mi novela El caballero ha muerto, que considero el fracaso más importante de mi obra. En este libro, el escritor se suicida después de fracasar en su intento de finalizar el libro que otro escritor había dejado inacabado. El libro era una sombra oscura y lejana de aquella primera novela que yo había escrito con total ingenuidad y sin recurrir a ninguna técnica literaria, lo que tal vez explica por qué cosechó cierto éxito en aquella época. La nueva novela con su triste desenlace recibió elogios a la vez que duras críticas, y tanto lo uno como lo otro estaba justificado. Yo sabía que tenía que escribir ese libro, pues de lo contrario hubiera proliferado en mi cabeza cual tumor maligno. Empecé a viajar, y, excepto mi poesía más o menos hermética, me situé al margen del ambiente literario habitual, y me dediqué a escribir sobre el mundo y sobre lo que veía en mis viajes. Budapest 1956, el Muro de Berlín 1963, París 1968, Sudamérica después de Cuba, y de nuevo el Muro, pero esta vez en 1989 y a continuación la Alemania unida… Durante los diecisiete años posteriores a mi abandono de la ficción se
publicaron muchos de mis llamados “«libros de viaje», reflexiones y meditaciones sobre mis viajes por todos los continentes, como mis libros sobre Japón y sobre España, El desvío a Santiago, y no fue hasta entonces, después de diecisiete años de silencio, cuando apareció Rituales, el libro que yo había esperado todo ese tiempo. ¿Acaso fui consciente de que lo esperaba? No, yo sabía que debía esperar, pero no sabía qué, a no ser que, sin saberlo, hubiera estado esperando el instante de la ficción. Y solo después de esto aparecieron mis otros libros. ¿Qué había sucedido entretanto?
Había vivido y había viajado. En un libro sobre el filósofo Ernst Bloch vi un capítulo titulado Ontologie des Noch-Nicht-Seins (Ontología del todavía-no). En esta historia que acabo de leerles, aparecen algunos recuerdos de juventud que proceden de la época del «todavía-no». Vi, leí, esperé, y después escribí, y respecto a esto último puedo decir que me sigue alegrando no haber leído a Proust antes de esta época, porque también Proust pertenecía a la espera. Cuando al fin estuve preparado para ello, quise leerlo en francés, lentamente, página por página, hasta el increíble final de Le Temps Retrouvé, que me recordó al éxtasis de un montañero que ha alcanzado al fin la cumbre del Himalaya. No era el francés de mis camioneros, pero hay que reconocer que sin tal experiencia mi comprensión hubiera sido menor, y la ironía póstuma de este conocimiento es que un editor francés me recomendó recientemente que leyera a Proust en inglés, porque al haber sido traducido ya tres veces a este idioma a lo largo del siglo, sería mucho más moderno que en francés: una equivocación.
Proust y Pessoa nos han enseñado que es posible repartir la vida entre varias personas y escritores; Kawabata y Mishima nos han demostrado que la literatura japonesa, tan diferente a la nuestra, puede ser también muy cercana; Celan y Joyce, sin olvidar a Heidegger, hicieron de la propia lengua el sujeto de su obra, un lenguaje secreto que se escribía y solo después se descifraba, convirtiendo así la lectura en una aventura sin fin. El tiempo del «todavía-no» ya lo he dejado atrás para siempre. Nunca fui capaz de definir ese tiempo con abstracciones filosóficas, lo cual tampoco hubiera sido posible en mi otra época, las de las cabinas de los camiones. La esencia del «todavía-no» pertenece a la espera, es gracias al «todavía-no» que la obra adquiere su definitiva forma. Quien elija la abstracción debe contar su historia de otra manera o, mejor dicho, convertirse en otro escritor.
Hace un instante, este discurso contenía, según el recuento de mi ordenador, 3333 palabras. Yo nací en 1933, un año fatal para la historia europea, y mis dos últimos poemarios contienen cada cual 33 poemas. Para huir de esa afectación numerológica con el número 3, añadí algunas palabras en relación con la cita de Ernst Bloch, y ahora les digo, sencillamente: gracias, Formentor, gracias a todos ustedes.
(*)
Discurso leído por Cees Nooteboom en el acto de entrega del Premio Formentor 2020
18 de septiembre de 2020
Traducción de Isabel-Clara Lorda Vidal

DE DELIBES. DIÁLOGO CON JAVIER GOÑI

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UNA NOTA SOBRE MARÍA DUBÓN

UNA NOTA SOBRE MARÍA DUBÓN

María Dubón: el archivo de sombras de una vida de mujer



La escritora zaragozana publica ‘La muerte es el principio’, un poemario que explora un periodo oscuro de su existencia



María Dubón, entre otras detalles, dice de sí misma que es “bloguera desde 2003, mantiene diez blogs de temáticas diferentes: actualidad, filosofía, literatura, campañas solidarias, opiniones de autores, feminismo, fotografía, reseñas literarias y uno dedicado a su querido Oscar Wilde”. Añade que “ha escrito nueve novelas y media, colaborado en varias antologías. Ha publicado más de cuatro millares de artículos en revistas españolas y extranjeras, ensayos, poemas, reseñas, varias plaquettes, sus relatos eróticos rozan el millón de descargas…”. Y con todo, insiste, “es, como bien pueden imaginarse, una perfecta desconocida”. Entre otros libros suyos, su poemario ‘Puta’ (La fragua del trovador) fue muy leído y comentado y tiene dos ediciones. A María Dubón, que es muy activa en talleres y en colaboraciones con asociaciones y proyectos solidarios, parecen atraerle los márgenes: esos lugares donde la vida avanza con furia, con contradicciones y con bofetadas de injusticia e inquietud.

Ahora publica en el sello La Fragua del trovador ‘La muerte es el principio’, un libro de poemas que “fui escribiendo durante un periodo negro de mi vida, de esos que todos hemos de afrontar alguna vez y en los que se van sucediendo, uno tras otro, los contratiempos y las desgracias, hasta que llegas a un punto en que te fallan las fuerzas y la falta de ánimo te conmina a tirar la toalla. Tuve que vaciarme. Dejar atrás mi existencia anterior para dar cabida a la nueva. Tuve que ‘morir’ para seguir viviendo. Resucité, renací, me rehíce. No quedaba otra. Y aquí estamos, todavía en pie, ¡viva!”, explica. Por algo su poemario lleva por pretítulo: ‘En ocasiones, para nacer hay que morir’.

Este libro como explica María Dubón se remonta a un período anterior a su traslado a Zaragoza Y ese estado de ánimo, esos vaivenes de la vida y del alma, son los que aborda la poeta, y cuenta, en clave lírica y con una sinceridad dolorida, el relato de una mujer que se mira al espejo y no se reconoce. Solo ve su condición de extraña, percibe el miedo y la proximidad de la muerte, que avanza con todas sus expresiones: carnales, simbólicas, metafóricas y alegóricas. El infierno es uno mismo y también pueden serlo los otros. O el otro.

María Dubón abre el armario de la conciencia de quien está instalada en el drama. Es hondamente desdichada, y ese va a ser el asunto central de su libro. “El corazón desesperado / puede saltar por la ventana”. También se percibe con las alas rotas, y el miedo irrumpe una y otra vez con sus matices. ¿Por qué lo siente, a quién teme, por qué no se atreve a huir o a volar, acaso tiene pánico, literalmente, a sí misma? Apunta: “El miedo es un trapecista / colgado de una telaraña”. Y más adelante, en ese intento constante de hallar respuestas y asideros, de respirar, se percata de que “la vida no puede pasarse a limpio, / la mía está llena de erratas”.

Hay un abatimiento de fondo, físico y metafísico, una inseguridad y una sensación de culpa o de presencia de “los fantasmas que me aterran”. ‘La muerte es el principio’ es la crónica de una situación crítica, autodestructiva, y es una catarsis: expone una situación abisal y a la par es una tentativa de salir de ahí. Cuando la protagonista de los poemas parece salir del acoso, del maltrato, del clima insoportable de una relación viciada (situaciones así imagina el lector porque la autora tampoco quiere ser explícita: lo es, con abundancia, en el clima insoportable de vivir), del extrañamiento en la convivencia, cuando hurga en la caja de agravios, se da cuenta de que “no creo en mi resurrección”, y tampoco parece creer en la libertad ni se atreve a abrazar la esperanza, aunque el amor, un nuevo amor, llega y da vida. Tan presa del sufrimiento está, tan desposeída de autoestima, que incluso duda de que esa aprición pueda ser real.

La disposición de los poemas es curiosa. El grueso está ordenado de forma vertical, como es habitual, y hay otros, que son como latigazos, elementos de reflexión o cortes en el texto, y se imprimen de manera horizontal. Es como si le dieran oxígeno al lector en un clima asfixiante, erizado de dolor, de insatisfacción y de desconcierto entre los amantes. También son las composiciones de versos más largos.

Al final, tras esta suerte de vía crucis existencial y obsesivo, de reconquista de la alegría de sentir y de sentirse, la poeta adquiere conciencia de que la literatura es la mejor terapia. Dice: “La distancia entre la vida y la muerte es un poema”. María Dubón se atrevió a huir porque sintió la llamada del amor, de la ilusión, de la escritura, y este libro, en el fondo, es un archivo de sombras que llevaba dentro y exigía ser expulsado.



LA FICHA

‘La muerte solo es el principio’. María Dubón. La fragua del trovador. Zaragoza, 2020. 80 páginas.



ABRÍ EL ARMARIO



Abrí el armario

y la muerte me cayó encima.

El lavabo se atascaba de sangre.

¿Qué derecho tiene la vida a vencerme?

Tengo que inventarme afectos,

soñar que la lluvia me recita versos,

que unos labios rozan mis párpados.

No puedo dormir porque tengo miedo,

el corazón desesperado

puede saltar por la ventana.





ESCRIBO DE TI



Escribo de ti,

las palabras se derriten

y bebo de la página

un trago de texto.

Me enveneno de ti

en las riberas del infierno,

en la tragedia transparente

veo tus ojos que aún brillan.



LA HORA VIOLETA



La hora violeta es una hora concreta y sin tiempo,
dura tanto como uno puede soportarla,
parece que acaba y se estira,
acaba y sigue existiendo.
La hora violeta dura lo que dura la pena,
lo que aguanta el alma,
lo que puede resistir el cuerpo.
Entonces languidece y se va
pero antes ha teñido el horizonte
de un color que cuesta lavar.
Tras la línea el abismo negro,
la caída sin fondo,
el cansancio de la lucha,
casi la muerte o la muerte misma.
Sabes que el sol no es cruel,
sale para todos menos para ti,
al fondo del pozo no llega su luz
ni llegan los brazos ni las voces.
La hora violeta es una puerta,
lleva a una vida donde no hay vida.