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Antón Castro

Escritores

LA ZARAGOZA VIVIDA DE ARAMBURU

https://www.heraldo.es/noticias/ocio-y-cultura/2020/10/12/la-zaragoza-vivida-de-fernando-aramburu-1399706.html

'EL QUIJOTE WELLES' DE SÁNCHEZ VIDAL

'EL QUIJOTE WELLES' DE SÁNCHEZ VIDAL

narrativa Agustín Sánchez Vidal escribe, mediante el ardid de sucesivas entrevistas, la novela de la vida y obra del cineasta

En la sala de montaje con Orson Welles

Uno de los personajes más complejos e inagotables de la historia del cine y del teatro es Orson Welles (1915-1985). Su figura se ensancha en multitud de direcciones: fue actor, director teatral, guionista, un estupendo dibujante, montador y uno de los cineastas más fascinantes y ambiciosos de la historia, autor de una película que revolucionó el universo de la imagen como ‘Ciudadano Kane’. Esa obra, como un diamante único, se alza en medio de otras joyas, en absoluto menores.

A Agustín Sánchez Vidal le interesa el personaje desde hace muchos años, y siempre había querido convertirlo en materia de ficción. En sustancia novelesca. El resultado es ‘Quijote Welles’, un título que tiene varias lecturas: a Orson Welles siempre le interesaron mucho la novela y el personaje de Cervantes, y a la vez podría deducirse un poco que en toda su existencia, en su vida y especialmente en su obra, Orson Welles fue un auténtico Quijote. Y un Sancho también. Un rebelde con causas, un hombre inquieto e inteligente, con un gran carisma, azotado por multitud de sombras y matices de ansiedad.

Sánchez Vidal se ha propuesto armar una novela del personaje. Y lo hace en torno a varios ejes: el retrato de una complejidad absorbente, el paseo minucioso por su existencia (uno de los momentos más reveladores es cuando el propio cineasta cuenta sus años con Rita Hayworth y hace el retrato de una mujer vulnerable que viaja a Sevilla, que siente constantes celos, justificados, su desamparo esencial) y por su obra (viajes, etapas, rodajes), y la porfía por llevar al cine la novela de Cervantes. Welles sintió una insondable pasión española: adoraba los toros, tenía una relación de rivalidad y suspicacia con Ernst Hemingway, en el libro teoriza sobre la fiesta y habla de Ordóñez o de Belmonte con conocimiento de causa, se siente fascinado por Goya y las Pinturas Negras, por Velázquez y Calderón, le gustan los vinos y halla constantes caminos de ida y vuelta de lo llevan y traen desde el Siglo de Oro a nuestros días. Además, le enamora, como a Hearst, la bella ciudad de Ronda.

La novela como entrevista

Sánchez Vidal, premio de las Letras Aragonesas de 2016 y premio Espejo de España de 1988, organiza su novela de 668 páginas en 17 capítulos y en forma de entrevista. La periodista Barbara Galway decide redactar la biografía del autor que adoraba a William Shakespeare y para hacerlo se cita con Welles y con multitud de personajes que lo conocieron, que trabajaron y que discutieron con él. Y así, diálogo a diálogo, avanza un libro que también es una historia cultural de Hollywood y del propio cine, un exhaustivo retrato de un personaje irreductible, autodestructivo y obsesivo.

El rodaje de ‘El Quijote’ se prolongó durante 12 años, desde 1957 hasta 1969, y al final la montaría Jesús Franco, con voz en la novela. ‘Quijote Welles’, con su carrusel de incidencias y cambios de ánimo de Orson Welles, tiene un correlato evidente con los hechos conocidos, con las biografías y declaraciones del realizador, y en ese sentido tiene algo de palimpsesto, pero ante todo es un libro de ficción, un ‘collage’ tejido con revelaciones, apuntes, anécdotas, que se enriquece con diarios y con fragmentos del guión real y del imaginado por el novelista.

En algunas ocasiones, algunos personajes sugieren que el guion de la película se escribía sobre la marcha, y Sánchez Vidal, desde el inicio, no elude el vínculo cervantino con Zaragoza. Uno de los grandes momentos del libro es el diálogo, que no llegó a darse en la realidad, entre Salvador Dalí y Welles; el cineasta se enfrentó a una criatura brillante y escurridiza al que no era fácil seguir, pero que le divertía mucho.

El guionista y novelista Peter Viertel le dice a Barbara Galway: «Es imposible resumir la personalidad de Orson en unas pocas palabras. Lo primero que me viene a la cabeza es algo que decía mi padre. Aseguraba que en este mundo hay personas que se pasan la vida buscando la muerte, mientras que otros buscan desesperadamente la vida. Él es una sorprendente y explosiva mezcla de esas dos actitudes, por un lado, una creatividad desbordante y, por otro, una actitud profundamente autodestructiva. Hay algo que le atormenta, no acaba de acomodarse a las limitaciones de este mundo y eso le carcome por dentro, le produce un vacío interior, una especie de pozo que trata de llenar no solo con el alcohol, la comida o el sexo, sino sobre todo con trabajo».

El contador de historias

En la novela hay teoría, filosofía y claves de la creación y un copioso anecdotario; el propio Viertel revela su admiración por Ford: «Lo que más le impresionaba de John Ford era su capacidad para rehacer el pasado como un mito. A menudo, sus vaqueros vienen a ser una versión actualizada de los caballeros andantes».

Orson Welles rodó mucho en España, que se convirtió en un escenario esencial y sentimental para él. Una de las películas que grabó fue ‘Una historias inmortal’, basada en el cuento homónimo de Isak Dinesen. Al evocarla, le dice a Barbara Galway: «Yo me considero por encima de todo un contador de historias, como esos que frecuentan los zocos árabes. Esa es mi inclinación natural y mis películas suelen contener ese tipo de relaciones primordiales».

Sánchez Vidal le hace a Welles un inmenso homenaje con sus mismas armas, entre ellas el periodismo: ordena el puzle de los hechos y de los sueños en un libro que invita a entrar sin miedo y a quedarse en sus pasadizos con tantas criaturas inolvidables.

Antón Castro

 

literatura y cine

Quijote Welles

Agustín Sánchez Vidal.
Fórcola. Colección Ficciones. Madrid, 2020. 668 páginas.

 

*La foto de Agustín Sánchez Vidal es de José Miguel Marco. 

 

 

UN DIÁLOGO CON MANUEL VILAS

https://www.heraldo.es/noticias/ocio-y-cultura/2020/10/02/manuel-vilas-el-olvido-es-el-destino-final-de-nuestra-vanidad-1398038.html

CEES NOOTEBOOM, DISCURSO DEL PREMIO FORMENTOR

CEES NOOTEBOOM, DISCURSO DEL PREMIO FORMENTOR

LEYENDO EL LIBRO DEL MUNDO (*)
Cees Nooteboom
[Discurso leído en la entrega del Premio Formentor de 2020]
En el ahora en que escribo estas palabras, veo delante de mi ventana la pequeña rama de nogal que corté frente a esta aislada casa alemana en la que resido. Nunca me había fijado yo mucho en los nogales —a pesar de que mi nombre, Nooteboom, que en español significa «nogal», hubiera sido razón suficiente para ello—, y, por consiguiente, nunca había reparado en la belleza de las formas de sus hojas. Hace unos días coloqué esa elegante ramita delante de mi ventana por la que veo una hiedra exuberante, detrás de esta unos árboles altos, después un campo que el tractor del vecino recorre de un lado a otro, al fondo un bosque y más allá, en lontananza, los Alpes, pues esta casa está ubicada en un lugar apartado, en una zona rural de Baden Württemberg, que es uno de los estados de Alemania, como bien saben ustedes. Los discursos poseen siempre un entonces y un ahora, el entonces de la escritura y el ahora, es decir, ahora mismo, en que toca pronunciarlos. De ser así, me encuentro, en este momento, delante de ustedes en Formentor, el lugar que da nombre al premio que hoy recibo. Es posible que escuchen ustedes una leve vacilación en mi voz, porque el tiempo en el que vivimos es un tiempo incierto en que las cosas que damos por sentadas no siempre son seguras. Escribo estas palabras el último día del mes de mayo. Tal como están las cosas ahora, existe aún la posibilidad de que el virus que actualmente domina el mundo nos juegue una mala pasada, y, en tal caso, no estoy hoy, el 18 de septiembre, aquí en Palma de Mallorca delante de ustedes, sino en otro lugar, donde ustedes no están, lo cual sería de lamentar. La isla en la que se encuentra Formentor es vecina de mi isla, Menorca, que no es mía, por supuesto, aunque yo diga «mi» isla, pero sí es el lugar donde he escrito gran parte de mis libros y poemas en los últimos cincuenta años. De modo que el premio que recibo es para mí, en cierto sentido, como llegar a casa, con lo que no quiero decir que se me haya otorgado por esta razón, claro está, si bien estoy convencido de que la isla más pequeña ha sido una inspiración esencial para mi obra a lo largo de todos esos años.
Algunos días del año, en Menorca, cuando desde mi pueblo de San Luis me dirijo hacia el oeste en dirección a Ciudadela, avisto la forma de Mallorca, una atractiva figura geológica, ligeramente curva, que parece flotar sobre el mar, como una tentación. El viaje en barco de Ciudadela a Alcudia dura tres horas, un trayecto que he realizado con cierta frecuencia, pero mientras lo hacía nunca pensé en el Premio Formentor, hasta ahora, ahora que quiero expresar mi agradecimiento por este gran honor. A principios de la década de los sesenta, dos de los escritores que yo más admiraba, sin comprenderlos del todo, el irlandés Beckett y el argentino Borges, recibieron este mismo premio... Borges, el vidente ciego, se convirtió con el paso del tiempo en una figura mitológica, como la propia literatura, una constante fuente de inspiración, un ejemplo de erudición y de la posibilidad de jugar de una manera superior con todo lo que uno ha leído.
¿Cuándo se convierte uno en escritor? ¿Es gracias a la lectura o gracias a la vida? ¿O es por una combinación accidental o, por el contrario, intencionada de ambas? En el seminario donde cursé el bachillerato clásico yo no había leído ni a Borges ni a Beckett. ¿Influye la forma en la que discurre tu vida en la manera en que buscas tu camino en la literatura? Tenía yo suficientes razones para preguntarme esto, porque, al igual que muchos de mis contemporáneos nacidos antes de la guerra (soy del ‘33) que aún vivieron, de forma más o menos consciente, suficientes años de aquella época como para haber sido tocados por ella definitivamente, aquella guerra, sin que yo me diera cuenta entonces, se convirtió también para mí en una fuerza nada desdeñable que afectaría mi vida y, por lo tanto, mi escritura, a causa del inevitable caos que la acompaña. Mis padres se divorciaron en el último año de la guerra. Debido al hambre que azotaba a La Haya en aquel mismo año de 1944, mi padre, que moriría en un bombardeo de aviones británicos dos meses después, me había enviado con mi madre fuera de la ciudad, porque ahí todavía había algo de comer. Nuestra casa en La Haya sería destruida en este mismo bombardeo; todavía conservo en mi retina la imagen de aquel irreconocible montón de piedras.
Mi madre se volvió a casar en 1948 con un hombre extremadamente católico, por lo que me internaron en un seminario de franciscanos, y después, una vez que me echaron de ahí, en uno de la orden de Agustinos, y la palabra «orden» me la tomo aquí literalmente como la antítesis de «caos». Esto supuso un nuevo giro en mi biografía. En mi libro sobre Venecia, en el que comento una pintura de Carpaccio que representa a san Agustín como un escritor con la pluma levantada, es decir, en el momento de la inspiración, sostuve que él fue el mejor escritor entre los santos y el más santo entre los escritores. Así que no podría haber tenido yo mejor suerte, a pesar de que el amor entre los agustinos y yo no fuera perfecto y me expulsaran también de ahí, pero, con todo, estoy convencido de que la palabra Orden —ordinis Sancti Augustini— está bien elegida: por primera vez hubo orden en mi vida, tal vez gracias a los frailes, pero en especial gracias al horario estricto que impera en un seminario, y, con toda seguridad, gracias a los clásicos que allí me enseñaron y que ejercerían una influencia duradera en mi obra, que a partir de aquel momento, por el orden benéfico y por el caos que yo mismo me creé, se caracterizaría por una continua existencia nómada. Yo no podía imaginarme en una universidad, mi universidad sería el mundo. No creo que por aquel entonces ya quisiera ser escritor. Tanto el orden como el caos se convirtieron en parte de mi vida: el caos de estar siempre en camino unido a la necesidad de escribir sobre ese estar en camino, y mi obsesiva y tenaz curiosidad gracias a la cual aprendía idiomas mientras viajaba, a lo que contribuyó la base que había adquirido en los pocos años que había estudiado griego y latín y tres idiomas modernos en el seminario.
En septiembre del año pasado obtuve un doctorado honoris causa en Londres y a los estudiantes les expliqué, con un placer un poco perverso, aunque no fuera esta mi intención, que además de la universidad, existen formas ilegales de aprender o de adquirir los signos externos de erudición; pero aquí habla, claro está, el autodidacta, por no hablar de mi carrera de banquero, que inicié al irme de casa a los diecisiete años y que consistió en trabajar un par de años como joven empleado en un banco. Todo aquello no me aportó ninguna novela sugerente sobre la banca, pero sí me sirvió de algo. Y es que, algunas veces, cuando me permitían llevar dinero en bicicleta a unas ancianas de alta alcurnia, yo aprovechaba para hacer un gran desvío por un bosque donde me detenía junto un arroyo para, sí, ¿para qué? Para pensar, y a veces pienso que
mi escritura comenzó en aquel lugar, sin poner una palabra sobre el papel. Me sentaba allí y pensaba, una forma de absentismo y de clandestinidad que ahora sé que es parte integral de la escritura.
Pensaba en lo que realmente quería y en lo que había leído. Lo que me había quedado del poco tiempo que cursé la escuela secundaria era la avidez por leer libros, y cuando hoy vuelvo a mirar mis antiguos libros y las fechas que anotaba fielmente en ellos, me sorprende encontrar no solo a Sartre y a Faulkner o a los clásicos que estudié en el seminario, como Ovidio y Homero, sino también a unos cuantos escritores holandeses de los que ustedes desafortunadamente nunca habrán oído hablar, porque el neerlandés es un lenguaje secreto en el que hay que haber nacido para poder descubrir los tesoros ocultos de nuestra literatura.
En mi casa no se leía, al menos no aquellos libros que fascinan a quien más tarde será escritor. ¿Cómo funcionan esas cosas? Saltas de un libro a otro, algunos escritores no dejan de cautivarte a lo largo de toda la vida; tal vez no los comprendiste del todo cuando los leíste por primera vez y, para según qué libros, tuviste que aprender a captar los matices del idioma extranjero. Es una escuela dura en la que uno mismo hace de alumno y de profesor, una escuela que te acompañará toda la vida con descubrimientos siempre nuevos. Por aquel entonces no tenía yo muchos amigos literatos; vagaba por una inmensa selva, no para buscar, sino para encontrar. Uno de los libros más antiguos en el que anoté mi nombre es L´existentialisme est un humanisme de Sartre. ¿Entendí este libro en aquel momento? ¿Era mi francés lo suficientemente bueno? Llevaba años haciendo viajes en autostop con camioneros franceses, pero el discurso en las cabinas de los enormes camiones estaba más enfocado en el siguiente restaurante que en la filosofía, y, sin embargo, pienso que aprendí mucho de ellos. Recuerdo la obstinación por desviarnos de las rutas para ir a comer tal o cual especialidad culinaria local. Ahora, sesenta años después, leo en una biografía de Heidegger acerca de sus respuestas a Sartre, y algunas partes del rompecabezas empiezan a encajar; aquello que, con toda probabilidad, no entendí en su día se torna claro. Comprendí, por la prensa de aquellos días, que había varios autores franceses, como por ejemplo Simone de Beauvoir, que profesaban una gran admiración por William Faulkner. Ignoro si lo habían leído traducido o en su idioma original, pero para mí la lengua y el estilo de Faulkner eran un gran desafío, y no fue hasta más adelante, después de viajar por Misisipi y otros estados del sur y comprender cuán vinculados estaban la cultura de la América negra y el pasado esclavista en el mundo de Faulkner, cuando por fin hallé el acceso a su intenso y complejo mundo.
En cierta ocasión me encontraba yo frente a la enorme biblioteca de mi amigo alemán Rüdiger Safranski, autor de las biografías de Nietzsche y Heidegger, Hölderlin y E.T.A Hofmann, Goethe y Schiller. Estaba yo ahí cavilando un poco, con respeto y envidia, y se me ocurrió preguntar, probablemente en un tono de desesperación: «Rüdiger, pero ¿cuándo has leído todo esto?». Y él me contestó, como si llevara tiempo preparándose para esta pregunta. «Mientras tú leías el libro del mundo». En mi vida he tenido que responder con frecuencia a la pregunta de por qué viajo tanto, y, como reacción a la constante incomprensión hacia mi supuesta inquietud, he desarrollado un mecanismo de defensa que tiene que ver con mi pasado, con aquel par de años en el seminario. Gracias a este pasado, como no puede ser de otra manera, desarrollé una fascinación por los monasterios que me ha acompañado toda la vida, en especial por sus
variantes cada vez menos comunes, los monasterios con el bello nombre de «contemplativos», órdenes como las de los benedictinos y cistercienses, también llamados trapenses. El silencio que reina en estos lugares, la regularidad que en efecto me faltaba en mi inquieta vida, me atraían hasta tal extremo que me presenté —debería de tener unos dieciocho años— en un monasterio trapense situado en el sur de los Países Bajos para preguntar si podía ingresar en la orden. El abad, un hombre sabio, capaz de atravesar con su mirada mi alma inquieta, debió de llegar a la conclusión de que lo que a mí me movía no era la fe. Me entregó una historia de la vida de los santos en latín, una celda para dormir y un diccionario, y me encargó que tradujera un fragmento del libro. Al cabo de unos pocos días me largué de ahí, pero desde entonces no he dejado de visitar regularmente monasterios dondequiera que estén —Irlanda, Castilla o Japón—, y me he construido mi propio monasterio, sin cofrades, con la infinita serie de habitaciones de hotel que he ocupado: celdas para leer, escribir y pensar.
Hace mucho, en 1962, tuvo lugar un congreso literario en Edimburgo donde conocí a la escritora americana Mary McCarthy. Ella se hallaba entonces en la cima de su fama, y yo aún no estaba en ningún lado, pero en aquel encuentro, que se convertiría en uno de los más importantes de mi vida, ella debió de ver algo en mí, gracias a lo cual nació una amistad que se prolongó hasta su muerte. En el dédalo de mi defectuosa memoria creí que nos habíamos vuelto a encontrar en Formentor, cuando ella fue miembro del jurado en 1964, y mi admirado Gombrowicz uno de los candidatos. Lo del jurado y lo de Gombrowicz era cierto, sí, pero el encuentro tuvo lugar aquel año en Valescure y ella no votó por Gombrowicz, que contaba con el apoyo de un gran número de escritores, sino por Nathalie Sarraute, creo que sobre todo por su libro Tropismes, un título que ha dado nombre a una de las librerías francófonas fuera de Francia más bellas, me refiero a la librería Tropismes de Bruselas, donde compro mis libros siempre que visito la capital europea.
Las librerías, quisiera dejarlo claro aquí, son para los escritores una de las fuentes de inspiración más importantes. Si algo nos ha demostrado la pandemia es que el periodo de cierre de librerías ha convertido a los lectores y a los escritores juntos en tristes huérfanos, algo que ni Amazon ni internet pueden remediar, pues no son sino enfermeros en el hospital equivocado. Si me imagino el cielo, veo la imagen de una gran librería un poco desordenada donde unos libros dispersos en el suelo engendrarán otros libros. Pero ¿qué libros son esos? Borges y Nabokov nacieron en casas llenas de libros. ¿Es bueno eso? A mí me daba envidia y, sin embargo, no sé si es bueno. A mi madre le gustaba leer, pero no los libros que yo más tarde admiraría; así y todo, pienso que la imagen de mi madre absorta en la lectura de un libro me condujo hacia la literatura. Comoquiera que sea, algunos libros más vale leerlos a cierta edad. Mucho más adelante, afirmé en una de mis obras que al escribir uno siempre tiene en la mano a otros cien escritores, sea o no consciente de ello. Yo no fui capaz de leer a Borges hasta que la Collection La Croix du Sud de Roger Caillois publicó sus libros traducidos al francés, y no fui capaz de leer en francés hasta haber viajado infinitas veces con aquellos camioneros, porque mi francés escolar no bastaba. ¿Acaso mantenía yo conversaciones literarias con aquellos conductores? No, pero sí hice en aquellas cabinas otra cosa, igual de indispensable: escuchar las historias de otras personas. Y los relatos orales son libros todavía sin imprimir que te permiten acceder a la connaissance du monde, lo cual me lleva de nuevo a las palabras de Safranski acerca del libro del mundo.
Mis tres o cuatro cursos de educación secundaria me proporcionaron una base sólida que me permitió volver siempre a Heródoto, Catulo, Safo o San Agustín. Ahora bien, para enfrentarme al mundo vivo que me rodeaba, no estaba yo muy preparado; este lo tuve que descubrir por mi cuenta, lo cual solo es posible si uno se expone al azar. Y así fue como llegó a Ámsterdam un viejo director de escena, Pjotr Sjarov, que había sido alumno de Stanislavski. Nos trajo una representación de Chéjov tras otra, un recuerdo inolvidable, que más adelante retornó a mi poesía y que me hizo adicto al teatro. Con mis primeros ingresos tomaba yo cada año en Hoek van Holland un barco con destino a Harwich para asistir cada noche al teatro en Londres y casi anegarme en la extraordinaria riqueza de Shakespeare. Lo que comprendí entonces de aquella orgía lingüística shakespeariana no lo recuerdo, pero sí me ha quedado la fascinación por una lengua que es capaz de todo. Desde Londres hacía yo autostop a París, y recuerdo como si fuera ayer las primeras obras de Beckett, pero también las otras obras, tan diferentes y menos misteriosas, pero muy afiladas, de Anouilh y Adamov, con actores grandiosos como Serge Reggiani. No recuerdo gran cosa de las clases de literatura neerlandesa en mi escuela secundaria nunca acabada, pero la poesía de la generación de los 80 —y con ello me refiero a 1880, una generación literaria que, para la mayoría de extranjeros, es desconocida a causa de la inaccesibilidad de nuestra lengua—, sí me impresionó, en cualquier caso, me enseñó a leer poesía. Mucho más adelante encontré un antiguo cuaderno en el que había copiado cincuenta poemas de todo tipo, un cuaderno que podía llevarme fácilmente en mis viajes en autostop para leerlo y releerlo. Uno de los primeros grandes descubrimientos en mi propia lengua fue Louis Couperus, un escritor procedente de las Indias Orientales Neerlandesas, nuestras antiguas colonias, hoy Indonesia, que en el anterior fin de siécle escribió algunas novelas espléndidas, como De stille kracht (La fuerza oculta), en la que por primera vez penetraban los vientos del mundo tropical, una influencia que ya nunca me abandonó, como tampoco la que ejerció sobre mí Jan Jacob Slauerhoff, poeta maldito y médico de a bordo fallecido a temprana edad, y, que con sus soleares y fados melancólicos me evocó un mundo español y portugués que ya nunca más fui capaz de resistir y que no comprendí del todo hasta verme en un barco atracado en el puerto de Lisboa, convertido yo mismo en marinero, para zarpar hacia Surinam, con mis poemas en la maleta.
A mis veintiún años, en 1954, escribí mi primera novela: Philip y los otros. De esto hace ya 65 años y continúo escribiendo. En algún momento dije que uno debe esperar, aunque no sepa qué. En 1963 escribí mi novela El caballero ha muerto, que considero el fracaso más importante de mi obra. En este libro, el escritor se suicida después de fracasar en su intento de finalizar el libro que otro escritor había dejado inacabado. El libro era una sombra oscura y lejana de aquella primera novela que yo había escrito con total ingenuidad y sin recurrir a ninguna técnica literaria, lo que tal vez explica por qué cosechó cierto éxito en aquella época. La nueva novela con su triste desenlace recibió elogios a la vez que duras críticas, y tanto lo uno como lo otro estaba justificado. Yo sabía que tenía que escribir ese libro, pues de lo contrario hubiera proliferado en mi cabeza cual tumor maligno. Empecé a viajar, y, excepto mi poesía más o menos hermética, me situé al margen del ambiente literario habitual, y me dediqué a escribir sobre el mundo y sobre lo que veía en mis viajes. Budapest 1956, el Muro de Berlín 1963, París 1968, Sudamérica después de Cuba, y de nuevo el Muro, pero esta vez en 1989 y a continuación la Alemania unida… Durante los diecisiete años posteriores a mi abandono de la ficción se
publicaron muchos de mis llamados “«libros de viaje», reflexiones y meditaciones sobre mis viajes por todos los continentes, como mis libros sobre Japón y sobre España, El desvío a Santiago, y no fue hasta entonces, después de diecisiete años de silencio, cuando apareció Rituales, el libro que yo había esperado todo ese tiempo. ¿Acaso fui consciente de que lo esperaba? No, yo sabía que debía esperar, pero no sabía qué, a no ser que, sin saberlo, hubiera estado esperando el instante de la ficción. Y solo después de esto aparecieron mis otros libros. ¿Qué había sucedido entretanto?
Había vivido y había viajado. En un libro sobre el filósofo Ernst Bloch vi un capítulo titulado Ontologie des Noch-Nicht-Seins (Ontología del todavía-no). En esta historia que acabo de leerles, aparecen algunos recuerdos de juventud que proceden de la época del «todavía-no». Vi, leí, esperé, y después escribí, y respecto a esto último puedo decir que me sigue alegrando no haber leído a Proust antes de esta época, porque también Proust pertenecía a la espera. Cuando al fin estuve preparado para ello, quise leerlo en francés, lentamente, página por página, hasta el increíble final de Le Temps Retrouvé, que me recordó al éxtasis de un montañero que ha alcanzado al fin la cumbre del Himalaya. No era el francés de mis camioneros, pero hay que reconocer que sin tal experiencia mi comprensión hubiera sido menor, y la ironía póstuma de este conocimiento es que un editor francés me recomendó recientemente que leyera a Proust en inglés, porque al haber sido traducido ya tres veces a este idioma a lo largo del siglo, sería mucho más moderno que en francés: una equivocación.
Proust y Pessoa nos han enseñado que es posible repartir la vida entre varias personas y escritores; Kawabata y Mishima nos han demostrado que la literatura japonesa, tan diferente a la nuestra, puede ser también muy cercana; Celan y Joyce, sin olvidar a Heidegger, hicieron de la propia lengua el sujeto de su obra, un lenguaje secreto que se escribía y solo después se descifraba, convirtiendo así la lectura en una aventura sin fin. El tiempo del «todavía-no» ya lo he dejado atrás para siempre. Nunca fui capaz de definir ese tiempo con abstracciones filosóficas, lo cual tampoco hubiera sido posible en mi otra época, las de las cabinas de los camiones. La esencia del «todavía-no» pertenece a la espera, es gracias al «todavía-no» que la obra adquiere su definitiva forma. Quien elija la abstracción debe contar su historia de otra manera o, mejor dicho, convertirse en otro escritor.
Hace un instante, este discurso contenía, según el recuento de mi ordenador, 3333 palabras. Yo nací en 1933, un año fatal para la historia europea, y mis dos últimos poemarios contienen cada cual 33 poemas. Para huir de esa afectación numerológica con el número 3, añadí algunas palabras en relación con la cita de Ernst Bloch, y ahora les digo, sencillamente: gracias, Formentor, gracias a todos ustedes.
(*)
Discurso leído por Cees Nooteboom en el acto de entrega del Premio Formentor 2020
18 de septiembre de 2020
Traducción de Isabel-Clara Lorda Vidal

DE DELIBES. DIÁLOGO CON JAVIER GOÑI

https://www.letraslibres.com/espana-mexico/literatura/entrevista-javier-goni-miguel-delibes-esta-grabado-hierro-candente-en-nuestra-memoria?fbclid=IwAR0KV6zLufPyxUjOwZWQAwhDwghBO9JfaGGaGSjt70xJeaX7YzYPpPeEHts

UNA NOTA SOBRE MARÍA DUBÓN

UNA NOTA SOBRE MARÍA DUBÓN

María Dubón: el archivo de sombras de una vida de mujer



La escritora zaragozana publica ‘La muerte es el principio’, un poemario que explora un periodo oscuro de su existencia



María Dubón, entre otras detalles, dice de sí misma que es “bloguera desde 2003, mantiene diez blogs de temáticas diferentes: actualidad, filosofía, literatura, campañas solidarias, opiniones de autores, feminismo, fotografía, reseñas literarias y uno dedicado a su querido Oscar Wilde”. Añade que “ha escrito nueve novelas y media, colaborado en varias antologías. Ha publicado más de cuatro millares de artículos en revistas españolas y extranjeras, ensayos, poemas, reseñas, varias plaquettes, sus relatos eróticos rozan el millón de descargas…”. Y con todo, insiste, “es, como bien pueden imaginarse, una perfecta desconocida”. Entre otros libros suyos, su poemario ‘Puta’ (La fragua del trovador) fue muy leído y comentado y tiene dos ediciones. A María Dubón, que es muy activa en talleres y en colaboraciones con asociaciones y proyectos solidarios, parecen atraerle los márgenes: esos lugares donde la vida avanza con furia, con contradicciones y con bofetadas de injusticia e inquietud.

Ahora publica en el sello La Fragua del trovador ‘La muerte es el principio’, un libro de poemas que “fui escribiendo durante un periodo negro de mi vida, de esos que todos hemos de afrontar alguna vez y en los que se van sucediendo, uno tras otro, los contratiempos y las desgracias, hasta que llegas a un punto en que te fallan las fuerzas y la falta de ánimo te conmina a tirar la toalla. Tuve que vaciarme. Dejar atrás mi existencia anterior para dar cabida a la nueva. Tuve que ‘morir’ para seguir viviendo. Resucité, renací, me rehíce. No quedaba otra. Y aquí estamos, todavía en pie, ¡viva!”, explica. Por algo su poemario lleva por pretítulo: ‘En ocasiones, para nacer hay que morir’.

Este libro como explica María Dubón se remonta a un período anterior a su traslado a Zaragoza Y ese estado de ánimo, esos vaivenes de la vida y del alma, son los que aborda la poeta, y cuenta, en clave lírica y con una sinceridad dolorida, el relato de una mujer que se mira al espejo y no se reconoce. Solo ve su condición de extraña, percibe el miedo y la proximidad de la muerte, que avanza con todas sus expresiones: carnales, simbólicas, metafóricas y alegóricas. El infierno es uno mismo y también pueden serlo los otros. O el otro.

María Dubón abre el armario de la conciencia de quien está instalada en el drama. Es hondamente desdichada, y ese va a ser el asunto central de su libro. “El corazón desesperado / puede saltar por la ventana”. También se percibe con las alas rotas, y el miedo irrumpe una y otra vez con sus matices. ¿Por qué lo siente, a quién teme, por qué no se atreve a huir o a volar, acaso tiene pánico, literalmente, a sí misma? Apunta: “El miedo es un trapecista / colgado de una telaraña”. Y más adelante, en ese intento constante de hallar respuestas y asideros, de respirar, se percata de que “la vida no puede pasarse a limpio, / la mía está llena de erratas”.

Hay un abatimiento de fondo, físico y metafísico, una inseguridad y una sensación de culpa o de presencia de “los fantasmas que me aterran”. ‘La muerte es el principio’ es la crónica de una situación crítica, autodestructiva, y es una catarsis: expone una situación abisal y a la par es una tentativa de salir de ahí. Cuando la protagonista de los poemas parece salir del acoso, del maltrato, del clima insoportable de una relación viciada (situaciones así imagina el lector porque la autora tampoco quiere ser explícita: lo es, con abundancia, en el clima insoportable de vivir), del extrañamiento en la convivencia, cuando hurga en la caja de agravios, se da cuenta de que “no creo en mi resurrección”, y tampoco parece creer en la libertad ni se atreve a abrazar la esperanza, aunque el amor, un nuevo amor, llega y da vida. Tan presa del sufrimiento está, tan desposeída de autoestima, que incluso duda de que esa aprición pueda ser real.

La disposición de los poemas es curiosa. El grueso está ordenado de forma vertical, como es habitual, y hay otros, que son como latigazos, elementos de reflexión o cortes en el texto, y se imprimen de manera horizontal. Es como si le dieran oxígeno al lector en un clima asfixiante, erizado de dolor, de insatisfacción y de desconcierto entre los amantes. También son las composiciones de versos más largos.

Al final, tras esta suerte de vía crucis existencial y obsesivo, de reconquista de la alegría de sentir y de sentirse, la poeta adquiere conciencia de que la literatura es la mejor terapia. Dice: “La distancia entre la vida y la muerte es un poema”. María Dubón se atrevió a huir porque sintió la llamada del amor, de la ilusión, de la escritura, y este libro, en el fondo, es un archivo de sombras que llevaba dentro y exigía ser expulsado.



LA FICHA

La muerte solo es el principio’. María Dubón. La fragua del trovador. Zaragoza, 2020. 80 páginas.



ABRÍ EL ARMARIO



Abrí el armario

y la muerte me cayó encima.

El lavabo se atascaba de sangre.

¿Qué derecho tiene la vida a vencerme?

Tengo que inventarme afectos,

soñar que la lluvia me recita versos,

que unos labios rozan mis párpados.

No puedo dormir porque tengo miedo,

el corazón desesperado

puede saltar por la ventana.





ESCRIBO DE TI



Escribo de ti,

las palabras se derriten

y bebo de la página

un trago de texto.

Me enveneno de ti

en las riberas del infierno,

en la tragedia transparente

veo tus ojos que aún brillan.



LA HORA VIOLETA



La hora violeta es una hora concreta y sin tiempo,
dura tanto como uno puede soportarla,
parece que acaba y se estira,
acaba y sigue existiendo.
La hora violeta dura lo que dura la pena,
lo que aguanta el alma,
lo que puede resistir el cuerpo.
Entonces languidece y se va
pero antes ha teñido el horizonte
de un color que cuesta lavar.
Tras la línea el abismo negro,
la caída sin fondo,
el cansancio de la lucha,
casi la muerte o la muerte misma.
Sabes que el sol no es cruel,
sale para todos menos para ti,
al fondo del pozo no llega su luz
ni llegan los brazos ni las voces.
La hora violeta es una puerta,
lleva a una vida donde no hay vida.

 

 

ALFREDO CASTELLÓN PROTAGONIZA EL NUEVO NÚMERO DE TURIA'

ALFREDO CASTELLÓN PROTAGONIZA EL NUEVO NÚMERO DE TURIA'

[Texto de Raúl Carlos Maícas.] El nuevo número de la revista cultural TURIA tiene como principal objetivo rendir un necesario y merecido homenaje al cineasta y escritor Alfredo Castellón. Un atractivo y sincero reconocimiento colectivo que le rinden un total de 22 autores y que reivindica el interés y la vigencia de una obra literaria, cinematográfica y televisiva que supone una de las contribuciones más originales a la cultura española contemporánea.

 

A través de 200 páginas de textos inéditos, TURIA pone en valor la figura y la obra de Alfredo Castellón, el cineasta que siempre se sintió escritor. Fue la suya una personalidad fascinante, a un tiempo insondable y transparente. Capaz de convertirse en un fiel amigo y un verdadero admirador de la gran María Zambrano y de deslumbrar a una entonces jovencísima Marta Sanz, hasta parecerle “el hombre que parecía recién llegado de las montañas”. Fue también Alfredo Castellón el realizador que cambió la forma de hacer cultura en televisión, con programas como “Estudio 1” o “Mirar un cuadro” o el director de cine que cosechó éxito internacional con su película “Las gallinas de Cervantes”, adaptación de un cuento de Ramón J. Sender sobre la vida de Cervantes y sus mujeres.

 

TURIA pretende redescubrir a los lectores tanto la original obra literaria, cinematográfica televisiva, como la singular vida de Alfredo Castellón. No en vano, y como escribe Rosa Burillo en el artículo que abre el monográfico que le dedica TURIA, “Alfredo era un soñador. Pero también era un superviviente, un hombre práctico y equilibrado en el día a día, que tenía perfectamente ordenadas las carpetas azules donde guardaba su obra”. Además, escribía por necesidad, por un profundo sentido de la justicia y, a pesar de su agnosticismo, caminó siempre hacia la luz, quizá como un eco de la espiritualidad de Zambrano que sin duda Alfredo Castellón compartió.

 

TURIA informa, por otra parte, de la cancelación provisional de la presentación prevista en Zaragoza. Si la situación de la pandemia de coronavirus lo permite, se intentará llevar a cabo antes del mes de noviembre o se suspenderá definitivamente.

 

UN SUMARIO REPLETO DE TEXTOS Y AUTORES DE INTERÉS

 

Además del espectacular monográfico dedicado a Alfredo Castellón, el nuevo número de TURIA brinda un sumario repleto de lecturas y autores de interés. Así, las páginas de la revista se enriquecen con textos originales de importantes autores internacionales. Entre ellos, citar la selección de la correspondencia inédita del gran escritor británico Philip Larkin o la presencia de un nuevo valor de la narrativa en lengua inglesa, Isabella Hammad,

 

 

 

 

 

que ha conquistado a la crítica norteamericana y británica con su primera novela “El parisino” y de la que TURIA ofrece en primicia un fragmento en español.

 

Otros protagonistas de la nueva entrega de TURIA son autores como Mario Benedetti y Miguel Delibes, sobre cuya obra se publican artículos originales de Eva Valero y Mario Crespo López.

 

También da a conocer textos narrativos inéditos de Luis Landero, José María Conget, Ignacio Martínez de Pisón, Eloy Tizón, Elvira Navarro y Joaquín Berges.

 

TURIA ofrece igualmente a los lectores poemas inéditos de, entre otros, Luis Alberto de Cuenca, Luis García Montero, Chantal Maillard, Manuel Rico, Francisco Ferrer Lerín, Martín López-Vega, Carlos Pardo, Basilio Sánchez, Fernando Sanmartín y David Mayor.

 

Especialmente recomendables son las dos amplias entrevistas exclusivas que TURIA publica con dos nombres propios de la cultura muy relevantes: los escritores Ana Blandiana y Sergio del Molino. Ambos conversan acerca de un amplio repertorio de temas de interés. Así, mientras la rumana Blandiana asegura que “hay que luchar contra la censura interior”, del Molino está convencido de que “la literatura autobiográfica ayuda a expiar culpas”.

 

La artista plástica zaragozana Lina Vila, una de las creadoras de mayor proyección y consolidada trayectoria, es la encargada en esta ocasión de enriquecer gráficamente TURIA.

 

TURIA ha conseguido convertirse, tras 37 años de vida, en una de las revistas culturales de referencia en español. Tiene difusión nacional e internacional y por sus páginas han pasado más de mil autores de diversas procedencias estéticas e ideológicas, lo que da idea de la riqueza y pluralidad de sus contenidos. En reconocimiento a su labor, la revista obtuvo el Premio Nacional al Fomento de la Lectura.

 

TURIA es una revista de periodicidad cuatrimestral que tiene una edición en papel y otra digital (web y Facebook). Está publicada por el Instituto de Estudios Turolenses de la Diputación de Teruel y patrocinada por el Ayuntamiento de Teruel y el Gobierno de Aragón.

 

ALFREDO CASTELLÓN: UN SOÑADOR DE IMÁGENES

 

Una aproximación plural, rigurosa y sugerente a Alfredo Castellón (Zaragoza, 1930 – Madrid, 2017) es la propuesta que realiza la revista cultural TURIA. Un amplio conjunto de trabajos, tanto creativos como ensayísticos, así como de testimonios reveladores, brindan las claves de su personalidad y de su obra. Además, permiten ofrecer al lector una imagen íntegra y completa de quien siempre matizó su sabiduría, su entusiasmo y su creatividad con una sobredosis de elegante timidez. Esa postura vital de honradez y discreción sin duda le granjeó un injusto desconocimiento que merece ser reparado. Y a esa tarea se aplica ahora la revista TURIA y sus colaboradores.

 

Nadie mejor que la profesora Rosa Burillo, aragonesa como Alfredo Castellón pero al igual que él residente en Madrid y titular de Literatura Norteamericana en la Universidad

 

 

 

 

 

Complutense, para coordinar este espectacular monográfico que valora y sitúa en el lugar que le corresponde a un hombre de grandes y diversas inquietudes creativas que siempre tuvo por norma la sencillez y la humildad. Rosa Burillo no sólo conocía perfectamente la obra sino que siempre mantuvo una estrecha relación con Alfredo Castellón, que se intensificó aún más durante los últimos años de vida de éste. Así, en el artículo introductorio que publica en TURIA, y que titula “El niño prisionero de las arañás”, traza un perfil muy completo de Alfredo Castellón y analiza las características del ingente trabajo que desarrolló hasta su muerte. Una tarea que realizó con determinación y naturalidad durante las distintas etapas de su vida. No en vano, parece que Alfredo Castellón siempre se acogió a esa máxima de su admirada María Zambrano: “La pregunta es el despertar del hombre”.

 

El monográfico es muy completo y están tratados todos los temas que entendemos fundamentales para comprender la importancia de la obra de Alfredo Castellón. Y quienes se ocupan de ello son personas que conocieron muy bien su trabajo. También TURIA aporta valiosos testimonios y textos inéditos de y sobre el propio Alfredo. Se trata así su labor en el cine y la televisión (con artículos de César Gil Covarrubias y Vicky Calavia, Emilio Casanova, y José Luis Orozco), en la narrativa y el teatro (sobre la que escribe Antón Castro), su etapa en Italia (de la que se ocupa su amigo Silvio Maestranzi) y un amplio y plural repertorio de temas y testimonios de quienes le conocieron bien, como la que fuera su pareja sentimental durante algún tiempo, la italiana Marienza Binetti o la escritora Marta Sanz.

 

Especial interés ofrece el artículo de Pedro Chacón Fuertes en el que se analiza su relación fundamental con María Zambrano a través de los testimonios epistolares. Una correspondencia que se aporta en TURIA y que confirma la sintonía de Castellón con ella, desde que se conocieron en 1954 en Roma hasta la muerte de la brillante e inolvidable filósofa malagueña. Así, en una carta fechada el 23 de abril de 1983, Alfredo Castellón escribe: “María, en todos estos años no he dejado de recordarla con cariño, con mucho cariño. Los años de Roma fueron para mí de enorme importancia, quizá los años más felices de mi vida, y sin duda alguna usted y su hermana Araceli contribuyeron a que lo fueran. A veces en estos años cuando alguna vez he paseado en Roma por la Piazza del Popolo me he entrado en el café que hay en su antigua casa, y he recordado sus palabras, sus consejos. Y me doy cuenta de la suerte que tuve al conocerla y de lo mucho que influyó en mi vida”.

 

Completan el monográfico una estimable serie de artículos originales cuyos autores, tanto españoles como italianos, contribuyen con testimonios reveladores acerca del trabajo y la rica personalidad de Alfredo Castellón: Silvio Maestranzi, Eloy Fernández Clemente, Ángel Guinda, Luis Alegre, Ismael Grasa, Pablo Pérez RubioJosé Luis Gracia Mosteo, Eva Puyo, Mariano Gistaín, Javier Cinca Monterde, Chuzé Inazio Felices Maicas y Feliciano Llanas.

 

Además, TURIA reproduce una selección de poemas, microrrelatos y aforismos inéditos de Alfredo Castellón realizada por Rosa Burillo.

 

Cierra el homenaje una útil y pormenorizada biocronología elaborada por el periodista Juan Domínguez Lasierra, muy vinculado a Alfredo Castellón.

 

 

 

 

 

 

 

MARIO BENEDETTI Y MIGUEL DELIBES

 

El sumario de TURIA se abre, en esta ocasión, con un oportuno artículo sobre Mario Benedetti (Paso de los Toros, Uruguay, 1920 – Montevideo, Uruguay, 2009), con motivo de cumplirse el centenario de su nacimiento. En él, la profesora Eva Valero revalida un argumento indiscutible: Benedetti “es un referente de la literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX, al tiempo que un ejemplo paradigmático de civismo y de resistencia ante la dictadura, la de su país, que determinó su exilio y su tránsito vital por diversas geografías”

 

Otro centenario importante, el del nacimiento de Miguel Delibes, permite a TURIA analizar su obra. Y lo hace a través del artículo titulado “Miguel Delibes: claves de su vigencia”. En él, el profesor Mario Crespo López subraya que Delibes es un “punto fundamental desde el que observar medio siglo de literatura española (el que va entre 1948 de “La sombra del ciprés es alargada” y 1998 de “El hereje”). Además, en Delibes se aprecia un triple compromiso: ético, social y estético.

 

TEXTOS INÉDITOS DE LUIS LANDERO, ISABELLA HAMMAD, PHILIP LARKIN, JOSÉ MARÍA CONGET E IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN

 

Entre el buen surtido de lecturas inéditas que ofrece TURIA sobresale un avance de lo que será la correspondencia inédita en español del gran escritor británico Philip Larkin: “Cartas a Monica Jones”, que aparecerá editada por La Umbría y la Solana. Este conjunto de cartas es utilísimo para conocer mejor la verdadera personalidad de uno de los poetas más aclamados del pasado siglo.

 

También la revista ofrece en primicia en nuestro idioma a un nuevo valor de la narrativa en lengua inglesa, Isabella Hammad, que ha conquistado a la crítica norteamericana y británica con su primera novela “El parisino”, que será publicada el próximo año por Anagrama. El lector encontrará aquí una historia deslumbrante, inspirada en el bisabuelo paterno de la autora, en torno a las peripecias vitales de un palestino afrancesado. Pero el argumento va más allá y permite adentrarse en las claves de los seculares conflictos de Oriente Medio.

 

Además, TURIA publica textos narrativos inéditos de relevantes autores españoles como Luis Landero, José María Conget, Ignacio Martínez de Pisón, Eloy Tizón, Elvira Navarro y Joaquín Berges.

 

UNA SELECCIÓN DE LA MEJOR POESÍA ESPAÑOLA ACTUAL

 

La nómina de poetas españoles actuales que participan con textos inéditos en TURIA es espectacular por su cantidad y calidad. Todos ellos representan la diversidad y riqueza de las distintas generaciones y estéticas que conviven hoy en nuestro panorama poético: Luis Alberto de Cuenca, Luis García Montero, Chantal Maillard, Manuel Rico, Francisco Ferrer Lerín, Martín López-Vega, Carlos Pardo, Basilio Sánchez, María Alcantarilla, Vanesa Pérez-Sauquillo, Juan Manuel Macías…

 

 

 

 

 

 

En el ámbito aragonés, citar los nombres de Fernando Sanmartín, David Mayor, Jesús Jiménez Domínguez y Marta Domínguez Alonso, entre otros.

 

LA VIGENCIA DEL NIHILISMO DE CIORAN

 

En el apartado que TURIA dedica al ensayo, merece una atenta lectura el artículo de Manuel Arranz sobre la actualidad del pensamiento de uno de los grandes ensayistas europeos de nuestra época: Emil Cioran. Este año, además, se cumple el 25 aniversario de la muerte de este escritor y filósofo rumano en lengua francesa. Un autor al que Fernando Savater contribuyó enormemente a dar a conocer en España. La lectura de Cioran no deja indiferente a nadie que lea sus reflexiones sobre sus temas favoritos: el destino de los pueblos, la decadencia, el fanatismo, el suicidio, la imposibilidad necesaria de la filosofía, etc. Su nihilismo y su manera aforística de filosofar, nos deberían seguir fascinando hoy.

 

ENTREVISTAS EXCLUSIVAS A ANA BLANDIANA Y SERGIO DEL MOLINO

 

Ana Blandiana (Timiçoara, Rumanía, 1942) es ya una figura legendaria de la literatura rumana, en la que ocupa un lugar comparable al de Anna Ajmátova o Vaclav Havel en las letras rusas o checas. Destacada opositora al régimen dictatorial que gobernó muchos años su país, Blandiana es una de los escritoras más sugestivas y originales del panorama de la cultura en Europa. Autora de libros de poesía, narrativa y ensayo, su obra ha sido traducida a veinticinco idiomas y ha obtenido numerosos y relevantes premios en distintos países.

 

Blandiana se muestra crítica con el presente que vivimos. Así, en la conversación que TURIA publica y que ha sido realizada por el también poeta Jordi Doce, nos dirá: “el arte y la literatura de consumo de nuestro tiempo han creado una forma de subcultura que sale en todos los medios, la televisión, las redes sociales, y que aniquila la cultura de una forma semejante. Hoy sigue siendo imperativo luchar por la verdadera cultura”.

 

El escritor Sergio del Molino (Madrid, 1979) es, por derecho propio, uno de los nombres más destacados de las letras y el periodismo español de nuestros días. Cuando acaba de llegar a las librerías una nueva novela, “La piel”, y todavía está muy reciente su biografía “Calomarde. El hijo bastardo de las luces” mantiene para TURIA una conversación sin desperdicio con el también periodista y escritor Juan Carlos Soriano. Gracias a ese diálogo intenso y revelador conocemos más a fondo a a este madrileño trasplantado a Zaragoza, ciudad en la que reside.

 

Si hay un libro que marcó un antes y un después en la obra de Sergio del Molino es “La hora violeta”. La leucemia que acabó con la vida de su hijo Pablo poco antes de que cumpliera dos años le condujo a escribir ese libro que conquistó a miles de lectores. Reconoce que lo escribió en condiciones muy desesperadas: “En trance y casi, casi, sin ninguna pretensión literaria. O sí. O con todas las pretensiones literarias del mundo. Ahí desarrollo una idea para mí elemental: que la literatura es una misma cosa con la vida. Y la literatura es significativa en la medida en que exprese bien todas las rarezas y las asperezas de vivir”.

 

 

 

 

 

 

 

En 2016, con “La España vacía”, inauguró una serie de libros y reportajes sobre el éxodo rural en nuestro país y el desequilibrio de la balanza demográfica. Sergio del Molino, que dio el pistoletazo de salida a otros autores, considera espantosa e innecesaria la corrección “vaciada” que han impuesto, después de publicado su libro, los movimientos sociales y medios de comunicación.

 

JAVIER SIERRA ESCRIBE SOBRE CRISTÓBAL SERRA

 

TURIA publica un sugerente artículo de Javier Sierra sobre Cristóbal Serra, uno de los autores más raros y geniales de las letras españolas. Bajo el título de “Cristóbal Serra, profeta de la ocultura” se analiza la obra de un autor de prestigio pero poco leído y que, según el ganador del Premio Planeta 2017, hay que situar como una de las estrellas de difícil clasificación que brillan dentro de la inconmensurable galaxia de la literatura española “a las que solo un término de cuño reciente –‘ocultura’- ayuda a entender mejor”.

 

Además de los anteriores contenidos, TURIA ofrece al lector la sección habitual denominada “La isla”, con fragmentos del diario de Raúl Carlos Maícas enriquecidos gráficamente por Isidro Ferrer. También se mantienen las dos secciones dedicadas a temas y protagonistas aragoneses. Cierra el sumario de la revista una amplia sección de crítica de libros, “La Torre de Babel”, donde se analizan las novedades editoriales de mayor interés en materias como narrativa, ensayo y poesía, tanto de autores españoles como de otros países.

 

 

AFORISMOS INÉDITOS DE ALFREDO CASTELLÓN

 

El nuevo número TURIA publica un espectacular conjunto de textos inéditos de y sobre Alfredo Castellón. Entre ellos destaca una amplia muestra de sus originales aforismos, nunca publicados hasta ahora y de los facilitamos hoy una breve selección muy reveladora del pensamiento y la capacidad de escritura de su autor.

 

Tu talento mejorará si tienes la generosidad de reconocer el del prójimo.

 

El mundo está acatarrado y cualquier día estornuda y nos lanza a todos al espacio sin cordón umbilical alguno.

 

Es una pena que las personas que nacen sensibles no cultiven su espíritu. Si no lo hacen, todos perdemos algo.

 

La agricultura peinaba a la tierra con cariño, pero llegó la industria y le despeinó la entraña.

 

No confíes en lo exacto, en el hombre exacto, en el tiempo exacto, en la vida exacta...

 

Hay personas que se afanan en aparentar. ¿Pero el qué? Como no sea su imbecilidad.

 

No debes de privar nunca a una mujer de su primer deseo.

 

 

 

 

 

 

Si el espíritu tuviera brazos al primero que abrazaría sería al solitario.

 

El insensible es un enfermo del alma.

 

En el inconsciente de don Quijote estaba la vida, en cuanto llegó su consciente desapareció.

 

Los labios comen de todo, bueno, malo... pero cuando ya no lo hacen, mastican tierra.

 

No esperes el grito del árbol, la rosa, el laurel, hasta que despierten del sueño.

 

La apariencia es el vicio de la clase media.

 

Cuantos más “demonios” tenga el hombre escondidos en su barriga más originalidad transmitirá a su digestión.

 

Perteneces a una familia, has crecido con ella, los quieres, pero... despréndete de los cariños posesivos, empobrecen.

 

Aprendí a poner el odio a la distancia deseada, pues el amor ya tiene tomada esa medida.

 

Debemos ser partícipes de todo, convivir con todo. Que todo nos invada.

 

Y dentro de la velocidad de la luz, la palabra amor se alargará hasta desintegrarse en granitos de alegría.

Yo me arrodillaría para humillarme ante la naturaleza, esperando la bendición de un olmo o un manzano, por ejemplo.

 

La felicidad es monótona, por eso no conviene alargarla demasiado.”

 

 

ANA ALCOLEA, PREMIO DE LAS LETRAS ARAGONESAS

La escritora Ana Alcolea (Zaragoza, 1962) gana el Premio de las Letras Aragonesas

 

Ana Alcolea narra la historia de su abuela Mercedes, que conoció tres siglos

 

 

l La escritora publica su segunda novela para adultos: ‘Postales coloreadas ’, en el sello Contraseña

 

ZARAGOZA. Ana Alcolea (Zaragoza, 1962), tras haber logrado en 2016 el Premio Cervantes Chico, publica su segunda novela para adultos: ‘Postales coloreadas ’, en Contraseña (Zaragoza, 2017. 315 páginas). «Es tal vez mi novela más personal. Está basada en recuerdos de mi abuela, que vivió 103 años y pasó por tres siglos». Mercedes era hija de Juan, empleado del ferrocarril y jefe de la estación de Utrillas, en Zaragoza, y de Agustina, una muchacha orensana de Amoeiro. Añade Ana Alcolea: «Cuando murió, pensé que sus recuerdos de todo un siglo debían quedar en la memoria colectiva, y no solo en la mía, por eso empecé a escribir este libro hace más de diez años. Me ha hecho llorar, reír, y temblar: cuando la terminé y puse el punto y final, mi cuerpo tembló, literalmente. No me había pasado con ninguna otra novela, sentí un enorme vacío, y sentí como si perdiera a las personas de las que hablo en la novela otra vez».

La novela, un mosaico familiar con muchos personajes y elipsis temporales, arranca en Almería con Mateo y Margarita, sus bisabuelos, y acaba casi cuando la autora nació en Zaragoza, en 1962. Sucede en diversos lugares: Santander, Vigo, Orense, Madrid, varias localidades de Teruel, incluso La Habana y Barcelona, y por supuesto Zaragoza. «Lástima que en Zaragoza no haya mar. Si no, podrías trabajar allí. Hay río. En realidad hay tres ríos y un canal. Hay bastante agua. Y viento», se dice en la página 153. Es una novela de muchos personajes: la primera pareja, Mateo y Margarita, su primogénito, Juan, que se casa con Agustina, y sus hijos: Valentina la ciega, Pilar, Lola, Agustina, Enrique, Magdalena o Mercedes, pero también andan por ahí el viudo Rodolfo, el apasionado Pepe, que se va a la Guerra de África, o el cabal conductor Francisco, que acabará casándose con Mercedes.

De personas a personajes

Explica Ana Alcolea: «Son personas que he convertido en personajes. Hay episodios que ya no sé si son reales o ficticios, hasta tal punto he vivido dentro de mí las palabras que han ido tejiendo esta historia». En ‘Postales coloreadas ’ son muy importantes los objetos, los recuerdos, los secretos de familia: «El armario de mi abuela y los objetos que guardaba en él son parte importante de esta novela: sobre todo las postales coloreadas que alguien escribía para ellas, para sus hermanas, pues no sabían escribir... Las viejas fotografías también dedicadas por manos ajenas, y que tan bien ha captado Alberto Gamón en la ilustración de la cubierta». Además de esas postales , son importantes el gramófono, la barra de carmín, unos gemelos, pero también algunos personajes de la época como Raquel Meller, Miguel Fleta y toreros como Bombita. A Paco, esposo de Mercedes y abuelo de la autora, le gustaban mucho los toros e hizo sus pinitos como matador.

«Estoy muy contenta con el hecho de que la novela haya sido publicada por la editorial Contraseña por varias razones: comparto editorial con una escritora a la que quiero y admiro como es Irene Vallejo; es una editorial aragonesa, de mi ciudad, Zaragoza, y el trabajo editorial de revisión y corrección ha sido realmente minucioso y espléndido, así como el cuidado del propio libro como objeto», concluye la autora de ‘El medallón perdido’ o ‘La noche más oscura’.

 

*La foto es de Guillermo Mestre. De 'Heraldo'.